El liberalismo como ideología (III) El problema de la religión

Blog I: ¡No podemos continuar bajo un poder totalitario!: http://gaceta.es/pio-moa/continuar-16012017-1802

El mero conocimiento de este episodio –que debiera conocer todo el mundo– aclara más sobre la guerra civil, e incluso sobre la actualidad, que muchos libros y discursos: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=3s

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Dado  que la palabra ideología ha adquirido cierto tinte denigratorio, ninguna ideología quiere pasar por tal, como decíamos. En el sentido en que empleamos la palabra, difieren de la religión en que, por simplificar, esta sitúa al hombre en manos de Dios, mientras que las ideologías sitúan al hombre en manos de su propia razón. Por lo tanto, las ideologías son hostiles a la religión tradicional, viendo en ella un enemigo declarado de la razón, del progreso y de la propia humanidad,  hasta el punto de que a menudo han tratado de destruir el cristianismo por métodos genocidas, como ocurrió en la Revolución francesa, en la Revolución soviética, en Méjico o en la guerra de España. Otros intentos exterminadores se han hecho con menos violencia,  mediante leyes que restringían o privaban a derechos a los creyentes en el catolicismo, por ejemplo, como ocurrió en Inglaterra, en la III República francesa, en la Alemania de la Kulturkampf, o en la II República española.  Estas persecuciones, fueran sangrientas o legalistas, proceden sobre todo de ideologías comunistas y liberales; también  anarquistas y  separatistas catalanes en el caso de España (sin olvidar la colaboración del católico PNV en la persecución genocida de la Iglesia).

   Aquí entramos en un problema, y es el de las diversas corrientes en las ideologías. Así, aunque la Revolución francesa se inspiró en gran medida en el liberalismo inglés y en el useño, y abrió en toda Europa la época de los movimientos liberales y parlamentarios, muchos liberales se negarían a identificarla como un liberalismo auténtico, aunque otros pensaran lo contrario. Pero, sin llegar a la persecución, incluso liberalismos más moderados han mostrado una fuerte hostilidad hacia el catolicismo, o hacia el cristianismo en general (hostilidad a menudo correspondida, aunque no siempre).  No solo en relación con la religión, sino también en otros asuntos, surgen varias corrientes liberales. Así, se argumenta que los partidarios de la expansión del gasto estatal y la intervención del estado en la economía, como Keynes, no son tampoco liberales auténticos, si bien ellos mismos y otros lo ven de distinto modo. 

   El carácter ideológico del liberalismo se manifiesta asimismo en su hostilidad y competencia con otras ideologías, como la marxista, la anarquista o la fascista, sin que ello impida  la existencia de una corriente anarcoliberal o que regímenes liberales se hayan aliado con regímenes marxistas  o favorecido en algunos momentos el fascismo italiano. Aunque en general han propendido más a simpatizar con los marxismos.

  Pero vamos a suponer que entre las corrientes liberales haya una que sea más pura, por así decir, la que niega al liberalismo carácter de ideología porque, arguye, no supone una concepción general del mundo, la historia y el ser humano, sino que se limita a proponer un programa económico resumido en el libre mercado, y un programa político  de libertades y estado de derecho. De modo que el liberalismo no interfiere en las creencias ajenas, y puede ser compartido por católicos, protestantes, budistas o musulmanes sin renunciar a sus principios religiosos. ¿Y cómo se puede conseguir esto? Por medio de la tolerancia. La idea de la tolerancia se originó en Inglaterra a partir de las persecuciones entre anglicanos y protestantes de diversas orientaciones, y excluía explícitamente a los católicos. Podría decirse que, dado que el protestantismo, por su propia naturaleza, engendra una fuerte tendencia a la división y las rivalidades y luchas entre grupos, mantener la paz interna suponía esa tolerancia. Aparentemente beneficiaba a todas las religiones (incluso, en principio, a todas las ideologías, exceptuando, durante largo tiempo, a la religión católica), pero la tolerancia exige en contrapartida que las religiones sean despojadas de efectos políticos y relegadas progresivamente al ámbito de la privacidad de los individuos, como las preferencias estéticas o musicales. Es decir, reduce la religión a la irrelevancia a efectos sociales prácticos.

   Esto último resulta difícilmente aceptable para las religiones. En todas las culturas la religión y la política han estado estrechamente unidas. En el cristianismo, particularmente en su versión católica, se ha establecido una relativa separación entre Dios y el César, que no ha impedido que  la religión haya tratado de imponer siempre determinadas tesis generales políticas. Así, no se opone a ningún tipo de régimen siempre que este no vulnere normas de justicia consideradas de derecho natural, entre ellas el derecho de la propia religión a tratar de informar a la sociedad con sus doctrinas. El liberalismo, por otra parte, utiliza a fondo la razón para atacar los mitos religiosos, y así muchos liberales se proclaman ateos, en su  mayoría prefieren declararse agnósticos, y los hay que no encuentran oposición entre su liberalismo y el catolicismo. Estos últimos no aceptan, o aceptan con dificultad, la idea de la reclusión del catolicismo en el ámbito de la conciencia privada. Otro católicos (o de otras religiones), encuentran en el liberalismo una amenaza a su subsistencia a largo plazo.

   La idea implícita o explícita de la tolerancia entiende la religión como un factor de conflictos, desorden político e incluso guerra civil, cosa que efectivamente había ocurrido largo tiempo en Europa a raíz de los movimientos protestantes.  La razón debía encontrar, por tanto, algún elemento de convivencia que beneficiara a todo el mundo, evitando así los conflictos, al menos los choques graves. Y ese elemento parece ser el comercio libre, que teóricamente beneficiaba y enriquecía a todos sus participantes. La religión, según mostraba la experiencia, interfería en el comercio reduciendo su libertad, y lo mismo podía decirse de la política. Por consiguiente, el comercio debía verse libre de conceptos o principios religiosos, y regirse por el de la ganancia, que en condiciones de libertad debe ser mutua para todas las partes. Y el poder político quedaría reducido, a su vez, a un aparato de coerción al servicio del comercio, garante de la libertad de este y del cumplimiento de los contratos.  

 

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El liberalismo como ideología (II) Rasgos de las ideologías

Hay episodios que por sí solos resumen y explican enormes sucesos. La guerra civil y el carácter del PSOE, por ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=3s

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   Antes de continuar, conviene  exponer algo más lo que se entiende aquí por ideología, palabra que, como tantas otras, se usa a menudo con significados diferentes e incluso opuestos. Para Marx, las ideologías eran explicaciones fantásticas sobre el mundo y la sociedad, cuya función consistía en legitimar la explotación de una clase sobre las otras. Para Fernández de la Mora se trata de seudofilosofías o filosofías degradadas, con efectos políticos. Aquí las entendemos como concepciones o explicaciones del mundo y de la vida basadas en la razón y con exclusión de la fe. Las ideologías nacerían precisamente de la Ilustración, como rebeliones  de la razón contra la fe.

   En suma, el ser humano necesita algo así como un mapa espiritual o intelectual para orientarse en la vida. El mundo y la propia vida se presentarían como un caos de datos y sucesos en que nos sentiríamos totalmente perdidos si nuestra mente no les diese un sentido organizándolos, situándolos y relacionándolos en concepciones más o menos generales.  Debido a la incertidumbre radical en que despliega su vida, ese mapa se compone de certezas racionales y creencias de fe o religiones. Según el viejo  catecismo, fe es creer lo que no vimos, una definición incompleta: aunque no hayamos visto Nueva York o Copenhague  sabemos que existen por pruebas y evidencias diversas. La fe se deposita más bien en lo que no podemos ver, es decir, lo que está más allá de nuestra capacidad racional, algo que la propia razón admite estar por encima de sus capacidades, como en la célebre y muy racional reflexión de Omar Jayam.

   Sin embargo, la razón, exaltada desde el siglo XVIII,  ha aspirado a entender el mundo y guiarse en él sin necesidad de ninguna fe o religión. Como “lo que no podemos ver” persiste inevitablemente, y también en el sentido de que lo alcanzable por nuestra razón, “lo que vemos”, varía mucho con el tiempo y está expuesto a errores, la fe en la razón establece que de todas formas nada hay inalcanzable para ella en un progreso indefinido, gracias también a la ciencia, un derivado de la razón. Así, el resultado ha sido el traspaso de la fe a la propia razón, lo que exige, de paso, declarar innecesarias o carentes de significado las cuestiones más radicales planteadas por la existencia humana. Por tanto, la fe permanece de otra manera y, como la religión, genera mitos y ritos, justifica una moral, proporciona consuelo y libera al individuo de parte de la angustia, transformando esta en impulso sugestivo ante los afanes de la vida; y crea un lazo grupal entre individuos por encima del carácter conflictivo de la relación interhumana. La ideología viene a ser una religión sucedánea, con inmediata proyección política, pues afirma poseer las claves de la relación interhumana, que le permitirían suprimir los factores de desorden, conflicto e incertidumbre. Su crítica de la religión tradicional consiste en declararla fruto de la ignorancia y la impotencia, cosas perfectamente superables con el ejercicio de la razón, la ciencia y el desarrollo de la técnica, efecto práctico de las anteriores.  Ninguna ideología se reconoce como tal, sino como doctrina  racional y científica, aunque siempre resulta finalmente en una interpretación peculiar de la razón.

   De la razón se esperaba un mapa nítido de la vida y de su sentido, con las líneas bien trazadas, de valor general para los humanos y con unas orientaciones ineluctables. En la práctica ha dado lugar a mapas muy diversos, cada uno de ellos con pretensiones exclusivistas, no solo respecto a los demás mapas o ideologías, sino también a la evolución o historia del propio ser humano, considerado en cierto modo un infrahombre, sujeto a mil desdichas hijas de su ineptitud  antes de haber descubierto las liberadoras verdades ideológicas.

   Las ideologías tienen una gran capacidad para interpretar la historia y la sociedad recurriendo a algún elemento explicativo por encima o por debajo de la gran variedad de hechos y sucesos. En un caso puede ser el comercio, en otro la explotación del hombre por el hombre, o bien la voluntad de poder, o la independencia radical del individuo, etc. Cada uno de esos factores obra como la estrella polar para orientarse en la noche, y sobre ellos se eleva una concepción general de la vida. Precisamente por ello resultan tan sugestivos sus mapas.  La causa radica en la mencionada necesidad humana de orientarse en el caos con que se le presentan los datos y hechos del mundo y la vida. De ahí también nuestra resistencia a abandonarlos aunque choquen frecuentemente con la realidad más evidente: preferimos atenernos en cualquier caso al mapa, antes que sentirnos perdidos en el caos. Por ello también las ideologías van cargadas de una intensa afectividad, aunque traten de asentarse exclusivamente en la razón.

   Los mapas, desde luego, engloban y explican hasta cierto punto una porción de la realidad, pero nunca la suficiente, que además cambia en el tiempo. Por eso la ideología siempre encontrará hechos en los que apoyarse,  y aquellos que escapan a su capacidad interpretativa los desfigurará o distorsionará de modo que encajen en ella.  Así, interpretan la historia atribuyéndose lo que consideran mejor de ella y explicando sus propios  fracasos como efecto de factores ajenos, factores de atraso, barbarie o ignorancia, que convendría suprimir y se suprimirían en un progreso pacífico o violento, según las circunstancias. El racionalismo hace los mapas ideológicos  tan convincentes a los ojos de sus creyentes que si la realidad no se adapta a ellos, siempre se deberá a no seguirse sus indicaciones con todo el rigor y energía necesarios. Así permanece siempre el dilema de si su aplicación estricta terminará por superar los contratiempos y resolver satisfactoriamente los problemas o, por el contrario empujará a unos errores cada vez más catastróficos. La incertidumbre continúa e incluso se agrava, y ahí actúa de nuevo la fe. La Revolución francesa, entre tantos otros sucesos históricos, es una manifestación del dilema: ¿retroceder ante el fracaso o aplicar “la razón” con más fuerza todavía, intentando barrer los obstáculos?

     En mi libro sobre Europa examino sucintamente las principales ideologías salidas de la Ilustración: liberalismo, marxismo y, ya en el siglo XX,  el fascismo. Hay otras menores, y también debe decirse que ninguna de ellas ofrece una doctrina compacta, sino que en el interior de cada una existen corrientes diversas y a veces encontradas, de tal modo que una constante en ellas es la exclusión de las tendencias divergentes como ajenas o falsas, de modo que no solo cada una se opone a las demás, sino que dentro de cada una luchan diversas corrientes o interpretaciones por imponerse.  Del liberalismo en particular se ha dicho que no es una ideología, que no tiene casi nada en común con religiones sucedáneas como el marxismo o el nacionalsocialismo, y este es el problema que intentaremos examinar.

 

 

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¿Debe España su decadencia al catolicismo?

 

¿Querría decir algo más sobre su novela?

  Siempre se pueden decir muchas cosas, y si ud lee comentarios que han salido en internet verá que hay apreciaciones muy diversas, por ejemplo entre la de Aquilino Duque y la de Luis del Pino, aunque las dos muy positivas. Ya le digo que esto me ha complacido mucho. También se ha presentado como una novela histórica y en cierto modo lo sería porque el trasfondo histórico tiene gran importancia, pero yo entiendo por novela histórica aquella que trata de personajes históricos reales interpretados novelescamente, tipo Yo Claudio y tantas otras que ahora se escriben a montones.  A mi juicio eso es un fraude. Procuro distinguir absolutamente entre historia y novela. Aunque la novela, por supuesto, puede llegar mucho más a fondo que la historia en la comprensión de la condición humana. Piense en el MacBeth de Shakespeare. Parece que existió de verdad pero con muy poco en común con la obra de teatro. Sin embargo, esta tiene una profundidad incomparable. En fin, una novela es para leerla y el que la mía dé lugar a muchas interpretaciones o se entienda de  maneras distintas me parece un logro, en todo caso.

 Pasemos entonces a su libro más reciente, sobre Europa. Es muy raro que un historiador español se atreva a enfrentarse con un tema tan vasto.

 Sí, la historiografía española suele ser un tanto ombliguista o provinciana. Me di cuenta sobre todo cuando abordé la posguerra en Años de hierro. Hay bastante bibliografía sobre la posguerra, y casi toda ella muy lastrada por prejuicios ideológicos y propaganda. Eso  la hace realmente inútil como análisis y visión de la época, aunque pueda ser útil su recopilación de datos concretos,. Y aun esos datos  deben tomarse con gran precaución, porque la falsificación o tergiversación de la historia reciente  se ha convertido en un verdadero deporte intelectual en España. Pero aparte de eso, me di cuenta de que lo que pasaba en España no se explicaba sin lo que pasaba en Europa, de modo que el libro es a la vez una historia de España entre 1939 y 1946, y de la guerra mundial. Suelen pintarse esos años como tristes y sombríos, pero fueron realmente apasionantes en España, llenos de vitalidad a pesar de las enormes dificultades. Lo constata Julián Marías, y tiene razón. Marías era un intelectual antifranquista pero bastante más honrado que la inmensa mayoría de ellos. Está muy por hacer justicia a aquellos años, historiográfica y literariamente.

     Por tanto, cuando escribí Nueva historia de España dediqué muchas páginas a exponer lo que ocurría en el resto de Europa, incluso del mundo, porque afectaba a  lo que ocurría aquí, y planteaba y plantea muy serios retos a los españoles. Retos que estos han resuelto mejor o peor, a veces francamente mal, a veces de forma excelente, a lo largo del tiempo. Recuérdese que España no solo descubrió América, sino también el mundo como conjunto. Barcos españoles cruzaron el Atlántico, cruzaron el Pacífico, dieron la vuelta al mundo, pusieron en comunicación a civilizaciones y culturas que antes se ignoraban completamente… Si ud pregunta a cualquiera qué país tiene una historia naval más decisiva, le responderá la mayoría que Inglaterra. Y no, objetivamente fue España, Inglaterra solo siguió las huellas trazadas por nuestro país. Sin embargo los ingleses adoran su pasado naval, le han dedicado muchísimo arte y literatura, mientras que la inmensa mayoría de los españoles ignora o tiene ideas equivocadas al respecto, y su literatura naval es floja. Esto indica una decadencia profunda del espíritu hispano, una decadencia real, pueda remediarse o no.

    Le pondré otro ejemplo típico: España defendió el catolicismo contra un protestantismo extremadamente agresivo,  que predicaba las guerras civiles como ejercicios de virtud . Simultáneamente España tenía que contender con los otomanos, con Francia y con Inglaterra. Fue un esfuerzo enorme, y si vemos el balance, tuvo un éxito increíble para un país que no era el más rico ni el más poblado del continente. No consiguió vencer a sus enemigos, pero sí los derrotó una y otra vez durante mucho tiempo y les marcó los límites a su expansión. Y al mismo tiempo creó una brillante cultura y un imperio donde no se ponía el sol… Casi siempre se olvida que por entonces España era probablemente el país europeo con más estudiantes universitarios, un dato esencial para comprender los hechos. Una historiografía roma y provinciana pretende que España no debía haber luchado contra los protestantes, pero de no haberlo hecho en Flandes o en Francia, España habría padecido guerras civiles, guerras de religión devastadoras, como ocurrió en Francia durante decenios. En Flandes, España logró retener a Bélgica como católica y contribuyó decisivamente a impedir que Francia cayera en el protestantismo… Y todo esto es parte muy importante de la historia de Europa, lo mismo que la Escuela de Salamanca, la gran literatura y el arte de la época, las contribuciones al Derecho internacional, etc.

  Tengo su libro en la mesilla de noche, en lista de espera. Por lo que ha dicho, ¿debo entender que se trata de una reivindicación del papel de España en Europa?  

   No, en absoluto. España desempeñó un papel crucial en la Europa de los siglos XVI y gran parte del XVII. Luego, en el XVIII, su papel fue importante pero en cierto sentido marginal, sin mucha originalidad. El XIX fue sin duda su peor siglo. Pero mientras España decaía, las principales potencias europeas desarrollaban nuevas ideas, nuevas instituciones culturales, el espíritu científico… Un grave defecto de España fue la pérdida de la carrera por la ciencia. Fíjese que Rusia creó una academia de Ciencias en el siglo XVIII, y la ciencia rusa tiene una historia excelente. España no creó una institución semejante, y quedó atrasada, no solo con respecto a Inglaterra, Alemania o Francia, sino también a Rusia. En las historias de España suele darse poca importancia a estos aspectos cruciales. En fin, por tanto, si hablamos de los últimos tres siglos europeos debemos señalar que el papel de España en ellos fue secundario, incluso marginal. El XIX, especialmente, fue nefasto.  Por lo tanto, podemos hablar de la evolución europea  en ese siglo citando la española solo en segundo, incluso en tercer plano, y eso es lo que hace el libro.

  Una teoría que he visto exponer a algunas personas sostiene que la clave del atraso español ha sido el catolicismo  

 Hombre, eso podría ser cierto si la gran época de España no hubiera sido católica. Pero lo fue. Luego siguió siendo católica, pero decayó grandemente. Eso ha pasado con todas las grandes potencias europeas, que han tenido épocas de auge y de decadencia, lo mismo Holanda, que Francia o Inglaterra. Y desde el final de la II Guerra Mundial el continente en conjunto entra en una época de decadencia general, aunque económicamente haya logrado recomponerse. Y  de los países protestantes, si excluimos a Inglaterra, que no fue del todo protestante, y más tarde a Prusia, tampoco hicieron gran cosa. Holanda tuvo su siglo de oro y una profunda decadencia, no entró en la revolución industrial, mientras que la católica Bélgica sí lo hizo inmediatamente después de Inglaterra. Los países escandinavos continuaron muy pobres y atrrasados hasta bien entrado el siglo XIX… Por otra parte, el retraso de España nunca fue tan grave como dicen. Pese a su pérdida de originalidad y empuje cultural, militar y político, España siguió más o menos todos los movimientos culturales europeos, incluso en el XIX, desde el Romanticismo a la construcción de ferrocarriles y una incipiente industria.  Luego, a partir de la crisis del 98, se abrió camino una hipercrítica absurda que hablaba de la historia de España como “anormal” o “enferma”, denigrando sobre todo la época en que España había sido realmente grande. Hablando en serio, los anormales y enfermos eran quienes soltaban tales “paridas”, empezando por el propio Ortega y Gasset, que en cuestiones de historia y política dijo bastantes disparates.  Pero eso es otr asunto, que apenas toco en el libro. Como digo, trato de Europa, tocando también a España cuando corresponde. Al revés que en Nueva historia de España , que tiene por eje a la propia España, aunque en estrecha relación con el resto de Europa.

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La desigualdad como elemento esencial de la condición humana

 ¿Hay una relación forzosa entre “los locos años 20″ y la II Guerra mundial?: https://www.youtube.com/watch?v=CNpyL2BKmKM

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Podríamos describir la condición humana como un número de certezas parciales y relativas dentro de una incertidumbre radical, con la angustia de fondo consiguiente. Hay también una certeza radical, la de la muerte, que no provoca especial  satisfacción, sino que más bien  corona la angustia ligada a la incertidumbre existencial. Este es un dato que afecta a todos los seres humanos, y en ese sentido existe una igualdad elemental, expresada a menudo en frases como “Todos somos hijos de Dios” o “todos somos hermanos”, o, simplemente “todos somos seres humanos”.

    Esta última expresión, sin embargo, es autocontradictoria, por cuanto si algo caracteriza a lo humano es la desigualdad entre sus individuos. La igualdad no existe en ninguna especie animal, al menos en las superiores. No existe igualdad entre los machos y las hembras, ni dentro del grupo de machos y dentro del de hembras, ni en fuerza, ni en salud ni en diversas habilidades. Pero en el ser humano las diferencias se acentúan y diversifican enormemente. En cualquiera de las actividades que acompañan o definen la vida humana, desde el trabajo intelectual al manual o a la diversión en sus numerosas facetas,  encontramos diferencias muy fuertes entre unos individuos y otros: de entrada en las condiciones naturales o dotación genética, y no menos en las que derivan del interés, la inclinación, la competencia, etc.

   Esta desigualdad choca con la potencia del ego en el ser humano,  pues nadie se cree por principio inferior y por tanto  con menos derechos. Se puede admitir la superioridad de alguien en tal o cual campo, pero el ego difícilmente admite una inferioridad general “como ser humano”.  El individuo es egocéntrico. Al concepto de egocentrismo se le suele dar una connotación peyorativa,  pero realmente nada es más lógico. El individuo tiene aguda consciencia de sí mismo, es a sí mismo a quien siente, en el placer,  el sufrimiento, la angustia y la percepción del mundo;  por tanto tiende  naturalmente al egocentrismo. Ello no impide que el egocentrismo se traslade al grupo: la impotencia del individuo aislado  incita a la asociación de diversas formas, y a menudo se traspasa al grupo el egocentrismo o parte de él, con una densa carga de afectividad que en ciertos casos llega a superar al propio particular y aceptar el propio sacrificio por el bien del grupo. Ahora bien, dentro del grupo cada cual quiere ser considerado tan importante como cualquier otro, o más. Paradójicamente, el egocentrismo reclama la igualdad y es al mismo tiempo la prueba de la desigualdad.

 Esa mezcla contradictoria de desigualdad y egocentrismo conduce a rivalidades, conflictos y, en su nivel más alto,  guerras. Ello ocurre no solo en unos grupos contra otros, sino dentro de un mismo grupo, donde las tendencias disruptivas  asociadas a la individuación  compiten con las unificadoras que imponen cierta homegeneidad. Ahora bien, las disruptivas son tan fuertes que para mantener la cohesión grupal  surge espontáneamente el poder y su violencia. El cual, de entrada, supone una desigualdad radical entre los que mandan y los que han de obedecer de mejor o peor grado.

   Claro que no solo en el poder se manifiesta la desigualdad. La observamos en todas las actividades y grupos humanos. En la riqueza, de modo muy destacado y evidente.  La riqueza influye mucho en otros órdenes de la vida, en sí misma implica poder y va muy asociada al poder político, aun sin ser la misma cosa ni mucho menos. Lo mismo cabe decir del  prestigio y reconocimiento o fama, logrados por un modo u otro o en una actividad u otra: de él  disfrutan muy pocas personas en relación con la multitud social; un disfrute además muy efímero a menudo. Desigualdad asimismo en la expresión, pues aunque en nuestras sociedades existe teóricamente esa libertad para todos, y por tanto igualdad en ese sentido, en la práctica son muy pocos los que pueden expresarse más allá del círculo familiar o de amistades.  Y así sucesivamente.

    La desigualdad se produce, por tanto, en el doble plano de las diferencias individuales y de la ordenación interna de los grupos o sociedades, y origina de modo espontáneo e inevitable  sectores privilegiados, es decir oligarquías. La sociedad tiende así a estructurarse jerárquicamente. La antigua diferenciación en “oratores, bellatores y laboratores” ya no existe en la forma rígida de antaño (tampoco existió de modo absoluto), pero no ha desaparecido realmente, sino que se ha vuelto más fluida y tomado otras formas.  Los oratores han sido sustituidos por los intelectuales y periodistas creadores de opinión; los bellatores por las oligarquías políticas y económicas, que deciden a su vez sobre los aspectos militares; y los laboratores siguen componiendo la masa de la sociedad, con muchos derechos teóricos pero muchos menos prácticos. Y a su vez dentro de cada sector de la sociedad existen divisiones, competencias y luchas abiertas o soterradas, a causa de la individuación. Esto ha hecho que la violencia y la guerra sean partes constantes de la historia, aunque la historia no pueda reducirse a ellas.

 La insatisfacción y angustia que producen las desigualdades y sus efectos han provocado continuos esfuerzos del pensamiento a lo largo de siglos. ¿Por qué tantas diferencias, si todos somos hijos de Dios? ¿O si estamos sometidos al mismo destino? Etc. Se ha tendido a interpretar las desigualdades como algo ajeno al ser humano, impuesto por “la sociedad” o por poderes extraños, ideas enarboladas en nombre de la razón pero contradictorias en sí mismas. La igualdad, extendida a toda la humanidad o restringida a algunas sociedades o países, acabaría supuestamente con los mayores males que aquejan al hombre desde su aparición en la tierra, en particular los conflictos y guerras, la opresión y explotación de unos por otros. Ha sido la bandera de  numerosas ideologías, que han fracasado. Otras han limitado la igualdad  a la ley. Pero la ley igualitaria mantiene la desigualdad real o la estimula, y además, las leyes no están hechas por todos en condiciones de igualdad sino, una vez más, por minorías exiguas.  Los mitos del árbol del bien y del mal y de Prometeo y Epimeteo siguen dando una descripción de la condición humana mucho más profunda y veraz que las lucubraciones racionalistas elaboradas hasta la fecha

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Una gran generación denigrada por los viles.

 Me interesan especialmente sus últimos libros, Los mitos del franquismo, La guerra civil y la democracia, y la Introducción a Europa. También su novela, por lo inhabitual en un historiador ¿Le parece que empecemos por esta última? ¿Qué tal éxito ha tenido?

    Ha tenido un éxito medianillo, lo cual me esperaba, porque cuando quedas catalogado en una actividad intelectual, la gente cree que no puedes hacer algo bueno en otra. Por otra parte está lo que podemos llamar conspiración del silencio en torno a mis trabajos. Para los grandes medios de masas simplemente no existo, sobre todo para los de derecha. Nunca hablan de mis libros

  ¿Los de derecha?

 Sí. Es normal. Decía Fernández de la Mora que la derecha no lee desde Jovellanos. Dejando aparte lo que tiene de exageración, es cierto. La derecha y la cultura nunca se han llevado bien en España. De  hecho en el ámbito cultural siempre ha sido la izquierda la que ha llevado la iniciativa, y la derecha ha ido acomodándose a ella, chupando rueda, por así decir. Eso ocurría ya en el franquismo, y es una de las causas por las que bastantes jóvenes de entonces optábamos por el marxismo u otras posiciones antirrégimen. En los años 40 y 50 hubo un esfuerzo por crear una cultura digamos franquista, original, algo que está por estudiar a fondo… Aunque algo se ha estudiado… desde puntos de vista marxistas o de izquierda, cosa lógica aunque lamentable. Pero después del Vaticano II ya no hubo nada. Eso no quiere decir que el franquismo fuese un páramo cultural, como dicen, sino que, una vez más, la cultura, la alta cultura, tomó un tinte mayormente ajeno al franquismo o abiertamente antifranquista, mientras que el régimen se anquilosó  intelectualmente, limitándose a los aspectos económicos.  En ese sentido fue un régimen muy liberal, ya que hubo muy poca censura. Luego, en la transición,  El País fue concebido no solo como un órgano de influencia política sino sobre todo cultural, y Ansón quiso hacer de ABC una alternativa. Haciendo balance, la cultura representada en El País es muy pobre, pero es la que ha predominado estos  años, y la del ABC viene a ser un sucedáneo de ella. Mis libros no tienen cabida en esa izquierda ni en esa derecha, pero al menos podrían tomar nota de que existen. Desgraciadamente unen esa pobreza intelectual a ciertos toques censores y antidemocráticos. Qué le vamos a hacer.

  No he leído su novela, pero, a su juicio, ¿es realmente injusto su escaso éxito?

 Hombre, vaya pregunta. ¡Qué voy a decir yo! La verdad es que, a falta de  eco en los grandes medios y suplementos culturales,  ha tenido algunas reseñas y críticas en blogs, como los de Aquilino Duque, Luis Segura, Carlos López Díaz y otras, todas muy positivas, incluso extraordinariamente positivas. Y, lo que es más importante en mi opinión, valorando de modo muy distinto la obra cada uno de ellos. Lo que quiere decir que no es una novela simple, sino que admite diversas interpretaciones y enfoques. Pero, claro, en estas cosas el autor es el peor juez. Puedo defender con argumentos racionales mis libros de historia, pero no una novela, en la que la subjetividad y el sentimiento son los elementos decisivos.

  Dicho de otro modo: ¿qué pretendía o qué quería ud al salirse de su trabajo habitual 

 Bien, vamos a ponerlo así: el terreno de la novela, el cine, etc., está copado prácticamente por la izquierda. No es que hayan producido grandes obras, más bien son mediocres y tópicas, a mi juicio, pero dominan el cotarro. En cuanto a la derecha, tiene algunas obras literarias de cierta importancia en los años 40 y 50, pero después la cosa ha ido a peor. Sin embargo en España ha ocurrido algo muy importante entre 1936 y 1950, que no ha sido debidamente reflejado. En esos años una generación de españoles derrotó a una revolución totalitaria y a los separatismos, mantuvo al país como nación, mantuvo la cultura cristiana, la propiedad privada, la libertad personal,..  Aquella victoria se continuó con otra no menor, y fue la no beligerancia en la II Guerra Mundial. Y con otras dos fundamentales:  la victoria sobre el maquis, que intentaba reavivar la guerra civil y provocar una invasión extranjera, y la victoria sobre el aislamiento exterior, una medida realmente criminal impuesta por la ONU, pues buscaba crear hambre masiva. Europa occidental no debe su democracia a sí misma, sino al ejército useño, y también debe su reconstrucción al Plan Marshall. España fue capaz de reconstruirse con sus propias fuerzas y desafiando una delictiva hostilidad exterior, y finalmente ha debido su democracia, o lo que hay de ella actualmente, a su propia evolución, no a intervenciones militares ajenas. En Usa llaman la Gran Generación” a la que hizo la guerra mundial, que ha provocado infinidad de literatura y cine laudatorio. En España, la Gran Generación es evidentemente la que fue capaz de conseguir tales logros en condiciones tan difíciles. Pues bien, en cierto sentido, no deliberado al principio, Sonaron gritos y golpes a la puerta viene a ser un homenaje a aquella Gran Generación,  la mejor que ha tenido España en varios siglos. Pero que no fue capaz, al contrario que la useña, de sacar partido artístico o literario de sus proezas.

  Habla usted de una generación que implantó en España un régimen sin libertad  

   No es cierto. Había una gran libertad personal, como ya lo reconoció, por ejemplo, Julián Marías, que se consideraba precisamente antifranquista. Sí, las libertades políticas quedaron disminuidas, sobre todo para los comunistas, anarquistas, separatistas, etc., que casualmente habían intentado disgregar al país e imponer una tiranía muy violenta y sangrienta. Estamos acostumbrados a limitar el concepto de libertad a las libertades políticas, pero el concepto es mucho más amplio, y puede decirse que en España se salvó lo esencial de la libertad. En un régimen comunista, por ejemplo, la libertad personal desaparece y las personas, reducidas a individuos, dependen totalmente del estado. Nada de eso ocurrió en España. Curiosamente, en España el estado mantuvo siempre un tamaño muy inferior al de las democracias de posguerra, y muy inferior al tamaño actual. Esto importa mucho porque el tamaño del estado, por sí solo, ya implica una gran presión sobre las personas, aunque se mantengan libertades políticas… hasta cierto punto, como vemos hoy día. Hoy el estado pretende reglamentar hasta los aspectos íntimos de la gente, hasta los sentimientos, y aunque no te metan en la cárcel, si no te acomodas te someten a una verdadera muerte civil, o lo intentan, como vienen haciendo conmigo.

  Cela escribió una de sus mejores novelas precisamente denigrando a aquella generación que ud pretende alabar. Me refiero a La colmena. ¿Puede considerarse su novela una anticolmena?

 Resulta demasiado tardía para considerarse una anticolmena, ¿no cree? La obra de Cela es una excelente pieza literaria, la mejor de él, en mi opinión, y él la ha presentado casi como un libro de historia, cosa que solo es muy parcialmente. La Colmena es de un género costumbrista-cutre, con personajes planos y caricaturescos, de muy escaso ánimo y en general despreciables, pero incluso con esos mimbres se puede hacer un buen cesto, si hay talento, y Cela lo tenía. El carácter denigratorio de La colmena  creo que se debe a una situación que he reflejado en mi novela, hacia el final de la guerra mundial, cuando casi todo el mundo pensaba que el franquismo iba a ser barrido de la faz de la tierra. Cela había sido falangista, empleado en la censura e incluso se había ofrecido como delator en el ambiente apasionado de la inmediata posguerra. Por tanto, le convenía lavar su pasado y  adaptarse a la esperada caída del régimen. Sospecho que ahí está la verdadera motivación de su obra. En cuanto a Sonaron gritos, he rehuido deliberadamente el costumbrismo, que en mi opinión llega a ser una tara de la literatura española, que la hace pesada y sin elevación. Un especialista en la División Azul me comentó que los dos protagonistas de la obra no se parecen al divisionario tipo, en general entusiasta y poco complicado psicológica e ideológicamente. Y es verdad. Pero por aquella División pasaron cerca de 50.000 hombres y muchos de ellos seguramente no se adaptarían al tipo medio. Un diario de uno de ellos hablaba, por ejemplo, de un fraile exclaustrado, también voluntario, que negaba la existencia de Dios… En fin, los dos personajes, Berto y Paco, no son costumbristas, presentan “profundos claroscuros dignos de personajes de novela rusa”, en palabras de Aquilino  Duque. Y la historia no es “de buenos y malos”. Pero si ud no la ha leído, tendría que explicarle todo, y se haría muy largo.

  ¿No puede resumirlo de modo que quede claro en qué sentido elogia a aquella Gran Generación que usted dice?

 El elogio queda implícito. La acción se desenvuelve en la Cataluña de la guerra, la División Azul y la lucha contra el maquis en Galicia. Los personajes obran en una situación histórica muy violenta y se comportan a menudo con gran violencia.  Son valientes, pero con muchos temores y vacilaciones, y su amistad sufre rudas pruebas. No son cínicos pero tampoco tienen nada de ingenuos… En fin, alguien  en mi blog ha dicho que la primera parte tiene, dentro de sus circunstancias violentas, un aire por así decir jovial y deportivo, mientras que la segunda, en Rusia, se vuelve sumamente sombría, y la tercera, ya no recuerdo cómo la definía. Al final creo que queda una extraña situación de fracaso de todos ellos que en cierto modo me sorprendió a mí mismo, porque no la planeé así. En realidad no la planeé de ningún modo. Fue saliendo así, a partir de un suceso real en Barcelona. Aquella generación realizó auténticos prodigios en las condiciones más duras, y el hecho de que se la denigre demuestra un envilecimiento social e intelectual muy significativo. Vivimos una época extremadamente vulgar y chabacana, y conviene recordar que no siempre fue así

  Pero, en fin, ud elogia a una generación y la presenta como fracasada

 En la vida nos encontramos con la paradoja de que un triunfo puede ser miserable y un  fracaso estar lleno de sentido y de gracia.  Tendemos a considerar que un esfuerzo vital carece de valor cuando termina fracasando, y a menudo es una apreciación justa. Pero otras veces es el esfuerzo el que está lleno de valor y el fracaso pierde importancia. El protagonista de la novela  recibe un tremendo choque psicológico al liquidar unas partidas del maquis gallego y decide olvidar su turbulenta vida de joven, vivir casado y con una familia y un trabajo normales. Sólo en la vejez, por un suceso nimio y fortuito,  vuelve a considerar que aquella vida que había preferido olvidar,  tenía algún interés y valor, al menos  el suficiente para consignarla por escrito.

  ¿Alguna semejanza con su propia biografía?

 Algunos han querido verlo así, pero realmente no tiene ninguna. Salvo en el sentido de que al ser los personajes “hijos” del autor, algo tienen de él todos ellos.

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pio moa introduccion a la historia de europaPortada de “Europa, introducción a su historia”, el último trabajo de Pío Moa

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