El ahorro no existe, dicen algunos

VII

MAURICIO.- Vamos a suponer, Fabricio, que no existe, efectivamente, ninguna diferencia esencial entre consumo e inversión. Sin embargo podríamos caer en una mera discusión palabrera, porque siempre será posible establecer una diferencia entre un consumo incompleto, esto es, un consumo del que sale el ahorro, y un consumo completo, empleado en el capital. O, si preferimos emplear la palabra inversión, hablaremos de una inversión directa e incompleta, causa del ahorro, y una inversión indirecta y completa en bienes de capital. También podríamos llamarles consumo ahorrativo y consumo no ahorrativo, o inversión directa e inversión indirecta, etc. Pero ¿para qué gastar palabras innecesarias? Eso no es racional. Llamamos a la una consumo y a la otra inversión. Esto es más útil, y lo explica todo igualmente.

FABRICIO.- Quizá tengas razón, amigo mío, pero antes de examinarlo vamos a otra cuestión: el ahorro no existe, es algo imposible.

SULPICIO.- ¡Pardiez, lo que hay que oír! Vamos a ver, si yo cobro por la venta de vacas y por la leche, digamos, cien millones de lerus en un año…

FELICIO.- ¡Oh, hombre afortunado…! Ja, ja, ja…

SULPICIO.- Lo digo por redondear, zoquete… Y dedico tres millones a mi consumo y siete millones a mejoras en los piensos, veterinaria, máquinas ordeñadoras, alojamiento de los animales, etc., me quedan noventa millones que ahorro. Es tan evidente que me cuesta trabajo oírte decir eso sin darte una buena hostia, por insultar mi inteligencia.

FABRICIO.- Eso es porque tu inteligencia es débil, simpático Sulpicio. Míralo desde un punto de vista más general: supón que Porriño vive de tus vacas y ovejas, y produce también todas esas máquinas ordeñadoras y demás que necesitas para mantener y mejorar tus rebaños. Supón ahora que el valor de toda esa producción de un año alcanza a doscientos millones de lerus, pero a la gente le da por no gastar más que cien millones. ¿Qué pasa con el producto por valor de los otros cien? ¿Que se ahorran? No, mi querido amigo, pasa que se echan a perder. Pasa que los productores de máquinas ordeñadoras y piensos y todo eso ven cómo su material se pudre o se oxida, por así decir, y tú verás cómo se estropea la mitad de la carne y de leche que produces. El Producto Porriñés Bruto tiene que consumirse (o invertirse, si lo prefieres) por entero, porque si no es así, hay pérdidas para todos. Si a la gente le da por consumir, pongamos por caso, la mitad de la carne y la leche que producimos, esos productos no se ahorran, se pierden, el dinero correspondiente no lo ahorramos, lo perdemos. Aun te lo diré de otra manera, y perdona la reiteración: tú dices que ahorras noventa millones de lerus, pero esos lerus solo tienen valor porque corresponden a productos reales, de otro modo serían dinero ficticio. Pues bien, si te abstienes de consumir esos productos reales, ¿qué pasa con ellos? Que quienes los fabricaron se arruinan.

MAURICIO.- ¡Pero chico!.. Todo el mundo sabe que el dinero para la inversión tiene que salir de algún lado, y solo puede salir del ahorro en el consumo. ¿De dónde, si no? Como dice Felicio, ahorramos de lo que ganamos, es decir, nos abstenemos de muchas cosas que podríamos consumir, y ese dinero no se pierde: lo metemos en el Banco de Porriño, y luego ese banco lo presta a quienes quieren crear una tienda o un taller o lo que sea, es decir, a quienes quieren invertir. De este modo nada se pierde y cada vez tenemos todos más, porque al aumentar el capital aumenta la producción. ¡Si es clarísimo! Explícanos, si no, de dónde sale la inversión. Me parece que tu forma de razonar va contra la evidencia y se parece a ti mismo: una forma de razonar chepa, tuerta, tartaja…

FABRICIO.- Atiende, ilustre cantamañanas: eres tú quien tiene que refutarme a mí. Yo digo que ese esquema de consumo, ahorro e inversión no puede funcionar tal como es generalmente explicado, y te he dado una razón. Si lo que se produce no se consume, se pierde. Podemos suponer varias cosas: que lo que unos ahorran consumiendo de menos, otros lo desahorran consumiendo de más, por algún mecanismo que habría que ver. O que el dinero representa algo más que el valor de la producción real, por ejemplo. ¡Qué sé yo!

VIII

UN CHAVAL.- ¡Mauricio, Mauricio! Un mensaje para ti, del ordenata de la peña pastoril.

SALICIO.- ¿Qué dice el mensaje, rapaz? Vamos, si no es secreto.

CHAVAL.- ¡A mí que me cuentas! Como no sé leer… Solo sé imprimir.

SALICIO.- ¡Ah, canalla! ¿Cómo sabes entonces que es para Mauricio?

FELICIO.- Venga, dejadlo. Léenoslo, Mauricio, anda.

MAURICIO.- Pues mira, viene de no sé qué blog, y lo firma manuelp, dice que rebate a Fabricio y me apoya, vía Von Mises: “Tan pronto quedan atendidas aquellas necesidades actuales cuya satisfacción se considera de valor superior a cualquier acopio para el futuro, la gente empieza a ahorrar una parte de los bienes de consumo existentes con miras a disfrutarlos más tarde. Tal posposición del consumo permite a la acción humana apuntar hacia objetivos temporalmente más lejanos”.

FABRICIO.- ¡Oh, Mauricio, mi pequeño saltabardas! ¿Habrá iluminado al gran Von Mises el maestro Pero Grullo? Cuando se consideran atendidas ciertas necesidades urgentes suele pensarse en otras menos urgentes porque las anteriores están atendidas. ¿Cómo podría estar alguien en desacuerdo? Pero a continuación viene lo del ahorro, y ahí está el problema…Si ahorras los bienes de consumo actuales, por lo común no podrás disfrutarlos más tarde, porque la mayoría de esos bienes se estropea, como decía yo antes, o bien se deprecia. No puedes ahorrar la carne o la leche de hoy para consumirla dentro de cinco años, por ejemplo, ni dejar de utilizar una máquina todo ese tiempo, porque esa máquina dentro de varios años valdrá mucho menos, o nada.

MAURICIO.- Pero vamos a ver, Fabricio, con tus peregrinas ideas solo estás demostrando que lo que existe, que lo que vemos que pasa en la realidad, ¡no puede existir! Me precio de ser en extremo racional, como creo haber demostrado con lo del sexo, pero eso me parece ir demasiado lejos…

FABRICIO.- Lo cual se debe a que los sentidos te engañan, igual que al individuo poco advertido, que mira el paisaje y concluye que la tierra es plana. Es más, puede dar la vuelta a la tierra sin percatarse de que es más o menos esférica. Los sentidos, buen racionalista, parecen estar hechos para engañar a sus poseedores, y ahí tienes a Salicio enamorado como un jilguero de alguien como Amartilis…¡Voto a tal, que hasta yo mismo soy más apetecible! Para una mujer, quiero decir, fuera bromas.

SALICIO.- ¡El diablo te lleve, tartaja desvergonzado!

FABRICIO.- No haré caso a tus trinos, Salicio, no vaya a pasarme lo que a tus ovejas con esa horrísona zambomba que no cesas de masturbar… Pero vamos al cuento, distinguidos zagales. Vosotros veis que unos tíos (o tías), ganan un dinero, el cual pueden fundirlo todo en comprar cosas que necesitan o que simplemente les gustan. Muchos lo hacen, pero otros dejan de comprar parte de esas cosas, y guardan el dinero sobrante con vistas a tener algo para su vejez, o para la enfermedad o lo que sea. Llamáis a lo que gastan, consumo, y a lo que dejan de gastar, ahorro. Ese ahorro lo llevan a un banco en vez de meterlo en un calcetín como antaño, porque el banco les ofrece un pequeño beneficio, un interés, muy pequeño generalmente, por hacerse con su ahorro. ¿Y por qué le ofrecen esa recompensa? Pues porque el banco se dedica a prestar ese dinero con un interés mayor, en eso consiste su negocio. Y a ese dinero que otra gente toma prestado del banco le llamáis inversión: ahorro igual a inversión, decís, una igualdad que no precisa ser exacta, pero sí muy aproximada.

MAURICIO.- Bien, pues eso es la observación más obvia, el sentido común.

FABRICIO.- ¡Demasiado obvia! Porque, como decía, si unos bienes dejan de ser consumidos, si lo que la gente podría gastar en ellos lo ahorra, esos bienes no consumidos no sirven para fundamentar una mayor riqueza futura, como se pretende, sino para arruinar a un montón de proveedores ahora mismo. Ya vio don Carlos Marx que ahí había truco, unas pretensiones morales, es decir, la virtud de la abstención, de la frugalidad, recompensada por una mayor riqueza, pretensiones que no encajaban en el esquema.

SULPICIO.- ¿A estas alturas vas a creer a Marx, jorobeta?

FABRICIO.- Dejemos eso ahora, excelente Sulpi… Esa pretensión de virtud es pura filfa. Lo que hay es, cabe suponer, es que, como decía antes, lo que unos ahorran, otros lo desahorran comprando un montón de cosas que no pueden pagar ahora, pero que esperan pagar en el futuro, es decir, que viven a crédito. De esa manera, los bienes producidos no se echan a perder, como pasaría si a la gente le diese por ahorrar sin más ni más. Porque, reconoced una cosa: de acuerdo con lo que os dicen los sentidos, ese dinero que ingresáis, o bien supone una cantidad de cosas que podríais consumir, o bien solo una parte de él supone esas cosas, para que no haya destrucción de ellas por el ahorro. Pero entonces, ¿qué significa la otra parte del dinero que no os gastáis? ¿Acaso puede hacerse dinero simplemente para meterlo en el banco, sin otra utilidad? En fin, ¿os dais cuenta de cómo os engaña lo que parece evidente? Os parecéis a los que dicen que el nacionalismo es la causa de los conflictos entre naciones. No, señor, la causa de los conflictos está en el derecho. Unos atacan y otros se defienden porque creen tener derecho a hacerlo… Si no hubiera derechos, no habría conflictos.

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¿Permite entender al hombre el interés individual?

Blog I: El inexistente pensamiento franquista:http://www.gaceta.es/pio-moa/inexistente-pensamiento-franquista-26082014-1435

***Bienvenido Viejo soldado. Es curioso  cómo han desaparecido del blog muchos comentaristas, y sin embargo los lectores  se mantienen (2.000-3.000)

***Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra civil, el franquismo y la democracia. Se trata del problema político principal que tiene hoy España, y sobre el que existe probablemente mayor confusión. Y lo que es peor, una confusión satisfecha, nacida de la ignorancia.

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Dice lead en uno de sus interesantes comentarios: El mártir y el misionero cristianos, San Bartolomé o la Madre Teresa de Calcuta, no actúan a ciegas, sin perspectiva: su fe, que es la mía, aunque mucho más fuerte en su lógica,  les dice: “recibirás ciento pot uno”…en la otra vida, en la que creen más allá de toda duda (eso es la fe); saben, porque así lo creen, que su martirio o su dedicación a los demás será cumplidamente recompensada; cada mártir cristiano ha pronunciado frases inequívocas al respecto en el momento crucial. Al final el hombre es un ser racional. En otras palabras, el hombre actúa siempre por su interés individual, por su conveniencia, y este es el esencial criterio explicativo de la conducta humana, así se trate de comerciantes o de ascetas, de misioneros o de políticos.

   Claro que el interés individual es muy subjetivo y varía de unos individuos a otros, de modo que habría que valorarlo. ¿Cómo? Hay un modo  obvio y sencillo: el dinero. Un buen interés da buen dinero, en términos financieros o cualesquiera otros. Y un mal interés da menos da menos o no lo da. Por supuesto, el interés de Teresa de Calcuta no puede valorarse así, puesto que espera la ganancia en la otra vida; pero también cebe decir que responde a una especie de alucinación o en todo caso a una idea irreal. Porque en el mundo real que todos conocemos el dinero mide todas las mercancías y los servicios humanos. Es más, la misma Teresa solo podía practicar sus caridades con vistas al premio  de ultratumba si recibía dinero por donaciones o de otro modo. Alguna corriente liberal estaría de acuerdo con todo esto, máxime que entraña, al parecer, la libertad. Esta consistiría, esencialmente, en que el individuo pudiese actuar conforme a su propio interés o conveniencia.

   Así, pues el alfa y omega de la racionalidad humana consistiría en la satisfacción del interés individual, y el modo de medir el valor objetivo de ese interés sería el dinero. Quitando esto último, ya las corrientes hedonistas griegas pensaban lo mismo, con el nombre de “placer”, bien que en algunos casos  el refinamiento del concepto y el temor al dolor conducían a una especie de ascetismo, paradójicamente.

   Se puede objetar, sin embargo, que muchos esfuerzos y conductas no se rigen por ese interés o la esperanza de obtenerlo. Por ejemplo, en la guerra los soldados saben que pueden morir o sufrir  mutilaciones por la patria o por otros intereses no individuales, y que en su gran mayoría no obtendrán ninguna compensación palpable, y menos en dinero (por supuesto, algunos huirán o se pasarán al enemigo si esperan que este venza, pero por lo común no es así). En mi novela, Alberto pregunta a un comunista que se arriesga seriamente en la posguerra, incluso a ser fusilado, por qué lo hace, si no sacará ninguna ventaja ni cree que le espere un premio en la otra vida. Pero en la vida corriente se presentan muchas conductas que no tienen que ver con el interés individual, como la crianza de los hijos –un gasto y un esfuerzo muy grandes, sin otra perspectiva  que el abandono del hogar, una vez criados–, ayudas caritativas incluso por ateos, o hasta acciones contrarias a ese interés, como el rechazo a la posibilidad de robar impunemente o de quedarse con un dinero perdido. Muchos, por ejemplo, no piratean libros, discos o películas en internet. Pero creo mayoría a los que, pudiendo hacerlo sin riesgo, lo hacen. Y  no cabe duda de que las prohibiciones al respecto atentan contra la conveniencia de millones de individuos.

   Aparte de eso, muchos crímenes  (asesinatos) se cometen por dinero (crímenes racionales). Pero otros muchos se cometen sin ese interés, por accesos de cólera, por pasión sexual, por odio más o menos justificable, por motivos ideológicos… Los motivos son muchos, y juzgar en la todos ellos siempre hay alguna conveniencia particular supone ampliar y retorcer desmedidamente el significado de esa conveniencia o interés.

    En la vida real no todo son amables intercambios mutuamente ventajosos, como en el pequeño comercio, sino que el interés de unos choca frecuentemente con el interés de otros. Para comprobarlo basta considerar la enorme actividad de pleitos judiciales, de abogados, etc. (un puntal de la economía, por otra parte). Por ello, la libertad no puede definirse en función de la conveniencia particular, sino, si acaso,  de la conveniencia colectiva que marca límites a aquella: se supone, y ocurre casi siempre, que el interés colectivo dejará, de todos modos, un espacio mayor o menor a los intereses particulares, que de otro provocarían luchas generalizadas; pero nunca el interés colectivo podrá satisfacer todas las conveniencias particulares, sino que necesariamente las oprimirá en mayor o menor grado. Esas normas chocan a menudo muy dolorosamente con los deseos e intereses individuales, y además son impuestas por élites u oligarquías, aceptadas  más o menos, pero nunca universalmente.

  Otra observación: el propio individuo nunca es más que parcialmente consciente de su interés,  que dentro de él mismo suele chocar con otros intereses, obligándole, a veces dolorosamente, a priorizar unos sobre otros, o a conducirse de modo confuso y contradictorio. Hay, además, siempre un riesgo, con su factor de azar, en las decisiones adoptadas con vistas a satisfacer un interés. Gran número de empresas se arruinan, incluso en los momentos de mayor prosperidad general. En otro sentido, quien piratea una película apenas corre ningún riesgo, pero quien realiza algo ilegal,  sí lo corre y sin embargo no pocas veces sale  triunfante. Pongamos el caso de Pujol: unos años más y muere en olor de santidad laica; e incluso ahora su castigo será meramente moral, ya que no entrará en la cárcel, y desde un punto de vista racional, ¿qué importancia tiene eso? ¡Que le quiten lo bailado! ¿Y qué decir de Teresa de Calcuta si no existiera una vida posterior? ¿Qué sentido habría tenido su actuación en este?

   Me parece bastante claro que sobre la idea del interés particular no puede fundarse ni la libertad ni la moral. Más bien destruye ambas. Y la noción de individuo merece mayor profundización que la aparente evidencia con que la utilizan algunos liberales y anarquistas. Porque se olvida la verdad profunda simbolizada en el mito del pecado original: el ser humano tiende al mal. No es cierto que el interés de los individuos signifique el bien,  y la sociedad, o el poder o el estado, concentren todo el mal. Aparte de que el estado, etc., nacen de los individuos y están constituidos por individuos.  Al igual que son individuos los comunistas: ¿dejarían de ser individuos, o lo serían de segunda clase,  por no pensar lo mismo que los anarquistas y ciertos liberales?  Creo que el comunismo es detestable, pero su crítica a partir de los intereses particulares me parece inconcluyente.

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Divagaciones económicas

 

Blog I: Liberales franquistas y antifranquistas (autocrítica liberal, II) http://www.gaceta.es/pio-moa/liberales-franquistas-antifranquistas-autocritica-ii-25082014-1335

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Diálogos pastoriles V (lo siento, manuelp. Iba a escribir otra cosa, pero tengo la cabeza muy cansada)

SULPICIO. Tranquilo, Mauricio, estamos de cháchara, no hay que ser tan riguroso…¡Hombre, aquí llega Fabricio! Fabricio, eres tartaja, chepa, tuerto, algo cojitranco y te faltan dos dedos en la mano izquierda… Nadie podrá dudar de que eres un hombre excepcional.

MAURICIO. No tanto, no tanto, Sulpicio, porque Fabricio dice ser, al mismo tiempo, mucho más inteligente y sensible que nosotros, de modo que eso compensa sus otras excepcionalidades y lo convierte en un tío vulgar y corriente.

FABRICIO. Vu…Vu…vuestro repugna…nante cach…cach..ondeo, mis q…queridos ami…gos, os defi… define como lo vi..les que so..sois. ¡Ya quisi…era yo ser un zo…zoquete que ni siente ni pa…padece, co…como vosotros, pero e…sa inteligencia y sen… sen…sibilidad no hacen más q…q…que agravar mis ma….les, la conci…ciencia de mis ta…taras (el transcriptor eliminará en adelante los tartamudeos, para hacer menos fatigoso al lector las palabras de Fabricio).

FELICIO. Hablábamos, caro Fabricio, del maravilloso florecer de nuestra querida villa de Porriño en todos los terrenos del saber, el arte y el pensamiento, y tú, no cabe duda, eres un buen ejemplo. Mas algo me preocupa, Fabricio, ¿no se vendrán abajo tantas flores por la crisis económica

FABRICIO. Para eso, Felicio y los demás, hay que entender ante todo la crisis. Para empezar, desde el punto de vista económico, un ser humano no difiere de una máquina o de un animal doméstico: todos consumen y emplean cantidades de energía, y a ello se reduce la cosa: a los mecanismos y ciclos de producción y consumo de energía.

FELICIO. ¡Pero eso es siniestro, oh Fabricio! ¿Dónde queda entonces la poesía, el romanticismo, la belleza de la vida?

FABRICIO. Quedan donde deben quedar. Un médico entiende y trata al hombre en calidad de portador de enfermedades, y no se preocupa de si su paciente disfruta con el olor de las cloacas, pongamos por caso.

MAURICIO. ¡Cómo, qué cosas dices! … ¡Salicio, coño, deja de tocar la maldita zambomba…! El olor de las cloacas es poco saludable y trae enfermedades, así que…

FABRICIO. Tienes razón, está mal elegido el ejemplo, porque para el negocio de un médico vendría bien eso de las cloacas, digo yo, desde cierto punto de vista… En fin, fijaos en que muy pocos han previsto la crisis, y de los pocos que la han previsto casi ninguno la ha apreciado en toda su magnitud. ¿Qué deducís de ello?

SULPICIO. ¿Que la economía no es ciencia rigurosa?

FABRICIO. Quizá, quién sabe. Pero sigamos: las explicaciones de la crisis se dan entonces a toro pasado. De repente todo el mundo ve fallos por aquí y por allá, que antes no veía. Unos dicen que la crisis deriva de la excesiva intromisión de los gobiernos en la economía, otros, que del capitalismo salvaje y desregulado, del neoliberalismo y esas cosas. Pero yo digo que una explicación de los fallos no explica nada. Porque antes de la crisis hubo prosperidad, y si no explican bien esa prosperidad tampoco explicarán la crisis. Si las explicaciones de unos y de otros fueran ciertas, estaríamos en crisis permanente, fuera por la intervención del estado, según unos, o por el capitalismo salvaje, según otros.

MAURICIO. La crisis es la crisis, tío, es lo que hay que explicar ahora.

FABRICIO. No sé, no sé. ¿Podríamos pensar que debería haber un equilibrio entre regulación y desregulación, entre capitalismo privado y gastos del estado y que, cuando ese equilibrio se rompe, sobreviene la crisis?

MAURICIO. También podemos suponer que si los gobiernos hubieran intervenido menos, la prosperidad habría sido mayor y quizá no hubiera llegado ninguna crisis. O al revés, que de haber sido más voluminosa la intervención estatal, todo habría ido mucho mejor.

SULPICIO. Contra eso puede argüirse que en España las regiones más intervencionistas, es decir, las socialistas, son más pobres, con más paro, y estoy por decir que si no están peor es porque chupan de las otras.

FABRICIO. Bueno, Sulpi, pero en Galicia y Castilla-León ha mandado muchos años la derecha, y no son ningún emporio, de ellas puede decirse casi lo mismo que de Andalucía, Extremadura o Castilla-la Mancha….

VI

MAURICIO.- De acuerdo con eso, podría decirse que las políticas del PP y del PSOE han sido básicamente las mismas, por eso sus autonomías se parecen tanto. Y que todas han sido, en general, intervencionistas. Podría verse el número de funcionarios por cien habitantes en cada lugar, por ejemplo, además del gasto público, claro.

FABRICIO.- Aun así, Mauri, creo que no adelantaríamos mucho: en todos los países viene sucediendo lo mismos desde hace muchos años. El problema está en las categorías que se usan, es decir, consumo, ahorro e inversión. Son, me parece, categorías falsas. Para empezar, todo es consumo, o, si se prefiere, todo es inversión.

MAURICIO.- ¡Ahí va, la luz! Todos los economistas manejando esos conceptos para analizar la economía, y viene nuestro gran Fabricio, el hombre excepcional, y los echa por tierra…

FABRICIO.- Pero fíjate bien, mi buen Mauri, en lo que te decía: un homo oeconomicus es como una máquina o un animal doméstico. Vamos a ver, para que la máquina funcione tienes que aplicarle energía, por ejemplo energía eléctrica, o gasóleo, o lo que sea. Tienes también que gastar en repuestos, en lubricantes, en limpieza, en pagar reparaciones… Todo eso, ¿es consumo o es inversión? El hombre es igual, con la diferencia de que sus necesidades son mucho más amplias: por ejemplo, una máquina no parece tener vanidad, mientras que el ser humano la tiene en grandes cantidades, y por eso emplea tantos recursos en satisfacerla: adornos, joyas, lujos…

MAURICIO.- Pero eso pueden considerarse gastos inútiles o improductivos, Fabricio, o consumo inútil, puesto que no sirven para mantener la máquina humana en marcha, como serían la alimentación o el vestido.

FABRICIO.- Craso error, mi caro amigo. Imagina que una máquina necesitase expresiones de cariño y estímulo, halagos diciéndole lo buena que es, adornos, etc., porque si no, se negara a ponerse en marcha. Afortunadamente eso no sucede, pero en el caso del hombre sí, y tiene una enorme importancia: sin esas cosas, no funciona como es debido o incluso sabotea la producción. Por lo tanto, invertir en esas cosas es fundamental. Lo saben bien los publicitarios, que gastan tanto dinero en estimular la vanidad del posible cliente. Un anuncio de un coche nunca se extiende en los detalles técnicos de él: solo sugiere que te “mereces” una vida de lujo, viajes, tías, y todo eso. Y ese gasto, ¿es inversión o es consumo? Es un consumo, claro, porque la empresa se queda sin ese dinero; y es inversión, porque espera sacar de ahí mucho más, aunque puede ocurrir lo contrario.

MAURICIO ¡Menudo galimatías! Siempre entendí que el consumo es lo que gastan los particulares en satisfacer sus exigencias de… de consumo. Quiero decir, si te compras un traje, por ejemplo, lo apartas de la circulación económica, solo vale para ti.

FABRICIO.- Nada de eso. Lo que has pagado por él sigue estando en el circuito económico y, además, lo compras como inversión en ti mismo. El traje, o la comida, o la casa, te permiten seguir con tu trabajo de pastor más o menos a gusto; pero si pasaras hambre, estuvieras mal vestido, etc., quizá te comerías el ganado en vez de mantenerlo para negociar con él, que es lo que terminará pasando con Salicio como siga impidiendo pacer al ganado. Eso, ya lo dije, es tan inversión como quien compra una máquina y todos los lubricantes y demás. El particular invierte en sí mismo, el empresario en la máquina. Aun podríamos decir más: el empresario invierte en la máquina y en el operario de modo muy parecido. El salario podríamos concebirlo como el equivalente a los gastos de mantenimiento de la máquina, solo que de esos gastos se ocupa el operario, mientras que la máquina no puede ocuparse de sí misma. A un ordenador nadie le da dinero para que se mantenga en forma y rinda; al que maneja el ordenador en una oficina sí se le da dinero para eso, precisamente.

FELICIO.- En verdad, Salicio ha dejado de lado la zambomba y os escucha con la boca abierta, mientras sus ovejas pacen a gusto, tanto interés le que suscitan vuestras divagaciones.

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III y IV, Diálogos pastoriles

III
FELICIO.- Además, Mauricio, no entiendo esa manía tuya de buscar la razón a todo, hasta a la acción amorosa. Ahora mismo te veo sacando del zurrón un bocata de sardinas que te comerás con sumo deleite, ¿te preguntas acaso por qué vas a comerlo? Tu estómago te lo exige imperativamente y pocos imperativos hay más categóricos: ocurre a todos los seres humanos, independientemente de su país, religión, sexo, estatura, raza o idioma… ¿No es esa una razón suficiente?

MAURICIO.- ¡Pardiez! No sé ni por qué me molesto en hablar con vosotros, par de inanes. ¡Tú qué sabrás si me deleitan o no las sardinas! Y no desvíes el tema hacia la comida, céntrate en el asunto. Y tú, Salicio, deja de darle a la zambomba, ten compasión de tus ovejas, coño… ¿Sabéis acaso por qué fornicáis?

SALICIO.- Te burlas, Mauricio, ya quisiera yo… Pero esta Amartilis me vuelve loco, ya lo he dicho: parece que sí, pero es que no, y siempre igual… De todas maneras te lo diré: eso se hace porque el cuerpo lo pide, lo pide la naturaleza, y uno no puede rebelarse contra la naturaleza. A mí, por lo menos, no me parece correcto.

FELICIO.- Bien dicho, ¡oh Salicio! Mas él no se conforma con tales razones. Él quiere saber por qué Natura ha puesto en nosotros tan formidable impulso. Siempre invoca la razón, pero quiere ir más allá de lo razonable. ¡Pregúntale a Natura, Mauricio! Nosotros tan solo somos sus dóciles creaciones, sus esclavos, si quieres, y no nos sentimos autorizados…

MAURICIO.- ¡Qué horror! Con ese espíritu nunca habríamos salido de las cavernas. Vamos a ver, botarates: una buena razón podría ser la reproducción. Por ese medio nos reproducimos, aunque no se entiende muy bien por qué habríamos de querer reproducirnos. No obstante, esa es otra cuestión. Ahora bien: solo una insignificante cantidad de los polvos se echan con afán reproductivo. ¿No veis ahí algo extraño?

FELICIO.- Bueno, Mauricio, no tan extraño, la verdad. A la hora del yantar no piensas en que estás introduciendo energía en tu cuerpo, piensas más bien en el placer que te produce el comer. Pues lo otro, lo mismo.

MAURICIO.- ¡Y he ahí la cuestión! ¿Por qué ese placer? ¿Por qué se le ha ocurrido a tu Natura hacer las cosas así? ¡Alguna razón ha de haber, digo yo!

FELICIO.- Precisamente me llegó esta mañana por el correo un texto curioso de un pirata chino (ya reproducido en este blog. Nota del transcriptor), a mí me parece muy explicativo, y te lo voy a leer:

“Moh Ul-sih, narran sus curiosas memorias, pasó un año pirateando por la costa entre Hainán y Hong Kong, y poco después se enroló como cocinero en un mercante español que hacía varias rutas entre Manila, China y las islas de la Sonda. El capitán, Artigas, un alavés de quien todos decían que estaba más que medio loco, redondeaba sus ingresos –y en menor medida los de la tripulación– con el contrabando, sin desdeñar la piratería si se le presentaba alguna buena ocasión. Aquellos fueron tiempos dorados para Moh, que recuerda, entre otras cosas, las charlas que, robando horas al sueño en las noches templadas, bajo las brillantes estrellas del trópico, bueno, del ecuador realmente, solía mantener en la toldilla con algunos colegas. Sobre todo con Quiroga, el contramaestre, un médico de Noya que había renunciado a su profesión en Galicia por afición a la aventura y a ver mundo, aunque algunos sospechaban motivos menos confesables, y algún que otro oficial de puente, o incluso marinero con deseos de ilustrarse. He aquí una muestra:

“Total, que salían muchas veces temas escabrosos, como es natural, sobre los que sólo se decían simplezas, así que yo, un poco enfadado, les solté una vez:

–Pues yo opino que los órganos de la jodienda son feos, sucios y huelen mal. Además, los movimientos también son poco dignos, vamos, repugnantes, vamos, impropios de personas educadas. Por eso, como la naturaleza es sabia, ha rodeado todo eso con el placer más completo, porque si no fuera así, la humanidad se habría acabado hace ya mucho tiempo.

Siguió un corto silencio.

–Joder, las cosas que se le ocurren al chino –dijo Bruno, un oficial de puente. Los otros dos se echaron a reír, pero Quiroga me miró muy serio:

–¡Moh! –como ya indiqué, era el único que me llamaba por el apellido, los demás siempre me decían “chino”. –La naturaleza será muy sabia, pero tú eres un memo. Vamos, a ver, ¿por qué iba la naturaleza a entretenerse en hacer algo asqueroso y luego compensarlo así, a lo tonto? Entonces no sería sabia, sería solamente enredosa, y aquí el único que embrolla eres tú. La naturaleza tiende a la simplicidad, a la sencillez, ¿entiendes?

–Pero la naturaleza es muy misteriosa, señor –le repliqué…”

MAURICIO.- ¡Qué chorrada, pero qué chorrada…!

IV
FELICIO.- ¿Por qué, oh Mauricio, calificas de chorradas las consideraciones de Moh Ul-sih y de Quiroga…? Pero he aquí que se acerca silbando nuestro dilecto y siempre alegre compañero Sulpicio… ¿Qué, Sulpicio, has dejado las vacas a su aire?

SULPICIO.- Las vacas, Felicio, no precisan mucha vigilancia…¡Hola a todos! ¿Enfrascados en vuestras usuales divagaciones? En fin, yo prefiero disfrutar de estos bosques umbríos, los prados de esmeralda, maizales y cantarinas corrientes de agua aquí, tan cerca de Porriño.

SALICIO.- ¡Por cierto, Sulpicio! Diría que vivimos en el mejor de los mundos posibles, si estuviera enturbiado para mí por fuera por los desdenes y desvaríos de mi Amartilis.

MAURICIO.- ¡No para uno de oír disparates! Aquí, entre las vacas y las ovejas, llenos de porquería y picándonos todos los bichos, ¡el mejor de los mundos posibles!…Las vacas, sobre todo… ¿Sabías cantamañanas Sulpicio, que las vacas están cambiando el clima con sus pedos? ¿Y puedes dormir tranquilo, puedes ir por ahí silbando tranquilamente sabiendo cómo tus vacas contribuyen al deterioro, al calentamiento global?

SALICIO.- ¡Bah, bah! Fruslerías Siempre ha habido muchas vacas y el clima no ha cambiado por eso.

SULPICIO.- Mas convendrás conmigo, Mauricio, en que es un privilegio vivir en Porriño y sus aledaños, y no solo por este inigualable paisaje ¡Ah, la belleza de nuestra pequeña ciudad! Dos años ha, paseaba yo por Venecia con una gran amiga, y hubimos de convenir, tras muchas discusión, en que la perla del Adriático podría incluso rivalizar con Porriño, concesión harto dura para nuestro orgullo, habida cuenta de nuestro patriotismo local, bien justificado, como nadie ignora.

FELICIO.- ¡Por cierto, Sulpicio! ¿Y qué me dices de los muchos cerebros privilegiados que deambulan por nuestro querido pueblo, del altísimo ambiente intelectual que en él se encuentra, de las contribuciones al progreso de la civilización y otdas esas cosas? ¡Voto a tal que no se encuentra nada semejante en el mundo ahora mismo! ¿No es realmente prodigioso que un pequeño pueblo reúna tales características? ¡Qué clima de discusiones del más elevado nivel, no incompatibles con el cuidado de los animales domésticos y, en general, de los bienes materiales indispensables, nos guste o no, para la vida!

MAURICIO.- Y yo os digo que vosotros no paráis de divagar, os repito que no sois capaces de centraros en un tema… ¿De qué estábamos hablando, pardiez, antes de llegar Sulpicio? ¡Ya ninguno nos acordamos! ¿Adónde llegaremos, así?

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Diálogos pastoriles, I y II

Blog I: ¿El retorno de los césares? / Lo del  Estado islámico es viejo:http://www.gaceta.es/pio-moa/retorno-los-cesares-islamico-viejo-23082014-2110

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Un grupo de ex presidiarios han decidido entregarse a la vida pastoril en la arcádica villa galaica de Porriño, a fin prodigarse en amenos y profundos diálogos:
I
MAURICIO–Por decirlo vulgarmente, solo he echado un polvo en mi vida, y me avergüenzo profundamente.
SALICIO–¿Te avergüenzas de haberlo hecho solo una vez?
MAURICIO –No, sino de aquella única vez que lo hice.
PICIO –¡En la vida había oído algo así! ¿Tan mal te fue? No lo entiendo.
MAURICIO –No entiendes porque eres un necio apenas racional, es decir, apenas hombre. ¿No es el hombre un ser racional? Pues lo que distingue al animal racional del animal sin más es que no obra sin ton ni son, sino que sabe, o aspira a saber, el por qué y el para qué de lo que hace.¡No volveré a hacerlo sin saber el por qué y el para qué!
FELICIO–¡Hombre, tío, todo el mundo sabe que eso da mucho placer! Debiera ser un por qué y un para qué suficiente.
MAURICIO–Lo será para ti, pero no para cualquier ser medianamente racional. Produce placer, sí, pero ¿por qué lo produce? ¿Por qué va el placer asociado al acto? En otras palabras, ¿cuál es el por qué y el para qué de ello? No volveré a fornicar si antes no sé por qué lo hago.
SALICIO–Pero todos sabemos que, en fin, la reproducción viene de ahí.
MAURICIO–No basta, ni aun dando por sentado que la reproducción vale la pena, que habría mucho que objetar a eso, poniéndonos en plan racional. La enorme mayoría de los actos sexuales no va encaminada a la reproducción.
PICIO –Bueno, pues va encaminada al placer.
MAURICIO–¡Y dale! No va encaminada a ningún placer, sino que el placer va asociado al acto, como va asociado a tomar drogas o emborracharse, a algunos les causa placer matar o hacer daño… En fin, te repito, ¿por qué causa placer ese acto?
SALICIO–Pues te vas a pasar la vida con esa sola vez, porque, por lo que yo sé, nadie ha dado una explicación.
MAURICIO–¡Ah, qué duro es ser un animal racional…! Pero o lo somos o no lo somos. Hay que ser consecuente.

II

MAURICIO. ¡Salicio, deja de tocar la zambomba, cretino! ¿No ves que por oírte el rebaño se olvida de pacer y las ovejas se están quedando en los huesos?

SALICIO. ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes, Mauricio! ¿Ignoras, acaso, que Eros ha clavado en mi corazón un fatal dardo?

FELICIO. ¿Y quién es la afortunada…O, por mejor decir, la que te hace afortunado, excelente Salicio?

SALICIO: ¿Afortunado? ¡Es Amartilis! Ella ha robado mi corazón, y se muestra tan variable, ora esquiva, ora deleitable y complaciente,  que me está volviendo loco. Si no fuera por la zambomba, tiempo ha que al manicomio habrían ido a dar mis huesos.

MAURICIO. ¡Por vida de…! ¡Amartilis! Jamás había visto marimacho tal. A menudo he sospechado que la tal Amartilis es en realidad el leñador Burricio, el de la Esquerra, que se maquilla y se disfraza de pastora al atardecer, cuando termina su faena.

SALICIO. ¡Brutal Mauricio! ¡No toleraré que hables así de mi Amartilis! Y en cuanto a las ovejas, ellas son muy libres de pacer o de escuchar los dulces sones de mi zambomba. Si optan por lo último será porque les gusta y les conviene, y tú no tienes por qué interferir en sus decisiones. ¿Acaso las fuerzo yo a escuchar mis melodías, aun sabiendo que, por efecto de mi desesperación, ellas me salen melancólicas?

FELICIO. Injusto eres, Mauricio, ¿qué entenderás tú del amor, si has confesado que solo una vez en tu vida lo hiciste, y  te avergüenza el haberlo hecho? Recuerda las sabias palabras de nuestro Arcipreste: el amor ennoblece a los amantes. Por feos, deformes, tontos y  de baja cuna que sean, ellos se verán siempre, uno al otro, como dioses.

MAURICIO. A lo primero ya te contesté hace días, atontado Felicio: me precio de animal racional, distinto de vosotros, más bien animales bestiajos, que os dejáis llevar por vuestros instintos sin haceros siquiera la elemental pregunta de a qué obedecen, cuál es la razón de vuestros irracionales y sucios anhelos. En cuanto a lo segundo, nuestro Arcipreste también aclaró algo que deliberadamente olvidas: siempre el amor fabla mintroso.

FELICIO. ¡Ah, Mauricio, Mauricio! Ahí falló nuestro Arcipreste. ¿Dónde hay más verdad y sublimidad que en el amor? Y la buena música, prosaico y feroz Mauricio, también alimenta. Habrás de reconocer que Salicio domina el arte zambómbico como ningún otro zagal en leguas a la redonda. ¡Son tan tristes sus notas que me hacen llorar!… ¡Y bellas, sin embargo! ¿A quién extrañará que el rebaño se olvide de pacer?

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