–Su historia de la Reconquista ha sido tildada de “tradicional y nacionalista española”.
–Bueno, la situación de la universidad es tan pobre que en lugar de argumentos hay etiquetas. Pero en un sentido sí es tradicional. Hoy existen dos puntos de vista básicos: el tradicional, es decir, una reconquista que reconstruyó la nación española; y el antitradicional: no existió España antes de los árabes, y durante los siglos siguientes solo reinos cristianos muy diversos y a la greña, sin raíz en la situación preislámica, que se inventaron una ficticia relación con el reino godo y terminaron expulsando a los musulmanes, que tenían una cultura muy superior; y a base de mentiras terminaron uniéndose excepto Portugal, en una unidad puramente personal y más bien ficticia. Este punto de vista es el que predomina hoy en la universidad, hasta el punto de que algunos cretinos prohíben a sus alumnos usar siquiera el término “Reconquista”.
–Pero esa descripción de la Edad Media española dividida en distintos reinos cristianos que se peleaban entre sí es cierta.
– Claro que es cierta. Pero no es el único hecho ni el fundamental. Eran reinos que reivindicaban el anterior hispanogodo y por encima de las reyertas y particularismos se consideraban españoles. Es decir, al mismo tiempo que esas tendencias disgregadoras había otras integradoras o unificadoras. Y estas fueron las que prevalecieron, y hay que estudiar el proceso desde ese punto de vista. Si hubiera prevalecido la balcanización de España, no podríamos hablar de reconquista, sino de otra cosa. Pero vamos a verlo con más claridad: desde hace tiempo, y sobre todo desde el “desastre del 98″, se ha formado una tendencia intelectual, basada en la Leyenda Negra, que niega la realidad histórica de España o la retrotrae a tiempos muy recientes para quitarle arraigo. No solo están los separatistas o los movimientos utópicos, casi peor son los regeneracionistas, con Ortega a la cabeza. Esos niegan la realidad histórica de España, o la reducen a un hecho geográfico, o a una enfermedad, lo que es una insigne estupidez. Y de ahí su empeño en negar, o en su caso denigrar, la Reconquista. Por eso tildan de “nacionalismo español” una versión que realmente no precisa demostración, porque es una evidencia. España existe y tiene una larga historia, mal que les pese. Ellos desean disgregar o disolver o “regenerar” a España, pero para ello necesitan tergiversar la historia real, lo que es muy significativo. Salvando las distancias, se parece mucho a los intentos de derrotar post mortem a Franco en nombre de la democracia: para ello tienen que atacar los elementos más fundamentales de la democracia. ¿No es demostrativo?
–Siendo así, ¿en qué difiere su historia de otras tradicionales? ¿Hacía falta repetir lo de siempre?
–En primer lugar sostengo que se trató de una empresa política. Muy ligada a la religión, pero política. Y conviene distinguir. El aserto, creo que de Menéndez Pelayo, de que el catolicismo creó la unidad de España y que sin él volveríamos a las tribus prerromanas es un disparate. La unidad cultural de España la creó la Roma pagana, el catolicismo de la última época no pensaba en España sino en el Imperio romano; y fue el arriano Leovigildo quien planteó a España como nación, dotándola de un estado propio: su hijo Recaredo completó el proceso al hacerse católico, pero su otro hijo, el católico Hermenegildo pudo haber destruido el designio de su padre. Durante la Reconquista, la influencia de la Iglesia fue, en líneas generales, favorable a la unidad de España, pero no siempre, como sabemos: los intereses podían coincidir o no. Decir que España era (y en gran parte sigue siendo) católica, es cierto. Pero identificar catolicismo y España como hacen algunos tradicionalistas, no lo es. Y hay otras muchas cosas en las que discrepo de las versiones más tradicionalistas. Por ejemplo, de la “herencia temperamental”, tan cara a Sánchez Albornoz. Este es el mejor medievalista español del siglo XX y nadie le ha superado hasta ahora, pero su “temperamento” le hace ver, por ejemplo, una “España musulmana”, que, por cierto, han recogido todos los hispanófobos que ahora presionan por una inmigración musulmana sin tasa.
– En cuanto a su nacionalismo español…
–Sí, claro, soy nacionalista español, porque creo que sería un gran desastre la balcanización de España, su división en unos cuantos estaditos impotentes y mal avenidos, juguete de intereses de otras potencias… Vea el caso de Portugal, una semicolonia inglesa; y Cataluña caería de lleno en la esfera francesa. Por cierto, no creo que una hipotética unión con Portugal nos fuera a traer más que problemas. Es un hecho histórico muy asentado y no hay que darle más vueltas. Creo también que una nación con la enorme densidad cultural y política de España no debe disolverse en una “Europa” LGTBI que intenta abolir el pasado y crear una situación de “despotismo democrático” como la que denunciaba Tocqueville… España tiene un serio problema con sus intelectuales. Aunque casi no viene al caso, el otro día comentaba con una amiga la actitud ante la dictadura de Primo de Rivera. Fue una dictadura muy liberal, que no solo impulsó el progreso económico como nunca antes desde la invasión napoleónica, sino que además curó cuatro auténticos cánceres del país: el terrorismo o pistolerismo anarquista, la guerra del Rif, unos separatismos que ya se disponían a la acción armada, y el golpismo y demagogia del PSOE, que pasó a moderarse y colaborar con Primo de Rivera. ¡Unos logros fantásticos en menos de siete años! Pues bien, la mayoría de los intelectuales sobre todo los más influyentes, como Unamuno u Ortega, se pusieron a disparatar como auténticos orates contra un régimen que quería institucionalizarse en un bipartidismo con un gran partido de derechas y otro de izquierdas, un PSOE civilizado. Pues nada, aquellos botarates lo que querían es lo que tuvieron y tuvo el país: una república caótica en rápida degeneración hacia el crimen. Y a día de hoy no se ha aprendido la lección.

Sin conocer el pasado no es posible entender el presente
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