El vacío al final de la aventura

Digas lo que digas, la novela deja un regusto de absurdo y de fracaso en todo. O bien, como ese tema eterno en la literatura y el cine: dos amantes triunfan en su amor después de incontables peripecias y obstáculos internos.

–Esas dos interpretaciones se excluyen. Pero está bien que me presentéis esas cuestiones, me obligan a pensar sobre el contenido de la novela, porque “salió” así, con muy poca planificación previa. No es que lo que vengo diciendo sobre ella estuviera planeado conscientemente, sino que, dando vueltas al relato, uno puede encontrar tales o cuales cosas no previstas. Quizá refleja una visión de la vida del propio autor, o más bien una actitud inconsciente. De eso hablaré…  Sí, después de tantas peripecias, Carmen y Alberto se casan y llevan una vida feliz, dice Alberto que la lleva, aunque la cosa no es tan simple. Podría considerarlo un final feliz, no solo por Carmen, pues también la causa por la que ha luchado y sufrido tanto ha ganado la partida, y ya no sería necesario seguir en las mismas. Pero el protagonista duda, sin explicarlo, sobre si no tendría más valor su vida tormentosa de joven que su vida amorosa y productiva posterior. Máxime cuando los hijos no le han salido a su gusto, sino que se han dejado llevar por ambientes… En ese género eterno que dices se llega a un final feliz, aunque no se explica qué pasa después.

   –Sí, esa sensación de cosa incompleta que dejan los finales felices. También en  las novelas de aventuras. La isla del tesoro, para mí es el gran modelo y nos deja una impresión decepcionante. Después de tantos riesgos y demás, los protagonistas vuelven ricos y ya se acabaron las aventuras: tanta acción emocionante para llevar una vida presumiblemente aburrida. Aquí no triunfa el amor sino la riqueza, una idea muy inglesa. El final feliz nos deja una sensación de vacío en los dos géneros, los de amores y los de aventuras.

– Estoy bastante de acuerdo. Ahí está la sensación de absurdo: la acción culmina, y lo que viene después ya es poco interesante: no se explica, el relato no se alarga,  porque es poco interesante, precisamente. Entonces, ¿qué sentido tiene lo anterior? ¿Y por qué nos parece interesante la vida llena de peripecias peligrosas del joven Alberto y tan insípida la vida de profesor del Alberto maduro, a la que evidentemente he dedicado muy poco espacio?  Claro que la novela podría tener una continuación mostrando los acuerdos y desacuerdos de la pareja, las intrigas de la universidad, los apuros económicos, el contraste entre la educación de los hijos, que Carmen hace tan católica, y el resultado, muy poco católico, como ha ocurrido tantas veces en la realidad. O   las decepciones y las alegrías académicas, la experiencia con los alumnos, las reacciones psicológicas de unos y de otros. De hecho existen muchas novelas más o menos así, pero en contraste con la vida anterior parece todo banal. Y ese contraste da también la sensación de absurdo.

Pero usted ha dicho que su novela no entra en el género del absurdo, que el absurdo es una contradicción en sí mismo.

–Sí,  eso creo. Si realmente crees que la vida es absurda, que no tiene sentido, ¿para qué vas a escribir una obra de teatro o una novela? Algunos me han criticado cosas como estas: yendo a Rusia, los dos amigos entablan una estrecha amistad con otros dos personajes, un campesino analfabeto y un profesor de química. El profesor toma al campesino bajo su tutela, le enseña a leer y escribir, y el ex analfabeto revela ciertas dotes poéticas.  Luego, después de tantos peligros compartidos, el profesor y su alumno mueren en una ofensiva rusa. También Paco morirá después de haber provocado un terrible desastre en las relaciones entre ellos. Y me dicen ¿por qué haces morir a esos personajes? Ciertamente podría haberlos “salvado”, como también a Iliena. Esta podría haber venido a España con Alberto (alguna que otra rusa lo logró) y la trama tomaría un desarrollo nuevo con el conflicto entre el amor por así decir tranquilo y sensato por  Carmen, y el apasionado por la rusa. Pero no he querido escribir una especie de cuento de hadas. Gran parte de lo expuesto en Rusia está sacado de los diarios y relatos de divisionarios, y la realidad se pareció mucho más a como la expongo que a como podría hacerlo usando la arbitrariedad del novelista o el deseo de evitar ciertas crudezas que a muchos lectores les parecerán inconvenientes. Incluso la captura del campesino por los rusos, y su fuga, ocurrieron en la realidad. Hubo uno que realizó la proeza, muy difícil, volviendo a las filas españolas… para morir poco después  en un combate o por una bala perdida, no recuerdo bien.

Vuelvo a lo mismo, ¿no pretende reflejar ahí el absurdo de la guerra, por ejemplo?

–Si me ha salido algo así no ha sido por mi voluntad. No es una novela pacifista. Tampoco belicista. Todo tiene un sentido, pero solo percibimos algunos reflejos de él.  La preocupación semiconsciente por esas cosas se le presenta a Alberto en un sueño en el tren que le lleva de Alemania a Rusia. En él, millones de hombres marchan en trenes para enfrentarse a muerte unos con otros. No saben por qué. Unos irán con entusiasmo, otros con miedo, unos convencidos, otros horrorizados. Pero en definitiva no saben por qué  Aparentemente quienes lo saben son otros pocos hombre aislados en castillos remotos (o algo así, hablo de memoria), que envían a los ejércitos y los dirigen,  pero resulta que ellos tampoco lo saben. Es decir, nadie sabe por donde va la historia, que suele burlarse de los más sesudos análisis. La capacidad humana de ver y de prever es a corto plazo. Ahora bien, una cosa es decir que “no sabemos”  o “no entendemos” y otra deducir de ahí que el mundo es absurdo. Eso es dar un gran salto ilegítimo. Claro, si ud tiene una religión, la de Jesús, la del Progreso, la de la Libertad, del Comunismo, de Mahoma  o lo que sea, entonces cree conocer el significado de la vida y le da un significado. Entonces el espíritu descansa, pero yo prefiero la frase de Omar Jayam: no sabemos. Y no obstante, dentro de no saber, actuamos, la vida misma nos empuja a actuar, a trabajar, a esforzarnos, a luchar con más o menos suerte o resultados, que muchas veces son los contrarios de los que deseamos y planeamos…  Dentro de no saber, sabemos algo, aunque no todo lo que quisiéramos. La novela no dice eso, no teoriza sobre eso, solo lo refleja en la acción, mejor o peor.

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Evolución de posturas regeneracionistas

En Una historia chocante expuse sobre el regeneracionismo: “Las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los turcos y de los protestantes, etc., eran miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas por los refundadores. Para ellos, España había sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes. La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los críticos”

Y una clave más o menos clara de todo el asunto habría estado en la nefasta Reconquista. Ortega llevaba el mal o la enfermedad hasta los visigodos, un pueblo decadente, contaminado por el contacto con la decadencia romana, al revés que los francos, frescos y puros en su barbarie creadora.

   No es difícil percibir la extraordinaria semejanza de aquel regeneracionismo con los nacionalismos vasco y el catalán, a todos los cuales cabe calificar también de regeneracionistas a su modo. Los regeneracionistas  despreciaban el pasado real de España tal como Arana o Prat de la Riba despreciaban el pasado real de Cataluña y de Euzkadi, supuesta historia de opresión consentida hasta con abyecta alegría por vascos y catalanes. Aunque, a diferencia de aranistas y pratistas, los regeneradores no sembraban el odio o el resentimiento hacia ninguna parte de España, coincidían en fomentar la aversión por el común legado hispano y por el liberal régimen de  la Restauración. También se asemejaban sus estilos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual, y su pretensión de fundar naciones. Curiosa en cambio la divergencia en las conclusiones a partir de las mismas premisas: unos aspiraban a refundar la nación española, de tan “anormal” pasado; los otros a desarticularla y hundirla de una vez por todas, lo que no sería menos lógico.

    Los regeneracionistas pretendían destruir el liberal régimen de la Restauración, tildado de “necrocracia” o dominio de los muertos, para  refundar España “como si nunca hubiera existido”. Refundar  una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana,  tarea realmente titánica, en comparación con las cual las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero, sorprendentemente, aquellos personajes no tenían nada de titanes ni de héroes. Ante todo  procuraban “arreglarse la vida” mediante alguna oposición que les incorporase al funcionariado de la “necrocracia” para verter impunemente sus prédicas desde esa posición segura y aprovechando las libertades del régimen. No respondían al tipo de fanático entregado a una causa imaginaria, como Arana o Prat, ni al hombre inspirado o al hombre de acción, sino más bien al tipo del “señorito” clásico, frívolo y desconocedor de los rigores de la vida.

    El regeneracionismo contribuyó, junto con el terrorismo anarquista, la demagogia socialista y el auge de los separatismos, a hundir el régimen que les permitía organizarse y hacer propaganda. Tras el fallido intento estabilizador de la dictadura de Primo de Rivera, los regeneracionistas tuvieron su oportunidad histórica con la II República, que fue entre otras cosas una orgía de palabrería desenfrenada. En ella demostraron su incapacidad política, hasta verse arrastrados a la guerra civil por los extremismos totalitarios y guerracivilistas, a cuyo triunfo en unas fraudulentas elecciones habían colaborado. La refundación de España estaba resultando un proceso de  descomposición extremadamente peligrosa.

   Cuando acusan de “franquistas” a las reivindicaciones del pasado español, entre ellas la de la Reconquista,  no dejan de tener alguna razón, porque un aspecto del franquismo fue la reivindicación de la España real e histórica, quizá con excesiva atención al catolicismo, que determinaría la ruina del régimen. Pero por otra parte la reivindicación se hizo en general con gran amplitud, permitiendo versiones diversas. No es aquí el momento de entrar en detalles al respecto, pero debe señalarse que ya antes de la muerte de Franco cundían versiones semejantes a las de los regeneracionistas, complicadas con análisis marxistas y similares. Estas, ante la escasez de la respuesta teórica tienen ahora de nuevo gran importancia, con las consecuencias verborreicas y disgregadoras sabidas. Llegó a imponerse un verdadero tabú sobre cualquier versión que pudiera identificarse con el franquismo, y sobre esa condena en el fondo totalitaria se han desarrollado las campañas distorsionadoras más extremas, parejas a las del regeneracionismo,  de las que hemos ofrecido un pequeño muestrario en relación con la Reconquista.  Y esta es la situación en que nos encontramos hoy, y de la que es preciso salir..  

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Los agresivos y despóticos enemigos de la Reconquista

 

   Según otra versión muy divulgada, España va construyéndose por primera vez en esos ocho siglos, negligiendo u omitiendo los anteriores períodos romano e hispanogodo. Pretensión realmente chocante para un historiador, pero mantenida por muchos profesores. En tal caso tampoco valdría el término Reconquista, sino algún otro como “Construcción nacional”. La  idea parte de Américo Castro, quien asegura que los peninsulares anteriores a la invasión árabe, romanizados, cristianizados  e hispanogodos, no eran propiamente españoles, a pesar de que hablamos una derivación del latín, la mayoría se sigue considerando católica. Por el contrario, imaginó que España se habría formado en una “España de las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana) en tolerancia mutua. La Reconquista habría sido un fenómeno negativo, que habría destruido la convivencia, impuesto por la violencia el poder de los cristianos, el grupo más fuerte pero también el  más atrasado e inculto. Y de ese trauma histórico habría nacido el “cainismo” español, su tendencia a la guerra civil, etc. Es obvio que Castro partía de unos conocimientos parciales y mediocres tanto sobre la Reconquista –como le reprochó y demostró Sánchez Albornoz– como sobre otros países europeos próximos, en los que podría encontrar ejemplos de cainismo y guerracivilismo mayores que en España; por no hablar del Magreb o Marruecos, donde las guerras civiles han sido un dato histórico casi permanente. La idea caló en algunos ambientes porque cultivaba mitos de “tolerancia”  muy en boga, por fuera de la realidad histórica que estuvieran.

   Pero lo significativo es que, a pesar de la evidencia histórica,  los enemigos de la Reconquista han ganado muchos puntos en la universidad, la política y los medios de masas, hasta el punto de que el uso de la expresión se ha convertido en tabú en numerosos departamentos de historia e institutos, incluso con prohibición expresa de usarlo a los alumnos. La aversión va desde el ataque y prohibición de la palabra, hasta la admisión del fenómeno histórico, pero conceptuándolo como nefasto. Uno de los periodistas más influyentes en los últimos decenios. J. L. Cebrián, ha calificado a la Reconquista de “insidiosa”, un calificativo extravagante pero en todo caso muy negativo. Los ejemplos podrían multiplicarse. En museos, monumentos, etc., se exalta la impronta musulmana y se denigra o exhibe con indiferencia la cristiana. Los políticos islamófilos –y generalmente tan incultos como corrompidos, esta es una realidad realmente deplorable y temible— acosan en lo que pueden la herencia cristiana, tratando de hacerla “laica”, como en la catedral de Córdoba, no persiguen las numerosas y crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras exhiben su preocupación contra lo que llaman islamofobia  y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”.  La fobia a la Reconquista  ha ido adoptando tonos cada vez más agresivos, como los incidentes y  manifestaciones contra el aniversario de la toma de Granada. Esa fobia viene casi siempre unida a la exaltación de un islam repleto de tolerancia y  perfecciones culturales,  por lo demás puramente imaginario.

   Entre otros muchos comentarios y denuncias a tal fenómeno cabe espigar esta del  escritor y periodista César Alonso de los Ríos, en un artículo titulado “Don Julián, hoy”,  denunciando el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Para ello utilizaba la figura del conde Don Julián, que según la leyenda facilitó la invasión musulmana, reivindicada por el escritor Juan Goytisolo, discípulo de Américo Castro.   Dicho de forma esquemática, la idea básica es que en la invasión árabe ganaron los buenos y en la Reconquista ganaron los malos. Goytisolo fue el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: “la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad… Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual”.  No deja de ser significativo que la aversión, a veces odio abierto,  a la Reconquista coincida hoy con la ideología LGTBI, con los separatismos que aspiran a disgregar a España, con complacencias hacia ciertos terrorismos, y tendencias similares.

  No cabe duda de que se trata de un fenómeno llamativo, por el cual gran número de descendientes  de los reconquistadores, influidos por políticos e intelectuales diversos, infaman a sus antepasados, exaltan a sus enemigos, niegan las más obvias evidencias históricas y se muestran hostiles o indiferentes a su propio país, su cultura e historia. Entender este curioso fenómeno exige remontarse, como dije,  a la gran quiebra moral  del  “Desastre del 98″. Una derivación del Desastre fue el llamado regeneracionismo, que propugnaba “echar siete llaves al sepulcro del Cid” o calificaba la historia de España, desde los visigodos, como “anormal”, “enferma” (Ortega), explicaba la época de mayor influencia del país, posterior a la Reconquista, como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición” (Azaña). Etc. Aquella sarta de disparates malintencionados  dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional

  

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El valor de la vida y su criterio

–No eres sincero al decir que Sonaron gritos… no contiene ninguna tesis. De ser así, no valdría siquiera la pena escribirla. Sería como aquel teatro del absurdo, que quería mostrar el sinsentido de las cosas. Si realmente no tienen sentido, no hay nada que mostrar ¿no? ¿Para qué escribir una novela, entonces?

Eso me parece también. Además, ¿por qué empezar y terminar con esas escenas de muerte y asesinato? Su novela podría versar, vamos a decir, sobre un joven que durante esos diez años de guerra y convulsiones, se las arregla para vivir su vida al margen de todo ello y sin ningún acontecimiento “emocionante”. Eso podría resultar aburrido, aunque hay autores que consiguen hacer entretenido el aburrimiento. Pero entonces, los sucesos de su novela ¿no serían simplemente un truco para provocar emociones, sin ningún objetivo, sin ninguna tesis, solo por motivos comerciales, para impresionar a la gente y que la compre? Hay mucha literatura así. ¿No es una especie de tremendismo innecesario?

–Vamos por partes: la novela gira en torno al destino y al valor de la vida. Todas lo hacen de un modo u otro. La literatura desciende directamente del mito, y el mito eso es lo que hace. Los amigos, en la novela, se preguntan sobre el sentido de lo que hacen, del mundo, filosofan, pero, claro, no llegan a nada preciso. Los filósofos llevan siglos haciendo esos ejercicios sin conclusión definitiva y  a pesar de ello esos ejercicios son necesarios. Pero junto a la filosofía está la acción, que impone sus propias exigencias y su propia lógica, que nunca llegamos a entender bien. En un momento dado, en Rusia, un oficial se enfada con Alberto y Paco porque están dando vueltas a las justificaciones de la guerra y los motivos del adversario, y uno de ellos replica que es bueno pensar esas cosas siempre que no interfieran con lo que hacían: habían ido a Rusia, sabían a qué y a lo que se exponían, no había vuelta atrás ni remordimiento. Lo que discutían, ¿era entonces un simple juego intelectual vacío? Creo que no. Era el contrapunto que da a la acción una dimensión distinta de sí misma. La tesis de la novela, si os queréis poner así, es que la acción, la vida sigue su rumbo en gran medida ajeno a los deseos y pensamientos y a las mismas acciones de los hombres, porque estos no pueden prever sus consecuencias o solo un poco. Y a pesar de ello, la acción y el pensamiento deben tener un sentido, no pueden ser absurdas.  Los moralistas lo “encontrarían” enseguida, pero, claro, sus soluciones resultan casi siempre convencionales y empobrecen el relato. Lo diré de otro modo: imaginad que existe el más allá y que después de la muerte hay que dar cuentas de la vida terrena. Probablemente nos llevaríamos una gran sorpresa viendo que los criterios con que nos hemos justificado aquí serían diferentes de aquellos otros criterios con que nos juzgasen.

   –Me parece algo confuso, pero está la cuestión del tremendismo. Su novela empieza y termina con actos en cierto modo tremendos. ¿Por qué? ¿Para provocar emociones fuertes? Existen novelas muy distintas, introspectivas, etc., y un buen escritor sabe sacarles partido y hacerlas interesantes aunque la acción sea anodina.

Yo no veo esa confusión que usted dice, en todo caso una confusión que refleja la de la propia vida y que debe quedar a su vez reflejada en la novela. Claro que pueden hacerse grandes novelas sobre vidas  más bien anodinas y convencionales, solo hay que recordar las de Proust, o a Madame Bovary, o las de Valera… Y hay muchísima literatura de acción tan trepidante como banal, aunque una novela de acción o aventura no tiene por qué ser banal. Ahora bien, una novela con mucha acción, como es la mía, no fue concebida así en absoluto por motivos comerciales. La acción parte de un suceso real al principio de la guerra civil y se desarrolla en consecuencia durante los años posteriores. Los personajes obran así en parte por las circunstancias, en parte por identificación con el bando nacional u odio a lo que ven en el Frente Popular, aunque eso queda un tanto desdibujado,  y en parte porque  son hombres de acción. Pero no los clásicos tiratiros sin casi nada en el cerebro. Son personajes complejos, Aquilino Duque los ha comparado con “claroscuros dignos de novela rusa”, no sé muy bien qué quiere decir, pero más o menos se entiende.  

   Lo del tremendismo se opone a la tragedia y a la épica. En Cela consiste en jugar con aspectos brutales y personajes sin verdadero relieve, porque él tiene la tesis de que los hombres actúan determinados por las circunstancias sociales, con lo cual se difumina su individualidad y vuelve la acción cenicienta, por así decir, grisácea, sin gracia. Pero el Pascual Duarte  creo que es la novela española más traducida después del Quijote. Eso revela que no deja de ser una obra importante y que en el extranjero la han visto, bien como un reflejo de la España “real”, incluso de la España “franquista”, o bien como una profundización en la condición humana. Pero no es mi punto de vista, claro.

Es verdad que el libro tiene algo de mítico al estilo griego, y ya te he oído decir que sin embargo nada que ver con el freudiano “matar al padre”. Pero si tuviera esa explicación, al menos habría una coherencia. Resulta que el protagonista se encuentra finalmente con el hombre, bueno, uno de los hombres a los que va a causar la muerte, y descubre que es su padre real. Lo encuentro un poco traído por los pelos, un poco inverosímil.

– Lo ves así porque conoces poco de la época. Por eso algunos creen inverosímil que alguien estuviera en la guerra civil, en Rusia y luego contra el maquis. O que en el maquis hubiera algunos que habían luchado en Rusia al lado de los partisanos, pero los había. Y resulta que en el padre de Alberto hay un paralelismo. Se trata de un obrero anarquista que evoluciona al comunismo –pasó en bastantes casos—y que ha tenido una carrera muy parecida a la suya, pero en el bando contrario, y también en Rusia. Alberto descubre este parecido en la trayectoria vital, que le impresiona, y le impresiona aún más el encontronazo, casi físico, con el hecho de que él, Alberto,  no habría llegado a existir siquiera de no ser por aquella persona a quien tiene muchas razones para odiar. La agudísima impresión del destino, de la imposibilidad de penetrar en su sentido, es lo que le hace abandonar definitivamente aquella vida. No se arrepiente, simplemente la abandona y se abandona. Además, su amigo Paco ha muerto en los Balcanes y ya no tira de él. Por consiguiente elige una vida anodina, al menos si la comparamos con la anterior, al lado de Carmen y como profesor. ¿Está satisfecho con ella cuando, ya viejo, decide recordar y escribir sobre su juventud? Afirma haber sido feliz con Carmen, ser con ella  “una sola carne”. Pero queda cierta inseguridad, remarcada por su evidente insatisfacción con respecto a sus hijos. ¿Qué vida fue mejor, según su criterio,  cuál tiene más valor, la de su juventud violenta y azarosa, con tanta muerte por medio, o la tranquila, burguesa, productiva y pacífica posterior? No expongo en la novela la duda, pero creo que queda bien implícita. 

  

 

 

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Algunos estoicos

De Nueva historia de España:

“En Cicerón, el ideal estoico se fundaba en la virtud y la razón, o en la virtud como expresión de la razón, expresión a su vez de la naturaleza, del logos divino implícito en el mundo. Propugnaba al hombre dueño de sí, imperturbable por los avatares de la vida gracias a su fortaleza de espíritu fundada en la razón virtuosa. La libertad consistiría en evitar las pasiones y vivir de acuerdo con ese “logos” que determina nuestro destino, pues necesariamente todo ocurre según el plan de la naturaleza, excluyente del azar. Ese orden se manifestaría en un derecho natural subyacente a las leyes accidentales, e implicaría una igualdad esencial entre los humanos (cosmopolitismo)… Los males vendrían de ignorar ese orden cósmico, que los estoicos creían conocer

   La crítica a los dioses mitológicos, de conducta contradictoria y a menudo inaceptable moralmente, había expandido el escepticismo, incluso el ateísmo. Cicerón veía el escepticismo como un mal, por lo que  recurrió a argumentos pragmáticos para justificar la creencia en la divinidad: no puede ser un error cuando la comparten todos los pueblos, y sin esa creencia la sociedad se descompondría. Con lo cual invertía insensiblemente el argumento metafísico: ya no es la “existencia” de la divinidad la que da sentido a la vida y a la razón humana, sino que esta crea a su conveniencia a la divinidad y le da sentido. Cicerón tendía a rechazar la pluralidad de dioses, mientras que la sociedad romana no cesaba de adoptar otros nuevos traídos de los países conquistados(…)

   También el epicureísmo cundía entre las capas intelectuales y políticas. En Lucrecio venía a ser un hedonismo refinado y ateo: concreta el sentido de la vida en la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento. Parece una teoría clara, casi evidente, pero ofrece dificultades (…)

   Horacio desconfía del logos cósmico: la religión no ofrece consuelo, “la piedad no detiene las arrugas ni la vejez inminente ni la implacable muerte”, y expresa la angustia dolorosa del transcurrir del tiempo y el fin inevitable.  “No quieras saber, es peligroso, lo que los dioses te reservan (…) Limita a un breve espacio tus grandes esperanzas. El tiempo envidioso se nos escapa, aun mientras hablamos. Cosecha el día  (carpe diem) y fía poco en el mañana”. No hay en ello mucho consuelo ni alegría de vivir y, como observaba melancólico en otra oda, “polvo y sombra somos”, otra de sus frases tomada para siempre por la literatura (…)

   Séneca desarrolló con cierta originalidad el estoicismo griego… Admitía la religión oficial por respeto a la ley, no por creencia, y de hecho despreciaba el politeísmo y la superstición con argumentos que habían de emplear los cristianos: el culto a los dioses sustituía el amor por el temor, y sus ritos constituían más bien un ultraje. Tiende a un monoteísmo peculiar, con exclusión de oraciones y súplicas: Dios protege al hombre sin necesidad de ellas, y al hombre sabio le basta  obrar conforme a la razón. Dios sería “el alma del universo, accesible al pensamiento y no a la vista”. Podría llamársele Naturaleza, “porque de ella nace todo”; o Mundo, porque él es “el todo con sus partes y se sostiene por su propio poder”; o Destino, porque este es “la serie de causas que se encadenan y la primera de todas las causas, de la que siguen las demás”. Contradiciendo su idea de que el Mundo se sostiene por su propio poder, llega a considerar a Dios separado del universo, al que gobierna.

   Una derivación sorprendente de sus argumentos afirma que el hombre sabio, obrando según la razón, está libre de todo temor, como Dios, del cual solo difiere en no ser eterno. Más aún, el hombre, por su valor ante la adversidad, puede incluso superar a Dios, que no sufre esas asechanzas. Séneca desdeña la metafísica como una quimera: la tarea filosófica debe ocuparse del hombre, para hacerlo firme y valeroso ante los males que le cercan, capaz de despreciarlos y triunfar moralmente sobre ellos. Aceptando que su ideal es prácticamente inalcanzable, lo propone como orientación justa  (…) Los únicos males y bienes reales son de tipo moral, y no  hay que temer ni desear  ningunos otros”.

   Marco Aurelio  ve al hombre como parte de un Todo (Dios, el Uno, la Naturaleza, la Razón, la Ley…) que le sobrepasa absolutamente, como ínfima porción de la materia universal, del tiempo infinito y del destino.  Los seres y los hechos están entrelazados, en constante cambio y en una armonía esencial. El hombre que comprende esta realidad, la fugacidad del tiempo y la memoria, la precariedad de la vida, se adapta racionalmente a la ley de la naturaleza, vive en armonía con el Todo, atiende al presente y no se angustia por el pasado o el futuro. El miedo a la muerte brota de la impresión del aniquilamiento, pero el sabio entiende que este no existe, pues la muerte es solo un cambio dentro de la marcha del universo y dentro de la eternidad  todas las cosas se reproducirán una y otra vez en formas semejantes. La consideración del Todo, entiende el emperador filósofo, nos induce a moderación, a rehuir las pasiones, a la benevolencia; el hombre guiado por la razón “es al mismo tiempo tranquilo y resuelto, radiante y firme”. Su moral es individual porque solo se puede juzgar el bien y el mal en lo que depende de nosotros y en nuestra propia conducta; no obstante, el criterio individual debe armonizarse con la sociedad y con el Todo (…).

   La virtud preconizada y en general practicada por Marco Aurelio tiene, sin embargo, difícil asiento en la naturaleza, pues esta parece ajena a la moral e integra todos los comportamientos humanos, los que solemos considerar mejores y peores. “Quienes han llevado una vida de implacable enemistad, sospecha, odio… ahora están muertos y reducidos a cenizas”. Cierto, igual que quienes habían hecho el esfuerzo de vivir en la virtud, como podría haber recordado Horacio (…).

   Su muerte le impidió comprobar esa ambigüedad básica del Todo tras haber cometido el peor error de su vida, el nombramiento de su hijo Cómodo como sucesor. En principio era una buena elección: Marco Aurelio le había aleccionado desde la niñez, y durante los tres años últimos de su vida lo había asociado al poder, a fin de proporcionarle experiencia. Cómodo llegó al imperio apenas salido de la adolescencia e invirtió resueltamente la política de su predecesor. Entre la concepción estoica del gobernante  como servidor de la comunidad y el principio de que sus decisiones  constituían la legitimidad legal y moral optó por lo segundo. Era la vieja querella  presente también en el conflicto entre Confucio y la escuela legista, o en el mito de Antígona.  Así, Cómodo se presentó como fuente de la ley, la moral y la religión, se divinizó como reencarnación de Hércules e hijo de Júpiter e hizo cambiar el nombre de Roma por el suyo propio, atacó al Senado y derrochó sin tasa el dinero del Estado para atraerse al pueblo mediante fastuosos juegos de gladiadores y similares (…) Sin embargo, al invertir la política de su padre no podría decirse que contrariase a la naturaleza, pues sus actos formaban parte necesariamente de ella… como también las conspiraciones que culminaron en su asesinato”.

(De Nueva historia de España: la romanización)

  

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