“Un reto a la razón o una broma pesada de tu Dios”

Blog I: El asesinato de Carrero en la perspectiva histórica: http://www.gaceta.es/pio-moa/asesinato-carrero-perspectiva-historica-19122014-0917 

“Cita con la Historia” Este domingo, “España y la I Guerra Mundial”, en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. También saldrá en podcast y en you tube.

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–Bien, Pepe, es muy cabreante estar dando vueltas  a estas cosas para llegar siempre a la misma conclusión: yo no puedo demostrar que no hay Dios y tú no puedes demostrar que sí lo hay. Ahí tenemos la fortaleza, a ver cómo la asaltamos. Estoy dispuesto a aceptar que la existencia del mundo exige un factor ajeno a él, un factor creador, por así decir, y que a ese factor lo llamemos Dios, aunque no estoy seguro de que todo eso no sea palabrería. En todo caso, en cuanto llegamos a ese nivel  tan general, entramos en un lío de contradicciones. Por ejemplo si Dios es infinitamente bueno  ¿por qué existe el mal? Y si es todopoderoso, ¿por qué lo permite? En fin, si es perfecto, ¿por qué ha creado un mundo y a unos humanos visiblemente imperfectos?…

Javier interrumpió.

–Atentos los dos, os lo repito, ¿de qué vale discutir esas cosas? Es verdad que estamos aquí sin saber por qué ni para qué, y que el mundo es todo lo imperfecto que queráis. Pero entre tanto vivimos. Eso es todo. Buscamos el placer y huimos del dolor, eso es la vida y eso es su sentido, creo yo. ¿Por qué ocuparse de más?

A Mino, en general callado,  no le gustó  el párrafo

–Eso lo dices tú porque solo piensas en joder y comer. Y porque estás sano y fuerte, tienes dinero  y puedes hacerlo. Pero otros no pueden  aunque quieran, ¿Es que valen menos por eso? ¿Es que el valor de la vida se mide por la cantidad de polvos que hayas echado y las comilonas y borracheras… Además, la vida humana es más que comer y follar, si no, seríamos como los animales.

   –Mino, sé un poco más modesto: pues claro que somos animales. ¿Qué nos diferencia de los demás? Que somos racionales. Eso quiere decir que usamos nuestra razón para satisfacer las necesidades que tenemos como animales. ¿Para qué, si no? A los animales no les gusta sufrir ni pasar necesidad, y a nosotros tampoco. Usamos la razón para satisfacer nuestros deseos, y admito que nuestros deseos son más variados, también necesitamos vestirnos, por ejemplo, pero eso es la vida humana. Cuanto mejor sabemos satisfacerlos, mejor es nuestra vida, más vale. Y si algunos os preocupáis por esos asuntos que parecen trascendentales y que no tienen respuesta es porque no tenéis cubiertas esas necesidades animales, y eso os hace desvariar, sublimar vuestras frustraciones. ¿Cuántos siglos llevan los filósofos dando vueltas a esas cosas? ¿Y a qué han llegado?

   Sin hacer mucho caso, Pepe volvió a la carga.

–Mejor no nos vayamos por los cerros de Úbeda. Tu argumento,  Santi, es muy simple: el mundo es imperfecto porque existe el mal, y por tanto, o Dios es también imperfecto porque no puede ser muy bueno. ¿Pero cómo puedes demostrar que el mundo es imperfecto? La existencia del mal no prueba eso. Muchas cosas nos parecen mal a nosotros, pero debemos aceptar que nuestra comprensión del mundo, incluso que nuestra percepción moral es muy limitada. Nosotros no hemos creado el mundo y por tanto no entendemos lo bastante de él para sentenciar si es bueno o malo, o en qué proporción es bueno o malo. Es lo que le dice Dios a Job: “¿Tú quién te crees para dictaminar lo que está bien o lo que está mal? Tú eres solo una parte mínima de la creación, no el creador, y no puedes entenderlo todo”. Ahí tienes a Javi, tan feliz, dice él, y menos simple de lo que quiere hacernos creer…  Pero lo que dice  tiene algo de razón. Significa: “ya que nos han creado así, aprovechémoslo en lo que podamos”. Pero al decirlo ya va más allá de lo que pretende. Si eso fuera todo, no habría necesidad de explicarlo, como un animal actúa y no expresa lo que hace. ¿Me entendéis? Cuando uno come, come y no piensa en si hace bien o mal, si satisface una necesidad, etc., ni lo explica a nadie. Si lo explica, es porque piensa que hay algo más.

–Atiende, Pepe: tu argumento no va a ninguna parte. Da la casualidad de que tu Dios ha puesto en nosotros algo más que la huida del dolor y la búsqueda del placer, como dice Javi. Ha puesto en nosotros una inquietud extraña por saber cuál es nuestro destino, pero al mismo tiempo no nos ha dado las claves. Esto es muy jodido. Si tú eres creyente, lo que dicen los Evangelios te bastará, pero otros no nos conformamos, y dudamos de que haya un Dios o un sentido de las cosas, porque no lo percibimos con esos dones, con la razón que nos habría  dado el propio Dios, según tú. Así que ahí delante, ahí arriba, tenemos la fortaleza, pero no encontramos ninguna vía propicia para asaltarla. Llegamos siempre a la misma jodida conclusión: no podemos demostrar una cosa ni la contraria. Pero ¿no es un reto esa maldita fortaleza? Un reto a nuestra razón, o bien una broma pesada de tu Dios. En todo caso, nosotros tenemos que entender el mundo con nuestras propias fuerzas, con nuestras propias capacidades, sin inventar dioses y atribuirles todas las potencias y virtudes que nos dé la gana imaginar. Eso es poco satisfactorio, pero yo no veo que la vida sea muy satisfactoria, ni siquiera la de Javi, porque, como tú has dicho, si tiene que explicar esas cosas ya está haciendo algo más que practicarlas, está tratando de justificar algo. Y si necesita justificarlo es porque lo que hace no le resulta tan satisfactorio… 

 

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Hayek erraba, sostiene Fabricio

Blog I. Beatería “europeísta” e hispanofobia:http://www.gaceta.es/pio-moa/beateria-europeista-e-hispanofobia-17122014-2133 

***Próximo programa de Cita con la Historia: La I Guerra Mundial y España. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.

   No olviden que este programa no vive de subvenciones ni tienen un gran mecenas detrás. Los mecenas son los oyentes que consideran necesario este tipo de iniciativas frente a una sistemática falsificación de la historia que genera políticas nefastas. Cuenta para el micromecenazgo: BBVA, ES09 0182 1364 33 0201543346

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PATRICIO–Dejemos, oh amigos, esas discusiones sobre hombres y mujeres, que a nada conducen y vayamos a lo que realmente importa ahora mismo, por gris y pesado que el tema sea. Me refiero a la crisis económica, sobre la que tanto hablan y se contradicen unos y otros. Nuestro gran Fabricio sostiene que el análisis en torno al ahorro es completamente falso porque, según él, si ahorras dejas de consumir una cantidad de producción y arruinas a alguna gente. Pero no hemos llegado a conclusión alguna. Amplíanos tu teoría económica, Fabricio, por la que quizá un día te den el premio Nobel, algo que no me extrañaría, pues se lo han dado a economistas con ideas muy distintas, por no decir contrarias entre sí…
FABRICIO–Veamos, buen hombre, planteémoslo así: el ser humano precisa consumir como cualquier animal, pero a diferencia de estos, no depende directamente del medio, sino indirectamente: debe producir sus objetos de consumo, por lo general. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y todo eso. Hay, por tanto, producción y consumo, aunque a este también podemos llamarle inversión, si nos da la gana, como ya expliqué. Cuando la producción y el consumo se igualan aproximadamente, no hay problema. Pero, ¿y si se produce demasiado, por ejemplo?
SALICIO –¿Cómo puede producirse demasiado, excelso jorobeta? ¡Imposible! El hombre es insaciable y seguirá consumiendo lo que le echen. Incluso si se tira a la basura la mitad de la producción, ¿qué lo impide?, y ¿qué mal hay en ello?
SIMPLICIO –Lo impiden los precios. Nadie produce algo no remunerable, porque se arruina.
FABRICIO–Vamos a ver, la producción exige un esfuerzo, y ese esfuerzo ha de ser remunerado, porque si no, nadie lo haría. ¿Y con qué es remunerado? Con producción. La producción incluye la remuneración en sí misma. A efectos del análisis, simplifiquemos al máximo, para hacerlo más fácil: reduzcamos toda la producción a un solo producto, la mantequilla, por ejemplo. Esto viene a ser una metáfora, claro, pero dejémoslo en mantequilla Y ahora reduzcamos a toda la sociedad a una sola persona. Esa persona tiene una vaca, con la que resumimos todos los instrumentos de producción, y así produce su propia mantequilla y se la come, la consume. La sociedad funciona así: produce unos bienes y los consume. Imaginemos ahora que un año la vaca da más leche de la necesaria: a la persona le basta con tirarla y quedarse con la que precisa. Por ahí, es decir, por la sobreproducción, no puede venir ninguna crisis. En cambio supongamos que un año hay sequía, poco pasto, y la vaca da poca leche o enferma; o bien que la persona, por vagancia o por torpeza, deja que se estropee la mitad de la leche y tiene que contentarse con menos mantequilla de la precisa: he aquí la crisis. La crisis viene siempre por insuficiencia de producción, causada por la razón que sea. Dicho de otro modo: las crisis no vienen por el lado de la oferta, sino de la demanda no saciada. O por la oferta insuficiente, si lo preferís, todo viene a ser lo mismo.
MAURICIO–Pero tú olvidas muchas cosas. Olvidas el dinero, el comercio, los precios… No se puede reducir toda la sociedad a una persona, por mucho que quieras abstraer, ni tampoco toda la producción a una mercancía.
FABRICIO –¡Ah, qué duro es tener que explicar las cosas a los zoquetes…! Vamos a verlo de otro modo: todos sabemos cómo terminó aquel célebre debate entre Hayek y Keynes sobre la depresión, muchos años ha: como el rosario de la aurora. Os voy a explicar por qué se equivocaba Hayek. Este sostenía que en los ciclos económicos, los períodos de crisis se deben a la imperfección de los mecanismos monetarios. El tipo de interés representaría los bienes de consumo esperados en un futuro próximo a cambio de aquellos a los que se renuncia ahora, es decir, a cambio del ahorro. Ese tipo de interés regula el mecanismo que coordina el ahorro y la inversión. Pero los empresarios no pueden tener una idea precisa sobre lo que la sociedad quiere, en otras palabras, sobre el equilibrio adecuado entre ahorro y consumo, y cuando las cosas van bien, los mercados financieros tienden a dejarse llevar por la euforia y bajar demasiado los tipos de interés, con lo cual se multiplica la inversión más allá de lo que realmente puede o quiere ahorrar la sociedad en un plazo determinado. De lo que termina resultando una cantidad de inversiones ruinosas y sin salida.
SALICIO –No acabo de entenderlo, camarada. Pero dices que Hayek estaba equivocado, ¿entonces acertaba Keynes?
FABRICIO–No estaba menos equivocado, Precisamente porque también se embrollaba en ahorros, inversiones y consumos. Pero dejadme antes seguir con Hayek

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PATRICIO.- A ver si te entiendo, Fabricio: según tú, no se puede ahorrar,  porque ello implica dejar de consumir mercancías existentes, las cuales, por tanto, se desperdician, arruinando a sus productores. Esto parece una evidencia, pero choca con otra evidencia: la de que la gente suele meter parte de sus ingresos en los bancos en lugar de gastárselos en consumo directo, y los bancos, a su vez, prestan con ese dinero a los inversores o a otros consumidores. Por tanto, una de las dos evidencias debe ser ilusoria. ¿Quieres decir que ese dinero que la gente mete en los bancos no representa unas mercancías reales en las que podría gastar sus ingresos el consumidor? ¿A qué corresponden, entonces, esos ingresos? ¿Cobra la gente más de lo que puede consumir?

FABRICIO.- A eso iré, pero ante todo déjame que te aclare por vía de la experiencia histórica, y espero aceptes humildemente esta lección que te doy, os doy,  el error en que Hayek se ha dignado caer, pese a su extraordinaria  agudeza y no solo en la economía. Él supone que el origen de las crisis se halla en un desequilibrio o inadecuación entre el ahorro-inversión y el consumo. Un desequilibrio causado por las expectativas irreales de inversión. Esas expectativas parten, en general,  de la intervención estatal en el manejo de las finanzas, con tipos de interés inadecuados. Por tanto, cuando no hay crisis y sí auge económico, esos tipos tienen que ser  bastante adecuados. Como la intervención estatal distorsiona el mercado, de ahí se deduce que las épocas de auge deberían ser breves y las de crisis más largas y frecuentes. Pero ten la amabilidad de observar la historia real: los países occidentales, desde 1945 hasta ahora, han disfrutado de un período de auge económico sin precedentes y muy  prolongado. Ha habido etapas de crisis, pero relativamente cortas y poco graves, nada como la Gran Depresión del 29 al 39. Incluso la grave crisis actual dista, al menos por ahora, de parecerse a la del 29. Por tanto, mis queridos amigos, la experiencia histórica demuestra que los manejos financieros del estado no siempre son equivocados, es más, que las expectativas generadas en relación con la inversión y el consumo han sido acertadas la mayor parte del tiempo. De modo que la explicación de Hayek debe ser errónea, al menos en parte. Mas yo no me conformo con esta explicación superficial.

MAURICIO.- ¡Oh futuro premio Nobel… de la Paz! Explica entonces adónde quieres llegar con tus embrollos ¿Justificas  el enfoque socialdemócrata, en el que ya nadie cree? ¿Y en qué falla el análisis de Hayek? Además, esa prosperidad que señalas desde 1945, ¿no puede haber sido una huida hacia delante a base de endeudamiento y  desahorro, que terminará por hacer la crisis mucho más brutal? No faltan indicios de eso.

FABRICIO.- Siempre podemos suponer, oh lumbrera,  que vamos hacia la catástrofe final, de modo análogo a como  vamos hacia el sepulcro. Y ya veremos lo de la socialdemocracia.  Pero en todo este tiempo no ha ocurrido el gran desastre. Fíjate en las crisis del petróleo de 1973 y 1979: a muchos les pareció una catástrofe, pero fue reconducida. Aquellas crisis son como si la vaca de que hemos hablado hubiera enfermado un poco: el ganadero que representa a la sociedad, vamos a llamarle Pepiño,  pasó algunos apuros, pero salió del trance. Hasta ahora siempre ha sido así, y  cada crisis ha dado lugar a un desarrollo económico aún mayor.  El fallo de Hayek, como el de muchos otros, por no decir casi todos,  radica en el empleo de conceptos inapropiados como el de ahorro. Pepiño, con su vaca y su arte de producir mantequilla, consume y al mismo tiempo debe producir para consumir. Produce y consume; solo existe eso. Lo demás es embrollar. Naturalmente, la producción y el consumo se dan en tiempo y lugar, y con expectativas, porque Pepiño, a diferencia de un animal, trabaja con cierta previsión, más o menos acertada.

PATRICIO.- Pero no has explicado, chepa endemoniado, qué significa el que millones de personas, en lugar de consumir todos sus ingresos, metan parte de ellos en los bancos, eso que todos llamamos ahorro y cuya existencia osas negar con inaudita arrogancia.

FABRICIO.- Como tú mismo sugerías, se trata de una falsa evidencia, de una ilusión. Considera a Pepiño, es decir, a la sociedad: produce y consume. Pensemos a Pepiño en un estadio primitivo, de caza y demás: ¿acaso deja de comer un día a fin de fabricar un buen arco con el que cazar más piezas y comer más carne unos días después? No es eso lo que ocurre. Como entonces no había dinero, mediremos el asunto en esfuerzo y en tiempo.  Pepiño dedica una parte del día y de su sudor  a cazar, otra parte a reparar  el arco y la lanza o a construirse otros mejores,  y otra parte a comer.  O, por seguir con el primer ejemplo: dedica un tiempo y un esfuerzo a llevar a la vaca al prado,  otro rato a ordeñarla, otro a hacer la mantequilla y otro a comerla. Nunca, salvo casos muy extremos y muy raros, se privará de comer para buscar mejores prados para la vaca,  aunque estén más alejados,  y para conseguir más leche.  No ahorra nada, en ese sentido. La llamada inversión, además, aumenta el llamado consumo, porque se hace pagando a más gente para que trabaje, gente que consumirá más, a su vez. ¿Se entiende, honrados inflacabras? Cuando vais a Porriño a vender la lana o la leche y os la pagan, ¿acaso os priváis de comer o de pagar el alquiler de vuestras casas para comprar mejores piensos?

SIMPLICIO.- Pero Fabricio,  dices unas cosas muy enrevesadas que no acabo de entender y no estoy seguro de si serán muy progresistas.

FABRICIO.- Salgamos ahora de la simplificación y el primitivismo: en una sociedad más desarrollada y numerosa,  los procesos de producción y consumo se realizan por medio del dinero. Pepiño se encuentra con que  el cuidado de la vaca, el ordeño, la fabricación de mantequilla, el consumo de ella,  y el ocio,  tienen que distribuirse  de forma ordenada, porque si no, algo irá mal y ese algo repercutirá sobre lo demás.  Para esa distribución de tareas y funciones  ha terminado por inventar un instrumento en parte coercitivo, en parte compensatorio y en parte distributivo,  que valora  el tiempo y el esfuerzo que debe dedicarse a cada cosa. Ese instrumento es el dinero. La circulación del dinero pone a cada tarea en su sitio, por así decir. Cuando alguien entrega al banco un dinero, porque juzga que puede prescindir de él (no por hacer un sacrificio) y espera que le rente una pequeña cantidad mayor con el tiempo, está distribuyendo las tareas y consumos, una labor que realiza también el banco. Y lo mismo si ese alguien en vez de ir al banco  gasta todos sus ingresos, porque ese gasto estimula la producción a su vez.  Haga lo que haga con sus ingresos, el resultado siempre será el mismo: la producción y el consumo deben equivaler más o menos, y realizarse ordenadamente.

MAURICIO.- Me dejas mudo, no sé si de asombro o de espanto. Según tú, nunca podría haber crisis, porque de un modo u otro, la producción y el consumo siempre se corresponderían. Y no prestas atención al dinero y su manejo.

FABRICIO.- Vayamos por partes, camaradas. Reconozcamos, para empezar, que  ninguno tenemos mucha idea de todo esto, como tampoco parecen tenerla los economistas, tanto discrepan entre sí. Bien, consideremos que el dinero equivale al esfuerzo de la sociedad,  es decir, de Pepiño. Pepiño tiene que distribuir su esfuerzo, la sociedad tiene que distribuir el dinero  

SALICIO.- ¡Hombre, acabáramos! ¿Por qué en lugar de mantequilla no dices dinero? ¿Acaso no se mide en dinero la producción de un país? Pues di: Pepiño representa la sociedad, y el dinero representa la producción. Después de todo, la producción total de un país  se valora siempre en dinero. Pepiño come dinero, por así decir, y viste dinero y se alberga en dinero y mantiene a la vaca con dinero.

SIMPLICIO.- Yo le veo al dinero un inconveniente. No representa bien la producción. Consideremos el PIB de Porriño, creo que ronda los doscientos mil millones de lerus. Pero si reuniéramos todo el dinero que hay en Porriño, ¿reuniríamos acaso toda esa inmensa suma?  Yo diría que no. La cosa me resulta misteriosa, ¿y a vosotros?

  

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La Gran Mentira de Gregorio Morán, o el moralismo zascandil

Blog I: Carta indistinta a Zapatero y a Rajoy (y II):http://www.gaceta.es/pio-moa/zapatero-o-rajoy-ii-15122014-1632

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LA GRAN MENTIRA DE GREGORIO MORÁN, O EL MORALISMO ZASCANDIL

   Esperaba con interés el libro de Morán El cura y los mandarines,  ya que prometía una crítica despiadada, pero objetiva, del lamentable panorama intelectual que vivimos desde hace decenios. Sin embargo toda la argumentación se apoya en una enorme falsedad: que el franquismo fue culturalmente un erial (o páramo, como también se dice). Naturalmente, el autor tiene derecho a opinar así, siempre que justifique su tesis con algo parecido a un análisis… de lo que no hay ni rastro en el libro. El necio embuste, contra el que ya se rebelaba Julián Marías en un artículo que debería ser célebre, se ha apoyado siempre y de modo exclusivo en una pesada lluvia de calificativos en tono de sumo desprecio e indignación moral. Un “método de análisis” que Morán cultiva con verdadero fervor, sin percatarse de que el resultado es un pesado  moralismo, simplón y gratuito. Tampoco le importa al autor (y a tantos como él) contradecirse al citar un elevado número de  escritores  de la época, aunque sobre casi todos ellos vierta su desdén: el erial no lo fue tanto, a pesar de todo… El franquismo (“dictadura implacable”, “brutal”, enemiga absoluta de la inteligencia y la libertad…)  sería en suma una de las mayores monstruosidades de la historia no solo de España, sino del mundo. A la vista de lo que hoy sabemos y de las comparaciones que pueden hacerse con otros regímenes, esos dicterios no pasan de simple estupidez. O infantilismo.  Y si vamos a las comparaciones, el franquismo no fue la Atenas de Pericles, pero a decir verdad tampoco lo fue ningún país europeo desde 1945.

   Hay algo bueno en el libro: pone en solfa la falta de honradez intelectual y moral de tantos escritores “demócratas” y “antifranquistas”, que han accedido a tan envidiables virtudes a base de falsificar sus biografías o de adaptarse las exigencias de este o el otro poder, de preferencia al del PSOE desde que Felipe González llegó al poder con aquello de los “cien años de honradez”. Bien, el antifranquismo, activo o pasivo, a menudo vergonzante, ha sido la gran seña de identidad de la inmensa mayoría de nuestros intelectuales (y políticos) desde la transición, en algunos casos desde bastante antes. Ese antifranquismo de cachondeo ha sido una gran fuente de placer moral, detergente para todo tipo de manchas, justificante cualquier clase de embuste, transformación de las fechorías en acciones virtuosas. Uno de los rasgos de la transición fue la falsificación de las autobiografías, la invención de “exilios interiores”, “terceras España” y demás mandangas para darse pisto y sacar fruto al papel representado. Bien. Solo que para Morán las razones para criticarlos  son las contrarias: no haber sido lo bastante antifranquistas o haberse vuelto “conservadores”, un pecado casi tan grave como el de “franquismo”. En esta orgía de antifranquismo no perdona un solo tópico de la propaganda, desde los referidos a Julián Grimau o a Enrique Ruano, hasta el de Barcelona como “el lugar más avanzado de una España muy retrasada”.  

  Morán distingue el año 1962  como aquel en que por fin se produce una especie de rebelión contra el régimen, “rebelión de los mineros asturianos” (solo exigían mejoras salariales, y una vez logradas terminó la “rebelión”), o el “contubernio de Munich”, patrocinado por la CIA. “Año de audacia y esperanza”, asegura, que fertiliza  un poco el  espantoso erial  y hace crecer una serie –no muy abundante– de intelectuales a su juicio muy valiosos, uno de ellos en el exilio, Max Aub (aunque volvería a España en 1969, año de un estado de excepción causado por los asesinatos de la ETA y que Morán dramatiza a lo bestia, como todo lo franquista). Merece la pena este pasaje del libro: Dionisio Ridruejo escribió a Max Aub una “larguísima carta”resumible en “”Ahora todos estamos por lo mismo. Estamos por la democracia”. Aub le responde:  “Dentro de nada hará veinte años que nos echasteis de España, más de una vida. Hemos sido enemigos en todo menos en poesía, frente a frente, sin tapujos, usted con Falange, con Franco, con la dictadura. Soy socialista, sigo siéndolo. Usted se ha separado de los suyos, yo no. Tal vez piense ahora que tuvimos razón”.  Para entender la historia no hace falta recordar en qué consistió la “democracia”  del PSOE, y lo que habría pasado a la gente de derecha si hubiera triunfado el Frente Popular. En ese contexto, lo de “nos echasteis de España” tiene cierta gracia.  Y vale la pena señalar que Aub era socialista de los de Negrín, el que mandó el oro español a Stalin, el que expolió directamente a la media España, el que se empeñaba en matar a cientos de miles de españoles más metiendo al país en la guerra mundial.  Verdaderamente el socialismo perturba las mentes, y para estos botarates declararse antifranquista ya justifica cualquier embuste y cualquier delito.

   En fin, para Morán lo malo de aquellos “rebeldes” –un tanto zascandiles, que en aquella feroz y abominable dictadura publicaban,  prosperaban, viajaban , formaban grupos…  como casi todo el mundo, y muchos de los cuales simpatizaban con el partido de Moscú en España. Que la producción literaria e intelectual publicada durante el franquismo fuera muy mayoritariamente a-franquista o incluso anti, explica perfectamente la ferocidad de aquella tiranía—, lo malo, digo, era que habían sido, o eso supone él,  “radicales” y con el paso de los años se habían vuelto “conservadores”. Él reconoce méritos especiales, aparte de a Max Aub, a otros como Juan Benet, Martín Santos, Juan Goytisolo, Max Aub y Cela o Manuel Sacristán. Naturalmente, en cuanto a méritos literarios o de pensamiento es muy difícil la objetividad. Morán ni la intenta, todo en él es un subjetivismo exaltado, uno llega a sospechar que algo forzado. Por mi parte creo que el Cela de los años 40, no el posterior, es el mejor novelista español de la época, que Benet y Martín  Santos son casi ilegibles y rebuscados, que Goytisolo y  Sacristán, cada uno en lo suyo, no pasan de  mediocres, y que Max Aub  dista de ser un genio  literario.  Creo que les superan muchos otros no tan “rebeldes”. Son opiniones, claro, aunque podría hablarse mucho sobre ellas. En cuanto a su estatura moral, cabe recordar que  Benet aconsejaba un GULAG sin salida para gente como Solzhenitsin, o que lo característico de Goytisolo ha sido una hispanofobia obsesiva acompañada de una  islamofilia no menos reveladora.

   Queda, ya digo, una abundante información sobre las ideas y venidas de tanto intelectual poco ejemplar, aunque no siempre por las razones que Morán apunta.  La URSS fue llamada  “el país de la Gran Mentira”. España viene a ser algo parecido desde hace bastantes años.

  

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Tiempo de ideas Siglo XXI

Blog I. Carta abierta a Zapatero, que vale igualmente para Rajoy: http://www.gaceta.es/pio-moa/carta-abierta-zapatero-vale-rajoy-12122014-1357

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   Llevamos tiempo animando a nuestros lectores y oyentes a difundir Cita con la Historia entre sus conocidos y en las redes, y muchos ya lo hacen. También hemos emprendido una campaña de micromecenazgo o microfinanciación o crowdfunding  para sostener el programa. Después de dos semanas de mostrar la cuenta  a la que pueden hacerse aportaciones,  hemos recaudado 1.500 euros. Es un comienzo, pero también del todo insuficiente. No podemos estar todo el año en campaña, sino que se trata de hacer una breve y eficaz para sumar los 30.000 euros anuales necesarios como mínimo. Lo más lamentable es que habremos llegado a través de la radio a unas cien mil personas, quizá el doble, y solo 23 han respondido: una por cada cinco mil o diez mil. Esto parece  refrendar la acusación  de gente pasiva, rácana, dada a la queja inane e incapaz de apoyar nada valioso, que suele hacerse a la convencionalmente llamada derecha. No creo que eso sea cierto, pero uno mira con envidia el éxito de Podemos en operaciones de este género, en las que ha recaudado cientos de miles de euros. Muchos habrán pensado, seguramente,  que ya otros se tomarán la molestia –muy ligera– de aportar  una pequeña cantidad. Piensen nuestros lectores y oyentes que iniciativas  como Cita con la Historia no se prodigan, y que dejarlas morir empobrecerá aún más el panorama intelectual-político que sufre el país.

   Por eso quiero explicar el sentido del programa  dentro de la Asociación Tiempo de Ideas Siglo XXI. Vivimos en una época de grandes cambios y novedades que desbordan las ideas tradicionales y exigen un gran esfuerzo intelectual por entenderlos, para evitar que los cambios nos arrastren desastrosamente. El análisis crítico del pasado forma parte de esa tarea,  pero solo una parte,  porque la asociación aspira a convertirse en un taller de ideas o think tank que aborde cuestiones como la democracia, el problema religioso, la crisis económica, el europeísmo, la globalización, etc., buscando planteamientos nuevos, visto que los hoy corrientes resultan a menudo contradictorios o insuficientes.  Empezamos prácticamente sin recursos, pero es preciso intentarlo.  A ese fin, Cita con la Historia  no es más que un comienzo, que creo no interesa solo a quienes lo hacemos, sino a todas las personas inquietas por el panorama que se nos presenta. Por ello todos debemos colaborar a que no se malogre en embrión.

   Hagamos, pues,  un esfuerzo, porque muchas pequeñas cantidades hacen mucho. De aquí a fin de año necesitamos el respaldo económico mencionado arriba para poder trabajar con un mínimo de desahogo hasta  diciembre de 2015.  Dejemos la cultura de la queja y pasemos a cultivar la cultura de la acción. A todos nos va mucho en ello.

El número de cuenta es, en el BBVA de Madrid, ES09 0182 1364 33 0201543346

Podcast de varios programas:  http://www.ivoox.com/podcast-radio-inter-cita-historia_sq_f1126428_1.html

 

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¿Tiene valor la vida humana?

Blog I. Gibraltar (y VI) Círculos  Gibraltar / Preston odia a los españoles:http://www.gaceta.es/pio-moa/gibraltar-vi-circulos-gibraltar-preston-odia-los-espanoles-10122014-1014

**Quiero recordar a los lectores del blog que el programa “Cita con la Historia”, en Radio Inter, los domingos, necesita contar con su apoyo económico. La cuenta, de la Asociación Tiempo de Ideas Siglo XXI es, en el  BBVA:  ES09 0182 1364 33 0201543346. El próximo programa hablaremos de la ETA durante el franquismo, y el siguiente sobre España y la I Guerra Mundial

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–Pues sigamos con la locura y vayamos al tema. En definitiva, Santi, de lo que hablamos es de si la vida humana tiene un valor, es decir, si tiene un sentido. Y como la vida humana, el cosmos entero. Yo sostengo que sin la idea de Dios, toda noción de sentido se disuelve, y por tanto toda noción de valor. Es más, creo que la experiencia me da la razón: el siglo XX y lo que va de este se ha caracterizado por la negación de Dios en unos casos y el desinterés agnóstico  en otros. El resultado han sido brutalidades y guerras extraordinarias en cuya base se encuentra el desprecio por la vida humana…

 ¡Alto ahí! ¿Es que no había masacres y todas esas cosas que dices cuando todo el mundo creía en Dios, o eso decía? Lo que ha ocurrido en el siglo XX no es nada nuevo, aunque la capacidad técnica haya aumentado el número de víctimas. Yo digo que sin necesidad de creer en Dios podemos encontrar en la vida cierto valor y cierto sentido. Y un sentido que le damos nosotros mismos, lo creamos, si quieres, sin recurrir a seres probablemente fantásticos. Si te fijas, nunca ha habido más preocupación humanitaria ni más esfuerzos  por mejorar el destino de la humanidad que ahora, cuando la religiosidad se bate en retirada. Fíjate en los adelantos médicos. Apuesto a que la mayoría de ellos se debe a gente atea o agnóstica.

–Te embrollas tú mismo. Dices por una parte que la vida humana es una pasión inútil, y por otra que podemos crear nuestro propio sentido.  ¿En qué quedamos? Además, hablas de la humanidad como si fuera un solo hombre, como si todos pensaran o quisieran las mismas cosas. Pero no es así: quieren cosas muy distintas, muchas veces quieren cosas opuestas unos de otros, y sin embargo siguen siendo hombres todos ellos. En la guerra mundial última combatieron comunistas, nacionalsocialistas y liberales. Cada uno de ellos decía luchar en nombre de toda la humanidad, incluso los nazis, con su doctrina científica darwiniana luchaban en definitiva por una humanidad superior, si hemos de creerles. Y ahí está el fondo de tu error: dices que nunca hubo más humanitarismo, y es verdad. Pero cada cual entiende a su modo el bien de la humanidad y lucha contra quienes lo entienden de modo distinto, y  eso entretiene mucho, la misma lucha parece que da sentido a las cosas. Ahora bien, supongamos, aunque sea muy improbable,  que todo el mundo  adopta el mismo criterio sobre el valor de la vida humana, más allá del instinto de conservación de cada cual. ¿No ves algo raro en eso?

–No hay manera de entenderse. En definitiva, según tú, la vida y el universo necesitan a Dios para existir. Pero los  ateos y los agnósticos viven, a veces viven mucho mejor que los creyentes y dan a la vida más valor que los creyentes. Es decir, existen sin necesidad de Dios, y  existen con la misma plenitud o con las mismas desgracias que los creyentes.

– Insisto en lo que te vengo diciendo. Supón que un individuo dice: mi vida tiene pleno valor y sentido, porque yo he decidido que sea así. Desde luego nos reiríamos de él. Su vida no procede de él ni él es dueño de la mayoría de las cosas que le pasan, de la gente que encontrará y cómo le influirá, etc., etc.  De eso ya hemos hablado. Bueno, pues eso que decimos del individuo lo extrapolamos a la sociedad entera, a la humanidad entera y nos enteramos de que ella, cuya aparición en la tierra ni su probable fin obedecen a su voluntad, se alza unánimemente y afirma: “me lo debo todo a mí mismo. Yo doy sentido y valor a mi vida.  No existe nada más que mi voluntad”. Es absurdo. Además, por lógica, el valor y el sentido de las cosas depende de nosotros, de nuestra valoración, así decimos que un reloj o una vaca vale tanto en función del destino que le demos o de otro criterio de valoración que está en nosotros y no en los objetos. Pues bien, ¿podemos darnos valor a nosotros mismos, a nuestra vida, incluso si todos los  seres humanos estuvieran de acuerdo en ello? Sería algo absolutamente arbitrario. El valor de nuestra vida debe depender del criterio de un ser distinto y superior, al que atribuimos nuestra misma presencia en la Tierra…  

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