Teleinmundicia, o los cacos heredan y encubren a los cacos.

Blog I. Recuperar Gibraltar: un problema más grave de lo que parece / Por qué la izquierda ganó la Universidad en el franquismo / Entrevista sobre Sonaron gritos…http://www.intereconomia.com/blog/recuperar-gibraltar-izquierda-gano-universidad-entrevista-20130107

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Vendeano. Ayer por la noche estuve viendo parte de un reportaje en La2 acerca de la odisea de las obras del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Aquello era para vomitar, los héroes eran los que se llevaron las obras con la excusa de los bombardeos, sometiéndolas a infinitamente más azares y visicitudes. Este engendro propagandista ni siquiera intentaba mantener las formas “objetivas”. Mezclaban imágenes reales de refugiados de nuestra guerra con imágenes de ataques de Stukas y Heinkel de la posterior invasión de Polonia, hacían dramatizaciones con actores y en blanco y negro de los heroicos funcionarios en los pasillos de la Sociedad de Naciones, atareados en improvisadas oficinas, “salvando” el patrimonio… ¡expropiándoselo al pueblo español, oiga! Y, al final, toda la culpa que pudiera haber… era de Franco: ironizaban con un titular de ABC en el que se alababan sus gestiones para traerlo de nuevo a España, como si fuese él el culpable de habérselo jugado por las carreteras y los azares de una guerra y haberlo sacado de territorio nacional. Un detalle que no conocía es que, ya de vuelta de Suiza a los dos dias de empezar la SGM tras la exposición que se montó allí, quiso la suerte que, el tren ya en camino, un ferroviario suizo se diese cuenta de que las cajas más altas ¡no pasarían por los próximos túneles! Vamos, que por poco perdemos Las Meninas y un centenar de obras más. El tonillo marisabidillo y pestilente (decir parcial es poco) del narrador era lo peor, pero por lo menos te prevenía al instante de lo asquerosa bazofia intelectual, histórica y estética que era aquello.

***Efectivamente, se trata de uno de los episodios más siniestros de la siniestra panda de desalmados del Frente Popular, tan bien caracterizada por Azaña en sus momentos de lucidez y a la que describen Marañón o Besteiro. Y  el desvergonzado  himalaya de mentiras prosigue impunemente, a un nivel que es francamente delictivo, porque lo hacen con dinero público y a sabiendas de que lo que cuentan es totalmente  falso. Y esto, con el PP, cosa que a mí no me extraña, pero a muchos sigue extrañándoles. Es para vomitar, efectivamente, el nivel de degradación de los periosdistas y los medios, con escasas excepciones. En  Los mitos de la Guerra Civil traté el caso con cierta extensión, así como en varios artículos sueltos publicados  hace años en LD, de los que aquí reproduzco tres.  Por entonces Aznar dijo que uno de los libros que se llevaba para leer en el verano era Los mitos … De inmediato, la izquierda se le echó encima “acusándole” de tener la obra “como libro de  cabecera”. Si  esta derecha de señoritos  macacos tuviera un mínimo sentido de la decencia, habría replicado pasando  por las narices a la izquierda, una y otra vez, el libro y otros informes, hasta hacer callar a los bergantes. Lo que hizo fue lo contrario.  Y así el país ha ido degradándose hasta desembocar en la crisis actual que no es solo económica sino más aún moral y política.

HISTORIAS DE GUERRA

El salvamento de las obras del Prado

Por Pío Moa

Durante   la guerra, las obras del Museo del Prado y de otros muchos museos y   colecciones particulares fueron trasladadas por las autoridades del Frente   Popular a Valencia, en larga y arriesgada peregrinación, y de allí a   Cataluña, donde quedaron almacenadas para ser luego sacadas a Francia en   condiciones tales que llevaron a Azaña al borde de la desesperación.

No obstante, el “salvamento” de ese tesoro artístico aparece en muchos libros de historia como una gloria auténtica del Frente Popular. A través de José Renau, y por otras vías, las autoridades izquierdistas justificaron tal salvamento arguyendo que los bombardeos enemigos sobre Madrid “ponían en gravísimo peligro el patrimonio artístico español”, pues, como aseguraba Osorio y Gallardo, “ese y otros tesoros son bombardeados con predilección por los aviones fascistas”; además, el frío invierno de 1936 empeoró hasta límites peligrosos las condiciones ambientales de los museos; y, por fin, en Madrid no había sitio adecuado para preservar las obras de arte.

Las dos primeras razones se contradicen, pues si había tal peligro de bombardeo, las condiciones ambientales carecían de importancia, y si el peligro real eran éstas, entonces el del bombardeo debía ser escaso. Además, la segunda es obviamente falsa. En su larga existencia, los museos habían conocido inviernos sin duda más duros.

También es falsa la tercera razón. Según Sánchez Cantón, subdirector del museo del Prado por entonces, los sótanos del museo ofrecían refugio suficiente. Además estaba la cámara acorazada del Banco de España. Las autoridades izquierdistas afirmaron haber guardado allí unos cuadros, cuyo deterioro por la humedad les disuadió de utilizarla. Pero aquellas pinturas no estuvieron en la cámara, sino en otras dependencias del Banco, y Madariaga es tajante al respecto: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía, quizá entonces, precisamente la mejor cámara subterránea del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna, a treinta metros de profundidad bajo el Banco de España. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.

Queda el riesgo de bombardeos. El investigador Álvarez Lopera explica en una monografía sobre el tema: “¿Fueron atacados el Prado y el edificio de la Biblioteca Nacional directa y deliberadamente o cayeron bombas sobre ellos por error? Quizá el escaso número de bombas caídas sobre ambos, y consecuentemente la poca entidad de los daños, haya sembrado el escepticismo ante las afirmaciones republicanas. Pero recuérdese el tipo de estrategia empleada en esos momentos sobre el cielo de Madrid. Era el terror. Se atacaban preferentemente hospitales, asilos, los barrios más poblados. Se pretendía, dice Thomas, ver la reacción de una población civil ante un intento cuidadosamente planeado de prender fuego a la ciudad, barrio por barrio ¿En virtud de qué principios éticos o culturales se puede entonces esperar que los aviones nazis y fascistas hicieran una excepción con las pinturas y con las estatuas?” Y acompaña cifras: “Sólo los bombardeos nocturnos de los días 8 y 9 (de noviembre del 36) produjeron 350 víctimas. Ahora se hicieron diarios. El 16, una incursión que costó 250 muertos y 600 heridos iniciaba la matanza metódica de la población civil. Fue, dice Delaprée, un trabajo bien hecho, una siembra copiosa y cuidadosamente dosificada por todos los barrios del centro. Ese mismo día comenzaba el martirio de los monumentos y museos”.

Afortunadamente se conserva en el Archivo Histórico Militar la estadística confeccionada por los responsables izquierdistas, no destinada a la propaganda, según la cual en todo el mes de noviembre los muertos por bombardeos en Madrid fueron 312, y las casas dañadas 486. Nada que ver con los impresionismos propagandísticos citados. Hubo, en efecto, un ensayo de “bombardeo de desmoralización”, pero de escasa envergadura, como indican los datos. Ello aparte, la aviación soviética se mostró por entonces superior técnicamente a la enemiga, impidiendo a ésta el necesario dominio del aire. Sin olvidar que ese tipo de ataques a la población civil los habían iniciado los llamados “republicanos”.

En ese contexto salta a la vista que las escasas bombas caídas sobre edificios culturales, y contra lo que pretendía Osorio, obedecieron a errores de puntería. La excepción fue el palacio de Liria, bombardeado probablemente por creer que albergaba algún organismo político o militar izquierdista. Decenas de palacios y edificios históricos y culturales habían sido incautados por los partidos y sindicatos para sede de sus actividades.

Está perfectamente claro que la causa de la evacuación del tesoro artístico no estuvo en el peligro de bombardeos, como corrobora otro hecho decisivo: el propio museo del Prado siguió sirviendo, durante la guerra, de almacén de objetos artísticos requisados, hasta el número de 20.000, como reconoce Álvarez Lopera, muchos de los cuales siguieron siendo trasladados desde allí a Valencia. ¿Cuál fue, pues, la verdadera razón?

Eso merece un estudio aparte.

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UNA MANIPULACIÓN DE TUSELL

Por Pío Moa

La exposición “Arte protegido”, del Museo del Prado, sobre el salvamento de obras de arte durante la guerra no es, desde luego, una patraña sistemática, como la montada por los chicos de Alfonso Guerra en torno al exilio, pero dista de informar con claridad al público sobre los avatares del patrimonio artístico español durante la guerra civil. Quizá sea inevitable, dada la situación actual, aunque no deja de ser un avance. De todos modos, el visitante no se hará una idea muy clara del asunto, a excepción del aspecto meramente técnico del salvamento.

Pero es Javier Tusell –el historiador profesional y “científico”, amigo de la censura y de una concepción adoctrinante (es decir, totalitaria) de la historiografía–, quien, en el prólogo al catálogo, da la nota política de la exposición. Que es lo fundamental, pues el salvamento de las obras de arte no fue ante todo una operación técnica, llevada bastante bien por la Junta del Tesoro Artístico “republicana”, sino política.

Tusell, después de libros como el mío sobre los mitos de la guerra, no puede hablar con la desenvoltura de antaño sobre las maravillas del espíritu republicano, pero no obstante se las arregla para colar trolas del tamaño del propio museo del Prado. Intenta transmitir la tesis de que “fue el espíritu regeneracionista de la República el que salvó el patrimonio”, mientras, por el contrario, “a los sublevados” les interesó, ante todo, ganar la guerra, y por tanto la protección del patrimonio tuvo para ellos importancia muy reducida. Naturalmente, ganar la guerra les interesó tanto a los sublevados como a las izquierdas, pero el lector desprevenido es inducido a creer que fueron los franquistas los principales destructores del patrimonio, por acción (bombardeos) o por omisión (desidia).

La verdad es totalmente opuesta, y puede resumirse así:

a) Durante la guerra fue incendiada o destruida por otros medios una cantidad ingente de obras de arte, bibliotecas antiguas y valiosísimas, acumuladas durante siglos, edificios de gran valor artístico, archivos, etc. Otros bienes artísticos e históricos fueron saqueados, en especial los que, por su contenido en metales o piedras preciosas, podían ser fácilmente vendidos.

b) La práctica totalidad de esas destrucciones y expolios se dio bajo el Frente Popular, y fue espoleada por la propaganda no sólo de anarquistas (como indica Tusell), sino de comunistas, socialistas y azañistas. Por ejemplo, el periódico de Azaña, Política, alentaba al vandalismo y bendecía a sus autores, como expongo en Los mitos de la guerra civil. Pueden citarse las incitaciones en verso hechas por Alberti, que suele aparecer en libros de historia como uno de los salvadores del patrimonio artístico. Etc.

c) Los bombardeos nacionales sólo causaron pérdidas insignificantes, y aun ellas de modo involuntario, por fallos de puntería normales en tales casos. Y de ninguna manera el traslado de las obras se hizo para librarlas de ataques aéreos, pues empezó antes de que los mismos empezasen. Además, el museo del Prado se convirtió en almacén de tránsito, durante el resto de la guerra, de innumerables obras traídas de otros lugares, prueba del poco temor de las autoridades izquierdistas a los bombardeos. La alusión a éstos fue sólo un pretexto para despistar a la opinión internacional y, de paso, culpar a los franquistas.

d) Hubo un peligro real de bombardeos, pero se debió precisamente a los traslados, sobre todo cuando, como lamenta Azaña, los depósitos fueron colocados al lado de polvorines o parques de artillería, como ocurrió en Figueras y Peralada. Si se salvaron entonces fue simplemente porque el servicio de inteligencia franquista sabía que allí estaban.

e) Siendo así las cosas, como indudablemente así fueron, por mucho que intente ocultarlo Tusell, es lógico que el bando nacional se interesase poco por la destrucción del patrimonio, pues en la zona dominada por él esas destrucciones no existieron, o cesaron tan pronto dejaron de estar bajo el poder de las izquierdas.

El salvamento, por tanto, se hizo contra las depredaciones y destrucciones realizadas por las mismas izquierdas. De una manera turbia y desvirtuada, como siempre, Tusell lo admite, al tiempo que le traiciona el subconsciente: “Tan rápida y devastadora como fue la destrucción lo fue la reacción“, es decir, la reacción “salvadora” de los regeneracionistas republicanos. Pues en efecto, la reacción fue igual de devastadora. La exposición atiende solamente a los tesoros devueltos a España, que lo fueron ante todo porque el modo desastroso como terminó la guerra en Cataluña hizo imposible ocultarlos. Otras muchas colecciones de monedas de oro del museo de Arqueología, documentos antiguos, alhajas de familias humildes depositadas en los montes de piedad, pinturas, esculturas, objetos artísticos religiosos, libros antiguos de gran valor, etc., pasaron bajo control de dirigentes izquierdistas una vez perdida la guerra, para perderse en ventas fraudulentas en el extranjero. El ilustrativo episodio del yate Vita, por cuyos cuantiosos bienes pelearon Negrín y Prieto en Méjico, es conocido, pero otros tesoros desaparecieron para siempre sin posibilidad de recuperación.

Con toda razón escribió Madariaga: “el tan cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se hayan cometido jamás”. Las personas que se ocuparon de salvar los cuadros eran un grupo profesional poco o nada politizado, desinteresado y ansioso de evitar la ruina del patrimonio español, cosa que hizo en lo que pudo. Eso debe ser destacado. Pero, repito, toda la historia se queda en muy poco sin explicar cómo esas personas, aunque de buena fe, fueron utilizadas en una política que, de acuerdo con Madariaga, sólo cabe calificar de criminal.

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LAS OBRAS DEL PRADO EN LA GUERRA

La verdadera causa de un supuesto salvamento

Por Pío Moa

Puesto que, como vimos en otro artículo, son evidentemente falsas las razones aducidas por el gobierno del Frente Popular para explicar su extraño “salvamento” de las obras del museo del Prado, es preciso buscar la explicación  por otro lado.
  Lo primero que debemos tener en cuenta es que los cuadros empezaron a trasladarse el 5 de noviembre de 1936, cuando se aproximaban a Madrid las tropas de Franco, en simultaneidad con otras operaciones de incautación de bienes artísticos menos notorios, y con la incautación de las cajas de seguridad y otros bienes particulares en los bancos. Un mes antes, el 3 de octubre, un decreto del gobierno obligaba a los particulares a entregar al Banco de España todo el oro, las divisas y valores extranjeros que tuvieran, so pena de ser acusados de contrabando y considerados “enemigos del régimen a todos los efectos”. Esta consideración era, en aquellas circunstancias, extremadamente peligrosa para los afectados.
Y el día 6 de noviembre, el director general de Tesoro y futuro ministro de Hacienda, Méndez Aspe, “sujeto morfinómano que  debía de vivir generalmente en una euforia provocada”, según Azaña, ordenó descerrajar las cajas de seguridad de los bancos. Así lo cuenta el comunista José María Rancaño, colaborador entonces de Méndez Aspe, en un informe interno a su partido: “Entre estas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición —decreto o lo que fuera— ordenando la entrega de las alhajas en los bancos. Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad. Y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas”. Rancaño supone que, dado el desorden y falta de seguridad con que se hizo el expolio, muchos géneros habrían “desaparecido”. Muchas joyas fueron fundidas en lingotes de oro y plata, para hacerlas irrecuperables para sus dueños, otras de más valor fueron conservadas.
El supuesto salvamento de las pinturas del Prado formó parte, pues, de una operación mucho más amplia. En opinión de Sánchez Cantón, citado en el artículo anterior, todos estos bienes no tenían otro valor que el de una “suma de efectos cotizables en el mercado” para los gobernantes del Frente Popular —excluidos, desde luego, Azaña y algunos otros, cuyo poder era solo figurativo—. El también citado Álvarez Lopera se muestra escéptico, pero, en definitiva, tiene que aceptar algo muy parecido, a lo que le lleva su propia investigación. Por un decreto reservado de 9 de abril de 1938, la autoridad sobre todos los bienes así requisados, incluidas las pinturas del Prado y otras muchas obras bien conocidas, pasó del Ministerio de Instrucción Pública… ¡al de Hacienda! El propio Álvarez se ve obligado a observar: “la medida quedó en la penumbra, dado el desprestigio que podría acarrear a la República y la dificultad de justificación cara al exterior”. El cambio coincidió, y seguramente no fue una casualidad, con el paso del Ministerio de Instrucción Pública  al anarquista Segundo Blanco, a quien, evidentemente el gobierno pro comunista de Negrín no pensaba dejar al cargo de tales tesoros. Hasta entonces dicho Ministerio había estado en manos del comunista Jesús Hernández. También eran comunistas Renal, María Teresa León, Wenceslao Roces y otros muchos responsables del salvamento.
En una última objeción, Álvarez Lopera alega que, de todas formas, el tesoro no se vendió. Esto es cierto por lo que respecta a las obras del Prado y otras, pero no a innumerables alhajas, libros antiguos y obras de arte menos conocidas. Por poner un ejemplo, el 6 de noviembre famoso se presentó Wenceslao Roces, al mando de un grupo de milicianos armados, en el Museo Arqueológico Nacional para llevarse de él todas las monedas de oro. Varios funcionarios consiguieron ocultar, con grave riesgo personal, algunas piezas valiosas, pero desaparecieron 2.796 monedas, griegas, romanas, bizantinas, visigóticas, árabes, etc. Se sabe que las visigóticas fueron compradas por el gobierno mejicano al de la “república española” en el exilio, y parte de las árabes acabaron en la Hispanic Society. De las demás nada se sabe, y es posible que muchas fueran fundidas, para evitar su reconocimiento. Otro ejemplo: de la biblioteca del palacio de Zabálburu, en Madrid, donde se instaló la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y personalmente Alberti y su mujer, desaparecieron unos 70 libros antiguos de gran valor, un códice del siglo XI, 22 incunables, etc. que seguramente encontraron su camino en el mercado opaco internacional de obras de arte. Por no hablar del tesoro del Vita y otros mucho menos célebres.
Negrín escribía a poco de terminada la guerra: “Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos”. Esa previsión y diligencia había consistido en los decretos que obligaban a los particulares a depositar sus pertenencias valiosas en los bancos y al expolio, luego, de los mismos. No lograron Negrín y Méndez Aspe todo lo que apetecían: Tras el desastre de Cataluña, presionaron a Azaña para que les firmase un decreto “enajenando los bienes muebles e inmuebles del Estado español en el extranjero a una sociedad anónima”. Azaña rehusó, explica Rivas Cherif, porque “le repugnaba profundamente el aparecer a última hora como salteador de los bienes de la Nación”. Pero, en conjunto, la ganancia fue alta, y Negrín pudo jactarse de que “nunca se ha visto que un Gobierno o su residuo, después de una derrota, facilite a sus partidarios, como lo hacemos, medios y ayuda que ningún Estado otorga a sus ciudadanos después de una victoria”. Si estas palabras no estuvieran escritas por el mismo Negrín, en su célebre polémica con Prieto, costaría mucho trabajo darles crédito.
Sin embargo las obras del Prado y otras muy conocidas no fueron vendidas. Evidentemente, el ser demasiado conocidas hacía muy difícil negociar con ellas. También lo era con otras muchas, y por eso, indica también Negrín, la previsión se extendió a “asegurar   (los bienes) en países o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudieran ser puestos en peligroso litigio”. Pues, en efecto, los tesoros expoliados en Vizcaya y Santander fueron embarcados desde esta ciudad con rumbo al norte, probablemente a la URSS, pero, al arribar el barco al puerto holandés de Flesinga, fueron confiscados por las autoridades, y los dueños de los objetos pudieron recuperarlos. Sólo había dos países realmente “seguros” para tales operaciones: Méjico y la URSS. El primero era un régimen dictatorial de hecho y extremadamente corrupto, y a él fue, por ejemplo, el tesoro del Vita. Pero ni aun allí podían ir obras como las del Prado, recuperadas finalmente para el patrimonio artístico español.
Mi hipótesis es ésta: su destino era la URSS, como respaldo de los préstamos que, en el último momento, concedió Stalin al Frente Popular. Como es bien sabido, Stalin rehusó conceder préstamos a sus aliados españoles sobre el oro trasladado a Rusia, y afirmó que, para mediados de 1938, el oro estaba consumido. Pero hacia finales de ese año, cuando la guerra estaba inexorablemente perdida para el Frente Popular y, por lo tanto, no había esperanzas de que el préstamo le fuera reembolsado, el dictador soviético envía a España armas por más de cien millones de dólares. Esto no tiene el menor sentido… a menos que la garantía fuera aquel fabuloso tesoro artístico. El Kremlin, por cierto, tenía larga experiencia en la conversión de obras invalorables del Hermitage y otros museos, en divisas para, en definitiva, sostener su poder. Desde luego, no existen hoy pruebas de que así haya ocurrido, pero me parece la hipótesis más razonable. Por algo los tesoros artísticos habían pasado bajo la autoridad del Ministerio de Hacienda, el encargado, precisamente de tales negocios.
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Sobre la crisis económica: contextos / Una loa a la muerte.

***(Nota para los lectores: voy a ver si consigo poner el blog los lunes, miércoles y viernes, alternando los temas que ya vengo tratando)

Blog I: El oro de América / Luisa/ Hedonismo y suicidio http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Puesto que los economistas profesionales no lograron prever la actual  crisis (habrá alguna excepción) y discrepan a menudo drásticamente sobre sus causas y el modo de superarla, creo que los legos quedamos autorizados a hacer algún intento de razonar al respecto, siempre con el natural riesgo de equivocarnos. La vida es, en general, un riesgo, o bien abunda en ellos.

Las crisis, más o menos intensas, pueden describirse como fenómenos recurrentes de empobrecimiento rápido de la sociedad. Las hay menores, oscilaciones pasajeras atribuibles tal vez a cambios de preferencias en los mercados, y otras más profundas, que suelen prolongarse en una depresión y son menos frecuentes.  Dada la aceleración económica impulsada por el sistema comúnmente llamado capitalismo, las crisis ocurren bastante a menudo y se habla de ciclos, aunque no está claro que sigan unas pautas temporales determinables.  También se ha supuesto en varias ocasiones que la ciencia económica había dado con la clave de la cuestión, haciendo posible un crecimiento estable e indefinido, sin más que altibajos parciales y menores. Así solía creerse, por ejemplo, en los años 60,  dando por hecho que las recetas keynesianas funcionarían por tiempo ilimitado, hasta que llegó la dura crisis de 1973. Más recientemente, los expertos y los políticos aseguraron que la adopción del euro por varios países de la UE garantizaba dicho crecimiento estable… lo cual resultó solo el prólogo de la crisis actual, que parece la más profunda desde la de 1929 y no ofrece perspectivas claras de salida en bastante tiempo.

No obstante, debe observarse que hasta ahora ninguna receta económica ha tenido valor permanente, y que  la que podríamos llamar era del keynesianismo, entre 1945 y 1973,  fue también la de más largo y sostenido auge material que  hayan disfrutado los países occidentales y Japón en su historia. Procede recordarlo, porque la crítica antikeynesiana radical sugiere que el keynesianismo sería inviable o solo podría traer  fatales desajustes en la economía y que la depresión del 73 se produjo por factores aparentemente exógenos: el  aumento desproporcionado del precio del petróleo. Claro que el problema es más complejo que esta precisión, pero quiero decir que al menos relativiza la crítica.

Estas crisis suelen provocar, además, agitación social y  revueltas, aunque no es cierto que las revoluciones vengan causadas por depresiones económicas. Las revueltas se producen por muchas causas y generalmente se agotan en sí mismas; así, las grandes revueltas de los años 60 en Europa occidental y Usa ocurrieron en una época de prosperidad material sin precedentes. En cuanto a las revoluciones, parten de nuevas y supuestamente liberadoras concepciones de la sociedad, la política o la religión, y su triunfo puede ser facilitado por una economía vacilante, pero no siempre. Cabe citar el ejemplo clásico de la Revolución francesa que, si bien fue facilitada por  algunos problemas financieros, se produjo en el país probablemente más rico y mejor organizado de Europa. Lo mismo ocurrió con la revolución o revoluciones protestantes, no coincidentes con depresiones económicas. Como tampoco la Revolución useña. Ni la rusa de 1905, en una época en que Rusia crecía más aprisa que la mayoría de los demás países; o la soviética del 17, favorecida muy directamente por la guerra, y que no habría triunfado sin la visión de Lenin.  Una vez más, encontramos que la economía no lo es todo. Las mismas ideas  marxistas, con su hincapié hacen en la economía como clave del desarrollo histórico y que tanto esperaban de las crisis capitalistas, no surgieron de ninguna penuria material, sino de una inquietud  sobre la sociedad humana y su evolución.

Debe subrayarse además que, si bien las crisis generan una espiral de empobrecimiento, por cuanto las mermas en el consumo y la producción se alimentan recíprocamente, esa espiral no ha superado ciertos límites desde que funciona el actual sistema económico, y ha sido sucedida por una etapa nueva de prosperidad mayor que la anterior. A su vez, las crisis van precedidas por períodos de auge. Conviene recordar estas obviedades frente a las explicaciones conspiranoicas, según las cuales las depresiones son inducidas deliberadamente por cerebros oscuros a fin de alcanzar diversos objetivos políticos o financieros mediante la ruina intencionada de la gente. En tal caso, esas mentes malévolas y casi omnipotentes serían responsables también de los períodos de crecimiento previos y sucesivos a las crisis. Sin descartar intrigas y planes políticos a corto y largo plazo, siempre presentes, suena más razonable creer que todo tipo de mentes e intereses, en general poco omnipotentes,  juegan y tratan de adaptarse, con mayor o menor fortuna, tanto durante las etapas de vacas gordas como de vacas flacas. La ciencia económica dista aún de explicar a fondo los acontecimientos, no digamos de preverlos.

La paradoja es que, cuando llega la crisis,  la capacidad productiva y de consumo de la sociedad siguen siendo las mismas que en los momentos de prosperidad. (Seguiremos dando vueltas a estas cosas)

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UNA LOA A LA MUERTE

No sólo Millán Astray dio, según parece, un viva a la muerte. También la alaba, por ejemplo, Tarrida del Mármol, destacado ácrata implicado en el terrorismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Tarrida encontró a la muerte un valor, por así decir, revolucionario: “Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico (…) igualando bajo su rudo golpe a nobles y a plebeyos, a parias y a magnates”.

Y encontraba otra buena razón de alabanza: “Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas, sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión, que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? (…) La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea la muerte!”

Un tercer argumento: la muerte no sólo da fin a nuestros sufrimientos, sino que “preside las transformaciones incesantes de la materia, hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos, ella es el instrumento de la selección natural, fuente de todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del rudo combate cuando ya ansiamos (…) un reposo relativo”.

Pero en cuanto a consuelo, el de la igualación del magnate y del paria es nulo. Al revés, lleva a un summum insoportable la desesperanza del paria.  Este, finados sus días irreversiblemente,  habrá sufrido su vida miserable sin alternativa posible, mientras que el magnate habrá gozado de la suya, desde el enfoque materialista de Tarrida. El desconsuelo para el paria es absoluto, pero al magnate, ¡que le quiten lo bailao! La desesperación bien podría convertir al paria en instrumento de muerte: ¿pierde algo con suicidarse o con segar otras muchas vidas mediante una bomba?

Cabe objetar que, aunque Tarrida esté harto de su yo, a otros, incluso “parias”, la destrucción del yo les angustia. Y que, aunque él desee el descanso eterno, la mayoría de la gente prefiere soportar todo el tiempo posible la dosis habitual de pesares y cansancio. Bien, pero ¿merece respeto una gente guiada por la irracionalidad y el instinto, incapaz de compartir ideas elementales como las que la razón dicta a Tarrida? ¿Merece mucho desvelo la vida de tales cobardes animalescos?

La loa de Tarrida descansa, en definitiva, sobre el carácter de la muerte como instrumento de progreso. Pero con ello se hunde por otra vía en las, para él, tinieblas de la religión y el misticismo. ¿Qué puede importarle a su yo, destinado a total desintegración, el progreso de posteriores generaciones? ¿Debería él aumentar sus pesares luchando y sacrificándose por ellas? ¿Puede haber un incentivo en la esperanza de ser recordado como un héroe? Vanidad ridícula, que no puede compensar ni en un átomo la vida de trabajos y miserias realmente pasada. Además, incluso ese consuelo vanidoso exige una fe: la de que la posteridad le vea como un héroe y no como un loco, un imbécil o un malvado.

La muerte, por otra parte, no sólo iguala al rico y al pobre: aun más desesperante resulta que iguale al bueno y al malo, por ejemplo al buen anarquista y al malvado burgués. El ácrata se justifica en la lucha por la justicia, o lo que él toma por tal, pero desde su materialismo, esa justicia se desvanece, y su opción moral queda en nada. El único sentido de la acción anarquista, al final, consiste en una reacción resentida y desesperada por el hecho de no ser él magnate en vez de paria, de no poder dedicar su tiempo a disfrutar de los únicos bienes y la única vida posibles.

La muerte se mantiene ante nosotros como una esfinge tan indiferente a las loas como a las maldiciones, unas y otras por igual insignificantes. Pero la actitud adoptada hacia ella tiene efectos prácticos, al parecer. Por ejemplo, de encomiarla al modo como lo hace Tarrida, a convertirse en instrumento de ella contra sí mismo o contra otros, sólo hay un paso muy fácil.

 

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El yo y el deseo / Opinión de Aquilino Duque (ya vista)

Blog I: Excluir el español de la ciencia / “Paco”, según Salustio / El fracaso matrimonial http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/excluir-espanol-ciencia-paco-fracaso-matrimonial-20130102

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El yo se presenta  ante todo como un sentimiento profundo  e intenso: el de la propia individualidad frente y en contraste con el mundo exterior, incluyendo en este a los demás yoes. Pese al carácter tan contingente del individuo, el yo  tiende a considerarse a sí mismo absolutamente necesario, privilegiado frente al exterior  y de un valor que puede exceder al de cualquier otra cosa o cualquier otro individuo.

El modo más inmediato de relación del yo con el exterior es el deseo. Alcanzar los objetos apetecidos exige un gasto de energía, y si ese coste es mayor que la satisfacción obtenida,  tanto en el animal como en el hombre sobreviene la frustración; y si tal descompensación se vuelve demasiado frecuente, produce el debilitamiento y la muerte del individuo.  A fin de obtener más con menos, el ser humano ha desarrollado la técnica, pero es  poco probable que la técnica llegue a satisfacerle plenamente, dada la propia naturaleza del deseo. Este, según expone P. Diel, difiere de la mera reacción refleja, propia más bien del animal, en que implica un elemento de valoración.  Por eso, el yo trata de valorar la satisfacción que espera obtener de su esfuerzo, examinando la situación de conjunto, lo que implica cierto esfuerzo y tiempo. Al mismo tiempo, la capacidad humana de desear parece inagotable y en el yo compiten numerosos deseos. Ello se debe, por una parte, a su visión general del mundo en torno, mucho más amplia que la del animal, y ampliada todavía por su capacidad imaginativa. Por tanto, la valoración debe distinguir entre muchos deseos y trata de elegir aquellos que más le satisfagan o que menos coste le exijan.

El esfuerzo de valoración exige por sí solo cierto aplazamiento, a menudo penoso, de la acción de la que se espera la satisfacción. Más un esfuerzo mental, que en sí mismo puede ser frustrante y llevar a situaciones como la  caricaturizada en el asno de Buridán o bien, más trivialmente, a errores de apreciación  sobre el valor del objeto del deseo o de las propias fuerzas para adquirirlo. Además, el propio carácter inagotable del deseo humano lo expone a una mayor frustración. Y  añádase que muchos deseos son contradictorios unos con otros o en sí mismos (se desea el objeto, pero no el coste de obtenerlo, por ejemplo). Por otra parte, un objeto de deseo puede ejercer tal fascinación en el yo, que este no repare en medios y esfuerzos para lograrlo, sea sin conseguirlo finalmente o resultando su consecución decepcionante en relación con el trabajo requerido. Sin faltar otros factores de desajuste, por así decir, en relación especialmente con los demás yoes: la sociedad humana impone rigurosos límites a las aspiraciones ilimitadas de los yoes. Y cada uno de estos tiende a creer que merece mayor satisfacción que la obtenida por otros (idea de injusticia, tenga mayor o menor grado de acierto). Así, la vida del yo contiene siempre un elemento de insatisfacción y de frustración  inevitables,  que en casos extremos puede llevar a la depresión, la rebelión demente o al suicidio.

Fácilmente se aprecia de ahí el gran esfuerzo hecho a partir de la religión y de la filosofía por regular el deseo de modo que su excesiva diversidad, la deficiente valoración del objeto, de las condiciones externas o de las propias fuerzas, no produzcan un desequilibrio mental y desgarren al propio yo. El estoicismo, el hedonismo y muchas otras propuestas de comportamiento reflejan esa dificultad  de la vida humana ante el elemento insatisfactorio de ella. Y a su vez resultan propuestas nunca del todo satisfactorias.  Por lo demás, el valor necesario y casi absoluto concedido  por el yo a sí mismo, puede inducir con cierta facilidad, ante las limitaciones reales, a la negación de la sociedad, del mismo yo o de la vida.

 

****Aquilino Duque sobre  Sonaron gritos y golpes a la puerta (en el blog I, “Salustio” discrepa de él):  http://vinamarina.blogspot.com.es/2012/07/una-novela-dantesca.html

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Sobre Europa

****Feliz Año Nuevo (dentro de lo posible o que nos dejen los politicastros) y muchas gracias  a todos mis amables lectores, cuyos comentarios dan interés al blog.

Blog I: Franco, plenamente actual. La expansión de la droga como síntoma http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

**** Aquilino Duque sobre la Hispanidad:  http://3.bp.blogspot.com/-1xjrWfJD030/UOA2FtA9jNI/AAAAAAAADM0/Cu2WiK2mGlE/s1600/Gaceta+Latina.jpg

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(En España contra España he dedicado un apéndice a la relación de España con el resto de Europa (prácticamente con la Europa occidental o centro-occidental: una cuestión necesitada de estudios serios)

Geográficamente, Europa es un apéndice del mucho más extenso continente asiático, más bien que un continente propio. Algunas barreras físicas la separan, no obstante, de Asia y de África: la cordillera de los Urales, que corta la inmensa llanura euroasiática; el lago Caspio, la cordillera del Cáucaso y el mar Mediterráneo. Barreras no muy pronunciadas y menos aún insuperables. Por otra parte, Europa se nos presenta como un complicado mosaico de climas, orografía y más aún de idiomas, etnias, culturas y estados o naciones, con frecuencia enfrentados históricamente entre sí en conflictos a veces arrasadores. De modo que podríamos preguntarnos si existe realmente algo común  que permita distinguir el conjunto europeo de los demás continentes. La respuesta es sí. Europa es ante todo un concepto cultural y,  por encima de las enormes diferencias internas encontramos enseguida varios rasgos comunes lo bastante firmes para dar cierta unidad y aire de familia al conjunto: el indoeuropeísmo idiomático, la raíz en el Imperio romano, la religión cristiana, una inquietud especialmente acentuada en los órdenes espiritual, filosófico y finalmente científico-técnico; y, desde el siglo XVIII, cierta evolución anticristiana e ideológica que adquirió su apogeo en el XX. Este libro tratará, aunque sumariamente, los tres últimos rasgos.

Por lo que respecta al primero, el indoeuropeísmo, aunque evidente desde el punto de vista lingüístico,  resulta demasiado especulativo en el plano histórico, ya que hunde sus orígenes en las nieblas de la prehistoria. Es desconocido el origen de estos pueblos, también llamados arios (“nobles”, algo pretenciosamente, aunque su utilización por el nacionalsocialismo ha proscrito un tanto el término). Una hipótesis  sitúa su cuna entre el sureste de  Rusia y el Asia central, de donde se habrían extendido desde hace unos 4.000 años,  probablemente por invasión y conquista, sobre otros pueblos hacia el sur (Persia, India) y hacia el oeste (Europa), y también invadiéndose entre sí en oleadas sucesivas. Por lo que respecta a Europa, los indoeuropeos debieron de encontrar una zona mediterránea ya considerablemente poblada y con culturas más desarrolladas que las suyas,  y una zona  del centro-norte semivacía debido al clima y al atraso técnico. Tácito creía que los germanos pertenecían a una raza pura “porque nadie más que ellos querría vivir en zonas tan inhóspitas”. Se ha supuesto que el tipo físico germánico es que el caracteriza con mayor pureza a los indoeuropeos, y que su expansión en Europa se produjo desde Escandinavia, Jutlandia y el norte de Alemania.

Lo evidente, en todo caso, es que la configuración lingüística y en parte étnica de Europa responde a antiguas migraciones y mezclas demográficas, con los correspondientes choques y conquistas. De ello tenemos pruebas bien claras en época histórica, por las invasiones germánicas y asiáticas hacia el final del Imperio romano de Occidente y otras hasta tiempos todavía recientes. Europa viene a ser, étnica y lingüísticamente, el fruto de tales movimientos. Que, por lo demás, han continuado después, ya que algunos pueblos o naciones europeas han resultado ser los más expansivos de la historia.

Subsisten en Europa algunos idiomas menores no indoeuropeos, como el finlandés, el húngaro, el vascuence o el lapón. Pero prácticamente todos las demás, y desde luego los más hablados con absoluta diferencia, son  indoeuropeos, divididos en tres grupos principales: eslavos, germánicos y latinos, y ramas menores como la céltica, la báltica o la griega. Varios de estos idiomas (español, portugués, inglés y francés) se han extendido por gran parte del mundo en tiempos históricamente próximos, continuando cierta dinámica prehistórica. Ello aparte, en Europa hablan idiomas eslavos unos 350 millones de personas; germánicos algo más de 200 millones, y latinos, unos 180. Estos tres tipos de lenguas señalan también, aunque no rígidamente, diferencias étnicas y de aspecto físico, desde el nórtico, rubio, al mediterráneo, generalmente moreno, o al eslavo, más mezclado.

Los idiomas indoeuropeos no son exclusivos de Europa, pues se hablan también en gran parte del sur de Asia: Irán, Pakistán,  Afganistán e India; y el supuesto de que procedieran de esta última da lugar a la palabra que los nombra. Pero no hay ninguna otra afinidad cultural clara entre los indoeuropeísmos europeo y asiático. La diferencia principal está en la impronta grecolatina y la religión cristiana características del primero. La herencia grecolatina procede, aunque en grados desiguales, del Imperio romano. No era un imperio propiamente europeo –como no lo era Grecia– pues, aunque nacido de una ciudad de la península itálica, su área fundamental  de expansión fue el Mediterráneo en todas sus orillas. Pero en las riberas no europeas de este mar el legado grecolatino y cristiano  iría sucumbiendo a  invasiones de otras culturas, hasta quedar en poco más que arqueología, mientras que en la parte europea fue adoptado, asimilado y desarrollado hasta convertirse en ingrediente fundamental de su ser. La parte griega o bizantina condicionó religiosamente al mundo eslavo; en la parte occidental el latín, entre otros muchos legados, permaneció durante un milenio como la lengua de cultura después de la violenta destrucción de la Roma imperial.

Pero la herencia más trascendental de Roma sería el cristianismo. Los indoeuropeos profesaban religiones paganas, a veces muy complejas, y por supuesto no tenían la menor idea de  Europa. Sería el cristianismo el que configurase  el continente como  espacio cultural, llegando a constituir el  único continente cristiano en el mundo  durante la llamada Edad Media, exceptuando pequeños residuos de esa religión en Oriente Próximo y norte de África, y en contraste con el islam o religiones paganas anteriores. Así, en un sentido bastante preciso, cabe decir que Europa es una creación del cristianismo. También fue en Europa donde se diversificó esta religión en tres grandes ramas que casualmente coinciden grosso modo –y con grandes excepciones–, con los ámbitos lingüísticos: entre los eslavos (y griegos) predomina la Iglesia ortodoxa, entre los latinos la católica y entre los germánicos diversas confesiones protestantes. Curiosamente,  el cristianismo no tiene raíz  cultural ni geográfica indoeuropea, pues surgió en la ribera asiática  del Mediterráneo y de un pueblo y religión semíticos, el judío. Pero experimentó un verdadero baño de pensamiento griego y latino, se desarrolló en el seno del Imperio romano y posteriormente cundió por Europa entera.  El cristianismo, así, hereda el judaísmo y la filosofía clásica, y al mismo tiempo los transforma profundamente.

Tampoco resulta exagerado afirmar que Europa es el continente de la filosofía, con distintos grados y momentos. No porque otras culturas y civilizaciones hayan carecido de ella y de reflexiones de gran calado sobre el hombre y el mundo, muy al contrario; pero en Europa arraigó con más intensidad, variedad y persistencia ese tipo de pensamiento. La causa más probable cabría hallarla en la introducción de la filosofía griega y latina en la religión de Cristo, en la combinación de la razón y la fe. Una combinación nunca plenamente lograda y fuente, por su dificultad, de esa inquietud espiritual y moral, fructífera por una parte y perturbadora por otra, tan acusada en la civilización europea.  Tal desazón ha sido el probable venero de otras manifestaciones culturales especialmente intensas, desde la literatura o la música a la arquitectura.  Cabría buscar ahí una síntesis conflictiva entre un espíritu indoeuropeo y un espíritu semita, aunque resulta demasiado fácil especular vanamente sobre ello.

La filosofía europea alcanzó en el siglo XVIII un punto en que la razón empezó a revolverse contra la fe, inaugurando una nueva época en la que el cristianismo fue puesto en cuestión, a menudo rechazado y sustituido, aunque nunca  totalmente, por las ideologías racionalistas nacidas de dicha Ilustración. Esta pugna ha caracterizado y sigue caracterizando hoy la evolución europea. La filosofía, si bien  nunca ha cumplido sus fines ni probablemente pueda cumplirlos,  ha dejado un rastro valiosísimo de especulación y pensamiento, destacadamente el pensamiento científico y un desarrollo técnico sistemático que han encontrado su cuna en Europa, extendiéndose desde ella.

Vista en sus líneas más generales, la historia y las culturas europeas podrían resumirse así: trece siglos de cristianismo desde la caída del Imperio Romano de occidente, y tres  de crisis del cristianismo. En suma la cultura europea nace en el Imperio romano, pero toma forma esencialmente con la destrucción de este, en medio  de pruebas sangrientas y convulsiones extremas prolongadas durante unos cinco siglos. Tras aquella interminable ordalía la nueva civilización se asentó, se aseguró y cobró cierta capacidad ofensiva frente a sus amenazas exteriores durante otros cinco siglos. Una nueva etapa de expansión mundial durante dos siglos largos  le aseguró un relativo predominio mundial. A partir del siglo XVIII, la hegemonía europea en el mundo se vuelve incontrastable, gracias a la Revolución industrial. Y sus mayores problemas nacen entonces de las guerras y rivalidades entre las propias potencias europeas. Mientras, el cristianismo ve su puesto desafiado por las ideologías, lo que implica un cambio en profundidad que afecta a toda la cultura.  Estas son, básicamente, las etapas fácilmente distinguibles que tradicionalmente se han llamado, con nomenclatura absurda,  Alta y Baja Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea.

En Nueva historia de España he propuesto otra nomenclatura provisional. La época del Imperio romano posterior a la II Guerra Púnica sería la Edad de Formación; posterior al Imperio Romano vendría la Edad de Supervivencia, correspondiente a la Alta Edad Media hasta el año 1000 aproximadamente, que también podría llamarse “de los monasterios”, por la importancia de estos en la cristianización del continente, cuando Europa va conformándose efectivamente como el continente cristiano en medio de zozobras que amenazan echarlo abajo; Edad de Asentamiento, o del Románico, el Gótico y primer Renacimiento, equivalente a la Baja Edad Media;  Edad de Expansión, cuando los europeos emprenden sus expediciones por todo el mundo, al que descubren, a menudo colonizan y  ponen en comunicación: hasta cierto punto correspondería a la Edad Moderna; Edad de Apogeo, desde mediados del siglo XVIII hasta 1945. Entre el descubrimiento de América y el final de la II Guerra Mundial, puede decirse que Europa transformó el mundo, siendo hoy un elemento más, y no el más dinámico ni culturalmente productivo, de la nueva e indecisa época histórica.

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Seidman fantasea sobre la II República

Blog I: El caso Franco / El personaje Alberto http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/caso-franco-personaje-alberto-20121228

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Después de la introducción del libro de Seidman que examiné el 6 de noviembre (https://www.piomoa.es/?p=876),  viene un capítulo que empieza por tratar el legado republicano, y me temo que tampoco aquí da el autor en el blanco. Ya he explicado que sobre la república y la de la guerra civil hay dos enfoques básicos: el de la cuestión democrática y el de la “cuestión social”. Es decir, si entonces estaba en juego  la evolución del liberalismo de la Restauración a una democracia, o bien la resolución de problemas  de desigualdades económicas y similares. La izquierda, que en España siempre fue mesiánica y antidemocrática, centra el intento de comprensión de la república en la segunda cuestión, dando por supuesto, arbitrariamente, que la derecha se oponía a cualquier solución a las desigualdades socioeconómicas. Y lo mismo hace Seidman, a quien la democracia (al menos fuera de su país), le importa poco o nada.  Según él, la II República   ”Se modeló sobre los ideales de la Revolución y de la Tercera República francesas. Intentó ir más allá de la libertad y la fraternidad e introducir cierto grado de igualdad social o redistribución de la riqueza”. La Constitución se moldeó más bien sobre la de Weimar, y desde luego no se preocupó gran cosa de la libertad (política, se entiende), ya que la misma preexistía en España, con algunas restricciones en la dictadura de Primo de Rivera. En cuanto a la fraternidad, desde el primer momento las izquierdas demostraron muy poca  hacia al menos la mitad de sus compatriotas. Queda la “mayor igualdad”. Quizá las izquierdas de la república tuvieron esa intención, pero sus medida consiguieron lo contrario: más pobreza y más hambre en solo dos años. Seidman no lo nota.

Por otra parte, al presentar a la república como régimen de izquierda,  el autor comete otro grave error histórico. El régimen llegó en realidad por impulso de la derecha en 1930-31, se vio desbordado enseguida por la izquierda, y volvió a la derecha a finales de 1933. Es decir, se creó cierta posibilidad de alternancia democrática con arreglo a las urnas, posibilidad que se vino rápidamente abajo en febrero de 1936. Hubo, pues, una república de izquierdas y otra de derechas. No sé si Seidman ignora estos datos esenciales, pero en todo caso no les presta la menor atención.

Para él, el problema consistió en que las buenas intenciones que atribuye a la república chocaron con “Una España atrasada que en los planos de la cultura cívica, las tasas de alfabetización y el desarrollo económico se hallaba al mismo nivel que habían tenido Inglaterra o Francia en la segunda mitad del siglo XIX”.  Puede ser. Pero si la situación hubiera sido muy boyante, tampoco habrían hecho falta aquellas buenas intenciones “sociales”.  La cuestión es si la izquierda y sus medidas podían resolver esos problemas o bien agravarlos. Sin olvidar –lo que hace Seidman, aparentemente por ignorancia—que España no era un país estancado, pues desde finales del siglo anterior progresaba, lenta pero acumulativamente, en industrialización, alfabetización, cultura en general y renta media, etc.; progreso que adquirió un fuerte impulso con Primo de Rivera. ¿Iba la república a acelerar ese crecimiento, o lo contrario?  La pregunta no entra en los análisis de este historiador.

E insiste en la problemática:  “Los españoles (¿?) tuvieron que enfrentarse a un enmarañado ramillete de cuestiones espinosas: el conflicto entre Iglesia y Estado, la relación entre los militares y el poder civil, los nacionalismos regionales y la reforma educativa (…) y lo que es más importante, se enfrentó a los problemas sin resolver del campo, que situaban a España entre las naciones subdesarrolladas. Al mismo tiempo, España tenía un movimiento obrero más poderoso y mejor organizado que (la tercera República francesa)”. De nuevo la arbitrariedad. Los tres primeros conflictos eran débiles, pero la izquierda se las arregló para exacerbarlos, lo mismo que con la reforma educativa. Y no sé qué entenderá Seidman por nación subdesarrollada. Da la impresión de equiparar a España con los países asiáticos o africanos de la época; pero aun siendo mayoritariamente agraria, España tenía una industria considerable y variada, una clase media urbana nada despreciable, universidades y un florecimiento cultural notable e integrado en el conjunto de Europa. Dentro del arco de países europeos menos ricos, de Irlanda a Finlandia pasando por el Mediterráneo y el este europeo, España estaba en una posición bastante buena. Al parecer, eso no le dice nada a Seidman.

Además, este historiador pasa por alto el dato de que la república, aunque llegó en medio de una depresión mundial –que la afectó mucho menos que a otros países del entorno— tuvo la ventaja inestimable de heredar la superación de  los  grandes peligros que hundieron al régimen liberal de la Restauración: el terrorismo anarquista, la guerra del Rif, la demagogia socialista y los separatismos. Pero pronto se encargarían las izquierdas de volverlos candentes, a todos menos  el de Marrruecos.

Por otra parte, el análisis debe distinguir entre problemas objetivos, como los de la pobreza, la educación, etc., y los de las fuerzas imperantes, como el del que llama “movimiento obrero” o cualquesquiera otros que impliquen políticas actuantes sobre  dichos problemas objetivos. No se pueden mezclar. Y ya que menciona el “movimiento obrero” (más bien obrerista),  debería distinguir sus características acentuadamente totalitarias, antidemocráticas.  Sobre la izquierda y la propia república, Seidman no parece conocer más que  los tópicos de la propaganda izquierdista, de origen marxista en gran medida. Así que procuraré aclarar a sus lectores  algunos extremos.

Cuando, en noviembre de 1933, la gran mayoría de la población votó al centro derecha,  se abrió la posibilidad de una democracia normal, con alternancia en el poder. ¿Por qué votó la mayoría del pueblo a la derecha? Es muy fácil saberlo: la gente había tenido la experiencia harto traumática y destructiva del bienio izquierdista, de sus promesas  y medidas que profundizaban la crisis cocial y económica en todos los aspectos, y quería probar algo más positivo.  Pero en lugar de constatar este hecho tan simple, Seidman se enreda en las clásicas justificaciones de la propaganda y achaca el triunfo izquierdista a  “Las divisiones queimpidieron a los socialistas formar alianza con los republicanos”. Si me hubiera leído, se habría enterado de que la división fue solo a medias (Azaña, por ejemplo, pudo salir diputado gracias al PSOE) y que juntando los votos de todos ellos quedaron muy por debajo de los de centro- derecha.  Y remata: “La CEDA se aprovechó de los miedos de la clase media y los católicos”.  Sin decirlo,  Seidman, insinúa que los votantes de derecha eran moral o intelectualmente inferiores, al conducirse simplemente por el miedo.  Pero en 1931 no parecían existir esos miedos, ya que ganó la izquierda. Lo que Seidman oculta o niega es que en 1933 los miedos estaban ciertamente muy  justificados por la experiencia más directa, y que la derecha ofrecía la posibilidad de mejorar la situación.

La victoria derechista abrió un nuevo período de la república –no toda ella tuvo el  carácter izquierdista, debe insistirse—. Y ese período lo describe Seidman  marginando el enfoque democrático, que, repito, no le interesa, sino  repitiendo los clichés “sociales” de la izquierda antidemocrática. La derecha, en su “bienio negro”, se habría dedicado a perseguir gratuitamente a los “trabajadores” y a anular las reformas del bienio anterior,  que tan poco habían satisfecho al pueblo. Ya que Seidman siente rechazo a mis investigaciones,  podría al menos leer a Azaña o a Gregorio Marañón sobre la calidad política, moral e intelectual de aquellas izquierdas y sus medidas. Pero el hecho, demostrable estadísticamente es que, si bien el paro siguió aumentando, la economía en su conjunto mejoró, siendo 1935 el año mejor de la república; los presupuestos de educación también aumentaron, el hambre remitió ligeramente y las libertades fueron aplicadas con mayor rigor, incluso hasta un grado suicida, que permitió a la izquierda preparar impunemente su golpe de octubre del 34. De nuevo, no sé si Seidman ignora o desprecia esos datos, que por sí solos desmienten la sarta de tópicos elaborados por los partidarios del “enfoque social”.

Y aquí  constatamos de nuevo cómo la cuestión de fondo de la república fue la democracia.  El  “bienio negro” habría podido perfectamente asentar una democracia liberal con solo que la izquierda hubiera aceptado sus más elementales normas. Pero no lo hizo en ningún momento. Ante su derrota en las urnas, los republicanos de izquierda intentaron golpes de estado, los separatistas catalanes se declararon “en pie de guerra”, los anarquistas lanzaron su insurrección más sangrienta y, sobre todo, el PSOE procedió a organizar, en su propias palabras,  la guerra civil para imponer su dictadura (que llamaba “del proletariado).  Todo ello desembocó en la insurrección de octubre de 1934, que dejó muertos en la mitad de las provincias. He aquí la clave real del fracaso republicano y de la guerra civil. Lo he documentado perfectamente, pero a nuestro historiador le resbala. Se ve que no encaja en su esquema “social”.

Dentro de su desenfoque básico, los  errores o falsedades de detalle proliferan (un poco al estilo de Preston) Mencionaré solo uno, junto con otras consideraciones arbitrarias del autor: “El general Francisco Franco y sus tropas africanas aplastaron brutalmente la revuelta  de Asturias”.  Franco no dirigía entonces las tropas africanas, fue solo asesor del gobierno en Madrid y sus indicaciones fueron en gran parte desatendidas tanto en Asturias  como Cataluña. Y lo de la brutalidad es, nuevamente, un mero tópico de propaganda.  La represión no fue mayor, sino menor que  contra otros movimientos revolucionarios  contemporáneos en Alemania, Austria o Finlandia, por ejemplo, no digamos en Francia cuando la Commune. Si Seidman se hubiera molestado en leer mi libro el Derrumbe de la República, sabría el cómo y el porqué de la campaña  de embustes y exageraciones sobre la represión de Asturias organizada por  el PSOE, el PCE y la masonería con el apoyo de las izquierdas europeas y useñas.  Y “reflexiona”: “Como muchos ejércitos trercermundistas de hoy, los militares españoles demostraron ser más eficaces contra los enemigos internos que contra los externos”, poniendo como ejemplo la derrota ante Usa en 1898 y las derrotas en Marruecos. Pero un historiador algo cuidadoso debería señalar que en el 98 la desproporción de fuerza, poder económico y ventaja estratégica era tan enorme a favor de Usa que habría sido un milagro que España venciese.  Y sobre el  protectorado marroquí  tampoco sobraría observar que, finalmente,  el ejército pacificó el protectorado muy exitosa y permanentemente.  No sobra decirlo porque no hace tanto que el supertecnificado ejército useño fue derrotado por los “subdesarrollados” en Vietnam, tuvo que irse  de forma no muy gloriosa de Somalia o de Líbano y está enfangado en operaciones costosísimas  en Irak y Afganistán, de las que no se vislumbra una salida muy honrosa.  Y hablando de enemigos internos, en la guerra civil useña el ejército del norte demostró una notable y a menudo despiadada eficacia contra los estados del sur.  Por no hablar de la brutalidad de las tropas useñas en Filipinas, o en la II Guerra mundial.  No señalo estas cosas por seguir la táctica del “y tú más”,  sino porque Seidman  parece achacar a los españoles un especial “subdesarrollo”,  “brutalidad” y necedad, siguiendo una tradición bastante asentada en algunos medios anglosajones. Y sobre todo porque al establecer comparaciones no hay que elegir solo las convenientes a un prejuicio.

Podría seguir, pero la cosa se haría interminable. El fondo de la cuestión es este: la izquierda demostró su violenta inoperancia durante el primer bienio republicano. Después demostró su aún más violento ataque a la democracia cuando las urnas dieron el poder a la derecha, impidiendo un normal funcionamiento del régimen y comenzando, literalmente la guerra civil. En aquella ocasión, la derecha demostró lo poco que tenía de “fascista” o de “golpista”, ya que, en lugar de explotar el golpe izquierdista para dar un contragolpe más o menos fascista,  defendió y mantuvo una legalidad republicana. Y ello a pesar de que esa legalidad no le gustaba, ya que había sido establecida por la izquierda  sin un mínimo consenso.  Y algo más sobre la “brutal represión” de Asturias: si bien su contenido es falso en una altísima proporción, según he demostrado, su  trascendencia histórica resultó extraordinaria. Envenenó a la opinión pública, despertando odios extremos y polarizando a la sociedad. Si la insurrección de octubre fracasó, fue porque la inmensa mayoría de la población desoyó los llamamientos, provocaciones y acciones armadas de los partidos de izquierda, prueba de que los odios no estaban aún a flor de piel. El efecto de  una propaganda tan masiva como falsaria fue la fiereza con que recomenzó la guerra civil en julio de 1936, y el período revolucionario previo.

Y dado que Seidman no entiende el vuelco democrático de 1933, tampoco  las elecciones de febrero del 36.  Para él, “el Frente Popular obtuvo una importante victoria  consiguiendo del 47 al 51,9% de los votos” ¿Cómo lo sabe, si las votaciones no fueron publicadas,  dando lugar a estimaciones muy variadas de los historiadores? El hecho de no ser publicadas entonces  ya demuestra que no fueron elecciones democráticas. Además,  ¿ignora los testimonios de Azaña o de Alcalá-Zamora sobre el modo como se hicieron los recuentos?  ¿Sobre el ambiente de violencias y coacciones como se desarrollaron los comicios?  Parece que para él se trata de minucias. Pero así fue como terminó la república, precisamente el 16 de febrero de 1936, y no el 18 de julio como yo mismo he considerado erróneamente.  Sobre la situación creada por esa “importante victoria”,  nueva lluvia de tópicos, aunque no puede esconder del todo que, simplemente, la legalidad republicana cayó por tierra, destrozada desde el gobierno y desde la calle y el campo. El fruto de aquellas elecciones demasiado desvirtuadas por lo fraudes, fue un proceso revolucionario violento, en el que la  cuestión no era ya democracia sí o no, sino revolución sí o no, permanencia, sí o no,  de España como nación, y de su cultura cristiana.

 

 

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