La desgracia de Tárik y Muza

Tres meses después del desembarco, hacia el 19 de julio, tuvo lugar el choque entre ambos ejércitos, por la zona del río Guadalete. Las fuentes árabes y cristianas coinciden en que una parte del ejército godo abandonó a Rodrigo en el momento álgido del combate,  por lo que sus tropas fueron envueltas y destruidas por los moros. Sobre la traición no hay duda razonable, pues diversas fuentes la comentan, y un musulmán descendiente de una nieta de Witiza se jacta de que gracias a sus abuelos había penetrado el islam en España, según expone Sánchez Albornoz.

   Los métodos de terror de la yijad eran seguramente ya conocidos en España, y la derrota  causó pánico: la gente huía al campo o a la sierra según se acercaban los moros, quedando en las ciudades pequeñas guarniciones al mando de jefes que actuaban descoordinados, como explica la crónica del Moro Rasis. Tuvo que haber tratos inmediatos entre los vitizanos y los moros, para establecer la recompensa a estos, pero Tárik, comprendiendo la debilidad en que había quedado el reino, emprendió sin tardanza una ofensiva para asegurar el dominio en el sur. Sitió a Sevilla, y al parecer tardó un mes en conquistarla, dando tiempo a algunos  hispanos a rehacerse parcialmente en Écija. Allí, tropas y ciudadanos infligieron cuantiosas bajas a los atacantes, pero fueron finalmente vencidos y en gran parte exterminados. Otras grandes ciudades de la Bética, como Córdoba o Málaga, con escasa guarnición y abandonadas por sus moradores, fueron  conquistadas con bastante facilidad.

   Entonces quedó abierto el camino hacia el norte, hacia Toledo, centro político y administrativo del reino. Las crónicas señalan que Tárik apenas tuvo que esforzarse en tomar la ciudad,  pues, como de otras, habían huido gran parte de sus habitantes, pero también la  guarnición y los nobles, salvo algunos viejos. Posiblemente intervino en la entrega el personaje Don Oppas, que también escapó de la ciudad, quizá después de haber provocado la huida de los demás. Este Oppas  aparece unas veces como hermano y otras como hijo de Witiza (esto es improbable) y como obispo;  y como traidor al nivel de Don Julián.  Los nobles, en general viejos que habían quedado en la ciudad, fueron degollados en público.  Tárik avanzó algo más hacia el noreste, y se detuvo, al parecer en espera de la autorización de su superior Muza.

  La caída de Toledo sucedió a finales de aquel año 711, tan crucial en la historia de España. Para entonces los islámicos no habían conquistado todavía más allá de un quinto de la península, y el dominio total les exigiría aún ocho años, pero esto ya tenía importancia menor: la pérdida de Toledo significaba en la práctica el final del reino, al desarticular un estado considerablemente centralizado. Tanto por esto como por su posición en el centro de la península, que facilitaba las ofensivas sobre el resto, para los islámicos fue un éxito estratégico fundamental. Por tanto la dispersión del poder godo y la dificultad para reagrupar sus fuerzas se agravaron en extremo, aunque parece que se nombraron algunos reyes posteriores a Rodrigo y Agila II. No menos importante fue la captura de un inmenso botín, el enorme tesoro de los godos, que asombró a los invasores, y dejó a sus contrarios sin apenas recursos financieros. Gran parte de parte de aquellas riquezas procedían seguramente del saqueo de Roma en 410, justo tres siglos antes. Entre las piezas estarían probablemente las procedentes del Templo de Jerusalén, saqueado a su vez por Tito el año 70. El hecho de que las autoridades hispanogodas se dieran a la fuga sin llevar consigo el tesoro indica o bien un pánico extraordinario, o bien una traición. O quizá la facción de Agila II, contraria a Rodrigo, que habría llamado a los islámicos en su ayuda, pensase todavía en mantenerse en el poder.

   Al año siguiente, Muza desembarcó a su vez con 18.000 hombres, esta vez árabes casi todos, y emprendió la conquista por el oeste, hacia Mérida, que le resistió largo tiempo, y hacia el norte. Aun tardarían ocho años en completar la conquista de España, pero lo esencial había quedado hecho en dos años. Pronto empezaron a llamar a España Al Ándalus, nombre de significado incierto, que se ha relacionado con los vándalos, lo que cuadraría más a Túnez y Argelia, o con la Atlántida. El nombre entrañaba mucho más que un cambio nominal: el cambio de una civilización por otra un cambio progresivo  y cada vez más radical de religión, idioma, costumbres y política.

   Muza y Tárik se encontraron en Toledo, y el primero, fuera por una disputa sobre el tesoro o por la autoridad, o por ambas cosas, maltrató a Tárik en público, golpeándole en la cabeza, lo que motivaría uno odio feroz entre ambos.

     Entre tanto, los vitizanos debieron esperar que sus triunfantes aliados les repusieran en el poder, y según un relato, Agila II lo habría reclamado a Tárik y a Muza. Estos lo habrían remitido a Damasco para que el califa, Al Ualid I, decidiese. Al parecer fue recibido con amabilidad, pero no se le concedió el poder, sino solo una gran cantidad de fincas. Este acuerdo, si se produjo, solo podía redundar en mayor desmoralización de los dispersos poderes godos en España, donde algunos nobles, como Teodomiro de Orihuela, pactaban con los invasores a cambio de conservar vida y hacienda.

    Las proezas de Tárik y Muza no iban a dar a ambos mucha gloria. Tárik informó al califa acusando a Muza de corrupción y nepotismo, por repartir  entre sus hijos los altos cargos en España  y ambos fueron llamados a Damasco.  Entre tanto Ualid falleció y su sucesor, Solimán, quiso celebrar con grandes festejos su accesión al poder. Muza, imprudentemente, entró en la ciudad como gran triunfador haciendo alarde del botín ocupado en España. Solimán, enfurecido, le arrebató el tesoro y paseó a Muza por Damasco con una soga al cuello.   El hijo de Muza, Abdelazis, había quedado como gobernador de Al Ándalus, pero tuvo la desgracia de enamorarse de la viuda de Rodrigo, llamada Egilo o Egilona, y por influencia de ella adoptó costumbres y algunas formas del poder gótico. Se dijo que se había hecho cristiano en secreto, por lo que otros musulmanes lo degollaron y enviaron su cabeza a Damasco. Solimán le preguntó a Muza, con sarcasmo, si la  reconocía. También hizo asesinar a otros dos hijos del desdichado, que habría muerto de melancolía mientras peregrinaba a La Meca. Tárik debió de vivir pocos años más, oscuro y olvidado en Damasco.    

    No existen relatos contemporáneos de la caída del reino hispanogodo,  bien sea porque han desaparecido o porque simplemente no llegó a haberlos, hecho que en todo caso ayuda a percibir la amplitud y profundidad de la catástrofe. El documento más próximo que trata con algún detalle los sucesos es la Crónica mozárabe de 754, posterior en 43 años a la caída de Toledo. Las siguientes crónicas cristianas conservadas, aunque probablemente hubo otras, son la Crónica Albeldense  y la Crónica Profética, posteriores en unos 170 años, y la Crónica de Alfonso III, a dos siglos de los sucesos.  Por parte árabe  el relato más antiguo y muy utilizado es la Crónica del moro Rasis (Al-Razi), también posterior en más de dos siglos, y el Ajbar Machmúa  un siglo más tardía. De la conquista islámica debieron de quedar durante mucho tiempo solo relatos orales con numerosas variantes

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La frívola ignorancia de los políticos sobre un problema crucial está llevando al país  a una situación crítica:pic.twitter.com/W4or9Vw5AG

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La figura de Franco en la historia

Por supuesto que Franco está muy por encima de cualquier otro estadista español de los últimos dos siglos, al menos, incluido Cánovas, sin por eso quitar mérito a este, al contrario. El Los mitos del franquismo  he examinado su figura y obra, así como las opiniones y mitos contra él, tan superabundantes, u otros favorables pero romos o folclóricos, que en realidad dan armas a los denigradores.  

    Franco libró a España de una revolución totalitaria y de la disgregación separatista, algo que por sí solo ya lo coloca en un lugar muy especial de nuestra historia  en varios siglos. A continuación evitó a España la guerra mundial, que fue un mérito casi tan grande como el primero. Luego hubo de hacer frente a la ONU, es decir, a un conglomerado de democracias, dictaduras y regímenes comunistas, que tenían la sana intención de sumir a España en una gran hambruna para hacer caer al régimen. Intención más delictiva cuanto que España no había entrado en la guerra mundial. Y volvió a vencerlos. De paso, y en medio de la hostilidad internacional,  derrotó también al maquis, una peligrosa guerra de guerrillas comunista: en Grecia, Inglaterra y el gobierno heleno se vieron impotentes ante otra guerra similar, y hubo de intervenir Usa.  Superados todos estos retos extremos, que poquísimos estadistas han tenido que afrontar en Europa, España creció a una velocidad nunca vista en nuestra historia, la más rápida del mundo después de Japón y algún otro país. Y a todo esto, los odios políticos y sociales que destrozaron la república quedaron muy superados ya en los años 40, como comprobó el maquis a su pesar.

   Como militar, Franco también supera a cualquier otro del siglo XX, español o extranjero: no perdió ninguna batalla y ganó la guerra. Y lo hizo partiendo de una situación  que prácticamente todo el mundo habría considerado insostenible y ante la cual hubiera desistido. Y  debiendo reorganizar al mismo tiempo el ejército y el estado. Díganme algún militar del siglo pasado o de este con un curriculum semejante.

 Franco está, salvando la escala de sus acciones, muy por encima de Churchill o de Roosevelt, que ganaron mediante una abrumadora superioridad material (la que tenía al principio el Frente Popular en España) y cometiendo actos de crueldad y matanzas que jamás cometió el Caudillo (no hablemos ya de Hitler o Stalin), pese a todos los infundios de sus enemigos. Y de la cultura en aquella época, si bien desigual, se tiene hoy una imagen completamente distorsionada, como ya señaló Julián Marías. Importa señalar que esa distorsión ya indica un bajo nivel cultural e intelectual (también moral) en quienes la practican. Hoy la cultura y la universidad españolas valen muy poco, con raras excepciones.  

  Es muy significativo que el franquismo no tuviera oposición democrática interna digna de mención, sino que prácticamente toda ella fuera totalitaria comunista y/o terrorista. Y  gracias al legado de Franco, España debe su democracia –hoy en vías de derribo– y su prosperidad  a una evolución propia y pacífica (el período de paz más largo de su historia en siglos), mientras que casi todos los demás países de Europa occidental las deben a las ofensivas del ejército useño y al Plan Marshall, también useño: una gigantesca deuda política, moral e histórica que nosotros no tenemos.

 Sí, Franco es uno de los máximos personajes de la historia española, y la destrucción de su prestigio y de su legado a manos de una masa de “gárrulos sofistas” y políticos corruptos es una de las mayores tragedias, pues está volviendo al país a viejos odios, divisiones  e impulsos totalitarios.

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Una hazaña de Companys

Al revés que en casi toda Europa occidental, la democracia llegó a España por propia evolución y no por ofensivas del ejército useño. En el referéndum de diciembre de 1976 quedó claro que la inmensa mayoría e los españoles querían evolucionar  a la democracia “de la ley a la ley”, partiendo de las excelentes condiciones creadas por el franquismo. Quedó rechazada la ruptura que trataba de imponer la oposición, saltando por encima de 40 años excepcionalmente fructíferos  para enlazar con el régimen fraudulento del Frente Popular, lo que habría impedido cualquier democracia estable. Sin embargo el mensaje del pueblo empezó pronto a ser desoído y contrariado por Suárez y la UCD, hasta llegar a la ley de memoria histórica, ley de deslegitimación del franquismo que ilegitima la democracia y la monarquía, y nos conduce a un callejón sin salida: https://www.youtube.com/watch?v=uz9X68Eq1z8&t=1s

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Recientemente el Congreso de Diputados  ha declarado nulo el juicio que condenó a muerte a Companys. En realidad estaba ya declarado ilegítimo por la antidemocrática ley de mentira histórica, pero diversos partidos han querido dar realce a la figura de Companys, presentándolo como un mártir de Cataluña y de la democracia y declarándolo nulo, cosa que da pie a reclamaciones. Con el mayor descaro estos profesionales de la siembra de odios dicen que lo hacen para cerrar heridas. El acuerdo significa que el Congreso de los Diputados se identifica con un político golpista, que ha presidido la época de mayores crímenes y robos que ha vivido quizá Cataluña en toda su historia, durante la guerra civil. Esa autoidentificación no exige más aclaraciones (…)

El asunto tuvo otra derivación: en abril del 36, fueron asesinados los hermanos Badia, Josep y Miquel, que pertenecían al ala más radical del separatismo (Estat Català). Companys y la Esquerra manipularon a la opinión culpando a la Falange, y rentabilizaron el crimen achacando ineptitud a las fuerzas de seguridad del estado. Pero todo el mundo sospechaba que detrás del crimen se ocultaba la mano de Companys, que odiaba a Miguel Badía y tenía tratos con los pistoleros ácratas. El juez encargado del caso descubrió a los autores, terroristas de la FAI, pero fue relevado por otro que soltó a los detenidos tras dar crédito a sus endebles coartadas. La justicia era evidentemente una broma. Pero los de Estat Catalá no se dejaron engañar, y el crimen redundó en tres hechos políticos: Estat Catalá se salió de la Esquerra, asesinó a un travesti, soplón del espionaje de la Generalitat, y conspiró para asesinar a Companys, según unas versiones, o para secuestrarlo y exiliarlo, según otras.

  Estat Català quería aplastar a la anarquista CNT-FAI.  En cambio, Companys prefería dialogar con la CNT, porque siempre había tenido lazos con ella y porque la encontraba demasiado fuerte. Además, la rebelión de octubre del 34 había demostrado la flojera de los separatistas, por lo que  habría sido suicida el choque sangriento con la CNT que pretendía Badía, el cual, recuérdese, había sido el cabeza de turco, con Dencás, por el ridículo del 6 de octubre.

   Al reanudarse la guerra, en julio del 36, las tensiones entre nacionalistas se hicieron feroces. Companys se alió con la CNT, aunque al mismo tiempo intrigaba con los comunistas para, en el momento adecuado, deshacerse de los ácratas. En cambio, los de Estat Catalá querían vengar a los Badía, aplastar a la CNT-FAI e imponer la secesión de Cataluña, buscando apoyo de Francia, Inglaterra y la Alemania nazi (el componente racista en el nacionalismo catalán siempre fue muy fuerte). Y elaboraron un plan para liquidar el gobierno de Companys. En la conjura entraba también el presidente del Parlament, Joan Casanovas,  y el comisario de Orden Público, Andreu Reverter o Revertés. Pero, por disputas en torno al botín de los saqueos –frecuentes por aquellos días–, la CNT detuvo a Revertés, el cual, para salvarse, amenazó con descubrir  trapos sucios de Companys.

El complot salió a la luz. A Reverter se le ofreció marchar a Francia pero, al salir libre,  los agentes de Companys encargados de llevarle al exilio, le mataron en una cuneta. Casanovas y otros más pasaron aprisa los Pirineos. Así naufragó la conspiración, que novelo en “Sonaron gritos y golpes”.

   Detrás de todo ello hay una Pequeña Historia. La ha explicado el historiador Enrique Ucelay da Cal. Miquel Badia, conocido por Capità Collons (Capitán Cojones), había tenido relaciones íntimas con una moza de las juventudes nacionalistas, Carme Ballester, casada con otro miembro del partido. Companys, ya cincuentón, se enamoró de la chica y la hizo su amante. En una ocasión, ella y el president fueron sorprendidos en pleno acto sexual en un despacho de la sede de las Juventudes. Los celos entre Companys y Badía se hicieron muy agudos, y Companys obligó a Carme a jurarle fidelidad sobre el lecho de  Francesc Macià, ceremonia bautizada por el todo Barcelona como “la misa negra en la cama de Macià”. Así, la política y las faldas se combinaron en el asesinato de Badía.

   Carme logró influencia política a través de Companys y con él se casó en octubre del 36. Ella detestaba a Casanovas –que también tenía una vida sentimental complicada, con una cabaretera del Paralelo–, y esa enemistad pudo influir en que Casanovas complotase contra Companys; es más difícil de entender el papel de Reverter o Revertés. Este había protegido a Carme cuando los sucesos de octubre del 34 y Carme convenció a Companys de que le nombrase comisario de Orden Público.

   A Revertés se le tenía por alcahuete que facilitaba chicas jóvenes a los políticos, y había entrado en el círculo íntimo de Companys. Como comisario de Orden Público se lucraba con la exportación de metales preciosos saqueados en domicilios particulares y bancos y con comisiones sobre tráfico de armas. Su posición se la debía a Companys, por lo que debía haber otras razones para que complotase contra él. En todo caso, el negocio le salió mal. Companys le hizo creer que lo enviaba a Francia, pero no podía arriesgarse con un hombre que sabía demasiado. Por ello Revertés amaneció  con dos tiros en la cabeza. Esta historia supera la novela negra más elaborada, y debería dar pie a nuevas investigaciones para aclarar puntos aún oscuros.

Sobre la muerte de Badia, algunos nacionalistas han hablado de razones éticas, pues Companys desaprobaría las palizas, torturas y algunas muertes, que Badía aplicaba a los anarquistas. Pura invención, claro. Otro separatista, Josep Andreu Abelló, explicó que Badia iba a entregarle un informe comprometedor sobre dirigentes de la Esquerra, pero que no había podido hacerlo porque el día de la cita coincidió con su asesinato.

  Este Abelló tiene también una historia llamativa. En el exilio fue uno de los que manejaban los fondos del yate Vita, robados a media España. Y así, años después apareció por Tánger convertido en banquero, volvió a España sin problemas y entró en la Banca Catalana de Pujol. Durante la transición dejó la Esquerra para cofundar el PSC-Congrès, grupo que influiría en el giro proseparatista del socialismo en Cataluña.

   Companys es hoy el héroe por excelencia del separatismo catalán, enaltecido en mil publicaciones, y su nombre titula estadios y centros oficiales diversos. He propuesto que personas bien documentadas escribieran una colección de semblanzas veraces de separatistas catalanes, casi todos unos cantamañanas furiosos. Su efecto sería devastador. Y con Companys, repito, se identifican  nuestros parlamentarios, lo que ya indica su calidad moral e intelectual.

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Temas de “Adiós a un tiempo”

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I PARTE

Flan con nata (sobre Delgado de Codes, muerto por la policía)

La sirenita de Copenhague

Las niñas ya no cantan

¿Conocí al Campesino?

Una humillación infantil

El hombre que quizá vio al diablo

El café Derby de Vigo

Un hombre de mundo

La mala vía

¿… y la Dos…?

El tesoro de los templarios

Terrores de infancia

Búblichki

Primera visita a París

Excursiones arqueológicas

Luchas por el poder en el Ateneo

El Parnasillo

Melancolía

Campana de mi lugar

El canto del ruiseñor

Cómo me hice marxista

Adiós a un amigo

Una vieja foto

En la UNIR de Infantería de Marina

Cómo dejé a Marx (I)

Cómo dejé a Marx (y II)

De comunista a teóloga

El gato Rodolfo

Primer cementerio de Atenas

Tres visitas al Valle de los Caídos

Precoces aventuras estrafalarias

Calle de los Irlandeses

Primer viaje a dedo

La noche quedó atrás

De cobardía y amor

Sous le ciel de Paris

Dos monasterios gallegos

Antonio Antelo y Luis Lavaur

El cuartel de Dolores

Cosas de críos

Un desplante al general Iniesta Cano

Calzadas romanas

La felicidad

I Margarita i Margaró

¡Ya meten ruido, eh!

Cómo conocí a Paul Diel

El cocinero de la prisión de Caranza

“¡No pum, pum, pum! ¡Casa abajo! ¡Casa abajo!”

La culpa y una tragedia

Paseo nostálgico

Primer viaje a pie

 

II PARTE

Viaje a las Hurdes

Marxistas-leninistas llegados del Mayo francés

Todo viaje empieza con pocos pasos

Una casa saliendo de Baracaldo

Hervás no es judía

Prisión de Caranza y huelgas de Ferrol

El mesón del Lobo

Agitación clandestina en Galicia (I)

El pantano de Proserpina

Agitación clandestina en Galicia (y II)

Garganta del Cares

 

III PARTE

Poemas. Adiós a un tiempo

 

 

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Por qué la Gran Hambruna irlandesa fue genocidio y por qué se intenta disimular

Algunos aspectos poco tratados de la Transición:   https://www.youtube.com/watch?v=uz9X68Eq1z8

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Técnicamente, genocidio es el exterminio sistemático de un grupo social por razones de raza, religión o política. También se define como matanza de miembros de un grupo social, sometimiento a condiciones de vida que tiendan a la extinción del grupo, y otros métodos. El concepto es muy amplio, incluye a menudo la extinción de una cultura,  y en los medios de masas y en el lenguaje común suele llamarse genocidio a matanzas masivas, aunque no tengan intencionalidad de exterminio grupal.

    Los genocidios son muy antiguos en la historia. La Biblia expone la conquista de Canaán por los judíos como un genocidio extraordinariamente drástico. En el siglo XX se destacan el genocidio turco sobre los armenios y sobre todo el holocausto nazi sobre los judíos o los planes contra los eslavos. Después de la guerra mundial, los planes y condiciones para someter a los alemanes pueden entrar también en la categoría de genocidio o de algo muy semejante.

  Curiosamente, la definición general excluye los motivos económicos, pero en todos los genocidios pueden detectarse también motivos de esa clase (apoderamiento de bienes, tierras, etc.). Motivos a veces de segundo orden, pero otras veces dominantes como los perpetrados en Usa, Australia o Argentina (tras su independencia) contra los aborígenes. Es discutible también si actos de motivación económica como las “limpiezas de las Highlands”, con la expulsión por la fuerza y la reducción a la miseria de los habitantes de aquellas tierras podrían entrar en la categoría de genocidio. También pueden perpetrarse matanzas o actos que lleven a la extinción de grandes masas de personas sin intención directa de exterminio, como diversas grandes hambrunas en la India colonial causadas por los cambios impuestos de cultivos, o por razones militares como la Gran Hambruna de Bengala en 1943, provocada por el gobierno inglés, y que causó millones de víctimas.

    Por otra parte, el exterminio de una minoría de unas pocas decenas de miles de personas entra en la categoría de genocidio, pero la muerte violenta  de millones sin intención expresa de exterminar al conjunto, no sería considerada  genocidio, aunque el lenguaje común no técnico pueda referirse a ellas con ese nombre.

   Dejamos aparte la demagogia que suele hacerse con el término, tan común.

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   Vamos a examinar ahora un caso especial, muy debatido en el blog: la Gran Hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX. Según las cifras más aceptadas, en torno a un millón de irlandeses murieron y otro millón tuvo que emigrar en pésimas condiciones. La causa inmediata del hecho fue una plaga de la patata, de la cual subsistían en condiciones miserables masas de isleños. Esto, en una isla que producía gran cantidad de cereales y carne, y al lado mismo del que era entonces el país más rico del mundo.

    Para entender el trasfondo es preciso atender a la historia. En resumen, Irlanda fue invadida por Inglaterra desde el siglo XII, y trasladados a la isla colonos ingleses. En el XIV se impusieron las normas de Kilkenny, que entre otras cosas prohibían los matrimonios mixtos de los colonos con irlandeses, así como el uso del gaélico y las costumbres del país. Los religiosos irlandeses no podían acceder a cargos de alguna categoría, y la población del país quedaba en posición marginada en su propia tierra, como una raza sometida. La situación empeoró cuando en Inglaterra se impuso el protestantismo anglicano y los irlandeses permanecieron católicos,  lo que dio lugar a persecuciones y a una política de “plantaciones”, por lo que se despojó a los católicos (propiamente los irlandeses) de grandes extensiones de tierras para dárselas a colonos venidos d Inglaterra y también a presbiterianos escoceses.  Las rebeliones fueron aplastadas una y otra vez. Esta política iba acompañada de imposición fdespótica del idioma y costumbres inglesas, un genocidio cultural, si así quiere verse.

   Con Cromwell, un fanático protestante que invadió la isla para liquidar una rebelión, una guerra que se dice costó la vida hasta a un tercio de los irlandeses,  la situación de estos se convirtió en una pesadilla. Además de reforzarse la persecución religiosa, lingüística, de costumbres, etc.,  las tierras de la mayoría de los pocos católicos ricos fueron robadas y repartidas a los invasores, y la masa de la población irlandesa condenada a la discriminación y persecución  por unas leyes penales extremadamente tiránicas, orientadas a mantener a los católicos en la ignorancia y  la impotencia.  Y sumidas grandes masas de isleños en la miseria, subsistiendo a base de patatas.

    En estas condiciones, en 1845 una plaga arruinó las patatas, y el desastre continuó hasta 1849, afectando seguramente a mucho más de la mitad de la población (unos 8-8.5 millones de habitantes), como indica el enorme número de los que no lograron sobrevivir. Es obvio que la plaga no habría tenido tales efectos si previamente la masa de los irlandeses no hubiera sido reducida deliberadamente a una condición de miseria por la dominación inglesa. Y esta, y no la simple enfermedad de las patatas, fue la verdadera causa del desastre. La isla seguía produciendo, como se sabe, gran cantidad de alimentos, y para defender los almacenes de los hambrientos se habilitaron guardias armadas.  Por otra parte, las navieras hicieron su agosto transportando a América a los que huían, gastando sus últimos ahorros,  hacinados en los barcos de tal manera que no pocos fallecían en el trayecto. Y la despoblación de muchos campos, por muerte, huida o expulsión de los arrendatarios sin recursos,  facilitó la extensión de pastos para los terratenientes, política seguida también en la “limpieza de las Highlands escocesas. De modo que la hambruna no dejó de producir ganancias sustanciosas a  los dominadores del país, o a parte de ellos.

   ¿Podemos llamar genocidio a esta catástrofe? No puede decirse que los dominadores de Irlanda  matasen directamente a los irlandeses: simplemente  dejaron morir a hombres mujeres y niños por cientos de miles,  dejaron sufrir cruelmente a millones más después de haberlos hundido en la miseria  y la privación. Tampoco tuvieron  intención deliberada de provocar la hambruna, simplemente crearon las condiciones apropiadas para ella . En mi opinión sí puede hablarse de genocidio, agravado por una hipocresía feroz.

    Y hubo más que hipocresía. Predicadores protestantes clamaban que la plaga era un castigo divino a los irlandeses por haber persistido en el “papismo”, y a los ingleses por haberlo permitido (¡!). Además, los irlandeses, pervertidos por la Iglesia católica, eran muy holgazanes… Algún economista dijo que si el hambre solo mataba a un millón de irlandeses serviría de poco para equilibrar o sanear la economía.: se necesitaban por lo menos el doble. Otra explicación común era la racial. El periódico Times, ilustrador principal de la clase alta inglesa, explicaba:  “No hay duda de que, por las inescrutables pero inconmovibles leyes naturales, el celta es menos activo, menos independiente y mejor laborioso que el sajón”. La revista satírica Punch  hacía chistes sobre aquellos irlandeses patanes, sucios,  necios y embusteros. El London Spectator  explicaba cómo asar a un patriota irlandés. No son casos aislados, sino expresiones de una mentalidad predominante, en la que entraban tanto el fanatismo protestante contra los “papistas” como convicciones racistas  y cierta versión liberal y agnóstica  de la economía, que consideraba que Irlanda sufría de un “exceso” de gente , estaba superpoblada. Se explicaba también que ayudar a los hambrientos sería perjudicial, pues suponía intervencionismo en la lógica del libre mercado, una idea insensata que arruinaría a muchos comerciantes.  Las protestas de otros países europeos eran desechadas con desdén por el Times (y no solo): “Doquiera vaya un inglés, todos los aprendices ñoños de filósofos y todos los estúpidos fanáticos de los sacerdotes, le echan en cara la situación de Irlanda”.

    ***

    Aquella terrible hambruna, junto con las brutales represiones de las revueltas, han condicionado fuertemente la memoria de los irlandeses. No obstante, las ideas expuestas por el Times y similares, más o menos refinadas, han dado lugar a otras historias más recientes, también en  cierta historiografía irlandesa. Las revueltas contra la tiranía extranjera fueron casi todas liquidadas gracias a la traición, pues los gobiernos ingleses gastaban sumas generosas en sobornos para confidentes, facilitados por la miseria reinante.  Por otra parte, la aversión al catolicismo se mantiene incluso incrementada en los tiempos actuales, también entre  bastantes irlandeses. Todo lo cual ha generado un “revisionismo” sui generis  que, sin llegar a negar  la Hambruna, la relativiza  y en parte la justifica, centrando el debate en la cuestión, algo bizantina, de si se la puede considerar un genocidio. Se trata de salvar de algún modo la responsabilidad de los invasores y dominadores de Irlanda. Incluso se llega, de modo indirecto, a condenar la independencia del país bajo el supuesto de  que los ingleses eran, en fin de cuentas,  mucho más “civilizados” y “progresistas”.  Viene a ser una versión de aquel alguacil que conminaba a unos arrendatarios:  “¿Qué diablos nos importan  vuestras patatas negras?  Nosotros no somos quienes las p0nemos negras. Tenéis dos días para pagar el alquiler, y si no lo hacéis ya sabéis lo que os espera”.  

    Resulta significativo el método empleado por este peculiar revisionismo, que he definido como “los árboles contra el bosque”. Un pinar, por ejemplo, es un bosque donde predominan netamente los pinos. Sin embargo en él puede haber algunos abedules o robles, y el método es centrar la atención sobre ellos para desviar la atención del conjunto. Así estos falsos revisionistas insisten en que también hubo algunas ayudas por parte de Inglaterra, que la reina Victoria dio cierta cantidad de dinero, que algunos católicos también se portaron muy mal, incluso que el Papa no ayudó (¡!), que también sufrieron algunos presbiterianos, que no toda Irlanda era pobre (la minoría protestante no lo era, desde luego), que había algunos católicos ricos  etc. Pero es indudable que la vasta mayoría de la población era irlandesa y católica, y que esta fue también la vasta mayoría de las víctimas. Sin duda es un buen método historiográfico señalar los abedules o robles en un pinar, pero de lo que trata esta historiografía es de centrar la atención en ellos para difuminar o incluso negar el pinar. Y el “pinar” en este caso es que varios millones de irlandeses sufrieron una hambruna terrorífica, al lado mismo del país más rico del mundo, como consecuencia de siglos de opresión y tiranía, despojo de tierras y empobrecimiento de la masa de los irlandeses durante siglos. ¿No lo quieren llamar genocidio? Pues bueno…

 

 

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