Pesadilla en el Ateneo

Solo una de las grandes lámparas de la galería, la inmediata a Obdulio, mantenía encendidas una cuanta bombillas y difundía una luz mortecina, multiplicadora de sombras. La Docta Casa había concluido su jornada y no quedaba en ella un alma, salvo la de Obdulio Pi, contratado recientemente como sereno de la institución. En la soledad de la caverna el alma del sereno sufría, atenazada  por una oscura aprensión, y procuraba impedir que su vista se desviase hacia los sombríos óleos que tenía a su izquierda. Para darse ánimos, Obdulio rememoró la primera noche, cuando se había reído en compañía del ordenanza que le explicaba sus tareas y le enseñaba el edificio.

–Sonidos rarísimos, tío, eso dicen, sobre todo allá al fondo, en los pisos de arriba, donde vivió Valle Inclán… ¿Te suena? Un escritor algo zumbado, según los entendidos.  Le pegaba a las drogas y a la magia. Magia negra y todo eso, ya sabes… Yo, como me lo han contado. Y había otros iguales, sobre todo uno que se llamaba… bueno, está en la galería de retratos… Ah, sí, Roso de Luna. Ya con ese nombre… Solo con ver el retrato te das cuenta de lo pirado que debía de estar. Aquí se hace uno culto, río, sin coña. Te enteras de miles de historias. Entre el Valle y ese, bueno, pues se llevaban a matar,  por lo visto, cosa de artistas.

–Yo pensaba que la gente culta era como muy educada

–¡No, hombre, qué cosas dices! –había replicado el ordenanza con tono enfático—Aquí todo el mundo se ha llevado siempre a hostias. Dicen que por las vibraciones, ¿entiendes? Malas vibraciones. Hace años anduvieron escarbando por ahí y desenterraron un cadáver.

–¿Un asesinato?

–Cualquiera sabe, tío. Un esqueleto o una momia, no sé muy bien. Nunca se supo de quién era.  Aquí es que viene mucho chiflado. Los hay que le dan a las misas negras.

–¿Negras?

–Negras

–¿Y qué coño es eso?

–Cosa bastante jodida, tío, desde luego. Magia negra y todo eso. Satánicos, ¿entiendes?

–¡Toma ya!

–Chorradas, hombre. El folklore de la casa.

–Ya, claro. Esas cosas me las paso por el forro de… Pero a mí me sonaba que esto del Ateneo era como muy serio, ¿no?  Catedráticos, jueces, gente de esa.

–De eso y de todo. Hay de todo. Pero yo creo que ya no son como los de otros tiempos, ¿entiendes? ¡Con decirte que los barandas, vamos, los directivos, escriben con faltas, tío, que ni se les entiende a veces! Pero bueno, aquí, nosotros a lo nuestro. Yo llevo en la casa cinco años y todo normal. Vamos, ningún percance serio, ni de día ni de noche. Oye, y si te traes una gachí, pues tampoco se tiene por qué enterar nadie, tú ya me entiendes. Solo andar con ojo, ¿vale?

   Por el momento Obdulio no tenía ninguna amiga con que distraer sus noches de ateneo. A su mujer no la llamaría amiga en ningún sentido posible.

   Después habían ido a empinar el codo al Boni, un bar cercano, y se habían divertido a costa de las anécdotas extravagantes de los ateneístas.

   Pero ahora, pocas noches más tarde, Obdulio no tenía ganas de reír. La primera noche la había pasado con la natural inquietud, pero bien; la segunda casi se había acostumbrado, y las siguientes  también sin novedad. Pero ahora sentía una vaga angustia sin saber por qué, como si un instinto secreto le advirtiera de presencias malignas agazapadas en las sombras.

    Se había detenido al pie de la escalera, pese a que no deseaba permanecer allí.

  Un impulso le obligó a girar la cabeza hacia la izquierda y vio, bajo la luz macilenta, las tres filas de retratos, representaciones de hombres desaparecidos muchos años atrás, como atestiguaban sus barbas, vigores y atuendo. Se volvió para divisar la galería completa, sumida en la oscuridad en su extremo opuesto, y tuvo la inquietante impresión de que aquellas decenas de rostros inmóviles le contemplaban a su vez…. le contemplaban con ojos severos, como acusándole,  ¿o advirtiéndole? Por algún suceso enigmático. Un escalofrío le recorrió la espalda. Con un esfuerzo de voluntad se rehízo y soltó, gritó casi, un “¡bah!” despectivo. Puso un pie en el primer escalón, pero alguna fuerza le hizo volverse de nuevo a los retratos. Y de nuevo percibió, con mayor intensidad aún, que las imágenes adquirían vida. Una vida apagada, paralizada, tétrica. Los ojos de Obdulio fueron atraídos especialmente por los de un rostro cercano, redondo y rubicundo, con expresión de iluminado, que le observaban con singular concentración. Lo recordó al instante: Roso de Luna, el nigromante supuesto rival del Valle-Inclán al que días antes se había referido el bedel.

   Los ojos azules y como perdidos de Roso parecían querer salirse de las órbitas. De pronto, Obdulio se dio cuenta de que, efectivamente, abandonaban el retrato e iniciaban una lentísima navegación por el espacio en dirección a él.

   Quedó el sereno como hipnotizado. Con terror creciente percibió que los demás rostros se despegaban de la pared, observándole con enloquecedora atención, intensa e inexpresiva a la vez. Obdulio diríase una estatua, con los nervios, los músculos y hasta el corazón rígidos.

   ¿Cuánto tiempo transcurrió mientras las filas de caras le cercaban con orden y premiosidad espeluznantes?

   De súbito el sonido ligero, pero inequívoco, de la oscilación de una puerta batiente, llegó a los oídos de Obdulio. El sobresalto que le produjo tuvo un efecto salvador. Los rostros volvieron de golpe a su lugar, los ojos del esoterista retornaron a sus cuencas.

   El ruido pareció originarse en el sombrío fondo de la galería, donde una puerta de batiente daba acceso  daba acceso al salón de actos, a la trasera del escenario.

   El sereno recobró el control de sus músculos, si bien no tanto de sus nervios. Con un tembloroso y prolongado “¡A-a-aaa-y-y!” brincó hasta el rellano que comunicaba con las oficinas, abrió la puerta de un empellón y la cerró de golpe tras sí . Se encontró a oscuras y su pavor no tuvo límites. Presionando con la espalda contra la hoja, se movió frenéticamente, como una lagartija panza arriba, manoteando en busca de la llave de la luz. Tras unos instantes de terror consiguió dar con ella y la estancia se iluminó. Aún apoyado  contra la puerta, se pasó el dorso de la mano por la frente, retirándolo húmedo.

   Consultó el reloj: “¡Las dos y media! ¿Será posible? ¿Me he tirado más de una hora al pie de la escalera?”. Temblaba violentamente. En aquel antro ocurría algo anormal. ¿En el antro o  en su cabeza? En un arranque cerró con llave y, más seguro, cruzó el mostrador de la oficina y se acomodó en una silla. “Vamos a ver, vamos a ver, vamos a ver –repitió para sí maquinalmente– ¡Vamos a ver! Me he quedado como un tonto-l-culo fijándome en un cuadro. ¿No es de idiotas? ¡Si un cuadro es solo un cuadro, tío! Se lo cuento a cualquiera y se mea de risa. Es la sugestión esa, la sugestión  y nada más. Me pasa por acordarme del cadáver y de los satanes negros y esas gilipolleces que no meten miedo ni a los niños. Pero hay que ver cómo un día te partes de risa y otro te quedas gili… Hay que ver… Pero ¿y el ruido? Una puerta no se mueve sola. Por ahí tiene que andar alguien. Un chorizo, seguro. ¿Y si llamara a la pasma? ¡Eso es! Que venga la pasma y pesque al cabrón. ¡El susto que me ha dado, madre mía! Ja, pues ahora va listo”.

   Con nervioso contento se fue al teléfono. Ya lo había descolgado cuando lo pensó mejor. “¿Y si vienen y todo han sido figuraciones? Porque empiezas así y ya no sabes lo que oyes ni lo que ves… Anda que si me toman por borracho o por miedoso y  me largan a la calle…” La idea de perder el empleo o, más bien quizá, la de tener que explicárselo a su mujer  después de tanto tiempo de estar en el paro, volvió a destemplar a Obdulio. Respiró hondo. No, nada de correr riesgos. Además, si antes bebía un pelín demasiado, ya había empezado a regenerarse. Aquel día, sin ir más lejos, no había bebido una caña ni un vino desde la cena, o la comida, o cuando fuese, con aquel horario tan cambiado. No, seguro, estaba sereno como correspondía a su nuevo oficio, pero… “De todas formas debes beber menos”, le aconsejó su conciencia, sin gran empeño. Y, ya casi tranquilo, determinó: “Y ahora voy a cerciorarme de si hay o no hay caco”.

   Buscó un objeto que le sirviera de arma. En un cajón encontró una regla larga, negra, de madera, y una grapadora. Agarró ambas con energía, abrió la puerta y salió al rellano. Le confortó notar que los retratos cumplían su obligación de estarse quietos. Bajó los escalones y se asomó a la barandilla para atisbar mejor hacia el fondo de la galería.

–¡Eh! ¿Hay alguien ahí?

   Un denso silencio le respondió

–Por si te interesa saberlo tío, acabo de avisar a la policía. Te conviene salir ahora.

   Sus gritos resonaban bajo los altos techos. Pensó que debía aclarar al ladrón por qué era mejor para él salir antes de que llegara la policía.

–Si sales antes de que vengan los maderos te prometo que te dejo ir. ¡Venga, colega! ¡Que yo también sé lo que es pasar necesidad! Porque seguro que mangas por necesidad y no por vicio, ¿eh tronco? Yo soy comprensivo. Sé lo que es la vida, ¡hazme caso!

    Silencio todavía.

   Obdulio, incómodo  por la inclinación de su cuerpo sobre la barandilla, se enderezó. Con sus gritos y retórica iba ganando aplomo. Avanzó cuatro prudentes  pasos desde la escalera.

–Te prometo, tío, que dejo que te pires. Yo sé lo que es eso, la sociedad, que siempre te está jodiendo. Si yo también… Pero, joder, no tienes derecho a comprometerme a mí ahora… ¡Venga, tío! ¡Que no soy un hijoputa y me dolería que te trincasen! ¿Sales o qué? ¡Con confianza, coño!

   Si alguien escuchaba, no confió en Obdulio.

 “Bueno, si hay alguien, que siga. Si mangan algo, ya se darán cuenta mañana los empleados y me lo dirán. Yo, con decir que no vi nada… A mí no me pueden acusar porque no me llevo nada, ¿no?, así que ¡a paseo! No viene aquí uno a arriesgar el pellejo por la miseria que pagan. ¡Claro que no, hombre! ¡Que no! ¡Que los héroes ya están muy pasado de moda, te lo digo yo! ¡Que quieren héroes? Muy bien, me parece cojonudo, ¡¡Pues que los paguen!! Y si pierdo el curro, que lo pierda, y si la Genara se pone borde, que se ponga… Que igual es lo que me conviene, hombre, que si me despiden hasta me salvan la vida, porque aquí es que te da un infarto, pero que te da, ¿eh? No sé cómo antes no me lo dio… Pero, claro, eso a la parienta le trae al fresco, ella solo piensa en la pasta y si reviento, pues nada, le importa un huevo, ¡hasta se alegraría, cobraría la pensión y tan contenta! Pero lo que es yo, yo sí me voy a cuidar el pellejo, faltaría más, ¡nos ha jodido mayo!

   Miró de refilón los retratos y, sin aguardar posibles sugestiones, retrocedió deprisa a la oficina. Cerró nuevamente con llave y siguió sus meditaciones.

   “Yo me meto en el despacho más alejado y ¡a dormir! Sí, hombre,  sí, a dormir. ¡Lo que yo te diga!  ¿Qué se habrán creído estos explotadores? Para la porquería que pagan, bastante hago con venirme desde Vallecas… ¡Lo que tiene que hacer un ser humano por cuatro perras! ¡Arriesgando la vida! ¡Quemándote la salud! ¿Y quién te lo reconoce? ¡Te mean encima! ¿Es vida esto? ¿Es la ética honrada que nos prometían los políticos? ¿El socialismo? Porque ¡anda que no rajaban cuando estaban en la oposición! Pero llegan al poder, y lo de siempre, los de abajo pringando, mientras esas sanguijuelas…”

   Con tales reflexiones cruzó las oficinas hasta el último despacho, el del presidente del Ateneo. Ya en él se dirigió maquinalmente a un aparador donde sabía que se guardaban licores. Extrajo una botella de coñá, llenó la copa y la apuró de un trago. Le cortó el aliento, pero se sintió reconfortado, olvidando felizmente su resolución antialcohólica de minutos antes. Se tumbó en un sofá y trató de conciliar el sueño.

   Se adormilaba cuando le vino a la mente la incertidumbre de si había echado la llave a la puerta de las oficinas. “Seguro que sí, hombre, no ibas a ser tan idiota” “¿Seguro?” Por momentos se desasosegaba. Se levantó por fin y entró en la secretaría, que era una salita  entre su ocasional dormitorio y las otras oficinas.

   Fue el cruzar frente a otro despacho anejo a la secretaría cuando creyó advertir un resplandor a través de la puerta entreabierta, como si alguien merodease allí dentro con una linterna. Un vislumbre levísimo, pero suficiente para que su corazón volviera a batir como un tambor y su frente a regarle cejas y mejillas. ¡El enemigo se había colado hasta su último refugio! De repente comprendió que el enemigo podía ser múltiple. Curiosamente, solo había pensado en un posible chorizo –había rechazado, con semiconsciente resistencia, la idea de asesinos o satánicos—y la repentina hipótesis de que quizá eran varios le erizó los cabellos.

   A aquellas alturas, Obdulio Pi, flamante sereno del Ateneo de Madrid, podía haberse desmayado, quién sabe si hasta fenecido. Se dan casos, pero ¿quizá por efecto del coñá?, no sucedió tal. Superado el primer choque, el alma y el organismo del sereno temblaron con un espasmo de autocompasión. ¡Cómo le estaban tratando! A él, que solo deseaba conservar un honrado empleo con que sostener dignamente a su familia. ¿Había derecho? Y la conmoción dio lugar, como un terremoto submarino a una ola gigante, a un estallido de furia salvaje. Sobre una mesa de secretaría vio unas tijeras de grandes dimensiones. La empuñó y con el mismo impulso saltó como un jabato –aún no llegaba a los cuarenta—hacia el despacho del supuesto resplandor. El empujón que dio a la puerta hizo que esta rebotara y que la punta de la tijera se clavase en la madera. Rugiendo “¡Hijos de perra, os vais a enterar, hijos de perra!”, Obdulio forcejeó en la oscuridad para liberar su arma, logrado lo cual tanteó la pared buscando el interruptor, sin dejar de rugir y de lanzar al vacío feroces golpes de tijera.

   Dada la luz, comprobó que en la estancia no había nadie. En una esquina se abría un ventanuco a un muy angosto patio, respiradero más bien. Sacó la cabeza por el ventanuco y solo encontró una completa oscuridad. Se retiró, hombros y brazos caídos. Un inmenso cansancio le hacía flojear las piernas. Gimiendo, con las mejillas bañadas en sudor y lágrimas, desanduvo el camino al sofá y no se molestó ya en averiguar si había echado la llave o no.

   Se durmió apenas echado

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