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	<title>Comentarios en: Enfoque social y enfoque natural del hombre / La serie &#8220;Isabel&#8221;</title>
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	<description>Más España y más democracia</description>
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		<title>Por: Pío Moa</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29742</link>
		<dc:creator>Pío Moa</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 11:17:09 +0000</pubDate>
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		<description>&lt;p&gt;Nuevo hilo&lt;/p&gt;</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Nuevo hilo</p>
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	</item>
	<item>
		<title>Por: manuelp</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29741</link>
		<dc:creator>manuelp</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 11:16:12 +0000</pubDate>
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		<description>malpharus

Discrepo de la deseable psicología del soldado que expone. La mía es que la dice el coronel Raspeguy en la novela &lt;em&gt;Los centuriones, &lt;/em&gt;discutiendo con otro coronel francés de la primera guerra mundial.

&lt;em&gt;El coronel Mestreville vierte lentamente con su mano peluda el agua sobre el azúcar, que cae gota a gota en el absenta, y agita el licor. En la caldeada habitación, el olor se va haciendo notar, primero, en forma ligera, luego, insistente, como una mañana de julio en la montaña vasca.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;Los dos hombres beben en silencio. Están juntos el joven Dien-Bien-Fú y el viejo Verdún.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— ¿Qué tal iban las cosas por allá ? — pregunta Mestreville —. ¿Os batíais como es debido? No hablo de ti, sino de los otros, porque, en fin, recibir un vapuleo de un puñado de annamitas . . . Yo los conocí durante la Gran Guerra, y no valían un comino. No nos atrevimos a emplearlos en el frente.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Entonces no peleaban en su casa y por ellos; el comunismo ha cambiado mucho las cosas, y vuestros annamitas que temblaban de miedo se han convertido en unos condenados buenos soldados, en una de las mejores infanterías del mundo.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Mira, Pierre; recuerdo un ataque de madrugada junto a Douaumont: tres divisiones, casi hombro con hombro, para desalojar a los boches de su primera línea. No regresaron muchos a sus casas. Las ametralladoras segaban la gente a montones como guadañas . . . De cada pasada barrían una fila de hombres. Se cuenta que treinta mil soldados murieron o resultaron heridos aquel día. ¿Hicisteis lo mismo en Dien-Bien-Fú ?&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Una carnicería . . .&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— ¿Qué dices?&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— ¡Verdún! Una carnicería . . . estúpida e inútil. Hay que atacar en forma dispersa, en pequeños grupos. Un espacio de treinta metros entre cada hombre, atuendo ligero y morrales repletos de granadas. Sombras que se cuelgan y sobre las que no hay tiempo de disparar. El enemigo se pone furioso, se reserva y hace tonterías . . . En Dien-Bien-Fú estábamos un poco como vosotros en Verdún, con artillería y trincheras, y nos dejamos bloquear cuando era necesario maniobrar.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;Mestreville da un sonoro puñetazo en la mesa, lo que hace bailar el líquido de los vasos.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Nosotros ganamos.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Cuando hay un millón de muertos no es una victoria. Aquel millón de hombres habría tenido hijos que hubiesen peleado conmigo. La guerra no es eso; no es eso de ninguna manera. Para nuestra guerra necesitamos muchachos taimados, astutos, capaces de desenvolverse lejos de su rebaño, llenos de iniciativas y como si fueran paisanos con conocimientos de todos los oficios; necesitamos ladrones y también misioneros que prediquen con la mano sobre la culata del revólver, por sí se les interrumpe . . . o por si no se está de acuerdo con ellos...&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— ¡Concha, trae otros dos vasos, pedazo de holgazana! Explícate mejor, Pierre.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Es muy difícil de explicar, pero siento que debe ser así. Y también es necesario que los soldados que luchen en esa guerra, mucho más complicada que la suya, crean en algo, tengan una razón por la que valga la pena morir y tengan fe en sus jefes, y no precisamente fe, sino que los amen, que los amen, sí, con amor, y que este amor sea recíproco.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;—Pero, ¿qué me estás diciendo, pequeño?&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Es necesario que los hombres tengan a sus jefes en el corazón; no sé cómo explicarlo, algo como una especie de estrecha comunión en el sufrimiento, en el peligro y en la muerte. Es preciso que el jefe, cuando cae uno de sus soldados, sienta que le arrancan una parte de sí mismo, y que le duela hasta el punto de gritar. No creo en el material humano; me declaro en contra del material humano. ¡Un millón de muertos! ¡Cerdos! Con un millón de hombres se puede conquistar el mundo. No sé exactamente lo sucedido en Verdún. Pero he leído libros, muchos libros. Nadie sabe lo que leo, este es mi secreto. Aprendo callando. Un hombre por sí solo no encuentra nada. Y un día los tipos del Estado Mayor se quedaron estupefactos ante lo que yo les dije y se creían que los había descubierto. Pero lo que yo había dicho estaba ya en César y en Clausewitz.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— ¿Tú lees a Clausewitz?&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;— Sí, muy despacio. Y tengo un capitán muy dotado para comprenderlo, un tal Esclavier, que me lo explica. Tenemos un equipo. Y contamos con Boudin, un gordo comandante que es en eso que ahora se llama logística la providencia del batallón . . . Pero no es de esto de lo que yo quería hablar. Una vez vi el ataque de dos batallones de la Legión contra una posición viet, muy al norte del Delta, en las primeras tierras calizas. Yo tenía que mantenerme tras de ellos con mis paracaidistas, y fui a ver cómo se las arreglaban. — Raspéguy coloca sobre la mesa vasos, azúcar y cucharas; una pila de dossiers representa la posición a tomar —. A la señal convenida, los legionarios salieron de sus agujeros, todos juntos. Comenzaron a avanzar en línea, paso a paso, como si un tambor acompasara su marcha, un enorme tambor de bronce sobre el que tocaba la muerte a grandes golpes, bajo el cielo pesado y bajo. Sus oídos no captaban el tambor, era en el vientre donde resonaba. Los legionarios seguían avanzando siempre al mismo paso sin agacharse, sin aminorar ni apresurar su marcha. Las balas silbaban, los obuses de mortero los machacaban. Ni siquiera se volvían cuando caía un compañero con las tripas fuera del vientre o la cabeza hecha pedazos. Con sus ametralladoras bajo el brazo, deteniéndose tan sólo para soltar una ráfaga, continuaban avanzando paso a paso con el rostro impasible. Entre ellos había muchos alemanes; eran los que daban el tono. Los viets, como locos, disparaban mientras podían. Yo me imaginaba en su lugar: para hacer la guerra siempre hay que ponerse en el lugar del enemigo . . . , hay que comer lo que ellos comen, amar a sus mujeres y leer sus libros. . . Era la muerte lo que avanzaba hacia ellos, la muerte helada que andaba en los grandes y desesperados blancos, de cabellos de pasa y sólidos cuerpos dorados. El tambor de bronce sonaba cada vez más fuerte en sus vientres.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;&quot;Los legionarios llegaron hasta sus líneas, impasibles, siempre al mismo tranquilo paso, soltando sus ráfagas y lanzando con mecánica precisión sus granadas sobre las trincheras viets. Los viets fueron presa del pánico; abandonaron sus armas, quisieron huir; pero los otros les disparaban como si fueran conejos, sin odio, estoy seguro; pero aquella marcha cadenciosa e inexorable era peor que el odio . . . Los legionarios tardaron veinte minutos en recuperar su rostro humano, y antes tuvo que abandonarlos aquel demonio helado para que la sangre volviese a sus mejillas. Entonces algunos se desplomaron; no habían notado que estaban heridos. Aquel ataque había sido espléndido, conmovedor; pero no completamente de mi agrado. De los dos batallones, uno estaba diezmado. Yo hubiera hecho el mismo trabajo con la décima parte de hombres. Por nada del mundo quisiera mandar a aquellos legionarios. Necesito tipos que esperen, que quieran ganar, porque son los más ágiles, y los mejor entrenados, y los más astutos, y porque quieren conservar la piel. Sí; quiero soldados que tengan miedo, y no que no les importe la vida ni la muerte. Los delirios colectivos no me sirven. ¿Fue eso lo de Verdún?&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;Mestreville baja la cabeza y trata de acordarse de la batalla de Verdún a través de sus recuerdos deformados y trasformados de antiguo combatiente perpetuo.&lt;/em&gt;
&lt;em&gt;No; no había sido así. Recuerda una pesada masa humana, rebozada en barro, hombres cargados como burros a los que se empujaba hacia delante. Aquella masa estaba tan resignada, tan fatigada, tan embrutecida, que se dejaba manejar y conducir como un rebaño.

&lt;/em&gt;&lt;a href=&quot;http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Larteguy/LosCenturiones/Larteguy_LosCenturiones_02B.htm#P2C3&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Larteguy/LosCenturiones/Larteguy_LosCenturiones_02B.htm#P2C3&lt;/a&gt;

</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>malpharus</p>
<p>Discrepo de la deseable psicología del soldado que expone. La mía es que la dice el coronel Raspeguy en la novela <em>Los centuriones, </em>discutiendo con otro coronel francés de la primera guerra mundial.</p>
<p><em>El coronel Mestreville vierte lentamente con su mano peluda el agua sobre el azúcar, que cae gota a gota en el absenta, y agita el licor. En la caldeada habitación, el olor se va haciendo notar, primero, en forma ligera, luego, insistente, como una mañana de julio en la montaña vasca.</em><br />
<em>Los dos hombres beben en silencio. Están juntos el joven Dien-Bien-Fú y el viejo Verdún.</em><br />
<em>— ¿Qué tal iban las cosas por allá ? — pregunta Mestreville —. ¿Os batíais como es debido? No hablo de ti, sino de los otros, porque, en fin, recibir un vapuleo de un puñado de annamitas . . . Yo los conocí durante la Gran Guerra, y no valían un comino. No nos atrevimos a emplearlos en el frente.</em><br />
<em>— Entonces no peleaban en su casa y por ellos; el comunismo ha cambiado mucho las cosas, y vuestros annamitas que temblaban de miedo se han convertido en unos condenados buenos soldados, en una de las mejores infanterías del mundo.</em><br />
<em>— Mira, Pierre; recuerdo un ataque de madrugada junto a Douaumont: tres divisiones, casi hombro con hombro, para desalojar a los boches de su primera línea. No regresaron muchos a sus casas. Las ametralladoras segaban la gente a montones como guadañas . . . De cada pasada barrían una fila de hombres. Se cuenta que treinta mil soldados murieron o resultaron heridos aquel día. ¿Hicisteis lo mismo en Dien-Bien-Fú ?</em><br />
<em>— Una carnicería . . .</em><br />
<em>— ¿Qué dices?</em><br />
<em>— ¡Verdún! Una carnicería . . . estúpida e inútil. Hay que atacar en forma dispersa, en pequeños grupos. Un espacio de treinta metros entre cada hombre, atuendo ligero y morrales repletos de granadas. Sombras que se cuelgan y sobre las que no hay tiempo de disparar. El enemigo se pone furioso, se reserva y hace tonterías . . . En Dien-Bien-Fú estábamos un poco como vosotros en Verdún, con artillería y trincheras, y nos dejamos bloquear cuando era necesario maniobrar.</em><br />
<em>Mestreville da un sonoro puñetazo en la mesa, lo que hace bailar el líquido de los vasos.</em><br />
<em>— Nosotros ganamos.</em><br />
<em>— Cuando hay un millón de muertos no es una victoria. Aquel millón de hombres habría tenido hijos que hubiesen peleado conmigo. La guerra no es eso; no es eso de ninguna manera. Para nuestra guerra necesitamos muchachos taimados, astutos, capaces de desenvolverse lejos de su rebaño, llenos de iniciativas y como si fueran paisanos con conocimientos de todos los oficios; necesitamos ladrones y también misioneros que prediquen con la mano sobre la culata del revólver, por sí se les interrumpe . . . o por si no se está de acuerdo con ellos&#8230;</em><br />
<em>— ¡Concha, trae otros dos vasos, pedazo de holgazana! Explícate mejor, Pierre.</em><br />
<em>— Es muy difícil de explicar, pero siento que debe ser así. Y también es necesario que los soldados que luchen en esa guerra, mucho más complicada que la suya, crean en algo, tengan una razón por la que valga la pena morir y tengan fe en sus jefes, y no precisamente fe, sino que los amen, que los amen, sí, con amor, y que este amor sea recíproco.</em><br />
<em>—Pero, ¿qué me estás diciendo, pequeño?</em><br />
<em>— Es necesario que los hombres tengan a sus jefes en el corazón; no sé cómo explicarlo, algo como una especie de estrecha comunión en el sufrimiento, en el peligro y en la muerte. Es preciso que el jefe, cuando cae uno de sus soldados, sienta que le arrancan una parte de sí mismo, y que le duela hasta el punto de gritar. No creo en el material humano; me declaro en contra del material humano. ¡Un millón de muertos! ¡Cerdos! Con un millón de hombres se puede conquistar el mundo. No sé exactamente lo sucedido en Verdún. Pero he leído libros, muchos libros. Nadie sabe lo que leo, este es mi secreto. Aprendo callando. Un hombre por sí solo no encuentra nada. Y un día los tipos del Estado Mayor se quedaron estupefactos ante lo que yo les dije y se creían que los había descubierto. Pero lo que yo había dicho estaba ya en César y en Clausewitz.</em><br />
<em>— ¿Tú lees a Clausewitz?</em><br />
<em>— Sí, muy despacio. Y tengo un capitán muy dotado para comprenderlo, un tal Esclavier, que me lo explica. Tenemos un equipo. Y contamos con Boudin, un gordo comandante que es en eso que ahora se llama logística la providencia del batallón . . . Pero no es de esto de lo que yo quería hablar. Una vez vi el ataque de dos batallones de la Legión contra una posición viet, muy al norte del Delta, en las primeras tierras calizas. Yo tenía que mantenerme tras de ellos con mis paracaidistas, y fui a ver cómo se las arreglaban. — Raspéguy coloca sobre la mesa vasos, azúcar y cucharas; una pila de dossiers representa la posición a tomar —. A la señal convenida, los legionarios salieron de sus agujeros, todos juntos. Comenzaron a avanzar en línea, paso a paso, como si un tambor acompasara su marcha, un enorme tambor de bronce sobre el que tocaba la muerte a grandes golpes, bajo el cielo pesado y bajo. Sus oídos no captaban el tambor, era en el vientre donde resonaba. Los legionarios seguían avanzando siempre al mismo paso sin agacharse, sin aminorar ni apresurar su marcha. Las balas silbaban, los obuses de mortero los machacaban. Ni siquiera se volvían cuando caía un compañero con las tripas fuera del vientre o la cabeza hecha pedazos. Con sus ametralladoras bajo el brazo, deteniéndose tan sólo para soltar una ráfaga, continuaban avanzando paso a paso con el rostro impasible. Entre ellos había muchos alemanes; eran los que daban el tono. Los viets, como locos, disparaban mientras podían. Yo me imaginaba en su lugar: para hacer la guerra siempre hay que ponerse en el lugar del enemigo . . . , hay que comer lo que ellos comen, amar a sus mujeres y leer sus libros. . . Era la muerte lo que avanzaba hacia ellos, la muerte helada que andaba en los grandes y desesperados blancos, de cabellos de pasa y sólidos cuerpos dorados. El tambor de bronce sonaba cada vez más fuerte en sus vientres.</em><br />
<em>&#8220;Los legionarios llegaron hasta sus líneas, impasibles, siempre al mismo tranquilo paso, soltando sus ráfagas y lanzando con mecánica precisión sus granadas sobre las trincheras viets. Los viets fueron presa del pánico; abandonaron sus armas, quisieron huir; pero los otros les disparaban como si fueran conejos, sin odio, estoy seguro; pero aquella marcha cadenciosa e inexorable era peor que el odio . . . Los legionarios tardaron veinte minutos en recuperar su rostro humano, y antes tuvo que abandonarlos aquel demonio helado para que la sangre volviese a sus mejillas. Entonces algunos se desplomaron; no habían notado que estaban heridos. Aquel ataque había sido espléndido, conmovedor; pero no completamente de mi agrado. De los dos batallones, uno estaba diezmado. Yo hubiera hecho el mismo trabajo con la décima parte de hombres. Por nada del mundo quisiera mandar a aquellos legionarios. Necesito tipos que esperen, que quieran ganar, porque son los más ágiles, y los mejor entrenados, y los más astutos, y porque quieren conservar la piel. Sí; quiero soldados que tengan miedo, y no que no les importe la vida ni la muerte. Los delirios colectivos no me sirven. ¿Fue eso lo de Verdún?</em><br />
<em>Mestreville baja la cabeza y trata de acordarse de la batalla de Verdún a través de sus recuerdos deformados y trasformados de antiguo combatiente perpetuo.</em><br />
<em>No; no había sido así. Recuerda una pesada masa humana, rebozada en barro, hombres cargados como burros a los que se empujaba hacia delante. Aquella masa estaba tan resignada, tan fatigada, tan embrutecida, que se dejaba manejar y conducir como un rebaño.</p>
<p></em><a href="http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Larteguy/LosCenturiones/Larteguy_LosCenturiones_02B.htm#P2C3" rel="nofollow">http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Larteguy/LosCenturiones/Larteguy_LosCenturiones_02B.htm#P2C3</a></p>
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	</item>
	<item>
		<title>Por: malpharus</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29740</link>
		<dc:creator>malpharus</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 11:01:46 +0000</pubDate>
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		<description>&quot;DULCE ET DECORUM EST PRO PATRIA MORI&quot; (Viva España y Viva Cristo Rey)</description>
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	</item>
	<item>
		<title>Por: malpharus</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29739</link>
		<dc:creator>malpharus</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 10:58:44 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29739</guid>
		<description>Las guerras no son ninguna desgracia, aunque habría que discernir, ¿qué guerras? Desde luego una guerra que sirva para evitar la desaparición de la Patria, o nuestra propia eliminación física, es hasta incluso deseable. La aflicción por la desaparición de un ser amado o de un camarada, será mayor o menor, en función de nuestra fe. Está claro que cuando un camarada muere, no lo vuelves a ver, por lo menos en esta vida. Y eso ya es motivo de aflicción suficiente, ¡qué caramba! Más, si deja tras de sí una situación familiar grave. 

No entiendo que un soldado marche la guerra pensando en volver. El retorno no debe entrar en los planes de ningún soldado. Sólo hay dos alternativas: vencer o morir. Es más, la mejor forma de mentalizarse para la lucha, es darse ya por muerto. Uno se despide para siempre, porque en el momento que se sube al tren que lleva al frente, es hombre muerto. Pero la muerte, cuando se lucha por la Patria, es una amiga entrañable que te recibe con los brazos abierto, y a la que se va con alegría. Sólo la victoria da derecho a volver. Sobrevivir a una derrota es indigno y una deshonra, salvo que una tenga la ocasión de contra-atacar y vencer después. Porque eso quiere decir que uno no ha puesto todo lo que hubo de poner. O sea, su propia vida. 

En cuanto a qué nosotros seamos animales, es una confusión propia de Occidente. En la India y otros lugares de Oriente, la gente cree que el hombre, posee distintas envolturas que lo convierten en un &quot;todo&quot; integral. Sería lo que se llama &quot;Constitución septenaria del hombre&quot;. (https://es.wikipedia.org/wiki/Constituci%C3%B3n_septenaria). Si convenimos en esa realidad, en ese postulado. Tendremos que reconocer que lo único animálico que hay en el hombre, es su envoltura física, que no es más que un vehículo, carece de conciencia, y por tanto, en ningún caso podemos decir que eso, seamos nosotros. Nosotros somos un alma inmortal que para encarnarse tomamos una compleja amalgama de &quot;vestiduras&quot;, pero que eso es así, únicamente para poder experimentar la vida manifestada o material... 

En resumen: &quot;EL HOMBRE NO ES UN ANIMAL&quot;. Comparte con este su esencia física. Y de hecho si esa materia no hubiera sido dinamizada y evolucionada en cuerpos animales, la encarnación del hombre en la Tierra, sería imposible... </description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Las guerras no son ninguna desgracia, aunque habría que discernir, ¿qué guerras? Desde luego una guerra que sirva para evitar la desaparición de la Patria, o nuestra propia eliminación física, es hasta incluso deseable. La aflicción por la desaparición de un ser amado o de un camarada, será mayor o menor, en función de nuestra fe. Está claro que cuando un camarada muere, no lo vuelves a ver, por lo menos en esta vida. Y eso ya es motivo de aflicción suficiente, ¡qué caramba! Más, si deja tras de sí una situación familiar grave. </p>
<p>No entiendo que un soldado marche la guerra pensando en volver. El retorno no debe entrar en los planes de ningún soldado. Sólo hay dos alternativas: vencer o morir. Es más, la mejor forma de mentalizarse para la lucha, es darse ya por muerto. Uno se despide para siempre, porque en el momento que se sube al tren que lleva al frente, es hombre muerto. Pero la muerte, cuando se lucha por la Patria, es una amiga entrañable que te recibe con los brazos abierto, y a la que se va con alegría. Sólo la victoria da derecho a volver. Sobrevivir a una derrota es indigno y una deshonra, salvo que una tenga la ocasión de contra-atacar y vencer después. Porque eso quiere decir que uno no ha puesto todo lo que hubo de poner. O sea, su propia vida. </p>
<p>En cuanto a qué nosotros seamos animales, es una confusión propia de Occidente. En la India y otros lugares de Oriente, la gente cree que el hombre, posee distintas envolturas que lo convierten en un &#8220;todo&#8221; integral. Sería lo que se llama &#8220;Constitución septenaria del hombre&#8221;. (<a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Constituci%C3%B3n_septenaria" rel="nofollow">https://es.wikipedia.org/wiki/Constituci%C3%B3n_septenaria</a>). Si convenimos en esa realidad, en ese postulado. Tendremos que reconocer que lo único animálico que hay en el hombre, es su envoltura física, que no es más que un vehículo, carece de conciencia, y por tanto, en ningún caso podemos decir que eso, seamos nosotros. Nosotros somos un alma inmortal que para encarnarse tomamos una compleja amalgama de &#8220;vestiduras&#8221;, pero que eso es así, únicamente para poder experimentar la vida manifestada o material&#8230; </p>
<p>En resumen: &#8220;EL HOMBRE NO ES UN ANIMAL&#8221;. Comparte con este su esencia física. Y de hecho si esa materia no hubiera sido dinamizada y evolucionada en cuerpos animales, la encarnación del hombre en la Tierra, sería imposible&#8230; </p>
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	</item>
	<item>
		<title>Por: Catlo</title>
		<link>https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29738</link>
		<dc:creator>Catlo</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 10:51:02 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">https://www.piomoa.es/?p=1923#comment-29738</guid>
		<description>Desenfoques del &quot;pais petit&quot;:
&lt;em&gt;El portavoz del Ejecutivo catalán responde a las críticas sobre el simposio &#039;España contra Cataluña&#039; que &quot;la historia no puede ser o no debería de ser una especie de piedra para tirársela a la cabeza&quot;.&lt;/em&gt;

&lt;em&gt;&lt;/em&gt;
 
&lt;a href=&quot;http://www.elmundo.es/cataluna/2013/12/12/52a987cb61fd3d0b488b456c.html&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;Homs dice que el Govern no busca &#039;imponer nada&#039; con el simposio&lt;/a&gt;
 </description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Desenfoques del &#8220;pais petit&#8221;:<br />
<em>El portavoz del Ejecutivo catalán responde a las críticas sobre el simposio &#8216;España contra Cataluña&#8217; que &#8220;la historia no puede ser o no debería de ser una especie de piedra para tirársela a la cabeza&#8221;.</em></p>
<p><em></em><br />
 <br />
<a href="http://www.elmundo.es/cataluna/2013/12/12/52a987cb61fd3d0b488b456c.html" rel="nofollow">Homs dice que el Govern no busca &#8216;imponer nada&#8217; con el simposio</a><br />
 </p>
]]></content:encoded>
	</item>
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