Un paseo al amanecer

   Santi  despertó temprano, antes de que sonara el despertador, le quitó el sonido, encendió el flexo de luz azul de su mesilla de noche y escuchó los débiles ronquidos de Mino, su compañero de habitación en la otra cama. Hacía días que quería levantarse pronto para contemplar el amanecer y el despertar de la ciudad, algo que siempre le había agradado especialmente, pero desde que había vuelto a Madrid para comenzar el curso le habían vencido el sueño y la pereza.  Rezó para sí un padrenuestro y un avemaría y fue al baño, después se vistió procurando no hacer ruido y salió a la calle Lope de Haro. Le recibió la noche, un alumbrado público tristón, los plátanos de hojas sucias por los muchos días sin lluvia, y  los colores variopintos de los coches aparcados. Alguna figura aislada y oscura caminaba apresurada por la acera, no había tráfico y las tiendas y bares estaban cerrados. Sintió agrado al percibir cómo todo dormía aún, inmóvil como si estuviera muerto y a punto de volver a la vida. “¿Volvería a la vida?”, pensó, “¿Qué garantía había de ello?”. Y sin embargo estaba seguro. “Es la rutina, la repetición. La costumbre, nada más. Claro que si un día nadie despertase no habría quien lo notara…  Y si nadie podía notarlo, ¿qué…? ¿Qué de qué? ¿Que no existiría el mundo? Si no hay consciencia del mundo ¿hay mundo? Seguiría existiendo, claro. ¿Claro? Pero ¿para quién existiría? ¿Para Dios?… Obviamente,  un mundo sin una consciencia de él no tendría sentido. Existiría, pero sin sentido… ¡Ideas absurdas!  Pero ¿por qué absurdas?”.  

   Aquel año el verano se había prolongado más de lo habitual, de modo que entrado noviembre aún hacía calor, el otoño apenas se notaba más que en las menguantes  horas de luz, en el frescor del amanecer y del anochecer  y en algún que otro árbol cuyas hojas amarilleaban por la costumbre.  “¡Cuándo lloverá un poco y limpiará esta porquería de la atmósfera!”.  Vaciló unos momentos. ¿Dónde podría contemplar la aurora sin que se lo impidieran los edificios? Quizá desde la plaza de Castilla o desde Cuatro Caminos. Optó por la segunda. Se metió por la oscura calleja Berruguete, de estrechas aceras irregulares, hasta la ancha  de Bravo Murillo. En esta, la ciudad se desperezaba: algunos obreros, aquí y allá, caminaban hacia el metro de Estrecho o hacia los talleres o adonde fuera. Santi volvió a sentir un placer cálido al moverse con ellos y observarlos, solos o en pequeños grupos que salían de las calles afluentes o de algún portal. Unos iban charlando y otros en silencio, todavía amodorrados. La vida, efectivamente, recomenzaba y a cada minuto  aumentaba la circulación, aún débil,  de coches y autobuses.

   En Cuatro Caminos el tráfico y el movimiento se adensaban. Grupos de obreros esperaban a los autobuses o bajaban al metro. De pronto, dos o tres muchachos corrieron por la acera tirando unos papeles que sonaron en el aire como aleteos de aves,  cayendo lentos sobre la gente. “¡Hijos de puta!”, gritó alguien. La mayoría hizo caso omiso de las hojas, varios se agacharon a recoger alguna y guardarla en el bolsillo.  Santi recogió una: el sindicato comunista Comisiones Obreras llamaba a una gran manifestación para días después, en varios puntos de Madrid. Motivos salariales a los que añadía las libertades políticas. Lo arrugó y lo tiró a una papelera, la política apenas entraba en sus intereses, y sentía rechazo instintivo hacia los comunistas.  Entró en la cafetería Rubí, donde tomaban café o una copa bastantes madrugadores, alineados a la barra o juntándose en grupillos. Pidió un cortado para acabar de espabilarse, escuchando vagamente las conversaciones. Risotadas por  un chiste que solo le llegó a retazos y no pudo entender. La vida tranquila, cotidiana, repetida. Una impresión vaga de sentido en todo lo que presenciaba aumentó su placidez.

   Salió a pasear por las aceras de la glorieta, calculando desde dónde contemplaría mejor cómo el sol alumbraba una nueva jornada. La afluencia de gente no disminuía, y los obreros fueron siendo sustituidos por empleados de comercios, tiendas  y oficinas, y el tráfico y sus ruidos se adensaron. Por fin, el horizonte comenzó a clarear, amarilleando y azulándose débilmente. Finalmente pudo ver el sol, pero no en su salida, sino ya sobre los edificios entre las calles Fernández Villaverde y García Morato, tiñendo de naranja el cielo por encima de los edificios, y ello le frustró momentáneamente. “La aurora de rosáceos dedos”. ¿Dónde la había leído o escuchado esa expresión? No lo recordaba. “De algún poeta, claro… Ah, sí, la Ilíada”.

   Miró en torno: el metro engullía o vomitaba a gentes de expresión gris o soñolienta, con la mente visiblemente enfrascada o simplemente divagante sobre sus asuntos particulares. Nadie prestaba atención al fenómeno celeste. “Como hormigas, ¡qué contraste!”. Varios compraban periódicos en los kioscos o miraban los titulares: “Van a enterarse de mil cosas que ni les van ni le vienen. Después discutirán con amigos sobre tal deportista o tal partido de fútbol, tal político, Vietnam… Hasta puede que por esas cosas se acaloren y se enfaden…  La curiosidad, la curiosidad gratuita… Qué extraño. En cambio nadie presta la menor atención al sol. Nadie piensa en eso, y, ya ves, eso les toca de verdad a sus vidas. De que salga el sol cada mañana dependen sus vidas, mi vida, toda la vida…” Trató de fijarse en las personas, una por una, y no lo consiguió: pasaban demasiado aprisa y en número excesivo. ¿En qué pensarían o qué sentirían en aquellos momentos?  Dos mujeres mayores que salían de la boca del metro lo miraron con complacencia al pasar y se turbó ligeramente,  dándose cuenta de que iba murmurando en voz baja.

    “Todo es tan extraño, pensamientos vanos, fútiles… Y ahí está el sol metiéndonos en un nuevo día… Un nuevo día…  Pero ¿qué significa eso? ¿Qué significa?”, se repitió. “No es de extrañar que tantos pueblos lo hubieran divinizado… Parece bien claro. El sol es el padre de la vida y la tierra es la madre…” Le sorprendió la ocurrencia “Sí, eso es. La tierra nos produce y nos sepulta. Nos concibe y nos mata. Una gran verdad… ¿Será  la dualidad masculino-femenino la clave del universo? La luz del sol como el semen, análoga al semen…” La idea le hizo sonreír, pareciéndole improbable. “No, más bien sería la lluvia… Pero la lluvia es producida por el sol… Ah, eso es: el sol sería como el Dios creador. No, el creador de la dualidad, así que por encima de ella. ¿Por qué lo representan como un gran padre, con sus barbas…?  Una manera de verlo…La tierra nos produce y nos entierra… Y el sol crea cada día un mundo nuevo. ¿De una nueva oportunidad a la gente?… El hombre moderno ha perdido esa sensibilidad. Vive encerrado entre los muros de los edificios, en  medio del ruido,  no siente hasta qué punto depende del sol, ni se percata, ni piensa en ello .¡Ah, es una gran pérdida de conciencia”.

   Contrariando su reflexión algo acre, una emoción tierna y agradecida lo ganó súbitamente. ¿Qué pasaba? “He aquí a la gente, volcada en sus pequeños afanes, en sus pequeños placeres y penas, odios y amores, en sus trabajos… bajo la luz y el calor del sol, bajo la mirada protectora del gran astro que desde tan lejos les marca las horas de su jornada y los días de su vida… Sin que se dieran apenas cuenta. Algo, una fuerza inmensa que estaba ahí ¿bendiciéndonos?… protegiendo nuestra vida, nuestras pequeñas vidas… Sin que lo sintamos…Es tan parecido a la idea de Dios…”

     A Santi le gustaba, aunque gustar no es quizá el verbo apropiado, contemplar también los ocasos, y le fastidiaban un poco otros aficionados que lo hacían como un recreo, como quien asiste a un espectáculo meramente estético por el que no tenían que pagar entrada. “Es una cosa terrible, el sol es una cosa terrible.  Inquietante. Nadie se preocupa de eso, lo ven como algo natural. Pero ahí está lo extraño, lo inquietante, en lo natural… Lo natural es lo más inquietante. ¿Cuándo se cansará de dar luz y vida…? Ah, los aztecas, que sacrificaban a gente para animar al sol a seguir otorgando sus dones a los pobres mortales. La gente vive una vida gris, le absorben cuarenta mil insignificancias… ¡Cuánta vulgaridad!  Pero ¿qué significa todo eso? ¿Y quién soy yo?”.    

   Otras mañanas, en su Cádiz natal, había presenciado los ocasos, acompañado por divagaciones semejantes, o sin pensar en nada. En este último caso volvía a casa con una sensación placentera, mientras que las reflexiones inconexas terminaban causándole confusión y a veces malestar.

   Por fin, cansado, retornó sobre sus pasos. Seguramente los dos compañeros del piso, Mino y Ramón, estarían aseándose para bajar al bar Brasiliana, al lado de la casa. Allí quedaban para desayunar antes de ir a la universidad. Acaso viniera también Javi, que se había aficionado en los últimos días a desayunar con ellos, y les llevaba amablemente, a él y a Mino,  hasta las facultades en su  Cuatro latas.  “Qué gente tan curiosa, sobre todo Mino. No me extraña que tenga tan poco cariño a sus padres. ¡Mira que ponerle  Epaminondas…! ¡Menuda jugada! Como si lo hubieran querido fastidiar ya desde la cuna”. Sentía ternura por él, tan joven, apenas terminado el bachillerato, con sus enormes ilusiones y animosidades, su timidez y su ambición. No podían ser más distintos, física y anímicamente, y sin embargo se compenetraban. Mino, tan introvertido, con Santi se había confesado, por así decir: “¡La vida corriente es tan vulgar, tan llena de molestias, de insignificancias, de chorradas…! ¡La gente es tan doméstica, tan roma, tan pobre de espíritu, vive por vivir, sin más! A mí la vida solo me parece soportable si puedes estar por encima de la realidad, si tienes una gran aspiración, un ideal, aunque a la gente le parezca que es estar en las nubes. Prefiero exponerme a un batacazo antes que rendirme a la vulgaridad. Además, ¡todo es tan aburrido…! Nunca pasa nada interesante”.  “Mejor así, — le había contestado– ¿qué quieres que pase?  ¿Alguna calamidad?”. “Cualquier cosa antes que esta calma chicha”. Santi se había burlado de él amablemente:  “La vida hay que tomarla en broma  y no pedirle demasiado. Si le pides mucho, serás desgraciado, hazme caso”. 

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**Ningún españolete cosmopaleto dejará de declararse “ciudadano del mundo”. Cuando más paleto, más vanidoso y “mundial”.

**El españolete cosmopaleto es partidario e entregar a soberanía a Bruselas y de colonizar España con el inglés.

**No hay españolete cosmopaleto que no se presente en las redes en inglés.

**El españolete cosmopaleto cree que Gibraltar “es solo una roca pelada, qué nos importa”.

**Si señalas la colonización cultural de España por el inglés, el españolete cosmopaleto dirá: “El inglés es muy útil”.

**El españolete cosmopaleto dive a veces que su patria es la libertad.

**Afirma el españolete cosmopaleto que eso de España es una cosa muy relativa, que no hay que ser fanático, que en realidad solo existe desde la Constitución de 1812.

**El españolete cosmopaleto es, desde luego muy antifranquista y cree que la democracia existe gracias a gente como él.

Etc.

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Un programa de alcance estratégico

“Cita con la Historia” es un programa de alta divulgación que nació hace dos años largos con el fin de combatir la falsificación y en particular la ley de memoria histórica. Llevamos 110 sesiones, en las que hemos tratado desde la Reconquista a la represión después de la guerra civil, desde los separatismos a figuras como Blas de Lezo o el Cid,  desde la ETA a la Transición, el resurgir del islam o, ahora mismo, la evolución mundial reciente después del hundimiento de la Unión Soviética, la historia después del llamado fin de la historia.

La idea básica es que la falsificación de la historia está en la base de la mayoría de las actuales políticas que amenazan con disgregar el país, entre otros males, Mientras ellas no cambien, la política española seguirá por así decir enferma. Un país que ignora, desfigura o desprecia su propio pasado es un país sin futuro. “Cita con la Historia” es, por tanto, un proyecto estratégico, pues trata de cambiar la opinión pública creada mediante lo que el socialista Besteiro calificó de “Himalaya de falsedades” en los últimos cuarenta años. Es una labor de vasto alcance y que exigirá tiempo. El objetivo clave es llegar a la universidad y disputar allí el terreno a los profesionales de la falsificación. Pues de la universidad salen las ideas y los formadores de opinión, y si no se da allí la batalla poco habrá que hacer.

¿En qué medida se han alcanzado estos objetivos? Por ahora, en medida escasa. Aparte los oyentes directos, en www.citaconlahistoria.es  y en podcast, los de youtube oscilan entre 10.000 visitas las sesiones más escuchadas y un millar las menos. Esto nos da buen índice. Pues bien, para que el programa se acerque a sus objetivos estas cifras deben multiplicarse al menos por diez.

¿A qué se debe esta insuficiencia? No a la calidad de las sesiones, que es reconocidamente alta, con informaciones y análisis de bastante mayor profundidad que las habituales. Creo que la causa obedece a tres hechos comunes en lo que llamamos convencionalmente “la derecha” en todas sus variantes: escasa preocupación por la cultura y el pensamiento; escasa disposición a aportar ayuda económica a actividades de este tipo; y pasividad política.

Estas tres deficiencias no pueden vencerse de pronto, pero pueden vencerse, y en ello estamos. Los falseadores de la verdad histórica en España son tenaces, cuentan con medios y subvenciones extraordinarios, y  debemos admitir que hoy por hoy apenas logramos salir de los muros de un gueto. Pero debemos romper esos muros, y podremos, con una sola condición: que nuestros oyentes, que quienes comprendan la trascendencia de la tarea, salgan de la pasividad y se movilicen en dos sentidos: aportando un apoyo económico suficiente y divulgando el programa mediante enlaces y comentarios en las redes sociales y entre los conocidos. Pensemos en lo que supondrían mil o dos mil personas enlazado cada semana el programa desde youtube en las redes sociales: la audiencia se multiplicaría.

Y eso es lo que buscamos, porque el programa no ha de quedar en simple medio de ilustración, sino también de movilización. No hay otra vía para romper los muros del gueto al que intentan confinarnos los defensores del Himalaya de mentiras.

Seguimos con la campaña de 300 por veinte, trescientos oyentes que den en su banco la orden de ingresar 20 euros cada mes a la cuenta del programa, Tiempo de ideas siglo XXI, en el BBVA: ES09 0182 1364 33 0201543346.

   Todos debemos trabajar por una cambio en profundidad de la opinión pública. De ello depende la misma continuidad de España, aunque algunos se nieguen a verlo.

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Teoría de las tres minorías/ Gibraltar y la ETA / Amelia Valcárcel

Recordamos a nuestros amigos oyentes la urgente necesidad de que este programa siga adelante, pues los fondos se están acabando. Cita con la Historia no es un simple programa ilustrativo, sino que quiere ser movilizador contra la falsificación histórica y contra su consecuencia que convierte la política en una farsa dañina y sin gracia. Es preciso que cientos o miles de nuestros oyentes con conciencia de la importancia de esta tarea, difundan el programa comentándolo y  enlazándolo en las redes sociales a partir de you tube, de podcast o de www.citaconlahistoria.es. Y que contribuyan económicamente. Seguimos con la campaña de 300 por veinte, trescientos oyentes que den en su banco la orden de ingresar 20 euros cada mes a la cuenta del programa, Tiempo de ideas siglo XXI, en el BBVA, que es la siguiente: ES09 0182 1364 33 0201543346.

 Nuestro propósito es llegar ampliamente a la Universidad, hoy tan envilecida, porque es de ella de donde sale el pensamiento político y  los formadores de opinión pública. Esta es una tarea de gran aliento y a largo plazo, pero la estamos empezando, y entre todos haremos que vaya adelante.

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La sociedad humana se distingue de las animales por su extrema individuación y desigualdad, de ahí que dentro de ella haya una tendencia al movimiento desordenado y al choque entre personas y grupos.  Dentro de ello, propongo que pueden encontrarse básicamente tres minorías: una que podemos llamar culta y activa, una inculta y pasiva, y otra inculta y activa. Por cultura, en este sentido, no entiendo solo una acumulación de conocimientos, sino sobre todo cierto criterio para ordenarlos y entender su lógica –nunca del todo, por cierto–, y cierta conducta no demasiado desequilibrada. Este sector es el que fundamentalmente mantiene y hace avanzar a la sociedad. Según la teoría, creo que de Pareto, no me hagan mucho caso ahora, el 20% hace el 80% de las cosas, por lo que podríamos decir que se trata de ese sector. Otro gran grupo social es pasivo y no se interesa por más asuntos que los que le atañen personalmente y a sus intereses más inmediatos, generalmente tener algún dinero y diversión. Se amolda a cualquier régimen o a cualquier situación, viene a ser un peso muerto, pero en situación de crisis profunda puede ser  el que impide o dificulta un hundimiento social generalizado.  La última minoría se compone de personas como las anteriores, con una visión muy estrecha de sus intereses personales, pero  al mismo tiempo descontenta y dispuesta a creer cualquier idea o teoría general que satisfaga su “mala leche”. Este grupo se revela con gran violencia y a menudo con extrema crueldad  en ocasión de crisis revolucionarias.

    Los tres grupos no están separados claramente, no se les puede distinguir, por ejemplo, por los ingresos económicos o como clases sociales, sino que se interpenetran y además varían cuantitativamente. En momentos de convulsión, el tercer grupo puede crecer repentinamente, y en general los tres aumentan y disminuyen según las circunstancias.

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**He seguido la discusión sobre su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Al contrario de  lo que decía uno, me parece que la reacción de Alberto ante la muerte de su padre biológico está muy conseguida, muy bien trabajada,  la traslada del plano anímico al plano físico, biológico. Intelectualmente, a Alberto no puede afectarle demasiado el haber ocasionado la muerte de su padre. Es una reacción lógica y normal: no le importa mucho esa muerte, no puede importarle gran cosa, la ocasiona pero prefiere estar ausente de ella por quién sabe si motivos estéticos o algo de ese estilo. Es algo al margen de su conciencia, de su intención, es algo físico, biológico, lo que le provoca una gran convulsión, también física, una convulsión que  le “culpa y le libera” al mismo tiempo, una cosa realmente contradictoria. (Miguel Ángel Gutiérrez)

   A decir verdad, esa interpretación no figuraba en mis intenciones al escribir la novela. Salió así, simplemente.

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La izquierda tiene convicciones y principios, aunque sean falsos. La derecha española solo tiene intereses, y muy pedestres.

Mientras subsista la colonia de Gibraltar, España no podrá ser un país respetable ni respetado.

La colaboración de los gobiernos con la ETA y con Gibraltar son dos aspectos de una misma política.

El PP no se ha rendido ante la ETA: colabora con ella, siguiendo la política del PSOE de ZP

Tampoco ha vencido la ETA. Ha avanzado desde estar al borde del abismo con Aznar. Avance gracias a ZP y PP.

Dice una tal Amelia Valcárcel que no tenemos por qué permitir a los imames lo que no permitimos a los curas. Con esa frase solo revela una arrogante estupidez y mala fe.

La cultura europea tiene su raíz más profunda en el cristianismo, en los curas, que diría doña Amelia, y no en las amelias valcárcel

Quién será esa Amelia Valcárcel para permitir o dejar de permitir nada. Como si la democracia dependiera de ella y sus amigos.

El despotismo, la ignorancia histórica y la tontería contenidas en la frase de Amelia Valcárcel. Creo que es filósofa. Así va el pensamiento en España.

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Rusia tras “el fin de la historia”.

**”Las cuestiones básicas de la guerra civil están perfectamente aclaradas en el plano intelectual, aunque no en el plano popular. La cuestión, a estas alturas, solo puede tratarse relacionando aquel pasado con la actualidad. Es lo que he querido hacer con el libro La Guerra Civil y los problemas de la democracia en España.

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Así como Usa ha provocado numerosas guerras después del derrumbe soviético, Rusia no quedó en condiciones de causar ya ningún conflicto serio exterior por largo tiempo. Las reformas de Gorbachof, llamadas perestroika, solo funcionaron en el sentido de crear  una sensación de derrumbe, sin conseguir reactivar la economía.  El modo como se produjo el colapso fue interesante. En marzo de 1991 se hizo un referéndum con una pregunta sobre la continuidad de la Unión Soviética, como federación de estados soberanos (lo que era una contradicción). Un 78% votó a favor de que continuase la Unión Soviética. En agosto hubo un intento de golpe de estado de los duros del comunismo para frenar las tendencias disgregadoras, pero fracasó rápidamente, pues para entonces el ejército estaba desmoralizado y no sabía a quién obedecer. Boris Yeltsin  apareció como el líder principal, por encima de Gorbachof.  Yeltsin declaró ilegal la anexión de los países bálticos y decretó la disolución del partido comunista. En diciembre, haciendo caso omiso del referéndum, Yeltsin y los presidentes de Ucrania y Bielorrusia decidieron por su cuenta, la disolución de la Unión Soviética, mediante el tratado de Belavezha, convirtiéndola en Comunidad de Estados Independientes, una nueva contradicción, por lo que Gorbachof quedó desplazado y tuvo que dimitir.

   A partir de ahí, el imperio se desintegró  con rapidez, aunque en algunos casos se mantuvieran unos lazos unitarios poco más que simbólicos, de modo que Moscú no solo perdió su control sobre los países satelizados de su entorno, sino  también gran parte de lo que había sido Imperio ruso antes de la revolución. Se independizaron Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, Moldavia Usbekistán, Kazajistán, Tayikistán, Kirguistán, Turkmenistán; en el Cáucaso se le fueron Georgia y Armenia y Azerbayán y estuvieron cerca de lo mismo Chechenia y otros, lo que motivó dos guerras entre 1994 y 2009. Todos estos fenómenos habrían sido inimaginables muy poco antes.

   Yeltsin aplicó una “terapia de choque” diseñada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para transformar con rapidez la economía socialista en capitalista. Las reformas fueron acometidas con gran entusiasmo y esperanza por gran parte de los rusos, pero no dieron los resultados esperados. La privatización rápida de inmensos recursos creó una capa de los llamados oligarcas, inmensamente ricos y corruptos, en su mayoría antiguos comunistas, que llevaban a cabo peleas mafiosas entre ellos, incluso con empleo de tanques. Moscú se convirtió en la ciudad más violenta del mundo. Todo ello debería ser compensado por la expansión de la democracia liberal al país,  que fue  acometida con entusiasmo, como otro de los elementos del “fin de la historia”, con la esperanza de que pasados unos años de penurias, todo mejorarían más que nunca antes.

    Pero los resultados fueron desalentadores, Solzhenitsin, el opositor más emblemático al régimen soviético, había escrito un ensayo sobre como reorganizar Rusia, mediante un régimen presidencialista fuerte y advirtiendo que una democratización rápida no tendría efecto si no se construían sólidas administraciones locales con una considerable autonomía. Para entonces mostraba una gran desilusión con los países occidentales, criticando su hedonismo pedestre y su pérdida de valores morales, por lo que dejaba de ser un modelo para los rusos. En todo caso, sus recomendaciones sirvieron de poco, y en 1992 escribió Rusia bajo los escombros, una denuncia de los mil abusos y tropelías creados por el modo como se estaba llevando a cabo la democratización y la transformación económica.

   Yeltsin gobernó desde 1991 a 1999, y su gobierno no fue un éxito. Económicamente,  la economía se desplomó en gran parte, llevando a condiciones dramáticas el nivel de consumo de las masas, y el PIB quedó reducido a la mitad, los precios aumentaron a gran velocidad, lo mismo que la deuda externa, lo que privaba a Rusia de capacidad de maniobra internacional. El alcoholismo se disparó, que siempre había sido un problema serio en Rusia (el propio Yeltsin era alcohólico). Las protestas populares fueron subiendo de tono, por lo que en 1993 Yeltsin disolvió el Soviet Supremo y el Congreso de Diputados, medidas que fueron declaradas ilegales por ambas instituciones, que lo destituyeron. Pero Yeltsin tenía suficientes apoyos en el ejército para contraatacar con tanques a la sede del  Parlamento, en una acción que dejó más de medio millar de muertos. Nuevas elecciones vieron un resurgir de los comunistas y de grupos nacionalistas, aunque Yeltsin no solo continuó gobernando, sino haciéndolo con más poderes mediante una nueva Constitución.

   En estas circunstancias, el gobierno intentó parar la ola de independencias, que se había extendido a Chechenia, por lo que comenzó una dura guerra en la zona,  que duró dos años. El ejército ruso demostró entonces escasa capacidad, aunque su superioridad militar le dio una victoria dudosa. Por otra parte el país seguía disponiendo de un enorme arsenal nuclear cuyas condiciones de mantenimiento distaban de ser excelente, lo que generaba preocupación fuera del país.

    A pesar de su creciente impopularidad, Yeltsin ganó las elecciones de 1996, gracias a su control de los grandes medios de masas, que estaban en manos del grupo de supermultimillonarios que habían hecho su fortuna gracias a sus conexiones políticas, pero la economía no mejoraba, sino que empeoraba, y abocó a la imposibilidad de pagar las deudas, provocando un pánico financiero en Occidente, que hundió el rublo. Sus enemigos políticos intentaron procesarle por ilegalidades como la disolución de la Unión Soviética, evidentemente ilegal, la disolución del Parlamento en 1993, y la guerra de Chechenia, pero no tuvieron éxito.

   Era evidente que el presidente estaba cada vez más fuera de la realidad, y cuando la OTAN decidió atacar a Serbia para asegurar la secesión de Kosovo, Yeltsin advirtió a la OTAN de que si se desplegaban tropas terrestres en Kosovo, Rusia intervendría aunque con ello se produjese una guerra europea e incluso mundial. En todo caso, la OTAN no tuvo necesidad de desplegar tropas terrestres, sino que se limitó a machacar sistemáticamente desde el aire a los serbios, protegiendo a las guerrillas kosovares. Cuando estaba a punto de intervenir en tierra, el propio Yeltsin presionó a los serbios para que aceptaran las condiciones de paz, en el fondo de rendición, que separó a la región de Serbia, la cual seguía con el nombre oficial de Yugoslavia.

   A su vez, Usa, con Clinton, atacó a Yeltin por sus bombardeos en Chechenia, por lo que Yeltsin le recordó que Rusia seguía teniendo un gran arsenal nuclear. A su vez, Clinton le recordó lo falso de sus amenazas cuando el caso de Kosovo.. El ejército  convencional ruso padecía de mala organización y baja moral, y la amenaza de emplear armas nucleares no era creíble, cuando no se habían utilizado en la guerra fría y en aquellos momentos la ventaja de Usa era abrumadora en todos los terrenos.

   Sin embargo, estos incidentes demuestran que los intereses rusos y los de Usa y la OTAN no eran fácilmente armonizables  en base a una democracia liberal. En los primeros tiempos, tanto Gorbachof como Yeltsin había sido elogiados con estilo protector, como héroes en Usa y Europa occidental, y ellos, a su vez, habían mostrado la mejor disposición a dejarse aconsejar e incluso conducir por sus antiguos enemigos. Pero ocho años después era evidente que Yeltsin y Rusia en general, se estaban resintiendo moralmente de aquella política, que consideraban humillante, y de los retrocesos políticos y económicos, y pérdida de prestigio internacional que había sido la tónica desde 1991. La historia, una vez más, no había terminado, sino que las tensiones entre los antiguos adversarios iban subiendo de tono, si bien la absoluta supremacía militar useña garantizaba por un largo espacio de tiempo que la sangre no llegaría a río.

   A finales de 1999, Yeltsin dimitió inesperadamente, dejando paso a Putin, lo que abría una nueva etapa en Rusia. Putin ha gobernado Rusia desde entonces, con un período intermedio de Medvédef, hombre de confianza suyo, entre 2008 y 2012. Procede del KGB, el aparato de policía secreta, espionaje y contraespionaje soviético, rival de la CIA useña durante muchos años  y desde el principio mostró una determinación  y realismo que contrastaban con la conducta cada vez más errática de Yeltsin. Putin  ha considerado como una tragedia la desaparición de la Unión soviética, no solo para los rusos, sino también para la estabilidad mundial, un aserto bastante discutible. No obstante, había dejado de ser comunista y ha procurado congraciarse con los sectores religiosos y conservadores, afirmando haber sido bautizado de niño en secreto.  Una de sus frases es que quien no añora la Unión Soviética no tiene corazón, y quien cree que puede volver no tiene cabeza. En realidad actuó desde el principio como un nacionalista ruso, muy molesto con la supremacía useña y de la UE, asumiendo las críticas de Solzhenitsin al decaimiento moral atribuido a Occidente. Otra de sus frases es: “Sin los valores familiares tradicionales, la sociedad se degrada. Esto, por supuesto, es conservadurismo”. De hecho, aunque menos arbitrario que Yeltsin, viene gobernando con gobiernos “fuertes”, lo que le ha valido fama de autoritario, incluso de dictador, y de haber suprimido a rivales suyos.

   Hay que decir que, dado el desbarajuste económico y político creado anteriormente, la mayoría de la población estaba deseando un gobierno fuerte que impusiera orden y frenase los elementos que podían conducir a la disolución social. Putin demostró ser el hombre que respondía a esas exigencias, hasta el punto de que la democracia, tal como se interpreta en Occidente, ha sufrido retrocesos considerables. Putin ha sido criticado por promover leyes que  restringen las posibilidades de la oposición –la mayor parte de ella comunista o ultranacionalista–, por imponer un control creciente de su partido, llamado Rusia Unida, sobre los medios de comunicación, lo que le proporciona una ventaja de partida en las elecciones (algo parecido, aunque no limitado a un partido, ocurre en los muchos países occidentales, empezando por Usa), se le ha criticado por utilizar la justicia  de manera selectiva contra sus enemigos políticos o contra los supermultimillonarios que financiaban a partidos de oposición, por estar complicado en el asesinato de una periodista muy crítica con él o por el encarcelamiento de uno de los mayores  “oligarcas” llamado Jodorkovski, acusado de delitos económicos, y que casualmente financiaba a partidos de oposición. Varios de los más importantes multimillonarios consideraban que debían intervenir en la política, mientras que Putin ha preferido, y les ha impuesto, ocuparse de sus negocios y no utilizarlos políticamente. Excepto, claro, si le beneficiaban a él.  Otras críticas le tachan de haber reanudado la guerra de Chechenia con violaciones de los derechos humanos, cosa que también ha hecho Usa en sus guerras recientes.

    También ha sido acusado de fraude electoral, cosa poco probable por innecesaria, pues las encuestas demuestran que Putin disfruta de un apoyo popular bastante superior al de cualquier líder occidental, superior incluso al de Reagan en su segunda elección. Al parecer, después de la desastrosa década de Yeltsin, los rusos en su mayoría desean resultados concretos aunque sea a costa de suprimir algunos rasgos de la democracia liberal. Putin ha sido definido en países occidentales como un autócrata, lo que es bastante excesivo, pues las elecciones permanecen, así como las libertades políticas, aunque restringidas y en algunos aspectos falseadas.

   Durante el período de Putin, que en la práctica va ya por los dieciséis años, formalmente por doce, Rusia ha vuelto a crecer económicamente a fuerte ritmo, el orden público se respeta, acabaron las reyertas entre mafias y oligarcas, y Moscú ha dejado de ser una ciudad violenta, los niveles de corrupción han descendido notablemente.  El Producto interior bruto en 2007 era dos veces y medio superior al del último año de Yeltsin. Después sufrió los efectos de la crisis mundial, pero en medida mucho menor que en otros países, no solo en España. Y en 2010 volvió a crecer con bastante rapidez. En 2014, con motivo de la crisis de Crimea, la economía volvió a experimentar una contracción, debida a las restricciones financieras y a su comercio exterior impuestas por Usa y la Unión Europea, así como a la bajada de los precios del petróleo y el gas, de cuya exportación ha dependido en alto grado la relativa prosperidad de aquellos años.

    La cuestión de Crimea nos lleva a otra cuestión relacionada con el fin de la historia. El hecho de que Rusia se fuera rehaciendo notablemente después de su caótica experiencia de los años 90 no podía dejar de sembrar inquietud entre sus vecinos, en los cuales está fresca la memoria del tradicional expansionismo ruso y soviético. También la OTAN y Usa vienen demostrando inquietud, y creando una situación que los rusos interpretan como de intento de cerco. Realmente Rusia no está ni de lejos en condiciones de representar una amenaza militar ni lo estará en mucho tiempo, a pesar de que presta gran atención a la modernización de su armamento. Baste considerar que los presupuestos militares useños casi septuplican a los rusos, y los del conjunto de Francia, Inglaterra y Alemania juntos casi los doblan.  La percepción rusa es que la OTAN está desarrollando una estrategia de cerco militar por medio de bases y presencia militar en torno a sus fronteras, para imponerle la voluntad de Usa y la OTAN en cualquier caso.

En Occidente se ha criticado el aumento en los presupuestos rusos de defensa como una conducta “agresiva”, cuando en realidad no son grandes aumentos, que tampoco soportaría la economía rusa, que dista todavía de ser lo bastante diversificada y voluminosa como para competir no ya con Usa, sino con las principales naciones de la UE.  Putin ha replicado: “Usa tiene bases por todo el planeta. ¿Y me dice que nosotros desarrollamos una política agresiva?”.  Y ha contraatacado con críticas a las acciones occidentales en los países árabes: “Quienes generaron los conflictos de Oriente Medio, ¿se dan cuenta de lo que han hecho?”, o sobre el asesinato de Gadafi, sacando partido para el interior de Rusia: “No queremos la clase de democracia que han llevado a Irak”.

     La alarma de Moscú creció mucho más con motivo de las manifestaciones –que seguían la tónica de las “primaveras árabes—con la que parte de los ucranianos decidieron derrocar al gobierno –salido de las urnas—del proruso Yanúkovich, en 2014, e implantar otro favorable a la OTAN y la UE. Moscú lo interpretó como un golpe de estado contra sus intereses, que afectaba de modo inmediato a su capacidad militar, puesto que en Crimea estaba la principal base naval rusa en el Mar Negro. De hecho, Crimea pertenecía a Rusia hasta que Nikita Jruschof, un dirigente soviético de origen ucraniano, decidió arbitrariamente  traspasarla a Ucrania en 1954. En aquel momento, el traspado no significaba nada política ni militarmente, pues nadie pensaba que la Unión Soviética fuera a desaparecer en un futuro previsible. Pero en 2014, con una Ucrania hostil a Moscú y deseosa de integrarse en la OTAN, es normal que Rusia se sintiera amenazada. Como resumió el líder ruso, “Queremos que la OTAN venga a visitarnos a Sebastopol, no que nosotros tengamos que ir allí a visitar a la OTAN”. Y dado que parte importante de la población ucraniana es rusa o prorusa, Moscú decidió apoyar movimientos separatistas contra el nuevo gobierno ucraniano. Estos hechos han sido descritos generalmente en Occidente como actos agresivos contra el orden mundial. Francamente, esta acusación es muy difícil de sostener, pues lo cierto es que se estaba planteando una clara amenaza a los intereses rusos, y que pocas potencias habían alterado más el orden mundial en los últimos años más que Usa y sus aliados de la UE.  

    Otro nuevo foco de tensión se produjo en Siria, cuando Usa y la UE, en particular Inglaterra, decidieron el derrocamiento de Al Asad arguyendo que era un tirano, y apoyando a los enemigos de aquel régimen, externos e internos, mediante la consabida táctica primaveral de las manifestaciones supuestamente pacíficas. Rusia mantiene una alianza con Siria, que le permite la única base naval rusa fuera de su territorio, en Tartús. Si el régimen de Asad caía, perdería esa baza, aparte de un aliado estratégico. Por su parte, Asad no estaba dispuesto a ceder el poder, máxime a la vista de lo ocurrido con Gadafi o Mubarak. La situación degeneró rápidamente en una guerra civil de grandes proporciones, con los occidentales apoyando a supuestos demócratas, y con el surgimiento de un Estado islámico especialmente espantoso, que de paso masacraba a los cristianos y otros grupos, y que gozaba de evidentes ayudas y complicidades en otros países musulmanes y en Occidente. Desde luego, aquellos grupos no fueron ni remotamente atacados del modo como lo había sido el Irak de Sadam Husein o la Serbia de Milósevich.  Asad, por tanto, pidió ayuda a Moscú, que atacó a los rebeldes, incluido el Estado islámico. Ello obligó a otros países occidentales a “hacer algo”, ciertamente muy poco y de paso a acusar a los rusos de realizar bombardeos sobre escuelas y hospitales, una acusación reiterada también mil veces contra Israel, curiosamente. El hecho real es que Siria está siendo destrozada por una feroz guerra civil en la que las responsabilidades de Usa y de la UE son evidentes.

    En todo ello están involucrados como siempre intereses económicos sobre el trazado de oleoductos y explotación de yacimientos petrolíferos.

   Lo que observamos es que Rusia ha venido rehaciéndose desde el año, 2000, que ello es visto con alarma por algunos de sus países vecinos, que Usa y la UE parecen creer en una amenaza a largo plazo que quieren tener bajo control mediante injerencias y hostigamiento, y que en Rusia existe la decisión de seguir fortaleciéndose frente a lo que juzga amenazas muy reales.

   Podemos plantearnos adónde puede llegar Rusia. Su economía, pese a los éxitos, es muy vulnerable, sus intentos de formar una gran asociación económica con China no es probable que puedan rivalizar con otros intereses y socios chinos, como la propia Usa o la UE. Además, la pobladísima China tiene al lado los inmensos territorios semideshabitados de Siberia, lo que plantea una amenaza potenial para Rusia y dificulta una cooperación real a largo plazo. Añádase que la población rusa desciende por la baja natalidad y la emigración, y que está bastante envejecida (como por lo demás, la europea occidental) Pero, por otra parte, Usa no está tampoco en condiciones de realizar una agresión directa como la de Irak, puesto que Rusia mantiene un arsenal nuclear y dispone también, aunque en pequeño número, de armas avanzadas. Y tampoco parece probable que pueda repetir en Moscú la táctica de las manifestaciones primaverales. Por tanto, la historia continúa  de modo parecido a la guerra fría, por medio de movimientos diplomáticos y subversivos en unos lugares u otros, con Rusia tratando de explotar los puntos débiles y el descontento que la hegemonía useña o europea suscitan en muchos lugares; y viceversa.  Desde luego, el mesianismo ruso ha desaparecido o no tiene ninguna posibilidad de ejercerse. No ocurre lo mismo con el mesianismo useño

 

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El mesianismo useño después del “fin de la historia”

En “Cita con la Historia”, sobre el mesianismo ruso y soviético, y la evolución tras la caída de la URSS: https://www.youtube.com/watch?v=3d7g0KLIf_8

“Cita con la Historia” es el único programa orientado contra la sistemática falsificación del pasado por los totalitarios de la “memoria histórica”.  La tarea no solo es necesaria, es también urgente.  Que el programa rompa los muros del gueto del silencio y llegue ampliamnte a la gente, en especial a la universidad, puede conseguirse si nuestros oyentes colaboran con él  difundiéndolo en las redes y entre sus círculos de conocidos, y sosteniéndolo económicamente en la “Campaña 300 por 20″: trescientos seguidores que encarguen a su banco la aportación mensual de 20 euros.

**”Las cuestiones básicas de la guerra civil están perfectamente aclaradas en el plano intelectual, aunque no en el plano popular. La cuestión, a estas alturas, solo puede tratarse relacionando aquel pasado con la actualidad. Es lo que he reido hacer con el libro La Guerra Civil y los problemas de la democracia en España.

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Puede definirse como un mesianismo democrático combinado con expansionismo económico  y militar por América y por todo el mundo, aunque, generalmente, sin anexionarse a otros países al modo del colonialismo o el imperialismo clásicos. En la II Guerra Mundial, Usa ayudó a librar a Europa del totalitarismo nazi, para lo que necesitó aliarse con el totalitarismo  soviético, algo inevitable, pero libró a Europa occidental de uno y otro. Es probablemente el mayor servicio que ha hecho a la causa de la democracia en el mundo, aunque desde luego no siempre fue así. Cabe señalar que fue también el único país participante en la guerra mundial que salió de ella mucho más próspero, habiendo superado la Gran Depresión comenzada en 1929. Inglaterra, en cambio,  salió quebrada y endeudada hasta las cejas, aunque Usa le condonó las deudas a cambio que de Inglaterra abriese sus posesiones al comercio e inversiones useñas, creando así cierta dependencia. Así, Usa se hizo con el control del petróleo de Oriente Próximo, antes en manos inglesas, por ejemplo.

   Lo anterior nos permitirá entender lo que ha venido ocurriendo desde la caída del Imperio soviético. Como es sabido, la II Guerra Mundial, en la que soviéticos, useños e ingleses fueron juntos, fue sucedida por la Guerra Fría, en la que los antiguos aliados compitieron por imponer su sistema por todo el mundo, evitando el enfrentamiento directo, que habría provocado una destrucción mutua. La guerra fría se compuso de golpes de estado, intervenciones militares, revoluciones, carreras de armamentos, etc. por gran parte del mundo. Cuando la Unión Soviética se vino abajo por su atraso científico y tecnológico en relación con Usa, y por su incapacidad de reformarse, quedó Usa como única superpotencia mundial. Ello debía provocar la imitación de su sistema político por todos los países, y para asegurarse de que fuera así, la fuerza militar useña superaba a todas las demás fuerzas militares juntas, y la OTAN, creada contra el expansionismo soviético, se mantuvo intacta ante posibles nuevos desafíos. De este doble hecho, la victoria política del sistema useño y su enorme superioridad militar, surgía la idea del fin de la historia expuesta por Fukuyama, en el sentido de que  las guerras serían cada vez más imposibles, debido por una parte a la atracción de la democracia liberal y por otra a la amenaza militar contra quienes pudieran resistirse.

    La política señalada recibió un rudo golpe con la guerra de Vietnam, que desmoralizó al país por bastantes años. No fue hasta la llegada de Ronald Reagan al poder, en 1981, cuando la antigua política fue reanudad con creciente ímpetu. Mediante la CIA y ocasionalmente mediante los marines, se propiciaron golpes de estado e intervenciones contra regímenes izquierdistas o de tendencia comunista, como el de Nicaragua, reimpulsó la carrera armamentística con la URSS y una actitud dura ante cualquier desafío, como en Libia y en otros lugares, como la isla de Granada o el derrocamiento de Noriega en Panamá.  No todas las operaciones le salieron bien, pues en 1983 los marines desplegados en Beirut sufrieron un atentado que mató de un golpe a 241 de ellos, además de a 58 paracaidistas franceses. Como consecuencia, los dos países tuvieron que retirar su presencia militar del país.

   Pero el enemigo principal era la URSS, y Reagan aplicó a fondo la doctrina de los derechos humanos para doblegar la ideología igualitaria comunista, insistiendo a Gorbachof, el entonces líder soviético, a derribar el muro de Berlín, que por sí solo constituía un ejemplo práctico de lo que significaba un régimen soviético. Todo ello contribuyó a la caída de la Unión Soviética en 1991. También debe señalarse la influencia del papa Juan Pablo II, que rectificó la política eclesiástica de “diálogo con los marxistas” y de tendencias  llamadas progresistas y filocomunistas que estaban despoblando seminarios y arruinando a las órdenes religiosas. Su visita a Polonia en 1979 desató una creciente movilización popular que debilitó fuertemente la dictadura soviética, abriendo una brecha en su sistema de estados satélites.

   Como decimos, a partir del derrumbe de la URSS, pareció que el mundo solo podía avanzar en una dirección, y de modo abierto o implícito, Usa prosiguió con sus injerencias y negación de la soberanía de otros países, con amenazas de “volver a la edad de piedra”, mediante bombardeos, a quienes no obedecieran, expresión ya utilizada en Vietnam, y vuelta a emplear en relación con Afganistán y Pakistán.  Rusia quedó por una buena temporada fuera de combate a todos los efectos, sumida en graves problemas internos. Mientras, Japón, aunque una democracia homologable a las occidentales, se estancaba económicamente  después de décadas de crecimiento espectacular. China, en cambio, ha venido creciendo a unas tasas casi nunca vistas una vez abandonó la economía de Mao, aunque no el monopolio del poder por el Partido Comunista.  

     Las intervenciones militares se planteaban a veces como misiones de paz o humanitarias, como la de Somalia, en 1993, que terminó asimismo en retirada ante el terrorismo de los cabecillas militares que se repartían el país, y la hostilidad de la población.

    Pero sin duda los hechos más instructivos y a gran escala fueron las dos guerras de Irak, la de Afganistán, y las llamadas “primaveras árabes” en los últimos años y la guerra civil en Siria.

    La primera guerra de Irak o del Golfo, en 1991, fue precedida por otra entre Irak e Irán desde 1980 a 1988.  Irán era un país integrista islámico (chiíta) que fomentaba las corrientes más fundamentalistas, mientras que el régimen de Sadam Husein en Irak era más o menos laico, con bastante libertad para los cristianos. Se dieron cosas como la venta de armamento useño a Irán, pese a estar prohibido, para con sus ganancias financiar movimientos contra el gobierno comunistoide de Nicaragua, un maquiavelismo que causó gran escándalo en Usa. En general, Usa, Francia y la URSS ayudaron a Irak, que también empleó armas químicas, prohibidas, que le vendieron Usa y Alemania. Después de entre medio millón y un millón de muertos, la contienda terminó sin vencedor. De aquella guerra, Irak salió muy endeudado, y en 1991 invadió Kuwait para hacerse con sus pozos petrolíferos. Sadam Husein alegaba que Kuwait  era una provincia irakí, segregada por el imperialismo inglés después de la I Guerra Mundial, en su política de repartirse el territorio árabe con Francia, y que Kuwait estaba robando petróleo que pertenecía a yacimientos irakíes. Tras unas vacilaciones, el gobierno de Usa decidió atacar a Irak asegurándose el respaldo de la ONU y capitaneando una coalición de 34 países, entre ellos España. Aunque Irak poseía un potente ejército convencional, la superioridad técnica de Usa era tan absolutamente aplastante que la guerra propiamente dicha duró poco más de un mes, y el ejército irakí fue literalmente aplastado.

  Terminada la guerra, Sadam permaneció en el poder, pero  durante diez años Irak fue sometido a un embargo que empobreció a la población, y las aviaciones useña e inglesa siguieron realizando ocasionalmente bombardeos sobre objetivos militares y económicos. Se suponía que la lección serviría para que otros países se guardasen de alterar el orden internacional como había hecho Husein al invadir Kuwait, pero no al invadir Irán. El gobierno de Bush padre recibió fuertes críticas al ser acusado de no haber completado la operación derrocando a Sadam.

   Entre tanto, en Europa se producía, en Yugoslavia una larga guerra en la que Usa y la OTAN intervinieron, en 1995 y 1999, para asegurar la desmembración del país en seis nuevos estados y finalmente en siete, uno de ellos musulmán y otro albanés, aplastando el hegemonismo de Serbia, que resultò la gran perdedora.

      Y el 11 de septiembre de 2001 terroristas islámicos destruyeron las torres gemelas en Nueva York, símbolos del poderío useño.  La represalia de Usa consistió en invadir Afganistán, que después de la expulsión de la URSS había caído en poder de los talibanes, a quienes había ayudado Usa contra los soviéticos, y donde residía Ben Laden, considerado el cerebro del atentado de Nueva York y fundador del grupo terrorista Al Qaeda. Se repitió lo sucedido en Irak y en Yugoslavia, con participación de la OTAN, y los talibanes fueron derrocados con gran rapidez, aunque Ben Laden logró escapar.  Parecía confirmarse la teoría: quienes alterasen la paz y el orden internacional, si perjudicaban a Usa, serían drástica e irremisiblemente castigados por una fuerza militar sin parangón en la historia,  respaldada por la ONU y la OTAN.

   Y en la misma estela, en 2003, once años después de la primera guerra de Irak, Usa decidió rematar la faena derrocando a Sadam Husein. Para ello lo acusó de  almacenar armas de destrucción masiva. La acusación tenía todo el aspecto de constituir un pretexto, pues las instalaciones militares y administrativas de Irak estaban sometidas a permanente control de enviados de la ONU, y después de la guerra nunca se encontraron tales armas. Esta segunda invasión de Irak resultó militarmente más fácil que la primera, pero políticamente encontró un fuerte rechazo popular en Europa, orquestado sobre todo por unas izquierdas que en España y otros países siempre habían tenido vertiente totalitaria, lo que en parte lo desacreditaba. Muchos gobiernos se desentendieron, aunque algunos, entre ellos el español, apoyaron la intervención. Aunque se ha dicho que el objetivo era hacerse con el petróleo irakí, se trataba fundamentalmente de imponer una democracia de estilo occidental en Irak, mediante un período de ocupación militar. Se esperaba que un régimen así trajese mayor prosperidad y libertad a la población, atrajese a otros países de la zona, frenase el auge de los terrorismos y del islamismo radical  y constituyese un seguro para Israel. Frente a quienes alegaban que aquellas poblaciones nunca habían vivido en democracia al estilo occidental, ni la deseaban, ni su cultura parecía compatible, la doctrina era que los mismos problemas habían existido en Alemania y en Japón después de la guerra mundial, y sin embargo se había logrado asentar allí democracias bastante homologables a la useña o a la inglesa.

    Sin embargo, allí fracasó toda la estrategia. La resistencia a las tropas de ocupación convirtió una fácil victoria tecnológica en una guerra prolongada, muy costosa, con un chorreo de muertos useños que la opinión pública aceptaba cada vez menos. Y las disputas y el terrorismo entre las propias facciones musulmanas y la corrupción de los gobiernos, volvió la situación ingobernable. Finalmente, Usa tiró la toalla, después de perder grandes cantidades de dinero y un número significativo de soldados. Con Sadam Husein, el islamismo radical prácticamente no existía en Irak, pero después  el país se convirtió en un foco de fundamentalismo y yijadismo, parte de él en la forma de un Estado islámico increíblemente cruel y sanguinario. Y en Afganistán ocurrió un proceso muy semejante: las fuerzas de ocupación no han conseguido controlar el país, los talibanes se sostienen en varias regiones, y hablar de democracia suena a broma. Previsiblemente el poder vuelva de nuevo a manos de quienes fueron derrotados con tanta facilidad inicial. La enorme superioridad militar useña y de sus ayudantes de la OTAN ha demostrado servir de muy poco frente a otros tipos de guerra, como ya había ocurrido en Vietnam y los soviéticos habían sufrido antes en Afganistán. Se ha criticado a Obama por anunciar plazos de retirada, pero no parece que pueda lograrse nada alargando la sangría económica y también de muertos, sin perspectivas de arreglo.

 Como alternativa a la invasión directa, entre 2010 y 2013, el mesianismo democrático de Usa y la UE decidió apoyar y valerse de supuestos movimientos democráticos en varios países árabes para derribar  a gobiernos dictatoriales, pero en la mayoría de los casos no fundamentalistas ni antioccidentales, de modo que fueran ellos mismos, respaldados por dinero y armas cuando fuera preciso, los que transformaran en democracias a varios de aquellos países. La técnica  consistió en fomentar manifestaciones en lugares públicos que concitasen la atención de todos los medios del mundo, hasta que los gobiernos cayesen. El primer caso fue Túnez, que en realidad era el país más parecido a una democracia en el norte de África, pero el gobierno, fue acusado de corrupto.

   A imitación de Túnez, en Egipto salieron a la calle decenas de miles de personas (en un país de 90 millones de habitantes) contra el gobierno de Mubarak, pro occidental y en relaciones aceptables con Israel. Se suponía que la democratización mejoraría aún más las cosas. Todos los medios occidentales se volcaron en atacar a Mubarak y ensalzar a los manifestantes, presentándolos como demócratas y denunciando la represión contra ellos. Y efectivamente, el gobierno cayó y hubo elecciones libres… que dieron la victoria a los Hermanos Musulmanes, un movimiento integrista. El susto en todo occidente fue mayúsculo, y para evitar un nuevo Irán, esta vez sunní, los militares dieron un golpe de estado e impusieron su dictadura, esta vez aceptada con complacencia por Usa y la UE. Aún peor fue lo ocurrido en Libia,  un país muy próspero en que su dictador, el iluminado Gadafi, había dejado de representar un peligro para Occidente desde hacía tiempo, y que incluso parece haber contribuido a financiar a partidos conservadores como el de Sarkozy en Francia. Allí la “democratización” fue más difícil, y para evitar que “el pueblo” fuera vencido por Gadafi, la OTAN, con participación una vez más de España, se dedicó a apoyar con aviones a los rebeldes y paralizar a un gobierno reconocido internacionalmente, hasta culminar en la tortura y asesinato de Gadafi, uno de los episodios más miserables y sórdidos de la operación “primaveras árabes”, por así llamarla.

    La técnica fue en todos los casos la misma: de repente los medios y los políticos useños y de la UE descubrían que tal o cual  gobernante árabe era un dictador horrible, incluso un genocida, que robaba y mataba a su propio pueblo y encarcelaba y torturaba a los demócratas. Se creaba así, manipulándola, una opinión pública favorable en último caso, como en el de Gadafi, a intervenir en los asuntos internos del país en cuestión haciendo trizas su soberanía.

     El penúltimo episodio ha sido el de Siria.  De nuevo los periodistas y los políticos  empezaron a rasgarse las vestiduras por la crueldad dictatorial del gobierno de Al Asad,    

 Aparecieron de pronto unos manifestantes venidos muchos de ellos de Irak y otros países, según denunciaba una monja que llevaba muchos años viviendo allí, y sobre ellos se volcaron los medios afirmando, contra toda evidencia, que se trataba de manifestaciones pacíficas. Y así se ha creado una monstruosa guerra civil, donde el Estado islámico, con complicidades occidentales y de Turquía, ha ocupado extensos territorios. Ha sido Rusia la primera potencia en atacar  abiertamente a los rebeldes y al estado islámico, y lo ha hecho además legalmente, a petición de un estado soberano. Las acciones llevadas a cabo por países de la UE, por Turquía y por Usa son claramente ilegales, una invasión mal disimulada. Un resultado de todo ello son las oleadas de refugiados e inmigrantes islámicos a la UE, que están provocando serias crisis políticas en Europa. Además, estas injerencias y agresiones son vistas en esos países como nuevas formas de colonialismo o imperialismo bajo disfraz democrático.

    ¿Quiénes ganan y quiénes pierden? En conjunto van perdiendo los occidentales e Israel, por sus propias culpas. Israel, en particular, ha perdido dos apoyos muy importantes, Egipto y Turquía, que se está islamizando a buen ritmo. Han perdido también los cristianos, que en toda la región están siendo expulsados cuando no masacrados, y de los que ni Usa ni la UE se acuerdan. Van ganando el terrorismo y el yijadismo, pero sobre todo se ha creado una situación caótica e inestable de salida muy incierta, en la que los mesianismos  democráticos de Usa y la UE, naturalmente subrayados por intereses económicos, han desempeñado un papel nefasto.  De ahí que algunas voces clamen por no hacer nada decisivo contra el Estado islámico y grupos similares porque consideran que todas las facciones musulmanas en pugna son igual de perjudiciales, y si se matan entre ellas, mejor. Es un maquiavelismo sumamente peligroso, como todos los maquiavelismos. Como decíamos en la reciente sesión sobre el resurgimiento del ímpetu islamista, el mundo musulmán vuelve a ser un peligro para una Europa que en gran medida ha dejado de ser cristiana, pero a la que los musulmanes insisten en calificar de tal.

    Y también ha perdido España, que desde hace mucho tiempo carece de política exterior, supeditándose a la de Usa y tratando al mismo tiempo de entregar su soberanía a la burocracia de Bruselas.  Como se recordará, durante el siglo XX España mantuvo una política exterior neutralistas, similar en eso a la de Suecia o Suiza, y que ha sido extraordinariamente beneficiosa para el país. Esa política cambió por la guerra fría, porque en caso de guerra caliente en Europa no sería respetada por nadie y porque era preciso contribuir al esfuerzo común contra el comunismo. Pero una vez caída la Unión Soviética, la mejor política para España solo podría ser la vuelta a la neutralidad. Con motivo de la segunda guerra de Irak, Aznar convirtió a España en un peón  de Usa, cuando nuestros intereses no estaban afectados. Importa señalar alguna de las consecuencias: el mayor atentado de nuestra historia, el ll de marzo de 2004. No en el sentido de que lo perpetrasen los islamistas, que eso es dudoso, sino en el de que la izquierda y los separatistas lo presentaron como una venganza que solapadamente justificaban por la participación española en aquella guerra, aunque no hubiera sido una participación militar directa. Esta versión aun siendo perfectamente infundada, pareció lógica a mucha gente, y va relacionada con una extensa simpatía, en España, hacia los musulmanes y palestinos.  Sin duda aquella manipulación, que el gobierno del PP no estaba en condiciones de desmentir, ayudó a la victoria de Zapatero. Y la victoria de Zapatero ha resultado en los mayores ataques a la democracia y a la unidad de España desde la transición. No sabemos quiénes realizaron el atentado, que según la sentencia no tuvo nada que ver con Al Qaida y similares. Pero sabemos a quiénes benefició, o quiénes sacaron tajada de él: el PSOE, los separatistas catalanes y vascos, y la ETA, que de estar al borde del abismo pasó a ser obsequiada con legalidad, dinero público y otras muchas ventajas.

   En España es tradicional la desatención a la política exterior, a la que los gobiernos han renunciado hace tiempo. Pero vemos cómo lo que pasa en el mundo repercute sobre nosotros, lo queramos o no. 

   Volviendo al asunto inicial: ¿debemos considerar esta serie de guerras y conflictos violentos como un fracaso de la teoría del fin de la historia o como incidentes pasajeros, en una tendencia general hacia la paz perpetua? Creo que considerarlos de un modo u otro depende más de la voluntad o los prejuicios de cada cual que de un cálculo racional. Sí puede afirmarse  que, al menos desde la Paz de Westfalia que terminó con la Guerra de los treinta años, a mediados del siglo XVII, se han sucedido unos acuerdos tras otros que debían garantizar la paz perpetua basada en el desarrollo económico y comercial, y con ella el fin de la historia, lo que nunca ha ocurrido.

 

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