Los deseos del yo / Un gran hombre

Blog I: Escupir sobre la tumba de los padres /Fracaso familiar / Sabater y Saavedra http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/escupir-sobre-tumbas-los-padres-fracaso-familiar-sabater-y-saavedra-20130121

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El deseo humano viene a ser, al menos a cierto nivel, la diversificación de las necesidades animales, complicada por  el obstáculo que se opone a la satisfacción,  el cual aplaza esta y obliga a un esfuerzo de valoración y a la búsqueda de vías indirectas. La técnica sería un resultado de esa forma de relación del ser humano con el medio que ofrece/ frustra sus satisfacciones. Incluyendo en el medio a los demás individuos. La satisfacción del deseo implica además un rasgo que no se da en el animal: un conocimiento amplio y complejo del medio. Así, el ser humano comparte con las demás formas de vida la necesidad, diversificada en deseos, de alimentarse y reproducirse, el modo  con que afronta esa necesidad  es específico, no lo comparte con ningún animal.

Ya que empezamos definiendo tres niveles  en la conducta  humana, podemos considerar igualmente tres tipos de deseo: los relativos a la nutrición y la reproducción, los referidos al conocimiento del medio y la técnica con objeto de satisfacer aquellos deseos, y un tercer tipo, que cabe conceptuar como deseo(s) espiritual(es), manifiestos en lo que suele llamarse alta cultura  (religión, ciencia, arte, pensamiento. He propuesto el término “cultoria” para referirse a ella, pero no insistiré), y que no existe en los animales  ni  tiene objetivos directamente utilitarios, aunque sean fuente de muchas utilidades. Es lo más propiamente específico del ser humano.

La relación entre los tres niveles se ha explicado a menudo, con pretensiones científicas, como una dependencia de los deseos espirituales con respecto a las necesidades animales. Los primeros serían una manifestación derivada de las segundas, consideradas también “materiales”. Marx encontró  esa relación en la ideología: la alta cultura sería, en definitiva un reflejo torcido de la situación material o económica de la sociedad elaborado teóricamente para asegurar  la dominación de una “clase” social. Freud en cambio trata de analizar la naturaleza humana a partir de la sexualidad, suponiendo la alta cultura una “sublimación” de ella.  Claro que, para ser consecuentes, habría que pensar que Marx escribía simplemente para colmar sus necesidades económicas y Freud, quizá, para conseguir más mujeres o cosa así.

Pero creo que el deseo espiritual condensado y sus productos  podrían definirse como la aspiración del yo a orientarse en un mundo que desborda sus capacidades. Pues lo que  caracteriza la condición del yo no es solo la lucha por mantenerse físicamente en vida y perdurar en la procreación: los deseos espirituales son básicamente autónomos con respecto a los de los otros dos tipos. Cierto que, pasa en los tres niveles, la intensidad del deseo está muy diferenciada de  unos individuos a otros, y así son pocos los aficionados a profundizar en la filosofía o la ciencia, y pocos también los artistas creativos; pero el deseo espiritual está siempre presente.

Hace poco vi una película italiana sórdidamente divertida:  Brutos, sucios y malos. Se trata de personajes sin apenas ninguna apetencia espiritual, gobernados por los deseos más elementales, casi como una tribu de monos. La acción transcurre en un barrio de chabolas cerca de Roma y sería fácil ver ahí una fácil “crítica social”  sobre la degradación moral traída por la miseria. Pero, afortunadamente, la película no sigue esos derroteros: la impresión es que los individuos de la película se merecen sus males, por brutos, sucios y malos. O sea, podría hacerse un relato semejante –de hecho los hay—sobre grupos e  individuos que viven en la opulencia o en la medianía y que vienen a conducirse de modo  muy parecido, carente de estímulo espiritual.

Sin embargo, la película tiene algo de falso, aunque es la clave  de su comicidad: en la miseria o en la riqueza, la inquietud espiritual está presente, en mayor o menor medida. Porque la condición del yo es siempre muy precaria, su conocimiento del mundo nunca lo pone a salvo de situaciones desgraciadas y finalmente el sentido o la justificación  de su existencia constituye un misterio angustioso para él. En unos yoes, la angustia derivada es muy fuerte,  en otros muy débil; en unos las exigencias inmediatas “materiales” absorben casi todas sus energías y preocupaciones, otros tienen una visión más amplia; pero en cuanto humanos, esa angustia existe siempre, aunque sea a un nivel semiconsciente, que aflora en momentos malos, como una enfermedad o accidente grave.  Es más, sostendré que los deseos espirituales, lejos de ser reflejos  ideológicos o sublimados de necesidades biológicas, son el factor que orienta y moldea esas necesidades diversificadas en deseos de primer y segundo nivel, aparte de tener su propia e independiente proyección en la vida.

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Un gran hombre:

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/un-gran-hombre-18927/

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Tres reformas (I) La unidad nacional

Blog I: Liberalismo y catolicismo / Fracaso escolar / Malvados de novela.http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Tres reformas, o  recuperaciones o regeneraciones, mencionadas en el otro blog: nacional, democrática y demográfica.  Las dos primeras  derivan del callejón sin salida a que han llevado varias transformaciones de la transición. La tercera tiene un carácter distinto.

En cuanto a la crisis nacional, parte de la idea absurda expresada por Suárez de hacer que los nacionalistas (separatistas) se sintieran cómodos en España.  La idea está alimentada por la ignorancia histórica y doctrinal sobre lo que son y han representado esos separatismos en la historia, algo muy típico de nuestros políticos (en España contra España he examinado las raíces de tales tendencias, condensables en la hispanofobia). Se trataba, en palabras de Julián Marías, de “contentar a quienes no se van a contentar”. Por su propia naturaleza y dinámica, los nacionalistas solo podían sentirse  cómodos en una situación de progresivo desmembramiento de  España. Y eso fue lo que les ofrecieron los artistas de la Constitución: una ley ambigua que por un lado declaraba la unidad nacional y por otro creaba los mecanismos para ir desvirtuándola y vaciándola de sustancia.  En definitiva, como criticaron en su momento algunas personas lúcidas, la Constitución encerraba en sí misma una bomba de relojería, que terminaría por estallar si no se corregían sus defectos.  Estos no fueron corregidos –como mucho, en tiempos de Aznar, se atacó en serio a la ETA–, y así hemos llegado a la situación  actual. Parte del problema es que el PP, como carece de doctrina y no cree realmente en nada, supone que la izquierda y los separatistas tampoco creen en nada y usan sus agitaciones para arrancar concesiones en definitiva económicas. Así, entre todos han venido empujando al país a la balcanización.

La versión antiespañola es compartida con mayor o menor fuerza por la izquierda, empezando por el PSOE.  El mismo Julián Marías denunciaba que este partido tenía una concepción negativa de la historia de España. Ello suponía un desprecio de fondo por el propio país (como soltó un célebre charlatán, “vamos a dejar a España que no la conozca ni la madre que la parió”, y lo han cumplido bastante), y la política derivada de esa idea básica  solo podía manifestarse en las medidas que nos han llevado a la situación presente. Y nuevamentedamos con  una clave decisiva en un PP huero de  ideología:  no se le puede considerar antiespañol,  pero tampoco proespañol, simplemente no es nada en este sentido.  A su falta de oposición — colaboración de hecho– con los partidos hispanófobos, se debe que estos hayan avanzado en estos años hasta el punto de poner en peligro la continuidad de la nación española.

El otro aspecto de la degradación de España se percibe en la política internacional de los partidos,  que ha convertido al país en aliado-lacayo de la UE y la OTAN, con unos gobiernos banales o algo peor, muy dispuestos a entregar “grandes toneladas de soberanía” a la UE,  en un europeísmo vano, carente de verdadero análisis y perspectiva general.  El actual gobierno, y muchas otras personas, parecen creer que del desgarramiento separatista nos librará la UE, como si esta fuera a resolver nuestros propios problemas internos. Así,  la continuidad de España se encuentra atenazada entre los impulsos disgregadores de los separatismos  y los disolventes en lo que llaman “Europa”.

Creo haber sido el único en llamar la atención sobre la significación política y geoestratégica  de la permanencia de una colonia en nuestro territorio por una potencia supuestamente aliada, y precisamente en el centro del eje Baleares-Estrecho-Canarias, crucial para nuestra defensa. Esa colonia inadmisible, emblema de nuestra decadencia, está reconocida de  un modo u otro por la UE y por la OTAN, mientras que no lo están las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Recuérdese que durante el franquismo, una tenaz y acertada política estaba convirtiendo la colonia inglesa en un fardo cada vez más oneroso para Londres. Indudablemente, los partidos principales debieran concordar en un punto tan importante para el país,  con una política que no ofreciera equívocos; pero, una muestra más de la putrefacción de esos partidos, tal cosa no existe. Fue el socialista Felipe González, muy en consonancia con aquella “visión negativa de la historia de España”, quien invirtió la orientación anterior para convertir el insulto permanente de  Gibraltar en un floreciente negocio para el poder colonial.  Ninguno de los partidos salidos de la transición ha planteado al respecto ni  siquiera una línea coherente y a largo plazo.

La crisis actual es resultado, en última instancia, de una transición necesaria, pero realizada con graves errores. Los grandes partidos han demostrado sobradamente que no pueden afrontar los problemas, cada vez más graves, que ellos mismos han creado. Con Zapatero se alcanzó un nivel de putrefacción del sistema que exigía imperiosamente el surgimiento de una alternativa razonable que pusiera coto al deterioro. No fue así, y el partido de Rajoy sigue la misma deriva. El hecho de que  esa alternativa no haya aparecido alimenta cierto pesimismo  sobre la capacidad de la generación actual para afrontar los desafíos,  aunque la historia demuestra que  España goza de una solidez histórica muy difícil de echar abajo.

La reforma necesaria para afrontar la crisis nacional no es muy complicada, aunque exija una acción perseverante con el objetivo claro. Ni siquiera hace falta, en un plazo medio, cambiar la Constitución, aunque sí debería reformarse tras un proceso más o menos largo. Dado que los separatistas, lejos de sentirse “cómodos” a pesar de todas las concesiones,  han mostrado una absoluta deslealtad  a la nación y a las leyes,  el principio constitucional de la unidad de España debe prevalecer. Sin necesidad de abolir las autonomías, estas pueden y deben ser reconducidas a unos límites que garanticen la unidad  en la enseñanza, en la fiscalidad  y en todos los aspectos en los que unos políticos deselales pudieran crear tensiones balcanizantes.  Naturalmente, esto no puede hacerse sin intensas  y masivas campañas que desenmascaren ante la opinión pública  la falsedad sistemática de las prédicas separatistas. Aunque en la práctica pueda ser complicado, en su orientación general es muy sencillo.

El segundo punto sería la definición de España en el mundo, y especialmente en relación con Europa (no solo la UE) y el mundo hispánico.  Ello requiere estudios a fondo, cuya orientación esencial sería la preservación incondicional y recuperación de la soberanía. Debemos ser conscientes de que, por el interior y por el interior, el país se juega su existencia.

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Inevitabilidad de las crisis / Jovellanos y “la Nicolasa” / Fraga Iribarne.

Blog I: Tres recuperaciones necesarias: Nacional, Democrática y Demográfica / Los alegres amigos de la fonda de Eufrasia: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La paradoja, decía, es que tanto la capacidad de producción como de consumo permanecen básicamente iguales cuando llega la crisis y en los momentos de prosperidad. Una  posible explicación es que las economías no se desarrollan de manera homogénea y armónica, sino que alguna o algunas ramas encuentran por algún período una demanda especialmente grande, que desvía hacia ellas gran parte de la capacidad productiva, hasta un momento en que la demanda se satura y es preciso reconducir dicha capacidad, lo que implica otro período de reestructuraciones con pérdidas y  sacrificios. Este desarrollo desigual está relacionado también con la aparición de nuevos inventos o técnicas. Así, las crisis derivarían necesariamente de esta característica propia de la economía de mercado, no planificada; pero serían corregibles  con algún tiempo y medidas.

Dos explicaciones de las crisis las atribuían igualmente a una sobreproducción o a un subconsumo, rasgos del “la anarquía del mercado”. En realidad sobreproducción y subconsumo son dos caras de la misma moneda y describen, pero no explican las crisis. Y tampoco existe, al menos de modo fundamental, la “anarquía del mercado”, pues esta, de ser su rasgo característico, no podría explicar las etapas de prosperidad, generalmente más prolongadas. En principio, los desajustes parciales del mercado se compensan unos con otros en el conjunto; solo que a veces esa compensación no se produce.

Otra explicación es la clásica de “haber vivido por encima de las posibilidades”, pero ¿cómo entender esto? Si tomamos el conjunto de las economías, las posibilidades vienen dadas por la producción real y esta era la que justamente se consumía. En conjunto no es posible vivir por encima de las posibilidades, aunque un individuo pueda hacerlo  por un tiempo, si obtiene créditos que no podrá pagar. También un país puede endeudarse, y generalmente lo hace por una razón: porque espera aumentar su prosperidad por esa vía y pagar en su momento las deudas. A su vez, si otros países le prestan, es por el mismo cálculo, junto con la expectativa de aumentar sus exportaciones al país deudor. Es decir, otro rasgo de la economía es su carácter “futurizo”, que diríamos siguiendo a Julián Marías. Funciona en gran medida sobre expectativas. No obramos solo según “lo que hay” o lo que creemos que hay,  sino, incluso en mayor medida, según “lo que se espera”. En principio salen ganando tanto los deudores como los acreedores, pero la imposibilidad de prever con precisión el futuro puede causar crisis cuando llega un momento en que unos no pueden pagar ni los otros, lógicamente, cobrar, y todos tienen que reconducir o sanear sus economías.

No se vive por encima de las posibilidades, hablando en general, sino que, de modo parecido al primer caso, se producen inevitablemente desequilibrios e imprevisiones. Sería algo característico de la economía de mercado en la que la expectativa y el riesgo asociado pesan tanto. Podría pensarse entonces en mecanismos y precauciones para atenuar o aplazar las crisis, pero de ningún modo para evitarlas y garantizar un crecimiento perpetuamente equilibrado. Al parecer,  la planificación estatal podría remediarlo, pero solo en pequeña medida (no todo el mundo puede ser funcionario, por ejemplo), o, si se hace totalitaria, con  el  estado  absorbiendo y dirigiendo por completo la economía, el resultado es tan malo como conocemos por la experiencia histórica.  Porque el factor de incertidumbre en las previsiones no es solo característica de la economía, sino de la propia vida humana. El riesgo puede llevar al desastre, pero sin él la persona se deshumaniza y tiende a convertirse en una máquina, intento necesariamente condenado al fracaso.

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****Aquilino Duque sobre Jovellanos y la Nicolasa: http://vinamarina.blogspot.com.es/

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La deriva de Fraga Iribarne (LD., Transición

Un fenómeno perverso de la Transición, alentado por Suárez, fue la conversión del término “franquista” en un sambenito, mientras comunistas, proetarras y marxistas aparecían como defensores de la libertad (al modo del Frente Popular) en la mentalidad popular, dentro y sobre todo fuera de España. Falsificación histórica con graves efectos políticos, porque la transición se hizo desde el franquismo y contra el disparate (por decir algo) rupturista.

Así, el sambenito tuvieron que vestirlo principalmente Fraga y su Alianza Popular, cuyas campañas electorales fueron hostigadas, a menudo violentamente, por la izquierda, con la complacencia del Gobierno de Suárez. Este se beneficiaba del control sobre la televisión y el aparato político del Movimiento, y de la impresión de estar respaldado por el Rey –nombrado por Franco–, lo que le dio una ventaja mucho mayor de la esperada sobre AP en los comicios de 1977, primeros de la democracia. Con todo, Fraga obtuvo 1,5 millones de votos, base suficiente para mantener su postura y avanzar desde ella. Pero el análisis de Fraga y otros fue el contrario: para crecer no había más remedio que librarse del sambenito derechista-franquista y disputar el “centro” a Suárez, mientras éste se esforzaba en disputar al PSOE la izquierda (es decir, la “imagen” de centro o de izquierda: la política se iba convirtiendo ya en un juego ilusionista de “imágenes” cada vez menos conectadas con la realidad). Así, la derecha perdió definitivamente su centro de gravedad, algo muy peligroso en cualquier tipo de lucha, y diluyó sus principios. Ganar votos parecía exigir mucha demagogia (por otra parte los votos permitían, claro está, mantener el aparato y recibir créditos).

El intento de Fraga de cambiar de chaqueta o de imagen –que le llevó a presentar a Carrillo en el club Siglo XXI y a buscar a candidatos dudosos pero “sin pasado franquista”– le dio pésimo resultado: en las elecciones siguientes (1979) perdió un tercio de sus electores, que, decepcionados, tampoco votaron a UCD. Comenzaba así una distorsión en la representación política, por tanto en la democracia, que se acentuaría en Cataluña, Vascongadas y Galicia, cada vez más desatendidas por la derecha nacional en beneficio de los separatismos. Suárez, por cierto, ganó aquellas elecciones reforzando inesperadamente su tono derechista contra el PSOE.

Fraga y su partido quedaron, pues, descolocados, y probablemente abocados a la ruina a medio plazo, si no se les hubiera adelantado la implosión de la UCD en 1980-82: el derrumbe del partido de Suárez dejó al de Fraga como única alternativa de derecha. Pero la imagen de desvergüenza y falta de principios lograda a pulso por ambos líderes impidió a Fraga recuperar el electorado de UCD: en 1982 debió haber superado los 7,3 millones de votos, pero se quedó en 5,5, cifra muy parecida a la del PSOE en 1979. El gran beneficiario, en 1982, fue precisamente Felipe González, con una estruendosa mayoría absoluta alcanzada bajo la consigna de un “cambio” apoyado en la “honradez y la firmeza” frente a la inanidad derechista. Por entonces no se sabía, claro está, qué entendía el PSOE por honradez y firmeza, pero quedó claro que esas cualidades eran las que deseaba de sus políticos la mayoría de la población, y que no las veía en la derecha. Ya he dicho, en La Transición de cristal, que el proyecto de reforma de Fraga era probablemente el mejor encaminado. Pero desde entonces su evolución ha sido a peor, hasta confundirse con alguien políticamente tan deleznable como Rajoy.

 

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Educación del yo / Cultura del puterío

Blog I: Una carta del general Aranda a Churchill / El suicidio como síntoma de enfermedad social http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Educación del yo

Teniendo en cuenta que la vida y sus exigencias fundamentales vienen dadas, el yo se nos presenta como el sirviente y gestor de unos impulsos y exigencias ajenos a él, que le preceden y se le imponen: los más evidentes, la nutrición y la reproducción. Esas exigencias inconscientes obligan al yo consciente a  un esfuerzo consciente y variado frente a un mundo en parte complaciente y en parte hostil, y nunca bien conocido. Lo último no deja de ser sorprendente: ¿no somos parte de la Naturaleza? Entonces, ¿por qué esta, en lugar de ofrecerse benevolentemente abierta sin más a nuestro conocimiento y comprensión, parece divertirse en engañarnos, guiarnos  por  falsas pistas y forzarnos a un trabajo ímprobo solo para acceder a aspectos parciales de ella? Si, según decían algunos, la consciencia refleja al mundo, es difícil explicar el error.

Pero, en fin, aunque tenemos mucha curiosidad por saber qué es el yo, no resulta fácil llegar hasta él. Lo primero en la vida es el sentimiento, y después viene la reflexión;  pero esta, con frecuencia, no llega a agotar a aquel, a comprenderlo plenamente. La vida misma se nos presenta como un sentimiento global y confuso, compuesto de una infinidad de sentimientos parciales o particulares. El yo solo se siente vivir a sí mismo, aunque los obstáculos que le oponen los demás o el mundo en general, le llevan a intuir sin dificultad –y a menudo con dolor– que no es el único ser viviente y exigente. La relación del yo con la sociedad y con el mundo es muy compleja y azarosa y compone la biografía particular de cada cual. Porque, si bien se disciernen fácilmente rasgos comunes en los seres humanos, cada uno de estos, cada yo, tiene su propia y particular biografía, otro dato digno de meditación.

En el vientre materno y en los primeros tiempos de la vida exterior a la madre, el yo tiene muy pocos deseos, y los mismos le son –normalmente— satisfechos sin ningún esfuerzo para él (el de llorar, en todo caso). El mundo se ofrece complaciente a sus demandas, de modo que probablemente el niño a esas alturas no percibe con claridad la diferencia entre él y el mundo. Con mayor o menor brusquedad, el mundo y los otros yoes se van haciendo evidentes por su menor complacencia y porque imponen un esfuerzo creciente para desenvolverse entre ellos. La educación consistiría precisamente en ese entrenamiento gradual con vistas a un comportamiento razonablemente equilibrado, que no ocasionase demasiada frustración. El yo debe hacerse capaz de adaptarse y dominar en algún grado  –nunca total, pero suficiente–  tanto sus exigencias inconscientes como a la sociedad y al mundo.

Para que esto ocurra, el sufrimiento connatural a la vida debe compensarse con unas dosis de satisfacción y placer que hagan llevadero el malestar. Las limitaciones impuestas por los padres a los niños provocarían una resignación pesada o una rebeldía irracional si no se acompañaran de un amor manifiesto y comprensivo por parte de los primeros. O así parece, aunque habría que indagar en la naturaleza del amor y su relación con el egoísmo.

Incidentalmente, y frente a teorías hoy muy extendidas sobre la educación, que tienden a seguir la línea del Imagine de Lennon (una vida enfocada a un hedonismo primario,  con el mundo transformado en un inmenso vientre materno, gracias a la técnica), viene al caso la observación de Tocqueville sobre un “despotismo democrático” y sus efectos “educativos”.

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La “cultura” del puterío

Con perfecta desvergüenza, unos carteles anuncian una “feria del sexo” que “por fin” llega a Madrid. ¡Alegría, nos modernizamos aún más, si cabe! Proponen, entre otras cosas la “cultura del sexo”, fíjense si son finos. Nos quieren hacer más cultos, y, a ver qué loco va a resistirse a la cultura. A esa cultura siempre se la llamó puterío, expresión vulgar pero ajustada, con el doble sentido de explotación económica del sexo y su correspondiente trivialización, despojándolo de sus componentes de intimidad, pudor y afecto. Todo queda en diversión, el tercero de los tres valores privilegiados por la ideología socialdemócrata, junto con la “tolerancia y la solidaridad”… hacia cualquier vileza o dictadura.

El negocio del puterío, hoy uno de los mayores del mundo, incluye mil variantes en enorme expansión, desde el turismo sexual, la pederastia, la homosexualidad profesional y política o la prostitución tradicional, hasta una publicidad comercial semi o totalmente pornográfica, que introduce en los hogares y en las calles un ambiente y ornamentación prostibularios. La cultura del burdel, antaño marginal y poco apreciada, se ha convertido en modelo omnipresente, cantado por intelectuales y “expertos” frente a una protesta por ahora débil y desconcertada.

Lo relativamente nuevo es la imposición política de tales tendencias, extendidas hasta la infancia, destruyendo los sentimientos de pudor e intimidad, vistos como retrógrados y so pretexto de “educación sexual”. Y utilizando fraudulentamente los impuestos de todos. Así los demagogos atacan la formación del carácter y de la individualidad en sus mismas raíces. El fenómeno ya lo previó el genio de Tocqueville, cuando advirtió la posible degradación de la democracia en un “despotismo de un tipo sin precedentes en la historia”, “un poder inmenso y tutelar que se encarga de que los ciudadanos sean felices y de velar por su suerte”; un poder que “se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia”. (LD, 13-V-2006)

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El objeto del deseo / Viejo artículo sobre Gibraltar.

Blog I: Un protestante y la Inquisición / Aborto y  enfermedad social: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El objeto del deseo

El sentimiento del yo está moldeado y condicionado por la cultura, pero solo hasta cierto punto y de formas muy diversas e individuales. Y no es algo propiamente cultural sino más básicamente biológico: puede apreciarse de forma primaria en los animales superiores y en niños muy pequeños (por ejemplo, en forma de celos de algún nuevo hermano, de protesta por ser tratado con injusticia real o aparente por los padres, etc.).

El yo, pues, se expresa o manifiesta en contraste con el mundo externo (físico y social) y lo hace en forma de deseos: intenta apropiarse de algo exterior a él. Los deseos vienen a ser manifestaciones muy variadas de las necesidades elementales comunes a todos los seres vivos, y se dan con muy diversos grados de intensidad y variabilidad. Todos conocemos a individuos muy egoístas o egocéntricos, u obsesionados con alguna apetencia concreta, y otros más altruistas o más razonables, etc.

Sea como fuere, el mundo exterior, mejor dicho aspectos o “trozos” de él que se hacen sensibles al yo, se convierten para este en objeto de sus apetencias. Se trata, sin embargo, de objetos esquivos,  en cuya posesión el yo fracasa con frecuencia, con el sufrimiento o la insatisfacción consiguientes; es más, en un deseo elemental, el de la perpetuación de la propia vida, termina fracasando de modo radical. Otra causa de sufrimiento es el propio esfuerzo, propio del deseo,  de valoración del objeto y de las propias fuerzas,  esfuerzo tan expuesto al error por la dificultad de medir todos los elementos que entran en la consecución del objeto, así como  las consecuencias de la posesión de este. No es inhabitual que el éxito, la satisfacción de un deseo,  nos decepcione o sirva de prólogo a una desgracia mayor.  En fin, la frustración siempre ligada en mayor o menor medida al deseo  ha llevado a algunas reflexiones filosóficas a concluir que los deseos deben disolverse para alcanzar un estado difícil de definir, quizá de felicidad. Pero, aparte de que no solo existe frustración en la vida, sino también un grado de satisfacción,  la anulación del deseo implica la anulación del yo –que en sí misma se presenta también como un deseo del  yo–, algo que me parece inalcanzable en la realidad de otro modo que no sea el suicidio.

Al emplear el término “objeto” en relación con el deseo, parece sugerirse que este solo tiene por finalidad bienes materiales o mercancías, con una mentalidad “anglosajona” de consumismo o como quiera llamársele, como me ha criticado Doiraje y algún otro. También podría llamarse masónica según la concepción prometeica o “satánica” de esta sociedad secreta. Pero no lo empleo en ese sentido único ni predominante. El alcance de los deseos, en el ser humano, tiene relación con los tres niveles mencionados en el primer artículo. Por el deseo, el yo trata de poseer algo exterior, ya sea en el plano más biológico de la alimentación o la reproducción, ya en el plano intelectual (el deseo de saber) o el espiritual (de encontrar un consuelo superior o sentido a la vida). No solo hay deseos de bienes materiales, los hay también intelectuales, espirituales, etc., que en algunos individuos son más acuciantes que los de bienes materiales o mercancías tangibles, y les llevan incluso a arrostrar sin demasiada pena  una vida materialmente sacrificada.

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Gibraltar a la espera.

(Artículo publ. en LD el 5 de mayo de 2002, cuando las buenas relaciones de Aznar y Blair habían producido a muchos la falsa impresión de que Inglaterra devolvería  el peñón)

Una noche fría y húmeda, hace muchísimos años, debía de ser por 1966, hacía yo dedo desde el puerto de Harwich (¿o sería otro? Tampoco importa mucho), y me recogió en su coche un inglés que me llevó a Londres. Debía de haber entonces tiranteces en torno a Gibraltar, y el amable conductor me preguntó mi opinión sobre el asunto. Le dije que antes o después el peñón tenía que volver a España, aunque yo prefería que no volviese mientras existiese el régimen de Franco. Como puede verse, era yo un progre de mucho cuidado, valga mi juventud como excusa. El hombre entonces se enfadó, y me dijo que Gibraltar, “the rock”, o “the Rock”, no sé si lo pronunció con mayúscula, significaba mucho para Gran Bretaña. Era un símbolo de su pasado y de su imperio. Aunque el imperio había pasado a mejor vida, o estaba en trance de ello, la roca permanecía, justamente como un índice duradero de la grandeza británica, que llevaba siglos así, y así esperaban los ingleses que siguiese. Más o menos vino a decir eso, no recuerdo las palabras, claro, aparte de que siempre me fue difícil entender el inglés hablado.

Aquello me sorprendió mucho, pues yo creía que los ingleses mantenían el peñón por razones puramente prácticas, de orden estratégico y quizá secundariamente económico, sin darle valor sentimental alguno. Decía el célebre espía escocés Bruce Lockhart que los ingleses se meten fácilmente su orgullo en el bolsillo si está en juego algún beneficio tangible, pero por lo visto son más sentimentales y orgullosos de lo que suele creerse. Supuse que si no todos, muchos pensarían sobre Gibraltar como el dueño del coche, y en cualquier caso tuve la impresión de que España no lograría fácilmente la devolución de lo robado. Luego seguimos hablando del comunismo, por el que yo sentía cierta atracción y que a él le parecía, juiciosamente, “el reparto de la miseria”.

Pasada la transición, algunos políticos, en quienes el servilismo rivalizaba con la necedad, decían que no había ya razón para que Gran Bretaña no devolviera Gibraltar. También pensaban que Francia había dejado de tener motivo para proteger a la ETA. En realidad ambas potencias seguían teniendo las mismas razones, y el terrorismo, con buena parte de sus bases en Francia, golpeó mucho más que antes, mientras la población colonial de Gibraltar se enriquecía como nunca con todo tipo de negocios ilícitos –facilitados por aquellos cretinos que nos gobernaban–, y la potencia colonial disfrutaba de aquella corrupta exhibición de ineptitud hispana, disfrazada de modernidad y otras biensonancias.

Hace unos meses todo pareció cambiar. Ojalá fuera así, pero no debemos ser muy optimistas. Londres buscará mil excusas, desde la voluntad de los gibraltareños hasta la tradición de siglos, para tener a Madrid sentado y esperando. ¿Hay medidas serias de presión que pueda ejercer España? Pues no debe haber vacilación en emplearlas, sin perjuicio de una actitud educada y diplomática (En LD, 5 de mayo de 1002)

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Dice  el siempre interesante analista económico Juan Ramón Rallo, comentando a Buchanan: “Un Estado que no se halle enormemente constreñido degenerará, como decía Bastiat, en un monstruoso mecanismo por el que todo el mundo tratará de vivir a costa de los demás. Sí, los mercados fallan a veces, pero los Gobiernos fallan casi siempre y de formas mucho más devastadoras para la sociedad“.

Esta es una concepción de anarquismo “de mercado” con toques marxistas,  y no me parece que valga más que el anarquismo tradicional.  Ningún mercado puede subsistir sin una regulación general y un poder que la haga cumplir. Y si los gobiernos fallaran casi siempre, la historia habría discurrido  en una especie de cloaca sin superar nunca ese  nivel. Por ir a una experiencia histórica reciente: ¿estaba muy constreñido (¿por quiénes?) el estado franquista?  Me parece que no mucho. Y sin embargo él salvó a España de la revolución y muchos otros males, reconstruyó el país y lo encaminó hacia una mayor libertad y prosperidad que ningún régimen anterior. Y que hoy vemos seriamente amenazadas por unos gobiernos aparentemente  más “constreñidos”.

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