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	<title>Comentarios en: Gente perturbada / Sugerir y sugestionar / Neutralidad IV. ¿Tiene España intereses propios?</title>
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	<description>Más España y más democracia</description>
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		<title>Por: Pío Moa</title>
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		<dc:creator>Pío Moa</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 May 2021 08:41:13 +0000</pubDate>
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		<description>&lt;p&gt;Nuevo hilo&lt;/p&gt;</description>
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		<title>Por: Historiadoradomicilio</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=16296#comment-245334</link>
		<dc:creator>Historiadoradomicilio</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 May 2021 07:48:15 +0000</pubDate>
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		<description>Para darnos cuenta de hasta qué punto los relatos son contradictorios, imaginemos por un momento que un afortunado investigador tiene la enorme suerte de poder llevar a cabo un interrogatorio cara a cara con los evangelistas.Sentado en su mesa, el investigador se ajusta las gafas y mira a sus interlocutores. Al otro lado de la mesa, cómodamente sentados en una butacas, se encuentran Marcos, Mateo, Lucas, Juan y Pablo de Tarso.− Bien caballeros –rompe el hielo el estudioso mientras toma notas en un cuaderno–. Si les parece, comenzaremos por una pregunta muy sencilla sobre la tumba de Jesús. ¿Saben ustedes si se apostaron soldados para vigilar la tumba tras el sepelio?Todos los testigos niegan con la cabeza, excepto uno.− Por supuesto que sí –contesta Mateo–. Los pusieron los saduceos porque temían que alguien robase el cadáver de Jesús.Los demás testigos se miran extrañados, vuelven la vista haca Mateo, después hacia el investigador y se encogen de hombros.− Bueno, quizás no lo recuerden –concede el interrogador–, pero al menos podrán decirme qué personas fueron las primeras en ir a la tumba...− ¡Eso sí lo recuerdo bien! –exclama exultante Marcos– Fueron tres mujeres: María de Magdala, María la de Jacobo y Salomé.− ¡Que va! –le interrumpe Mateo– Sólo fueron dos: María Magdalena y la otra María.− Fueron por lo menos cinco –tercia Lucas–. María Magdalena, Juana y María la de Jacobo y al menos otras dos.− Pues menos mal que sois los sinópticos y compartís información –comenta Juan en tono irónico–. Por lo que yo se, sólo fue María Magdalena.− No me están ayudando mucho, la verdad –suspira el investigador–. ¿Y qué me dicen de los hombres? ¿Acudió alguno a la tumba?− Sólo Pedro –contesta Lucas, mientras observa cómo Marcos y Mateo se quedan sorprendidos antes esta noticia.− No te olvides del segundo discípulo –le corrige Juan–, el que llegó antes que Pedro.El investigador anota las observaciones, y vuelve a la carga con las mujeres que fueron a la tumba:− ¿Saben ustedes a qué fueron las mujeres a la tumba la mañana del domingo?Esta vez son Mateo y Juan los que guardan silencio. No lo saben.− A ungir el cadáver –responde Marcos– ¿No es así, Lucas?Lucas asiente.− Pasemos a la tumba –señala el estudioso–. ¿Alguien sabe cómo se abrió?− Hubo un terremoto –responde Mateo– y la piedra se movió.− ¿Un terremoto? –Marcos lo mira con incredulidad– Desde luego, esa información no la has tomado de mi evangelio.− Nosotros tampoco sabemos nada sobre ese terremoto –dicen a la vez Lucas y Juan.La desesperación comienza a invadir el ánimo del investigador, que no ve la forma de conciliar los datos. Apunta lo del terremoto y vuelve a la carga.− Al parecer –comenta tanteando el terreno– se produjo una visión de un ser angelical... ¿Era sólo uno? ¿Dónde estaba?− Sólo uno, sí –responde Marcos– y estaba dentro de la tumba.− Perdona, Marcos, pero no es cierto –le corrige Mateo–. Estaba fuera, sentado sobre la piedra que cerraba la tumba.− Os equivocáis –interrumpe Lucas–. Eran dos ángeles.− Sí, dos –confirma Juan– y estaban dentro de la tumba.El investigador suspira de nuevo, esta vez con más fuerza.− A mí no me mire –se excusa Pablo de Tarso, que hasta ahora no ha abierto la boca– De todo esto no me contaron nada...

− Veamos si usted sabe algo –le responde el paciente interrogador–. ¿Podría decirme qué personas y en qué orden vieron a Jesús.− Me alegro que me haga esa pregunta –sonríe satisfecho Pablo–. Citándome a mí mismo, puedo decirle que Jesús se apareció a Cefas y después a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez: la mayoría viven todavía, algunos murieron ya; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles. Al final de todos, como a un aborto, se me apareció a mí. Pues yo soy el más pequeño de los apóstoles...− Gracias, es suficiente. ¿Están ustedes de acuerdo? –pregunta el hombre dirigiéndose a los cuatro evangelistas.Marcos se encoge de hombros y niega con la cabeza.− Lo siento. No sé nada de esas visiones.− No fue Pedro. Fueron las dos Marías –señala Mateo–. Y aún diría más: aunque Marcos dice que las mujeres no lo contaron a los discípulos, yo os aseguro que sí lo hicieron.− Creo que te falla la memoria, querido Mateo –interrumpe Lucas–. Las mujeres no vieron a Jesús. Fueron los discípulos que iban a Emaús y Pedro quienes lo vieron.− Las mujeres, no, la mujer –apostilla Juan–. Sólo se le apareció a María Magdalena. Luego ya se les apareció a los discípulos varias veces, tanto en Jerusalén como en Galilea.− ¿Galilea? –preguntan a coro todos los demás.El investigador levanta la mano haciendo una señal de que no discutan con Juan. Prefiere avanzar con el interrogatorio y tocar el último punto.− ¿Y qué me dicen de la Ascensión? Porque ustedes, Mateo, Marcos y Juan, no la mencionan...− Quizás nadie les contó que tuvo lugar en el monte de los Olivos cuarenta días después de la resurrección –comenta Lucas–. Así lo escribí en los Hechos de los Apóstoles.− Pero en su evangelio dice que fue en Betania –señala el interrogador.− Bueno, están bastante cerca, ¿no? –sonríe Lucas.Minutos después, los redactores de los textos abandonan el despacho en comentando animadamente la velada y compadeciendo al pobre estudioso de sus textos, que ha quedado abatido sobre el escritorio, agotado por el esfuerzo de intentar conciliar lo que es inconciliable.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Para darnos cuenta de hasta qué punto los relatos son contradictorios, imaginemos por un momento que un afortunado investigador tiene la enorme suerte de poder llevar a cabo un interrogatorio cara a cara con los evangelistas.Sentado en su mesa, el investigador se ajusta las gafas y mira a sus interlocutores. Al otro lado de la mesa, cómodamente sentados en una butacas, se encuentran Marcos, Mateo, Lucas, Juan y Pablo de Tarso.− Bien caballeros –rompe el hielo el estudioso mientras toma notas en un cuaderno–. Si les parece, comenzaremos por una pregunta muy sencilla sobre la tumba de Jesús. ¿Saben ustedes si se apostaron soldados para vigilar la tumba tras el sepelio?Todos los testigos niegan con la cabeza, excepto uno.− Por supuesto que sí –contesta Mateo–. Los pusieron los saduceos porque temían que alguien robase el cadáver de Jesús.Los demás testigos se miran extrañados, vuelven la vista haca Mateo, después hacia el investigador y se encogen de hombros.− Bueno, quizás no lo recuerden –concede el interrogador–, pero al menos podrán decirme qué personas fueron las primeras en ir a la tumba&#8230;− ¡Eso sí lo recuerdo bien! –exclama exultante Marcos– Fueron tres mujeres: María de Magdala, María la de Jacobo y Salomé.− ¡Que va! –le interrumpe Mateo– Sólo fueron dos: María Magdalena y la otra María.− Fueron por lo menos cinco –tercia Lucas–. María Magdalena, Juana y María la de Jacobo y al menos otras dos.− Pues menos mal que sois los sinópticos y compartís información –comenta Juan en tono irónico–. Por lo que yo se, sólo fue María Magdalena.− No me están ayudando mucho, la verdad –suspira el investigador–. ¿Y qué me dicen de los hombres? ¿Acudió alguno a la tumba?− Sólo Pedro –contesta Lucas, mientras observa cómo Marcos y Mateo se quedan sorprendidos antes esta noticia.− No te olvides del segundo discípulo –le corrige Juan–, el que llegó antes que Pedro.El investigador anota las observaciones, y vuelve a la carga con las mujeres que fueron a la tumba:− ¿Saben ustedes a qué fueron las mujeres a la tumba la mañana del domingo?Esta vez son Mateo y Juan los que guardan silencio. No lo saben.− A ungir el cadáver –responde Marcos– ¿No es así, Lucas?Lucas asiente.− Pasemos a la tumba –señala el estudioso–. ¿Alguien sabe cómo se abrió?− Hubo un terremoto –responde Mateo– y la piedra se movió.− ¿Un terremoto? –Marcos lo mira con incredulidad– Desde luego, esa información no la has tomado de mi evangelio.− Nosotros tampoco sabemos nada sobre ese terremoto –dicen a la vez Lucas y Juan.La desesperación comienza a invadir el ánimo del investigador, que no ve la forma de conciliar los datos. Apunta lo del terremoto y vuelve a la carga.− Al parecer –comenta tanteando el terreno– se produjo una visión de un ser angelical&#8230; ¿Era sólo uno? ¿Dónde estaba?− Sólo uno, sí –responde Marcos– y estaba dentro de la tumba.− Perdona, Marcos, pero no es cierto –le corrige Mateo–. Estaba fuera, sentado sobre la piedra que cerraba la tumba.− Os equivocáis –interrumpe Lucas–. Eran dos ángeles.− Sí, dos –confirma Juan– y estaban dentro de la tumba.El investigador suspira de nuevo, esta vez con más fuerza.− A mí no me mire –se excusa Pablo de Tarso, que hasta ahora no ha abierto la boca– De todo esto no me contaron nada&#8230;</p>
<p>− Veamos si usted sabe algo –le responde el paciente interrogador–. ¿Podría decirme qué personas y en qué orden vieron a Jesús.− Me alegro que me haga esa pregunta –sonríe satisfecho Pablo–. Citándome a mí mismo, puedo decirle que Jesús se apareció a Cefas y después a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos de una sola vez: la mayoría viven todavía, algunos murieron ya; después se apareció a Santiago y después a todos los apóstoles. Al final de todos, como a un aborto, se me apareció a mí. Pues yo soy el más pequeño de los apóstoles&#8230;− Gracias, es suficiente. ¿Están ustedes de acuerdo? –pregunta el hombre dirigiéndose a los cuatro evangelistas.Marcos se encoge de hombros y niega con la cabeza.− Lo siento. No sé nada de esas visiones.− No fue Pedro. Fueron las dos Marías –señala Mateo–. Y aún diría más: aunque Marcos dice que las mujeres no lo contaron a los discípulos, yo os aseguro que sí lo hicieron.− Creo que te falla la memoria, querido Mateo –interrumpe Lucas–. Las mujeres no vieron a Jesús. Fueron los discípulos que iban a Emaús y Pedro quienes lo vieron.− Las mujeres, no, la mujer –apostilla Juan–. Sólo se le apareció a María Magdalena. Luego ya se les apareció a los discípulos varias veces, tanto en Jerusalén como en Galilea.− ¿Galilea? –preguntan a coro todos los demás.El investigador levanta la mano haciendo una señal de que no discutan con Juan. Prefiere avanzar con el interrogatorio y tocar el último punto.− ¿Y qué me dicen de la Ascensión? Porque ustedes, Mateo, Marcos y Juan, no la mencionan&#8230;− Quizás nadie les contó que tuvo lugar en el monte de los Olivos cuarenta días después de la resurrección –comenta Lucas–. Así lo escribí en los Hechos de los Apóstoles.− Pero en su evangelio dice que fue en Betania –señala el interrogador.− Bueno, están bastante cerca, ¿no? –sonríe Lucas.Minutos después, los redactores de los textos abandonan el despacho en comentando animadamente la velada y compadeciendo al pobre estudioso de sus textos, que ha quedado abatido sobre el escritorio, agotado por el esfuerzo de intentar conciliar lo que es inconciliable.</p>
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		<title>Por: Historiadoradomicilio</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=16296#comment-245333</link>
		<dc:creator>Historiadoradomicilio</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 May 2021 06:32:31 +0000</pubDate>
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		<description>Si el universo no fuera un sistema uniforme no existirían la ciencia ni la lógica. La filosofía presupone un universo uniforme.
Sus palabras carecen de sentido. </description>
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Sus palabras carecen de sentido. </p>
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		<title>Por: Alvo</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=16296#comment-245332</link>
		<dc:creator>Alvo</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 May 2021 22:05:54 +0000</pubDate>
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		<description>Él lo presupone.... </description>
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		<title>Por: Alvo</title>
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		<dc:creator>Alvo</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 May 2021 22:05:21 +0000</pubDate>
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		<description>Pero el problema es que Hume no puede saber si es uniforme... </description>
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