Por qué Rajoy es un delincuente (I)

Blog I: El gran problema histórico de España: https://gaceta.es/opinion/gran-problema-historico-espana-20170820-1753/

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Algunos me han reprochado que hable de Rajoy y su gobierno como delincuentes. Veamos: el delito es la infracción grave de la ley. Claro que como las leyes son variables, a veces un supuesto delincuente se convierte al final en héroe. Pero dudo mucho de que este sea el caso.

   Para empezar, toda la política seguida por ZP y Rajoy con respecto a la ETA entra en el delito tipificado de colaboración con banda armada. Si ud ayuda a la ETA con mil euros o facilitándole datos sobre alguna persona contra la que atentar, está colaborando con ella. Hay otras formas de colaboración de las que la ETA disfrutó desde el principio y que la han “hecho grande”: disculpa, justificación o apología más o menos disimulada a sus crímenes, etc.

   Pues bien, esos evidentes delitos han sido sobrepasados a un nivel gigantesco por ZP y Rajoy. Con Aznar, la ETA estaba al borde del precipicio, y ZP la rescató mediante “diálogos”clandestinos, que siguen ocultas a la opinión pública. La colaboración se resume en la relegalización. La legalidad implica no mil euros sino grandes cantidades de dinero público. No información sobre algún ciudadano, sino el censo con datos de todos. No simple disculpa o justificación de sus asesinatos, sino presencia en las instituciones y proyección internacional. Sin contar la liberación de presos, que se hace por la puerta de atrás, debido a la indignación que provocaría en la opinión pública… aunque las dádivas anteriores son mucho más graves que la suelta de asesinos con los correspondientes homenajes.

   Todo esto son delitos cometidos al máximo nivel. ZP y Rajoy han hecho del asesinato  un modo aceptado de hacer política en esta democracia fallida. Aceptado y recompensado. Algunos memos o ingenuos excesivos dicen que “por lo menos la ETA ha dejado de matar”. Esto es el colmo del delito, precisamente. Con la política de Aznar, basada en el Estado de derecho, la ETA ya había sido reducida a la inoperancia e incapacidad para matar. De haber proseguido un par de años esa política, habría quedado reducida a la nada o al nivel del GRAPO. Pero el delincuente ZP, por afinidad política manifestada también en su ley de memoria histórica, favorable a chekistas y etarras, aprovechó la situación para montar esa colaboración en gran escala. Muy conveniente para los asesinos porque, en su lastimosa situación, necesitarían mucho tiempo para recuperar su capacidad anterior y, no menos importante, un apoyo popular que venían perdiendo a chorros. Esta política delictiva, cómplice, la ha proseguido Rajoy, incluso ampliándola (Bolinaga, Parot…).

   Estos hechos  son simplemente evidentes, están a la vista de todos. Y sin embargo, casi nadie las quiere ver. Parece que un político, en España, como en las repúblicas bananeras, tiene bula para cometer cualquier desmán, so pretexto de los votos obtenidos. Esto significa la destrucción del estado de derecho, sin el cual hablar de democracia es hablar de nada. En comparación,  los escándalos de corrupción económica con que nos asaltan constantemente los medios son casi nimiedades.

   La cuestión afecta a los partidos, convertidos cada vez más en mafias: los cuatro en candelero, más los separatistas, apoyan los delitos de ZP y Rajoy, son igualmente cómplices. Pero afecta más aún a los medios de masas. ¿Cómo es posible que no se haya elevado una ola de denuncia e indignación contra los políticos delincuentes, más allá de quejas irrelevantes y lloriqueos por asuntos secundarios como los homenajes públicos a etarras? ¿Cómo es posible que la liquidación del estado de derecho, que permite la explotación del asesinato como forma de hacer política, no suscite la menor reacción en analistas, comentaristas…?

  Es posible por una simple razón: ninguno de ellos entiende la democracia. Este concepto se ha convertido en una palabra mágica que cada cual utiliza a su conveniencia y dándole el sentido que prefiera. No existe una cultura democrática debido al modo como se hizo la transición. Aunque este es otro tema, está muy relacionado con la delincuencia de los políticos, con la fuerte tendencia de los partidos a convertirse en mafias. He explicado algo en La guerra civil y los problemas de la democracia en España.

   Pero no es este el único caso que permite afirmar que la clase política española se compone hoy de delincuentes, empezando por Rajoy. Examinaré algunos otros. Y alguien tiene que decirlo en este maremágnum de farsa y palabrería vacua en que se ha convertido la política española.

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Cómo hicieron grande a la ETA: https://www.youtube.com/watch?v=myRxMiMjf10&t=51s

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Lo que nos enseña el atentado de Barcelona

1.- Lo primero que debía haber habido es una declaración oficial del gobierno, de la guardia civil y de la policía sobre el atentado. Pero ha sido la Generalidad y sus mozos de escuadra (los “mosus” dicen todos los cantamañanas) quienes han corrido con esa formalidad.  Sin embargo las competencias antiterroristas  no han sido transferidas ni podrían serlo, pertenecen al gobierno, no a la autonomía, la cual se ha comportado como dueña de país independiente. Este dato esencial no ha sido advertido por casi ningún analista, reflejo de cómo la política en España se ha transformado en una orgía de palabrería vacua, en una farsa. Algo parecido ha ocurrido con la seguridad del aeropuerto del Prat, que es competencia exclusiva del gobierno y debiera estar en manos de la Guardia Civil en todo momento.  Rajoy y sus ministrillos simplemente incumplen la ley y reconocen por la vía del hecho consumado, una vez más, el estado residual del estado allí, y la práctica secesión de Cataluña. Y un gobierno que ni cumple ni hace cumplir la ley es simplemente un gobierno antidemocrático y delincuente. Aunque casi todo el mundo persista en hacer como si no se enterase, debido a la ausencia o precariedad  de cultura democrática en España.

2.- Rajoy ha apelado en tuíter a la unidad contra el terrorismo. Pero ¿unidad con quién? Rajoy, precisamente, es el seguidor de Zapatero, que rescató a la ETA del borde del abismo, premió sus crímenes con legalidad, dinero público, presencia institucional, proyección internacional, liberación de presos, etc., admitiendo así los asesinatos como modo de hacer política y lograr puestos “representativos”. Ello supone destruir el estado de derecho, anulando la democracia en uno de sus rasgos principales. Nuevamente, la ausencia de cultura democrática en los partidos, analistas y comentaristas de los medios pasa por alto una operación delictiva absolutamente escandalosa, que ha hecho de España una democracia fallida, convirtiéndola en “el país de la Gran Patraña”, como la URSS era “el país de la Gran Mentira”.

3.-  Dentro de esta farsa brutal hemos visto a los jefes de la Guardia Civil y la policía y otros mucho tratar de censurar las imágenes del atentado. Hipócritamente hablan de “respeto a las víctimas”, los mismos que han promocionado al máximo imágenes como la del bebé sirio ahogado. A quienes respetan realmente es a los terroristas, y la causa es simple: tratan de impedir lo que llaman “la islamofobia”. Esto, en un país donde la cristianofobia, los ataques directos e indirectos al cristianismo, base de la cultura europea, son el pan nuestro de cada día desde todos los ángulos, desde los LGTBI al gobierno y a los amigos del Frente Popular, más cada día.  Lo que se persigue con esa política es desarmar de antemano cualquier oposición al islam, con el pretexto de que los yijadistas son solo una minoría.

4.-  Los terroristas son siempre minorías, pero pueden tener más o menos apoyo. Y es evidente que tienen mucho. Irónicamente escribí en tuíter: “Creo que los cientos de miles de musulmanes en Cataluña van a manifestarse con furia contra el terrorismo islámico”. En París se convocó una manifestación de esas, a la que acudió un centenar de personas, no todas musulmanas. Los hechos reales son que la mayoría de los islámicos desprecian nuestra cultura, a lo que tienen derecho, pero no en nuestros países. La consideran una cultura decadente, en lo que probablemente tienen alguna y aun bastante razón. Y la tendencia general en el mundo islámico no es, desde hace muchos años, a una “occidentalización” sino a todo lo contrario. Basta ver fotografías de mujeres en Teherán, El Cairo Kabul y muchos otros lugares hace treinta o cuarenta años y las actuales. La misma Turquía, antaño una peculiar democracia tutelada por el ejército, sigue esa orientación. Y dentro de Europa, las crecientes minorías musulmanas tienden a una mayor radicalización. En España es particularmente peligroso porque la memoria de Al Ándalus sigue muy viva en el  mundo islámico, como de vez en cuando se encargan de recordarnos.

5.- La Comisión islámica de España ha condenado “todo tipo de terrorismo”. La expresión es significativa, como la del PNV cuando, en relación con la ETA, “condenaba” todo tipo de violencia, es decir, la violencia “represiva” de los cuerpos de seguridad, equiparándola hipócritamente a los crímenes etarras. Hay que decir que, en la perversión del lenguaje habitual con el término terrorismo, no dejan de tener un argumento aparente: la UE, por medio de la OTAN, ha ayudado a sembrar el caos y la guerra civil, con cientos de miles de muertos, en Afganistán, Irak, Libia o Siria, provocado un golpe militar en Egipto, etc. El terrorismo islamista aparece entonces como una respuesta a tales hechos. Especialmente sangrante, y por haber intervenido España directamente en el crimen, fue el derrocamiento de Gadafi, que llevaba años de política moderada, derrocamiento  que destruyó literalmente una sociedad antes tranquila, ordenada  y rica. ¿Han visto a alguno de los políticos europeos causantes hacer el más mínimo análisis autocrítico al respecto?  So pretexto de “democratizar” esos países los han llevado al desastre, y de paso están haciendo lo mismo en Europa. Me quedo prácticamente solo en la exigencia clave para España de abandonar la OTAN, una organización que supone una alianza con un país invasor de nuestro territorio (Inglaterra) en un punto clave para nuestra defensa, así como la desprotección de Ceuta y Melilla, ciudades españolas de hecho reservadas por la OTAN a Marruecos, a plazo más o menos largo. Una organización que convierte a nuestras fuerzas armadas en un ejército cipayo al servicio de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en lengua ajena.  

6.- Repliqué a uno de esos tuits que predicaban la unidad para acabar con los yijadistas: “Lo primero sería acabar con los repugnantes gobiernos que han premiado a la ETA y favorecido a los islámicos. Sin eso no hay nada que hacer”.

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El vacío al final de la aventura

Digas lo que digas, la novela deja un regusto de absurdo y de fracaso en todo. O bien, como ese tema eterno en la literatura y el cine: dos amantes triunfan en su amor después de incontables peripecias y obstáculos internos.

–Esas dos interpretaciones se excluyen. Pero está bien que me presentéis esas cuestiones, me obligan a pensar sobre el contenido de la novela, porque “salió” así, con muy poca planificación previa. No es que lo que vengo diciendo sobre ella estuviera planeado conscientemente, sino que, dando vueltas al relato, uno puede encontrar tales o cuales cosas no previstas. Quizá refleja una visión de la vida del propio autor, o más bien una actitud inconsciente. De eso hablaré…  Sí, después de tantas peripecias, Carmen y Alberto se casan y llevan una vida feliz, dice Alberto que la lleva, aunque la cosa no es tan simple. Podría considerarlo un final feliz, no solo por Carmen, pues también la causa por la que ha luchado y sufrido tanto ha ganado la partida, y ya no sería necesario seguir en las mismas. Pero el protagonista duda, sin explicarlo, sobre si no tendría más valor su vida tormentosa de joven que su vida amorosa y productiva posterior. Máxime cuando los hijos no le han salido a su gusto, sino que se han dejado llevar por ambientes… En ese género eterno que dices se llega a un final feliz, aunque no se explica qué pasa después.

   –Sí, esa sensación de cosa incompleta que dejan los finales felices. También en  las novelas de aventuras. La isla del tesoro, para mí es el gran modelo y nos deja una impresión decepcionante. Después de tantos riesgos y demás, los protagonistas vuelven ricos y ya se acabaron las aventuras: tanta acción emocionante para llevar una vida presumiblemente aburrida. Aquí no triunfa el amor sino la riqueza, una idea muy inglesa. El final feliz nos deja una sensación de vacío en los dos géneros, los de amores y los de aventuras.

– Estoy bastante de acuerdo. Ahí está la sensación de absurdo: la acción culmina, y lo que viene después ya es poco interesante: no se explica, el relato no se alarga,  porque es poco interesante, precisamente. Entonces, ¿qué sentido tiene lo anterior? ¿Y por qué nos parece interesante la vida llena de peripecias peligrosas del joven Alberto y tan insípida la vida de profesor del Alberto maduro, a la que evidentemente he dedicado muy poco espacio?  Claro que la novela podría tener una continuación mostrando los acuerdos y desacuerdos de la pareja, las intrigas de la universidad, los apuros económicos, el contraste entre la educación de los hijos, que Carmen hace tan católica, y el resultado, muy poco católico, como ha ocurrido tantas veces en la realidad. O   las decepciones y las alegrías académicas, la experiencia con los alumnos, las reacciones psicológicas de unos y de otros. De hecho existen muchas novelas más o menos así, pero en contraste con la vida anterior parece todo banal. Y ese contraste da también la sensación de absurdo.

Pero usted ha dicho que su novela no entra en el género del absurdo, que el absurdo es una contradicción en sí mismo.

–Sí,  eso creo. Si realmente crees que la vida es absurda, que no tiene sentido, ¿para qué vas a escribir una obra de teatro o una novela? Algunos me han criticado cosas como estas: yendo a Rusia, los dos amigos entablan una estrecha amistad con otros dos personajes, un campesino analfabeto y un profesor de química. El profesor toma al campesino bajo su tutela, le enseña a leer y escribir, y el ex analfabeto revela ciertas dotes poéticas.  Luego, después de tantos peligros compartidos, el profesor y su alumno mueren en una ofensiva rusa. También Paco morirá después de haber provocado un terrible desastre en las relaciones entre ellos. Y me dicen ¿por qué haces morir a esos personajes? Ciertamente podría haberlos “salvado”, como también a Iliena. Esta podría haber venido a España con Alberto (alguna que otra rusa lo logró) y la trama tomaría un desarrollo nuevo con el conflicto entre el amor por así decir tranquilo y sensato por  Carmen, y el apasionado por la rusa. Pero no he querido escribir una especie de cuento de hadas. Gran parte de lo expuesto en Rusia está sacado de los diarios y relatos de divisionarios, y la realidad se pareció mucho más a como la expongo que a como podría hacerlo usando la arbitrariedad del novelista o el deseo de evitar ciertas crudezas que a muchos lectores les parecerán inconvenientes. Incluso la captura del campesino por los rusos, y su fuga, ocurrieron en la realidad. Hubo uno que realizó la proeza, muy difícil, volviendo a las filas españolas… para morir poco después  en un combate o por una bala perdida, no recuerdo bien.

Vuelvo a lo mismo, ¿no pretende reflejar ahí el absurdo de la guerra, por ejemplo?

–Si me ha salido algo así no ha sido por mi voluntad. No es una novela pacifista. Tampoco belicista. Todo tiene un sentido, pero solo percibimos algunos reflejos de él.  La preocupación semiconsciente por esas cosas se le presenta a Alberto en un sueño en el tren que le lleva de Alemania a Rusia. En él, millones de hombres marchan en trenes para enfrentarse a muerte unos con otros. No saben por qué. Unos irán con entusiasmo, otros con miedo, unos convencidos, otros horrorizados. Pero en definitiva no saben por qué  Aparentemente quienes lo saben son otros pocos hombre aislados en castillos remotos (o algo así, hablo de memoria), que envían a los ejércitos y los dirigen,  pero resulta que ellos tampoco lo saben. Es decir, nadie sabe por donde va la historia, que suele burlarse de los más sesudos análisis. La capacidad humana de ver y de prever es a corto plazo. Ahora bien, una cosa es decir que “no sabemos”  o “no entendemos” y otra deducir de ahí que el mundo es absurdo. Eso es dar un gran salto ilegítimo. Claro, si ud tiene una religión, la de Jesús, la del Progreso, la de la Libertad, del Comunismo, de Mahoma  o lo que sea, entonces cree conocer el significado de la vida y le da un significado. Entonces el espíritu descansa, pero yo prefiero la frase de Omar Jayam: no sabemos. Y no obstante, dentro de no saber, actuamos, la vida misma nos empuja a actuar, a trabajar, a esforzarnos, a luchar con más o menos suerte o resultados, que muchas veces son los contrarios de los que deseamos y planeamos…  Dentro de no saber, sabemos algo, aunque no todo lo que quisiéramos. La novela no dice eso, no teoriza sobre eso, solo lo refleja en la acción, mejor o peor.

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Evolución de posturas regeneracionistas

En Una historia chocante expuse sobre el regeneracionismo: “Las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los turcos y de los protestantes, etc., eran miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas por los refundadores. Para ellos, España había sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes. La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los críticos”

Y una clave más o menos clara de todo el asunto habría estado en la nefasta Reconquista. Ortega llevaba el mal o la enfermedad hasta los visigodos, un pueblo decadente, contaminado por el contacto con la decadencia romana, al revés que los francos, frescos y puros en su barbarie creadora.

   No es difícil percibir la extraordinaria semejanza de aquel regeneracionismo con los nacionalismos vasco y el catalán, a todos los cuales cabe calificar también de regeneracionistas a su modo. Los regeneracionistas  despreciaban el pasado real de España tal como Arana o Prat de la Riba despreciaban el pasado real de Cataluña y de Euzkadi, supuesta historia de opresión consentida hasta con abyecta alegría por vascos y catalanes. Aunque, a diferencia de aranistas y pratistas, los regeneradores no sembraban el odio o el resentimiento hacia ninguna parte de España, coincidían en fomentar la aversión por el común legado hispano y por el liberal régimen de  la Restauración. También se asemejaban sus estilos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual, y su pretensión de fundar naciones. Curiosa en cambio la divergencia en las conclusiones a partir de las mismas premisas: unos aspiraban a refundar la nación española, de tan “anormal” pasado; los otros a desarticularla y hundirla de una vez por todas, lo que no sería menos lógico.

    Los regeneracionistas pretendían destruir el liberal régimen de la Restauración, tildado de “necrocracia” o dominio de los muertos, para  refundar España “como si nunca hubiera existido”. Refundar  una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana,  tarea realmente titánica, en comparación con las cual las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero, sorprendentemente, aquellos personajes no tenían nada de titanes ni de héroes. Ante todo  procuraban “arreglarse la vida” mediante alguna oposición que les incorporase al funcionariado de la “necrocracia” para verter impunemente sus prédicas desde esa posición segura y aprovechando las libertades del régimen. No respondían al tipo de fanático entregado a una causa imaginaria, como Arana o Prat, ni al hombre inspirado o al hombre de acción, sino más bien al tipo del “señorito” clásico, frívolo y desconocedor de los rigores de la vida.

    El regeneracionismo contribuyó, junto con el terrorismo anarquista, la demagogia socialista y el auge de los separatismos, a hundir el régimen que les permitía organizarse y hacer propaganda. Tras el fallido intento estabilizador de la dictadura de Primo de Rivera, los regeneracionistas tuvieron su oportunidad histórica con la II República, que fue entre otras cosas una orgía de palabrería desenfrenada. En ella demostraron su incapacidad política, hasta verse arrastrados a la guerra civil por los extremismos totalitarios y guerracivilistas, a cuyo triunfo en unas fraudulentas elecciones habían colaborado. La refundación de España estaba resultando un proceso de  descomposición extremadamente peligrosa.

   Cuando acusan de “franquistas” a las reivindicaciones del pasado español, entre ellas la de la Reconquista,  no dejan de tener alguna razón, porque un aspecto del franquismo fue la reivindicación de la España real e histórica, quizá con excesiva atención al catolicismo, que determinaría la ruina del régimen. Pero por otra parte la reivindicación se hizo en general con gran amplitud, permitiendo versiones diversas. No es aquí el momento de entrar en detalles al respecto, pero debe señalarse que ya antes de la muerte de Franco cundían versiones semejantes a las de los regeneracionistas, complicadas con análisis marxistas y similares. Estas, ante la escasez de la respuesta teórica tienen ahora de nuevo gran importancia, con las consecuencias verborreicas y disgregadoras sabidas. Llegó a imponerse un verdadero tabú sobre cualquier versión que pudiera identificarse con el franquismo, y sobre esa condena en el fondo totalitaria se han desarrollado las campañas distorsionadoras más extremas, parejas a las del regeneracionismo,  de las que hemos ofrecido un pequeño muestrario en relación con la Reconquista.  Y esta es la situación en que nos encontramos hoy, y de la que es preciso salir..  

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Los agresivos y despóticos enemigos de la Reconquista

 

   Según otra versión muy divulgada, España va construyéndose por primera vez en esos ocho siglos, negligiendo u omitiendo los anteriores períodos romano e hispanogodo. Pretensión realmente chocante para un historiador, pero mantenida por muchos profesores. En tal caso tampoco valdría el término Reconquista, sino algún otro como “Construcción nacional”. La  idea parte de Américo Castro, quien asegura que los peninsulares anteriores a la invasión árabe, romanizados, cristianizados  e hispanogodos, no eran propiamente españoles, a pesar de que hablamos una derivación del latín, la mayoría se sigue considerando católica. Por el contrario, imaginó que España se habría formado en una “España de las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana) en tolerancia mutua. La Reconquista habría sido un fenómeno negativo, que habría destruido la convivencia, impuesto por la violencia el poder de los cristianos, el grupo más fuerte pero también el  más atrasado e inculto. Y de ese trauma histórico habría nacido el “cainismo” español, su tendencia a la guerra civil, etc. Es obvio que Castro partía de unos conocimientos parciales y mediocres tanto sobre la Reconquista –como le reprochó y demostró Sánchez Albornoz– como sobre otros países europeos próximos, en los que podría encontrar ejemplos de cainismo y guerracivilismo mayores que en España; por no hablar del Magreb o Marruecos, donde las guerras civiles han sido un dato histórico casi permanente. La idea caló en algunos ambientes porque cultivaba mitos de “tolerancia”  muy en boga, por fuera de la realidad histórica que estuvieran.

   Pero lo significativo es que, a pesar de la evidencia histórica,  los enemigos de la Reconquista han ganado muchos puntos en la universidad, la política y los medios de masas, hasta el punto de que el uso de la expresión se ha convertido en tabú en numerosos departamentos de historia e institutos, incluso con prohibición expresa de usarlo a los alumnos. La aversión va desde el ataque y prohibición de la palabra, hasta la admisión del fenómeno histórico, pero conceptuándolo como nefasto. Uno de los periodistas más influyentes en los últimos decenios. J. L. Cebrián, ha calificado a la Reconquista de “insidiosa”, un calificativo extravagante pero en todo caso muy negativo. Los ejemplos podrían multiplicarse. En museos, monumentos, etc., se exalta la impronta musulmana y se denigra o exhibe con indiferencia la cristiana. Los políticos islamófilos –y generalmente tan incultos como corrompidos, esta es una realidad realmente deplorable y temible— acosan en lo que pueden la herencia cristiana, tratando de hacerla “laica”, como en la catedral de Córdoba, no persiguen las numerosas y crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras exhiben su preocupación contra lo que llaman islamofobia  y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”.  La fobia a la Reconquista  ha ido adoptando tonos cada vez más agresivos, como los incidentes y  manifestaciones contra el aniversario de la toma de Granada. Esa fobia viene casi siempre unida a la exaltación de un islam repleto de tolerancia y  perfecciones culturales,  por lo demás puramente imaginario.

   Entre otros muchos comentarios y denuncias a tal fenómeno cabe espigar esta del  escritor y periodista César Alonso de los Ríos, en un artículo titulado “Don Julián, hoy”,  denunciando el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Para ello utilizaba la figura del conde Don Julián, que según la leyenda facilitó la invasión musulmana, reivindicada por el escritor Juan Goytisolo, discípulo de Américo Castro.   Dicho de forma esquemática, la idea básica es que en la invasión árabe ganaron los buenos y en la Reconquista ganaron los malos. Goytisolo fue el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: “la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad… Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual”.  No deja de ser significativo que la aversión, a veces odio abierto,  a la Reconquista coincida hoy con la ideología LGTBI, con los separatismos que aspiran a disgregar a España, con complacencias hacia ciertos terrorismos, y tendencias similares.

  No cabe duda de que se trata de un fenómeno llamativo, por el cual gran número de descendientes  de los reconquistadores, influidos por políticos e intelectuales diversos, infaman a sus antepasados, exaltan a sus enemigos, niegan las más obvias evidencias históricas y se muestran hostiles o indiferentes a su propio país, su cultura e historia. Entender este curioso fenómeno exige remontarse, como dije,  a la gran quiebra moral  del  “Desastre del 98″. Una derivación del Desastre fue el llamado regeneracionismo, que propugnaba “echar siete llaves al sepulcro del Cid” o calificaba la historia de España, desde los visigodos, como “anormal”, “enferma” (Ortega), explicaba la época de mayor influencia del país, posterior a la Reconquista, como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición” (Azaña). Etc. Aquella sarta de disparates malintencionados  dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional

  

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