Blog I: Los Borbones y las repúblicas http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/los-borbones-y-republicas-20130213
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Cuando se reinicia la guerra de España en julio de 1936, el nacionalsocialismo llevaba tres años y medio gobernando Alemania. Y lo hacía con un éxito espectacular en varios aspectos: el enorme paro anterior iba siendo rápidamente absorbido; la continua lucha de partidos, verdadera guerra civil de baja intensidad, había desaparecido; y el grueso de la población había recuperado la autoestima nacional, gravemente dañada por la anterior guerra europea y sus largos efectos. En plena depresión mundial, el resto del continente miraba la experiencia con asombro, mezcla de admiración y de temor, por cuanto el régimen aplicaba una despiadada represión contra sus enemigos reales o imaginarios, discriminaba y ultrajaba de modo especial a los judíos y no ocultaba sus ambiciones expansionistas, que debían convertir a Alemania en la potencia no solo hegemónica sino rectora del continente. La preocupación era mayor en la URSS, ya que el designio hitleriano convertía a Rusia en el territorio a conquistar y anexionar a la Gran Alemania como “espacio vital” de esta.
Se ha solido acusar a la ideología nacionalsocialista de “irracionalismo”, de culminación de una corriente contraria a la razón originada en la reacción romántica alemana contra el racionalismo de la Ilustración. Así vino a explicarlo Lukács, y la idea se ha vuelto común. El hecho de que la crítica fuera hecha desde el marxismo, ya indica algo. Pero tanto el marxismo como el nazismo desplegaron una intensa actividad racionalizadora, y no podía ser de otro modo, pues el hombre debe recurrir a la razón constantemente para explicar o justificar sus actos e ideas; y la razón no es la inspiradora de las ideas, sino más bien la ordenadora de ellas. La protesta “irracionalista” ante la Ilustración consistió básicamente en introducir el factor de la voluntad y la representación subjetiva en la concepción del mundo. Salvo cuando se niega la realidad exterior del mundo, este enfoque es bien racional, supera el racionalismo influido por la mecánica newtoniana, cuya aplicación directa o indirecta al ser humano y su sociedad resultaba muy insatisfactoria (se acusaba a la Ilustración de “fría”, pero era algo más). Parece muy poco razonable negar la importancia de los sentimientos, por más que estos choquen a menudo con la razón o con ciertas razones. Por otra parte, basta constatar la explosión pasional de la Revolución francesa, inspirada en un crudo racionalismo hijo de la Ilustración, para entender que la relación entre razón y sentimiento es más complicada de lo que sugieren los respectivos conceptos por separado.
Así como la mentalidad intelectual del siglo XVIII fue muy influida por la mecánica de Newton, la del XIX lo fue por el biologismo de Darwin. Su concepto de la evolución, según el cual prosperaban las especies que mejor se adaptaban al medio y desaparecían las menos aptas, podía dar lugar a dos ideas diferentes: una evolución mecánica y al azar, en que las especies serían efecto pasivo de la presión del medio; o bien la de una “lucha por la vida” en que de algún modo se manifestaba la voluntad de los integrantes de la especie, con triunfo de la especie más “fuerte”. Ambas ideas solo podrían trasladarse hasta cierto punto al hombre, por cuanto este no solo se adapta, sino que adapta el medio a sus necesidades y deseos de forma muy voluntariosa. En cualquier caso la “lucha por la vida”, por el “espacio vital” o por lo que sea, entre distintos grupos humanos es una constante histórica, por lo que sería racional –no necesariamente legítimo—suponer que también en el plano humano se produce esa lucha por la vida, en la que deben imponerse los mejores en sentido biológico. Nietzsche debe a Darwin gran parte de su pensamiento, y el nazismo puede considerarse en buena medida hijo de ambos. El siglo XIX constató el ascenso de los países del centro-norte de Europa, que impusieron su imperialismo sobre el resto del mundo (el caso de Usa entraba en la misma dinámica). Lo cual parecía la demostración práctica del aserto de que la raza blanca, especialmente en su variedad rubia, era biológicamente superior a las demás y tenía por tanto derecho a imponerse. El racismo venía a ser una ética científica, biológica, que echaba por tierra, como fantasmagorías, las éticas religiosas tradicionales (por más que podría aducirse que suplantar a la religión por la ciencia no dejaba de hacer de esta una religión, pero esa es otra cuestión).
Cabe decir que ese tipo de ética, aunque asentado en una interpretación de Darwin, es en realidad muy antiguo y no fácil de rebatir. Lo muestra Platón contendiendo dialécticamente con Calicles en el diálogo Gorgias. Dice Calicles: “Es frecuente que la ley y la naturaleza se contradigan (…) Según la naturaleza, lo más feo y desventajoso es sufrir la injusticia; según la ley, es cometerla. Pero sufrirla no es ni propio de hombres (…) La ley, está hecha por los débiles (…). Para asustar a los más fuertes, a los capaces de superarlos, y precisamente para no ser superados, cuentan que toda superioridad es fea e injusta (…) Pero a mi juicio la naturaleza misma nos prueba que, en buena justicia, el que vale más debe llevar ventaja al que vale menos; el capaz, dominar al incapaz. Así, lo muestra por todas partes, entre hombres y animales, en las ciudades y en las familias, siendo la marca de la justicia el dominio del poderoso sobre el débil, y su superioridad incontestable. ¿Con qué otro derecho, si no, viene Jerjes a combatirnos a los griegos y su padre a los escitas? (…) Nosotros, en cambio contrahacemos a los mejores y más vigorosos para esclavizarlos a fuerza de encantamientos y mentiras”, etc.
Encontramos en todo esto un dilema racional de no fácil solución… racional
