La filosofía y la aventura

 

Blog I. El triste fin de los líderes de la Transición (con motivo de Pujol): http://www.gaceta.es/pio-moa/triste-los-lideres-transicion-motivo-pujol-28072014-1359

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“Su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta” me ha gustado porque los personajes son atípicos y ya estoy harto del tipismo en la literatura española, para mí es un lastre que la vuelve aburrida, y como novela de aventuras también está entretenida. Pero yo diría que es una novela filosófica, una novela de pretensiones filosóficas y como tal una novela frustrada. Le pondré ejemplos: en muchos casos se trata de la consistencia de la realidad. El protagonista, en el Montjuic, al llegar la noche dice que ve cómo la realidad desaparece, como la realidad se transforma en otra cosa o algo así… ¡Pero ahí queda todo! La cuestión reaparece de otras formas. Cuando se preparan para asesinar a Companys, Alberto se pregunta sobre la realidad de la revolución, sobre su sentido o su destino  como una explosión telúrica o algo parecido,  con lo que cabrea a su amigo Paco y una vez más ahí queda todo. Más adelante, cuando encuentran el cadáver de Mercè, el protagonista mira el paisaje y se dice que el mismo ya no existe para Mercè (escribo de memoria, no tengo ahora el libro a mano, espero no confundirme). Es decir, la relación de la realidad y el que la ve o la vive. Y de nuevo… sin continuación. A ver: tiene un sueño en el tren que le lleva a Rusia: millones de personas se mueven por la voluntad de unas poquísimas aisladas en castillos o algo por el estilo, pero resulta que esas personas que mueven a millones de personas más tampoco tienen idea de por qué o hacia dónde van en realidad. De nuevo: ¿qué es la realidad? Pues nada, la reflexión se para ahí.  Luego en Rusia, cuando están a punto de encontrar el cadáver de la espía rusa, me parece que fue entonces, Contreras indica que las matemáticas describen la realidad porque su signo fundamental es el de igualdad: unas cosas son iguales a otras en determinadas proporciones y al final todo es igual a todo. La única salida es la de Paco: todo es igual a nada ¿Qué sentido tiene eso? Hay muchas otras cosas por el estilo, como cuando Paco, después del desastre que ha organizado afirma que siempre fue un idiota, cosa que no tenemos la impresión de que lo fuera, y uno piensa que la idea podía desarrollarse más sobre la realidad de la vida, la perspectiva y esas cosas. O como cuando Carmen le explica a Alberto que en la sociedad pugnan mil tendencias distintas que chocan y se neutralizan o no, y que la resultante nadie puede conocerla más que Dios, cosa que haría fútiles las grandes decisiones de Alberto, en concreto la de irse a Rusia… No quiero extenderme. Le repito que su novela me ha resultado entretenida, pero percibo bajo ella una pretensión de mayor fuste, que queda en nada, y por eso me ha defraudado un tanto” Antonio López Fdez.

R. Parece que usted quería un tratado de filosofía en lugar de una novela. Podríamos hablar largamente de ello, pero casualmente  Carlos López Díaz expresa el problema (con juicio muy favorable a la novela) mejor de lo que yo podría hacer ahora  en su reseña del libro: “Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión“.

Quizá tenga usted razón en que las reflexiones ocasionales de los personajes podrían extenderse más, pero comprenda que eso es muy peligroso en una obra de ficción, y es difícil mantener el equilibrio, lo mismo que entre la ficción y la historia en una novela histórica. Me ha satisfecho la opinión de otro lector, Miguel Ángel Fernández: Hasta el más paciente de los lectores se siente tentado a saltarse párrafos e incluso páginas de indiscutibles obras maestras, digresiones de Stendhal, reflexiones de Victor Hugo en medio de un apasionante relato, pero es casi imposible encontrar un párrafo inútil en Sonaron gritos. Es un monumento a la concisión.

Por otra parte, una novela falla, creo yo, si explica demasiado las cosas, si mantiene una tesis determinada. Las novelas de tesis son –para mi gusto– muy aburridas, aunque sean una gran corriente en la literatura occidental: los personajes convertidos en tesis ambulantes me resultan falsos. Siempre me parecieron superiores los griegos, en quienes nunca hay una conclusión precisa. Mi novela no defiende ninguna tesis, deja al lector la conclusión que prefiera, solo da apuntes generales y un curso de acción en el que subyacen concepciones más amplias, que no  precisan explicitarse. Dice usted que plantea la consistencia de la realidad, y  en parte así es. El protagonista, que es profesor de filosofía, podría haberse extendido sobre esa cuestión, pero es también hombre sobrio y prefiere no dar mucho la lata con problemas que sabe apasionantes, pero insolubles.

En fin, admito su crítica y siento que la novela le haya defraudado, pero me complace que otros lectores la vean con otros ojos. Después de todo, así es también la realidad, no se sabe bien si está  más en  nuestros ojos o fuera de ellos.

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Esposa abnegada, madre amantísima y católica ejemplar.

Blog I. Santiago en la reconstitución de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/santiago-reconstitucion-espana-25072014-1502

** Próximo domingo en “Cita con la Historia” de Radio Inter, última sesión hasta septiembre. Trataremos de por qué y cuándo cayó la II República, que no fue el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio de 1936.  Frecuencias 93,5 de fm y el 918 de am -

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Hace años con motivo de una conferencia en la universidad de Cracovia sobre los separatismos vasco y catalán, la guía polaca me mostró una hoja que le había pasado su novio, español de Barcelona, una especie de guía para la buena esposa: “Planea con tiempo una deliciosa cena para su llegada”.  “Luce hermosa”.  “Sé dulce e interesante”.  “Tu casa debe lucir impecable”. “Escúchalo, recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos”.  “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse sin ti, o si no llega en toda la noche. Trata de entender su mundo de compromisos”. “No te quejes: cualquier problema tuyo es un detalle insignificante comparado con lo que él tuvo que pasar”.  “Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes”. “Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad”. “Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar,” etc.   La esposa aparece más bien como criada.

   El novio de la chica  le había dicho que se trataba de instrucciones de la Sección Femenina de Falange, y la misma historia he oído o leído posteriormente, hasta datándola en 1953: la mujer en el franquismo carecía de derechos, estaba sumida deliberadamente en la ignorancia, supeditada al marido, no podía trabajar por su cuenta ni dar casi ningún paso sin permiso del cónyuge. Perplejo, dije a la chica que jamás había leído nada parecido, ni conocido a mujeres que se condujesen así. Por el contrario, parte de la enseñanza de mi hermana mayor consistía en un libro de mujeres destacadas, que incluía a Isabel la Católica, la Pardo Bazán, Madame Curie, Lise Meitner y hasta menos ejemplares, como la monja alférez. Y cualquier lector atento se percata de que la expresión del panfletillo no es española sino semejante a la de las series de televisión de Usa traducidas en Méjico, y tiene aire useño (el marido ideal parece ser un hombre de negocios con muchos compromisos). El feminismo ha creado una especial sensibilidad sobre estos asuntos y sospecho que se trata de una broma feminista useña.

   En algunas publicaciones femeninas de la Falange podían leerse frases muy aireadas por los críticos, como “la mujer carece de talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles”, o “la vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular –o disimular—no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse”. Eran opiniones y no marcaban la orientación política, más clara en libros de enseñanza como el citado o en consignas como esta: “Las mujeres serán más limpias, los niños más sanos, los pueblos más alegres y las casas más claras”. Su concreción fueron labores asistenciales, sobre todo en las duras condiciones de posguerra, el servicio social (por el que pasaron más de tres millones de mujeres mientras duró el franquismo) y las misiones educativas por pueblos y barrios, que alfabetizaban y  difundían nociones de higiene y puericultura, contribuyendo al rápido descenso de la mortalidad infantil y a una mayor salubridad manifiesta en el descenso de la mortalidad general. Los Círculos Medina para mujeres de cierto nivel cultural disponían de biblioteca e impartían conferencias, cursos, conciertos, etc. Meritoria labor suya fueron también los Coros y danzas, para recuperar el folklore popular de todas las regiones, en trance de perderse.

    La Falange propugnaba compatibilizar las funciones de madre y ama de casa con la incorporación al deporte, a la universidad y a las profesiones. Como siempre, conviene atender a los hechos más que a las retóricas. Dato claro es la progresión femenina en la enseñanza media, muy superior a la de la república: las 34.000 chicas escolarizadas en 1934 pasaron a 57.000 ya en 1941, y a 75.000 en 1950; y la proporción subió del 27% en la república al 35% ya en los años 40, y una práctica igualdad con la masculina hacia el final del franquismo. En 1934 había 53.000 maestros, mayoría hombres,  y 78.000 en 1950, mayoría mujeres. La misma tendencia encontramos en la enseñanza universitaria, siendo entonces, y nunca antes, cuando la mujer se incorpora con cierta masividad a ella. En lo cual influyó la Sección Femenina,  que llegó a sumar más de medio millón de afiliadas, equiparables a los de cada uno de los mayores sindicatos de la república[1].   

    Rasgo de la época es también el nutrido número de escritoras: Elena Quiroga, Ana María Matute, Mercedes Salisachs, Carmen Laforet, Carmen Conde, Gloria Fuertes, Carmen Martín Gaite, Dolores Medio, Julia Maura, Ana Diosdado, Dora Sedano, María Martínez Sierra, Mercedes Ballesteros, Carmen Troitiño, Concepción Llorca, Luisa María Linares, Ernestina de Champourcin, Mercedes Fórmica, etc. Muchas ganaron premios literarios, y seis de ellas el prestigioso Nadal. En el cine, el teatro y la canción,  la presencia femenina fue en todo momento muy importante.  Obviamente, la imagen de la mujer “ignorante, oprimida y recluida en casa” responde escasamente a la realidad.

    La Sección Femenina  también tenía representantes en las Cortes, dos designadas por Franco y diez más por elecciones según la “democracia orgánica”. En el mundo sindical, en 1970 llegó a haber 100.000 cargos femeninos electos. En la mayoría de los países occidentales la representación femenina en la política era muy débil, en general por falta de interés[2].

   Todo ello no supone que la Sección Femenina o el régimen fueran feministas, muy al contrario. Entendían el feminismo como un movimiento destructor para la familia, que pretendía abolir las diferencias naturales entre hombre y mujer y, contradictoriamente, fomentar la rivalidad entre ambos. Oficialmente, el franquismo entendía a los dos sexos como complementarios y valoraba la educación familiar  de los hijos y las tareas del hogar. Mujeres destacadas, mises, etc., declaraban su aspiración a formar una familia, algo casi inimaginable  en nuestros días. Para la mentalidad de entonces, el trabajo fuera del hogar perturbaba el papel fundamental atribuido a la mujer, e incluso al final del franquismo, en 1975, tres cuartas partes de la población de ambos sexos, según encuestas, opinaban  que el trabajo externo perjudicaba la educación de los hijos (hoy confiada más bien a abuelos o cuidadoras y sobre todo a la televisión).

   El feminismo se había desarrollado mucho en Europa  desde principios de siglo. Su reivindicación del derecho a votar  adquirió pronto una teorización doctrinal más amplia, especialmente desde la gran crisis del liberalismo marcada por la I Guerra Mundial. La igualdad de voto y ante la ley se amplió a una exigencia de igualdad  en todos los ámbitos, a la denigración del papel tradicional de la mujer en el hogar, calificado de “prisión” o “esclavitud”, y de la propia familia tradicional o cristiana,  tildada de “burguesa”, “opresiva” o “patriarcal”.  En los años 20 ganaron fuerza varias doctrinas concomitantes con el feminismo: socialismo, anarquismo, comunismo, versiones liberales y el psicoanálisis freudiano.

   Freud fue casi inmediatamente traducido al español. Al modo como Marx había encontrado la explicación de la historia en la economía (o en cierto concepto de ella) Freud llegó a explicar la evolución humana por la sexualidad (o una interpretación de ella), a partir de sus  estudios sobre las neurosis. Al revés que Marx, Freud no aspiraba a derribar la civilización “burguesa”, sino que conceptuaba la represión sexual y las consiguientes neurosis  como un coste del mantenimiento y desarrollo de las culturas. Sin embargo no era difícil extraer de sus análisis la conclusión opuesta, es decir, la conveniencia de destruir la sociedad “burguesa” mediante una revolución sexual que liberase al individuo de toda constricción al respecto. Los conservadores solían achacar a tales novedades el auge de la prostitución, la promiscuidad, el fracaso familiar, las drogas, muy extendidas desde los años 20 y nuevamente desde los 60, el alcoholismo y la violencia. En la actualidad, el feminismo, junto a otros movimientos, ha evolucionado hacia la reivindicación de toda forma de sexualidad, en especial la homófila, negando incluso la realidad biológica de los sexos y suponiendo la diferencia “de género” como una arbitraria imposición “cultural” de carácter “reaccionario” y “machista”. Discurso hoy dominante y de implicaciones evidentes contra la estabilidad familiar, que el franquismo estimaba, por el contrario, como el núcleo de su política social.

   Durante la república, estos movimientos habían adquirido un auge muy fuerte, con reivindicaciones de “amor libre”, consignas  como “hijos sí, maridos no”, difusión de la pornografía y ataques empeñados  a la religión católica, vista como una barrera a las doctrinas liberadoras (no obstante, muchos izquierdistas, y feministas como Margarita Nelken o Victoria Kent, se opusieron al voto femenino, por entender que este iba a orientarse hacia la derecha). El franquismo condenó todo ello como un desorden amenazador para el equilibrio social, reaccionando de forma drástica.

   Así, el  nuevo régimen alentaba la función del ama de casa, por creerla más adecuada para la educación de los hijos. El Fuero del Trabajo prohibió el trabajo nocturno de mujeres y niños e intentó regular el trabajo a domicilio y “liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica”. Claro que ello se cumplía muy medianamente, sobre todo en los años “de hierro”, cuando también aumentaron la prostitución y el aborto, por la pobreza y malos hábitos heredados de la guerra. Pero la situación  iría mejorando. En aras de la estabilidad familiar, la mujer casada no podía aceptar trabajos exteriores sin permiso del marido, al menos teóricamente; en los años 60 se eliminó el permiso, aunque el marido podía oponerse a la decisión de su cónyuge. En la vida real, las cosas funcionaban de otro modo. La proporción de mujeres, solteras o casadas, empleadas fuera del hogar nunca debió de bajar del 20% del total, sin contar las tareas del campo, y creció hasta el 25-30% hacia el final del régimen. Tasas  más bajas, pero no mucho más, que en la mayoría de Europa occidental. La incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar se produjo por efecto de las guerras mundiales, que habían obligado a introducir masivamente personal femenino en las fábricas y demás empleos, para sustituir a los varones alistados en el ejército; y en la posguerra la tendencia persistió.

   En 1961 se estableció la igualdad laboral a todos efectos entre hombres y mujeres,  prohibiendo la discriminación salarial –que seguía existiendo en Inglaterra, por ejemplo–, y desapareció  el despido en caso de matrimonio (podían acogerse a una excedencia de  entre uno y cinco años por cuidado de los niños). Hasta 1966 no se admitía a mujeres como jueces o  fiscales, empleos, se argüía, contrarios a  la “ternura, delicadez y sensibilidad” femeninas. Tampoco podían ingresar en el ejército, como ocurría, por lo demás, en la mayoría de los países, excepto los comunistas.

   La lentitud con que la mujer se ha incorporado al mundo laboral o a la política en todo el mundo se interpreta, según el feminismo, como una injusticia radical causada por un “mundo masculino”, “machista”, “patriarcal” y demás. Se trata, naturalmente, de una interpretación ideológica, que supone la historia como una equivocación o injusticia básicas,  hasta que algunos han dado con la clave para su transformación radical.  En la realidad histórica, la casi totalidad de los oficios y labores externas a la casa, y los estudios relacionados con ellos, han sido creaciones masculinas, nacidas de la más primaria división del trabajo y sin ningún designio “machista” especial.

    Por reacción a la semianarquía  del Frente Popular,  la España de posguerra cultivó un acusado culto a la jerarquía –nunca muy cumplido, dada la idiosincrasia nacional–, concepto que extendió al ámbito familiar. El esposo era el “cabeza de familia”, único autorizado para administrar los bienes conyugales; aunque en la práctica, en la mayoría de los hogares eran las mujeres quienes administraban el sueldo de sus cónyuges. Y el domicilio pertenecía al marido,  de modo que en  caso de separación, la mujer quedaba desposeída de casa e hijos, prácticamente de todo. La  escritora Mercedes Fórmica, falangista de primera hora, denunció la injusticia en la prensa en 1953, recurrió a Franco y al Tribunal Supremo, y consiguió modificar la legislación, de modo que en 1958 el “hogar del marido” pasó a ser “conyugal”, la autoridad de aquel para administrar los bienes comunes fue limitada y la  mujer podía retener a sus hijos, casa  y bienes,   así como la patria potestad sobre sus hijos si volvía a casarse después de enviudar; igualmente  se anuló o menguó el trato desigual del adulterio en la mujer y el hombre.

   La mentalidad ha cambiado mucho pero  quizá haya algo de forzado e injusto en las actuales diatribas contra las amas de casa y la crianza de hijos. Doris Lessing  decía en entrevista al semanario español  Blanco y Negro: “Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda”. Ante la objeción del “progre” periodista, replica: “Puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política o en la gran empresa.  Me pregunto por qué (…) El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió  que solo les interesaba a una parte muy pequeña de empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero en general las mujeres  no querían competir. En cambio sí deseaban casarse y tener familia (…) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó muy interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es lo que parece que  quiere la mayoría de las mujeres. Y no veo por qué no. Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así”.  Se explaya luego sobre la incomodidad feminista con la condición femenina: “Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas maneras, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?”.

   El escritor Ricardo Senabre escribía en ABC, el 23 de agosto de 1997, un artículo titulado “Marujas”: “La palabra Maruja (…) ha pasado a designar –con evidente carga desdeñosa—a la mujer que se queda en casa,  que no hace nada, que no trabaja. Pocas veces se ha producido con mayor rapidez la difusión de una idea más falsa e injusta (…). Esta sociedad nuestra, cada vez más insensible,  más ajena al raciocinio y más adicta a consignas y tópicos, descubre con frecuencia grotescas contradicciones. He discutido con personas que, invocando una libertad cuyo significado parecía serles un tanto nebuloso, defendían que la prostitución, por ejemplo, es un oficio tan respetable como cualquier otro; pero luego hablaban con desdeñosa condescendencia de las marujas, sin duda  –hay que suponerlo así—porque estas no salen a trabajar por las esquinas y bares de alterne. ¿Cabe mayor aberración? (…) Pero las marujas limpian, cosen, planchan, administran y distribuyen los ingresos de la familia, organizan su alimentación, su vestimenta, su ocio, e incluso mantienen la pervivencia del grupo como tal entidad familiar. Cuando se afirma, rozando las cimas de la irracionalidad, que estas mujeres no aportan dinero a casa, habría que sugerir a quienes así se retratan que intenten calcular –si son capaces—cuánto aportan en esfuerzo, en horas de trabajo y dedicación, en desinterés –no hablemos de otras donaciones, como el amor o la generosidad, que empiezan a no llevarse–, y que los traduzcan en dinero contante y sonante. En muchos casos, el sueldo de esa maruja que, según la traducción común “no trabaja”, es superior al de cualquier miembro de la familia, y con frecuencia gracias a su contribución salen los demás adelante con dignidad”.

  La escritora alemana Birgit Kelle, autora del libro Chica, abróchate la blusa,   protestaba: Me enfado porque como amas de casa debemos justificarnos continuamente y explicar por qué elegimos esta vida. Nos definen como no emancipadas, como “gallinas en la cocina”. Y sin embargo criamos a nuestros hijos los cuales, con sus trabajos, pagarán las pensiones de otros, mientras nosotras no recibimos ninguna pensión. Así no se puede continuar. Para la mujer deben existir distintas oportunidades que sean buenas y justas. Pero el sistema económico, la política, los medios de comunicación y sobre todo las feministas nos explican continuamente cómo debemos cambiar nuestra vida. Todos quieren liberarnos, pero yo no quiero ser liberada. A mí me gusta mi vida. Y nadie hace política para un modelo de vida como nosotras queremos. La política para los jardines de infancia ha sido vendida como apoyo a la “libertad de elección”, como libertad para la mujer para poder ejercer una profesión, como libertad de poder aparcar a nuestros hijos. En realidad se trata de una política que no tiene en cuenta la libertad de poder educar y acompañar el crecimiento de los propios hijos. Por tanto, se trata de una gran mentira, porque en realidad a menudo las mujeres no tienen una posibilidad real de elección: de hecho, una familia que no puede vivir con un solo sueldo y recibe un subsidio para el jardín de infancia y no un apoyo económico genérico no tiene, efectivamente, ninguna libertad de elección”[3].

   Existen, por tanto, otras opiniones aparte de las hoy dominante, consideradas “políticamente correctas”. The Economist, publicación muy feminista,  exponía el 9 de octubre de 1999 el curioso resultado de una encuesta. En los países desarrollados occidentales,  la igualdad de derechos está reconocida y muy ampliamente aplicada, incluso con “discriminación positiva”; pero solo una mínima parte de las encuestadas creía tener los mismos derechos que los hombres: el 8% en Usa, el 14 en Suiza, el 20 en Holanda, el 7 en Alemania y el 9 en Gran Bretaña. Por otra parte, la casi totalidad (más de un 90%) se consideraba en “mejor posición” (económica, evidentemente) que las mujeres de antaño; sin embargo, paradójicamente, solo una minoría creía ser más feliz que sus abuelas: el 28% en Usa, el 27 en Suiza, el 25 en Holanda, el 29 en Alemania. Gran Bretaña era una relativa excepción: el 42%[4].

    No fueron la Falange y su Sección Femenina los únicos en establecer criterios –más o menos seguidos– en este campo: la Iglesia, a través de la Acción Católica y otras instituciones, retuvo su preeminencia, acentuada después de los años de penuria. En reacción a las tendencias izquierdistas del “amor libre”, condenó la sexualidad extramatrimonial,  la pornografía como factor de vicio y degradación de la mujer a mero objeto de placer, preconizó una estricta fidelidad conyugal… Defendió en suma una moral sexual nunca demasiado cumplida, pero tradicional en Europa y Usa, si bien en rápida corrosión  desde los años 20, y nuevamente desde los años 60. Curiosamente, una reacción pareja había ocurrido en la URSS tras un primer período de promiscuidad general, en que el sexo se valoraba como “beberse un vaso de agua”, en expresión de Alexandra Kollontai. Se había querido sustituir a la familia “burguesa” por instituciones colectivas, pero el desorden resultante, más en tiempos de guerra civil, con cientos de miles de niños “salvajes” y sin hogar, y mujeres prostituidas, había revalorizado los viejos vínculos, la lealtad matrimonial y un notable puritanismo. El “amor libre”  fue calificado de desviación  “pequeño-burguesa”, y la nueva o no tan nueva moral, ensalzada como “proletaria”, pretendiendo que difería de la de los países capitalistas, donde tales normas no pasaban de pura apariencia hipócrita. A su vez, feministas y otros radicales criticarían esa moral  “proletaria” como “opresiva” y un paso atrás[5].

   La jerarquía eclesiástica dirigió la censura cinematográfica y literaria, a las que daba suma importancia por su influjo en las costumbres, tratando de frenar lo que tachaba de inmoralidad sexual. Definida la familia como célula básica de la sociedad, se persiguió cuanto se estimaba perjudicial para ella. La sexualidad, cimiento de la familia y también el mayor peligro para esta, debía concebirse como parte de una intimidad personal más amplia y encauzarse por el matrimonio. El sexo no matrimonial era fornicación  y la homosexualidad pecado contra natura Se recomendaban noviazgos prolongados, pero castos, a fin de permitir a los novios conocerse antes del paso definitivo. El aborto, muy frecuente en los primeros años, fue condenado como crimen que segaba vidas humanas. La masturbación y la prostitución se desaconsejaban con severidad, aunque, desde luego, sin éxito especial. En su moralismo, la Iglesia impuso normas obsesivas, como la acotación de espacios de playa para cada sexo y el uso del albornoz al pasear por ellas, o la denuncia de los bailes. Normas poco cumplidas y pronto descartadas muchas de ellas. Ya a finales de 1939 deploraba el cardenal  Gomá: “El pasado domingo se inauguró en esta ciudad (Toledo) una piscina, con promiscuación espantosa, con cruces gamadas en abundancia, con fotos escandalosas y con la correspondiente misa[6]       

  Se admitía la separación matrimonial, pero para divorciarse había que apostatar del catolicismo, lo que muy pocos hicieron. Fueron invalidadas las bodas celebradas bajo el Frente Popular, y los padres obligados a bautizar a sus hijos, salvo si se declaraban de otra religión. Estas medidas fueron acogidas con mejor o peor voluntad, pero sin resistencia, en parte por la depresión moral de los vencidos, en parte porque las posturas anticristianas de muchos de estos se debían más a la presión del medio que a decisiones meditadas, máxime teniendo en cuenta la baja calidad intelectual de la propaganda antirreligiosa en España. La opinión popular mayoritaria aceptaba fácilmente la tesis de que la raíz de las terribles pruebas sufridas por la sociedad española se hallaba en la inmoralidad, en buena medida sexual, achacada a los rojos.

   Hay que decir que si bien el antifranquismo atribuyó a esas normas una infelicidad profunda de la sociedad y una vida familiar falsa. Cinco años después de muerto Franco, y ante la ley del divorcio, se aducía que medio millón de matrimonios esperaban ansiosamente la posibilidad de divorciarse. No obstante, solo 9.500 matrimonios se disolvieron el primer año, subiendo a 18.000 en 1987. Fue  a partir de ese año cuando los divorcios  empezaron a masificarse, lo cual indica que la estabilidad familiar bajo el franquismo, con las excepciones de rigor, distó de ser una pura apariencia. Con la nueva moral sexual, considerada liberadora, España  ha llegado a ser uno de los países europeos con más fracaso matrimonial y familiar,  unido a otros fenómenos como el aborto masivo o los hijos habidos sin matrimonio. También ha aumentado la violencia doméstica, llamada “de género”,  con agresiones, a veces mortales, entre las parejas y de adolescentes a sus padres o madres. Algunos creen ver una relación entre estos fenómenos y la expansión de la droga, el fracaso escolar, la mayor delincuencia, etc. Es evidente que el franquismo se excedió en muchos aspectos en su reacción contra la moral republicana o revolucionaria, pero la reacción actual, a su vez, merece más atención crítica que la que suele otorgársele.



[1]  Datos de Carreras y Tafunell I, 214 y ss. .

[2] M. Plaza, “Los derechos de la mujer y la Sección Femenina, Boletín Fundación Nacional Francisco Franco, VII-IX 2002

[4] Ver mi ensayo La sociedad homosexual  (referida al feminismo, pese a su título). Madrid, 2001.

[5] Sobre estas cuestiones hay bibliografía, identificable en Internet. En  torno a las ideas anarquistas, puede verse mi ensayo Federica Montseny o las dificultades del anarquismo, Barcelona, 2004.  

[6] En J.Andrés-Gallego, ¿Fascismo o Estado católico? Madrid, 1997, p. 205. Reproducido en  Años de hierro, p. 74

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Aborto y ETA: cuestiones político-morales clave.

Blog I:  ETA como cuestión político-moral clave, junto al aborto: http://www.gaceta.es/pio-moa/son-los-gobiernos-premian-crimen-23072014-1205.

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Un rasgo político-moral distintivo de la UE, y por supuesto de la España actual, es el abortismo.  Este solo  puede abordarse considerando si la vida en gestación en el seno materno es humana o no. Si lo es, como resulta evidente, el aborto solo puede ser un delito grave. Ahora bien, algunos proabortistas fingen aceptar la tesis para a continuación preguntar: “Muy bien, entonces ¿qué hacemos con las mujeres que abortan? ¿Las metemos en la cárcel?” El argumento es especioso. Habría que decir: si es un crimen ¿por qué lo cometen actualmente cientos de miles de mujeres? Lo cometen porque no lo entienden como crimen, sino como “un derecho”. Y eso ha sido posible porque desde hace varios decenios una propaganda masiva se ha dedicado a difundir esa idea entre la gente. Propaganda de los mismos que ahora objetan escandalizados: “¿las metemos en la cárcel?”. En cualquier caso quienes merecerían la cárcel son los promotores y organizadores de esta matanza salvaje. Y el problema solo podría corregirse con una contracampaña igualmente masiva e insistente, exponiendo con vídeos e imágenes lo que significa el aborto, y analizando los sofismas en que se apoyan sus defensores.

   La promoción del aborto, pues se trata de una auténtica promoción, deriva de forma muy directa de dos ideologías: el feminismo y el ecologismo. El feminismo es una doble obsesión, sexista e igualitarista. Hasta el punto de que, neuróticamente, niegan el sexo, cuya realidad le perturba por ser tan poco igualitario,  y lo bautizan género, pretendiendo que se trata de un asunto no biológico, sino “cultural”. En el lenguaje de diversas ideologías la palabra  “cultural” equivale a “arbitrario”, y por lo tanto los hechos culturales podrían moldearse de cualquier forma, hasta de las más contradictorias. La identidad sexual sería, por tanto, arbitraria. Y como la mujer es la encargada por la naturaleza de concebir y traer vidas al mundo, lo que marca una diferencia esencial con el varón –cuya vida y particularidades se antoja envidiable, injustamente privilegiada, a los feministas– debe anularse la  diferencia “culturalmente”. El feminismo promueve el aborto (no hagan caso de sus cursilerías hipócritas  tipo “es una decisión muy dura para una mujer”) como reivindicación de una “igualdad” imaginaria y obsesiva.  Vean los extremos de obscenidad agresiva y un tanto histérica con que suelen defender su “derecho”.

También enlaza la promoción del aborto con diversas corrientes ecologistas: hay demasiada gente en el mundo y es preciso reducirla porque pone en peligro el ecosistema terrestre. En sus extremos, el ecologismo llega a predicar la supresión pura y simple del antiecológico ser humano (renunciando a la descendencia, por ejemplo).  La activa promoción de la homosexualidad, del “amor estéril”, también entronca claramente con esas concepciones. Desde luego, el enorme  aumento de la población plantea problemas muy complicados, pero difícilmente pueden tratarse mediante el crimen y la negación de la biología.  Y estas tres tendencias, abortismo, feminismo y homosexualismo, con el ecologismo al fondo, están estrechamente ligadas y conforman la ideología de la Unión Europa. Ideología anticristiana en un continente de raíz precisamente cristiana.

   Recientemente el historiador danés David Gress ha escrito el libro EU Europas Fjende (La UE contra Europa). Espero que se traduzca para que podamos leerlo aquí. El libro va dedicado a Vladimir Constantinovitj Bukovskij y a un servidor como “auténticos europeos”). Bukovski, luchador por la libertad en la URSS, de cuyo sistema carcelario-psiquiátrico fue víctima, ha señalado perturbadoras semejanzas entre la URSS y una UE cada vez menos democrática y más manipuladora. En mi caso, he sostenido que la UE no representa la cultura, el espíritu europeo, sino que anula este.

En el otro blog trato la cuestión de la ETA y sus implicaciones, estas puramente españolas.

     

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Democracias y dictaduras

Blog I: Esperanza Aguirre y Pablo Iglesias, de acuerdo en lo esencial: http://www.gaceta.es/pio-moa/esperanza-aguirre-pablo-iglesias-acuerdo-esencial-21072014-1121.

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Dice Esperanza Aguirre que condena todas las dictaduras, también la de Franco. Esta manía  de los políticos de lanzar condenas a diestra y siniestra, como si fueran los  jueces de la historia, es uno de los fenómenos más irrisorios de la farsa política. ¿Qué importancia tiene que esa gente, a menudo corrupta, a menudo ignorante,  a menudo promotora de políticas nefastas,  condene tal o cual cosa? Realmente ninguna. Pero ellos se sienten muy justificados moralmente. ¡Ah, condenan, desde un estrado de fiscales al que se sienten con derecho porque, dicen “representan al pueblo”! Realmente no representan a nadie más que a sí mismos, y menos cuando se ponen en plan de fiscales y jueces. Debiera bastarles con eso, con representarse a sí mismos, a su conciencia, a su estudio del caso, a su forma de ver las cosas. Pero no, usurpan tranquilamente una representación a la que formalmente han llegado, a menudo con engaños, sin haber sido elegidos nunca para pontificar como suelen.

    Por supuesto, Aguirre lo dice porque es políticamente correcto, por esa profunda cobardía moral típica de los pijoprogres del PP, que lo deben todo a Franco, como de vez en cuando les recuerda la izquierda, a la cual… también le ocurre lo mismo. Porque también es beneficiaria de aquel  régimen. Porque solo los comunistas y los terroristas pueden moralmente,  en rigor, proclamarse antifranquistas con alguna base. En los demás es solo una farsa desvergonzada.

   ¿Y por qué condenaría Aguirre al franquismo? ¿Por haber librado a España de una tiranía totalitaria y haber salvado la unidad del país y la cultura cristiana? ¿Podrían haber hecho nada semejante las derechas antifranquistas  de hoy, cuando carecen de cualquier idea o de cualquier causa por la que sacrificarse aunque solo sea un poquito? ¿Lo condenan por haber librado a España de una guerra, la mundial, que habría dejado pequeña a la civil? ¿O por haber vencido el hambre y el aislamiento y haber creado una España tranquila, próspera, con envidiable salud social  y reconciliada –salvo los irreconciliables de siempre, terroristas y comunistas entonces, ahora una multitud de politiquillos y partidos de tres al cuarto? No, claro, no pueden condenarla por eso. Esas “nimiedades” simplemente las olvidan. A ellos lo que les importa ante todo y por encima de todo es, parece ser “la libertad”. Pero de paso olvidan que los logros del franquismo no podrían haberse alcanzado sin una dosis considerable de libertad. Libertad personal, como recordaba Julián Marías, y social. Incluso política. Había menos libertad política que ahora, es cierto, pero no dejaba de haberla, baste repasar las hemerotecas. Además, al oír a estos héroes de la libertad, uno podría  creer que estarían dispuestas a sacrificar cualquier cosa  por ella, cuando con toda certeza se acomodarían a una dictadura con la misma tranquilidad que se acomodaron a la de Franco, y se las habrían apañado para trepar en el aparato de su estado, como efectivamente fue el caso. ¿Cuántos demócratas o apóstoles de la libertad hubo en las cárceles de Franco? Ni uno. La inmensa mayoría prosperaba en aquel régimen,  como casi toda la población. No, esos antifranquistas de pandereta no sacrificarían por la libertad no ya algo de su vida, sino ni un duro, y a menudo –no hablo por Aguirre sino por tantos otros—entienden la libertad política solo como el camino más recto y cómodo para forrarse.

   En el otro blog he descrito las profundas semejanzas entre Esperanza Aguirre y Pablo Iglesias, al parecer invisibles para casi todos los analistas. Pero sobre todo me interesa decir que la dictadura (muy suave, sobre  todo en su último decenio),  dejó una España positivamente  irreconocible con respecto a la que heredó. ¿Qué nos está dejando la democracia en un período de tiempo equivalente? Una crisis económica sin salida a la vista, un grave y creciente peligro de balcanización de España, una tendencia a disolver la milenaria nación española sometiéndola a la burocracia de Bruselas, una corrupción extendidísima,  un verdadero páramo cultural, en el que España está perdiendo, simplemente, su cultura, sustituida por una parodia de la anglosajona… Obviamente, esto no es el fruto envenenado de la democracia, cuyas condiciones fueron tan bien preparadas por el franquismo, sino de los que se proclaman “demócratas” y en general son politicastros del mismo nivel que los que hundieron el régimen liberal de la Restauración o entregaron el poder a la república, en un autogolpe revelador de su talla. Esa gente no tiene el más mínimo rastro de vergüenza, ni conocimiento de la historia ni capacidad para extraer lecciones de ella, mientras “mira al futuro”, un futuro compuesto de sus  arbitrarios anhelos, tan sórdidos a menudo.  

 No; hay dictaduras y dictaduras, como hay democracias y democracias. Ustedes,  desde Suárez, han aprovechado unas condiciones históricamente excelentes para construir una democracia mediocre, deficiente y hoy en proceso acelerado de putrefacción. Y, prueba de una realidad, no se les ve  a ustedes la menor actitud de contrición, el menor sentimiento de culpa o responsabilidad  por ello.

Yo espero y deseo que surja una alternativa adecuada, acaso VOX. Porque el tiempo cuenta mucho, y muchos desastres resultan de no haberlo aprovechado.

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La transcendencia histórica de la guerra civil

Blog I: Contra qué fue el 18 de julio: http://www.gaceta.es/pio-moa/18-julio-17072014-1113

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El siglo XIX español estuvo marcado por la herencia envenenada de la invasión napoleónica, una pugna entre liberales y tradicionalistas, y más aún entre los propios liberales, que interrumpieron un largo período de tres siglos de básica paz civil. En el siglo XX se añadieron los revolucionarismos obreristas y los separatismos, que abocaron a la guerra de 1936-39. La época inmediata puede datarse grosso modo en el “desastre” del 98, cuando toman impulso las nuevas fuerzas (anarquistas, socialistas, republicanos y separatistas vascos y catalanes). Entre todas ellas destruyeron el régimen liberal de la Restauración y finalmente tuvieron su gran oportunidad histórica con la II República. Afirmaban traer una mayor democracia, libertad, progreso económico y, en fin “modernidad”; pero la experiencia republicana fue desastrosa y en solo cinco años su legalidad fue destruida por los mismos que la habían impuesto sin consenso, agrupados a última hora, de hecho o de derecho, en el Frente Popular.

    En Los orígenes  de la Guerra Civil  investigué, creo que a conciencia, la alianza entre izquierdas republicanas, revolucionarias y separatistas que marcaron aquel período. Una alianza un tanto explosiva, porque las rivalidades y odios entre sus componentes solo eran unos pocos grados menores que hacia quienes designaban como enemigo común a aplastar: la Iglesia y la derecha liberal- conservadora y tradicionalista. Esos odios internos marcarían la guerra en el bando izquierdista-separatista, hasta culminar en una guerra civil entre ellos, dentro de la contienda general.  

   Fue muy azarosa la victoria del bando nacional sobre el mal llamado republicano (pues este se componía de quienes habían destruido la legalidad de la II República, implantada paradójicamente por ellos mismos y sin consenso con la derecha). Pero ella ha tenido las consecuencias históricas más decisivas. En primer lugar, impidió una revolución de tipo totalitario o una balcanización de España, manteniendo de paso la raíz cristiana que ha conformado culturalmente al país, como a toda Europa, durante su historia y aún hoy, en gran medida. En segundo lugar permitió salvar a España de la guerra mundial, mucho más devastadora que la civil. En tercer lugar permitió rehacer la economía y  la cultura, haciendo de España la octava o novena potencia industrial del mundo y con un desarrollo económico nunca visto antes o después del franquismo. En cuarto lugar creó las condiciones para una democracia no convulsa como la republicana,  superando los odios sociales que habían hundido aquella experiencia. Son unos logros históricos de tal calibre, sobre todo teniendo en cuenta lo ocurrido desde la Guerra de Independencia, que hace falta una dosis extraordinaria de estupidez y frivolidad o mala fe para negarlos o desvalorizarlos, en lugar de reconocerlos y apoyarse en ellos para ir adelante. Pero en esa labor destructiva están enfangados políticos, partidos e intelectuales, para quienes, al parecer, la historia pasa en vano.

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