¿Cuando empezó la Transición? ¿Por qué ha fracasado?

Por problemas ajenos a nuestra voluntad, el próximo sábado no se emitirá en Una hora con la Historia la sesión dedicada a las dos “invencibles”, española e inglesa, sino que se repondrá la dedicada a la creación del mito de la matanza de Badajoz.

******************

   Resulta nauseabundo leer y oír a tantos políticos y periodistas de medio pelo vanagloriarse de la democracia que empezó, según ellos, con las elecciones de hace cuarenta años. Queda claro, al menos, que para ellos democracia equivale a los fenómenos que hemos venido sufriendo de forma creciente desde entonces: corrupción masiva; desempleo masivo (incluso en las etapas de mayor prosperidad); auge y creciente ímpetu de los separatismos, mientras el estado español se ha hecho residual en varias regiones;  rescate de la ETA premiando sus crímenes con legalidad, presencia institucional, proyección exterior, dinero público, liberación de presos, etc., en metódica liquidación del estado de derecho; entrega fraudulenta de  la soberanía nacional a entidades exteriores (Bruselas y la OTAN); conversión del ejército en una fuerza cipaya al servicio de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en lengua ajena; conversión de la infame y piratesca colonia de Gibraltar en un emporio de negocios opacos para la potencia invasora; legislación totalitaria como en la ley de memoria histórica o las leyes de género;  multiculturalismo, poniendo en el mismo plano con la cultura española forjada en siglos de esfuerzos, con culturas no ya ajenas sino históricamente enemigas de España, como la islámica; inmigración irresponsable; colonización cultural acelerada que está desplazando nuestro propio idioma en beneficio del inglés; degradación de la justicia;  anulación de hecho de la Constitución en sus artículos más favorables a España…

   Por no mencionar aspectos de alcance social más profundo, como la corrosión sistemática de la familia con la destrucción masiva de vidas humanas en el seno materno, un crimen que intenta disfrazarse con palabrería de “derechos”; o con las tasas altísimas de fracaso familiar y conyugal y las correspondiente repercusiones sobre los hijos; o con una violencia doméstica creciente  entre parejas y entre padres e hijos; o con un alto índice de fracaso escolar, de violencia en las aulas, expansión de la droga y el alcoholismo entre jóvenes; o con auge de la prostitución y de todo el enorme negocio ligado a ella; el aumento de la delincuencia y de la población penal… En fin, todos los índices de salud social no han cesado de empeorar en esas cuatro décadas de lo que ufanamente llaman democracia los mismos que la parasitan y degradan. Todos estos datos y otros que pudieran aducirse revelan la realidad de una democracia fallida después de tantos años de demagogias, ilegalidades, corrupción y abusos que ya amenazan la misma existencia de la nación, como ocurrió en 1936.

    Y sin embargo no tenía por qué haber sido así. Debemos recordar que la Transición no empezó con las elecciones del 77, como se pretende,  sino meses antes, con el referéndum de diciembre de 1976. He insistido en ello en La Transición de cristal y casi todo el mundo quiere olvidarlo, por lo que lo resumiré aquí. El referéndum decidió entre dos posiciones básicas y fundamentales, llamadas entonces reforma y ruptura. Toda la oposición antifranquista abogaba por la ruptura, que en síntesis suponía la condena del franquismo para saltar por encima de él y enlazar con la supuesta legitimidad de la república y el Frente Popular,. es decir, con un régimen caótico y otro sencillamente fraudulento y criminal. La reforma se presentaba como un cambio en profundidad, a una democracia al estilo de las de Europa occidental, pero de la ley a la ley, es decir, asentado en la legitimidad del franquismo. Esto es muy importante, porque las democracias eurooccidentales no deben su democratización a sí mismas sino a la intervención bélica del ejército useño, mientras que la española respondía a una evolución pacífica interna de la propia sociedad española. En ese sentido, muy positivo, España sí era diferente, como rezaba un lema turístico. El franquismo había posibilitado la democracia al legar una sociedad próspera, moderada  y  muy mayoritariamente olvidada de los  funestos odios que destrozaron la república. Por eso, sin respeto a Franco no puede haber democracia real, por paradójico que suene a los desinformados, mientras que el antifranquismo se ha convertido en un cáncer de la política, reduciéndola a una farsa.

   Recuérdese que en 1976  la propuesta del gobierno y de la monarquía, ambos salidos directamente del franquismo, ganó por aplastante mayoría sobre cualesquiera tentaciones rupturistas. Tentaciones  de unos políticos y partidos afortunadamente muy débiles por entonces e incapaces de aprender las lecciones más elementales de la historia. El mensaje de los españoles a los políticos fue: democratización en orden y a partir del régimen anterior, no de una legitimación frentepopulista en la que solo creían los irreconciliables, afortunadamente pocos por entonces.

    La reforma fue diseñada y organizada en lo esencial por Torcuato Fernández Miranda, valiéndose de Suárez, en unas maniobras a veces cómicas. Torcuato, ex alférez provisional, era hombre culto, buen conocedor de la historia y del pensamiento político, mientras que Suárez, aparte de una incultura muy manifiesta, entendía más bien de maniobrerismos y relaciones públicas. La combinación de ambos podía haber funcionado, y Torcuato creyó que Suárez le admiraba, reconocía su superioridad intelectual y seguiría sus consejos. Pero resultó un error.  El éxito del referéndum, cuyo mensaje y alcance histórica no estaba Suárez en condiciones de entender, hizo que el personaje se creyese un estadista, y comenzó una política de contubernios y pequeños chanchullos con la oposición, sin principio alguno y rompiendo ya por completo con la tutela política de Torcuato. Lo cual desembocó en una Constitución chapucera, elaborada de forma irregular en gran parte al margen de las Cortes. La Constitución habla, entre otras cosas, de nacionalidades y permite el vaciamiento progresivo del poder central a favor de las autonomías. Desde entonces los separatismos, al principio muy débiles, han ido a más, sirviéndose directa o indirectamente de un terrorismo masivo,  de una corrupción que no cesó de aumentar, y de la baja calidad moral y política de los líderes de derecha o socialistas. Torcuato (como  el filósofo Julián Marías y bastantes otros), buen conocedor del pasado, vio claramente el peligro, no votó aquella Constitución y Suárez lo despidió con una metafórica patada en el trasero: al poco falleció Torcuato, y en su funeral Suárez, que todo se lo debía, dejó vacía la silla que le habían reservado.

   Dos palabras sobre aquella oposición: se componía de quienes habían luchado contra el franquismo, es decir, comunistas y ETA principalmente, más una pequeña multitud de intrigantes, cantamañanas y corruptos en potencia, también dentro de la UCD suarista. Carrillo temió quedar en la ilegalidad y que el fruto de los largos años de esfuerzos y sacrificios comunistas fuesen a recogerlos los socialistas, que no habían hecho nada.  Por eso aceptó todo lo aceptable: monarquía, bandera, economía de mercado… mientras los socialistas jugaban a un radicalismo de pandereta. El PSOE, gracias a recibir grandes cantidades de dinero y proyección mediática, se fue imponiendo sobre los que realmente habían luchado, quedando al mismo tiempo como demócrata y antifranquista. Y la farsa continúa, destrozando la democracia, la sociedad y al propio país.

Mi programa semanal con Luis del Pino se  titula “Involución permanente”, porque llevamos ya muchos años de involución y degradación de la democracia. Creo que voy a cambiarlo por En una democracia fallida, que es la realidad a la que ha abocado ese largo proceso involutivo. Porque cuanto antes nos percatemos de la realidad bajo el Himalaya de mentiras con que nuevamente nos abruman los medios de manipulación de masas y los políticos, antes podremos salir del hoyo.

Creado en presente y pasado | 294 Comentarios

La olvidada “Invencible” inglesa

Cientos de millones de personas, dentro y fuera de España, han leído u oído hablar del desastre de la Armada “Invencible” española. En cambio muy pocos, en la propia España conocen la otra invencible, la inglesa, cuyo desastre fue bastante peor. La sustancia del asunto es que España armó una gran escuadra para invadir Inglaterra, debido al apoyo de la reina inglesa, Isabel, a los rebeldes calvinistas de Flandes y a la piratería. Pero la empresa  habría fracasado ante la movilización naval inglesa, con artillería mejor,  aliada a factores climáticos. El nombre de invencible no se lo pusieron los españoles,  que la llamaron Grande y Felicísima Armada, sino los ingleses para aumentar la impresión de desastre y el mérito propio. Incluso se lee, en plan feminista -nacionalista, que Felipe II fue derrotado por una mujer, la reina Isabel.

   En realidad las cosas ocurrieron muy de otro modo. La Armada tenía la misión de embarcar a los tercios de Flandes para invadir Inglaterra y derrocar a Isabel. Para ello disponía de 135 navíos con 30.000 hombres entre marinos y soldados, y la inglesa de 220 barcos, la mayoría de menor tonelaje, con unos 20.000 hombres. Dada la capacidad técnica de la época, lanzar una armada tan grande, solo podía hacerse confiando en el buen tiempo y vientos favorables, porque un temporal podía dispersarla y provocar muchos naufragios. De hecho una tempestad dispersó los barcos cerca de La Coruña, aunque pudieron reagruparse y llegar al Canal de la Mancha y a Calais, perdiendo solo dos buques, accidentalmente. En  Calais, los ingleses lograron dispersar la flota, utilizando brulotes, pero esta pudo reagruparse y presentar batalla en Gravelinas. Esta fue la única batalla, que apenas lo fue, porque los barcos ingleses rehuían la lucha directa, cañoneando de lejos. Parece que no consiguieron hundir un solo barco español, muriendo solo unos centenares de hombres por cada lado.

   Pero la misión de embarcar a los tercios había fracasado, por lo que en definitiva se trató de un éxito inglés, aunque de ningún modo la batalla heroica que luego pintó la propaganda. El almirante, duque de Medina Sidonia, ordenó el retorno a España, y solo pudo hacerlo rodeando las Islas Británicas, porque los vientos empujaban hacia el norte. Y fue entonces cuando se produjo el desastre, por la sucesión de tempestades. Los protestantes hablaron de “El viento de Dios”. Sobre las pérdidas sigue habiendo discrepancias entre unos autores y otros, pero no demasiadas. La Gran Armada no fue derrotada en absoluto. El total de barcos perdidos por España, ninguno propiamente en combate, fue de 35, con unos 10.000 hombres en total, casi todos por naufragio. Por parte inglesa también perdieron ocho o nueve mil hombres, en su gran mayoría por tifus y otras enfermedades. Y todavía murieron otros muchos por hambre, ya que el dinero se gastó en celebraciones de la aristocracia, mientras los marinos quedaban sumidos en la miseria. Felipe II  hizo cuanto pudo por remediar los males de los marineros y no buscó chivos expiatorios, en cambio Isabel dejó a los suyos en la mayor miseria y hambre. Su principal consejero político, Lord Burghley esperaba que “por muerte o enfermedad o algo parecido podamos ahorrarnos parte de la paga”, pero él mismo se alarmó señalando que “si no se cuida más a estos hombres, aunque haga falta gastar algún dinero, si se les deja morir de hambre y miseria, difícilmente conseguiremos que vuelvan a ayudarnos”.

   En definitiva se trató de un éxito moral y político para Inglaterra, cuya propaganda lo infló desmesuradamente, como el gozne de un cambio histórico, que significaría el fin de la hegemonía naval española para ser sustituida por la inglesa, como creen muchos aquí, pero en realidad la supremacía naval española prosiguió largo tiempo y la inglesa solo llegaría más de un siglo después.  El caso es que los ingleses sacaron la conclusión de que España había quedado casi indefensa por mar, y al año siguiente, 1589, planearon lo que se ha llamado La Contraarmada o La Invencible inglesa con tres objetivos  extremadamente ambiciosos: aniquilar a los barcos de la Armada española que se reparaban en los puertos cantábricos, sobre todo en Santander; adueñarse de las islas Azores, por donde pasaban los convoyes españoles que aseguraban el comercio con América; y sobre todo separar a Portugal de España mediante un desembarco en Lisboa. Con ello abrían un nuevo frente a España, que ya estaba ocupada luchando en Flandes y en Francia.

   Este último objetivo requiere una explicación previa. Por motivos de derecho dinástico, Felipe II había incorporado Portugal a una unión ibérica en 1581, pero un rival, Antonio,  prior de Crato, pretendió la corona portuguesa. La unión ibérica era una mala noticia para Inglaterra, que desde siglos atrás mantenía una alianza con Portugal y contra España. De hecho habían sido los arqueros ingleses quienes habían decidido la batalla de Aljubarrota, en 1385, que había permitido a Portugal mantenerse independiente.

   Al ser derrotado, Antonio de Crato  huyó a Inglaterra y ofreció a Isabel una cuantiosísima recompensa si le ayudaba a hacerse con el trono portugués. Sus ofertas económicas y políticas prácticamente convertían a Portugal en una dependencia de Inglaterra, hasta con guarniciones inglesas pagadas por el mismo Portugal. A su vez, para España sería un golpe militar, económico y político de alcance estratégico. Antonio convenció a los ingleses de que, tan pronto desembarcasen, la población se les uniría sublevándose contra Felipe II, y con ese optimismo se emprendió la expedición, al mando del almirante Drake, y del general Norris. Drake había pirateado abundantemente por cuenta de la reina Isabel, y había obtenido un renombre excesivo por su actuación contra la Gran Armada española.  

    La empresa fue planificada como una operación comercial en toda regla, con Isabel y el gobierno holandés como principales accionistas, así como un número considerable de aristócratas y comerciantes. Todos esperaban obtener un botín realmente pingüe, particularmente con la captura de la flota de Indias en las Azores, a su vuelta de América. La armada inglesa tuvo  al principio problemas parecidos a la española, debido a las  galernas, y los retrasos en la organización le hicieron consumir  parte considerable de los víveres disponibles antes de salir definitivamente al mar. Otro problema era la indisciplina de los marineros, acaso propiciada también por la pésima experiencia después de la Gran Armada, de modo que Drake y los oficiales apenas lograban imponerse. La flota reunida era de todas formas enorme, unas 150  naves con unos 27.000 hombres, parte de ellos holandeses.

Sin entrar en los detalles, la “invencible” inglesa fracasó en todos sus propósitos. Como balance, perdió 40 barcos hundidos o capturados, tuvo entre 13.000 y 15.000 muertos, más 5.000 desertores en otros 30 navíos. Fue sin duda el mayor desastre sufrido por la armada inglesa, en rivalidad si acaso con el de Cartagena de Indias, un siglo y medio más tarde. Económicamente la empresa fue ruinosa.  Los accionistas de la empresa perdieron prácticamente toda su inversión, y el tesoro real inglés quedó exhausto. Dicho tesoro no había dejado de crecer durante el reinado de Isabel, en parte por participación comercial en la piratería. Quedó demostrado que, a pesar del desastre de la Gran Armada el año anterior,  España permanecía en la plenitud de su fuerza.

    Vale la pena volver a algunas comparaciones entre las dos “invencibles”. El desastre de la hispana se debió casi exclusivamente a  las tempestades, que también afectaron seriamente a la invencible inglesa; pero los españoles ocasionaron una serie de derrotas a los ingleses en La Coruña, Lisboa y el mar, que no guardan comparación con los escasos e indecisos combates de la Armada española en 1588. Entonces las pérdidas humanas en la armada española fueron equivalentes a las de los ingleses, en torno a los 10.000, como dijimos: en el caso español casi todas por naufragios y en el inglés por enfermedades y luego por hambre; en el caso de la inglesa, los españoles no tuvieron más de 900 muertos, la mayor parte de ellos civiles, mientras que los ingleses pudieron llegar a los 15.000 también en su mayoría por enfermedades, aunque una proporción considerable por combate. La desproporción es llamativa, pero en buena medida se explica por las características de la lucha: los españoles estaban apercibidos y en posiciones defensivas, mientras que  sus contrario tenían que moverse a menudo por terreno descubierto, y en las acciones navales se producen en ocasiones  desproporciones enormes de bajas. Por poner un ejemplo, en un combate en Lisboa, los españoles tuvieron dos muertos y los ingleses varios cientos. Ello se explica porque  la falta de viento impedía a los barcos ingleses maniobrar para disparar  de costado, mientras que las galeras, a fuerza de remos, se situaban  a la popa de ellos y desde allí podían dispararles  impunemente. (En Santiago de Cuba, la proporción fue parecida, y en las batallas de Coronel y las Malvinas  entre barcos alemanes e ingleses, en la I Guerra Mundial la desproporción fue aún mayor, en el primer caso a favor de los alemanes y en el segundo de los ingleses).  Los españoles capturaron o hundieron muchos más barcos que los ingleses el año anterior.

   La campaña de la invencible española duró entre el 15 de abril y el 10 de julio, casi tres meses; algo más corta la española entre el 22 de agosto y finales de septiembre.  Importa señalar que por entonces Inglaterra tenía las manos libres para operar en cualquier dirección, mientras que España debía combatir  simultáneamente a los protestantes de Flandes, a Francia y mantener una costosa vigilancia en el Mediterráneo frente al Imperio turco y a la incesante piratería berberisca, es decir, tenía que atender a cuatro frentes de modo simultáneo, lo que da indicio del enorme esfuerzo desplegado.

   Cabe comparar también la enorme despreocupación de los gobernantes ingleses por sus propios marineros y soldados que habían combatido a la armada española, miles de los cuales murieron por hambre e indigencia o desatención a sus heridas. Algo que no ocurrió en España. Debe señalarse que se calcula que por entonces un tercio de la población inglesa vivía en la pobreza, debido a la expropiación de monasterios y tierras comunales por los aristócratas y burgueses. La pobreza fue combatida mediante leyes de pobres que prohibían la mendicidad salvo con autorización explícita para ello.  Mendigar sin permiso conllevaba fuertes penas, que iban desde perder una oreja a ser ahorcado, y se hablaba de árboles de los que colgaban numerosos pobres acusados del delito de mendicidad no autorizada.

   En fin, una comparación más significativa puede ser la que señalábamos al principio: el fracaso de la Invencible española es conocido en todo el mundo, ha sido popularizada en infinidad de comentarios, pintura, literatura, historia más o menos fiable –en su mayoría poco fiable–. En cambio el desastre mucho mayor de la contraarmada inglesa apenas sigue siendo conocida más que de los especialistas. Pasa como con la batalla de Cartagena de Indias, y con Blas de Lezo, que estaban completamente olvidados en España, hasta hace pocos años, excepto para los especialistas y los marinos de profesión. Afortunadamente esto va cambiando. Al hablar de la invencible inglesa en Nueva historia de España, algunos historiadores me mostraron su sorpresa: no sabían nada de ella, porque apenas se ha tratado durante tan largo tiempo. Se ha desarrollado además una especie de beatería anglómana desde el siglo XIX, que en Madrid se manifiesta en la dedicación de una plaza, en el centro de la capital, a Margaret Thatcher, que si por algo se ha caracterizado es por un nacionalismo inglés exaltado. Para hacer más ofensivo el espíritu de lacayo de las autoridades autoras del desmán, han nombrado la plaza muy cerca de la  pequeña estatua a Blas de Lezo,

    No se trata de entrar en un pugilato de patriotería, sino de recordar historia real frente a la persistente leyenda negra, que, como venimos denunciando, está en la base de e las derivas que han llevado a una democracia fallida, comenzada en 1976 con tan buenas perspectivas.    

 

Creado en presente y pasado | 110 Comentarios

El sindicato del crimen

** El respeto a Franco como base necesaria para salvar la democracia / ¿Puede interpretarse la II Guerra Mundial como el fin de la civilización europea?: https://www.youtube.com/watch?v=eVc5t0LNhnA&t=8s

** Feria del libro. No sé si es significativo, pero los libros que más he firmado han sido, por este orden:  La guerra civil y los problemas de la democracia; Europa, introducción a su historia; Los mitos del franquismo; y De un tiempo y de un país.

*****************

Como ustedes saben, Sindicato del crimen es la denominación de unos supermalvados en los tebeos useños, unos tebeos de nulo valor literario o moral.  En España, cuando algunos periodistas comenzaron a destapar la corrupción del PSOE de Felipe González, el diario El país bautizó como sindicato del crimen, no al PSOE, sino a los periodistas que denunciaban la orgía socialista de favoritismo y saqueo del dinero público.  Orgía que no ha cesado, por cierto, pese a las denuncias y a la cárcel para algunos políticos, y que se ha extendido por todo el arco político, desde los pujoles hasta el PP. Tampoco Juan Carlos quedó al margen, como ha venido transcendiendo.

   El PSOE se presentaba como el partido de los “cien años de honradez”, consigna que  le ganó millones de votantes ilusos e ignorantes de la historia.  De ahí también el chiste que añadía al lema socialista la frase “pero ni un minuto más”, dando por sentado que  el lema era correcto para la historia anterior del PSOE. La verdad es que nunca la honradez, económica o política, casó con aquel partido, cuyas señas reales de identidad han sido, precisamente la demagogia y la corrupción, que tanto contribuyeron a hundir al régimen liberal de la Restauración y luego a la II República.  Desde hace años asistimos a campañas para reivindicar a Negrín por parte de El País y de personajes prosocialistas, así el historiador Ángel Viñas o el novelista Muñoz Molina entre tantos. Y las cuantiosas propiedades heredadas de Negrín, muy justamente expropiadas en la posguerra, han sido devueltas a la familia. La reivindicación del personaje no  puede extrañar a quien sepa, y debiera saberlo todo español, que  Negrín fue, entre otras cosas, el mayor ladrón de bienes públicos y privados de todo el siglo XX español. El dato no puede ser más significativo del esperpento y la farsa política en una democracia fallida como la actual.

    Pues bien, es obvio que, justamente por todo ello, si a alguien corresponde la denominación “Sindicato del crimen”  es, plenamente, al periódico citado y al grupo  PRISA,  y a sus protegidos y protectores socialistas.  Pero no solo por lo dicho.

   El País ha sido también el gran campeón de cierta forma de complicidad con la ETA, la más eficaz, la de la “salida política”. Con ella, al paso que condenaba de palabra sus crímenes, los convertía en una forma de hacer política. Forma admitida implícitamente y finalmente premiada, destrozando el estado de derecho. Obviamente, El País aplaudió con entusiasmo a Zapatero cuando este rescató a la ETA del extremo acoso a que la había llevado la política de Aznar, para recompensarla con legalidad, dinero público, proyección internacional, presencia institucional y mediática, etc., etc. A todo lo cual llaman “derrota de la ETA,  con igual cinismo con que hablaban de los “cien años de honradez”. PRISA ha sido el grupo mediático que con mayor eficacia ha torpedeado el estado de derecho en este y otros muchos aspectos.

    El País trajo consigo algunas innovaciones interesante, por ejemplo su participación en el negocio de la prostitución mediante páginas de anuncios de tales servicios. El concepto de la sexualidad asociado a la prostitución es  básicamente la consideración del sexo como una simple forma de pasar un buen rato, que ya no distingue de formas, sea homosexismo, sadomasoquismo, bestialismo, etc.  O pederastia (esta última es la última barrera, que se aprestan a derribar). El resultado, buscado es la corrosión de la familia. Ese periódico y grupo mediático ha sido también el gran promotor del abortismo, es decir, la liquidación de vidas humanas, como “derecho” de la mujer. Y ya se sabe que los derechos deben practicarse intensamente para ser efectivos. En España, los abortos están en torno a los cien mil al año. Al paso que se fomenta la inmigración. Aunque de tendencia prosocialista, El País es muy sensible al dinero y la rentabilidad: criar y educar hijos cuesta mucho dinero a la sociedad, mientras que traer inmigrantes dispuestos a trabajar por bajos salarios aumenta la productividad.

   También ha sido este Sindicato del crimen el principal introductor en España de toda esa ideología difusa que suele identificarse como “progre”, y que, con todas sus contradicciones, tiene por enemigos principales la tradición cristiana de Europa, y de España en particular, y a la propia España, cuya historia odia y no cesa de tergiversar, empezando por “la insidiosa Reconquista”, como decía en Marruecos el inspirador del grupo, Juan Luis Cebrián. El País ha sido el gran promotor de los intelectuales más abiertamente antiespañoles como Juan Goytisolo, y de cuantos de forma no abierta, sino oscura e implícita –esta es su táctica preferida—desprestigiaban el pasado español, es decir, sus partes mejores y más influyentes. Desde pronto, uno de sus objetivos fue convertir al grupo en plataforma intelectual “progre”, que agrupase a un número de escritores y artistas bien pagados e identificados con tales ideas, desde Juan Benet, admirador del GULAG, a Rosa Montero, con su feminismo flojo, y a tantos más, siempre con el común denominador de un desdén pretencioso e ignaro hacia lo que ha significado España y el cristianismo y un inevitable toque cosmopaleto. Son también el embrión de los llamados “titiriteros de la ceja”. El grupo intelectual de PRISA, por lo demás, no pasará a la historia como un prodigio cultural. Sus características son más bien la mediocridad, el tópico, la afectación pedante, la incapacidad para debatir, la ausencia de ideas propias, copiando malamente otras venidas del exterior…  Para disimular su escasa calidad intelectual han hablado mucho del “páramo cultural” franquista. ¡Quiénes van a hablar de páramo…!

    Rasgo esencial del Sindicato del crimen es su antifranquismo, un ejercicio sistemático de falsificación, sea de la represión, del éxito económico, del significado de la guerra, etc. El gran problema no es que el antifranquismo viva en la mentira, sino que vive DE la mentira. El antifranquismo ha sido la gran coartada para disimular la corrupción, la colaboración con la ETA y los separatismos, para difundir el abortismo, el homosexismo y la ideología de género, para convertir a Gibraltar en un emporio del país invasor, para entregar nuestra soberanía a Bruselas y a la OTAN, para construir un ejército cipayo, para  comprometerlo en aventuras bélicas exteriores que, por decirlo suavemente, ni nos van ni nos vienen,  y tantas otras fechorías. Desde la transición han identificado antifranquismo y democracia. El antifranquismo, montado sobre el discurso de los verdaderos antifranquistas de antaño, los comunistas, han resultado el más dañino corruptor de la democracia, como vamos viendo, por obra de los nostáligicos de un régimen decididamente criminal como fue el Frente Popular. Así, el Sindicato del crimen   ha elaborado la ley de memoria histórica, una ley totalitaria, reveladora de su odio no solo a España sino también a la democracia, tanto como de su amor a los asesinos y torturadores fusilados al terminar la guerra civil y que quieren hacer pasar por víctimas. Es obvio que estos canallas se identifican con tales víctimas, y no con los inocentes que pudieron caer, dadas las circunstancias emocionales de la época. No hay bellaquería o falsificación en estos últimos 40 años en las que no esté implicado ese sindicato.

    En el libro Los mitos del franquismo he tratado en un capítulo especial a las dos principales figuras constructoras del mito antifranquista. Figuras que no proceden de la oposición a Franco — que no la tuvo democrática–  sino del propio franquismo. Los principales medios de la propaganda antifranquista, que ha convertido a España en una democracia fallida, han sido Prisa y el ABC de Ansón, y de ahí ha trascendido a casi todos los demás medios. La pregunta es: ¿cómo pudieron salir de aquel régimen sus mayores y más eficaces calumniadores? Ya lo he explicado: porque el franquismo quedó sin discurso cuando el concilio Vaticano II le negó carácter católico, rechazó la confesionalidad y parte de la Iglesia pasó a colaborar con los que casi la habían exterminado en la guerra civil y contra los que la habían salvado del exterminio.

    La labor que hoy se presenta para rescatar la democracia  es doble: clarificar la historia real, cosa que en gran parte está hecha, y analizar y buscar lo que hay en la experiencia franquista de aprovechable,  adaptable a unas circunstancias históricas distintas; tarea que está por hacer.

Creado en presente y pasado | 136 Comentarios

Por qué el franquismo fue una gran época para España.

Domingo, 11: firmo en la librería Antes  caseta 74 de la Feria del Libro

Una hora con la Historia: La II Guerra mundial, ¿fin de la civilización europea? / El respeto a Franco, base indispensable para la democracia: https://www.youtube.com/watch?v=eVc5t0LNhnA

***************

Muchos trazan un cuadro muy distinto de aquellos años, del franquismo.

   R. Sí. Por ejemplo Cebrián y Ansón, los principales creadores de opinión antifranquista… después de Franco, claro, mientras en la dictadura disponían no solo de mucha libertad, sino también de mil prebendas políticas y económicas. El hecho de que personajes así hayan tenido tal influencia demuestra también la escasa calidad de la democracia ya desde la transición, hasta convertirse en democracia fallida por no haber corregido los fallos, que se han ido acentuando. De todas formas yo viví con plena consciencia la época de mayor desarrollo económico, y la idea general es la de que antes solo había miseria. Eso es erróneo. Yo creo que sobre todo está por hacer un estudio serio de los años 40, de los que he trazado un esbozo en Años de hierro y en Los mitos del franquismo. Fueron años mucho más interesantes, heroicos en cierto modo, en que España se libró de la guerra mundial,  envió a Rusia una división de voluntarios que luchó excelentemente, venció al maquis, que pretendía volver a la guerra civil, y desafió y venció un aislamiento internacional que solo cabe calificar de criminal. Fueron años duros, pero muy fructíferos, también en el terreno intelectual. Mucho más interesantes culturalmente que lo que ahora vivimos.

Pero vamos a mi época. Lo que yo veo es un ambiente general muy distinto ahora. Por ejemplo, los antifranquistas siempre estábamos diciendo que el régimen utilizaba el fútbol para distraer a la gente de los problemas reales, pero jamás ha tenido el fútbol la promoción, el dinero, el fanatismo social y el grado de infantilismo que ahora. Había, por supuesto, fiestas, bailes y todo lo demás, pero esos grandes conciertos o recitales tipo rock, en los que circulan profusamente las drogas y multitudes chillan, se despepitan  y alzan los brazos como posesos, tampoco existían. ¿Indica lo de ahora más libertad?  Mire, aquí se ha mentido mucho, se ha falsificado la historia durante cuarenta años, masivamente. Eso no hay pueblo que lo soporte sin embrutecerse, y el pueblo español está mayoritariamente embrutecido por esa causa. Entre otras cosas desprecia su pasado,  y un pueblo que desprecia su pasado, a sus antecesores, es un pueblo despreciable. Por supuesto, no todo él es así, pero sí en una parte excesivamente grande.

Ahora no solo critica ud a la universidad, sino al pueblo mismo

No desvirtúe mis palabras. Para empezar, yo no soy un político y por tanto no tengo por qué adular o halagar a la gente para sacarle votos. Pero existe ese embrutecimiento, y si existe se debe a los embrutecedores, los falseadores de la historia en primer lugar. Es algo enfermizo, que lo pudre todo. El antifranquismo ha devorado la posibilidad de una democracia algo sana, todo lo convierte en farsa. Y es difícil luchar contra ello. Al principio, en las redes sociales o en cualquier ocasión, yo discutía con todo el mundo, argumentaba… pero en la mayoría de los casos era un esfuerzo inútil, porque se trata de una ignorancia cultivada, satisfecha y chabacana, incapaz de argumentar más que con chocarrerías u obscenidades  o gracietas bobas. Y no crea que se trataba de jóvenes con pocos estudios o pocas luces: a menudo eran profesores o personas a las que había que suponerles cierta cultura, pero así está el patio.  Luego  pasé a replicarles “con mala leche”, pero es igual de inútil, porque además, ¡se hacen los ofendidos! Así que pasé a reírme y ahora simplemente no les presto atención, porque rarísimas veces tienen algo de gracia y es una pérdida de tiempo. Así que escribo sin prestarles atención, para el público en general, porque afortunadamente hay bastantes con un nivel intelectual o de interés cultural  más alto. Y déjeme decirle que mis escritos no solo levantan ronchas en la izquierda. Creo que tengo más enemigos aún en la derecha, e incluso más toscos. Qué se le va a hacer.

 Volvamos a la época franquista, tan calumniada, según usted

   Cuando yo estudiaba, la gran mayoría de los estudiantes se dedicaba a sus estudios o a divertirse, como ahora, pero no existía el ambiente chabacano de ahora, el botellón, la gente emporrada… Aquí todo parece cachondeo, la fiesta, la cultura del jijí-jojó. No sé dónde leí hace poco que España estaba a la cabeza de Europa en consumo de cocaína, porros, antidepresivos, en alcoholismo juvenil y cosas por el estilo…  En mis  tiempos había, además, una minoría, pequeña pero significativa, con intereses intelectuales de cierta altura, que leía todo tipo  de autores.  Marx, Freud, Sartre, Marcuse y otros por el estilo estaban incluso de moda. ¿Eran malos autores? Sin duda, en el sentido de que sus propuestas eran falsas. Pero se trataba de ideas muy elaboradas, difíciles de rebatir, y que a los inquietos nos llenaban un vacío, porque ya dije que el franquismo se había vaciado de ideología después del Vaticano II, por lo que no atraía a casi nadie. Como decía un chiste, a Franco le iban a dar el premio Nobel de Física, porque había demostrado la inmovilidad del Movimiento. Los grupos radicales de derecha estaban desprestigiados y ya eran incluso más minoritarios que los de izquierda, no hay más que ver la facilidad con que cayó el SEU, el sindicato falangista, abandonado también por el propio régimen.

    Esa minoría inquieta era en conjunto valiosa porque sus intereses iban más allá de los intereses más prácticos y triviales, y leía y discutía mucho y era activo, si bien tendía al comunismo. Por entonces, con la guerra de Vietnam y el prestigio de Cuba en medios intelectuales, las ideas demoliberales estaban también en crisis.  Todo esto explica que algunos nos decantásemos por el marxismo, lo que también sucedía en otras muchas universidades extranjeras.

  Ahora no existen esas minorías intelectualmente inquietas, el extremismo de izquierdas es pura charlatanería, y los intereses de la gente en las universidades son de lo más pedestre, en el conjunto de la sociedad predomina un hedonismo brutillo, la ideología del dinero. Claro, todo aquello fracasó, el muro de Berlín se vino abajo, etc. pero ese nuevo vacío intelectual e ideológico solo es sustituido hoy por la algarabía de internet. La gran ventaja que supone el acceso rápido a gran cantidad de información se pierde en buena parte por la calidad ñinfima de esa información y la masa de embuste y manipulación o exhibición de simple estupidez satisfecha que predominan en las redes.

    Con respecto a las universidades europeas o useñas, la española tenía la ventaja, en principio, de que apenas circulaban las drogas en ella, de que el folclore hippy y similares contaba con pocos adeptos, de que existía aún una cultura española bastante fuerte y de cierta calidad, mientras que hoy eso no puede decirse. Desde la edad infantil, los niños se ven atiborrados de cultura useña a través de las series infantiles, de las ropas y carpetas o mochilas con frases en inglés, etc. Hoy la cultura predominante en España es una esterilizante parodia de la anglosajona, ya digo, desde la infancia a la universidad, una cultura banal y chabacana, no hay más que hurgar por las redes sociales para comprobarlo. En todo esto la sociedad actual difiere mucho de la que había en el franquismo, y no en mejor sino en peor. Cuando el PSOE se puso a la tarea de degradar sistemáticamente la enseñanza, inventó aquel bulo publicitario de “la generación mejor preparada de la historia”, un bulo muy parecido al de los “cien años de honradez”, y que demuestra la calidad gangsteril que siempre ha tenido ese partido. Yo diría que es la generación más envilecida, servil, esnob, frívola y desconcertada. Hechos más lamentables cuanto que es la generación joven que disfruta de más medios materiales. Gracias sobre todo a lo mucho que se avanzó económicamente en el franquismo. 

 

Creado en presente y pasado | 80 Comentarios

Expulsión del PCE(r)

(Después de la caída de la Operación Cromo (secuestros de Oriol y Villaescusa), los dirigentes que quedamos libres nos refugiamos en Alicante  para desde allí reorganizar el partido. Entre tanto, el secretario general sospechaba –es tradicional en partidos stalinistas– que yo quería desbancarle del puesto de máximo dirigente, y preparó una encerrona contra mí. Estas cosas, releídas cuarenta años después, no dejan de asombrarme)

   El pleno del comité central se celebró el 1 de mayo de ese año, 1977, en un piso de la calle Valdeacederas, de Madrid. Al abrirse las sesiones, el secretario general anunció  su propósito de leer un documento que no estaba en el orden del día.  “Como todo un eminente estratega que ha demostrado ser, el secretario llegó allí en plan de ofensiva por sorpresa. La sorpresa consistía en un furibundo ataque contra mí, elaborado a su exclusivo arbitrio, sin acuerdo ni información previa a la comisión política. Meses más tarde él mismo reconocía en un artículo:  Los camaradas, al empezar el pleno, se mostraron un tanto desconcertados cuando adelantándome a las críticas de Verdú (uno de mis nombres de guerra)  puse en conocimiento de todos las numerosas tentativas que Verdú había realizado para hacerse con una responsabilidad clave en la dirección del partido.  Y no era para menos de desconcertarse si tenemos en cuenta que mi presencia en la dirección, y en un puesto clave como propaganda, se debía, no a misteriosas tentativas sino a haber sido elegido en el I Congreso. (…)

   Por descontado, el peligroso personaje descrito en los papeles del secretario había estado saboteando permanentemente al partido, como demostraba hasta la saciedad su labor en organización después de la caída de febrero (tras la caída de la Operación Cromo, yo me había ocupado de reorganizar el partido);  había paralizado a todos los militantes, impuesto un brutal disciplinarismo y cortado toda iniciativa  a los desdichados que caían bajo su férula ¡Ah!, pero también era cierto que el perspicaz secretario había advertido en todo momento mis manejos y ocultas intenciones, si bien, con altruismo en verdad abnegado, había realizado no pocos intentos de “salvarme”… Quizá advirtiendo el efecto que causaban sus palabras, terminó su ofensiva con unas frasecillas conciliadoras.

      El buen secretario no creyó oportuno explicar cómo un trepador sin escrúpulos se había encargado en los momentos más difíciles precisamente de la tarea más complicada (la reorganización) y con numerosos cabos sueltos que seguían a merced de la policía, ni por qué se había opuesto a salir al extranjero, donde sin duda estaría más cómodo, ni cómo era que con tanto desbarajuste como se le achacaba  nos hallábamos reunidos, solo dos meses y medio después de la caída, con un comité central en gran parte renovado y ampliado, que convocaba además un segundo congreso. Nadie puede extrañarse de que los camaradas mostrasen desconcierto.

   Repliqué con dureza al desleal culebrón, y se entabló una interminable disputa sobre todo lo habido y por haber. El acusador, con previsión meritoria, había preparado a algunos elementos para que apoyaran su ofensiva, se nombró a sí mismo moderador, estimuló con cálido aliento a los que me atacaban , ponderando cuán provechoso  resultaba sacar a la luz los trapos sucios, y condenó severamente a los que “nos hacen perder tiempo” apoyando de un modo u otro mis posiciones . Pero al calor de las intervenciones fueron saliendo  más quejas y descontento de los que placían al buen líder (…)

   Del informe  del secretario general, si tenía alguna base creíble, solo hubiera podido salir mi destitución y la apertura de una investigación. Y si los cargos no resultaban verosímiles, pero sí al menos abrían margen a la duda, lo que se imponía era cuando menos la investigación. Precisamente fui el único en hacer una propuesta en tal sentido, propuesta que nadie se molestó en secundar, ni siquiera el propio acusador. Buena prueba de lo mucho que él creía su diatriba. Ninguna medida pudo ser adoptada contra el pernicioso oportunista por fin desenmascarado. Lo único claro es que él había creído su puesto amenazado por mí. Aquella escena alucinante  era solo el primer desprendimiento del alud que me caería encima.

   Vueltos a Alicante, Pérez (el secretario), Balmón y Brotons exigían que retirase mi crítica, puesto que la mayoría aplastante había votado a favor de su informe. No cedí: “Vamos, hombre, el centralismo democrático permite a cada cual retener su opinión, aunque en la acción acate la de la mayoría. En poco tiempo sabremos quién tiene razón”. Notaba que ellos empujaban el conflicto a la ruptura, a fin de impedir cualquier voz discrepante en el congreso.  Pero querían salvar la cara. Decidí no darles esa oportunidad. Si iban a ir hasta el final, debían quedar como lo que demostranban ser, unos sinvergüenzas. No intenté la menor maniobra con los hilos del partido todavía en mis manos, en parte por no darles pie a acusaciones de indisciplina, pero más aún porque la experiencia del pleno me había dejado pensativo respecto al grupo.

   Del pleno salí con mis atribuciones intactas, pero en Alicante los colegas se apresuraron a suspenderme de ellas, por su cuenta y riesgo. Me dio igual, porque esperaba al congreso, y así tenía más tiempo libre para reconsiderar la situación.

   Con todo, seguíamos oficialmente unidos y charlábamos con frecuencia, informalmente. Planeamos la fuga de los detenidos en Carabanchel. Desde la prisión, Delgado nos pasó detalles sobre unos conductos subterráneos, parcialmente explorados, aprovechables para construir desde fuera una galería. Se hicieron pruebas, pero se demostró impracticable. Propuse alquilar un sótano o bajo en un barrio no lejano y cavar desde allí un túnel en dos o tres meses. La idea fue rechazada porque exigiría mucho tiempo y aparato. Al final no se abordaba ningún proyecto. Delgado nos espoleaba criticando las indecisiones y descoordinación, y Pérez le replicó en una carta haciendo valer enérgicamente su autoridad. Se proyectó entonces una fuga espectacular: Hierro tenía una vaga noción de conducir helicópteros y se apoderaría de uno, al mando de la partida del Grapo, en una base de Getafe o por ahí. El helicóptero se dirigiría a la cárcel a una hora en que los presos salieran al patio y soltaría una amplia red para que los nuestros se colgaran de ella. A los centinelas se les tendría a raya disparándoseles desde el exterior, y la aeronave se alejaría velozmente, con el racimo de hombres agarrado a la red.

   Lo malo es que bastaba una bala bien apuntada para que la maniobra acabara en catástrofe total. Amén del peligro de que los huidos tropezasen con cables, etc. Tras muchas vueltas se abandonó la idea, porque las habilidades de Hierro en materia helicopteril daban qué pensar y robar el artilugio ofrecía serias dificultades.

   Adoptamos por último una modificación de mi plan: se cavaría un túnel, pero desde un punto próximo, el cementerio de Carabanchel. Cuando se alcanzaran los cimientos de muro carcelario se harían estallar potentes cargas de goma-dos para abrir un boquete por donde saldrían los presos.  Y, en efecto, unos grapenses abrieron un sepulcro y se dedicaron a excavar en horas nocturnas. Diseminaban la tierra por tumbas cercana. En dos o tres noches llegaron al muro del cementerio, tomándolo por el de la prisión. Al poco no paran ellos mismos entre rejas, pues el sepulturero reparó en la tierra escarbada y avisó a la policía, afortunadamente cuando los vampiros estaban ausentes. La prensa comentó el extrañísimo y algo macabro suceso, que no dejaba de tener bastante gracia.

    Para esas fechas, nuestras relaciones en Alicante se acercaban a la ruptura. Fue entrado junio, días después de masivas movilizaciones en Euskadi, donde perdieron la vida seis personas. Estábamos reunidos el secretario y tres o cuatro militantes más esperando al responsable de organización (Balmón), de vuelta de un viaje. El organizador trajo malas noticias. Sobre lo de Euskadi, ningún comité del partido había movido un dedo, con la reconfortante excepción del de Bilbao “¿Qué ha hecho?” “Tirar octavillas” “¿Cuántas?” “Bien, unas ciento cincuenta”.

   A ello se añadían otros desbarajustes : la comisión organizativa se había aislado repentinamente de los comités locales, debido a fallos técnicos. Estos descuelgues no eran nada nuevo, aunque no solían revestir las proporciones del actual. Desde la Cromo no se habían repetido.

 Me puse a explicar a Balmón la forma en que meses atrás teníamos proyectado robustecer el enlace de los grupos locales con el centro. Pero el secretario, que había quedado caviloso, reaccionó de pronto y se levantó de la silla, gesticulando acalorado. Sabía quién era el culpable de lo sucedido: ¡Luis! (es decir, yo). ¡Claro como el agua! La sorpresa de los demás no fue inferior a la mía. El sagaz descubridor  argumentó así: un enfollonamiento con los contactos como el que se había producido superaba a todos los del pasado, por lo que solo podía ser consecuencia de mi labor durante los dos meses y pico de reorganización. Otro tanto cabía decir de la parálisis ante las movilizaciones vascas.

   A esas alturas solo me fue posible reaccionar con tono de burla (después lo utilizaron acusándome de falta de seriedad), recordándoles la situación  tal y como se presentaba y las críticas hechas por mí a su informe del pleno y sus métodos.   Más y más excitado, Pérez clamó casi a gritos que mi cinismo resultaba increíble y que tenían que haberme expulsado hacía tiempo. Al fin exponía su intención secreta bien a la vista de todos. Se volvió con rabia a Balmón: “¿Tiene Luis la culpa, sí o no? ¿Está claro o no?” El interpelado miraba con apuro de acá para allá. “Hombre, no sé, hay que considerar también que él lleva tiempo fuera de la comisión y que, como ha habido que cambiar a varios de los que estaban con él, pues la comisión tiene poca experiencia y algunos se han embarullado en los contactos…”  Sus divagaciones quedaron cortadas con un fulminante “¡Eso es no decir nada! ¡Exijo una respuesta concluyente!” Respuesta que el fulminado siguió incapaz de dar. Penosa escena, sin duda. Y sin embargo Balmón era persona honesta, valerosa e inteligente, cualidades frecuentes en los sindicalistas (los de entonces, se entiende) . Pero le faltaba entereza de carácter, por lo que sus virtudes se transformaban en una trampa para él mismo (…)

   El descubridor de culpables, rehuyendo las miradas, cambió de frente y se dirigió a la puerta: “¡No vuelvo a poner los pies en esta casa!” gritó (era mi piso. También para mi abnegada compañera de entonces resultó muy reveladora aquella reunión, en principio informal). Los circunstantes salieron detrás . En la grabadora, en la habitación contigua, sonaba una bonita cancioncilla rusa (propiamente georgiana) Suliko, tantas veces escuchada esos meses. La apagué, algo mustio.

   A los dos días vinieron a verme como correveidiles Balmón y Brotons. Traían un conciso escrito para informar a los camaradas de que se me separaba del partido. Exclamé: “Bueno, yo creo que hay que terminar con este asunto”. A Brotons se le iluminó el semblante: “¿Quieres decir que te consideras fuera del partido?” ¡El muy jeta!, pensé para mí. Quieren empujarme al bordel del precipicio, pero que yo dé el salto “voluntariamente” para presentarme al congreso como desertor. “De ninguna manera. Quiero decir que hay que clarificarlo a fondo. Yo sigo a disposición del partido”. Su rostro recuperó la adustez. Los tres estábamos sombríos. “Ya te entregaré el documento que preparo”, dije.

   Volvieron poco antes del congreso. Me advirtieron que no asistiría a él y que debía quedarme en Alicante mientras durase. (…) Pasado el congreso retornó la pareja de recaderos. Nos sentamos, muy nerviosos. Brotons ponía gesto duro; Balmón y yo fingíamos menos. Balmón seguramente porque no las tenía todas consigo. El espectáculo del congreso debió de mezclar el alegre triunfalismo con lances poco reconfortantes. Yo, porque rompía una trayectoria, un empeño al que había sacrificado ocho años de mi juventud.

–Hemos discutido tu caso en el congreso. Tu documento lo han hojeado los camaradas… bueno, casi todos. Se ha comprendido muy bien tu posición. De todas formas, si quieres escribirnos algo para el Bandera, lo publicaremos –aseguraba Balmón.

–Por tu bien y por el del partido consideramos que lo mejor es que emigres al extranjero. Sabes muchas cosas y si te cogen aquí no tenemos la certeza de que no hables. Nosotros estamos dispuestos a facilitarte la salida –concretaba Brotons.

(De un tiempo y de un país)

Creado en presente y pasado | 66 Comentarios