Liberalismo (V) Dos enfoques de la sociedad y la historia desde la economía: liberalismo y marxismo

   Aunque dentro del liberalismo hay diversas corrientes, incluso antagónicas, todas ellas coinciden, al menos teóricamente, en cuatro puntos: libre mercado, libertades políticas, estado de derecho y estado mínimo (alguna versión predica la extinción del estado.) De ello hablaremos, pero el punto central es el primero, ya que sin él, sin el comercio libre,  no serían posibles — en  teoría liberal–, ni el estado de derecho, ni el estado mínimo, ni  las libertades (a menudo se emplea el término más amplio de “libertad” como si esta no existiese antes del liberalismo).

   En otras palabras, la economía condicionaría en gran medida, en realidad determinaría,  el resto del comportamiento social. Puede interpretarse la historia humana como el desarrollo del comercio desde su casi ausencia en épocas tribales, a través de formas comerciales  insuficientes, lastradas de diversos modos por otros factores (políticos, generalmente, o bien técnicos), hasta el mercado razonablemente libre del siglo XIX, con retrocesos en el XX que han provocado grandes conflictos. Una de las “grandes frases” liberales postula que cuando las mercancías no cruzan las fronteras, lo hacen los soldados. La evolución de los mercados sería el elemento crucial en la creación de riqueza, y por ello la humanidad habría evolucionado desde la miseria hasta la riqueza actual, con todas sus consecuencias de orden social, intelectual, moral y político.

   Hace años hice una reseña del libro de Hayek La fatal arrogancia, que resume en gran medida su doctrina y la crítica al socialismo, y la interpreté como una forma distinta de materialismo histórico, aunque hiciese alguna alusión a la Biblia. Se denomina materialismo en este terreno a las explicaciones sociales e históricas basadas en la economía. Ello no es del todo adecuado, porque la economía es también una actividad en gran medida espiritual, aunque su objetivo sea producir bienes materiales. Pero en todo caso queda la idea de fondo: la economía es la clave interpretativa de la sociedad y de la historia

   Como puede verse, hay un punto de partida común en el marxismo y el liberalismo, y sin embargo las consecuencias extraídas son completamente distintas. Para los liberales, el libre mercado es la garantía de la riqueza, y cuanto más libre y menos intervenido por poderes políticos u otros ajenos a la mera lógica mercantil, más riqueza (y libertad)  proporcionará a todo el mundo o al menos a la gran mayoría, con todas las ventajas derivadas. Muchos sostienen incluso que el estado y sus normativas son imposiciones perjudiciales e innecesarias para los “adultos autónomos y libres”, a los que oprime privándolos de su libertad y autonomía. Para los marxistas, en cambio, el libre mercado es sinónimo de anarquía en la producción, provoca una polarización entre pobres y ricos, la opresión de los proletarios por los propietarios, concentración creciente de la riqueza,  y crisis. En parte, los dos enfoques eran reales. En el siglo XIX aumentó extraordinariamente la riqueza de algunos países, y al mismo tiempo se extendieron unas condiciones de vida a menudo miserables y crisis económicas devastadoras.  Estos últimos fenómenos eran para los liberales defectos ocasionales y superables, mientras que los marxistas los entendían como la manifestación “real” , la verdadera sustancia del  sistema.

   Abstrayendo un poco más, diríamos que el liberalismo parte de la idea del comercio, que se basa obviamente en la propiedad privada, mientras que el marxismo va precisamente a la raíz de la propiedad. Considerándose científico, no expresa ideas moralistas como la de “la propiedad es un robo” de los anarquistas, sino que simplemente constata que la propiedad es un dato real, que se ha adquirido históricamente muy  a menudo, o incluso sistemáticamente,  por la violencia y la exacción, que se ha ido desarrollando de diversas formas a lo largo de la historia . Y que en el liberalismo ha adquirido su máximo desarrollo y con él su máxima contradicción, de modo que solo “expropiando a los expropiadores” y anulando la propiedad de los medios de producción saldría el hombre de una historia esencialmente triste y oscura. También el liberalismo encuentra triste y oscura la historia humana hasta el hallazgo intelectual y la aplicación política de las leyes económicas que le permiten entrar en una era más feliz.

   Pero no vamos a extendernos aquí más sobre el marxismo, pues tratamos la otra ideología, contraria aun partiendo de una misma concepción económica. Decía Marx que existen cuestiones que no llegan a clarificarse teóricamente, pero que son clarificada de todos modos por el “criterio de la práctica”. Y la práctica histórica del marxismo parece bastante concluyente.

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La UE no es Europa. España, siempre europea, no debe nada a la UE

Blog I: Al despotismo por el victimismo. La tiranía LGTBI: http://gaceta.es/pio-moa/despotismo-victimismo-18012017-1817   

**España e Inglaterra tras las guerras napoleónicas. Un contraste significativo: https://www.youtube.com/watch?v=jkHsMsJkW8A&t=5s

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Ud dedica su libro sobre Europa a políticos y periodistas. ¿Es irónico?

 Quizá un poco irónico. Ellos son los creadores de opinión pública y profesionales del poder, y según unas críticas muy difundidas, leen poco y lo que leen lo reducen a unos cuantos tópicos vulgares. Desde luego, el rumbo de la política en España es muy poco satisfactorio, por decirlo con suavidad. España es un país tan europeísta como ignorante sobre Europa. En el fondo se trata de hispanofobia, una hispanofobia arraigada en los disparates regeneracionistas que pintaban a España como una nación enferma, frustrada, “tibetanizada”, etc., por lo que “España era el problema y Europa la solución”, como disparató Ortega. Ni Ortega ni los demás han escrito un solo libro que merezca la pena explicando lo que entendían por Europa o lo que era Europa; y lo que decían sobre España estaba muy equivocado.  Después de la II Guerra Mundial, Ortega dio en Alemania unas conferencias, Meditación de Europa, un tanto pedantes y vacuas, en mi opinión. Ortega es probablemente el mayor filósofo español del siglo XX, pero en cuestiones de historia y política  su especialidad fue decir tonterías o simplezas… En fin, he tratado eso en otras ocasiones y no es ahora el momento. Como sea, el europeísmo español carece de base intelectual y parte de un concepto de España denigratorio y por lo demás falseado hasta el ridículo.

 ¿Se supone, entonces, que ud es más inteligente y tiene la solución?  

 Mire, lea mi libro sobre Europa  y opine sobre él sin  hacer preguntas pueriles. Se trata de una investigación e interpretación cuidadosas sobre cuestiones realmente cruciales. Naturalmente sería absurdo pretender que en el libro todo quedase aclarado en una verdad absoluta. Gran parte de las cuestiones quedan solamente esbozadas, porque se trata de explorar un terreno muy poco pateado en España, y de crear un debate al respecto. Ya le he dicho que la prueba del lamentable estado intelectual del país, vamos, del páramo cultural, es la ausencia de debates o la ínfima calidad y el personalismo absurdo de los pocos que hay. Eso, en un país con tantos y tan serios problemas. Mi intención la he expuesto en otros libros, y es que, dado que mis versiones rompen los tópicos al uso, a veces de forma radical, deberían generar debate. Hasta ahora ha sido inútil y sospecho que seguirá siéndolo. Pero por decirlo que no quede.

 Si ud condena el europeísmo, ¿no condenaría también a España al aislamiento?

    Se lo explicaré con el ejemplo de la salida de Inglaterra de la UE. Los ingleses no tienen ese complejo lastimero y cutre que predomina entre los españoles. El inglés medio es muy nacionalista, y sus clases políticas tienen un fuerte sentimiento de su soberanía y saben mucho más de Europa y de la UE. Estiman más sus derechos, su libertad, que el plato de lentejas de la UE, al contrario que nuestros ignorantes y serviles políticos. Y corruptos, por cierto. La UE no es Europa y en gran medida es una Antieuropa. Lo es en dos sentidos al menos: en el de que ha tomado un carácter anticristiano, aunque en su origen fuera una iniciativa democristiana. El cristianismo es precisamente la base y yo diría que la sustancia cultural de Europa, aunque hoy esté en crisis por diversas razones. Y lo es en el sentido de que la UE pretende destruir las culturas nacionales forjadas en trayectorias muy complejas, de siglos, y pretende y uniformizar  una especie de superpotencia con el inglés como lengua  real. Esto es un peligro enorme, en particular para países como España. España ha construido en la historia un gran ámbito cultural propio, aunque en la actualidad sea muy poco productivo…  La burocracia de Bruselas es un ente algo etéreo, y por otra parte muy real, y puede servir para concretar el problema, pues esa burocracia es muy poco representativa, está constantemente fabricando normas que se entrometen hasta en lo más íntimo de las personas, ordenándonos lo que debemos pensar y hasta lo que debemos sentir para poder ser considerados tolerantes, pluralistas y “europeos”.  Todo ese movimiento homosexista, abortista, multiculturalista, proislámico, etc… Ah, y belicista por cierto, con actitudes matonescas, constituye de hecho la seña principal de identidad de la UE. Si España saliera de la UE, ¿se condenaría al aislamiento? Para empezar, España siempre ha estado en Europa y ha contribuido de manera muy sobresaliente a lo que entendemos por Europa. En unos períodos más que en otros, claro, porque arrastra una larga decadencia. La UE no es Europa, es un invento muy reciente y probablemente abocado al fracaso.

    Pero la salida de la UE va a suponer un empobrecimiento para Inglaterra.

 ¿Por qué? Hay mucho mundo fuera de la UE.  Y mucha Europa fuera de la UE. Y la UE también perdería mucho si intentara boicotear a Inglaterra. Se llegará a acuerdos, inevitablemente. Los ingleses han valorado más sus derechos, su soberanía, que el supuesto plato de lentejas de la UE. Le pondré otro ejemplo: frente al separatismo catalán, el argumento esgrimido por el gobierno y muchos otros es el económico: “¡Estaréis fuera de Europa! ¡Os arruinaréis!”, amenazan estos cretinos del gobierno. Pero Cataluña puede vivir y prosperar fuera de la UE,  y seguiría estando en Europa, mientras que Grecia, por ejemplo, estando en la UE, está siendo concienzudamente arruinada y otros países, la misma España, padecen una crisis económica interminable.  La cuestión no reside en la economía. reside en la realidad de Cataluña como parte de España, que  es un hecho cultural, histórico, emocional, político, demográfico, de muchos siglos, y ese es el punto clave. Hay una potente inercia histórica, y si los separatismos todavía no han logrado sus objetivos se debe a esa inercia histórica. Y, por cierto, al legado del franquismo. Y a pesar de que los gobiernos, sean del PP o del PSOE, se han dedicado a financiar y apoyar masivamente los separatismos, estos están aún lejos de sus objetivos.  Pero, vamos, como puede suponer, mi libro sobre la evolución de Europa solo toca marginalmente estos asuntos…

    Permítame que insista en el tema de la UE, por su actualidad. Debe reconocer ud que la UE ha aportado una gran prosperidad y libertades a sus habitantes.

  Para empezar, Europa occidental no se debe a sí misma su democracia y sus libertades. Se los debe a una intervención militar useña, muy costosa en víctimas, por cierto,  aunque el resultado podemos darlo por bueno. Y su prosperidad tampoco se la debe a sí misma, sino a los incentivos del Plan Marshall y al hecho de haber podido vivir durante muchas décadas bajo el protectorado militar useño. Los países que forman el núcleo de la UE han tenido que gastar muy poco en defensa, si exceptuamos a Inglaterra, que siempre mantuvo una mentalidad imperial, a pesar de haber perdido casi todo su imperio. Diré de pasada que ha conseguido transformar ese imperio, en buena medida, en una colección de refugios o paraísos fiscales de los que obtiene beneficios extraordinarios.

  Y permítame que le diga que esa deuda gigantesca, esa deuda política, económica, moral e incluso vital, que tiene la UE con Usa, no la tiene España. La neutralidad de España fue realmente vital para la victoria de los anglosajones, aunque no fuera ese el objetivo del franquismo, que más bien buscaba un acuerdo entre ellos y los alemanes contra el comunismo. El pago recibido fue el aislamiento internacional, una medida criminal que buscaba causar hambruna masiva en España. Es decir, España pudo reconstruirse con sus propias fuerzas, frente a una delictiva hostilidad exterior, y eso debe ser un gran motivo de orgullo para nosotros. Y debemos nuestra democracia a una evolución pacífica interna, no como los otros al ejército useño y sus bombardeos. Aunque tengamos una democracia en plena descomposición, como comprobamos cada día. Sin olvidar que esas democracias occidentales han apoyado al terrorismo en España hasta el mismo final del franquismo… Pero nuestros despreciables políticos adoptan una actitud servil e hispanófoba ante lo que en su ignorancia llaman “Europa”.  En fin, ¿seguimos hablando de esto? Llevo años denunciándolo, un tanto en vano, y la verdad, termina cansándome… 

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Liberalismo (IV) El dinero como clave y valor universal de la sociedad

– Debido a problemas de emisora, “Cita con la Historia” no emite sesiones últimamente. Esperamos que el problema se resuelva en una semana o dos: www.citaconlahistoria.es

**Esta es la sesión de Cita con la Historia más visualizada en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=ply24nU0NSs&t=6s 14.700 visitas. Realmente seguimos en una especie de gueto, a pesar de todos los esfuerzos.

**Blog I: ¡No podemos continuar bajo un poder totalitario!: http://gaceta.es/pio-moa/continuar-16012017-1802

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Vemos, pues, que el liberalismo puede dirigirse abierta y violentamente contra la religión o, en otras corrientes, admitir esta a condición de anularla como fuerza o influencia pública. Por este mismo hecho, ya constituye una concepción del mundo y del hombre, pues solo desde tal concepción podría plantearse así la religión. La idea general subyacente es fundamentalmente económica, atribuyendo el sentido de la sociedad y de la vida misma al comercio. El hombre tiende a comerciar, necesita comerciar y es la ganancia resultante lo que le permite vivir y hacer lo que desee. En el reino animal, y en el mismo mundo inanimado se da no obstante una especie de economía energética que rige sus comportamientos. Por lo que respecta a la concepción social, esta es una idea racional o racionalista, y si se quiere científica, porque el dinero se puede contar, pesar y medir mientras que conceptos como la dignidad, el valor de la vida humana, la libertad, la salvación, etc., carecen de tales virtudes: son demasiado inconcretas y se escabullen entre las manos. No hay nada más concreto, en cambio, que un millón de dólares, ese es un valor perfectamente tangible. De hecho se ha universalizado prácticamente la valoración de países, sociedades e individuos en función de su riqueza.

   La base de la riqueza es el comercio, concebido como libre mercado, que a su vez tira de la producción y favorece la paz, ya que beneficia a todas las partes.  Incluso una propiedad adquirida por la violencia –como tantas a lo largo dela historia—solo mantiene su valor si produce bienes que puedan venderse. Más aún, el dinero sirve de medida universal, también de la dignidad o la libertad, que, como todo el mundo sabe, pueden comprarse y venderse (aun si no siempre). Hoy no se priva de la libertad a mucha gente para venderla como esclavos, pero se acepta normalmente que una parte sustancial de la vida de la mayoría se dedique, a cambio de un salario, al servicio de otros y bajo normas de otros, en trabajos que pueden ser llevaderos o agradables, pero también ingratos o degradantes. Durante el tiempo de trabajo quedan ahí muy limitados los derechos y autonomía del  individuo, aunque este acepte la situación, por necesidad o por expectativas de mejora. El dinero es la clave valorativa de la misma vida personal, ya que incluso en sus horas de mayor libertad, el individuo depende de las que ha empleado al servicio de otro. Los héroes de nuestro tiempo parecen ser los empresarios más capaces o afortunados, y las catedrales son los edificios de los bancos o las grandes empresas. Así, en España se suele citar al dueño de Zara, sin importar el hecho de que esa empresa contribuya muy activamente a la colonización cultural por el inglés, no siendo, desde ese punto de vista, una empresa española.

    Por tanto, la relegación tendencial de las religiones a la pura privacidad no es una simple cuestión de procedimiento, sino que encubre una concepción de la vida muy precisa. La atribución del valor y sentido de la vida (de la felicidad) al cálculo pecuniario tiene además una gran ventaja: se puede demostrar con números, cosa inaplicable a otros factores de aspecto un tanto etéreo. El dinero es, además, un valor universal pues, salvo casos excepcionales que confirman la regla, todo el mundo desea o aspira a disponer de él en abundancia, incluso los que son ya no lo necesitan por ser muy ricos.  Se implica, además –idea muy extendida en el liberalismo—que en la medida en que la gente sea más rica será también más buena o bondadosa –sea eso lo que fuere—o menos agresiva, por la simple razón de que tendrá menos motivos para el robo, el asesinato y otras conductas deplorables, por molestas para el libre mercado. Además,  disponer de más dinero proporcionará al individuo mayor libertad en forma de opciones de compra de bienes de todo género, desde domésticos, como alimentos o muebles, hasta  intelectuales, como libros o cuadros. Los seres humanos que en épocas anteriores al liberalismo, apenas disponían de medios económicos, en la misma medida apenas serían humanos, o lo serían a un nivel muy inferior. También ocurriría en la actualidad.

    Vemos, pues, que la concepción económica de la vida humana basada en el libre mercado no es un simple programa limitado a un aspecto de la actividad social (como podría serlo en una concepción religiosa), sino que implica toda una concepción de la vida y del mundo, que excluye o relativiza otras. En realidad, los teóricos liberales tratan de explicar la vida y la acción humana en función de categorías económicas basadas en el comercio, desde Adam Smith a Hayek o Friedman, aun difiriendo en algunos enfoques y detalles. Es el comercio el que hace al ser humano y explica su historia y sus aspiraciones más universales.  Los tiempos en que esta supuesta verdad no había llegado a la comprensión del hombre eran por tanto tiempos ingratos, de atraso, subhumanos en sentido preciso, regidos por la violencia, la tiranía  y la superstición.

    Ya he señalado que en los mitos religiosos esta concepción de la vida aparece simbólicamente en diversos relatos, y con una carga negativa. Puede interpretarse así el relato de Esaú, que renuncia a sus derechos a cambio de un plato de lentejas;  más profundamente en el del becerro de oro, al que encuentra Moisés convertido en objeto de adoración de los israelitas cuando él bajaba con las tablas de la ley de Dios. O, según la interpretación de Diel, en el castigo de Prometeo, símbolo de la humanidad, encadenado a la roca (a la trivialidad, la ausencia de elevación espiritual) que él ha elegido. El discurso del dinero es, sin embargo, difícil de refutar, ya que parece tener a su favor el hecho de una expansión de la riqueza en gran parte del mundo,  riqueza que nadie en sus cabales rechazaría. 

 Es también curioso que de una concepción de base igual, es decir, económica, el marxismo extraiga conclusiones opuestas a las del liberalismo. Lo que demuestra que de unas mismas premisas la razón puede extraer conclusiones diversas. He tratado un poco esa divergencia en el libro sobre Europa y aquí lo enfocaré de otro modo, desarrollando después la lógica interna de la concepción del libre mercado, de la moral y la  ley, y finalmente del “individuo adulto”. 

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El liberalismo como ideología (III) El problema de la religión

Blog I: ¡No podemos continuar bajo un poder totalitario!: http://gaceta.es/pio-moa/continuar-16012017-1802

El mero conocimiento de este episodio –que debiera conocer todo el mundo– aclara más sobre la guerra civil, e incluso sobre la actualidad, que muchos libros y discursos: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=3s

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Dado  que la palabra ideología ha adquirido cierto tinte denigratorio, ninguna ideología quiere pasar por tal, como decíamos. En el sentido en que empleamos la palabra, difieren de la religión en que, por simplificar, esta sitúa al hombre en manos de Dios, mientras que las ideologías sitúan al hombre en manos de su propia razón. Por lo tanto, las ideologías son hostiles a la religión tradicional, viendo en ella un enemigo declarado de la razón, del progreso y de la propia humanidad,  hasta el punto de que a menudo han tratado de destruir el cristianismo por métodos genocidas, como ocurrió en la Revolución francesa, en la Revolución soviética, en Méjico o en la guerra de España. Otros intentos exterminadores se han hecho con menos violencia,  mediante leyes que restringían o privaban a derechos a los creyentes en el catolicismo, por ejemplo, como ocurrió en Inglaterra, en la III República francesa, en la Alemania de la Kulturkampf, o en la II República española.  Estas persecuciones, fueran sangrientas o legalistas, proceden sobre todo de ideologías comunistas y liberales; también  anarquistas y  separatistas catalanes en el caso de España (sin olvidar la colaboración del católico PNV en la persecución genocida de la Iglesia).

   Aquí entramos en un problema, y es el de las diversas corrientes en las ideologías. Así, aunque la Revolución francesa se inspiró en gran medida en el liberalismo inglés y en el useño, y abrió en toda Europa la época de los movimientos liberales y parlamentarios, muchos liberales se negarían a identificarla como un liberalismo auténtico, aunque otros pensaran lo contrario. Pero, sin llegar a la persecución, incluso liberalismos más moderados han mostrado una fuerte hostilidad hacia el catolicismo, o hacia el cristianismo en general (hostilidad a menudo correspondida, aunque no siempre).  No solo en relación con la religión, sino también en otros asuntos, surgen varias corrientes liberales. Así, se argumenta que los partidarios de la expansión del gasto estatal y la intervención del estado en la economía, como Keynes, no son tampoco liberales auténticos, si bien ellos mismos y otros lo ven de distinto modo. 

   El carácter ideológico del liberalismo se manifiesta asimismo en su hostilidad y competencia con otras ideologías, como la marxista, la anarquista o la fascista, sin que ello impida  la existencia de una corriente anarcoliberal o que regímenes liberales se hayan aliado con regímenes marxistas  o favorecido en algunos momentos el fascismo italiano. Aunque en general han propendido más a simpatizar con los marxismos.

  Pero vamos a suponer que entre las corrientes liberales haya una que sea más pura, por así decir, la que niega al liberalismo carácter de ideología porque, arguye, no supone una concepción general del mundo, la historia y el ser humano, sino que se limita a proponer un programa económico resumido en el libre mercado, y un programa político  de libertades y estado de derecho. De modo que el liberalismo no interfiere en las creencias ajenas, y puede ser compartido por católicos, protestantes, budistas o musulmanes sin renunciar a sus principios religiosos. ¿Y cómo se puede conseguir esto? Por medio de la tolerancia. La idea de la tolerancia se originó en Inglaterra a partir de las persecuciones entre anglicanos y protestantes de diversas orientaciones, y excluía explícitamente a los católicos. Podría decirse que, dado que el protestantismo, por su propia naturaleza, engendra una fuerte tendencia a la división y las rivalidades y luchas entre grupos, mantener la paz interna suponía esa tolerancia. Aparentemente beneficiaba a todas las religiones (incluso, en principio, a todas las ideologías, exceptuando, durante largo tiempo, a la religión católica), pero la tolerancia exige en contrapartida que las religiones sean despojadas de efectos políticos y relegadas progresivamente al ámbito de la privacidad de los individuos, como las preferencias estéticas o musicales. Es decir, reduce la religión a la irrelevancia a efectos sociales prácticos.

   Esto último resulta difícilmente aceptable para las religiones. En todas las culturas la religión y la política han estado estrechamente unidas. En el cristianismo, particularmente en su versión católica, se ha establecido una relativa separación entre Dios y el César, que no ha impedido que  la religión haya tratado de imponer siempre determinadas tesis generales políticas. Así, no se opone a ningún tipo de régimen siempre que este no vulnere normas de justicia consideradas de derecho natural, entre ellas el derecho de la propia religión a tratar de informar a la sociedad con sus doctrinas. El liberalismo, por otra parte, utiliza a fondo la razón para atacar los mitos religiosos, y así muchos liberales se proclaman ateos, en su  mayoría prefieren declararse agnósticos, y los hay que no encuentran oposición entre su liberalismo y el catolicismo. Estos últimos no aceptan, o aceptan con dificultad, la idea de la reclusión del catolicismo en el ámbito de la conciencia privada. Otro católicos (o de otras religiones), encuentran en el liberalismo una amenaza a su subsistencia a largo plazo.

   La idea implícita o explícita de la tolerancia entiende la religión como un factor de conflictos, desorden político e incluso guerra civil, cosa que efectivamente había ocurrido largo tiempo en Europa a raíz de los movimientos protestantes.  La razón debía encontrar, por tanto, algún elemento de convivencia que beneficiara a todo el mundo, evitando así los conflictos, al menos los choques graves. Y ese elemento parece ser el comercio libre, que teóricamente beneficiaba y enriquecía a todos sus participantes. La religión, según mostraba la experiencia, interfería en el comercio reduciendo su libertad, y lo mismo podía decirse de la política. Por consiguiente, el comercio debía verse libre de conceptos o principios religiosos, y regirse por el de la ganancia, que en condiciones de libertad debe ser mutua para todas las partes. Y el poder político quedaría reducido, a su vez, a un aparato de coerción al servicio del comercio, garante de la libertad de este y del cumplimiento de los contratos.  

 

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El liberalismo como ideología (II) Rasgos de las ideologías

Hay episodios que por sí solos resumen y explican enormes sucesos. La guerra civil y el carácter del PSOE, por ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=3s

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   Antes de continuar, conviene  exponer algo más lo que se entiende aquí por ideología, palabra que, como tantas otras, se usa a menudo con significados diferentes e incluso opuestos. Para Marx, las ideologías eran explicaciones fantásticas sobre el mundo y la sociedad, cuya función consistía en legitimar la explotación de una clase sobre las otras. Para Fernández de la Mora se trata de seudofilosofías o filosofías degradadas, con efectos políticos. Aquí las entendemos como concepciones o explicaciones del mundo y de la vida basadas en la razón y con exclusión de la fe. Las ideologías nacerían precisamente de la Ilustración, como rebeliones  de la razón contra la fe.

   En suma, el ser humano necesita algo así como un mapa espiritual o intelectual para orientarse en la vida. El mundo y la propia vida se presentarían como un caos de datos y sucesos en que nos sentiríamos totalmente perdidos si nuestra mente no les diese un sentido organizándolos, situándolos y relacionándolos en concepciones más o menos generales.  Debido a la incertidumbre radical en que despliega su vida, ese mapa se compone de certezas racionales y creencias de fe o religiones. Según el viejo  catecismo, fe es creer lo que no vimos, una definición incompleta: aunque no hayamos visto Nueva York o Copenhague  sabemos que existen por pruebas y evidencias diversas. La fe se deposita más bien en lo que no podemos ver, es decir, lo que está más allá de nuestra capacidad racional, algo que la propia razón admite estar por encima de sus capacidades, como en la célebre y muy racional reflexión de Omar Jayam.

   Sin embargo, la razón, exaltada desde el siglo XVIII,  ha aspirado a entender el mundo y guiarse en él sin necesidad de ninguna fe o religión. Como “lo que no podemos ver” persiste inevitablemente, y también en el sentido de que lo alcanzable por nuestra razón, “lo que vemos”, varía mucho con el tiempo y está expuesto a errores, la fe en la razón establece que de todas formas nada hay inalcanzable para ella en un progreso indefinido, gracias también a la ciencia, un derivado de la razón. Así, el resultado ha sido el traspaso de la fe a la propia razón, lo que exige, de paso, declarar innecesarias o carentes de significado las cuestiones más radicales planteadas por la existencia humana. Por tanto, la fe permanece de otra manera y, como la religión, genera mitos y ritos, justifica una moral, proporciona consuelo y libera al individuo de parte de la angustia, transformando esta en impulso sugestivo ante los afanes de la vida; y crea un lazo grupal entre individuos por encima del carácter conflictivo de la relación interhumana. La ideología viene a ser una religión sucedánea, con inmediata proyección política, pues afirma poseer las claves de la relación interhumana, que le permitirían suprimir los factores de desorden, conflicto e incertidumbre. Su crítica de la religión tradicional consiste en declararla fruto de la ignorancia y la impotencia, cosas perfectamente superables con el ejercicio de la razón, la ciencia y el desarrollo de la técnica, efecto práctico de las anteriores.  Ninguna ideología se reconoce como tal, sino como doctrina  racional y científica, aunque siempre resulta finalmente en una interpretación peculiar de la razón.

   De la razón se esperaba un mapa nítido de la vida y de su sentido, con las líneas bien trazadas, de valor general para los humanos y con unas orientaciones ineluctables. En la práctica ha dado lugar a mapas muy diversos, cada uno de ellos con pretensiones exclusivistas, no solo respecto a los demás mapas o ideologías, sino también a la evolución o historia del propio ser humano, considerado en cierto modo un infrahombre, sujeto a mil desdichas hijas de su ineptitud  antes de haber descubierto las liberadoras verdades ideológicas.

   Las ideologías tienen una gran capacidad para interpretar la historia y la sociedad recurriendo a algún elemento explicativo por encima o por debajo de la gran variedad de hechos y sucesos. En un caso puede ser el comercio, en otro la explotación del hombre por el hombre, o bien la voluntad de poder, o la independencia radical del individuo, etc. Cada uno de esos factores obra como la estrella polar para orientarse en la noche, y sobre ellos se eleva una concepción general de la vida. Precisamente por ello resultan tan sugestivos sus mapas.  La causa radica en la mencionada necesidad humana de orientarse en el caos con que se le presentan los datos y hechos del mundo y la vida. De ahí también nuestra resistencia a abandonarlos aunque choquen frecuentemente con la realidad más evidente: preferimos atenernos en cualquier caso al mapa, antes que sentirnos perdidos en el caos. Por ello también las ideologías van cargadas de una intensa afectividad, aunque traten de asentarse exclusivamente en la razón.

   Los mapas, desde luego, engloban y explican hasta cierto punto una porción de la realidad, pero nunca la suficiente, que además cambia en el tiempo. Por eso la ideología siempre encontrará hechos en los que apoyarse,  y aquellos que escapan a su capacidad interpretativa los desfigurará o distorsionará de modo que encajen en ella.  Así, interpretan la historia atribuyéndose lo que consideran mejor de ella y explicando sus propios  fracasos como efecto de factores ajenos, factores de atraso, barbarie o ignorancia, que convendría suprimir y se suprimirían en un progreso pacífico o violento, según las circunstancias. El racionalismo hace los mapas ideológicos  tan convincentes a los ojos de sus creyentes que si la realidad no se adapta a ellos, siempre se deberá a no seguirse sus indicaciones con todo el rigor y energía necesarios. Así permanece siempre el dilema de si su aplicación estricta terminará por superar los contratiempos y resolver satisfactoriamente los problemas o, por el contrario empujará a unos errores cada vez más catastróficos. La incertidumbre continúa e incluso se agrava, y ahí actúa de nuevo la fe. La Revolución francesa, entre tantos otros sucesos históricos, es una manifestación del dilema: ¿retroceder ante el fracaso o aplicar “la razón” con más fuerza todavía, intentando barrer los obstáculos?

     En mi libro sobre Europa examino sucintamente las principales ideologías salidas de la Ilustración: liberalismo, marxismo y, ya en el siglo XX,  el fascismo. Hay otras menores, y también debe decirse que ninguna de ellas ofrece una doctrina compacta, sino que en el interior de cada una existen corrientes diversas y a veces encontradas, de tal modo que una constante en ellas es la exclusión de las tendencias divergentes como ajenas o falsas, de modo que no solo cada una se opone a las demás, sino que dentro de cada una luchan diversas corrientes o interpretaciones por imponerse.  Del liberalismo en particular se ha dicho que no es una ideología, que no tiene casi nada en común con religiones sucedáneas como el marxismo o el nacionalsocialismo, y este es el problema que intentaremos examinar.

 

 

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