Democracia (y VII) Tendencias degenerativas de la democracia

**Blog I. Por la independencia y neutralidad de España: http://gaceta.es/pio-moa/independencia-neutralidad-espana-07022016-1904

**Hoy en es radio, con Luis del Pino: Fernando el Católico y la situación actual: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-02-07/involucion-permanente-la-crisis-politica-97312.html

** El programa de “Cita con la Historia” sobre Fernando el Católico: www.citaconlahistoria.es.

**Por qué fue legítimo el alzamiento del 18 de julio de 1936: https://www.youtube.com/watch?v=LwKjuLHSn8o

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1. Un problema derivado del mencionado desfase consiste en la necesidad de ganarse el voto de los más o menos ignaros por parte de los supuestos sapientes. Ello obliga a simplificar al máximo el discurso y hacer promesas atractivas, aunque sean contradictorias o incumplibles: en ello estriba la demagogia. La cual debe señalar también un enemigo a quien culpar, llegado el caso, del fracaso en el cumplimiento de lo prometido. Naturalmente, quien promete demasiado corre el riesgo de perder elecciones, porque la gente común, pese a sus  ideas primarias, no es insensata mayoritariamente. Pero existe una fracción popular (“franja lunática”, le llaman algunos) dada a creer cualquier superchería;  fracción numerosa siempre, pero susceptible de aumentar, a  veces espectacularmente, en tiempos de especial incertidumbre. Esa fracción llega a volverse decisiva cuando otros votos van más o menos igualados. En la república esa fracción creció espectacularmente, sobre todo en torno a los oligarcas anarquistas y socialistas, que prometían el cielo en la tierra. Hoy presenciamos un fenómeno similar, por ahora menos intenso.

 2.  La necesidad de ganar el voto de los más atrasados culturalmente empuja a una carrera entre partidos por halagar las expectativas y deseos más extravagantes y dañosos. Fenómeno bien notorio en los años de la llamada burbuja inmobiliaria y financiera, asociada en España a la introducción del euro, cuyas promesas de un crecimiento estable e indefinido han desembocado en una crisis sin precedentes. Y  visible, también en la actualidad.

  3. Otro error relacionado con la creencia en un poder del pueblo es la identificación de las libertades políticas con “la Libertad sin más”. El hombre es libre constitutivamente. Aun en el extremo de la esclavitud puede optar por aceptarla o rebelarse, por matar al amo, por huir,  por provocar una rebelión más amplia… Es ridículo pensar que el ser humano solo accede a la libertad, después de milenios de opresión, gracias a la democracia liberal. En todos los sistemas existen ámbitos de libertad personal o, en expresión de I. Berlin, de libertad negativa o ausencia de coacción o intromisión estatal para que el individuo pueda actuar o no, a voluntad. Como observa Tocqueville, incluso las tiranías del pasado dejaban ámbitos de la vida social librados a la costumbre o a la iniciativa de las personas, en los que el poder no se inmiscuía o apenas. Por el contrario, la democracia tiende a orientar y dar normas para todo tipo de acciones de las personas, incluso las más íntimas.  

   4.  Esta inclinación llegaría a ocasiones el “despotismo democrático”, previsto también por Tocqueville en La democracia en América. Un despotismo como jamás ha existido previamente, que penetraría “en el dominio de los intereses privados más habitual y profundamente de lo que haya podido hacerlo ningún soberano en la Antigüedad”, “Un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que los ciudadanos sean felices y de velar por su suerte (…)  Absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto  preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) de este modo se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío  (…) Siempre he creído que esta clase de servidumbre, reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad (…) Los ciudadanos se consuelan  de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen a sus tutores” “Si semejante gobierno llegara a implantarse, no solo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de humanidad”.

  5.  Esta descripción concuerda con el programa socialdemócrata, una vez parte del marxismo perdió su violento ímpetu revolucionario a principios del siglo pasado y después de la crisis de los años 30-40. Y es visible en la actualidad, sin ser incompatible con el liberalismo, como se comprueba en la práctica. No precisa que todos los sectores oligárquicos vayan en esa dirección, basta con que las convencionalmente llamadas derechas tradicionales abandonen el terreno del pensamiento y no ofrezcan resistencia. Hoy, el éxito de un sistema y la felicidad de sus ciudadanos se miden por la renta per cápita, traducida en capacidad de consumo material y sexual (los negocios relacionados directa o indirectamente con la prostitución y el sexo son de los más extendidos y rentables). Cualesquiera otras consideraciones o valores se entienden como imposiciones al individuo, normas arbitrarias, sin base racional ni otro objeto que oprimir los deseos naturales de la gente en beneficio de alguna casta “reaccionaria”. Lo percibimos en las políticas de la UE, donde una burocracia casi todopoderosa y apenas representativa dicta constantemente normas y leyes para personas y naciones.

  6.  Tal despotismo, aunque obre con suavidad, dispone de recursos para perseguir y aplastar al disidente, silenciándole o marginándole de los medios de difusión y hasta condenándole a la muerte civil. O inventando delitos como el de “la incitación al odio”, aplicables en muchas direcciones  y que pretenden coartar la libertad de expresión y regular los mismos sentimientos  de las personas (la mayor incitación al odio en la UE se ejerce contra el cristianismo, pero a  nadie se le ocurre  considerarla delito).  Y el uso de la demagogia y los grandes medios de difusión para infantilizar o embrutecer a grandes masas resalta claramente en nuestra época para quien quiera examinarlos.

  7.  Tocqueville señalaba que semejante perspectiva derivaba de la igualdad propia de las democracias, pero sabemos que esa igualdad es ilusoria. Lo parecía entonces en América por contraste con las  entonces recientes sociedades aristocráticas europeas, basadas en el privilegio (“ley privada”).  Pero la sociedad useña era inevitablemente desigual, pues su mayor igualdad ante la ley no impedía la formación de oligarquías políticas y económicas, aun si más flexibles y abiertas que las europeas. Tenía razón al estimar que un poder semejante privaría a los hombres de su humanidad, pero ¿sería ello posible?, ¿Puede impedirlo la mera diversidad de partidos? No necesariamente, sobre todo si los partidos comparten los criterios básicos (dirigir el bienestar y felicidad de los individuos)  y compiten entre sí por adular al “votante medio”.  Ningún sistema  alcanza a satisfacer los deseos de la gente, porque son demasiado variados y exigen demasiados medios económicos, por lo que la frustración, antes o después, está asegurada. pero la tendencia existe, y puede prevalecer por un tiempo, gracias a las elecciones, y terminar en catástrofe para la propia democracia.

  8.  La pluralidad de partidos y su alternancia en el gobierno no basta, por tanto, para corregir el despotismo democrático. Tocqueville sugería que un modo de contrarrestarlo  consiste en la formación de numerosas y variadas asociaciones ciudadanas de todo tipo, a las que no será fácil imponer un gobierno arbitrario por mucho que diga representar “al pueblo”. Probablemente. En España el asociacionismo está poco desarrollado, y ello aumenta el peligro.

  9.     La conclusión está clara: si no existe conciencia y vigilancia de sus peligros,  la democracia puede y tiende a degenerar en su contrario, en una opresión susceptible de  superar a cualquier otra, pues, como recordaba también Tocqueville, nunca se habían establecido regímenes con tal capacidad de imponer su poder sobre todos y cada uno de los ciudadanos.  Dada la ausencia de un verdadero pensamiento democrático en España, estos problemas no se presentan siquiera a las mentes de los políticos, los periodistas y la gran mayoría de los intelectuales. En su boca, la palabra democracia suena a receta milagrosa para encubrir o justificar su falsificación del pasado y sus corrupciones de hoy, empezando por la corrupción intelectual.

 

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Democracia (VI) Dificultades de la democracia liberal

Este domingo trataremos en “Cita con la Historia” sobre Fernando el Católico, uno de los estadistas más importantes de la historia de España y de Europa. Cuando, junto con Isabel, unificó Aragón y Castilla, el país sufría guerra civil en Cataluña, desgobierno y disolución en Castilla, abusos nobiliarios… Cuando murió,  cuarenta años después, España había superado las guerras civiles y se había convertido en una de las primeras potencias de Europa, si no la primera. En Radio Inter, en youtube, podcast ivoox o itunes, y en www.citaconlahistoria.es

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 1.   Generalmente las democracias liberales han permitido más libertades a sus ciudadanos y han solido ir acompañadas de un mayor crecimiento económico. En ese sentido decía Churchill que es mejor que los demás sistemas experimentados hasta ahora. Por ello ha sido concebida por muchos, de modo ilusorio, como el remedio a todos los males sociales. Sin embargo su mal funcionamiento, sus graves crisis  o malas consecuencias en muchas ocasiones obligan  a mantener una actitud racional y crítica.

  2.  La democracia se apoya en supuestos como que todos los hombres nacen iguales y libres, o que consiste en el poder del pueblo, ideas perfectamente irreales  pero capaces de generar  una intensa y crédula emocionalidad que convierte a la democracia en una panacea utópica. El resultado han sido convulsiones al pretender cada facción oligárquica encarnar los auténticos intereses populares, o totalitarismos empeñados en lograr la igualdad  de todos… bajo la férula de los más iguales. Libertad e igualdad son por otra parte conceptos difícilmente armonizables, y el mero concepto de poder del pueblo es ya pura demagogia.

 3.   También la democracia liberal  invoca retóricamente esas utopías, pero en la práctica opera al margen de ellas.  Así, la igualdad queda desmentida por la propia diversidad de las facciones oligárquicas o partidos y sus masas de seguidores. Y la libertad viene condicionada de diversas formas por el poder, es decir, por la necesidad de mantener en orden la sociedad, aunque permita más o menos autonomía a los individuos. También está claro que  el partido ganador de unas elecciones no representa al “pueblo”, aunque retóricamente se afirme así, pues los partidos perdedores –que pueden sumar una mayoría– quedan fuera del ejercicio del gobierno, aunque suelan participar en el legislativo. Además existe siempre la abstención  de un sector popular que por razones varias se desentiende de su supuesta representación y que supera a menudo al partido más votado y a veces al conjunto de ellos. Así, en España, las mayorías absolutas logradas por PSOE y PP en varias ocasiones han sumado solo en torno a un tercio del cuerpo electoral. Y en la república pasó algo semejante (en rigor solo hubo unas elecciones verdaderamente normales, las de 1933, aunque en ellas la izquierda se mostrase notablemente violenta).

 4.    La democracia liberal engendra por otra parte un impulso al desgarramiento de la sociedad si prevalecen  los intereses de partido, socavando las normas y leyes establecidas. Peligro palmario en la república cuando las izquierdas perdieron las elecciones de 1933 e intentaron golpes de estado y una insurrección armada planeada como guerra civil; y de nuevo al imponerse el Frente Popular con un programa de cambios que impidiesen gobernar a la derecha en lo sucesivo. En la actual democracia, la retórica de los partidos de izquierda y separatistas ha vuelto a invocar viejos radicalismos, a reivindicar el Frente Popular  y a tratar de crear condiciones para mantenerse indefinidamente en el poder; y ha sido constante la vulneración de la Constitución por unos y otros. Sin contar la influencia, inconfesada pero muy real, de la violencia etarra en todo el proceso desde la transición. La idea de que ganar las elecciones –y por tanto representar  “democráticamente” al pueblo– autoriza a romper las reglas y equilibrios establecidos (y generalmente a corromperse a fondo), o a modificarlas desde el poder  en su beneficio, está muy extendida en muchos países del mundo; desde luego en el ámbito hispano de Europa y América.

  5.   Ningún mecanismo legal, por elaborado que sea, logra impedir que los partidos desarrollen conductas mafiosas, presentes también en países de democracia asentada, como Usa; o que tiendan a disgregar la sociedad. Pese a ello, la democracia liberal viene funcionando bastante bien en diversas naciones, y ello solo puede deberse a un factor de orden no directamente político: a la presencia de unos valores morales por encima de las pasiones partidistas. El más evidente de esos valores es el patriotismo, que pone el interés nacional por encima del de partido. Toda moral parece tener un fundamento religioso, ciertamente muy evidente en Usa. Si contemplamos la evolución política en la república y, más atenuadamente en la democracia actual, percibimos un fuerte descenso del  patriotismo, denigrado con frecuencia, así como de la religiosidad católica, sustituida por  ideologías variopintas de componente también religioso pero contrario al tradicional. Esta pérdida de valores unitarios exalta los intereses de partido y por tanto los impulsos disgregadores de la sociedad. Creo que ahí yace la causa de la mayoría de los problemas de la democracia en España. 

   6. Conviene añadir que fenómenos más o menos parejos se observan en el resto de la Unión Europea, donde se practica una verdadera cristianofobia que  busca sustituir  la  evidente raíz cristiana de la cultura europea por un multiculturalismo opuesto a lo que siempre ha definido a Europa, y cuyos problemas solo empezamos a percibir. El multiculturalismo implica también un ataque a los patriotismos nacionales  y una revisión de la historia en contra de ellos. Reflejan este fenómeno encuestas recientes, según las cuales solo un 25% de los europeos occidentales (21% en España, también una proporción baja en Usa, aunque superior:  el 44%) estaría dispuesto a luchar por su país. Teniendo en cuenta que todos ellos son democracias liberales, tal actitud indica un alto grado de desinterés o desafección por ellas y su consiguiente deslegitimación. Algunos estudiosos, Ortí Bordás en España, han señalado esa desafección hacia los partidos, cuyo crédito popular está muy en baja, y con ello a la propia democracia y a la patria. Se ha difundido extraordinariamente la idea de que nada vale la pena aparte de la satisfacción de los deseos materiales y sexuales, siendo lo demás engaños o pura retórica.  Con motivo de los últimos atentados islámicos en París, la reacción de gran número de jóvenes en las redes sociales fue invocar  la minifalda  y la homosexualidad como los valores característicos de la libertad occidental. Un fenómeno cuyo alcance es difícil discernir y que recuerda algo a otros semejantes en la decadencia de Roma.

   7. Hay una dificultad más constitutiva, presente en toda forma de poder: el contraste entre sus profesionales (la oligarquía), que, por práctica o por estudio entienden hasta cierto punto los problemas políticos, económicos y otros relacionados con el oficio;y el “pueblo”, mayormente ignorante o con ideas muy primarias al respecto. El problema lo expuso Churchill en otra de sus agudas frases: “El mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de charla con el votante medio”. Es decir, el votante medio, cuyos conocimientos políticos y modos de argumentar  suelen ser rudimentarios, puede decidir “quién manda”, lo que parece un sinsentido.  Es una crítica muy difundida. Un enfoque más parcial del argumento afirma que no debiera valer lo mismo el voto de una persona culta y el de un ignorante, el de un médico y el de un barrendero.

 8.   El argumento cobra aún más fuerza cuando un sector de la oligarquía cree tener un conocimiento no opinable, sino científico (o inspirado directamente por Dios), de la sociedad y de la historia, que eliminase la incertidumbre, como ocurre con los marxistas o los nazis. En tal caso, depender de los votos de la masa ignara o competir con otros grupos oligárquicos carentes de esas ciencias resultaría ultrajante para los políticos científicos y pernicioso para la sociedad. Por ello, el voto popular solo debía ser resultado de una intensa propaganda que ilustrase en lo posible al votante medio y le apartase de opciones no científicas. Una política de este género tiende de modo lógico al totalitarismo.

  9.   El lado sofístico de la frase de Churchill se aprecia desde varios puntos de vista: los profesionales del poder también son muy a menudo ignorantes, están expuestos a la incertidumbre propia de la condición humana y no pocas veces su motivación consiste en valerse del poder para su provecho personal, más que para mantener un orden  social fructífero.  Además, el gobierno afecta al votante medio –ignorante, pero no del todo– por lo que este debe poder decir algo al respecto, aunque solo sea cada cuatro o más años. Y finalmente las ideas corrientes de la gente, por primarias que sean, le llegan desde los centros de poder e intelectuales. Como señalé antes, la corriente intelectual y política de la oligarquía hacia el pueblo es mucho más intensa que la inversa, y las ideas más absurdas que exprese un  elector corriente le vienen casi siempre de otros supuestamente más cultos y dedicados a la política.

    Con todo, la parte no sofística, permanece: la tensión entre  la oligarquía más o menos sapiente y el pueblo más o menos ignorante. Tensión complicada por la variedad de ideas, sentimientos y concepciones tanto entre los gobernantes como entre los gobernados. De ahí surgen algunas otras dificultades para la democracia liberal. Una de ellas es que el sistema no está a salvo del totalitarismo mencionado en relación con las ideologías “científicas”.

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Democracia (V) Ventajas de la democracia liberal

Blog I: La despiadada simpleza de Pedro Corral, o la guerra contada para necios: http://gaceta.es/pio-moa/despiadada-simpleza-pedro-corral-o-guerra-contada-necios-04022016-0920

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**La importancia de Fernando el Católico en la historia de España “A él se lo debemos todo” (Felipe II): www.citaconlahistoria.es  

Presentación de “Los mitos del franquismo”: https://www.youtube

Quienes llaman democrático al Frente Popular demuestran no tener nada de demócratas: pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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Pese a tales problemas, tres causas de la fortaleza de la democracia liberal  en relación con otras formas, son la menor manipulación del voto, la admisión abierta de una pluralidad de partidos, y que permite atenuar  el choque entre ellos con la perspectiva de que todos podrían acceder al gobierno, y sus mecanismos para facilitar los relevos o sucesiones  pacíficos en el gobierno. Incluso los partidos marxistas  o comunistoides han sido por así decir engullidos por el sistema demoliberal, por más que sus amenazas a él permanezcan y en los años 30 le ocasionaran muy serias perturbaciones, y en países como España lo destruyeran.  

   La cuestión del voto  tiene la mayor importancia, porque solo en la democracia liberal, en la que concurren habitualmente varios partidos, la pureza del recuento está más o menos garantizada, ya que a todos los partidos les interesa  evitar los fraudes. El voto libre tiene otras consecuencias esenciales: la primera son las libertades políticas,  y  que interesan también a todos los partidos, ya que sin ellas no podrían funcionar  ni aspirar a gobernar. Y la segunda consecuencia es cierta autonomía del aparato del estado y  de la clásica división entre ejecutivo, legislativo y judicial,  puesto que de otro modo no podría garantizarse ni las libertades ni la autenticidad de las elecciones. Por estas razones podemos decir que la democracia por excelencia es la democracia liberal, y que las demás formas, aunque en un principio sean democráticas en el sentido de ganar libremente las elecciones, dejan enseguida de serlo, ya que tienden enseguida a restringir o eliminar tanto las libertades políticas como la autonomía de poderes, y por tanto la realidad de las votaciones.

   Hay además una ventaja de la democracia liberal, de partidos o representativa,  sobre la democracia asamblearia de tipo atenienses, y no solo porque esta solo pueda funcionar en poblaciones pequeñas. Pues una democracia asamblearia, que a algunos les parece la más auténtica, impide un gobierno estable, si se aplica de modo consecuente. Al establecer las elecciones cada cierto número de años, se permite que entre tanto un gobierno pueda aplicar  su plan y afrontar las diversas situaciones o sucesos que se presentan en la vida práctica.  El peligro de que el partido en el poder aproveche este para vulnerar las normas generales,  queda eliminado en gran medida por las libertades y los medios de difusión más o menos independientes, que mantienen entre elección y elección cierto rasgo asambleario.   

     Como es sabido, entre liberalismo y democracia existen contradicciones, pues  la segunda puede acabar con el primero, y en la historia el liberalismo ha tendido durante el siglo XIX y parte del XX más bien a la restricción censitaria del voto. Pero, como vemos, existe también complementariedad;  y una tendencia forzosa a partir de la predicada igualdad ante la ley, que exige el sufragio universal.  De modo que, si bien existen contradicciones entre liberalismo y democracia, estas no son antagónicas ni decisivas, sino armonizables mejor o peor.

     Por todo ello podríamos concluir que la democracia liberal sería la culminación de la larga lucha y elaboración intelectual histórica para asegurar un gobierno sin peligro de caer en el despotismo. Y ello precisamente porque al admitir la expresión y concurrencia de las distintas opciones oligárquicas existentes en la sociedad, asegura  a todo el mundo la libertad política, y simultáneamente atenúa o impide  el choque abierto entre ellas mediante el mecanismo de la discusión pública y de la decisión mediante las elecciones. Sería, por tanto, un régimen político perfecto o casi, dentro de lo que es propio de una obra humana.  Pero en la historia real, este tipo de democracia, que podemos caracterizar como democracia a secas (sin olvidar que no es poder popular sino de pequeñas minorías u oligárquico) ha funcionado  pasablemente bien en unos países y mal en otros (por ejemplo en casi toda Latinoamérica, en España o en gran parte de Europa), derivando en crisis como las dos guerras mundiales.  Ello exige plantearse una serie de problemas que trae consigo.

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En tuíter: PioMoa1

**Invito a cuantos no se sientan lacayos a protestar por todos los medios contra la canción en inglés para eurovisión.

**No hay cretino españolete que no se presente en las redes sociales en inglés.

**El desprecio del españolete por su lengua revela su nulidad intelectual. Enseguida defiende el inglés.

**El españolete corriente tiene espíritu de lacayo. Busca todos los pretextos para facilitar la expansión del inglés y el desplazamiento del español.

**El españolete actual está contentísimo de ser un lacayo. Nunca hubo generación más servil e ignorante.

**En cuanto alguien denuncia el desplazamiento del español por el inglés como lengua de cultura, sale un rebaño de españoletes defendiendo el inglés.

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Recuerdos sueltos: Los atentados del 1 de octubre de 1975

**Blog I. La independencia de España, valor esencial: http://gaceta.es/pio-moa/independencia-espana-esencial-02022016-2046

**”Cita con la Historia” puede escucharse en Radio Inter, http://www.citaconlahistoria.es  , youtube y podcast ivoox e itunes

**Por qué los años 40 fueron felices en España, contra lo que cuentan los antifranquistas de salón: https://www.youtube.com/watch?v=rVEX4UIpojM … … …

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De De un tiempo y de un país. Las palabras en cursiva son añadidos. Una versión más detallada de los atentados del 1 de octubre, en el capítulo “Un coletazo de la guerra”  en Los crímenes de la guerra civil, La esfera de los libros, 2004.

 Las presiones internacionales, las protestas masivas en el extranjero arreciaban de tal modo que, en vísperas de las ejecuciones, Pérez creyó en un retroceso del gobierno, como cinco años atrás en el juicio de Burgos. Pero flotaba en el aire algo distinto. Ahora había mucha sangre por medio, y más que nada la necesidad del franquismo de despejar la situación con vistas a la maniobra sucesoria, cada vez más apremiante (y el hecho de que  la clemencia cuando el proceso de Burgos no había sido interpretada como tal, sino como un síntoma de debilidad del franquismo). Con todo, se puso a punto la tirada de una hoja volandera sosteniendo que la conmutación de las penas de muerte mostraba exclusivamente la debilidad del régimen ante la lucha de masas y armada…

   Pero solo seis de las penas fueron conmutadas. Tres miembros del FRAP y dos de la ETA fueron fusilados (…) Compré un par de periódicos en Manuel Becerra y bajé hacia Ventas, aturdido, como ebrio. Miraba a los ojos de los paseantes: no traslucían nada especial. En el bar, comentarios vagos, un leve sobrecogimiento, unas frases serias, aunque no preocupadas, por las protestas exteriores (…) Llegué a unos jardincillos donde solía contactar con Pérez. También él estaba visiblemente afectado, con un matiz extraño en el ademán. Caminamos en silencio. Al poco me espetó:

–¡Bueno, qué! Ahora está claro que hay que hacer algo, ¿no?

   Le miré sorprendido. Su tono era de reproche.

–Naturalmente que hay que hacer algo. Lo más duro que podamos. Quién dice lo contrario.

   Renegamos de asesinos (por los “fascistas”) y oportunistas (por el PCE, sus aliados burgueses y los maoístas partidarios de la acción armada, pero solo de boquilla). Como comprendí luego, su pesar se teñía de resentimiento por su resbalón en lo de las conmutaciones, y  elaboró un documento clamando que “no es  el momento de tirar papelitos”.

   ¿Qué respuesta debíamos dar al régimen? La comisión ejecutiva deliberó. Por lo pronto, llamar a la huelga general. Una huelga lo más violenta posible. En San Sebastián y algunos lugares más del País Vasco se manifestaron unos cientos de personas. En numerosos países hubo movilizaciones masivas, con asaltos a embajadas y establecimientos españoles. La Iglesia hizo signos ostensibles de desvinculación con el franquismo. Confluían a tornar crítica la posición de este el envenenado problema del Sahara y los acuerdos militares pendientes con Washington. La oposición blanda presionaba a su vez decididamente y la crisis económica mundial ensombrecía el presente, y más aún el porvenir, para la población. Se anunciaban sanciones económicas de la CEE.

   Sin embargo el régimen no daba la impresión de conmoverse en exceso y hasta se alzaba desafiante, echando en cara a los gobiernos que le condenaban las brutalidades recientes o menos recientes que ellos habían cometido. En la calle, la incertidumbre privaba sobre la indignación. Pocos pensaban que el franquismo fuera a sostenerse como hasta la fecha, pero pocos también se hacían una idea clara de la eventual salida.

   La huelga general… no se percibían señales de nada parecido en ningún sitio. Proyectamos un magno sabotaje contra las comunicaciones madrileñas.

–Si no quieren ir a la huelga, tendrán que quedarse en casa de todas formas –barbotó Pérez. Y de inmediato se desdijo.

   Las fuerzas y los datos disponibles para el atentado probaron ser ridículamente insuficientes. ¿Por dónde se abastecían de electricidad el metro? Ni idea. Y con los autobuses, ¿cómo actuar? Aun así se formaron cuatro partidas.

   Al caer la noche, cada grupo se dirigió a un depósito de autobuses. Antes de aprovisionaron de combustible.

–¿Otro más? Esta noche no para de venir gente a por latas de gasolina –gruñía el encargado de una gasolinera.

   De modo que varios comandos habían ido a la misma gasolinera. ¿Y si el empleado recelase y avisase de la policía? Cosa muy concebible. En fin, ojo avizor y a continuar.

Dos grupos coinciden ante unas enormes cocheras. Discuten rápidamente, tumbados en el césped, entre arbustos. “”Por muchas gasolina que les echemos, mañana habrá tráfico normal”. Se desaniman contemplando la gran explanada repleta de vehículos, de los que les separa una alta alambrada. “Quememos diez o veinte por lo menos” “Estas cocheras corresponden a nuestra zona”  “Es que no hemos encontrado otras” “Bien, yo salto la alambrada y vosotros me pasáis la gasolina”  (dije) “Nosotros tenemos nuestro plan” “Cagon la leche, pongámonos de acuerdo” “Esperemos a que haya menos movimiento”.

  Bajo las flojas luces circulaban los vigilantes y empleados, estacionando o revisando los pesados armatostes.

   De repente una lata cae con estruendo escandaloso sobre un autobúes. Una partida se yergue al unísono y como una exhalación se mete en un coche y huye. La segunda vacila ligeramente y opta por retirarse. Alguien del otro grupo, sobreexcitado, ha ordenado  arrojar la lata sin prenderle fuego.

   Resumen: solo un grupo ha logrado incendiar un autobús, cerca de la plaza de Castilla. La policía patrulla los barrios con sus jeeps. La vigilancia, aunque nerviosa, no parece más intensa que habitualmente. Supondrán que tras las ejecuciones pocos tendrán ganas de jugarse el pellejo.

   De madrugada, soñolientos, los activistas intentan paralizar el metro sin saber muy bien cómo. “Si se rompen los semáforos de una o dos estaciones, la línea quedará cortada”. Un grupo se hace con una llanta, la rocía de gasolina y la tira ardiendo a la vía,  Sale una humareda espesa. Los viajeros se asustan y cabrean: “¡Gamberros!”. Un policía trata vanamente de detener al grupo. En otra estación, el jefe de la misma se tira al suelo a la intimación de un pecerrista (del PCE (r)), mientras dos del comendo destrozan los semáforos. Nada, interrupciones de minutos en el tráfico. Cunde un leve desaliento. El partido no estaban tan preparado como creíamos.

   Barajamos alternativas. Lo mejor sería realizar sabotajes fuertes, contra locomotoras, por ejemplo. U hostigar las comisarías desde coches en marcha. “Lo ideal es cargarse a un pez gordo. Es fácil coger sus direcciones, por la guía telefónica, y esperarlos cuando vayan a sus despachos. Ahora andarán desprevenidos”. “Ca, imposible. Necesitaríamos conocer sus costumbres, hasta cuando van a cagar. Esos tipos están muy protegidos”  (En realidad apenas lo estaban. Hoy la protección es mucho mayor y más real).”¿Pero no tiene la comisión técnica (el grupo para acciones armadas, embrión del GRAPO) una mínima información sobre los fachas de categoría? Es lo menos que debiera tener a estas alturas” “De nada sirve darle vueltas. No hay datos, y ya está” “Se puede localizar a alguno de los que sentenciaron a los cinco., Sus nombres vienen en la prensa y en la guía de teléfonos también aparecen”. “Demoraría mucho”.

   El debate se agria. Existe de todos modos una posibilidad al alcance, pero conviene actuar sin pérdida de tempo, antes de que se enfríe el sentimiento por el crimen fascista.

   “Hemos dicho que únicamente quien responda en el momento adecuado al terror del régimen será escuchado por las masas. Tenemos que responder como sea” . “Como sea, no; hay un solo golpe justo para el momento”. “Hay muchos golpes factibles, da igual” “No ha de haber vacilaciones”.

      Si no se replica, el régimen obtendrá una victoria política decisiva para rato. No es igual que haya manifestaciones en el extranjero o algunas pequeñas en el interior, a que se responda aquí mismo y con sus mismos métodos, sangre por sangre. Así comprobarán que no pueden con la lucha armada. El diario Ya lo dice sin tapujos: más vendavales ha capeado el franquismo. Ya se aplacará lo del extranjero, como tantas veces. “Los gobiernos europeos ayudan en realidad al fascismo y lo más que defienden es una muda en su vestuario. Siempre lo han apoyado, aunque hagan el paripé de las sanciones y protestas, para cubrir las apariencias delante de sus propios pueblos”.

   “¿Estamos preparados? Solo nos prepararemos haciendo frente al reto” “Quien no dé la medida en el instante decisivo, no la dará ya”. “¿Qué comentan los oportunistas?” “La eterna melodía. Pura farfolla” “En realidad están muy contentos, porque imaginan que el terrorismo gubernamental les ha dejado sin enemigos a su izquierda. Así podrán conchabarse más tranquilos con los oligarcas” “Eso ya lo sabíamos. ¡qué va a hacer la Junta  Democrática!” “Pero ¿no entienden quelos fascistas les van a cargar todas sus condiciones, y se hundirán ante las masas?” “¡Más hundidos que están…! Además, su labor en situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias nunca varía: se echan en brazos de la reacción, zapan el movimiento popular. Lenin lo explicaba sin dejar lugar a dudas”. “Debemos probar que el terror no les servirá de nada. Si no, les bastará con la amenaza de recurrir a él para mantener al pueblo perpetuamente de rodillas”.

   Primero, los automóviles. Había que robarlos. En el transcurso de la tarde, cada partida se apoderó del suyo, no sin tropiezos. Detrás de un R-12 (en lo alto de la calle Alberto Aguilera)  un individuo corpulento y de elevada estatura, en actitud de espera, el chófer, mira con aburrimiento a los peatones. De pronto, el auto se desliza y gana velocidad. Lo contempla pasmado, un par de segundos, antes de comprender que es el suyo, que se aleja misteriosamente. Salta, frenético, a la calzada en pos de él. Doscientos metros más abajo, un jeep policial, parado. Advertido, arranca bruscamente, ululando. Pero la presa ya se ha perdido de vista (los coches eran robados por uno o dos de la partida, y otras dos quedaban como viandantes, observando las reacciones).

   Habíamos descubierto que  el método más simple de “expropiar”  un coche consistía en buscar los estacionados de los que el conductor se hubiera apeado un momento a tomar una copa, a comprar el periódico o a abrir la puerta del garajw, dejando puestas las llaves.

   Meses después ocurrirá un caso similar al relatado. Un Seat de lujo parado al sol y el chófer en la acera opuesta, a la sombra, aguardan al propietario. Un autobús se detiene  ante el semáforo, interponiéndose entre el chófer y el coche. Luz verde y el autobús que pasa. El conductor echa un vistazo distraído. Sobresalto: su coche se ha esfumado. Atónito, mira arriba y debajo de la calle, cruza la calzada de una carrerilla, pegunta a la gente… Fuera de peligro, el comando descubre con placer que el vehículo pertenece a Blas Piñar. Lo escudriñan a fondo (pensando en encontrar armas), pero no hallan nada de interés (…) A los cuatro o cinco días, lo fachas birlan a Tamames (entonces un líder comunista bien conocido, aunque había hecho carrera académica como profesor universitario en el franquismo) y lo dinamitan no lejos de Villaverde. Ojo por ojo. Uno del PCE (r) (Cerdán) bromea con asistir a los mítines de Blas Piñar para gritarle, en el clímax de su elocuencia: “¡Sí, sí, pero te roban el coche!”

   Retrocedamos.

   Para el 1 de octubre (las ejecuciones habían tenido lugar el 27 de septiembre), el franquismo convoca una imponente manifestación en la Plaza de Orienta para ratificar las ejecuciones y respaldar su desafío a las presiones externas, cosa esta última que muchos, sin ser franquistas, ven bien. Mas, poco antes de la concentración, cuatro policías que custodiaban locales bancarios en distintos puntos de Madrid caen abatidos a balazos.

   El atentado es, con mucho, el más atrevido y técnicamente perfecto llevado a cabo por cualquier organización hasta entonces, si exceptuamos el asesinato de Carrero. En el exterior, el FRAP da saltos de alegría y permite generosamente que la opinión pública le atribuya la acción. Aún están lejos los tiempos en que moteje de polizontes a los jefes pecerristas.

   Sin embargo, la perfección engaña.  El partido emplea todo su arsenal, cuatro pistolas, algunas no muy fiables. Tres policías mueren en el acto, pero a uno de los homicidas (Collazo) se le encasquilla el arma al primer tiro. Enloquecido, se ve en la necesidad horripilante de rematar a culatazos a su víctima, que fallecería después en el hospital. Previendo tales percances, miembros de cada comando portan martillos o instrumentos con que impedir que el policía se halle de pronto con un arma lista frente a una inservible. No tendrán que usar los terribles utensilios. Los cadáveres son despojados de sus “star” cortas. Un golpe de mano guerrillero especialmente afortunado. Casi medida por medida a las ejecuciones de tres días antes.

 “¡Pobre hombre, pobre hombre! No ha podido hacer ni un ademán de defensa” (dije) “¡Qué querías, que nos friera él a nosotros!” “No fue una cobardía, ha sido una acción necesaria! “Una acción de guerrilla, estoy de acuerdo, y tiene que ser así, sin dar facilidades de defensa”. “Ellos hacen igual” “Sí, es cierto, pero yo no vuelvo a una operación así, maldita sea. Si es para cargarse a un pez gordo, sí, pero a un pobre diablo de estos, no!” “Qué dices, si son unos hijos de puta. Les mandan disparar contra su padre y se lo cargan sin miramientos” “Para qué discutir”

   “Ha sido un golpe brillante y en el momento justo. Como cuando un boxeador se echa adelante para atacar y en ese tris recibe de lleno un puñetazo en todo el rostro. Los fachas creían celebrar su victoria con la manifestación  y, cuando menos se los esperan, se les convierte en luto. Se les ha caído el cielo encima” (…) “Hemos actuado cuando nadie se atrevía a mover un dedo” (…) “Deberíamos reivindicarlo. El pueblo debe saber quién ha sido” “Yo creo que no es el momento” “¿Será posible que la policía no se aclare todavía de que esto no es el FRAP ni la ETA?” “Tienen que darse cuenta de que nuestra propaganda habla un lenguaje especial”  “Debemos actuar como si lo conociera y reforzar los organismos. Lo mejor es no reivindicarlo aún, de todas formas”.

   Fui a la manifestación de la Plaza de Oriente. La euforia  de los congregados revelaba  que no sabían palabra de cuanto acababa de ocurrir (…) Calculé que si hiciera correr  el rumor de las muertes, se originaría un movimiento desordenado y brutal, que acaso ayudara a descomponer la situación. El gobierno, se notaban no tenía intención de comunicar la mala novedad a la muchedumbre. Pero deseché enseguida la siniestra idea (…) Al marcharme, subiendo la cuesta de Santo domingo, un portero contaba alegre a los que pasaban: “Hoy ha venido más gente que nunca, y mire que yo he visto todas las manifestaciones que se han hecho aquí”

   Franco y sus ministros estaban al tanto de los atentados. El Ya, al día siguiente, describía con dramatismo su congoja al recibir las fúnebres noticias.

   Los dos sucesos de la jornada consternaron a muchos izquierdistas. Casi se creían la cifra de un millón de manifestantes dada por los órganos oficiales. La relativa abundancia de juventud contribuía a turbarlos, pues era antiguo y firmemente arraigado el tópico de que el franquismo solo conservaba la adhesión de carcamales nostálgicos. Ante la acción nuestra temblaban igualmente. La tachaban de provocación (…) ¡Qué miserables, qué siervos nauseabundos del fascismo, esa horda de monjas oportunistas! Mientras el destino se jugaba en la calle, a tiros, los malditos gusanos no acertaban más que a gimotear porque sus intriguillas oficinescas bailaban en la cuerda floja.  

 

El franquismo suele ser considerado como una dictadura brutal, abominable, más o menos fascista o totalitaria, asentada sobre el aplastamiento de una democracia mediante una sangrienta guerra civil y que hasta el final estuvo fusilando. Si pensamos así, como es hoy la doctrina prevalente, con más o menos matices, en la izquierda y el separatismo, en los medios de comunicación y desde el gobierno e, implícita y a veces explícitamente, en la derecha, entonces las acciones armadas contra el franquismo entran en la categoría de una resistencia tan legítima como la francesa contra Alemania o la de los kurdos contra Sadam Husein. En mi juventud yo tenía aquel concepto del franquismo y, coherente con él, lo combatí con la necesaria violencia, en lugar de dedicarme a intriguillas insignificantes y sucias como la mayoría de la ‘oposición’. Aquella gente que celebraba los asesinatos por la espalda de la ETA pensando que  aquellos “ingenuos” “jóvenes patriotas vascos”  les harían el trabajo sucio para dejarles a ellos hacer “política” cuando el franquismo desapareciera. Hay que reconocer que finalmente los antifranquistas intrigantes no se han portado mal con los asesinos, rescatándolos de la pésima situación a que les había conducido Aznar y premiando sus “gestas” de mil maneras.

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Democracia (IV) ¿Qué es, en fin, la democracia?

Blog I: La unidad de España, problema político central: http://gaceta.es/pio-moa/unidad-espana-problema-politico-central-31012016-1957

**Cita con la Historia. Hoy hemos tratado las versiones moralistas-sentimentales de la guerra (García de Cortázar, Pedro J. Ramírez, Eslava Galán…)

Aquí, el legado del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=CH_q4cerFd4

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1. Una vez evitamos ciertas concepciones ilusorias sobre el poder, podemos plantear la cuestión de la democracia de modo más racional. En su acepción literal, el término democracia es un sinsentido, pues todo poder es necesariamente oligárquico, debiendo interpretarse  el concepto como consentimiento o apoyo popular más o menos amplio (nunca total) a una oligarquía. Por ello todos los regímenes con cierta estabilidad pueden considerarse democráticos en mayor o menor grado. En tal caso, ¿a qué llamamos hoy democracia y cómo la distinguimos de otros sistemas como las monarquías tradicionales, que no se presentan como tal? La diferencia consiste, de entrada, en que las democracias afirman representar la voluntad popular y depender de ella,  explicitada en votación universal en la que “el pueblo”  elige  a sus representantes, es decir, a la facción oligárquica o partido que ha de ejercer el poder. El consentimiento, es, en este sentido, más activo y periódicamente participativo que en los regímenes anteriores, sin alterar su carácter oligárquico.

2.   Siendo inadecuada y origen de mil equívocos la palabra “democracia”,  podría cambiarse por alguna otra, por ejemplo  sufragismo, si no se usara ya para las activistas del voto femenino. O también votacionismo o eleccionismo, aunque eso es ahora lo de menos. En adelante seguiremos empleando el término democracia, una vez aclarado el significado que le damos.

  3.  Importa tener en cuenta que  esta forma de gobierno es históricamente muy reciente. En Usa el sufragio universal fue aplicándose a lo largo del siglo XIX hasta generalizarse en 1868 (aunque no se aplicó a los indios hasta 1924, y en la práctica los negros no pudieron hacerlo plenamente hasta 1965). En Europa y la mayor parte de los  países de cultura occidental es cosa del siglo XX, salvo breves períodos en algunos países, o en Alemania desde 1867, en Francia desde 1875 (1890 en España, tras un breve período en 1869). El voto femenino ha ido extendiéndose también a lo largo del siglo XX, no teniéndolo Francia hasta 1944. La democracia liberal predominante sufrió en Europa una profunda crisis después de la I Guerra Mundial, agravada por la gran depresión económica desde 1929, y en la forma que hoy conocemos solo pudo restablecerse, con notables cambios, mediante la masiva intervención militar useña. Como fuere, hoy predomina el criterio de que la votación universal es el único criterio de legitimidad del poder, idea que dejaría  absurdamente privados de legitimidad a prácticamente todas las formas de  gobierno de la historia o a otras actuales que, sin basarse en votaciones periódicas, disfrutan de indudable apoyo popular,  mayor a veces que el de los gobiernos democráticos.

  4.  En el mundo occidental, desde temprano en el siglo XX  se vienen proclamando democráticas las más variadas formas de poder e ideologías, por lo que necesitan caracterizarse mediante adjetivos:  liberal, plebiscitaria, popular,  proletaria, orgánica… Obviamente, cada una de ellas niega legitimidad a las demás, calificándolas de  “burguesas”, “totalitarias”, “plutocráticas” “imperialistas”, “fascistas”, etc., en lo cual tienen todas razón si aceptamos el concepto de “poder del pueblo”, ya que ninguna responde ni puede responder a esa ilusión. Pero todas ellas pueden llamarse también democracias en la medida en que hayan alcanzado una aprobación popular muy amplia y más o menos prolongada mediante votos. De todos estos tipos,  el liberal ha demostrado hasta hoy ser el más duradero, pese a haber sufrido crisis muy profundas.

  5.   El problema remite a la existencia de partidos, connaturales a las oligarquías aunque se presenten  con otro nombre (grupos de presión, tendencias,  camarillas, “familias”, etc.). En lo que hoy llamamos democracia, los partidos son pasablemente transparentes, mientras que otros regímenes son más o menos opacos a la opinión pública, y sus rivalidades se solventan de manera también opaca. En algunas situaciones  como una gran crisis nacional,  las facciones oligárquicas o partidos pueden actuar casi al unísono y conseguir una aprobación popular muy extensa;  pero una vez superada la crisis, o ante el fracaso en el intento de superarla, la unidad oligárquica y el consentimiento popular se relajan,  debido también a la incertidumbre propia de la política. Así, el gobierno de Negrín logró frenar las luchas de partidos en el Frente Popular por la necesidad de sostener la guerra, y solo cuando la derrota se hizo inminente las tendencias volvieron de forma explosiva. En el caso del franquismo, la guerra y luego la necesidad de afrontar graves peligros exteriores, mantuvieron unidas  –nunca perfectamente– a las familias del régimen. Posteriormente, sus importantes logros sociales y económicos permitieron mantener una unidad razonable hasta la muerte de Franco.

 6.  Aun en circunstancia no críticas puede ocurrir que las facciones o partidos traten de reducir al mínimo sus diferencias para  repartirse el poder,  lo que supone un aumento del despotismo, generalmente combinado con una propaganda obsesiva. Ello ha llegado al extremo en los sistemas comunistas, sostenidos por una mezcla de masiva propaganda centralizada y de terror también dentro de la oligarquía.  El nazismo consiguió  amplio éxito popular al superar la crisis alemana de los años 30, pero es improbable que pudiera mantenerse tal cual mucho tiempo después, ya que en circunstancias más normalizadas el fervor popular descendería y en el propio partido nazi se abrirían distintas corrientes. Fue la guerra lo que consiguió mantener la doble unidad del pueblo y del poder nazi, hasta la hecatombe final. Otro defecto de este tipo de regímenes, también del fascismo italiano, es la importancia decisiva otorgada al Führer o Duce — figuras propias de situaciones críticas–. Por su propio carácter, carecen de un mecanismo que asegure  una sucesión de “conductores”  al nivel del primero, y lo más probable es que la sucesión implique luchas abiertas entre los aspirantes a “Führer”. Por ello esas formas de democracia han terminado por hundirse de un modo u otro. El Frente Popular implosionó al perder la guerra, pero de haberla ganado  habrían rebrotado también  con plena fuerza las rivalidades entre sus partidos. El caso del franquismo ha sido distinto: nacido de una gran crisis nunca fue un régimen de partido único, ya que en él convivían mejor o peor cuatro “familias”, bajo un “Caudillo”, figura típica de crisis, según indicamos. Conforme la crisis se superó, en los años 50, el régimen se liberalizó paulatinamente, perdiendo de paso su soporte ideológico inicial (el catolicismo). 

7.    Lo anterior ayuda a entender por qué aquellos regímenes han durado poco. En cambio, la mayor duración de la democracia liberal ha sido y es en cierto sentido ilógica, porque admite en su seno a partidos antiliberales, capaces de conquistar un respaldo popular muy amplio, que les permita destruir el sistema de modo legal, como pasó con el fascismo y el nacionalsocialismo. O con partidos comunistas o similares, enemigos radicales del liberalismo y organizados para liquidarlo en nombre de una concepción  presuntamente científica de la sociedad y la historia. Evidentemente, si fuese justificada  la invocación a la ciencia, también en el nacionalsocialismo, tales regímenes habrían sido imbatibles.

 8.   Pese a tales problemas, dos causas de la fortaleza de la democracia liberal  en relación con otras formas, son sus mecanismos para facilitar los relevos o sucesiones  pacíficos en el gobierno, y la propia admisión de una pluralidad de partidos, que permite atenuar  el choque entre ellos con la perspectiva de que todos podrían acceder al gobierno. Incluso los partidos marxistas  o comunistoides han sido por así decir engullidos por el sistema demoliberal,  por más que sus amenazas  permanezcan y en los años 30 ocasionaran a este muy serias perturbaciones, y en países como España lo destruyeran.  

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