La felicidad y sus laberintos

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

El número de marzo de Razón española viene dedicado  a su fundador Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte. Cuenta con interesantes estudios de su obra por Dalmacio Negro, y Carlos Goñi, así como numerosas notas, entre ellas una de Stanley Payne en la que señala: “Entendía también GFM que el talón de Aquiles de la derecha en España era, con mucha frecuencia, la ausencia de coraje moral y una debilidad dialéctica, tanto en términos del argumento en cuestiones de historia como en pura teoría política. Entendía siempre que lo más importante era decir la verdad, no importa lo que imponga la moda (…)”. Aunque no comparto muchas de las ideas de GFM, creo que este valor, la relevancia que da a la verdad, hacen de él uno de lo intelectuales españoles más importantes del siglo XX.

   Por mi parte contribuí con el siguiente artículo:

Almorcé varias veces con Fernández de la Mora y otros amigos a raíz de la publicación de mi libro Los orígenes de la guerra civil española (en 1999), que le pareció definitivo. En cambio el siguiente, que por temática sería anterior,  sobre los personajes de la república, lo consideró inútil, y no por haberlo leído, que creo que no lo hizo, sino porque  consideraba que no valía la pena ocuparse de semejantes personajes. Me pareció este un punto de vista  poco razonable, pero no siempre el gran preconizador de la razón era consecuente con su propio punto de vista, según nos ocurre a todos los humanos.  En conjunto, el ex ministro de Franco me pareció una persona muy por encima, moral e intelectualmente, del mundillo cultural español de la época, que si por algo se distinguía y sigue distinguiendo es por una mediocridad rayana en la chabacanería, siendo uno de sus rasgos definitorios el ninguneo de quienes aportan más rigor o interpretaciones que se salen del carril. Mal remedio.

Incidiré aquí sobre el tema tratado por Fernández de la Mora en su libro Sobre la felicidad y al que me referí en un artículo en Razón Española hace unos años. El autor  comienza afirmando: “El motor de los actos humanos es el deseo de felicidad, que es el objetivo universal y omnipresente. Todo lo demás es instrumental para la meta propuesta. La tan sublimada sabiduría es, en último término, una guía para ser dichoso”. Por consiguiente,  se trata del “problema humano por excelencia”, objeto de incesante meditación  implícita o explícita a lo largo de la historia, aunque “nunca expuesta de modo sistemático y meramente racional”, pese a existir buen número de estudios particulares e investigaciones diversas. Por consiguiente, el autor abre una brecha para el tratamiento más sistemático y racional de un problema que hoy se presenta en un plano vulgar en las recetas de una multitud de libros de autoayuda.

Con su extraordinaria erudición, Fernández de la Mora da un repaso  histórico al modo como ha sido tratada la cuestión desde el hinduismo  y el budismo, pasando, especialmente,  por el estoicismo, doctrina tan influyente en el mundo cristiano, y hasta recientes pensadores españoles y ultrapirenaicos. Es evidente que la recopilación no pretende ser exhaustiva, sino solo indicativa y, aparte de referencias chinas o árabes, se centra en las que podríamos llamar indoeuropeas. Llama la atención en su recogida de citas la ausencia de la Biblia, así como de autores anglosajones, lo que refleja sin duda una intencionalidad no explícita.

En esa tradición, con diversas corrientes y aspectos, predomina la noción de que la felicidad está relacionada no ya con el dominio, sino con la eliminación misma de los deseos, sensuales o de cualquier otro tipo. Son los deseos, insaciables, en gran parte incumplibles, en choque con los de otros individuos, la raíz de la frustración y del sufrimiento que, según versiones, harían de la vida humana un valle de lágrimas, en el que los males predominarían sobre los bienes hasta su absorción definitiva en el mal mayor que es la muerte. En último extremo, la felicidad alcanzable consistiría en el ascetismo, la apatía estoica, la impasibilidad ante los avatares de la vida u otras fórmulas semejantes que mantendrían al alma serena, feliz, inasequible al asalto de deseos y pasiones y de sus males derivados.

Fernández de la Mora no desestima ni mucho menos esta larga tradición, pero la critica razonablemente, así como a la corriente hedonista: el deseo es connatural al hombre y sin él su vida misma se vaciaría: “Renunciar absolutamente a todo es incompatible con la vida humana consciente. Una voluntad reducida  a negar toda volición casi es la nada. Lo que resulta hacedero es seleccionar y moderar los deseos (…)  La felicidad no consiste en nada, sino en algo, no es autoaniquilación, sino posesión”.  La felicidad depende de la relación equilibrada entre el deseo y la posesión, un equilibrio por su propia naturaleza “inestable y tenso”,  que puede  ser proporcionado por el autodominio racional sobre los deseos. No obstante hace una consideración llamativa  sobre la impasibilidad teóricamente adquirible mediante la razón: si bien tal impasibilidad  conduciría a “un puro mecanicismo lógico, sin dolor, pero sin gozo, imposible para la especie humana actual”, sorprende cuando especula sobre su posibilidad evolutiva:  se trataría de otra especie “quizás más apta para el progreso colectivo, y funcionalmente superior; pero distinta del homo sapiens sapiens objeto de estas meditaciones”.

La felicidad es un sentimiento, y por tanto se aloja en el cerebro reptiliano, el más primitivo y compartido con otros animales, mientras que la razón pertenece exclusivamente al hombre y está radicada en el cortex cerebral. Así, el sentimiento en general y el de felicidad en particular nacen de una instancia inferior.  Los sentimientos aparecen como reacciones primarias y puramente individuales, con escasa información y capacidad de discernimiento,  mientras que “los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad cuando versan sobre la experiencia”.  “Los sentimientos no son solamente confusos sino, a veces confusionarios”,  mientras que la razón, “por definición no engaña; el error es una insuficiencia de racionalidad”. Por consiguiente, existe un conflicto implícito entre los sentimientos y la razón, en el cual debe prevalecer la segunda, aun si, evidentemente, ello no siempre ocurre. La felicidad aparecería, al menos en parte, como el gobierno del sentimiento por la razón, un gobierno nunca pleno. De ahí, creo, la especulación sobre una evolución hacia un hombre plenamente racional incapaz de dolor psíquico y también de gozo, pero por ello “más apto y funcionalmente superior”.

Me permitiré hacer un esbozo de crítica, provisional y discutible sin duda. Creo que Fernández de la Mora tiende a exagerar el papel y posibilidades de la razón –aunque reconoce sus limitaciones– y, más o menos claramente, la oposición de ella al sentimiento. La experiencia nos dice que, en efecto, a menudo la razón y el sentimiento se enfrentan, pero en la mayoría de los casos se complementan mejor o peor, y la razón misma apenas sería ejercitada sin un sentimiento que la espolee y que en sí mismo no tiene por qué ser razonable (los celos, el ansia de riquezas o de honores, la indignación,  la compasión,  etc., incluso en grado desmedido, han movido muy a menudo a la razón a ponerse en movimiento y a obtener logros considerables). Pero creo que hay otra observación posible: los juicios racionales, aunque “tienen pretensión de validez universal”, no siempre lo consiguen, ni mucho menos, y en general no llegan a ser unívocos, salvo si acaso en las matemáticas o en las ciencias físicas. Pero aquí lo que importa es la aplicación de la razón al comportamiento humano, donde la dificultad salta a la vista.

En relación con el sapere aude kantiano hice en Nueva historia de España algunas consideraciones que tal vez vengan al caso: “¿Podía concebirse la razón como una lógica que lleva a conclusiones tan universales e inexorables como las leyes que la ciencia descubría en la naturaleza? En tal caso, ¿no era así abolida la libertad del individuo? Esta quedaría como una ilusión causada por la ignorancia y disipada por el conocimiento. Y si, a la inversa, cada uno confiara solo en los resultados  que él mismo obtuviera de su ejercicio racional, ¿no fracasaría la razón como orientadora general si dichos resultados, en lugar de uniformes, resultaban variados y aun opuestos de unas personas a otras, como de hecho sucedía? Nadie había aplicado la razón como los griegos, y sus conclusiones habían sido muy disímiles”. Y lo mismo serían las consecuencias de la aplicación de la razón por los ilustrados.  En fin, no pretendo con estas observaciones una discusión sistemática de las tesis e ideas tan sugestivas del libro, solo una incitación al debate, signo en general de una viveza intelectual que solemos echar de menos en España

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Nueva historia de España

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Patriotismo de “Spain” / ¿Era Séneca español?

Dice Esperanza Aguirre que hay que ser patriota sin duda ni complejos. Y ella lo es, claro: patriota… anglosajona. Empeñada en meternos inconstitucionalmente el inglés como segundo idioma desde la infancia y colaboradora en su imposición como primer idioma en la cultura superior (y no solo). Un patriotismo lacayo. He dicho, e insistiré aquí, en que la amenaza para nuestra lengua y cultura no viene tanto de las pequeñas fechorías de los separatistas como del entusiasmo de los políticos en general por desplazar el español a favor del inglés a todos los niveles. Uno se asombra de la penetración del inglés en cualquier ámbito público y no se asombra menos de la falta de denuncia y resistencia hacia tal fenómeno, indicio de un pueblo estéril y estragado, es de esperar que no por completo. Insistiré más en ello, porque la confusión al respecto es enorme.
Y le dice García Margallo a Hillary Clinton, “¡España ha vuelto!”. Inconscientemente uno espera la continuación: “… a ponerse a sus órdenes”. Este Margallo, que insiste en la recuperación de Gibraltar, quiere al mismo tiempo hacer desaparecer a España como nación independiente convirtiendo a la UE en federación. El mayor peligro para España viene ahora mismo de la derecha con su “patriotismo” impostado y contradictorio.

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Joseph Pérez:
Los habitantes (hispani) no forman una comunidad homogénea (…) por eso carece de sentido ver en Viriato un símbolo de la resistencia hispana a Roma. Lucha por su patria chica, no por una Hispania que no tiene más existencia que geográfica. Y lo mismo cabe decir de los hispani en general: se les llama así porque han nacido en el territorio de la Península, pero no tienen conciencia de pertenecer a una comunidad política. Américo Castro lleva toda la razón cuando niega a Trajano, Séneca, Marcial, Lucano, etc., la condición de españoles. Ser español y haber nacido en la Península Ibérica son cosas distintas. Séneca vivió y escribió en Roma y Roma fue el centro de su mundo y aspiraciones. Contra la ingenua idea del “senequismo español”, afirma Castro, con razón, que los pensamientos de Séneca son incomprensibles si se le desconecta del estoicismo de los griegos y los romanos. O sea que Lucano, Trajano, Séneca y otros no son de ningún modo españoles; son hispani, una variedad de romanos (…) Culturalmente (…) Séneca, Lucano y tantos otros a quienes tocó nacer en la Península Ibérica (…) pertenecen de pleno derecho a la civilización romana.

Creo que D. Joseph Pérez confunde el aspecto político con el cultural en general. Políticamente, es evidente que no puede hablarse de españoles por entonces, pero culturalmente no es un abuso sostenerlo, porque aquella cultura transmitida por Roma es precisamente la base y sustancia de lo que definirá a España cuando esta se convierta en una entidad política, con los visigodos. Y lo fue con tal potencia que ni la conquista islámica pudo arrasarla, como arrasó en cambio la floreciente cultura latina en el norte de África. El absurdo de Américo Castro, a quien Pérez da tanto crédito, queda de manifiesto cuando, en cambio, considera españoles a musulmanes y judíos, completamente ajenos, sobre todo los primeros, a la cultura latina, la propiamente española. Este absurdo ha hecho fortuna, de modo que no es raro oír, incluso a personas cultas, que la Reconquista fue una “guerra civil”. Dejemos aparte el supuesto senequismo español, tesis más bien que ingenua difícil de concretar, no ya porque las ideas de Séneca proviniesen de otras fuentes (las ideas de cualquier pensador de cualquier país tienen casi siempre raíces extranjeras), sino porque los rasgos “senequistas” no caracterizan demasiado a la cultura española, y pueden encontrarse en otras culturas. En Nueva historia de España abordé el problema de los hispanorromanos:

“La eminencia y abundancia de autores nacidos en Hispania ha nutrido polémicas sobre su posible españolidad. Para Américo Castro, resuelto a comenzar España en la Edad Media y en relación con musulmanes y judíos, antes de la invasión árabe apenas existía nada parecido a una “forma de vida española”. Al igual que otros muchos estudiosos, Castro atribuye a Marcial, Séneca y los demás, un carácter romano, sin relación de alguna densidad con lo que hemos llegado a conocer como España. Sánchez Albornoz aceptó algunos rasgos distinguidos por Castro en la forma de ser de los españoles “auténticos”: el carácter personalista, visible en sus escritores y artistas, “el estar inmerso y presente de continuo en su obra y con todo su ser. La vida y el mundo son en ella inseparables del proceso de vivirlos, como dice Castro”. Pero, al revés que este, Albornoz encuentra esas notas entre los hispanorromanos de la Edad de plata; una de ellas, el gusto por lo soez o indecente: “Séneca escribía en primera persona, refería obscenidades y porquerías y hablaba de sí mismo”; “Ningún filósofo romano sintió tan clara inclinación como Séneca hacia los relatos sucios y hasta malolientes, y Marcial superó en gusto por lo rahez a los otros líricos romanos de la época augustea y del primer siglo del Imperio; notas todas que caracterizaron luego a los peninsulares”.

Pero esos rasgos –junto con otros, incluida una mayor delicadeza— se encuentran claramente definidos en los demás latinos, y las expresiones y relatos “sucios y hasta malolientes” aparecen en el mismo Horacio, por no hablar de Catulo, Petronio, etc., y es difícil decidir si son más o menos raheces. Las características del espíritu romano, pragmático y combativo, con mucho genio para la normativa y menor para la especulación y la metafísica, fueron acogidas en la cultura hispana posterior, y seguramente también en la de entonces. Otros autores, como Brenan,  distinguen entre el carácter español de Marcial o Quintiliano y el netamente latino de Séneca o Lucano.
El debate entre Castro y Sánchez Albornoz se ha centrado en conceptos como “formas de vida”, “vividura”, “herencia temperamental”, “contextura vital”, etc., un tanto evanescentes. Pisamos terreno más firme, a mi juicio, si dejamos la consideración, no falsa pero sí nebulosa, sobre el carácter nacional, y buscamos otras evidencias.
Todos aquellos autores sentían el orgullo de Roma, bien expreso en frases como estas de Séneca: “Has prestado un inmenso servicio a la ciencia romana (…); inmenso a la posteridad, a la que la verdad de los hechos, que tan cara costó a su autor, llegará incontaminada; (…) su recuerdo se mantiene y se mantendrá mientras se valore el conocimiento de lo romano, mientras haya quien quiera (…) saber qué es un varón romano, insumiso cuando todas las cabezas estaban rendidas al yugo (…), qué es un hombre independiente por su forma de ser, por sus ideas, por sus obras”, dice a la hija de Aulo Cremucio Cordo, de memoria hoy perdida. En Marcial observamos una reivindicación más explícita de su cuna hispana: “Varón digno de no ser silenciado por los pueblos de la Celtiberia y gloria de nuestra Hispania, verás, Liciniano, la alta Bílbilis, famosa por sus caballos y sus armas, el viejo Cayo con sus nieves y el sagrado Vadaverón con sus agrestes cimas y el agradable bosque del delicioso Boterdo que la fecunda Pomona ama (…) Pero cuando el blanco diciembre y el invierno destemplado rujan con el soplo del ronco Aquilón, volverás a las soleadas costas de Tarragona y a tu Laletania (Barcelona)…”. “Lucio, gloria de tu tiempo, que no consientes que el cano Cayo y nuestro Tajo cedan ante el elocuente Arpino, deja al poeta nacido en Grecia cantar a Tebas o Micenas o al puro cielo de Rodas o a los desvergonzados gimnasios de Lacedemonia, amada por Leda: nosotros, nacidos de celtas y de íberos, no nos avergonzamos de introducir en nuestros versos los nombres algo duros de nuestra tierra”. “Gloriándote tú, Carmenio, de haber nacido en Corinto – y nadie te lo niega– ¿por qué me llamas hermano si desciendo de los íberos y de los celtas y soy ciudadano del Tajo? ¿Será que nos parecemos? Pero tú paseas tus ondulados cabellos llenos de perfume mientras que los míos de hispano son hirsutos; tienes los miembros lisos por depilarlos cada día; yo, en cambio, tengo piernas y rodillas llenos de pelos; tu lengua balbucea y no tiene vigor: mi vientre, si fuera preciso, hablaría con voz más viril; no hay tanta diferencia entre la paloma y el águila ni entre la tímida gacela y el rudo león. Deja, pues, de llamarme hermano, Carmenio, o tendré que llamarte yo hermana”.

Estas efusiones no las encontramos en la obra conocida de los demás autores, pero es muy probable que las gentes de origen hispano formasen en Roma un grupo de afinidad y solidaridad, como suele ocurrir en las metrópolis y lo formaban los judíos, con seguridad los griegos, los galos, los egipcios y tantos otros. A los hispanos se les reconocía como tales, incluso por su entonación del latín. Cuando Marcial llegó a Roma buscó la protección de los hispanos Séneca y Lucano, y después del trágico fin de estos se dirigió a Quintiliano (así como a Plinio el Joven). En unos de sus poemas canta las glorias de Hispania: “La elocuente Córdoba habla de sus dos Sénecas y del singular Lucano; se recrea la jocosa Gades con su Canio; Mérida con mi querido Deciano; nuestra Bílbilis se gloriará contigo, Liciniano, y no callará sobre mí”. Pese a las alusiones de Marcial a íberos y celtas, estos y sus viejas diferencias se iban diluyendo no ya en la cultura romana, sino en la misma Hispania, donde, recuerda Julián Marías, existían centros como Tarraco, actual Tarragona, sedes comerciales y artísticas de amplias regiones por encima de las antiguas divisiones tribales.

La tesis de Américo Castro resulta aún más singular ante la evidencia de que el latín llegó a ser el español, y la cultura y la religión transmitidas por Roma son el cimiento de la cultura española posterior. Sin ellas nunca podría entenderse cómo llegaría a existir confrontación entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Podría discutirse interminablemente sobre la “contextura vital” española de Averroes o Maimónides, como la de Séneca o Quintiliano, solo si se olvida la clarísima verdad de que los dos primeros ni se expresaron en una lengua latina ni pertenecieron en absoluto a la cultura española conocida por la historia, sino, precisamente, a aquella que aspiraba a destruirla y reemplazarla por otra de carácter oriental (…)”.

Pero aun dentro de la conciencia cultural latina de los hispani existía cierto orgullo particularista, como lo expresarán diversas alabanzas de Hispania, incluso por autores foráneos, o reivindicaciones de las heroicas resistencias a la invasión romana. Así en Paulo Orosio:

(…) Paulo Orosio, teólogo e historiador natural de Braga, en Gallaecia, nacido hacia 380, viajero por Jerusalén, el este y África del norte, fue discípulo de San Agustín, defensor del libre albedrío contra diversas herejías y enemigo de Prisciliano. Su Historia contra los paganos, de gran difusión en siglos posteriores, es la primera historia universal desde un punto de vista cristiano, explicada como desarrollo del plan divino: el imperio romano se transformaría en instrumento de Dios para proteger a la Iglesia frente al caos. Rebatiendo la acusación pagana al cristianismo de provocar la decadencia de Roma, sostenía que bajo el paganismo habían sido continuas las crisis y agresiones despóticas a otros pueblos. En cambio, en la nueva era cristiana “tengo en cualquier sitio mi patria, mi ley y mi religión”, y las regiones del mundo (imperial) “me pertenecen en virtud del derecho y del nombre [cristiano] porque me acerco, como romano y cristiano, a los demás, que también lo son. No temo a los dioses de mi anfitrión, no temo que su religión sea mi muerte, no hay lugar temible a cuyo dueño le esté permitido perpetrar lo que quiera (…), donde exista un derecho de hospitalidad del que yo no pueda participar. El Dios único que estableció esta unidad de gobierno (…) es amado y temido por todos” “Temporalmente toda la tierra es, por así decir, mi patria, ya que la verdadera patria, la patria que anhelo, no está de ninguna forma en la tierra”.

Ello no le impedía ensalzar con entusiasmo a los hispanos que habían resistido a Roma: Viriato “tras haber destrozado durante catorce años a los generales y ejércitos romanos, fue asesinado traidoramente por los suyos; mientras que los romanos solo actuaron con valor en no considerar dignos de premio a los asesinos”. “El dolor nos obliga a gritar: ¿por qué, romanos, reivindicáis sin razón esos grandes títulos de justos, fieles, fuertes y misericordiosos? Aprended, más bien, esas virtudes de los numantinos. ¿Fueron ellos valientes? Vencieron en la lucha. ¿Fueron fieles? Leales a otros como a sí mismos, dejaron libres, porque así lo habían pactado, a los que habrían podido matar. ¿Demostraron ser justos? Pudo comprobarlo incluso el atónito Senado cuando los legados numantinos reclamaron, o una paz sin recortes, o a aquellos a quienes habían dejado ir vivos como prenda de paz. ¿Dieron alguna vez pruebas de misericordia? Bastantes dieron dejando marchar al ejército enemigo con vida y no aceptando el castigo de Mancino”. Destruida Numancia, los romanos “ni siquiera se consideraron vencedores (…) Roma no vio razón para conceder el triunfo”. “A ver si ahora esos tiempos son incluidos entre los felices, no ya por los hispanos, abatidos y agotados por tantas guerras, pero ni aún por los romanos, afectados por tantas desgracias y tantas veces derrotados. Por no contar el número de pretores, legados, cónsules, legiones y ejércitos que fueron vencidos, recuerdo solo esto: el loco temor de los romanos los debilitó a tal punto que no podían sujetar los pies ni fortalecer su ánimo ni siquiera ante un ensayo de combate; es más, en cuanto veían a un hispano, sobre todo si era enemigo, se daban a la fuga, sintiéndose vencidos antes de ser vistos”. La misma simpatía le lleva a afirmar, exagerando algo: “César [Augusto], dándose cuenta de que lo hecho en Hispania durante doscientos años no serviría de nada si permitía seguir usando de su independencia a los cántabros y astures, poderosísimos pueblos de Hispania…”

Ciertamente los “hispani” no eran españoles en sentido político, pues no existía una nación española, pero tampoco la romanidad era una capa homogénea extendida sobre todo el imperio. Como romanos culturales, los “hispani” tenían sus particularidades y eran reconocidos como tales.  Y lo que los hizo españoles desde el punto de vista cultural fue aquella romanidad, que perdura hasta nuestros días. Sí podemos llamar a los “hispani” de entonces nuestros antepasados y fundadores de la hispanidad cultural.

(20-2-2012)

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Una opinión literaria

Muchos de ustedes ya los habrán leído, pero quizá otros no. Es curioso como una misma cosa puede verse con perspectivas muy distintas:

  • I  parte
    1º El suceso que encierra en cierto modo toda la novela: me parece muy original y acertado empezar y terminar con ese motivo.  La narración ágil y plástica con mucha riqueza de sensaciones y sobriedad   y riqueza de la prosa hace imposible que te canse.

         2º En el capitulo 6º las explicaciones prolijas sobre Companys, las considero para un público iniciado en la historia de la Guerra Civil,  seguro que es un bocado delicado para tus lectores. Decayó un poco mi  interés. Página 58 al final muy poético me supo a buena novela.
         3º El personaje Paco es para mí el mejor sin desmerecer al protagonista   Berto. Es un carácter muy bien creado, con sus reflexiones sobre el amor, el sentimiento trágico de la vida y al mismo tiempo su sentido del humor
         4º La novela cobra un vigor insospechado con los viajes a Francia y la  rendición de Barcelona. El final de la 1ª parte es un desenlace  brillantísimo de tragedia sin caer en sentimentalismo.

RESUMEN IMPRESIONES 1ª PARTE

-Un 10 para la acción en la que sin duda eres un maestro, vigorosa narrativa e impecable lenguaje. A partir del capítulo 13 me enganchó muchísimo y leía otros ratos además del que suelo dedicar. Creo que habrá muchos lectores que sigan esa acción tan trepidante y a quienes el ambiente de la Guerra en Barcelona les interese mucho. La ambientación extraordinaria, lugares, pisos, actitudes de los partidos en Cataluña durante la Guerra.
Inconvenientes que yo he visto:
-Conocimientos de historia específicos (Companys y sus compañeros) me resultaron durillos, pero seguro que a tus lectores les encanta.
-Los amores están tratados quizás con cierta asepsia.
Creo que es una novela de aventuras estupenda. De ella puede salir una buena serie de televisión.
II Parte
Increíblemente buena novela de guerra, independiente de la anterior con el nexo del episodio del comienzo y la estupenda amistad de los dos protagonistas. Narración ágil, acción sin desmayos, conocimiento de tácticas de guerra y con la sensación de conocer también el terreno. Muy interesante la visión de la División Azul. Los personajes secundarios son muy buenos: Hipocrates, Diego, el teniente Larumbe y otros mandos de la División Azul (El Zapatero, Saavedra).Esta segunda parte es la que más me ha gustado. Una gran novela de guerra o de aventuras en la guerra.

*Solo los caracteres femeninos no me han parecido a la altura de los otros y tampoco las narraciones amorosas.
III PARTE
El desarrollo de la trama en Madrid me interesó menos sin quitar importancia al sentido del humor derrochado en tertulias y personajes públicos (me dirás como te enteraste de lo de Cela pues yo también lo sabía, creo que de buena tinta), pero ya en Galicia vuelve a ser una novela a la altura de la primera parte. El desenlace trágico que hace pensar en la literatura clásica griega está muy bien (y eso que me lo habías contado).
Esta parte es la que menos me interesó.

EN GENERAL
1º Un 10 en acción.
2º Narrativa vigorosa, quizás abunde en explicaciones históricas pero eso a tus lectores de siempre les gustará.
3º Creación de caracteres masculinos extraordinaria. Paco es el mejor de todos, se parece a los héroes de Grecia. Sentí que lo mataras. Berto muy humano. Todos los secundarios son soberbios, excepto las mujeres. Solo me gustó la madre de Paco. La abundancia de secundarios perfectamente definidos es un lujo.
4º Podría haber sido una trilogía extendiendo un poco más la tercera.
5º De aquí sale una buena serie de televisión.
6º El Epílogo me parece genial. Para ser buen novelista también hay que ser poeta y a lo largo de la novela se palpa. Antes de leer el nombre de Pío Baroja estuve pensando que esta novela me recuerda la trilogía de Madrid “La busca” “Aurora roja”…
Isabel Hernández.

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Catalufia y Tabarnia

 Los separatistas, con el auxilio y financiación permanentes de los gobiernos PP y PSOE, han conseguido fracturar Cataluña en dos entidades muy reales, aunque no reconocidas (todavía) políticamente: Catalufia y Tabarnia.  

   “Catalufo” es una expresión levemente despectiva con que suele designarse a los separatistas catalanes. El toque despectivo se fundamenta en la propia retórica separatista, basada en un racismo tan grotesco como desmadrado, aunque desde la II Guerra Mundial ya no “ose decir su nombre”.  Pero sigue siendo la base de sus supuestos “hechos diferenciales”, y del ataque al idioma español común, de la pretensión de poner bajo su mando a los països catalans, de una exaltación obsesiva del idioma “propio”, un idioma interesante pero poco útil y con mucha menos carga cultural de la que ellos aseguran. Idioma al que, además, empobrecen con sus propagandas basadas en el falseamiento del pasado y la vanidosa creencia en su superioridad.

    Gracias al apoyo y financiación de los gobiernos centrales, y a ilegalidades permanentes amparadas por dichos gobiernos, cómplices para repartirse el poder y el dinero, los separatistas han conseguido, en un trabajo paciente de décadas, convertir a dos millones de catalanes en catalufos. Estaban convencidos, además, de haber convertido a casi todos los habitantes de la región, en lo que se han equivocado.

   Así, tanto ellos como el PP y el PSOE, que creían haber desactivado toda resistencia al catalufismo, se han llevado la sorpresa de una reacción de quienes no encuentran impedimento, como nunca lo ha habido, entre ser catalanes y ser españoles. Y un aspecto de esa resistencia es Tabarnia. Ha aparecido como una iniciativa medio en broma que va tomando tintes más serios, poniendo el solfa precisamente en todo el argumentario provocador de los catalufos. Pues bien, ¿tiene legitimidad y posibilidades legales la formación de una nueva autonomía?  ¿Y por qué no? Tiene tan perfecta legitimidad como la secesión de Logroño o Santander de Castilla la Vieja, que no dejan de ser parte de Castilla aunque los políticos hayan ordenado otra cosa.  Tendríamos así dos autonomías catalanas, una más atrasada y que seguiría odiando y dando dolores de cabeza al resto de España, es decir, Catalufia; y otra, Tabarnia,  que se desentendería de las obsesiones, pretensiones y provocaciones propias de aquella y contribuiría como siempre lo hizo, al interés, la prosperidad y el bienestar nacionales.

   Me gustaría señalar otro aspecto: la demagogia catalufa  ha gozado de un gran difusión en los medios de masas de la UE y Usa, aunque a sus  gobiernos, por la cuenta que les trae, el catalufismo les alarma y lo desaprueben. Pero al respecto lo que no puedan resolver los españoles no los van a resolver los burócratas de Bruselas, contra lo que creen y quieren los actuales gobernantes. del PP, pues pueden surgir otros intereses: una Catalufia sin el contrapeso de Tabarnia caería inmediatamente en la esfera de influencia francesa, y no debemos olvidar que Inglaterra ya desempeñó un papel clave en la secesión de Portugal y pudo haber hecho lo mismo con Cataluña en la Guerra de Sucesión, de no haber cambiado sus intereses a última hora ( Cambó cuenta cómo el embajador inglés le había prometido que aquello no volvería a pasar, y que Londres tutelaría las “libertades” de Cataluña). Y Gibraltar suele ser la sede de encuentros entre separatistas de varias regiones españolas.

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Economía, elecciones y fin del bipartidismo

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Como se recordará, el PP fracasó por dos veces en las elecciones generales, y si terminó ganando, y por mayoría absoluta, no se debió a una política distinta de la de Zapatero, sino a la crisis económica. Se echa la culpa a Zapatero de dicha crisis en España, pero la verdad es que en medida decisiva llegaba de fuera, y por otra parte Zapatero había seguido básicamente la política económica de Aznar basada en el ladrillo y el turismo, hasta que esa política se agotó. Eso quiere decir que si Rajoy hubiera ganado las anteriores elecciones, la crisis le habría caído encima a él, y Zapatero habría ganado con una gran mayoría absoluta. Pero eso le correspondió a Rajoy, en 2011.

 P. Pero el PP venía advirtiendo de la crisis desde hacía tiempo y ZP negándola, y eso la empeoró    

   Porque estando en el poder el PSOE esperaba que fuese una crisis pasajera, nadie sabía entonces su profundidad, y procuraba disimularla en lo posible. Lo mismo habría hecho el PP. Ante la crisis los economistas no se ponían muy de acuerdo: unos preconizaban aumentar el gasto público para impulsar la demanda, y estimular así la oferta, y otros consideraban que el problema consistía precisamente en un exceso de gasto público y de inversiones improductivas, por lo que era preciso sanear la economía reduciendo gastos. Hay que decir que en la etapa anterior se había impuesto la política de restringir la intervención y regulaciones del estado en la economía, con resultados en apariencia excelentes, hasta que sobrevino la gran crisis. Esta podía achacarse precisamente a la anterior desregulación, que había facilitado una especulación desbocada, pero otros economistas consideraban que lo que hacía falta era más desregulación todavía, para que la economía funcionase por sí sola y reparase los daños con la menor intervención del estado.  Esta disputa venía de lejos, del debate entre Keynes y Hayek durante la gran depresión comenzada en 1929.

   Pues bien, como se recordará, Zapatero, en contra de la doctrina propiamente socialdemócrata o keynesiana, que tiende a ampliar el gasto público, empezó a reducir gastos y subir impuestos. Lo hizo presionado y casi amenazado por Bruselas. Entonces el PP, con Rajoy en primera línea, se le echó encima, afirmando que subir impuestos y recortar el gasto público era precisamente la mejor medida para profundizar la crisis todavía más. Que lo que había que hacer para salir del hoyo era precisamente lo contrario. Recordarán aquellas intervenciones de Rajoy asustándose de que iban a subir el IVA a “los chuches de este niño y de todos los españoles”. Esperanza Aguirre decía que el PP se encontraba en estado de rebelión contra las medidas de Zapatero, y la tormenta de protestas de la derecha fue realmente impresionante, incomparablemente mayor que contra los anteriores ataques de Zapatero a la democracia y a la integridad nacional. Normal en un partido que cree que la economía lo es todo.

   Pues bien, hay que decir que precisamente aquel aparente conocimiento de las leyes económicas, unido al hecho de que se estaba llegando a los cinco millones de parados, hizo que en 2011 el PP ganase las elecciones con mayoría absoluta y 10,8 millones de votos, mientras que el PSOE se quedaba en 7 millones y los comunistas 1,7.  El bipartidismo parecía continuar sólidamente asentado, porque ganar siete millones de votos en medio del desastre de cinco millones de parado parecía demostrar que el PSOE tenía un suelo inquebrantable, desde el que siempre podía remontar a nuevas victorias. También tiene interés el dato de que la participación no fue muy alta, a pesar de la situación crítica, pues no llegó al 69% del cuerpo electoral.

   Es interesante comparar los datos con las elecciones anteriores de 2008. Entonces el PSOE había sacado 11.3 millones, y el PP 10,2, con casi un 74· de participación, Y los comunistas casi un millón.  Ello refleja el fracaso de la política de falsa oposición del PP.  

  Sin embargo el bipartidismo terminó muy tocado. Observemos en cambio las segundas elecciones ganadas por el PP, en 2015: el PP bajaba de 10,8 millones a 7,2, es decir, una bajada casi tan grande como la del PSOE en 2011. Además, el PSOE demostró no tener un suelo inquebrantable, pues de aquellos 7 millones de votos descendió a 5, 5. Lo importante, y hasta cierto punto decisivo, fue que dos nuevos partidos surgían con fuerza, frente al bipartidismo que parecía asentado desde la transición. Ciudadanos ganaba 3,5 millones, y Podemos 3,2 millones, a los que se sumaban el Podemos catalán, con 900.000. En realidad, Podemos es un grupo muy confuso pero prácticamente comunista, con lo que sumados a los 900.000 de izquierda unida, darían nada menos que 5 millones, prácticamente tantos como el PSOE. En cambio los partidos de derecha tipo VOX siguieron en la nada, en gran parte debido a que el PP seguía arrastrando el llamado voto útil de derecha, aunque en realidad fuera un partido netamente zapaterista, de extrema izquierda en el fondo. Suena extraño decirlo, pero es así. Podemos fue un poderoso auxiliar para que el PP recogiera el voto del miedo y no se hundiera mucho más  y cayera al nivel del PSOE.

   Esta situación es un resultado de la política del PP, que entre otras cosas ha reducido a la insignificancia a su propio partido en Vascongadas y Cataluña. Es muy difícil que vuelva el bipartidismo, y en las últimas elecciones catalanas los dos partidos y muy especialmente el PP, han cosechado un fracaso muy profundo, aunque también Podemos.

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