Ninguno de los tertulianos había leído El enamorado de la Osa Mayor, de Piasecki, pero uno había leído un comentario mío en que señalaba cierta inspiración de Sonaron gritos en esa novela polaca, un relato de contrabandistas. La verdad es que las dos novelas se parecen muy poco, pero hay en varios personajes cierto espíritu similar de afición al peligro. En una escena de la obra polaca, el protagonista visita a un antiguo compañero de correrías, que ha “sentado la cabeza”: “¿No sientes nostalgia de la frontera? Piensa que ahora es la estación de oro, el oro se derrama por todos los senderos de la frontera (se refiere al otoño y las hojas caídas, también a las ganancias). Las noches son oscuras , negras, los muchachos andan bajo las estrellas y después descansan y se divierten bebiendo y cantando. Cada día hay algo nuevo, cada día sucede algo”. Hablé así largo rato y de pronto noté la mirada interrogadora de Pedro. Entonces callé, porque comprendí que él no sentía lo que yo. En cambio dijo:”¿Entonces tú, en serio…?. No lo hubiera creído. Por mi parte quiero quedarme aquí, en paz con los míos. ¿Qué tenía de interesante aquella mala vida que llevábamos?”.
La aventura es el peligro de enfrentarse a la naturaleza o a la sociedad o a elementos de la sociedad. Atrae a pocos, pero a muchos les gusta imaginarlo, y de ahí el atractivo de ese tipo de literatura. La obra de Piasecki puede entenderse como de aventuras, pero la aventura convencional termina bien después de diversos avatares (La isla del tesoro es el modelo) , mientras que la del polaco termina mal: quedan reducidos al final el protagonista y un amigo a vivir del bandidaje, y el amigo se va volviendo loco, mientras que el protagonista, completamente solitario, sigue su carrera hasta ser detenido por la policía. Parece que la novela tiene bastante de autobiográfica, y aunque el autor era muy anticomunista, apenas se percibe el sesgo político, lo que beneficia mucho el relato.
En Sonaron gritos, los dos amigos protagonistas, en especial Paco, disfrutan con el peligro constante en la guerra civil en Cataluña, contrabandeando a hombres que escapan del poder enemigo. Termina la guerra y se les ofrece a los dos la oportunidad de vivir en paz: a Alberto la de casarse con su enamorada Carmen, y a Paco, que aumenta sus tendencias mujeriegas, la de establecerse de algún modo, quizá como funcionario de la Falange. Pero la perspectiva les resulta insoportable, se aburren, y cuando se presenta la oportunidad de marchar a Rusia la aprovechan, contra todos los argumentos ¡tan razonables! de Carmen, novia de uno y hermana del otro. Y es en Rusia donde la amistad entre los dos está a punto de convertirse en odio, quedando en un compañerismo frío. Paco, por primera vez en su vida, sufre la culpa insoportable de haber ocasionado la muerte de su inaccesible amada y probablemente el suicidio de otra amante, anticomunista deseosa de huir con él a España cuando la victoria soviética se percibe con claridad. Al revés que la mayoría de los divisionarios, Paco permanece en Rusia jugándose deliberadamente la vida hasta perderla.
A Alberto, vuelto a España, no le queda más remedio que casarse (por supuesto que no lo hace forzado: quiere a Carmen; pero siente “la nostalgia de la frontera”) e intenta amoldarse a la vida corriente. Le proponen una gran operación contra el maquis y acepta, ante la desesperación de su mujer. Y es en esta ocasión cuando la aventura y el peligro terminan para él de manera no física pero sí psíquicamente desastrosa, con la muerte de su padre, que él ocasiona y que vuelve su peripecia al inicio en Barcelona, diez años atrás.
Hay también novelas de aventuras sórdidas, como la picaresca, o depresivas, sin esperanza, como Viaje al fin de la noche. Ni la de Piasecki ni la mía entran en esos registros. En Sonaron gritos los protagonistas son anticomunistas, su aventura se integra en las gigantescas luchas ideológicas de la época, pero ello queda implícito y sin discursos. Y cabría discutir, les dije, si en su acción entra más ese componente o el de su amor al peligro; y también el sentido de un amor semejante. Aquilino Duque interpreta que Paco podría perfectamente haber cambiado de bando, dada su aparente amoralidad, pero yo creo que no.
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Descomposición de un régimen
Manuel Vicent ha escrito un artículo melifluo para demostrar que España es un país donde se vive mejor que en ningún otro. En parte es cierto, y si el autor tuviera algo de honestidad lo relacionaría con la herencia del franquismo, cuya salud social era la mejor de Europa. Y lo contrasta con los líderes políticos y de opinión que crispan, gritan y se insultan, etc. Y es cierto también: se trata de políticos y periodistas en quienes rivalizan la necedad y la canallería, como diría Marañon.
Vicent invoca la autoridad de The Economist para definir a España como uno de los países más democráticos del mundo. Una democracia en la que se homenajea públicamente a asesinos; en que se premian políticamente los asesinatos de la ETA; en que el estado ha desaparecido prácticamente de algunas regiones; en que los políticos de Cataluña se declaran en rebeldía, provocando un golpe de estado permanente con complicidad del gobierno; en que la corrupción es un signo distintivo de los principales partidos políticos; en que el gobierno lleva años imponiendo leyes totalitarias y amenaza las libertades más elementales; en que se ataca constantemente el idioma común y las bases de una convivencia en paz y en libertad; en que la Constitución, como muestra lo anterior, se distingue por su incumplimiento. Por no recordar otros datos como la política de aborto e inmigración masivos y promoción de la homosexualidad. En que los mismos gobiernos que financian a los separatismos, regalan “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas, se declaran amigos y aliados de la potencia que invade nuestro país por Gibraltar, impulsan una auténtica colonización cultural por el inglés e intervienen en provocaciones y acciones bélicas de interés ajeno, bajo mando ajeno y en idioma ajeno. Un país sin verdadera política exterior…
Esta es una democracia ejemplar, viene a decir The Economist, y repetir como un loro Manuel Vicent en… El País, precisamente el órgano impulsor de todos los fenómenos arriba citados. Y es que la revista inglesa dista mucho de ser neutral: es un órgano de propaganda ideológica y de los intereses anglosajones, que rara vez coinciden con los españoles. Se da el hecho evidente y significativo de que a Inglaterra, a la OTAN, a la UE y al islamismo les conviene una España débil y llena de tensiones internas, por tanto más manejable.
El régimen de 1978 nació con graves carencias, no corregidas hasta llegar al actual estado de descomposición. Que, claro, no a todos perjudica. Como de costumbre, los que están corroyendo hasta el fondo la nación y la libertad se visten con ropajes “democráticos”.
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