Felicidad y moral (IV) la sexualidad

De manera directa o indirecta relacionamos estrechamente la felicidad con el placer y la desdicha con el displacer. Por eso parece poco clara la relación entre virtud y felicidad, ya que el cultivo de la virtud suele ser fatigoso y a veces enfrenta al individuo con el medio social que aprecia poco los ejemplos virtuosos, como en el ejemplo del Evangelio.

En esta línea encontramos que el placer físico más intenso es seguramente el placer sexual, por lo que en principio podríamos identificar la felicidad con la sexualidad. Y, en efecto basta  para ello comprobar la inmensa masa de producción artística –desde canciones populares a relatos, poesía, música, pintura, etc.,– que trata la felicidad desde el punto de vista de la relación sexual, o a la inversa.  La expresión  del placer sexual se utiliza a su vez como imagen de otras manifestaciones  como el éxtasis religioso.

Sin embargo nadie o casi nadie habla de la prostitución o de la masturbación o de la práctica ocasional como muestras de felicidad, sino más bien de lo contrario, como algo decepcionante y “sucio” en un sentido que podría analizarse. Más bien se entiende la felicidad como amor sexual o sexualidad amorosa,  que en algunos extremos encuentra el ápice en la sensación misma de amor, sin su consumación física (como en Dante).  Del mismo modo el arte ha tratado en innumerables obras la desdicha íntima de un amor sexual no logrado. Se dice que el amor sexual es amoral, pero desde luego no es así.

Como decíamos, la sexualidad está ligada a la reproducción de la especie, lo cual importa por lo  mucho que difiere de la nutrición, referida solo al mantenimiento de los individuos. Así como los actos  y medios de obtener la nutrición son claramente conscientes y racionales, los sentimientos y actos que produce la sexualidad parecen provenir de una fuerza ajena al individuo, son muy difíciles de controlar, y la satisfacción, no solo física, que producen, la relacionamos con la idea de felicidad más que cualquier otra actividad humana.

*****************

Dicho de otro modo:  “Qué importancia tiene el dato de si la palabra Reconquista se usó en uno u otro momento? Lo importante es si se adecua al fenómeno que describe. Aquí estamos usando  constantemente expresiones como “Edad Media” referentes a un tiempo histórico, cuando los europeos de la época no tenían la menor idea de vivir en esa época. Pero, a diferencia de Reconquista”, el término “Edad Media” es una solemne estupidez en su perfecta inadecuación. Todas las edades son medias y antiguas con respecto a otras. Y todas contemporáneas y modernas con respecto a sí mismas. Pero a nadie se le ocurre decir que “la Edad Media es un mito” porque la expresión sea disparatada. El nivel de la universidad española, excepciones de rigor –pocas– aparte.

Creado en presente y pasado | 125 Comentarios

La Reconquista, ¿mito o realidad?

   En 711 una invasión procedente de África empezó a transformar profundamente el panorama político y cultural de la Península Ibérica. Hasta entonces Hispania o Spania, era un estado de religión cristiana, lengua y derecho latinos, integrado en la civilización eurooccidental como uno de los reinos más consolidados surgidos del derrumbe del Imperio romano de occidente.  A partir de entonces se iría imponiendo una nueva cultura: religión islámica, lengua árabe, derecho musulmán o sharia e integración en una civilización asiático-africana. España desapareció para convertirse en Al Ándalus.

   No era la primera vez en la historia en que la Península ibérica, por su situación geográfica, estuvo muy cerca de entrar en el ámbito africano-oriental. Lo mismo había ocurrido cosa de diez siglos antes durante las guerras entre Roma y Cartago. La península había quedado incluida en el área de influencia de Cartago,  una potencia justamente africana-oriental, y de no ser por la victoria de Roma en la II Guerra Púnica su destino habría sido muy otro que el que conocemos. La disyuntiva quedó resuelta  entonces con bastante rapidez,  aunque después le costase a Roma largos y penosos esfuerzos por imponerse en Iberia. Y esa disyuntiva que, por simplificar, podríamos definir como “o África o Europa”, volvió a plantearse  a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, de apariencia definitiva.

   España, pues, desapareció, pero no del todo. Muy pronto surgieron en las regiones más inaccesibles del norte de la península reductos que reivindicaban, desde el principio o desde muy pronto, la España “perdida”. Y cerca de ocho siglos más tarde,  los descendientes de aquellos rebeldes del norte tomaban el reino de Granada,  último bastión islámico en Iberia. La lucha había sido muy prolongada,  llena de altibajos y alternativas, períodos de paz y de guerra abierta, y finalmente la península volvía a llamarse España, con una cultura cristiana, romana e integrada en la civilización eurooccidental. Dadas las circunstancias de aquella larga pugna, lo más probable habría sido que la derrota del islam  se hubiera acompañado de la dispersión de la península en varios estados y naciones poco amigas entre sí, al modo de los Balcanes. Pero terminó unida, con la excepción menor de Portugal, lo que no deja de ser un dato revelador, aunque sorprendente.  

   A ese largo proceso se le ha llamado Reconquista, y el nombre  ha originado un sinfín de discusiones. Muchos han puesto en duda la existencia de tal cosa, tachándola de “mito”. Ortega y Gasset, por ejemplo, dice que un proceso tan largo no puede ser llamado Reconquista, aunque no explica por qué su duración lo invalidaría. Otros (Olagüe) niegan incluso la realidad de una invasión islámica suponiendo que una gran masa de españoles se habría convertido pacíficamente al islam.  Otros insisten en que lo que realmente hubo fue la formación de varios reinos “cristianos”, en general enemigos entre sí y sin la menor idea de un propósito común de volver a formar España. Los historiadores Barbero y Vigil han sostenido que los reinos cristianos no reconquistaron nada, sino que utilizaban el recuerdo del reino visigodo para inventarse una legitimidad ficticia. De hecho, en numerosos departamentos de historia, y entre políticos y periodistas, el término “Reconquista” es denostado o incluso prohibido a los alumnos. Recientemente Peña, un catedrático de historia, ha sostenido que el término Reconquista es ilegítimo porque no se usó en la época sino a partir de principios del siglo XIX, para legitimar la ideología de una nación antes inexistente. Así, critica a Sánchez Albornoz por decir que Pelayo empezó a fundar la nación española, cuando no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos como noción de patria. Para colmo de males, Franco habría utilizado el término nefando, lo que acabaría de desacreditarlo. En resumen, la Reconquista habría sido un mito “nacionalista”, incluso “franquista”, “y sin utilidad alguna para analizar el pasado medieval. Es hora de que le confinemos al lugar que le corresponde: al rincón de los fósiles culturales, donde duermen los mitos gastados el sueño de sus mejores -o más inquietantes- recuerdos”.

      Dejando aparte a Olagüe, que se basa en interpretaciones un tanto peregrinas y sin sustentación documental, el fondo de todo el debate puede concretarse en este punto: ¿es el término Reconquista adecuado para definir un proceso histórico? Los hechos indiscutibles son que antes de la invasión árabe la península estaba ocupada por un estado europeo, cristiano, latino, etc; que durante un largo tiempo fue sustituido por otro radicalmente distinto, Al Ándalus; y que finalmente Al Ándalus fue derrotado y expulsado de la península por unos reinos que se consideraban españoles y reivindicaban con más o menos claridad el reino hispanogodo anterior. Y que este proceso se dirimió fundamentalmente por las armas. ¿Cabe llamar  reconquista a este proceso? Obviamente sí, se haya inventado antes o después (también se llama Edad Media a una larga época que nunca se llamó así cuando existió, por ejemplo). Pueden buscarse otros términos, como “reeuropeización”, “recristianización”, “relatinización,  “recuperación”… pero son menos expresivos  y no implican el carácter bélico del fenómeno: a la larga, la victoria de los reinos españoles y finalmente de España, implicaba la desaparición de Al Ándalus, y viceversa.  

   Una historiografía especialmente mediocre ha gastado enormes energías en crear discusiones bizantinas  buscando cinco pies al gato.  Pero la  discusión terminológica encierra otro problema, también en gran medida bizantino: el de la nación, confundiendo nación con nacionalismo. Peña decide por su cuenta, dogmáticamente, que en tiempos de Pelayo no existía la noción de España como unidad política y menos aún de patria. La realidad es que existía desde mucho antes, desde Leovigildo y Recaredo, como está perfectamente documentado. ¿Era una nación el reino hispanogodo? Depende de cómo se quiera definir la palabra “nación”.  Si la definimos según las ideas de la Revolución francesa, es decir, como un estado cuya soberanía radica en la nación, en el pueblo y no en el antiguo “soberano” o monarca, entonces está claro que no existieron naciones anteriores en Europa. Sin embargo el término, con otra concepción política, es mucho más antiguo. Lo que cambia es el depósito teórico de la soberanía, el nacionalismo aportado por la Revolución francesa. Y posiblemente dentro de algún tiempo la idea teórica de la nación cambie nuevamente, con lo que veríamos a muchos  aficionados a Bizancio sostener que las naciones anteriores eran ficticias, inexistentes. Estos galimatías han dado lugar a ideas tan  estrafalarias como que España no existe hasta la Constitución (nacionalista) de Cádiz, con lo que seguiría sin existir, porque dicha Constitución nunca fue realmente aplicada. Y ello a pesar de que España es abundantísimamente mencionada, dentro y fuera del país, desde muchos siglos antes; y no como definición meramente geográfica, según pretenden algunos, sino claramente cultural y política.  

    Una definición más clara, más acorde con la historia y menos propensa a disputas verbalistas, explica la nación como una comunidad cultural bastante homogénea y con un estado propio, cosa que existía en la península desde Leovigildo y Recaredo. Hay, por lo tanto, que excluir la idea de que Pelayo y los suyos partían de la nada y sin ningún objetivo político, como si se tratase de las  antiguas tribus astures dedicadas a la rapiña de las tierras adyacentes. Otra idea muy divulgada y poco aceptable es la de que España se forma en la Reconquista, que en tal caso no debería llamarse así. Los reinos que luchaban por expulsar poco a poco a los invasores tenían muy claro el precedente hispanogodo. Indudablemente España tomó forma como comunidad cultural con Roma, y como nación, es decir, con un estado propio, desde Leovigildo. No era un estado “moderno”, claro, pero era un estado bastante centralizado, con leyes propias, ejército, aparato fiscal, etc., y reconocido como tal por otras potencias. Aunque los documentos sobre la reivindicación de la España perdida hispanogoda sean algo posteriores a Pelayo, es difícil creer que no la tenía en mente cuando construyó a su vez un embrión de estado para irlo expandiendo a costa de Al Ándalus.   Sin el precedente hispanogodo, la Reconquista sería muy difícil de imaginar, y lo más probable habría sido que la península se integrase definitivamente en el Magreb o se balcanizase.

    La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso negándola. Una tendencia que cobró fuerza en el “Desastre” del 98 y dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional. Esto merece un análisis aparte.

Creado en presente y pasado | 287 Comentarios

Cartas de antifranquistas de principios: Salinas, Guillén, Bergamín

  En su enjundioso ensayo Historia y Literatura J. M. Cuenca Toribio recoge, a través de la correspondencia, la evolución política de Jorge Guillén y especialmente la de Pedro Salinas, considerados a menudo los poetas cumbre de la generación del 27, de una trayectoria vital parecida y por otra parte muy amigos. Guillén fue el menos politizado, aunque se acercó a la Falange y luego se alejó de ella en un sentido liberal. Según Cuenca, a los dos les distingue básicamente un talante liberal, en lo personal y lo político, que le llevaría a un antifranquismo cerrado.

   Durante la dictadura de Primo de Rivera  no se descubre en ellos apenas preocupación salvo por un exabrupto de Salinas como “¡Este asco de situación política, por llamarlo de algún modo”. Escrito el 15 de noviembre de 1923, apenas inaugurada la dictadura, no sabemos si se refiere a esta o al nada envidiable panorama previo. A los dos les ilusionó la república,  como a tantos otros –pero no “al pueblo”, como suele decirse sino solo a una parte de él–. A los dos les repugnó, sin embargo la politización obsesiva de la vida española.  Escribe Guillén: “Resulta que por Real Decreto de don José Ortega y Gasset publicado en La Gaceta solar de Madrid,  el deber de todo hombre que no sea un señorito o un frívolo es aceptar su destino y ser político. A partir de ahí todo el papanatismo pseudo-literario español ha dado media vuelta. Se acabó ya todo interés por las actividades espirituales que no desemboquen de modo inmediato en lo que ellos llaman política. Tú sabes que el español llama política a una vacación total de la inteligencia y del libre juicio combinada con una libertad absoluta de los humores. Ya Nueva España, autorizado órgano de la alcantarilla como siempre, declara que los escritores españoles no admiten más distinción que esta: los que están con la reacción y los que están con la revolución…”

   Por su parte, Salinas no se engañaba sobre la calidad del personal republicano: “Estaré todo el día entre ese elemento odioso llamado las autoridades y que denota lo fácil que es gobernar un país cuando se deja regir por semejantes idiotas.  (…) Prefiero cien veces la gente del pueblo, no adulterada, ignorante, espontánea si tiene finura natural, a estos pseudo-todo; pseudo intelectuales, pseudo educados, pseudo gobernantes”. En otra carta se refiere a la política  republicana, “Esa cosa innoble, inferior, humillante y envilecedora en que se revuelcan con fruición tantas gentes que parecían estar al otro lado y que además nos señalan con el dedo a los que no hozamos como ellos”. Pese a lo cual intentó alguna breve labor política.

   Llega la guerra y he aquí cómo cambian sus posturas. El “fascismo” es el mal absoluto, de modo que aquellos políticos que, en definitiva, habían llevado al país al conflicto armado, quedaban justificados. Como gran parte de la vida de ambos transcurrió fuera de España, en universidades inglesas y useñas, no se vieron afectados directamente, pero Salinas especialmente termina loando a los comunistas que defienden ¡la democracia! Es más, resultan ser los más eficaces y consecuentes defensores de la democracia. Cuando se encuentra con Guillén en Usa, cuenta: “Yo tenía miedo: temía que la larga estancia  en territorio franquista hubiese, sin querer él, dado algún color a Jorge. No ha sido así. No ataca, no denigra al franquismo, pero se siente muy bien lo que yo exijo, como mínimo, a todo español: que no está ni puede estar con los fascistas, que se da cuenta de toda la barbarie y crueldad de ese bando y que ha vivido entre ellos sin mancharse. Y cuando yo hablé con toda franqueza y bastante fuego contra Franco y su gente, encontré en él una aprobación tácita, pero visible” El pueblo luchaba por la libertad y los más nobles ideales contra la ferocidad fascista, mientras las democracias se hacían las suecas: “Salvo España, que con una heroica locura está ganándose la vida, los demás países, en mayor o menor grado, han vendido por cuatro dineros sus derechos a llamarse guías y faros de la humanidad” ¿A quién habrían vendido esos supuestos derechos? ¿Quién les habría pagado? ¿Franco? No lo aclara, naturalmente.

   Terminada la guerra, expresa optimismo en marzo de 1940…: “De la lectura de Arriba se saca la conclusión de lo mal que anda todo. La Falange desesperada, rabiosa, dando dentelladas a diestro y siniestro, desconfía de medio mundo, insulta y amenaza, síntoma de debilidad y recelo. Esto no puede sostenerse. La monstruosidad ingénita del movimiento lo condena al no ser, al no poder ser”. El poeta no era un gran analista político. Y descubre la solución  en la intervenció anglo-francesa que imponga “una monarquía templada, con amnistía amplia y un programa reconstructivo bajo la paternal protección de la finanza inglesa”. Según él, la Falange quería hundir al capitalismo, y por tanto “Es muy natural que este se defienda con la restauración monárquica que me parece muy factible”, golpe militar contra Franco o invasión  mediante.

   Pronto vino la desilusión.  En 1945, la aparente inacción de los vencedores de la guerra mundial le indigna: “Que dejen sufrir a España en silencio, pero que no acrezcan la ignominia con sus frases infames, condenas de boquilla para uso de la galería de papanatas liberales, mientras por debajo sostienen al tiranuelo y sus crímenes”. Parece que le habría gustado una invasión de su país. El poco posterior aislamiento no le causa ninguna queja, cuando España se había librado por los pelos de una hambruna colosal. “No creo , escribe en 1948, que haya en toda la historia de España ser semejante a Franco, en infamia y satánica ceguera. ¡Y ahora va a pedir Argentina que le admitan en las Naciones Unidas!”.

   Jorge Guillén visitó España en 1949 y 1951. Véase lo que es capaz de decir, impertérrito ante las contradicciones:  “Aquello, claro, es un desastre. Llegué con vagos temores policíacos. No, no es por ahí (…) Entré y salí sin dificultad (…) Pero la conversación –libre como siempre—no deja de denunciar lo que todo el mundo ve y sabe: la inmoralidad general, la trampa, el fraude ¡Franco, Caudillo del Estraperlo!  (…) No hay creyentes ni entusiastas, sólo oportunistas, resignados, indiferentes.  Sin embargo, la crítica no cesa –permitida porque no concluye en forma organizada- (…) Viendo un café, animadísimo, dije: “Madrid, al parecer, sigue siendo una ciudad alegre y confiada”. “Sí –me respondió alguien—pero nadie está conforme con el Gobierno” España vive un presente sin futuro. Nadie quiere el menor cambio (…) La sociedad española va transformándose, a pesar de todo (…) Madrid está muy cuidado, agradable,  más lujoso que antes”.

     Creo que vale la pena reseñar otra opinión, esta de otro intelectual antifranquista “de principios”, José Bergamín. Desde el exilio entró en España tranquilamente en 1959 y escribía a María Zambrano, según recoge Aquilino Duque en su blog vinamarina:  “Madrid  me tiene verdaderamente encantado. (…) “La realidad supera siempre a los sueños. Y es tanta la afirmación de la vida y la verdad de la realidad española que, para nosotros, supera todo. No acabaré nunca de decirte – no puedo expresarlo enteramente – lo que es para mí esta resurrección madrileña, esta pura alegría. No hago más que darle las gracias a Dios por esta Gracia  (…) Creo que en todo ha ganado, aumentado ahora. En todo. Hasta en sus gentes. Es extraño el cambio que percibo en la realidad española, y no, ni mucho menos, para peor.”  “Figúrate que ayer 3 de mayo me fui, después de Misa en San Jerónimo, a ver el “desfile” militar. Y lo vi. Y lo que vi en las calles, en el Prado y Recoletos, Alcalá, las plazas de Cibeles y Neptuno, fue la gente, una gente increíblemente noble, limpia, elegante, seria, casi grave: una gente, un pueblo (?) más velazqueño que goyesco (…) El “aquí somos otra gente” es, no sé si por dicha o desdicha, cierto. Esto, todo esto, me parece un mundo de distinta naturaleza. Y gracia. Sorprende la delicadeza, cortesía, ritmo sosegado de las gentes. Y lo bien vestido y calzado (!) que el mundo “gatuno” de Madrid se nos presenta seriamente festero. O yo no me acuerdo muy bien o antes no era así.  Yo recuerdo gentes más vulgares y sucias y chillonas en estas fiestas. Ahora no.… ¡Qué equilibrio y ecuanimidad!”

   Todo ello no impedía que el católico progresista  Bergamín, que había apoyado a los comunistas, incluidos sus crímenes contra elPOUM, mantuviese su antifranquismo  y terminase, en plena democracia, apoyando a la ETA. Los principios son los principios.

   ¿No se presta todo esto a mucha cavilación?

Creado en presente y pasado | 68 Comentarios

El PP trabaja por un nuevo Frente Popular

A falta de principios, el PP abunda en maquiavelismos. Maquiavelismos de aldea, realmente, que están llevando al país al desastre. Se rigen por la ideílla de mirar al futuro sin aprender del pasado e ignorando el presente; o por el pensamiento del lector del Marca de que la economía lo es todo y que el dinero calma a las fieras. Pero extrañamente les sale al revés. Izquierda y separatistas no se calman, no hacen más que radicalizarse, volverse más audaces y atacar con mayor encarnizamiento a España en estos años en que han recibido todo del gobierno. Ahora vemos los homenajes a la ETA sin que los muy maleducados etarras den las gracias a sus benefactores ZP y Rajoy. Vemos la escalada separatista en Cataluña y Vascongadas, después de que entre PSOE y PP hayan reducido a “residual” la presencia allí del estado español común…

   Ya he señalado el legado que dejan al país Rajoy y su pandilla –después de haber despachado al estado mayor de Aznar–, pero hay que insistir en ello: más y más radical separatismo; más presencia institucional y financiación de la ETA; menos soberanía, cedida “por grandes toneladas” a la burocracia de Bruselas y de la OTAN; corrupción rampante (todos los partidos se acusan de corruptos unos a otros y todos aciertan); un ejército cipayo embarcado en operaciones  por intereses ajenos, bajo mando ajeno y en idioma ajeno; creciente colonización cultural por el inglés, buscando establecerlo de hecho como el idioma superior de la cultura (y de otras cosas) en España; una justicia cada vez más desacreditada por la politización de muchos jueces, tras la “muerte de Montesquieu” hace ya muchos años;   más despotismo LGTBI con sus secuelas de abortos masivos, corrosión de la justicia, dispendios corruptos y perversión de menores; Gibraltar, sacado de la ruina por Felipe González para convertirlo en un emporio de negocios opacos en beneficio de la potencia ocupante, define a la perfección el papel real internacional de España; aplicación de una llamada ley de memoria histórica totalitaria, prochekista y proetarra; más antifranquismo visceral, basado en el embuste sistemático; embrutecimiento e infantilización de gran parte del pueblo por decenios de política embustera y farsante…

   Realmente no hay un solo punto en que el legado del PP sea ni remotamente positivo. Bueno, hay uno, según sus apologistas, que por lo visto creen que con él se salva todo y deja en minucias todos los negros puntos mencionados: el paro ha disminuido algo y la economía, o aspectos de ella, mejoran. Pero aun eso se viene logrando a costa de deprimir las condiciones de trabajo, los salarios y  los derechos de los trabajadores, y nadie sabe si se trata de una mejoría coyuntural o a medio plazo. Aun así: lo que realmente importa al país son las amenazas a su propia existencia, cada vez más fuertes por el lado de los separatismos y de la pérdida de soberanía, que nos convierte en país lacayo.  La economía no lo es todo, y mucho menos debe convertirse en disfraz que disimule la podredumbre política, social y moral de país. 

    Debe señalarse además otra fechoría de esta gente: la promoción de Podemos. La evidencia de que el gobierno de Rajoy seguía en todo las líneas trazadas por Zapatero estaba provocando la huida a chorros de los votantes del PP… hasta que los maquiavelos baratos encontraron la solución: dar mil facilidades mediáticas a Iglesias y su grupo insignificante de loquillos de la universidad. En realidad Podemos y el PP coinciden en casi todo, en las palabras o en los hechos: LGTBI, presencia institucional de la ETA, financiación y apoyo a los separatismos, “memoria histórica”, etc. En el fondo solo discrepan en el tono, feroche y amenazante en Podemos, hipócrita y ambiguo en el PP. Pero el tono importa mucho en política, y el de Podemos ha venido que ni pintado al PP para asustar a cientos de miles de personas conservadoras que ante la disyuntiva PP-Podemos, “eligen” amedrentados. Y ahí entramos en la extraña situación de que los dos partidos, tan similares ideológicamente,  se atacan con aparente saña y n realidad  viven uno del otro, viven en una simbiosis que condena la política española a un círculo vicioso y dificulta en extremo alternativas como las posibles de VOX o UPyD.

    Otro objetivo maquiavelero con Podemos consistía en debilitar al PSOE para imponerle una línea de acción menos extrema y más próxima al PP. Y si con Podemos ha tenido un éxito a corto plazo, ahí el fracaso ha sido mayúsculo: el PSOE se ha radicalizado y se ha acercado más a Podemos y no al PP.  Lo mismo se han radicalizado los separatismos a pesar, o mejor dicho gracias, a la política de concesiones sin principios y de sobornos del PP. Una política que ha suscitado el mayor desprecio a un gobierno abyecto.

   Con todo lo cual asistimos a la posibilidad de un nuevo Frente Popular, que podría incluso  ganar las elecciones sin fraude alguno, al revés que en el 36, según indican algunas encuestas. De hecho o de derecho, el Frente Popular fue en esencia  una alianza de una izquierda totalitaria con los separatismos, bajo una común aversión a España y a la cultura cristiana, entre otras cosas. La situación se repite, con algunas variantes como la crisis de la Iglesia en una sociedad mayoritariamente católica pero solo de nombre,  y con las defensas destruidas por Rajoy y los suyos. Y este puede ser el peor resultado de las intriguillas de los baratísimos políticos que hoy gobiernan España.

  Porque para frenar el auge de semejantes fuerzas lo más inadecuado es un partido tan miserablemente vaciado de principios políticos reales como el PP. Un partido y un gobierno que solo inspira desprecio a sus competidores y desánimo y depresión a cuantos creían y siguen empeñándose en creer que es otra cosa que lo que evidentísimamente es, y aún hablan de voto “útil”. Útil para profundizar la línea de  Zapatero, demoledora de la nación y de la democracia. Es más que hora de despertar a la realidad.

Creado en presente y pasado | 172 Comentarios

Tertsch, Iglesias y el legado de Rajoy

Algunos recordarán el caso de Zarrías, el socialista relacionado con tramas de corrupción, que votaba a cuatro manos o patas en el Senado. En plena orgía de abuelitos dijo que el suyo había sido fusilado por los franquistas por haber sido un alcalde democrático. Alguien se ocupó de aclarar el asunto, y Arcadi Espada recordó que el abuelito del honrado Zarrías había sido fusilado, no por demócrata (no había demócratas en el Frente Popular, y menos en el PSOE), sino por estar complicado en unos cuantos asesinatos.

El caso del abuelo de Zarrías no es único o excepcional, es precisamente lo normal en los fusilamientos de posguerra. Casi siempre se olvida que los sicarios y chekistas del Frente Popular cometieron innumerables crímenes, torturas y asesinatos, también entre ellos mismos, a menudo con un ensañamiento y un sadismo que superan a los del Estado islámico actual, y desde luego a los excesos en el bando nacional; que fueron abandonados por sus jefes políticos, los cuales se preocuparon de huir con grandes tesoros expoliados a lo largo de la guerra, y que por eso fueron capturados, juzgados y sentenciados. Lo he tratado ampliamente en Los mitos de la guerra civil o en Los mitos del franquismo, para quien quiera más información

Después de bastantes años de propaganda, hoy nos vamos aproximando a las cifras reales de los fusilamientos. Nada de 200.000, 100.000, 80.000 y otros números dados por los especialistas en el embuste, que diría Gregorio Marañón. Hubo unas 22.000 condenas a muerte, la mitad de las cuales fueron conmutadas a cadena perpetua, una “perpetua” que normalmente no llegaba a los seis años. Seguramente hubo injusticias, dada la emocionalidad del momento, pero en conjunto eso fue lo que pasó. Sin embargo, para los golfos de la “memoria histórica” no se trata de criminales juzgados y ejecutados, sino de “luchadores por la libertad víctimas del franquismo”. Con lo cual ya revelan los autores y ejecutores de esa ley totalitaria lo que entienden por libertad.

    Yaquí entra el caso del periodista Hermann Tertsch, que lleva tiempo defendiendo verdades evidentes, pero dolorosas para los aficionados a la cultura de la falsificación histórica. Porque izquierda y separatistas, componentes de aquel Frente Popular salido de un brutal fraude electoral, no es que vivan en la mentira, sino que viven DE la mentira. Tertsch ha documentado cómo el abuelo de Pablo Iglesias participó en persecuciones y sacas de personas para ser asesinadas sin ningún delito concreto, cómo fue por ello condenado a muerte y conmutado a cadena perpetua de la que, como era normal, solo cumplió cinco años. La conclusión de Tertsch era lógica: el abuelo fue un criminal de los muchos de la época, y la admiración que le profesa Pablo Iglesias dice todo de este fulano, y nos informa también de lo que podría hacer si llegase al poder, como su patrón y también admirado Maduro, o los ayatolas, con los que “cabalga contradicciones” como dice en su curioso léxico.

Una jueza ideologizada de las muchas y muchos que hoy deprimen la justicia en España (una institución muy desprestigiada en la opinión pública, hecho gravísimo en una democracia y al que apenas se da importancia en esta democracia fallida) ha condenado a Tertsch simplemente por decir una verdad que perjudica políticamente al nieto admirador del miliciano chekista. Porque, repito, autores y ejecutores de la “memoria histórica” no viven en la mentira, sino de ella.

¿Qué es Iglesias y su partido, en definitiva? Es un grupo proetarra, proseparatista, antiespañol, plagado de ignorantes e incultos, abortista (el aborto es la liquidación de vidas humanas indefensas), antifranquista (¡cómo no!), pro LGTBI, esa extraña y siniestra mafia cargada de odio que pretende regular y penalizar no ya la expresión de otras ideas, sino hasta de otros sentimientos que los suyos. Su “cabalgamiento de contradicciones” es también una buena prueba de intrínseca corrupción. Ahora bien, pregúntense ustedes: ¿en qué se diferencia ese partido del PP, del PSOE o de Ciudadanos? Esencialmente, ideológicamente, en nada. Todos coinciden en las señales definitorias dichas, con la diferencia de que el PP, por ejemplo, ha continuado la labor de salvación de la ETA emprendida por ZP y ha financiado generosamente a los separatistas, cosas que Podemos no ha tenido ocasión de hacer todavía. En cierto modo esta fallida democracia se ha convertido en un régimen de partido único con cuatro variantes que pugnan entre sí simplemente por el poder y el dinero, sin otros valores o intereses superiores.

    Si acaso cabe pensar que Podemos es menos hipócrita y en algunos aspectos más demencialmente demagógico que los otros. Y uno tiene derecho a preguntarse: ¿cómo unos individuos semejantes han llegado a tener tanta influencia? La respuesta es evidente: por su acceso privilegiado a los medios de masas. ¿Y quién le ha proporcionado ese acceso? También lo sabemos: el PP, que en cambio ha mostrado el mayor celo en acallar a partidos como Vox, que podían hacerle la competencia. Para los maquiavelos de aldea que dirigen el PP, Podemos no es realmente la competencia, sino más bien una tabla de salvación. Hace pocos años, cuando la gente percibía como Rajoy era un discípulo aventajado de Zapatero, la indignación entre sus votantes crecía a diario. Pero llegó Podemos y se impuso el voto del miedo, tal como habían calculado los maquiavelillos. Podemos vive del radical ataque político al PP –pese a coincidir con él ideológicamente en casi todo—Y el PP conserva y recupera votos gracias al miedo que la palabrería de Iglesias y cia suscitan entre los ilusos y los timoratos. De esta manera se crea un círculo vicioso en el que cualquier alternativa queda silenciada y anulada.

El balance de la gestión de Rajoy puede expresarse así: ligera reducción del paro (con peores condiciones laborales y menos derechos de los trabajadores) como elemento positivo. En cambio: un separatismo más masivo y más audaz; reducción del estado español a residual en varias regiones; más ETA en las instituciones y la agitación callejera; burla permanente del estado de derecho; menos soberanía, entregada “por grandes toneladas” a Bruselas y la OTAN; permanencia insultante de Gibraltar y abrumadora colonización cultural por el inglés; más LGTBI y amenazas a las libertades públicas; más “memoria histórica”; más deuda pública… En suma continuación agravada de la política de Zapatero. Tal es el legado que deja el  pensador del “Marca”, el político más nefasto desde la Transición: ruina de la democracia y seria amenaza de ruina de la propia nación española. La política de Rajoy (“la economía lo es todo”) ha consistido básicamente en cesiones sistemáticas y  soborno, y  su necedad es tal que con ello, en lugar de aplacar a sus competidores, los ha  radicalizado y exacerbado sus fobias y furias.

Contra todas estas tendencias, presentadas desvergonzadamente como democráticas, es preciso luchar. El caso de la condena a Tertsch, entre esperpéntico y totalitario, exige la solidaridad activa  de cuantos amamos la libertad y a España.

 

****************************

Había notado ud que los ataques al franquismo vienen de los políticos e intelectuales más corruptos y falsarios? :pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

 

Creado en presente y pasado | 91 Comentarios