420 – Mesianismo y moral | Ejército cipayo – YouTube
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Misterio del pecado original
Dado que, según hemos venido observando y más allá de las implicaciones directamente políticas, el fondo del mesianismo se refiere al pecado orignial, cuyos males vendría el mesías a remediar, vamos a tratar brevemente el tema.
Decía Gómez Dávila en uno de sus aforismos que los hombres se dividen entre los que creen en el pecado original y los bobos. Estamos viendo cómo el elemento semimístico por el que se guía el sionismo mesiánico de Netanyahu (y no es un asunto anecdótico) gira sobre la negación, en la nueva era, de las leyes de la Torá derivadas del pecado original (frankismo, Chabad Lubávitch, aparentemente contrarias)
El mesianismo ha sido un acompañante del pueblo judío que le ha traído muchas desgracias, la mayor de ellas una diáspora de 18 siglos, y ha habido otras muchas. El componente mesiánico del sionismo tipo Netanyahu es probable que tenga un efecto semejante.
La llegada del mesías, pues, sería el final de los tiempos, acabaría con la historia empezada por el pecado original y abriría una era de paz universal bajo hegemonía del pueblo elegido, donde ya no sería necesario respetar las leyes nacidas para contrarrestar en alguna medida el pecado original. Así que nos permitiremos una pequeña digresión sobre el pecado original
Visto de modo literal, la historia del pecado original parece una sarta de disparates, coronada por la pretensión de que un pecado cometido por Adán y Eva lo sufran sus descendientes como si también lo hubieran cometido. Pero en realidad es la exposición simbólica más profunda de la condición humana. Se lo ha solido interpretar como una desobediencia a una orden divina: “si coméis de su fruta, moriréis”. Pero ¿por qué habría impuesto Dios tal prohibición, sabiendo que Adán y Eva no la cumplirían, y por qué su incumplimiento quedará como marca de su descendencia? Todo suena caprichoso e incoherente.
En mi opinión, el mito expresa mediante símbolos el paso del mundo del instinto al de la moral, característico del ser humano, lo que lo diferencia más profundamente del animal: lo humano gira en torno al “árbol de la ciencia del bien y el mal”, es decir, de la moral. Aunque el hombre conserva fuertes rasgos instintivos, el bien y el mal bañan, por asi decir, toda su conducta, hasta en los aspectos más triviales, como “tomo un taxi o voy andando”; no digamos en los más decisivos o trascendentales de la vida: ¿qué es bueno o malo, mejor o peor?
La moral es, pues, una evidencia en la conducta humana, adquirida al “morder la fruta”; el problema es la ciencia de ella al hombre del animal, sino en “la ciencia”. El mito representa la humanización como una caída: se pierde la inocencia y espontaneidad del institnto y se entra en un mundo atormentado de culpa, remordimiento, responsabilidad, crimen, también de alegría, logro, incluso sublimidad. Pero su “ciencia” o sentido quedan fuera de las capacidades humanas.
El bien y el mal existen también en el mundo prehumano, pero como algo ajeno al individuo: así, el bien del lobo es el mal de la oveja. La diferencia está en que los dos se encuentran en la persona, en su interior, con un carácter proteico, a menudo mezclados y confusos: el bien y el mal suelen transformarse el uno en el otro, se relativizan, cambian según el contexto, adquieren formas diversas o se presentan con aspecto distinto desde distintas perspectivas.
Ese carácter perturbador de la moral origina en el hombre una especie de nostalgia y deseo de volver al instinto, deseo imposible y enfermizo, como explica Paul Diel, y bien expresado en unos versos de Walt Whitman que he citado a menudo: Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados. He sostenido que el objetivo de las ideologías sería prescindir de la “hipótesis” de Dios (como Laplace) y abolir la moral mediante organizaciones sociales (utopías) que eliminasen el mal y en las que los hombres serían buenos sin poder evitarlo,
Dios advierte a Adán que si come esa fruta, morirá, lo que solo puede entenderse como que adquirirá consciencia de la muerte. Y, en efecto, la moral está íntimamente ligada a dicha consciencia, como asimismo la libertad: unos seres inmortales no necesitarían la moral ni la libertad, ni preocuparse por el sentido de sus actos. No creo que el mesianismo sionista traiga la inmortalidad de las personas, pero en algunas de sus versiones volvería inútil la Ley de la Torá (algo que predicaba también San Pablo con otro sentido)l sionismo
Por lo tanto, la condición humana es intrísecamenes angustiosa, lo que expresa de otra manera el genial cuarteto (rubai) de Omar Jayam: Vine al mundo sin mi consentimiento/ Después, la vida no ha cesado de asombrarme/ Me iré sin desearlo y sin saber/ el porqué de mi llegada, mi estancia y mi partida.
El sentido de la vida, por tanto, estaría reservado a Dios, lo que plantea muchos problemas. Ese muro infranqueable no ha impedido al hombre realizar a lo largo de la historia esfuerzos ímprobos por desvelar el misterio del sentido: las religiones, las filosofías y las ideologías son el resultado de ese esfuerzo, que no tendría objeto si hubiésemos adquirido la ciencia y no solo el bien y el mal. Esfuerzo que nunca logra su objetivo, pero quizás avance de algún modo, como cuando se persigue el horizonte: nunca se alcanzará, pero entre tanto se descubren nuevos paisajes. También ha dado lugar a numerosos errores y catástrofes, como certifica la historia.
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