Dos necios históricos: Rajoy y Portela Valladares.

**Este domingo firmaré libros, de 7 a 9 de la tarde,  en la Caseta 237 de la Feria del Libro, de Ediciones Encuentro. Especialmente “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”, “De un tiempo y de un país”, “Europa, una introducción a su Historia” “Los mitos del franquismo” y “Nueva historia de España”.

** En “Una hora con la Historia” trataremos de la significación histórica del Valle de los Caídos y del paso de España como comunidad cultural romanizada, a nación con un estado propio desde Leovigildo.  https://www.youtube.com/channel/UCz6P9PSXSPo5AGErsxqC6jA

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Dado el nivel de análisis del periodismo español, Rajoy viene pasando por un político inteligente y hábil porque ha logrado mejorar un poco la economía y porque no ha entrado abiertamente en el batiburrillo esperpéntico de las riñas políticas del país.

   En realidad, su política  (o no  política)  ha consistido en seguir punto por punto las orientaciones marcadas por Zapatero en su largos años de presidencia: ideología de género con las leyes (totalitarias) correspondientes, totalitarismo igualmente de la “memoria histórica”, abortismo, entrega masiva de la  soberanía española a los jefes reales de la UE y de la OTAN, indiferencia hacia Gibraltar y servidumbre a los “llanitos”,  apoyo y financiación de los separatismos, reconocimiento del asesinato como una forma de hacer política, premiando los de la ETA, corrupción prácticamente generalizada, homosexismo, colonización cultural por el inglés, renuncia al más elemental deber de cumplir y hacer cumplir la ley…

   Cada una de estas políticas atenta directamente contra la integridad de España, contra la democracia y contra el estado de derecho. Señalemos que todas ellas caracterizan no solo al PP, sino también a los otros tres parecidos más fuertes y a los separatistas. Cabría sostener que vivimos en régimen de partido único, con rivalidades entre sus componentes más bien semejantes a las existentes entre mafias y que no excluyen  conflictos graves por el reparto de poder, dinero e influencia.

   Sin embargo nada de eso preocupa a Rajoy, para quien “la economía lo es todo”. Aparentemente le va bien en algún aspecto, y se ha jactado en China de la fortaleza económica de España. Una fortaleza con cerca de 4 millones de parados, una deuda pública gigantesca, que supera el PIB (un PIB probablemente inflado), derroche sostenido de las autonomías, descenso de los derechos y calidad del empleo, etc.  Pero la idea de la economía como “el todo” tiene su traslación política en una línea de sobornos, concesiones y entrega de dinero público a separatistas, etarras, repartos con los otros partidos, etc. Y corrupción económica, por supuesto.

   Rajoy cree, como es tradicional en cierta derecha, que “con dinero se arregla todo”, y que a base de concesiones, financiaciones, sobornos, aceptación de las infracciones de la ley, incluso infracciones golpistas, los separatistas e izquierdas se calmarán y la sangre no llegará a río. Pero lo notable, prueba de la extrema necedad del sujeto, es que con esa política está consiguiendo que los separatistas y las izquierdas se radicalicen más y más:  el penúltimo dato ha sido el triunfo de Pedro Sánchez, un demagogo especialmente barato en esta clase política de demagogos baratos. Sus beneficiarios saben que el gobierno carece de autoridad moral, que todos chapotean en una charca de corrupción, que al permitir el incumplimiento de la ley el gobierno la incumple a su vez, que sus “diálogos” son solo la cobertura de su inanidad y del estado de ilegalidad que desde Zapatero ha hecho de España una democracia fallida. Si la ETA, los separatistas o la izquierda tuvieran un mínimo de decencia, deberían agradecer públicamente al PP de Rajoy lo mucho que este ha hecho por ellos. Pero es que Rajoy ignora una acertada frase de Bismarck: “Quien quiere comprar a su enemigo nunca tendrá dinero suficiente”. Y la víctima no es, desde luego, Rajoy, o en todo caso ello importa muy poco. La víctima, hay que repetirlo, es España y el estado de derecho.

    Rajoy, con Soraya y su equipo, han preferido en todo momento la maniobra y la intriga antes que la defensa de unos principios en los que evidentemente no creen, y uno de sus manejos, típicos de su maquiavelismo aldeano, ha sido la promoción mediática y política de Podemos. Aparentemente ha sido un éxito, pues ha tenido los efectos buscados: debilitar al PSOE y recobrar los votos que el PP estaba perdiendo a chorros, gracias al miedo artificialmente suscitado por Iglesias y su banda (La cosa tiene mucho que ver, también, con un embrutecimiento del pueblo español después de 40 años de “cultura” del embuste histórico; pero dejaremos ese tema por ahora). De este modo, Podemos y el PP viven en simbiosis: Rajoy ha fortalecido a Podemos y Podemos ha permitido al PP recobrar una masa de votos asustados.

   Los resultados son estos: una radicalización general de la izquierda y de los separatismos contra la democracia y sobre todo contra España. El Frente Popular, al que son adeptos esos partidos, consistió en una alianza de facto entre izquierdas y separatistas precisamente. Y hoy tenemos en ciernes una nueva alianza de ese género. Y sin oposición, porque Rajoy y los suyos no lo son, sino más bien auxiliares y financiadores de una deriva cada vez más amenazante.

    No voy a repetir la célebre frase de Marx sobre las repeticiones históricas, entre otras cosas porque farsas políticas como la que vivimos suelen terminar en tragedias.  Pero es más que llamativa la semejanza entre la política de Rajoy y la de Portela Valladares. También Portela se consideraba “centrista”, también creía en el poder del dinero y de las intrigas y sobornos bajo cuerda para solucionar conflictos. Fue Portela, con sus chanchullos y sus demagogias quien, junto con Alcalá-Zamora, abrió las puertas al Frente Popular, y la política de Rajoy sigue pasos semejantes. Hay incluso similitudes pintorescas: Portela también era registrador de la propiedad y de Pontevedra. Dos necios históricos, dos necios desastrosos  de quienes Pontevedra nunca podrá sentirse orgullosa.

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Franco (un enigma histórico) y la guerra mundial

https://www.youtube.com/watch?v=DxW6c3Npeb4&t=5s

**El próximo domingo, 28 de mayo, de 19.00 a 21.00 firmaré libros en la caseta 237 de la Feria del Libro.

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Recientemente se ha publicado el libro La guerra secreta de Franco, obra del historiador Manuel Ros Agudo, cuya capacidad deductiva y lógica resulta harto peculiar. Pero Ros Agudo no es el único historiador cuyas deducciones nos llaman a la duda, sino que hay muchos más…

Una brillante historiografía ha convertido a Franco en un enigma único. Preston, Blanco Escolá, Viñas, Tusell y tantos otros, han demostrado que Franco ganó la guerra civil a golpe de estulticia e ineptitud; que luego, con una simple mezcla de brutalidad y astucia aldeana, derrotó durante 36 años a sus enemigos políticos, evidentemente mucho más inteligentes y diestros (y poderosos, esto es cierto); que superó el asedio internacional sin la menor habilidad o previsión de su parte: sólo porque USA y Gran Bretaña tuvieron la ocurrencia, presumiblemente mala, de embarcarse en la guerra fría contra Stalin; que dirigió al país a un desarrollo económico espectacular a base de contravenir todas las reglas de la economía, de las cuales, por lo demás, no tenía la menor idea (otra versión, observa A. Viñas con agudeza, “está desautorizada por todas las investigaciones solventes”). ¿Cómo es posible? Cabría dudar de si la sagacidad e inteligencia de esos historiadores será tan grande como la que implícitamente se atribuyen. Pero basta sumergirse en sus datos y argumentaciones para ver que no puede haber sido de otro modo: un personajillo miserable en lo moral, taimado, pero poco más que estúpido en lo intelectual, incapaz e ignorante en lo profesional, alcanzó semejantes éxitos. ¡Tan enigmática llega a resultar la historia, que sólo cerebros privilegiados y excepcionalmente adiestrados como los de estos historiadores llegan a entenderla!

En esa línea, el historiador Manuel Ros Agudo acaba de marcar un nuevo hito con su estudio La guerra secreta de Franco: “el mito de la prudente neutralidad de Franco durante la segunda guerra mundial hace tiempo que necesitaba ser definitivamente enterrado. Este libro pretende haber contribuido a ello“. Y, en efecto, Ros muestra cómo el mando franquista, en vez de reconstruir el país, proyectó poner en pie un enorme ejército, con una vasta flota aérea y una escuadra a tono. Y planeó atacar a Francia y a Gibraltar apenas empezada la guerra europea, antes de la derrota francesa y, por tanto, de cualquier presión alemana en la frontera pirenaica. La idea era entrar en la contienda, si era corta, cuando estuviera decidida, para beneficiarse de la presumible victoria alemana, a costa de los imperios francés (en África), e inglés (Gibraltar). Frustrados esos proyectos, satisfizo sus ansias bélicas y simpatías por Hitler abasteciendo a sus submarinos, permitiéndole establecer una amplia red de espionaje, fomentando la colaboración policial, vendiéndole el estratégico wolframio, poniendo a su servicio la marina mercante, tratando de debilitar la influencia estadounidense en Hispanoamérica y, al final, ayudando a los derrotados alemanes a salvar lo salvable.

A resultas de tan inaudita colección de imprudencias, desatinos y provocaciones, España se mantuvo neutral o, si se prefiere, no beligerante. De tales fechorías era capaz aquel insensato Caudillo contra la lógica más elemental.

Con todo, y sin dudar de la profundidad de análisis de Ros y los demás, me permitiré hacer algunas observaciones, nacidas, claro está, de mi insuficiente adiestramiento mental, que sin duda ellos tendrán el pedagógico placer de rebatir, para instrucción de tantos escépticos y completa desmitificación del mito.

El autor del libro, con meritorio esfuerzo por entender la mentalidad que condujo al franquismo a tales desafueros, señala: Para los Estados Mayores españoles desde un principio resultó claro que los enemigos potenciales de España en esta guerra serían Francia e Inglaterra, y Alemania e Italia los aliados más probables, pues los intereses de Alemania e Italia, centrados en la derrota de Francia e Inglaterra, confluían con los de España (…). El Caudillo había salido victorioso de una larga guerra civil de tres años gracias a la ayuda inestimable de Roma y Berlín (…). Aunque sólo fuera por estas razones (había otras muchas) un régimen nacionalista como el español no podía sentir sino rencor y hasta desprecio por los gobiernos de París y Londres. Cierto. Sin llegar necesariamente al rencor y al desprecio, aquella España no tenía ningún deber de gratitud hacia las democracias (excepto USA, que le había suministrado el inestimable petróleo), y sí hacia las potencias fascistas, de cuya victoria podía esperar, además, la recuperación de Gibraltar y expansión por África. Estas consideraciones aconsejaban entrar en guerra al lado de Hitler. Y otra más, no citada por Ros: la posición de una España desagradecidamente neutral ante una Alemania vencedora habría resultado sumamente peligrosa.

El autor debiera haber añadido, para mejor comprensión del caso, que si bien el nazismo ya mostraba notable perversidad, todavía no había creado los campos de exterminio, mientras que el régimen soviético, soporte principal del bando que Ros llama finamente “republicano”, había ocasionado ya montañas de cadáveres.

¿Por qué, con todo ello, no entró Franco en la guerra? Me atrevo a decir que entenderlo exige tomar en cuenta otros factores muy presentes en la mentalidad del dictador, pero omitidos en el libro. Para empezar, la posibilidad de una derrota alemana. Preston y otros presentan a un Caudillo ignaro y estulto, convencido de la victoria nazi hasta casi el final de la guerra. Pero de ser así, habría entrado en ella, no ya por compartir el botín, sino por el temor a un Hitler resentido con él.

Ese olvido lleva al autor a escandalizarse indebidamente por unos desmesurados planes armamentistas, por lo demás nunca aplicados, o por estudios para un ataque a Gibraltar y a Francia. Todos los gobiernos y estados mayores trazan planes así en tiempos de crisis. Francia, por ejemplo, consideró en 1938 la invasión de Cataluña, las Baleares y el Marruecos español, y Ros mismo cita el plan inglés de ocupar las Canarias, o de invadir la zona colindante de Gibraltar en una amplitud de 40 kilómetros. Esto, en cambio, no le escandaliza en absoluto, quizá porque Gibraltar es para él sólo un “tema recurrente del nacionalismo español”, y el nacionalismo de Ros parece más bien anglosajón, aunque no sé si Londres habrá premiado la oficiosa obsequiosidad del agudo Ros.

Un segundo factor en los cálculos de Franco, al que el autor no da todo su peso, era la conciencia de la dramática situación económica del país. Dependiendo del mar para sus importaciones, y estando éste bajo dominio británico, una guerra larga supondría para España sacrificios y riesgos que aquel creía excesivos. Estaba dispuesto a apoyar a Alemania, pero no a comprometer por ello la independencia e integridad españolas. Ros debiera haber recordado que ya en 1938, en plena guerra civil, había declarado su futura neutralidad en caso de guerra europea, para enfado de sus aliados.

Y, quizá más importante, al Caudillo no le hacía ninguna gracia el pacto Hitler-Stalin, y si bien poco amistoso hacia las democracias, percibía claramente que de una contienda larga entre éstas y los países fascistas sólo podría salir beneficiada la URSS. De ahí que, al tiempo que hacía planes de rearme e intervención como los mencionados, hiciera también llamamientos a la paz en occidente, lo cual no respondía a mero oportunismo, sino a una preocupación muy realista. Para él, el enemigo principal era la URSS, y si esto no se tiene en cuenta, me parece difícil entender algo del problema.

De hecho, Franco sí participó en la guerra mundial, precisamente en Rusia, adonde envió cerca de 50.000 voluntarios, asunto curiosamente marginado por Ros, a pesar de lo extremadamente revelador que es. Además, con ello consideró el Caudillo satisfechas, en lo esencial, sus obligaciones hacia Hitler, para lo cual corrió un riesgo muy serio, pues las democracias, aliadas de Stalin en aquel momento, podrían tomarlo como una agresión a todas ellas.

Maniobrar armonizando intereses y obligaciones tan complejos y a menudo contradictorios, mantener el equilibrio en el curso cambiante de una larga contienda, y bajo la amenaza de invasión de unos o de otros, me parece una tarea sumamente difícil, aunque quizás para Ros, Preston y los demás no lo fuera.

Otro olvido lamentable en un libro por lo demás tan completo, es un balance de resultados de la neutralidad para los Aliados y para Alemania. Las ventajas obtenidas por los nazis en España tuvieron carácter táctico, pero la neutralidad en sí misma representó para los Aliados una inestimable ventaja estratégica, que les permitió asegurarse la permanencia en el Mediterráneo occidental primero, y la ocupación del norte de África y la invasión de Italia después. Así vino a reconocerlo Churchill, y es una evidencia. Sin duda esto ayuda a explicar por qué las potencias anglosajonas respetaron la neutralidad española, pese a su colaboración con Alemania, aunque estuvieran a punto de invadir nuestro país en algún momento. Ros compara desfavorablemente la neutralidad española con las de Suiza, Suecia y otros. Pero podemos resumir así la cuestión: Suecia permitió el paso de tropas alemanas para asegurar la ocupación de Noruega, España no permitió nada parecido para ocupar Gibraltar. Suecia proporcionó además a Alemania enormes cantidades de excelente hierro, indispensable para la industria armamentística, así como acero, rodamientos, etc. En cuanto a Suiza, está la muy diferente actitud, tan favorable al crédito de Franco, con respecto a los perseguidos judíos, y los favores financieros hechos por Suiza al III Reich.

Haré una última observación. De la ayuda alemana en el puente aéreo sobre el estrecho de Gibraltar, quizá la operación más decisiva de la guerra civil, dice Ros: La celeridad con que esta ayuda se puso en marcha fue vital para el avance de las tropas sublevadas en Andalucía Occidental y hacia Extremadura (…) Se puede coincidir con lo expresado por un resentido Führer a principios de 1941: sin esta ayuda germano-italiana no existirían ni el Caudillo ni su régimen. Craso error, muy divulgado por Viñas y otros. Cuando los aviones alemanes empezaron a cruzar el Estrecho, el puente aéreo con aviones españoles ya había consolidado el dominio rebelde en Andalucía Occidental y prácticamente conseguido la unión de esa zona con la de Mola, y abastecido de municiones a éste, que se hallaba al borde del colapso por falta de ellas. Lo he explicado en Los mitos de la guerra civil, pero estos buenos historiadores prefieren pasar por alto datos que contradigan sus tesis, después de haber llegado a ellas, hay que suponer, con arduo trabajo.

  Y tiene interés la referencia al resentimiento de Hitler ante un Franco renuente a entrar en guerra a su lado. Muchos autores, empezando por Preston, afirman que si España fue neutral se debió, en último extremo, al desinterés de Hitler por su ayuda. ¿Por qué, entonces, ese resentimiento?

Comprendo que estas observaciones pueden causar la impresión de un Franco extraordinariamente hábil y prudente durante el gran conflicto. Eso, claro está, no puede ser cierto. Pero las hago para que Ros y los demás, contestando a ellas, acaben de poner las cosas en su sitio, convenciendo del todo a quienes no disfrutamos de una capacidad lógica tan elevada como la suya.

(En LD, 25-10-2002)

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El feminismo como histeria misógina

“Una hora con la Historia”: la cultura española va camino de convertirse en una tosca parodia de la cutura anglosajona. Un proceso  de aculturación del que casi nadie quiere hablar / Un nuevo  enfoque de la II Guerra Mundial como la guerra de las tres grandes ideologías surgidas directa o indirectamente de la Ilustración: https://www.youtube.com/watch?v=DxW6c3Npeb4

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Con deplorable desconsideración hacia los prejuicios feministas, la Naturaleza  ha tenido a bien imponer una profunda diferenciación entre los sexos, un dimorfismo sexual más acentuado en  los humanos que en los demás mamíferos. El dimorfismo no atañe solo al aspecto físico sino, y en no menor medida, a la psique, como puede observar cualquiera que tenga ojos en la cara. Abordé el tema en un artículo anterior (http://gaceta.es/pio-moa/dimorfismo-sexual-pensamiento-histerico-02042017-2116).

   ¿Qué caracteriza a la mujer con respecto al hombre? La maternidad. Esta no se refiere solo a los nueve meses de gestación, sino que abarca la cría y educación de la prole de modo más profundo e íntimo que la paternidad. Y moldea tanto el cuerpo femenino como su psique. En fin, la maternidad es la garantía de la conservación de la especie en la cual el papel de la mujer es más decisivo que el del varón.

   Lo anterior es una evidencia que no requiere más explicación, aunque, claro está, no todas las mujeres llegan a ser madres, pro problemas físicos o sociales o personales. Y así como lo normal es que el instinto maternal sea muy fuerte, en algunas mujeres es débil o inexistente. Un estudio en Usa mostraba que el maltrato infantil era más frecuente por parte de mujeres que de hombres, lo que se explica probablemente por las tensiones sociales y profesionales que soportan muchas madres.

    Pues bien, el feminismo, obsesionado con una igualdad que a la naturaleza no le ha parecido oportuna, y enemigo de la complementariedad de los sexos,  detesta de modo principal la maternidad, pues pocas cosas hay más desigualadoras. Y al odiar la maternidad, odian inevitablemente a la mujer, a la mujer real, de modo semejante a como los comunistas odiaban y trataban de someter al obrero real, que rara vez seguían sus consignas y doctrinas. El feminismo es en ese sentido misógino; e histérico en cuanto que se opone a la naturaleza (que según él no existe: la polaridad sexual sería un asunto “cultural”, un simple capricho de sociedades opresivas). Por ello genera histeria tanto en mujeres como en hombres, y degrada la necesaria conservación de la especie. Se ha hecho notar que los principales líderes de la UE (Alemania, Francia, Italia, Holanda o Suecia, además de Inglaterra) no tienen hijos biológicos. El dato tiene significado porque, consciente o inconscientemente, los líderes sirven de ejemplo a la sociedad.

   El aborto, por tanto aparece como un “derecho de la mujer”. El aborto es simplemente la liquidación de vidas humanas, pues no otra cosa es lo que conciben las mujeres. Observemos dos consignas típicas del feminismo y muy prodigadas (entre otras): “Si los obispos pariesen, el aborto sería un sacramento”. Es decir, que, de modo inconfesado,  ellas reconocen el aborto una especie de sacramento, algo deseable y casi obligado (ellas o ellos, porque probablemente hay más feministas hombres que mujeres, y son precisamente ellos los que imponen leyes y medidas feministas). Por cierto que no es novedad en la historia. Ha habido sectas, como la de los cátaros o albigenses, que  ya promovían el aborto, buscando el suicidio social deliberadamente.

   Otra consigna no menos reveladora: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. Deciden liquidar una vida humana que, además, no procede solo de la madre, sino, en un 50%, del padre, cuyos derechos son literalmente pisoteados. De hecho, asistimos actualmente a campañas de denigración de la maternidad, la cual supone, según se dice, enormes sacrificios y costes indeseables para la mujer. El NYT lamentaba recientemente que los ingresos de las mujeres eran inferiores a los de los hombres debido a la maternidad. La idea es muy significativa: en una sociedad en la que ganar dinero es la tarea que da sentido a la vida y mide el “éxito” en ella, las mujeres quedarían en desventaja a causa de la maldita maternidad.

   La consigna citada expone implícitamente otro aspecto del feminismo: el odio al padre, y al varón en general. Ello se debe, posiblemente, a una reacción enfermiza que se da en algunas mujeres y que Freud achacaba, de modo absurdo, a todas: la “envidia del pene”. Las feministas quieren igualar al varón en todo, eliminar la complementariedad, y como ello resulta imposible, y en el fondo suicida, cobran un odio profundo a su modelo inalcanzable, entendiendo como una injusticia social lo que es simplemente una necesidad biológica para mantener en la tierra al ser humano. Una necesidad que, casualmente, otras ideologías emparentadas con el feminismo, como ciertos ecologismos y homosexismos, miran con escepticismo o aversión, estimando la posible extinción de la especie como  algo indiferente o incluso deseable. Ya hay ideólogos al respecto. El feminismo es tan misógino como misándrico

   El odio a la función paterna ha llevado también a negar a los hijos el más elemental derecho a un padre y una madre reales, sustituidos por la burla patética de dos papás y dos mamás y equiparando a los hijos con las mascotas. Ningún homosexual que realmente ame a los niños pretenderá privar a estos de aquel derecho básico.

  El tema puede dar mucho más de sí. Durante largos años el feminismo, como otras ideologías, ha explotado un victimismo igualmente histérico, ante el que era difícil la defensa, porque criticarlo sonaba a injusticia y defensa de opresiones reales o  inventadas. Pero una cosa es la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, conseguida hace mucho, y otra estas oleadas de chifladura que están envenenando la relación entre hombres y mujeres, y que tan estrecha relación tienen con el deterioro de la salud social: aborto masivo, fracaso conyugal y familiar igualmente masivo, con repercusión sobre los niños y adolescentes sobre todo, expuesta en la expansión de la droga, de los suicidios o el alcoholismo juvenil y en otros fenómenos por el estilo.

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La reconciliación nacional y el Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos conmemora en primer lugar la victoria del bando nacional en la guerra civil. Aunque lo haya ocultado una historiografía y propaganda falsarias, y a menudo simplemente estúpida, lo que significó esa victoria está muy claro: vencieron los que defendían estas cosas: la continuidad de la nación española, el cristianismo como raíz esencial de la cultura hispana (y europea), la familia tradicional, la libertad personal y  la propiedad privada, entre otros puntos esenciales.

   Los vencidos negaban valor o incluso  realidad histórica a la nación española, y varios de ellos querían simplemente a disgregarla en varios miniestados. Coincidían en el odio a la cultura cristiana, manifiesto desde el comienzo mismo de la república en oleadas de terrorismo, con quema de iglesias, bibliotecas y escuelas, hasta resolverse, en plena guerra civil, en un genocidio, añadiendo a lo anterior la matanza sistemática del clero y de miles de católicos devotos. No todos, pero sí los principales partidos de los vencidos, trataban de destruir la familia que calificaban de burguesa o cristiana,  de sustituir la propiedad privada por la de un estado totalitario, aboliendo también la libertad personal. Todo ello no lo perseguían por simple maldad: pensaban o querían pensar que de aquel modo el ser humano alcanzaría un grado superior de riqueza, de libertad y de  emancipación de males ancestrales. En realidad sus ideologías constituían religiones sucedáneas, como he analizado en mi introducción a la historia de Europa. Y como cada uno de esos partidos pensaba emancipar al hombre a su manera y bajo su poder, en plena guerra civil desataron otras guerras menores entre ellos mismos.

    Dos palabras acerca de la libertad personal: el franquismo, se arguye, destruyó la libertad. Se refieren a la libertad política como si fuera la única forma de libertad humana. Como señaló Julián Marías, en el franquismo permaneció otra libertad, que llama personal, y que Solzhenitsin  explicó en unos comentarios célebres. En España la gente podía viajar libremente, dentro y fuera del país, podía comprar prensa extranjera, leer libros con gran variedad de orientaciones, establecer negocios., las huelgas se resolvían con castigos menores o con subidas de sueldo. Y un largo etcétera. Nada de esto ocurría en la URSS, régimen modelo para los principales partidos vencidos, donde las mismas huelgas eran aplastadas a tiros.  El franquismo no fue totalitario sino solo autoritario, mantuvo las fronteras abiertas y un estado eficaz pero muy pequeño. Un aspecto del totalitarismo es la expansión del estado hasta ocupar toda la sociedad, y hoy día nos acercamos mucho más a tal situación que en el franquismo, con un estado seis veces más grande y mucho más costoso que entonces. En el franquismo las libertades políticas estaban restringidas, sobre todo para comunistas, separatistas y terroristas, pero no anuladas. Había, por ejemplo, editoriales dedicadas a publicar libros marxistas. En fin, estas cosas deben ser dichas.

    Un segundo mito es el del franquismo como régimen de un solo partido. En realidad el bando nacional estaba integrado por cuatro partidos: la Falange, el carlismo, los católicos políticos y los monárquicos juanistas; aparte de los simplemente afectos a Franco, que predominaban en el ejército. Esos partidos se llamaban “familias”, porque el nombre de “partidos” no gustaba, dada la experiencia republicana. Cada uno disponía de sus propios órganos de expresión y organizaciones diversas, y solo el talento político de Franco consiguió evitar choques graves entre ellos. Teóricamente estaban todos unidos en el Movimiento Nacional, pero este era básicamente falangista, con dotación económica y posibilidades de acción muy limitados. Por esa razón el régimen se declaró católico, ya que el catolicismo era el elemento común a todas sus “familias”. Esto, sin embargo resultó un tremendo error en la época actual, como se vio cuando el concilio Vaticano II vació ideológicamente al régimen. Este es otro tema sobre el que se ha dicho poco y en general falso, y que por ello exige investigación y reflexión, que inicié en Los mitos del franquismo.

    Hay otro mito a eliminar y es el de la reconciliación. Leemos de gente en apariencia aguda e informada, que el Partido Comunista fue el primero en promover una política de reconciliación nacional. La táctica evidente de dicho partido era que la sociedad se reconciliase con él, olvidando sus crímenes y sus objetivos, para aplastar de una vez a quienes le habían vencido. No otra cosa era su reconciliación, como he mostrado en el libro citado sobre los mitos del franquismo. Es decir, una trampa para incautos.  La reconciliación estaba lograda ya en los años 40, y el intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis fue derrotado ante todo por esa realidad. Derrota que obligó al PCE a “reconciliarse”.

    Todo esto es lo que conmemora el Valle de los Caídos: la victoria y la reconciliación, manifiesta en el enterramiento de miles de combatientes del Frente Popular. Porque no es posible reconciliarse sobre la base de la negación o disgregación de España, sobre la abolición de sus raíces cristianas, de la libertad personal o de la propiedad privada. Se dice que la reconciliación se logró gracias a la transición democrática, pero la verdad es la inversa: gracias a la reconciliación previa, la transición no fue un fracaso rotundo desde el principio. Porque quienes se reconciliaron al morir Franco  fueron los políticos, muchos de ellos con las mismas ideas que habían arruinado la república y causado la guerra. Afortunadamente estos disponían entonces de poca fuerza y seguidores. Pero el frívolo abandono de las ideas por la convencionalmente llamada derecha, les permitió embaucar a muchos con  sus apolilladas propagandas, y así las fuerzas que ocasionaron la pesadilla de los años 30 han vuelto a  cobrar influencia, a resucitar viejos odios, fanatismos y presiones totalitarias (ley de memoria histórica, por ejemplo). Y el abandono de las ideas y de la defensa de la verdad histórica empujó a aquella derecha salida del franquismo a asumir la falsedad y a convertirse en comparsa de los vencidos, es decir, de los que  se identifican con las causas de los vencidos. Una identificación demencial y delictiva. La estupidez y la canallería, que decía Marañón, que ha terminado en una democracia fallida.

   Es natural que quienes propalan hoy el “Himalaya de falsedades” (Besteiro) sobre el Frente Popular ataquen al Valle de los Caídos por todos los flancos, y siempre con mentiras. Unos proponen dinamitarlo, o convertirlo en un parque temático del embuste masivo. O exhumar a Franco como medida inicial, arguyendo la estupidez de que no fue un caído en la guerra. El Valle conmemora la única reconciliación posible sobre la base de una victoria lograda en gran medida gracias al propio Franco; victoria que no solo fue suya, sino de una generación que supo, además, esquivar la guerra mundial, reconstruir el país con sus propias fuerzas, sin las deudas morales, políticas  y materiales que pesan sobre el resto de Europa occidental. Una generación que desafió y venció un aislamiento criminal y dejó un país próspero y  olvidado de aquellos viejos odios que tanto añoran los antifranquistas de después de Franco.

   Por todo ello la sepultura de Franco en el Valle de los Caídos es obligada y necesaria. La decisión de Juan Carlos de enterrarlo allí no podía ser más justa. Franco no es un simple particular. Es, entre otras muchas cosas, el principal artífice de la paz más larga que haya vivido España en siglos, y que continúa, aunque cada vez más precaria por obra de los corruptos fabricantes de fobias y rencores. Su tumba está donde debe estar y el intento de exhumarlo ya define a unas mentes enfermas de guerracivilismo.

    Un punto más: como ha reconocido el por lo común falsario Paul Preston, el Valle de los Caídos “es una maravilla”. Añadamos: una de las grandes maravillas del siglo XX en cualquier lugar del mundo,  el monumento nacional, religioso y funerario más logrado artísticamente. Preston, en ese sentido resulta bastante más civilizado que nuestra talibanesca y delincuentes clase política, pues, recordémoslo, una de las especialidades del Frente Popular fue la destrucción o saqueo de innúmeras obras de arte, tradición a la que no piensan renunciar. Solo que Preston no podía dejar de adjuntar la mentira obligada: que fue construido por presos políticos  “republicanos” utilizados como mano de obra esclava. La estupidez y la canallería. Una vez más.  

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Copiado de twitter:

LaVerdadOfende / 07/02/2015

El siguiente comunicado fue publicado por el Euskadi Buru Batzar tras la caída de Francia en manos Alemanas:

Por las relaciones que unen a Alemania y España creen los vascos que en general el triunfo de Alemania sería la consolidación del Régimen actual y por lo tanto de la desastrosa situación en que se encuentra en estos momentos el País Vasco.

Nosotros no compartimos esa opinión, porque creemos en el talento político del Führer, en su sagacidad, en su alto espíritu de comprensión esperamos que en el nuevo orden a establecer en Europa y particularmente en España, el problema vasco será tenido en cuenta:

1-Porque a Alemania le interesa la pacificación de España y no puede escapar a su recto sentido que no hay pacificación posible sin una solución favorable a los vascos.

2-Porque el problema vasco está íntimamente ligado al problema racial alemán y por lo tanto, es lógico y natural esperar que el Führer lo acoja y lo resuelva con la mayor simpatía.

3-Porque nos damos perfecta cuenta de que las simpatías de Alemania en España están en decadencia, y por lo tanto es de extrema importancia para el Führer recoger y captar nuevas simpatías si no quiere perder toda su influencia en España.

En el diario de Aguirre, hoy en la Biblioteca del Congreso de EEUU se lee: «Hago el viaje con tres oficiales alemanes que venían de París. Amables y correctos. Llego a Colonia después de pasar la frontera a las dos y media. Tomo de milagro el tren a Hamburgo y dejo olvidada mi gabardina con la precipitación. En la frontera, concesión y facilidad. Viajo hasta Hamburgo con un simpático oficial de la Marina condecorado con las cruces de guerra. Sabe francés y me viene muy bien de intérprete. Llego a Hamburgo a las nueve cincuenta».

¿Qué piensa el lehendakari de los nazis? Leamos lo que escribe él mismo:

27 de marzo de 1941. He comido solo. Después, casi instintivamente, he di*rigido mi paseo hacia las avenidas que van a parar a Unter den Linden [el lugar ha*bitual de las grandes manifestaciones nazis] por si veía algo. Y, en efecto, poco tiem*po después de cruzar por el monumento de la victoria he visto pasar al ministro de Exteriores japonés Oosuke] Matsuoka, precedido y seguido de gran acompañamiento. Iba con él el general [Hiroshi] Oshima. He llegado hasta la chancillería donde un numeroso público esperaba la salida de Hicler y el ministro japonés después de su entrevista. Ha durado dos horas y media. He esperado, firme en pie, con intenso frío, el momento.

Salen al fin Hitler, Ooachim van] Ribbentrop y Oshima. Yo estaba a 50 metros. Tenía en mi mano unas banderolas nazis y japonesas que nos han repar*tido «gentilmente» unos miembros de las SS. He disfrutado mucho [sic].

30 de marzo de 1941. Hoy me he quedado sin misa. He pasado una noche extraña -con sueños- cosa que no es corriente en mí. Total, que entre la noche desvelada y el sueño tardío se me pasó la hora de la misa. He ido a la iglesia por la tarde. Dios me habrá perdonado esta involuntaria infracción del precepto. Envidio a los que se despiertan cuando quieren. Yo no puedo, duermo demasiado bien.

8 de abril de 1941. Sigo leyendo a Unamuno y termino la obra de Antonio Ferro sobre [António de Oliveira] Salazar, el dictador portugués. Interesante figura [sic] la de Salazar que siempre me ha atraído por su honestidad y recio carácter. Se podrá no compartir sus ideas pero se comprende bien que ciertos procedimientos de Gobierno sean necesarios (sic) en algunos países tumultuarios. (…) De Salazar he oído hablar bien, hasta a sus propios adversarios. Es un mérito.

11 de abril de 1941. Hoy es viernes santo. He leído y meditado el Evangelio de san Lucas y los libros del Éxodo y el Levítico. (…) He procurado guardar el ayu*no dentro de la limitación de las circunstancias. He paseado por la tarde llegando hasta la capilla donde oyen misa los elementos de la embajada española y las «mu*jeres» de las embajadas y legaciones de América.

19 de abril de 1941. Durante la mañana leo el Libro I de los Reyes. Termino también el libro El Fascismo de [Pietro] Gorgolini. En resumen, flojo a pesar de que el pró*logo de Mussolini diga que es lo mejor escrito hasta 1921. Después han sido publica*dos mejores trabajos, aun cuando la conducta merezca los calificativos más duros.

20 de abril de 1941. Santo de Aintzarne [su hija mayor]. ¡Cuánto me acuerdo! Aquí festejan el santo de Hitler.

De esta manera tan gráfica relata el lehendakari vasco, José Antonio Aguirre, su entrada en Alemania, el corazón del imperio nazi.

  

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La guerra de Marruecos / La neutralidad de Franco

El general Salvador Fontenla acaba de publicar La guerra de Marruecos (1907-1927). Historia de una guerra olvidada (Ed. La esfera de los libros) Aquel conflicto tuvo enorme repercusión directa e indirecta en la España de entonces, motivando una constante agitación revolucionaria, la Semana Trágica y finalmente – junto con el terrorismo anarquista y el auge de los separatismos, que aspiraban a combinarse con los rebeldes del Rif para desintegrar España–  la caída del régimen liberal de la Restauración –. Dicha guerra ha motivado gran número de estudios parciales y literatura, pero por sorprendente que resulte, ninguna historia de conjunto, siendo esta la primera, si dejamos aparte la puramente profesional Historia de las campañas de Marruecos publicada en cuatro volúmenes por el Servicio Histórico Militar, entre 1947 y 1981. Esto no es demasiado extraño, dada la pobreza analítica de la historiografía universitaria: tampoco había un estudio sobre los separatismos vasco y catalán en relación con la evolución de España en el siglo XX, pese a ser uno de los problemas clave de ese siglo, hasta el mío Una historia chocante.

   En realidad, como señala el autor, se trató de una serie de campañas, con intervalos entre ellas, a las que, “jurídica y políticamente es inapropiado denominar  guerra de Marruecos, porque no hubo declaración formal de guerra y porque España no estuvo durante esos años en guerra con ese país (…) ni hubo un plan determinado (…) Las intervenciones francesa y española tuvieron como finalidad pacificar y someter a la obediencia del sultán marroquí a las cabilas (tribus) rebeldes a su autoridad”.  Este era el objetivo oficial, más la modernización del país. Los dos protectorados debían terminar en plazo indefinido, que las potencias protectoras tratarían de alargarlo lo más posible (terminaría en 1956). “Los actuales nacionalistas y el gobierno marroquí quieren hacer ver que las luchas de las cabilas eran para librarse del yugo de España, cuando la verdad era que por lo que combatían era para no someterse al yugo del sultán de turno de Marruecos”. No obstante lo inadecuado del término, ha quedado como “guerra de Marruecos”, y el autor lo mantiene un poco por la costumbre.

   El libro está escrito con precisión militar, sin retóricas ni consideraciones ajenas al tema, algo muy de agradecer en una época en que las verborreas ideológicas causan estragos en la historiografía. El período se extiende entre la Conferencia de Algeciras (1906) – en la que las rivalidades entre Alemania, Francia e Inglaterra se resolvieron a favor de entregar una zona marroquí como protectorado a un gobierno español poco entusiasmado con el regalo– y las operaciones subsiguientes al desembarco en Alhucemas (1925), culminadas dos años más tarde. Desde entonces la pacificación fue tan real que después de la independencia muchos rifeños pedían el retorno de España ante las brutales represiones del gobierno de Rabat, caso realmente insólito. Francia no logró pacificar todo su protectorado, más amplio pero también más fácil, hasta 1934.

   “Si se preguntara a la población en general sobre hechos destacados de nuestra actuación militar en el Rif, pocos sabrían citar algo más que el Barranco del Lobo o el Desastre de Annual, e ignorarían el desembarco de Alhucemas, la incursión de comandante Capaz, los numerosos actos de heroísmo y de acciones guerreras brillantes”. El exitoso desembarco, fue el primero realizado después de la catástrofe inglesa en Galípoli, de la que se sacó la lección de que un desembarco contra un enemigo preparado en tierra fracasaría necesariamente.

   En realidad, señala el autor, y aun teniendo en cuenta un revés tan grave como el de Annual (en el Barranco del Lobo, murieron 158 españoles, que la prensa republicana y socialista elevó a un millar, cifra mantenida luego por historiadores de medio pelo), “el Ejército español demostró en estas campañas una gran capacidad de adaptación y de renovación en todos los aspectos (…) con operaciones que fueron modelos de aplicación del arte de la guerra, con procedimientos técnicos y tácticos pioneros”.

    Las campañas del protectorado fueron en extremo difíciles, y el autor hace una comparación con las actuales de Afganistán: “Los dos tipos de conflicto se han caracterizado principalmente por la lucha de guerrillas. Guerra asincrónicas, de intensidad variable y desgaste a largo plazo (…) España en dieciocho años consiguió dominar y pacificar el protectorado que asumió en los acuerdos internacionales, y la OTAN, después de más de quince años, no ha podido cumplir la misión que se le asignó, a pesar de las nuevas tecnologías, generosos sobornos y su potente maquinaria política, económica y militar”. Hasta podríamos augurar que las perspectivas de la OTAN son de derrota final.  La comparación viene muy al caso.

   En fin, el libro proporciona una gran suma de información y de análisis concretos de las operaciones que, en general, desmienten la “leyenda negra” tejida por una masa de literatura impresionista y muy a menudo alejada de la verdad.

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La neutralidad de Franco

Hay hechos en la historia que no admiten discusión, los grandes hechos en general, que componen una especie de macrohistoria. Así, Franco ganó la guerra civil;  Churchill mantuvo la guerra cuando Hitler le ofrecía la paz: los soviéticos vencieron en la importantísima batalla de Moscú;  Roma venció a Cartago; España descubrió América. Etc. Son datos evidentes y a los que debe remitirse cualquier análisis. Sin embargo existe también lo que llamaríamos micro historia, es decir,  el examen de los detalles, decisiones parciales y procesos concretos, a menudo muy complejos, inciertos y contradictorios, que han llevado a tal o cual resultado. Así, la paz con Hitler estuvo muy cerca de ser aceptada por Inglaterra; Roma estuvo al borde de perder frente a Cartago; el descubrimiento de América pudo haber correspondido a otro país; Hitler no culminó la destrucción del ejército inglés en Dunquerque, probablemente para facilitar la paz…  Y se piensa también que la final neutralidad de España  pudo resultar, no de una decisión clara, sino de azares imprevisibles contra un deseo real de Franco de entrar en la contienda.

    Suele interpretarse que al caer Francia, Franco se ofreció a Hitler para  beligerar. Es posible que la oferta de Franco tuviera ese sentido, pero nada seguro por cuanto se suponía entonces que la guerra ya había concluido. La intención de Franco tendría relación más bien con el nuevo orden que parecía instalarse en Europa. Por lo demás, a Hitler no le interesó la oferta, por creer que ya el conflicto estaba resuelto y porque entendía a España más bien en la órbita italiana.

   Las cosas cambiaron cuando se hizo claro que Inglaterra –es decir, el Imperio inglés o británico–, continuaba la lucha. Esto complicaba las cosas, y  cambió drásticamente la percepción de Hitler: España se convirtió en un punto clave de su estrategia, para cerrar el estrecho de Gibraltar y fortificar el litoral marroquí. A su vez, también complicó la posición de Franco, que definió su política, muy claramente, por cierto, en una carta en que recomendaba a Serrano Súñer o Suñer la política a seguir al respecto: “Si nos garantizan una guerra corta, solo se necesitan completar los preparativos militares”. Se entiende que Franco no tenía simpatías por Inglaterra, que entre otras cosas no le había ayudado en la guerra civil y humillaba permanentemente a España con Gibraltar. Una guerra rápida y victoriosa, un paseo militar, en el fondo, con pérdidas mínimas, le permitiría además participar con cierta posición en el Nuevo orden. Pero en caso de guerra larga, “debemos tomar garantías para que no os puedan arrastrar a la intervención sin tener resueltos los problemas en forma soportable a nuestro pueblo”. En otras palabras, si la guerra se prolongaba, España debía atender de manera primordial a su reconstrucción y no dejarse arrastrar.  Es difícil exponerlo de forma más precisa.

   La fecha de la carta, 24 de septiembre de 1940, es por demás significativa. Una semana antes Hitler había abandonado la idea de invadir la isla, sus pérdidas aéreas eran ya excesivas y la batalla de Inglaterra se decantaba en contra de Alemania. La guerra, por tanto, no iba a ser corta. Además, Franco era muy consciente de la estrategia inglesa de resistir hasta que Usa abandonase a su vez la neutralidad, como le señalaría a Hitler en la conferencia de Hendaya.

    A partir de ese momento la táctica de Franco fue dilatoria. Algo muy difícil, porque el poder de Hitler llegaba a la frontera española por los Pirineos. No pudiendo rechazar abiertamente las presiones germanas, lo que hizo fue pedir más y más suministros, en cantidades que sabía fuera del alcance de Alemania, y de paso grandes extensiones del Imperio francés, que también sabía que Hitler no concedería. El 23 de octubre, en Hendaya Hitler hizo un último esfuerzo y volvió a fracasar ante dicha táctica dilatoria. El riesgo de provocar una invasión alemana era grande, pero Franco lo evitó con promesas de intervenir “en el momento oportuno”. El 6 de febrero, en  expresivísima carta,  Hitler instaba a Franco a entrar en guerra de una vez, porque su decisión podía cambiar el curso de la historia y el tiempo apremiaba. Pese a la insistencia de Hitler en el valor del tiempo, Franco tardó un mes entero en entregar su respuesta, una carta no menos expresiva declarando obsoleto el acuerdo de Hendaya, que por lo demás no tenía fecha. Hitler desistió y concentró sus esfuerzos en Rusia.

   Estas solas tres cartas resuelven perfectamente la cuestión, como he expuesto en Años de hierro y en diversos artículos,  y contra ellas se estrellan todas la interpretaciones contrarias difundidas en estos años. Lo que no impide que dichas interpretaciones (Marquina, Preston, Viñas, Tusell, Reig Tapia, Murray y Millet y tantos más), prosigan utilizando la microhistoria, es decir, citando-interpretando diversos documentos secundarios  para negar el mérito de Franco en la neutralidad española y atribuírselo en cambio ¡al propio Hitler! Mérito enorme, pero que por ello mismo necesitan negar de cualquier forma, porque según ellos Franco era un tirano brutal, poco inteligente y aventurero.  Por consiguiente se ha hecho preciso descender a mil detalles y ponerlos debidamente en su contexto, cosa que han hecho Luis Suárez en Franco y el III Reich (2015) y ahora Fernando Paz en La neutralidad de Franco (Ediciones Encuentro). Paz aborda todos los detalles y puntos en los que se basan las distorsiones  de autores como los citados y otros echándolas por tierra una y otra vez.

   Un detalle significativo: en otra carta a Serrano Suñer escribía el Caudillo: “Una cosa es que los españoles sean entusiastas de Alemania como buenos españoles y otra tomar posturas de mal gusto con los vencidos”.  Como recuerda Paz, Franco en ningún momento aprovechó la derrota y desmoralización francesa para atacar a Marruecos, cuya posesión, según pretenden diversos autores, le obsesionaba en su calidad de “africanista”. Por el contrario, no solo no hizo nada al respecto sino que procuró coordinar su política con la de Pétain para fortalecer a una Francia que pudiera contrapesar la hegemonía alemana. Con esto queda en evidencia la idea de que Franco se había hecho ilusiones de entrar en el conflicto si Hitler le concedía las supuestamente ambicionadas posesiones francesas. Franco era hombre realista, como demostró mil veces, y no se hacía ilusiones que sabía infundadas. Si pidió colonias francesas fue por lo mismo que pedía cantidades desmesuradas de suministros: porque sabía que no podía obtenerlas, pero tales exigencias le permitían retrasar la beligerancia… hasta que Hitler abandonó sus planes sobre el Mediterráneo y Marruecos  y los concentró en Rusia, su verdadero y fundamental objetivo estratégico en aquella guerra. El libro de Paz es valioso porque desbarata gran parte de las seudoargumentaciones de muchos autores que intentan utilizar la microhisoria para negar o difuminar la macrohistoria; o para hablar de los  árboles e intentar ocultar el bosque.

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“Una hora con la Historia”  trata de desmitificar el pasado para clarificar el presente, pues la falsedad sobre la historia en España es la raíz de numerosas políticas nefastas que han hecho una democracia fallida. Para ser realmente influyente y no una voz en el desierto, el programa necesita el apoyo de sus oyentes en la difusión y en el soporte económico. Queda mucho que hacer en los dos campos, por lo que reiteramos nuestro llamamiento. “España espera que cada uno cumpla con su deber” . https://www.youtube.com/watch?v=vsHKQTp2KBg&t=7s  

 

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