¡La democracia destierra a su autor!

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Del régimen del 78 pueden decirse al menos dos cosas: que ha durado 46 años, hasta la amnistía de 2024, lo que demuestra una notable resistencia y estabilidad, y que tuvo desde el principio cierto aire de farsa que se ha ido acentuando hasta un final calificable de esperpéntico.  Señalaré aquí  algunos  sucesos definitorios que le dan ese carácter.

1. ¡La democracia destierra a su autor!

En diciembre de 2025, el rey emérito Juan Carlos I publicó en España sus memorias bajo el título Reconciliación.  Previamente habían salido en Francia, inspiradas por Juan Carlos y redactadas por una admiradora francesa.  No entraré aquí en la sinceridad o la veracidad del escrito, pero sí en su sentido histórico. Las memorias contienen una larga lamentación por el penoso estado en que vivía Juan Carlos, prácticamente desterrado y aburrido desde 2020 en  Abu Dabi, sin apenas contacto con su familia, en especial con su hijo Felipe VI, nada  complacido por  sus esporádicas y rápidas visitas a España.

El pesar del rey emérito puede describirse así: “Yo, que traje la democracia, que  rescaté al país de la oscuridad y el aislamiento del franquismo, desarticulé un golpe, el del 23-f que pretendía  volver al pasado, que renuncié a mis poderes iniciales para convertirme en un monarca constitucional y democrático…, me veo en el exilio, soportando vejaciones y abandono… ¿No debían reconocerme esos mérito históricos tanto el gobierno de Sánchez como Felipe y la propia sociedad, en vez de hacerme sufrir la irrisión pública y ensañarse con mis fallos y defectos,  propios en fin  de todo ser humano…?”.

Y el caso es que Juan Carlos tiene razón, si se acepta su versión histórica que es de hecho la que se ha oficializado desde la Constitución y el 23-f. Durante más de cuatro decenios la figura de Juan Carlos fue intocable, colmada de  elogios y hasta veneración por las razones que él expone en sus memorias. Y todo cambió el 14  de abril –fecha  simbólica– de 2012, por una foto en que el rey posaba ante un elefante al que acababa de matar en un safari en Botsuana.  Ya hubo  en 2006 otro incidente parecido en Polonia, donde en una cacería abatió a un  oso, Mitrofán, emborrachado previamente, según se dijo. No obstante, este suceso  solo había provocado chanzas sin consecuencias políticas. 

Pero en 2012, la foto del elefante causó tremendo revuelo, no se sabe bien por qué, pues la participación del rey en un safari,  como la de tantos personajes políticos o socialmente relevantes de diversos países, era conocida sin que despertase reproches. La polvareda de censuras cobró  tal volumen que el monarca tuvo que humillarse declarando que prometía no recaer en  tal pecado. Desde ese momento su popularidad fue cuesta abajo, hasta que, dos años después,  abdicó en Felipe.

Luego, la anterior veneración al “motor” del cambio democrático” se trocó en un calvario de críticas,  injurias y burlas que lo pintaban, no sin base, como corrupto, rijoso, marido infiel, etc. La campaña procedía sobre todo de medios socialistas, una farsa, dado acusaban al monarca de las mismas desvergüenzas tradicionales en  los jefes del PSOE. Elasunto empeoró con el descubrimiento de la larga relación de Juan Carlos con una  curiosa empresaria alemana, Corinna Larsen, a la que  había regalado cien millones de euros, que motivarían procesos judiciales y amenazas sabrosos para los medios. Felipe, interesado en eludir el  temporal, también  mostraba rechazo a Juan Carlos. Y en 2020, por librarse del acoso, el rey emérito  huyó a refugiarse en Abu Dabi sin que nadie mostrara interés en su vuelta. 

El relato, tan abundante en tintes grotescos, contiene un triple esperpento: desde el punto de vista histórico, una supuesta democracia ha acusado, acosado y forzado al exilio  al principal autor oficial de ella; el acoso se ha fundamentado en la denuncia de una vida personal y corrupción para nada ajenas a sus exiliadores; y, finalmente, “el motor del cambio democrático en España” ha elegido acogerse a un país musulmán, de los más corruptos y menos democráticos del mundo. Si unimos estos datos, queda en evidencia la putrefacción de un régimen. Pero no es este el único suceso grotesco al respecto: consideraremos la amnistía de 2024 y otros no menos reveladores.

   No es difícil entender, por otra parte, que el ataque directo a Juan Carlos encubre otro  más indirecto a la monarquía misma. La tradición del PSOE y  los  separatismos es netamente contraria a la monarquía, pero en la Constitución de 1978 se vieron obligados a aceptarla debido a su debilidad política y social. Para colmo, la Constitución no hizo otra cosa que refrendar la  decisión de Franco, que la entendía como un factor simbólico y político de continuidad histórica de España. Era inevitable que aquellos partidos, que se  autovaloraban como  herederos del Frente Popular, socavaran la institución e intentasen derribarla cuando se sintieran lo bastante fuertes. Y las conductas de Juan Carlos, suicidas para la propia monarquía,  han proporcionado abundante munición a sus enemigos.

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Las dos Españas generaron en el siglo XX seis regímenes con cuatro golpes de estado y una guerra civil. Solo la transición del franquismo a la democracia se hizo por reforma, aun si luego falseada. Asegurar la continuidad de España y la democracia precisan nueva reforma. El franquismo ayer y hoy, las dos Españas y las crisis europeas

El franquismo ayer y hoy: Las dos Españas y las crisis europeas (HISTORIA)

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