El arte y las intenciones del artista

 

La obra del  artista, sobre todo si es obra de calidad, va siempre más allá de las intenciones  del autor. Algunas son interpretables e interpretadas una y otra vez, así el Quijote. Posiblemente Cervantes solo tuviera en mente una parodia de novelas de caballerías y ganar algún dinero, pero el resultado no tiene mucho que ver con ello. Por eso cabe interpretar al artista como una especie de médium.

   Es más, las críticas pueden descubrir al autor aspectos de su trabajo en los que no había pensado en absoluto. Según veo, Gregorio parece interpretar Sonaron gritos… en clave algo freudiana –como se han interpretado tantísimas obras literarias, planedas asi por sus autores–. Aunque no queda claro. Lo que está claro, en todo caso, es que ni en la intención ni en la realización tiene la novela nada que ver con el complejo de Edipo y esas cosas.  Mi intención partía del hecho que él alude, la pobre explotación literaria del material que suministra la vida española.  En efecto, los años  de la guerra y los 40 ofrecen un material fantástico, pero no han dado lugar a obras literarias importantes, aunque sí algunas estimables, como las de Foxá, Gironella, Agustí, incluso Romero. Quise reenfocar la época literariamente, y eso es, muy en bruto, la novela, aunque algunos me nieguen la calidad de novelista, como otros la de historiador.

   Algunas cosas creo que las he conseguido: Sonaron gritos… es una novela muy diferente de todas las que se han escrito en España en relación con aquel período, incluso con cualquiera. Los personajes son también muy distintos de los habituales en nuestra literatura. Creo que un problema de la literatura española es su escasez de épica y de problemas morales, y su tendencia a un costumbrismo de mesa camilla, con un humorismo de sal gorda. Un importante historiador sobre la División Azul me  dijo que los dos personajes centrales no coincidían con el divisionario-tipo, y es verdad, pero yo no quería nada de eso, aparte de que por allí pasaron cerca de 50.000 hombres, y entre ellos habría forzosamente de todo. Pero una idea corriente en España es que, para ser “real”, un personaje tiene que responder a tales o cuales estereotipos costumbristas

   Por lo demás, la novela no fue planeada, sino que fue surgiendo sola partiendo de un hecho real en Barcelona, que me contó un amigo. El relato se puede sintetizar así: durante la guerra civil, los protagonistas, que constantemente se equivocan en sus previsiones sobre la marcha de la contienda, pueden elegir entre huir por los Pirineos para incorporarse a los nacionales (mucho lo hicieron), o permanecer  en Cataluña actuando “por libre”, próximos a la quinta columna pero sin integrarse del todo en ella, y guiando –y haciendo algún negocio—a otros a pasar los Pirineos. Unos primeros intentos de identificar al asesino de la familia del protagonista quedan en nada al saber que ha marchado a Madrid, en la columna de Durruti, tan publicitada.  Finalmente, corriendo  mil riesgos, llegan al final de la guerra y sufren –no así la chica, Carmen–una especie de decaimiento, al perder la excitación del peligro al que se habían acostumbrado. El protagonista se entera también de que su familiar asesinado no era su padre, al menos en sentido biológico, lo que le causa un fuerte choque picológico.  Ello le permite entender muchas cosas, también el escaso afecto familiar  de que había disfrutado, y de cuyas peores consecuencias le había salvado la amistad con su amigo Paco. Allí podría terminar la novela, sin más (unas 260 páginas, suficientes para una novela corriente). A mí mismo se me había olvidado la cuestión del padre. biológico.

   Preferí continuar con el relato, con una segunda parte dividida en dos:  la depresión y las indecisiones del protagonista en Madrid, adonde huye para escapar a los recuerdos de Barcelona; la tertulia de alegres charlatanes de la pensión, que le va reanimando; la indecisión ante la vida vulgar y corriente, aunque con poca comida; y finalmente el enrolamiento en la División Azul, junto con su gran amigo, etc. etc.  Esta es la parte que más ha gustado a la mayoría, pero yo prefiero la tercera, la vuelta a la vida un tanto pesada en Madrid, donde los amigos de la pensión  se han desperdigado,   hasta que aparece la posibilidad de luchar contra el maquis, lo cual está a punto de arruinar su matrimonio. La muerte del padre se me ocurrió sobre la marcha, y es lo que finalmente ata a la novela como un relato de conjunto, pues de otro modo podrían ser tres novelas diferentes. Seguramente  tiene razón Gregorio al decir que no exploto a fondo un suceso semejante, que  el hallazgo merecería más  desarrollo, pero como excusa algo pobre diré que el protagonista es hombre sobrio, algo seco, poco amigo de patetismos y nada barroco. De nuevo poco frecuente, creo, en la literatura española.   

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“Grandes aciertos mal aprovechados”

Blog I. La democracia, tan mal entendida, y por qué funciona mal… http://gaceta.es/pio-moa/democracia-mal-interpretada-28072016-2113

Entrevista: “Escupir sobre las tumbas de padres y abuelos”: http://www.actuall.com/entrevista/democracia/pio-moa-llevamos-40-anos-embrutecimiento-la-falsificacion-la-historia/

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 ”Ya que me ha pedido ud opinión sobre su novela “Gritos y golpes”, y no me ha pedido que sea sincera (los autores piden sinceridad, pero se cabrean si resulta incómoda para ellos), se la daré.

 Me preguntaba yo a qué me recordaba su novela. Pues por fin me di cuenta: me recuerda a “Guerra y paz” de Tolstoi en lo más esencial: en que es una novela épica. No es simplemente de aventuras, es épica. En España no existe tradición de ese género: Galdós, al margen de sus méritos costumbristas  resulta poco épico: trabaja bien con personajes corrientes, penetras en su psicología, pero no va mucho más allá ni los lleva a situaciones límite, como en “Gritos y golpes”. Y tampoco se plantea problemas psicológicos o morales más allá del costumbrismo, al menos así lo veo yo.

   Claro que decir que se parece al libro de Tolstoi es mucho decir. “Guerra y paz” es mucho más amplio en personajes y situaciones que su novela, y los personajes están trazados de forma más completa, por algo se la considera una de las máximas obras de la literatura mundial. Tiene varios defectos, sin embargo, sobre todo sus disquisiciones más o menos filosóficas y problemas teóricos, que mucha gente se los salta. Así, esas disquisiciones quedan un poco como pegotes, aunque lo más grave para mí es que no son muy profundas. La profundiad de la obra está en el relato mismo y en el dibujo de los personajes. En eso, “Gritos y golpes” es mejor, mucho mejor para mi gusto, porque también está llena de problemática filosófica, pero esta está imbricada en el desarrollo de la acción, y estoy seguro de que muchos de sus lectores  ni se darán cuenta de muchas de esas reflexiones, de tan bien asociadas como están a la acción. Son pinceladas aquí y allá, sugerentes, pero nada pretenciosas.

   La parte final, el descubrimiento de la paternidad del protagonista me parece un acierto mayor, un acierto de gran literatura. Solo le diría que ud no le saca todo el jugo posible,  sino que lo deja un poco seco, con poco desarrollo, esquemático, no sé cómo decirlo. Si yo hubiera dado con una cosa así, creo que me habría explayado abundantemente. Ud solo apunta con el índice al problema filosófico implicado, pero ahí queda todo. Es una lástima. Aún así, es un acierto de envergadura: hasta podría entenderse el relato como la caza del padre para matarlo,  una caza abandonada por las circunstancias y cumplida también por las circunstancias. No me interesa si el lector llega al desenlace con  sorpresa, porque acaso está indicado ya al comienzo de la narración, pero  personalmente no me interesan demasiado los rodeos,  los despistes y las alusiones equívocas con los que  muchos escritores, sobre todo anglosajones, tratan sus relatos para llevar al lector a una gran sorpresa final, que suele ser bastante  vulgar.

   Volviendo a “Guerra y paz”, no es que yo diga que pueda equipararse  a ella, pero tampoco lo contrario. La  suya no es una novela vulgar, aunque desde luego no encaja con el ambiente social ni el ambiente literario de ahora. En eso hay muchas modas,  y ud sabrá que  la Divina Comedia, pongamos por caso, fue despreciada en tiempos de la Ilustración. Digo que su novela, por muy alejada que sea de la del ruso tanto en personajes como  en situaciones, pertenece al mismo estilo, y desde luego no desdice del modelo, si se puede considerar a “Guerra y Paz” el gran modelo. Hay un personaje secundario en la de Tolstoi, Dólojov, que podría parecerse a Paco en algunos aspectos . En cambio Alberto podría tener algo de Pierre, si no fuera porque este es un clásico intelectual  bienintencionado y poco apto para la acción, mientras que Alberto tiene algo de buena persona, pero… En fin…

   Los personajes femeninos están tan ligados a la violenta acción de los masculinos que se pierden un poco. Carmen me parece una gran figura, pese a todo, y con la rusa me pasa lo que con lo del padre: un gran hallazgo desarrollado aalgo pobremente. La poetisa y su mentora en Madrid, también están  muy bien retratadas, aunque de forma sumaria.

   El trasfondo histórico, espléndido. La guerra civil, la guerra de Rusia, el maquis…  Ha habido personas que estuvieron en las tres guerras, por afición o porque los acontecimientos les arrastraban. Este es otro gran acierto, creo que nadie los ha tratado, y menos en ese plano lejano de la ideología. Una novela parecida fue la de Emilio romero  “La paz empieza nunca”, pero en definitiva era solo una novela falangista, o sea, ideológica. Seguramente se pueden hacer buenas novelas ideológicas, no sé si la de Romero lo era, quiero decir, si era buena, porque hablo solo de referencias, pero una novela con verdadera categoría literaria no puede ser ideológica.

   No me extiendo más ni le digo si me ha parecido bien o mal, creo que eso cae cajón por lo escrito. Y lamentar que tanto material como suministra la vida española sea tan pobremente explotado por los literatos. Y perdone lo desaliñado de este escrito, por mis muchas ocupaciones. Pienso releerla este agosto y tal vez le dé otra opinión

Gregorio S. P.

 

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Defender el franquismo desde la democracia liberal

Blog I. Un magnífico libro de viajes: http://gaceta.es/pio-moa/magnifico-libro-viajes-i-27072016-1952

Cita con la Historia” La decadencia europea: https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw

El resurgir del islam y Europa: https://www.youtube.com/watch?v=BGnXEh2sTLE

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Al contrario de lo que suele creerse por influencia de la izquierda antidemocrática, el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal. No solo puede: debe. Expondré brevemente algunas razones.

  1. Nuestra democracia viene directamente del franquismo, de la ley a la ley. La alternativa era pasar sobre 40 años de historia para buscar la legitimidad en el nefasto Frente Popular, de tendencia totalitaria y destructor de la legalidad republicana, como proponían la izquierda y los separatistas.
  2.  El paso “de la ley a la ley” supuso, además, prolongar la paz más prolongada de nuestra historia contemporánea, comenzado por el franquismo. Fueron la izquierda y los nacionalistas catalanes los organizadores de la guerra y de un proceso revolucionario al cual, justamente, derrotó Franco. La paz no es el máximo valor social, pero es un valor muy importante.
  3. El franquismo nunca tuvo oposición democrática viable. Es una brutal falsedad la equiparación de antifranquismo y democracia, sostenida desde la transición, que ha permitido a una izquierda nunca democrática repartir títulos de demócrata. En las cárceles franquistas –con seis veces menos presos que hoy– no había demócratas: sus pocos presos políticos eran totalitarios diversos y terroristas.
  4. El franquismo fue autoritario, no totalitario. La diferencia clave reside en que el estado totalitario tiende a ocupar todo el espacio social. Pero el estado franquista fue muy reducido, seis veces menor que el actual. El espacio dejado a la actividad social espontánea era mayor que ahora.
  5. No es cierto que en el franquismo no hubiese libertades. Vale la pena recordar el episodio Solzhenitsin para entender la realidad. Existía incluso una prensa muy considerable de carácter pro comunista y pro etarra. Las libertades de reunión, expresión o asociación, etc., estaban limitadas, pero existían con mucha más amplitud de lo que ahora creen o dicen creer muchos.
  6. El franquismo no solo derrotó a la revolución, también nos salvó de la guerra mundial, desbarató el maquis y el aislamiento impuesto injustamente a España, reconcilió a la población (bien puedo decirlo, habiendo sido de los pocos que luchó contra aquel régimen) y dejó el país más próspero de lo que había sido en siglos. Ello permitió la democracia.
  7. Todas las amenazas a la democracia (corrupción, leyes totalitarias, ataque a la justicia independiente, separatismo, terrorismo, etc.) provienen, y no es casual, del magma antifranquista creado después de Franco por la izquierda y el separatismo, gracias a la renuncia de la derecha a la lucha de ideas y a la creación de opinión pública
  8. No puede defenderse el franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura históricamente necesaria, muy llevadera y con un balance positivo no ya bueno sino espectacular, teniendo en cuenta lo que ha sido la historia de España en estos últimos siglos.
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¿Existe amenaza islámica?

   Tan inesperado como la caída de la Unión Soviética ha sido el renacer del integrismo musulmán. Entre los siglos VIII y XVII, el islam planeó como una amenaza permanente sobre Europa desde el sureste y el Mediterráneo, pero a partir de entonces  el peligro había desaparecido y habían sido los europeos quienes  habían reducido a una dependencia mayor o menor a la mayor parte del mundo mahometano. Esta relación de fuerzas y posiciones parecía ya definitiva, pues, entre otras razones, se  asentaba en una superioridad científica y técnica que no cesaba de acentuarse. El ámbito musulmán o Musulmania no se integraba con el europeo,  y los  esfuerzos de algunas potencias coloniales como Francia por favorecer las conversiones o el abandono del islam habían fracasado casi por completo. Pero el islam parecía sumido en un atraso invencible,  rechazo a la ciencia y la técnica occidentales, y pasividad fatalista. Pocos europeos creían que ese panorama fuera a cambiar, probablemente en siglos. Alguno más perspicaz, como Churchill, advirtió  tan pronto como 1899 que bajo esa fachada “El mahometismo, lejos de estar moribundo, es una fe combativa y proselitista”, y que si no fuera por el escudo de la ciencia, “la civilización de la Europa moderna podría caer, como cayó el Imperio romano”. No obstante hay indicios de que Churchill, como otros occidentales, sintió atracción por el islam, acaso porque este proponía una fe incondicional, sin fisuras y militante, en contraste con la vacilación, la duday el relativismo extendidos por Europa.

   Y bajo los signos externos de indolencia y parálisis cultural dentro del islam obraban corrientes propugnaban renovar su vieja fuerza adaptando la técnica occidental. Algunas de ellas fueron tan lejos como impulsar cierto grado de laicismo y separación entre la religión y el estado. Después de la I Guerra mundial, Kemal Atatürk  implantó en Turquía una especie de democracia tutelada por las fuerzas armadas, y pudo entenderse el experimento como una señal de la dirección en que se desenvolvería el islam, al ritmo que fuera.  Con parecida intención  nació tras la Ia Guerra Mundial el partido panárabe Baaz, de carácter laico,  socialista y modernizador, que logró gobernar en Siria e Irak, e influir en otros países del entorno. También Egipto, con el coronel Nasser, seguía más o menos la pauta, y otro país fundamental en la región, Irán, se occidentalizaba con rapidez bajo el Sha (rey) Reza Pahlavi. Lo mismo grupos palestinos contra Israel, alguno de los cuales se presentó como marxista-leninista.

    A partir de 1967, tras la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días, la organización palestina Al Fatah y otras, también ajenas al integrismo, desataron campañas de atentados terroristas, y aunque no consiguieron su objetivo directo de destruir Israel, alcanzaron el indirecto de transformar gran parte de la opinión pública occidental, antes simpatizante con los israelíes, en lo contrario. Aquel terrorismo se combinó, por lo que respecta a Europa, con otro puramente europeo, de carácter comunista o comunistoide en Alemania, Italia, España y en menor medida en Francia. 

    Con el paso de los años, el panarabismo o nacionalismo árabe con sus propuestas laicas y socialistas,  fue entendido como un fracaso,  y en lugar de proseguir  el camino de la occidentalización,  ganaron terreno los partidos e intelectuales que propugnaban lo contrario, una vuelta a la pureza del islam, a la ley islámica o sharia, al velo o el burka  en la vestimenta femenina (que casi habían desaparecido en la población urbana de gran parte de Musulmania); y, en especial, la diferenciación entre Dar al Islam y Dar al Jarb, es decir Casa del islam y Casa de la guerra. En la primera, la tierra de la sumisión a la voluntad de Dios, debía reinar la paz entre los creyentes, cosa rara vez alcanzada, mientras que la tierra de los infieles es por definición objeto de guerra o yijad.  El proyecto de conseguir la unidad político-religiosa del islam derribando a los regímenes más o menos occidentalistas, y el de atacar a los infieles europeos (tildados, harto inadecuadamente, de cristianos o “cruzados”) van juntos en la mente y las manos del integrismo islámico.

    Una magna victoria del islamismo radical en su versión chiíta fue, en 1979 el derrocamiento del régimen prouseño de Irán, hasta entonces una piedra angular de la estabilidad y occidentalización del Oriente Medio y Próximo. Interesa destacar  que su caída fue auspiciada por la propia Usa  y, en un plano más propagandístico, por diversos países europeos, Francia en primera fila, que querían ver la caída del Sha como un triunfo democrático sobre el gobierno autoritario del Sha. El resultado fue la victoria de un férreo estado islamista, en la  tendencia chiíta (la mayoría de los musulmanes son sunnitas), que no cesaría de hostigar al Gran Satán, según definían a Usa, y que barrió todas las medidas occidentalizantes anteriores. Como concluyó melancólicamente el Sha, “Es peligroso ser enemigo de Usa, pero aún más peligroso ser su amigo”.

    Lo mismo ocurriría en Afganistán cuando los soviéticos tuvieron que retirarse, prólogo a la implosión de la URSS. El terrorismo y la movilización de masas –a menudo apoyada por la UE y Usa— se convirtieron en los métodos predilectos del integrismo, que predicaba abiertamente la guerra santa contra Occidente en general y Europa en particular, entendida esta por los islámicos como un territorio enemigo, por infiel y por haber humillado largamente a Musulmania. En ese contexto, los integristas no han dejado de reivindicar Al Ándalus contra España, e incluso un país que por ahora ha optado por Occidente, como es Marruecos, mantiene viva, aun si por ahora en sordina, la reclamación andalusí. La glorificación de Al Ándalus es una política persistente de numerosos grupos e intelectuales no musulmanes en la propia España. Los líderes islamistas creen que Europa va madurando para convertirse en Dar al-islam, y parte de la estrategia es la inmigración masiva.

    La descolonización  propició una fuerte inmigración musulmana en Francia, también por otras causas turca en Alemania, y desde entonces las minorías musulmanas no han cesado de crecer en numerosos países de la UE. Incluso líderes occidentalizados y socialistas como los argelinos Ben Bella y Boumedienne expresaron ideas como esta: “Un día millones de hombres del hemisferio sur  irán al hemisferio norte. Y no irán como amigos, porque irán a conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos. Los vientres de nuestras mujeres nos darán la victoria”.  Las citas sobre tales propósitos podrían multiplicarse, pues no son ocultadas, salvo por diversos dirigentes y  medios de masas de la UE. Después de varios siglos, el islam vuelve a ser un peligro real para Europa.La respuesta de la UE ha sido desde hace años el fomento de esa inmigración, con la idea de que los inmigrantes encontrarán atractiva y admirarán la cultura que siguen llamando europea, en la que terminarán integrándose aun si se producen conflictos ocasionales.

   Otra manifestación de la política de Usa y la UE  ha sido la promoción de las llamadas “primaveras árabes” (por referencia a la “primavera de los pueblos” de 1848), supuestamente democratizantes en el norte de África y Oriente Próximo, ayudando a derrocar, para ello, a regímenes árabes laicos e incluso prooccidentales. El fruto de esas primaveras ha sido una serie de guerras civiles abiertas o latentes y caos en Libia y en Siria, con un golpe militar que de momento ha contenido en Egipto la deriva islamista –mayoritaria en las urnas—y dado alas a un agresivo yijadismo e inmigración de multitudes de refugiados reales o supuestos.

    Hasta ahora, la acción terrorista islámica más tremenda ha sido  la destrucción de las torres gemelas neoyorkinas. Su consecuencia fue la intervención militar de Usa y diversos países europeos en Afganistán e Irak. En los dos casos, la apabullantre tecnología bélica occidental obtuvo rápidas y fáciles victorias… para enfangarse a continuación en una costosísima lucha  frente a un terrorismo que ha conseguido derrotar allí, de hecho, a Usa y sus aliados, obligándoles a retirarse. Y en Europa el terror islámico ha venido haciéndose cada vez más incontrolable.  Tradicionalmente, el terrorismo europeo no solía cometer matanzas indiscriminadas (a veces sí lo había  hecho en España la ETA), pero el islámico carece en absoluto de esa inhibición. Se ha insistido mucho en que tales actos son realizados por una ínfima minoría de musulmanes,  lo cual no deja de ser un tanto perogrullesco. Pero ¿qué porcentaje de los inmigantes islámicos los condena? Se han intentado manifestaciones de inmigrantes contra los terroristas y han fracasado de forma casi grotesca. Y la tendencia viene siendo a crear verdaderos guetos en diversas ciudades, donde la ley del país no se aplica.Se da también el caso, particularmente en Inglaterra, de cierto número de conversos al islam especialmente entre mujeres, algo inesperado.

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Dos grandes hechos históricos inesperables

 

Jruschof había prometido que en pocos años la economía soviética superaría a la useña, demostrando con este decisivo criterio su superioridad. Pero no solo no la superó, sino que, a pesar de sus éxitos científicos en algunos campos como la salida al espacio extraterrestre,  el nivel de consumo del ciudadano soviético perdía puntos con relación al useño. En realidad, la propia concepción soviética de unas necesidades materiales de los individuos satisfechas por el estado, tendía a crear una economía estática,  siendo la competencia con Occidente el factor que la obligaba a innovar para no quedar demasiado atrás. Desde sus inicios, la economía soviética había avanzado entre pasos liberalizantes y colectivizantes, pero hacia finales de los años 70 su rigidez se demostraba insuperable. Además,  la guerra de Vietnam no había sido del todo improductiva para Usa, pues en ella había inventado o aplicado nuevas tecnologías electrónicas y esbozos de lo que sería internet: unos campos en los que los soviéticos quedaban rezagados año tras año, menguando cualitativamente su potencia militar.  

   Y en 1979, la URSS invadió Afganistán, metiéndose en una larga y costosa guerra con algunos rasgos parecidos a los que habían motivado el fracaso useño en Vietnam. Por lo que respecta a China, sus experimentos sociales, el último de ellos la “Revolución Cultural Proletaria”, se saldaban con atraso económico y millones de muertos. Desde el fallecimiento de Mao, en 1976, ganaron terreno posturas menos utópicas, hasta abocar a una economía básicamente capitalista, aunque bajo férreo control del Partido Comunista que seguía monopolizando el poder político.

    Por fin, en 1989, la caída del emblemático muro de Berlín, construido a modo de cárcel para impedir la huida de alemanes hacia el sector burgués,  preludiaba un derrumbe general del sistema soviético en Europa. En 1991 caía la URSS, 74 años después de la Revolución bolchevique y 46 de su gran victoria sobre Alemania y conversión en superpotencia mundial. La Guerra Fría terminaba  no por derrota directa, sino por la imprevista e imprevisible implosión de uno de los bandos. El imperio soviético se disgregó, los países satélites del este europeo optaron por un modelo político y económico demoliberal, y lo mismo hizo Rusia, que entró en un período de desbarajuste interno, reconducido bastantes años después por Vladímir Putin.

    El sistema demoliberal construido en 1945 no había dejado de atravesar serias crisis. A raíz de la guerra árabe-israelí del Yom Kipur, en 1973, los países árabes productores de petróleo cuadruplicaron los precios del crudo y Occidente, sobre todo Europa, sufrió una dura recesión económica. Se fueron abriendo paso las críticas a la economía keynesiana aplicada desde 1945, y la exigencia de vuelta a unas políticas más liberales, hayekianas o no, con bajada de impuestos y gasto público y desregulación de la economía. Ello abrió una nueva etapa de prosperidad conforme avanzaban los años 80, unida a espectaculares avances en el dominio de la electrónica y la informática. Y ello, junto con la caída de la URSS supuso la entrada en un nuevo período histórico, con una sola superpotencia, Usa, dotada de un ejército tan poderoso que absorbía él solo más presupuesto que el de todos los demás países del mundo juntos. En adelante la triunfadora democracia liberal debía ir imponiéndose poco a poco o rápidamente por todo el mundo, por imitación, presión indirecta o por intervención directa. La Europa occidental, satélite privilegiado de Usa en más de un sentido — aunque con ansias de mayor independencia–, compartía su gloria. En 1949, Usa y la mayoría de Europa occidental habían creado la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), alianza militar contra el expansionismo soviético. Tras el derrumbe de la URSS, parecía natural que la OTAN se disolviese, por haber perdido o haber cumplido su objetivo fundacional. Pero no fue así, lo cual equivalía a una declaración de intenciones.

     El pensador  useño Francis Fukuyama  expresó lo que muchos pensaban: la nueva situación mundial  suponía “el fin de la historia”, al fin de las guerras, salvo intervenciones puntuales,  porque a la democracia liberal se la suponía esencialmente pacífica, al descansar sobre la economía y el intercambio comercial, que debía interesar a todo el mundo (y a pesar de una larga experiencia histórica de guerras comerciales o de comercios poco saludables). Fukuyama no pintaba el mundo resultante con colores sugestivos,  y sí próximos a los del “despotismo democrático” previsto por Tocqueville. La misión de los gobiernos consistiría en el cálculo para resolver interminables problemas técnicos y económicos generados por las cada vez más complejas exigencias de los consumidores, tratando de proteger simultáneamente el medio ambiente.  En ese mundo sobrarían los viejos valores por los que tantos habían arriesgado la vida: el honor, la pasión por ideales, el valor, la audacia, etc. El arte y la filosofía perderían su razón de ser, salvo como mero entretenimiento o repaso de la atribulada historia humana, por fin concluida. En buena medida eso parecía ocurrir realmente en los albores del siglo actual, y muchos sostendrían que ocurre en Usa o en  Europa.

   Otro pensador useño, Samuel Huntington opinaba, por el contrario, que los conflictos entre naciones ampliarían su escala y se redefinirían como “choque de civilizaciones”. La propia Usa estaba siendo invadida pacíficamente por oleadas de latinoamericanos representantes de una civilización con valores y visión de la vida muy distintos de los anglosajones que habían forjado el país y  su “sueño americano”. No obstante, ese sueño se había forjado con valores de tolerancia, libertad de movimiento, etc., que favorecían la inmigración masiva. Los temores se complican con el supuesto de que las personas poco inteligentes se reproducen más que las inteligentes, lo que entrañaría serios peligros futuros.

   Una tercera corriente llamada “corrección política”,  pone el acento en la igualdad  de culturas y personas, no solo ante la ley, sino en cualquier aspecto, negando las desigualdades naturales entre hombres y mujeres, entre formas de sexualidad, entre valoraciones y formas de pensar, entre culturas, últimamente entre personas y animales, a los cuales otorga “derechos”; y  tiende a considerar al ser humano, en especial al blanco de origen europeo,  no simplemente como un animal, sino como un animal dañino para Gea, la “madre tierra”. Últimamente salen a la luz hasta propuestas de prohibir la leche, por discriminatoria contra las hembras. Algunos ideólogos ya predican el aborto sistemático de varones, por belicosos y depredadores ecológicos, para alcanzar una sociedad esencialmente femenina; o, más consecuentemente, proponen la eliminación  no traumática del ser humano por un pacto libre para cesar la reproducción y vivir los últimos días de la humanidad entre todos los placeres posibles… Asimismo se percibe un decaimiento de los  lazos familiares, de la relación entre los sexos, a menudo crispada  y con episodios violentos, etc. Se trata de movimientos ecologistas, feministas, homosexualistas, abortistas, etc.,  que ocupan constantemente los medios de difusión.  Es difícil decidir si los hechos citados y una multitud de otros parecidos que ocupan constantemente los medios de difusión, las redes sociales e internet, son simples pintoresquismos pasajeros o síntomas de una realidad más profunda, similar a la que precedió la decadencia de Roma.

    Casi coincidiendo con la caída de la URSS,  la CEE se transformó en Unión Europea, con ambición de homogeneizar progresivamente a a Europa  absorbiendo la soberanía de las naciones, imponiendo el inglés como lengua común y superior, sobre un eje francoalemán como núcleo político, en el que Alemania va tomando cada vez más el papel dominante. Su inicial contenido democristiano fue transformándose en socialdemócrata, con clara influencia de la masonería. La actitud anticristiana se acentuó, borrándose de sus documentos oficiales la referencia a la cristiandad como raíz de la civilización europea; y la economía se ha transformado en el criterio de toda la actividad social o cultural. La propia cultura europea está siendo desvaída por el “multiculturalismo”, y el abortismo y homosexualismo se han convertido en auténticas señas de identidad de la UE. No es puramente imaginario el aserto de que la UE entraña casi todo lo contrario de lo que ha significado históricamente Europa, y es discutible si se trata de un signo de revitalización o de profundización en la decadencia.

     La Iglesia, por su parte, fue superando los peores efectos del Vaticano II en los pontificados del papa polaco Juan Pablo II y el alemán Benedicto XVI, abandonando el diálogo con los marxistas y reiterando la condena al comunismo, que, a través de Polonia, ayudó a la disgregación del Imperio soviético. El actual Francisco I parece recuperar el espíritu o interpretación del Vaticano II  parcialmente corregido por sus dos antecesores, y ha atacado la herencia de España en América,  dato no baladí.

    

   Un fenómeno tan inesperado como la caída de la Unión Soviética ha sido el renacer del integrismo musulmán.  Entre los siglos VIII y XVII, el islam planteó una amenaza permanente sobre Europa desde el sureste y el Mediterráneo, pero a partir de entonces  el peligro había desaparecido y habían sido los europeos quienes  habían reducido al mundo islámico a una dependencia mayor o menor. Esta relación de fuerzas y posiciones parecía ya definitiva, pues aparte de otras razones se  asentaba en una superioridad material, científica y técnica que no había cesado de aumentar. Desde luego, el ámbito musulmán permanecía inmune a influencias occidentales de fondo, y los  esfuerzos de algunas potencias coloniales, como Francia, por favorecer el abandono del islam o la conversión al cristianismo habían fracasado casi por completo.El mundo  musulmán no se integraba con el europeo, pero parecía sumido en el atraso, la reluctancia a la ciencia y la técnica occidentales, y una pasividad fatalista. Pocos europeos creían que ese panorama fuera a cambiar, probablemente en siglos. Alguno más perspicaz, como Churchill, advirtió  tan pronto como 1891, que bajo esa apariencia “El mahometismo, lejos de estar moribundo, es una fe militante y proselitista” y que si no fuera por el escudo de la ciencia, “la civilización de la Europa moderna podría caer, como cayó el Imperio romano”.  

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