Desbarres científicos

(En LD, 28-3-2006)

 Lynn Margulis va de científica por la vida. Y no dudo de que lo sea, pero ello, evidentemente, no le impide decir bastantes tonterías. Un periodista de El Mundo la califica de “gran pionera en el estudio de la evolución”. Pionera, un siglo y medio después de Darwin.

 También cree el periodista que los científicos son “gente fría y distante”, pero la simpática doña Lynn le explica: “Si un científico es arrogante, sólo puede ser un mediocre. Los mejores siempre son gente sencilla y humilde, llenos de dudas y de curiosidad” (no necesitó aclarar: “Como yo misma”). Aserto ni científico ni razonable: hay cultivadores de la ciencia humildes y los hay arrogantes, y los últimos pueden ser muy buenos. Newton no era un modelo de sencillez y humildad. 

 Aún lo mejora la señora Margulis: “El rechazo a Darwin en EEUU refleja la ignorancia de un régimen fascista”. Llamar fascista al Gobierno useño no es una afirmación científica, sólo una sandez. E identificar fascismo con rechazo a Darwin revela una ignorancia básica, pues el fascismo, sobre todo en su variante nazi, se basó en el evolucionismo darwiniano (falseándolo, acaso, esa es otra cuestión). Y agrega nuestra científica: “El problema es que en Estados Unidos no se estudia adecuadamente ni la Filosofía ni la Historia”. ¿No suena arrogante esta frase, máxime después de su exhibición de ignorancia?

  Convengamos con ella en que las creencias religiosas no son científicas. Ni siquiera racionales, aun si pueden verse confirmadas por la ciencia y la razón: así opinan los creyentes, aunque los ateos niegan tal confirmación. Algo exagera la autora, en cambio, al aseverar: “La evolución es un hecho tan demostrado como la Ley de la Gravedad o la forma esférica de la Tierra”. No tanto. La teoría sigue sometida a crítica, aun si ha salido hasta ahora bastante bien parada de sus desafíos, dando lugar, también, a modificaciones y versiones varias. Y a fervorosas creencias.

    El nazismo y el comunismo veneraban a Darwin, y muchos otros le siguen con una parodia de fe religiosa. Entrar en el terreno concreto de la evolución excede de mi competencia, y mi juicio nada vale para decidir el valor de las teorías de Margulis sobre el origen de la célula eucariota o sobre el equilibrio “fisiológico” del planeta, o sus críticas al neodarwinismo. Lo que aquí trato es la ampliación fraudulenta de unas teorías en principio científicas a terrenos donde dejan de ser válidas. Como vino a advertir Ortega a Einstein:   “Usted no puede hacer valer su prestigio científico para decidir en los conflictos de España, sobre los que usted ignora casi todo. Ese abuso desacredita la función intelectual“. 

 El abuso de la señora Margulis se vuelve absoluta y peligrosamente trivial cuando, tras unas observaciones catastrofistas acerca del futuro de la humanidad, explica el ser humano adhiriéndose a las lucubraciones del australiano Reg Morrison:  

 “La diferencia clave está en nuestra capacidad para hablar, y con la capacidad de hablar viene la capacidad de mentir. Somos muy mentirosos, y sobre todo nos engañamos a nosotros mismos. Al mismo tiempo, tenemos una necesidad de pertenecer a tribus, ya sean tribus religiosas, deportivas o nacionales. Y muchas veces pensamos que vale la pena morir por la tribu, así que es un sentimiento muy fuerte. Ahora sabemos que había 20 especies de Homo (habilis, ergaster, erectus, floresiensis), y hoy en día no queda más que el sapiens. ¿Por qué? Pues porque hemos exterminado a todas las demás y hemos destruido el medio ambiente. La gran diferencia del Homo sapiens con respecto a otros primates es que nosotros pensamos que somos invencibles y superiores, que estamos más cerca de los ángeles que de los demás animales. Es un enorme autoengaño, pero ha tenido un gran éxito en la historia de la evolución“. 

 ¿Está segura la señora Margulis de que vivimos en la mentira, hemos exterminado a los demás y hemos destruido el medio ambiente? ¿Cómo puede un autoengaño tener tal “éxito en la historia de la evolución”? ¿No debiera ocurrir al revés? ¿Se da cuenta de que entre esa concepción y el nazismo media sólo un corto paso? Quizá una minoría, guiada por el exitoso autoengaño de creerse superior, deba exterminar a la gente sobrante, para que no perezca la especie entera y para salvar el equilibrio ambiental. Desde un punto de vista meramente evolutivo, ¿qué se opondría a ello?  

 El fraude cientifista, que no científico, destruye el elemento moral. Lo que diferencia al hombre del animal no es, ante todo, la palabra, sino la esfera de lo moral, que de ningún modo cabe reducir a la mera lucha por la vida o a conveniencias “evolutivas” según las entiendan los gurús de turno. La moral tiene raíz religiosa, cosa muy lamentable para la señora Margulis (y tantos como ella). Quizá algún día pueda establecerse una moral sobre bases científicas, aunque lo dudo, y, desde luego, no ocurre hoy.  

 En todo caso, a la hora de arrasar las creencias morales en nombre de supuestas certezas científicas debiera nuestra buena científica repasar la experiencia histórica, y no sólo la nazi o la comunista. Ello la volvería un poco más prudente. No entro en sus monsergas finales sobre los matrimonios homosexuales y la adopción de hijos, porque, a la vista de lo anterior, el lector podrá hacerse una idea.

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El mito de la Inquisición

 

Resultado de imagen de Moa Europa

La Inquisición, que continuaría por más de tres siglos, con varias etapas,  ha sido inmensamente criticada y sigue siéndolo, primero por la propaganda protestante, después por la ideología ilustrada del siglo XVIII, y sigue siéndolo desde los más diversas ideologías, comunistas, liberales, anarquistas, algunas fascistas, etc. Se le ha achacado un número descomunal de víctimas, hasta como causa de una supuesta despoblación de España (J. A. Llorente); el uso masivo de las torturas más refinadas; una “extraordinaria crueldad” (Gabriel Jackson)…; Se la ha acusado de haber paralizado el pensamiento y la cultura en general, de  ser un precedente de las policías políticas del siglo XX, del racismo nazi o del Holocausto (C. Stallaert), “germen del moderno totalitarismo” (Joseph Pérez); de ser un aparato de robo y opresión gratuitos, de haberse cebado en judíos auténticamente cristianizados debido a un complejo de inferioridad de los cristianos viejos, causante del  “anormal y horrendo placer que sentían en sus malvados actos” (Benzion Netanyahu). Y un largo etcétera. Importa por ello apartar la cuestión del mito y la propaganda, situándola en la historia real. Otros historiadores como  M. A. García Olmo, e investigaciones sobre los archivos inquisitoriales, como los de G. Henningsen o J. Contreras, también de R. García Cárcel,  demuestran que más del noventa por ciento de esos juicios acusatorios se basan en una propaganda sostenida durante siglos y en falsas analogías con fenómenos actuales.  

   Se ha dicho, y es verdad, que las persecuciones religiosas fueron comunes en toda Europa durante siglos, y exacerbadas por la revolución protestante y las guerras civiles que desató, muy alabadas por Lutero. Pero debe señalarse que el número de víctimas en España fue significativo no por lo numerosas, sino por lo contrario. Así, el número total de muertes documentadas y atribuibles a la Inquisición durante tres siglos están en torno al millar. Faltan archivos del período desde la fundación hasta 1560, lo que permite, como en el caso de los inicios de la Reconquista, toda suerte de especulaciones y estimaciones, de acuerdo con las simpatías ideológicas del autor, aunque no es probable que pasen de otro millar. Se los tiene por años de intensa actividad, y algunos hablan de hasta 4.000 ejecuciones, mientras otros, como el investigador Tarsicio de Azcona limita a unos cientos los ejecutados durante el reinado de Isabel la Católica.

   Y ya que las acusaciones provienen principalmente de fuentes protestantes, no sobran algunas comparaciones (saco parte de los datos de  M. E. Roca Barea Imperiofobia y leyenda negra). Aunque los protestantes no crearon un órgano sistemático como la Inquisición, funcionaron de hecho muchas inquisiciones parciales, cuyas víctimas multiplican las de la Inquisición española en mucho menos tiempo. Se ha calculado que en solo diez años Calvino hizo quemar o ejecutar de otros modos a unas 500 personas (entre ellas a Miguel Servet) en una ciudad de 10.000 habitantes como Ginebra. Las persecuciones protestantes no se dirigían solo contra los católicos, sino también se producían entre las diversas confesiones luteranas o calvinistas. En los mismos tres siglos de la Inquisición, en Inglaterra se produjeron 264.000 condenas a muerte, una cifra gigantesca, según los cálculos de James Stephen, parte sustancial de las cuales se deberían a persecuciones religiosas. Solo en el período isabelino fueron asesinados  unos mil católicos, sin contar los irlandeses, contra quienes continuó durante siglos una represión brutal. No hablemos de los asesinatos y confiscación de bienes  extrajudiciales. El número de protestantes quemados en España entre 1520  y 1820 fue de doce. Ya veremos por qué.  No hace falta incidir aquí en las víctimas de las policías políticas, comunistas y otras, en el siglo XX y ahora mismo.

   Las víctimas más numerosas de la Inquisición fueron conversos judíos y moriscos. Su actuación más intensa transcurrió entre su fundación y 1530, remitiendo después durante más de un siglo para recrudecerse entre 1640 y 1660.  Desde esa fecha, su actividad  decayó mucho.

  También queda claro hoy que la Inquisición empleó la tortura en mucha menor medida y con menor dureza  que los tribunales laicos en toda Europa, y que la abolió cien años antes de lo que se hizo común en Europa… o no tan común en realidad, como demuestran las persecuciones ideológicas del siglo XX. Por ejemplo, de los 7.000 procesos en Valencia solo se empleó la tortura en un 2 por ciento de los casos, nunca más de quince minutos y casi nadie fue torturado dos veces.  En Inglaterra, Francia o Alemania la tortura podía llevar a la mutilación, la ceguera y a la muerte, e incluía métodos como el desollamiento  en vivo. La Inquisición abolió los azotes y argollas para las mujeres y limitó a cinco años la pena de galeras, que solía ser perpetua en los tribunales civiles. Sus cáceles eran mejores que las comunes y los presos podían recibir visitas de familiares y practicar su oficio; a menudo solo sufrían arresto domiciliario.

     Muchas descripciones crean la imagen de un clima generalizado de denuncias y temor, pero los datos conocidos no abonan tal impresión. A lo largo de tres siglos hubo un máximo de 150.000 procesos, quizá menos de 100.00, pues se conservan las actas de los 50.000  ocurridos entre 1560 y 1600, casi un siglo y medio: los procesos posteriores a 1700 fueron pocos, y resulta difícil creer que los de los ochenta años anteriores a 1560 duplicaran a los posteriores Aun aceptando la  improbable cifra máxima, da un promedio de 420 procesos por año, no muchos para una población que fue subiendo de 5 a 12 millones de habitantes e insuficientes para crear ese presunto clima de terror.

   Otro dato muy relevante es que, tras algunas persecuciones puntuales, la Inquisición descartó la “caza de brujas”, considerando su existencia como un mero fenómeno supersticioso. Por el contrario, en los países protestante como gran parte de Alemania o de Francia, Suiza, Escandinavia Escocia, también en otros católicos, la quema de brujas se hizo obsesiva e histérica durante los siglos XVI y XVII, calculándosele una mortandad de entre 50.000 y 100.000. No hay forma de conocer cifras correctas, pero sin duda fueron muchísimo más elevadas que las atribuidas a la Inquisición, que salvó directamente a España de la plaga.

   Se ha acusado a la Inquisición de haber paralizado el desarrollo intelectual de España con su represión e índices de libros prohibidos; pero estos, aún más rigurosos, estaban en boga por gran parte de Europa; y, casualmente, los siglos XVI y XVII, de mayor actividad inquisitorial, fueron los de mayor florecimiento del arte y el pensamiento en toda la historia de España. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Juan de Mariana, entre tantos, pertenecieron a la Inquisición, y otros como Cervantes estuvieron próximos a ella. Es a finales del siglo XVII, con débil actividad inquisitorial, cando desciende el nivel creativo de la cultura española, lo cual prueba la ausencia de relación de causa a efecto ente ambos fenómenos.

Hace años enlacé en el blog un documental de la BBC que señalaba que el 99% de lo que se había dicho sobre ella era mito, y ofrecía los datos reales expuestos por varios historiadores, entre ellos Kamen. Parece que habían colado un gol a la BBC. Pero la verdad  resultaba indigerible, de modo que posteriormente emitió otro documental, (leo en el libro de Roca Barea, titulado “Spanish Inquisition: the brutal truth” La “truth” era la repetición de la propaganda protestante y más moderna, con escenas en que la bandera española actual ondeaba  entre hogueras y desfiles nazis. “El primer y más terrorífico ejemplo de policía de pensamiento”, afirmaba. El documental mismo era una buena muestra de manipulación totalitaria para imponer cierto “pensamiento”.

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Judíos en la España del siglo XV

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(De Nueva historia de España)

La actitud  hacia los judíos en toda Europa  alternaba de antiguo entre la tolerancia  (en el sentido estricto de ser tolerados, no queridos), la persecución y la expulsión.  Francia, Inglaterra y Austria los habían expulsado en distintos momentos, y los pogromos habían sido recurrentes. Los judíos solían ser protegidos por reyes y nobles y, de modo ambivalente, por el papado y odiados comúnmente por el pueblo llano.  Las causas de esa aversión eran la cosideración de “pueblo deicida” y  su carácter inasimilable, pues eran vistos como un grupo social extraño y peligroso, por el efecto corrosivo achacado a su religión ; en España, la antipatía se extendía a la memoria de su colaboración con la invasión islámica. Precisados a protegerse entre sí como “pueblo elegido” en un ambiente hostil,  los judíos practicaban formas de solidaridad que a los ojos de los gentiles les convertían en una sociedad opaca, dedicada a ocultos manejos anticristianos, acusación ya presente entre los visigodos. No menos inquina causaba la dedicación de la élite hebrea a negocios como el cobro de impuestos y la usura, o la ostentación de su riqueza  por algunos. Aunque los judíos ricos eran pocos, se creó el estereotipo del judío avaro, explotador de la necesidad de los cristianos y con un poder oscuro, más ultrajante por venir de una minoría ajena al país y a su cultura. Por esa habilidad para hacer dinero los protegían los reyes y los grandes… y por los impuestos a las aljamas o juderías, mayores que los que gravaban a los cristianos.

    Se han dado diversas explicaciones de la destreza comercial y financiera de los judíos –es decir, de la capa superior de ellos–, pero una causa suena probable: las persecuciones les impulsaban a buscar bienes poco tangibles y de fácil transpote, creándose un crículo vicioso: sus actividades generaban odio, pero eran su salvaguardia en caso de necesidad.

   La misma causa, posiblemente, tenía el interés de muchos de ellos por conseguir una preparación profesional que les permitiera valerse en distintas circunstancias. Esa instrucción formó una élite culta, profesionalmente experta e intelectualmente ávida, que intervino destacadamente en la Escuela de traductores de Toledo y otras empresas culturales hispanas, como las de Alfonso X el Sabio; y una cultura propia en hebreo, árabe o lenguas españolas, de la que Maimónides es el máximo ejemplo. Maimónides había inaugurado una interpretación racionalista de las Escrituras  que muchos otros judíos rechazaban como herejía. Dirección opuesta había tomado la Cabalá (Tradición), predominante en la penínsua ibérica donde, en Castilla en la segunda mitad del siglo XIII se escribió el Sefer ha-Zohar (libro del esplendor), obra central cabalística.  La Cabalá buscaba descifrar el sentido profundo de la Biblia por métodos como el valor numérico de las letras, la descomposición de las palabras en sus letras para formar con ellas nuevas palabras, o la alteración del orden de las letras para obtener siggnificados ocultos.

   La presión ambiente minaba las juderías con una corriente de bautismos, pero que el puebo hebreo no se desintegrase pese a vivir siglo tras siglo sometido a tal presión es un hecho de los más singulares de la historia. Sin duda la idea de ser el puebo elegido por Dios le daba una capacidad de resistencia excepcional A ello se unía la esperanza, nunca perdida, de un mesías y la vuelta a Jerusalén: esperanza exacerbada a mediados del siglo XIV por las  profecías, basadas en cálculos matemáticos, de Abraham bar Hiyam, dos siglos anterior (su Tratado de geometría fue durante siglos texto en las escuelas cristianas). La religión se mantenía por el estudio, repetición y comentario de la Torá o Pentateuco. Los omentarios habían dado lugar a la Misná o Mishná, base del Talmud, compilación de historias, especulaciones y preceptos sobre el trabajo, el derecho civil y comercial, el  matrimonio, la purificación, etc. La vida política y social se identificaba  con la religión de modo absorbente, y la repetición y comentario de los textos sagrados, generación tras generación, daba a las comunidades un recio sentido de pertenencia. Para los cristianos, el Talmud era otro motivo de sospecha, puesto que ya no se trataba de la Biblia común a las dos religiones.

   Las diferencias en la interpretación religiosa desgarraban a veces la comunidades hebreas en conflictos violentos, como había ocurrido en tiempos de Roma, atenuados luego por la falta de poder político y militar. Sus disputas guardaban paralelo con las cristianas desde la introducción de Aristóteles y giraban en torno al racionalismo de Maimónides, el probema del bien y el mal, etc.  Algunos judíos consideraban el mal como un principio activo y poderoso (el tomismo lo entendía, de modo más bien pasivo, como ausencia de bien) y se orientaban al gnosticismo. También brotaron en algunas aljamas ideas similares a las franciscanas, con exigencia de pobreza total y diatribas contra los judíos acaudalados. Y esperanza en un mesías próximo.

   Las juderías de España habían vivido en el siglo XIII una época de esplendor, también intelectual. Las de Cataluña habían sido las más nutridas, también las de Aragón, y la de Valencia ciudad, con 250 familias, quizá la mayor de la península. Se les concedían privilegios (relativos) para atraerlos como fuente de ingresos para los reyes y las oligarquías nobiliarias. A principios del siglo XIV, el antisemitismo en Alemania y Francia, así como en Mallorca y zonas pirenaicas, había provocado la emigración de  bastantes de ellos a Aragón y aún más a Castilla. Pero pronto iba a recrudecerse el antijudaísmo en toda la península a partir de Navarra, muy influida por Francia. A mediados del siglo, con motivo de la peste negra circularon las habituales calumnias sobre el envenenamiento de pozos, que ocasionaron matanzas en Cataluña y Aragón, pese a que las aljamas sufrían la peste no menos que las ciudades cristianas, por tratarse de barrios estrechos.  La animosidad había persistido hasta estallar a finales de siglo, en 1391, en matanzas extendidas desde Andalucía por Castilla, Valencia y Cataluña, provocando numerosos bautismos forzados.

   La política oficial había oscilado entre intentos de conversión mediante prédicas y el uso de restricciones legales. Las leyes de Ayllón, en 1412, habían impuesto en  Castilla una rígida separación de los judíos en barrios cerrados, vestimenta, etc.,  y prohibición de oficios provechosos o prestigiosos. En Aragón, la Inquisición  había presionado en pro de medidas resolutivas, por las buenas o las malas. Un converso, Jerónimo de Santa Fe, presentó al papa Benedicto XIII una serie de textos bíblicos que justificaban a Jesús como el mesías. Benedicto  había ordenado a los rabinos de la corona de Aragón acudir a Tortosa, a partir de enero de 1413, para instruirse, preguntar y objetar al respecto. En Tortosa, los rabinos arguyeron que  aun si el mesías hubiera venido, lo  decisivo era la ley sagrada, es decir la Torá. El mesías, además, debía obrar como líder político y restaurar Jerusalén pero, aunque no llegase hasta el final de los tiempos, las almas no precisaban de él para salvarse, pues para ello les bastaba cumplir la ley.

   Como entre judíos comunes y  rabinos hubo discrepancias, se abrió paso la acusación de que los jefes religfiosos engañaban y tiranizaban a su pueblo. A su vez, un rabino acusó a Jerónimo de Santa Fe de utilizar textos inseguros, y otros insistieron en que la ley expuesta en la Torá es eterna e incambiable: el mesías solo podía venir a cumplirla, no a transformarla, devolviendo a su pueblo la tierra que Dios le había otorgado. Los sufrimientos  que comportaba la lealtad a la fe debían entenderse como pruebas que Dios recompensaría. Las discusiones de Tortosa duraron meses, muchos rabinos y judíos comunes se bautizaron, lo cual confirmaba a los demás el peligro del contacto  con los cristianos y la idea de que el aumento de renegados era preciso para que la virtud resplandeciera entre los justos: eran aquellos banqueros y usureros  más en contacto con los cristianos quienes despertaban con su codicia la cólea de los gentiles, y eran ellos los primeros en abandonar su fe a la hora de la prueba. Por su parte, Santa Fe consideró herejes contumaces a quienes persistieron en la fe mosaica y recomendó a Benedicto obrar en consecuencia. Por ello muchos judíos de Aragón emigraron a Castilla, a pesar de las leyes de Ayllón, escasamente cumplidas.

   Otro converso, Alonso de Pslencia, denunciaba a los conversos judaizante, que obraban entre sí como una sociedad sereta de auxilios mutuos “Estraordinariamente enriquecicos por oficios muy particulares, se muestran por ello sobernbios, y con arrogancia insolente intentan apoderarse de los cargos públicos, después de haberse hecho admitir, a precio de oro y contra todas las reglas, en las órdenes de caballeía, y se constituyen en bandos”. Disponían de fuerza armada  y “no temen celebrar, con la mayor audacia y a su antojo, ceremonias judaicas”

   Según vimos, Enrique II de Trastámara explotó contra Pedro el Cruel el odio antihebreo, pero cambió de conducta al ganar el trono. En 1432 el jefe religioso Abraham Bienveniste, protegido por Álvaro de Luna, convocó una asamblea para redactar los Estatutos (takanoz) de Valladolid, de aplicación en Castilla. Sus normas daban a los judíos autonomía judicial, con prohibición de acudir a jueces cristianos, e imponían pena de muesrte  para los delitos de delación ycalumnia, aunque no tenían medios de hacerla efectiva salvo aprobación del Consejo Real. Las aljamas funcinaban con una libertad que suscitaba críticas en otros países  y del papado, yesterilizaba los esfuerzos por convertirlas. Los estatutos obligaban también a todas las familias a pagar un impuesto especial  para sostener cass de oración y maestros que enseñasen a los niños la Torá y el Talmud. Esta atención a la enseñanza religiosa, extendida a la instrucción práctica, daba a los hebreos cierta ventaja cultural sobre los cristianos comunes

   Gracias a la actividad de rabinos como Bienveniste o Abraham Seneor, las juderías se rehicieron parcialmente de la aguda crisis  de los decenios anteriores, pero aun así su población había decaído mucho, debido a las pestes, pogromos y conversiones. También había decaído la productividad intelectual y la participación de judíos en los empleos más lucrativos, teniendo la inmensa mayoría de ellos oficios de poco lucimiento como pequeños artesanos, tenderos, etc.  

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Nueva historia de España

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Cómo Atenea sigue protegiendo a Atenas

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Antes de seguir con el mito, podemos expresar de otro modo la evidencia que lo  origina en la psique.  Nada de lo existente se fundamente en sí mismo:  cada ente y cada hecho existen por causas ajenas a él. Podemos decir que estamos aquí porque nuestros padres nos han traído al mundo, pero nuestros padres no han decidido que fuéramos como somos, y los medios, los organismos  que han permitido la fecundación son previos y ajenos a la consciencia, voluntad y poder de los padres, como ocurre con la mayor parte de nuestras vidas. Podríamos pensar que, de todas formas,  aunque cada ente particular no puede fundamentarse en sí mismo, el conjunto de los entes que forman el cosmos sí puede. Este es el criterio del panteísmo, pero parece muy poco probable que el conjunto tenga unas propiedades tan distintas de sus partes. Para que el mundo se fundara en sí mismo, sin necesidad de un agente exterior,  tendría que ser eterno e infinito,  sin lo cual tampoco sería omnipotente, y por cuanto sabemos ello no es así.

  La ciencia indaga las relaciones entre las cosas existentes, pero encuentra al menos tres limitaciones básicas, que por lo demás no forman parte de su método: el fin de la cadena de causas y efectos, el designio presente en las cosas, y el sentido de la propia vida humana. El ciencismo pretende que esas cuestiones son innecesarias o falsas, simplemente porque la ciencia no puede abordarlas,  pero obviamente no es así. El mero hecho de que nuestra psique las plantee, aunque no pueda resolverlas por métodos científicos, y que sin alguna forma de respuesta  se hunda en la depresión, ya indica que se trata de cuestiones reales y no simples fantasmagorías.

   Para volver brevemente al mito y sus consecuencias. Nadie cree actualmente en la existencia de Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra, que Atenas eligió como patrona o protectora. Pero sí existió en la mente de los griegos como expresión de una de esas fuerzas evidentes. Por esa creencia, los atenienses elevaron en la Acrópolis  uno de los edificios más logrados por su armonía, potencia y belleza, que impresiona incluso arruinado. Es decir, que el mito tiene, por lo pronto, unas consecuencias, un valor inspirador. Y, curiosamente, podría decirse que en cierto modo Atenea sigue protegiendo a Atenas, a pesar de la infidelidad de los actuales atenienses, ya que el turismo es fundamental para la vida de la ciudad y del propio país: sin la Acrópolis, sin sus ruinas y las del ágora, muy poca gente acudiría a visitar una capital  moderna  no especialmente atractiva.

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De tuíter:

*La UE fomenta la cristianofobia y persigue la islamofobia.

* La UE fomenta el aborto , la homosexualidad y la inmigración. Cree que los  inmigrantes (islámicos y otros) pagarán las pensiones de los vejestorios europeos

*La anarquía no es la ausencia de poder. Es la multiplicación de poderes y despotismos.

* Si Podemos ha sido generado por la política PPSOE, es obvio que esos partidos no son alternativa, sino cómplices. Como de la ETA.

*Un partido que cree que “la economía lo es todo” (Rajoy) abre paso a las peores aberraciones políticas: Separatismos, ETA, Podemos…

*Ciudadanos, Vox y UPyD  defienden la unidad nacional, absolutamente básica. Solo por eso son preferibles a PPSOE. Salvo porque C´s y UPyD defienden la desintegración de España en la UE.

*Sin defender la unidad nacional de España, todo lo demás se convierte en politiquería barata. España es el fundamento de la democracia, no a la inversa.

*Llamar españolas a esas marcas (Inditex, Mango, etc.) es un chiste. Culturalmente son inglesas. Detestan el idioma  y cultura españoles.

*Es interesantísima la evolución del separatismo catalán durante la guerra civil.  Permite explicar muchas cosas de ahora mismo: https://www.youtube.com/watch?v=5Q3GbeIOHOs

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Raymond Carr y la España milagrosa

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Nueva historia de España

En el prólogo de la obrita de síntesis sobre historia de España coordinada por Raymond Carr (la primera edición en inglés data de 2001),  se propone un nuevo enfoque sobre el pasado y el presente españoles. “La diversidad de España constituye una clave de su historia”, se dice allí. “En primer lugar, hay que tener en cuenta la marcada división entre la España húmeda y la seca. Las provincias noroccidentales, observaba Richard Ford en la década de 1830, son más lluviosas que el Devonshire, mientras que las llanuras centrales están más calcinadas que las de los desiertos de Arabia”.

   Desde luego, España es un país muy variado, pero la cita, recogida acríticamente por Carr, no pasa del nivel de la tontería, y el profesor inglés no la mejora cuando afirma que Galicia recibe más de 2.000 milímetros de precipitaciones anuales, la Meseta Central menos de 26 y Almería, en ciertos casos, ninguno. Una simple consulta a los índices pluviométricos le habría sacado de su considerable error. Luego, añade: “El contraste más espectacular es el que se daba entre esas fincas pobres y las del campesinado castellano y los latifundios de Andalucía y Extremadura, contraste parangonable únicamente con el existente entre el mezzogiorno, asolado por la pobreza, y el próspero norte italiano”.

    El contraste entre regiones ricas y pobres no ha seguido el esquema España húmeda-España seca, sino que presenta llamativos cambios a lo largo de los siglos, en que unas regiones han ganado o perdido en riqueza relativa al margen de su pluviosidad. Durante muchos siglos la parte más rica de España ha sido precisamente el valle del Guadalquivir, posición que pasó después a Castilla la Vieja y posteriormente a algunas regiones periféricas, sin relación con la humedad o con la latitud geográfica. Por otra parte, contrastes regionales más o menos acentuados se han dado y se dan en todos los países del mundo, sin excluir a Inglaterra. ¿Son un caso tan excepcional los de España? Cabe dudarlo.

    Mucho más dudosa parece su conclusión, extraída de unas citas del mencionado Ford y de Gerald Brenan. Para el primero, España es “un manojo de unidades locales atado por una cuerda de arena”. Por lo que hace al segundo, afirma: “En lo que puede llamarse su situación normal, España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, aunadas en una federación escasamente cohesionada. En algunos grandes períodos (el Califato, la Reconquista, el Siglo de Oro), esos pequeños centros se han sentido contagiados por un sentimiento o una idea común y han actuado al unísono; pero cuando declinaba el ímpetu originado por esa idea, se dividían y volvían a su existencia separada y egoísta”. Estas opiniones las confirma Carr con otra de Olavide, quien veía al país como

Un cuerpo compuesto por otros menores separados y en oposición mutua, que se oprimen y desprecian entre sí y se hallan en un continuo estado de guerra civil. Cada una de las provincias, conventos religiosos y profesiones está separada del resto de la nación y vuelta hacia sí misma… La España moderna se puede considerar (…) una república monstruosa formada por pequeñas repúblicas enfrentadas unas con otras.

Pero la historia no puede explicarse a partir de algunas citas aceptadas sin mayor crítica. Ford se consideraba miembro de una cultura superior encargada de civilizar al resto del mundo, por supuesto a España, y miraba el entorno con ese prejuicio, tan propenso a crear espejismos. En cuanto a Brenan, mantenía una visión de España un tanto romántica e influida por distorsionantes clichés socialdemócratas, que tan a menudo le ciegan a aspectos clave del país donde vivió largo tiempo, si bien siempre en un ambiente anglosajón. Ambos hicieron algunas observaciones agudas sobre España, y otras reveladoras de una profunda ignorancia o falta de sentido común, entre ellas las seleccionadas por Carr. Sobre Olavide, el historiador debe plantearse si sus frases reflejan la realidad o más bien las impaciencias y exageraciones propias de un reformista que encuentra resistencia a sus planes.

    Es cierto que en España subsistieron largo tiempo aduanas interiores, fueros, etc., pero se trataba de instituciones feudales presentes en el resto del Continente hasta tiempos históricamente recientes. Por lo demás, las expresiones de Olavide, Ford y Brenan podrían describir bastante bien la situación de la mayor parte de Europa, empezando por Alemania e Italia, que no lograron formar una nación con Estado propio hasta muy avanzado el siglo XIX. En cambio, coliden con el hecho de que España no hubiera estallado por todas sus costuras, sino que mantuviese hasta el siglo XIX una paz interna mucho más estable que la de casi cualquier otro país europeo, y las fronteras asimismo más estables y de las más antiguas de Europa, contra las cuales se rompería los dientes Napoleón.

    Si creyésemos en las citas mencionadas (“cuerda de arena”, “repúblicas enfrentadas entre sí”, “en continuo estado de guerra civil”), la existencia de España habría sido un milagro inexplicable. Pero ya estamos habituados a esas peculiaridades, no del país sino de tantos historiadores, y los disparates corrientes sobre la Guerra Civil, Franco, etc., sólo continúan una larga tradición. Parodiando el famoso lema turístico de Fraga, diríamos que “España es diferente, pero los historiadores de España lo son más aún”.

También valdría la pena comparar la evolución de España con la del Reino Unido. En cierto sentido, este último ha sido el intento de crear una nación similar a la primera, pero el término español ha tenido siempre un contenido mucho más denso –emocional, cultural y políticamente hablando– que el de británico, formado a partir de una hegemonía inglesa impuesta históricamente a sangre y fuego o por sobornos, muy distinta del caso hispano.   Aun en los siglos XVIII y XIX, diversas acciones u omisiones inglesas en Escocia e Irlanda causaron deportaciones o hambres masivas mucho peores que cualquier suceso ocurrido en España, y que no dejan de recordar a determinadas actuaciones de Stalin en el siglo XX, con rasgos de guerra civil contra una población desarmada. A su vez, las fronteras del Reino Unido hubieron de modificarse de forma muy sustantiva en época tan reciente como 1922, completada en 1948 con la plena independencia de la mayor parte de Irlanda.

    Vistas así las cosas, debe admitirse que, en la pugna de tendencias centrífugas y centrípetas propia de toda sociedad humana, la nación española ha mostrado una persistencia y una estabilidad sorprendentes, si la comparamos con el resto de Europa. 

    Carr, casualmente, ha  ejercido influencia extraordinaria sobre muchos historiadores españoles que se consideran de su escuela. Escribe Juan Pablo Fusi:

Bajo la dirección última de Carr trabajamos en el Centro de Estudios Ibéricos los que creo que podemos considerarnos sus discípulos: Romero Maura, José Varela Ortega, Shlomo Ben Ami, yo mismo, Paul Preston (que hacia 1970 estaba ya en la Universidad de Reading, con Hugh Thomas), Leandro Prados, Antonio Gómez Mendoza (ambos, como historiadores económicos, muy vinculados al tiempo a Patrick O´Brien y Max Hartwell) y Charles Powell…

   En fin, ¿alguna conclusión de todo esto con respecto a la calidad de la historiografía española?

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