Si ud se molesta en leer este libro comprobará que las versiones del franquismo dadas por izquierda, separatistas y muchos franquistas son falsas. Y entenderá por qué es políticamente tan importante HOY aclarar estas cuestiones.
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El bien y el mal
Decía que el mal se nos representa primariamente como padecimiento y el bien como placer. Aún más primariamente, podríamos definir el mal como destrucción y el bien como estabilidad. En este sentido, el bien y el mal no solo son inherentes a la vida, que se alimenta de sí misma, sino a toda la naturaleza, pues lo existente tiende a permanecer y nunca lo consigue del todo.
El ser humano contrasta la aparente estabilidad y serenidad del espacio estelar, de sus movimientos lentos y majestuosos, de la regularidad de la salida y puesta del sol, con el movimiento incesante e incomprensible sobre la superficie terrestre, con los cambios, destrucciones y construcciones incesantes que nota a su alrededor y en sí mismo. Comparado con el tiempo acelerado de la vida, el espacio estelar parece ajeno al tiempo, eterno. Y la psique intuye que, pese a su lejanía y aparente ajenidad, es de esos movimientos serenos de los que dependen la vida en general con su agitación constante, y particularmente la propia vida humana. Lo cual es evidentemente cierto, aunque incomprensible cómo los calmos y repetidos movimientos de los cuerpos celestes pueden crear y regular el caos a menudo doloroso y violento de la superficie terrestre. Cabe suponer que la religiosidad proviene de esos contrastes sobre la psique humana. Los lejanos espacios vienen a simbolizar el bien y el orden, la estabilidad por encima (incluso literal y físicamente), del desorden y destrucción permanentes del mundo aquí abajo.
Sin embargo sabemos que el orden y estabilidad del cosmos exterior es ficticio. En él se suceden destrucciones y creaciones de una violencia inconcebible para nosotros, aunque a un ritmo mucho más lento que en la tierra. De lo cual inferimos que las violencias y cambios dolorosos en la vida humana y en la vida en general, a los que identificamos como el mal, tienen relación con un bien y un mal cósmico. Si la teoría de la Grex es correcta, solo podemos representarnos el origen del universo como una explosión de fuego de inimaginable violencia. Y de ese “mal” saldría luego el “bien” de las galaxias, los sistemas planetarios, de lo que depende nuestra vida, concebida como un bien, a su vez.
Así, observamos que el bien y el mal son dependientes el uno del otro, y lo que ocurre en la tierra tiene y no puede dejar de tener una semejanza profunda con lo que ocurre en el cosmos. Al nivel humano, ese proceso permanente de construcción y destrucción, de bien y de mal, se hace consciente dando lugar a la moral, un rasgo de la condición humana notablemente enigmático para el propio ser humano. A pesar de sus padecimientos y sufrimientos, apreciamos la vida como el supremo bien, por lo que tenemos su destrucción, la muerte, por el supremo mal. Y sin embargo es el mal el que termina triunfando, lo que da a la vida humana su carácter trágico, al hacerse consciente de tal hecho. Esto requiere más desarrollo.
El bien y el mal se presentan como relativos tanto en un sentido general como en un sentido individual: en el primero, uno se transforma en otro. Un ejemplo, en el cristianismo: el máximo mal consistente en la pasión de Jesús, conduciría al máximo bien para la humanidad. Y en el plano individual, el bien de unos suele ser el mal de otros en un conflicto permanente.
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La época de Enrique IV recuerda notablemente a la de la II República y a la actual: un tiempo de descomposición nacional y legal. Pero fue superada por los Reyes Católicos, y España se convirtió en una gran potencia mundial. En “Una hora con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=sSUGg1Hn9eQ
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