Momentos de transcendencia histórica.

Es preciso recordar la evolución política de fondo desde la transición. Tras la muerte de Franco se abrió la posibilidad de una evolución a la democracia, desde o contra el franquismo. La segunda opción (“ruptura”) significaba depositar la legitimidad histórica y democrática en el Frente Popular, amalgama de separatistas y totalitarios presentados como “republicanos demócratas”. En una jugada maestra, Torcuato Fernández Miranda abrió paso al reconocimiento democrático de la legitimidad histórica del franquismo, en el referéndum de 1976, demostrando que el antifranquismo rupturista carecía de fuerza popular. Esa legitimidad fue minada progresivamente por los rupturistas, una tarea difícil que exigía paciencia y tenacidad, pero favorecida por una derecha “falta de formación histórica e ideológica, y por ello condenada a alimentarse de los desechos intelectuales de la izquierda”. Un hito en este largo proceso corrosivo lo cumplió Aznar en 2002 al condenar el alzamiento del 18 de julio, y de paso, implícitamente, el referéndum del 76. A partir de ahí, el proceso se aceleró con Zapatero y con Rajoy. Después, puede decirse que solo quedaban dar los últimos pasos hacia la disgregación de España.
La labor disgregadora fue acometida especialmente por los separatistas catalanes, auspiciados y financiados por los gobiernos del PP y del PSOE, e ideológicamente por todo el arco antifranquista, desde la ETA al PP. Y llegó al referéndum de 2017, que ya abría camino directamente a la secesión de Cataluña y desintegración de España. Fue entonces cuando Felipe VI frenó la deriva con un discurso histórico, obligando a un renuente y saboteador gobierno de Rajoy a tomar algunas medidas. Por primera vez en cuarenta años, los opositores a los separatismos, ninguneados hasta entonces, se vieron arropados por una gran autoridad. Aquel discurso cambió la situación política en España. Uno de sus efectos fue el impulso de VOX, hasta entonces ninguneado y silenciado por los demás partidos, sobre todo por el PP. VOX consiguió también que algunos de los golpistas fueran a la cárcel. No obstante, PP y PSOE siguieron cooperando con los golpistas, inaplicando la Constitución y permitiéndoles actuar como gobierno independiente con sus “embajadas” y aparato de propaganda en el extranjero.
La llegada del Doctor y su pandilla al poder, ha acelerado nuevamente el proceso, aunque, por primera vez, encuentra una oposición real en VOX. Y en Ayuso, por cierto. La maniobra actual del PSOE tiene dos aspectos: un golpismo en complicidad con los golpistas catalanes, y provocación de una gravísima crisis constitucional, obligando al rey a hacerse cómplice a su vez, firmando un acto radicalmente ilegal, anticonstitucional y antiespañol. Ya Juan Carlos firmó la ley de memoria histórica, primer paso a la deslegitimación de la propia monarquía. Y ahora se le daría casi el tiro de gracia. El rey tiene la obligación absoluta de negarse, por mucho que su decisión llevara consigo un conflicto del mayor calado.
Pues bien, esta maniobra puede volverse fácilmente contra sus promotores. Constitucionalmente, el rey tiene obligación de firmar (“expedir”) las decisiones del consejo de ministros, pero las medidas de gracia son la excepción: el rey no las “expide”, sino que las “ejerce”, y el gobierno meramente las propone. Si el rey rechaza los indultos, el conflicto y crisis constitucional se transforma en mero conflicto y crisis de gobierno, y la única salida es la dimisión del Doctor y su banda, y la convocatoria de elecciones… a menos que el gobierno se declare abiertamente en rebeldía.
Andan por ahí muchos peperos especulando con un aplazamiento del problema hasta que juzgue el Tribunal Constitucional. Al respecto es preciso tener esto en cuenta:
a) La unidad de España no depende de una interpretación constitucional, ni de la Constitución. Esta no declara la unidad, sino que la reconoce. La unidad está por encima de la Constitución, es lo que permite la existencia de esta, y no a la inversa.
b) Por este reconocimiento, el indulto es anticonstitucional y además técnicamente ilegal porque los indultables no se han retractado de su golpismo y se mantienen en plena y abierta rebeldía. Por lo tanto, los indultos son actos de colaboración con el golpismo por parte de otros golpistas.
c) El rey no puede justificar su negativa a firmar sobre la base de cómo interprete el TC la palabra “ejercer”. El TC ha demostrado repetidas veces su bellaquería y cobardía al servicio de los partidos, haciendo constitucional lo que es abiertamente anticonstitucional. Puede defender la legalidad o alinearse contra ella, no hay la menor seguridad.
d) La negativa del rey solo tendrá efecto si viene acompañada de una explicación clara y convincente del carácter golpista de los indultos, dirigida a la población, como en 2017. Es seguro que con ello se ganará el apoyo de la mayoría de los españoles, como cuando el referéndum golpista. Solo con la presión de esta mayoría es posible que el TC admita como inconstitucional lo que evidentísimamente lo es, y que el gobierno dimita
e) De lo que se trata es, como dije antes, de convertir una crisis constitucional en crisis de gobierno, que seguramente perdería la banda mafiosa del Doctor. Y más si se declarase en rebeldía abierta.
Nos encontramos en una situación histórica que puede empezar a revertir el proceso frentepopulista de los últimos años. Todo dependerá de que el rey vuelva a ser valiente ante los matones como en 2017. Si no fuera así, habría firmado la sentencia de la monarquía y de muchas cosas más.
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Galería de charlatanes (IX) Joseph Pérez una historia marxisto-francómana
Joseph Pérez, sospecho que como respuesta indirecta a mi Nueva historia de España, ha publicado un libro de altos propósitos no sé si muy logrados: Entender la historia de España. En sus propias palabras, ¿Puede hablarse, en rigor, de España antes de la invasión árabe de 711? Tengo mis dudas (en realidad no tiene ninguna: lo niega). En 711 la Península Ibérica queda dividida entre dos civilizaciones: moros y cristianos. Estos acaban venciendo en 1492, pero siguen divididos en distintas comunidades políticas que acaban configurando tres coronas (…) Los Austrias inauguran una nueva era que termina con los tratados de Westfalia (1648), era de hegemonía en Europa y en el mundo, era de gloria, si se quiere (no me parece que Pérez lo quiera demasiado), pero ¿para quién y para qué? La que ocupa entonces el primer puesto en Europa no es precisamente España, sino la dinastía reinante. Manuel Azaña lo vio claramente; tal vez, como buen conocedor de la historia de Francia, se haya acordado de lo que (…) aprendían los alumnos franceses en la escuela (…) Francia se enfrentó, no tanto con España, sino con la Casa de Austria. La hegemonía era cosa de la dinastía, pero a los españoles les costó caro: les impidió desarrollar sus intereses propios como nación. La llegada de los Borbones, a principios del siglo XVIII, cambia muchas cosas. Aparentemente, España pierde territorios, pero territorios que no eran hispánicos (Flandes, Italia); en cambio conserva las posesiones peninsulares y el imperio de América, lo que la convierte en la tercera potencia de Europa, después de Inglaterra y Francia; en contra de lo que se escribe a veces, la España del siglo XVIII no es una nación decadente. La decadencia y la marginación son posteriores, son consecuencia de la Guerra de Independencia, de las guerras civiles del siglo XIX y de la emancipación del imperio colonial. Entonces sí es cierto que España pasa a ser una nación de segunda categoría (…) La recuperación viene mucho más tarde, a mediados del siglo XX y se confirma después de la muerte de Franco. Con una economía renovada, una sociedad moderna y un régimen político semejante al de las demás democracias, España se reincorpora a Europa; vuelve a ser una de las grandes potencias, con todos los inconvenientes que ello supone en el mundo de hoy. Estos van a ser los ejes principales de mi reflexión (…) siguiendo a mi manera (…) la pauta de mi maestro Pierre Vilar: importa menos dar a conocer que dar a entender lo que ha pasado”.
Tiene interés explicitar qué quería “dar a entender” Pierre Vilar: trataba de divulgar una visión marxista (es decir, lisenkiana, como he explicado en otras ocasiones) de la historia. Versión que Pérez combina haciendo de Francia la metrópoli que “incorpora a España a Europa” (algo parecido decía Azaña, a quien no en vano menciona Pérez). En resumen, España no existía antes de la invasión islámica, siguió sin existir después. Tampoco existe en realidad con los Austrias, pues la hegemonía europea corresponde a ese ente dinástico y no a España, que, suponiendo que exista, sale perjudicada de tanta hegemonía. Empieza a existir, parece ser, con los Borbones, época que, dice, no es de decadencia (aunque quede satelizada culturalmente y en parte políticamente a Francia y pierda todo su impulso cultural y político de los siglos XVI y XVII). La decadencia viene, no de la invasión francesa, sino de la resistencia a ella, la Guerra de independencia (y de unas guerras civiles… nacidas casualmente de la invasión) Luego hay una recuperación, interrumpida por el franquismo, y después de él España “se reincorpora a Europa y vuelve a ser una de las grandes potencias”(!!!).
Es difícil inventar una historia más extravagante y de fondo más hispanófobo. Pero este charlatán ha recibido la Legión de Honor francesa (muy lógico, como propagandista de la concepción francocéntrica de la historia de España) pero también la “Gran cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio”, la “Orden de Isabel la Católica”, el premio “Ciudad de Alcalá de las Artes y las Letras”, y sobre todo el “Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales”. Estas distinciones no son nada lógicas, excepto en cuanto exposición de la miseria intelectual predominante en España desde una transición traicionada.
En este blog dediqué algunos artículos a su marxisto-francómano libro Entender la historia de España (es decir, volverla ininteligible). Ya iré exponiendo algunos de ellos.