*”Una hora con la Historia” dejará de emitirse en Radio Inter, porque esa radio ha desaparecido de repente. Es decir, ha sido comprada por otra empresa, y el programa desaparece también de ella. Espero que muy pronto podamos continuar, posiblemente desde Radio Ya
*Una tal Silvia Nieto dice hoy en ABC, en un articulo a propósito de Paracuellos y del libro de Julius Ruiz sobre el tema, que al hablar de Paracuellos no se pueden olvidar los crímenes franquistas, como Guernica o Badajoz donde “2.000 milicianos fueron fusilados en la plaza de toros”.
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La última sesión de “Una hora con la Historia” trató de la decadencia de España en el terreno político y militar. A principios del siglo XVII tanto España como sus enemigos (Holanda, Inglaterra, Francia y los protestantes) estaban agotados, por lo que la diplomacia española logró ir estableciendo la paz con todos ellos, un éxito que pareció imponer una Pax Hispanica en Europa. Sin embargo era un equilibrio inestable, que todos aprovecharon para rehacerse. Fue además una paz muy tensa, como la que siguió a la batalla de Lepanto, por lo que los gastos en todos los países, en vez de disminuir aumentaron.
La paz se rompió inopinadamente con la segunda o tercera “defenestración de Praga” en 1618, comienzo de una nueva revuelta protestante. Un asunto menor en principio iba a transformarse en la Guerra de los Treinta Años, una de la más brutales de la historia europea. La victoria católica en La Montaña Blanca pudo haber terminado la cuestión, pero en 1624 la política francesa había recaído en manos de Richelieu, que decidió explotar la situación subvencionando a Dinamarca para que interviniera contra los imperiales. No obstante, en cuatro años los daneses fueron vencidos y Richelieu perdió sus dineros.
Olivares, valido de Felipe IV, hubo de encarar el creciente embrollo alemán, el fin de la tregua con Holanda y las agresivas intrigas francesas. Holanda empezó a atacar las posesiones portuguesas y a Filipinas. Los ataques en Brasil, aunque repelidos, explotaban el disgusto de algunos oligarcas portugueses, que atribuían los daños a su unión en España. Inglaterra pasó también a atacar la flota de Indias y Cádiz, pero el espionaje español en Londres alertó del proyecto, cuyo duro fracaso enfrió los ánimos ingleses y en 1630 se firmó la paz.
Richelieu volvió a la carga financiando a Suecia para una nueva intervención en Alemania, que volvió a fracasar en Nördlingen ante los tercios, y los protestantes hubieron de aceptar la paz en 1635. Ante el fracaso, Richelieu se decidió a intervenir directamente, pactando con los holandeses y los protestantes alemanes (no obstante, el cardenal había aplastado sin contemplaciones a los protestantes en la misma Francia). Volvió a salirle mal la jugada y los españoles estuvieron a punto de marchar sobre París. Richelieu se sintió hundido, pero su rey, Luis XIII contraatacó por la frontera española, y durante cinco años no se alcanzó una decisión. Agotados los recursos financieros franceses Richelieu decretó nuevos impuestos, contra los que se alzaron los campesinos en 1636 y 1639, siendo masacrados como de costumbre.
Para resumir, los dos primeros decenios de la guerra terminaron con éxito para España y el Imperio, pero la tercera resultaría fatal. En 1640 Richelieu atacó el Rosellón, extendiendo la guerra a Cataluña, y la Generalidad atizó el descontento por los sacrificios debidos a la presencia de las tropas que luchaban contra los franceses. Ese año facilitó la entrada en Barcelona de 300 segadores que al grito de “¡Viva el rey de España y muera el mal gobierno!” mataron a varios funcionarios y al virrey. La Generalidad, representante de una oligarquía extremadamente opresiva, estaba satisfecha, pero los campesinos odiaban a aquella oligarquía y la revuelta cobró un sesgo antiseñorial menos satisfactorio para ella. Ante el peligro, el obispo de Urgel, Pau Claris, proclamó una república catalana bajo el protectorado de Richelieu, para aceptar enseguida la soberanía de Luis XIII, a quien nombró “conde de Barcelona”. Richelieu pudo explotar la providencial revuelta para avanzar hacia Valencia y Aragón, haciendo recaer el coste de la expedición sobre los catalanes, cada vez más irritados.
A finales del mismo año, el duque de Braganza, portuqués, incitado por su esposa, de la familia de Medina Sidonia aprovechó para declarar la secesión con ayuda de Francia e Inglaterra. Y al año siguiente, animado por el éxito, el duque de Medina Sidonia y el marqués de Ayamonte intentaron a su vez la secesión de Andalucía. Descubierta la trama justo antes de la llegada de una flota franco-holandesa que debía asegurar la maniobra, Ayamonte fue decapitado y el Medina Sidonia se salvó con grotescas maniobras.
en 1642 murió Richelieu, suceso muy festejado con luminarias en París, pero le sucedió Mazarino, con la misma polític. En 1643 los tercios fueron derrotados en Rocroi , victoria costosa para Francia pero de gran repercusión psicológica, como en el mar lo había sido la derrota española en la batalla de los Bajíos. Las luchas se arrastraían indecisas hasta que en 1648 la Paz de Westfalia puso fin a la Guerra de los Treinta Años.
De Westfalia salía como triunfadores Suecia, dominante en el Báltico contra Dinamarca, y sobre todo la Francia de Luis XIV, que sustituía a España como poder hegemónico europeo. Holanda vio reconocida su independencia por España (aunque Bélgica permanecía católica). Los mayores perdedores fueron los alemanes Se dice que por la guerras y las pestes y hambre asociadas, el país perdió un tercio de la población y la mitad de la masculina. Una catástrofe apocalíptica, aunque algunos estudios la disminuyen. España recuperó los territorios invadidos por Francia menos el Rosellón y parte de la Cerdaña, coste de la aventura de Pau Clarís. España tuvo que luchar aún, en vano, por mantener el Camino español tradicional, cortado por la anexión francesa de Alsacia y Lorena.
La paz de Westalia, empeorada por las posteriores de Urtrecht y de Los Pirineos, marca el declive de España en el terreno político y militar. Sin embargo el país se recobraría considerablemente en el siglo siguiente. Hay otro aspecto de la decadencia, más profundo y a la larga significativo, el cultural. España, con sus universidades y centros de enseñanza anquilosado, quedó en gran medida descolgada de las innovaciones y el pensamiento que iban a marcar la Edad de Apogeo de Europa, después de haberse adelantado a los demás países en la Edad de Expansión.





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