Blog I: Escupir sobre la tumba de los padres /Fracaso familiar / Sabater y Saavedra http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/escupir-sobre-tumbas-los-padres-fracaso-familiar-sabater-y-saavedra-20130121
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El deseo humano viene a ser, al menos a cierto nivel, la diversificación de las necesidades animales, complicada por el obstáculo que se opone a la satisfacción, el cual aplaza esta y obliga a un esfuerzo de valoración y a la búsqueda de vías indirectas. La técnica sería un resultado de esa forma de relación del ser humano con el medio que ofrece/ frustra sus satisfacciones. Incluyendo en el medio a los demás individuos. La satisfacción del deseo implica además un rasgo que no se da en el animal: un conocimiento amplio y complejo del medio. Así, el ser humano comparte con las demás formas de vida la necesidad, diversificada en deseos, de alimentarse y reproducirse, el modo con que afronta esa necesidad es específico, no lo comparte con ningún animal.
Ya que empezamos definiendo tres niveles en la conducta humana, podemos considerar igualmente tres tipos de deseo: los relativos a la nutrición y la reproducción, los referidos al conocimiento del medio y la técnica con objeto de satisfacer aquellos deseos, y un tercer tipo, que cabe conceptuar como deseo(s) espiritual(es), manifiestos en lo que suele llamarse alta cultura (religión, ciencia, arte, pensamiento. He propuesto el término “cultoria” para referirse a ella, pero no insistiré), y que no existe en los animales ni tiene objetivos directamente utilitarios, aunque sean fuente de muchas utilidades. Es lo más propiamente específico del ser humano.
La relación entre los tres niveles se ha explicado a menudo, con pretensiones científicas, como una dependencia de los deseos espirituales con respecto a las necesidades animales. Los primeros serían una manifestación derivada de las segundas, consideradas también “materiales”. Marx encontró esa relación en la ideología: la alta cultura sería, en definitiva un reflejo torcido de la situación material o económica de la sociedad elaborado teóricamente para asegurar la dominación de una “clase” social. Freud en cambio trata de analizar la naturaleza humana a partir de la sexualidad, suponiendo la alta cultura una “sublimación” de ella. Claro que, para ser consecuentes, habría que pensar que Marx escribía simplemente para colmar sus necesidades económicas y Freud, quizá, para conseguir más mujeres o cosa así.
Pero creo que el deseo espiritual condensado y sus productos podrían definirse como la aspiración del yo a orientarse en un mundo que desborda sus capacidades. Pues lo que caracteriza la condición del yo no es solo la lucha por mantenerse físicamente en vida y perdurar en la procreación: los deseos espirituales son básicamente autónomos con respecto a los de los otros dos tipos. Cierto que, pasa en los tres niveles, la intensidad del deseo está muy diferenciada de unos individuos a otros, y así son pocos los aficionados a profundizar en la filosofía o la ciencia, y pocos también los artistas creativos; pero el deseo espiritual está siempre presente.
Hace poco vi una película italiana sórdidamente divertida: Brutos, sucios y malos. Se trata de personajes sin apenas ninguna apetencia espiritual, gobernados por los deseos más elementales, casi como una tribu de monos. La acción transcurre en un barrio de chabolas cerca de Roma y sería fácil ver ahí una fácil “crítica social” sobre la degradación moral traída por la miseria. Pero, afortunadamente, la película no sigue esos derroteros: la impresión es que los individuos de la película se merecen sus males, por brutos, sucios y malos. O sea, podría hacerse un relato semejante –de hecho los hay—sobre grupos e individuos que viven en la opulencia o en la medianía y que vienen a conducirse de modo muy parecido, carente de estímulo espiritual.
Sin embargo, la película tiene algo de falso, aunque es la clave de su comicidad: en la miseria o en la riqueza, la inquietud espiritual está presente, en mayor o menor medida. Porque la condición del yo es siempre muy precaria, su conocimiento del mundo nunca lo pone a salvo de situaciones desgraciadas y finalmente el sentido o la justificación de su existencia constituye un misterio angustioso para él. En unos yoes, la angustia derivada es muy fuerte, en otros muy débil; en unos las exigencias inmediatas “materiales” absorben casi todas sus energías y preocupaciones, otros tienen una visión más amplia; pero en cuanto humanos, esa angustia existe siempre, aunque sea a un nivel semiconsciente, que aflora en momentos malos, como una enfermedad o accidente grave. Es más, sostendré que los deseos espirituales, lejos de ser reflejos ideológicos o sublimados de necesidades biológicas, son el factor que orienta y moldea esas necesidades diversificadas en deseos de primer y segundo nivel, aparte de tener su propia e independiente proyección en la vida.
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Un gran hombre:
http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/un-gran-hombre-18927/
