Creo que nunca se ha escrito una tragedia más completa y profunda que Antígona. Uno de sus elementos, en el que más se ha reparado, es el conflicto entre ley natural y ley positiva; también el conflicto entre el interés particular y el interés general, entre el hombre y la mujer, entre el ansia desesperada de la vida y el deber que lleva a la muerte; pero abarca mucho más, como el amor, descrito con enorme fuerza poética, nada sentimental: Amor, invencible en el combate, amor que entras en los ganados, que acechas desde las tiernas mejillas de las doncellas, te paseas por mar y entre las cabañas rústicas del campo, y nadie escapa a tu poder, ni los dioses ni los hombres, y enloqueces a aquel de quien te apoderas. Tú conviertes los pensamientos de los justos en injustos y los arrastras a la ruina…
No menos intensa es la visión del ser humano: De todos los misterios, el mayor es el hombre (también se traduce como “De las cosas asombrosas” o “formidables”…; yo prefiero la primera traducción ya diré por qué). Él cruza el espumoso mar con el ábrego borrascoso entre las olas que braman a su alrededor. Él fatiga la Tierra, la más venerada de las diosas, la incorruptible e infatigable, volteándola con el arado y trabajándola con los caballos (…) Él se procuró por sí mismo el lenguaje y los alados pensamientos y las conductas que ponen orden en las sociedades, y sabe esquivar los dardos de los hielos y el azote de las lluvias ¡Es inextinguible en sus recursos! (…) Tan solo no podrá esquivar el Hades, pero concibe los medios para escapar de las enfermedades…
En dos palabras, la tragedia incide en la verdad del ser humano, que se le escapa a él mismo: puede describir mejor o peor sus acciones y sus conflictos, pero el sentido general se le escapa, le asombra, es un misterio para él. Y sin embargo ese misterio le acucia constantemente. “La verdad es una amante cruel, que no se entrega del todo a nadie pero castiga a quien no la corteja”, como dijo el poeta.
Si rebajamos el asunto al nivel ideológico actual, podemos contrastar la actitud que vagamente llamaríamos liberal, con la que por convención podemos llamar integrista. El liberalismo defiende las libertades políticas por cuanto el contraste entre unas y otras opiniones e investigaciones nos acerca a unas verdades nunca alcanzables por completo. El integrismo afirma que la verdad, incluso con mayúsculas, está alcanzada desde Jesucristo, y por tanto ya no hay nada esencial que buscar sino, en todo caso, profundizar en su estudio y aplicación. El liberalismo corre serios riesgos de extraviarse entre opiniones y semiverdades irrelevantes o absurdas, y el integrismo trata de ignorar que en la aplicación de sus verdades, incluso en la concepción misma de ellas, en el mensaje de Jesús o de San Pablo, existen muchos problemas de difícil solución (de hecho esos problemas han motivado enormes esfuerzos explicativos nunca del todo concluyentes). Por otra parte, aun si damos por cierta la verdad religiosa, ¿qué aplicación práctica tiene en la sociedad desde el punto de vista político? ¿Se ha aplicado alguna vez? ¿Con qué fruto?
Dejándolo aquí, vamos a la novela Sonaron gritos y ”el mayor de los misterios”. La novela consta de tres partes: “La catástrofe”, “El hielo y el fuego” y “De todos los misterios…”, y funciona en al menos tres planos: la historia general de la época, los actos de los protagonistas en sí mismos, y la interiorización de todo ello por el protagonista. La primera parte alude exteriormente a la guerra civil, interiorizada en los personajes a partir de un episodio catastrófico (real, más o menos), como un conflicto del que el protagonista (Alberto) no se percata siquiera, pero que le irá condicionando. La segunda parte se refiere exteriormente a la guerra en Rusia, interiorizada por Alberto como una huida de Carmen, a quien por otra parte quiere, o en otras palabras, como una huida de la tranquilidad doméstica, motivada en principio por un afán de aventura y en parte ideológico, y más en el fondo por una inquietud no consciente, con un afán de sufrimiento cuyo origen nunca llega a conocer. Y la tercera parte expone (o trata de exponer) hasta cierto punto la verdad de todas aquellas peripecias: el descubrimiento de una identidad esencial entre él y el asesino de su familia. El conocimiento, o más bien la impresión de aquella verdad, derrota en cierto sentido al protagonista, que solo muchos años después, muerta Carmen, será capaz de rememorar con cierta objetividad su historia de juventud.
Debo añadir que no me planteé la novela siguiendo el esquema anterior, sino que “salió así”. Fue aprovechar un suceso real que me contaron e ir elaborando sobre él, aunque es cierto que alguna inspiración difusa tuvo en la tragedia de Sófocles.
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