Debido al cambio de emisora a Radio Ya, el programa Una hora con la Historia se encuentra en seria dificultad económica, por lo que reiteramos a nuestros oyentes la necesidad de sostenerlo. Algunas personas creen que la labor cultural debe ser gratuita, en parte porque mucha de ella es subvencionada por los gobiernos, que nos obligan así a todos a contribuir aunque se trate de una cultura muy dudosa. Todos sufragamos, nos guste o no, la propaganda y otras actividades de la “memoria histórica”. Y “Una hora con la Historia” trata precisamente de contrarrestar esa propaganda seudocultural y seudohistórica. No tenemos subvenciones ni las queremos, queremos en cambio que nuestros oyentes comprendan la importancia de recuperar nuestro pasado, se sientan comprometidos con la labor que realizamos y contribuyan a ella. De este modo se puede contrarrestar fácilmente la memoria antihistórica.
La cuenta para contribuir es esta del BBVA “Tiempo de ideas”:
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Realmente los personajes de Cela son casi todos toscos y vulgares, creo que eso pocos lo discutirán. Se puede excluir a Pascual Duarte, ¿no crees?
No, en absoluto. Duarte es el colmo de la vulgaridad. Lo que ocurre es que nos conmueve en cierto modo porque el destino le ata a la mala suerte desde el principio. No tiene mucho espíritu ni grandes arrestos, obviamente no tiene nada del nietzscheano que aspiraba a ser su creador. Simplemente todo le sale mal, desde el nacimiento en una familia desastrosa. Solo le salva, en cierto modo, un sentimiento de su propia dignidad que trágicamente le perjudica, porque le lleva al crimen y a la muerte. Pero figúrate una relato al revés. Un personaje estúpido, aunque listillo, cobarde y desvergonzado, pero afortunado, al que todo le sale bien y queda como un héroe, como en las novelas de Flashman. O simplemente que es rico de nacimiento, sin ningún mérito propio, y en lugar de arruinarse le sigue sonriendo la fortuna. Eso podría ser tan interesante como el Pascual Duarte. Depende solo del talento del autor. Pero no imagino así a Cela, porque creo que le faltaba sentido del humor. Aunque también podría novelarse en plan dramático, sobre las injusticias de la vida.
¿Quizá hay alguien así en tu novela? ¿El personaje que está a punto de quitarle al protagonista la novia, Carmen?
Bueno, el que está a punto de quitar a Alberto la novia apenas está esbozado: es “un buen partido”, pero Carmen no llega a considerarlo en serio, aunque está a punto de lamentarlo más tarde, cuando Alberto decide arriesgarse una vez más en una aventura muy incierta. Es un tipo de buena posición y rico, sin ningún mérito especial, y que considera que el régimen franquista está a punto de caer, que personajes como el protagonista, que ha estado en la División Azul, va a pagar sus culpas en cuanto los vencedores de Alemania decidan ajustar cuentas al Caudillo, que parecía inminente… Pero no es un personaje claramente dibujado en la novela, y tampoco aparece como un idiota. Simplemente carece de otros méritos que su buena posición social, y piensa, como tantos otros, que el final de Franco y los suyos está a punto de ocurrir, que le gusta Carmen y piensa que le daría mejor vida que Alberto, a quien no ve ningún futuro. Lo mismo pensaba el personaje que identificas con Cela. Claro, yo creo que por eso escribió La colmena, para lavar su pasado falangista e incluso de aspirante a delator. La colmena es, o intenta ser, un retrato sumamente ácido de la posguerra franquista, y le vendría muy bien para adecuarse a la nueva situación que tantos daban por segura.
Tú mismo has dicho que La Colmena es una gran novela. ¿Porque retrata aquella sociedad?
Yo no he conocido aquello, pero sí a gente que lo había conocido. Lo que Cela pinta es bastante real, aunque caricaturizado. Lo que pasa es que había otras muchas realidades. Mi novela también retrata aspectos de la época, que pueden seguirse en la prensa y en diversas obras literarias. Fíjate en los años de la transición, de los que casi todo el mundo ha querido dar una imagen muy embellecida. Porque hubo, desde luego bastante ilusión, aunque enseguida llegó el “desencanto”, como le llamaban. Luego una remontada de la ilusión cuando ganó Felipe González… Los años de la “movida madrileña” y demás. Pero podría novelarse sobre otros aspectos de la época, que he señalado en La Transición de cristal: el repentino auge de la droga, en particular la heroína, que dejó tantos muertos e incapacitados jóvenes, el aumento de la delincuencia y el sonido de las sirenas policiales por todas partes, los asesinatos y secuestros de la ETA, el rápido aumento de la mendicidad, bien visible en las calles y poco antes casi inexistente, las borracheras, las juergas ruidosas en ciertos barrios a altas horas de la noche, contra las que protestaban en vano los vecinos que tenían que levantarse pronto para trabajar, la prostitución rampante, la habitual y la de travestis… Podría escribirse, por alguien con talento, otra “colmena” sobre aquellos felices tiempos. Digamos que no ha habido talento. No ha habido un segundo Cela.
¿Tú podrías intentarlo?
Quizá lo intente. Mi idea es escribir una trilogía, primero con Sonaron gritos, después con otra que transcurriría en el ambiente universitario de, más o menos, el año 1967, y una tercera trataría de los tiempos actuales, tampoco la transición. La segunda la tengo bastante avanzada. La tercera, ya veríamos. Es curioso que La colmena no haya creado escuela. Cela imita, sin decirlo Mahattan Transfer de Dos Passos, aunque yo creo que la mejora. La de Dos Passos me pareció bastante aburrida, no pude terminarla. La Colmena sufrió unos años de censura, una especie de justicia poética, ya se sabe, porque Cela trabajó en la censura. Con el tiempo, Cela la planteó como una novela histórica en el sentido de que retrataba la historia del momento, lo que ciertamente no es el caso, como dije.
¿Puede ser una gran novela si, como dices, los personajes son bastante cutres? ¿No es una contradicción?
Quizá sea excesivo llamarle gran novela. Desde luego, ya digo, requiere mucho talento hacer algo importante, y lo es, con aquel hervidero de personajillos lúgubres, toscos y sin arrestos. Pero Cela lo consigue. Y es buena sobre todo como descripción, porque esos personajes existen siempre y en gran número y en todos los países y sociedades. La descripción, aun extremada, es muy buena. Claro que análisis psicológico no hay ni Cela o pretende: los personajes son así, y ya está, aunque les echa un poco de moralina. Y hay que agradecer que no lo intente, porque cuando Cela se pone a filosofar o a moralizar, como en otras novelas, es de una tosquedad rayana en la tontería.
De acuerdo con tus palabras, la literatura y la historia no solo son distintas, sino que están reñidas.
Vamos a ver: por influencia del marxismo se ha querido ver en la literatura un reflejo de una sociedad histórica dada, en ese sentido serían realmente libros de historia un poco peculiares. Pero no es así. Tomemos La Ilíada, por ejemplo: se refiere a una época muy remota, y si esa interpretación fuera correcta, hoy no podría interesarnos más de lo que cualquier resto arqueológico, digamos una azada o un hacha de bronce de la época, es decir, de manera muy relativa y más para los especialistas. Pero su valor permanece igual y sujeto a mil interpretaciones, tanto en la actualidad como entonces, y tanto en nuestra sociedad como en cualquier otra. Y desde el punto de vista histórico nos es también valiosa por muchos detalles, siempre que no creamos que aquella sociedad era exactamente así. Y de paso da a aquella época una vida que no dan los meros estudios técnicos. Si hablamos historiográficamente de los años 40, tenemos que recurrir a los datos estadísticos fundamentalmente, a contrastar unas opiniones con otras, unos documentos con otros… Pero en ello se pierde algo vivo, que sin embargo se encuentra en las novelas. En algunas, por lo menos.
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La Reconquista tiene un triple interés actual: demuestra la mayoritaria inanidad, rayana en la estupidez, de la historiografía universitaria del momento; recuerda las raíces de España, el país que se empeñan en destruir los partidos del sistema del 78; y plantea hoy una especie de nueva reconquista, que no debe alargarse.





Una situación semejante se planteó cuando la DA fue trasladada ante Leningrado. Los soviéticos intentaron reiteradas rupturas envolventes y en una, en diciembre de 1942, lograron perforar un sector alemán al sur del lago Ladoga, que debió taponar un batallón español, a costa de una auténtica sangría. Dos nuevos intentos seguidos fueron realizados en enero y febrero; el más ambicioso de ellos, diseñado por el mariscal Zhúkof y denominado Operación Estrella Polar, combinaría una maniobra envolvente que empujaría por el sector español de Krasni Bor, al este de Leningrado, para embolsar al 18º Ejército, y otra desde el Vóljof que debía dirigirse hacia la urbe revolucionaria y más al sur y al oeste, hacia Estonia, lo que provocaría el desmoronamiento del grupo de ejércitos (y, por supuesto, volatizaría a la propia DA).