España y Grecia: el peso de la historia.

Un poema del poeta griego Seferis lamenta el peso de la Grecia clásica, mantener el cual deja sin fuerzas al griego moderno, incapaz de ponerse a su altura. Hace años mencioné en el blog a García Terrés, helenista mejicano, que en su diario Reloj de Atenas comenta lo difícil de perdonar la vulgaridad de la Grecia actual teniendo presentes las glorias antiguas.

Creo que algo así ocurre con España. Entre finales del siglo XV y mediados del XVII, España desplegó una gran cultura original, aparte de descubrir el mundo como conjunto y ponerlo en relación y de realizar hazañas políticas y militares asombrosas.  Todo ello ha sufrido la propaganda brutal de la leyenda negra, y sin duda es preciso acabar con ella en lo posible. Pero más allá de esa denigración sistemática , el contraste entre aquella época y la posterior, y la actual, es tan fuerte que recuerda al problema de los griegos de hoy. Se plantea la cuestión de si la España actual podría volver a significar algo realmente importante en el mundo, y de qué manera podría ser; o está condenada a la mediocridad y el resentimiento, quizá a la disgregación, como parece indicar su anemia cultural, intelectual y moral. Lo cual no puede resolverse con retórica.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

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Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron.

Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después.

Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98.

España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir. (20-III-2012)

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Cabría decir que Francia ha sido la gran enemiga político-militar  de España desde el siglo XVI. Contra ella y contra el Sacro imperio mantuvo una lucha largo tiempo derrotada pero finalmente victoriosa con apoyo de protestantes, ingleses, escandinavos y en un momento dado, de la oligarquía catalana. Posteriormente España quedó parcialmente satelizada a Francia, aunque conservó el rango de gran potencia. Fue la invasión napoleónica la que dio el golpe de gracia a España como gran potencia en cualquier sentido, dejándola además internamente dividida y proclive a las guerras civiles. Solo en el franquismo logró el país una recuperación que podría inspirar, depurándola y adaptándola a circunstancias muy distintas,  una continuidad recuperadora. Pero hay que empezar por entender qué fue el franquismo.  

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El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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De la guerra

Según la definición canónica de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. También podría considerarse el fracaso de la política, si conceptuamos esta como el arte de mantener los equilibrios de convivencia en las sociedades humanas. Estas, a diferencia de las sociedades animales regidas por la seguridad del instinto,  se nos presentan como un hervidero de intereses, ideas, sentimientos y hasta personalidades distintas y a menudo opuestas, por lo que la convivencia es un esfuerzo permanente, que impone la existencia del poder, un fenómeno generado por la propia naturaleza conflictiva de las sociedades humanas. La política es en ese sentido el ejercicio del poder, el cual se asienta en una violencia implícita que se supone legítima por ser mayoritariamente aceptada. Cuando la política fracasa en mantener los equilibrios sociales, la violencia se hace explícita, y unos intereses, ideas, etc., pugnan por imponerse decisivamente a los contrarios y establecer un nuevo orden del poder. Por eso la guerra es una constante en la historia humana.

Podríamos considerar la guerra como la sustitución de la política por la violencia  Sin embargo, esa sustitución solo es total en algunos casos. La política sigue existiendo en el seno de cada bando enfrentado, donde se generan tensiones y conflictos no siempre fáciles de resolver con acuerdos; y a menudo llega a imponerse en negociaciones entre los dos bandos, que eviten la aniquilación o la completa derrota de uno de ellos.

La guerra civil española se inscribe en las muchas alteraciones políticas y militares que tuvieron lugar en Europa entre 1918 y 1945, y que terminaron con la entrada  del continente en una profunda decadencia política, militar y cultural –aunque no económica–. Dentro de ese conjunto de conflictos, y si excluimos la desembocadura de todos ellos en la II Guerra Mundial, el de España es el que mayor trascendencia ha tenido y el que mayor interés bibliográfico y de todo tipo ha despertado, porque en él confluyen todos los intereses políticos y las ideologías cuyas rivalidades culminarían en la II Guerra Mundial, y desde ese punto de vista debe ser estudiado.

En una frase célebre, el pensador Ortega y Gasset afirmó que “España es el problema y Europa la solución”. La frase en sí misma es un absurdo, por decirlo suavemente, pero ha tenido y sigue teniendo enorme influencia como una consigna programática para disolver a España. Según Ortega y muchos otros intelectuales y políticos de la guerra civil, la historia de España sería una “anomalía” o una “enfermedad”, solo curable asimilándose a una “Europa” mítica, de la que no entendían mucho y a la que no habían dedicado ningún estudio serio. Lo adecuado habría sido decir: “España tiene  muchos problemas (que por cierto terminarían abocando a la guerra civil), y Europa, es decir, el resto de Europa,  tiene otros probablemente más graves ( que no se molestaban en analizar y que  terminarían en una conflagración mucho más destructiva que la española)”. Aquellos europeístas ya habían conocido la I Guerra Mundial, una advertencia muy seria, pero al parecer no les había enseñando nada.

Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques  ilógicos y cargados de emocionalidad  han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30  sobre el que más falsedades se han contado.

   En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia,  sino su elevación a un plano más racional y objetivo.

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Los misterios de la economía

FABRICIO.- Lo que dices, ¡oh Simplicio!, demuestra que unes en tu persona la más acrisolada virtud con una profunda comprensión de los arcanos de la ciencia económica. Además, ¡ya iba siendo hora de que se reivindicase el papel de la delincuencia, tan menospreciado tradicionalmente! Ya cuando estábamos en el talego me imaginaba yo que había una gran injusticia en el trato a los delincuentes, cuando constituyen un puntal de la sociedad, generador de riqueza y empleo. Un motivo de legítimo orgullo. Haré, no obstante, una seria objeción a tus doctas consideraciones, más allá de la envidia que mencionas. Porque, ilustre Simplicio, lo más probable es que las comarcas y provincias vecinas trocasen bien pronto su envidia en emulación y si todo el país quisiera convertirse en un paraíso del sexo, el juego y la delincuencia, las ganancias se repartirían demasiado, la productividad marginal descendería muchísimo y no saldríamos de pobres. Aparte de que, si todo el mundo se ocupara de eso, ¿de qué viviríamos? ¿Qué comeríamos?

SULPICIO.- Adelantándome a nuestro envidiable Simplicio, te haré ver, preclaro Fabricio, que no tiene por qué haber envidia de otros a la riqueza que así acumularía nuestra comarca, porque el secreto de la opulencia se encuentra en la especialización. La comarca se especializaría en los negocios del sexo, el juego y el fomento y tratamiento de la delincuencia, tres líneas de desarrollo en las que podemos alcanzar la excelencia, eso salta a la vista. ¿Y qué harían los demás? Pues especializarse en otras cosas, qué sé yo: los unos en chachas que vinieran a servir en nuestros hogares, otros en la fabricación de preservativos, fustas, consoladores y utensilios diversos relacionados con el comercio sexual, otros en ruletas y aparatos varios relativos al juego, otros más allá  en útiles de videovigilancia… O en preparar comidas exquisitas que necesitaríamos, acordes con nuestra esperada y esperable opulencia… Creo que caes en un pesimismo infundado, ¡oh Fabricio! porque las posibilidades del ingenio humano son ilimitadas. No solo nos enriqueceríamos, sino que crearíamos riquezas sin fin a nuestro alrededor, de tal modo que no habría razón alguna para las envidias. ¡Especialización, caro Fabricio, especialización!

SIMPLICIO.- Sin duda tu objeción, caro Fabricio, no por sutil deja de estar bien fundada. Pero ya alguien del público en el debate se te adelantó, si no te ofende que te lo diga, y he aquí la respuesta del experto alcalde: “La economía moderna –nos ilustró– se basa en la competencia, y aquel que toma la iniciativa y consigue un superior grado de excelencia se lleva el gato, el euro y el dólar al agua y a su molino. Evidentemente no basta con partir de una ventaja inicial como nuestras liberadísimas féminas y nuestros varones abiertos a… a… al futuro, porque si nos dormimos en los laureles enseguida nos sobrepasarán otros más espabilados. Por tanto organizaremos la sociedad, desde el principio, en torno al negocio del sexo, con una educación ad hoc desde la infancia, desarrollaremos las más refinadas técnicas y una preparación que ríanse ustedes del turismo sexual tailandés. Difícil, me atrevo a decirlo, muy difícil será que otros alcancen nuestro nivel. Como sabemos, la economía lo es todo, lo tenemos muy claro en nuestro partido, y sabremos organizar la sociedad entera de acuerdo con este principio elemental que solo los tontos pueden poner en duda. El negocio del sexo puede proporcionarnos riqueza pletórica, y con ella la libertad y otros muchos otros pingües bienes, y ahí está la clave. ¿Quién podría oponerse, razonablemente, a tal perspectiva?”. En cuanto a ti, Sulpicio, te doy la razón en todo, quizá me dejé llevar por un fantasmal temor a la envidia: el mundo puede ser más feliz y abolir las envidias para siempre, gracias a la especialización. ¿No os llena a todos de una ilusión esperanzada?

PICIO.- ¿Y no estaban de acuerdo con eso los demás contendientes a la alcaldía?

SIMPLICIO.- Pues no, absurdamente. Como cada cual iba a lo suyo, sin tener en cuenta el bien general,  hubo mucha polémica inútil: porque está claro que el argumento del alcalde puede aplicarse a los otros dos programas.

PICIO.- Entonces, amigos, ¿tendríamos que abandonar nuestra ufana vida pastoril? ¿Deberían acabar  las actividades agrarias, la explotación e industrialización de los rosáceos granitos de Porriño,  la fabricación de bien pulidos ataúdes, que tanta fama y prez han ganado para la comarca en tiempos idos más dichosos…?  ¿Tendré que abandonar mi taberna…? Solo pensarlo me hace llorar.

SIMPLICIO.- Por nada se cubren de agua tus ojos, amigo Picio, llevado de tu espíritu poético y por ende poco práctico. A nadie se va a obligar a nada. La gente mira por su interés y va a lo que más ganancia le dé, y si gana más en un burdel que fabricando ataúdes, no te quepa duda de que su propio interés le conducirá de cabeza al burdel, o a la casa de juegos o a un descansado y bien pagado empleo de carcelero, perdón, de reinsertador de personas erradas en cuanto a las leyes. Por lo que hace a tu merecidamente célebre Taberna del Bauprés, no tienes más que adecuarla a la modernidad, meter en ella vídeos porno, adaptar algunas pequeñas estancias para las placenteras y lúdicas labores de Eros, en fin, ampliar tu negocio y tus propios horizontes, añadiendo al oficio de tabernero el de madamo.

PICIO.- ¡Triste progreso, pardiez! Siento como si me envileciera.

SIMPLICIO.- Son solo tus prejuicios, admirable Picio. Tienes que liberarte de ellos, emanciparte. Lo importante en la vida es ganar dinero legalmente, y todo esto es perfectamente legal.

FABRICIO.- Mas ¿no estaremos repitiendo el cuento de la lechera? Estamos ya sintiéndonos ricachones cuando la crisis sigue haciendo estragos, a duras penas logramos vender nuestros productos lanares y ovinos y quién sabe si esas brillantes iniciativas de nuestros políticos no resultarán al final un chasco, como tantas veces. Yo, de los políticos no me fío. Con los políticos me siento como Marieta.

SALICIO ¿Marieta?

FABRICIO.- Sí, aquella del corrido o lo que sea, mejicano: Marieta /no seas coqueta /porque los hombres son muy malos / prometen /  muchos regalos / y lo que dan son puros palos. Así son los políticos. Por eso propongo que, antes de hacernos ilusiones que pueden llevarnos a penosos desengaños y desarticulaciones anímicas, adquiramos una cabal comprensión de la crisis. Como sabéis, muchos políticos no paran de hablar de la necesidad del ahorro para superar el bache , cuando, ¡por Zeus!, ya  os lo he demostrado, el ahorro no existe, es metafísicamente imposible.

MAURICIO.- ¡Ya vuelve con la misma historia!

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La novela negra como la ida misma que arrasa en Europa:

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Carr (II)

La   versión que defiende Carr y, todavía, la mayor parte de los historiadores,   es, con algunas variaciones, la elaborada por la propaganda staliniana, cuya   enorme resistencia a los hechos y capacidad para deformarlos nadie ignora.

No extrañará, por tanto, que las revelaciones de España traicionada —en realidad no revelaciones, sino confirmaciones de cosas bien sabidas, aunque voluntariamente ignoradas por muchos— reboten contra el muro del prejuicio. De acuerdo con esa propaganda, Carr concluye: “Los españoles estaban envueltos en (…) la lucha contra Franco y los militares y clérigos. En ese conflicto, con independencia del recelo que sus intenciones hayan despertado (…) los comunistas fueron las tropas de primera línea”. La primera parte es difícilmente mejorable: no hubo propiamente guerra civil, sino un enfrentamiento entre “los españoles” y Franco más los curas y militares. En la propaganda stalinista tampoco hubo guerra civil, sino de independencia frente a la intervención alemana e italiana apoyada por sus peones españoles, pero en ambas variantes los comunistas fueron los grandes adalides de “los españoles” y su democracia, las “tropas de primera línea”. Chirriante contrasentido que, asombrosamente, no provoca en Carr ninguna vacilación.

El historiador británico no puede hoy, claro, mantener la tesis de la guerra de independencia, porque salta a la vista que ocurrió exactamente al revés: ni Hitler ni Mussolini influyeron ni se inmiscuyeron en los asuntos españoles de modo ni remotamente comparable a como lo hizo Stalin. Éste obtuvo —le fue entregado por el PSOE— el control del grueso de los recursos financieros españoles, convirtiéndose en el amo de los suministros, y por tanto del destino del Frente Popular. También dispuso de completo dominio, como es generalmente reconocido, sobre el partido que pronto se hizo el más poderoso de las izquierdas, el PCE. Además, los asesores soviéticos tuvieron sobre las decisiones y operaciones militares una influencia que jamás lograron en el otro bando los alemanes e italianos; y el ejército izquierdista rompió con el modelo de Azaña para inspirarse en el soviético, desde las insignias y saludos hasta la politización extrema asegurada por los comisarios políticos, pasando por un código disciplinario casi terrorista. En cuanto a la policía secreta staliniana, operó en España al margen del gobierno español, como en una colonia. Los políticos opuestos a la hegemonía comunista, en especial Largo Caballero y Prieto, fueron expulsados del poder (Negrín, en cambio, nunca planteó problemas serios a Stalin). Estos y otros hechos permiten afirmar que el Frente Popular perdió realmente su independencia, cosa no ocurrida en ningún momento al bando nacional. Teniendo en cuenta este dato definitorio, que Carr omite graciosamente, ¿puede sostenerse que los comunistas defendieron la democracia de un pueblo al que empezaron por satelizar?

A ello responde Carr con aparente ingenuidad: “Para Stalin, España fue siempre un peón en el juego diplomático de atraer a Francia y Gran Bretaña hacia un bloque antifascista y antialemán. ¿Realmente quería asumir la responsabilidad de apoyar a un satélite soviético en la otra punta de Europa, dados los peligros que tenía más cerca de casa?” Los esfuerzos —y logros— de Stalin por satelizar a España no admiten la menor duda, pero el prejuicio tiene tal fuerza que no parte de los hechos para poner en cuestión una teoría, sino de la teoría para poner en cuestión los hechos. El planteamiento correcto de la cuestión tendría que ser el contrario: puesto que Stalin satelizó realmente al Frente Popular, ¿puede sostenerse que se limitaba a utilizar a España de peón para atraerse a Francia y Alemania? El mismo Carr admite los hechos, aunque de forma reluctante y parcial, cuando señala: “Para controlar el ejército, los comunistas decidieron destruir a Caballero”. Pero no saca la consecuencia obvia, es decir, que los comunistas —Stalin— estaban en posición de deshacerse nada menos que del jefe del gobierno español, por obstaculizar éste sus designios.

A Stalin, desde luego, la democracia española le importaba tan poco como la francesa o la británica, y sus movimientos tácticos (primero entendimiento con Londres y París, y después con Berlín) no se entienden sin tener en cuenta una concepción estratégica básica: convencido de la inevitabilidad de una próxima “guerra imperialista”, su objetivo era evitar que la misma estallara entre Alemania y la URSS, desviándola hacia una contienda entre Alemania y las potencias occidentales. Pues si ocurría lo primero, el sistema soviético se vendría abajo probablemente; pero en el caso opuesto, Europa quedaría arrasada y abonada para la revolución. La guerra de España le ofrecía la posibilidad de agravar las “contradicciones” entre las democracias y Hitler, y al mismo tiempo la de conseguir un peón en un punto estratégico de occidente. Eran opciones en alguna medida contradictorias, pero la política soviética trató de armonizarlas: dominar al régimen español, por un lado, e incitar a las democracias a intervenir contra los fascismos, por otro. Las democracias también tuvieron en cuenta, seguramente, el mismo problema que Stalin: una guerra en occidente podía dejar a Europa madura para el comunismo. Eso ayuda a explicar su actitud de entonces.

Otro obstáculo al afán comunista de dominio fue el poder anarquista. Los documentos de España traicionada revelan, entre otras cosas, el odio de los comunistas hacia los ácratas, odio cuyo fundamento encuentra Carr en la versión stalinista, seguida acríticamente: “La CNT, en opinión de los comunistas, hacía imposible la creación de una industria de guerra eficaz (…) Además, en los primeros días, elementos incontrolados de la CNT habían ejecutado sumariamente a presuntos fascistas (…) Habían asesinado en masa a sacerdotes (…) y quemado iglesias. Habían matado monjas. Si los anarquistas seguían con su “pillaje y sus quemas” quedarían como una “mancha negra” en el movimiento antifascista”. Podía haber indicado Carr que una industria de guerra eficaz no consiguieron crearla ni los anarquistas ni los comunistas, pese a disponer de una infraestructura más que regular, y debido no sólo a las querellas entre unos y otros, sino también al desinterés de los obreros, a quienes todos decían representar. Más grave es la atribución de todos los desmanes a los ácratas, o la supuesta preocupación por la “mancha” en la pureza moral del movimiento antifascista. En el exterminio de la Iglesia, como de los fascistas, intervinieron con parecido ardor ácratas, comunistas, socialistas y republicanos, y no sólo en los primeros días, como está sobradamente documentado. Pasma que un historiador en otros aspectos solvente, repita a estas alturas los tópicos de la más inconsistente propaganda comunista.

En la senda de dicha propaganda, Carr insiste: “Los republicanos, disgustados por los paseos anarquistas de julio, estaban decididos a recuperar los poderes del gobierno legítimo para controlar a los “incontrolables”. Odiaban el resurgimiento del anticlericalismo tradicional. Al carecer de amplio apoyo popular, eran por tanto aliados de los comunistas en tanto que hombres de orden”. El disgusto de los republicanos, salvo excepciones, no pudo ser por los paseos, en los cuales también intervinieron, así como en la formación de checas. Y esos crímenes no se limitaron, ni mucho menos, al mes de julio. El disgusto provenía más bien de que aquellos comités incontrolables privaban a los republicanos del poder, y de que el terror, del que informaba la prensa internacional, llegó a perjudicar seriamente los esfuerzos de los sucesivos gobiernos por aparecer a los ojos del mundo como demócratas. Y, contra lo que dice el aquí muy mal informado Carr, los republicanos no odiaban el anticlericalismo tradicional, pues habían sido ellos quienes más lo habían fomentado a lo largo de decenios, y era, en rigor, el único rasgo que unía a todas las izquierdas.

Y tampoco, finalmente, estaban los republicanos “decididos a recuperar el poder” después de la revolución de julio del 36, porque su insignificante organización y apoyo popular no les permitía soñar con tal cosa, ni podían tener garantía, a la altura de septiembre del 36, de que los comunistas fuesen “hombres de orden”. En realidad el gobierno republicano de Giral se hundió en la impotencia tan pronto repartió armas a las masas, el 19 de julio, y en el gobierno compuesto un mes y medio después de la revolución de julio, los republicanos tenían un papel decorativo, mantenido con vistas a presentar una fachada de legalidad que le valiese el favor de Londres y París. El nuevo gobierno lo encabezaba el Lenin español, Largo Caballero, el principal enemigo de la república burguesa; y sus fuerzas reales eran los socialistas y comunistas. En noviembre entraron también otros republicanos ejemplares: los anarquistas. La historia subsiguiente del Frente Popular fue en gran medida la de las querellas, a menudo sangrientas, entre las tendencias revolucionarias principales, la socialista, la comunista y la anarquista.

 

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Entre Raymond Carr y Tuñón de Lara (I)

Por cierto, decir que Stalin traicionó a “España”, es decir, al Frente Popular, no pasa de ser un tópico bastante idiota. De no ser por Stalin, en Frente Popular no habría durado seis meses. Y tuvo posibilidad de ganar. En cuanto a Carr, ya señalé, citando a Fusi, su gran influencia en la patética historiografía española.

(en julio de 2012).

Cuando, hace tiempo, reseñé en Libertad Digital el libro Spain betrayed, colección de documentos secretos soviéticos sobre nuestra guerra, me preguntaba qué harían los historiadores hoy oficiales para contrarrestar sus pruebas. La respuesta está a la vista: deformar los hechos en el molde de sus prejuicios. Éstos, arraigados durante décadas se resisten a morir, y acabamos de tener un ejemplo de ello en una reseña de R. Carr sobre el citado libro, publicada recientemente en ABC cultural, y antes en la prestigiosa New York Review of Books. Carr, prestigioso hispanista, no logra, lamentablemente, escapar a tópicos que hoy pueden considerarse demolidos.

El mito troncal sobre la guerra, elaborado por la propaganda de izquierdas, especialmente la comunista, y del que derivan casi todos los demás, es la imagen de una lucha entre la democracia republicana y el fascismo o la reacción. Pese a que su falsedad sale a la luz tan pronto entramos en los datos reales —y los documentos de Spain betrayed hablan por los codos al respecto— el mito persiste contra viento y marea, ayudado por la impresión injustificada de que defenderlo significa, aún hoy, defender la democracia.

Mitos de la Guerra civil, los (Bolsillo (la Esfera))

Carr expone la tesis tratando de desmentir la opuesta: “La propaganda franquista presentó el alzamiento nacionalista militar contra el gobierno legal de España como una necesidad patriótica para impedir la toma del poder por los comunistas. El hecho es que los comunistas carecían de la posibilidad de organizar un golpe de Estado en potencia, sino que el gobierno de Giral no incluía ni a comunistas ni a ningún representante de otros partidos de clase obrera”. Pero la posición de los nacionales fue algo más compleja, y la realidad general también.

El problema debe plantearse de otro modo. En octubre de 1934 ocurrió una sangrienta insurrección marxista-separatista. Entonces, la mayor parte de quienes se sublevarían en 1936, empezando por Franco, defendió la legalidad republicana, en lugar de aprovechar la ocasión para dar un contragolpe desde el poder y destruir así fácilmente a la izquierda y a la república. ¿Por qué, habiendo tenido esa oportunidad, esperó la derecha a 1936 para sublevarse, cuando ya no tenía el poder ni el control del dividido ejército, y corría muy serio riesgo de derrota? Tan serio que el golpe de Mola fracasó, y de no ser por el puente aéreo de Franco, la derrota de los sublevados habría sido segura.

Esta cuestión no la plantea Carr ni casi ningún estudioso, y sin embargo encierra toda la clave de aquella historia. Pues las mismas fuerzas que en octubre de 1934 habían intentado explícitamente imponer un régimen de tipo soviético, más otros partidos que habían apoyado moral y políticamente la intentona, ganaron las (fraudulentas)  elecciones en febrero de 1936, coligados en el Frente Popular. Ello produjo horror a las derechas.

¿Estaba justificado ese horror? Carr y tantos más suponen que no. Según ellos, la izquierda en 1936 era básicamente democrática y moderada, y lo que temían las derechas, en realidad, era perder sus supuestos privilegios. Sin embargo es imposible hablar de democracia ni de moderación en la fracción mayoritaria del Frente Popular, constituida principalmente por el sector principal del PSOE (el de Largo Caballero, Lenin español y líder nada arrepentido de la insurrección del 34) y por los comunistas. Cuando se alude a la debilidad numérica del PCE por entonces se olvida su notable y creciente influencia política, y su estrecha alianza con el PSOE de Largo. Recordemos además a la poderosa CNT, anarquista, que, tras apoyar electoralmente al Frente Popular preparaba activamente su revolución. A ninguna de estas fuerzas puede llamársele democrática ni moderada.

Pero, se dice, el gobierno frentepopulista no estaba en manos de esos revolucionarios, sino de los moderados, capitaneados por Azaña y apoyados desde fuera por el sector socialista de Prieto. Sin embargo, ¿eran éstos realmente moderados y demócratas? Para Prieto y Azaña, la derecha no tenía “títulos” para gobernar, aunque ganara las elecciones, como en noviembre del 33. Azaña había intentado golpes de estado al perder las elecciones de 1933, y los dos habían apoyado, activa o moralmente, la insurrección de octubre del 34, y aunque la consideraban un error, seguían justificándola. Su programa electoral incluía la amnistía y reposición en sus cargos de cuantos se habían sublevado contra la legalidad y contra un gobierno legítimo de derechas, y la persecución judicial para quienes hubieran cometido excesos defendiendo la Constitución. Sobre todo anunciaba reformas destinadas a “republicanizar el estado” (politizando la justicia, entre otras cosas), de modo que la derecha no pudiese volver al poder, quedando como una presencia testimonial y justificadora de una pretendida democracia. Al volver al gobierno, Azaña se apresuró a prometer que el poder no saldría ya de manos de las izquierdas.

Los presuntos moderados resultaban no serlo, por tanto, ni tampoco demócratas, excepto por comparación con los comunistas, socialistas bolcheviques y anarquistas. Pero fue tal el miedo de las derechas a estos últimos, que inmediatamente apoyaron a Azaña como un último valladar frente al proceso revolucionario. El mismo Azaña observó con sorna cómo se había convertido en “ídolo” de la derecha.

Había razones para ese miedo. Pues aunque, como dice Carr, los comunistas no estaban en condiciones de hacer una revolución inmediata, ni lo pretendían, sí estaban empeñados en dar pasos decisivos hacia ella, como no puede dudar quien haya consultado sus documentos. Uno de los pasos principales consistía en la disolución de los partidos derechistas y el encarcelamiento de sus líderes, empezando por Gil Robles. A ese fin presionaban constantemente a los republicanos en el (precario) poder. En cuanto al PSOE de Largo, desestabilizaba al gobierno de Azaña y luego de Casares con el fin de provocar una crisis y heredarlo legalmente. De esta manera podía emprender la revolución directamente desde el poder, con aparente legitimidad y sin correr el riesgo de una insurrección que podría ser vencida como la del 34. En cuanto a los anarquistas, su nuevo proceso revolucionario estaba en preparación acelerada. Estas evidencias suelen omitirlas o minimizarlas quienes mantienen el mito señalado.

La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El resultado fue una situación caótica que en cinco meses causó casi 300 muertos y más de mil heridos, asaltos a decenas o cientos de centros políticos, periódicos y domicilios particulares derechistas, quema de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, agresiones y exacciones de todo tipo, innumerables huelgas generales y parciales, atracos políticos, formación y desfiles de milicias, etc. ¿Obrarían los republicanos del gobierno como muro frente al proceso revolucionario, o bien le allanarían el camino? ¿Sería Azaña un Ebert o un Kerenski? Las derechas, pintadas en la propaganda como provocadoras de los desmanes, a fin de justificar la rebelión que preparaban, fueron las que pidieron reiteradamente en las Cortes la aplicación de la ley por el gobierno y el cese de la imposición de la fuerza en la calle. Pero sus peticiones fueron acogidas con insultos, gritos y amenazas de muerte, que terminarían cumpliéndose en el líder monárquico Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. El gobierno no se comprometió a cumplir con su más elemental misión de garantizar el orden, e incluso se proclamó “beligerante contra los fascistas”, causantes de una proporción mínima de las agresiones. En estas circunstancias, los republicanos deslegitimaban su poder, si es que no lo habían hecho desde el principio con su programa de impedir la vuelta de las derechas al gobierno. Éstas fueron comprendiendo que ante el acoso revolucionario no podían contar con un poder capaz de imponer la ley, y eso las empujó a una rebelión casi a la desesperada.

Es dudoso que Carr aceptase con tanta benevolencia una situación semejante en su país. Él puede, si quiere, llamar legal o democrático a semejante gobierno pero no debe esperar que una persona informada comparta su criterio. Su frase explicativa podría invertirse de la siguiente manera: “la propaganda izquierdista presentó el movimiento de julio del 36 como un ataque injustificado contra un gobierno legal y democrático. El hecho es que el país soportaba la presión de un gobierno decidido a impedir que la derecha volviera al poder, así como la violenta actividad de partidos que preparaban activamente la revolución, sin que dicho gobierno hiciera nada práctico por cumplir y hacer cumplir la ley, favoreciendo así el proceso revolucionario”. Esta versión concuerda mucho más con los hechos que la de Carr, a la que siguen apegados tantos historiadores y políticos.

La fuerza de los prejuicios se hace patente en opiniones como ésta: “En lo que se ha llamado su fase bolchevique, (…) Caballero usó la retórica de una revolución proletaria sin ninguna intención de organizar una edición española de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917”. Lo aseguran también Preston y otros. Pero el PSOE, dirigido por Largo Caballero, no sólo rompió en 1933 con los republicanos de izquierda y optó por la dictadura del proletariado, sino que marginó al sector moderado de Besteiro, creó un comité especial para organizar la guerra civil (textualmente), urdió maniobras desestabilizadoras contra el gobierno legítimo de centro derecha en el verano de 1934, lanzó en octubre del mismo año la más mortífera insurrección del período republicano, con un total de casi 1.400 muertos en 26 provincias. Vencida la insurrección, persistió en sus ideas y prácticas, y en 1936 volvió a eliminar políticamente a Besteiro, se enfrentó con el sector menos violento de Prieto, a quien los seguidores de Largo estuvieron a punto de linchar en el célebre mitin de Écija, organizó milicias y fomentó un clima social en extremo violento después de las elecciones de febrero de ese año. Si a esto le llama Carr “retórica” y “falta de intención revolucionaria”, ya extraña menos que considere democrático y legal al gobierno del Frente Popular.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Los años dorados del franquismo y el “milagro español”: https://www.youtube.com/watch?v=pzfMPUSWdII

 

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