Algunas cuestiones liberales

Este sábado, en Una hora con la Historia, hablaremos de cómo el panorama mundial ha evolucionado de modo muy distinto a como se preveía tras la caída del Imperio soviético (El “fin de la historia”, de Fukuyama); cómo las acciones “democratizadoras” han generado enormes conflictos y guerras civiles y terrorismo; cómo la  enorme potencia militar de la OTAN va siendo derrotada por otras formas de guerra; cómo han surgido potencias regionales cada vez más fuertes, que amenazan el mundo “unipolar” salido (momentáneamente) de la guerra fría;   cómo  en la propia UE y en Usa las democracias liberales están entrando en una época de crisis más que económica, realmente ideológica.

   Tema anterior: https://www.youtube.com/watch?v=5BjWWju4qd8&t=762s

**********************

(De un Debate con Juan Ramón Rallo, en 2015. En cursiva y negrita las posturas de Rallo)

- Inmigración: El liberalismo defiende la libertad de movimientos de mercancías, capitales y personas. Los derechos individuales no son una licencia o una concesión que cada Estado-nación les otorgue a sus súbditos, sino el reconocimiento de la igualdad moral entre todos los seres humanos

La igualdad moral entre todos los seres humanos no depende de la licencia o concesión de alguna ideología, liberal o no. O existe o no existe. En cuanto a la  libertad de movimiento de mercancías (que no se mueven solas), no puede equipararse a las personas. En nombre de esa libertad se organizaron las guerras del opio, por ejemplo.  El estado-nación tiene, no ya el derecho sino la obligación de impedir la libre circulación de mercancías peligrosas y dañinas, así como de capitales relacionados con ellas. Asimismo, la de proteger al país de una invasión “pacífica” de inmigrantes moralmente iguales, pero con culturas, costumbres y valores que pueden entrañar graves conflictos. Además, una cosa es moverse y otra asentarse. El concepto de igualdad moral del ser humano es muy anterior al liberalismo, y la igualdad, en ese plano, se manifiesta en una multitud de desigualdades.  Las naciones y las culturas y estados nacionales, con sus diferencias unos de otros, son asimismo manifestaciones de la igualdad moral de los humanos, lo mismo que la formación de asociaciones, peñas o clubs que exigen determinadas normas de pertenencia. La igualdad moral tampoco obliga a nadie a ceder su casa a otros. Los que se oponen a la inmigración irrestricta no son moralmente inferiores a los que la defienden en nombre de un supuesto liberalismo.  Ahora bien, quienes defienden la  inmigración  en nombre de la moral, tienen, por esa razón, obligación también moral de compartir su domicilio y su trabajo con esos inmigrantes, al menos mientras estos no encuentren otro. Y no tienen derecho a imponer su postura y que el estado-nación, es decir, los demás que no comparten sus ideas, carguen con los costes de sus propuestas.

 La vida va inexorablemente ligada a la muerte y, por tanto, la concepción de buena vida de algunas personas puede pasar por escoger el momento y las condiciones de su muerte. Eso, y no otra cosa, es la eutanasia: una buena muerte o muerte digna según la particular perspectiva de quien desea someterse a ella.

   Todo suicidio es una eutanasia desde el punto de vista de la persona que lo practica. También puede decirse que es una libertad, por cuanto, aunque se lo prohíba, nunca puede impedirse.Un problema de ese derecho al suicidio es que cada individuo puede tener  una idea distinta de lo que es buena y mala vida, o buena y mala muerte. Sobre ese tema hay otras concepciones: no somos dueños de nuestra propia vida, que realmente nos ha sido dada. Por mi parte no me pronuncio al respecto. Por lo demás, la “muerte digna” no es una concepción necesariamente liberal: los nazis o los comunistas la aceptaban igualmente.


- Drogas: El liberalismo reivindica el derecho a la integridad sobre el propio cuerpo, pero no porque el cuerpo humano sea un objeto sacro que merezca una protección absoluta frente a cualquier posible perjuicio, sino porque los daños sobre nuestro cuerpo pueden limitar (en ocasiones, estructuralmente) nuestra capacidad de acción y de consecución de nuestros objetivos vitales.

Obviamente, el argumento es falso. El único que puede decidir sobre la capacidad de acción y consecución de objetivos vitales es el individuo, y si prefiere las drogas y su adicción, es cosa suya, si seguimos el resto de la argumentación ultraindividualista de cierto liberalismo simple. El argumento contra las drogas no puede ser ese: el drogadicto no solo se daña a él, daña también a todo su entorno familiar y social. El individuo no es una isla, y lo que hace repercute  inevitablemente en ese entorno. Por eso existen leyes que limitan inevitablemente la libertad individual. Y las leyes provienen del estado.

- Prostitución: El liberalismo también defiende la libertad sexual. Los actos consentidos a este respecto entre adultos no deben ser violentados por otras personas: a saber, lo que pasa en la alcoba es sólo de la incumbencia de las personas que están en ella, no de terceros no invitados.

Con esa libertad sexual sucede lo mismo que con las drogas. Una cosa es decir que la prostitución es inevitable, y otra presentarla como algo inocuo o incluso bueno como resultado de la “libertad sexual”. La prostitución no es solo incumbencia de dos (o más) personas en una alcoba, y suele ir ligada a las drogas y diversas formas de degradación personal y social, a menudo también a enfermedades. ¿Por qué no emplea  el mismo argumento que con las drogas en el sentido de que la prostitución daña la “capacidad de acción”, etc.?

- Gestación subrogada: Las tecnologías reproductivas actuales permiten la gestación del embrión en el vientre de una mujer distinta de aquella que aporta la carga genética.

   Como en los casos anteriores, aquí desaparece la cuestión moral, que es la que precisamente define  al ser humano en relación con los animales. Una cosa es que las técnicas permitan mil cosas, y otras que esas cosas sean buenas o aceptables. El problema no se resuelve tan simplemente.

–El liberalismo no se restringe a asuntos reduccionistamente económicos, sino que promueve una convivencia pacífica y mutuamente respetuosa entre los heterogéneos planes vitales de todas las personas.

De nuevo entramos en un dogmatismo que elude cuestiones fundamentales. Todas las ideologías dicen pretender  alcanzar lo mismo. Y la convivencia pacífica y mutuamente respetuosa no existe ni puede existir, al menos con carácter general: las relaciones humanas son inevitablemente conflictivas y generadoras de violencias de mil tipos. Y es el estado con sus leyes –y no buenas intenciones  de paz y respeto que todo el mundo puede exhibir sin gasto alguno– el que procura imponer, sin lograrlo nunca del todo, una convivencia aceptablemente pacífica y respetuosa.

   Obviamente, el estado tiende a volverse despótico y extender su poder sobre todas las relaciones humanas, y gran parte del pensamiento político occidental se ha dirigido a evitar el despotismo. Pero entender al estado, al modo de los anarquistas, como el enemigo clave que impide a las personas “una buena vida y una buena muerte”, ya cae en el utopismo dogmático. 

El fondo de todas las utopías es la negación del carácter moral del ser humano, que sería naturalmente “bueno” y “libre” si no lo impidieran tales o cuales instituciones, el “poder”, el estado o “la sociedad”… que son todos ellos creaciones de ese ser humano naturalmente “bueno y libre”. Los utopistas no admiten el “pecado original”, un mito muy expresivo del paso del instinto a la moral. Es decir, de la animalidad propiamente dicha a la humanidad, con sus cargas, riesgos  y dificultades característicos.

Creado en presente y pasado | 344 Comentarios

El yo y el destino

**Dimorfismo sexual y pensamiento histérico: http://gaceta.es/pio-moa/dimorfismo-sexual-pensamiento-histerico-02042017-2116

**OTAN-Rusia / El mesianismo en la autoconsideración de Usa como el imperio del bien: https://www.youtube.com/watch?v=5BjWWju4qd8&t=743s

   ***********************

En la constatación de un misterio o incertidumbre esencial de la vida hallamos dos aspectos: el misterio, y para quién se presenta ese misterio, quién lo constata. Lo constata el “yo” de Omar Jayam, que para el caso es el “yo” de cualquier ser humano, su (relativa) autoconciencia: el yo reflexivo comprueba que, a pesar de sus deseos en contra, la incertidumbre rodea y empapa su destino: no solo desconoce el sentido general de su existencia, sino que, dentro de esta, el futuro al que tienden sus ansias y esfuerzos concretos se hurta en gran medida a sus talentos. Pero ¿qué o quién es ese yo que desearía conocer su destino, el sentido de su vida, pero se da cuenta de que ello rebasa sus capacidades? (Otra cosa es que no se resigne a ello, pues desde la antigüedad más remota viene recurriendo a mil especulaciones y cálculos, rituales mágicos y recursos adivinatorios para averiguar su futuro, ya que conocer su origen parece menos perentorio, una vez comprobaba la propia existencia del yo. Y por lo  común este entiende el sentido de su existencia como la obtención de las mayores satisfacciones o placeres mientras esté en vida, aunque rara vez lo consiga. Aplazamos aquí el examen de dichas satisfacciones, tan relacionadas con la moral).

   La autoconsideración como “yo”, como individuo o persona particular, tiene una potencia extraordinaria en el ser humano. Sin duda entre los animales existe una relativa autoconciencia:  saben cuándo están en peligro y reaccionan ante él, luchando o huyendo, tratan de evitar la muerte o el dolor, perciben el trato cariñoso y el trato agresivo de otros animales o del hombre,  obran como individuos para reproducirse, etc.  Todo ello viene a reflejar un “yo”, aunque muy primitivo y ligado directamente al cuerpo, como un reflejo de este y de sus necesidades, o al menos así parece. Pero en el ser humano, el yo no solo adquiere una energía especial, sino también una notable autonomía con respecto al propio cuerpo y sus exigencias. Baste observar al efecto cómo le afectan las heridas psíquicas, las heridas a la autovaloración, provocadoras de depresiones, odios y venganzas que pueden llegar al asesinato o al suicidio.

   Pero quizá esa autonomía con respecto al cuerpo sea ilusoria. Un Omar Jayam moderno también podía haber razonado así: me identifico y soy identificado y reconocido por otros, primariamente, por mi apariencia física, por mi cuerpo, pero este ¿es realmente mío?  ¿Qué quiero decir cuando añado a “cuerpo” el posesivo “mi”? Él funciona por su cuenta, sin mi permiso ni siquiera mi consciencia. No siento cómo digiero, salvo vagamente cuando va mal, ni cómo la sangre llega a todos sus rincones, ni tengo la menor consciencia de las asombrosamente complejas funciones, reacciones químicas, etc., que constantemente tienen lugar en él. Tampoco sus rasgos corporales exteriores dependen de mi voluntad, pues de otro modo yo sería seguramente mucho más fuerte, más sano, más bello… Cierto que puedo dominar el cuerpo, ejercitarlo, cambiarlo y ordenarle tales o cuales actividades, pero solo hasta cierto punto. Es más bien él quien me impone tareas pesadas para alimentarlo y mantenerlo sano, me impulsa hacia el otro sexo para la reproducción o el placer (homosexualidad, zoofilia, etc.,  aparte), me hace dormir cuando llega la noche, me empuja a huir del peligro… Y si intento llevarle la contraria en todo ello me castiga haciéndome ver dolorosamente quién es el que manda. ¿Poseo yo mi cuerpo o más bien me posee él? Por tanto, cuando hablo de “mi” cuerpo estoy mostrando, por una parte, la potencia del “yo” humano, su empuje posesivo y dominador, pero también su soberbia vana, que me hace emplear un lenguaje impropio, irreal.

    El problema se revela también de otros modos. A veces oímos — o nos oímos– decir: “Si yo hubiera nacido en otro país o en otro tiempo…”. Pero nada más lejos de la realidad. Tú eres quien eres precisamente porque has nacido en tal país y en tal tiempo: quienes han nacido en otro país y en otro tiempo no serán nunca “tú”, ni tú ellos, ni puedes decidir nada al respecto, salvo como imaginación caprichosa. Estás determinado por eso. Más aún, has nacido con un sexo u otro, en una familia precisa, con una carga genética determinada, en una cultura y ambiente social determinados… Todo ello te constituye esencialmente, y nada de ello está determinado por tu “yo”, sino al revés, y suele conocerse como el destino, dentro del cual el yo solo disfruta de una autonomía muy limitada y expuesta a mil avatares.

    Por eso algunos entienden el yo como una especie de apéndice del propio cuerpo, un epifenómeno o una emanación secundaria de él.  Sin embargo, si algo define al yo humano es su capacidad de ir más allá del cuerpo, por ejemplo con un deseo de conocer que no tiene el cuerpo propiamente, y una voluntad que puede imponerse, y en parte lo hace, a las tendencias corporales inmediatas o instintivas.  De hecho, entre el yo y el cuerpo existe un conflicto más o menos agudo. La mayoría de las personas no se siente del todo a gusto  con su envoltura física: solo hay que ver la enorme industria de productos para mejorar la apariencia o la salud, de consejos y libros de autoayuda para valorarse a pesar de los defectos corporales, etc. El descontento con el propio cuerpo puede empujar al yo a perjudicar su salud deliberadamente y en ocasiones al suicidio (hasta ha habido quien se ha suicidado por ser calvo, parece ser). Y cuando vemos un cadáver sentimos que todo lo que caracterizaba a aquel “yo” no está ya allí, ha desaparecido misteriosamente, y tendemos a pensar que permanece de algún modo en el mundo, ya sea en el recuerdo de sus conocidos o en sus posesiones u obras en general;  o en otro mundo invisible.  

   Observamos, asimismo, que hay personas muy dependientes del cuerpo, hedonistas, de modo que la mayor parte de su actividad se relaciona con “darle gusto”, mientras que otras lo son mucho menos. Incluso en el plano social se han desarrollado y desarrollan ideologías de tipo gnóstico, directamente anticorporales hasta el extremo del suicidio social. Una de ellas es actualmente la ideología de género, que no es en absoluto antihedonista, más bien al contrario, pero que detesta la procreación e, implícita o explícitamente, busca la eliminación definitiva de los cuerpos renunciando a ella.

    Por otra parte, tendemos a hablar como Jayam, como si el yo naciese con nuestro cuerpo. Pero propiamente el yo de cada uno se va formando durante bastantes años en el medio social y en los azares de la vida, que difieren para cada individuo. Así, el yo nunca acaba de estar definido y sus manifestaciones pueden variar considerablemente en un mismo individuo. Además, lo que lo define el yo, es decir, la voluntad, conocimientos, aptitudes, gustos o aficiones, incluso la memoria, cambian mucho a lo largo de la vida, y no son lo mismo en la juventud, la madurez y la vejez.

   Distinguimos los yoes ajenos por lo que solemos llamar su “personalidad” o su “individualidad”, manifiesta no solo en la apariencia física, sino más aún en actitudes, humores, dones naturales, etc. Pero la idea que se hace el yo de sí mismo es siempre distinta de la que tienen de él otros yoes. Y entre estos últimos tampoco hay la menor unanimidad cuando intentan definir  o juzgar a algún otro yo. Esto lo comprobamos constantemente, incluso entre personas que se conocen íntimamente, en las propias familias, donde las impresiones o juicios mutuos pueden  resultar hasta opuestos.

   Hay otro aspecto no menos “vaporoso”. El  yo se manifiesta externamente de un modo, e internamente puede sentirse de modo distinto. Esta discrepancia se da en grados diversos (la hipocresía es uno de ellos), que van de lo normal y tolerable hasta lo enfermizo y poco cuerdo. Así, las normas de convivencia social imponen numerosas restricciones a las tendencias yoicas más elementales. Pero en el propio sentimiento íntimo del yo se da la contradicción. Externamente, el yo se manifiesta en sus acciones — entendidas de manera amplia, también en el lenguaje–; e internamente se manifiesta en sus deseos, a los cuales pueden responder o no sus acciones. Pero es que sus deseos son muy a menudo contradictorios, y en casos graves llegan a anularse entre sí y desbaratar la coherencia interna del yo.

    Estas observaciones nos indican que el misterio del sentido de su vida para el yo no es menor que el misterio del yo para sí mismo. Omar Jayam, cualquier persona, no sabe realmente, tampoco, quién es, salvo en una medida muy reducida. Ciertamente este desconocimiento esencial e inevitable no impide, al igual que en relación con el mundo y la vida, un grado de conocimiento parcial,  suficiente,  aunque no siempre, para “tenerse en pie”, por así decir. Podemos hacer un símil con la guerra, que por su carácter extremo refleja los problemas de la vida: el soldado no sabe, y se supone que no tiene por qué saber, cuál es el sentido general de sus acciones, lo que no le impide combatir. El sentido general lo conocen los mandos más altos. Pero estos, a su vez, no pueden tener la seguridad de que sus intenciones, es decir, el sentido de ellas, vaya a cumplirse en la realidad y no le lleven a alguna derrota catastrófica.  Solo que en la vida normal ni siquiera sabemos quiénes son los “generales”, propiamente hablando.

Creado en presente y pasado | 155 Comentarios

Gibraltar

No se entenderá la política useña sin entender su componente mesiánico: https://www.youtube.com/watch?v=5BjWWju4qd8&t=743s

*************************

Con motivo de la salida de Inglaterra de la Unión Europea muchos creen que España tendrá éxito en recuperar Gibraltar. Pero ante todo hay que mirar la realidad. Se dice que Bruselas ha dado autorización a Madrid para negociar el asunto con Londres, lo cual significa  dos cosas: en primer lugar, que la Unión Europea era garante de la permanencia de la colonia, es decir, estaba en contra de los más elementales intereses españoles. Y en segundo lugar, que los gobiernos españoles, una vez entregada la soberanía de España a Bruselas, no podían hacer nada práctico, fuera de amagos ridículos como imponer ocasionalmente colas en la verja. En dos palabras, los gobiernos españoles han liquidado de hecho la independencia de España, y una eventual y por lo demás muy improbable recuperación de Gibraltar no lo seria para España, sino para la burocracia de Bruselas. Es posible que Bruselas, muy resentida por la salida inglesa, aliente a Madrid a molestar a Londres, lo cual significa añadir miseria a la insondable miseria moral de la actual política hispana.

   He señalado reiteradamente lo que casi nadie ha querido ver: que la colonia inglesa está situada en el centro neurálgico de nuestro eje defensivo, y que está ocupada por una potencia que, por el mero hecho de mantener una colonia en España, único caso en Europa, no puede considerarse una potencia amiga y aliada, sino precisamente hostil, por mucho que nuestros políticos de los cuatro partidos multipliquen sus actos de abyecta sumisión hacia la potencia ocupante. Tal como los colonizadores multiplican los actos de arrogancia y vulneran todos los acuerdos y tratados siempre que les conviene. Por consiguiente, nada debemos esperar mientras persista la despreciable casta política de los cuatro partidos.

   Para entender mejor el problema, recordemos que el franquismo derrotó moral y diplomáticamente a Inglaterra en la ONU, y ante la burla inglesa de las resoluciones de la ONU, cerró la verja del peñón. Con ello convirtió a Gibraltar en una ruina económica cada vez más agobiante para Londres. De esta situación vino a rescatar a los ingleses el gobierno de Felipe González, reconocidamente corrupto. El PSOE abrió la verja, entre el silencio de la derecha y sin la menor compensación para España, aunque posiblemente sí alguna para algunos socialistas. Desde entonces, la colonia se convirtió en un emporio de negocios opacos y contrabando, dentro de la red de refugios o paraísos fiscales con los que Inglaterra ha reconstruido un peculiar imperio financiero.

   Gibraltar es, además, un factor de desertización económica para el entorno, al que parasita y donde se alcanzan los índices de paro más altos de España. Y un foco de sobornos y corrupción en Andalucía, cuya junta autonómica es generalmente considerada la más corrupta del país. Los gobiernos del PP no mejoraron en absoluto la situación, sino que incluso aumentaron las oficiosidades serviles hacia Londres, impulsando de paso la gibraltarización o colonización cultural del país, con el consiguiente y progresivo desplazamiento del español como lengua de alta cultura. Realmente no podemos acusar a Londres por defender sus intereses, pero sí a los gobiernos españoles por defenderlos también, y contra los intereses españoles.

   Una anécdota que adquiere el carácter de categoría ha sido la dedicación, por el PP,  de una plaza a Margaret Thatcher en pleno centro de Madrid, en la plaza de Colón, cuya gran bandera española queda así digamos relativizada, y  muy cerca del monumento a Blas de Lezo. La Thatcher, que era alcohólica, gritó “Bombardeemos Madrid”, durante una estancia en Gibraltar,  ante uno de los muchos incidentes en la bahía de Algeciras en los que España, es decir sus nada dignos gobernantes, casi siempre han agachado la cabeza. La Thatcher ha sido también la impulsora de la guerra de las Malvinas contra un país hispano y por una cuestión semejante a la de Gibraltar, cosa que al PP le trae al fresco, mientras habla de dictaduras y similares, como si Inglaterra no se comportara en plan imperialista y se aliase con cuantas dictaduras convienen a sus intereses, al paso que contribuye a  provocar  golpes y guerras civiles en diversos países. Como ha sugerido el gobierno ruso, al que Londres no cesa de acusar de violaciones del orden internacional, “Devuelvan las Malvinas, devuelvan Gibraltar, y así podrán acusar con la conciencia algo limpia”. Pero esto no se les ocurre a los gobiernos españoles.

   Ahora una autoridad inglesa ha advertido que Inglaterra podría ir a la guerra por Gibraltar. Idea ridícula porque el gobierno español, sea cual fuere su partido, está dispuesto a continuar su sumisa colaboración con Londres a cualquier precio. Además, España tiene todas las bazas morales, diplomáticas y económicas para recuperar el peñón sin necesidad de ninguna intervención militar, simplemente cerrando la verja y armándose de paciencia. Pero sus gobiernos son los más contrarios a cualquier presión real. No creo aventurada la sospecha de que muchos políticos y negociantes ligados a los políticos, tengan sus dineros en el refugio fiscal gibraltareño, porque un dato innegable de la llamémosle clase política española, es su corrupción, aparte de su desprecio por España, demostrado cada día. 

   Así las cosas, lo único que cabe hacer es denunciar tenazmente estas políticas y ganar a una opinión pública hoy desconcertada y  anestesiada por mil demagogias. Ello debe plantearse como un proceso probablemente largo para desalojar del poder y sus aledaños a tales partidos. Partidos  que casualmente son también los de la llamada memoria histórica, de la recompensa a los crímenes de la ETA,  de la financiación de los separatismos o de la entrega de la soberanía a las burocracias de Bruselas. entre otros desmanes.

Creado en presente y pasado | 76 Comentarios

Liberalismo (XVI) El problema de la masonería

Blog I: Dimorfismo sexual y pensamiento histérico: http://gaceta.es/pio-moa/dimorfismo-sexual-pensamiento-histerico-02042017-2116

Dos temas cruciales: política OTAN-Rusia y el factor mesiánico en la política de Usa:https://www.youtube.com/watch?v=5BjWWju4qd8 …

****************

Desde luego, no puede igualarse liberalismo y masonería. Probablemente la mayoría de los liberales no tienen ni han tenido relación con la masonería, y algunos incluso han sido hostiles a ella. Pero también es verdad que la masonería ha tenido gran influencia en la difusión del liberalismo. Buen número y varios de los principales líderes de la independencia useña fueron masones, y así ha seguido siendo desde entonces. La masonería fue también un instrumento muy importante en la liberal Inglaterra del siglo XIX y antes, y en la expansión de su imperio. También desempeñó un papel de primer orden en la Revolución francesa, en los movimientos revolucionarios de corte liberal en la Europa del siglo XIX, en las guerras de independencia en Hispanoamérica, también de corte liberal,  y en los grupos liberales y republicanos de España de dicho siglo. También tuvo su parte en el intento de encauzar la revolución rusa  de febrero de 1917, en la II República española, en el intento de aislar a la España franquista, y en muchos otros sucesos políticos de grandes consecuencias. Según parece, el número de masones en el Parlamento de la UE es muy elevado, y el aire anticristiano que viene tomando esa organización  internacional tiene probablemente algo que ver. Ideologías como la “de género” o el abortismo, emplean argumento de tipo liberal y son defendidos en general por los masones. Con gran frecuencia encontramos masones, más o menos influyente y más o menos numerosos, en los sucesos políticos euroamericanos –y no solo– de los últimos dos siglos y medio, y la masonería ha convivido muy bien con los regímenes inglés, useño, francés y los de Hispanoamérica, entre otros.  

   La masonería ha aumentado su influjo mediante organizaciones dependientes, como ligas de derechos humanos y similares. Y siempre ha insistido en que la calidad de “hijos de la luz” o “hijos de la viuda”, es decir, de masones, no estaba reñida con ninguna religión o credo político, salvo los abiertamente antimasónicos, de modo que podía pertenecer a ella lo mismo un católicos (pese a las condenas de la Iglesia) que un budista, un musulmán o, en alguna de sus ramas principales, un ateo; lo mismo un demócrata que un marxista (los hubo o hay, aunque la URSS proscribió la masonería como  “organización burguesa”), un anarquista, un fascista (hubo fascistas masones), etc. Aunque  la corriente principal de la masonería se orienta claramente hacia el liberalismo.

   Por consiguiente, no puede estudiarse el liberalismo sin esa conexión, como tampoco la masonería sin su tendencia liberal, aunque ambas cosas, como dije al principio, no son lo mismo, por más que algunos quieran identificarlos, o extiendan la indudable influencia de la masonería a una especie de poder omnímodo detrás de cada suceso nefasto en los últimos dos siglos y medio.

   Solo la constatación de estos hechos indudables demuestra lo extremadamente dudoso de las pretensiones de dicha organización de no tener otros fines que los humanitarios al margen del poder, y de actuar solo “discretamente”. Ahora bien, no menos chocante es que el liberalismo haya admitido tal sociedad secreta, pues no existen en medios liberales, hasta donde yo sé, condenas algo contundentes a ella. Y deberían existir, porque, por todas sus características de secretismo e influencia oculta a través de su hermandad “discreta”, la masonería choca con principios liberales como la igualdad de principio o ante la ley o la publicidad que ha de acompañar a las libertades públicas, por no hablar de sus barrocos y desde luego nada racionales  rituales de iniciación, etc.

   El problema nos lleva a otra pregunta. ¿qué es, en fin, la masonería?  He publicado en este blog un ensayo sobre la misma (http://www.piomoa.es/?p=774 y siguientes), y en mi ensayo sobre Europa la he tratado asimismo. Podemos definirla, en fin, como una religión, con sus templos, mitos, ritos, etc., que pretende estar por encima de las demás;  religión gnóstica,  no abierta a todo el mundo, sino limitada a iniciados con distintos grados o jerarquías, cuyos supuestos saberes especiales les permitirían manipular a los “profanos” (se supone que por s bien); y de carácter prometeico, ligado a la idea por así decir salvífica de la técnica. Por todo ello es anticristiana, y muy posible su carácter secreto se entienda como un modo eficaz de corroer y socavar al cristianismo, muy especialmente en su versión católica.

   En suma, sin entrar en otro tipo de derivaciones o especulaciones, creo que estos hechos son innegables: su carácter de religión prometeica, gnóstica, secreta y de influencias oscuras, que deberían repugnar a todo liberal; y desde luego anticatólica. Y sin embargo, insisto, el liberalismo se ha mostrado por lo general muy poco crítico con  la masonería. Quizá sea hora de clarificar esta cuestión.

****************

pic.twitter.com/wSwr3TcQIj

 

Creado en presente y pasado | 244 Comentarios

Lo que terminó y lo que empezó el 1 de abril de 1939

Una cuestión clave en que se expresa la soberanía, y a la que nuestros políticos no prestan la menor atención, es la de las relaciones con nuestros supuestos aliados y la opción de la neutralidad, una vez caído el Pacto de Varsovia y a la vista de las desgraciadas intervenciones de la OTAN.  ¿Es la neutralidad  conveniente? ¿Es posible?: https://www.youtube.com/watch?v=qJ5cAHxL5n0&t=240s

**************************

Aquel día perdieron la guerra un conglomerado de separatistas, stalinistas, anarquistas, marxistas y jacobinos. Y la perdieron en la forma ¡tan reveladora!  de furiosos choques armados entre ellos mismos. Lo que deja a cualquiera estupefacto es que aquella alianza de golpistas, totalitarios y racistas (pues los separatismos vasco y catalán se basaban en un racismo no por estrafalario menos dañino) haya querido pasar por democrático y engañado a tanta gente. Este absurdo distorsiona de principio la mayoría de los análisis de aquella contienda y de sus consecuencias, y distorsiona  también la política actual. 

   Claro que los vencedores tampoco eran demócratas. Pero es que la democracia no jugó ningún papel en aquella guerra. Lo que tenía de democrática la caótica república fue herido por la insurrección izquierdista de octubre del 34, y rematado por las fraudulentas elecciones de febrero del 36 y el violento proceso revolucionario que siguió. Por esta razón, los nacionales que se alzaron contra dicho proceso no creían en una democracia liberal que había desembocado en el desastre y que estaba en crisis en toda Europa. Las razones de  la guerra no fueron una democracia ya destrozada  por izquierdas y separatistas, sino los valores más fundamentales de la supervivencia de la nación española y de la cultura cristiana, raíz también de la cultura europea.  

   Lo que terminó aquel día tan señalado fue un largo proceso de desintegración social y nacional  comenzado con la crisis  subsiguiente al “Desastre” del 98, marcada por un desatado terrorismo anarquista, agitaciones y huelgas revolucionarias y provocaciones secesionistas que derrumbaron el régimen liberal de la Restauración. La breve dictadura de Primo de Rivera contuvo tales derivas, pero a continuación la II República elevó a un nivel más alto el frenesí  político. El mismo Azaña caracterizó a sus partidos como “incompetentes, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”; otros eran simplemente totalitarios, hasta empujar a la mitad de la sociedad a someterse a un despotismo nunca visto, o rebelarse. Hubo rebelión y finalmente victoria en una difícil lucha. 

   Y lo que empezó ese 1 de abril fue la paz más larga que haya vivido España en varios siglos, hasta hoy mismo, aunque perturbada por  el terrorismo comunista del maquis y el separatista de la ETA y otros, añorantes del aquel Frente Popular felizmente vencido. 

   No fue una paz estéril, pues con el nuevo régimen España se remozó de arriba abajo, superando las taras de la miseria, el analfabetismo y graves desigualdades sociales y regionales, características de la época anterior. España pudo eludir la guerra mundial,  deseada por los vencidos y que habría multiplicado las víctimas y los destrozos. El régimen llamado franquismo supo vencer al intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis.  Supo derrotar el criminal intento de hambrear masivamente a los españoles propiciado por Moscú, Londres, Washington y otros por medio del aislamiento  internacional. En Años de hierro he tratado con una óptica más objetiva  los difíciles años de la posguerra. 

   En fin, los vencedores del 1 de abril supieron reconstruir el país sin ayudas como las que beneficiaron a Inglaterra, Francia o Alemania,  y luego alcanzar una de las cotas de desarrollo más altas del mundo,  poniendo en pie una economía próspera y sana con muy poca deuda y desempleo. Supieron defender la soberanía nacional contra viento y marea y dejar un país libre de los odios brutales de la república, políticamente moderado y más culto que nunca antes (o después, si vamos a eso).  Supieron, en fin, crear condiciones para una democracia viable, no convulsa o caótica, y organizar el tránsito a ella sin graves traumas…  Son verdaderas hazañas históricas que devolvieron a España la confianza en sí misma después de tantos años de autodenigración e ineptitud. No voy a extenderme, porque ya lo he hecho en el libro Los mitos del franquismo, que puede leer quien tenga interés.  

    Pues bien, hoy es el día en que unos políticos que se sienten herederos de los vencidos en la guerra o ajenos a los vencedores tratan de destruir todo lo construido,  mintiendo, calumniando y amenazando a la nación; partidos cuyas señas de identidad son la corrupción, la demagogia, la hispanofobia, el terrorismo o la colaboración con él,  y una violencia mal contenida por ahora. Con la misma desenvoltura que los del Frente Popular se proclaman demócratas, cuando en realidad son más bien parásitos de una democracia que no les debe nada. Este uno de abril debe ser la ocasión para reflexionar sobre el mal camino y la degradación a la que llevan tales partidos y políticos a la democracia y a la nación.

Creado en presente y pasado | 97 Comentarios