Dejando aparte muchos detalles y símbolos, parecen análogas las dos profecías que predicen el catastrófico fin del mundo conocido, en medio de batallas titánicas, y el advenimiento posterior de un mundo feliz, por así decir un mundo sin mal.
Es fácil ver el origen psicológico de tales relatos. La vida de los hombres transcurre en una lucha a menudo angustiosa, a veces trágica, entre lo que denominamos bien y mal, conceptos muy difíciles de concretar, pero claros como intuición general: los principios esenciales del comportamiento humano. Siendo el ser humano parte del cosmos, elevar esa lucha a un plano cósmico parece bastante natural: el universo estaría regido, entonces, por los mismos principios. Por lo mismo surge casi inconscientemente la pregunta de cuál será la conclusión final de esa lucha gigantesca. Comprendemos que el mal es una fuerza poderosísima, por lo que la batalla final reunirá a todas las potencias de un lado y de otro, liberadas de su confusión y mezcla en las personas individuales. El destino al que aspiran los hombres es a vivir sin mal, al lado de los dioses supervivientes después del Ragnarök o crepúsculo de los dioses; destino que el Apocalipsis reservaría solo para una parte de los humanos, los que no hubieran servido demasiado al mal. Esta es una diferencia muy importante, en la que no entraré aquí. También hay que decir que en el Ragnarök los hombres actuales perecerán sin remedio ni redención, aunque de una pareja superviviente renazca el género humano.
Pero en las dos visiones hay una diferencia entre la parte referida al combate entre las potencias cósmicas, que viene a simbolizar en su máximo grado lo que ocurre a diario en la Tierra, y la promesa de paz y felicidad posterior, sin la cual el propio combate anterior carecería de sentido, pero que no expresa o simboliza una realidad, sino solo una fe o una esperanza.
En nuestra época científica, sin embargo, esa esperanza se disuelve. Lo expresaba bien B. Russell en unas frases recogidas por Maeztu y que he citado otras veces: “Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha pisoteadora del poder inconsciente”.
Maeztu ridiculiza la propuesta de Russell de cultivar un valor sin esperanza con cierto toque de pose, la propuesta de que el hombre se adore a sí mismo y a sus obras perfectamente inútiles ante las fuerzas de un universo terrorífico. La ciencia, en efecto, deja de lado la idea de una proyección cósmica de la condición humana, la condición moral, el bien y el mal. El universo, como la ciencia, es ajeno a esa peculiaridad humana, con lo cual el ser humano quedaría aislado del cosmos. ¿De dónde vendría entonces un ser tan extraño al resto del universo? La ciencia, desde luego, no aceptaría esa diferencia radical, pero explicarla le resultaría complicado.
Dejo aquí de lado las interpretaciones del Apocalipsis que lo entienden como una alusión críptica a las persecuciones de Nerón y Domiciano. Aunque fuera así, parece clara su proyección a un nivel mucho más general.
(Hace cinco años)
***************
En los libros de historia encontramos a menudo dos tipos de errores: de detalle y de enfoque. También puede decirse de descripción y de análisis. Los de detalle son inevitables, por cuidado que esté el texto, pero no destruyen este, salvo cuando son demasiados o grotescos. Los de enfoque son los más peligrosos porque echan a perder el conjunto, y son los más frecuentes en las historias de España, desde la leyenda negra, la negación de la Reconquista o la pretensión de un Frente Popular “republicano” y “legítimo.



