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El caso del juez / VOX-PP: La legitimidad / Almodóvar no se siente libre
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Albiac (y 5) Generación del 68 / “Dar guerra”
Albiac (y 5) Generación del 68
Hay algo que define o califica en conjunto a En tierra de nadie: a Albiac le encantan el marxismo y el rock, dos cosas perfectamente incompatibles; y le encanta recibir un premio monárquico, a su vez incompatible con ambas. ¿Cómo lo consigue? Con palabrería. Y eso es lo que vuelve fascinantes sus memorias: hace balance y encuentra, sin pensarlo (unas memorias siempre dicen más de lo que cree el autor), que su vida es palabrería. Tiene algo de trágico, sobre todo si se le considera representante destacado de la generación del 68, y en España lo es. El libro fue presentado muy amistosamente por Fernando Savater, de la misma generación, que también es la mía, y por Joaquín Leguina, algo anterior en el tiempo.
¿En qué consiste la palabrería de Albiac? En envolver con una continua retórica, mayormente moralista, de condenas y alabanzas los pocos y no muy seguros datos que ofrece, en un baile de fechas que aumenta la imprecisión. Si unas memorias buscan congraciarse con el lector, justificarse ante él, estas parecen enfocadas más bien a impresionarle y desconcertarle. Tras echar pestes de Carrillo y demás dirigentes del PCE y mencionar la infiltración policial, declara: Siempre añoraré mis años de clandestinidad. Pero ¿cuáles fueron esos años y qué hizo en ellos? Eso queda en una bruma en la que se mueven algunos bultos difusos. Aparentemente, en la clandestinidad apenas hizo otra cosa que leer sin cesar y repartir algunos panfletos, pero es evidente que lo pasó muy bien y dio con las personas más generosas y abnegadas de su vida. He conocido a muchos de entonces que, aunque de vuelta de aquellos tópicos, mantienen un inconmovible antifranquismo, y se comprende: fueron sus años más o menos épicos e idealistas que darían a sus vidas cierto brillo frente a la gris mediocridad posterior o, en otros casos, a las habituales sordideces de la política.
Se ha hablado mucho de la “hiperlegitimidad moral” del PSOE, que no deja de tener una base: los ciento y pico años de honradez que dice arrastrar a sus espaldas. De Albiac también sorprende la autoridad ética con que reparte condenas y alabanzas radicales sin molestarse nunca en analizar críticamente sus objetos: basta con su palabra. Aunque esta no surja de una honradez de partido, por imaginaria que sea, pues es el primero en denunciar al comunismo de su añorada clandestinidad.
La tragedia aludida tiene una cara muy cómica, destacada por Jiménez Losantos y Andrés Amorós, también de la misma generación. Dice Albiac que el premio Mariano de Cavia Me permitió hacer balance de mi vida (…) Concluí que todo estaba bien. ¿Todo bien? Acababa de explicar: Llego al tramo final de mi vida con la constancia de haberme equivocado en todo. Lo importante. De haber sido cómplice voluntarioso del proyecto más mortífero del siglo XX. Lo cual quiere decir el más mortífero de la historia humana. Después de este “tremendo apocalipsis”, dice Amorós, “el happy end del premio”. La gigantesca culpa queda borrada, era solo una exageración, una pose, y no podía ser otra cosa: no fue ningún Stalin ni siquiera un Carrillo, ni ningún chekista, y es preciso guardar las proporciones..
Cabrían muchos más comentarios, pues el libro es muy rico en sugerencias. Solo una sobre el tema generacional. En el 68 francés, cuando murió Franco o cuando cayó el muro de Berlín “todo pareció posible” para terminar enseguida en derrota, diagnostica Albiac. ¿Qué era ese “todo”? En el fondo es muy simple: la libertad sin consecuencias, por tanto sin responsabilidad y sin culpa. La vuelta a la inocencia animal del Paraíso. Algo que la evolución, si queremos llamarla así, ha hecho imposible. Sería necesario para ello destruir lo propiamente humano, tarea en que las ideologías llevan dos siglos empeñadas.
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“Dar guerra”
En algo coincido con Albiac, en el desprecio a la universidad. Veo un titular interpretando unas declaraciones mías: “Lo único que pide Moa es un debate”. Eso sería pedir peras al olmo, y yo no lo hago, solo denuncio la ausencia de debate por imposibilidad en una universidad intelectualmente mediocre y moralmente indigna, donde hacen su agosto los “profesionales de la mentira”, como los llamaba Julián Marías. Hace unos meses Stanley Payne escribía: Moa (…) se ha convertido en un movimiento casi unipersonal que se enfrenta a la clase dirigente de la izquierda nacional, al ofrecer relatos e interpretaciones independientes de los principales problemas históricos. Su esfuerzo ha implicado casi inevitablemente un enfoque cada vez más polémico, una empresa solitaria que requiere una impresionante resistencia personal y valor moral. No solo me enfrento a la izquierda, sino también a casi toda la derecha, como puede ver quien lea el libro Galería de charlatanes. Pero, bueno, la incapacidad de toda esa gente para debatir seriamente me da suficiente resistencia, es decir, refuerza mi confianza en tener razón, aunque no pueda llegar más que a una minoría, no muy activa tampoco. En los primeros años me sublevaba tal panorama universitario y político, pero las cosas son como son, o están como están. Hay que aceptarlo, y de todas formas han fracasado, al menos parcialmente, en su intento de condenarme a muerte civil. Mientras pueda seguir publicando y me quede salud, continuaré “dando guerra”. Con la mayor tranquilidad posible.
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Tres occidentes / Albiac, paradojas
Los tres occidentes
En lo que suele denominarse Occidente encontramos a grandes rasgos tres ámbitos culturales: el anglosajón (Anglonia), el centroeuropeo y el hispánico. El primero es también el hegemónico, desde la II Guerra Mundial y gracias a la superpotencia useña. El centroeuropeo es esencialmente el francoalemán, a pesar de las guerras entre las dos potencias, más los países del entorno, exceptuando a España. Y el ámbito hispánico tiene una entidad particular, aun si hoy un tanto desvaída. De los tres ámbitos el más homogéneo es el anglosajón, y también el mayor potencia política, militar y cultural. El centroeuropeo es muy complicado lingüística y étnicamente, con grandes divergencias y resentimientos, origen también de las últimas dos guerras mundiales, a pesar de lo cual se puede discernir en él unos rasgos culturales-ideológicos comunes que hacen del eje francoalemán el núcleo del proyecto de unión europea. El hispano, más homogéneo idiomática y culturalmente, merecería análisis particulares. En cuanto a Rusia, mantiene una posición especial un tanto indecisa. Aunque no ha pasado por los grandes movimientos formadores de Europa, desde el benedictino hasta el humanista y neoclásico, entra desde la Ilustración en la gran corriente, con sus propias características. La parte llamada erróneamente asiática (más bien turcomongola) tiene un peso cultural muy escaso. Y la expansión por Siberia, con sus consecuencias geopolíticas, da a Rusia una peculiaridad muy acentuada. No suele incluírsela en el concepto de Occidente, sobre todo después de que la guerra fría quisiera plantearse como lucha entre Occidente y la Unión Soviética. Cuya ideología marxista era, precisamente, europea.
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Albiac: Paradojas
Albiac escribe sus memorias al pasar de los setenta, cuando se ve viejo y siente la tentación de explicar su vida a los demás, y posiblemente a sí mismo, tarea esta bastante más ardua. Todas las memorias se escriben para los demás, como es lógico, y en ellas “los demás” adquieren el papel de un dios subalterno: cada uno trata de salvarse ante la opinión ajena del presente y del porvenir. También, a menudo, de dejar constancia del mundo en que ha vivido, o más propiamente de cómo ha percibido ese mundo. En todo caso, siempre supone una justificación, implícita o explícita, ante los demás, a los cuales puede expresar simultáneamente desprecio, al menos a muchos de ellos. El problema es moral: un condenado por robo o asesinato puede tratar de demostrar, convincentemente o no, que su condena ha sido falsa, aunque haya tenido que sufrirla de todos modos, una experiencia bastante trágica en el sentido aristotélico.
Así pues, quien escribe unas memorias hace juez de la propia vida a “los demás”, un concepto este muy difuso e inquietante, pues incluye las opiniones más diversas o encontradas. En cierto modo se busca en ese “los demás” comprensión o afecto, cosa que no puede hacerse a Dios, a quien no se podría ocultar ni tergiversar nada. Y nadie, a no ser un loco, podría hacerse juez de sí mismo, justificarse ante sí mismo, pues consciente o inconscientemente todos percibimos la precariedad de nuestra autonomía, consciencia y conciencia. Solemos juzgar a los demás, pero la mera idea de juzgarnos a nosotros mismos suena algo extraño y absurdo, por alguna razón: tendemos a justificarnos, siempre ante “otro u Otro”, buscando congraciarnos con él.
Albiac no trata de congraciarse con el franquismo, al que odia sin remedio, de modo que muy pronto huye de él para refugiarse en París, donde encuentra “la mayor densidad filosófica del siglo XX” (Althusser, Foucault, Barthes…), una interesante opinión muy discutible. Ahora bien, la realidad francesa, ampliable al resto de Europa occidental, no le complace finalmente más que el franquismo, pues los desgraciados sucesos en torno a su venerado maestro Althusser le inspiran esta reflexión: “En un mundo tan intolerablemente atroz como este que nos tocó vivir, la lucidez se paga a un precio muy caro” “Una realidad atroz”, insiste, también con otras palabras, en distintas páginas del libro.
Se diría una condena generalizada, pero no del todo: en Nueva York encontrará una especie de paraíso, loado hasta el empalago. Algo menos en San Francisco, donde asistió a la conmemoración del 50 aniversario del “Verano del amor” (“Summer of love, 1967″), cuando “Jim Morrison llamaba a tirar el mundo por la borda del barco de los locos, a matar al padre, a follar a la madre”. “Amo a Janis Joplin, a Jim Morrison, a tantos otros que enlosetaron con jirones de sus vidas la poética más desgarrada (la única viva en todo caso) de la segunda mitad del siglo XX”. Albiac adora el rock y las drogas, excepto la heroína, que habría matado a muchos de los mejores, no por voluntad de esa droga…
Desde luego Althusser y los teóricos marxistas en general son poco compatibles con todo aquello, pero las sorpresas no acaban ahí: “2019. Recibir el Premio Mariano de Cavia colmó todos mis sueños literarios y me permitió hacer balance de mi vida. Por una noche, junto a mis hijas y amigos, concluí que todo estaba bien. ¡Carpe diem!”. Lo escribe en pie de una foto, vestido de esmoquin delante de Felipe VI y su esposa. Un premio monárquico que durante gran parte de su existencia fue franquista, presidido por unos reyes que, en definitiva, lo deben todo a Franco… No cabe duda de que Albiac es persona notablemente paradójica. Claro que el ser humano siempre es íntimamente contradictorio…
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VOX-PP (III) La democracia / Antifranquismo de Albiac
VOX-PP (III). El problema de la democracia
Hemos asistido en España a un largo proceso de corrosión de la democracia, en particular desde el acceso del PSOE al poder en 1982: socavamiento de la autonomía judicial, corrupción económica, autonomías opresivas para gran parte de la población, y finalmente imposición “democrática” de leyes evidentemente antidemocráticas como las de memoria, las de género, de odio, etc. En ese proceso han colaborado asimismo el PP y los separatismos, hasta invalidar en la práctica la Constitución. Y solo VOX lo denuncia y se le opone.
El problema de la democracia empieza por su definición. La palabra es un perfecto oxímoron, pues el poder nunca lo ejerce el pueblo, sino que se ejerce forzosamente sobre él y lo ejerce siempre una minoría (oligarquía). Tal como hoy se la entiende, es un sistema de gobierno que incluye libertades políticas (que no deben confundirse con “la libertad”, en general), autonomía de poderes, especialmente el judicial, y sufragio universal para decidir qué oligarquía o partido gobernará por un tiempo. Debido al efecto mágico del oxímoron, tiende también a considerarse la democracia como único sistema legítimo, desechando por ilegítimos todos los anteriores en la historia (es decir, toda la historia), u otros que en la actualidad hayan resultado, no obstante, fructíferos.
La democracia resulta de un larguísimo pensamiento que en Occidente puede remontarse a Isidoro de Sevilla, para impedir la tiranía o uso incontrolado del poder en beneficio de la oligarquía gobernante. Como demuestra la historia, la tendencia tiránica o despótica es connatural a toda oligarquía, aun si al principio no fuera así, y la democracia es el sistema hasta hoy más desarrollado para impedirla en lo posible –nunca lo será por completo–. Las ventajas de la democracia en este sentido son al menos tres: somete el ejercicio del poder a cierta vigilancia, permite corregir derivas dañinas mediante nuevas elecciones y cambio de oligarquía, y evita que la lucha por el poder se haga violenta.
Pero sus riesgos también son muy serios: facilita la manipulación de las masas de votantes mediante un concurso de demagogias entre partidos que pueden volver el sistema ruinoso para la sociedad. Y puede conducir a un nuevo tipo de tiranía, implícito en las muy influyentes lucubraciones de Rousseau y que ya previó y describió magistralmente Tocqueville: un despotismo nuevo en la historia humana que “llegaría a privar a las personas de los principales atributos humanos”. Esta doble y peligrosa tendencia se presenta hoy con creciente peligro ante nuestros ojos, en España y en todo Occidente.
Antes de examinar en concreto las derivas actuales hacia el despotismo democrático, conviene abordar el problema en nuestra historia reciente con una doble pregunta: ¿De dónde ha venido la democracia actual?; y ¿Era ilegítimo el régimen franquista? De las respuestas va a depender el porvenir de la democracia en España. Es decir, de nuestra libertad.
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El antifranquismo de Albiac
En realidad Albiac no odiaba al franquismo solo por motivos familiares. Cita también los “personales, los más difíciles de borrar, la mugre de nuestras infancias y adolescencias, fueran cuales hubieran sido nuestros orígenes sociales”. Parece que sufrió unas infancia y adolescencia mugrientas, eso ha pasado y pasará siempre a muchos; pero extender esa mugre a todos los infantes y adolescentes de aquella época suena un tanto exagerado; y algo arbitrario atribuirlo al franquismo, pues pues antes y después del franquismo y en cualquier régimen político se dan y se darán las existencias digamos mugrientas a todas las edades y a lo largo de toda la historia. Cosa que, como veremos admitirá también Albiac, contradiciéndose con lo que su odio al franquismo podría ampliarse desmesuradamente. Y surge aquí un problema muy de fondo, muy personal, e insoluble: él dice que debe su ser a la atribuida incompetencia del franquismo, que perdonó la vida a su padre. ¿Podría tener entonces agradecimiento a aquel régimen, por incompetente? Y por lo demás, ¿le ha merecido la pena esa existencia, más allá de la mugre infantoadolescente? Según sus propios criterios, como veremos, no parece haber valido la pena.
Conste que no pretendo burlarme de Albiac, es que las cuestiones que aborda, consciente o inconscientemente, me parecen del mayor interés. Por eso me he leído su libro, cosa que en principio no tenía intención de hacer. Sus contradicciones y arbitrariedades son en definitiva las de una persona quizá poco sensata, pero sí sensible e inteligente.
Otra cuestión moral suscitada por sus criterios, es su última y definitiva acusación a aquel régimen: haber ejecutado cinco sentencias de muerte, con Franco al borde de la tumba. Cinco jóvenes, con quienes Albiac siente profunda y dolida solidaridad porque entonces también era él joven. No menciona en ningún momento el motivo de la ejecución, al parecer los habían matado simplemente por ser jóvenes, unos inocentes asesinados por el régimen culpable. Pero aquellos jóvenes habían perpetrado a su vez bastantes muertes. ¿Se extendía la solidaridad de Albiac a ese “pequeño detalle”? Sin duda, su silencio lo demuestra. Y algo más, los jóvenes habían matado por unas ideas que, Albiac lo admitirá más tarde, eran las de los mayores genocidios del siglo XX, de las que el mismo filósofo se confesará cómplice pesaroso.
En una entrevista, Dragó me comentó: “Pero tú también te jugabas la vida”. Ese podría ser el contrapeso moral y político de la práctica del terrorismo, su lado trágico (arriesgarla por una ilusión en definitiva criminal) y hasta cierto punto épico. Pero esa sentimentalería de “eran jóvenes”, “el general murió matando” un régimen inicuo les privó de vida y futuro,, etc., esa ocultación de los hechos y de los propósitos, destruye, precisamente ese contrapeso moral, destruye la tragedia y la épica, hunde moralmente el hecho a la máxima sordidez y nadería de una puerilidad impostada.
El problema implícito en Albiac es más profundo: tal como pintaba y ha vuelto a pintar al franquismo su oposición, se trataba de una tiranía feroz, asesina no solo de una floreciente república democrática, sino de decenas o cientos de miles de inocentes jóvenes y no jóvenes por puro vicio después de ganar la guerra, y asesina hasta su mismo final. Un régimen justamente apestado por todos los gobiernos decentes del mundo (comunistas y democráticos); un régimen que explotaba brutalmente a los trabajadores y oprimía s todos los demás, que solo creaba miseria y corrupción. Un régimen cuya única virtud, por así llamarla era una incompetencia que permitía algunas pequeñas escapatorias como la legal del propio Albiac para instalarse en París. Vamos a ver, ¿no estaba entonces justificado, no era realmente obligado, ofrecer a tal ignominioso despotismo una resistencia algo mayor que tirar papelitos aquí y allá? ¿No era obligado ofrecerle resistencia armada hasta derribarlo de la misma forma que él habría derribado a la república? ¿No valía la pena arriesgar incluso la vida para escapar a una existencia de mugre y servidumbre? Este es uno de los problemas político-morales de una oposición que, salvo quienes practicamos el terrorismo, nunca pasó de vocinglera, enferma de verborrea, ansiosa de pornografía y muy preocupada, la parte no comunista de ella, en prosperar incluso en el aparato estatal de aquella dictadura fascista digna de toda execración.
Albiac plantea la cuestiónde un modo quizá demasiado conveniente, como representante, dice él, de “la mejor generación, sin arrogancia ni retórica(…) La única que, en el sangriento siglo XX hispano, se limitó a perder su vida sin llegar a cobrarse la de otros”. Perder su vida, aquí, no tiene sentido literal, quiere decir simplemente que los únicos beneficiarios de sus “sacrificios” (¿y luchas?) iban a ser “las peores gentes”, es decir, los Carrillos, Felipes González y similares, casi tan denostados como Franco. Y no le parece mal a Albiac su derrota, su “pérdida de la vida”, porque, concluye con peculiar filosofía, “toda victoria envilece, todo vencedor es un asesino. O un verdugo. De sí mismo ante todo, pero no solo. Nada más que en soledad y en derrota vive el héroe: y fue la mía una generación que se quiso heroica, literariamente heroica. Nada más que la derrota y el silencio habrán valido la pena”. Bueno, siempre tan exagerado… En todo caso sus memorias no pueden incluirse en el silencio.
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Incoherencia de Albiac / Loquinarios y botarates / ¿Qué es Occidente?
Albiac, o la incoherencia
En una columna que le rechazó Pedro J decía Albiac: “No argumento a favor de la guerra. Ni en contra. Sé, desde la lectura de los clásicos, que el oficio del filósofo consiste en no alegrarse ni entristecerse, ni regocijarse ni enojarse; solo entender. A ello me atengo” (p. 361).
No obstante, uno podría dudar de tal ataraxia cuando la invoca a continuación de una intensa apelación a una guerra contra la yijad o más ampliamente, contra el empuje islámico y que viene a decir: “o los matamos o nos matan”. Argumento radical, acertado o no. Y no es una excepción: las afirmaciones, condenas y elogios que prodiga en el libro sorprenden por un carácter casi siempre exagerado, arbitrario e incoherente, que al final deja impresión de cierto infantilismo. Expondré varios ejemplos. El franquismo es para él un mal absoluto, modelo de opresión sin salida ni excusa…, ni necesidad de demostración. Para el propio Franco recuerda la maldición de Neruda: Que la sangre caiga sobre ti como la lluvia / y que un agonizante río de ojos cortados / te resbale y recorra mirándote sin término (342). Exalta sin freno a Neruda, sin dignarse recordar su conocida oda a Stalin, el mayor genocida del siglo XX, viene a decir él mismo en algún momento.
Albiac no ofrece el menor argumento para su condena al franquismo, pero sí un dato: el destino de su padre, condenado a muerte al final de la guerra civil: No creo que le sorprendiese. Ningún militar fiel a la República podía esperar otra cosa que el paredón. ¿De veras? Nos gustaría saber cuántos militares “fieles a la república” fueron ejecutados. No tengo ahora las cifras, pero lo fueron pocos y nunca por ser fieles a la república. Pues los militares del Frente Popular defendían a unos partidos que, justamente, habían destruido la república en dos golpes sucesivos: el de octubre de 1934 y el de febrero-abril de 1936; y los principales de aquellos partidos se proponían, unos sovietizar el país, y otros disgregarlo en pequeños estados. Creo que un filósofo no debería obviar estos datos, aunque debe perdonársele en parte: la roma historiografía de derecha sigue llamando republicanos a los del FP. Por increíble que suene, tantos años e investigaciones después.
Pero resulta que el padre de Albiac no fue ejecutado. Su sentencia –como la de tantos otros– fue conmutada por prisión perpetua (30 años). Y también como tantos otros, estaba libre a los cinco años, y pudo casarse. Después, dice Albiac, vivió de diversos trabajos, pasando estrecheces, como ocurría a tantos otros compatriotas, hubieran estado en un bando u otro; y como, por lo demás, ocurría en los demás países de Europa, pese a las ventajas que tuvieron para reconstruirse. Es normal que aquellas estrecheces le dejaran cierto resentimiento, pero una persona ecuánime no puede juzgar a un régimen o un país por su mera experiencia personal. Basta consultar, decía yo antes, memorias como las de Vizcaíno Casas para atisbar una vida muy diferente. Albiac aduce que su padre se salvó por un error en la sentencia, de lo que decide apoyar una definición muy socorrida: “El franquismo fue una dictadura atemperada por la incompetencia”. Hombre, haber durado 40 años contra enemigos internos y externos tan supuestamente competentes no deja de ser un desafío a tal definición filosófica.
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La fuerza de los loquinarios y botarates
En 1931 una caterva de loquinarios y botarates (Azaña) de advenedizos sin ningún mérito (Lerroux), de estúpidos y canallas (Marañón), derrocó con la mayor facilidad a la monarquía. La causa evidente de su éxito radica en que los monárquicos no eran mejores , pero más al fondo se hallaba esta: la monarquía no se sentía legítima ella misma. Y no solo por su incapacidad intelectual para replicar con éxito a las críticas, sino, más aún, por haber traicionado a quien la había salvado en 1923 –con aplauso casi general– cuando ya se hallaba al borde del abismo.
Los herederos de aquella caterva han emprendido un camino más sinuoso: si deslegitimamos al franquismo deslegitimaremos también a la monarquía. Para ello han tenido que recurrir a una ley totalitaria, que ha sido aceptada por los llamados monárquicos, empezando por el PP, huero también de lo que Ortega llamaba pouvoir spirituel. Juan Carlos firmó una ley que le deslegitimaba, y su hijo otra peor. Como en 1929-31, los monárquicos traicionaron a quien lo debían todo. Y fueron cómplices, con su pasividad, del ultraje más feroz no solo a la tumba de aquel hombre, sino a la historia y a la democracia. Es evidente que, como en 1931, la monarquía actual duda de su legitimidad. Y acepta los más canallescos envites contra la democracia, haciéndose cómplice de ellos. El problema no es para ella, es para España.
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¿Qué es Occidente?
Un discurso que trabaja con conceptos falsos es inevitablemente falso, cosa que ocurre casi sistemáticamente en política. Hoy en el mundo se están conformando bloques opuestos, que se intentan presentar como “Occidente contra Asia o bloque euroasiático” o bien como “democracias contra autocracias”, en suma, como un Occidente democrático enfrentado a una Asia autocrática. La dinámica de tales falseamientos conduce directamente a la guerra, que ya ha estallado por Ucrania y amenaza hacerlo por Formosa.
Pero, ¿qué es Occidente? ¿Qué es Asia? El primero se presenta como un conjunto de países básicamente la UE y potencias anglosajonas capitaneados por Usa. Y homogeneizadas por la democracia, la cual tratarían de expandir por el mundo entero, y homogeneizándose a su vez progresivamente en lengua inglesa y cultura anglosajona. Caída la URSS, ese parecía el destino general de la humanidad, dado que, además, el poder militar de Usa superaba al de los demás países del mundo juntos, y unido al del resto de Occidente se volvía absolutamente irresistible ante cualquier disidencia… O eso parecía. De ahí una serie de guerras en nombre de la democracia, aunque Occidente no ha vacilado en apoyar muy diversas tiranías. Guerras que han causado innumerables víctimas, sufrimientos y destrucción de países enteros, sin que de ninguna de las cuales haya emergido victorioso el llamado Occidente. A pesar de su superioridad material y técnica, nunca antes lograda por potencia alguna en la historia. Ello relativiza mucho sus pretensiones democráticas, convirtiendo la democracia en una especie de palabra mágica que justificaría cualquier agresión y destrucción social.
La última y más peligrosa agresión se ha centrado en Rusia, con Ucrania como país agente. El problema es que aquí no puede invocarse el falso pretexto de armas de destrucción masiva como en Irak, porque esas armas existen realmente por los dos lados y tienen capacidad de aniquilar la civilización en todo el planeta. Esto hace el conflicto en Ucrania tremendamente peligroso para toda la humanidad. Y no debe olvidarse que, como en los anteriores, han sido los países occidentales, Usa e Inglaterra en primer lugar, quienes lo ha emprendido, y siempre en nombre de la democracia.
Dentro de Occidente no es la misma la posición de Usa (secundada por Inglaterra especialmente) que la de la UE, esta en inevitable posición subalterna, en gran parte satelizada y poco satisfecha, debido al desenlace de la II Guerra Mundial. Pero ¿qué decir de otro enorme conjunto, el hispánico? ¿Es parte de Occidente o no? Para Usa y sus aliados no es parte, o solo de manera muy secundaria y un tanto despreciable. Es un conjunto de países con gran fuerza demográfica, pero insignificantes política y militarmente, y con escasa energía cultural propia. Sin embargo comparte los rasgos principales, históricos, culturales y en gran parte políticos, con los que quiere distinguirse Occidente. La cuestión que se nos plantea es: ¿puede ese conjunto hoy por hoy amorfo y desarticulado llegar a representar un papel significativo e independiente en el mundo? ¿Cómo podría llegar a hacerlo, suponiendo que fuera posible?
En cuanto al Asia, carece por completo de unas bases culturales e históricas de homogeneidad comparable a Occidente, a pesar de su extraordinario poder económico y demográfico y también creciente militar. China, India o el Asia islámica son mucho más diferentes entre sí que Usa de Alemania, Francia o Argentina. Y Rusia, aunque se proclame euroasiática es mucho más europea que asiática. El bloque euroasiático solo podría funcionar, está haciéndolo ya, con cierta unidad frente a un Occidente que ya ha demostrado ser muy peligroso, pero es por fuerza una unidad poco profunda.
En cuanto a España, no voy a insistir en la peculiaridad de su posición e intereses con respecto, especialmente, al mundo anglosajón dominante en Occidente. El discurso político nacional y global de España debe ser propio y neutral, so pena de desaparecer incluso como nación. Y ello tiene importancia inmensa ante unos conflictos mundiales que se van delineando como un apocalipsis.
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