Ahora que estamos con las elecciones europeas en el país más europeísta de toda Europa, y también el más ignorante sobre ella, conviene recordar e insistir en algunos puntos que vuelven muy particular nuestra posición con respecto al resto.
El europeísmo español es un resultado de la creencia en que España no tiene problemas, sino que “es un problema”, como decía Ortega y Gasset, que en cuestiones de política e historia no cesó de desbarrar hasta su vuelta a España del exilio, en 1946. El “problema” consistía en que la historia de España era “anormal”, “enferma”, y debía curarse “europeizándose”. Por europeizarse debía entenderse, no meramente atender a la ciencia y otros aspectos positivos en los que España iba atrasada, sino olvidarse de su absurda historia y asimilarse a lo que llamaban Europa, una visión devotamente idealizada de Francia, Inglaterra y Alemania. El resto de Europa no existía para los “europeístas”. Francia había roto la dinámica histórica española con la invasión napoleónica, reduciendo al país a una potencia de tercer orden enfangada en guerras civiles y pronunciamientos. Inglaterra había ayudado muy a fondo a liquidar el Imperio español –rematado luego por Usa), y Alemania nos quedaba muy lejos en casi todos los órdenes.
¿En qué sentido debería España imitarlos? Jamás se aclaró con alguna precisión. Y por lo demás, los tres países modélicos eran lo bastante diferentes entre sí como para que los choques entre ellos originaran las guerras más sangrientas y devastadoras del siglo XX. Pero estas nimiedades no inquietaban a nuestros “europeístas”. Lo importante para ellos era olvidar a España, su historia y su cultura, y asimilarse un ideal nebuloso creado por la simple ignorancia, pero sugestivo para mentes poco deseosas de esfuerzo.
La realidad es que, por una parte, España estaba ya por entonces europeizándose en el sentido de industrializarse e ir formando instituciones científicas, mejorando la instrucción pública y disminuyendo el analfabetismo. El proceso iba lento, desde luego, porque los políticos de la Restauración, con muy contadas excepciones, si destacaban por algo era por su mediocridad. La sociedad avanzaba, solo que los europeístas pensaban en alguna solución mágica, “europea”, que no aclaraban demasiado, por lo cual exigían ardientemente liquidar el régimen liberal de la Restauración –que les pagaba sus sueldos de funcionarios– para sustituirlo por otro que amalgamase a republicanos, socialistas, a ellos mismos e incluso a separatistas. Y ya sabemos que terminaron consiguiéndolo en la II República, tan “europea”, cuyos rasgos y desenlace son bien conocidos.
El lenguaje impresionista, difuso, retórico y ocurrente, tan diríamos magistralmente condensado en la frase de Ortega, “España es el problema y Europa la solución”, ha sido una verdadera plaga del pensamiento político español, y sigue siéndolo. La influencia político-ideológica de la frase orteguiana ha sido inmensa, desde la Falange a los actuales enterados de El País, hasta ha influido en los socialistas, a quienes Ortega consideraba un factor de modernización. El análisis concreto y atenido a los hechos y a una evolución general, apenas se practicaba ni se practica, basta ver cómo se presentan habitualmente el franquismo, la transición y los problemas actuales: mezcla de vaguedades, moralismos baratos y simples embustes.
Para tener algún rigor y lógica, la frase de Ortega tendría que ser: “España tiene problemas y el resto de Europa (que no “Europa”) tiene los suyos”. De ahí podría salir un análisis útil de unos y otros. Vistos en perspectiva, los problemas de España, empeorados por visiones como las orteguianas, abocaron a la guerra civil; y los problemas del resto de Europa, que escapaban a la perspicacia de nuestros “europeístas”, se resolvieron en dos guerras mundiales mucho peores. En la primera de las cuales querían embarcar a España nuestros “europeístas”, para que desempeñásemos el honroso papel de carne de cañón al servicios de unos intereses que ni nos iban ni nos venían. En la segunda de aquellas guerras, afortunadamente no tuvieron ninguna opción.
Esta historia debería llevarnos a reconsiderar toda nuestra actitud respecto a la cuestión de Europa. Porque gran parte de los problemas actuales están profundamente condicionados por ese pasado, que debiera resultarnos tan instructivo.
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En la reunión del miércoles sobre Gibraltar se acordó mantener una campaña de difusión del manifiesto, que deberá hacerse llegar al mayor número de personas, incluyendo personas de influencia como periodistas, políticos, abogados, jueces, militares, etc. Tomar conciencia del alcance actual de la cuestión de Gibraltar es esencial no solo para la política exterior de España, sino, más aún hoy por hoy, para la interior:
España soporta la única colonia en Europa, una invasión precisamente en el mismo centro estratégico de su eje defensivo Canarias-Gibraltar-Baleares. El hecho exige una reflexión en profundidad porque los gobiernos españoles, sean del PP o del PSOE, se declaran amigos y aliados de la potencia invasora, caso único en el mundo, lo que automáticamente convierte a España en un país satélite y sin intereses internacionales propios.
Esta posición, que hoy no toleran países mucho más pobres e indefensos, se manifiesta igualmente en intervenciones militares sucesivas bajo mando ajeno, en idioma ajeno y por intereses ajenos. Recordemos las acciones en Yugoslavia o Kosovo contra un país en proceso de disgregación por fuerzas internas y externas, cuando la propia España sufre hoy, precisamente, fuertes tensiones disgregadoras. O las costosas intervenciones sin salida en Afganistán, un país absolutamente lejano a nuestros intereses. O en Libia que dejó al país sumido en una guerra civil y un caos que continúa, con cientos de miles de víctimas y de huidos que han agravado las crisis inmigratorias en Europa y en la misma España. O la presencia de aviones y tanques españoles amenazando y provocando por cuenta ajena a Rusia, un país con el que no tenemos ningún conflicto como sí lo tenemos, en cambio con el que invade nuestro territorio y que es la segunda potencia de la OTAN, en estrecha vinculación con la primera.
Debe recordarse que en los años 60, España obtuvo en la ONU una gran victoria política al reconocerse la obligatoriedad de devolver Gibraltar a España. Dada la arrogante negativa de los invasores ingleses a cumplir la resolución, el gobierno español cerró la frontera con la colonia, aislándola y convirtiéndola en una ruina económica, con coste político y moral añadido y creciente para los ocupantes. Esta política, que habría dado fruto con el tiempo, fue radicalmente invertida por la casta política actual, que anuló aquella victoria, abrió la verja, multiplicó las facilidades a los invasores y convirtió la colonia en un gigantesco emporio económico de empresas opacas y contrabando masivo, con cuyas ganancias ejerce una auténtica colonización sobre el entorno –al que ha hundido económicamente– y una corrupción sistemática sobre políticos, periodistas, abogados y jueces no solo en su entorno andaluz sino en toda España. Gibraltar ha albergado reuniones de grupos separatistas españoles y no hay duda sobre la intención de Londres y la colonia de jugar con los problemas internos de España para mantener a toda costa su ilegal, humillante y parasitaria presencia en el peñón y su entorno.
El caso de unas clases políticas que no solo admiten la invasión de su territorio sino que multiplican los gestos de sumisión y zalamerías hacia el ocupante, es quizá único en el mundo. Y no se entiende sin otros rasgos, también únicos, de esos partidos y gobiernos. Pues ninguna otra nación soporta gobiernos que en lugar de hacer frente a los separatismos disgregadores, los ha alimentado, financiado y promovido durante décadas hasta volverlos extremadamente peligrosos vaciando de estado a dos regiones y creando una situación de golpe de estado permanente desde una de las cuales, cuyas autoridades se declaran en abierta rebeldía contra el resto del país. Esos gobiernos, sean de derecha o de izquierda, han incumplido mil veces los puntos más elementales de la Constitución que garantiza la unidad nacional, y de la democracia, amparando toda clase de ilegalidades, acosos y propagandas contra quienes les resisten. Gobiernos que, declarándose demócratas, han propiciado leyes totalitarias de estilo comunista como la de memoria histórica u ofensivas contra los derechos de las personas como las leyes de género. Gobiernos que vienen entregando ilegalmente la soberanía española a una burocracia no representativa con sede en Bruselas.
No estamos, pues, ante un asunto menor, pues se conecta estrechamente con todos los demás problemas de fondo creados por la actual casta política y que no cesan de agravarse. El problema de Gibraltar no tiene solución militar, pero tampoco lo necesita. Es indudable que España tiene todas las bazas, sean económicas, políticas, morales o internacionales, bazas que han utilizado los gobiernos de PP y PSOE no a favor de los intereses españoles sino de los ocupantes; procurando al mismo tiempo que la intolerable y escandalosa situación quede en la ignorancia para la mayoría de la gente o sea considerado por ella como un asunto de poca enjundia. Gibraltar ilustra la abyección y miseria moral, intelectual y política de una casta política de la que el país debe deshacerse necesariamente y cuanto antes. Y denunciar la cuestión en sus verdaderos alcances y proyecciones es el primer paso al respecto.
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Cómo España desafió al mundo después de la II Guerra Mundial. Había otra clase política: https://www.youtube.com/watch?v=7neo_O2PHCA





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