Alcance histórico del 18 de julio

¿Había notado ud que los ataques al franquismo vienen de los políticos e intelectuales más corruptos y falsarios? :pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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   Esta semana se ha cumplido el 81 aniversario del alzamiento del 18 de julio de 1936, y es importante, ante todo, entender por qué se produjo y contra qué. Eso debiera estar claro hoy para todo el mundo, pero ocurre lo contrario. Desde hace más de 40 años, ya en pleno franquismo, cundió la versión de que se trató de un golpe militar contra un gobierno normal y democrático salido de una elecciones igualmente normales y democráticas. Esa era la tesis difundida por la escuela comunista de Tuñón de Lara y acogida por otras fuerzas políticas hasta volverse dominante, también en la derecha, hasta principios de este siglo. Con algunas voces discrepantes como la de Ricardo de la Cierva, que, como se jactaba una profesora de tres al cuarto, había sido erradicado de la universidad.

   Creo poder decir sin jactancia que en este panorama mis estudios sobre los mirtos de la república, la guerra y sus orígenes, contribuyeron a cambiar ese panorama de modo radical. Cuando digo esto me refiero al aspecto intelectual: ni una sola de mis tesis o de mis datos han sido rebatidos convincentemente. En realidad, la respuesta ha sido, no un debate racional, sino sartas de insultos y descalificaciones personales, seguidas de una espesa campaña de silenciamiento en los medios de masas, muy especialmente en los de derecha como ABC, La Razón, La  Vanguardia, la radio y televisión “de los curas”, etc. Es lógico, nunca han sido demócratas y quieren pasar por tales a fuerza de hacerse los antifranquistas, siguiendo a una izquierda que siempre tendió al totalitarismo y la corrupción.

    De modo que cuando digo que en el aspecto intelectual hemos vencido a la superchería de estos años, debo añadir que no ocurre igual  en la opinión pública, manipulada y moldeada por los medios, partidos e historiadores pro Frente Popular. Hoy por hoy, una gran masa de españoles cree a ciegas las historietas que le cuentan unos auténticos estafadores políticos, a cuyos modelos republicanos definiera el liberal Gregorio Marañón con las palabras “mentira, estupidez y canallería”. Y como esta situación es muy grave y abona todo tipo de políticas siniestras, insistimos tanto en la urgencia de dar la batalla cultural por la verdad histórica, sin la cual no habrá posibilidad de una regeneración democrática.

   Pues bien, vamos a la realidad histórica. Como está demostrado desde hace bastantes años, las elecciones del Frente Popular fueron fraudulentas y aplicadas en un clima de violencia e ilegalidades desde la campaña y el recuento electoral hasta la destitución de Alcalá Zamora, pasando por otras elecciones parciales y la llamada revisión de actas. He insistido de manera especial en ello y últimamente dos estudiosos han dado nuevos detalles que lo corroboran. Esta aclaración es fundamental porque todos los discursos que vienen falsificando la historia y deformando la política, parten del supuesto de unas imaginarias elecciones democráticas. Aquellos comicios fraudulentos dieron lugar de modo inmediato a un proceso revolucionario extremadamente violento, despótico y arbitrario, que he detallado y documentado en el libro El derrumbe de la República. En cinco meses hubo cientos de asesinatos,  incendio de innumerables iglesias, registros de la propiedad, sedes y prensa de derechas, provocaciones, invasiones de fincas, secuestros, etc. en medio de un verdadero hundimiento económico.

    Entender qué era el Frente Popular exige atender a sus componentes de hecho o de derecho. Su principal partido, el PSOE, había organizado la insurrección de octubre de 1934 para imponer un régimen de tipo soviético, y estaba muy influido por el PCE, agente orgulloso de la política de Stalin. Estaba  la separatista Esquerra catalana, que había participado en el mismo golpe, con la idea de disgregar España. Los anarquistas habían lanzado tres sangrientas insurrecciones contra la república. Los republicanos de izquierda, orientados por Azaña, habían intentado varios golpes de estado al perder las elecciones de 1933. Y en plena guerra se les incorporaría el PNV, un partido fanáticamente racista y antiespañol. Con asombroso descaro estos partidos, que habían atacado violentamente la legalidad republicana, se proclamaban en 1936 republicanos, otro fraude colosal, y como tales y demócratas los presenta una masiva historiografía con bárbara falsedad.

  Pero no era solo el hecho de que ninguno de ellos fuera demócrata ni respetase la legalidad republicana. Sus programas y políticas demuestran que se trata de una conjunción de partidos totalitarios o golpistas con otros separatistas. Y ello es definitivo: el  Frente Popular atacaba directamente la integridad nacional y buscaba imponer tiranías totalitarias, y de acuerdo con ello obraba.  Por lo demás, cada partido tenía sus propias aspiraciones, y ya antes del 18 de julio andaban a tiros los socialistas con los anarquistas, y luego, en plena guerra civil unos y otros se mataron a mansalva, hasta terminar el conflicto en una segunda guerra civil entre los propios partidos del Frente Popular. Con todo, había algo en lo que todos concordaban: en la destrucción violenta y sangrienta de la Iglesia y de la cultura cristiana, raíz de la cultura occidental. Y a ello se aplicaron sistemáticamente.

   Queda claro, pues, contra qué se produjo el alzamiento del 18 de julio: contra lo que representaba el Frente Popular y en pro de la supervivencia de  la unidad nacional, de la cultura cristiana, de la propiedad privada y de la libertad personal, aunque fuera preciso sacrificar hasta cierto punto diversas libertades políticas. Estos motivos no fueron en absoluto pretextos. Esto es absolutamente esencial señalarlo, porque casi todas las historias se pierden en consideraciones menores o parciales que oscurecen lo principal. Repito: la causa inmediata del alzamiento, que empezó con un golpe militar fallido, fue el violento y sangriento proceso revolucionario salido de unas elecciones fraudulentas, que empujaba a un régimen totalitario y ponía en gravísimo peligro la unidad de España y  la cultura cristiana.

    Pero a menudo los protagonistas de un hecho histórico ignoran otros alcances más amplios de sus acciones. Así, hemos visto cómo casi nadie ha enmarcado el Desastre de 1898 en el amplio cuadro histórico que le da sentido, pues aquella derrota cerró una gran etapa histórica comenzada para España con el Descubrimiento de América, y culminó asimismo un siglo XIX también desastroso desde la invasión napoleónica. Vimos también como una derrota que económicamente no fue grave, supuso en cambio un golpe moral y político tremendo, cuyas ondas llegan con fuerza hasta hoy. Entonces surgió  un regeneracionismo que pretendía crear una nueva España sin raíces, denigrando  toda la historia anterior, a base de ideas nebulosas, aspiraciones contradictorias y una retórica vacua y pomposa. Y cobraron intensidad factores antes poco importantes, como el terrorismo anarquista, los separatismos y un socialismo demagógico e intelectualmente pobre. Estos movimientos hundieron el  régimen liberal de la Restauración y tras la breve dictadura de Primo de Rivera abocaron a una república caótica, en la que aumentaron la miseria  y los odios sociales hasta desembocar en el Frente Popular. Es decir, La república y el Frente Popular pueden entenderse como la consecuencia del Desastre del 98, de su crisis moral generadora de odios profundos a España, al cristianismo y entre partidos.

    Se nos plantea, por tanto, el significado del régimen salido de la guerra civil. Este puede entenderse justamente como el intento de superar las consecuencias del 98, en una época en que la democracia liberal estaba en crisis en toda Europa. ¿Lo consiguió? Cuando murió Franco, España era una importante potencia industrial, con una gran clase media, los viejos odios olvidados para la inmensa mayoría, el anarquismo y el republicanismo casi extinguidos, unos separatismos de muy escaso arraigo. Una sociedad próspera, con razonable orgullo nacional, políticamente moderada, uno de los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, etc. Aquella nueva sociedad había superado en lo esencial los efectos del 98 que habían llevado a la crisis de la república y el Frente Popular. El carácter  e intenciones de la nueva España quedaron bien demostrados cuando, al plantearse la democratización del país después de Franco, la inmensa mayoría rechazó  en referéndum la fraudulenta y peligrosísima  opción rupturista y optó por la llamada reforma de la ley a la ley, de la legitimidad del franquismo a la de la democracia. Opción traicionada muy pronto por los partidos, empezando por el que venía más directamente del franquismo y dirigido por políticos vanos e  incultos. Pero que la obra del franquismo había sido profunda lo demuestra el largo esfuerzo de décadas que han debido hacer sus enemigos para falsificar la historia, imponer una despótica y totalitaria ley de memoria histórica, y convertir la democracia en una parodia. El antifranquismo es la vuelta a las miserias que propiciaron la guerra civil, nacidas a su vez del Desastre del 98. De ahí la enorme importancia, insistimos, de la batalla cultural por rectificar unas tendencias destructivas y por hacer una España digna de su mejor historia.

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El tema de “Una hora con la Historia”, este sábado, será “Claves del separatismo catalán”, sobre las que la mayoría de los políticos tienen solo ideas muy vagas.

La sesión anterior versó sobre Cómo la ETA se hizo, o mejor dicho la hicieron, grande: https://www.youtube.com/watch?v=myRxMiMjf10

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Para entender la complicidad de Rajoy con la ETA

Este sábado, en “Una hora con la Historia” trataremos la cuestión fundamental sobre la ETA: cómo pasó de ser uno de tantos grupúsculos partidarios verbosos de la lucha armada a una verdadera potencia política que ha influido profundamente en la política española desde la transición.

 La sesión anterior  trató sobre el “desastre del 98 y sus consecuencias”. España no quería la guerra, pero Usa sí, y la impuso. Sospechosamente, el gobierno Sagasta encargó la dirección de la flota española a dos almirantes derrotistas que de hecho actuaron a favor del enemigo. Las consecuencias económicas de la derrota no fueron graves para España, pero las consecuencias morales y políticas sí: los separatismos, el pistolerismo anarquista y la demagogia socialista cobraron un auge que con unas formas u otras continúa hasta hoy. El golpe moral se manifiesta sobre todo en un “regeneracionismo”  absurdo, que daba armas ideológicas a todos los enemigos de España.  Para Filipinas, su “liberación” se transformó en una guerra genocida por parte de Usa.

  La guerra del 98 fue el punto final a una etapa histórica empezada gloriosamente para España cuatro siglos justos antes, con el descubrimiento de América. Fue también el remate de un siglo XIX a su vez desastroso. En un sentido más general, fue asimismo el comienzo de las guerras coloniales que habían de perder los imperios europeos, sobre todo desde 1945… https://www.youtube.com/watch?v=HGUZBjunSUI&t=31s

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En mayo-junio de 2008, estando el PP todavía en la oposición, escribí en LD estos dos artículos, uno bajo el título “Para entender a Rajoy” y otro con la pregunta “¿No es Rajoy proetarra?”. Digamos que la raíz de toda esta situación en que los cuatro partidos son esencialmente uno solo, porque ideológicamente siguen las mismas doctrina y actitudes, es la renuncia a la batalla cultural y la aceptación casi generalizada de la falsificación histórica, ya desde Suárez. Ello ha venido convirtiendo la política española en la farsa permanente dentro de una democracia fallida

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Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, al que prácticamente no se refería nunca (como tampoco al pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno socialista, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un proceso inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. en Acuerdo con el Terrorismo contra la Democracia. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero de momento nadie osa cuestionar la jefatura rajoyana. Un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo sirve de poco, y quizá termine por hacer reventar al PP como ocurrió con la UCD. Los disidentes tienen ahora su gran ocasión, que pasa por entender y desmitificar al transformador del partido. Si la desaprovechan habrán demostrado una talla no mayor que la de la actual dirección partidista. Y una responsabilidad no menor.

¿No es Rajoy proetarra?

Mi comentario de ayer sobre el Rajoy pro etarra ha suscitado críticas un tanto indignadas, a derecha e izquierda, etc., acusándome de mentir, insultar o delirar. Veamos.

Un análisis político no debe partir de las palabras, sino de los hechos, o, mejor, de la relación entre unas y otros. Cuando los hechos no corresponden a las palabras o estas se contradicen demasiado, o los cambios de orientación se explican mediante buenas intenciones vacías, sabemos que estamos ante demagogos, los cuales, como también sabemos desde Aristóteles, constituyen el mayor peligro de las democracias.

Zapo nunca dirá: “vamos a entrar en chanchullos con los asesinos a costa de la unidad de España y del estado de derecho”. Dirá más bien: “vamos a dialogar con todos sin excepción”, lo que en la práctica significa lo mismo, pero engaña a mucha más gente. No dirá: “lo que nos interesa realmente es ese “diálogo” con los asesinos y extorsionadores; con los contrarios y las víctimas directas, nada de diálogo, los silenciaremos y marginaremos”. Dirá, en cambio: “Algunos extremistas de derecha rechazan el diálogo, quieren la continuidad de la violencia, no hacen más que crispar”. Y tratará de acosar a los críticos en los medios, judicialmente o de otros modos. Y así sucesivamente.

Rajoy acaba de emplear los dos términos reveladores: “diálogo” y ”con todos sin excepción”. La primera palabra ha dado buen resultado a Zapo porque la seudo oposición de nuestro futurista ha sido incapaz de explicar algo tan simple como esto: el diálogo con los terroristas implica la negación del diálogo con las víctimas y la aceptación y premio al crimen como forma de hacer política. Esa negociación, ese “diálogo” solo puede hacerse, y se hace, a costa de la Constitución y del estado de derecho, y de la unidad de España. Rajoy, en lugar de explicarlo, trataba a Zapo de ingenuo y se ofrecía a ayudarle “cuando todos le abandonasen”. Simple exhibición de majadería, oficiosidad y servilismo, si no fuera acompañada del abandono, en la práctica, de la AVT o de quienes realmente criticaban la política de Zapo, a los cuales nunca defendió Rajoy con un mínimo de sinceridad y empeño.

Pero ha habido cosas más graves. Desde siempre, la ETA ha buscado la disgregación de España, y su designio se ha visto favorecido por unos políticos banales y a menudo venales (cuando no compartían gran parte de la ideología etarra, como sucede con Zapo). La clave del “diálogo” con la ETA ha sido el desmantelamiento de la Constitución mediante los estatutos balcanizantes, con el catalán como modelo, que reducen el estado español a “residual”, dejando un ligero barniz unitario que permita a Zapo seguir en el poder (otra cosa es que los etarras quieran eliminar incluso ese barniz, pero eso ya son disputas peculiares entre los del tiro en la nuca y los “gorrinos”). Pues bien, Rajoy, tras denunciar el estatuto catalán, entró en la carrera de las reformas balcanizantes desencadenadas por el “diálogo”, no exigidas por la sociedad y sí por camarillas de politicastros regionales. Así, el Futurista se ha sumado a la política de Zapo para complacer a los separatistas y a la ETA (su casi nula resistencia a las maniobras socialistas en el Tribunal Constitucional va en la misma dirección). Rajoy, por tanto, sigue EN LOS HECHOS, como el gobierno, una política pro etarra, y no vamos a cerrar los ojos a los hechos para abrir enormes orejas de asno a la verborrea demagógica con que se orquesta la delictiva operación.

¿Por qué obra así Rajoy? Al revés que Zapo, él no concuerda con la ETA en casi nada. Pero ansía el poder, se siente “en forma” y “con ganas” de presidir el país para llevarlo al futuro de la nena angloparlante; y le han convencido de que solo puede alcanzar tan nobles objetivos imitando la demagogia de Zapo, aceptando el diseño balcanizante del actual gobierno e integrándose en él, entrando en la competición para complacer a los secesionistas. Por el poder ha renunciado a la honradez, y quedará sin poder y deshonrado. Y de paso, posiblemente destruya su partido.  

Mi comentario de ayer ha provocado críticas, con rasgado de vestiduras y tono injurioso, entre los mismos que solían tratar a Rajoy de ultraderechista: ¡Qué ternura repentina por el líder del PP, qué interés por salvar su honor, mancillado al parecer por mis palabras! ¿Cómo explicarlo? Pues porque ya casi sienten al futurista como uno de los suyos, y defendiéndole, se defienden. Navegan en el mismo barco. El barco de los farsantes.

 

 

 

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¿Qué es el capitalismo?

Según se le defina, el capitalismo puede ser cosas distintas. En Marx es el sistema de explotación de los trabajadores libres a quienes los propietarios de los medios de producción extraen la plusvalía, una parte del valor de su trabajo (trabajadores libres en teoría, porque en la práctica se ven forzados a aceptar unas condiciones forzosamente explotadoras) Aunque el capitalismo habría nacido “chorreando sangre y lodo” en el seno de un sistema fundamentalmente no capitalista, el feudal, el capitalismo propiamente dicho o desarrollado iría ligado a la revolución industrial y su producción masiva de mercancías.

   El término capitalismo también puede referirse al capital en su acepción más corriente como una cantidad de dinero. Otra acepción del término es el de “bienes de producción producidos”, es decir, mercancías  destinadas al trabajo y no al consumo, medios técnicos, en fin. En cualquiera de los dos sentidos, el capitalismo no sería un sistema propiamente histórico, como en Marx, sino permanente:  habría existido siempre, al menos desde que el método primitivo del trueque se hubiera superado. La economía es, en definitiva, el estudio del comercio, y el comercio es el movimiento del dinero en el que se valoran y permiten cambiarse las mercancías. Por ello, la economía estudiaría las peculiares propiedades del dinero; y capitalismo, economía y dinero serían sinónimos a efectos prácticos.

   Generalmente la economía “burguesa” acepta en parte el enfoque marxista: el capitalismo sería un sistema económico concreto, desarrollado en una etapa histórica, distinto de otros precedentes, y ligado a la revolución industrial y revoluciones técnicas sucesivas. Pero en lugar de considerarlo negativamente como sistema de explotación del trabajador asalariado, se le valoraría muy positivamente como el sistema que ha producido y sigue produciendo la mayor cantidad y calidad de mercancías de todo tipo, en un empuje de enriquecimiento progresivo que incluiría a toda la humanidad. Para los marxistas, las diferencias económicas entre un grupo de privilegiados y la masa que vive en condiciones inferiores son un mal, una injusticia, puesto que partirían de la explotación del hombre por el hombre. Para los economistas “burgueses” esas diferencias serán, al contrario, muy justas, pues consistirían en el adecuado premio a los individuos más innovadores, creativos y  arriesgados. Los cuales con sus empresas beneficiarían a toda la sociedad, incluyendo a los más ineptos. En gran medida, la discusión sigue girando sobre estos términos. 

   De acuerdo con la concepción marxista, el capitalismo, aparte de basarse en una propiedad adquirida muy a menudo con rapiña, genera una dinámica de concentración de la propiedad y de enriquecimiento de unos pocos a costa de un empobrecimiento creciente de la mayoría. Sus contrarios afirman que ocurre justamente lo contrario: la cantidad de mercancías no cesa de crecer y lejos de empobrecerse, la mayoría tiene cada vez mayor acceso a todo tipo de bienes. Y si hay zonas del mundo en que este proceso no se da, se debe precisamente a que no son lo bastante capitalistas, a que obstruyen de diversos modos el comercio.

   En una concepción capitalista-burguesa, el comercio, es decir, el dinero,  lo es todo, mide el valor de todo lo que el ser humano hace en sociedad. El enriquecimiento mediante la producción masiva de mercancías cada vez más diversificadas sería el verdadero sentido de la vida (al margen de lo que cada individuo quisiera imaginarse),   y para enriquecer más y más a todo el mundo sería preciso derribar cualquier obstáculo, sea de tipo material (como el estado y sus impuestos) o moral (la moral, según suele considerarse, deforma el funcionamiento del comercio y debería ser sustituida por la propia ley del mercado, por la moral de la ganancia por así llamarla

     Pese a sus diferencias, y aparte de su coincidencia en presentar al capitalismo como una etapa histórica, marxismo y capitalismo burgués o liberalismo coinciden en la apreciación de la economía como la base  y explicación del desarrollo histórico y del propio sentido de la vida humana. El marxismo acepta que el capitalismo expande enormemente la producción de mercancías, pero con consecuencias a la larga desastrosas, mientras que sus contrarios no ven tales contradicciones. Otra ideología más reciente, el ecologismo, afirma que el capitalismo tiende a agotar los recursos naturales y destrozar el medio ambiente, acusaciones que los liberales (o parte de ellos) califican de perfectamente falsos, puesto que los perjuicios ecológicos, que sin duda se dan, solo pueden ser corregidos, y de hecho lo están siendo, precisamente por la aplicación y desarrollo del propio sistema capitalista.

    En uno u otro enfoque del capitalismo subyace una concepción economicista, que tiende a derruir la moral tradicional y las religiones, en particular la cristiana, en cuyo ámbito se ha desarrollado especialmente el capitalismo.  En las religiones, por lo menos en la judía, la cristiana o la griega, encontramos ya desde el principio una prevención contra esas concepciones economicistas en mitos como el de Prometeo, el del becerro de oro, o en las condenas de Jesús a la obsesión por enriquecerse. La crítica desde la religión acusa a las otras de “materialistas”, oponiéndoles una concepción espiritual o espiritualista que, sin embargo, suele volverse difusa, inconcreta y voluntarista, a menudo contradictoria. Su efectividad es escasa frente a unas concepciones “materialistas” precisas en apariencia, medibles en dinero, algo que todo el mundo entiende o al menos maneja. Por ello el espiritualismo está en retroceso –aunque no, ni mucho menos, aniquilado–.

   Pensemos, por ejemplo, en el arte. Todo el mundo estará de acuerdo en que el valor de una gran pintura, o pieza de música u obra literaria, solo puede apreciarse en una escala de valor propia, aunque indefinible. Sin embargo el marxismo las aprecia desde el punto de vista de clase, esto es, desde los intereses de los explotadores o de los explotados; y el economicismo burgués  lo hace de modo todavía más concreto: desde  el valor de mercado, del dinero que “produzca” la obra de arte. Este criterio podrá parecer grosero, incluso grotesco, pero no cabe duda de que es práctico e inconfesada o vergonzantemente muy aceptado.  Existe también un economicismo que admite la autonomía de lo que podríamos llamar “el mundo espiritual”, generalmente de carácter religioso; pero en definitiva lo reduce a ideas un tanto arbitrarias que en definitiva deben quedar reservadas a la conciencia – a las imaginaciones particulares—de los individuos.

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Racionalidad del terrorismo

**Este sábado, en “Una hora con la Historia” trataremos el tema “Cómo la ETA se hizo grande”

**Sábado pasado: El “desastre del 98″ produjo una gravísima crisis moral y política en España, que se extiende hasta hoy mismo. Para los filipinos fue peor: una invasión useña realmente genocida: https://www.youtube.com/watch?v=HGUZBjunSUI

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(En LD, 25-7-2011)

Dicen algunos que el terrorismo es “irracional”. Nada más lejos de la realidad:

Sobre los atentados de Noruega se pueden decir algunas cosas, de entrada:

  1. Se trata de una respuesta terrorista al terrorismo islámico. Con la particularidad de que no ha atacado a los islámicos, sino a los (más o menos) cristianos noruegos, siendo el autor protestante y masón. No es tan raro: también muchos atentados islámicos se han dirigido contra otros musulmanes.

  2. En el terrorismo pueden distinguirse al menos tres principios: a) existe un régimen político intolerable contra el que es lícita la violencia; b) nadie es inocente (tesis básica anarquista, implícita en todos los atentados indiscriminados); c) el asesinato tiene una repercusión mediática que no se consigue de otra forma, lo que lo justifica doblemente, como fin y como medio (el terrorismo es básicamente publicidad política con sangre).

  3. Frente a conclusiones simplistas, debe decirse que existen, efectivamente, regímenes intolerables contra los que es lícita la violencia, si no hay otro medio. Que la mayor parte de los terrorismos han sido de izquierda y que tanto ellos como los regímenes totalitarios han encontrado amplia simpatía y a menudo grandes apoyos en las izquierdas europeas, en principio no totalitarias ni terroristas. Y que los medios de masas han sido a menudo los mayores colaboradores del terrorismo. Estos dos últimos puntos los he examinado ampliamente en relación con España (Una historia chocante, y en otras ocasiones). Aquí, el Gobierno ha llegado a justificar y premiar el asesinato como medio de hacer política.

  4. Sería, pues, un error creer que el terrorismo provoca un rechazo generalizado en medios democráticos. No solo encuentra colaboración, directa o indirecta, por afinidades ideológicas, sino por motivos más prácticos. La simpatía izquierdista o separatista por la ETA, proviene asimismo de la esperanza de sacar réditos políticos a sus crímenes. Recuérdense, por otra parte, los amplios movimientos favorables a la ETA y solidarios con ella en los países escandinavos, durante los últimos años del franquismo.

  5. La izquierda, aparte de apoyar o excusar de un modo u otro al terrorismo izquierdista (y separatista, en España) y al islámico –visto por muchos como afín ideológico por cuanto ataca al “capitalismo”, al “sionismo” y al “imperialismo”–, ha sabido explotar los atentados de signo más o menos derechista, insistiendo mucho en el carácter de estos y, en el caso de Noruega, en el cristianismo declarado por el autor: un modo indirecto de defender al islamismo.

  6. Algunos terrorismos han sido vencidos con cierta facilidad (no creo que el atentado de Noruega tenga imitadores allí); otros se han mantenido e incluso triunfado. En estos últimos casos, la razón principal se encuentra en las diversas colaboraciones de los recogenueces y afines. Tal es la racionalidad del terrorismo.

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Una farsa criminal

   Últimamente estamos de aniversarios políticamente significativos.  Hace poco el de la transición, ahora el de la liberación de Ortega Lara o el del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Del segundo, el PP ha pasado de puntillas, porque el caso Bolinaga, el bestial carcelero de Ortega, dice todo sobre lo que ha llegado a ser ese partido y ese gobierno. En cambio se ha volcado con el aniversario del citado asesinato, a cuya víctima PP y gobierno han hecho mil homenajes. Pero, ¿a quién homenajean en realidad? ¿A quién homenajea un gobierno que ha reconocido los asesinatos como un modo aceptado de hacer política y los ha recompensado con legalidad, dinero público, presencia institucional, proyección internacional, liberación y acercamiento de presos…? Homenajean precisamente a los asesinos en una burla sangrienta a las víctimas. Una burla criminal a las víctimas, la apoteosis de la complicidad con los asesinos, a quienes en la brutal perversión del lenguaje dicen haber derrotado.

   ¿Y quiénes son las víctimas? Aparte de las personas directamente asesinadas hay otra víctima de la que nadie se acuerda: el estado de derecho. Un estado que admite el terrorismo, “dialoga” con él y premia sus atentados como está dicho, no es un estado de derecho. Es otra cosa. Es la manifestación, una más, de una democracia corrompida hasta el tuétano por unos políticos delincuentes. De una democracia fallida.

    Un rasgo asombroso dentro de esta asombrosa situación es que prácticamente nadie haya señalado estas clamorosas evidencias. No sé si soy el único en denunciarlo, pero desde luego no he visto a nadie más decirlo con claridad. Y esto es así porque, como he expuesto en La guerra civil y los problemas de la democracia,  ni la derecha ni mucho menos la izquierda tienen pensamiento democrático en España. “Democracia” es una palabra mágica que cada político, partido e intelectual usa a su manera y en su propio interés. Pues bien, el estado de derecho es un elemento absolutamente básico de la democracia, y ha sido destruido entre la ETA y los gobiernos de ZP y Rajoy ante los ojos de todo el mundo y sin que nadie o casi nadie haya dicho una palabra al respecto. Lo cual indica mucho, de paso, sobre la calidad del análisis político corriente.

   Recapitulemos los hechos. En Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, he explicado cómo la ETA gozó de tratamiento especial, “político” por parte de la izquierda y la derecha desde la misma Transición. Es decir, se identificaba democracia con antifranquismo,  con lo que ¿quién más antifranquista que la ETA? ¿No merecía un premio por sus asesinatos, en especial el de Carrero Blanco, que según tantos botarates de la transición había abierto el camino a la democracia? Claro que la ETA siguió asesinando, muchísimo más que en el franquismo, y los gobiernos siguieron insistiendo en la negociación y en la “salida política”. “Solución” impulsada también especialmente desde El País, principal orientador intelectual no solo del PSOE, sino también de la derecha.

   Esto solo cambió con Aznar, gracias sobre todo a la presión de Mayor Oreja y contra gran parte de los capitostes del propio PP. El cambio consistió, simplemente, en no relacionar los crímenes terroristas con la política, y aplicarles ¡por primera vez de modo coherente!, las reglas del estado de derecho. Y los resultados fueron, también por primera vez, determinantes. La ETA fue progresivamente acorralada, cada vez más incapaz de matar, y con un apoyo popular en rápida caída. Aquella política, única admisible en una democracia real, habría acabado de curar en uno o dos años más el cáncer etarra, tan alimentado por la “solución política”. En tales circunstancias  volvió el PSOE al poder y rápidamente procedió a invertir la política anterior. La aplicación de la ley fue sustituida por “diálogos” clandestinos con los desbaratados asesinos, ofreciendo a sus disfraces políticas todo género de facilidades, que no es preciso repetir.

    La complicidad –esta es la palabra— con la ETA por parte de Zapatero, su partido y su gobierno se explican fácilmente: todos ellos comparten hasta un noventa por ciento de ideología (incluido el apoyo a LGTBI). Pero llegó Rajoy al poder y, para sorpresa de los ingenuos, siguió exactamente la misma política, fortaleciendo las máscaras políticas de la ETA. Digo sorpresa de los ingenuos porque ya cuando el PP estaba en la oposición, en 2008,  observé, para escándalo de tantos “analistas”, que Rajoy iba a seguir a Zapatero (http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/no-es-rajoy-pro-etarra-3407/2.html). ¿Por qué, se dirá, si el PP no tiene afinidad ideológica con la ETA? Digamos que el PP realmente no tiene ideología, más allá de cuatro tópicos vagos sobre esto o aquello y sobre todo la idea de que “la economía –el dinero—lo es todo”, como ha explicado el lector del Marca.  De ahí que su política actual venga siendo la concesión, la claudicación, el entreguismo, la financiación-soborno, la corrupción compartida con todos. Con ello espera calmar los radicalismos de la izquierda y los separatistas, a quienes ha llegado a parecerse en casi todo. Pero, contra lo que imaginan sus admiradores, Rajoy es tan “asno solemne”, que en lugar de calmarlos los encabrita y encona, mientras la ley es vulnerada a diario por unos y por otros. Empezando por el propio gobierno que, siempre en la farsa, habla de “cumplir la Constitución”.

    Y así hablar de democracia en España es hoy una burla más de la realidad. El país vive en estado de farsa, y los “homenajes” a Miguel Ángel Blanco solo ponen de manifiesto la calidad infame de ese permanente insulto a la democracia, a la decencia intelectual y al propio lenguaje, deformándolo y pervirtiéndolo para hacerlo significar lo contrario de lo que denota. Trump se refirió a los Clinton así: “No olvidéis, son criminales”. Y España vive en una permanente farsa criminal que todo lo corrompe y que se quiere hacer pasar por “libertad, derechos, pluralismo, y todas las palabras bonitas que a los farsantes de turno se les ocurra, para desconcertar y neutralizar la necesaria respuesta ciudadana, la necesaria resistencia a tanta vileza

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