Liberalismo (XIII) El mito del individuo

**Blog I. Por qué fueron fraudulentas las elecciones del “Frente Popular”. Estas elecciones fueron históricamente trascendentales, podrían llamarse “elecciones para la guerra civil”, y su efecto político dura hasta nuestros días. http://gaceta.es/pio-moa/fraudulentas-elecciones-frente-popular-17022017-0728

****En la  próxima sesión de “Una hora con la Historia” hablaremos de la gran batalla de Krasni Bor, de transcendencia estratégica en el frente de Leningrado, y de la razón por la que una ideología tan enloquecida como la de género se está imponiendo totalitariamente en Occidente. El sábado, a las 9,30 de la noche, en Radio Inter, FM 93.5 (Madrid) y Onda Media 918 (resto). También puede oírse en you tube y en podast de i-tunes. https://unahoraconlahistoria.es/

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   Podríamos diferenciar el liberalismo del marxismo, no solo por su diferente enfoque de la economía, sino también por su enfoque de la persona y la sociedad. El liberalismo es individualista, en algunas de sus corrientes extremadamente individualista (Rothbard, Ayn Rand, etc.) mientras que el marxismo es colectivista. El marxismo considera al individuo un producto de las condiciones sociales, y el liberalismo más bien lo contrario, a la sociedad como producto de las acciones individuales. Así, en el marxismo el individuo tiende a ser nada y en el liberalismo a serlo todo.

   El 5 de enero de 2011 escribí este artículo, bajo el título “Cuentos de Ayn Rand”: Los grandes creadores, pensadores, artistas, científicos, inventores, estuvieron solos contra los hombres de su época. Cada nueva idea fue rechazada, cada nuevo invento fue denunciado, pero los hombres con visión de futuro siguieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron, pero vencieron.

   Aunque, en general, estoy bastante de acuerdo con  Lead, esta frase que cita de Ayn Rand no entra, desde luego, en las grandes creaciones del pensamiento. Me parece, en realidad, una estupidez. Ha habido “grandes creadores” enfrentados en distintos grados a su medio, y otros a quienes les ha ido muy bien en él. Como pasa siempre. Si juzgamos por sus efectos históricos, Marx fue un gran creador, y Lenin otro.  Y se enfrentaron a la sociedad, sufrieron, etc., y vencieron, al menos pasajeramente (pero todas las victorias humanas son pasajeras). No sabemos de grandes enfrentamientos con la sociedad a causa de sus ideas,  por parte de Cervantes, de Newton, de Bach, de  Colón,  de Einstein, de Pasteur, de Edison, Aristóteles, etc., etc. Normalmente, los innovadores han encontrado gente que les apoyaba y gente que les rechazaba, algo que ocurre con todo el mundo, por lo demás.

   Oponer así al individuo y la colectividad, lleva al pensamiento histérico tipo Ayn Rand. El individuo no se concibe al margen de la colectividad, y esta no es más que la suma o más bien combinación de sus individuos.  Combinación que no excluye, ni mucho menos, la rivalidad o la lucha abierta entre ellos. Sin embargo la sociedad humana no se parece a una colmena, y existe por tanto una tensión entre cada individuo y la sociedad en conjunto. Si esa tensión se extrema por el lado del individuo, la sociedad se descompone; si se extrema por el lado contrario, el individuo queda aplastado. Las evoluciones sociales pueden describirse –al menos en parte– por esas tensiones. Probablemente el liberalismo, (basado en la idea, de raíz cristiana, de que la persona tiene ciertos derechos por encima del poder político o colectivo), es la solución más exitosa hasta la fecha, pues mantiene suficiente cohesión social con un grado de libertad individual mayor que otros sistemas. Se ha solido acusar al liberalismo de propiciar la disgregación social y, por compensación, los bandazos totalitarios; pero  las sociedades que más se han atenido a los principios liberales son, hasta la fecha, las que más han prosperado cultural y económicamente.

   Por otra parte es muy lógica la resistencia de la colectividad a las innovaciones. Cierto que todas las ideas, invenciones y obras de arte o pensamiento tienen padre, es decir, las ha creado algún individuo. Pero  la mayoría de las ideas de los individuos son malas, mediocres  o disparatadas. No solo existe una multitud de idiotas con ideas, sino también de inteligentes con ideas idiotas. Si se aceptara todo lo que se le ocurre a cualquier individuo, la sociedad se desmoronaría. Es precisa una depuración de iniciativas, y aun así, a veces las sociedades adoptan ideas absurdas. Ahora mismo triunfan en España las necedades de Zapo y su banda, que no dejan de ser individuos.

    Tampoco es cierta esa oposición imaginada por Ayn Rand entre la sociedad y la iniciativa individual. Por mencionar la Revolución Industrial, ejemplo que emplea Lead de preferencia,  las invenciones que la hicieron posible fueron aceptadas rápidamente, con poca oposición y amplia recompensa para sus promotores, y a pesar de su elevado coste: contaminación de ciudades y zonas rurales, o masas de trabajadores empleados en pésimas condiciones (el argumento de que antes, en el campo, estaban peor, solo vale a medias: previamente esos trabajadores habían sido expulsados por la fuerza de las zonas agrícolas donde subsistían, quedándose sin otro recurso que aceptar el trabajo fabril de cualquier modo).

    Otro aspecto que parece olvidar Lead  es que una idea individual solo puede tener éxito en condiciones creadas previamente por la colectividad, es decir, por la combinación de sus individuos, que siempre es una mezcla de colaboración y de competición, de lucha y de alianzas. De otro modo, la iniciativa se pierde, y seguramente se habrán perdido así muchas. Y otro punto clave es el de las élites: dentro de la sociedad se forman espontáneamente una multitud de élites: políticas, económicas, científicas, artísticas, informativas, etc., que casi siempre tienen algo o mucho de oligarquías. Estas sirven de cauce a unas ideas y tendencias, y de freno a otras.

   En fin, el colectivismo nunca lo es del todo, ni el individualismo se da sin fuertes límites. El marxismo, ideología colectivista, se fundamenta en una aspiración a dotar a los individuos de una vida más plena, libre, variada y productiva. Claro que cuando se trata de qué entendemos por plenitud, libertad, etc., ya empiezan los problemas.

  Hoy matizaría algunas expresiones anteriores. En primer lugar, el liberalismo nunca se ha podido aplicar, en parte porque dentro de él hay corrientes diversas,  en segundo lugar porque como ideología descansa en una serie de mitos, entre ellos el del individuo “adulto” es decir, libre y plenamente autónomo. En realidad, la autonomía del individuo no depende de él, pues es demasiado débil para enfrentarse a la sociedad, sino que depende principalmente de la sociedad –lo que incluye especialmente al estado, conforme la civilización se ha vuelto más compleja—la cual le permite más o menos autonomía, pero siempre limitada. Finalmente, se crea la impresión ideológica de que el liberalismo inventa una nueva sociedad, pero los elementos de que se vale estaban presentes ya antes. Hay que añadir, además, la historia concreta del liberalismo, que no ha dejado de producir enormes desastres.

    Es decir, el liberalismo es una doctrina que debe ser sometida a crítica, como lo han sido otras. Creo que esa crítica depurará la ideología de sus elementos negativos, que no son pocos, como vamos viendo.  Un aspecto positivo del liberalismo ha sido su capacidad de adaptarse y reformarse, aunque fuera entre crisis graves. Dos de ellas, las guerras mundiales del siglo XX.

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Un consejo a Ian Gibson

“Si yo tuviera un abuelo enterrado como un perro en una cuneta, buscaría a mi abuelo. Todos los cristianos deben entender que el ser humano necesita enterrar a sus muertos”, dice  Ian Gibson.

Verá este sembrador de cizaña: los cristianos puede que “necesiten” eso, pero él, Gibson, al igual que la mayoría de la izquierda y de los componentes del Frente Popular, no son cristianos; son, precisamente, anticristianos, son los que quemaron, o se identifican con los que quemaron,  templos, monasterios, bibliotecas y centros de enseñanza por el mero hecho de su carácter cristiano y asesinaron a miles de clérigos y laicos por la misma “razón”. Si Gibson no fuera un redomado hipócrita no invocaría un cristianismo en el que no cree, e invocaría en cambio sus propias creencias.

Los suyos, señor Gibson, expresaron perfectamente su punto de vista en las frases de la Pasionaria incitando a usar los cuerpos de los enemigos como abono de los campos. Esta actitud, señor Gibson, es perfectamente coherente con su interpretación digamos materialista. Se puede enterrar los cadáveres simplemente  por razones higiénicas, pero no cabe duda de que es mucho más “racional” y productivo darles esa utilidad como fertilizante. Después de todo ya no son más que un amontonamiento de células en descomposición, ¿no? Esa es la lógica de su pensamiento, sean ustedes consecuentes y déjense de trucos baratos con el cristianismo.

En cuanto a los cristianos, le bastará visitar Paracuellos o el Valle de los Caídos para comprobar que allí se mantienen los restos, en anonimato impuesto por las circunstancias, de miles de personas inidentificables, como ocurre en las fosas que todavía guardan a cientos, puede que algún millar o dos ( no 40.000, o 130.000, desde luego) de fusilados de uno u otro lado. Son muchos los cristianos que han renunciado  a encontrar los restos de sus deudos y que no se dedican a buscar subvenciones ni menos a  hurgar en viejas heridas con ese pretexto, como hacen ustedes. En el Valle de los Caídos hay también numerosos restos de combatientes izquierdistas o separatistas (que no demócratas, señor Gibson), en pro de una reconciliación que ustedes no sienten en lo más mínimo y que nunca aceptarán, y menos bajo la cruz del monumento; lo que no obsta para que, de repente, les dé a ustedes por recurrir al cristianismo, con su tradicional falta de escrúpulos.

Dice también este sembrador de odios que ”hasta que los perdedores no busquen a sus asesinados y les den un entierro digno, este país no está en paz”. Señor Gibson, España está en paz y vive en paz desde 1939. Una paz que ustedes pretenden perturbar ahora con esa “memoria” falsa de la raíz a la copa.

Y un consejo, señor Gibson y compañía: dejen en paz a los muertos, porque al final los muertos van a revolverse contra ustedes, van a poner en evidencia toda la  vileza de quienes intentan utilizarlos de munición política y contra una paz que, le repito, dura ya en España casi setenta años.

Compruebo que las infamias de Gibson han sido reproducidas por numerosos periódicos en toda España y supongo que también por otros muchos medios de comunicación. Eso lo saben hacer muy bien estos caballeros. Tienen derecho a ello, nada que objetar… salvo que los puntos de vista contrarios, como los aquí expresados chocan con la censura (inquisitorial o chekista, como se prefiera), exceptuando unos pocos medios. Obstáculo que debiera salvarse con la actividad difusora de las personas que sienten la paz y la democracia. Lástima que esa actividad sea tan poco activa, tan por debajo de lo que exige el momento.

Digamos, finalmente, que es muy raro enterrar a nadie en una cuneta, por donde corre el agua.

  (En LD, 10-8-2007)

  (Diez años después: sensación de inutilidad)

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Los mitos del liberalismo

https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw

La matanza de Badajoz ha dado la vuelta al mundo y creída por millones de personas. Sin embargo es pura invención:https://www.youtube.com/watch?v=xWeyfHiI8zk&t=38s …

El sábado próximo en “Una hora con la historia” trataremos la batalla de Krasni Bor, un Stalingrado menor frustrado para los soviéticos. Y trataremos de responder a algunas cuestiones planteadas por la ideología de género: ¿qué proceso psicológico lleva a teorías como esas? ¿Por qué han llegado a adquirir tal influencia? ¿Son algo nuevo en la historia o cuentan con precedentes significativos?

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   Antes de continuar estas reflexiones críticas sobre el liberalismo, un poco dispersas, conviene sintetizar lo ya visto. Mis tesis, desarrolladas en Europa, una introducción a su historia,  son:

  1.     La Ilustración presenció una especie de revuelta de la razón contra la fe  cristiana,  consecutiva a la revuelta luterana de la fe contra la razón. La revuelta contra la fe no ha dado lugar a una doctrina racional-científica única, sino a las ideologías, concepciones del mundo y de la sociedad que obran como religiones sustitutorias con sus propias fes, por más que cada una se considere única auténticamente racional.

2.    De estas ideologías, la primera ha sido la liberal, seguida de la marxista y la anarquista y, en el siglo XX, la fascista. En el siglo XX, la II Guerra Mundial puede entenderse como un choque entre las ideologías liberal, marxista y fascista. Tras la derrota del fascismo a manos de las otras dos, quedó la “guerra fría” entre estas, terminada en derrota marxista.

 3.    Todas estas ideologías, salvo la anarquista, han sido capaces de ordenar de un modo u otro la sociedad, aunque cabría sospechar, como con el protestantismo, que esa capacidad ha derivado más bien del mantenimiento de tradiciones anteriores y del incumplimiento práctico de l0s presupuestos ideológicos, que de la aplicación consecuente de estos.

4     Hasta ahora, la ideología más exitosa ha sido el liberalismo, combinado posteriormente con la democracia, por cuanto ha generado sociedades más prósperas y en algunos sentidos más libres. Sin embargo no ha ocurrido así en todos los países (en España ha funcionado muy mal, en Inglaterra muy bien, por ejemplo), y en su práctica no han estado ausentes los abusos y crímenes masivos.

5.      Dado que el término ideología ha cobrado un tinte denigratorio, los ideólogos rechazan serlo. El marxismo se proclamaba precisamente científico y opuesto a ideologías. El liberalismo tampoco acepta considerarse ideología, por cuanto afirma no tener una concepción general del mundo, sino limitarse al terreno económico preconizando el libre mercado, y al político preconizando libertades políticas y estado de derecho (ley igual para todos). En cualquier otro plano, religioso, cultural, etc., el liberalismo no desarrolla ninguna doctrina, dejándolas al arbitrio de los individuos.

6.     Un problema con el liberalismo, como con otras ideologías, es que se proclaman liberales corrientes diversas y encontradas, desde las que creen prescindible el estado a las que toman posiciones muy próximas a la socialdemocracia. No obstante, aceptando que el liberalismo se resume en libre mercado y estado de derecho, es evidente que detrás de ambas concepciones existe toda una concepción general del hombre y del mundo, aunque ella no se explicite. O dicho de otro modo, el libre mercado y el estado de derecho implican mucho más que su manifestación práctica y reconocida. Y tienen consecuencias asimismo mucho más vastas que la de simples recetas prácticas.

7.      Como hemos visto, las ideologías se oponen a la religión (tradicional), y de momento no tratamos de si la ideología es “lo bueno” y la religión “lo malo”, o viceversa. En cuanto al liberalismo, encontramos en él dos actitudes respecto a la religión: una ha tratado de destruir el cristianismo y organizado persecuciones sangrientas; otra lo ha relegado a la conciencia individual, tratando de impedirle su proyección política o pública.

8. Como religión sustitutoria, con su propia fe, el liberalismo ha construido sus propios mitos, como son la independencia del individuo, el estado de naturaleza yel contrato social, el propio libre mercado, la autoatribución de la libertad como rasgo propio y exclusivo, y otros que iremos viendo.

 

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“Apología desvergonzada del franquismo”

**En la última sesión de Una hora con la Historia hemos abordado dos temas importantes: el de “La Desbandá” de Málaga al llegar a la ciudad los nacionales, que parece el nuevo mito  ideado por quienes no se cansan de elos. Y el de los ideólogos de “género”. La llamada ideología de género ha sido elaborada, a menudo de forma contradictoria, por una serie de autores desde los años 20 (Margaret Mead, Wilhelm Reich, Simone de Beauvoir, Alfred Kinsey, Michel Foucault, Kate Millet, etc.) Hay algo extrañamente común a prácticamente todos ellos: una profunda perturbación psíquica, que condujo a unos al manicomio, al alcoholismo compulsivo o al suicidio. Hay algo “entre cómico y aterrador” en sus biografías, explicadas por el historiador Fernando Paz: https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw 

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Estábamos tratando de los tres últimos libros suyos. ¿Podemos dar por concluido el segundo, o cree conveniente añadir algo más?

R. Desde luego, podríamos hablar mucho más sobre los problemas de la democracia y la guerra civil, y cómo se ha creado el mito o seudomito de que la guerra opuso a demócratas y fascistas.  O por qué se ha identificado democracia con antifranquismo, cuando el franquismo no tuvo oposición democrática. O por qué ni la izquierda ni la derecha han tenido pensamiento democrático, salvo unos cuantos tópicos facilones que sirven para declararse demócratas a todos ellos… Y declararse demócrata se supone que otorga un aval de virtud y legitimidad política, que todos se atribuyen, desde los comunistoides de Podemos a los charlatanes oportunistas del PP, con un fondo común de corrupción. Unos acusan a otros tranquilamente de antidemócratas o de poco demócratas, a fin de deslegitimarlos, pero en el fondo de todos ellos hay un vacío intelectual casi perfecto. La guerra civil y la democracia trata precisamente de esta cuestión. Se ha dicho que la república se hundió por falta de republicanos, y la muy endeble y deforme democracia actual va camino de hundirse o de pudrirse por falta de demócratas.

 

 ¿Seudomito, dice usted, con respecto a la guerra?

R. Cierto. Un mito es una cosa muy seria y profunda, la base de las religiones. El mito trata de expresar en lenguaje simbólico, no racional, cuestiones profundas de la existencia humana que la razón no puede abordar bien. Pasa algo parecido con la literatura, que por lo demás desciende del mito, y  puede expresar más que cualquier estudio sociológico o psicológico sobre la condición humana que siempre tiene algo de misterioso… Llamo seudomitos a construcciones también irracionales pero inadecuadas a su objeto, porque este podría expresarse tranquilamente de modo puramente razonado, no simbólico. Un seudomito es una simple mentira que intenta recubrirse con pretensiones por así decir sublimes No voy a extenderme sobre ello, porque en el lenguaje corriente una de las acepciones de la palabra mito es simplemente la de embuste. En ese sentido podemos llamar mito a la idea de una guerra civil entre demócratas y fascistas, un embuste que a su vez ha generado muchísimos más.

 

Pasemos, entonces al tercer libro, Los mitos del franquismo. Se trata, dicen sus críticos, de una apología desvergonzada del franquismo.

R. En primer lugar, no hable usted de críticos.  Críticos, en el sentido propio del término, no he tenido ninguno, a no ser que los insultos, descalificaciones personales o tergiversaciones de mis tesis o acusaciones tan falsas y ridículas como que no he visitado archivos… Ya le dije que eso de consultar archivos es una tarea muy poco habitual entre nuestros historiadores, como he comprobado yendo a ellos. Tendría verdaderos críticos si el ambiente intelectual español fuera más lucido, y no me importaría entablar debate con cualquiera de ellos. Pero el medio, hoy por hoy, no da más de sí.

En cuanto a desvergüenza, en fin, la de ellos, como venimos viendo. La desvergüenza de quienes ven sus tesis refutadas y en lugar de reconocer que son falsas, o tratar de defenderlas con argumentos serios, se hacen los locos, se escudan en sus departamentos, en los grandes medios de masas y en las subvenciones para repetir machaconamente sus monsergas. Es una falta de honestidad intelectual realmente repulsiva, pero qué le vamos a hacer. Se corresponde con el páramo cultural, ese páramo del que ellos acusaban falsamente al franquismo, mientras que ahora es muy real.

Si ud presenta un panorama tan negro, y admite que nunca le harán caso en los medios culturales, y que sus críticos… bueno sus enemigos, llevan las de ganar ya de entrada, ¿para qué se empeña tanto? ¿Qué sentido tiene?

 R. Mire,  en primer lugar me interpreta ud mal. Por supuesto que esos llamémosles críticos tienen una fuerza, hoy por hoy, abrumadoramente superior a la que yo podría representar. Pero la historia muestra cómo las mayores fortalezas se derrumban en muchas ocasiones. La falsedad sin límites en que se basan las interpretaciones históricas de esta gente no pueden mantenerse indefinidamente. Terminan por tropezar en sus propias falsedades. En el fondo son débiles, no desde el punto de vista digamos económico o de poder, pero sí desde el punto de vista intelectual. Son débiles, y por eso son incapaces de ofrecer un debate honrado. Tienen miedo, así que se parapetan en sus posiciones y no se atreven a salir a campo abierto…

Pero, en fin, vamos a lo de la apología del franquismo. Es como me preguntaba alguien: “¿Por qué defiende ud el franquismo?” Yo no defiendo el franquismo, sino la verdad sobre el franquismo. Y la verdad viene dada por los hechos constatables. Una vez despojados los hechos de la hojarasca de la propaganda y de la ideología, lo que queda es que el franquismo fue un régimen históricamente necesario si se quería evitar la disgregación del país, la revolución totalitaria y el arrasamiento de la cultura cristiana. Pero aparte de ser necesario  puede decirse que sanó al país de muchos males que se arrastraban desde el 98, incluso desde la Guerra de Independencia. Y esa labor ingente, históricamente ingente, es la que están tratando de echar por tierra los sectarios y paniaguados de la memoria histórica y muchos otros de derecha. La herencia del franquismo, su inercia histórica, es lo único que está conteniendo el desmoronamiento de la unidad de España y de la propia democracia…

Resulta chocante oírle decir que la democracia se la debemos en cierto modo al franquismo. Solo esa tesis hará reír a casi todo el mundo

R. ¿En cierto modo? No. En todos los modos. Y lo que debiera hacer reír es más bien la presunción de que la democracia viene de la oposición al franquismo. La gente olvida los hechos más evidentes, y voy a explicarle la cuestión, empezando por la causa de que el franquismo no tuviera oposición democrática…

 

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Liberalismo (XI) El Hombre divinizado y aplastado por la Razón y la Ciencia

Hoy en Una hora con la Historia, 9,30 de la noche en Radio Inter 918 de onda media y 93,5 de FM (Madrid). “La mayor matanza de la guerra civil” (según El Español de Pedro J), se produjo con ocasión de “la Desbandá” de Málaga al llegar los nacionales. Qué hay de ello. Y “los ideólogos de género”: W. Reich, M. Mead, K. Millet, M. Foucault, S. de Beauvoir…

https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw

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   Otro modo de enfocar la cuestión de las ideologías y la religión podría ser este: las ideologías son materialistas  y las religiones espiritualistas. De hecho, las religiones primitivas son animistas, es decir, ven espíritus en el comportamiento de la naturaleza y del mismo hombre. Los espíritus son proyecciones psíquicas de lo que el ser humano encuentra en sí mismo: voluntades que dan sentido al mundo. Incluyendo que a menudo el hombre parece obrar por alguna voluntad o espíritu ajeno a él, que “le posee”. Las religiones han evolucionado volviéndose más abstractas hasta llegar al monoteísmo. difícilmente podrían pasar de ahí: de una voluntad única detrás de todas las manifestaciones del mundo y la vida. Una voluntad que daría sentido al todo y comprensible solo parcialmente para la razón humana, lo que hace necesaria la fe.

   Las ideologías prescinden de tales espíritus, bien negándolos (ateísmo), bien declarándolos irrelevantes a efectos prácticos, aunque admitiendo nebulosamente la posibilidad de un “algo” más allá de lo razonable y raciocinable (agnosticismo). De hecho, las dos variantes estudian el mundo como una oportunidad de beneficios para el hombre: el mundo como un ente dominable y aprovechable a medida que la ciencia y la razón nos van permitiendo conocer las leyes de su funcionamiento. Precisamente en esa concepción se basa la divinización del Hombre: nada está fuera de su alcance.

  La Ciencia, producto particular y avanzado de la Razón,  estudia el cosmos sobre la base filosófica-racional  de la materia, de lo medible y contable. La naturaleza es por esencia “material” y debe estudiarse desde ese punto de vista. Su método lleva a conclusiones seguras, por encima de cualquier opinión (las conclusiones científicas son experimentables y superables, pero en un sentido acumulativo y dentro de la misma línea: así la relatividad general de Einstein supera o amplía, pero no anula, la gravedad de Newton, etc.). Y puesto que el propio ser humano es material, un producto más del universo y sus leyes, debe poder entenderse del mismo modo. Cierto que las ciencias llamada humanas no han alcanzado aún la seguridad y el nivel predictivo de las ciencias naturales, pero se supone que avanzan sin tregua en esa dirección y que antes o después alcanzarán su meta, a lo que contribuirán los intensos estudios actuales sobre el funcionamiento del cerebro.

   Una tendencia del materialismo ideológico es el economicismo, y con buenas razones. Dado que la ciencia no solo no descubre espíritus en la naturaleza, sino que los rechaza por principio, debe buscar en la conducta humana elementos susceptibles de ser medidos y contados. Así el hombre, sean cuales fueren sus ideas o ilusiones, necesita alimentarse, vestirse, alojarse, etc., y los productos de esa necesidad pueden medirse y contarse de forma bastante segura, aun si la economía tiene aún bastante camino por andar para asentarse como verdadera ciencia. En cambio, fuera de la economía todo resulta demasiado opinable y nebuloso, sea la política, la religión, el arte, las motivaciones no económicas, etc. Al final, todo puede reducirse a la férrea razón económica, y en esa dirección parece adecuado proseguir.

    Aplicada la ciencia al propio ser humano daría como uno de sus resultados la abolición de la libertad, ya que sus descubrimientos resultarían indiscutibles en cuanto a establecer la conducta y pensamiento real humanos, al modo como ocurre con el resto de la materia del cosmos.  Algunas ideologías, como el marxismo, creían ya cumplido su objetivo científico, y ahora mismo vemos cómo el homosexismo o la ideología de género se visten con ropas científicas. Esa concepción es radicalmente totalitaria, porque una vez fundada científicamente, la conducta humana ha de quedar regulada sin apelación. La libertad se reduciría a caprichos absurdos que debieran ser reprimidos por la fuerza o la persuasión, como aquel general inglés que pensaba castrar a todos los rebeldes useños usando alternativamente los dos métodos. El marxismo habría sido un experimento fracasado, pero en la dirección correcta. El Hombre se conocería científicamente a sí mismo, se adueñaría de sí mismo, se adoraría a sí mismo, y ello exigiría anular un factor que tradicionalmente se ha considerado esencial en la condición humana como es la libertad, concepto difícil de definir, quizá ilusorio como el espíritu. Curiosamente la ciencia, producto aparentemente humano, se situaría por así decir fuera y por encima del hombre, de su voluntad, imponiéndosele.  

    Otro efecto del pensamiento ideológico es la pérdida de su optimismo original por haberse liberado de las angustias religiosas. Pues la razón científica también le informa de su posición en el cosmos como una miríada de seres insignificantes afanados en un planeta insignificante, un punto ínfimo en un universo inconcebible para su mente por su extensión y dotado de fuerzas tan inconmensurables como ciegas. ¿Qué representa el hombre, su voluntad, sus anhelos y saberes, por comparación? ¿En qué medida podría el hombre controlarlas y aprovechar tales fuerzas? Solo en medida a su vez insignificante, siendo la realidad más bien la opuesta: esas fuerzas cósmicas sin sentido discernible científicamente determinan no solo el destino de los individuos sino, finalmente, de la especie humana misma. Por tanto, la exigencia psíquica de sentido para la vida humana debe descartarse asimismo, igual que la libertad. Cabe recordar la célebre oración materialista de Bertrand Russell, que, ante tal perspectiva, llamaba al hombre a “adorar en el santuario que sus propias manos han construido”. ¿Adorar a quién? A sí mismo, idea chocante, máxime después de haber ponderado el propio Russell, la radical impotencia e irrelevancia humanas.

   Con todo ello arribamos, además, a una contradicción, que coloca al Hombre al margen o por encima de la Naturaleza.  Su divinización se basa en su capacidad para conocer y dominar la naturaleza, el universo, lo que le sitúa en un lugar aparte de él. No solo aparte del resto, sino como algo radicalmente distinto: el cosmos, la materia, no puede conocerse a sí misma, mientras que el ser humano se atribuye la capacidad de conocerla. ¿De dónde sale esa capacidad, si en el resto del universo no hay atisbo de tal cosa? O dicho de otro modo: ¿por qué el universo tendría  el capricho de conocerse a sí mismo, hacerlo a través del hombre y ofrecerse a este para que lo explotase y aprovechase en beneficio humano? Esa es una idea completamente ajena a la Razón y a la Ciencia, y parece que solo podemos entender al ser humano como algo espiritual, no solo material.

    Claro está que las ideologías no llevan hasta el fin su propia lógica, sus propias consecuencias y procuran dejar su razonamiento en un estadio intermedio y optimista. Siempre invocan el “más acá”, la tierra y ensalzan al Hombre de mil maneras finalmente contradictorias.  Su crítica a los espiritualismos descubre o cree descubrir contradicciones insolubles, pero lo mismo ocurre con el materialismo. Quizá deba admitirse que materia y espíritu son simplemente los conceptos más abstractos a que puede llegar la razón al tratar de explicar el mundo y el hombre, que los dos son necesarios y complementarios, aunque alguno acaso predomine.

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