La romanización en la base de la cultura europea, hoy en crisis

Blog I: Ocho paradojas de la Transición: http://www.gaceta.es/pio-moa/paradojas-transicion-30012015-1401

Cita con la Historia” no quiere ser simplemente un programa ilustrativo, porque en una época en que se ha tergiversado de tal modo el pasado, es preciso adoptar una actitud activa, combativa contra la falsificación. Porque de esa falsificación nacen muchas políticas que han conducido a la actual crisis, que no es solo ni principalmente económica. Por eso no nos cansamos de insistir a nuestros oyentes, aun a costa de parecer pesados, en la necesidad de que ayuden al programa dándolo a conocer, difundiéndolo y comentándolo en las redes sociales, y apoyándolo económicamente.   Si el programa ha de continuar y no quedar en un esfuerzo testimonial y de poca duración, como tantos,  es preciso que nuestros oyentes  actúen a su vez. Resulta un poco vergonzoso que grupos como Podemos recauden  en un solo día  muchas veces más de lo que llevamos recaudado en  dos meses. Decíamos que necesitábamos 30.000 euros para  poder trabajar durante todo este año. Hemos conseguido  la cuarta parte, que no está mal para empezar, pero es claramente insuficiente y nos obliga a insistir una y otra vez. Damos las gracias de corazón  a cuantos han contribuido, varios de ellos más de una vez,  y nos gustaría que otros muchos oyentes se convenciesen de que poco vale quejarse de la situación sin hacer algo o apoyar a quienes lo hacen. 

   Hay que decir que este programa es el comienzo de un taller de ideas,  porque una crisis como la que vivimos pone en cuestión  y exige analizar  muchas cuestiones fundamentales que nos plantea la historia,  desde la democracia, la economía o la entidad  cultural de España a la evolución europea e internacional. En ello estamos, pero, repetimos, no podríamos hacer casi nada sin el apoyo de ustedes.  

   Volvemos a dar el  número de la cuenta para realizar las aportaciones: ES09 0182 1364 33 0201543346, a nombre de Tiempo de ideas siglo XXI  

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Según la mayoría de los políticos y periodistas “por fin entramos en Europa”, con motivo del ingreso de España, en muy malas condiciones, por cierto, en el Mercado Común o Comunidad Económica Europea, antecedente de la UE.  Esto es mucho más, y mucho peor que simple ignorancia de la historia, que también. Implica un desprecio esencial por España, por su historia y por su cultura, lo cual refleja el nivel de nuestra clase política, la misma que nos ha llevado a la actual crisis o multicrisis. De una clase política y periodística con tales deficiencias elementales se pueden esperar muchas cosas, y ninguna buena.

   España, naturalmente, siempre ha estado en Europa. Para empezar, debemos empezar por preguntarnos qué es Europa, en definitiva, aparte del ámbito físico. Europa es una cultura, propiamente una civilización,  que se ha venido desarrollando con unas características  que la distinguen de otras civilizaciones. Cuáles sean esas características y cuándo puede considerarse que empieza históricamente, es loa cuestión.

   La primera de las edades de Europa es la de la de formación. Europa se forma con el Imperio romano. Más exactamente, a partir de la II Guerra Púnica, pues si en ella hubiera vencido Cartago a Roma, la evolución posterior habría sido muy diferente. Es  la tesis que he defendido en Nueva historia de España, y que no conozco que haya sido expuesta antes con claridad. Aquella guerra, como ya hemos visto en otra ocasión, fue una auténtica guerra del destino,  origen de España y de lo que hoy conocemos por Europa.  Propiamente el imperio romano no fue europeo, sino mediterráneo,  ya que abarcaba las dos orillas y el Oriente Próximo. Sin embargo  el islam terminaría arrasando toda la civilización grecolatina en el norte de África y Próximo Oriente, de modo que finalmente se circunscribiría a la orilla europea, donde también estaría muy cerca de ser destruida por las invasiones bárbaras.

    Un rasgo evidente de la civilización romana de occidente fue la lengua latina, cuyos derivados se siguen hablando en Francia, Italia, Rumanía y la Península Ibérica; pero es un punto secundario porque en el resto de Europa se hablan otros idiomas y sin embargo el influjo de Roma es obvio en el continente y, a partir de él, en gran parte del mundo. Por ejemplo, España, Inglaterra, Portugal y Francia han expandido sus lenguas y culturas, creando ámbitos culturales nuevos, y aún más Inglaterra, romanizada en parte.  Además, el latín siguió siendo la lengua de la alta cultura y de la ciencia hasta los siglos XV, XVI y XVII, y la de la Iglesia hasta el Vaticano II por lo menos. Queda además un inmenso patrimonio arqueológico y arquitectónico desde el norte de Inglaterra  hasta Grecia, que es sentido como parte de la propia historia. En Oriente Próximo, Anatolia y norte de África quedan también restos muy importantes, pero  no son sentidos como parte de la cultura islámica, obviamente. Quedan también costumbres y actitudes. La red de calzadas construida por los romanos continuó usándose siglos después, y muchas carreteras recientes, por ejemplo en España, siguen aproximadamente esas calzadas.  Roma desarrolló una civilización propia, y en especial una concepción del derecho  que es la base de una parte considerable del derecho europeo; al mismo tiempo absorbió  gran parte de la cultura griega, de modo que se puede afirmar que la base de la civilización europea es grecolatina, aunque haya diferencias importantes entre ambas: la filosofía y la ciencia romanas fueron claramente inferiores a las griegas, aunque los romanos desarrollaron técnicas superiores y también una gran literatura.

 Más relevante aún fue la cristianización, comenzada también a través del Imperio romano a partir de Edicto de Milán, el año 313, que permitió la difusión del cristianismo, hasta entonces perseguido. Y  67 años después el emperador Teodosio, de origen hispano, declaró el cristianismo la religión oficial del Imperio, lo que marcó su expansión masiva y el retroceso de las religiones paganas. Es decir, el cristianismo sería la religión oficial romana durante  aproximadamente un siglo, hasta 476, de los  seis y medio que duró aproximadamente el Imperio de occidente desde la citada  II Guerra Púnica. El imperio  romano de Oriente llamado mucho más tarde bizantino continuaría mil años más después de la caída de Roma, hasta ser destruido por los turcos musulmanes. Su religión era la modalidad cristiana llamada ortodoxa, mientras que Occidente sería el catolicismo, con sede en Roma

   A pesar de que en el Imperio romano occidental el cristianismo como religión oficial solo duró el último siglo de existencia del imperio, llevaba siglos penetrando, de forma ilegal o más o menos consentida. Y por otra parte se da la paradoja aparente de que después de la caída de Roma, sería la Iglesia la que rescatase  y difundiese por Europa el legado cultural grecolatino, o lo que restaba de él. De modo que  cuando se dice que la civilización europea se basa en el cristianismo y el legado grecolatino, debe señalarse que este último lo fue a través del primero. Esto es importante porque la actual Unión Europea ha ido adquiriendo un tono francamente cristianófobo  (solo hay que ver  las campañas “yo soy Charlie”, es decir, soy anticatólico, mucho más que antiislámico); o reconociendo la herencia cristiana como una entre otras. Pero no es una entre otras: es la raíz misma, o al menos la principal, que ha unificado culturalmente todo el continente y le ha dado su particular estilo y evolución. Durante siglos, Europa ha sido el continente cristiano por oposición a los iniciales paganismos germánicos y eslavos y, sobre todo, a la civilización islámica. Otro rasgo ha sido la separación entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, llamada ortodoxa.  Aparte de las disputas doctrinales, hay un rasgo de la mayor trascendencia que distingue a ambas corrientes cristianas: el centro religioso de los ortodoxos estaba en Constantinopla, en la misma sede imperial, por lo que la religión se convirtió en gran medida en una dependencia política del Imperio bizantino. En cambio en el Occidente europeo, Roma  quedó como una ciudad más, y harto arruinada, en medio de nuevos estados y luchas políticas, lo que le daría más independencia  de los poderes políticos y viceversa. De todas formas Roma permaneció, simbólicamente, como  faro de civilización y heredera espiritual del Imperio, aunque muchos le hayan achacado, precisamente la ruina del mismo.

   En resumidas cuentas: España fue el primer país que empezaron a latinizar los romanos, aunque ello les costaría largas y difíciles luchas. Sería también profundamente cristianizado, por lo que  su carácter europeo es más indudable incluso que el de la mayoría de los demás del continente. A los bárbaros, en su mayoría germánicos, que destruyeron el Imperio de Occidente, no se les puede considerar europeos hasta que a su vez se cristianizaron  y en parte se romanizaron, ya muy tardíamente, a lo largo de la que hemos llamado Edad de Supervivencia o Alta Edad Media.

   Pero aparte de esa tradición civilizatoria, algo más que distingue a España como país europeo, aunque la mayoría de  nuestros políticos y periodistas lo ignore, y es que, tras ser anegado el país por la invasión islámica, España se recompuso como lo que había sido, cristiana y europea. Y, por cierto, fue el primer país en expandir la cultura europea por medio mundo.  Evidentemente, la pretensión política de situar a España fuera de Europa hasta que algunos políticos de medio pelo  nos metieron en el Mercado Común,  es un disparate, aunque muy revelador. 

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Libia, Gibraltar y Suiza

Blog I: Sírisa/Podemos: no es (solo) la economía, estúpido:http://www.gaceta.es/pio-moa/sirisapodemos-economia-estupido-26012015-1338

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  (En LD, 1-4-2011)

¿Por qué participa España en la agresión a un país como Libia, que no amenaza a nadie desde hace años? El pretexto del ataque de Gadafi “a su propio pueblo” es tan grotesco que en sí mismo manifiesta el absoluto desprecio de nuestros políticos y prensa al pueblo español, a su propia opinión pública. No acierto a entender qué intereses concretos hay detrás de tal aventura, en la que parecen especialmente empeñadas Francia e Inglaterra, pero desde luego no son intereses españoles. Una explicación posible remite a presiones de Francia, a la cual está enfeudada una parte excesiva de nuestra economía. Puede ser. Aunque en un plano muy general nuestros intereses coinciden con los del país vecino, en muchos planos concretos difieren y hasta chocan, como quedó de relieve en la crisis de Perejil, por poner un pequeño ejemplo. Lo único claro es que el Gobierno español, delincuente por otros motivos, lo es también por este.

También cabe decir que en un plano muy general coinciden nuestros intereses con los británicos, pero no así en muchos aspectos concretos. La manifestación más restallante de esa diferencia la encontramos en la permanente humillación a España que supone la colonia de Gibraltar. Precisamente en los últimos tiempos, los británicos han multiplicado sus insolencias y atropellos, sin que el Gobierno español (delincuente, insisto, por varios motivos) haya mostrado la más mínima dignidad ni defensa de nuestros intereses.

España carece de una verdadera doctrina en política exterior, y no ha sacado las lecciones de la experiencia histórica. Tradicionalmente, nuestro país ha salido perjudicado, a veces tremendamente, de la injerencia en los asuntos al norte de los Pirineos. Y se ha beneficiado no menos cuando se ha mantenido al margen de ellos, como en las dos últimas guerras mundiales. Por muchas razones, la posición exterior de España debiera asemejarse a la suiza. Algunos aseguran que eso nos llevaría al aislamiento, pero eso apenas si vale como fantasía malintencionada. Nadie duda de que Suiza se inscribe por todo en la cultura occidental, de que mantiene relaciones económicas y de todo tipo con el resto de Europa y del mundo mucho más intensas y fructíferas, proporcionalmente, que las de la “integrada” España. Y sin embargo no está en la OTAN ni en la UE y a duras penas ha aceptado entrar en la ONU. Ya discutiré el asunto con más detenimiento, pero baste aquí recordar un dato al que me he referido en La Transición de cristal: en los años 60 y primeros 70, España, “sin estar en Europa” como suelen decir nuestros ignaros políticos, creció económicamente más aprisa que cualquier otro país europeo. Cuando “entró en Europa”, por seguir con la memez, su crecimiento descendió y tardó decenios en recuperar el grado de convergencia de 1975 en renta per cápita. Y lo recuperó a costa de un grado de supeditación política y económica mucho mayor que antes.

 

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El legado del franquismo

***Blog I: Ansón, Franco y el catalán:http://www.gaceta.es/pio-moa/anson-franco-catalan-23012015-2047

***Este domingo, en “Cita con la historia” hablaremos del régimen liberal de la Restauración y su derrumbe, de tantas enseñanzas para la actualidad.

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W. Bernecker  ha señalado tres tipos de cambios causados bajo el franquismo (y que puede aplicarse a cualquier estado y gobierno existentes en el mundo):

1.- Los planificados y apoyados de modo voluntario por Franco y su gobierno

2.- Los no buscados  voluntariamente, pero resultantes  colateralmente y aceptados por el régimen

3. Los no voluntarios ni aceptados,  pero que ocurrieron incluso contra la voluntad del  régimen[1].

   En cuanto a los cambios buscados deliberadamente por aquel régimen, el primero y más obvio fue el de la paz interna. Vista en perspectiva, la república fue un hervidero de odios fomentados a su vez por los partidos y políticos, que trasladaron o contagiaron sus pasiones ideológicas a gran parte de la sociedad[2]. Como ya vimos, aquellas aversiones profundas entre partidos, personas y grupos sociales hicieron imposible una convivencia social razonable,  propiciaron la destrucción de la república primero, y la guerra civil después, para desaparecer en grado sorprendente en la posguerra. Un autor muy destacado y premiado en el franquismo, que presumía de anarquista de salón, Fernando Fernán Gómez, afirmó que después de la guerra no había llegado la paz, sino la victoria. La oposición de los dos conceptos es algo pueril, pues victoria se opone a derrota,  y paz a guerra, pero la realidad es que la victoria de los nacionales trajo la paz de manera indiscutible, mientras que una eventual victoria de los contrarios habría prolongado las luchas,  persecuciones y querellas que ni siquiera en plena guerra dejaron de estallar entre ellos mismos. El antifranquismo ha querido bautizar esa paz como “de los cementerios”, sugiriendo que se apoyaba en los fusilamientos de posguerra y en un terror permanente. El aserto solo es sostenible sobre las cifras de ejecutados infladas desmesuradamente por la propaganda, perfectamente míticas en el peor sentido de la palabra; y el supuesto terror queda desmentido  por las cifras de presos políticos y comunes a lo largo de la mayor parte del régimen.

   La paz solo fue desafiada por el maquis comunista en los años 40 y, en los últimos años del régimen, por el terrorismo, que combinaba el separatismo y el marxismo. Uno y otro, como la oposición antifranquista en general, rehacían las pasiones que habían desgarrado a la república. El maquis, ya lo vimos, fue vencido pese a gozar de muy favorables  “condiciones objetivas”; es decir, no logró arraigar en una población harta de aquellos rencores. Y el terrorismo separatista no partió de sentimientos de rabia entre los vascos, sino que trataba precisamente de crearlos. Maquis y terrorismo perturbaron en grado menor la paz general, sin romperla nunca. A menudo leemos también que la ETA fue un producto de la represión franquista, una falacia muy tosca,  pues nació exactamente del antifranquismo, intentó adrede provocar la represión y ha sido en democracia cuando ha multiplicado sus crímenes. Por lo demás, otras democracias europeas han sufrido o vienen sufriendo terrorismos aún más mortíferos, justificados también en una supuesta opresión del sistema. España tuvo asimismo algunos conflictos bélicos menores como producto de la descolonización, pero en absoluto comparables a los que soportaron Francia, Holanda, Inglaterra o Portugal.

    Por lo tanto, puede afirmarse que la paz fue un propósito deliberado y conseguido por aquel régimen. Esa paz, aun si bastante más asediada por el terrorismo y complicidades con él, perdura hasta hoy, con lo que España lleva viviendo así el período interno y externo más pacífico de su historia en al menos dos siglos. Y también el más prolongado de Europa con excepción de solo cuatro países más: Suecia, Suiza, Portugal e Irlanda. Por otra parte, la paz de las democracias occidentales está asentada en sucesos bastante más sangrientos que los de España en la guerra civil.

   Así, la paz viene a constituir un legado del franquismo, quizá el más consistente y duradero. Un legado actualmente en peligro, pues observamos desde la transición el propósito de crear  o revitalizar los viejos resentimientos de la república. Sin  éxito decisivo hasta hoy, aunque agravados peligrosamente en los últimos años, incluso  desde el poder, por normas tan inmorales como la ley de memoria histórica.

 

   Un segundo objetivo preciso del franquismo fue la industrialización y una prosperidad extendida a la gran  mayoría de la población. Objetivo también conseguido, pues elevó la renta media  a niveles de los países ricos de Europa y del mundo. Sobre ello no puede haber discusión racional, ya que son sobradamente ilustrativas las cifras de todas las producciones industriales y agrarias, consumo de energía, urbanización,  expansión del comercio exterior, ampliación de la esperanza de vida al nacer, de la alfabetización, de los servicios, en particular el turismo, etc. A pesar de ello, una caudalosa bibliografía pretende retratar un país de pobreza y grandes desigualdades, destacando detalles –presentes  siempre, también en loa países más ricos– y dejando de lado el balance de conjunto. Otra falacia, ya analizada, limita el desarrollo económico a los últimos quince años del régimen, dando por nulos o estancados los veinte años anteriores, o adjudicando la mejora a factores externos o ajenos al régimen.  

   Como síntesis, en 1975 la renta per capita española subía al 80% de la media de los nueve países de la CEE de entonces  (Francia, Alemania, Italia Inglaterra, Benelux, Irlanda y Dinamarca). En los años siguientes la convergencia retrocedió  de modo ostensible, para ir recuperándose en los 90, si bien con un elevado desempleo. En 2005 la renta per capita española igualó prácticamente a la de los países opulentos de Europa, pero se trataba de la deformada economía del endeudamiento y la burbuja inmobiliaria, que pronto se desplomaría hasta la actual media del 68%  respecto a los citados nueve países de la CEE-UE (excluyendo a Luxemburgo, el país más creso, junto con Liechtenstein). Es decir, la renta media ha bajado a un nivel de convergencia  incluso inferior al de 1965. España no se ha desplomado al nivel de un país pobre, por lo que el legado de prosperidad se mantiene, si bien con notables deterioros y altibajos, y siempre con unas tasas de paro mucho más altas que las del período anterior.

   Dentro de la política económica general de entonces debe incluirse una legislación indiscutiblemente favorable a los trabajadores, que dificultaba el despido, impedía el desahucio y procuraba otras ventajas, muy claramente la Seguridad Social. Aquella legislación fue juzgada más tarde como una rémora para el crecimiento económico y por tanto fue progresivamente derogada. Sobrevive la Seguridad Social, en medio de una crisis de financiación con perspectivas peores a medio plazo, debido a la caída de la natalidad, que vuelve problemática la seguridad de las pensiones. Quedó también durante un tiempo, en la democracia, la excelente legislación administrativa debida a López Rodó.

  

   Un tercer gran legado, también buscado deliberadamente,  fue la salud social, acaso la mejor de Europa medida por índices de delincuencia y población penal, suicidios, abortos, fracaso matrimonial y familiar, expansión de la droga y el alcoholismo, enfermedades de transmisión sexual, prostitución, seguridad pública, etc.  La historiografía rara vez presta atención a este campo, y tampoco hemos hecho aquí otra cosa que aludirlo, pero no por ello tiene menos interés, ya que refleja algo así como un índice de felicidad social, aun si a menudo se tratara de una felicidad ramplona; o si se prefiere, de “calidad de vida”, expresión usada hoy bárbaramente para describir cantidad y calidad de consumo.  Desde entonces ha sido muy notorio el deterioro de todos estos índices y la aproximación a las medias europeas, superadas en aspectos como el consumo de cocaína y otras drogas, el alcoholismo juvenil, el fracaso escolar, el consumo de tranquilizantes  o la población penal, en los que España ha trepado a una desdichada posición en los puestos de cabeza del continente.

   Concretamente, la población penal, que en los años 60 estaba en un 20-24 presos por cada cien mil habitantes, ronda hoy los 170, cifra a la que solo se acerca Inglaterra y es superada por países bálticos y por Rusia (y desde luego por Usa, con la mayor tasa de encarcelados: 756 por cien mil). La delincuencia en general había multiplicado por cinco en 2002  la de 1980, también muy superior a la de 1975. El año 2000, Inglaterra registraba la tasa de criminalidad más alta del continente, (cuatro veces más que España), seguida de Holanda, Alemania, Francia e Italia; en cambio la tasa de homicidios y asesinatos en España permanecería en la mitad de la media europea, aunque en crecimiento; la tasa de violaciones ha venido siendo también entre 3,5 y 4 veces menor que las de Inglaterra, Francia u Holanda. España los superaba ampliamente, en cambio, en robos con violencia. Dato llamativo: la mayoría de las víctimas de delitos pasó de los varones a las mujeres.

   Los abortos superaban los 50.000 anuales en la década de los 90, cifra muy alta y aun así duplicada desde 2005: la tasa de abortos por embarazos está en la media europea, superada solo por Suecia, Francia, Reino Unido o Usa (en esta se había acercado a un aborto por cada tres embarazos en los decenios de más intenso feminismo). En cuanto al suicidio, la evolución en el mundo es al alza, por encima de las muertes por homicidios y guerras. En Europa las tasas mayores corresponden a Rusia, Lituania, Finlandia, Suiza, Austria y Francia, permaneciendo España en niveles todavía bajos, pero habiendo saltado entre 1975 y 2010 desde los 0, 70  a los 12 por cada cien mil habitantes entre varones (tres veces menos para mujeres), y situándose en 2009 como primera causa de muerte entre adolescentes. Seguramente el aumento de suicidios entre jóvenes se relaciona, de una parte, con  la extraordinaria expansión de la droga y el alcoholismo, y por otra con el fracaso matrimonial, manifiesto en los divorcios y separaciones, en los cuales España se había situado en 2009 a la cabeza de Europa, después de haber sido uno de los países con menos divorcios. El fracaso matrimonial incide en el familiar, manifiesto en  homicidios y violencias físicas y psicológicas entre cónyuges, y de los padres y madres sobre los hijos y viceversa, cuyos índices registran un aumento lento pero persistente. También repercute en el elevado fracaso escolar, embarazo de adolescentes, etc. Así como el legado franquista de paz y prosperidad persiste, aun con grandes altibajos, la salud social ha sufrido un deterioro profundo.

 

   Un cuarto propósito del estado anterior, bastante logrado, fue la creación de un clima social patriótico y optimista, que sin duda  permitió desafiar  y vencer  al aislamiento y otros hostigamientos exteriores. Tal estado de ánimo sustituía al anterior pesimismo e hipercrítica sobre la historia y la consistencia nacional de España: de ningún modo fueron hechos casuales la alianza informal de izquierdas y separatismos ya desde principios del siglo XX, hasta hacerse decididamente alianza política y militar en la guerra civil; o que durante la república el grito “¡Viva España!” se tornase políticamente incorrecto y sospechoso.  

  En los últimos tiempos de Franco fueron resucitando, todavía con poca fuerza, los tópicos antiespañoles y separatistas, con poco efecto todavía en los comienzos de la transición. Salvo la ETA y pocos más, los separatistas, conscientes de su debilidad, aparentaban contentarse con autonomías; luego irían robusteciéndose. La oposición, facilitada su obra por la renuncia de la derecha a la batalla de las ideas, elaboró una tesis implícita: defender a España era propio de “fachas”, y propio de demócratas desacreditar el pasado hispano o dar aliento a los separatismos. Las autonomías crearon intereses y clanes de poder a menudo corruptos y poco afectos a la unidad de España, aun sin oponerse formalmente a ella.  Es paradigmático el caso de Andalucía, donde, sin preconizar abiertamente la secesión como hacían diversos partidos en Vascongadas o Cataluña, abonaban el terreno para ella, exaltando un imaginario pasado feliz en Al Ándalus,  definiendo la región como una “nacionalidad histórica” o “realidad nacional”, imponiendo una bandera autonómica  precisamente islámica o nombrando “padre  de la patria andaluza” a  Blas Infante, un orate empeñado en arabizar la región y apartarla del resto de España. Tendencias semejantes saltan a la vista en Galicia, Valencia, Baleares, Canarias y en otras regiones, incluso en Castilla.

  El patriotismo o nacionalismo español no solo ha sufrido agresiones de los separatismos balcanizantes y autonomismos socavadores de la unidad, sino también de un europeísmo tan ferviente como ignorante de las realidades e historia europeas, y despreciativo de las hispanas. Un europeísmo un tanto hueco en la mitad de su aspiración, y con una sustancia en la otra mitad: el deseo de disolver la soberanía y la propia nación española en la burocratizada Unión Europea.  España se ha visto así  sometida a una doble tensión descoyuntante de disgregación por abajo y disolución por arriba. Esta última, bautizada como “europeísmo” la presentan casi todos los partidos actuales como algo positivo porque permite modernizar la sociedad y hacerla más próspera, y en todo caso como un fenómeno “inevitable”, al que sería inútil oponerse. Pero los resultados hasta ahora no demuestran tales beneficios, y la historia está llena de fenómenos supuestamente ineluctables que terminan en desastres.

   En cuanto al patriotismo y la unidad nacional, es evidente que el legado anterior ha padecido  muy grave menoscabo,  con pronóstico poco tranquilizador.

  Por lo que respecta a otro aspecto de la preocupación franquista, esta en los asuntos exteriores, su política se basaba en el acuerdo con Usa contra el comunismo, la solidaridad con Hispanoamérica, la buena relación con los países árabes,  recuperación de Gibraltar,  y un europeísmo difuso y, tratando de mantener en todo caso la independencia y soberanía. De todo ello ha quedado como eje de la política exterior post Franco el último factor: casi todos los partidos concuerdan hoy  en procurar una disolución progresiva, política y cultural de España en un proyecto europeísta cada día más dudoso, que desdibuja la cultura europea y ataca sus raíces.

 

   La recatolización de España después de los procesos que habían alejado de la Iglesia a gran parte de la sociedad y de la intelectualidad  fue  otro de los grandes objetivos del franquismo, ya que se le consideraba un elemento imprescindible en el deseado resurgir hispano. ¿Hasta qué punto tuvo éxito? Desde luego un grado considerable de éxito sí lo tuvo en los años 40 y 50, y los índices de salud social, atribuibles al menos en parte a la moral católica y  permanentes a través de los 60,  deben bastante, con toda probabilidad, a  la inercia del trabajo anterior. Los frutos de esta labor fueron averiándose en gran medida después del Concilio Vaticano II, cuando los seminarios se despoblaron, gran número de sacerdotes colgaron los hábitos y la práctica religiosa descendió de modo acentuado. ¿Fue ello  secuela del Concilio o bien debía ocurrir de cualquier modo, dada la evolución de la sociedad? Es una cuestión abierta. La situación anterior al Concilio no era muy buena para la Iglesia, que sufría  una crisis cada vez más palpable, pero ciertamente la crisis misma continuó luego, bastante agravada.

   Otra pregunta es la del éxito que pudo haber tenido la recatolización en los años anteriores,  de modo específico en el campo cultural. La respuesta de  estudiosos como José Manuel Cuenca Toribio,  José Andrés-Gallego, Olegario González de Cardedal  o Antonio Martín Puerta  no es optimista, señalando todos  las limitaciones intelectuales del mundo católico. Aún así, aceptada la crítica, Martín Puerta apunta a la necesidad de una crítica o autocrítica correlativa de la producción cultural de la izquierda española y sus inspiradores como Sartre, Camus, Gide, Beauvoir, Malraux, Russell o Brecht, de lo que concluye: “Es más que dudosa la superioridad cultural del mundo progresista sobre la del mundo conservador, siendo no obstante completa la superioridad mediática de aquél” [3]. Sea como fuere, el antiguo y violento anticlericalismo de las izquierdas  casi desapareció o quedó muy atenuado no solo en el estado anterior, sino en la democracia, mientras que está resurgiendo con fuerza inesperada en los últimos años, con los mismos tics y tópicos de antaño. La crisis religiosa puede considerarse el cambio por excelencia ocurrido durante el mismo régimen, que este no deseaba ni aceptaba.  En cualquier caso, el fracaso o semifracaso en la reevangelización no le  es achacable, pues  puso  a disposición de la Iglesia todos los medios para su labor.  

    

   Otro fracaso profundo se registra en el ámbito cultural. No en el sentido de una expansión de los estudios y la alfabetización, que ciertamente existió, sentando las bases para su mayor masificación en la democracia; ni tampoco porque la creación cultural se redujera ni remotamente al célebre paramo. El fracaso del franquismo se produjo en el terreno ideológico, y debe ser explicado: las intenciones primeras de crear una ideología o articulación intelectual superadora del marxismo y la democracia liberal nunca se cumplieron.  El esfuerzo quedó, según Linz, en la formación de una mentalidad no desarrollada  a fondo intelectualmente,  lo cual le impedía competir frente a sistemas de ideas tan elaboradas  como aquellas ideologías  a superar.

    Tanto el marxismo como el liberalismo democrático son teorías muy potentes, derivadas de la Ilustración europea, e inspiran una producción cultural muy variada y reconocible. De la producción cultural de la “era de Franco”, también muy variada, solo una pequeña parte puede identificarse como franquista: la gran mayoría le fue ajena, e incluso una parte no despreciable contraria.  Marxismo y democracia liberal tienen aspiración o pretensión universalista: afirman tener soluciones para casi todos los problemas de la humanidad y hasta interpretar adecuadamente su destino. De ahí que sus potencias rectoras,  la URSS y Usa, no hayan vacilado en inmiscuirse en los asuntos internos de las demás naciones. El franquismo, en cambio, limitaba su actuación a España, como solución empírica a la profunda crisis de los años 30, aunque esta había afectado al mundo entero. El catolicismo, desde luego, tiene también aspiraciones universalistas, como expresa su nombre, pero en política solo constituye una guía muy general,  compatible con sistemas políticos muy diversos, y que no depende de ninguna potencia concreta, sino del Vaticano, el cual podía desvincularse del régimen español según su conveniencia,  y lo hizo.

     Estas limitaciones y la deficiencia teorizante ayudan a explicar  por qué tantos miembros de las distintas familias del régimen terminaron optando precisamente por el marxismo o el demoliberalismo en un momento u otro. Ya cuando Usa tomó el relevo en la lucha contra el comunismo y Europa occidental se rehízo económicamente,  la atracción de ambos acabó de paralizar el primigenio y poco tenaz  impulso ideológico de primera hora.  Aun así, el franquismo prosiguió una política hasta cierto punto ideológica en torno a la herencia cultural hispana en América y Filipinas, bajo el lema de la Hispanidad. Pero, nuevamente, tampoco esta orientación se desarrolló a fondo o dio lugar a una ideología algo precisa y capaz de competir.

   Todo ello no prueba la imposibilidad de un desarrollo ideológico propio, pero en la práctica eso no ocurrió. No surgieron pensadores al nivel de la tarea, si es que ella era posible. Por esa razón el franquismo, limitado a una mentalidad, terminó diluyéndose, a  pesar de sus indiscutibles  éxitos prácticos; o incluso, paradójicamente, a causa de ellos. Hoy,  la crisis económica y europeísta,  con repercusiones políticas y sociales muy amplias, ofrece acaso la oportunidad de cumplir de un modo u otro el programa superador deseado por aquel régimen. Sin embargo no se ven muchos indicios de ello, y sí más bien un auge de populismo asimismo poco y mal elaborados.



[1] Recogido en S. G. Payne y J. Palacios, Franco, Madrid 2014, p. 530.

[2] Sobre las destructivas relaciones entre los principales políticos republicanos, un tema relevante y poco estudiado, he escrito el ya citado  Lospersonajes de la República vistos por ellos mismos.

[3] A. Martín Puerta, El franquismo y los intelectuales,  Madrid 2013, p, 342

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Franco entre los militares y políticos de su tiempo

Blog I, El donjulianismo de la izquierda:http://www.gaceta.es/pio-moa/donjulianismo-izquierda-19012015-1258

****** Último programa de Cita con la Historia: Las  edades de la historia de Europa  http://www.ivoox.com/cita-historia-las-edades-de-audios-mp3_rf_3967330_1.html

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   Los 83 años de vida de Franco (1892 -1975) cubren un período de conmociones en España: Restauración hasta 1923,  dictadura de Primo de Rivera hasta 1930; un año largo de  intermedio hasta la II República, la cual duraría cinco años, hasta las elecciones de febrero del 36; convulsión agravada del Frente Popular, que daría pie a la guerra civil y a los 36 años siguientes de caudillaje. Época de rápidas y a menudo violentas alteraciones económicas, ideológicas y técnicas en todo el mundo, con mayor crudeza en Europa. Franco lo veía así: “Nos ha tocado vivir una época difícil, que tiene caracteres de verdaderos tiempos revolucionarios. En un espacio relativamente corto hemos visto cambiar muchas costumbres, y aun principios morales largo tiempo vigentes han pasado a ser materia de discusión. Este ambiente (…) ha afectado en grado más acusado a los sistemas económicos y sociales y a las fórmulas de convivencia internacional. Las transformaciones de la sociedad contemporánea, unas mejores y otras peores, son en su conjunto  síntomas de extraordinaria vitalidad y de una aceleración histórica importantísima en la vida de la humanidad. Pero no es extraño que tales cambios afecten de forma difícilmente previsible  a los pueblos y pongan en peligro muchas veces su paz, su tranquilidad y sus tradiciones.  Gracias a Dios nosotros hemos conseguido, sin cerrarnos al signo positivo de la historia, superar los riesgos  que este ambiente de cambios comporta, manteniéndonos en una línea firma de paz y progreso, sin perder nunca el sentido de la realidad ni de la fidelidad a unas esencias que  constituyen nuestra más interna fortaleza” [1]. Tales mudanzas condicionaron a España, aunque esta siguió en general un camino particular.

   Hasta los 30 años, la vida de Franco transcurrió en el régimen liberal de la Restauración, en el cual hizo su carrera militar en Marruecos y  al que nunca cuestionó. Fueron sus años de formación, y de ellos le quedarían algunas actitudes más bien liberales. En Marruecos se convirtió en jefe de la Legión y lugarteniente de Millán Astray, fundador de la unidad en 1920. Caída la Restauración bajo los golpes del terrorismo anarquista, de las subversiones socialista y separatista, y de la inanidad de los políticos del momento, permaneció ajeno a la política bajo Primo de Rivera, y en Marruecos contribuyó a enmendar  el desastre de Annual  y derrotar a Abdelkrim, convirtiéndose en el general más joven de Europa. No mostraba inquietudes ideológicas más allá de un talante conservador y anticomunista. Cuando el fallido golpe militar republicano de 1930, escribió a su revolucionario hermano Ramón declarándose partidario de una democratización serena. Por entonces dirigía la Academia Militar de Zaragoza, que clausuró Azaña en 1931, tras  tomar el poder los republicanos. El tono izquierdista, anárquico y anticatólico del nuevo régimen le defraudó, pero no conspiró contra él. Por el contrario, al alzarse izquierdas y separatistas catalanes contra su propia legalidad, en octubre de 1934, defendió la república.

   Todo varió desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones no democráticas de febrero de 1936. Entonces Franco se sumó a la conspiración de Mola, si bien no resolvió sublevarse hasta el asesinato del líder derechista Calvo Sotelo. Fue él quien salvó la muy difícil  posición inicial de los otros jefes rebeldes Mola y Queipo de Llano, y por ello fue elegido Generalísimo de todos los ejércitos y “Jefe del Gobierno del Estado”, encomendándosele  “todos los poderes del Estado”, que asumió el 1 de octubre de 1936. Se crearon ciertos equívocos y reticencias de algunos generales al no especificarse la duración de esos cargos y Franco mostró entonces,  por primera vez, una decisión política  radical. Probablemente pensó ya en instaurar un nuevo estado, pues juzgaba fracasadas la Restauración y la república, y desconfiaba de la capacidad política de sus compañeros de armas. Adoptó el título de “Caudillo”, siguiendo viejas tradiciones, y luego  su victoria abriría el período convencionalmente conocido como franquismo o “era de Franco”, según la calificó  el economista largo tiempo militante del PCE Ramón Tamames.  La figura del nuevo jefe del estado debe ser enfocada, por tanto, desde su papel histórico como militar y político.

   Las acciones bélicas del Caudillo ocupan diez años en África, una breve intervención en 1934, la guerra civil y los años del maquis. También a otro nivel, las pequeñas guerras de Ifni y norte del Sahara español. En cuanto militar, Franco ha sido juzgado a menudo desfavorablemente, hasta como una nulidad (Preston,  Blanco Escolá y tantos otros). La evidencia de que siempre venció a sus contrarios, caso realmente insólito, pone de relieve la necedad de tal valoración. Opiniones más matizadas y atendibles lo catalogan como “ buen profesional” si bien alejado de la brillantez y más aún de la genialidad. Así le han considerado incluso Ramón Salas Larrazábal o Stanley Payne y Jesús Palacios en su reciente biografía del personaje.

   Creo que el juicio solo puede nacer de una apreciación de la guerra civil, pues la de Marruecos y las demás, de rango menor,  no permiten evaluar su calidad de estratega. La guerra de España sí entra en las de gran envergadura del siglo XX, la mayor entre las dos guerras mundiales después de la civil rusa. Fue un conflicto largo (casi tres años), de masas (cada bando movilizó a más de un millón de hombres), complejo, con difíciles operaciones de movimiento, batallas campales, intervención del armamento más moderno de la época y actividad naval nada desdeñable. Contienda de arduas alternativas y problemas  tácticos y estratégicos, amén de los de reclutamiento y entrenamiento a la intendencia, complicados con la reorganización del estado y del propio ejército. Esta triple tarea simultánea, que solo algunos líderes revolucionarios como Mao Tse-tung o Ho Chi-min debieron acometer, ya lo sitúa en un plano particular con respecto a los generales europeos o americanos  del siglo XX, por lo común limitados a sus tareas específicas. La misma triple tarea militar, organizativa y política  afectó al Frente Popular, que la  cumplió con eficacia inferior a la de los nacionales.

    Algunas críticas a Franco expresan opiniones arbitrarias sobre cómo debiera haber actuado en tal o cual oportunidad. Lo cierto es que toda operación bélica comporta graves riesgos, casi siempre lleva aparejados errores y sus jefes han de tomar decisiones disponiendo de menos información que los analistas a posteriori; por ello, el criterio de valoración es justamente la victoria o la derrota: sean los que fueren los errores parciales, el acierto fundamental se manifiesta en el buen resultado, y los aciertos parciales pueden quedar en nada por algún error decisivo. Se estiman mucho más, lógicamente, las victorias alcanzadas en inferioridad numérica y material, porque en ellas sobresale el espíritu, por así decir: la destreza, el valor y la imaginación.

    Muy en síntesis, la guerra de España puede dividirse en tres partes. Los primeros  cinco meses hasta la batalla de noviembre-diciembre en Madrid, con perspectiva de guerra corta mediante la acción de pequeñas columnas irregulares en gran parte voluntarias. La inconcluyente batalla de Madrid dio paso a una etapa de guerra larga (casi dos años), que obligó a los dos bandos a esfuerzos extremos, reclutamiento en masa, mayor ayuda extranjera  y vastas operaciones (Guadalajara, Jarama, Vizcaya, Santander, Brunete, Belchite, Asturias, Teruel, Alfambra,  y otras menores), sin resultado decisivo hasta la batalla del Ebro terminada en noviembre de 1938. A partir de ahí se abre la etapa de derrumbe del Frente Popular en cuatro meses y medio.

    Pues bien, la primera etapa comenzó para los nacionales con una inferioridad de medios abrumadora: el dinero, el número, la industria, el grueso de la aviación, de la marina, de las fuerzas de orden público… casi todos los factores que en principio  determinan el curso de un conflicto bélico habían caído del lado del Frente Popular. Semejante panorama habría disuadido de proseguir la lucha a la gran mayoría de los militares de cualquier país. Franco no lo hizo: contaba con las tropas de Marruecos, excelentes, pero escasas y aisladas por el estrecho de Gibraltar, vigilado por la flota enemiga. Hubo de resolver el problema de pasar fuerzas a la península  y lo hizo de modo sobresaliente con un arriesgado paso por mar y un puente aéreo, al parecer el primero de la historia, iniciado con los pocos aviones españoles disponibles. También consiguió aviones italianos y alemanes que incrementaron luego el volumen de las tropas transportadas, siempre pequeño. Con sus exiguas columnas de legionarios, regulares y voluntarios, asentó la Andalucía occidental,  derrotó sucesivamente a columnas enemigas superiores en número y artillería, unió la zona nacional, antes dividida en dos, remedió la penuria de municiones de Mola, y en cuatro meses se plantó ante Madrid, cuya conquista habría determinado con toda probabilidad un pronto final de la lucha. Son éxitos realmente extraordinarios, compensando la  inferioridad material con visión estratégica y excelente conducción operativa.

   Pero los revolucionarios hicieron un esfuerzo ímprobo por defender la capital, pusieron en pie un nuevo ejército, regular, más centralizado y dotado de material moderno superior al contrario, con fundamental ayuda de Stalin. El sovietizado ejército “popular” fue capaz de vastas ofensivas y contraofensivas,  la guerra se hizo entonces irremediablemente larga y fue preciso adaptarse a ella.  Franco hubo de abandonar Madrid y atacar la zona izquierdista del norte cantábrico, afrontando el riesgo de perder lo logrado en torno a la capital. Triunfó en una difícil campaña de siete meses, desbaratando de paso los contraataques cerca de Madrid y en Aragón. Su victoria en el norte le dotó por primera vez de superioridad material y numérica, si bien pequeña, y de una importante base industrial, comercial, ganadera y minera. A continuación se volvió de nuevo sobre Madrid, aunque a aquellas alturas la capital ya no tendría el carácter decisivo de 1936; pero el bando rojo movilizó nuevas quintas y contestó con una contraofensiva por Teruel. Franco cambió de plan, reconquistó Teruel y desde allí avanzó hasta el Mediterráneo por Castellón, cortando en dos la zona contraria. Pareció inminente el derrumbe del Frente Popular, pero este fue aún capaz de una magna  ofensiva por el Ebro. Franco decidió destruir allí al adversario en una batalla frontal, la mayor de la guerra. Venció y con ello la guerra quedó por fin solventada.

    Sobre estos casi dos años de lucha cabe hacer varias observaciones: Franco fracasó ante Madrid, pero no fue derrotado y retuvo la iniciativa, reaccionó con flexibilidad a cada desafío y  convirtió cada ofensiva de sus enemigos en un desastre para ellos. Se le ha acusado de prolongar innecesariamente la lucha, y él mismo habló alguna vez de ello, pero al decirlo hacía de necesidad virtud. El ejército rojo supo rehacerse una y otra vez de sus reveses y organizar  peligrosas ofensivas. Imaginar que Franco hubiera podido acortar o alargar la contienda a voluntad supone creer militarmente irrisorio al bando contrario; error típico de estrategia de café, que él nunca cometió.

    La batalla del Ebro fue el canto del cisne del Frente Popular. Después, el ejército nacional derrumbó con facilidad la resistencia roja en Cataluña. Aún quedaba por conquistar el centro-sureste de la península, casi un tercio del país con buenos puertos, defendido por más de medio millón de soldados y una potente  escuadra. Ello hacía posible una resistencia a ultranza durante varios meses, y así lo querían los comunistas y los socialistas de Negrín, esperando enlazar con la anhelada guerra europea. Por el lado contrario, la aplastante superioridad material de que ya disponía Franco le habría permitido aniquilar a sus enemigos, y así lo habría hecho de poseer el carácter sanguinario que le atribuye la leyenda comunista o prestoniana. Pero percibió signos de descomposición entre las izquierdas y en lugar de lanzarse en tromba contra ellas, esperó a que culminase su desmoralización. Por fin el coronel Casado, el anarquista Cipriano Mera y el socialista Besteiro se alzaron contra Negrín y el PCE, dando lugar a una guerra civil entre ellos. Poco después, los nacionales ocupaban la zona enemiga sin disparar un tiro. No ha solido darse el valor que tiene a esta campaña final de Franco, con máxima  economía de fuerzas y, por así decir, elegancia estratégica.

    Considerando lo visto, reducir la talla militar de Franco a mera profesionalidad   suena inapropiado. Él resolvió con sobriedad y acierto los numerosos y variados problemas tácticos, estratégicos y organizativos que se le presentaron. No perdió casi ninguna batalla, aunque fracasara a veces y,  lo que es más esencial, ganó la guerra. Esto no puede decirse de ningún conductor militar europeo o americano del siglo XX. La II Guerra Mundial tuvo una escala mucho más vasta,  sobre todo en el frente ruso, pero un carácter  semejante en lo esencial. Los generales alemanes (Rundstedt, Manstein, Guderian…) fueron seguramente los mejores por su habilidad para manejar grandes unidades, maniobrar en condiciones difíciles, resistir en inferioridad de condiciones  y por su aplicación de la blitzkrieg en la primera fase de la contienda. Pero nunca  debieron afrontar al mismo tiempo la organización del ejército y del estado, ni partir de una inferioridad de medios como la que hubo de remontar Franco. Y sus espectaculares victorias terminaron en terribles derrotas. Los ingleses y useños (Eisenhower, Montgomery…) sí pueden clasificarse como buenos pero no brillantes profesionales, pues gozaban de tal ventaja material que sus éxitos toman un tono gris. Los soviéticos contaron con jefes de gran nivel, siendo Zhúkof, probablemente, el general de cualquier país que acumuló más victorias, pero aún así fracasó o fue derrotado en varias ofensivas, una de ella la de Krasni Bor, ante la División Azul. Y la disposición soviética a no ahorrar sangre de sus soldados difiere mucho del cuidado de Franco.

    La palabra “genio” es muy subjetiva, difícil de calibrar. Napoleón, a quien nadie niega el título, cosechó tantos reveses como victorias y perdió sus guerras. En cualquier caso, no parece inadecuado ponderar al Caudillo como el militar español más destacado en al menos dos siglos, y uno de los más brillantes entre los europeos del siglo XX. 

 

    En su faceta de político también descuella Franco por  la magnitud de los obstáculos y  enemigos que afrontó y venció, y por el balance de sus acciones. De cualquier modo que se valoren, permanecen hechos evidentes: triunfó en la reconstrucción del país en muy arduas circunstancias, bajo la casi fatal atracción de la guerra mundial, sufriendo luego el maquis y el aislamiento, y siempre con la antipatía euroccidental, los auxilios externos a la subversión comunista y terrorista y, en la última etapa, la defección de la Iglesia. Tales pruebas ni siquiera habría osado arrostrarlas un líder corriente. Salta a la vista su gran superioridad  sobre los políticos republicanos: Azaña ha sido encomiado hasta las nubes  –con perfecta falta de sentido crítico– como contrafigura del Caudillo, pero realmente fue uno de los principales causantes de la ruina de la democracia o lo que tuvo de democracia la república. Hoy recibe menos incienso[2]. Y siendo el republicano de izquierda más lúcido, sus devastadores juicios sobre sus correligionarios clarifican mejor que muchos estudios la realidad de aquella república. De los políticos anteriores solo puede aproximarse a Franco el fundador del régimen de la Restauración,  Cánovas, que superó los peores males del siglo XIX y aseguró una estabilidad y  progreso modestos pero continuados. En el confuso y violento siglo XIX es difícil encontrar políticos de gran talla,  aunque hubiera algunos respetables. 

   No sobra la comparación con otros estadistas de la Europa de posguerra. Hay bastante consenso en señalar como los más sobresalientes a Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Clement Attlee  y Charles  De Gaulle, justamente celebrados por haber reconstruido, traído prosperidad y en varios casos democratizado sus países. Pero estos, pese a sus méritos, poco habrían alcanzado sin el cuantioso auxilio económico y  el paraguas atómico de Usa frente al bloque soviético: tutela amistosa pero también humillante para unos países antaño dominadores. Franco, en cambio, sufrió hostigamiento político y medidas de intención brutal contra la economía española,  y obró con una dosis mayor de soberanía e independencia con respecto a Usa.

   Dentro de las condiciones dichas, el laborista Attlee, primer ministro entre 1945 y 1951, impulsó el estado de bienestar en Reino Unido  y aplicó una vasta política de nacionalizaciones (hasta el 20% de la industria) y racionamiento. Política con algún parecido a la de España por entonces, si bien más exitosa, tanto por partir de un nivel técnico e industrial superior como por haber sido el máximo beneficiario de la ayuda useña.  El democristiano Adenauer ensayó desde 1949 una economía mucho más liberal y  eficaz que la inglesa, promovida por su ministro Ludwig Erhard. El “milagro alemán” de los años 50 convertiría al país en la mayor potencia económica europea. En menor  grado cabe atribuir algo parecido al también democristiano De Gasperi en Italia. De Gaulle tuvo que abandonar el poder en 1946 para recuperarlo doce años más tarde mediante un semigolpe de estado bajo amenaza de guerra civil por las disensiones derivadas de la guerra de Argelia. Fundó la V República francesa, que sigue en pie, y trató de sacudirse la protección useña y convertir a Francia en el poder directivo de la CEE, con vistas a  hacer de esta una superpotencia independiente, equivalente a Usa y a la URSS. Con tal programa estrechó lazos con Alemania, rechazó la adhesión de Inglaterra, por considerarla el caballo de Troya de Washington, se dotó de armamento nuclear, expulsó las bases useñas y salió del aparato militar de la OTAN. Su gran designio falló parcialmente porque su país carecía de base suficiente para sostenerlo. Francia disfrutó de prosperidad bajo su mandato, lo cual no impidió que cayera al borde del caos y el enfrentamiento civil en la “revolución de mayo del 68”. Al año siguiente De Gaulle dimitió al no sentirse respaldado por una mayoría de compatriotas.

   Conflicto mayor para Holanda, Inglaterra, Francia, Bélgica y Portugal durante las dos-tres décadas siguientes a la guerra fue la pérdida de sus imperios coloniales, casi siempre desairada y a veces funesta.  Attlee hubo de abandonar la India entre violentos desplazamientos, semejantes en número a los de alemanes al terminar la guerra mundial, con un balance de hasta  un millón de muertos;  también salió de Palestina bajo los golpes recibidos de los independentistas  israelíes; y fracasó en sus programas de desarrollo de las colonias africanas, así como en su intervención en la guerra civil griega. Bastante peor le fue a Francia, vencida en la costosa guerra de Indochina y luego desgarrada internamente por la de Argelia, que llevó al colapso a la IV República. Luego De Gaulle aceptó la derrota y una retirada sumamente penosa para los colonos franceses y los argelinos colaboradores, masacrados a menudo. Argelia había sido considerada parte de Francia, y no una colonia. Italia fue despojada de sus colonias por los vencedores de la guerra mundial. Holanda salió malparada de Indonesia, y Bélgica del Congo;  Portugal retuvo sus colonias más tiempo, pero en ellas se fraguó el golpe militar de 1974. La política descolonizadora española acarreó muchos menos costes  y, salvo incidentes menores, transcurrió con bastante más orden que las anteriores.

   No suena absurdo, entonces, comparar a Franco con los estadistas más descollantes de su tiempo, incluso por encima de ellos si ponderamos los retos encarados. Cuando falleció, en 1975,  el nivel de los gobernantes europeos  había descendido. Francia estaba presidida por Giscard d´Estaing, político corrupto y protector de la ETA, que pretendía orientar la transición  española (y así  lo aceptó en parte Juan Carlos, dándole trato privilegiado en la ceremonia de su coronación).  El inglés Harold Wilson, laborista como Attlee,  reforzaba las medidas socializantes,  mientras el desempleo crecía con rapidez y proseguía la guerra civil larvada en el Ulster. En Alemania el socialdemócrata Helmut Schmidt propulsaba una mayor integración económica y política de la CEE, así como la Ostpolitik de Willy Brandt, su predecesor en la cancillería hasta 1974, cuando dimitió por el caso Guillaume, un alto asesor  personal suyo que espiaba para Alemania Oriental. La Ostpolitik daba por consolidados indefinidamente los sistemas comunistas y, por “realismo”,  procuraba avenirse con ellos. En la transición española, la socialdemocracia alemana apostaría por revitalizar el PSOE. A Italia, sumida en una honda crisis económica y política, la gobernaba el democristiano Aldo Moro, partidario de vastos acuerdos,  incluso de un gobierno “solidario” de concentración con el Partido Comunista. Tres años después lo asesinarían las Brigadas Rojas.

    Cuestión aparte en  estas comparaciones es la de la democracia. El gobierno de Franco no provino de elecciones, como sí lo fueron los demás;  y tampoco pretendió otra cosa, de acuerdo con su crítica al sistema demoliberal. Así, cabría entender al franquismo como un residuo de la crisis  de los años 20 y 30, cuando el liberalismo, incapaz de superar la crisis económica y de contener el auge comunista, dio paso a gobiernos fascistas o autoritarios. Después, solo la intervención militar useña  permitió imponer, reponer o salvar, y luego proteger, a las democracias  en Europa. Es decir, ni esos países ni sus gobernantes debían sus democracias a sí mismos, sino a un poder exterior, que por otra parte contribuyó a la pérdida harto calamitosa de sus imperios coloniales. En cuanto a España,  habiéndose zafado de las convulsiones del resto del continente y no deber nada a Usa, no tenía por qué seguir el mismo camino. Aquí, la república había sido una democracia un tanto deforme y destruida por la subversión izquierdo-separatista, experiencia concluyente en opinión de los nacionales: la democracia liberal, funcionara mejor o peor en otros países, no servía para España.  

   Franco y muchos más creían preciso, por tanto, ensayar un tipo de convivencia social superadora del liberalismo y el comunismo. Algunos de los suyos, en cambio, entendían el franquismo como una situación anormal y transitoria,  necesaria ante una crisis histórica profunda, pero que antes o después debería volver a una “normalidad” democrática. Así venían a pensar los generales y políticos partidarios de Don Juan, por ejemplo. Pero Franco atribuía a aquel tipo de monarquía los males pasados, cuya vuelta haría estériles los sacrificios de la guerra. El alzamiento de 1936 no se había hecho por la monarquía ni por la democracia, sino por un concepto más amplio y básico de la nación española. Finalmente, habían sido él y los suyos quienes habían  derrotado a la revolución y sorteado la guerra mundial, y no estaban dispuestos a que unos “espabilados” serviles a gobiernos ajenos les arrebatasen el fruto de la victoria.

   Por lo demás, los  nacionales rechazaban enérgicamente el supuesto derecho de cualquier país extranjero a dictar a España su forma de gobierno. Este rechazo podría  usarse para justificar  una tiranía impuesta por el terror, pero ese no fue ciertamente el caso. Aparte expresiones de descontento comunes a todos los países y sistemas (piove, ¡porco Governo!), el sustento popular a Franco se expresó de muchos modos, también en la impotencia contraria para movilizar al pueblo; ni sufrió prisión demócrata alguno. Datos que conviene repetir, por lo reveladores y tan a menudo negados.

   Pese a no proceder de elecciones populares, el Caudillo estaba seguro de la legitimidad de su régimen, que, al igual que las democracias, procedía de una guerra. Suele distinguirse entre legitimidad de origen y de ejercicio, y habiendo sido él y los suyos — no los casi inexistentes demócratas ni los muy minoritarios monárquicos—quienes habían salvado a la sociedad de la revolución, la legitimidad de origen parecía clara (a menos que se estimara normal y democrático al Frente Popular, idea demostrativa de la calidad del criterio democrático de quienes la sostienen). Luego, los vencedores habían reconstruido y llevado el país al mayor  bienestar material y social en al menos dos siglos, lo que le otorgaba máxima legitimidad de ejercicio. Mas, paradójicamente, sus éxitos iban creando condiciones para una evolución hacia la antes denigrada democracia liberal, mientras el franquismo se vaciaba ideológicamente.

   Esta evolución última debió de ser muy dolorosa para Franco, y es difícil decir si terminó por aceptarla. Testimonios como el de Vernon Walters, sugieren que daba por hecha una democratización, al menos parcial, lo que parece corroborado por  la nula alusión al Movimiento en su testamento político. No obstante, José Utrera Molina, que fue ministro de la Vivienda y secretario general del Movimiento, le expuso su impresión de que Juan Carlos pensaba romper la continuidad del régimen: “Franco cambió súbitamente de expresión (…) y con notorio enfado exclamó:  “Eso no es cierto, y es muy grave lo que usted me dice (…) Sé que cuando yo muera todo será distinto, pero existen juramentos que obligan y principios que han de permanecer (…) España no podrá regresar a la fragmentación y a la discordia”[3].

   En cuanto a su personalidad, Franco se autoconsideraba orientado por la providencia y lo que suele llamarse “un esclavo del deber”, que él describía con la expresión “cuando yo era persona”, refiriéndose a su vida anterior al gobierno, cuando se sentía libre de tal carga. Sus distracciones eran la caza, la pesca, el cine y la pintura (sus cuadros suelen estimarse “correctos”), y escribió algunos textos profesionales (El ABC de la batalla defensiva o  reglamentos de la Legión), el guión de la película Raza, en la que trata de expresar la evolución política de España hasta la guerra civil, o el Diario de una bandera  sobre sus experiencias en Marruecos. Fue muy austero y marido fiel en su vida particular, según todo indica. Con el tiempo se hizo más taciturno. En el apéndice de opiniones sobre él encontraremos los juicios más contrapuestos sobre su figura.

       



[1]El pensamiento político de Franco, p. 612

[2]  Como referencia, mis libros Los orígenes de la Guerra Civil y Los personajes de la República vistos por ellos mismos creo que han destruido el mito definitivamente, a juzgar por la ausencia de réplica.

[3] J. Utrera Molina, Sin cambiar de bandera, Barcelona  1990, p 208-9

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La inflación no ha cambiado las cosas, a no ser para mejor.

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SIMPLICIO. Mas prosigamos, ¡oh amigos!, con nuestros útiles debates en torno a la crisis económica que nos aflige. ¡Voto a tal, que si las cosas no cambian, pronto dejarán de encontrar compradores nuestros quesos, nuestras lanas, nuestros cabritos! Y llegados a tan amarga circunstancia, ¿qué haremos? Tendremos que devorar nuestros animales, nuestro capital, hasta caer en la más completa indigencia. ¿Y luego? ¿Nos dedicaremos al bandidaje y al saqueo? Mas, tal como se extiende la crisis, pocas cosas quedarán ya de que podamos apropiarnos, ora por la astucia, ora  por la violencia

PATRICIO.- O por ambas juntas

SIMPLICIO.- Sea, con razón has hablado: por ambas juntas. Preveo, pues, un futuro lóbrego y sombrío, quizá el propio fin del mundo tal como hoy lo conocemos. ¡Se habrá acabado el progreso!

PATRICIO.- Nada me extrañaría, caro Simplicio, que tus funestos presagios se cumplieran, habida cuenta de los fuleros banqueros que rigen nuestros ásperos destinos. ¿Y qué será entonces de Porriño, esta felicísima conjunción de la Atenas y la Arcadia? ¿Pasará a la historia como un ideal irrepetible, imposible de alcanzar nuevamente, o bien quedará olvidado entre las brumas del tiempo, como habrá ocurrido seguramente con tantas otras hazañas del espíritu humano?

PICIO.- Yo he dedicado luengas meditaciones a tan arduos problemas, y he concluido que la crisis hunde sus raíces en nuestro defecto nacional, de modo tal que no es comparable la crisis hispánica con la gálica o la británica. En efecto, la crisis nuestra se debe forzosamente a la envidia, tal como la del verde país transpirenaico obedece a la vanidad, su vicio nacional, y a la hipocresía la crisis de la no menos verde isla de por ahí arriba.

SIMPLICIO.- Ciertamente, querido Picio, hablas con sustancia, enjundia y profundidad…

PICIO.-… Por tanto, para curar definitivamente nuestra crisis y no volver a tener otra alguna, en lugar de dejarnos deslumbrar por la sintomatología superficial, como tanto analista indocumentado hace, debemos ir al fondo de la cuestión y acabar de una vez por todas con la corrosiva y crisífora envidia y cauterizar su herida. Ocurre, ¡oh amigos!, como con el cambio climático: se trata de salvaguardar el mundo que conocemos… o perecer.

PATRICIO.- Podríamos, acaso, tomar ejemplo de aquel país donde a los envidiosos les sacaban un ojo, y si seguían poniéndose chulos, también el otro.

SIMPLICIO.- Eso sería, Patricio, un remedio doloroso, mas barrunto que harto eficaz. Pues hay dolores curativos, como bien sabemos.

SULPICIO.- Vaya lo uno por lo otro. Si con tal bálsamo lográsemos salir de la crisis y salvarnos, bien empleada estaría la medicina.

FABRICIO.- No negaré que vuestras propuestas sean justas ni sostendré  que deban caer en saco roto. Pero yo me contento con menos profundidades. Si me lo permitís, propongo analizar la cuestión partiendo de una tesis ya ampliamente probada por mí, a saber, que el concepto de ahorro es falso, no puede existir tal cosa como el ahorro, por cuanto se ahorra de bienes producidos que, por tanto, se echan a perder.

SULPICIO.- Y  yo, por mi parte y si no os molesta, he demostrado que la inflación no existe, pues lo único que cambia con la subida de precios es la medida de los mismos. Los bienes siguen ahí, da igual si los estimamos en cien dracmas o en doscientas. Y los recursos para comprarlos deben mantenerse igual, porque de otro modo los bienes se perderían al quedar sin comprador. En otras palabras, la proporción entre medios de pago, o sea, el dinero, y bienes disponibles, es siempre la misma, gane o pierda valor el dinero. Por eso los reyes se engañaban a sí mismos cuando envilecían la moneda, porque solo conseguían que las mismas cosas valieran nominalmente más dinero, sin aumentar por ello dichas cosas. Por eso, cuando comparamos la economía de una época con la de otra debemos descontar la llamada inflación de precios.

MAURICIO.- No respondes, estimado colega, a mi cuestión, que me digno repetirte: si ocurre  cual dices, ¿por qué suben los precios? ¿Por puro capricho y ganas de enredar?

FABRICIO.- Yo te contestaré, insigne zagal. El dinero permite medir el valor económico de las cosas…

SALICIO.- ¡Alto ahí! No el valor, sino el precio. Una cabra puede tener un valor grandísimo porque produce leche, pongamos por caso, y cabritillos durante bastantes años: si midiéramos eso, tendríamos una suma muy considerable. Sin embargo su precio es muy inferior. Si tuviéramos que comprar la cabra al precio del valor que en principio tiene, nadie la querría, pues con ello ni ganaría ni perdería. O considerad sendos bocadillos de jamón en la tasca de Picio consumidos por cada uno de nosotros en amena charla: ¿acaso no tienen el valor inmenso de mantener nuestras fuerzas, sostenernos en vida y pasar un rato agradable? ¿Cómo puede medirse el valor de tales cosas? No, Picio nos cobra un precio que no tiene nada que ver con el valor. Lo mismo vale para los alimentos que consumimos: su valor es incalculable, porque nos permiten mantener cada día nuestra vida, no menos estimada por estar tan llena de trabajos ingratos y de sinsabores. Si el precio de la comida equivaliese al valor de lo que nos proporciona, moriríamos enseguida. En cambio, el precio es casi insignificante  comparado con su valor.

FABRICIO.- No quiero, ¡oh Salicio!, divagar sobre precios y valores. Admito que no hay forma de medir el valor de una cosa. El precio de una marca de ordenador es el mismo para todos, pero su valor cambia según cada comprador, y no me refiero al valor sentimental, sino al económico. Hay quien compra el ordenador por esnobismo, porque hay que tenerlo, y apenas lo aprovecha, o solo mira la pornografía; hay quien le saca un rendimiento inmenso, multiplicando su valor, porque le sirve para hacer negocios, o para escribir novelas de éxito, o incluso de éxito moderado. O lo utiliza para bajarse películas y canciones gratis. Pero admitiendo que en cada caso tenga una mercancía un valor muy diferente, podemos calcular el valor del conjunto multiplicando el precio unitario por el número de unidades vendidas. En cambio es incalculable el valor que añaden los ordenadores a la sociedad, al multiplicar los recursos y capacidades de la gente. Pues lo mismo que los ordenadores, las cabras o las vacas: cuando se inventaron, añadieron un valor muy por encima de su precio, incluso de su precio total. En fin, diré que el término valor se emplea en dos sentidos: como la estimación de cada cual y como una suma total, mientras que el término precio implica otra cosa. Así medimos en sextercios, por ejemplo, el valor del PIB, pero no hablaremos del “precio” del PIB. Quizá necesitemos otros términos para distinguir cada cosa…

PATRICIO.-  Perdonad, pero eso de que no existe la inflación, Sulpicio, vas y se lo cuentas al esforzado ciudadano que, tras largas jornadas de dura labor, ve cómo el pan sube cada mes y su sueldo continúa invariable. O incluso baja, con la crisis.

SULPICIO.- ¡Pero Patricio, hombre, que ese sofisma es muy viejo, propio de un sindicalista ramplón! ¡Y luego nos decimos dignos de un emporio de la inteligencia y el arte como Porriño! El currante de que hablas lo pasará mal si los precios suben y su salario no. Pero ¿es eso lo que ocurre, si hablamos del conjunto? Observa, si te lo permiten tus oculares telarañas,  la evolución histórica en el último siglo: los precios han subido mucho, pero los salarios más, de modo que un honrado currela, nosotros mismos, si vamos al caso, puede comprar muchos más productos que cien años ha. Ergo, la inflación no ha cambiado las cosas, o si han cambiado es a mejor. Pero, claro, dentro de esa tendencia global se dan miles de casos particulares. Unos ganan, otros pierden, otros quedan como estaban. Y a ti, Fabricio, te diré que te estás colando, porque el precio no es más que el valor de las mercancías en relación con el conjunto de ellas. Cada cabra puede tener un valor desigual según quién la compre y la emplee, de acuerdo. Pero su precio unitario expresa su valor, no en relación con el valor que cada cabrero le da, sino con el conjunto de bienes producidos y demandados por la sociedad.

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