“La pérdida de España”

Joseph Pérez, IV: Por qué se produjo la “pérdida de España”

El relato,  demasiado breve y demasiado trivial, con que J. Pérez despacha la caída del reino hispanogodo merece no obstante atención, porque resume una multitud de tópicos tan extendidos como ilógicos o tendenciosos. Pérez hace una digresión sobre árabes y bereberes, destacando que estos últimos formaban la mayoría de los invasores y olvidando que los primeros constituían el elemento dominante, y “explica” la invasión del modo más favorable a los musulmanes. Estos “derrumbaron rápida y fácilmente la superestructura política y social de la monarquía visigoda” “Parece probable que, en muchos casos, la población primitiva no hiciera nada para ayudar a los visigodos; incluso debieron de producirse en varios casos sublevaciones contra la nobleza y los terratenientes a los que probablemente consideraban opresores, sin hablar de los judíos, quienes, víctimas del odio de los últimos monarcas visigodos, acogieron a los moros como libertadores y les facilitaron la toma de varias ciudades (…) Los nuevos dueños de la tierra exigían impuestos moderados en comparación con los (…) visigodos”. Además, recoge la suposición de que los impuestos en la época española eran muy superiores a los de la época andalusí, argumento clave para “explicar” materialistamente los hechos. Como si dijéramos que los historiadores escriben de un modo u otro según la ganancia económica que esperen obtener de sus libros (cosa cierta en más de un caso, pero que no conviene generalizar).

“Parece probable”, “probablemente”, “consideraban opresores”… ¿Qué le parece al señor Pérez esta descripción de la muchísimo más rápida conquista de Francia por Alemania en la II Guerra Mundial? “Los alemanes derrumbaron con extraordinaria facilidad la superestructura política y social de la III República francesa. La población francesa no hizo nada por ayudar al gobierno y al ejército en derrota, a los que miraba como opresores y explotadores, que la sometían a impuestos excesivos cuyo fruto no percibían. Los socialistas venían propugnando de años atrás el desarme de Francia y los comunistas, resentidos con las represiones e intentos de marginarlos que habían sufrido, recibieron como libertadores a los alemanes y sabotearon los esfuerzos del ejército y las autoridades de la III República. Posteriormente, los nazis encontraron en Francia un grado muy alto de colaboración, de manera que no habrían sido expulsados de no ser por el ejército useño”. Sin duda es una descripción muy tendenciosa, pero desde luego más veraz y atenida a los hechos que los “parece” y “probablemente” con que nos ilustran tantos historiadores banales sobre las causas de la caída del reino godo.
En Nueva historia de España he recordado algunos datos que omite Joseph Pérez, y que no son baladíes:

“La “pérdida de España” dio lugar en su tiempo a especulaciones moralizantes, achacándolo a pecados y maldades que habrían socavado las bases del estado. Sentada la tesis, bastaba abundar en ella, exagerando o inventando todos los pecados precisos. En nuestra época se ha querido explicar el suceso por causas económicas o “sociales”, suponiendo un reino carcomido cuando llegaron los moros; o se ha dicho que no existió invasión, sino “implantación”, ocurrencia pueril, si bien no más que tantas hoy en boga. La tesis más extendida desde Sánchez Albornoz habla de “protofeudalización”, es decir, decaimiento de la monarquía y disgregación en territorios semiindependientes bajo poder efectivo de los magnates, tendencia acentuada a partir de Wamba. A la feudalización o protofeudalización se uniría la decadencia intelectual y moral del clero, una desmoralización popular ligada a una presión fiscal excesiva, e incluso un deseo de la población de “librarse” de una dominación oprimente.

A mi juicio, estas teorías recuerdan a las especulaciones moralistas: puesto que el reino se hundió con aparente facilidad, “tenía que” estar ya maduro para el naufragio por una masiva corrosión interna. Pero desastres semejantes no escasean a lo largo de los tiempos. Países al borde de la descomposición se han rehecho en momentos críticos frente a enemigos poderosos; y otros relativamente florecientes han sucumbido de forma inesperada. Así, en nuestro tiempo, Francia y otros países cayeron ante el empuje nacionalsocialista no en cuestión de años, sino de semanas, obteniendo los vencedores amplia colaboración entre franceses, belgas, holandeses, etc.; pero nadie sugiere que esos pueblos vivieran en regímenes carcomidos, estuviesen hartos de su democracia e independencia o deseasen que los alemanes les librasen de impuestos…

El éxito musulmán no resulta impensable: pocos años antes, los pequeños ejércitos árabes brotados del desierto habían rematado al Imperio sasánida, ocho o diez veces más extenso que España, y habían arrebatado enormes extensiones a otra superpotencia, el Imperio bizantino. En solo nueve meses habían conquistado Mesopotamia, y en la decisiva batalla de Ualaya la proporción recuerda a la del Guadalete: 15.000 muslimes vencieron a 45.000 persas, sin la fortuna, para los vencedores, de una traición a la witizana. Lo mismo cabe decir de la batalla de Kadisia o Qadisiya, donde quebró el imperio sasánida, o la todavía más desproporcionada de Nijauand. Contra la tosca idea de que la superioridad material decide las guerras y cambios históricos, la derrota del más fuerte dista de ser un suceso excepcional. La caída de España, así, no debiera chocar tanto como se pretende.

Las noticias del último período hispano- tervingio son demasiado escasas para sacar conclusiones definitivas, pero los indicios de la supuesta protofeudalización suenan poco convincentes, pues, para empezar, existieron durante todo el reino de Toledo: son factores disgregadores presentes en toda sociedad, que en la Galia — pero no en España– prevalecieron sobre los integradores. Las leyes de Wamba o Ervigio para forzar a los nobles a acudir con sus mesnadas ante cualquier peligro público sugieren una creciente independencia y desinterés oligárquico por empresas de carácter general. Pero siempre, no solo a partir de Wamba, dependieron los reyes de las aportaciones de los nobles, y con seguridad nunca faltaron roces y defecciones en esa colaboración. Tampoco hay constancia de que Wamba o los reyes sucesivos, incluido Rodrigo, encontrasen mayor escollo para reunir los ejércitos precisos ante conflictos internos o externos. Aquellas leyes, como las relativas a la traición, podrían servir de pretexto a los monarcas para perseguir a los potentados desafectos, a lo que replicaron la nobleza y el alto clero con el habeas corpus, innovación jurídica ejemplar e indicio de vitalidad, no de declive.

Durante todo el reino de Toledo persistió una pugna, a menudo sangrienta, entre los reyes y sectores de la oligarquía; pero esa pugna, causa mayor de inestabilidad, pudo haber sido más suave en la última época, y no parece agravada desde Wamba. Motivo permanente de conflicto era el nombramiento de los reyes: estos procuraban ser sucedidos por sus hijos, quitando así un poder esencial a los oligarcas, que preferían un sistema electivo que les permitiera condicionar al trono. En principio triunfaron los oligarcas ya en 633, pues el IV Concilio de Toledo estableció por ley la elección, pero solo tres de los once reyes posteriores, Chíntila, Wamba y Rodrigo, subieron al trono según esa ley. Ello podría indicar una victoria de hecho de los reyes, pero tampoco sucedió así: los demás subieron por golpe o por una herencia que nunca pasó de la segunda generación. No llegó a haber un vencedor claro en esta cambiante lucha, salvo el pasajero de Chindasvinto asentado en una carnicería de nobles.

Otro factor de putrefacción del sistema, el morbo gótico, es decir, la costumbre de matar a los reyes, descendió notablemente durante la etapa hispano-tervingia. De los catorce monarcas anteriores a Leovigildo, nueve murieron asesinados, dos en batalla y tres en paz. De los dieciocho a partir de Leovigildo solo dos fueron asesinados, Liuva II y Witerico, y justamente al principio y no al final del período, con sospechas sobre otros dos, Recaredo II y Witiza. Tres más fueron derrocados sin homicidio (Suíntila, Tulga y Wamba). La duración media de los reinados, otro dato relacionable con la estabilidad, no disminuye, sino que aumenta desde Wamba: nueve años, si excluimos a Rodrigo, que casi no tuvo tiempo de reinar, frente a siete y pico en el período anterior. Aumenta asimismo la frecuencia de los concilios en la última etapa: uno cada cuatro y pico años de promedio, en comparación con la media anterior de uno cada diez. Estos datos sugieren consolidación institucional, no tambaleo, pues los concilios suponían tanto un principio de poder representativo como un factor de nacionalización. Todo lo cual no apunta a una especial “protofeudalización”, sino más bien a lo contrario.

En cuanto a la corrupción de la jerarquía eclesiástica al compás de su creciente peso político, se aprecia en ella una considerable germanización (hasta un 40% de los cargos), posiblemente acompañada de descenso del nivel moral e intelectual (si bien documentos como Institutionum Disciplinae indican un panorama nobiliario muy distinto de la barbarie originaria). Los cánones de los últimos concilios también indican tirantez entre la oligarquía y los obispos. Los cánones condenaban la sodomía y otros vicios del clero, lo cual puede significar mucho o poco: tales vicios habían existido siempre en algún grado, y no sabemos si aumentaban o si solo se reparaba en ellos, o se los utilizaba por algún motivo político. Respecto al declive intelectual, Julián de Toledo murió en fecha tan avanzada como 690, y nunca sabremos si la posterior falta de figuras relevantes reflejaba decadencia o solo un bache pasajero.

Peso mucho más real tienen sucesos como las hambrunas y las pestes. El país parece haber entrado en un ciclo de sequías, que entonces significaban miseria, enfermedades y hambre masivas. Hubo, además, plagas de langosta no menos desastrosas. Según la crónica árabe Ajbar Machmúa, el hambre de 708-9, muy próxima a la invasión musulmana, redujo a la mitad la población de España, dato probablemente exagerado, pero indicativo de una tremenda catástrofe demográfica. Poco antes una peste importada de Bizancio casi había despoblado la Narbonense y afectado al resto. El horror impotente por estos males queda documentado en las homilías: “He aquí, hermanos nuestros, que nos heló de espanto la funesta noticia traída por los mensajeros de que los confines de nuestra tierra están ya infestados por la peste y se nos avecina una cruel muerte”. Las rogativas clamaban a Dios: “¡Aparta ya la calamidad de nuestros confines!; que el azote inhumano de la peste se alivie en aquellos que ya lo padecen y, gracias a tu favor, no llegue hasta nosotros”. No hay modo de comprobarlo, pero la población pudo bajar a menos de cuatro millones de habitantes bajo las desastrosas condiciones de la caída del Imperio romano, y no crecería mucho luego. Sí está claro que en vísperas de la invasión árabe no pudo haberse repuesto de unas catástrofes mucho más aniquiladoras que las guerras. Por esos hechos cabe explicar a su vez fenómenos como la huida, frecuente y quizá masiva, de siervos o esclavos del campo, o la “epidemia” de suicidios causados por la desesperación, referida en los cánones conciliares. A su vez se haría muy difícil la recogida de impuestos y el descontento por ellos, pese a alguna amnistía fiscal, con el consiguiente debilitamiento del estado.

Otro factor de debilidad estaría en los judíos. Las primeras disposiciones contra ellos trataban de impedirles una posición social de superioridad sobre cristianos, y hubo resistencia a medidas extremas deseadas por algún papa, pero las leyes persecutorias empeoraron con el tiempo. El XVII Concilio, en 694, solo diecisiete años antes del final del reino, aprobó las medidas más graves, exigidas por el rey Égica, molesto por el poco celo de los obispos en la persecución. Argüía el monarca la existencia de una conspiración judaica para derrocar la monarquía, informes de conversos sobre planes para destruir el cristianismo, y pretendidas rebeliones en curso en algunos países. Quizá se sabía que las comunidades hebreas de Oriente Próximo habían actuado como quinta columna de los sasánidas contra los bizantinos y luego de los árabes contra los sasánidas (en este último caso también habían obrado así las comunidades cristianas de Persia). Égica también acusó a los conversos de practicar clandestinamente su vieja fe. En consecuencia pedía reducir a todos a la esclavitud e impedirles practicar su religión, bajo penas severísimas. El concilio aceptó, de mala gana las propuestas-imposiciones regias. Estas persecuciones, si buscaban neutralizar una posible amenaza interna, exacerbaban al mismo tiempo la deslealtad de ese grupo social.

Los judíos componían una exigua minoría que habitaba barrios aparte de las grandes ciudades béticas y algunas del interior y de levante, por lo que choca la obsesión del poder hacia ellos y sus supuestas conjuras. Parte de esa aversión nacía de la riqueza de la oligarquía hebrea, que proporcionaba a esta un poder subterráneo y suscitaba envidias. Además se le consideraba el pueblo deicida, por la frase atribuida a la multitud en el juicio de Cristo: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos!”. La persistencia en su fe se miraba como una ofensa a la verdadera religión, prueba de una maldad porfiada y del deseo de vivir al margen de los demás, cuando los mismos godos arrianos habían dejado sus creencias para integrarse en las mayoritarias. A su vez, la autoconsideración hebrea como pueblo elegido, junto con la permanente repulsa y frecuente persecución sufridas, creaban un comportamiento cerrado, ya atacado por el moralista latino Juvenal: “Desprecian las leyes de Roma, estudian, observan y temen el Testamento judaico que Moisés les otorgó en un documento secreto. Sólo se confían a los de su misma religión, es decir, sólo ayudan a los que, como ellos, son circuncisos”.

¿En qué medida se aplicaron las leyes antisemitas? Las leyes, en general, no debieron de aplicarse muy estrictamente — salvo para mantener la unidad del estado– como se aprecia en las referentes a la elección de los monarcas. El grado de cumplimiento de las normas antijudías hubo de ser especialmente bajo, como revela su reiteración a lo largo de decenios. En los mismos tiempos de Égica, ya hacia el final del reino, ni siquiera se habían cumplido los primeros decretos del III Concilio prohibiendo a los judíos tener esclavos cristianos. Aun así, los decretos se aplicarían en alguna medida, y su mera existencia pesaba como una temible amenaza sobre sus destinatarios.

En fin, todos los daños mencionados, y más que pudieran aducirse, solo explicarían la caída del reino si hubieran impedido la concentración de un ejército suficiente para afrontar a Tárik, lo cual no ocurrió. Las crónicas y los historiadores están conformes en la superioridad material del ejército hispano-godo sobre el moro, y la causa determinante del desastre no fue una especial corrupción del poder o la traición hebrea, sino la de un sector de la nobleza. Aunque la ley prohibía la alianza con poderes foráneos para alcanzar el poder, este tipo de traición se dio con cierta frecuencia: un grupo visigodo buscó en 552 la ayuda de los bizantinos, los cuales aprovecharon para adueñarse de una considerable porción de la península; y la utilización de francos y de rebeldes vascones en las pugnas internas había sucedido varias veces. Por otra parte, las consecuencias decisivas de Guadalete, con la pérdida del grueso del ejército y la dificultad posterior de organizar la resistencia, apoya la idea de un estado bastante centralizado, como indica el historiador García Moreno, y no tan “protofeudalizado” como suele afirmarse.

No tienen más sentido las comparaciones con la invasión romana, cuando poblaciones independientes entre sí — e incapaces de unir sus fuerzas–, armadas y acostumbradas a la guerra, ofrecieron una resistencia a menudo heroica. La larga pax romana habían desarmado y desacostumbrado a la gente de las prácticas guerreras, como se había mostrado cuando las invasiones germánicas. Añádase la influencia del clero, pacifista y conformista con el poder, obstáculo a un espíritu de lucha en la primera etapa de desconcierto. Isidoro había definido una doctrina contradictoria, pues si por una parte rechazaba al tirano (“Serás rey si obras con justicia, en otro caso no lo serás”), por otra definía el poder como enviado por Dios y desaconsejaba la resistencia incluso a la tiranía. Y el poder se estaba trasladando a los musulmanes.

Hablar de una preferencia de la población por los invasores, como hacen algunos, no resulta más adecuado que hablar de una “preferencia” de los franceses por el dominio alemán. La magnificencia que alcanzarían más tarde el emirato y el califato de Córdoba ha creado el espejismo de que los musulmanes llegaban con una civilización superior, cuando se trataba de guerreros del desierto y de las montañas del Atlas, tan bárbaros o más que los suevos, vándalos y alanos de unos siglos antes. La exigüidad de su número, y las disputas entre ellos, les forzaron a cierta tolerancia religiosa y política inicial, pero el poder musulmán había significado en muchos lugares una hecatombe para la civilización. Pasaría algún tiempo hasta que el poder árabe adaptase logros y formas culturales de los pueblos vencidos más civilizados, fueran el persa, el bizantino o el español. Pues España –con Italia– era posiblemente el país más civilizado de Europa occidental, con tradición ya muy larga y profunda. La invasión solo pudo haber sido vista como una nueva plaga por una población que llevaba tiempo soportando muchas”.

En consecuencia, la caída de España se explica mejor por el debilitamiento del reino causada por las sequías y pestes de la época, al que se añadió  el debilitamiento de la monarquía debido al problema sucesorio. La invasión llegó en el momento más propicio para los invasores y estos supieron verlo. El que un ejército inferior en número venza a otro superior no es caso raro en la historia, y los musulmanes, precisamente, lo habían logrado en muchas ocasiones. En el de España, ello vino favorecido al máximo por la traición de un sector del ejército hispano.

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Tragedia y catolicismo

“Tal como le dije, he releído Sonaron gritos y golpes a la puerta en agosto. Pocas novelas aguantan una segunda lectura y si es próxima a la primera, menos aún, pero este repaso me ha permitido matizar más. Le dije que la veía como una novela épica y me recordaba a Guerra y paz, salvando las distancias, pero ahora diría más bien que se trata de una novela trágica a la manera griega: el protagonista prepara la muerte (¿asesinato?) de su padre y de sus compañeros, sin saber que aquel es su padre biológico. Y cuando se entera de quién se trata, no abandona la empresa ni manifiesta después ningún arrepentimiento. Esto me gustaría analizarlo más, no sé si coincide con su intención, pero eso lo creo secundario. El motivo de la emboscada para matar a todos es político: se trata de liquidar a un grupo de maquis. Pero a él se suma en este caso el conocimiento de quién es uno de los “matables”. Al saberlo, Alberto se “escaquea”, por así decir, se niega a participar directamente (¿por cobardía?), pero en el fondo no le pesa porque la víctima, su padre físico,  es un enemigo político, pero además es el asesino de su madre, de su padre legal y de su hermana. Pero a pesar de su falta de arrepentimiento, el suceso le mueve a abandonar definitivamente sus andanzas y aceptar la vida familiar corriente, productiva y anodina: de ella había huido siempre: ¿por falta de valor, por miedo a las responsabilidades, por debilidad psíquica o al contrario, por fortaleza psíquica? Difícil decirlo. Aunque Alberto considera a su padre biológico un monstruo, el choque moral consiste en que se percata de cuánto se parece a él: el hijo es una reedición del padre. Los dos han  afrontado grandes riesgos y aventuras, tienen mucha sangre en las manos y consideran que lo han hecho por la justicia, por lo que cada uno entendía por justicia. Mejor dicho, Alberto no se percata, eso suena demasiado intelectual: cuando todo ha pasado, lo  siente de pronto, física y psíquicamente, con una intensidad demoledora, fuera de todo análisis racional. Si esto no recuerda a una tragedia griega, no sé a qué puede parecerse.

También su relación con Carmen es significativa: evidentemente la ama pero la rehúye, ve en ella el lazo que lo encadena a una vida corriente y moliente. Esta ambivalencia podía haber tomado también tintes trágicos si Carmen hubiera adoptado una resolución drástica, suicidándose, por ejemplo. Pero ella es católica y paciente, y eso evita cualquier salida de ese tipo. El catolicismo “doma” a la gente, la aleja de la aventura, impone una sensatez de poco calado, por lo general. La literatura española es poco dada a la aventura, a la épica y a la tragedia y es por el catolicismo, ¿no le parece? En ese sentido el relato está bien: Carmen responde al tipo: un personaje bastante abnegado y no vulgar, pero está en su sitio.

Lo del escéptico y argumentador y hombre de acción Paco también resulta en tragedia en Rusia: su casi brutal seguridad en sí mismo se hunde por completo al enamorarse de Iliena: eso le obliga a traicionar a su amante e intentarlo con su amigo, y desemboca en la catástrofe: a partir de ahí su destrozo moral le empuja a un suicidio indirecto, al quedarse en Rusia cuando ya no hay ninguna esperanza. Iliena sí es una figura trágica, arrastrada por las circunstancias y ella misma viéndose reflejada en el poema más famoso de Verlaine. También Luisa, la hermana de Carmen, y su padre, los dos comunistas, él tan cabreado con los anarquistas y ella llena de contradicciones, más que razonadas, sentidas, y los dos destinados finalmente a desaparecer en el GULAG.

Aparte de todo esto, los personajes secundarios, de las tertulias de Madrid, tratados con humor y melancolía, de los amigos de Rusia, del obrero comunista de Vigo con tanto afán de instruirse, a quien trata de salvar de la guardia civil o el desastre amoroso entre la poetisa, la tía de ella y el amigo de Alberto, metido en fregados que no desea y deseoso de una vida tranquila, del escritor frustrado y bonachón Tenreiro…Accesorios, pero importantes, descargan y dan amenidad a un relato que si no fuera así quedaría demasiado sombrío.

Resumen: una novela trágica, aunque, ya le dije,  algunos de sus aspectos no están aprovechados a fondo, en mi opinión. No sé qué tal ha andado de ventas, pero juraría que no llegará muy lejos en eso, porque yo diría que no entra en el gusto corriente español, tan católico también entre los autores y lectores anticatólicos. En el fondo no es una novela española a pesar de que se desarrolla en España. No digo que el fondo histórico y los ambientes no estén logrados, pues a mi juicio lo están muy bien. Quiero decir que la novela misma no entran en ninguna categoría de literatura española, por lo menos que yo conozca. Los protagonistas también me parecen excesivamente maduros para su corta edad cuando empiezan sus aventuras, aunque, bueno, se dice que la guerra hace madurar a la gente.

Gregorio S. P.

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Espíritu, materia y realidad.

 

   Tanto materia como espíritu son dos abstracciones producto de la necesidad explicativa de nuestra mente. Nadie ha visto, pesado o sentido de alguna manera el espíritu, pero tampoco la materia. Llamamos generalmente materia a todo lo que podemos detectar o manejar físicamente, y espíritu a la causa, tanto eficiente como final, de su presencia o existencia. Es decir, la causa es algo ajeno a los propios objetos materiales (al decir de Hume, se trata de un prejuicio).

   Podemos ejemplificarlo con la construcción de una mesa: el carpintero utiliza una serie de objetos materiales incluyendo madera (creo que la etimología de materia tiene que ver con madera), clavos, martillos y otros instrumentos. Pero la causa de la mesa no estará en la combinación de tales elementos, sino en la cabeza del carpintero, e incluye elementos inmateriales indetectables físicamente como el diseño, complicado con otros elementos como el interés, la experiencia, la habilidad o el precio que espere obtener: lo que convencionalmente llamamos espíritu del carpintero es el que da forma y utilidad a un objeto que permanece material, como es la mesa. Encontramos, pues, una causa eficiente y una causa final. en la mente del carpintero.

    También podemos suponer que en realidad lo que llamamos espíritu es simplemente una manifestación más sutil y compleja de la materia. Así, el diseño, el interés, etc., del carpintero podrían reducirse a flujos eléctricos en su cerebro, y así lo proponen algunos. Esto parece improbable, pero admitiéndolo, abriría el campo a técnicas que permitieran conocer y dominar no solo el producto material exterior de la mente del carpintero, sino también lo que erróneamente habríamos llamado espíritu del carpintero. Es decir, el hombre podría dominar materialmente al supuesto espíritu. Ahora bien, detrás de esas técnicas estaría algo todavía más sutil, el hombre mismo empeñado y capacitado para conocer, dominar, encauzar y utilizar a la humanidad al modo como lo hace con una mesa: podría establecer designios, diseños, etc., más allá de los que utiliza para crear mesas u ordenadores. El hombre se haría amo de sí mismo, en un sentido muy distinto del que usamos para afirmar moralmente  que el individuo debe saber dominarse. He aquí entonces que lo que hemos llamado espíritu de cualquier individuo y que se reduciría a movimientos eléctricos o de cualquier otro tipo físico, pasaría a estar determinado por algo más sutil todavía, y de hecho ya nada material, porque el Hombre, la humanidad, se encontraría detrás de sí misma para diseñarse y darse una utilidad. Se convertiría en causa, si no eficiente, sí final de sí misma (algo imposible en la práctica, ya que lo que los miles de millones de seres humanos opinan, se interesan o gustan, con los correspondientes movimientos físicos en el cerebro, es enormemente variado. Sería preciso que unos pocos capaces de ponerse de acuerdo se impusieran sobre los demás, por la violencia, la manipulación u otros medios.

   La cuestión del diseño (el espíritu) está en los debates sobre la evolución. La inconcebible complejidad de los organismos vivos, del propio ser humano, el hecho de que a pesar de ello los organismos “funcionen”, aunque expuestos a mil anomalías, ¿puede explicarse por una infinita sucesión de casualidades? Esta es la tendencia que se dice científica: tanto la causalidad eficiente como, sobre todo, la final, quedan reemplazadas por la casualidad.  Ahora bien, los cálculos de probabilidades a partir de los puros azares no parecen permitir explicar la evolución, por mucho tiempo que se le eche.  Pero, además, la causa final permanece, implícita: es la naturaleza la que selecciona los rasgos que habrán de conservarse e imponerse. Claro que la naturaleza no es nadie, pero le atribuimos un designio, una finalidad: que los organismos funcionen “mejor” y de manera más compleja. Si doña Naturaleza fuera ciega, como se quiere, cualquier rasgo genético serviría.

En relación con todo ello podríamos decir que la realidad consiste en el paso continuo de lo existente a la inexistencia. El ayer ya no existe, no lo encontraríamos en ninguna parte.

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La religión como núcleo generador de las culturas.

Hoy casi todas las  explicaciones e interpretaciones  históricas y culturales giran en torno a la técnica y más en general a la economía: estas serían el elemento determinante y valorador de una cultura, idea compartida tanto por el liberalismo (o por amplios sectores liberales) como por el marxismo. En ambas ideologías se da por supuesto que las culturas, en concreto la cultura europea anterior a la aparición de ellas, eran sociedades de miseria, abuso, tiranía y explotación, así como de un profundo oscurantismo de origen religioso. La religión, en concreto la cristiana y en especial la católica, serían e origen del mal, del atraso, de la pobreza, s diga con mayor o menor énfasis.  Mi punto de vista es que la religión es precisamente el núcleo generador de cualquier cultura. Y aunque el sentimiento religioso es (o ha sido) universal, tiene, como cualquier otra actividad humana, muchas diferencias de nivel y de calidad.

    Decía que de las numerosas culturas existentes en Europa y el Mediterráneo en el siglo V antes de Cristo solo han sobrevivido la griega y la judía (la romana estaba en formación) y en ellas el factor religioso es bien visible. No hace falta insistir en el caso de la judía, pero la influencia de la mitología griega, tan pribllante y sugestiva,  en todas las artes y el pensamiento clásicos salta bien a la vista. Y se prolongaría en Europa a través del cristianismo. Cuando decimos que la cultura cristiana es característica de Europa nos referimos a su capacidad para imponerse a las religiones germánicas y otras, y conquistar a los conquistadores. En la gran época de España, el catolicismo desempeñó un papel crucial. Asimismo, ese núcleo generador puede “secarse” o anquilosarse, como ocurrió con el islam a partir del siglo XII o con el catolicismo español y no solo español a partir del XVII.

   La Ilustración cambió las cosas, atacando directa o indirectamente al cristianismo, socavándolo en nombre de la razón. Pero he querido señalar que ello solo ha podido hacerlo al precio de convertir la razón y la filantropía (la técnica y la economía, en definitiva) en una religión sustitutoria, con su fe, sus ritos y sus mitos correspondientes. Sin embargo la fe en el Hombre y sus capacidades técnicas es una fe contradictoria, porque ese Hombre es una abstracción muy diferente de los hombres de carne y hueso, frágiles, inseguros, capaces de crímenes y de miserias; y es una fe trivial, porque reduce la vida a una interminable carrera por diversificar y satisfacer una miríada de deseos materiales, de consumo, como viene a decir Fukuyama. Por decirlo de otro modo, creo que el marxismo ha fracasado y que el liberalismo economicista anglosajón, impuesto sobre toda Europa por la victoria militar, va camino de lo mismo. En esas circunstancias me pregunto si el viejo tronco cultural español puede reverdecer en algo nuevo y propio, o está condenado a ser un apéndice de la cultura anglosajona, con una economía o una técnica mejor o peor, pero gobernada por la religión de Prometeo.  

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Entrevista en el país de la Gran Patraña

ENTREVISTA. Pío Moa: “En el bombardeo de Gernika no murieron 800, 1.600 o hasta 3.000 personas sino un máximo de 126”

REDACCIÓN – 18/08/2016

Ikusle: Eres el único historiador al que otros colegas han dedicado un libro titulado Antimoa. ¿Es para ti un motivo de orgullo?

Pío Moa: Me hace gracia, sobre todo porque el autor menciona a un buen montón de historiadores de diversas universidades españolas y extranjeras que le ayudaron. Intenta ser una respuesta a mi estudio “Los mitos de la Guerra Civil”, pero verdaderamente es un chiste, por su pedantería e inanidad intelectual. Lo analicé en una serie de artículos en Libertad Digital, no refuta ninguna de mis tesis, pero da idea del nivel de cierta historiografía académica, hoy por hoy dominante, pero que no puede mantenerse indefinidamente, porque es manifiestamente una gran patraña.

A diferencia de la historiografía académica, aseguras que la Guerra Civil no comenzó el 18 de julio de 1936 sino en octubre de 1934, con la revolución de Asturias, puesta en marcha por las izquierdas. ¿Qué objetivo tenía ese levantamiento?

En la insurrección de octubre del 34 había varias corrientes: la principal, la del PSOE, buscaba destruir la república burguesa e implantar la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE. En Cataluña, los separatistas trataban de destruir la república tal como era e imponer otra que les permitiese una práctica secesión. Secundariamente participaron los comunistas, en algunos sitios los anarquistas, y los republicanos de izquierda la apoyaron rompiendo con las instituciones republicanas. Al revés que en el golpe de Sanjurjo, que no fue apoyado por la derecha y quedó en casi nada, en este otro participó a un nivel u otro, toda la izquierda y los separatistas catalanes. Fracasó enseguida casi todas partes, pero en Asturias fue una verdadera guerra durante dos semanas y dejó muertos en la mitad de las provincias, sobre todo en Barcelona, Madrid y el País Vasco. 1.300 en total, y enormes daños materiales.

Gerald Brenan la calificó como “Primera batalla de la guerra civil”, y así fue. La izquierda no sacó ninguna lección positiva de su fracaso, sino que se empecinó aún más en destruir a la derecha y a la Iglesia, que era lo único en que estaban todos de acuerdo. La alianza de hecho entre izquierdas revolucionarias, izquierdas republicanas y separatistas, se reprodujo con motivo de las elecciones de febrero de 1936, en las que izquierdas y separatistas subieron al poder después de unas violencias y maniobras que las invalidan como elecciones democráticas. Fueron un fraude, como es un fraude considerar democrático al Frente Popular.

La base de la Gran Patraña en que sostiene gran parte de la historiografía, de los periodistas y los políticos es esta: pretender que aquellas elecciones fueron democráticas y que el Frente Popular también lo era. Lo primero que hizo el Frente Popular, desde el poder y desde la calle, fue destruir la legalidad republicana para impedir que la derecha pudiera volver al poder y para aniquilarla en un proceso revolucionario muy violento, que terminó provocando la rebelión de julio del 36.

El Frente Popular se componía, de hecho o de derecho, de marxistas revolucionarios, stalinistas, anarquistas, golpistas de izquierda como Azaña, que intentó golpes de estado cuando perdió las elecciones del 33, y de separatistas catalanes y al final vascos, cuya base doctrinal era un racismo irrisorio. Estos eran los demócratas según los historiadores de la gran patraña. Se decía que la URSS era el país de la Gran Mentira. España es hoy el país de la Gran Patraña, una especie de mentira particularmente cutre y estúpida, pero que de momento funciona.

¿Tuvo repercusión la revolución de 1934 en el País Vasco? 

Tuvo repercusión considerable, con numerosos muertos, incendio del Palacio Salazar de Portugalete, que albergaba una importante biblioteca y colecciones de arte, etc.

¿Cuál fue la actitud del nacionalismo vasco en general y del PNV en particular ante estos sucesos?

El PNV se abstuvo en la lucha, pero no así en las maniobras desestabilizadoras que la precedieron en el verano de 1934. En ellas colaboró con socialistas, comunistas y republicanos de izquierda para desestabilizar al gobierno de derecha salido de las únicas elecciones realmente democráticas de la república, las de noviembre de 1933.  Fue algo así como lo del Prestige, pero a lo bestia, mientras el PSOE y los separatistas catalanes se armaban clandestinamente. He estudiado esas maniobras,  generalmente ocultadas, en “Los orígenes de la guerra civil”. Pero a la hora decisiva, en octubre, el PNV se abstuvo. ¿Por qué? Porque vio enseguida que el golpe no iba a triunfar. Lo mismo hicieron los republicanos de izquierda después de unas iniciales  declaraciones muy comprometedoras. El PNV siempre tuvo una habilidad especial para traicionar a todos.

¿Qué actitud mantuvo el PNV y el resto de partidos nacionalistas durante la II República?

El PNV estuvo socavando todo lo que pudo a la república, promoviendo maniobras desestabilizadoras y finalmente integrándose de hecho en el Frente Popular. Incluso rechazó la petición del Vaticano de que hiciera causa común con el resto de la derecha española. Su conducta se guiaba por la idea de Sabino Arana de que cuanto peor y más caótica fuera la situación en toda España, mejor partido podrían sacar los separatistas.

A pesar del carácter laico del Frente Popular y de ser una formación profundamente católica, el PNV optó por apoyar a la II República tras el alzamiento del 18 de julio de 1936. ¿Qué motivos llevaron a los jeltzales a apoyar al gobierno presidido por Manuel Azaña?

Hubo dos razones principales, la primera, que los sublevados de julio quedaron en tal inferioridad de fuerzas que parecía imposible que ganasen, como dijo Prieto. La segunda, que el Frente Popular representaba un caos que el PNV podía explotar, y de hecho lo explotó a fondo haciendo caso omiso del gobierno izquierdista. Además, el PNV colaboró con la persecución religiosa disimulándola o negándola ante la opinión pública internacional, de lo que se jactó abiertamente.  Y cuando la situación fue poniéndose difícil para sus aliados del Frente Popular, el PNV no tuvo el menor reparo en sabotearlo. Son muy curiosos los diarios de Azaña al respecto.

¿Cómo fueron las relaciones entre el Gobierno de Euzkadi y la II República durante el conflicto?

Es un error hablar de II República durante la guerra, aunque casi todo el mundo cae en él. La II República, es decir, su legalidad, cayó por tierra ya en las fraudulentas elecciones de febrero del 36 y en el virulento proceso revolucionario que siguió. Simplemente, el PNV se dedicó a traicionar a todos: a la Iglesia católica, colaborando de hecho en la persecución como dije, y a las izquierdas, intentando obrar  como país independiente en Vizcaya que fue la única provincia que realmente dominó hasta cierto punto por un tiempo. El resultado fue un verdadero caos, que indirectamente benefició mucho a Franco. El PNV, cuando vio que los suyos, como decía, iba perdiendo, se dedicó a sabotearlo hasta llegar a la rendición de Santoña. Intentó congraciarse con los nazis, luego con los fascistas italianos, y al mismo tiempo maniobraba con Londres y París para una paz separada, ofreciendo a ingleses y franceses una especie de protectorado al norte del Ebro. Los ingleses y los franceses apenas les hicieron caso, pensando que proponían chifladuras, y los alemanes e italianos preferían a Franco. Respecto al apoyo de Hitler a Franco, debe recordarse que el Hitler de 1936 no es el de 1942, cuando comienza el Holocausto y los genocidios. El único genocida por entonces era Stalin, que casualmente apoyaba al Frente Popular, incluyendo  de hecho al PNV. Lo he expuesto en “Una historia chocante” y en “Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia”. Debieran leerlos muchos ingenuos que se han tragado unas ruedas de molino de gran diámetro.

Uno de los sucesos bélicos que más ríos de tinta ha dejado la Guerra Civil fue el bombardeo de Gernika, la histórica capital foral vasca. Bajo tu punto de vista, ¿qué sucedió realmente?

Excepto el hecho mismo del bombardeo, todas y cada uno de los aspectos que han cimentado la leyenda, son de una grosera falsedad. No murieron 800, 1.600 o hasta 3.000 personas como se ha dicho, sino un máximo de 126, según la detalladísima investigación de Jesús Salas Larrazábal. Guernica era un objetivo militar importante, y de haber avanzado Mola en su dirección, en lugar de hacerlo sobre Durango, habrían podido copar a grandes fuerzas izquierdistas-separatistas. Franco había ordenado evitar bombardeos sobre núcleos poblados, y después reiteró la orden. Fue desobedecido en este caso y algunos más, más por los italianos que por los alemanes. Después de Guernica, el PNV llamó a luchar a ultranza contra los nacionales, pero bajo cuerda intensificó los contactos con los fascistas italianos para rendirse y sabotear a sus aliados de izquierda, al “gobierno legítimo”, según siguen diciendo. Es decir, que finalmente Guernica sí tuvo importancia militar, aunque indirecta.

Una vez finalizada la guerra en el País Vasco, ¿qué actitud tomó el PNV y el resto de los nacionalistas vascos ante el régimen de Francisco Franco?

Pues como en el resto del país. La gran mayoría de los separatistas se acomodaron al régimen, algunos fueron represaliados, porque los nacionales consideraban al PNV especialmente traidor, por la cuestión religiosa, pero de todos modos sufrieron mucha menos represión que los comunistas o los socialistas, porque, en definitiva, habían contribuido a la victoria nacional, aunque de modo involuntario.  En la emigración. El PNV coqueteó con los nazis y finalmente sus jefes se instalaron en Estados Unidos. Los socialistas organizaron, con bienes robados a todos el mundo y al patrimonio histórico-artístico, dos organizaciones rivales de ayuda (JARE y SERE). El PNV intentó comer a dos carrillos beneficiándose  de ambas, pero no le fue posible. Terminó sirviendo al FBI para espiar a los demás exiliados izquierdistas, entre los que tenía vía libre  por aquello de la hermandad antifascista y el compañerismo de lucha. En el FBI había quejas de que los separatistas vascos cobraban más de lo que valían sus servicios. Creo que en la historia de las traiciones, ningún partido ha superado al PNV en España. Insisto en que vendría bien a muchos intoxicados por la propaganda conocer estos casos, que he tratado en mis libros y en artículos fáciles de encontrar en internet.

¿Hubo muchos nacionalistas vascos que colaboraron con el franquismo o terminaron congraciándose con el nuevo régimen tras la contienda?

No he seguido en detalle esas evoluciones, pero bueno, pasó en líneas generales como con los demás partidos contrarios a los nacionales. Unos colaboraron e incluso treparon o trataron de trepar en la nueva situación, otros se mantuvieron al margen, resentidos, aunque pasados los primeros años, en que el peligro de ser arrastrados a la guerra mundial o luego de ser invadidos por los vencedores de Alemania y el peligro del maquis, obligó al régimen a actuar con dureza. Después, la inmensa mayoría pudo rehacer sus vidas. Hubo pocas condenas a muerte de separatistas, la mayoría conmutadas por cadena perpetua, y esa cadena perpetua no solía durar más de seis años. Por cierto, las penas de muerte totales después de la guerra fueron en torno a las 24.000, en su mayoría a culpables de asesinatos y torturas, y en torno a la mitad fueron conmutadas. Nada que ver con las cifras fantásticas de la memoria histórica. Seguramente cayeron también algunos inocentes, pero eso está por investigar. Para los de la memoria histórica todos son víctimas del franquismo, lo que insulta a los inocentes y enaltece a los chekistas y similares, con quienes de hecho se identifican esos memoriosos. Esas cuestiones las he tratado en “Los mitos del franquismo”.

¿Cuál fue, en términos generales, la actitud tomada por los diferentes gobiernos de Franco hacia el País Vasco? Desde algunos sectores concretos, se asegura que, durante el franquismo, el País Vasco fue una de las regiones más beneficiadas, a pesar de no apoyar Bizkaia y Gipuzkoa el alzamiento.

Mira, hay unos datos que resumen todos los demás y que evitan mil discusiones: al final del franquismo, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava eran las provincias con mayor renta per cápita de España. Gracias a la paz y la seguridad jurídica, el franquismo favoreció como nunca antes el dinamismo y la iniciativa empresarial de los vascos. En los primeros tiempos hubo cierta persecución al vascuence, debido al modo como lo habían utilizado los separatistas para sembrar odio y división, y pretensiones de superioridad racial,  pero eso pasó pronto. En el franquismo se organizaron los primeros premios a la literatura en vascuence, se lo promocionó, se publicaron más libros en vascuence que nunca antes, la Academia Vasca unificó los dialectos en el batua, etc. Esta es la realidad, lo demás son cuentos.

Existe cierta división entre los historiadores sobre cuáles fueron los motivos que llevaron a la creación de ETA. Algunos consideran que, en un primer momento, fue una organización eminentemente antifranquista mientras que otros opinan que, desde sus inicios, su objetivo fue la independencia y la implantación del socialismo en el País Vasco. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Me parece un asunto irrelevante. La  ETA nació de cristianos radicalizados y simpatizantes con las revoluciones argelina y cubana, que creían poder imitarlas para imponer en el País Vasco un estado digamos socialista. Pronto adoptó unas posturas más extremistas y sádicas, léase a Krutwig. Durante bastantes años era un grupillo más, que se quejaba de que los vascos cometían el horrible pecado de no hacerle caso. Empezó a asesinar en 1968 mucho después de haberse formado, un asesinato sórdido por un estudiante medio drogado… En fin, todo esto está bien documentado a partir de fuentes de la propia ETA, y yo me he dedicado a recogerlas en los libros citados. Lo que ocurre es que a raíz de ese asesinato y otro posterior, la  ETA recibió un apoyo de todo tipo del PNV, de toda la oposición antifranquista y sobre todo de gobiernos como el argelino y especialmente el francés, que le garantizó un santuario donde rehacerse y planificar, al lado mismo de una frontera abierta y poco vigilada. Esos apoyos crearon una especie de leyenda de valientes gudaris cuya especialidad era el asesinato por la espalda. El gran problema de la ETA ha sido el de los enormes apoyos que ha recibido y sigue recibiendo. Con Aznar, y según confesión propia de la ETA, esta se encontraba al borde del precipicio, simplemente porque se le aplicó la única solución adecuada a un estado de derecho democrático, la solución policial, mientras que antes se hablaba sobre todo de la salida política, que equivalía a hacer del asesinato un método de acción política en democracia. No solo la ETA fracasaba en casi todos sus atentados, sino que su apoyo popular, que siempre distó mucho de ser mayoritario, estaba cayendo drásticamente. En tales condiciones el PSOE de Zapatero rescató al grupo, premiando su carrera de crímenes con legalidad, dinero público, excarcelaciones, proyección internacional, etc., y la misma política ha seguido Rajoy. Algunos etarras políticos han mostrado gratitud a Zapatero, no sé por qué no se la expresan también al PP actual.

Los últimos años del franquismo y los primeros tiempos de la Transición fueron agitados en el País Vasco. ¿Cuáles fueron los motivos que provocaron esa época tan convulsa en las calles vascas?

La convulsión en el franquismo es en gran parte un mito. Yo estuve trabajando en los astilleros de Euskalduna y la Naval de Sestao, lo cuento en mis memorias de entonces De un tiempo y de un país, y, por ejemplo, había bastante menos presencia policial que en Madrid. La mayor agitación era la de los comunistas, en distintos grupos, Comisiones Obreras, algo la UGT de Nicolás Redondo, trotskistas y otros, pero en general muy minoritaria. La ETA recibía sobre todo el respaldo de los demás y el mediático debido a sus atentados. Pero, exceptuando el asesinato de Carrero y la matanza de la calle del Correo, cuando la ETA actúa de verdad, causando cientos de víctimas, es en la democracia. En la transición sí hubo mucha agitación en el País Vasco, porque se volcaron en ella, aprovechando una legalidad de hecho, los comunistas del PCE y otros grupos, cristianos radicales, etc., la ETA aprovechó la leyenda favorable que le habían construido entre todos. No hay que olvidar que, como explico en “Los mitos del franquismo”, fue la Iglesia la que condenó a muerte a aquel régimen, al privarle de sostén y sustancia ideológica a partir del Vaticano II. El franquismo no podía continuar, pero hay que agradecerle que, a pesar de todo, lograse organizar una transición poco traumática, aunque un tanto chapucera desde Suárez, en lugar de llevar al país a convulsiones graves.

En tus columnas de opinión, te has mostrado muy crítico con el modelo de Estado autonómico. ¿Cuál crees que debería ser la organización territorial española?

Creo que las autonomías deben reconducirse. Entregarles la sanidad y sobre todo la enseñanza fue una locura, pensando que los separatistas iban a moderarse y mantener una esencial lealtad al país y a la democracia. Cuando muere Franco, hay muy pocos separatistas, que prefieren disimularse como autonomistas. Pero unos políticos ignorantes de la historia les entregan tales ventajas que han podido utilizarlas a lo largo de todos estos años para crear una opinión pública antiespañola, es decir, antivasca, porque la historia vasca real tiene muy poco que ver con la que han estado inventando todos estos años. Tal como están diseñadas, las autonomías son una ruina y un apoyo a la balcanización del país. No podemos ser frívolos con estas derivas, pues la historia demuestra que son muy peligrosas.

El próximo 25 de septiembre se celebran las elecciones al Parlamento Vasco. ¿Qué resultados crees que se producirán? ¿Iniciará el País Vasco un proceso soberanista similar al catalán?

Francamente, no sigo las elecciones. Las demagogias de esos políticos y partidos mediocrísimos, sus mentiras y estupideces, me dan grima. Ya he dicho que gane quien gane, ganará Zapatero, porque él ha iniciado una deriva y unas leyes de las que parten como si fueran inamovibles tanto el PP como los demás. La tendencia general es la que he dicho: una audacia separatista creciente, amparada en unos gobiernos ideológicamente insignificantes e ignorantes de la historia, y no identificados con una idea de España y la democracia. Acabo de publicar “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”. Un grave problema es que una democracia sin demócratas, sin verdadero pensamiento democrático en la izquierda o en la derecha, necesariamente funcionará mal. La palabra “democracia” se ha convertido en un concepto mágico, una panacea que cada partido y casi cada político interpreta a su gusto. Si eso no cambia, estamos en un proceso de putrefacción que se irá acentuando.

¿Crees que el País Vasco puede terminar siendo un estado independiente a medio o largo plazo?

Es muy difícil, porque la inercia de un pasado común, de una cultura común, de una población y lengua comunes, es demasiado fuerte. Sin embargo, con gobiernos como los que llevamos sufriendo, en los que la ley no se aplica y el estado de derecho es burlado y la corrupción es rampante, cualquier cosa podría suceder. Y todos lo lamentaríamos, sin exceptuar a esos separatistas que mezclan la frivolidad, el fanatismo y la incultura, como los propios gobiernos de PP y PSOE.

Para finalizar esta entrevista, ¿qué les dirías a aquellos que te tildan de no ser un historiador sino un apologeta del franquismo?

Un historiador es quien investiga y escribe sobre el pasado. Lo puede hacer mejor o peor, y le he repetido mucho a esa gente que ellos lo hacen mediocremente, mal o muy mal. Salvando las excepciones de rigor, la historiografía española actual es simplemente penosa. Cuando me pregunta un joven que quiere ser historiador y estudia en un departamento universitario corriente –insisto en que hay excepciones–, le digo: tendrás que hacer un gran esfuerzo por librarte de la mayor parte de esas influencias. Me apena tener que hablar tan claro, pero alguien tiene que hacerlo. Actualmente mantengo en Cadena Ibérica un programa de radio llamado Cita con la Historia, que puede oírse en YouTube, en podcast y en su página web. Carece de subvención y se mantiene con ciertas dificultades, pero creo que vendrá bien escucharlo a muchos jóvenes.

 

 

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