De no ser por VOX, los golpistas (algunos de ellos) no estarían hoy en el banquillo, estarían de nuevo “dialogando”, es decir, compinchándose con los Rajoy y los Sánchez para ver cómo entre todos hunden más a España y la democracia. Pues lo que hoy se juzga es la conclusión necesaria de políticas proseguidas año tras año desde la transición cuando Suárez creía que “todo es negociable”, como se quejaba Fraga: que no había ningún principio que defender y que era preciso ocultar el pasado franquista, de ellos y en general. Políticas continuadas por los gobiernos de González, Aznar, y de forma intensificada, Zapatero y Rajoy.
Al llegar la transición, los separatistas eran pocos y se disimulaban como simples autonomistas, pero los gobiernos, sobre todo los de derecha, se empeñaron en fortalecerlos, incluso directamente con dinero. ¿Por ingenuidad? Había un elemento de ignorancia: aquellos políticos de escaso fuste, salidos del franquismo, habían decidido ignorar la historia, no sabían qué eran realmente los separatistas, como tampoco el PSOE. Eso no es propiamente ingenuidad sino otra cosa. Pero lo hacían fundamentalmente porque su concepto de España era cada vez más evanescente, y su idea de la democracia era la de amigotes que se reparten el poder. La expresión de Rajoy “la economía lo es todo”, ha dirigido esas políticas desde la derecha: habiendo dinero, todo se resuelve.
Y bien pronto los “autonomistas” empezaron a pregonar abiertamente lo que querían y a “recoger las nueces” de los crímenes etarras. Es decir, no puede creerse que pronto siguieran los gobiernos ignorando lo que realmente estaba en juego. Los separatistas exponían sus objetivos cada vez con mayor claridad, iban eliminando los derechos democráticos en sus regiones, imponían las lenguas regionales contra la lengua nacional, insultaban a cada paso la idea de España, utilizaban la enseñanza para difundir el separatismo entre los jóvenes, acosaban cualquier signo de resistencia. Pues bien, ni los gobiernos del PP ni los del PSOE les opusieron nunca la menor acción coherente. Al contrario, obraron como cómplices conscientes de todo el proceso, vaciando cada vez más de estado a aquellas regiones, facilitando y financiando los propósitos separatistas, expuestos por estos sin ningún disimulo.
Un politicastro tan extremadamente necio como el registrador de la propiedad dijo aquello de “Nadie podía imaginar que se llegara a esto”. Increíble. Y el sinvergüenza no dimitió a continuación. Trató de seguir con los “diálogos” de mafiosos. Fueron el rey y la inesperada movilización popular los que le obligaron a aplicar el artículo 155, que consistió en no aplicarlo realmente, dejando plena libertad a la difusión de la demagogia separatistas, entre otras cosas.
En fin: unos cuantos golpistas están ahora ante los jueces. Veremos en qué para todo. Decir que la justicia en España es independiente supone un exceso de ingenuidad. También es cierto que quedan jueces decentes, y esta es la última esperanza de la democracia. Pero esos golpistas no han estado solos. La trama incluye a bastantes más. Junqueras y compañía han disfrutado muchos años de la complicidad manifiesta de los gobiernos del PP y del PSOE. Y ningún gobernante de estos se sienta con sus protegidos ante el tribunal.
Veremos, digo, porque la clave está fuera del tribunal. Sin la evidente y creciente indignación popular, que empieza a darles miedo, veríamos de nuevo a todos los políticos y a muchos jueces seguir la línea del chanchullo y la desintegración del país. Es preciso que tengan más miedo.
Observen el detalle: hasta hace prácticamente nada, proclamarse patriota español era un estigma, propio de “fachas” marginales a los que no debía hacerse caso, encerrarlos en un muro de silencio. Ahora todos se dicen patriotas. Hasta Sánchez. Por cierto que no es algo nuevo en la historia: lo mismo pasó en la república, cuando proclamarse patriota español solo era admisible en la derecha carca y los “fascistas”. Y de pronto, el Frente popular se dio cuenta, asombrado, de que los nacionales arrastraban a grandes masas de todas las capas sociales. Así que se volvió más patriota que nadie: ahora resultaba que la guerra era de independencia para salvar a la patria de los invasores alemanes e italianos…
Debido al cambio de emisora a Radio Ya, el programa Una hora con la Historia se encuentra en seria dificultad económica, por lo que reiteramos a nuestros oyentes la necesidad de sostenerlo. Algunas personas creen que la labor cultural debe ser gratuita, en parte porque mucha de ella es subvencionada por los gobiernos, que nos obligan así a todos a contribuir aunque se trate de una cultura muy dudosa. Todos sufragamos, nos guste o no, la propaganda y otras actividades de la “memoria histórica”. Y “Una hora con la Historia” trata precisamente de contrarrestar esa propaganda seudocultural y seudohistórica. No tenemos subvenciones ni las queremos, queremos en cambio que nuestros oyentes comprendan la importancia de recuperar nuestro pasado, se sientan comprometidos con la labor que realizamos y contribuyan a ella. De este modo se puede contrarrestar fácilmente la memoria antihistórica.
La cuenta para contribuir es esta del BBVA “Tiempo de ideas”:
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Una situación semejante se planteó cuando la DA fue trasladada ante Leningrado. Los soviéticos intentaron reiteradas rupturas envolventes y en una, en diciembre de 1942, lograron perforar un sector alemán al sur del lago Ladoga, que debió taponar un batallón español, a costa de una auténtica sangría. Dos nuevos intentos seguidos fueron realizados en enero y febrero; el más ambicioso de ellos, diseñado por el mariscal Zhúkof y denominado Operación Estrella Polar, combinaría una maniobra envolvente que empujaría por el sector español de Krasni Bor, al este de Leningrado, para embolsar al 18º Ejército, y otra desde el Vóljof que debía dirigirse hacia la urbe revolucionaria y más al sur y al oeste, hacia Estonia, lo que provocaría el desmoronamiento del grupo de ejércitos (y, por supuesto, volatizaría a la propia DA).