Lisboa (1589) y Lepanto (1571): dos batallas decisivas.

“Una hora con la Historia”: La Invencible inglesa, un año después de la española, fue un desastre mucho mayor que esta:  https://www.youtube.com/watch?v=fSL4x5rKdAs  

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Creo que ud buscará en vano referencias a la batalla de Lisboa en 1589. Sin embargo fue para España una de las batallas decisivas de su historia. Allí culminó la gran expedición inglesa (en parte angloholandesa) llamada “Contraarmada” o “invencible inglesa”, que perseguía acabar de destruir la flota española, dañada después de la “invencible”, ocupar las Azores y rebelar a Portugal contra España. A tal efecto Isabel de Inglaterra promovió una armada más numerosa  que la española del año anterior, entre 150 y 200 embarcaciones con 27.000 soldados y marineros. El objetivo estratégico esencial era la secesión portuguesa, por lo que la pronta renuncia a atacar los puertos en que se reparaban los barcos españoles tuvo al respecto poca importancia. 

  El momento culminante de la magna empresa fue el ataque a Lisboa. Allí los ingleses fueron rechazados con tan graves pérdidas, que ya no pudieron pensar en las Azores, clave de las comunicaciones españolas con las Indias. Los españoles tuvieron, entre La Coruña y Lisboa, unas 900 bajas mortales, en gran parte civiles, mientras que los ingleses perdieron entre 13.000 y 15.000 hombres, la mayoría por enfermedad y un porcentaje considerable por combates, en los que perdieron también numerosos barcos. Otros muchos desertaron. Solo les quedaron útiles unos 2.000 hombres y 20 naves.

   ¿Por qué fue tan decisiva esta batalla? Para entenderlo  basta pensar en lo que habría supuesto el éxito inglés: España no solo habría perdido Portugal, sino que esta, con su importante flota y su imperio, se habría convertido en un estado hostil y prácticamente vasallo de Inglaterra. Además, la flota inglesa, ayudada por la holandesa y la portuguesa, se habría enseñoreado del Atlántico, haciendo prácticamente imposible la comunicación entre España y América. Simplemente la potencia española se habría hundido, con repercusiones tremendas en Flandes, Francia y el Mediterráneo. Habría significado el colapso español con la mayor probabilidad.

   ¿Fue esta batalla comparable a la de Lepanto, ocurrida dieciocho años antes? Lepanto fue, más propiamente que Lisboa, un choque naval con enorme número de bajas y destrucción de naves, y su repercusión histórica fue más amplia. De haber perdido la flota cristiana, los turcos se habrían apoderado definitivamente del Mediterráneo, donde eran hegemónicos desde hacía tiempo, e Italia y España habrían corrido un peligro inminente. De modo que  Lisboa salvó a España, pero Lepanto, comparable a Salamina, salvó también a Italia y más indirectamente al resto de Europa (aunque Francia colaboraba con los turcos e Inglaterra y los protestantes los animaban constantemente contra España). A pesar de lo cual, el Imperio otomano consiguió rehacerse parcialmente y ello, más la incesante piratería berberisca, obligaban a España a mantener una constante y costosa vigilancia en el Mediterráneo; pero la hegemonía naval turca quedó definitivamente rota.

    Una diferencia de interés es que el Imperio turco era una verdadera superpotencia de la época, mientras que Inglaterra era un país pobre (suele calcularse que un tercio de la población vivían en la miseria, tras la expropiación de los monasterios y de tierras comunales). Pero estratégicamente, Inglaterra contaba con grandes ventajas: no tenía que hacer frente a otros enemigos, como España,  que estaba rodeada de ellos y debía mantener la lucha en tres frentes. Por tanto, podía concentrarse en el mar, al tiempo que apoyaba a, y se apoyaba en, todos los enemigos de España, fueran franceses, holandeses, protestantes en general o turcos. Por tanto Inglaterra no era un enemigo desdeñable.

   En fin, ustedes se preguntarán como un suceso histórico de tal transcendencia no figura en los libros de historia españoles. Cuando publiqué Nueva historia de España le dediqué alguna atención, aunque menos de la que merece. Para mi sorpresa, hablando con profesores de historia, no conocían el hecho más allá del episodio de María Pita o del fracaso inglés en Lisboa, al que no daban la relevancia histórica debida, y que no relacionaban con una empresa de la magnitud de la “Contraarmada”. Ni Fernández Álvarez, ni Ruiz Domènec  ni Domínguez Ortiz la mencionan siquiera en sus historia generales de España. Ni siquiera Ricardo de la Cierva, y lo menciono porque como historiador es muy superior a sus numerosos detractores.

   ¿A qué se debe un hecho tan extraordinario?  He dicho en varias ocasiones que, salvo excepciones, la historiografía española suele ser muy detallista pero con pobre visión de conjunto y escasa agudeza de análisis (recientemente hemos tenido un ejemplo en un libro sobre el fraude en las elecciones del 36, muy detallado en algunos aspectos, pero sin verdadero análisis de sus consecuencias generales, que incluso trata de eludir) . Y por otra parte, así como los ingleses tienden a disimular u olvidar sus fracasos, los más torpes de los españoles (y son muchísimos) gustan más bien regodearse en los fracasos de su país y menospreciar sus éxitos.

    Como se recordará, algo parecido ocurría hasta hace cosa de quince años  con otra batalla decisiva, la de Cartagena de Indias y Blas de Lezo, un héroe comparable a Nelson. Creo que fui uno de los primeros en recordarlo, en Libertad Digital, y hoy día es bastante conocido e incluso se ha dedicado una pequeña estatua en Madrid a Blas de Lezo. Espero que pronto ocurra otro tanto con la tan decisiva batalla de Lisboa, muy mal analizada en su alcance histórico y hoy conocida casi solo por los especialistas.

   Hoy, en “Una hora con la Historia”, hablaremos más por extenso de La Contraarmada inglesa.

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Como sabéis, este programa no vive de subvenciones, sino que se mantiene con las aportaciones de sus oyentes, y por eso hemos hecho campañas de microfinanciación. Con ello conseguimos cubrir los gastos más estrictamente necesarios, es decir, unos 3.000 euros al mes, que no llegan para emprender acciones de publicidad para aumentar su audiencia ni otras actividades que serían muy convenientes. En el último año nos vimos obligados a cambiar dos veces de emisora, lo cual ha repercutido en una pérdida considerable de oyentes, que a su vez ha redundado en una pérdida de ingresos, que se han reducido a poco más de la mitad de la cifra anterior, lo cual pone en serio riesgo la continuidad del programa. Actualmente tenemos contribuciones de entre 5 y 200 euros al mes, obviamente pocas y en descenso, por las razones dichas. Por lo tanto, volvemos a insistir en la necesidad de vuestras contribuciones. La cuenta para las aportaciones es, en el BBVA, ES09 0182 1364 33 0201543346. Pueden verla también en YouTube, pulsando en Una hora con la historia

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PP y Podemos sodomizan a Madrid. Con acuerdo de PSOE y C´s

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Hace tres años escribí este artículo en relación con el PP y las repugnantes carnavaladas del “orgullo gay”. Repugnantes porque hay que estar muy chiflado o algo peor para ensalzar la homosexualidad como motivo de orgullo. Aunque, ya metidos en esa dinámica, podrían reclamarse unas jornadas del orgullo coprófilo, o zoófilo, o prostibulario… es una exigencia de la igualdad y la no discriminación, y la sociedad “ya está preparada para eso”. También llegarán las jornadas del orgullo pederasta, aunque tendrán que esperar algo más, a que la sociedad esté más “avanzada”.

   Pensándolo bien, resulta en verdad alucinante que la política actual  –por otra parte tan corrupta–  gire en tan gran medida en torno a unas formas sexuales más o menos desviadas, haciendo de asuntos o problemas íntimos que no debieran salir del ámbito privado, el eje de los valores que definen, parece ser, a la UE y a la España “democrática”, de democracia fallida. Pensándolo un poco, deja a uno sin palabras: es la política del burdel, la cultura del burdel.

   Esto, en la UE del becerro de oro, donde siempre se expone como argumento decisivo que estas jornadas “dan mucho dinero”. Me comentaba alguien la extraña política de la UE de fomentar la liquidación de vidas humanas inocentes y al mismo tiempo la inmigración. Para la lógica del becerro de oro, los niños son elementos improductivos, y que durante largos años ocasionan enormes gastos, mientras que los inmigrantes producen desde el primer momento y con salarios a menudo muy bajos. Económicamente, la cosa está clara. ¡La productividad! Por lo demás, abortismo y homosexismo están estrechamente relacionados, y no solo porque la homosexualidad es el amor estéril

   Recientemente alguien de la televisión “La Cuatro” me buscaba para un debate con partidarios de las leyes de género y demás. En otro tiempo habría ido, como he ido a tantos guirigáis televisivos llamados tertulias y debates, hasta que me vetaron en casi todos. Esas cosas no son serias, y menos en televisiones basura como son la mayoría, incluida la Cuatro. Antes iba con la idea de que al menos la gente escuchara otras opiniones, pero es un autoengaño. Cualquier opinión razonable se pierde en esta cultura de burdel y falsificación histórica a la que están abonadas esas cadenas.  Por otra parte he comprobado en las redes sociales la enorme carga de agresividad, odio realmente feroz que se gasta esa gente que pretende no solo expresar sus historias, sino imponerlas totalitariamente con amenaza de considerar “delito de odio” discrepar de sus ideas. El proceso totalitario está en marcha y no hay que tomarlo a broma. Pero, en fin, un debate serio se hace por escrito, no improvisando argumentos frente a un público por lo general ignorante. De modo que si quieren debatir pongo con mucho gusto este blog a su disposición. Es un instrumento humilde en cuanto a audiencia, pero en compensación el debate puede resultar aquí mucho más serio.

    Otro punto: observen que Podemos y el PP están juntos en esta cruzada contra la familia, los derechos de los niños, la libertad de expresión y de conciencia. Lo mismo que Ciudadanos y el PSOE. Esta democracia fallida es en realidad un régimen de partido único con muy ligeras variantes entre los cuatro.  Y he aquí el artículo de hace tres años, por si se animan a rebatir mis puntos de vista, que tampoco pretendo tener la verdad absoluta:

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          Durante tres o cuatro días, la capital de España se ha convertido en una especie de capital mundial, ruidosamenteo obscena, de la homosexualidad. Tiene que haber supuesto un enorme desembolso, probablemente compensado por la afluencia de turistas: el dinero se ha utilizado como excusa.  El PP ha sido el gran promotor del evento que ha sodomizado a la ciudad, en el sentido bastante literal de que la ha convertido en una especie de  Sodoma, y en el de que, metafóricamente,  “ha dado por el culo” a la población contraria a tales actos, muy propios, a mi juicio, de una sociedad enferma y decadente (véanse los artículos sobre salud/enfermedad social que vengo republicando).

   Este fenómeno político-sociológico del PP en estos trances merece  un análisis, así como los poderosos recursos que mueven la propaganda homosexualista en todo el mundo. Ya hablaremos de ello,  pero ante todo conviene prestar atención a los argumentos con que se justifican los homosexualistas, y sin los cuales todos los recursos financieros no bastarían para cambiar, como han cambiado, la mentalidad de grandes sectores sociales: A) Todas las formas de sexualidad  son equivalentes, normales” (básica igualdad). B) Aunque sean iguales, importa el  “derecho a la diversidad”. C) Sus actividades como los días del “orgullo”, son derechos humanos. D) Los homosexuales han estado siempre perseguidos, por lo que es hora de liberarlos (victimismo).

 Veamos el apartado A): ¿Son igualmente válidas todas las formas de sexualidad? Si la consideramos simple o esencialmente como medios para “pasar un buen rato”, como simple experiencia de placer, está claro que cualquier forma de sexualidad es equivalente, desde la zoofilia o el sadomasoquismo a la pederastia, pues de todas ellas el sujeto obtiene placer. Y de hecho esa es una tendencia muy fuerte en la sociedad actual, manifiesta en la literatura, el cine y los comportamientos comunes, evidente también en el homosexualismo. 

    Pero la sexualidad, aunque no está limitada a la reproducción, se relaciona íntimamente con ella, que es biológicamente su fundamento. De ahí que sea la base de la familia y de relaciones prolongadas, incluso por toda la vida, de la  fidelidad y sentimientos que suelen considerarse virtudes, los cuales  serían hechos indiferentes sin ese fundamento biológico. Los órganos sexuales masculino y femenino son complementarios, cosa que no ocurre en los homosexuales, quienes están incapacitados para la reproducción y para la familia,  salvo en forma de parodia: en los homosexuales suele darse una imitación vana de los papeles masculino y femenino, prueba de su fuerza biológica; su tendencia a la promiscuidad es mucho más fuerte, y su relación inevitablemente estéril. Y su “derecho” a tener hijos de modo no natural, choca con el derecho de los niños a tener un padre y una madre efectivos y no fingidos. El “cariño” que suelen invocar, no sirve. También a las mascotas se les puede tener cariño. Por consiguiente, no son dos formas de sexualidad equivalentes. Una es normal y la otra desviada o aberrada. Solo puede hablarse de equivalencia borrando unos hechos por demás evidentes o negándoles validez.

     En cuanto al apartado B), ¿existe el derecho a la diversidad? Todo derecho implica diversidad. Una cosa es que lo normal sea la relación sexual prolongada y en principio leal, con familia, etc., y otra que quienes no puedan o no quieran obrar así dejen de tener derechos por ello (dentro de ciertos límites, claro: hoy por hoy la pederastia no entra en la “diversidad” admisible por la mentalidad social, aunque sospecho que los ingenieros de almas la harán “normal” antes de mucho, una vez admitido el principio de la equivalencia). Y no es lo mismo el derecho a una sexualidad  particular, siempre que  no sea agresiva, que la exhibición obscena y “orgullosa”  de una evidente desviación. Siendo la sexualidad  un aspecto particularmente íntimo de la vida humana, su exhibición impersonal (la pérdida del pudor, la obscenidad) siempre se ha considerado una perversión. Y, desde luego, si algo destaca en la exhibición, el lenguaje y la argumentación homosexualistas es una agresiva obscenidad, a menudo acompañada de cierta cursilería y hasta pretensiones  científicas. El desfile del “orgullo” constituye un grotesco festival de todo ello,  y por lo demás he podido comprobarlo en los insultos recibidos en las redes sociales por cuandos osan discrepar del homosexualismo. Digo homosexualista porque muchos homosexuales no se sienten identificados con un movimiento que pretenden representarlos sin pedirles permiso (esta “usurpación de la representación” se ha convertido en una plaga de la política desde que los marxistas se proclamaron “científicamente” representantes del proletariado). Una cosa es el respeto a las personas, y otra que esas personas se conduzcan de modo respetable.   Con esto queda comentado también el apartado C)

El victimismo es quizá la baza más empleada por todo tipo de movimientos demagógicos. Los separatistas lo explotan a conciencia, e igualmente los feministas: “la mujer” habría vidido siempre oprimida, sin derechos, bajo el “machismo” y el “patriarcalismo”, males a superar imponiendo leyes que, en definitiva, tratan de  asfixiar la expresión ajena: se trata de una ideología sexista en  extremo, obscena y agresiva como el homosexualismo, obsesionada con el pretendido derecho de la mujer a asesinar vidas humanas en su seno (ello la haría más efectivamente “igual” al varón, claro). Como revela la historia, el victimismo obsesivo suele conducir al totalitarismo.

   Y, efectivamente, las formas de sexualidad desviadas siempre han sido motivo de sospecha y de condena, moral o jurídica. Pero, por mucho que se condenaran, eran hechos naturales, imposibles de impedir, como pasa con la prostitución; y en la práctica se convivía con ellos.  En el franquismo los homosexuales podían sufrir, teóricamente, la Ley de Vagos y Maleantes  (de origen republicano); pero se aplicó a muy pocos, y  probablemente por escándalo público, pese a existir en todas las ciudades círculos de homosexuales más o menos discretos, aunque bien conocidos popularmente; y varios personajes relevantes lo eran de modo notorio.  Propiamente no había persecución, aunque sí un grado mayor o menor de desdén o escarnio, a menudo injusto, porque entre los homosexuales, como entre quienes no lo son, hay de todo, personas más y menos respetables. Pero la homosexualidad en sí misma creo que nunca podrá ser un motivo de orgullo,  como se pretende, por mucho victimismo que se le eche. Es una condición o particular que cada cual debe sobrellevar como tantas otras digamos particularidades, de las que nadie se libra.

Hemos visto algunos argumentos, en realidad sofismas, con que se justifica la política homosexualista. Les guste o no, ni todas las formas de sexualidad son equivalentes, ni la diversidad es un derecho sin límites, ni el victimismo es una buena política.  Pero importa insistir en otro argumento también muy empleado y en apariencia convincente:  “Si dos adultos del mismo sexo consienten madura y libremente en relacionarse sexualmente,  ¿quién podría oponerse, desde un punto de vista democrático?” Obviamente, nadie puede oponerse, y aunque lo hiciera se vería  impotente para impedirlo en la gran mayoría de los casos, porque al ser una relación íntima, no tendría testigos.  Pero se trata, nuevamente, de un sofisma, parecido al empleado por los farsantes de la memoria histórica cuando preguntan cómo puede alguien estar en contra de que las familias desentierren a sus deudos mal enterrados en la guerra civil. Naturalmente, nadie está en contra. De lo que sí estamos en contra muchos es de que se presente a esos deudos como demócratas asesinados por la barbarie fascista y similares, de que con un argumento sentimental se pretenda falsear radicalmente la historia y recobrar odios antiguos.

    Aquí ocurre lo mismo: la homosexualidad, como cualquier otra forma de sexualidad, es un hecho natural, ya que se da en la naturaleza. Pero implica unas limitaciones (“el amor estéril”, para empezar). El consentimiento de dos o más adultos no hace ninguna de esas formas equivalentes a la sexualidad normal entre hombre y mujer. Por supuesto, hay  parejas homosexuales más fieles, responsables y amorosas que muchas heterosexuales (eso tampoco es hoy muy difícil),  y la literatura y el cine justificativos nos presentan a menudo la imagen de un “gay” muy respetable y buena persona acosado injustamente por despreciables heterosexuales. Eso se da, claro, pero es más bien la excepción que la regla. El homosexual más típico es el que se exhibe agresiva y obscenamente en los días del “orgullo” o provocando e insultando a personalidades que no piensan como ellos, o tratando de que sus sofismas se impongan legalmente e impidan expresiones distintas (aquí ya no quieren “diversidad”, ni les vale la democracia) so pretexto de “homofobia”. Es este un palabro-policía como el de “antisoviético” en la antigua URSS; un concepto que quieren convertir en fundamento de la ley. Y lo están consiguiendo, gracias a que la mayoría de los políticos –a menudo corruptos e ignorantes– son tan demócratas como ellos. El propio carácter estéril del amor homosexual favorece todo eso.

    La obsesión por equiparar la relación homosexual a la normal les lleva a imponerla como “matrimonio”. Esto puede decidirse por ley –por ley se han decidido muchas barbaridades— pero nunca podrá ser igual en la realidad, por mucho que se empeñen los leguleyos. Y para redondear la broma, exigen adoptar niños, porque es “su derecho”. Y claro, si por ley son un matrimonio, por qué no van a tener “hijos” como los demás. Lo justifican con la argucia de que lo que necesita un niño es cariño, y ellos pueden darle tanto o más que cualquier matrimonio real.  Pero un homosexual que ame a los niños nunca pretenderá privarles de su derecho más elemental a tener un padre y una madre reales, no un simulacro de ellos, como es un simulacro el reparto de papeles masculino y femenino en la pareja gay. Ninguna ley podrá cambiar el hecho natural de que el padre y la madre tienen papeles y representaciones distintos, necesarios para la maduración de los niños. No puede cambiar el hecho, pero puede imponer una auténtica tiranía sobre las personas. Algunos homosexualistas confiesan abiertamente que su objetivo es destruir la familia, otros lo ocultan, y otros no lo creen ni lo quieren; pero, de forma deliberada o no, el homosexualismo va en esa dirección. Como ha dicho Putin recientemente “No se persigue a los homosexuales, pero a los niños hay que dejarlos en paz”. Y no en otras cosas, pero en  eso, al menos, tiene razón.

      

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La moralina de Camilo José Cela

Usted dice que la Iglesia traicionó al franquismo, y que ahí está la clave de la democracia.

R. De ninguna manera. He escrito algo sobre eso. Como recuerdo en Los mitos del franquismo, ese régimen se definió como católico, con acuerdo y aplauso de Roma. La Iglesia recibió una serie de privilegios con los que muchos no estaban de acuerdo dentro del propio régimen. Pero he aquí que el Concilio Vaticano II rechazó la confesionalidad y las pretensiones franquistas de ser un régimen católico. El franquismo quedó literalmente en el aire. ¿Se puede hablar de traición? Hasta cierto punto sí, porque el franquismo también había salvado a la Iglesia del exterminio. Pero el Vaticano II promovió el diálogo con los marxistas mientras lo negaba al régimen español. Pero la actitud de grandes sectores eclesiásticos fue mucho más allá: apoyaron a la ETA y a otros terrorismos, apoyaron a los separatismos y a los comunistas, a Comisiones Obreras, etc. Utilizaron los privilegios que les había dado el régimen contra el mismo régimen, permitiendo que se organizaran asambleas, grupos, etc., en dependencias eclesiales. Fíjese en que  sin esa actitud seguramente los separatistas, la ETA y los comunistas habrían sido todavía mucho más débiles de lo que ya eran al comenzar la transición. Así que puede decirse que Roma traicionó, aunque solo hasta cierto punto, al franquismo, pero sectores importantes de la Iglesia española lo traicionaron sin lugar a dudas. Ahora bien, ¿lo hicieron por promover la democracia? ¿La ETA, los comunistas, los separatistas, han sido alguna vez demócratas? La pregunta se contesta sola. Y algo más: ¿cómo han pagado esos “demócratas” la ayuda de la Iglesia? Tratándola con el mayor desprecio. Lo cual me parece lógico.

¿Dónde está entonces la clave de la democracia?

R. Lo he explicado el Los mitos del franquismo y en cien escritos más: la clave está en el propio franquismo, que transformó la sociedad para mucho mejor y creó las condiciones para una democracia normal, no convulsa. Pero, ya que hablamos de traiciones, debemos recordar que los que organizaron la transición, es decir, los franquistas que organizaron la transición, traicionaron a su vez al franquismo, montando desde el principio una democracia enferma, que hoy es ya una democracia fallida. como vengo explicando.

¿Cómo se podía implantar un democracia partiendo de una dictadura?

R. Esa dicotomía es falsa. El franquismo era, hasta cierto punto, una dictadura, pero de ningún modo una tiranía. El deber más elemental de los políticos que venían de ella, frente a los cretinos que querían enlazar con el Frente Popular, era defender la herencia de Franco, recordar con energía que la república había sido caos y miseria y violencia, y el Frente Popular un nuevo régimen criminal. Con solo clarificar adecuadamente estas cosas, la democracia no habría ido despeñándose poco a poco a la auténtica basura que es hoy, la farsa permanente que lleva a la liquidación de la propia España, por descuartizamiento balcanizante o por entrega fraudulenta de la soberanía. Simplemente recordando la historia con claridad, las pandillas de demagogos que resurgían a la muerte de Franco habrían tenido que moderarse, como tuvieron que hacerlo ante el referéndum de 1976. Pero el personal político franquista que organizó la transición empezó pronto a traicionar asimismo al régimen del que venía. ¿Por qué lo hizo? Ante todo, por falta de pensamiento político, democrático o no democrático. Y esa falta de pensamiento, ese vacío intelectual, fue también en parte una consecuencia del vacío en que dejó la Iglesia al régimen. Aunque, a pesar de sus enormes logros y aciertos, el franquismo tuvo siempre algunos déficits serios: el estético y el propagandístico ante todo. Estéticamente, y si excluimos logros absolutos como el Valle de los Caídos, la imagen artística o literaria del franquismo resulta un tanto abigarrada y retórica. Y en la propaganda siempre le vencieron sus contrarios, aunque fuera a base de mentiras gigantescas. Piense usted en Cela, por ejemplo.

¿Tampoco le gusta a usted Cela?

R. Cela es quizá el mejor novelista español  no solo de la posguerra, sino desde entonces hasta ahora. Y me es difícil decir por qué. Por mi parte solo se salvan el Pascual Duarte, La Colmena y el Viaje a La Alcarria. El resto me parece embrollado y sobre todo falso. Su obra está, desde el punto de vista moral, compuesto con una mezcla de nietzscheísmo y freudismo de tres al cuarto, intelectualmente insignificante hasta lo ridículo. Claro que una obra literaria no tiene por qué ser convencionalmente moral, pero Cela pretende ser un moralista a su manera, vierte su propia moralina y en eso no dice más que tonterías. Y La Colmena es históricamente falsa, aunque una obra literaria no tiene por qué ser históricamente veraz, quizá la mayoría no lo sean. Pero fíjese además que Cela había sido falangista, se había ofrecido como delator y había trabajado en la censura en los años 40. Es fácil sospechar que escribió La Colmena como un modo lavar sus culpas hacia el final de la II Guerra Mundial, cuando todo el mundo creía que Franco iba a ser barrido por las tremendas potencias vencedoras de la guerra.  Sus construcciones morales eran sumamente pedestres, y políticamente era un perfecto oportunista, y sin embargo su obra literaria, parte de ella, permanecerá, creo yo. En general, la literatura española del posfranquismo es muy floja, aunque quizá pasa algo semejante con la europea.

Alguna vez comentó usted en su blog que su novela Sonaron gritos, etc. podía interpretarse como lo contrario de La Colmena

R. Podría interpretarse así en el sentido de que el retrato de época es completamente distinto. La Colmena es una novela costumbrista-cutre, hace arte de lo cutre, que es difícil. La mía es más bien épica por así decir, trata de una época heroica, o de la parte heroica de la época.No me lo propuse, pero así ha salido. No obstante, la influencia de La Colmena ha sido inmensa y la de mi novela prácticamente nula. Además, como réplica a la de Cela habría llegado demasiado tarde. No obstante, algunos escritores que la han leído, como Aquilino Duque, la han estimado mucho. En fin, un historiador puede juzgar con argumentos y datos su propia obra y compararla con otras, de manera bastante objetiva, pero en cuestión artística o literaria, el autor puede ser el peor juez.

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Proyección de la culpa

Un profesor de filosofía, muy anticlerical, que hace años solía ir por el Ateneo, probaba el absurdo del cristianismo recurriendo a la idea del pecado original: “¿Cómo puede tener pecado un recién nacido que todavía no ha hecho nada, bueno ni malo? ¿Puede imaginarse algo más fuera de razón? Es el típico embaucamiento para justificar el oficio y sobre todo el beneficio de los curas”.

Sin embargo se trata probablemente de la intuición más profunda de la condición humana: ésta, separándose de la condición animal, entraña la tendencia al mal (y al bien), y en esa tendencia inevitable se encuentra la raíz del pecado. La religión sitúa el bien y el mal en la persona misma, en el individuo, al margen de las circunstancias exteriores. Asimismo, acepta, como queda claro en el libro de Job, el carácter misterioso de esa condición y de la relación entre el bien y el mal, y entre la recompensa y el castigo que en la tierra puedan tener uno y otro, pues, en definitiva el ser humano sería, como el resto de la creación, obra de Dios, cuyos designios sólo en pequeña medida resultarían penetrables a la razón humana.

La inclinación al mal lleva consigo la culpa, sentimiento insoportable que tratamos de proyectar fuera de nosotros por medio de incesantes racionalizaciones. Como explica Paul Diel, buena parte de la actividad psíquica consiste en una rumia de agravios, justificaciones sobrecargadas de emotividad y ofrecidas a uno mismo, etc., cuyo objetivo es en buena medida proyectar la culpa sobre el prójimo, o sobre las circunstancias: rechazarla de una u otra manera. Esto se percibe fácilmente en las conversaciones, cuyo tema frecuente es el ataque emocional, injurioso o burlón, al prójimo, se trate de conocidos o incluso de amigos, o de entes más lejanos, como personajes públicos, o abstractos como diversas instituciones o “la sociedad”. De ahí lo fácil que suele ser la solidaridad en el ataque a un tercero, y lo peligroso de aludir a actos o actitudes que pongan en evidencia al interlocutor: “Di las verdades y perderás las amistades”, asegura el refrán. Esta proyección de la culpa tiene un carácter casi incontrolable, apenas consciente y apenas racional.

Puede decirse que una diferencia básica entre la religión y la ideología consiste en la actitud ante el mal. La religión sostiene que el mal, y por consiguiente la culpa, es intrínseco al individuo, y que atenuarlo o, en casos ya muy difíciles, superarlo por completo, exige un combate interno y permanente. La ideología niega tal cosa, y considera el mal un hecho accidental, nacido de la ignorancia, la miseria u otras limitaciones. Superando esas limitaciones mediante mecanismos sociales (desde la revolución comunista a la “ingeniería social”, pasando por el adoctrinamiento desde la infancia), el mal desaparecerá. La lucha interna del individuo queda descartada así como un absurdo, generador de obsesiones e histerias (y como a veces así ocurre, buena parte de la crítica de las ideologías a la religión se basa en la absolutización de esos casos). El hombre es naturalmente bueno, y en ese sentido la ideología ofrece una liberación radical de la culpa. De ahí su atractivo sobre mucha gente.

Pero en la práctica, la ideología choca con una multitud de hechos y tendencias que impiden a la esencial bondad humana manifestarse con plenitud. En consecuencia racionaliza que, por un mecanismo más o menos claro, aquella bondad no impide el surgimiento de fuerzas sociales opuestas al bien. Ese mal, por fortuna, no es esencial, sino externo, histórico y superable, puede y debe ser combatido. La tarea de los justos -aunque no se llamen así- consiste precisamente en aniquilar esas exteriores fuerzas del mal, y de ahí la engañosa similitud de las conductas ideológicas con las religiosas, especialmente las de tinte mesiánico. Pero, al revés que la religión, la ideología puede definirse como una formidable máquina de proyección y socialización de la culpa, de efectos bien palpables en las matanzas del siglo XX: en los enemigos de la causa se concentra toda la culpa, y por tanto no debe tenerse consideración alguna con ellos.

Desde el enfoque ideológico, el mal puede ser concretado precisamente en la religión, madre de las obsesiones, de la oscuridad y del fanatismo, pero vencible por la marcha de la historia y del progreso. El aniquilamiento de la religión puede intentarse físicamente -como en la Revolución francesa y en la guerra civil española- o a través de la ingeniería social y manipulación de los medios de masas, como en la actualidad. Hoy asistimos a una campaña sin tregua para desprestigiar a la religión, explotando, por ejemplo, el comportamiento dudoso o delictivo de diversos miembros de la jerarquía eclesiástica. Para la gente sometida a la previa ideologización, el argumento tiene mucho peso: si la Iglesia defiende el bien y dice tener la receta para alcanzarlo, ¿cómo hay tantos malos en ella? Sin embargo el argumento valdría mejor para los ideólogos, que son quienes afirman tener esa segura solución para erradicar el mal.

Franz Borkenau cuenta en El reñidero español cómo escuchaba a unos anarquistas mofarse del clero “con esa especie de risa en la que se mezclan el odio y el desprecio”. Argüían que la Iglesia, cuyo reino “no es de este mundo, ha mostrado ser muy lista al asegurar para sí lo mejor de los placeres de este mundo”. Sobre todo atacaban sus pretensiones de castidad, cuando la conducta real de los clérigos, aseguraban, era la opuesta. “El anarquismo español ha reivindicado y adaptado a sus propios fines todos los argumentos utilizados contra la Iglesia católica por los autores protestantes de libelos durante el siglo XVI”, observa Borkenau, que no ve en esos ataques el motivo profundo de la persecución religiosa. No podían serlo, pues con tales argumentos los revolucionarios bien podrían tomar al clero por avanzadilla -si acaso algo exclusivista- de la sociedad de placeres mundanos y “amor libre” soñada por ellos. La razón profunda del odio era la insoportable pretensión religiosa de que la culpa reside en cada cual. No: reside precisamente en la Iglesia, y eliminar ésta traerá la liberación general. Por eso, para aplastarla (“aplastar a la infame”, decía Voltaire), cualquier acusación vale, aunque sea contradictoria

 

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“Valores europeos”

**La II Guerra Mundial como fin de la civilización europea: https://www.youtube.com/watch?v=eVc5t0LNhnA

**Los ideólogos “de género”: https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw&t=2189s

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En junio pasado una tal Viviane Reding, comisaria de la UE para “Derechos fundamentales”, ha exigido al gobierno húngaro la retirada de una campaña contra el aborto. Se trataba de carteles en que un feto –una vida humana en gestación– rogaba a la madre abortista: “Comprendo que no estás preparada para tenerme, pero dame en adopción. DÉJAME VIVIR”. Llamamiento, como se ve, sumamente moderado y quizá respetuoso en exceso con los abortistas. La tal Reding se ha erigido en representante de los “valores europeos”, y ha exigido la inmediata devolución de fondos comunitarios con los que en parte se había pagado la campaña.

La noticia ha pasado casi inadvertida en los medios y sin embargo está llena de contenido. Que la comisaria se sienta la encarnación de unos supuestos “valores europeos” y sobre tal base intente reprimir no ya la libertad de expresión, sino a todo un gobierno que se supone independiente, indica dos cosas: una concepción de la democracia muy similar a la que tenían los nazis, y unas soberanías nacionales cada vez más sometidas a decisiones ajenas, tomadas por oscuras comisiones y sujetos que se proclaman representantes de los “europeos” sin que los haya elegido ni conozca casi nadie. Y el peligro de usar los fondos como instrumento de coacción o de soborno. Estas son realidades muy alarmantes, no nimiedades.

La tal Reding tiene sobre el aborto el punto de vista del feminismo: el feto viene a ser un apéndice del cuerpo de la mujer, una especie de tumor del que tiene derecho a librarse por cualquier conveniencia. Y para los feministas existe una conveniencia muy fuerte: la maternidad entraña una profunda diferencia de sexos (“de género” barbarizan), que ven como grave desventaja para la mujer. De ahí que las Reding traten de fomentar el aborto, sin admitir siquiera paliativos como sería la adopción. Por muy aberrante que a otros nos parezca tal doctrina, sus defensores tienen derecho a exponerla, desde luego. Pero no se limitan a defenderla, la imponen por medidas burocráticas desde el poder acompañadas de un masivo lavado de cerebro desde los medios de masas. Y esto, tan característico de los regímenes totalitarios, ocurre cada vez más en la UE, de lo que este incidente, nada menor, es un crudo indicio. Como significativo es también el adormecimiento ciudadano que deja pasar sin protesta el desafuero.

Siempre he sido euroescéptico, y cada vez más. El europeísmo va contra la realidad histórica y cultural de Europa, nos supedita a poderes muy poco transparentes y al peso determinante franco-alemán. Los ingleses, más experimentados, se mantienen en un estar / no estar. Pese a que, culturalmente, son ellos los grandes beneficiarios: su idioma se va imponiendo de hecho como el oficial de esa Europa y sus valores.

 Publiqué este artículo el 10 de octubre de 2011, en LD. Desde entonces las cosas han ido a mucho peor.  Los “valores europeos” son hoy el abortismo, es decir, la liquidación de vidas humanas en el vientre materno, considerado como un “derecho de la mujer”; el homosexismo y la ideología de género, que quiere destruir la diferenciación biológica de sexos en aras de lo que llaman “libertad”; el multiculturalismo, como si Europa no hubiera desarrollado su propia cultura a lo largo de dos milenios y pico, o esta no fuera relevante en la propia Europa; el economicismo, con una obsesión por el PIB y la productividad como centro y eje de la civilización.

   Se trata de valores claramente criminales, suicidas, que intentan imponerse a las sociedades y naciones de Europa.  Y unos valores criminales solo pueden imponerse totalitariamente. Nunca antes los poderes políticos han atacado más la libertad de pensamiento, de expresión ¡y hasta de sentimientos! Con la mayor naturalidad del mundo los criminales hablan de “delitos de odio”, cuando ellos están cargados de un odio realmente feroz contra cuantos disientan de sus valores delictivos. Es un totalitarismo del tipo que ya previó genialmente Tocqueville, y que amenaza de destrucción a los valores sobre los que se ha construido la civilización europea. En el siglo XX tuvimos la experiencia de los totalitarismos comunista y nazi, y ahora se desarrolla este nuevo tipo, basado en la degradación de la sexualidad y con argumentos presuntamente liberales.

   Sospecho que la civilización europea, nacida de la II Guerra Púnica, ha llegado a su fin con la II Guerra Mundial. Y este nuevo totalitarismo con sus peculiares “valores” podría rematar su hundimiento. Si no hay una reacción adecuada.

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