Religión de la técnica
Bien, la perspectiva puede resultar aterradora para quienes no tienen una visión científica evolucionista y creen que el hombre corona la evolución y que es imposible ir más allá, pero la característica del hombre con respecto al resto de la naturaleza es su capacidad para modificar no solo el ambiente sino también para modificarse a sí mismo, hasta dar lugar, quién sabe, a una nueva especie que deje a la humanidad actual en la categoría de los homininos anteriores… Si miramos al pasado, esto es justamente lo que ha ocurrido, y no hay razón alguna para que la evolución se paralice al llegar al ser humano, aunque pueda calificarse de autodestructiva con respecto al hombre actual…
Ante de ir al grano, una pequeña digresión sobre lo que he llamado ideología anglosajona, que parte de Francis Bacon, incluso de antes y viene a ser una religión de la técnica a la que me he referido en mi ensayo sobre la Masonería. Cabe señalar que la Masonería entra en una tradición intelectual algo más antigua, en la que Bacon marca un hito fundamental con su novela utopista Nueva Atlántida. Se trata de una isla con una sociedad esplendorosa, cristiana aunque de un cristianismo sui generis, en la que prácticamente está excluido el mal. Una sociedad integrada por gentes “generosas e ilustradas, dignas, castas y piadosas y llenas de espíritu público”. A su cabeza, por encima incluso del estado, se encuentra la Casa de Salomón dedicada a la investigación científica y técnica y que decide qué inventos y hallazgos difundir y cuáles no, incluso por encima de los responsables políticos. Salvo que la masonería no se dedica a la investigación científica, encontramos en la Nueva Atlántida ciertas similitudes con ella: una religión de la técnica, que estaría tanto por encima de las demás religiones como de los estados.
El ser humano ha sido definido de muchas formas, como animal racional, animal moral, animal político etc. Aquí figura como “animal técnico”, capaz de utilizar la naturaleza en su beneficio y de satisfacer así sus deseos. Se trata de una concepción esencial que hallamos también en el marxismo, en alguna rama del liberalismo y en diversas ideologías, aunque en religiones de otro tipo aparece como el peligro esencial de la condición humana.
Así en el mito de Prometeo o, de otro modo, en el Génesis, por lo que me extenderé un poco al respecto. Prometeo es un titán, hijo de la tierra, y en una versión crea a los hombres con barro, mientras que en otra se limita a traspasarles la técnica (el fuego) y les enseña menospreciar y burlarse de los dioses. Finalmente, Zeus lo castiga encadenándole a una roca y enviándole un águila que todos los días le devora el hígado. Suele verse en el titán a un benefactor de la humanidad, y en los dioses a tiranos celosos de la capacidad humana, que lo castigan injustamente. Paul Diel ofrece, en El simbolismo en la mitología griega, una interpretación que suena más coherente y profunda. La técnica permite al hombre mejorar su situación material, pero es inútil para dar un sentido a su vida. Ese sentido aparece en los mitos como algo en parte misterioso vinculado a los dioses. Cuando esta limitación de la técnica es pasada por alto y el bienestar material se convierte en el objetivo total del ser humano, la vida se trivializa y genera mil conflictos, agravados por el poder técnico, porque los deseos humanos suelen ser contradictorios en sí mismos, y opuestos entre unas personas y otras.
Además, la limitada capacidad humana de previsión no logra captar las consecuencias últimas de sus actos, hecho que refleja el mito hermanando a Prometeo, “El previsor”, con Epimeteo, “El que piensa tarde”: las dos caras del pensamiento humano, cuya capacidad previsora es en todo caso muy limitada y expuesta al error.
De este modo la técnica y el bienestar material derivado, concebidos como el objetivo esencial de la vida y no como subordinados al espíritu, figurado en los dioses, se convertirían en fuente de males, representados por la Caja de Pandora. La estéril roca a la que es encadenado Prometeo simboliza su propia elección exclusiva por los bienes terrestres, por los bienes materiales y la consiguiente trivialización de la vida. Y al devorar el hígado del titán, el águila, enviada del espíritu clarividente que se eleva sobre la tierra, figuraría el remordimiento por la pérdida de una vida más elevada.
En fin, Prometeo representaría el peligro humano de elegir en exclusiva o primordialmente los bienes terrestres y despreciar al espíritu. No abordo aquí la distinción entre materia y espíritu, que todo el mundo intuye aunque sea difícil de explicitar y haya generado tanto debate; aunque un ejemplo algo tosco ayudaría a ello: desde el punto de vista material, un libro es una cantidad de papel y de tinta, con un volumen, forma y masa fácilmente medibles. Desde otro punto de vista, es solo el continente de un mensaje o intención, expuesto en las complicadas disposiciones de la tinta, aunque estas por sí mismas no signifiquen nada. Cada unidad de libro es materialmente única y el total cuantificable, pero el contenido no es medible. El Quijote, por ejemplo, es siempre uno aunque se presente en millones de ejemplares y en formas y aspectos materiales muy diversos. Quizá podamos captar con esto algo de la diferencia.
Y en el relato del Génesis el hombre, hecho de barro, tiende al barro, a la materia contra el espíritu, tendencia representada por la tentación de la serpiente, que se arrastra por el suelo: le promete que desobedeciendo al mandato de Dios se hará igual a este. La semejanza de fondo con el mito de Prometeo ha sido subrayada por Paul Diel. No voy a adentrarme más en la cuestión, pues solo quiero poner de relieve el carácter prometeico de la masonería, una religión y una mística de la materia y la técnica. No existe para ella la tensión y el conflicto del alma humana entre el espíritu (la divinidad) y la materia, ni propiamente entre el bien y el mal. El ser humano es un ser técnico que encuentra la plena satisfacción de la vida en el conocimiento y el desarrollo de conocimientos científico-técnicos en un progreso indefinido. No existe en la masonería la oposición entre Zeus y Prometeo o entre Dios y Lucifer, el “portador de luz”. El Gran Arquitecto figura al mismo tiempo como Dios y Lucifer o Prometeo.
Ahora, con la Inteligencia Artificial, se presenta una nueva derivación del peligro. La IA, producto de la técnica humana, podría llegar a independizarse, ser más peligroso que la bomba nuclear y destruir al propio ser humano, como ha advertido Elon Musk, uno de los apóstoles de la nueva religión. ¿Qué dices a esto?
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Una impresión de pesadilla
a) ¿Ha escrito usted las dos enteramente? No es que le acuse de tener negros, pero es que no se parecen en nada, salvo la intervención del comunista “fantasma” tornado policía, o ni siquiera eso.
Ya ha salido esa cuestión. Yo creo que se parecen mucho, difieren en la longitud, apreciación del tiempo, los personajes etc. Hay autores que solo escriben una novela, repetida luego con otros personajes y situaciones, pero los hay con más registros. Salvando las distancias, algunos dicen que la Ilíada y la Odisea no pudieron ser escritas por el mismo autor. No veo por qué no.
b) ¿No se le ocurrió que al ver el “fantasma” a Alberto, podría haber intentado entablar contacto con él? Habría sido novelescamente muy interesante.
Habría sido muy convencional. Podría quedar bien…, o no.
c) La de gritos y golpes da una visión a medias heroica, a medias mísera de aquella época, hoy la pintan siempre mísera. Me gustaría saber su opinión concreta.
Fueron unos años gloriosos para España. Tuvo que afrontar problemas y retos sumamente difíciles, y los superó. Fue una gran generación, tan denigrada por otras muy inferiores.
d) ¿Qué espera usted conseguir con estas novelas? ¿O las ha escrito al tuntún? ¿Cree usted que aportan algo al bagaje literario español?
Me gustaría que aportaran algo al bagaje literario actual, que me parece poco lucido
e) ¿Por qué hace terminar las dos tan mal para los protagonistas, después de tanto esfuerzo como hacen?
No creo que terminen mal. Todo termina en la muerte, pero eso no hace que todas las vidas sean iguales. Materialmente está claro: hay grandes diferencias de fortuna, de dinero, pero moralmente también las hay, y no guardan relación con la fortuna, sin ser opuestas las dos cosas.
f) ¿Puede adelantarnos alguna idea de cómo plantearía la tercera de la trilogía, que supongo retratará la vida actual?
No estoy seguro. Quizá como una serie de monólogos justificativos o grotescos sin nombres propios, pero más o menos identificables, que reflejen la realidad actual, tan moralmente confusa, chabacana y manipulable. Algunos esbozos he expuesto en el blog. Sería una novela con un argumento débil, pero perceptible, y sin personajes, al menos sin personajes con nombre. Con ello se reflejaría un tiempo caracterizado por lo banal y lo grotesco, con personajes sin interés propio. Es difícil novelar todo eso, no sé cómo podría salir. En Sonaron gritos, los personajes responden a violentos conflictos y desafíos personales que, más allá de lo particular, reflejan desafíos históricos. En Perros verdes, los personajes viven una situación de paz, aunque con la amenaza nuclear y la guerra fría que en España parecía muy lejana… Recuerdo haber cruzado parte de Alemania occidental en 1968, y la guerra y la ocupación estaban muy presentes, con convoyes militares en las carreteras, avisos de paso de tanques, etc., Mismo en París recuerdo un ejercicio de alarma aérea con las sirenas, sería para probarlas, porque no había movimiento de gente… Pero, en fin, España parecía un remanso de paz en la propia Europa. A Chano le parecía una paz plomiza e insoportable, mientras que Javier, conocedor de países extranjeros, la encontraba excelente. Por otro lado, se hacía muy aguda la impresión del absurdo de la vida en medio de la prosperidad. La impresión que tengo del hoy es casi de pesadilla.




