Naciones y nación española

En Una hora con la Historiatratamos este sábado la experiencia de la neutralidad y su posible proyección como principio de política exterior tras la caída del Pacto de Varsovia.  Es una cuestión clave en un país cuyo gobierno y partidos parecen haber renunciado no solo a una política exterior propia del país, sino a la misma soberanía española. Trataremos también el libro recientemente publicado sobre las elecciones de febrero del 36 y lo que revela no solo sobre la política actual, sino también sobre la intelectualidad y los historiadores.

   La sesión anterior:  https://www.youtube.com/watch?v=6vaDWRde2Ec

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Replicando a un aserto de Rajoy más o menos correcto sobre la nación española, el diario hispanófobo  El País  ha replicado apoyándose en Álvarez Junco y algún otro confuso prócer de la historiografía española de recua. El 29-11-2002 ya tuve ocasión de comentar en Libertad Digital las pintorescas  ideas de Álvarez Junco al respecto:

En el aula de cultura del grupo “El Correo”, al presentar su libro Mater Dolorosa, sobre el concepto de España como nación en el siglo XIX, el profesor Álvarez Junco ha expuesto: “Sé que ustedes creerán que el concepto, la realidad, de naciones ha existido siempre, pero no es así, ni mucho menos. En las sociedades antiguas, la gente se dividía de otras muchas maneras: eran cristianos o musulmanes, nobles o plebeyos, y, por supuesto, hombre o mujeres. Las naciones se convirtieron en el criterio más importante de definición social a partir de las revoluciones liberales (…) Para nosotros es fundamental ir por el mundo diciendo “yo soy alemán”, por ejemplo, y lo decimos mucho antes que “soy médico” o “soy hombre”, o “soy anciano”.

¡Hombre!, decimos “soy alemán”, o “soy anciano” etc., en contextos diferentes y difícilmente comparables. Al pasar la frontera, o en una reunión internacional, decimos nuestra nacionalidad, pero no cuando vamos al médico o a comprar zapatos. Y mucho antes del siglo XIX, contra lo que parece imaginar Álvarez, la gente se presentaba como española, italiana, inglesa o francesa, y no sólo como “cristiana” o “musulmana”. Y al revés, las personas se siguen presentando, según el contexto, como cristianas, ateas, musulmanas, periodistas, hombres, mujeres, niños o lo que cuadre. Asombra la confusión del discurso, pero con tan penosos rebajamientos del nivel intelectual topamos muy a menudo en los últimos años, y en los lugares más insospechados.

Un error muy extendido nace de la importancia peculiar que la nación y el estado nacional adquieren en los siglos XIX y XX. Fue entonces cuando ese ente algo difuso que solemos llamar “burguesía” intentó sistematizar y racionalizar el concepto de nación, llegando a convertirlo, por una parte, en una especie de absoluto moral, sustitutorio de la religión, y por otra en ámbito y base social para la aplicación de derechos y libertades (o de privación de ellos). Pero esas construcciones teóricas y políticas no crean la nación, sino que operan sobre ella, una realidad preexistente de mucho tiempo atrás.

Se han intentado muchas definiciones de nación, ninguna de ellas abarcadora de todos los casos nacionales existentes. La causa es que una nación no es un conjunto de rasgos objetivos, sino el producto de un sentimiento colectivo de identidad en torno a rasgos comunes, que pueden ser muy variados, y que, sobre todo en la época contemporánea, suelen entrañar aspiraciones a disponer de un estado propio. Pero que casi siempre tuvieron algún contenido político: el sentimiento de pertenencia a una nación, se llamara así o de otro modo, fue desde tiempo muy antiguo, la base emocional para defenderse de agresiones extrañas o para imponerse imperialmente a las vecinas. Difícilmente concebiremos una comunidad más fragmentada políticamente que los griegos antiguos, y sin embargo ellos se consideraban una nación, por el triple lazo de “lengua, religión y sangre”. En los momentos de peligro consiguieron cierta unidad y realizaron hazañas comunes, en especial frente a los persas, pero en general estuvieron desunidos, sin que ello hiciese decaer en ellos su sentimiento de identidad. Algo así ocurría en la Italia del Renacimiento, pese a lo cual los italianos se reconocían como tales y eran así reconocidos por los demás. O, al contrario, será inútil, mientras no cambien otras cosas, convencer a peruanos y bolivianos, o a argentinos y chilenos, de ser una misma nación, por muchos rasgos culturales y étnicos que tengan en común. Creo que tampoco será posible hacer una nación de Europa. En cuanto a España, basta leer Bravuconadas de los españoles, del francés Brantôme, para percibir con cuánta fuerza se sentían sus habitantes una nación particular y eran sentidos como tal fuera de España, en pleno siglo XVI.

Y, en realidad, mucho antes. Según Álvarez Junco, antes del siglo XIX no existía nación española, sino sólo “identidad”, acaso desde que los griegos visitaron la península en el siglo IX antes de Cristo (debió de ser algo más tarde). Pero, advierte aquél, antes habían existido grandes civilizaciones, la egipcia, la china, la india, la persa, la babilonia, etc., “y en ninguna de ellas hay la más mínima referencia a España (…) ¿Por qué? Por una razón que los nacionalistas españoles no entienden ni entenderán nunca —en realidad, sean del nacionalismo que sean, los nacionalistas en general no comprenden estas cosas—: que España no es el centro del mundo”. Al atribuir tal simpleza a los nacionalistas, es Álvarez —profesor universitario ganador del Premio Nacional de Ensayo, dirigiéndose, no se olvide, a gente ilustrada— quien cae en la simpleza, y sospecho que incluso Batasuna es capaz de razonamientos más refinados que el suyo.

Parece razonablemente claro que España, como buena parte de las naciones europeas, se formó sobre la base cultural romana y las invasiones germánicas, adquiriendo forma política desde Leovigildo y Recaredo. Sin ello resulta imposible explicar un fenómeno como la Reconquista. El profesor critica severamente algunas desvirtuaciones históricas de los nacionalismos, pero cae en otro error elemental al suponer a que esas desvirtuaciones niegan la realidad nacional. Todas las comunidades tienen relatos más o menos legendarios, falsos o no, transmitidos por la tradición o producto de la inventiva nacionalista. Pero es como las personas: si alguien miente sobre su pasado, no por eso dejan de existir ese alguien y su pasado. La “identidad”, concepto excesivamente amplio que Álvarez Junco opone al de nación, es precisamente la identidad nacional. En Quevedo, en Cervantes, y mucho antes que ellos, la identidad española, cultural y política, está bien explícita.

Álvarez comete un nuevo error al burlarse de quienes niegan el carácter de español al emirato y luego califato de Córdoba, pues éste, arguye él, ocupó un 85 por ciento de la península, viviendo pacíficamente unos tres siglos, según asegura (en realidad, el poder musulmán en España, incluso entonces, transcurrió en guerras civiles permanentes, gracias a las cuales los mínimos reinos españoles del norte pudieron consolidarse y expandirse). Al parecer, el criterio básico con que opera Álvarez es el territorial, pero su conclusión resulta tan poco seria como la de que israelíes y palestinos forman una misma nación por vivir en el mismo territorio, o que tan israelí, o tan palestina, es la Autoridad de Arafat como el estado hebreo. Lo ocurrido, aunque a Álvarez le cueste trabajo creerlo, es que sobre el territorio peninsular lucharon dos naciones distintas: España y Al Andalus. La primera era cristiana y europea, la segunda musulmana y afroasiática no en sentido territorial, sino cultural. Las implicaciones de todo tipo, desde la idiomática a un concepto de libertad personal inexistente en el islam, como ha recordado Sánchez Albornoz, son enormes, aunque alguna gente no quiera verlas.

En la actualidad proliferan en varias regiones de España partidos contrarios a la nación española. Tienen dos rasgos: una necesidad extraordinaria de desvirtuar la historia, y una oposición a las libertades y la democracia, gravemente vulneradas en Cataluña y, sobre todo, en Vasconia. Por supuesto, ello no impediría que llegasen a constituir nuevas naciones, si consiguieran transmitir a la gente un sentimiento lo bastante intenso y extendido de ruptura con la común nación española. A desprestigiar a ésta contribuyen las confusiones de Álvarez Junco, funcionario de la administración…española.

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Dicho más elaboradamente: una nación es una comunidad  cultural relativamente homogénea con un estado propio. Esto se consiguió en España con Leovigildo y Recaredo, y el precedente nacional tuvo tal fuerza que, pese a ser destruido por la invasión musulmana y luego, por la fuerza de las cosas, originarse una serie de reinos que podían haber dado a una situación similar a los Balcanes,  la idea de España pervivió y permitió finalmente la unificación, con la única excepción de Portugal. Y España volvió a ser una comunidad cultural con poquísimo  en común con la cultura islámica y   con un estado propio.

En esencia y resumen, este es el hecho, por muchas variantes secundarias que se hayan producido en el tiempo y el espacio. Variantes que explotan los hispanófobos para socavar la idea de España y procurar balcanizar el país. En todas las sociedades existen tendencia unificadoras y disgregadoras y la característica de España, desde la transición, es que las disgregadoras han cobrado mucho auge, alimentadas y financiadas por los propios gobiernos centrales, algo inédito en la historia y que por sí mismo refleja una especie de enfermedad de los tiempos.

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Las elecciones que asesinaron la democracia y trajeron la guerra

** En “Una hora con la Historia” hemos tratado un asunto de la mayor trascendencia actual: la neutralidad española en las dos guerras mundiales, que posiblemente ha evitado la disgregación del país entre otras mil calamidades: https://www.youtube.com/watch?v=6vaDWRde2Ec&t=4s

   Hago un llamamiento a todos los lectores  a escuchar y difundir este programa de historia, de modo que pueda ser eficaz en la destrucción de unos mitos sobre el pasado que enturbian amenazadoramente nuestro presente y porvenir. Todos tenemos una gran responsabilidad en esta tarea

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Si uds comparan la ediciones de mis libros “El derrumbe de la República o Los mitos de la guerra publicadas en 2002- 2003 y las de diez años después, comprobarán en ellas solo cambios menores de detalle…  salvo en un aspecto crucial: la fecha del fallecimiento de la II República. La cuestión tiene la mayor relevancia, porque en ella se ha basado todo el discurso historiográfico, propagandístico y político de izquierdas y separatistas hasta el mismo día de hoy.

En las primeras ediciones de ambos libros  se consideraba esa fecha el  19 de julio de 1936, cuando José Giral, hombre de confianza de Azaña,  ordenó armar a los sindicatos para hacer frente al alzamiento de lo que se conocería como “bando nacional”. También podría haberse señalado el 13 de julio, cuando el líder de la oposición, Calvo Sotelo, fue asesinado por fuerzas armadas mixtas del gobierno y de las milicias del PSOE, pero todavía podía quedar un resquicio de esperanza en la actitud que adoptase el gobierno. Resquicio que se vino abajo inmediatamente al comprobarse que el gobierno carecía por completo de voluntad de aplicar la ley.

En cambio, en las últimas ediciones he retrotraído la fecha del hundimiento de la república al 16 de febrero de ese mismo año, con las elecciones llamadas “del Frente Popular”. Pues se trató de unas elecciones abiertamente fraudulentas, que hundieron por completo la legalidad republicana, no siendo los acontecimientos de los meses posteriores otra cosa que las consecuencias inevitables de aquel fraude. Una sociedad en que naufraga la ley, se aboca a la guerra civil op a la putrefacción. Y la legalidad republicana podía describirse como de una democracia chapucera, pero más o menos democrática en principio.

Ya he hablado del asunto largo y tendido en libros y artículos, por lo que resumiré brevemente la cuestión.

a)    El escrutinio de los votos fue falseado al realizarse bajo violencias y presiones amenazantes de las izquierdas, como reconocen claramente Azaña (ambiente de “motines”, señala este) o Alcalá-Zamora, entre otros. Por lo demás, nunca se publicaron recuentos fiables de los votos, ofreciendo los historiadores estimaciones muy disímiles. Este mero hecho ya destruye todo el argumentario legalista o democrático izquierdo-separatista. Como observa Stanley Payne, da la puntilla al último de los grandes mitos del siglo XX,

b)    El proceso no se limitó a las votaciones del 16 de febrero sino, que, en rigor, continuó hasta la destitución de Alcalá-Zamora, el 7 de abril, con nuevos fraudes en la segunda vuelta electoral, robo de escaños a las derechas en una “revisión de actas” con derroche de una brutal demagogia, y nuevas lecciones en Granada y Cuenca bajo el signo de coacciones realmente mafiosas.

c)     La destitución de Alcalá-Zamora, asimismo ilegal desde todo punto de vista, coronó el proceso de liquidación de la república. Aunque tuvo algo de justicia poética, pues aquel botarate había sido el principal causante de la situación creada. El régimen fue titulado “república de profesores” por la posterior propaganda comunista, pero “república de botarates” podría resultar un título más acorde con los hechos.

d)    Los sucesos que siguieron a aquellas elecciones, repito,  fraudulentas, consistieron en un movimiento revolucionario desordenado pero extremadamente violento, arbitrario y abusivo en todos los sentidos, provocando una situación extrema y el levantamiento – evidentemente justificado– de una parte (menor) de las fuerzas armadas, seguido inmediatamente por una gran masa de la población.

e)     No menos significativa fue la campaña electoral previa por parte de izquierdas y separatistas (el Frente Popular las agrupaba a todas de hecho, aunque de fachada la Esquerra, por separatismo, siguiese al margen). En dicha campaña  desapareció toda contención y respeto a la ley: propaganda amenazante, literalmente propaganda de guerra. La misma continuaba la que les había llevado a lanzarse textualmente a la guerra civil en octubre de 1934, y de cuyo fracaso no habían aprendido nada. Líderes tan significativos como Largo Caballero o Azaña se permitieron advertir que no tolerarían una victoria de las derechas en las urnas, en cuyo caso recurrirían a otros medios.

Todo esto lo he documentado muy ampliamente y al respecto no podía caber hoy duda alguna a cualquier persona informada. Pues bien, acaba de publicarse el libro de los profesores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, esperado desde hacía dos años, en que se expone gran número de aquellos fraudes y violencias en los escrutinios, conocidos en general aunque no con detalle. Es un libro importante porque derruye el último bastión justificativo de unas izquierdas y separatistas en las que, como señalaba el liberal Gregorio Marañón, competían la estupidez y la canallería. Cualidades ambas que perviven lozanas en los autores de la delictiva Ley de Memoria histórica y en numerosos intelectuales e historiadores que por algo se identifican a sí mismos con aquel Frente Popular. Por puro oportunismo, los destructores de la II República se presentaron como “republicanos”. Como si sus contrario fueran monárquicos, que no lo eran en su gran mayoría, después de que la monarquía se hubiera liquidado mediante un autogolpe en 1931. Y la gran mayoría de los historiadores y políticos siguen llamando “republicano” a un bando compuestos de revolucionarios, golpistas y racistas separatistas. Un nuevo fraude, en definitiva.

Aún no he leído el libro, pero preveo que mis trabajos no serán citados en él. Hace un par de años, un profesor de universidad me comentó que en cierto modo era mejor así, más eficaz, porque la izquierda ha conseguido desprestigiarme tanto en ámbitos académicos que citarme resultaba contraproducente. Le repliqué: “A mí no me desprestigian. Son ustedes, por falta de valor y honradez intelectual, o por un corporativismo  irrisorio, los que desprestigian la historia académica, cediendo el terreno al matonismo del embuste sistemático, que tanto daño están haciendo al país. Están obrando  como los políticos de tres al cuarto que  nos desgobiernan . No olviden su responsabilidad”. Me temo que es inútil.   

 

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Envidia del pene

** Una hora con la Historia”. La revolución rusa de febrero de 1917 incidió también en España. Cómo la Primera Guerra Mundial supuso una profunda crisis del liberalismo y generó la Segunda, de un modo distinto a como suele explicarse https://www.youtube.com/watch?v=_NkW8pyXid8&t=3s

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   Freud trató de explicar la psique femenina por lo  que llamó “envidia de pene”, la incomodidad con su propio sexo y la ansiedad por imitar de alguna forma al varón. La realidad es más bien la contraria: la inmensa mayoría de las mujeres están contentas de ser como  son y procuran acentuar su feminidad de diversas formas: atuendo, maquillaje, adornos, etc. Esto es normal, aunque puede derivar a extremos grotescos o enfermizos. No deja de ser curioso que conforme avanza la “liberación de la mujer”, los modelos femeninos que se proponen se parezcan más bien a las prostitutas o a las tradicionalmente llamadas marimachos. Cualquier cosa menos la mujer equilibrada y sensata. Solo hay que prestar atención a las modas, las cantantes y otros ejemplos de “éxito”, muy seguidos: la mujer como objeto sexual, paradoja solo aparente con la “liberación”.

  La extraña conclusión de Freud viene, probablemente, de que sus estudios se basaban a un grupo muy determinado y escaso: las mujeres histéricas. La histeria puede definirse como una actitud de rebelión impotente contra la realidad. Casi todo el mundo ha tenido momentos de histeria, pues la realidad es a veces muy dura, pero en la persona histérica se trata de una actitud sostenida, con altibajos entre furia violenta y resignación (que no es lo mismo que aceptación).  El histerismo es una nota bien visible en la ideología de género.

   En el ser humano el dimorfismo sexual está más acentuado probablemente que en cualquier otro mamífero. No simplemente en tamaño o forma corporal, sino también en inclinaciones, conductas y tendencias. Es más, tanto la mujer como el varón tratan de acentuar sus diferencias, que ven como positivas y agradables. La ideología de género niega esta realidad, y en ella puede verse, en su lado feminista, esa absurda envidia del pene, que al no disponer de él intenta negarlo, negar la diferencia. No se trata de igualdad ante la ley, sino de ir más allá, a borrar cualquier diferencia, incluso biológica, a “hacer como si no existiera”. Uno de los rasgos más cómicos del feminismo es su satanización de lo que llaman “sexismo”, cuando si por algo se distingue el feminismo es por su obsesión con las diferencias sexuales. Esta ideología alcanza unos  grados de estupidez e insensatez mayores que las ideologías que la precedieron, en particular el marxismo, del que viene a ser una derivación: sustituyen la lucha de clases por la lucha de sexos, al mismo tiempo que niegan  la existencia de estos, transformándolos mágicamente en “géneros” y declarando equivalente a la normalidad cualquier anomalía o conducta desviada.

    Algo  que atormenta especialmente a los “generistas” es la maternidad, tan desigualadora. La figura de la madre es denostada, abierta o implícitamente,en el feminismo, que quiere hacer del aborto una especie de sacramento, como involuntariamente confiesan en alguno de sus lemas.  Ahora mismo asistimos a campañas contra la maternidad, poniendo como ejemplo a mujeres que la ven como una carga tremenda, y uno solo puede compadecer a sus hijos.  Siempre hubo lo que se la llamado “malas madres” pero ahora se proponen como modelos. Y tratan de reducir la sexualidad a un simple pasar un rato de placer sin relación alguna con la reproducción, lo que igualaría la coprofilia o la zoofilia, por ejemplo, con la sexualidad normal entre hombre y mujer. Pero aunque la sexualidad no se limita a la reproducción, esta es en definitiva su función principal, sin la cual la propia especie humana desaparecería. Por eso puede hablarse aquí de una ideología del suicidio social, como ha habido otras a lo largo de la historia.

   En realidad, el varón y la mujer son distintos y complementarios, y no solo en relación con la reproducción. Pero el histerismo quiere instalar la igualdad sin complementariedad, lo que es puro homosexismo. Con ello la familia es socavada y destruida, y uno de sus efectos es el aumento de la violencia doméstica que llaman “machista” o “de género”, y que se quiere reprimir (histéricamente)  mediante leyes   y publicidad obsesiva.

    En la mitología, la mujer histérica es representada por la amazona, la mujer que mutila su feminidad para tratar de emular al varón y matarlo (hacerle la vida imposible en términos más corrientes). Esto se da cada vez más en las relaciones entre sexos, deteriorándolas gravemente.

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Doris Lessing en una entrevista con un periodista español notablemente cretino:

– Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda clase

– Será cuestión de tiempo que las cosas cambien

– Tal vez. Aunque puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política, o en la gran empresa. Me pregunto por qué (…) El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió que solo le interesaba a una parte muy pequeña de las empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero, en general, las mujeres no querían competir. En cambio, lo que sí deseaban era casarse y tener familia (…) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó sumamente interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es todavía lo que parece que la mayoría de las mujeres quiere. Y no veo por qué no (…) Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así. (…) Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas maneras, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?

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Liberalismo (XV) Liberalismo y marxismo: base común y discrepancias

**Blog I: …y de Franco a Hitler: http://gaceta.es/pio-moa/franco-hitler-07032017-1010

** Una hora con la Historia”. La revolución rusa de febrero de 1917 incidió también en España. Cómo la Primera Guerra Mundial supuso una profunda crisis del liberalismo y generó la Segunda, de un modo distinto a como suele explicarse https://www.youtube.com/watch?v=_NkW8pyXid8&t=3s *******************************

El “estado de naturaleza” es un mito racional o racionalista, sin existencia real pero que se utiliza para fundamentar  la realidad del poder y el estado. Sin embargo, a partir de él Hobbes y Locke llegan a conclusiones opuestas. En el primero, un estado totalitario; en el segundo, un estado liberal. El ejercicio de la razón nunca permite llegar a conclusiones generales universalmente válidas, como hemos visto muchas veces.

   Otro mito que ha dado lugar a ideas contrarias es el del homo oeconomicus, el de la economía como eje explicativo de la historia y evolución humanas, mito común al liberalismo y al marxismo. Algunos liberales  niegan que su ideología tenga ese carácter, que también se ha llamado materialista, de forma algo equívoca. Como dijo Margaret Thatcher, la libertad económica (de mercado) fundamenta las demás libertades. Con ello expresaba una idea muy difundida, abierta o implícitamente, por los demás liberales o la mayoría de ellos. Y en la ideología liberal hoy predominante, el análisis económico, las magnitudes del PIB, del comercio, etc, está presente en todos los análisis políticos, hasta el extremo de confundir política y economía. Es más, la historia se explica por un conjunto de revoluciones económicas y técnicas: revolución neolítica, revolución industrial  en varias etapas y la revolución actual, llamada de la información. Los demás aspectos sociales serían derivados de esa evolución a través de revoluciones económicas.

   El estado mismo debía estar ante todo al servicio de la economía de mercado, sin entrometerse en cuestiones morales, religiosas, etc., que quedarían reservadas a la conciencia de los particulares, sin proyección pública (esto, naturalmente, nunca se ha conseguido, pero es el ideal). En algunas tendencias liberales, el estado mismo dejaría de ser necesario, porque el mercado se autorregularía, regulando de paso a toda la sociedad. De hecho, el mismo conjunto de la sociedad, la moral, etc., deben entenderse como un mercado regido por la ley de la oferta y la demanda y por las expectativas de ganancia, aquí o en el cielo. El liberalismo anarquista puede considerarse la corriente más consecuente en ese sentido: el anarquismo también exalta la libertad individual, aunque no la hace depender de la económica.

   El marxismo comparte plenamente ese punto de vista: sobre la economía se construye el conjunto de la sociedad, que deriva de ella. No obstante, da un paso más: la economía crea unas relaciones entre los hombres que se caracterizan por la explotación de unos grupos sociales (clases) sobre otros. El capitalismo desarrollaría más que nunca la producción, de tal modo que haría posible pasar a una etapa nueva en la que la explotación basada en las desigualdades quedaría eliminada. El  liberalismo insistiría en la libertad de los individuos, pero esa libertad sería ficticia  para la mayoría al no haber igualdad económica, puesto que las desigualdades sociales se manifiestan también en grados mayores o menores de libertad. Sería necesaria una etapa intermedia de dictadura sobre los restos del capitalismo y sus superestructuras religiosas, morales, etc., que se resistirían a morir. Después el estado, concebido como una superestructura destinada a mantener la opresión de los explotados, desaparecería. Con la igualdad  y ausencia de opresión así conseguidas, los individuos desarrollarían plenamente sus posibilidades humanas, en un grado casi inimaginable.

   Las dos concepciones, marxista y liberal, se basan en un rechazo racionalista de la religión. El marxismo aspira a eliminarla, quizá violentamente en algunos casos, aunque supone que el mero avance de la economía “científica” la hará desaparecer por sí sola con el tiempo. El liberalismo la desplaza a los márgenes, al ámbito de lo privado. Tanto el liberalismo como el marxismo tienen gran fe en la ciencia, con algunas diferencias: lo propio del marxismo es el ateísmo, ya que opina que la ciencia demuestra la imposibilidad de Dios; el liberalismo en cambio opina, en general, que la “existencia” de Dios es indemostrable y por lo tanto se declara agnóstico. Por supuesto, hay liberales cristianos, como hay marxistas cristianos, y hasta liberales marxistas, que se han prestado tradicionalmente a hacer de “compañeros de viaje” del comunismo;  y marxistas liberales, que opinan que la economía de mercado y la superestructura de libertades políticas construida sobre ella, darán paso al socialismo sin necesidad de revolución o dictadura.

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Buenas tardes D.Pio y señor Mendez desde Tenerife le escucho y animo a continuar. Le voy a poner algunos ejemplos absurdos e insoportables que ocurren en esta isla: a) los escudos del periodo de Franco son arrancados o sepultados de los edificios históricos.b) el monumento a Franco del escultor Juan de Avalos (socialista…) lo han dejado sin agua y en abandono “continuo” tipo Valle de los Caidos, ya sabemos con que intención.c)El monolito que conmemoraba la reunión previa al alzamiento en el monte de Las  Raices ha sido demolido. d) Simon Bolívar tiene estatuas a las que le sacan lustre y realizan actos de conmemoración los días señalados los consules de la republica bolivariana.e) Nelson tiene una calle muy céntrica y el general Gutierrez una estatua escondida en una zona secundaria y desconocida.f)la cadena de bunkers en zonas costeras que Franco desarrollo para la defensa ante una mas que hipotética agresión Angloamericana está totalmente dejada de la mano de Dios, siendo autenticos monumentos históricos en mi humilde opinión ( están por toda Canarias).g) las fortalezas que frenaron a Nelson están derruidas o sepultadas y sin la mas mínima intención de restaurarlas, el dinero para Carnavales o para obras nefastas modernistas de dudoso crédito………podría seguir 6 meses escribiendo sin parar sobre esta realidad. Cuenten conmigo para lo que humildemente pueda colaborar. Un saludo.
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De una guerra mundial a otra.

Blog I.  ¿Defendió Franco la democracia? http://gaceta.es/pio-moa/defendio-franco-democracia-03032017-1331

Una hora con la Historia: https://www.youtube.com/watch?v=agon18TDo_E&t=4s  Este sábado trataremos con más extensión el tema de esta sesión del blog

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Como saben quienes hayan leído mi libro sobre Europa, parto de la idea de que no es la economía la clave  explicativa de la sociedad humana y su desarrollo, sino la religión, entendiendo las ideologías como religiones sucedáneas  nacidas de la Ilustración del siglo XVIII. En realidad, la economía responde a políticas determinadas y las políticas a lo que en un sentido amplio llamamos ideologías. Este enfoque lo apliqué también a la cuestión de las dos guerras mundiales, y este sábado en “Una hora con la Historia” lo resumiremos nuevamente.

   Pues bien, la I Guerra Mundial fue librada entre potencias liberales (exceptuando los imperios otomano y ruso), lo que contradice un dogma sostenido por ciertos liberales: que no puede haber guerra entre países liberales, porque el comercio beneficia a todos. Expuesto de manera más dramática –y  falsa—en el dicho de que cuando las mercancías no cruzan las fronteras, las cruzan los soldados.

   Sin embargo nunca había habido tanto comercio ni estaban tan entrelazados los intereses y propiedades económicas de las potencias en guerra como inmediatamente antes de esta. Tal hecho, desconcertante para los dogmáticos, ha dado lugar a amplia historiografía y propaganda pretendiendo que Alemania no era realmente un país liberal, porque, dicen, no era un estado de derecho, sino militarista, etc. Todos los estados eran y son militaristas en cuanto conceden gran importancia al aparato militar (en el caso inglés fundamentalmente naval); y ninguno es militarista si entendemos que ello supone que todo el estado y la sociedad giran en torno al ejército. Esto es cuestión de grados. Y si entendemos el estado de derecho como el imperio de una ley igual para todos, Alemania era más de derecho que Inglaterra, pues en esta no se estableció el sufragio universal hasta 1918, y por tanto la ley no era igual para todos. Hoy empieza a haber una revisión de los dicterios lanzados contra el “régimen prusiano”, que no por casualidad convirtió a Alemania en el país más dinámico y puntero de Europa en muchos aspectos.

    El resultado de la I Guerra Mundial fue, por una parte, la crisis y el descrédito del liberalismo en grandes ámbitos populares e intelectuales, pues cundió la interpretación de la guerra como la utilización de grandes masas de soldados al servicio, no de la patria u otros ideales digamos elevados, sino simplemente de los intereses de una oligarquía comercial  e industrial, para quien la sangre era un negocio más.

   El segundo resultado fue la instauración, en Rusia,  del primer régimen socialista de la historia. Este era un resultado tanto de la crisis bélica como de la larga pugna, durante el siglo XIX, entre las interpretaciones o ideologías liberal y marxista. Por lo tanto, se abría una nueva etapa en la historia europea, caracterizada por la lucha entre ambas ideas del mundo y del hombre. Es más, podía entenderse la revolución socialista, en sentido positivo, como una consecuencia lógica del liberalismo:  la igualdad de derechos traída por el liberalismo  habría sido un progreso histórico, pero no dejaría de ser ficticio mientras no se lograra la igualdad económica, tarea de los partidos marxistas o asimilados. El mundo entraba, por tanto, en una nueva fase del progreso.

   Pero la tendencia fue vista por mucha otra gente en sentido negativo: el socialismo era simplemente un totalitarismo bárbaro que arrasaba todo lo que había distinguido a la civilización europea. Y el liberalismo parecía incapaz de contener las grandes expectativas, disturbios y luchas civiles que sucedieron al triunfo bolchevique en toda Europa –y fuera de ella–. Impresión reforzada por el hecho de que la revolución bolchevique hubiera derivado de una revolución liberal sin que esta hubiera podido impedirla. Por tanto, solo regímenes autoritarios y enérgicos podrían rechazar la nueva barbarie. Es más, se desarrolló la idea de que en realidad la barbarie comunista no se oponía al liberalismo, sino que era su consecuencia lógica, querida o no. En otras palabras, que, con su relativismo moral y abusos y utilización de los trabajadores como carne de cañón para sus guerras, el liberalismo engendraba el comunismo.

   Así, de la crisis del liberalismo debida a la I Guerra Mundial,  surgieron la revolución soviética y los fascismos.  Crisis agravada con la Gran Depresión de los años 30, que parecía demostrar  que la hora histórica del liberalismo había pasado. En el libro sobre Europa y en la sesión del sábado de Una hora con la historia desarrollo más estas tesis, que creo  superiores  a las económicas hoy predominantes.

    El resultado fue la nueva guerra entre tres ideologías: liberalismo, marxismo y fascismo, cada una de las cuales se presentaba como la solución a los problemas de Europa. Cada una de ellas identificaba a las otras dos como variante de lo mismo, de la miseria a superar. Y este fue el carácter preciso que tomó la II Guerra Mundial.  Como para dar la razón a las críticas mutuas, empezó con un aparente acuerdo de las democracias liberales para empujar a los nazis contra la URSS (guerra de España, Checoslovaquia…); siguió con un acuerdo entre nazis y soviéticos, antes enemigos irreconciliables; y terminó con una alianza entre liberales y comunistas. Estas consideraciones son, desde luego, un esbozo de una realidad histórica sobre la que sería interesante profundizar.  

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