Por una democracia franquista.

Un artículo importante sobre los Derechos humanos: https://elmanifiesto.com/mundo-y-poder/570764128/1-201-una-Declaracion-de-los-Derechos-Humanos-muy-poco-universal.html

*************

la transicion de cristal: franquismo y democracia-pio moa-9788492654451los mitos del franquismo-pio moa-9788490603499

Que la democracia viene del franquismo y fue refrendada así en referéndum por abrumadora mayoría popular, solo puede ser ignorado por la falsificación sistemática de la historia ocurrida a continuación de dicho referéndum, que ha llevado a contraponer franquismo y democracia. Cuando hablamos de democracia franquista nos referimos a la necesidad de reconocer sus orígenes y la necesidad histórica del régimen que salvó la integridad de la nación y los fundamentos de su cultura, entre otras cosas.

Ya he explicado cómo el Vaticano II vació intelectual e ideológicamente al franquismo, iniciando un período de descomposición del mismo en sus “familias” o partidos. Otro elemento que hacía inviable su continuidad era la vejez de Franco, un elemento arbitral y orientador insustituible en aquel régimen, que por ello mismo quedaba como un régimen de excepción: ni era posible sustituir a Franco ni a la ideología católica anterior por algo equivalente.  Por consiguiente no quedaba otra opción que cierta homologación con los países de Europa occidental.

Aquella salida tropezaba con serios inconvenientes. Desde luego, la oposición a Franco siempre había sido hasta ferozmente antidemocrática, lo que no le impedía enarbolar banderas de libertades políticas y demás, mientras que los más o menos adeptos al régimen carecían de pensamiento democrático y no eran capaces de analizar lo que había supuesto históricamente el franquismo. Por consiguiente, la transición se planteó en general desde un punto de vista meramente práctico o técnico, sin ninguna concepción de fondo sobre la democracia o la posición de España.

Torcuato Fernández Miranda  salvaba, al menos en principio, el respeto al régimen anterior, pero  Suárez,  sujeto intelectualmente vacuo, la enfocó contra él con apoyo de unos democristianos que seguían las normas igualmente oportunistas del Vaticano II (hostilidad a Franco, diálogo con los marxistas, apoyo a separatistas, etc.). Su concepción de la democracia era la de un banquete de amigotes en el que se repartieran poderes y dineros, enfoque generador de corrupción y supeditación de los intereses generales del país a los de partido, y cuyas consecuencias estamos palpando. 

Otro elemento perturbador era la presión internacional, que quería tutelar el proceso, y hacia la que los transicionistas mostraban un respeto supersticioso, hijo de de su inanidad. Pues, como he recordado en varios libros y prácticamente en exclusiva, los países de Europa occidental debían sus democracias (que funcionaban de modos distintos en cada país) al ejército useño e indirectamente a Stalin, mientras que España carecía de aquellas deudas, tan condicionantes y agobiantes. Precisamente, y gracias al franquismo, España podría presentarse como modelo, como democracia no impuesta desde fuera, sino como fruto de una evolución propia.  Pero los políticos de la transición adoptaron la postura de alumnos reverentes y acomplejados hacia “Europa”, pidiendo permiso de “entrada”.  Uno de sus efectos fue la renuncia progresiva a una política internacional propia, simbolizada y más que simbolizada en Gibraltar (otro tema sobre el que los analistas pasan sobre ascuas).

Por democracia franquista debemos entender un régimen en primer lugar respetuoso con la historia anterior, que debe explicarse contra el Himalaya de falsedades que hemos venido soportando durante cuarenta años. En segundo lugar, debe desarrollarse un pensamiento democrático, que he esbozado en “La guerra civil y los problemas de la democracia en España. Y en tercer lugar, debe suponer un cambio de fondo en todas las políticas disgregadoras y satelizantes actuales. Una política que continúe lo esencial del franquismo: integridad nacional, independencia exterior y despliegue cultural con especial atención a los países de habla hispana.

**En Una hora con la Historia: el ignorado y no muy ejemplar ni democrático proceso con que se elaboró la Constitución: https://www.youtube.com/watch?v=eVcokWrLTz8

la reconquista y españa-pio moa-9788491643050europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

************

Ya comenté en otro momento el efecto que me hizo el “Encuentro Madrid” del grupo Comunión y liberación, con su extrema colonización cultural por el inglés. Me muestran ahora unos libritos titulados “YOUCAT”, de ese grupo,  que no sé si se refiere a los católicos o a los gatos, pero que pretende enseñar a los fieles. El que veo es sobre la confesión (en español) pero debajo suelta un Update!,  expone: “IN &OUT : un examen de conciencia diferente”. y luego “CONFESARSE: YES, I CAN”. Más adelante “STOP! ¡Lo más importante es el amor!”.  Se trata de ir metiendo el inglés como el idioma de la Iglesia en sustitución del latín, cosa que ya se hace de muchos otros modos.

 Esto resulta especialmente sangrante para los españoles, porque sin España el catolicismo podría haberse reducido a una mínima expresión. Fue España quien defendió a la Iglesia contra protestantes y turcos, y sin esa defensa, el sur de Europa y la misma Francia habrían acabado en manos de protestantes o de turcos. Y fue España  quien hizo el esfuerzo colosal de evangelizar América, Filipinas o otros lugares, por lo cual la lengua de la mayoría de los católicos en el mundo es el español. Pero Pancho I de la Pampa ha denigrado la herencia española en América e impulsa el reconocimiento de Lutero como portavoz de “la modernidad”, y cosas por el estilo. Me pregunto si de España podría salir una reforma que revitalizara a la Iglesia, como pretendía el Vaticano II, pero sin caer en las aberraciones de este. La reforma de Cisneros lo hizo, y el catolicismo español del siglo XVI fue muy vivaz y creativo. Pero hoy, de momento,  no se observan más que vueltas atrás, a un oscurantismo paralizante cultural y políticamente. Es un problema más general: la experiencia de las ideologías después de la Ilustración debían haber reconstruido, con nuevas formas, la capacidad cultural de la Iglesia, pero no lo ha hecho.

Creado en presente y pasado | 42 Comentarios

Asociaciones informales / Autonomías y Constitución

Hay miles de personas alarmadas e indignadas por los rumbos que sigue la política en España, pero que se sienten inermes ante los manejos de los actuales partidos, y no tienen interés en organizarse. Estas personas pueden cumplir un papel esencial en forma de asociaciones informales para crear opinión pública si se les proporciona “munición” en forma de argumentario y discurso, motivándolas a difundirlos ampliamente, por su cuenta. Una asociación formal tiene necesariamente una organización (presidente, tesorero, vocales, etc. ) y una jerarquía. Una asociación informal como la que propongo no precisa de nada de ello, puede extenderse mucho  sin ninguna organización específica, y su número puede contrarrestar las manipulaciones de los grandes medios y de los aparatos partidistas. Con ello puede cambiar el ambiente social y ser expulsados los actuales partidos y políticos, cada vez más amenazantes para la libertad y la nación.

   Un ejemplo de asociación informal es la que permite difundir y financiar, aunque sea hoy por hoy a un nivel muy bajo, el programa “Una hora con la Historia”. Otro ejemplo es la que está comenzando en torno a Gibraltar. Una tercera y muy importante a poner en marcha será la de la reivindicación de la verdad sobre Franco y el franquismo. Este blog quiere ser un arsenal de argumentos y consignas al respecto, que pueden tener un efecto muy importante si lo difunden  miles de personas, cosa perfectamente posible si se entiende su importancia y se abandona la pasividad y el lloriqueo,  tan asociados estos años al nefasto “voto útil”.

la transicion de cristal: franquismo y democracia-pio moa-9788492654451los mitos del franquismo-pio moa-9788490603499

***************

  La votación de VOX en Andalucía abre  nuevas perspectivas, y todos los partidos-mafias van a empeñarse a fondo, ya lo están haciendo, para asfixiar las esperanzas que por fin van surgiendo. Uno de los argumentos que esgrimen esos partidos es que  negar las autonomías va contra la Constitución. En parte es cierto, y no se deben dar explicaciones a los mafiosos. Una réplica posible sería esta: “También van contra la Constitución los ataques separatistas a la nación española. Y van contra la Constitución las complicidades, el apoyo y financiación de los separatismos por parte de los gobiernos de PP y PSOE. Ustedes han convertido las autonomías en negocios corruptos que amenazan la unidad nacional y la paz de todos. Y van contra la Constitución, es decir, contra las libertades democráticas y la igualdad jurídica,  las leyes de memoria histórica y de género,  típicamente totalitarias. Así como intento de marginar a VOX con el pretexto de inconstitucional cuando ustedes no han cesado de vulnerar la Constitución y, lo que es más grave, de socavar la nación y las bases de la democracia en todos estos años. Las autonomías han sido un fracaso, las han hecho fracasar ustedes, y la experiencia histórica debe servir de algo para corregir errores y no empeñarse en ellos, por mucho que a ustedes y sus negocios corruptos les convenga. La Constitución puede reformarse y lo haremos“.

   De ninguna manera hay que permitir a esos delincuentes erigirse en fiscales. La respuesta debe ser siempre contundente para situarlos en el banquillo de los acusados.

**En Una hora con la Historia: el ignorado y no muy ejemplar ni democrático proceso con que se elaboró la Constitución: https://www.youtube.com/watch?v=eVcokWrLTz8

la reconquista y españa-pio moa-9788491643050europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

 

Creado en presente y pasado | 28 Comentarios

De novelas e historias

El erótico crimen del Ateneo: La novela negra como la vida misma que arrasa en el mundo de [Moa, Pío, Moh, Ul-Sih]sonaron gritos y golpes a la puerta-pio moa-9788499703701

P.  Ud ha publicado dos novelas, que yo sepa, pero son tan distintas que se dirían escritas por personas diferentes. El erótico crimen es un relato totalmente disparatado e irreal, mientras que Sonaron gritos  tiene un aire realista-épico, o no sé cómo llamarlo

No hay tanta diferencia de fondo. La primera es de humor, en torno a unos intelectuales progres que buscan subvenciones para una especie de burdel ilustrado. La idea es que la ideología progre es una especie de prostitución encubierta con palabrería intelectual. Y hay un falso contrapunto en un intelectual por así decir reaccionario, que habla acartonadamente y que finalmente carga con las culpas por la fechoría de los otros, gracias a un detective catalán, antiguo izquierdista reciclado en separatista (que reaparece más tarde en la polémica entre separatistas de diversas regiones). Claro, sus lectores en principio serían derechistas, lo cual no es una ventaja porque los derechistas en España leen poco y desde luego no suelen ser muy sutiles. El humor que vaya más allá de gracietas o chascarrillos hay que dárselo muy explicado. De hecho, en Amazon solo hay dos críticas a la novela, las dos muy negativas. Una porque entiende como “cursis y pasadas de moda” las expresiones del intelectual acartonado que dije; el otro porque encuentra  a los personajes “no creíbles” y la trama “sin gracia ni gancho”. Y es que en general los personajes que no sean costumbristas se ven “irreales”, y el fondo de una trama aparentemente disparatada no la captan. Quienes van a comprar el libro ven esas críticas y se desaniman.  Pensé invitar a otros lectores a comentar la novela en Amazon, pero bastante esfuerzo hago con escribir para dedicarme a esas cosas.

P Sonaron gritos tampoco puede decirse que haya tenido mucho éxito.

–Ha tenido un éxito medianillo. Aparte del silencio de los medios sobre mis libros, se debe también, posiblemente, a que los personajes no son costumbristas y por tanto no parecen “reales”. El trasfondo de guerras los vuelve épicos, aunque no convencionales y pronto me di cuenta de que no les gustarían a los católicos ni a los economistas, perdone el chiste. Hay de todo.  Para mí, el costumbrismo en sus diversas variantes es la maldición de la literatura española desde hace mucho, lo que la vuelve doméstica y provinciana. Claro que también el costumbrismo requiere talento. Cela era un virtuoso del género, quiero decir que lo cultivaba con talento, poniéndole también chispas de “tremendismo”. Esas deficiencias que yo veo en la literatura española posterior al siglo XVII, muchos las verán más bien como virtudes, ahí entran los gustos y sobre gustos, ya se sabe. Y también ocurre con la historiografía.  

P. Usted siempre critica a los historiadores españoles, y a su vez le critican por despechado y por no ser un verdadero historiador.

Siempre no, de vez en cuando. La historiografía española, con raras excepciones, la he definido como provinciana e intelectualmente mediocre, y ahí no entran los gustos, como en la literatura: puede comprobarse. Si me intentan silenciar y me atacan personalmente es por miedo, para evitar en lo posible la comparación. Tienen pánico a un debate intelectual, lo repito porque es definitorio,  porque en el fondo saben que han divulgado muchas falsedades. Esto me fastidia bastante, personalmente y porque muestra un ambiente intelectual de muy bajo nivel que, como español, me deprime un poco. Sus historias son a veces muy detalladas, pero a la hora de hacer una síntesis, que implica un análisis claro de los detalles, casi todas fallan. No obstante, usted puede comparar mis libros y los suyos, si quiere. Un estudiante muy maleado se jactaba en tuíter de que su profesor universitario había empezado el curso enarbolando no sé qué libro mío y afirmando “Esto, señores, es una mierda. Aquí vamos a estudiar historia científica”, o algo así. Le pregunté cómo lo había argumentado: no lo había argumentado. Por supuesto, de aceptar un debate, nada de nada. ¡No se van a rebajar a tanto! Otros profesores prohíben explícitamente citar mis libros en los  trabajos que les ponen.  Es grotesco. ¿Cómo ha caído la universidad a ese nivel? Y por más que se denuncia ahí siguen esos farsantes encastillados en sus prebendas burocráticas. Solo les preocupa mantener sus puestos, meter a gente como ellos y que sus historietas no queden en evidencia. 

P. ¿Qué defectos les ve usted, en fin?

–Ya le he dicho uno, y muy grave. Otro también, parecido al de la literatura, es cierto costumbrismo económico, por así decir, en el que la realidad de las personas es sustituida por tópicos más o menos garbanceros. Además, tratan la historia de España “a la tibetana”, como diría Ortega, como si la historia de España no estuviera conectada estrechamente a la europea. En Nueva historia de España he procurado exponer en líneas muy generales la evolución mundial al compás de la española. Algunos me han criticado eso: ¿qué interés tiene hablar de China en los momentos de las guerras púnicas, por ejemplo? Tiene interés comparativo, que podría desarrollarse mucho, sobre diversos problemas de civilización. Pero además la relación por mar entre los continentes habitados se debe precisamente a España, cosa que las historias generales olvidan, e importa por eso relacionar el pasado español con el de otras culturas alejadas.  O no destacan la importancia excepcional de las empresas navales españolas.

  Otro ejemplo, en el que vengo insistiendo: ¿por qué los intelectuales e historiadores españoles son tan europeístas y no han producido ninguna obra de interés real sobre Europa, ni se han preocupado de debatir sobre lo poco que surge, como mi libro reciente? Basta plantear la pregunta para apreciar esa extrema mediocridad y provincianismo junto con cierto tono de farsa intelectual. Es un escenario de decadencia, manifiesta también en otros rasgos, y sobre eso no se puede hacer mucho. Quizá señalarlo sirva de algo, aunque te gane enemistades y cabreos. Es difícil tomarlo con humor.     

*************

 

En Una hora con la Historia,  cómo España, después de un período caótico que auguraba el fracaso final de la Reconquista con la división de la península en cuatro reinos cristianos  mal avenidos y uno musulmán, se rehízo y en muy poco tiempo se convirtió en una gran potencia europea. https://www.youtube.com/watch?v=aP_Ki7wUcGk

 

la reconquista y españa-pio moa-9788491643050europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

 

 

 

Creado en presente y pasado | 108 Comentarios

La tarea de VOX en una democracia fallida

En Una hora con la Historia,  cómo España, después de un período caótico que auguraba el fracaso final de la Reconquista con la división de la península en cuatro reinos cristianos  mal avenidos y uno musulmán, se rehízo y en muy poco tiempo se convirtió en una gran potencia europea. https://www.youtube.com/watch?v=aP_Ki7wUcGk

la reconquista y españa-pio moa-9788491643050europa: introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

*******************

En  el aniversario de la Constitución han vuelto a oírse las loas a la situación actual supuestamente democrática y contrapuesta al franquismo, cuando si a algo se contrapone la democracia es a la situación que hemos alcanzado por obra de partidos convertidos en verdaderas mafias.

   Una de los inventos más desvergonzados es el de “partidos constitucionalistas” en oposición a “los golpistas”.  La oposición real es entre partidos que defienden a España y los que la atacan. No existen tales constitucionalistas, todos son cómplices y auxiliares de los golpistas. De hecho lo vienen siendo desde la elaboración misma de la Constitución, como he expuesto en La Transición de cristal, acerca de lo cual se trata de mantener engañado al pueblo. España es una realidad histórica y cultural demasiado potente para ser liquidada de la noche a la mañana, pero desde entonces hemos asistido a un empeño tenaz por destruirla por dos vías: mediante un proceso de disgregación apoyando y financiando a los separatismos, y por un proceso auxiliar de disolución en la llamada Unión europea. El doble proceso se aceleró con la formación de un tercer frente popular por Zapatero, empeoró con el gobierno de Rajoy y está entrando en una fase ya sumamente peligrosa con el gobierno actual.

Así, en esta presunta democracia de imponen leyes totalitarias sumamente tiránicas como la de memoria histórica  y al parecer ¡no pasa nada! Se imponen leyes LGTBI que  niegan la familia, hacen de la homosexualidad la piedra de toque de la moral pública e intentan controlar no ya el pensamiento sino los mismos sentimientos de las personas ¡y no pasa nada! Se rescata a la ETA y se premian sus crímenes, convirtiéndola en una potencia política ¡y no pasa nada! Se homenajea públicamente a los asesinos separatistas ¡y no pasa nada! Se vacía del estado a varias regiones ¡y no pasa nada, todo es democracia!  Se declara amiga y aliada a la potencia que invade nuestro territorio en un punto estratégico clave ¡y no pasa nada! Se envían tropas a provocar o intervenir en asuntos completamente ajenos a nuestros intereses ¡y no pasa nada! Se promueve la sustitución progresiva del español por el inglés como lengua de cultura ¡y no pasa nada! Los políticos de una parte del país se declaran en rebeldía frente al estado y en lugar de ser destituidos y encarcelados se les permite mantener un golpe de estado permanente, ¡y no pasa nada! Una policía regional  apoya abiertamente el golpismo separatista ¡y no pasa nada! Se promueve una política simultánea de aborto masivo y de inmigración masiva, como si se quisiera ir eliminado progresivamente a los españoles ¡y no pasa nada! Un falso doctor vinculado familiarmente a la prostitución homosexual, con un gobierno no elegido  de tiorras perturbadas que creen que la maternidad es esclavitud y que  el amor entre hombre y mujer es un mal, festejan a diversos tiranos  y tratan de ultrajar los restos de Franco. Es decir, del hombre que no solo salvó la unidad nacional, que salvó a la Iglesia del exterminio y trajo de vuelta la monarquía,  sino que creó condiciones para una democracia estable y convivencial, y, una vez más ¡no pasa nada!  La corrupción se constituye en una seña de identidad de los actuales partidos ¡y no pasa nada! Podríamos seguir, pero en resumen, estamos en una democracia fallida por obra precisamente de los antifranquistas, que utilizan su farsante antifranquismo para proseguir su obra de demolición de España y de  la democracia.

   Pues bien, por fin está empezando a pasar algo, como indican las elecciones andaluzas. Esos partidos creían haber asfixiado el patriotismo español tras cuarenta años de embustes y demagogias, y resulta que no ha sido así. El patriotismo no solo es esencial para la supervivencia de una nación, sino también para mantener la democracia. Porque en ausencia de él, los intereses de partido se vuelven absolutos y determinantes, y desgarran la convivencia en paz y en libertad. Esto es algo que nunca han entendido esos partidos mafias que, precisamente, han intentado presentar el patriotismo como enemigo de la libertad, y como enemigo de la democracia al franquismo, un régimen que no tuvo oposición democrática sino totalitaria, y de la que no podía salir en ningún caso una democracia.

   Ahora VOX tiene la posibilidad y la responsabilidad de cambiar todo eso. Se le ha votado precisamente para que cambie el grotesco y farsante panorama político en que vivimos. Haría muy mal en intentar dar explicaciones o justificarse ante las acusaciones de sus enemigos, enormemente alarmados y que se erigen en fiscales cuando tendrían que estar en el banquillo de los acusados. VOX parece tener otro lenguaje, debe completar su discurso en algunos puntos y convertirse en fiscal de los partidos-mafias, llevarlos a ellos al banquillo. Porque si España y la democracia han de subsistir, esos partidos deben desaparecer y ser sustituidos por otros que se identifiquen con su propia nación y con la libertad.

la transicion de cristal: franquismo y democracia-pio moa-9788492654451los mitos del franquismo-pio moa-9788490603499

 

Creado en presente y pasado | 51 Comentarios

40 años de la Constitución (y II) “¿Un caballo o un camello?”

 

“Un camello es un caballo diseñado por una comisión”

De La Transición de cristal. Hoy se podrían decir cosas más graves, pero viene bien señalar unos fallos de origen que en vez de corregirse se fueron ampliando. No existe ningún partido constitucionalista, porque todos han socavada insistentemente, desde entonces, la unidad nacional que la Constitución proclama un tanto ambiguamente. Queda clara, asimismo, la falta de principios sólidos en la UCD (para Suárez todo era negociable). Ausencia cuyo origen está en la Concilio Vaticano II, como explico también en el libro. Propiamente la Transición (o más bien la segunda fase de la misma, pues la primera culminó en el referéndum de 1976, cuya decisión fue a continuación desvirtuada) fue realizada básicamente por los falangistas del Movimiento como mano de obra y bajo dirección ideológica democristiana. Algunos de estos  creían innecesario un partido nacional (español) en Cataluña y Vascongadas porque los nacionalistas allí eran precisamente democristianos.

Capítulo XVI

UNA CONSTITUCIÓN DEFECTUOSA

La gestación constitucional resultó, pues, poco democrática, pero sólo chocó con la indignación de AP, resuelta con la escisión del partido. El punto más escabroso, pero no el único, fue el de las autonomías, concre­tado en el Título VIII, y la inclusión del término «nacionalidades». Según Herrero de Miñón, uno de los ponentes con mayor influencia, «Comunis­tas y, más aún, socialistas, pretendían elaborar una completa nueva planta constitucional en la cual la Jefatura del Estado perdiera sus connotaciones históricas; la parte dogmática supusiera una transformación, cuanto más radical mejor, de la sociedad y la economía; y las autonomías correspon­dieran al principio del federalismo»; en cambio, interpretaba la postura de AP como un plan de «reformas parciales de las Leyes fundamentales franquistas y adición de otras nuevas», y afirma que UCD acertó «con un término medio: cambiar el Estado, y permitir el cambio social sin cambiar de sociedad ni de Estado». El aserto revela un optimismo algo excesivo.

El Título VIII, referido a la organización territorial y en particular a las autonomías, resulta contradictorio, pues pretende, por una parte, esta­blecer las competencias de las autonomías y del Estado central y, por otra parte, vacía estas últimas al advertir que las autonomías podrán extender sus competencias (obviamente, a costa de las nacionales), y el Estado podrá delegar las suyas (artículo 150.2), bajo condiciones interpretables. Suárez hizo esta concesión un tanto sorprendente para conseguir que el PNV apo­yase no lo logró, y a pesar de ello, el artículo no fue retirado. Pese a un afán ordenancista impropio de una Constitución, y a cautelas retóricas, las autonomías, en lugar de delimitarse, quedaron abiertas a una progresión indefinida, a interpretaciones y hasta al hecho consumado, como llegaría a ocurrir.

Los partidos abordaron la cuestión, dice Herrero, desde tres enfoques distintos: a) Los nacionalistas pretendían un reconocimiento nacional para Cataluña, apoyados por socialistas y comunistas, mientras que los nacionalistas vascos hablaban de «soberanía originaria»; b) los socialistas y comunistas defendían incluso el «derecho de autodeterminación», es decir, la posible secesión; y c) la UCD, y en parte AP, pensaban en una «regionali­zación del Estado», de inspiración orteguiana.

Las aspiraciones de los separatistas catalanes y vascos no precisan glosa. Algo más la coincidencia de socialistas y comunistas con ellos. Esa coinci­dencia era una tradición en el PCE, no así en el PSOE, antes propenso a un centralismo incluso jacobino. El PCE, aunque centralista de hecho, siempre incluía en su programa la autodeterminación de las nacionalidades según el modelo leninista extraído de la experiencia de los imperios ruso y aus­trohúngaro, inaplicable a España. El PSOE de González y Guerra asumió así esa postura leninista, por mostrarse radical, por su visión negativa de España y por su antifranquismo, ya que el Régimen anterior había defen­dido la unidad nacional.

Menos esperable era la repentina inclinación autonomista de la dere­cha, entusiasta en casos como el de Herrero. En buena medida venía de la influencia orteguiana sobre la Falange, en este caso lo que Ortega había llamado «la redención de las provincias». Según Ortega, España era un «enjambre de pueblos» y nunca se había «vertebrado» como era debido, estatal y socialmente. El filósofo representaba un nacionalismo español «regeneracionista», muy similar a los nacionalismos catalán y vasco por cuanto negaban como nefasta la historia anterior y pensaban tener la receta casi mágica para redimir a los pueblos y elevarlos a la gloria.

Los análisis histórico-políticos de Ortega no cuentan entre sus mejores ideas. Solían ser rebuscados y crear falsos problemas. «Ocurrencias», los lla­maba Azaña que, no obstante, se parecía mucho a él en su adanismo hacia España y su historia. Ocurrencias a veces disparatadas, pero expuestas en un lenguaje pomposo que seducía a muchos lectores. La política debía ser «Una imaginación de grandes empresas en que todos los españoles se sien­tan con un quehacer», señaló el 30 de julio de 1931 ante las Cortes. Azaña,  a su turno, propugnaba en Barcelona, el 27 de marzo de 1930, «un Estado dentro del cual podamos vivir todos», como si en España nunca hubieran vivido todos, mejor o peor. Viendo el pronto desenlace de las «grandes em­presas» orteguianas y de ese «Estado» tan especial de Azaña, cabe ponderar la peligrosidad de las grandes frases vacías, a medias exaltadas y frívolas. Una ocurrencia de Ortega propugnaba articular España «en nueve o diez grandes comarcas» autónomas, para las cuales «la amplitud en la concesión de self government debe ser extrema, hasta el punto de que resulte más breve enumerar lo que se retiene para la nación que lo que se entrega a la región». Así esperaba contentar, más o menos, a los nacionalistas vascos y catalanes, y salvaguardar el principio de la soberanía nacional. Su discípulo Julián Marías observaría, en 1978, lo inútil y riesgoso de querer contentar a quienes no se van a contentar.

Yacía bajo todo ello un serio temor a los separatismos vasco y catalán, pese a no haber supuesto ningún peligro ni amenaza desde hacía cuarenta años. La razón no confesada de ese generalizado descrédito de todo centra­lismo provenía ante todo de la ETA y de su posible contagio a Cataluña, Ga­licia y Canarias, de momento. Ya vimos que la ETA era el único movimiento separatista surgido con algún impulso durante el franquismo, ya muy al final de este y, por las razones expuestas, había adquirido una excepcional relevancia política. No debe olvidarse que el terrorismo ha ejercido una profunda influencia corrosiva y corruptora en España, más que en cual­quier otro país europeo, ya desde el pistolerismo ácrata de la Restauración, a cuyo derrumbe contribuyó decisivamente. Influencia debida siempre a la misma causa: la explotación política de los asesinatos por otros partidos teóricamente moderados.

De los tres enfoques autonomistas terminaría imponiéndose el de la de­recha muy hibridado con el de los separatistas, con un autonomismo fun­cionalmente similar al federalismo, pero sin delimitación clara. El ministro adjunto para la Regiones, Clavero Arévalo, propugnó la generalización de las autonomías, creyéndola un modo de disolver los separatismos, mientras que Herrero insistía en unos «derechos históricos», «singularidades histó­ricas» de Cataluña y Vascongadas, que no autorizaban la homogeneidad autonómica. Herrero asimilaba la situación española a la de Gran Bretaña -un verdadero dislate histórico- y llegó a declarar: «La Constitución puede pasar. Ni España, ni Cataluña ni Euskadi pasarán». Igualaba así las tres entidades y recogía el término inventado por Sabino Arana para incluir Navarra y los departamentos vascofranceses. Quizá influyera en tales actitu­des el hecho de estar casado con una señora próxima a dirigentes sabinianos. Suárez, más reticente a las tesis del PNV, pensaba que UCCD y PSOE harían la política real en las Vascongadas ante un radicalismo separatista al borde de la ilegalidad.

Probablemente el enfoque más razonable fuera el del nacionalista catalán Roca Junyent en un momento en que, ante las dificultades y diferencias, propuso la reducción del texto a unos principios genéricos a desarrollar lue­go, y la restauración del estatuto de 1932. Pero ello no ocurriría.

* * *

la transicion de cristal: franquismo y democracia-pio moa-9788492654451

Una breve digresión histórica ayudará a percibir la sustancia del proble­ma. La invasión napoleónica de 1808 impuso la necesidad de modernizar el Estado con un carácter democratizante y contra las trabas feudales de siglos anteriores (comunes a casi toda Europa). Representó la moderniza­ción la liberal Constitución de 1812, con un nacionalismo condensado en la soberanía española, «que no puede ser patrimonio de ninguna familia o persona». Pero encontró rechazo porque parecía recoger principios de la Revolución francesa, vistos con repugnancia por el grueso de un pue­blo que luchaba precisamente contra los franceses; a lo que se añadía un injustificado fervor popular por un rey que había sido cómplice oculto de Napoleón. Así, el liberalismo pareció a muchos una doctrina foránea, opuesta a la tradición hispana y al catolicismo. Las subsiguientes guerras carlistas se riñeron, por paradoja, entre unos carlistas españolistas, pero an­tinacionalistas (no aceptaban la soberanía nacional, sino la del monarca), y unos liberales nacionalistas, pero tachados de antiespañoles y anticatólicos. La victoria final de los liberales en el último cuarto de siglo motivó en Cataluña y Vascongadas, quizá las regiones más tradicionales y religiosas, una reacción regionalista con tintes secesionistas. Factores como la in­dustrialización de Bilbao y Barcelona, las ideologías racistas y un tardío romanticismo antidemocrático, dieron viento a las velas nacionalistas en Cataluña y Vizcaya. No cobraron impulso, sin embargo, hasta el «desastre» de 1898 frente a USA, causa de profunda desmoralización en toda España.

Los  separatismos vasco y catalán, concomitantes con el pistolerismo anarquista y los mesianismos socialista y republicano, devinieron una des­tructiva plaga para los regímenes de libertades (Restauración y II República), abocando a dictaduras, y en un caso a la guerra civil. Las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco disfrutaron de una casi nula actividad nacio­nalista, salvo la tardía de la ETA. Pero después de la Transición democrática, que no debió nada a los nacionalismos, estos iban a convertirse en el mayor escollo para el asentamiento de la democracia, y no sólo por el terrorismo.

Conviene insistir en la ya mencionada diferencia entre el separatismo catalán y el vasco. El vasco gira en torno a una «raza» vasca superior a la «raza» maketa o española, cuyo contaminante roce debe evitar la prime­ra, por lo que es rotundamente secesionista, aunque maniobrase según las circunstancias. El separatismo catalán da a la raza un peso ligeramente menor y considera que, tras ser antaño Castilla hegemónica en la península, ha­bía llegado el momento de que la hegemonía pasara a Cataluña, debido a su mayor desarrollo económico y presuntamente cultural. El fundador operativo de este nacionalismo, Prat de la Riba, aspiraba a un Estado im­perial desde Lisboa al Ródano, orientado desde Barcelona y expansivo hacia África. Tal idea anacrónica sólo podía conducir a frustraciones, por lo que muchos separatistas oscilaron hacia un imperialismo menor, sobre Valencia y Baleares, englobadas como Països catalans.

Durante la guerra civil, ambos separatismos se habían juntado al Frente Popular, a cuya derrota cooperaron de modo eficaz, aun si involuntario, con sus desavenencias, maniobras secesionistas e intrigas tanto con los fascistas italianos o los nazis como con Londres y París. Tras la victoria franquista, ambos separatismos pervivieron en débiles círculos nostálgicos, ampa­rados por algunos clérigos (debe recordarse el origen clerical y antiliberal de ambos nacionalismos, mantenido en el vasco, no tanto en el catalán, cuyo sector de izquierda se hizo muy anticlerical). Terminada la II Gue­rra Mundial con la derrota nazi, el racismo quedó condenado internacio­nalmente, ambos nacionalismos dejaron de invocarlo abiertamente, y el PNV tomó ropaje democristiano. El franquismo apenas hostigó a aquellos círculos y, al final, les facilitó la reconstrucción como barrera (supuesta) al separatismo terrorista. Y aunque se acusa a la dictadura de perseguir las lenguas regionales, permitió la creación de una Academia Vasca que unificó el vascuence, y de ikastolas para la enseñanza en dicho idioma, e instituciones oficiales convocaban premios literarios para fomentarlo; algo similar ocurrió con el catalán, cuya filología se hizo obligatoria como rama en las facultades correspondientes. También data del franquismo la pri­mera editorial de libros en gallego. Por efecto del pistolerismo, sectores vascos minoritarios, pero nutridos y muy activos, se radicalizaron durante la Transición, aun si la mayoría de la población era moderada, incluso entre los nacionalistas. Lo demostró la pronta adscripción de muchos al PNV, que permitió a este rehacerse bastante pronto. Claro que la moderación del PNV era muy relativa: jus­tificaba el terrorismo, aun si con reservas, y trataba de beneficiarse de él, y pretendía el reconocimiento de la «soberanía originaria» vasca, inventada por Sabino Arana: nunca había existido nada parecido a un Estado vasco, cada provincia tenía su propio fuero, escrito en castellano, que le ligaba al Rey de Castilla: ningún país soberano busca un rey autoritario foráneo –los vascos, claro está, no se consideraban foráneos a España- y pacta en un idioma igualmente «foráneo».

Según Herrero, la «soberanía originaria», eufemizada en la Constitu­ción como «derechos históricos», no pasaba de retórica: para el PNV todo se reducía al reconocimiento de «la identidad vasca como cuerpo sepa­rado dentro del Estado, sin negar en absoluto que este ejerciera cuantas competencias fueran necesarias A esto se reducía el dogma de la soberanía originaria». La creencia de Herrero suena tan ingenua como suponer sin valor práctico el término nacionalidades: la «soberanía originaria» entra­ñaba, para empezar, una idea confederal o separatista y el privilegio de los «conciertos económicos» que fragmentaban la economía española.

* * *

los mitos del franquismo-pio moa-9788490603499

La inclusión del término «nacionalidades» ocasionó polémica en la po­nencia constitucional, y estuvo a punto de ser retirada. Ante la oposición de AP y algunos de UCD, Herrero propuso emplear los términos históricos, pero desfasados, de Principado y Reinos (Cataluña y Vascongadas nun­ca habían sido reinos, se habían integrado en otros reinos y a través de ellos en España, según las instituciones medievales). Pero triunfó final­mente la palabra «nacionalidades», y el artículo 2º reza: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la auto­nomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.

Muchos observaron la contradicción entre «la indisoluble nación españo­la» y las nacionalidades. Se habló de estas por evitar el término más rotundo de naciones, pero significan, o pueden fácilmente hacerse significar, lo mismo. Según la doctrina democrática, en la nación reside la soberanía, una vez derrocado el Antiguo Régimen, donde la soberanía nacional se personificaba en la voluntad del monarca. Así lo expresa el nacionalismo, doctrina en principio democrática que surge con gran posterioridad a la existencia de naciones, en rigor se extiende por Europa y América desde el siglo xix, y por gran parte del mundo en el xx. A su vez, los nacionalismos son capaces de crear nuevas naciones, como ha sido el caso en muchos lugares de Europa o América. Salvo Portugal, por los avatares de la Re­conquista, ninguna región hispana se convirtió en nación, como sí lo hizo España desde los reyes godos Leovigildo y Recaredo.

Los nacionalismos regionales en España podrían crear nuevas naciones si las condiciones les favorecieran. Por definición, un nacionalismo tiende a la constitución de un Estado propio y mientras no lo consigue se con­sidera oprimido, por lo cual es naturalmente secesionista, aunque haya en ello distintos grados. Así, el término nacionalidades en la Constitución crea las bases para anular la soberanía nacional española, pese a que las autonomías, retóricamente, debían funcionar «sin mengua de la unidad de España». Paradójico retroceso con respecto a la Constitución republicana de 1931, que no admitía tales nacionalidades ni ambigüedades sobre las competencias.

No todos en UCD, menos aún en AP, admitían tales nacionalidades, pero Herrero votó por ellas con los ponentes comunista y nacionalista, contra sus dos compañeros de partido. «El escándalo fue mayúsculo, pero se enterró inmediatamente en el olvido debido, supongo a su feliz desenlace», escribe Herrero. Quedaban así empatados, por la ausencia de Peces-Barba, los par­tidarios y contrarios al término. Para imponerse, los partidarios del mismo (Herrero, Roca y Solé) amenazaron con abandonar la ponencia, con lo que esta se reduciría a AP y parte de UCD: la presión o chantaje fue irresistible. Herrero afirma con desparpajo que ganaba así «la pluralidad de las Españas, en sentido orteguiano»; y, triunfante, invitó a comer a Cisneros y a Solé Tura: «Guardo el menú con los comentarios de los comensales a mi pregun­ta: ¿Podrán las nacionalidades llegar a ser fragmentos de Estado? Almorzamos huevos escalfados con salmón, pularda a la pimienta verde y arroz pilaw y ensalada, sorbete de fresas y café»2.

* * *[ 206 ]

La cuestión de las atribuciones del Rey tenía cierta relación con el pro­blema anterior. Juan Carlos había usado el poder heredado de Franco para impulsar la Transición de Suárez, que no sólo desmantelaba el Régimen anterior, cosa seguramente inevitable, sino que tendía oscuramente a la deslegitimación del mismo, al contrario de la reforma de Torcuato (la re­pentina fiebre antifranquista en sectores de UCD llevó a alguno de sus pró­ceres a pedir la supresión del nombre «las Cortes», por considerarlo propio del Régimen anterior). Con lo que, nueva contradicción, quedaba cues­tionada implícitamente la legitimidad del propio monarca.

Todos aceptaban al Rey en una posición honorífica y simbólica, pero a la hora de concretar sus atribuciones surgían las diferencias. En algunos países, como Suecia o Japón, la monarquía se limita a un plano ceremonial, mientras que en Gran Bretaña o Noruega tiene ciertas competencias mo­deradoras o arbitrales. Los constituyentes españoles tendían a limitar todo lo posible el papel regio, y en ello estaban de acuerdo socialistas, comunistas y AP, los primeros por su republicanismo subyacente, la última por experien­cias poco amenas con Juan Carlos. No obstante, López Rodó deseaba una monarquía con bastante poder, quizá porque Franco la había pensado así. Suárez, por su parte, incómodo con la tutela regia, quería dejar al monarca las menores competencias posibles, aunque la UCD, en general y Herrero en particular, preferían concederle un poder arbitral y dar el mayor relieve a su figura.

También los separatistas querían dar relevancia a la figura real. La ra­zón consistía en la ficción de un «pacto con la Corona» por parte de las respectivas «nacionalidades»; idea feudal y aun así ahistórica, pero útil a sus aspiraciones, ya que en una democracia el lazo monárquico se vuelve necesariamente muy tenue, al carecer el trono de un poder remotamente comparable al de épocas antiguas. En esa onda, Herrero propuso la susti­tución de «Estado español, de claras resonancias autoritarias y baja calidad estética, por la de monarquía Española». Propuesta anacrónica, máxime cuando las «resonancias autoritarias» achacadas al Estado español en ge­neral, carecen de base: ese estado trajo al país los regímenes de libertades, que sus enemigos echaron abajo. AP, los comunistas y los socialistas, por distintas razones, anularon la propuesta. Al fin, quizá por oponerse a Fraga, el PCE y el PSOE aceptaron otorgar al Rey un poder arbitral, si bien inconcreto: El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad his­tórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes. Atribuciones que, salvo la faceta ceremonial, quedaban en la práctica supeditadas al partido político en el poder. Su título de Jefe supremo de las Fuerzas Armadas carecía de efectividad práctica, pero sería decisiva en ocasión de la célebre intentona golpista del 23-F.

La parte dogmática, es decir, las declaraciones de principios de la Cons­titución, sufren de un exceso de detalle y ordenancismo, y resultan un tanto contradictorias y farragosas. Llegan a especificar que los poderes pú­blicos se preocuparán «en particular de la agricultura, la ganadería, la pesca y la artesanía (…) con un tratamiento especial a las zonas de montaña», con el fin, asegura «de equiparar el nivel de vida de todos los españoles». Recuerda algo, si bien con más retórica, al Fuero del Trabajo. Establece tam­bién el «derecho a la vida» (la vida es anterior al derecho y fundamento de este), en lugar del derecho al respeto y mantenimiento de la vida humana; pero, como el comienzo de esta no queda definido, abre el camino al aborto masivo.

En la misma onda afirma, por una parte, «Libertad de empresa en el marco de la economía de mercado», si bien el Estado «puede intervenir por exigencias de la economía general y, en su caso, de la planificación». El tex­to rezuma intervencionismo socialdemócrata, atribuyendo a los «poderes públicos» el mejor criterio y capacidad de planificación. Así, «promoverán las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa, en el marco de una política de estabilidad económica. De manera especial realizarán una política orientada al pleno empleo». Frases casi sarcásticas cuando se marcha­ba hacia el segundo millón de parados. No faltaban frases rimbombantes: «Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho a hacerlo», y a recibir «una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia». Al declarar los poderes públicos su obligación, en realidad inasumible, de garantizar tales derechos, cabría tildar de inconstitucionales a todos los Gobiernos posteriores. Tampoco se cumpliría la exigencia de un funcionamiento democrático en los partidos.

Abundan las declaraciones supuestamente demostrativas de los buenos sentimientos e intenciones de los gobernantes: «Los poderes públicos ase­guran la protección social, económica y jurídica de la familia», así como  «la adecuada (¿?) utilización del ocio», o «un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona»… Más aún, «Todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada». Esto, cuando el paro se hacía masivo. ¿Y qué podría entenderse por «digna y adecuada»? ¿Al nivel de la casa de un ministro, por ejemplo? ¿O tendrían los españoles derecho a ocupar cualquier casa que les pareciese adecuada?… «Los poderes públicos promoverán las condiciones para la participación libre y eficaz de la ju­ventud en el desarrollo político, social, económico y cultural». Aparte de que el adjetivo «social» engloba a todos los demás, ¿por qué la juventud en particular y no el resto de la gente? El Gobierno debe garantizar la actividad política, cultural o económica dentro de la ley, pero «promover­la» significa más bien controlarla y encauzarla según interese al partido en el poder. Un buen despliegue retórico: «Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de la vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva». Un tremendo aumento de los incendios forestales acompañaría a tan bienha­blados poderes públicos.

Venía más al caso, en cambio, proclamar la protección al Patrimonio nacional, habida cuenta de los enormes daños que las izquierdas le habían infligido durante la guerra (y que no se recordaban, claro está).

Sin pretensiones de análisis exhaustivo, las consideraciones expuestas bastan, a mi juicio, para asimilar la Constitución al dicho de que un came­llo es un caballo diseñado por una comisión. El texto no pasará ciertamen­te a la historia como un gran monumento jurídico: es en parte irrealizable, ambiguo y con vías de agua en el casco de la unidad nacional y de la de­mocracia. No obstante, tiene virtudes relevantes. Establece la unidad na­cional española, las libertades en general, la libertad de educación (contra las pretensiones del PSOE y del PCE); y al tiempo que elimina la confesio­nalidad del Estado, reconoce el carácter muy mayoritario del catolicismo, superando la vesania de las sangrientas persecuciones izquierdistas. Y es la primera Constitución elaborada con amplia participación de partidos, y no impuesta por el que ostentaba el poder.

Sobre los ponentes de la Constitución, Herrero se atribuye a sí mismo y a Peces-Barba, en menor medida a Roca, el papel principal. A Fraga lo descarta como «desmesurado, que no siempre es sinónimo de grande». Ve a Solé como «un catalanista teñido de rojo», y observa que sus compañeros. Pérez Llorca y Cisneros se ocuparon más de otros negocios políticos que del debate constitucional.

Hace Herrero, además un curioso aserto: todos los ponentes, menos Fraga y Cisneros, procedían de «diversos sectores de oposición democrática ajenos al franquismo», lo que «contribuyó notablemente al recíproco enten­dimiento», quedando todos muy amigos. Desde luego podía presentar a los ponentes socialista, comunista y separatista catalán como (relativamente) ajenos al franquismo; pero los dos primeros profesaban una ideología tota­litaria, aunque las circunstancias les hubieran impedido ponerla en práctica en España. Y los separatistas, impregnados de su vieja ideología de fondo racista y antiliberal, sólo se aprestaban a explotar unas libertades a las que no habían contribuido. En cuanto a Pérez Llorca y el mismo Herrero, podían tener más o menos de demócratas, pero llamarles ajenos al franquismo era exagerar mucho, pues habían hecho sus carreras en las instituciones de la dictadura.

El historiador Manuel Álvarez Tardío ha señalado, con optimismo: «Si la democracia española echó a andar en 1978 con una base harto más sólida que en 1931 fue, sobre todo, porque se aprobó una Constitución que no fue contestada seriamente por ninguno de los principales grupos políticos nacionales, y porque estos hicieron caso omiso de las denuncias de los partidos situados en los extremos, especialmente las de los represen­tantes de las fuerzas antiliberales del independentismo vasco y catalán. Se hicieron entonces unas reglas del juego que dejaron suficiente espacio para que Gobiernos de distinta ideología pudieran llevar a cabo sus políticas sin contravenir la carta magna y sin tener que proponer constantemente su modificación».

Y, en efecto, la Constitución hizo posible la alternancia pacífica en el poder con más amplitud que las constituciones de 1876 y la de 1931. Mas no puede borrarse el hecho de que parte de ella nunca fue cumplida, que la posterior época de Felipe González la socavó de forma importante, y que la de Rodríguez Zapatero la ha echado abajo.

Las deformidades de la Constitución quizá procedan en parte de la pre­caria cultura histórica y jurídica de Suárez, Abril o Guerra, así como del hecho de que ninguno de los partidos intervinientes era muy demócrata, y algunos nada. Contra un prejuicio común, UCD y AP lo eran en mayor medida que la izquierda: por formación, estilo y espíritu, venían de una dictadura, pero también de una tradición más tolerante y liberal.

Creado en presente y pasado | 88 Comentarios