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Estafa del cambio climático / “Estreno” literario / Las Casas (IV) y Motolinía
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Las Casas (III) Influencia histórica de la leyenda negra / Dos cosas distintas
Las Casas (III) Influencia histórica de la leyenda negra
Las calumnias deliberadas de Las Casas son el verdadero origen de la leyenda negra, más allá de las descalificaciones ocasionales y bastante esperables de los protestantes y los países rivales de España, en especial Francia e Inglaterra, o molestos con su hegemonía, como Italia. La razón es que proporcionaba a todos ellos una munición propagandística y política magnífica: ninguna otra propaganda presentaba a los españoles con unos tintes tan atroces, y lo hacía por parte de alguien que, después de todo, era español y había vivido en América, así que debía conocer el asunto. Un mínimo análisis crítico desde el sentido común bastaba para echar por tierra las descomunales acusaciones de Las Casas, pero ello, lógicamente, no tenía el menor interés en una rivalidad radical.
Se ha dicho que todos los imperios y países que han destacado tienen su leyenda negra como relato centrado en los aspectos brutales de su empleo de la fuerza, dejando en segundo término o negando los más positivos. Esto es verdad, pero en el caso español esa leyenda ha ejercido una influencia histórica mucho mayor que en cualquier otro. Hasta hoy mismo la pintura de España como el gran baluarte del fanatismo, el oscurantismo y la crueldad, está presente en las actitudes de diversos países de Europa occidental, en particular los antiguos rivales. Y sobre todo influye en la misma España, donde, a partir de la decadencia, las historias del rencoroso y calumniador fraile empezaron a ser recogidas y aceptadas por algunos: si otros países a los que habían vencido los españoles estaban aventajando a España en economía, ciencia y poder político y militar, tenía que deberse a que la anterior hegemonía hispana habría sido un espejismo o algo peor, una fuerza retardataria y oscura, vencida finalmente por los países “ilustrados y progresistas”.
Ya Quevedo tuvo que bregar con ese espíritu, que cobró fuerza en el XVIII, pero sobre todo en el XIX y XX. La masonería resultó un canal especialmente eficaz , por lo oculto, de la leyenda negra. Esta fue el contenido ideológico de la independencia de los países hispanoamericanos, y ello hasta un punto de histeria. Quizá lo más grotesco fue la pretensión de reivindicar a los indígenas, cuyos peores enemigos eran precisamente los criollos independentistas. La independencia tenía que llegar de un modo u otro, pero lo hizo de uno de los peores modos posibles, cuyas consecuencias permanecen hasta hoy.
Las diatribas independentistas fueron acogidas en la propia España. Cuando el botarate Castelar predicaba que “Nada hay más espantoso, más abominable, que aquel imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta”, expresaba una opinión muy extendida entre los improductivos liberales españoles. La derrota frente a Usa en el 98 reforzó tales opiniones, sostenidas como fondo del llamado regeneracionismo. Para Azaña, el país solo había creado un “imperio de mendigos y de frailes, aliñado con miseria y superstición”; sin entrar en más detalle, Ortega calificaba la historia de España como “enferma” o “anormal”; Costa hablaba de “echar doble llave al sepulcro del Cid”, etc. En realidad, el regeneracionismo no regeneraba nada, y sus retóricas vacuas fueron uno de los factores ideológicos que llevaron a una república demencial y a la guerra civil.
Asimismo encontramos la leyenda negra en las políticas y políticos desde la transición. La base profunda, dentro de su superficialidad, de la política seguida desde entonces por PP y PSOE, es la pueril ocurrencia de Ortega “España es el problema y Europa la solución”. Todo el objetivo de unos y otros se resumía en “entrar en Europa”, frase que ya define una cierta estupidez e ignorancia. De Europa nunca han sido capaces de ofrecer algún estudio de mediana calidad intelectual, mientras que de España no han producido más que una serie de ocurrencias triviales aliñadas con servilismo e hispanofobia.
No cabe duda de que Las Casas ha sido uno de los personajes más influyentes de la historia de España y en buena medida de Europa occidental (a él cabe referir, por ejemplo, el mito del “buen salvaje”, que tantos disparates sugirió en el siglo XVIII)
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Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos… Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto (Carlos López Díaz, ensayista)
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Similitudes y diferencias / Hijos del orate / El caso Las Casas (II) Un odio profundo
Similitudes y diferencias
He observado diferencias y similitudes que me han llamado la atención en sus dos novelas. Las dos tienen un prólogo y un epílogo. En Sonaron gritos, el prólogo es la “inspiración” por la que el viejo protagonista quiere rememorar su azarosa juventud, y el epílogo es una descripción desencantada de sus tres hijos, a quienes nunca había hablado de lo anterior; en Cuatro perros verdes, el relato se encuadra entre la salida y la puesta de sol y las reflexiones al respecto de uno de los protagonistas…, el ocaso enmarcado en el templo egipcio de Madrid, muy ad hoc. El relato propiamente dicho empieza en Sonaron con un crimen bárbaro y termina con otras muertes que serían justicieras, pero que al protagonista le causan un shock psíquico; en Cuatro empieza con una discusión bromista típica de estudiantes, que se vuelve más seria, y termina con la posible muerte (no queda claro) del chico con más ilusiones en la vida, y otro herido leve de bala, un tercero que renuncia por fin al suicidio, y el cuarto, más contemplativo: de pronto lo que parecía una rutina estudiantil se rompe inesperadamente. Sonaron transcurre en diez años, a lo largo de 650 páginas; la otra transcurre en un día, con la mitad de páginas; si la primera hubiera ido día por día, habría necesitado 3.650 por 350 páginas: echen la cuenta, ¡evidentemente el tratamiento del tiempo es muy diferente en las dos! En la primera hay un gran número de personajes, aunque giren en torno a tres, el protagonista, su amada Carmen y su gran amigo Paco, que causa una tragedia; en la segunda solo hay nueve personajes y su peripecia se percibe claramente. La primera transcurre en una época de mil violencias; la segunda en una paz que a algunos se les hace pesada. Los temas secundarios de fondo también son interesantes: la idea del absurdo, del nihilismo existencialista, de la guerra fría, las perspectivas de la electrónica, la genética, la informática, que afloran en Cuatro sin perturbar la narración, y que no podían presentarse en Sonaron: supongo que son lo que hace a las dos un poco novelas históricas aunque a usted no le gusten. Podría seguir pero al terminarlas me he preguntado: ¿son relatos deprimentes como tantos que se venden? Yo diría que no, sin saber por qué. ¡Me han parecido incluso optimistas, ya digo, no sé por qué razón! El pregonero
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Hijos del orate
Una vez más, PP y PSOE rivalizan en rendir homenaje al orate botarate Blas Infante. En tales cosas se retratan unos y otros mejor aún que en sus corrupciones económicas o sus mentiras permanente. ¿Cuál es la causa de que todos ellos hayan titulado al orate “padre de la patria andaluza”?: el haber sido fusilado por los nacionales al comenzar la guerra civil. Claro, dirían muchos bienintencionados de poco seso, no deja de ser un crimen matar a alguien por sus ideas. Pero resulta que las ideas de Infante eran las de la disgregación de España, la islamización de Andalucía y la colaboración con las izquierdas totalitarias. En tiempos de paz no pasa nada por tener ideas disparatadas, máxime cuando pocos las seguían. Y, por supuesto, no fue fusilado por sus ideas sino la agitación y las violencias organizadas en torno a ellas, que provocaron la guerra civil con una escalada de asesinatos e incendios, primero en 1934 y luego tras las elecciones fraudulentas de 1936. Infante fue fusilado como uno de los promotores de tal situación. Al nombrarle “padre de la patria andaluza”, PP y PSOE insultan a los andaluces, pero es muy cierto que también se proclaman hijos del botarate: ellos, y no los andaluces, lo son. VOX debería hacer campaña para informar a los andaluces y a todos los españoles de quién fue el personaje.
En un manifiesto, en 1919, cuando creía que el fin de la I Guerra Mundial iba a traer consigo el de España (también lo creyeron otros al terminar la II), escribía Infante: “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá que consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España (…). Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los Pueblos extranjeros. Avergoncémonos de haberlo sufrido y condenémoslo al desprecio. Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional“.
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El caso Las Casas (II)
Las fabulosas virtudes de los indígenas aumentaban si cabe el horror de las atrocidades hispanas: “Y a estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles (…) como lobos y tigres y leones cruelísimos (…) Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte (…) sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán”.
En Nueva España habrían matado “a cuchillo, y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres y niños y mozos y viejos, más de cuatro cuentos [millones] de ánimas (…) Y esto sin los que han muerto y matan cada día en la susodicha tiránica servidumbre”. En Nicaragua, “cincuenta de a caballo alanceaban toda una provincia mayor que el condado de Rosellón, que no dejaban hombre ni mujer, ni viejo, ni niño a vida”. Pero en 400 leguas a la redonda de Santa Marta (actual Colombia) los crímenes de conquistadores y encomenderos habrían superado lo anterior, nos advierte el fraile, aunque es difícil imaginar cómo. El total de indios exterminados lo cifra Las Casas en hasta quince millones y más, seguramente tres o cuatro veces más que los habitantes admisibles previos al descubrimiento. Además de increíblemente sanguinarios, los españoles serían no menos increíblemente estúpidos, pues estarían matando la gallina de los huevos de oro, es decir, exterminando a aquellos de cuyo trabajo pretendían vivir. Lo único que cabe deducir de tales parrafadas es un odio ciego del fraile hacia sus compatriotas, pues los calumnia con verdadera saña, una saña a su vez algo estúpida si se analiza racionalmente.
Sin embargo esta sistemática falsedad por la exageración ha tenido un éxito inagotable. En una historia del mundo escrita para niños, el historiador austroinglés del arte Ernst Gombrich resume: “Los primeros barcos españoles con Colón y sus compañeros solo habían descubierto islas con una población de indios pacíficos, pobres y sencillos. Lo único que los aventureros españoles querían saber era de dónde habían sacado sus adornos de oro (…) Los hombres que marcharon de España a los países aún no descubiertos a fin de conquistarlos para el rey de España eran unos individuos feroces, crueles capitanes de bandoleros, increíblemente despiadados y de una inaudita falsedad y malicia para con los nativos, impulsados por una codicia salvaje hacia aventuras cada vez más fantásticas. Ninguna les parecía imposible, ningún medio les parecía demasiado malo si se trataba de conseguir oro. Eran increíblemente valerosos e increíblemente inhumanos. Lo más triste es que aquellas personas no solo se llamaban cristianos sino que afirmaban continuamente que cometían todas aquellas crueldades con los paganos a favor de la cristiandad”. Estas frases condensan la leyenda negra nacida de Las Casas, cuyo ecos perviven con fuerza hasta hoy, renaciendo cada vez que parecía superada.
Algo de justeza muestra Gombrich al mencionar “las aventuras más fantásticas” y “ninguna les parecía imposible”, pues rebasan cualquier novela del género, y sus protagonistas así lo entendían: “Hay algunas cosas que nuestros españoles han hecho en nuestros días y en estas partes, en sus conquistas y encuentros con los indios, que como hechos dignos de admiración sobrepasan no solo a los libros [de caballerías] sino también a los que se han escrito sobre los doce Pares de Francia”. La referencia a los libros de caballerías indica lo popular de ellos entre los conquistadores, y a ellos, precisamente, debe su nombre California. Las aventuras causaban los destinos personales más varios: andanzas como las de Cabeza de Vaca, abandonos de las ganancias para meterse a monjes, “robinsones” como Pedro Serrano, sobreviviente ocho años en un islote arenoso 300 kilómetros al este de Nicaragua, naufragios como el de Gonzalo Guerrero, que se convirtió en jefe militar maya y se casó con la hija de un cacique; o Gonzalo Calvo, primer europeo en Chile después de huir de sus compañeros junto con su mujer inca, y superar el terrible desierto de Atacama, para adoptar el modo de vida de los araucanos; muchos terminaron torturados y devorados por caníbales, o transformado su triunfo en desgracia por querellas internas o intrigas cortesanas… Lo importante de Las Casas y lo difícil de explicar es cómo ha disfrutado de tanta atención. Porque nada demuestra mejor su falsedad que el balance de la conquista, conocido desde muy pronto.
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Indecencias / El caso Las Casas (I) / Meterse a novelista
Indecencias
Me han llegado críticas por incluir a los liberales en esta nota sobre el Emérito: “De los enemigos de Franco (es decir, de su memoria), los más indecentes son los que se proclaman monárquicos, liberales o católicos”. Lo que quiero decir es que quienes se sienten herederos de los partidos del Frente Popular no tienen nada que agradecer al franquismo, mientras que católicos, monárquicos y liberales se lo deben todo. De ahí la indecencia. Los liberales especialmente ya que habían contribuido a traer una república caótica, por frivolidad e ignorancia de la realidad española, cuya historia tendían a considerar “enferma” o “anormal” (como se percibe también hoy en el liberalismo anglómano de Cayetana Álvarez de Toledo, por ejemplo). Claro que entre los liberales hay de muchas clases, como entre los católicos o los monárquicos, pero el antifranquismo impostado de bastantes de ellos ha vuelto a fomentar el caos.
En cuanto a los otros, su frentepopulismo actual no es menos impostado, pues muy a menudo descienden de familias franquistas o se han beneficiado de los avances sociales de aquel régimen. Pero no por ser una pose es menos eficaz ese antifranquismo en promover la disgregación, el golpismo y el totalitarismo. Al respecto sería muy recomendable que unos y otros prescindieran de mitos baratos. En La Segunda República Española, en Por qué el Frente Popular perdió la guerra y en Los mitos del franquismo pueden encontrar, si quieren, aclaraciones de fondo sobre esos temas. Porque las “memorias históricas” en que se apoyan son realmente baratas, es decir, de una tosquedad intelectual y argumentativa pasmosas, una vez se las analiza con algo de racionalidad.
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El caso Las Casas (I)
El asunto del trato a los indígenas preocupaba en España mucho más de lo que lo había hecho o lo haría luego, en cualquier otro imperio el trato a los pueblos sometidos, el derecho a cuya conquista rara vez se ponía en cuestión. En el caso hispano, la conquista se justificaba como medio de “llevar la luz del Evangelio” a los aborígenes y salvar sus almas, lo que difícilmente sería posible sin una previa conquista. Pero, ¿había derecho, de todos modos, a luchar contra unas poblaciones antes desconocidas y con las que, por ello, no existía conflicto inicial? Y por lo demás, ¿respondía al ideal evangelizador la conducta real de conquistadores y encomenderos?
Sobre el primer punto discurrió el dominico Francisco de Vitoria, uno de los pensadores europeos más destacados de su tiempo, profesor en las universidades de Valladolid y Salamanca y antes estudiante en París. Partiendo de la ley natural, Vitoria defendió la plena humanidad de los indios y su igualdad de derechos fundamentales con los españoles. Ello le codujo a negar validez al acuerdo de Tordesillas de reparto de medio mundo entre Portugal y España, autorizado por el papa, pues el papa no tenía potestad sobre tales asuntos. Como uno de los fundadores del derecho internacional, afirmó que la relación entre los pueblos debía basarse en el entendimiento y la ley, por lo que solo sería justa una guerra defensiva o contra una política contraria a los derechos naturales, y no por motivos religiosos o expansivos.
Con tales principios era casi imposible conceder legitimidad a la conquista de América. Había sin embargo una salida condicional: los derechos naturales (a la vida, la libertad, la propiedad, etc.) incluían el comercio, el mantenimiento de la paz y la difusión del cristianismo. Si los indios impedían esos derechos, podía hacérseles guerra. Al efecto Vitoria distinguió varios “justos títulos” para la presencia española en América: propagar el Evangelio, proteger a los indígenas bautizados contra los reacios, combatir los delitos contra natura, reinar el soberano de España sobre los indios, si estos lo aceptaban, aliarse con unas u otras tribus en las guerras entre ellas, rescatar a los naturales de su atraso.
Vitoria fue uno de los inspiradores de las Leyes Nuevas, pero otro muy destacado fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas, partidario de abolir drásticamente las encomiendas. No lo consiguió, aunque sí su fin en un plazo relativamente corto (se irían reduciendo hasta prácticamente desaparecer en aquel siglo). Las Casas se convirtió en figura universal, pasando a la historia por su pequeño libro Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que probablemente ya hacía circular en manuscrito un año antes de promulgarse las nuevas leyes y cuya influencia llega plenamente hasta hoy.
En esencia, el libro describe dos supuestas realidades, la de los indios y la de los españoles en América. Para empezar, traza una geografía fantástica. En La Española encuentra cinco reinos, uno con una vega de 80 leguas de sur a norte (más de 400 kilómetros, pues la legua castellana medía más de 5 kilómetros). La vega estaría recorrida por más de treinta mil ríos, unos veinte o veinticinco mil de ellos riquísimos en oro, y doce tan grandes como el Ebro; otro reino de La Española, también lleno de minas de oro y cobre, era él solo más grande que Portugal (90.000 km2; la isla suma 76.000); no detalla la extensión de los otros tres reinos, pero sugiere también su vastedad pues solo en una parte de ella podrían haberse construido más de cincuenta ciudades tan grandes como Sevilla; así, la isla no sería menor que la mitad de España. Calcula más de quinientas leguas “desde arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua” (en realidad 350 kms). En el antiguo Imperio azteca los españoles habrían masacrado a la gente “en cuatrocientas y cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico (…), donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más felices que España” (de ser cierto el dato, cabrían ocho Españas). Guatemala tenía “más de cien leguas en cuadra”. La isla de Trinidad era “mucho mayor que Sicilia” (en realidad es seis veces menor). Y la tierra firme descubierta superaría las ¡1o.000 leguas! de litoral…
Tampoco se anda con chiquitas en demografía. Las costas de tierra firme estaban “todas llenas como una colmena de gentes (…) que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano”; no había región que no estuviera “pobladísima”. El Yucatán “estaba lleno de infinitas gentes”. También Florida gozaba de “grandes poblaciones”. Las Antillas habían sido “las tierras más pobladas del mundo”, y solo las pequeñas islas Lucayas o Bahamas habrían alimentado a más de medio millón de indígenas. Centroamérica disfrutaba de “la mayor e más felices e más poblada tierra que se cree haber en el mundo”. Etc.
Estos datos desafiaban al sentido común y exigían una gran credulidad para ser aceptados, incluso entre quienes no hubieran salido de Europa. Una población se ve limitada por la disposición de recursos, las técnicas para explotarlos y las enfermedades epidémicas (secundariamente las guerras). Los territorios descubiertos por los españoles se componían en su mayor parte de vastísimas selvas con amplias zonas cenagosas, grandes cordilleras en general estériles, y regiones desérticas. Por las selvas vagaban pequeños grupos de cazadores y recolectores, y cualquier intruso se exponía a morir allí de hambre, al no conocer los puntos adecuados para obtener alimentos: de hecho gran número de españoles e indios civilizados murieron efectivamente de hambre al adentrarse en tales parajes. Por supuesto, no faltaban zonas fértiles y productivas, pero ni siquiera las civilizaciones azteca e incaica disponían de técnicas adecuadas para sacarles máximo rendimiento, al carecer del arado, los animales de tiro y la rueda. Por lo demás, suponer que sus únicas epidemias venían de fuera apenas llega al nivel de la tontería.
No era aquella fantástica superpoblación el único portento que contaba Las Casas, pues su urbanización deslumbraba aún más, si cabe: con las colosales riquezas de Nicaragua “era cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi duraban tres y cuatro leguas en luengo”, por lo que se trataría de numerosas ciudades más grandes que cualquiera de Europa. Cosa normal teniendo en cuenta que la Nueva España disfrutaba de muchas urbes más habitadas, que “Toledo y Sevilla y Valladolid y Zaragoza juntamente con Barcelona”, de modo que “para andallas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas” (casi diez mil kilómetros). Con “dos millones de templos”, además.
No menos maravilloso era el carácter de los indígenas, siempre “mansísimas ovejas”, “sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas”; las gentes “más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos (…) sin rencores, sin odios, sin desear venganzas que hay en el mundo”; “Carecían de vicios o de pecados”; “Gentes muy bien dispuestas, cuerdas, políticas y bien ordenadas”; “No poseen ni quieren poseer bienes terrenales”; “No soberbias, no ambiciosas, no codiciosas”; “Limpios y desocupados, de vivo entendimiento, muy capaces y dóciles para toda buena doctrina”. Esta descripción tenía que dejar pasmados a los españoles de América, incluidos los frailes: el canibalismo, los sacrificios humanos, las feroces guerras intertribales, las flechas envenenadas de las que habían muerto muchos españoles, la poligamia de los caciques, las “guerras floridas”, la opresión de unas etnias sobre otras…, todo ello debía haber sido solo un sueño de los conquistadores. Según Las Casas, los indios vivían en un paraíso sin pecado original. Hasta la llegada de los españoles, claro.
Estas historias podían ser creídas en Europa si no se les aplicaba un mínimo de crítica racional, pero quienes conocían directamente el nuevo mundo sabían por fuerza que se trataba de mentiras a una escala de auténtica perturbación. Pues Las Casas no podía argüir ignorancia, ya que había vivido bastantes años en aquellas tierras y no era un ignorante, seguramente tendría alguna noción sobre métodos de cuantificación y medida. Por lo tanto es evidente que trataba deliberadamente de engañar a quienes permanecían en España.
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Meterse a novelista
Un historiador que se mete a novelista cuenta en principio con una ventaja de salida, pero no es frecuente que esa ventaja se mantenga. La publicación de Suroeste, la primera novela de Bernardo Víctor Carande, me dio la impresión de una acumulación de datos y conocimientos que no tuvo paciencia de organizar en tesis y aprovechó para poner en pie una obra de ficción(…) No es éste ciertamente el caso de Pío Moa en su ambiciosa novela Sonaron gritos y golpes a la puerta (…) Moa no les hace ascos a las masas, porque en el fondo y en la forma es un proletario; un proletario, eso sí, con unos ojos redondos y muy abiertos que descubren la perfidia sinuosa que encubre la grandilocuencia humanitaria, de cuyos mismos recursos dialécticos se vale además para desenmascararla. También he dicho alguna vez que en este mundo de la cultura como artículo de consumo sólo vende el que se vende. Los casos son legión, pero entre ellos no está desde luego Pío Moa, cuyo mérito consiste en haber jugado fuerte a la lotería literaria y haber sacado premio sin claudicar ante ningún mandarinato. (Aquilino Duque: “Una novela dantesca”).
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Méritos del franquismo / Notas sobre el rey emérito
La Montero pedía nada menos que 70.000 euros de “indemnización” por este poema. Un poema machista contra Irene Montero indigna a Podemos (elperiodico.com)
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Méritos del franquismo.
A menudo se señalan en defensa del franquismo los espectaculares éxitos económicos conseguidos por aquel régimen. Eso es importante porque, según los razonamientos baratos al uso del antifranquismo, un régimen como aquel, al servicio de banqueros, obispos y generales, solo podía causar miseria y hambre. En todo caso se le reconoce cierto mérito cuando se liberalizó a finales de los 50, y la renta per cápita subió espectacularmente. Sin embargo el avance viene ya de la inmediata posguerra, como reflejan los principales índices económicos de los años 40 y 50. Avance frente a una hostilidad internacional soviético-anglosajona que pretendía, efectivamente reducir al hambre y a la miseria al pueblo español. Otro mérito histórico gigantesco, fue librar a España de la guerra mundial, cosa que no habría logrado ningún otro régimen. Esto revela que el éxito del régimen por entonces no fue solo económico, sino ante todo político, defendiendo a toda costa la independencia frente a un acoso criminal.
Ciertamente, el franquismo no debía nada ni tenía por qué doblegarse a países de Europa occidental, liberados por los ejércitos useño e (indirectamente) soviético, y que habían quedado bajo la tutela militar, política y económica de Usa. España, libre de esa tremenda deuda histórica, no se dejó intimidar. Además, el franquismo había sufrido y derrotado al comunismo en España, y de ningún modo estaba dispuesto a su vuelta en un plan “democrático” que traería nuevas convulsiones. Este es, muy por encima del éxito económico, otro mérito transcendental del franquismo. Y también había derrotado a los separatismos, otra fuente de convulsión social y política. Para mantener la paz y la prosperidad, el franquismo restringió, sin anular del todo, las libertades políticas de los componentes del Frente Popular. Y mantuvo las de los partidos o “familias” vencedoras de la guerra, así como una libertad personal más que notable, y la herencia cultural cristiana.
Después de casi cuatro décadas extraordinariamente pacíficas y productivas, cabría esperar que quienes se consideraban herederos del Frente Popular habrían aprendido algo de la historia. Y algo parecían haber aprendido en la transición, lo que hacía posible, en principio, una democracia productiva y no convulsa o caótica como había sido la república. El gran problema vino de que los herederos del franquismo prefirieron olvidar aquella historia y sus propios orígenes, hasta terminar comulgando con la falsa historia elaborada por la izquierda y los separatistas. Y hubo otro sector que atacaba la democracia con argumentos de los años 30 y creyó en la continuidad de un franquismo que se estaba desintegrando desde su interior.
La herencia del franquismo ha sido la paz, la unidad nacional, la independencia en las relaciones internacionales, la prosperidad y la reconciliación, una corrupción escasa, una economía básicamente liberal con pocos impuestos y estado pequeño, una cultura de base europea y cristiana, bastantes leyes tan bien hechas que permanecen, la monarquía… Al atacar (retrospectivamente) al franquismo, se ha atacado indirectamente esa magnífica herencia. Es un programa acelerado desde Zapatero y al que ahora la banda del Doctor, junto con comunistas y separatistas, quiere dar los últimos toques, con la colaboración de hecho del PP. Aquella herencia era tan fuerte que ha exigido a sus enemigos varias décadas de paciente corrosión hasta llegar al golpe de estado permanente.
Y por eso, precisamente, es necesario recuperar la verdad de la historia, pues solo sobre ella será posible edificar la convivencia en libertad y combatir el programa de quienes disfrazan su odio liberticida a España bajo capa de un antifranquismo impostado y presentado cínicamente como defensa de la democracia. De la cual siempre fueron y siguen siendo sus peores enemigos.
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Admiro a Pío Moa como historiador. Y precisamente por eso, cogí con prevención su primera novela, “Sonaron gritos y golpes a la puerta”: a veces, personas brillantes que deciden hacer incursiones en un género literario que no es el suyo, se descuelgan con unos bodrios realmente indigeribles. ¡Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos! (Luis del Pino)
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Notas sobre el rey emérito
*Obviamente, nadie ataca al Emérito por haber salido un socialista corrupto, como los del PSOE: en eso hay perfecta sintonía entre el emérito y sus detractores. Le atacan porque lo nombró Franco. Que no esperaba que saliese tan socialista.
*Al Emérito le convencieron unos asesores maquiavelos de aldea de que conservar la monarquía exigía hacerse simpático a socialistas y separatistas. No lo necesitaba, porque estos fueron débiles durante mucho tiempo y tuvieron que fingirse simpáticos hacia la monarquía. Pero se lo tomó tan a pecho que compartió sus corrupciones…
*No le han valido al Emérito sus simpatías por el PSOE ni su emulación de los socialistas: su pecado original era imborrable. Fingieron alabarle como “rey republicano”, pero en cuanto lo vieron débil, tras declararle implícitamente ilegítimo por una ley de memoria histórica que él mismo firmó, se lanzaron sobre él como hienas.
*Si Emérito se hubiera negado a firmar la ley de memoria histórica habría causado una grave crisis institucional, debido a la fuerza de un antifranquismo cultivados largos años con cooperación del PP y pasiva del propio monarca. Emérito y tantos más fingían no enterarse de que se estaba cortando la rama en que estaban sentados.
* ¿Habría ganado Emérito el pulso a los antifranquistas negándose a firmar aquella ley? Probablemente sí, pues él y sobre todo la institución conservaban un prestigio mayoritario sobre unos partidos hundidos en la corrupción. Pero temió la prueba. Como su hijo ha temido la prueba de los indultos golpistas. Pueden convertirse en los mejores aliados de los liquidadores de la monarquía, como pasó en 1930-31.
*Lo más patético del Emérito ha sido su enamoramiento senil de una aventurerilla. No se esperaba del rey, y menos de uno nombrado por Franco.
*De los enemigos de Franco (es decir, de su memoria), los más indecentes son los que se proclaman monárquicos, liberales o católicos.
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