España y Europa / Otra opinión sobre Cospedal

Blog Gaceta: Contra España y contra la democracia / Himno partisano / Manolete y su amante:  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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¿Qué es Europa,  más allá del espacio físico entre los Urales y Finisterre? No es  fácil  definirla, salvo por ciertos agudos contrastes con las vecinas Asia o África.  Con harto abuso se emplea la palabra para designar  al trío Inglaterra-Francia-Alemania, que desde el siglo XVIII marcan la pauta del desarrollo del continente y hasta cierto punto del mundo antes de  la II Guerra Mundial (avances tecnológicos y científicos, pensamiento, guerras, literatura y arte). Mas por un lado las diferencias entre esas tres naciones son profundas,  desde el idioma al estilo y desarrollo histórico; y por otra el continente es mucho más vasto y variado, cada país cuenta con su idioma o idiomas distintivos, su peculiar evolución y cultura, sus tradiciones y costumbres.  Lo único común a todos ellos ha sido y en gran parte sigue siendo, la religión cristiana. Y tampoco de forma homogénea, pues se halla a su vez diferenciada en tres ámbitos con un fondo étnico: el católico en los países latinos (menos la ortodoxa Rumania); el protestante,  en  la Europa germánica  (excepto las católicas Austria, Flandes  y la mitad de Alemania); y el ortodoxo  griego entre los pueblos eslavos (salvo algunos católicos, como Polonia, Eslovaquia o Croacia). Por otra parte, el cristianismo ha separado el poder espiritual del político, excepto en la parte ortodoxa. La cuestión se complica porque, precisamente desde el siglo XVIII, trata de imponerse, sin lograrlo del todo pero con grandes avances,  una nueva civilización acristiana o anticristiana, asentada en un peculiar enfoque de la razón y la ciencia.

Ha habido, además, una diferencia  nada trivial entre el centro-este, la Europa de los imperios hasta los siglos XIX-XX, y el arco occidental desde Escandinavia a la Península Ibérica, la Europa de las naciones, que terminó marcando la línea al resto, aunque la propensión actual trata de invertirse.

Como fuere, nunca faltaron movimientos en pro de la unificación política y no solo religiosa del continente, desde Carlomagno; el designio del Sacro Imperio Romano-Germánico (no así el de la Monarquía Hispánica) compartía esa orientación. Napoleón soñó con algo parecido, pero es en el siglo XX cuando esas tendencias, llamadas europeísmos, toman impulso más definido. Hitler era europeísta en un sentido particular, como también Lenin y Stalin, el uno pensando en una Europa articulada en torno a Alemania y los otros dos en una Europa comunista.

Después de la II Guerra Mundial, el europeísmo resurgió como un ideal a alcanzar  a partir de la integración de las economías y con el doble propósito de evitar nuevas guerras intereuropeas y de crear una tercera superpotencia capaz de sostenerse frente a las dos salidas de la guerra: Usa y URSS. La idea fue  sobre todo democristiana, en la estela del fallido Imperio cristiano, y no tardó mucho en tomar un predominante tinte socialdemócrata y de fondo ajeno al cristianismo. España siempre ha estado al margen de esos planes, pero desde hace unas décadas ha crecido en el país una verdadera fiebre europeísta, que vale la pena examinar.

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Ha sido común entre políticos y periodistas la afirmación de que España “entró en Europa”  recientemente (1986, al integrarse en la CEE,  luego UE).  No se trata de una frase inocente ni solo de la típica exhibición de ignorancia –sobre España y  Europa– ya aludida al hablar del 98, sino que condensa la hispanofobia como  desconfianza esencial hacia el propio país. Hispanofobia e ignorancia envuelven graves peligros, si damos crédito a la frase de Santayana de que “pueblo que desconoce su historia se condena a repetirla”. A repetir lo peor de ella, se entiende.  En Nueva historia de España traté de sintetizar la cuestión (no importa repetir aquí algunas evidencias ya  señaladas a lo largo de este libro):

    De entrada, España se nos presenta como un país de Europa en sentido físico (una de sus tres grandes penínsulas del sur) y cultural. Los movimientos políticos, artísticos,  intelectuales y espirituales configuradores de lo europeo han moldeado también a España:  Imperio romano,  Cristianismo, reinos germánicos,  Románico,  Gótico,  Renacimiento, Barroco,  Ilustración, Liberalismo, utopismos  y anticristianismos… Esos elementos comunes coinciden con una recia diferenciación entre las naciones, y dentro de ellas España es una de las más peculiares, acaso por haber sido la única –con Rusia en mucho menor grado, y  alguna otra— que se ha afirmado nacionalmente en una larga pugna con una cultura extraeuropea. Hallamos afinidades con Polonia e Irlanda como países católicos de frontera (En Polonia se han establecido algunas analogías de interés entre su papel frente a rusos y turcos y el del Imperio español).  O similitudes con la misma Rusia,  por cuanto ambas emprendieron su expansión imperial por la misma época,  tuvieron una Ilustración y un liberalismo más débiles que los de la Europa centrooccidental, y una impronta comparativamente fuerte de los utopismos de los siglos XIX-XX. No obstante, las diferencias con Rusia parecen más profundas que las semejanzas. Francia es el país del que ha recibido España mayor influjo desde la Edad de Supervivencia (o alta Edad Media) hasta la segunda mitad del siglo XX. Desde entonces  el ascendiente anglosajón prevalece, y cada vez más.    

   Otra decisiva peculiaridad hispana ha sido su expansión ultramarina en los siglos XVI-XVIII,  fenómeno que solo Portugal e Inglaterra, más tarde quizá Francia,  han compartido en proporción similar.  España se inserta en el  ámbito latino con Portugal, Francia, Italia y Rumania. Sus afinidades idiomáticas con el italiano y el portugués son muy densas, bastante menos con el francés o el rumano. Unos 850 millones de personas hablan hoy lenguas derivadas del latín — uno de cada siete u ocho habitantes del planeta–, legado directo de Roma: la mitad corresponden al español, la lengua latina más extendida y la segunda más hablada del mundo occidental.  España es también una de las pocas naciones europeas –con  Portugal, Inglaterra, Rusia y Francia– que han creado un vasto y duradero espacio cultural propio; en el caso español, sobre todo en América, con enclaves o restos en África, Asia y Oceanía.  

   España es el país más extenso de Europa occidental después de Francia, y el cuarto incluyendo a Rusia y Ucrania; y  probablemente el más variado (…).   Aun con su variedad,  forma un conjunto geográfico unitario y diferenciado, quizá el más unitario y diferenciado después de las Islas británicas. La Península Ibérica forma casi una isla, con un istmo comparativamente estrecho y ocupado por una abrupta cordillera que estorba la comunicación casi tanto como un brazo de mar. Junto con las otras dos grandes penínsulas europeas del Mediterráneo –la itálica y la griega (más bien que los imprecisos Balcanes)–, compone un ámbito geofísico muy distinto de la gran llanura húmeda, surcada por anchos ríos navegables,  que configura la mayor parte del continente desde los Pirineos hasta los Urales: las penínsulas ofrecen tierras más montañosas, de clima más cálido y seco. De las tres mediterráneas, la   Ibérica es la mayor, la menos lluviosa y la más claramente definida (…)

Sobre su posición geoestratégica y consecuencias de ella, y su estabilidad interna no hará falta extenderse aquí.   

     Étnicamente, la población guarda una visible homogeneidad: pueblo mediterráneo con una pequeña aportación céltica y germánica (…). Hoy con una nutrida inmigración de Hispanoamérica, el Magreb, Europa oriental y el África negra, y también, en condiciones distintas, de Europa occidental, sin poder predecirse su grado de permanencia y presión cultural. Mucha mayor relevancia han tenido las migraciones internas durante los seis siglos largos de dominio latino, causantes de una profunda fusión de pueblos que disolvió la antigua división entre íberos y celtas. La Reconquista originó una emigración de sur a norte (mozárabes) y otra mucho más prolongada y nutrida de norte a sur, que repobló las dos Castillas y Andalucía, Canarias, Levante y  Baleares, por gentes de la cornisa cantábrica y subpirenaica, también algunas transpirenaicas. La homogeneidad trasciende también en los apellidos más comunes en todas las provincias. Estas migraciones siguieron de modo  permanente y continuo durante la Edad de Expansión o Moderna. Y  en los siglos XIX y el XX aumenta la homogeneidad por los masivos desplazamientos del campo a la ciudad.

   Si los aportes foráneos en estos dos mil años han tenido peso menor desde un punto de vista demográfico, algunos lo han tenido muy relevante política y culturalmente, así los romanos o los godos; los árabes y berberiscos, estuvieron muy cerca de cambiar radicalmente la historia de la península; y la más reciente invasión napoleónica tuvo también profundos efectos políticos, aun si demográficamente escasos.

   De todos ellos, no hay duda de que la trascendencia mayor corresponde a los romanos. Si observamos la sociedad actual percibimos de inmediato el origen latino de sus rasgos definitorios. El castellano, idioma común español, es un latín transformado, y también lo son los demás idiomas regionales, con la excepción del vascuence, idioma no indoeuropeo. La impronta latina abarca  el derecho, costumbres, el arte, la urbanización,  las comunicaciones, etc. E incluye la religión, rasgo clave en la configuración de las sociedades. La vasta mayoría de la población sigue declarándose católica, como a lo largo de más de quince siglos, aun si hoy su índice de práctica es bajo. Esta religión también se propagó por la península en tiempos de Roma.

    El catolicismo, lejos de ser un fenómeno anecdótico, ha desempeñado un papel cultural y político esencial en la historia del país, y muchos que se declaran ateos o anti católicos no dejan de estar impregnados de esa cultura, al modo como los judíos no religiosos de Israel permanecen culturalmente en el judaísmo. Entre otras mil cosas, el catolicismo está presente en la multitud de iglesias — los edificios centrales y a menudo los más bellos de los pueblos–: impregna la sociedad, sus creencias, fiestas, expresiones populares, monumentos,  arte y actitudes. Incluso el odio apasionado profesado al catolicismo por un número de españoles, que ha desembocado en tiempos recientes en una de las persecuciones religiosas más atroces de la historia, expresa de modo negativo ese hecho. Aunque, claro está, el catolicismo predominante en la sociedad, la cultura y la historia del país no significa que todos los habitantes lo compartan ni que deban compartirlo para considerarse españoles. 

Obviamente, España siempre ha sido parte de Europa. En ella desempeñó por un tiempo un papel de primer orden para descender luego bastantes escalones, pero siempre dentro de las corrientes que han configurado la civilización europea.  Es decir, de la Europa del oeste, pues su entorno ha sido el Mediterráneo occidental y un radio que abarcaría Italia, Alemania, Francia, Países Bajos e islas Británicas, siendo muy escasas sus  relaciones e interinfluencias con Escandinavia y el este. Otra de sus peculiaridades es que, tocada por los impulsos totalitarios que afectaron a gran parte del continente, los venció en 1934 y 1936-39, y fue de los pocos países que lograron permanecer al margen de las dos terribles guerras mundiales.

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Será útil examinar aquí el significado de la tan a menudo denostada neutralidad española. En la I Guerra Mundial (1914-1918),  Azaña y tantos más la atribuían a “impotencia” (Portugal y otros más “impotentes”,  fueron beligerantes). Que tal “impotencia” fue una bendición lo muestra el examen de la posición e intereses en juego. Situada a retaguardia de Francia y sobre el estrecho de Gibraltar, España pudo haber decidido la victoria de  Alemania si  hubiera  intervenido a favor de ella, cosa en la que nadie pensaba. Por contraste, como aliada de Francia e Inglaterra habría tenido el mismo papel que Portugal: suministradora de carne de cañón.

Por otra parte, el país no tenía agravios con Alemania, y sí con Francia por Marruecos y con Inglaterra por Gibraltar. Desde Isabel II, su política exterior giraba en torno a Londres y París (“Cuando estén de acuerdo, marchar con ellos; cuando no, abstenerse”). Pero en la crisis del 98, Londres había ayudado descaradamente a Usa, y París no había movido un dedo por  España. El embajador francés en Washington –autorizado por Madrid–, había firmado alegremente  la renuncia a Cuba y la entrega de Puerto Rico y Filipinas en el protocolo conducente al Tratado de París. Francia quería ocupar Marruecos, rodeando la península por el norte y el sur. Como ello no convino a Inglaterra, España obtuvo una pequeña franja en el norte marroquí. Sin ser hostiles, ni Inglaterra ni Francia eran potencias amigas de España ni tenían razones especiales para serlo. Lo mejor para una potencia secundaria como España consistía en cierto alejamiento y la mayor independencia posible de ellas. Tampoco había razón general por la que debiera preferirse el triunfo de unos o de otros: se trataba de potencias liberales con sus parlamentos, partidos y libertades políticas. El choque bélico provino de  rivalidades económicas e imperiales. Por todo ello, la neutralidad trajo beneficios morales, políticos y económicos para España, sin verter gratuitamente sangre por intereses ajenos, como exigían los belicistas.

Efecto de aquella gigantesca contienda fue una profunda crisis del liberalismo, una desconfianza y malestar social manifiestos en el triunfo de la Revolución bolchevique y del fascismo, el auge de la socialdemocracia o el laborismo y  una subversión moral bien visible en el arte o en el psicoanálisis. La Gran Depresión desde 1929 cuestionó la economía de mercado y  agravó la inquietud.

La II Guerra Mundial (1939-45) difirió mucho de la primera. En un sentido amplio fue el desenlace de la crisis liberal, agravada en Alemania por la humillación de la derrota y  las quiebras económicas, que causaron una polarización social extrema hasta dar en un  régimen totalitario original, el nacionalsocialismo. Este proponía una expansión germana a costa de los países eslavos, mezclada con un anticomunismo y  un racismo extremos. La contienda resultante  produjo los más chocantes “compañeros de cama”:  primero un pacto amistoso entre nazis y soviéticos, y luego de  la Unión Soviética con el Imperio Británico y Usa,  potencias demoliberales.

Si la neutralidad se debió en la guerra del 14 a unos políticos liberales, se debió en la segunda  al régimen autoritario y  no liberal de Franco. Sobre  la política de este último se han lucubrado las interpretaciones más peregrinas, que he examinado en Años de hierro.  Baste indicar aquí dos puntos: en las dos guerras la neutralidad favoreció mucho más a los Aliados, para quienes una España enemiga habría podido traer el desastre; y favoreció extraordinariamente a la propia España,  librada de los bombardeos, destrucciones y deportaciones que devastaron al resto de Europa. En el fondo del ataque  a la neutralidad late, como de costumbre, un fondo de hispanofobia.

Los frutos de la neutralidad  no fueron accidentales. Derivaron de la realidad geopolítica del país después de  la Guerra de los Treinta Años. Cuando  los grandes conflictos se trasladaron a la franja Inglaterra-Francia-Alemania y  la Paz de Utrecht certificó la decadencia de España, esta quedó en posición periférica. En más de un sentido fue una posición ventajosa para una potencia menor, interviniendo en aquellos conflictos de modo secundario. No faltan quienes achacan nuestras guerras civiles a la neutralidad, especulación sin mucha base. Precisamente la  invasión francesa sembró la división nacional y las consiguientes guerras internas.  España no tenía nada que ganar, y sí mucho que perder  en la I y la II contiendas mundiales, que habrían tenido el mismo efecto guerracivilista que la involuntaria participación en las guerras napoleónicas: casi seguramente habría  suscitado mayor división social y  producido, la primera, un auge mayor de los fascismos, como en Italia.

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¿Ha cambiado sustancialmente esta realidad después de la II Guerra Mundial o después del franquismo? Ha cambiado la política pero probablemente no las condiciones. Franco rompió con la neutralidad al admitir bases useñas en España, y lo hizo por una doble consideración militar y política.  Según la primera, una eventual embestida del Pacto de Varsovia en Europa central solo podría frenarse y replicarse desde las Islas Británicas y la Península Ibérica. Y políticamente España conseguía superar así el aislamiento internacional. Pero el abandono de la neutralidad no fue completo. Pese al interés de Usa, Franco no pidió entrar en la OTAN, y cuando el presidente useño Johnson quiso involucrarle en la guerra de Vietnam, se negó, advirtiendo  a Johnson que Usa la perdería. Con respecto a Inglaterra, aisló por tierra a Gibraltar, convirtiendo la colonia  en fuente de pérdidas, soportadas por Londres con la esperanza de que después del Caudillo, Madrid se mostraría más servil (cálculo acertado. El PSOE facilitó a Inglaterra la conversión de su ruinosa colonia en un emporio económico). Franco también apoyó el europeísmo, pero desde una clara definición de los intereses nacionales como prioritarios.

La política independiente del franquismo fue invertida por el primer gobierno del PSOE, que metió al país en la OTAN y en la CEE sin estudio real de ventajas y pérdidas, imponiendo una creciente dependencia política y militar. El desprecio implícito a los intereses y dignidad del propio país, mantenida durante  casi tres decenios, solo puede entenderse desde la hispanofobia que, en mayor o menor grado, afecta a demasiados políticos y periodistas, y a muchos intelectuales.

La hispanofobia se ha disfrazado con la frase publicitaria de la “entrada en Europa”, justificada con la afirmación de que “Europa” significaba ante todo la democracia y la prosperidad, de las que el país habría estado privado por su “aislamiento” y por la dictadura de Franco.  Lo cual vuelve a ser una falacia. El impulso a la prosperidad en la ruinosa Europa de posguerra  debió mucho al Plan Marshall concedido por Usa. Y  si tras la guerra mundial España fue apestada –muy injustamente, debe resaltarse—, consiguió derrotar el aislamiento y creció de forma sustantiva sin Plan Marshall. Y  corrigió con flexibilidad su orientación económica cuando esta se agotó, para crecer a un ritmo muy superior al del resto de Europa durante trece o catorce años seguidos, con pleno empleo (la emigración a Alemania y varios países más no se dio por falta de trabajo, sino por los mejores sueldos, distancia que también fue acortándose). Así, España se acercó a la media de los países ricos más que nunca antes o después y con una economía más sana. Por tanto, su prosperidad no dependió de su “entrada en Europa”,  sino de su propio trabajo y destreza para sacar partido de las oportunidades. Siempre su mayor comercio se dio con la Europa  del oeste, sin que ello obligase en ningún momento a una integración político-económica. Después de tal integración, el desarrollo español se volvió más lento, desigual y mediatizado, con un desempleo muy alto en todo momento. Por tanto está muy lejos de la realidad el aserto de  que la “entrada en Europa” haya significado entrada en la prosperidad.

Y la democracia podría venir representada, si acaso, por Usa, mientras que la historia democrática europea ha sido  más de última hora. Y  accidentada en extremo, al punto de que solo la salvaron las armas useñas en 1942-45,  y solo en el tercio occidental del continente. La mayor parte de los europeos deben su democracia, por tanto, a Usa, y de manera muy traumática, lo que no ocurre con España ni los pocos países  (Suecia, Suiza, Portugal) que supieron o pudieron permanecer neutrales. Claro está, sin la intervención useña habrían triunfado en todo el continente el nazismo o el comunismo. Pero esa deuda indirecta la saldó por adelantado la neutralidad española en la guerra mundial, tan beneficiosa estratégicamente para los Aliados.  España ha tenido la mezcla de suerte y acierto de haber alcanzado su propia democracia (bien que harto defectuosa y hoy en  crisis) por su propio desarrollo interno y sin mayores traumas. La identificación de “Europa” con democracia es, por tanto, muy discutible, pese a las raíces de ella en el pasado europeo (español también). Con el argumento de  la frase europeísta, España habría debido aspirar a “entrar” en Usa.

Añádase que  el ingreso en la CEE-UE  tampoco ha calmado las presiones disgregadoras, que no han dejado de crecer. No ha resuelto un solo problema de fondo para España, y en cambio ha creado otros y  limitado la capacidad para afrontarlos, por la pérdida de independencia y soberanía.

Volviendo al principio, el europeísmo fue propulsado por  la II Guerra Mundial  como medio de impedir nuevas contiendas. Pero debe observarse que las principales, desde Napoleón, nacieron de Francia y de Alemania,  que España no originó ninguna y solo participó, involuntariamente, en la napoleónica. Unir de algún modo los intereses de Francia y Alemania a fin de evitar nuevos choques, era un excelente propósito, mas para España  un problema ajeno cuya presunta solución no le incumbía. Y que podría  arrastrarla a la posición indeseable de  satélite de un potentísimo eje francogermano.

El designio consistía en unificar toda Europa, al menos la occidental,  por medio de un mercado único y  sólidos lazos económicos, a partir de los cuales se avanzaría hacia una unidad política que absorbiera a las naciones en una federación o similar. Sería también un bloque democrático que impediría el rebrote de los totalitarismos. Además, se argüía, si Europa quería tener voz y papel propios en un mundo dominado por Usa y URSS, debía unirse necesariamente. Se exponía como un plan de vasto alcance  que atrajera a muchas voluntades: paz, prosperidad, poder político y democracia.

Sin embargo, un análisis desapasionado saca a la luz incoherencias. La presunción pacifista falsea los hechos: fue la protección de Usa lo que impidió nuevas guerras en Europa. Holanda, Francia e Inglaterra libraron además sangrientos y vanos conflictos para retener sus colonias. Otras guerras en la África independiente, como la de Ruanda, tuvieron relación con injerencias de países de la CEE, como también las más recientes de Yugoslavia, a las  que solo puso fin la intervención de Usa. La pretensión pacifista se rodea de otra falacia: la de que las naciones son factores de belicismo. El caso español, como los de Suecia, Holanda, Bélgica, Suiza, Noruega, etc., demuestra lo contrario. El belicismo nació, más bien, de ambiciones imperiales –y a veces europeístas–. De nuevo tiene España al respecto una posición bastante particular.

Más convincente suena el argumento de la prosperidad material… potenciada en su inicio por el Plan Marshall. Pero que esa prosperidad exija la integración político-económica ya es harina de otro costal: países al margen del proyecto durante muchos años prosperaron no menos, sino aún más que los incluidos, así Suiza o Suecia. Inglaterra, en menor medida, pero,  una vez en la CEE, siguió empobreciéndose hasta salir del marasmo con medidas exclusivamente internas.

La pretensión de alzar  la “voz” frente a Usa y la URSS, exhibía una descarnada  ingratitud hacia la primera, pues a Usa le debían los europeístas sus libertades, su paz y despegue económico. Además, países pequeños pero eficientes y respetados como los citados Suiza y Suecia, han tenido una voz propia en el mundo, y más la tendría España como potencia media, si se hiciera respetar.  El gigantismo no es garantía de poder real, y afrontar  eventuales peligros para Europa solo exige acuerdos y previsiones entre sus países. Por lo demás, aunque se evite mencionarlo, en la UE no son ni pueden ser todos iguales: el proyecto se articula sobre un eje Berlín-París dominante (con un Berlín todavía  supeditado moral y políticamente,  por efecto de la SGM).  Por eso Londres,  consciente del riesgo y de sus intereses, mantiene un pie fuera de la UE.

Hay otro punto crítico poco examinado: tal conglomerado de países con lenguas y culturas tan distintas solo puede funcionar mediante un idioma que se erija en superior a los demás. La UE reconoce 23 idiomas, pero  en la práctica apenas usa más que el inglés, el francés y el alemán, con creciente hegemonía del primero. El inglés no solo se predica como la lengua principal, “útil”, con cuantiosas inversiones para difundirlo por doquier, sino como la lengua de la cultura superior (la ciencia, el pensamiento, el arte, la economía,  etc.). Se la llama “el nuevo latín”, frase expresiva de una ambición: el latín fue la lengua de la cultura en Europa durante siglos, hasta que las lenguas autóctonas se hicieron lo bastante flexibles y elaboradas para sustituirle en varias naciones (España, una de las primeras). Ahora se pretende  la evolución contraria, es decir, la involución.

Faceta mal estudiada ha sido la transformación del europeísmo, ideal ya muy dudoso bajo la marca democristiana, en corriente socialdemócrata con impronta masónica. Esto es, en abandono del cristianismo –fundador de Europa–, expulsándolo del espacio público para relegarlo al estrictamente privado; postura visible  igualmente en la fría indiferencia con que los europeístas, que tanto se llenan la boca con los derechos humanos, asisten a las sangrientas persecuciones de cristianos en diversos países islámicos o apoyan el islamismo. El cristianismo es sustituido por una ideología mejor expresada en la canción Imagine que en cualquier documento programático: una  sociedad sin cielo ni infierno, es decir, ajena al sentido moral del bien y el mal que define la condición humana;  sin países ni religiones, sin trascendencia, considerando la sociedad “una hoja en blanco”, al modo maoísta, donde  escribir un nuevo relato arrumbando la historia y la cultura anterior; sin  nada por lo que matar o morir, por tanto sin ideales más allá de un hedonismo simple y un pacifismo que tan bien manejaron los soviéticos durante la Guerra Fría. De  donde saldría una humanidad  (o una Europa) “hermanada” y “una”.  El programa recuerda la previsión de Tocqueville acerca de un “despotismo democrático” que asfixiaría uno de los principales atributos de lo humano, la libertad, y que requiere un estado  enorme y omnipotente, al que también se tiende.  Enésima ideología utópica,  cuya íntima relación con los totalitarismos ha quedado demostrada en la teoría y la práctica. La ideología europeísta muestra, pues, una perversión del espíritu democrático. Para empezar, sus organismos rectores son muy poco representativos, sin que ello les impida promulgar constantemente normas y leyes  sobre todos los habitantes de la UE. La “burocracia de Bruselas” no es ningún mito.

Desde 1945 Europa ha perdido su antiguo ímpetu cultural, sustituido en todos los terrenos por el de Usa. No creo abusivo asociar esta semiesterilidad y trivialización europea a las pretensiones europeístas, tan contrarios a la trayectoria europea

Por más que los políticos españoles hayan tomado decisiones fundamentales sin el menor estudio serio o con ilusiones  pueriles (recuérdese la propaganda a favor del euro, cuyo definitorio  irrealismo y demagogia insultaban la inteligencia), los problemas anteriores  afectan a España de modo especialmente desfavorable. Además, la CEE y la OTAN mantienen la colonia de Gibraltar, incluso pretenden blindarla, mientras que no protegen a Ceuta y Melilla. Importa insistir en el valor del peñón. Para España, como potencia secundaria pero en principio no desdeñable,  en posición estratégicamente clave y amenazada por el expansionismo marroquí, el control del eje Baleares- Estrecho-Canarias tiene peso determinante. Y el hecho de que su punto central se halle bajo dominio de un poder extranjero y con intereses muy acentuados, convierte al país en aliado-lacayo un tanto despreciable dentro de la OTAN y de la CEE.

Por otra parte,  el idioma español padece en la propia España  un silencioso pero acelerado desplazamiento a favor del inglés en las actividades culturales superiores y aun en las inferiores como la moda, la canción ligera, la publicidad, el cine popular, el comercio, etc. Desplazamiento promovido activamente por políticos que cooficializan el inglés a ciertos niveles, a partir de  la enseñanza. Ello corroe la capacidad de creación cultural, ya muy socavada por  la politización en la “cultura de la basura” y del embuste sobre la historia reciente y menos reciente. Así, la cultura hispana va configurándose insensiblemente como un apéndice mediocre de la dominante anglosajona. Si alguna vez pudo hablarse de un “páramo cultural” es hoy, no en el franquismo.

En dos palabras, a las asechanzas separatistas se unen las que aspiran a diluir la nación española y terminar su historia, presentadas extrañamente como un progreso.

Pero Europa no es como Usa ni como China. Aunque  el europeísmo quiera extinguir a plazo indefinido “las naciones y las religiones”, estas poseen enorme densidad histórica, mucha más solidez cultural que  la mezcla de humanitarismos gratuitos  e ilusiones futuristas  con que intenta sustituírselas.  Como Mercado Común, el proyecto  resultó bastante satisfactorio, pero los pasos posteriores se han vuelto más utópicos y dañinos. España no tiene por qué secundar esos planes y no debe temer desvincularse de ellos si fuera preciso. Contra toda evidencia, una  propaganda abrumadora y acrítica presenta la eventual salida del país del euro o de la UE como un apocalipsis. Tendría sin duda costes económicos y políticos, producto del previo error cometido, pero asumibles a un plazo no largo. Para los políticos hispanófobos  la soberanía es algo despreciable, pero ya la Biblia advierte del error de vender los derechos por un plato de lentejas. Máxime cuando esas lentejas tienen mucho de ilusorio. No, dentro de la UE España, por su propio interés, debe presionar para una vuelta al Mercado Común, sin más experimentos perniciosos. Incluso saliendo de ella no dejaría de ser un  país europeo. Si acaso con más independencia que en la actualidad.

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Sobre Cospedal: http://www.heterodoxias.es/?p=988

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Carta de un coronel. Cospedal, según R. Centeno

Blog Gaceta: Grandes amigos de la ETA / La acción y los personajes: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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****Unos imbéciles políticos que nos metieron irresponsablemente en el euro, en lugar de dimitir e irse a sus casas –si es que no han contraído responsabilidades penales—nos amenazan con el apocalipsis si no continuamos en su terrible error. Absolutamente estupefaciente. Los políticos no responden de nada en España (no solo en España, pero a nosotros es lo que nos importa). ¿Qué sistema de farsa y corrupción absoluta se ha creado aquí?

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(…) Y observamos que los hábitos de esa presunta derecha, al ocupar el puesto de mando que antes tenían los socialistas, comete los mismos errores (¿errores?). En este caso nos referimos al mantenimiento de personas, estructuras, leyes y actividades que pudo, quiso y organizó el PSOE.

En cuanto el PSOE ocupa el mando, en dos patadas quita las anteriores leyes para la educación y mete las suyas; echa abajo en dos días el Plan Hidráulico Nacional; o en cuestión de horas da la orden de “maricón el último” para abandonar Irak en menos de lo que canta el gallo de las traiciones; organiza mejor el matadero de no nacidos, que ya trabajaba a destajo con la presunta derecha; barre, como un camarero hace con las migas del velador de mármol, el personal adversario en altos puestos ministeriales; organiza la diabólica “Ley de la Memoria Histórica”…

Y como, aunque retirados, seguimos siendo militares, recordemos el nombramiento de un ministro de Defensa sacándolo de la Subsecretaría de esa Defensa durante el anterior mandato socialista (el actual ministro es una hijuela de aquel otro ministro itinerante de partido a partido); la puesta en marcha de una decisión de una anterior ministra de Cultura socialista sobre el Museo del Ejército, con las terribles (terribles…, ni una letra menos) consecuencias…

Y aunque ha quitado al insoportable general Rodríguez del mando del JEMAD, todavía vemos al trío de JEMEs, responsables entre otras cosas, de la destrucción y envilecimiento de nuestro Patrimonio y de nuestra Historia militar. Y sin apenas haber tenido tiempo de estudiarlo, ni siquiera por encima, el nuevo ministro de Defensa echa un canto elogioso al sistema de enseñanza de la Academia General Militar, es decir, que aquellos vicios que se detectaron al ponerse en marcha los nuevos planes, se mantendrán. No hemos visto en las publicaciones oficiales de Defensa, como “Ejército”, “La Revista General” o “Tierra” un mínimo cambio en su actitud frente a la Historia reciente de España y el Ejército, las mismas omisiones, los mismos olvidos, las mismas cobardías, la misma desinformación…, y se conservan blindadas las mismas normas que dieron los anteriores amos. Pero el Ejército no es una organización que al PP le interese, le quite el sueño o tema que le plante cara, es el Ministerio más cómodo en España y en el mundo conocido, así que ¿cuál va a ser la razón para tener que perder el tiempo con un viejo león silencioso, mudo, ciego y rijoso?

La “derecha” tiene un pecado original que se empezó a gestar en los primeros momentos de la Transición (con algunos capítulos escritos antes de la muerte de Franco), pecado amasado en la traición, la ingratitud y la estupidez. Con esa idea ingenua e inocentona, dentro de la maldad que encierra, de querer ocupar los espacios lógicos de los otros (nacionalismos, bilingüismos, aborto, ayuda a “gays”, espectáculos blasfemos subvencionados….), un día, el señor Aznar se saca del bolsillo la condena a eso que llama el “franquismo”, sin que ninguno de sus barones, pajes o esclavos se oponga en un sorprendente alarde de indignidad. Resulta desolador ver el panorama de esa casta política, como Fraga, Martín Villa, Samaranch, Fernando Suárez y otras muchas docenas de altos cargos que lo fueron con el gobierno de Franco, incapaces, no ya de oponerse al soberbio Aznar para tal condena, sino que no dimitieran en bloque porque ellos también estarían condenados, tan condenados como el rey que va a firmar pocos años después la infame “Ley de Memoria Histórica”. Y no quiero volver a hablar de aquellos generales que, habiendo servido a la “nefasta dictadura” (palabras de Aznar), bajaron la cabeza y tragaron.

No queremos ponernos pesados. Cuando uno de los Gil Robles fue nombrado presidente del Consejo Europeo, en su discurso dijo algo así como que “por fin España había salido de cuarenta años de piedra”. Sentados en sus escaños estaban, entre otros, dos “pedruscos”, Fernando Suárez y Marcelino Oreja, que enmudecieron y se tragaron el insulto del jefe. Y son los políticos del PP los que apoyan los honores dados al criminal de Paracuellos, a las Brigadas Internacionales o piden generosidad hacia los bandoleros del “maquis” reclamando una pensión para ellos o para sus familias. Un diputado vasco pregunta a la Vicepresidenta que cuál va a ser la política del PP con respecto al Valle de los Caídos, para lo cual, primero le pone las trampas para que ella caiga como una pardilla: que si Franco no murió en la guerra, que Hitler o Mussolini…., no tienen mausoleo, etc. Doña Soraya sale del trance diciendo algo que a muchos nos ha puesto la carne de gallina, porque la dama se ha quejado de que el PSOE, “que podía haber solucionado el “problema” en su legislatura”, se lo ha dejado a ellos. Y asegura que el Gobierno seguirá las recomendaciones de los “expertos”, y que lo que haya que hacer se hará por consenso para la reconciliación…

Una vez más, el PP deja que sean las decisiones del PSOE, durante su extinguido mandato, lo que prime. La esperanza es lo último que se pierde y pensábamos que el nuevo gobierno, actuando con una presunta inteligencia, decidiría de una vez, restaurar y reparar los daños causados por la perfidia socialista; que reabriría de par en par el Valle; que se volverían a abrir todos los servicios, y que el Valle pasaría de una vez al Patrimonio del Estado sin dependencia política de nadie. Y el Valle volvería a ser el monumento más visitado de España, capaz de autofinanciarse con el cobro de la entrada. Todo esto es de una lógica tan aplastante que, no hacerlo, es querer que el monumento muera en una agonía más o menos larga. Y es que, por mucho que digan lo contrario, el PP baila en muchas pistas al son que le marca el PSOE.Y esa derecha, que no quiere ser derecha quizá porque no es derecha ni es nada que valga la pena en la rosa de los vientos políticos, que quiere estar en el centro, como los desagües de los sumideros, cometió un pecado original rechazando casi cuarenta años de la Historia de España.

Coronel Flores Thies

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La sorprendente historia de Cospedal, contada por Roberto Centeno

De la aspirante a baronesa podrán decirse muchas cosas, y se dicen, pero lo que no se puede negar es su capacidad de trepar al Everest si se tercia. La Sra. Cospedal comenzó su carrera en un puesto político al servicio de un gobierno del PSOE, comoasesora de la ministra guerrista Matilde Fernández. Cuando el PP gana las elecciones queda descolgada, pero Javier Arenas la ficha como asesora del Ministerio de Trabajo en 1996. Por razones nunca explicadas aunque bien conocidas, Arenas la envía a la embajada en Washington de Consejera Laboral. A su regreso, en el 2000, se incorpora como alto cargo en el ministerio de Administraciones Públicas, y en 2002 es nombrada Subsecretaria de Interior por Ángel Acebes.

Como Subsecretaria de Interior,nombraría Jefa de Gabinete, es decir, persona de máxima confianza, a una chica socialista pero que ella avala, que es la que está a su lado los días 11,12,13 y 14 de marzo 2004, recibiendo toda la información sensible de Interior.Esta chica es hoy Jefa de Gabinete de José Enrique Serrano, Director del Gabinete de Zapatero. En 2004 vuelve a su carrera profesional, pero Ángel Acebes convence a Esperanza Aguirre, para que la nombre Consejera de Transporte de la Comunidad de Madrid. La Sra. Cospedal, a pesar de su mediocre gestión, vale lo mismo para un roto que para un descosido, y si comete errores de primer nivel, pelillos a la mar. En 2006 Rajoy la nombra Presidenta del PP de Castilla-La Mancha y aspirante a baronesa, pero perdió contra Barreda en 2007, y finalmente en el Congreso búlgaro de Valencia, Rajoy la nombra Secretaria General.

Cuando llega al PP de Castilla-La Mancha, en 2006, cambia los consejeros a los que el PP tenía derecho en CCM y su Corporación Industrial, y causa estupor el nombramiento de Ignacio López del Hierro, persona ajena al PP, como consejero de la Corporación. Cuando estalla el escandalazo de CCM, el PP, en contra de sus promesas iniciales y de su obligación para con sus votantes, no dice ni palabra de tan tremendo fraude, y lo que es infinitamente peor, después de anunciar que iba a votar no a la línea de créditos de 11.000 millones para el rescate de la entidad, una estafa sin precedentes al pueblo español, Cospedal forzaría a Montoro a que votara si.

Esta golfada ha costado ya a los contribuyentes más de 6.000 millones de euros, y ahora sale el Banco de España proponiendo una multa de 150.000 euros al Presidente y de 5.000 a la mayoría de consejeros, ¿pero qué clase de infamia es ésta? En un país decente estarían todos procesados. Es un insulto a los ciudadanos y una canallada para los más de cinco millones de parados. Por poner un ejemplo, ¿cuánto dinero percibió el Sr. del Hierro por ayudar a hundir la caja? Esto es un fraude de democracia. La “modélica” Transición nos impuso una partitocracia totalitaria que ha derivado en una cleptocracia, la mayor orgía de corrupción política, institucional y personal de toda nuestra larga historia.

Finalmente, cuando Barreda decide cargarse el trasvase Tajo-Segura, y blindar los ríos de la Comunidad, Cospedal, en lugar de oponerse y ofrecer alternativas razonables, como priorizar los suministros a la región, se pone del lado de Barreda, rompiendo sin despeinarse el discurso nacional del PP en materia de recursos hidráulicos. Pero da igual lo que haga la “niña”, Rajoy está encantado, y si hay que romper el discurso nacional, las promesas a los votantes y la ética más elemental, se rompen y punto. A la vista de su historial y del tremendo daño que esta produciendo a la credibilidad del PP,uno podría hasta pensar que la Sra. Cospedal es un submarino del PSOE.

Por si alguien no lo sabe, puesto que Centeno lo da por sabido, conviene recordar que López del Hierro es el actual marido de Cospedal. Todo queda en familia. En fin, la casta política retratada. España no cuenta, ellos van “a lo suyo”.

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Franquismo, democracia, marxismo y GRAPO: En torno a “De un tiempo y de un país”

Blog Gaceta: Retos políticos para España: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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 Con este texto, el autor presentó la reedición de su libro de memorias en el Ateneo de Gijón el 14 de noviembre de 2002.
Aparte de su carácter testimonial, el libro “De un tiempo y de un país” creo que refleja la militancia antifranquista, en general, de los años sesenta y setenta. He expuesto, por ejemplo, cómo agitaba esa oposición, como se organizaba, sus contradicciones y dudas ideológicas y políticas, ciertas actitudes corrientes, etc. Por todo ello, empezaré aquí por examinar el contexto histórico de aquellos movimientos.
En los años 60 y 70, España era uno de los países de mayor crecimiento del mundo, hasta el punto de que muchos especialistas calculaban que en los años 80 dejaría atrás a Italia y Gran Bretaña. Rápidamente iban siendo superados los fenómenos de miseria y desigualdad tan extendidos desde el siglo XIX, y que habían contribuido, como un substrato explotado demagógicamente, a la guerra civil. España había llegado a ser el tercer país del mundo en expectativa de vida, detrás de Suecia y Japón, y por encima de Usa, Alemania o Francia, cuando en los años 30 era uno de los europeos más atrasados al respecto. El hambre, tradicional plaga, había sido erradicada ya en los años 50, el analfabetismo se había reducido a porcentajes marginales, y la enseñanza superior se iba masificando, en el buen y en el mal sentido. En muchos aspectos era un país envidiable, donde la creciente riqueza apenas iba enturbiada por fenómenos como la droga y el alcoholismo juvenil, en que la familia parecía una institución sólida, y los índices de delincuencia estaban entre los más bajos del mundo, con una de las poblaciones reclusas menores de Europa, ausencia de policías privadas, etc.  Conviene recordar estos hechos, que debieran ser una obviedad de conocimiento general, porque han sido oscurecidos o tergiversados de tal manera en estos años, que un joven actual no tiene la menor idea de ellos, o tiene una imagen de aquel tiempo contraria a la realidad.
Pues bien, paradójicamente fue en aquellos tiempos cuando el movimiento antifranquista cobró mayor amplitud y violencia, si exceptuamos los años del maquis. Naturalmente, esto podría explicarse por la falta de libertades políticas, pero me temo que no era esa la causa. Aunque la oposición activa no dejaba caer de la boca las palabras libertad y democracia, era un lugar común en ella el desprecio por las llamadas “libertades formales”, que, en opinión de la mayoría antifranquista, carecían de sustancia y sólo servían para encubrir la dominación burguesa. En una opinión muy extendida -incluso hoy día-, lo que contaba era la miseria o la riqueza de las masas, el materialista bienestar, por así decir. Desde ese punto de vista, los logros económicos del franquismo deberían ser mirados con el máximo aprecio por aquella oposición, pero ocurría al contrario. Dichos logros se negaban, contra toda evidencia, como siguen negándose, o más bien silenciándose, ahora. Los modelos admirados por la oposición eran dictaduras, como la de Castro, la de Mao o la de Bréshnief, incomparablemente más férreas que la franquista. El partido más fuerte y activo de la oposición era sin duda el PCE, cuyos dirigentes se llevaban especialmente bien con regímenes de tanta libertad como el rumano, el de Corea del Norte o el de Alemania oriental, apellidada”democrática”, para mayor sarcasmo.
En los últimos años ha habido intentos de difuminar el protagonismo del PCE en la oposición antifranquista, resaltando en cambio el de los socialistas u otros, como los democristianos, monárquicos, etc. Sin embargo, quien no haya perdido totalmente la memoria, recordará que el PCE fue el único partido que combatió al régimen de Franco desde el principio al final, y que en los años sesenta-setenta dominó asociaciones tan importantes como Comisiones Obreras, la Asamblea de Cataluña, los clubs de amigos de la UNESCO, el Sindicato Democrático de Estudiantes, numerosas asociaciones profesionales y círculos de barrio, etc. Además, en los años sesenta y setenta surgen nuevas formaciones, menores pero muy activas y violentas, como los partidos maoístas, algunos trotskistas, etc., todos ellos variantes del comunismo. La misma ETA y grupos nacionalistas gallegos y catalanes lo eran también en gran medida.
Sin duda alguna, la oposición activa al franquismo tuvo carácter comunista en proporción muy elevada. Otros grupos, como los nacionalistas catalanes o el PNV, los anarquistas, republicanos, democristianos, socialistas, monárquicos, etc., no pasaban de círculos restringidos y poco activos, que, salvo los anarquistas que realizaban acciones esporádicas, se limitaban a esperar a la muerte de Franco para ver si se les presentaba una oportunidad. Entre tanto, algunos de ellos colaboraban en las organizaciones amplias fundadas por los comunistas, como la Asamblea de Cataluña, o en los grupos de profesionales, o en el llamado Pacto para la libertad.
Los comunistas constituyeron, por tanto, la parte esencial de la oposición, y el eje de ella. Tradicionalmente empleaban poco la consigna de comunismo, y muchísimo la de democracia y antifascismo, a fin de arrastrar al mayor número posible de personas y crear una dinámica que impulsara a todo el movimiento hacia la llamada dictadura del proletariado, o socialismo. Pero nadie podrá cuestionar seriamente que se trataba de un partido absolutamente antidemocrático. Identificar antifranquismo y democratismo es una clara falsificación propagandística, inadmisible en una visión objetiva de nuestro pasado. Los demócratas contaban muy poco en aquella oposición.
Las ideas y concepciones comunistas tuvieron un influjo extraordinario, siguen teniéndolo en gran medida, y se extendieron a las mismas derechas, como quedó de relieve en un episodio sumamente revelador, la visita de Solyenitsin a España, a poco de la muerte de Franco y cuando aun subsistía su régimen prácticamente intacto. Solyenitsin, premio Nobel de literatura y uno de los grandes testigos y denunciadores del totalitarismo en el siglo XX, hizo estas declaraciones en Televisión Española: “Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
“Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas, luchando por procurárselos.
“También he observado que en España uno puede utilizar libremente máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede fotocopiar cualquier documento depositando cinco pesetas en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
“En su país -dentro de algunos límites, es cierto- se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.
“Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de “limitada”. Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con las armas en la mano (se refiere a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo”.
Los antifranquistas reaccionaron con auténtica furia contra Solyenitsin. Órganos de prensa comunistas o comunistoides, pero legales y muy difundidos, como la revista Triunfo, acusaron a televisión de crear un “escándalo” y de renovar la guerra civil por medio de una “operación de propaganda” para “acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada”. Para ellos, denunciar la realidad soviética y compararla con la española, significaba una actitud guerracivilista y un ataque a la democracia esperada.
Esa manera de ver las cosas era normal en una publicación prácticamente comunista, pero de modo semejante pensaban otros muchos miembros de la oposición. Quizá quien más se destacó en el rechazo al superviviente del Gulag fuera el escritor Juan Benet, que en la revista cristiana Cuadernos para el diálogo, escribió frases tan dialogantes como éstas: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque [Solyenitsin] ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne -y buen partido ha sacado de ello- los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos (…) Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas -cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo- busquen la manera de librarse de semejante peste”. De esta forma se refería un escritor mediano, aunque muy jaleado, como Benet, a uno de los grandes escritores del siglo XX. Así, un intelectual próspero y burgués, que extraía abundantes rentas políticas y literarias de su cómoda oposición a la limitada dictadura de entonces, despreciaba a quien había sufrido el infierno del Gulag, y lo calumniaba precisamente por denunciar la realidad del sistema soviético.
Benet, un intelectual muy emblemático del antifranquismo, no se quedó solo, ni muchísimo menos. Con alguna rara excepción, como la de J. P. Quiñonero en el diario Informaciones, todo el mundillo autodenominado progresista e izquierdista, incluyendo a Montserrat Roig y a un buen número de opinadores hoy olvidados, se cebó en el escritor ruso con insultos como “paranoico clínicamente puro”, “viejo patriarca zarista”, “embustero”, “payaso”, “turista privilegiado”, “enclenque”, “chorizo”, “espantajo”, “mendigo desvergonzado”, “bandido”, “hipócrita”, “mercenario”, etc. Y aún fue más significativa la reacción de personajes indudablemente derechistas, pero asustados de recibir el mote de reaccionarios, que reflejaban el antes aludido influjo de las ideas comunistas. Cela, por ejemplo, escribió: “Soljenitsin no está solamente contra España (…) lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de tristeza (…) No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero“. O Jiménez de Parga: “Uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura”.
La reacción contra Solyenitsin no puede considerarse una simple salida de tono, sino una plena revelación, el autorretrato al desnudo de un antifranquismo que generalmente disimulaba con más cuidado su verdadera ideología. Pues la defensa, o al menos la simpatía, y siempre la ocultación de la realidad soviética, formaban parte muy importante de la conducta de aquella oposición al régimen de Franco, y por ello las palabras del Solyenitsin la hirieron muy en lo vivo y la obligaron a saltar como lo hizo. La identificación entre antifranquismo y democracia, insisto, es básicamente falsa.
Cabría pensar, por lo tanto, que la oposición activa al franquismo atacaba a éste, no por ser una dictadura, sino por serlo demasiado poco, por no alcanzar ni de lejos la dureza férrea de las dictaduras de tipo marxista. Decir esto puede parecer un sarcasmo, pero creo que describe perfectamente los hechos. Lo que queríamos quienes militábamos en la oposición activa, con pocas excepciones, era una dictadura mucho más completa y estricta que la de Franco, y enfocábamos nuestro uso y abuso de las consignas de libertad y democracia como una artimaña o táctica indirecta para alcanzar el objetivo anhelado.
Vista así la cuestión, puede parecer que cuantos militábamos en el comunismo y similares éramos unos malvados y embusteros de raíz, pero en realidad, tomados uno a uno, no éramos mejores ni peores que la gente que puede encontrarse en cualquier ámbito. Incluso, en bastantes casos, se trataba de personas intelectualmente más inquietas y despiertas que la media, y moralmente dispuestas a arrostrar grandes sacrificios por defender su causa. Dicho de otro modo, es preciso entender en qué consistía el intenso atractivo, por no decir fascinación, de la doctrina marxista.
Creo que hay tres causas fundamentales de la fascinación ejercida por el marxismo, al margen de los sentimientos de avidez de poder y rencor social por él fomentados. Para empezar, dicha doctrina ofrecía una aparente explicación de carácter científico para todos los problemas humanos. No se presentaba como una teoría utópica más, basada en buenos deseos fáciles, sino como la aclaración del sentido de la historia a través de la lucha de clases entre los explotadores y los explotados. El capitalismo vendría a ser la culminación de las sociedades de clases, un sistema promotor de un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas, pero incapaz de distribuir los frutos de su producción. El marxismo examinaba el sistema burgués y predecía su evolución necesaria: el capital, explotador de la gran mayoría, creaba sus propios sepultureros, pues las masas proletarizadas, sometidas a condiciones de vida cada vez peores, terminarían rebelándose. El proletariado, guiado por la teoría científica, se emanciparía y emanciparía a la humanidad entera, abriendo paso a una etapa superior de la historia.
La potencia explicativa de la teoría de la lucha de clases atrajo a miles de intelectuales, y conquistó en buena medida las ciencias sociales en las universidades de Occidente. Su influencia persiste hoy, pues aquellos profesores, aunque sorprendidos y deprimidos por la caída del muro de Berlín, no acaban de entender lo ocurrido y siguen inmersos en las mismas formas de pensamiento y análisis, e influyendo en la juventud.
Sin embargo, la pretensión científica del marxismo había sido concienzudamente refutada ya a finales del siglo XIX, en especial por el economista Böhm Bawerk, que demostró el absurdo de la teoría de la explotación de Marx, apoyada en una idea falsa del valor, fundamento del no menos falso concepto de plusvalía. Pese a lo cual, el marxismo prosiguió su carrera triunfal en el siglo XX, dejando  una profunda marca de sangre y fuego.
Por consiguiente, el atractivo de tal doctrina no se explica sólo por la ilusión de su carácter científico, sino, ante todo, por otra ilusión complementaria: la de una nueva sociedad, igualitaria y repleta de bienes, donde el ser humano alcanzaría el pleno desarrollo de sus capacidades, superando los factores que le “alienaban”. Este era el impulso y la ilusión fundamentales. No se creía en esa sociedad maravillosa porque la ciencia marxista demostrara la posibilidad y necesidad de ella, sino al revés: se creía en la supuesta ciencia porque prometía la utópica sociedad anhelada.
La Gran Promesa tenía otro aspecto fascinante: su carácter épico. Proponía un combate gigantesco contra las fuerzas acusadas de encadenar al ser humano, una reedición de la lucha de los titanes y los gigantes contra los dioses, el asalto a los cielos, como expresaba agudamente Marx utilizando la mitología griega. En la mitología vencían los dioses, pero ahora triunfarían el titán Prometeo y los suyos. Este ímpetu intensamente bélico se manifiesta en la extrema violencia con que siempre se impuso el marxismo. No debe despistar al respecto su constante empleo de la consigna de paz, “la lucha por la paz”, pues sólo se trataba de una táctica para desarmar a “la burguesía”, al “imperialismo”, etc. pintados como los únicos interesados en la guerra. De igual modo, la consigna de “libertad y democracia” nunca persiguió otro objetivo que socavar las libertades “formales” y las democracias “burguesas”.
Creo que en la propuesta lucha titánica contra “los dioses” radica lo esencial del poder de atracción del marxismo. Los dioses aluden a la insuficiencia y la culpabilidad del ser humano. En la religión, y de modo muy explícito en la cristiana, el bien y el mal se encuentran en cada individuo, aunque sus raíces sean misteriosas. De ahí nace el insoportable sentimiento de culpa por el mal, pero también la responsabilidad y la libertad. Las ideologías, en cambio, postulan la bondad esencial del ser humano, atribuyendo el mal, que aliena o deforma al hombre, a factores de alguna manera exógenos o circunstanciales, desde el trabajo asalariado a la religión, o, más vagamente, a “la sociedad”. Este modo de entender la vida parece una liberación: la culpa personal se desvanece, es proyectada íntegramente sobre el llamado sistema burgués y, naturalmente, sobre cuantos lo defienden. Los llamados burgueses cargan con toda la culpa existente, y deben ser, por lo tanto, aplastados sin escrúpulo o remordimiento, en bien de la emancipación humana.
No por casualidad ese ideal exaltado ha generado un prodigioso empuje de agresión, así como una capacidad asombrosa para mentir, calumniar, desfigurar la realidad, tácticas siempre justificadas en pro del fin grandioso, aunque bien podrían verse como pruebas del carácter fraudulento de ese fin. Tampoco es casual que, al proyectar la culpa de ese modo, cayera por tierra la libertad en los regímenes socialistas. Sólo podía admitirse el pensamiento y la acción marxistas, cualesquiera otros debían ser eliminados como un mal absoluto. Y sin embargo, después de haber derrocado a los culpables burgueses, ¡el mal y la culpa resurgían misteriosamente en el seno del mismo partido, vanguardia ilustrada de la nueva sociedad! Las diversas facciones comunistas se acusaban, en su sangrienta lucha por el poder, de “burgueses”, “fascistas”, “agentes del imperialismo”, y, de modo más colorista, de “perros rabiosos”, “víboras lúbricas”, etc. Los culpables reaparecían sin cesar en el corazón del movimiento marxista, y la lucha contra el mal nunca concluía. Peor aún, a principios de los años 60 la lucha entre marxistas condujo a la escisión del movimiento comunista mundial, apareciendo un sector pro soviético y otro pro chino, que se atacaban con ferocidad.
Una tercera cualidad fascinante del marxismo, pareja a la de la serpiente sobre algunas de sus presas, fue su enorme éxito práctico. Hoy, caído el muro de Berlín, el comunismo parece haberse esfumado como un fantasma, pero durante 70 años fue un poder de un impulso expansivo sin paralelo en la historia. En tan pocos decenios se extendió sobre más de un tercio de la humanidad, organizó en todas partes movimientos de masas y partidos muy activos y disciplinados, fuerzas de choque fanatizadas y auténticamente temibles, hasta el punto de derrotar, en Vietnam, a la mayor superpotencia del mundo. Junto a ello, la URSS alcanzó logros técnicos y científicos tan notables como colocar el primer satélite artificial o el primer hombre en el espacio, o un gran poderío atómico. Según se decía, en esas sociedades no había desempleo ni hambre, y se había abolido la explotación del hombre por el hombre.
Todo ello creaba al comunismo una aureola triunfal, que señalaba el camino a la humanidad entera. Muchos se sumaban al movimiento, sea por oportunismo de apuntarse al probable ganador, sea porque tales logros parecían probar la corrección de la doctrina, por encima de defectos o errores, que debían considerarse parciales y pasajeros. Sin esa impresión triunfal, para unos exaltante, para otros intimidatoria, no podrían explicarse actitudes como la de vastos sectores de la Iglesia Católica. La Iglesia había sido una de las barreras más eficaces contra el comunismo, pero, en los años sesenta, parte de ella se convirtió en vía de infiltración y penetración de aquel. Baste pensar en la teología de la liberación o, volviendo al caso de Solyenitsin en España, en la actitud de Cuadernos para el diálogo, revista católica donde Benet justificaba los campos de concentración para los anticomunistas. Carrillo y los soviéticos idearon una estrategia para alcanzar el socialismo “con la hoz y el martillo en una mano, y la cruz en la otra”.
Ese éxito resultaba paradójico, pues tenía carácter político y militar, a veces científico, pero nunca cumplía sus promesas de mejorar la vida de las masas. Lo más que lograba era instaurar una economía cuartelaria, o más bien carcelaria, como indicaba Solyenitsin, y eso sólo después de haber causado inmensas hambrunas y privado de todo derecho a los “proletarios” bajo la imaginaria dictadura de éstos. Ni siquiera cabía el consuelo de una sociedad pobre, pero igualitaria: la minoría dirigente del partido no sólo gozaba de privilegios inexistentes en los países occidentales, como tiendas exclusivas para ella, sino que de hecho poseía al país entero, disponiendo sin el menor control sobre la vida de sus habitantes. ¿Cabe mayor desigualdad?
La experiencia ha resultado terrible, pero sería iluso pensar que no renacerá algo parecido. La fascinación de las utopías pervive como parte de la condición humana, y ahora mismo constatamos el influjo de formas degradadas del marxismo en multitud de movimientos de tipo tercermundista, ecologista, feminista y tantos más.
En mi caso personal, lo que más influyó para que abandonase el marxismo fue la constatación de la falsedad de sus pretensiones científicas. Concretamente, fue el estudio de una teoría fundamental de Marx, la de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, lo que me convenció de que esa teoría, y su fundamento en la teoría del valor y de la plusvalía, son contradictorias en sus propios términos. Ello me aclaró las cosas, pues mientras se cree en el carácter científico del marxismo, siempre se pueden justificar sus crímenes considerándolos errores corregibles, por lo demás lógicos en una tarea tan gigantesca e históricamente nueva como poner en pie la sociedad paradisíaca. Pero cuando se percibe que la supuesta ciencia es un fraude, intencionado o no, ya no cabe excusar nada: los crímenes son crímenes, y los errores son inevitables, pues surgen forzosamente de una teoría falsa de raíz.
Mi caso, como he indicado, sin ser único ni mucho menos, tampoco es típico. Buena parte de quienes militaron en aquellas organizaciones lo hacían por razones confusas, y la caída de la Unión Soviética les sorprendió de muy mala manera. Fueron abandonando en silencio las militancias y hasta cierto punto las creencias, que en muchos de ellos persisten de manera vaga, al no haberlas examinado críticamente ni sustituido por ninguna otra idea. En bastantes casos, su marxismo sólo respondía a deseos y esperanzas de conseguir un poco de poder, y por ello cambiaron con toda naturalidad la militancia en partidos marxistas leninistas por la de otros partidos, en especial el PSOE, que les ofrecían mejores perspectivas de conseguir puestos de mando. Pero ello no obsta para que, en conjunto, el significado del movimiento comunista, y las causas principales de su atracción o más bien fascinación, sobre tanta gente, fueran las antes señaladas.
Pues bien, si, como decía, la oposición activa al franquismo fue prácticamente comunista o giró en torno a grupos comunistas, está claro que no puede haber sido la autora de la democracia actual, en contra de una opinión muy extendida. Y, en efecto, no lo ha sido. Como todo el mundo puede recordar, si quiere, fue el grueso de la clase política franquista, empezando por un rey designado por Franco, por un jefe del partido franquista, Adolfo Suárez, y por un ideólogo y político del régimen, Torcuato Fernández Miranda, seguidos por casi todos los miembros de aquellas Cortes, la que diseñó y organizó la transición, planteándola como reforma desde el régimen, de las leyes a las leyes, y no como ruptura, según quería el antifranquismo. A lo largo de 1976, los opositores, ya en plena libertad de expresión y asociación de hecho, intentaron imponer la vía rupturista, que debía culminar en una gran huelga general en noviembre, pero fracasaron. Y volvieron a fracasar en el referéndum de diciembre, cuando la vasta mayoría de la población respaldó el plan reformista propuesto por Suárez. A mi juicio, eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido. Podemos percibir los peligros del rupturismo si recordamos que los dos organismos de la oposición, La Junta y la Plataforma democráticas, agrupaban a comunistas tradicionales, maoístas, cristianodemócratas, nacionalistas, socialistas que seguían proclamándose marxistas, y otros sectores y personajes variados. Todos ellos, excepto el PCE, carecían de organización algo sólida y de raíces en la población. En esas condiciones, la ruptura habría significado un salto en el vacío.
Fue entonces cuando entró en acción el PCE( r)-Grapo. Como indiqué más arriba, la táctica revolucionaria marxista juega tanto con los métodos violentos como con los pacíficos, acentuando uno u otro según lo indica su análisis de la situación. Carrillo, después de la derrota del maquis en los años 40, se inclinaba por la vía pacífica, sin excluir nunca la armada si las circunstancias lo favorecían. Todavía en 1978, en plena prédica del llamado eurocomunismo, Carrillo prologaba un libro de discursos de José Díaz, dirigente del PCE antes de la guerra civil y durante ella, recomendándolo a los jóvenes del partido, porque “puede encontrarse en él respuesta cumplida a problemas como el de las alianzas con otras clases y capas de la sociedad; la relación entre democracia y revolución, entre la lucha de masas y la lucha armada”. Es decir, la política del viejo PCE seguía siendo esencialmente válida en 1978. Y debe recordarse que consistió, antes de la guerra, en preparar milicias y exigir la disolución de todas las organizaciones de derechas y el encarcelamiento de sus líderes; y durante la guerra, en exterminar a la derecha, dominar el ejército, e imponer su línea a los demás partidos del Frente Popular, sin vacilar en ejercer el terror contra sus aliados en muchas ocasiones.
La diferencia básica entre Carrillo y nosotros en aquel tiempo, radicaba en que, según nuestro análisis, había que poner el acento en la lucha armada y no en la acción legal. Para Carrillo, una acción legalista, conducida con buena táctica revolucionaria, permitiría socavar la democracia “burguesa” y adelantar mucho camino hacia el socialismo. Según nuestro análisis, la acción legalista llevaba a lo contrario, a debilitar el movimiento revolucionario e integrarlo en el sistema burgués, un sistema considerado por nosotros inevitablemente fascista. Por lo tanto, la línea adecuada consistía en concentrarse sobre todo en la lucha violenta. Y eso fue lo que hicimos secuestrando primero a Oriol y luego al general Villaescusa. Buscábamos con ello sabotear el referéndum de la reforma política, denunciar la existencia del fascismo al exigir la libertad de presos políticos condenados por acciones terroristas, y demostrar al pueblo que sólo la acción armada conseguiría hacer retroceder a la reacción. Afortunadamente el gobierno no cayó en la trampa de lo que hoy llamaríamos el “diálogo”, y toda la operación fracasó finalmente, aunque tuvo en vilo al país durante casi dos meses.
Creo que aquellos secuestros, dentro de su carácter evidentemente desestabilizador, tuvieron un resultado inesperado y positivo, al obligar a la oposición antifranquista a moderarse, pues, como se hallaba prácticamente en la legalidad, estaba a merced de un vaivén represivo si el gobierno hubiera optado por dar marcha atrás en las reformas. En la derecha había la sospecha de que el Grapo dependía en realidad del PCE, y se mencionaba a Romero Marín, un dirigente comunista que había recibido instrucción militar en la URSS, como el verdadero cerebro. En esas peligrosas circunstancias, la oposición, y sobre todo el PCE, se vio obligada a demostrar que sus propósitos legalistas eran auténticos, y por ello contraatacó asegurando  no saber nada del Grapo, pintando a éste como una organización de provocadores al servicio de los sectores franquistas más retrógrados. Ello era perfectamente falso, pero permitió crear una leyenda todavía hoy persistente sobre el “misterioso Grapo”. Ese misterio nadie tenía la menor intención de aclararlo, como comprobé al escribir el libro De un tiempo y de un país: a pesar de ser el único testimonio de primera mano que exponía los hechos desde dentro, me fue casi imposible encontrar editor, y sólo después de un año y medio accedió Ediciones De la Torre a editármelo fuera de catálogo. Pero así es la política.
Por tanto, la democracia actual no proviene de una ruptura, sino de una reforma, no fue impulsada por la oposición antifranquista, sino por el franquismo, y si penetramos a través de la niebla de una propaganda machacona, percibiremos dos hechos indudables: que la estabilidad de nuestra democracia depende en medida muy importante de la sociedad creada bajo el régimen anterior, una sociedad próspera, bastante culta, con una clase media muy extendida y de tendencias moderadas. Y que, por el contrario, casi todos los factores de inestabilidad y de riesgo para la democracia hunden sus raíces en el antifranquismo. Así el terrorismo, o los nacionalismos balcanizantes, la enorme corrupción de hace unos años, o el intento de enterrar a Montesquieu, es decir, de acabar con la división de poderes degradando la independencia del poder judicial; así muchos atentados contra la libertad de prensa, o el mismo intento de falsificar la historia reciente, desde la república para acá, con el propósito de justificar diversos radicalismos. Estos fenómenos, muy preocupantes, debilitan el juego democrático, incitan al extremismo y, últimamente, amenazan seriamente la misma unidad española. Todos ellos, repito, tienen la marca del antifranquismo, cuyo carácter democrático no existió en el pasado, y aun hoy sigue sin ser muy fuerte. La propaganda ocultadora de los hechos ha sido tan masiva y persistente, que asertos como éstos resultan sumamente chocantes a primera vista, pero basta con recurrir a la memoria y al sentido común para darnos cuenta de su completa realidad.
Es más, actualmente asistimos a una vasta operación política para imponer de una vez la “ruptura”, negando o restando valor a la reforma democrática y al proceso transcurrido estos veinticinco años, con vistas a cambiar la Constitución y probablemente a admitir la secesión de las provincias vascas y de Cataluña. Esto me parece sumamente peligroso, y sería conveniente que todos tomásemos conciencia de lo que está en marcha y de la necesidad de frustrar semejantes tendencias, las cuales resucitan el espíritu de la guerra civil.
Naturalmente, estas consideraciones, aunque implícitas en el libro De un tiempo y de un país, no están desarrolladas en él, pues no se trata de un libro de tesis, sino sobre todo de un relato, en el que he procurado exponer cómo se organizaba en aquellos años la agitación y la propaganda, el proselitismo, cómo iba surgiendo poco a poco la idea y la práctica de la lucha armada, y su inevitable decaimiento en conductas terroristas y mafiosas, cómo eran las relaciones, las ideas y las peripecias personales de quienes participamos en aquella aventura que ahora, con la perspectiva de los años, parece alucinada, pero que puede comprenderse fácilmente desde el marxismo, y sólo desde el marxismo, razón por la cual me he extendido en las consideraciones anteriores.
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Mitos de fango: Che Guevara y la Pasionaria. Paz, democracia y razón.

Blog Gaceta: La ruptura de la Constitución / I Margarita i Margaró: http://www.intereconomia.com/blog/ruptura-constitucion-i-margarita-i-margaro-20120824

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Han salido recientemente dos libros, uno sobre la Pasionaria, por Ángel Maestro, y otro sobre Che Guevara, por Fernando Díaz Villanueva –colaborador de Libertad Digital, ambos bien reveladores de hasta qué punto ha calado la mitología comunista y hasta qué punto es ella una fabricación ideológica trivial y perversa.

La efigie del Che Guevara, tras dos o tres décadas de semiolvido, ha reaparecido en los últimos años en camisetas, carteles y pancartas. No con la fuerza ni la relativa inocencia de antaño, sino con un regusto nostálgico y abiertamente gulagiano, pues hoy nadie puede llamarse a engaño sobre lo que significó el personaje. Pese a lo cual la manipulación continúa.

La mayoría de los revolucionarios de izquierda tiene una fuerte vocación de burócrata y chequista, a veces algo escondida (nunca mucho) para ellos mismos. Es decir, de burócrata capaz de decidir con poder absoluto sobre la vida de la gente, y de represor despiadado de cualquier disidencia. El Che tuvo mucho de carnicero chequista, fue un asesino en serie cuando tuvo la oportunidad, pero lo que ha hecho simpática su figura ha sido que escapa a la imagen de burócrata frío y brutal típica de los regímenes comunistas y entra más bien en la del aventurero, del hombre de acción que intenta realizar sus utopías hasta morir en el empeño. Se ha hablado de él como un Don Quijote de la revolución.

Sin embargo, demuestra Díaz Villanueva, la imagen no puede ser más falsa. Aventurero, desde luego, lo era, y pocas cosas más criticadas que el “aventurerismo” en los grises medios leninistas. De ahí las sospechas siempre existentes de que el aparato castrista procuró librarse de él para explotar póstumamente su muerte “heroica”. Pero aunque aventurero, el personaje no tenía nada de Don Quijote, con quien a veces él mismo se comparó. Su ideal práctico lo resumen sus propias palabras: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Nada menos caballeresco o quijotesco que esta prédica del odio hasta convertir a los hombres en máquinas criminales. La muerte de un sujeto semejante en ningún caso puede llamarse heroica.

Esta prédica del odio como una virtud es vieja conocida nuestra. La hemos visto en la propaganda socialista de la segunda etapa de la república, con los trágicos resultados conocidos, y la vemos ahora reverdecer con pretextos como las fosas de los fusilados o la represión franquista. Pero, ¿a qué viene tanto odio? Podría uno explicárselo si naciera de experiencias personales nefastas, de individuos explotados salvajemente, por ejemplo, o con su juventud destruida por injusticias. Pero no hay nada de eso. Los sembradores del rencor nunca o casi nunca pasaron penurias o fueron explotados o, simplemente, trabajaron manualmente. Por lo común llevaron siempre vidas bastante acomodadas, y más bien les corresponde la calificación de señoritos. Guevara, desde luego, no es una excepción, aunque como ministro comunista le gustara pasar alguna que otra jornada de “trabajo voluntario” mientras arruinaba a Cuba con sus pueriles medidas económicas.

Porque, nos explica convincentemente Díaz Villanueva, la propia experiencia del fabricante de máquinas humanas de matar debía de haberle mostrado la falsedad de sus ideas. Su ignorancia, por no decir chifladura, le llevó a jactarse: “La tasa de crecimiento que se da como una cosa bellísima para toda América es 2,5 por 100 de crecimiento neto (…) Nosotros hablamos de 10 por 100 de desarrollo sin miedo ninguno (…) Es la tasa que prevé Cuba para los años venideros”. Y a esa tasa se acercó España en los años 60-75, pero no la Cuba de Castro, dirigida por semiorates como Guevara, que expandieron prodigiosamente la pobreza, perpetuaron un racionamiento miserable e impulsaron a exiliarse a un quinto de la población, verdadero record en cualquier dictadura.

Ante un fracaso tal, cualquier persona con dos dedos de frente y una elemental honradez se habría replanteado sus odios y sus filias, pero el replanteamiento castrista consistió en reforzar su poder mediante un sistema policiaco que convierte a la gente en denunciadora de sus vecinos. Guevara, a su vez, reaccionó huyendo hacia delante, tratando de hacer a otros pueblos víctimas de su fanática ignorancia. Esa reacción alucinada es la que le ha valido la admiración de una multitud de idiotas o indocumentados manipulados por los burócratas-chequistas de La Habana y similares. Díaz Villanueva deja todo ello bien en claro en este libro, que debieran leer los admiradores del Che para clarificar sus ideas sobre un mito fangoso, como tantos otros.

Tan siniestro como el caso de Che Guevara resulta otro mito típico del siglo XX, la Pasionaria. El libro de Ángel Maestro está en la colección Cara y cruz de Ediciones B, y la cara va escrita por Santiago Carrillo. Vale la pena echar un vistazo a ésta para comprobar cómo la mentira propagandística sigue contaminando la mente de un señor que parece haber olvidado lo poco que aprendió en la transición democrática. De modo similar al Che Guevara, Lenin definió a los partidos comunistas como instrumentos para la guerra civil, lo cual, por lo demás, se desprende de modo natural y forzoso de sus planteamientos: partido de “revolucionarios profesionales” destinado a “encabezar a las masas” para derrocar violentamente las democracias “burguesas” e imponer regímenes tan productivos y libres como el de Castro y Guevara.

En contraste con la burda retórica de Carrillo, Ángel Maestro acude a los hechos para trazar un retrato de la Pasionaria mucho más realista. Sobre la personalidad de esta señora es difícil decir algo, porque se identificó a tal punto con su papel que sus mismas memorias no pasan de manchurrón propagandístico, escrito en la lengua de madera oficial, sin el menor interés humano ni otro valor historiográfico que como muestra del efecto destructivo de su ideología sobre el carácter. Algo más nos dice su conducta con su marido, abandonado a las duras condiciones de la vida obrera en la URSS mientras los dirigentes disfrutaban de los privilegios de su rango y ella misma mantenía relaciones íntimas con Antón, “revelación de la guerra”, al menos para ella, y típico señorito comunista. O su insaciable venganza contra el mismo Antón cuando éste prefirió a una amante más joven. O su nefasta influencia sobre los niños españoles llevados a la URSS durante la guerra en una típica operación de propaganda comunista, niños cuya repatriación impidió y cuyas condiciones de vida, a menudo durísimas, no le preocuparon lo más mínimo.

Estos rasgos personales tienen, de todas formas, interés menor, y la Pasionaria no pasará a la historia por ellos, sino por su papel en la dirección de aquel partido que tanto pesó en el pasado reciente de España, y muy destacadamente durante la guerra civil. Como tal dirigente, sus dotes más destacadas consistieron –aparte de su excelente voz y facilidad para la oratoria demagógica– en su capacidad de adaptación servil a las más contradictorias piruetas de la política soviética, incluido, por supuesto, el pacto con Hitler. No obstante, debe reconocerse que esa adaptabilidad fue la garantía de su supervivencia, y no sólo política, pues cualquier sospecha de insuficiente entusiasmo por los amos del Kremlin supuso durante muchos años la pérdida de la vida. Con lealtad perruna sacrificó la Pasionaria cualquier otro interés o sentimiento, y lo hizo sin exteriorizar el menor remordimiento ni la menor duda.

Agente pagada de quien mandara en Moscú, y orgullosa de serlo –como todo el PCE y sus dirigentes–, e instrumento ciego de su propaganda, Maestro explica también cómo el partido estaba subvencionado y controlado financieramente por la URSS. Se han demostrado ciertas las acusaciones de la derecha sobre el “oro de Moscú” detrás del PCE, que despertaban sonrisas sarcásticas en todo progre “bien informado”.

Al revés que Guevara, la Pasionaria pertenecía de lleno al género burocrático, y su mito fue forjado íntegramente por la propaganda. Sería muy instructivo recoger los ditirambos en verso y en prosa que le fueron dedicados en España y otros países. Para percibir el grado estrambótico de su mitificación, una anécdota: cuando el maquis iba de capa caída, una consigna comunista fue: “Resistid. Pronto llegará Pasionaria”. Al parecer esa promesa reanimaba a los combatientes. Por supuesto, la dirigente comunista no tenía la más remota intención de abandonar su cómoda y privilegiada tranquilidad en “la patria del proletariado”.

(publ. en diciembre de 2004)

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‘MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE’

Paz, democracia y razón

Es lástima que lo poco original y bueno que produce actualmente España en el ámbito de la cultura apenas reciba atención y pase casi inadvertido para los medios y para el público en general, sin dar lugar a debates de algún interés.

Nos hemos acostumbrado tanto a creer que solo fuera de España se publican materiales interesantes, por lo común en inglés, incluso sobre nuestra propia historia y literatura, que automáticamente se tiende a desdeñar ese poco bueno en español, a sumergirlo en la masa de trabajos irrelevantes o pintorescos, o meras vulgarizaciones de aportaciones foráneas, que constituyen el grueso de la cultura española actual.

Entre ese poco original y bueno se encuentra el libro de José Manuel Otero Novas Mitos del pensamiento dominante. Paz, Democracia y Razón. La primera parte del título quizá no es muy acertada, pues el pensamiento se ha reducido mayormente a tópicos, de modo particular en España. Afortunadamente no ha caído en la falacia encerrada en el término pensamiento único, que solo puede existir en regímenes totalitarios. En los democráticos siempre han surgido y combatido diversas escuelas de pensamiento, predominando unas u otras en tales o cuales épocas, pero sin imponerse nunca una por completo. Y esta es una de las causas de la superioridad cultural de Occidente durante varios siglos, y también de sus peligros. Por cierto, que Otero supone la existencia de ciclos o ritmos en el desarrollo social, que caracteriza como alternancia entre etapas dionisíacas y apolíneas, según la terminología usada por Nietzsche en relación con la tragedia griega. Idea discutible y por ello probablemente fructífera.

Pero desde hace bastantes décadas viene imponiéndose un pensamiento de tipo socialdemócrata, condensado en tópicos o mitos, hasta el punto de que ha sido adoptado en gran medida también por la Iglesia. Ya Tocqueville advertía contra lo que llamó “despotismo democrático”, que coincide casi punto por punto con los ideales y aspiraciones de una socialdemocracia desprovista solo a medias del dogmatismo marxista. Un despotismo que, advertía, puede volver aparentemente inútil o innecesaria la libertad e imponerse manteniendo los aspectos externos de la democracia: un estado providente ejercería sobre los individuos una tutela que se parecería a la paterna si no fuera porque esta tiene por objeto “preparar a los hombres para la edad viril”, mientras que la del estado persigue “fijarlos irrevocablemente en la infancia”. El análisis de Tocqueville creo que sería útil para explicar muchos fenómenos de las sociedades actuales.

Pues bien, esa infantilización se produce en gran medida a través de la manipulación de conceptos discutibles (en España tiende a considerarse negativamente el término discutible, cuando debe ser todo lo contrario para una sociedad viva) y muy difíciles de definir, como paz, democracia y razón. El juego consiste en apropiarse de esos conceptos como banderas e imponer como únicas posibles, mediante la educación, los medios de masas, etc., determinadas interpretaciones de ellos, generalmente simplificadas y utópicas. Ese juego, si se impone, entraña la muerte del pensamiento.

Otero Novas no solo se opone a esa infantilización utopista (él no emplea este término, pero creo que viene al caso), sino que lo hace mediante la aportación crítica de una masa de datos, testimonios, información histórica, citas y razonamientos que sorprenderán a la mayoría de las personas habituadas a pensar en una sola dirección. De ahí que su libro constituya una riquísima fuente de reflexiones –no necesariamente favorables a sus tesis, desde luego–; como otro anterior que reseñé en su momento con mucha menos extensión de la que merece.

En gran medida, las utopías infantilizantes parten de un concepto del ser humano que ahora suele llamarse buenista y que niega, por decirlo con expresión mítica, el pecado original constituyente de la condición humana. Así, el hombre tendería por naturaleza a la paz, la democracia y la razón, conceptos presentados a su vez como coherentes y no conflictivos entre sí. Una consecuencia del pensamiento utópico o buenista sería la negación de la historia. La humanidad histórica –la real– ha vivido entre paces y guerras, entre la libertad y la servidumbre, entre la razón e impulsos irracionales (a su vez, como recuerda Otero, pocas cosas más difíciles de definir que la razón, la libertad o incluso la paz). Esa historia no se correspondería con la verdadera naturaleza humana figurada por el arbitrario ensueño del utópico-buenista y por tanto no tendría razón de existir. El ser humano aparecería propiamente solo en tiempos muy recientes, cuando surgen tales conceptos –convertidos en palabras mágicas–, que deben conducir al triunfo de la soñada naturaleza humana buenista; un triunfo, apenas hace falta decirlo, aplazado una y otra vez, pero siempre cercano a base de añadirse más de lo mismo después de cada fracaso.

Valgan estas mínimas consideraciones como aproximación, pues no me sería posible explicar un libro tan sugestivo en una reseña tan necesariamente breve. De todas formas, tengo intención de tratarlo con más detalle en mi blog.

 

JOSÉ MANUEL OTERO NOVAS: MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE. Libros Libres (Madrid), 2011.

  (publicado en 2011)

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La hispanofobia como clave histórica

Blog  Gaceta: Cómo dejé a Marx (y II) : http://www.intereconomia.com/blog/deje-marx-y-ii-20120821

Si   observamos la evolución de España desde finales de los años 60 encontraremos   una progresiva erosión del concepto de lo español, primero en el plano   intelectual-emocional y después en el directamente político; tendencia   disgregadora pertinaz, con el terrorismo separatista de la ETA como uno de   sus principales motores.

Viene a ser el tercer asalto en ese sentido. El primero, como he explicado en Una historia chocante, ocurrió en torno al “desastre” del 98, con el impulso de los internacionalismos proletarios, los separatismos y los anarquismos. Se interiorizó de varios modos la Leyenda Negra y, en frase de Menéndez Pelayo, una multitud de “gárrulos sofistas” denigró por sistema el pasado español –sobre todo lo más importante de él–, pintándolo con tintes negros o pesimistas y proponiendo recetas pintorescas, bien fuera para superar los males reales o supuestos de aquel pasado, bien para liquidar de una vez la idea y la realidad de la nación española. Uno de sus efectos fue la emergencia de un nacionalismo español del mismo tipo que el vasco o el catalán: un regeneracionismo arbitrario frente a una historia de España calificada de “anormal”, “enferma” y más o menos catastrófica. Para lo cual proponían remedios igualmente arbitrarios y una europeización vacua.

Consecuencia de aquellos movimientos fue la destrucción del régimen liberal de la Restauración, que, aun con su mediocridad, favorecía una auténtica regeneración económica, cultural y social del país. Con la II República, los “gárrulos sofistas” tuvieron su oportunidad histórica y la aprovecharon para realizar su segundo asalto.

Fue Azaña un líder muy principal de una confusa retórica que pretendía arrasar la tradición española a la cabeza de los “gruesos batallones populares en la bárbara robustez de su instinto”, es decir, dirigiendo a los mesiánicos sindicatos y partidos obreristas. La república pudo en principio haberse asentado como régimen democrático… de no haberse impuesto aquella mezcla de antidemocracia, antiliberalismo y antiespañolismo izquierdista. Pues quienes organizaron la caída de la monarquía fueron sectores moderados que cayeron en la ilusión de apoyarse en izquierdistas tipo Azaña, tal como este cayó en la de dirigir a los “batallones populares”.

Vista en perspectiva, aquella explosión de garrulería y violencia llevaba inevitablemente a la desintegración de la nación y la cultura españolas, sin ofrecer a cambio nada parecido a la democracia, sino una revolución totalitaria, que terminó como sabemos. La guerra civil no se hizo en nombre de la democracia, pues ningún bando la defendía, pero al menos se salvó lo esencial, la unidad de la nación y la raíz cristiana de su cultura. Y sobre esa base, en un período que puede llamarse apropiadamente “de convalecencia”, surgió una sociedad libre de los viejos odios, mesianismos y rencores, y mucho más próspera, que pudo evolucionar a la democracia sobre una base infinitamente más sana que la de la república.

El resultado ha sido la prolongación de la paz del franquismo, la más larga que ha vivido España en siglos. Sin embargo, como he expuesto en La transición de cristal, volvió a crearse otro equívoco peligroso: nuevamente la oposición antifranquista, compuesta de marxistas, terroristas y grupúsculos y personajes demasiado proclives a aliarse con ellos, alzó con desenvoltura la bandera de la democracia, tildando de lo contrario, como Azaña, tanto los valores propiamente españoles como la reconstitución nacional bajo el franquismo. Ha sido el tercer asalto hispanófobo, hoy en pleno auge.

Otro equívoco, no menos dañino, fue el supuesto de que la transición reconcilió a los españoles, cuando ocurrió exactamente al revés: la reconciliación previa permitió la transición. Los únicos que se reconciliaron entonces, al menos en apariencia, fueron los políticos autoconsiderados herederos de las izquierdas y los separatismos republicanos. Parecían haber aprendido de la experiencia, pero, como ha demostrado la práctica, la única lección aprendida consistió en que debían proceder con más lentitud y menos violencia que en la república. Identificaban nación española y franquismo, tildado este de dictadura abominable, y, lo más curioso, no solo seguían igual de antifranquistas cuando ese régimen había desaparecido, sino que incrementaron progresivamente la virulencia de un antifranquismo convertido en disfraz de una hispanofobia pareja a su aversión a la democracia liberal.

En cuanto a la violencia, no es un dato baladí su apoyo al terrorismo de la ETA. Este grupo, como casi siempre olvidan los analistas políticos, concentra el mesianismo socialista y el antiespañolismo tradicional en la izquierda, y gracias a dicho apoyo ha llegado a condicionar en grado sorprendente la Constitución y la evolución posterior. Los artículos constitucionales que admiten un progresivo vaciamiento del estado nacional parten de la ilusión de hacer concesiones –a costa de la nación y del estado de derecho– al separatismo presuntamente moderado, a fin de oponerlo al más radical de la ETA, y quitar a esta un respaldo social nacido, precisamente, del respaldo que los terroristas han recibido del movimiento antifranquista antes y después de Franco. Ese respaldo se llamó luego “salida política”, que convertía el asesinato en modo de hacer política y socavaba, nuevamente, tanto la unidad nacional como el estado de derecho.

Quienes tildaban de enferma la historia de España, en el 98 y hasta ahora, han enfermado efectivamente a la sociedad, llevándola una y otra vez a la convulsión y a la frustración de las mejores oportunidades de libertad y progreso para el país. Va siendo hora de cerrar definitivamente la herida abierta entonces. Contribuir a ello es lo que me propuse al escribir Nueva historia de España.

** Una reseñ: http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/07/nueva-historia-de-espana-de-pio-moa.html

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