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España en Europa
** El 2 de noviembre saldrá publicado Europa. Una introducción a su historia. Dedicada especialmente a políticos y periodistas.
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El domingo pasado terminamos en “Cita con la Historia” la serie “La historia después del fin de la historia”, en la que analizamos algunos de los procesos ocurridos desde la caída de la Unión soviética en las principales potencias mundiales así como en España. La conclusión es que la historia, con sus conflictos a menudo bélicos, dista mucho de haber terminado, aunque no sabemos si, pese a ello, en un plazo más o menos largo no se alcanzará una situación planetaria de democracia más o menos liberal en que no solo la guerra, sino la propia política, la filosofía, la religión etc., desaparezcan absorbidos por los asuntos económicos y ecológicos, a resolver los cuales se dedicarían todas las energías de los gobiernos. Sería algo parecido a lo que Tocqueville denominó “despotismo democrático”, en que los estados, o un estado único en el mundo, cuidarían de los ciudadanos “de la cuna a la tumba”, como rezaba la seguridad social inglesa, preocupándose de que “la gente sea feliz con tal de que no piense en otra cosa que en ser feliz”, reducida a una especie de infancia perpetua tutelada por el estado.
Pero hoy por hoy ese mundo supuestamente feliz dista de estar al alcance de la mano, y las tensiones y conflictos no han cesado, mientras la Unión Europea entra en crisis con tendencias inequívocamente totalitarias, y en Usa deben elegir entre dos candidatos presidenciales que la mayoría considera detestables. Tanto Usa como la UE, los modelos para el futuro sin historia, tienen muy graves responsabilidades en la invasión o desestabilización de países árabes, pretendidamente para implantar en ellos democracias, y llevan adelante una política de cerco y acoso a Rusia, que puede traer las peores consecuencias, mientras China destaca cada vez más como una superpotencia con ambiciosos intereses propios. Por lo que respecta a España, ha sido reducida a un país lacayo por un lado de Usa, en cuyas operaciones militares viene participando como peón, y de la burocracia de Bruselas, a la que lo gobiernos españoles quieren entregar su soberanía, por cierto que ilegalmente. Las perspectivas, por tanto, no son precisamente halagüeñas, y están empeoradas por una crisis económica a la que no acaba de vislumbrarse salida. Paradójicamente, la idea del fin de la historia mediante una generalización de la democracia liberal, o de cierto concepto de democracia liberal centrada en la economía, está exacerbando, de momento, las tensiones y conflictos en buena parte del globo.
Pasaremos ahora a una nueva serie que podemos titular “España en Europa”. Que España está en Europa desde su propia configuración nacional, debiera ser una obviedad, pero para la mayoría de nuestros políticos y periodistas no es así. Creen que España entró en Europa al ingresar en la Comunidad Económica Europea, en 1985. Es más, creen también que Europa propiamente no habría existido hasta la fundación de la CEE y de la llamada, algo irrealistamente Unión Europea en 1993. Estas cuestiones van mucho más allá de la retórica, pues tienen consecuencias políticas y prácticas muy tangibles. Sobre ellas y otras está a punto de publicarse mi ensayo “Europa, una introducción a su historia”, que he dedicado precisamente a políticos y periodistas, y que se remonta a la II Guerra Púnica. La razón de elegir esa fecha como origen se debe a que entonces triunfó Roma, una potencia en cierto sentido europea, sobre Cartago, una potencia africano-oriental. Si el desenlace hubiera sido el contrario, el Imperio romano no habría llegado a existir y la historia posterior habría sido sin duda muy diferente. Europa nace apropiándose el legado griego y latino con una base cristiana.
Pues bien, la idea de que España es un país en cierto modo ajeno a Europa es ya muy vieja. Recordemos el dicho “África empieza en los Pirineos”, nacido en Francia. Ese concepto fue adoptado muy a menudo en España como un elemento de autodenigración por los españoles más ineptos, en general. Incluso algunos han querido darle la vuelta coqueteando con la idea de que España era efectivamente algo ajeno a Europa “y a mucha honra”. Unamuno parece que fue un poco por ahí, llevado más bien por su afán de provocar, como el dicho “que inventen ellos”. De todas formas, la idea de los Pirineos, que básicamente es una estupidez, ha provocado un sinfín de discusiones bizantinas y de complejos de inferioridad en España. Esto se ha debido a que, efectivamente, España arrastraba una fuerte decadencia desde mediados del siglo XVII, una decadencia paliada en parte en el XVIII para profundizarse mucho más en el siglo XIX. Pese a todo, la herencia cultural española siempre fue inequívocamente europea, desde Roma, y hasta la persona más inepta que viaje por el norte de África puede ver la gran diferencia.
Pero la mencionada decadencia fue también real. Ahora bien, ¿decadencia con respecto a qué? Ante todo, respecto al siglo y medio largo en que el país ejerció un papel central y decisivo en Europa, y en segundo lugar en relación con las principales potencias, Francia e Inglaterra, sobre todo, que tomaron el relevo de España como primeras potencias del continente. Pero si consideramos el conjunto de Europa y no solo sus países punteros en uno u otro momento, la posición de España se mantuvo en un plano semejante al de muchos otros países. En los siglos XIX y XX se va configurando una Europa con países ricos, científica y técnicamente avanzados y culturalmente creativos, en el centro-oeste del continente, rodeados de un rosario de países, desde Escandinavia o Irlanda a Finlandia, pasando por el Mediterráneo y el este, países bastante más atrasados que el núcleo de Alemania, norte de Italia, Francia, Bélgica e Inglaterra, posteriormente los países escandinavos. En aquella periferia la posición de España era bastante buena, probablemente solo inferior a la de Italia. Esa posición relativa persiste hasta hoy mismo, aunque también hay que decir que desde el fin de la II Guerra Mundial la propia Europa ha entrado en un período de decadencia, como hemos expuesto en otra sesión de este programa.
Pues bien, las próximas sesiones versarán sobre la relación y contraste entre España y el resto de Europa, siguiendo el método que aplicamos en el libro “España contra España”, es decir, partiendo desde la actualidad para remontarnos hasta el pasado, hasta la romanización del país. Empezaremos con este planteamiento general y abordaremos en la próxima sesión el dato esencial de haber creado España un extenso ámbito cultural propio, algo así como una subcivilización a partir de la común europea Otros países han tenido grandes imperios ultramarinos, así Inglaterra, Francia, Portugal, Holanda, más recientemente Bélgica, Alemania e Italia, pero ninguno de ellos ha logrado transformar sus imperios en ámbitos culturales y lingüísticos propios, excepto Inglaterra, y en medida mucho menor Portugal o Francia. Por consiguiente, en la próxima sesión hablaremos de este rasgo de España comparándolo con el ámbito cultural inglés.
Las sesiones siguientes las dedicaremos a los temas “Europa y el franquismo”, “La Restauración en la Europa liberal y de la I Guerra Mundial”, y así sucesivamente hacia el pasado, comparando, aunque sea de modo sumario, la evolución española y la de otros países del continente, ya que ello nos puede dar ideas más claras sobre nuestro pasado y quizá sobre nuestro futuro.
Volviendo al tema, la idea de una España ajena a Europa fue ampliamente explotada por numerosos intelectuales de finales del siglo XIX y del XX hasta ahora mismo. Una gran parte de ellos, en particular los regeneracionistas, se aplicaron a una sistemática denigración del pasado español, denigración en la que se llevó la palma Ortega y Gasset. No es que Ortega no amase a España, es que especuló sobre ella y sobre Europa de una manera francamente grotesca. Según él, España se había “tibetanizado”, es decir, aislado de lo que él llamaba Europa, desde la Contrarreforma. La realidad es más bien la contraria. El siglo XVIII en España estuvo enormemente influido cultural y políticamente por Francia, en cierto modo fue un siglo francés. Y en el XIX a la influencia francesa se le sumó la inglesa, una influencia también política, económica y a veces militar, así que podemos denominar ese siglo un siglo inglés en España, justo lo contrario de lo que imaginaba Ortega. Otra cosa es si esa influencia francesa o inglesas supusieron grandes ventajas para España, pues parece no haber sido así. En cuanto al siglo XX, la imbricación de España en los sucesos europeos apenas necesita aquí mayor comentario. Realmente hablar de tibetanización o aislamiento carece de sentido. Otra cosa es que España haya seguido una evolución propia, como por lo demás ha ocurrido con los demás países del continente.
La idea de la supuesta tibetanización la condensó Ortega en su célebre frase “España es el problema y Europa la solución”. Lo malo es que sus divagaciones sobre España estaban profundamente equivocadas. En realidad no pasaban de puro efectismo retórico, algo a lo que él era muy aficionado. Y por otra parte, Ortega, como los demás regeneracionistas, sobre Europa tenían ideas muy poco claras y no produjeron un solo análisis político o histórico de algún interés. Tenía bastante razón Azaña cuando señalaba que Ortega más que pensamientos tenía ocurrencias, lo que en cuanto a pensador político e histórico sobre España es bastante cierto, no en otros terrenos más propiamente filosóficos. Y claro que el propio Azaña apenas decía más que simplezas despreciativas sobre la historia de España, tan faltas de análisis real como las de Ortega. De ello hemos hablado en la sesión dedicada al Regeneracionismo. La desdichada política española actual es en gran medida resultado de estos desenfoques. Así, multitud de personajes suponen que España es un país inútil, y que para progresar o significar algo en el mundo debe renunciar a sí mismo y aceptar la hegemonía o el dictado de otras potencias, debe aceptar Gibraltar y entregar la soberanía por toneladas a Bruselas, como desean Rajoy o Margallo, al paso que facilitan los avances separatistas.
Como decía, la idea de que África empieza en los Pirineos, que se ha atribuido a Alejandro Dumas, aunque no es seguro, pues parece fue utilizada a partir de Francia ya antes, desde finales del siglo XVIII, pero en todo caso es secundario. El siglo XVIII fue el de la Ilustración y en esa época los intelectuales europeos adoptaron muy a menudo aires ateos, agnósticos y anticristianos, por lo que una España que permanecía claramente católica y que había defendido el catolicismo contra todos sus enemigos, fueran islámicos, turcos o protestantes, era vista más bien como un enemigo, y despreciada por su decadencia. Un enemigo que precisamente había contendido con Francia, Inglaterra, los protestantes alemanes y holandeses, los turcos y los berberiscos, todos los cuales habían tratado de aliarse contra España. Un enemigo que durante más de un siglo había causado dolorosas derrotas a todos ellos y del que, en un período de decadencia, podían resarcirse con injurias y desprecios. Dentro de ese espíritu, el enciclopedista Masson de Morvilliers escribió, precisamente en la Enciclopedia francesa, una pregunta retórica: “¿Qué se debe a España? ¿Qué ha hecho España por Europa?”, dando a entender que no había hecho nada digno de reseña. Estas frases provocaron en España bastante indignación en algunos ámbitos y una especie de autoirrisión o autodenigración por parte de otros, una tendencia que sigue muy presente. Esa impresión la encontramos en estudios e historias generales sobre Europa, en los que España representa un papel secundario, incluso marginal. Pero como vamos a ver, no es así.
Creado en presente y pasado
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Bergoglio conmemora la ruptura del cristianismo. ¿”Diálogo” autodestructivo?
**”Cita con la Historia”: la poco edificante evolución de España en la UE: https://www.youtube.com/watch?v=Zb-whkBBsNA
Con esta sesión terminamos la serie de “Historia después del fin de la historia” y comenzamos otra con el tema general de “España en Europa”, partiendo de la actualidad hacia los comienzos, tal como en el libro España contra España. El primer tema de presentación general, será: “¿Qué debe Europa a España?”, y el segundo una cuestión muy rara vez tratada (como la anterior): las dos subcivilizaciones creadas por países europeos, es decir, la española y la inglesa. Después abordaremos “Europa y el franquismo”, y así sucesivamente, retrocediendo en el tiempo.
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Por un error, no incluí en el anterior hilo el comentario que explicaba el título, que además borré. He aquí, lo que venía a decir.
Un aspecto muy importante del Concilio Vaticano II fue el “diálogo” con el marxismo. Sobre él y sus consecuencias en lo que se refiere a España, ya he hablado en Los mitos del franquismo. En pocas palabras, para llevar adelante ese “diálogo”, la Iglesia tuvo que rebajar notablemente la crítica al marxismo, la ideología más totalitaria y genocida del siglo XX, presentar a este como lo que no era, e imponer, en función de ello, una autocrítica implícita de la propia Iglesia, por haber mantenido una actitud poco “dialogante” hasta entonces. El diálogo se negó, en cambio al franquismo, que en España había salvado literal y físicamente a la Iglesia del exterminio, y que profesaba el catolicismo como su definición ideológica. Peor aún: sectores muy significativos del clero pasaron a apoyar a sus antiguos exterminadores, a comunistas, terroristas y separatistas, aumentando su fuerza. Los efectos de este increíble “error”, vamos a llamarle así, fueron el despoblamiento de seminarios e iglesias, la decadencia de las órdenes religiosas, el abandono de miles de clérigos, el avance de ideologías comunistoides como la “teología de la liberación”; y del protestantismo en Hispanoamérica (la gente se hartaba de la demagogia “dialogante” y marxistoide de tanto clérigo chiflado). Millones de católicos se acercaron al marxismo y miles de ellos se “convirtieron” a esa doctrina, mientras que la corriente inversa no existió.
Afortunadamente, Juan Pablo II y Ratzinger corrigieron en parte considerable aquel rumbo autodestructivo, contribuyendo de modo importante a la caída del Imperio soviético.
Ahora Bergoglio se ha lanzado a otro “diálogo” semejante con el protestantismo. El hombre ha dedicado encendidos elogios a Lutero, que “era inteligente y dio un paso adelante”, frente a una Iglesia que “no era un modelo a imitar”, sumida, al parecer, en la corrupción. Sus intenciones “no eran equivocadas”, aunque “tal vez” “algunos de sus métodos no eran justos”. Y ha impuesto su estatua en el Vaticano. Ha frivoleado sobre si eran mejores los católicos o los protestantes. Y va a conmemorar con los líderes luteranos el V Centenario de la llamada “reforma”, es decir, de la ruptura del cristianismo occidental.
Bergoglio es un producto del “diálogo” con el marxismo. Claro que, caída la URSS, no era posible seguir con aquella línea con la misma eficacia. La ha reemplazado entonces por un nuevo “diálogo”, esta vez con los que rompieron la Iglesia, generaron incontables violencias y guerras sangrientas en Europa, se aliaron con turcos y berberiscos y destruyeron o robaron un inmenso patrimonio histórico-artístico acumulado durante siglos de civilización cristiana. Estos son hechos históricos reales. Nadie pensará que a la Iglesia le convenga a estas alturas enconar las diferencias y mantener en carne viva la memoria de tales sucesos, pero de ahí a pintar las cosas como hace Bergoglio hay un enorme paso. Un paso hacia la autodemolición de la institución más característica y duradera de la civilización europea desde la caída de la Roma imperial.
Desde el punto de vista del historiador no creyente, la evidencia es estruendosa. Y es más que dudoso que de ahí pueda salir algo mejor que del anterior “diálogo”. De Bergoglio, por cierto, se pueden decir muchas cosas más, muy pocas buenas, empezando por sus calumnias a la labor de España en América o su tibieza en la defensa de los cristianos perseguidos en Oriente Próximo, su atribución del terrorismo a la “pobreza” o, en general, su estilo parlanchín y vacuo. Ha habido papas que han hecho enorme daño a la Iglesia, en fin.
Resumiré ahora algunas nociones sobre el protestantismo:
¿Cómo puede el hombre saber de su salvación? El tomismo predominante en la Iglesia establecía que junto con la gracia, la razón era un potente medio de comprensión de la voluntad divina y una guía en la práctica religiosa, y que las obras deben acompañar a la fe. Para Lutero, la razón “es la ramera del diablo, que solo calumnia y perjudica las obras de Dios (…) Debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría (…) Es y debe ser ahogada en el bautismo”; aunque, de modo contradictorio, sus controversias son un ejercicio agónico de razonamiento. La fe salvadora se manifestaría en el sentimiento personal de unión con Dios, de ser amado por Dios. Contra Erasmo decía: “¿Quién creerá, preguntas, que Dios le ama? Te respondo: ningún hombre lo creerá ni podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán, los demás perecerán sin creer, entre reproches y blasfemias, como haces tú aquí”; “Nuestra salvación está fuera del alcance de nuestras propias fuerzas e intenciones y depende de la obra de Dios exclusivamente. ¿No sigue de ahí claramente que, cuando Dios no está presente en nosotros con su obra, todo lo que hacemos es malo y necesariamente sin ningún provecho para nuestra salvación?”; “Si Dios obra en nosotros, entonces nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu de Dios, nuevamente quiere y obra [el bien] por pura disposición, propensión, y en forma espontánea”. Las obras humanas, por tanto, no tenían utilidad para la salvación.
En ese contexto cobran sentido frases como “El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. O bien: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y goza en él con mayor intensidad, porque Él vence al pecado y la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos y una tierra nuevos donde more la justicia. Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.
Esta posición destruía el libre albedrío, un punto crucial, sobre todo desde santo Tomás de Aquino, en la doctrina católica, como base de la ética y la responsabilidad personal. Para Lutero, solo Dios sabía y decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o a condenarse. El individuo era libre de interpretar a su gusto las Escrituras pero, paradójicamente, estaba determinado y nada podía hacer contra ese hecho. Esa posición le enfrentó a Erasmo, el cual había sido su amigo y, en parte, inspirador, pero que no quería romper con Roma, sino arbitrar entre las dos posiciones y conciliarlas, pero iba a encontrarse sentado entre dos sillas, acusado de incoherencia desde las dos partes. Contra las tesis de Lutero escribió el tratado De libero arbitrio: si, según Lutero, el hombre no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su total incapacidad de elección moral? Para Erasmo, el hombre puede superar realmente las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas concuerdan al mismo objetivo. La libre voluntad no queda impedida por el hecho de que los designios de Dios sean en gran parte oscuros para la mente humana. Si Jesús llora por una Jerusalén que le rechaza, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia divina, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo y obediencia, como hacen continuamente las Escrituras?
A esto replicó Lutero con De servo arbitrio (“Sobre el arbitrio esclavo”): la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. “El libre albedrío es nada”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación a los ojos de Dios. Lo que cuenta es la gracia manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la convicción clasicista o humanista del hombre como artífice de su destino.
El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y la preeminencia de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo, suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, y los votos monásticos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico: el sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para dar impulso a su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión, y con el mismo fin estableció la misa en dicho idioma.
Comparado con el cisma que había originado la Iglesia u ortodoxa a comienzos de la Edad de Asentamiento, el cisma protestante era mucho más radical. Aunque se presentaba como reforma, era una ruptura revolucionaria con respecto a cuestiones esenciales, dogmáticas, litúrgicas, y de procedimiento. Podría considerarse una nueva religión, salvo por la común inspiración en Cristo y los Evangelios.
En el pasado, otras rebeliones dogmáticas habían sido disueltas o aplastadas con bastante facilidad por el poder del Papado y el de los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero fue protegido por diversos príncipes alemanes (según los católicos, lo hacían para apoderarse impunemente de los bienes eclesiásticos), y llegaría a formarse una poderosa alianza de ellos (la Liga de Smalkalda, de 1532) para afrontar por las armas a los católicos; el emperador Carlos no pudo dedicar todo su esfuerzo a la lucha contra los protestantes, por tener que atender a las guerras con Francia y al peligro turco; la nueva doctrina llegaba a muchas personas por la libertad que otorgaba para interpretar la Biblia y para prescindir de las imposiciones de un clero en buena parte corrompido y escandaloso; además daba pie a un sentimiento nacional alemán opuesto al poder latino de Roma. Por su impacto espiritual y material, el protestantismo se convertiría en unos años en una realidad social expansiva por todo el norte de Europa.
Por ello Lutero fue acusado de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, como le decía Erasmo. Lo cual no le arredraba, pues invocaba en su defensa los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, “trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”. Esta actitud contrariaba el anhelo de paz entre cristianos, sentido por Erasmo, Vives y tantos otros, a quienes advertía “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. El emperador Carlos había declarado: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”. Y ciertamente los protestantes provocarían durante casi dos siglos guerras, matanzas y derrocamientos en la Cristiandad, cosa sentida principalmente por los españoles, que llevaban al mismo tiempo el peso de la lucha contra la superpotencia turca y la piratería berberisca, con las que se aliaban y colaboraban a menudo los protestantes.
Esta resolución no dejó de flaquear en ocasiones, dados ciertos efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). Bastante se ve cómo el pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor de lo que era bajo el papismo”. No obstante, su determinación persistía: “¿Quién se habría puesto a predicar, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, hay que tener buen ánimo contra la mala fortuna”.
Uno de los problemas fue, en 1524-5, la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates y que exigían mejoras políticas y económicas, y que encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderes civiles y propugnaba la destrucción de las jerarquías sociales (“Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”). El movimiento se hizo masivo, mayor que otras revueltas campesinas típicas de los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la abolición de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.
Lutero se vio en un dilema, porque muchos campesinos eran seguidores suyos, pero él dependía de la protección de los nobles. Vaciló, pero finalmente lanzó terribles maldiciones contra los rebeldes cuando ya se vislumbraba su derrota. Los campesinos realizaban una “obra diabólica”, traicionaban el juramente de fidelidad y obediencia a sus señores, “matan y saquean y pretenden justificar con el Evangelio tan horrendos crímenes”. “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común (…) No debe de quedar un demonio en el infierno, sino que todos han entrado en los campesinos”. Por tanto, “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”, “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El aplastamiento de la rebelión costó un baño de sangre, quizá hasta cien mil muertos.
También consideraba la brujería como una realidad eficaz y promovía la persecución y quema de brujas. Sus diatribas antihebraicas no eran menos radicales en su libro Contra las mentiras de los judíos, y vale la pena exponerlas con alguna extensión, como muestra de un discurso que llegaría hasta hoy. Los judíos, “blasfemos desvergonzados”, injuriaban a Jesús y trataban de prostituta a su madre, “tienen creencias falsas y están poseídos de todos los demonios”, “se vanaglorian de ser los más nobles”, el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo: “No han aprendido ninguna lección de sus terribles desdichas durante más de 1.400 años de exilio”. Ello probaba su contumacia, de modo que “No me propongo convertir a los judíos, porque eso es imposible”, son “engendros de víboras, hijos del demonio, el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”. “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene, pueden irse cuando quieran. Ellos, archiladrones, nos tienen cautivos con su usura”. “Si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora”. Por lo tanto proponía quemar sus sinagogas, quitarles todos sus libros religiosos, prohibirles bajo pena de muerte alabar a Dios o invocar su nombre, pues en sus labios es blasfemia: “Nadie sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos”.
Pero, ¿qué sucedería si se aplicasen estos castigos? Que los hebreos seguirían en las mismas, secretamente, de modo que el obstáculo debía salvarse así: “Si queremos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos alcanzados por su culpa, debemos alejarlos, expulsarlos de nuestro país. Pero como se resisten a marchar, negarán todo descaradamente y ofrecerán dinero al gobierno (…) un dinero maldito, que nos fue robado terriblemente por medio de la usura”. Lutero creía en las historias de secuestro y tortura de niños y envenenamiento de pozos por los judíos, crímenes merecedores de la hoguera. “Aconsejo que se les prohíba la usura y se les quiete todo el dinero y las riquezas en plata y oro”. “Sometedlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”.
Las cuestiones planteadas por Lutero giran en torno a la salvación, expresión, a su vez, de una ansiedad propia de la psique humana desde la noche de los tiempos, expuesta de forma peculiar en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y de penalidades que fácilmente se transforman los unos en los otros, parece arbitrario e injusto, falto de sentido, “un laberinto de errores” como decía Pleberio, y el bien y el mal se confunden. Una posibilidad racional sería considerar el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los malvados tendrían el castigo, y los buenos la recompensa que el mundo les negaba. Dado el conjunto de sus puntos de vista, la salvación o condena estaba predestinada y solo Dios podía saber quiénes se salvarían. Un punto de vista arduo de conciliar con la necesidad de predicar el Evangelio, y radicalmente angustioso. Calvino, discípulo de Lutero, encontró cierta salida al señalar unos indicios que permitían al individuo creer en su pertenencia al grupo de los justos: una vida austera y piadosa, y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó gran popularidad y expansión por varios países europeos, en disidencia con el luteranismo puro.
Una dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto resultaba que nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”.
Pero, llevada la teoría a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían tanto como las del mismo Lutero, pues bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso las tendencias disgregadoras en el protestantismo fueron siempre muy potentes, y de ahí las polémicas en las que el esfuerzo de la denostada razón jugaba el papel determinante; y de ahí los organismos e inquisiciones contra los disidentes, para evitar la disolución general.
Pero había más: sobre esas bases, la interpretación de las Escrituras por la Iglesia católica debía ser reconocida tan buena como cualquier otra. Y aunque podía argüirse que muchos la aceptaban no por convicción ni con sinceridad, sino por temor a ser considerado hereje y castigado, lo cierto es que otros muchos lo hacían con plena convicción y un sentimiento de identificación con Dios no menos intenso que el que pudieran exhibir Lutero, Calvino u otros dirigentes protestantes.
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Del “diálogo” con el marxismo al “diálogo” con el protestantismo. Un proceso autodestructivo
**”Cita con la Historia”: la poco edificante evolución de España en la UE: https://www.youtube.com/watch?v=Zb-whkBBsNA
Con esta sesión terminamos la serie de “Historia después del fin de la historia” y comenzamos otra con el tema general de “España en Europa”, partiendo de la actualidad hacia los comienzos, tal como en el libro España contra España. El primer tema de presentación general, será: “¿Qué debe Europa a España?”, y el segundo una cuestión muy rara vez tratada (como la anterior): las dos subcivilizaciones creadas por países europeos, es decir, la española y la inglesa. Después abordaremos “Europa y el franquismo”, y así sucesivamente, retrocediendo en el tiempo.
** Creo que no está aún disponible el video de El gato al agua” sobre La guerra civil y los problemas de la democracia en España. ¿Por qué todos los políticos y partidos se llenan la boca con la palabra democracia? ¿Por qué, a pesar de ello, cada uno entiende la palabra a su manera y ninguno es realmente demócrata? ¿Por qué nuestra democracia está enferma? ¿Qué relación tiene la actual degeneración política con la guerra civil?…
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Algo sobre Lutero (en Nueva historia de España)
Por entonces el papa León X, de la familia Medici –espléndido mecenas y hombre tachado a menudo de corrupto, debido, quizá, más a la suntuosidad y despilfarro de la corte papal que a su conducta privada– estaba empeñado en la construcción de la magna basílica de San Pedro, que absorbía sumas ingentes de dinero, inafrontables para su exhausto tesoro, por lo que recurrió a la masiva venta de indulgencias. Esa venta, juzgaban Lutero y muchos más, explotaba la credulidad y angustia de la gente común, haciendo con ellas un negocio fraudulento y en definitiva sacrílego: solo Dios podía justificar a los pecadores, y el arrepentimiento real excusaba las indulgencias. Además, parte del dinero recaudado solía pegarse a los dedos de los agentes, y muchos obispos y la misma curia romana sufragaban con él su lujoso tren de vida. En la irritación de Lutero subyacía un sentimiento nacionalista alemán que aflora en otras ocasiones: “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros; todos los demás también”; “Los italianos se creen los únicos seres humanos”. O denunciaba que los alemanes daban a Roma 300.000 florines anuales para alimentar a los criados del papa, a su pueblo e incluso a sus bribones y mercaderes; o, como llegaría a clamar en 1520, “¿Por qué no atacamos (…) a toda la horda de la Sodoma romana con todas las armas de que disponemos y nos lavamos las manos en su sangre?”. Sin embargo la cuestión no era un simple pretexto nacionalista, sino que tenía enjundia teológica por sí misma, y Lutero solo buscaba entonces debatir.
No hubo debate. Muchos eclesiásticos y políticos, temiendo por sus intereses, cerraron filas en torno a las indulgencias y amenazaron declarar hereje al agustino. El papa consultó con el cardenal dominico Cayetano, que no vio herejía en las tesis de Wittenberg, pero otros dominicos le persuadieron a presionar a los agustinos para forzar a Lutero a retractarse so pena de procesarle por herejía. Lutero disponía de poderosos apoyos en la nobleza, en algunos eclesiásticos, y en parte de la población. Afirmó estar dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero las Escrituras solían admitir más de una interpretación, y el arreglo fue imposible. A partir de ahí las acciones y reacciones se encadenaron. El emperador Carlos V (y I de España) advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”. Lutero fue excomulgado y pasó a establecer una nueva teología que rompía en puntos clave con la elaborada por la Iglesia en los siglos precedentes, iniciándose una sucesión de tumultos y luchas entre ciudades y países.
Así, Lutero no solo rechazó las indulgencias, sino el mismo purgatorio, atacó la autoridad del pontífice, tratándole de Anticristo, y llevó más allá la línea conciliarista, popular en Alemania, que concedía mayor autoridad a los concilios que al papa: ahora los concilios tampoco significaban nada, porque la relación entre Dios y el cristiano se establecía de modo individual, a través de la libre y personal interpretación de las Escrituras y por medio de la fe, anulando el magisterio de la Iglesia. Solo la fe, don de gracia divina, salvaba al hombre. Como vimos, algunas de estas ideas estaban esbozadas por nominalistas como Occam o Marsilio de Papua en las disputas escolásticas. Para Lutero, el hombre es por naturaleza pecador y corrompido, no puede siquiera apreciar el valor de sus obras piadosas, pues su razón y voluntad están a su vez corrompidas y en cualquier caso no puede penetrar el designio de Dios, solo atenerse a las Escrituras.
¿Cómo puede el hombre saber de su salvación? El tomismo predominante en la Iglesia establecía que junto con la gracia, la razón era un potente medio de comprensión de la voluntad divina y una guía en la práctica religiosa, y que las obras deben acompañar a la fe. Para Lutero, la razón “es la ramera del diablo, que solo calumnia y perjudica las obras de Dios (…) Debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría (…) Es y debe ser ahogada en el bautismo”; aunque, de modo contradictorio, sus controversias son un ejercicio agónico de razonamiento. La fe salvadora se manifestaría en el sentimiento personal de unión con Dios, de ser amado por Dios. Contra Erasmo decía: “¿Quién creerá, preguntas, que Dios le ama? Te respondo: ningún hombre lo creerá ni podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán, los demás perecerán sin creer, entre reproches y blasfemias, como haces tú aquí”; “Nuestra salvación está fuera del alcance de nuestras propias fuerzas e intenciones y depende de la obra de Dios exclusivamente. ¿No sigue de ahí claramente que, cuando Dios no está presente en nosotros con su obra, todo lo que hacemos es malo y necesariamente sin ningún provecho para nuestra salvación?”; “Si Dios obra en nosotros, entonces nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu de Dios, nuevamente quiere y obra [el bien] por pura disposición, propensión, y en forma espontánea”. Las obras humanas, por tanto, no tenían utilidad para la salvación.
En ese contexto cobran sentido frases como “El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. O bien: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y goza en él con mayor intensidad, porque Él vence al pecado y la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos y una tierra nuevos donde more la justicia. Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.
Esta posición destruía el libre albedrío, un punto crucial, sobre todo desde santo Tomás de Aquino, en la doctrina católica, como base de la ética y la responsabilidad personal. Para Lutero, solo Dios sabía y decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o a condenarse. El individuo era libre de interpretar a su gusto las Escrituras pero, paradójicamente, estaba determinado y nada podía hacer contra ese hecho. Esa posición le enfrentó a Erasmo, el cual había sido su amigo y, en parte, inspirador, pero que no quería romper con Roma, sino arbitrar entre las dos posiciones y conciliarlas, pero iba a encontrarse sentado entre dos sillas, acusado de incoherencia desde las dos partes. Contra las tesis de Lutero escribió el tratado De libero arbitrio: si, según Lutero, el hombre no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su total incapacidad de elección moral? Para Erasmo, el hombre puede superar realmente las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas concuerdan al mismo objetivo. La libre voluntad no queda impedida por el hecho de que los designios de Dios sean en gran parte oscuros para la mente humana. Si Jesús llora por una Jerusalén que le rechaza, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia divina, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo y obediencia, como hacen continuamente las Escrituras?
A esto replicó Lutero con De servo arbitrio (“Sobre el arbitrio esclavo”): la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. “El libre albedrío es nada”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación a los ojos de Dios. Lo que cuenta es la gracia manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la convicción clasicista o humanista del hombre como artífice de su destino.
El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y la preeminencia de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo, suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, y los votos monásticos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico: el sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para dar impulso a su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión, y con el mismo fin estableció la misa en dicho idioma.
Comparado con el cisma que había originado la Iglesia u ortodoxa a comienzos de la Edad de Asentamiento, el cisma protestante era mucho más radical. Aunque se presentaba como reforma, era una ruptura revolucionaria con respecto a cuestiones esenciales, dogmáticas, litúrgicas, y de procedimiento. Podría considerarse una nueva religión, salvo por la común inspiración en Cristo y los Evangelios.
En el pasado, otras rebeliones dogmáticas habían sido disueltas o aplastadas con bastante facilidad por el poder del Papado y el de los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero fue protegido por diversos príncipes alemanes (según los católicos, lo hacían para apoderarse impunemente de los bienes eclesiásticos), y llegaría a formarse una poderosa alianza de ellos (la Liga de Smalkalda, de 1532) para afrontar por las armas a los católicos; el emperador Carlos no pudo dedicar todo su esfuerzo a la lucha contra los protestantes, por tener que atender a las guerras con Francia y al peligro turco; la nueva doctrina llegaba a muchas personas por la libertad que otorgaba para interpretar la Biblia y para prescindir de las imposiciones de un clero en buena parte corrompido y escandaloso; además daba pie a un sentimiento nacional alemán opuesto al poder latino de Roma. Por su impacto espiritual y material, el protestantismo se convertiría en unos años en una realidad social expansiva por todo el norte de Europa.
Por ello Lutero fue acusado de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, como le decía Erasmo. Lo cual no le arredraba, pues invocaba en su defensa los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, “trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”. Esta actitud contrariaba el anhelo de paz entre cristianos, sentido por Erasmo, Vives y tantos otros, a quienes advertía “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. El emperador Carlos había declarado: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”. Y ciertamente los protestantes provocarían durante casi dos siglos guerras, matanzas y derrocamientos en la Cristiandad, cosa sentida principalmente por los españoles, que llevaban al mismo tiempo el peso de la lucha contra la superpotencia turca y la piratería berberisca, con las que se aliaban y colaboraban a menudo los protestantes.
Esta resolución no dejó de flaquear en ocasiones, dados ciertos efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). Bastante se ve cómo el pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor de lo que era bajo el papismo”. No obstante, su determinación persistía: “¿Quién se habría puesto a predicar, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, hay que tener buen ánimo contra la mala fortuna”.
Uno de los problemas fue, en 1524-5, la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates y que exigían mejoras políticas y económicas, y que encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderes civiles y propugnaba la destrucción de las jerarquías sociales (“Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”). El movimiento se hizo masivo, mayor que otras revueltas campesinas típicas de los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la abolición de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.
Lutero se vio en un dilema, porque muchos campesinos eran seguidores suyos, pero él dependía de la protección de los nobles. Vaciló, pero finalmente lanzó terribles maldiciones contra los rebeldes cuando ya se vislumbraba su derrota. Los campesinos realizaban una “obra diabólica”, traicionaban el juramente de fidelidad y obediencia a sus señores, “matan y saquean y pretenden justificar con el Evangelio tan horrendos crímenes”. “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común (…) No debe de quedar un demonio en el infierno, sino que todos han entrado en los campesinos”. Por tanto, “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”, “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El aplastamiento de la rebelión costó un baño de sangre, quizá hasta cien mil muertos.
También consideraba la brujería como una realidad eficaz y promovía la persecución y quema de brujas. Sus diatribas antihebraicas no eran menos radicales en su libro Contra las mentiras de los judíos, y vale la pena exponerlas con alguna extensión, como muestra de un discurso que llegaría hasta hoy. Los judíos, “blasfemos desvergonzados”, injuriaban a Jesús y trataban de prostituta a su madre, “tienen creencias falsas y están poseídos de todos los demonios”, “se vanaglorian de ser los más nobles”, el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo: “No han aprendido ninguna lección de sus terribles desdichas durante más de 1.400 años de exilio”. Ello probaba su contumacia, de modo que “No me propongo convertir a los judíos, porque eso es imposible”, son “engendros de víboras, hijos del demonio, el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”. “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene, pueden irse cuando quieran. Ellos, archiladrones, nos tienen cautivos con su usura”. “Si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora”. Por lo tanto proponía quemar sus sinagogas, quitarles todos sus libros religiosos, prohibirles bajo pena de muerte alabar a Dios o invocar su nombre, pues en sus labios es blasfemia: “Nadie sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos”.
Pero, ¿qué sucedería si se aplicasen estos castigos? Que los hebreos seguirían en las mismas, secretamente, de modo que el obstáculo debía salvarse así: “Si queremos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos alcanzados por su culpa, debemos alejarlos, expulsarlos de nuestro país. Pero como se resisten a marchar, negarán todo descaradamente y ofrecerán dinero al gobierno (…) un dinero maldito, que nos fue robado terriblemente por medio de la usura”. Lutero creía en las historias de secuestro y tortura de niños y envenenamiento de pozos por los judíos, crímenes merecedores de la hoguera. “Aconsejo que se les prohíba la usura y se les quiete todo el dinero y las riquezas en plata y oro”. “Sometedlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”.
Las cuestiones planteadas por Lutero giran en torno a la salvación, expresión, a su vez, de una ansiedad propia de la psique humana desde la noche de los tiempos, expuesta de forma peculiar en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y de penalidades que fácilmente se transforman los unos en los otros, parece arbitrario e injusto, falto de sentido, “un laberinto de errores” como decía Pleberio, y el bien y el mal se confunden. Una posibilidad racional sería considerar el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los malvados tendrían el castigo, y los buenos la recompensa que el mundo les negaba. Dado el conjunto de sus puntos de vista, la salvación o condena estaba predestinada y solo Dios podía saber quiénes se salvarían. Un punto de vista arduo de conciliar con la necesidad de predicar el Evangelio, y radicalmente angustioso. Calvino, discípulo de Lutero, encontró cierta salida al señalar unos indicios que permitían al individuo creer en su pertenencia al grupo de los justos: una vida austera y piadosa, y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó gran popularidad y expansión por varios países europeos, en disidencia con el luteranismo puro.
Una dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto resultaba que nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”.
Pero, llevada la teoría a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían tanto como las del mismo Lutero, pues bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso las tendencias disgregadoras en el protestantismo fueron siempre muy potentes, y de ahí las polémicas en las que el esfuerzo de la denostada razón jugaba el papel determinante; y de ahí los organismos e inquisiciones contra los disidentes, para evitar la disolución general.
Pero había más: sobre esas bases, la interpretación de las Escrituras por la Iglesia católica debía ser reconocida tan buena como cualquier otra. Y aunque podía argüirse que muchos la aceptaban no por convicción ni con sinceridad, sino por temor a ser considerado hereje y castigado, lo cierto es que otros muchos lo hacían con plena convicción y un sentimiento de identificación con Dios no menos intenso que el que pudieran exhibir Lutero, Calvino u otros dirigentes protestantes.
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¿Merece subsistir el PSOE?
** Este domingo en “Cita con la Historia”, segundo capítulo de “ESpaña en el fin de la historia”. www.citaconlahistoria.es
**”Cita con la Historia” es un programa dedicado a desenmascarar el discurso histórico-ideológico de izdas y separatistas. Difúndelo y apóyalo. Campaña 300×20: BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346
**Vienes en “El gato al agua” hablaré de “La guerra civil ylos problemas de la democracia”.
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Cuando vi la sonrisa de Pedro Sánchez al ser nombrado máximo gerifalte del PSOE, me dije: “Este tío puede hundir al PSOE”. En tuíter hay constancia de mi impresión. No lo dije como reproche, advertí desde el primer momento que si lo conseguía merecería una estatua por suscripción popular. ¡Echar abajo el PSOE! ¡Eso no lo hace cualquiera! En los últimos tiempos he brindado muchas veces por Sánchez. No le han dejado ocasión de rematar la faena, pero todavía hay esperanzas.
En cambio leo u oigo a numerosos zascandiles e ignaros periodistas y políticos lamentarse de que un partido con más de 130 años de existencia pueda venirse abajo. ¡Pues por eso mismo! Son ya demasiados años de estar perjudicando al país. Que acabe de una vez. Se lamentan muchos de que el sustituto será aún más radical, es decir, Podemos. Pero se olvida que el auge de Podemos es el resultado de cuatro años de mayoría absoluta del PP y de la demagogia sostenida del PSOE desde la transición. Para el PP, Podemos ha sido una tabla de salvación, pue antes de su auge estaba perdiendo votos a chorros, por lo que le ha prodigado los mayores cuidados y ventajas. Apoyos que ha negado, en cambio a empresas como Intereconomía o a partidos como VOX. En definitiva, el Iglesias y compañía simplemente se han creído la demagogia tradicional del PSOE, que este, desde Felipe González, utilizaba para conseguir puestos políticos sin creer poco ni mucho en ella. Como por otro lado ocurre con Rajoy. Cada uno ha estado engañando a un amplio electorado año tras año, y hasta ahora les ha ido bien. Hasta ahora.
En el PSOE han terminado por existir dos partidos: los “asilvestrados” que se creían la propaganda demagógica del PSOE, incluido el “no pasarán” y el “si gana la derecha, me exilio”, y el de los más cínicos, aunque en este caso algo más moderados, conscientes de que se trataba de pura retórica. Solo que una retórica muy peligrosa, como se está viendo. De hecho, el sector cínico, el que ha defenestrado a Sánchez, podría muy bien pedir el ingreso en el PP, ya que este ha degenerado en una continuidad de Zapatero, más bien que de Aznar.
A su vez, en el PP existen dos partidos: el de los zapateristas, también llamado por alguno “pijoprogres” y el de los que podríamos llamar conservadores, patriotas o algo así. Los primeros son osados, maniobreros e impositivos, y los segundos, carentes de un discurso articulado, resultan increíblemente timoratos y pusilánimes, y se han dejado expulsar de los puestos de influencia. Lo mismo cabe decir de sus votantes, la mayoría de los cuales, con la ilusión del “voto útil” y del “mal menor”, han respaldado la tercera legislatura de Zapatero y se aprestan a respaldar la cuarta. Es probable que la crisis, esperemos que terminal, del PSOE, permita al PP disimular lo que los marxistas llaman “contradicciones internas”, pero es posible también que a continuación de la crisis socialista venga la del PP.
Esta situación debe relacionarse con la que muy sucintamente he señalado en un blog anterior: “La destrucción del Estado de derecho en España”. A él me remito.
Enrique Domínguez ha expuesto en una serie de estudios la trayectoria del PSOE desde su fundación, y por mi parte le he dedicado algunos trabajos. He aquí algunos de sus hitos:
–El PSOE adoptó desde el principio la teoría de la lucha de clases y de la dictadura “del proletariado”, es decir, del propio PSOE.
– Durante el régimen liberal de la Restauración, en el que nació y que le permitió organizarse, hacer propaganda, conseguir concejales y diputados, el PSOE justificó el asesinato de enemigos políticos (de Maura, en concreto), apoyó al terrorismo anarquista, compinchándose con él y practicándolo en la intentona revolucionaria de 1917. Luego hizo una demagogia desenfrenada explotando los sucesos de Annual, todo lo cual derrumbó al régimen y abrió paso a la dictadura, por lo demás muy poco dura y muy benéfica, de Primo de Rivera.
–En la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE y especialmente su UGT se mostraron muy colaboradores, con el fin de desplazar la influencia anarquista. Este hecho es visto en la tradición socialista como algo lamentable, que intentan borrar de su historia, pero realmente fue ela única etapa en que el partido adoptó una política razonable y civilizada.
–Cuando se acabó la dictadura de Primo, el PSOE participó con los republicanos de izquierda y los separatistas en el golpe militar que debía traer la república, a finales de 1930, y que fracasó. Posteriormente aprovecharon el autogolpe de la monarquía para entrar en el gobierno republicano.
–La coalición de republicanos de izquierda y socialistas en el primer bienio republicano resultó tan desastrosa, desorganizada y violenta, que en noviembre del 1933, la derecha ganó las elecciones por amplia mayoría. La respuesta de los separatistas catalanes fue declararse “en pie de guerra”; la de los republicanos de izquierda, con Azaña al frente, intentar golpes de estado, frustrados; la del PSOE preparar la insurrección armada para imponer la dictadura del Psoletariado; y la del PNV colaborar con todos ellos en maniobras desestabilizadoras en verano de 1934.
– En octubre de 1934, el PSOE se lanzó por fin a la insurrección armada, planteada precisa y textualmente como guerra civil y en compañía de los separatistas catalanes, los comunistas, parte de los anarquistas y con apoyo declarativo de los republicanos de izquierda . Lo he investigado y documentado a fondo en Los orígenes de la guerra civil. El resultado fueron 1.300 muertos y enormes destrucciones, incluidas bibliotecas y joyas histórico-artísticas.
–El fracaso de aquel asalto a la legalidad republicana no varió en lo esencial las ideas y estrategia socialistas. Su reacción principal fue volver a la alianza con los republicanos de izquierda para crear el Frente Popular junto con los comunistas y otros, en el que participaron de hecho, aunque no de derecho, los separatistas catalanes. El resultado fueron las elecciones de febrero de 1936, con un alto índice de violencia y fraude, y la demolición sistemática y sangrienta (unos 300 muertos), de la legalidad republicana en los cinco meses que siguieron, hasta el alzamiento militar-cívico de julio del 36. El asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo, fue también obra del PSOE.
–Durante la guerra, el PSOE convirtió al Frente Popular en rehén de Stalin al entregarle ilegalmente el oro del Banco de España, que permitió al soviético dominar la venta de armas y por tanto el destino del propio Frente Popular. Con otras cantidades de dinero, el PSOE instaló una gran corrupción en la compra de armas en diversos países. Asimismo creó numerosas chekas que se dedicaron a asesinar, torturar y robar a miles de derechistas, participó muy activamente en una de las más sangrientas y sádicas persecuciones religiosas de la historia, y desde el principio organizó el expolio sistemático de bienes privados y del tesoro histórico-artístico español, que daría lugar a una célebre polémica entre Negrín y Prieto (Ver Los mitos de la guerra civil, cap. 27).
– Después de la guerra, el PSOE tuvo la decencia, aunque involuntaria y al contrario que los comunistas, de caer en la pasividad y no estorbar apenas la reconstrucción del país y su desarrollo.
–Con la transición, el PSOE, que apenas existía y se había refundado con beneplácito del franquismo, salió a la palestra con gran radicalismo: autodeterminación, economía autogestionaria, ruptura, república, marxismo, etc. De haber tenido fuerza suficiente habrían vuelto a crear un caos en España. Afortunadamente su extrema debilidad le obligó a dejar todo aquello en retórica y aceptar una transición más razonable.
–Desde entonces, el PSOE, ya que no ha podido asaltar el poder como durante la república, pero lo ha corrompido de muchas formas, no solo económica, ayudado por la ignorancia histórica y el oportunismo de la derecha. Desde la incautación de Rumasa hasta la operación de salvamento de la ETA por Zapatero, la ley de “memoria” histórica o las leyes de género, no han cesado de socavar y corroer el estado de derecho, hoy prácticamente inexistente.
Todo esto muy, muy en resumen. Se dirá que alguna cosa buena habrán hecho. Es verdad, algunas cosas buenas han hecho. Pero lo que importa es el balance, y este, aun teniendo en cuenta algunas iniciativas positivas, no puede ser más nefasto: corrupción, demagogia, hispanofobia, alianza con los separatismos, simpatías y colaboración con el terrorismo, etc. Todo lo cual deriva de unas ideologías difusas pero en todo caso falsas. Algo sobre lo que harían bien en reflexionar los propios socialistas y más aún unas derechas ignorantes voluntarias de la historia y creídas de que “la economía lo es todo”.
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