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Sitios de interés
Carácter de Franco / Lucha cultural, VOX y yo / Dos guerras de efectos contrarios
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Derecha sin proyecto / Enigmas SGM / Método Cuevas (b) /Pancho contra España
El doctor tiene una Gran Política, la derecha no.
Una de las cosas que mejor demuestran la inanidad intelectual de la derecha es su insistencia en que el doctor quiere el poder por el poder, sin más. Por el contrario, eso ocurre más bien con el PP. El doctor tiene un proyecto un gran proyecto político de alcance histórico, cosa de la que carece por completo el PP, o resulta algo diluido en VOX.
El proyecto del doctor quedó simbolizado a la vista de todos en la profanación de la tumba de Franco, y condensado en la ley de memoria antidemocrática. Del alcance de estas cosas parece no querer enterarse nadie, pero el proyecto en cuestión consiste en destruir de una vez la herencia del franquismo. Esta herencia consiste en la unidad nacional, uno de los puntos clave por los que se luchó en la guerra civil; en la soberanía o independencia, por la que también se luchó frente a la URSS y después frente a los intentos satelizadores de los vencedores de la guerra mundial; en la libertad personal, actualmente amenazada con leyes que pretenden regular hasta nuestros sentimientos, sin que a nadie parezca importarle; en la monarquía, visiblemente hostigada mediante campañas sucesivas; y en la democracia. ¡Sí, la democracia es una herencia del franquismo, y debe entenderse de una vez! Hay que ser muy idiota o falsario para pretender que pudo haber caído del cielo o ser traída por un antifranquismo totalitario que, con el doctor y antes con Zapatero, vuelven claramente a las andadas.
Y así, por aplicar la derecha unas políticas hueras de toda perspectiva histórica y ciegas al fondo de los procesos en marcha, hemos llegado a una situación crítica, en que, como en el 36, vuelven a peligrar seriamente la unidad nacional, la soberanía, las libertades políticas y la democracia.
Por eso es imprescindible impedir cuatro años más de doctorado que ya amenazan muy directamente la propia continuidad de España (el significado histórico del franquismo es precisamente dicha continuidad). Es cierto que el PP no es la alternativa, pero al menos permitiría ganar algún tiempo, aunque una repetición de las elecciones sería lo más adecuado. De otro modo, existe el derecho de rebelión contra la tiranía.
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Enigmas de la SGM
**Aparte de algunas facilidades al espionaje (que también permitió a los anglos) y de apoyo a submarinos, la verdadera ayuda de Franco a Hitler fue la División Azul. Y fue una ayuda bastante mayor de lo que suele decirse, pues no solo resultó una de las mejores unidades en el este, sino que frustró una ofensiva soviética que pudo haber causado un segundo Stalingrado, en el norte.
**Un tópico común sobre Gibraltar es que a Hitler no le interesaba en absoluto el ejército español, por lo visto despreciable, sino solo cortar la entrada al Mediterráneo. Siendo así, sería un misterio que renunciase a su proyecto estratégico, al que dio máxima importancia durante bastantes meses. Pero el ejército español era cualquier cosa menos despreciable: salido de una larga guerra, era duro, entrenado y con ata moral. Solo le faltaba armamento de último modelo, que podía suministrarle Alemania. Precisamente la División Azul fue la demostración de su valía. En todo caso, según Keitel, “A Hitler no le gustó verse forzado a transportar sus tropas a la fuerza, contra la cólera de Franco”.
** Un incidente curioso: Franco sugirió a Hitler que Jodl viniera a España a evaluar las necesidades del país antes de entrar en guerra. Pero Hitler, por consejo de Keitel, prefirió ingenuamente a Canaris, una vez más. Canaris jefe del espionaje militar alemán, no servía realmente a Hitler, sino a Franco en aquellos momentos.
**En cuanto a Gibraltar, mientras los suministros ingleses pasaron por allí más que por Suez, pudo haber sido decisivo para la llegada de Rommel a Suez. Después ya lo fue menos, pero volvió a serlo cuando la Operación Torch, que los anglos consideraban imposible sin la neutralidad española, por lo que se apresuraron a asegurar al “querido general Franco” que no pensaban amenazar ningún territorio hispano. Luego, cuando la operación tuvo éxito, la actitud useña e inglesa se volvió cada vez más insolente, amenazante y provocadora.
**Si España entraba en guerra era más que probable que Portugal también lo hiciera, al lado de Inglaterra o forzado por esta. Y por ello Franco, al paso que ganaba tiempo para mantenerse neutral, trataba y conseguía que Portugal hiciera lo mismo en el Pacto ibérico. Esta fue otra de sus maniobras magistrales en una situación repleta de enormes incertidumbres. Y que muchos miran como “una cosa más”.
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Método Cuevas (y b)
Obviamente, un estudio historiográfico sobre la derecha debe empezar por definirla a través de sus divisiones y evoluciones. Y es lo que hace Cuevas con un apreciable capítulo erudito, en el que distingue, citando a diversos autores, entre conservadurismo liberal, democracia cristiana, derecha liberal-democrática , tradicionalista contrarrevolucionaria, radical, fascista, tradicionalista-monárquica, liberal, plebiscitaria, teológico-política, identitaria y otras. En España, su elemento predominante hasta bien entrado el siglo XX, habría sido el religioso, pues el clero y el catolicismo “siguieron teniendo una influencia decisiva en la gestación y elaboración de las ideologías conservadoras”, y solo tardíamente la Iglesia pasó de “intelectual orgánico” a “intelectual tradicional”. Se percibe una pugna dentro de las derechas, entre “conservadores, liberales y tradicionalistas”, un “conservadurismo autoritario” y un “carlismo”, un fascismo muy débil, etc. El problema estaría aquí en la debilidad de “la burguesía”, reflejada en un nacionalismo “pobre en símbolos, y dicha pobreza delata su debilidad”, “ausencia de “conciencia nacional moderna”.
¿Pero que es lo que tenían en común todas esas formas políticas para ser aglutinadas como “derecha”? Hay un modo de reducir sus oposiciones a dos: la inteligencia: “La derecha, o por lo menos la derecha inteligente, sea liberal-conservadora, autoritaria o democrática, siempre ha opuesto la reforma a la revolución”. La menos inteligente pretendería mantener sin cambios de algún relieve unas situaciones sociales y políticas ancladas en viejos tiempos. En fin, aparte rasgos diversos, que unas veces han correspondido a las derechas y otros a las izquierdas, cabría concluir, algo metapolíticamente, que la derecha tiene “un concepto trágico de la vida social y política”, por consciencia de las limitaciones de la naturaleza humana, en contraste con la visión “utópica” propia de las izquierdas, confiadas en superar esas limitaciones. Bueno, es posible que haya algo de eso. Digamos que la derecha tiende a la conservación y la izquierda al cambio, con muy diversos grados de radicalidad, moderación y violencia.
Pero, indudablemente, derechas e izquierdas no se definen por sí mismas, sino por relación unas con otras. Ni la derecha ni la izquierda obran solo ni principalmente por sus propias ideas, sino por reacción a las acciones e ideas de sus contrarios; y de ahí, como ha observado Arnaud Imatz, que en muchas ocasiones las ideas aparentemente definitorias de la derecha hayan sido adoptadas por la izquierda, y viceversa. Así, no puede abordarse la historia de las derechas sin prestar aguda atención a la de sus contrarios. Y aquí, Cuevas vuelve a fallar, porque esa atención es en él escasa y un tanto roma. Con lo cual el método de Cuevas, ya muy lastrado por su pobre y parcial atención a la evolución histórica general del país, queda completado con esta otra insuficiencia, que hace de su historia de la derecha una historia un tanto en el aire de las políticas de las diversas derechas.
El método de Cuevas no es bueno, y su resultado tampoco puede serlo como obra de historia, aunque políticamente termine defendiendo a VOX, por razones en parte diferentes a las mías. Estas cosas se dan.
Una observación final: un capítulo inicial, titulado “punto de partida”, debería exponer el enfoque básico historiográfico del autor, lo cual puede hacerse de dos maneras: analizando otros enfoques y discriminando el propio; o citando frases de una serie de autores con los que se supone está de acuerdo el autor. Cuevas prefiere el segundo método, y en 18 páginas cita a más de cincuenta autores, historiadores, filósofos, políticos y escritores, en serie de frases tipo “Como dice Fulano…”. Frases a veces triviales o contradictorias, sin discriminación crítica. Sacamos en conclusión que Cuevas ha leído mucho, quizá a todos esos autores, al menos en parte, sin que obtengamos una idea medianamente clara de cuál es su posición de partida.
Un inciso: Dice Cuevas: “Ricardo de la Cierva no era un historiador profesional”. ¿Qué será un “historiador profesional”, según Cuevas? Solo cabe una definición, como la de escritor profesional: el que vive de esa profesión. No sé si Cierva vivía de la historiografía, pero podía permitírselo, porque sus libros eran de los más vendidos, y era también catedrático de historia en dos universidades. El problema, para Cuevas parece ser que no admite a De la Cierva en el gremio de historiadores “metodológicos”, como sí incluye respetuosamente a farsantes tipo Viñas, Preston, Espinosa, Juliá y similares, de cuya “profesionalidad” he tratado en Galería de charlatanes .
El problema real con De la Cierva — de gran parte de sus planteamientos discrepo sin dejar de reconocer sus méritos– es que tuvo que bregar con un alud de insultos, descalificaciones y ninguneos de la izquierda y la derecha. Precisamente por su éxito, y por poner de relieve gran parte de la vaciedad “metodológica”.
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Pancho I contra España
**Pancho I de la Pampa ha creado un instituto vaticano con el nombre “Fray Bartolomé de las Casas”, el fraile perturbado creador principal de la leyenda negra. Una muestra más de la hispanofobia de un papa asimismo perturbado. ¡Qué sería del catolicismo sin la evangelización de América y del dique que España puso a la expansión protestante!
**Debido al anticolonialismo, en gran parte de origen europeo, vemos a los anticoloniales africanos exigir a los países europeos que “devuelvan todo lo que robaron a África”. En realidad todo lo que tienen allí, desde la sanidad hasta las técnicas constructivas, la enseñanza, etc. son productos de la colonización. Lo que exigen realmente son subvenciones para regímenes corruptos que mantienen a sus países en la miseria.
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SGM y solidez franquista / Gangsterismo progre/ El Método Cuevas (a)
La II Guerra Mundial y la solidez del franquismo
Las grandes decisiones en política nunca son tomadas con seguridad y facilidad o porque “caigan por su peso”, como creen los simples. Por lo general se toman entre arduos dilemas y con cálculos siempre arriesgados sobre las consecuencias.
Cuando cayó Francia en la SGM parecía inminente un nuevo orden europeo en el que a España le convenía entrar para reconstruirse, aun soportando cierta hegemonía alemana. Pero en pocas semanas el panorama cambió por completo: Inglaterra no aceptaba la paz, y por tanto habría guerra. ¿Guerra corta o larga? Esto era esencial para España. En el primer caso quizá conviniera aplazar la reconstrucción a cambio de mejores condiciones luego. Pero cualquiera (Franco desde luego) podía pensar que Inglaterra trataría de resistir hasta que Usa se le uniese. Además, el dominio del mar permitía a Inglaterra cortar el comercio exterior español. Claro que por otra parte, la Wehrmacht estaba en los Pirineos, y era peligroso desairar a Hitler, y en el Atlántico los U-boote casi estrangulaban el tráfico inglés, lo que repercutiría sobre el español. Otro aspecto del problema era que el cierre del estrecho podría llevar a Inglaterra, al menos por unos meses, a una situación desesperada, como señalaba Hitler a Franco y bien sentía Churchill, y obligarla a una paz desventajosa antes que interviniese un Roosevelt dudoso de beligerar. Existían además lazos emocionales, como el agradecimiento por la ayuda prestada a Franco en la guerra civil.
Hitler creía que la toma de Gibraltar habría resuleto aquella fase de la contienda, y otros, incluidos generales alemanes, han considerado su renuncia a atravesar España, con Franco o contra Franco, como un enorme error de consecuencias decisivas sobre el conjunto de la contienda. Alguien ha criticado que en la portada de mi libro sobre la SGM no aparezca De Gaulle y sí en cambio Franco, pero el peso de De Gaulle en la guerra fue casi nulo, y el de Franco tuvo indudable relevancia.
En líneas generales, se advierte en toda la política de Franco una prioridad orientativa, la reconstrucción del país. Pero la misma estaba sometida a tales albures, temores y circunstancias cambiantes, que navegar entre tales remolinos podría terminar fácilmente en naufragio. Mantener el rumbo de la nave exigió sin duda una sabiduría política rara vez hallable entre los políticos españoles en al menos dos siglos.
Ese acierto extraordinario es una de las causas mayores por las que odian a Franco unos políticos “menos que mediocres”, que sí hubieran metido a España en aquella contienda. De la que España habría salido destrozada, con cientos de miles de muertos e inmensas destrucciones, y con nueva guerra civil, como ocurrió en Francia e Italia. Una de las causas fundamentales de la solidez del franquismo fue aquella magnífica hazaña. La habitual charlatanería historiográfica se ceba en las duras circunstancias de posguerra, olvidando que sus penurias fueron acentuadas por la política inglesa y luego por la de los vencedores de la SGM, incluida la URSS. Pero que no solo fueron vencidas finalmente, sino que España se había librado de las atrocidades que sufrió casi todo el resto de Europa, y esto pesó mucho, sin duda, en lo que se llama a veces “inconsciente colectivo”. El franquismo fue visto como la salvación, no solo de la sovietización y disgregación durante la guerra civil, sino de las sangrientas miserias de la guerra europea.
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Gangsters contra la libertad de expresión
Me envía Robert Néboit un artículo de Libération sobre el intento de hundir el periódico de “ultraderecha” Le journal du dimanche privándole de publicidad. Parte de la maniobra viene de un “colectivo Sleeping Giants“, que con “acciones de alerta” acosa en tuíter (supongo que también en otros medios) a los anunciantes de medios con una “línea editorial intolerante, estigmatizante, divisoria, incitadora al odio”. El grupo Sleeping nació en Usa en 2016, y se ha extendido a Francia. “Cancelación”, llaman a esas políticas , y no hay casualidad en el hecho de que las ideologías defendidas por los cancelantes (lgtbi, homosexistas, feministas, abortistas), rebosen odio, intolerancia y división social como una melaza maloliente y venenosa. Solo hay que ver sus consignas, manifestaciones, amenazas e histeria. Particularmente he sufrido ese odio y comprobado su efectividad en los medios y redes sociales. De izquierda y derecha.
Sleeping es, como otras, una banda de gangsters que debiera estar perseguida legalmente, pues intenta asfixiar la libertad de expresión por el medio mafioso de privarla de medios económicos. Sin embargo son ellos los que ejercen la persecución, masivamente y desde diversos poderes, incluso desde los gobiernos (como las leyes de memoria en España). Están pudriendo, literalmente, las sociedades occidentales, sin que la reacción esté hoy por hoy a la altura de la amenaza. Por ejemplo, las leyes de “memoria” solo han sido combatidas en España por VOX, pero lo han hecho con tanta flojera y mezclado con cosas menores, que su eficacia es muy endeble. La reacción debe estar a la altura de la agresión.
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El método Cuevas (a)
No vamos a seguir con aspectos particulares del libro del señor Cuevas porque no acabaríamos. Su problema es de método, y un mal método no puede producir buenos resultados (dejemos aparte las “metodologías profesionales o científicas” tan en boga en la universidad y productoras sistemáticas de disparates). Cualquier tema historiográfico debe se tratado en relación con un contexto más general y su evolución. Por ejemplo: cuando me puse con los separatismos vasco y catalán (Una historia chocante), los examiné no solo en sus ideas, exposiciones, órganos de expresión, etc., sino también, y muy fundamentalmente, en su evolución al compás de la evolución general de España. Esto parece “de cajón”, pero la historiografía española no había producido hasta entonces un ensayo conjunto de las dos ideologías y de su evolución a partir de la crisis del 98, cuando pudieron convertirse en movimientos políticos. Después ha habido estudios muy valiosos, de Jesús Laínz, Francisco Caja y otros, sobre aspectos más concretos.
Por lo tanto, la Historia de la derecha española, de Cuevas, debería haber prestado atención permanente al contexto histórico en que se desenvolvían las derechas. Esto, sin embargo, no ocurre en su libro, o lo hace de modo tan parcial y superficial que incluso induce a confusión. Y ello desde el comienzo mismo de la división izquierda/derecha a raíz de la invasión napoleónica (aunque hubiera precedentes secundarios). Uno esperaría al menos un resumen general de aquella guerra, de la que España salió arruinada y en parte desangrada, con una deuda gigantesca y en vísperas de la pérdida de la mayor parte del imperio. Asombrosamente, nada de ello aparece en el libro; ni existe siquiera la intervención inglesa, ni Wellington, etc. Se dirá que de todas formas, el tema era otro, pero no es así. La intervención inglesa, el peor aliado concebible de España, derivó entre otras cosas a la pérdida del imperio y a la supeditación económica del mismo, incluida la ex metrópoli, aparte de su influencia ideológica y política en sectores liberales.
Tampoco aparecen en el libro las atrocidades de las tropas francesas, secundariamente de las inglesas, y sin embargo ellas explican muchas cosas: por ejemplo, la impopularidad de los liberales, identificados a menudo con los invasores que habían pisoteado la religión, sembrado el país de sangre y hambre, y destruido un inmenso patrimonio cultural e histórico. De ahí el entusiasmo por Fernando VII, del que Cuevas se limita a citar una opinión de Artola sobre “la degradación” de los españoles de entonces. Los españoles que tiraban del carruaje de Fernando expresaban su alegría por el fin de la guerra y por la vuelta de quien creían un héroe, un “Mesías”, el “Rey más perseguido”, “Cautivo”, como les contaban un clero poco decente y ansioso de recobrar sus privilegios.
El carácter y resultado de la guerra explica también por qué los liberales eran muy minoritarios y por qué para ganar poder debían recurrir a sociedades secretas, en particular la masonería, sobre todo el el ejército. La masonería apenas aparece nombrada de refilón en Cuevas, y sin embargo tuvo una influencia no por casi invisible menos palpable en todos los sucesos de la época, incluida la pérdida del imperio. Tanto en el ejército francés como en el inglés la masonería era una fuerza real, contagiada después al ejército español. Por supuesto, la conspiranoia antimasónica tan típica en cierta derecha tiene escaso valor historiográfico, pero no lo tiene más pasar por alto su influjo, como en el libro de Cuevas.
Este caso chocante de práctica ausencia de trasfondo histórico se repite a lo largo de todo el libro, sustituido por información sobre las diversas tendencias y oposiciones entre grupos derechistas, con citas y ristras de nombres. Información no desdeñable, pero no solo incompleta, sino falta también de proyección histórica. En cierto modo, más que una historia de la derecha es una historia de las divisiones, maniobras y palabrería de las derechas (pues pensamiento hubo poco, aun si en la izquierda hubiera menos). Otro defecto fundamental de esta historia, que veremos, es la relación con las izquierdas.
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Banda chantajista / Vargas Llosa y Cervantes / Cuevas: historia y burocracia
Una banda chantajista
Que desde 2002 el PP es solo una banda de señoritos ignorantes, intrigantes y mangantes, es un hecho que me parece irreversible. Y ahora la vemos en acción actuando como una banda chantajista. Lo hizo durante toda la campaña electoral: o VOX se sometía sin más a sus intereses de partido, o sería presentado como apoyo del doctor. El chantaje se podía explicar ya que, en su euforia pueril, el PP creía poder sacar una gran mayoría y hasta mayoría absoluta: se lo decían sus “analistas” y “expertos electorales”. Y ahora han vuelto a lo mismo con la mesa del Congreso, rechazando de pleno a VOX , pretendiendo que pueden tratar como un apestado o paria al tercer partido del país. Pero ahora la situación ha cambiado: ya no hay la gran mayoría que los golfos fantaseaban, y la posibilidad de que el doctor y sus pandillas se adueñen del poder y culminen sus proyectos criminales es muy real. En tal situación, los señoritos golfos han tensado el chantaje sin importarles dar una gran baza a los delincuentes.
El PP entiende como su mayor enemigo a VOX –y no al PSOE o los separatistas–, y se entiende que obre en consecuencia, tratando de aniquilarlo. Pero hay momentos en que un interés general gravemente amenazado como ahora debería permitir algún acuerdo negociado. Opción que está resultando imposible con estos “moderados y centristas”, incluso habiendo renunciado VOX a participar en el gobierno.
Hay en esta situación dos cuestiones de fondo: a) la investidura de Feijoo no es una alternativa a la del doctor, aunque sí un alivio momentáneo, que permitiría a VOX actuar de verdadera oposición al avance de los planes compartidos en el fondo por PP y PSOE. Claro que eso es, precisamente, lo que temen los señoritos.
b) Ante el grave peligro para la unidad nacional y la democracia, cada vez se ve más necesario que el rey cumpla con su principal deber, la defensa de ambas, haciendo uso de sus derechos constitucionales, como ha propuesto el historiador Jesús Palacios (un desacuerdo con Palacios: califica a la monarquía de “negocio de familia”. Nada más lejos de la realidad, se trata de una institución básica, que ahora puede desempeñar el papel que le atribuyen las leyes, como en 2017)
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Vargas Llosa y Cervantes
No se trata de comparar a ambos autores, tan distintos en casi todo, empezando por la época. Vargas Llosa es uno de los más talentosos escritores en español de los últimos sesenta años, muy gran admirador del Quijote. Lo que me ha llamado la atención son unos comentarios suyos sobre Cervantes (Una conversación con Vargas Llosa), respondiendo a la pregunta de cómo puede explicarse una obra tan única y sobresaliente como el Quijote. Ya vimos que el liberalismo de Vargas es un poco simple en relación con el franquismo, pero aquí queda reflejado de otra manera. Niega que a Pérez Galdós pueda valorársele como continuador de Cervantes, dada la diferencia de estatura literaria, cosa cierta, creo; y califica de “misterio” cómo pudo surgir una novela de la dimensión del Quijote lo cual también es verdad, estas cosas son inexplicables.
Y más misterio aún atendiendo a su autor, que Vargas define así, cometiendo algunos errores sin importancia, pues se trata de una improvisación: “hombre modesto” “con muchos problemas sobre todo económicos”, “se le acusa de un asesinato”, “es la vida de un hombre pobre, por eso se hace soldado”, “un soldado común, no un oficial” (Lepanto), “vida trágica” (Argel)”tenía todas las razones de ser un hombre resentido, un hombre acomplejado. Sin embargo en el Quijote aparece como un hombre generoso, abierto, que mira con humor las complejidades de la vida…”. Ya en otra ocasión oí a algunas personas explicar a Quevedo –menos generoso que Cervantes– por sus dificultades económicas. Lo que destaca aquí es la estrechez de miras de Vargas calificando con criterios de rentabilidad económica la vida heroica de Cervantes –como de tantos españoles de entonces– y sugiriendo el tópico de la miseria de la población. Hay un tipo de liberalismo que no puede juzgar más allá, tal como en el “materialismo histórico” se explicaba la literatura en plan lucha de clases. Dejémoslo ahí, de momento.
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González Cuevas: historia y burocracia
Como señalaba en la entrada anterior en relación con Ortega y Azaña, el señor Cuevas “olvida” datos fundamentales en beneficio de otros de menor enjundia: la visión siniestra de la historia de España compartida por ambos les llevó a denigrar al régimen liberal de la Restauración, a exigir (en vano, por suerte) la entrada de España en la PGM en calidad de carne de cañón para Francia e Inglaterra, luego a calumniar la fructífera dictadura de Primo de Rivera, y finalmente a impulsar al país a una república demente. Esta es en resumen la carrera política de los dos intelectuales-políticos, al margen de matices y del pronto desencanto de Ortega desde una posición fácil. Al pasar por alto estos datos esenciales, la exposición historiográfica de Cuevas al respecto, se reduce inevitablemente a palabrería burocrática.
Ampliaré un poco el asunto de Primo de Rivera: cuando él accede al poder mediante un golpe muy vitoreado en todas las clases sociales, la Restauración agonizaba víctima de cuatro cánceres: el pistolerismo anarquista, los separatismos al borde de la insurrección, la violenta demagogia socialista y las consecuencias de Annual. A estos auténticos cánceres se sumaba, desde luego, la influencia de tales intelectuales. De modo casi milagroso, Primo logró con muy escasa represión curar las cuatro enfermedades y dar al país su época de mayor prosperidad desde principios del siglo XIX, sin obstaculizar el período culturalmente más productivo del XX hasta entonces (y del que iba a apropiarse la propaganda republicana). E intentó una nueva fórmula democrática entre un gran partido de derecha, Unión Patriótica, y un PSOE que parecía haberse civilizado; en esto falló, pero su balance, de todo caso, es impresionantemente positivo. ¡Y fue la derecha, incluido el monarca, el que arruinó la experiencia, expulsó a Primo y luego trajo la república! Pues no fue la izquierda, como suele creerse. He mostrado en mi reciente libro La Segunda República española s cómo la trajo la derecha “progresista” –Alcalá-Zamora al frente– y finalmente la destruyó, en mayor medida que la izquierda. La calidad política, intelectual y también moral, de la derecha española queda de relieve en estos hechos.
Como digo, nada de esto tiene interés para Cuevas. Veamos otro caso, el asesinato de Carrero Blanco, que él despacha en esto términos: “La designación de Carrero Blanco como presidente del gobierno, en junio de 1973 suscitó entre los reformista pocas expectativas de cambio, ya que en alguna ocasión afirmó coincidir ideológicamente con Blas Piñar (…) El 20 de diciembre fue asesinado, mientras comenzaba el Proceso 1001 contra el sindicato clandestino Comisiones Obreras, por un comando de ETA, lo que fue celebrado por el conjunto de la oposición. El entierro (…) fue el momento propicio para una ruidosa, aunque no excesivamente nutrida, manifestación (…) demandado un golpe de Estado militar. Sin embargo, el Gobierno se mostró sereno y no cedió a las peticiones de los extremistas (…) La muerte de Carrero, supuso, como señaló Fernández de la Mora, “la proscripción de su política”.
Y eso es todo, sin el menor análisis. No obstante, desde la derecha y la izquierda, se ha dado al atentado máximo valor histórico, y en ambos casos como la supuesta ruptura del dique franquista, que abría el camino a la democracia. Democracia que los franquistas posteriores tendían a considerar nefasta, al revés que los demás, al menos de palabra. En dos palabras: la ETA, con su atentado, habría traído la democracia a España, o al menos le habría abierto el camino. Esta idea de fondo, inconfesada pero claramente implícita, explica que bien pronto, en la transición, se abriese paso la idea de “terminar con la ETA” ante todo negociando o “dialogando” (aceptando sus crímenes como un modo de hacer política), aparte de una acción policial que nunca parecía eficaz. Y es la causa de que, después de que la ETA fuera casi desmantelada en el segundo período de Aznar, el PSOE de Zapatero se apresurase a rescatarla como una potencia política. Después de todo, las afinidades ideológicas entre ETA y PSOE eran casi totales empezando por su socialismo y antifranquismo. La política zapateril fue pronto continuada por el PP.
¿Trajo o abrió paso la ETA a la democracia? Es una idea imposible. Ni la ETA ni el PCE han sido jamás demócratas, muy al contrario. Y el régimen, desde luego, no se desplomó. Aunque en descomposición interna, mantuvo bastante solidez para encajar el golpe e ir preparando, aun si a veces algo a tientas, la transición a la democracia. El régimen no se vino abajo ni mucho menos, se mantuvieron las previsiones y tres años después comenzó el paso a la democracia “de la ley a la ley”, desde el franquismo, no desde una oposición nunca democrática, para frustración de esta, que aún no ha logrado destruir la herencia principal de aquel régimen, aunque se haya acercado tanto en los últimos años. Y este es el verdadero significado histórico de aquel atentado: su incapacidad para provocar un desastre, lo que, en momentos de debilidad del régimen, parecía en principio factible.
Importa ver el problema en toda su extensión. Una debilidad de fondo del franquismo fue su autoproclamación como católico, no meramente confesional, sino político. Pero el catolicismo no es una política más o menos determinada, y es compatible con regímenes diversos. Fue en el Vaticano II, que tampoco analiza Cuevas, como veremos, donde el franquismo encontró su némesis: la Iglesia no solo se disoció de él, sino que procedió a provocarlo e incentivar a todos sus enemigos. Esta política –contra quienes habían salvado a la Iglesia del exterminio físico, debe recordarse siempre– pudo ocasionar un derrumbe de consecuencias imprevisibles, aprovechando, por ejemplo, el asesinato de Carrero. Afortunadamente, como decimos el entramado del régimen resistió bien. Y este es el significado histórico del atentado, en contraste con otros como el del 11-m, que abrió paso a la descomposición de la democracia que hoy sufrimos.
A partir del Vaticano II, al régimen no le quedaba otro futuro que una evolución democrática o un posible y catastrófico derrumbe. En la evolución democrática estaba, con mil vacilaciones, el mismo Carrero, a quien criticaba por entonces Blas Piñar. Vacilaciones comprensibles, ante el riesgo, temido también por muchos otros, de desembocar en una tercera república de orates, dadas las ideas históricas y políticas de la oposición. Sin embargo no fue así, y ello se debe a la solidez de la herencia franquista.
Trataré de explicar por qué el libro de Cuevas no es una verdadera historia de la derecha, sino, en todo caso, de las ideas, intrigas y diferencias entre sectores de la derecha, tratados como en una burbuja y con escaso sentido crítico.
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Torre de Babel y SGM / “¡A tal grado…!” / Losantos, según Cuevas
La torre de Babel y la SGM
En reunión de amigos, uno dice: “No me decidí a comprar tu libro sobre la II Guerra Mundial al ver en el índice un capítulo titulado “la torre de Babel” Me pareció demasiada fantasía para un tema histórico tan moderno”.
Pues no. La guerra está analizada desde distintos puntos de vista también como lucha entre potencias, como la mayoría. Pero esta, ante todo, fue una lucha entre ideologías. Y las tres tienen una raíz común: el culto a la razón y a la técnica apartando o negando culto religioso, más la promesa, implícita o explícita, de traer algo así como el cielo a la tierra. Por lo tanto, las tres no deberían luchar entre ellas sino, más bien y en todo caso, apoyarse y complementarse.
El mito de la torre de Babel viene a ser aquí como el de Prometeo o, con diferencias, el de Adán y Eva. Los hombres conciben el proyecto de elevar la tierra al cielo o de bajar el cielo a la tierra mediante la técnica, una gran torre hecha del mismo material que el propio hombre, es decir, de arcilla trabajada (probablemente el mito se inspira en los zigurat mesopotámicos). El resultado es, en el mito, que las lenguas se confunden, ya no pueden entenderse y fracasan dramáticamente. En la realidad histórica que tratamos, las ideologías (culto a la razón y a la técnica, insisto, y promesas “celestiales”, tan evidentes en la SGM) guerrean entre sí y no se entienden mutuamente. Eso llama la atención, cada una critica ferozmente a las otras, sin atender ni entender realmente lo que dicen.
Yo he procurado esquematizar cada ideología de acuerdo con lo que dicen de sí mismas, y con las críticas de unas a otras, lo cual me parece más ilustrativo que tomar partido por alguna. Claro que al esquematizar se dejan muchas cosas fuera, pero permite afinar la comprensión. Un modo de entenderlo es que las tres aspiran a sustituir la moral, basada en la libertad, por unos mecanismos sociopolíticos que la hagan innecesaria.
Las tres son hijas de Europa, de su evolución histórica, en último extremo y de modo un tanto paradójico o contradictorio, del propio cristianismo. Y la contienda entre las tres acaba con Europa. Vistos en un plano más amplio, la lucha no paró ahí. Dos de ellas, liberal y comunista, se aliaron para aplastar a la tercera, y a continuación iniciaron otra guerra (“fría”) entre ellas, que terminó con el desplome de la comunista. Quedaba, pues, el camino histórico abierto para la única alternativa posible, la liberal, que podría identificarse con el bien.
Ante el derrumbe de la URSS, el politólogo useño Fukuyama escribió un ensayo penetrante sobre la situación que resultaría de ese “fin de la historia”. Lo importante es que el triunfo del “bien”, aparentemente definitivo, resultaba una pesadilla, tema que desarrolla en una obra posterior. En el mito de Prometeo, este (el hombre) se ve encadenado a la “roca”, a la trivialidad y bajeza de la vida, es decir, a su propia elección).
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“¡A tal grado…!
Llamar a alguien estúpido es peligroso, porque todos estamos mucho más limitados de lo que desearíamos, y las estupideces son a menudo el modo de aprender. Pero hay casos. Hace poco, en una aldea gallega, oí a una chica decir a algún compañero que habría metido la pata mientras descargaba una furgoneta: “Xa sabía que moi listo non eras, ¡pero a tal grado…!” Me hizo mucha gracia por la expresividad, el tono burlón y al mismo tiempo riente y amistoso.
Me acordé del leve episodio mientras, aprovechando un resfriado que resultó covid, escuché en el móvil algunas entrevistas a Vargas Llosa. El escritor vino muy joven a Madrid con una beca, en 1958, y permaneció casi dos años. El entrevistador, progre, le sirve la bola en bandeja: “aquel Madrid del franquismo”. Y Vargas remata: “era un ciudad pequeñita y muy provinciana, muy cerrada, ensimismada, incomunicada del resto del mundo”, prácticamente sin vida cultural, aunque tuviera su “encanto”. Esta opinión solo puede calificarse de estupidez: Madrid contaba entonces con algo más de dos millones de habitantes, duplicando de sobra los de la república, y crecía con rapidez. Solo París y Londres eran mas grandes en Europa occidental, y en América “Latina” solo la superaban significativamente Buenos Aires y Río de Janeiro, también algo menos la capital mejicana. Por supuesto, tenía barrios marginales y degradados, como todas las grandes ciudades europeas, no digamos las “latinas”, pero en conjunto estaba bien ordenada y en expansión urbanística.
Yo recuerdo la gran impresión que me produjo Madrid cuando la visité, en 1961, con trece años: las grandes avenidas, el denso tráfico, los anuncios luminosos, la vida nocturna (quizá la más animada de Europa), los museos (visité el del Prado, el de Ciencias Naturales y el de América, y había más, desde luego), los parques… Siendo Vargas aficionado al cine podría recordar que la Gran Vía estaba llena de grandes cines en que se estrenaban obras internacionales, y también un cine español que, sin ser extraordinariamente brillante tampoco era el bodrio que nos vienen contando; o que en Madrid rodaba por entonces Orson Welles o que se había trasladado a vivir allí Ava Garner… Había más prensa que en la actualidad, y algunos diarios, como ABC, Arriba o Informaciones, tenían un nivel intelectual desde luego más alto que el insufrible ruido de los medios actuales. Había una vida teatral, de tertulias y discusión de ideas comparativamente intensa o una televisión un tanto pobre comparada con la actual, pero muy superior a esta desde otros puntos de vista.
Al parecer, Vargas no se enteró de nada de eso, como ocurre con muchos intelectuales obcecados con teorías. Y se explica: por entonces Vargas era comunista y un rendido admirador, como casi toda la intelectualidad “latina”, de la revolución castrista, que había triunfado aquel mismo año, y frente a la cual palidecía o perdía valor, naturalmente, casi cualquier otra cosa. Pero lo significativo es que esa descripción de Madrid la hace actualmente, cuando el liberalismo ha ocupado toda su ideología y sigue siendo de rigor negar la evidencia histórica.
La realidad es que Madrid era un centro cultural inquieto e interesante, que trataba de ser independiente u original y abierto al mundo. El aislamiento trataban más bien de imponerlo unas democracias europeas salvadas del nazismo y protegidas del expansionismo soviético por el ejército useño; situación poco envidiable y harto decadente que no afectaba a España, a no ser de modo muy indirecto. En los años 40 y 50 hubo en España un intento de desplegar una cultura nueva, de raíces propias en el “siglo de oro”. Hoy se considera el intento un fracaso, y seguramente lo fue, pero no superado por nada parecido a una poderosa eclosión de otro tipo, sino más bien empeorado por una progresiva satelización y colonización cultural. Sin embargo, estudiar aquella época con seriedad y sin sectarismos baratos sería una tareas incitante para renovar una vida cultural española más bien deprimente.
En otra interesante conferencia, Vargas Llosa se pregunta, sin ver la salida, cómo los latinoamericanos votan libremente tan mal, a gobiernos siniestros, contrarios a las libertades. Es un tema digno de meditación.
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Losantos, según Cuevas.
Para empezar con el libro de González Cuevas, abordaré brevemente sus opiniones sobre Jiménez Losantos, cuya influencia sobre parte de la derecha califica en una entrevista de “nefasta” ahora y en el pasado. Esa descalificación no respondería, pues, o no solo, a las llamativas posturas de Jiménez Losantos sobre VOX y el PP en los últimos tiempos, sino a una posición sostenida desde el principio de su influencia. En el libro no califica tan drásticamente la labor de este, pero hay una orientación: el periodista sale a colación promoviendo a Azaña como figura inspiradora de un nacionalismo español liberal, ajeno al franquismo, que oponer al auge y radicalización separatistas. Azaña daría “la fórmula política del nuevo nacionalismo español”. Como se recordará, esta postura se hizo muy influyente en el PP, empezando por Aznar mismo, y posiblemente inspiró la condena del 18 de julio en 2002.
No tengo nada que oponer a la evidente aversión de Cuevas a Azaña, aunque habrá que hablar más de eso. Si bien podría, debería, recordarse que, a raíz de mi Los orígenes de la Guerra civil, el propio Losantos dijo que tiraría a la basura su libro sobre Azaña. En todo caso, señala Cuevas, “el proyecto político-cultural de Losantos es muy limitado”, sin explicar mayormente por qué o en qué.
Aparte de eso, Cuevas señala las masivas manifestaciones contra la política proetarra de Zapatero, que atribuye a la AVT sin apenas aludir al hecho de que fueron posibles –cuando todos daban por imposibles tales movilizaciones para la derecha– gracias al altavoz que la AVT tuvo en la COPE, y muy especialmente en Losantos. Cuevas señala que el PP no tuvo la menor iniciativa en las protestas, sino que se sumó a ellas, pero olvida que, precisamente lo hizo para desviar el objetivo y conducirlas a la nada. “Hay que derrotar a la ETA”, clamaba Rajoy para disimular que el enemigo era el gobierno que colaboraba con una ETA ya casi desmantelada, pero que al PSOE le interesaba resucitar como fuerza política (afín, en definitiva). Más adelante hemos sabido que bajo cuerda y con presión del rey, el PP se sumó a aquella maniobra clandestina con los asesinos, cuyas actas no se han publicado pese a todas las peticiones y presiones. Aquellos sucesos, que Cuevas simplemente menciona sin analizarlos ni superficialmente, fueron la mayor desgracia de la época, pues permitieron al PSOE culminar impunemente sus delitos.
Pero lo más relevante a efectos de la política cultural que implícitamente propone Cuevas, es la cuestión de Azaña, oponible a la de Ortega, y que conviene explicar.
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