En “Cita con la Historia”, sobre el mesianismo ruso y soviético, y la evolución tras la caída de la URSS: https://www.youtube.com/watch?v=3d7g0KLIf_8
“Cita con la Historia” es el único programa orientado contra la sistemática falsificación del pasado por los totalitarios de la “memoria histórica”. La tarea no solo es necesaria, es también urgente. Que el programa rompa los muros del gueto del silencio y llegue ampliamnte a la gente, en especial a la universidad, puede conseguirse si nuestros oyentes colaboran con él difundiéndolo en las redes y entre sus círculos de conocidos, y sosteniéndolo económicamente en la “Campaña 300 por 20″: trescientos seguidores que encarguen a su banco la aportación mensual de 20 euros.
**”Las cuestiones básicas de la guerra civil están perfectamente aclaradas en el plano intelectual, aunque no en el plano popular. La cuestión, a estas alturas, solo puede tratarse relacionando aquel pasado con la actualidad. Es lo que he reido hacer con el libro La Guerra Civil y los problemas de la democracia en España.
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Puede definirse como un mesianismo democrático combinado con expansionismo económico y militar por América y por todo el mundo, aunque, generalmente, sin anexionarse a otros países al modo del colonialismo o el imperialismo clásicos. En la II Guerra Mundial, Usa ayudó a librar a Europa del totalitarismo nazi, para lo que necesitó aliarse con el totalitarismo soviético, algo inevitable, pero libró a Europa occidental de uno y otro. Es probablemente el mayor servicio que ha hecho a la causa de la democracia en el mundo, aunque desde luego no siempre fue así. Cabe señalar que fue también el único país participante en la guerra mundial que salió de ella mucho más próspero, habiendo superado la Gran Depresión comenzada en 1929. Inglaterra, en cambio, salió quebrada y endeudada hasta las cejas, aunque Usa le condonó las deudas a cambio que de Inglaterra abriese sus posesiones al comercio e inversiones useñas, creando así cierta dependencia. Así, Usa se hizo con el control del petróleo de Oriente Próximo, antes en manos inglesas, por ejemplo.
Lo anterior nos permitirá entender lo que ha venido ocurriendo desde la caída del Imperio soviético. Como es sabido, la II Guerra Mundial, en la que soviéticos, useños e ingleses fueron juntos, fue sucedida por la Guerra Fría, en la que los antiguos aliados compitieron por imponer su sistema por todo el mundo, evitando el enfrentamiento directo, que habría provocado una destrucción mutua. La guerra fría se compuso de golpes de estado, intervenciones militares, revoluciones, carreras de armamentos, etc. por gran parte del mundo. Cuando la Unión Soviética se vino abajo por su atraso científico y tecnológico en relación con Usa, y por su incapacidad de reformarse, quedó Usa como única superpotencia mundial. Ello debía provocar la imitación de su sistema político por todos los países, y para asegurarse de que fuera así, la fuerza militar useña superaba a todas las demás fuerzas militares juntas, y la OTAN, creada contra el expansionismo soviético, se mantuvo intacta ante posibles nuevos desafíos. De este doble hecho, la victoria política del sistema useño y su enorme superioridad militar, surgía la idea del fin de la historia expuesta por Fukuyama, en el sentido de que las guerras serían cada vez más imposibles, debido por una parte a la atracción de la democracia liberal y por otra a la amenaza militar contra quienes pudieran resistirse.
La política señalada recibió un rudo golpe con la guerra de Vietnam, que desmoralizó al país por bastantes años. No fue hasta la llegada de Ronald Reagan al poder, en 1981, cuando la antigua política fue reanudad con creciente ímpetu. Mediante la CIA y ocasionalmente mediante los marines, se propiciaron golpes de estado e intervenciones contra regímenes izquierdistas o de tendencia comunista, como el de Nicaragua, reimpulsó la carrera armamentística con la URSS y una actitud dura ante cualquier desafío, como en Libia y en otros lugares, como la isla de Granada o el derrocamiento de Noriega en Panamá. No todas las operaciones le salieron bien, pues en 1983 los marines desplegados en Beirut sufrieron un atentado que mató de un golpe a 241 de ellos, además de a 58 paracaidistas franceses. Como consecuencia, los dos países tuvieron que retirar su presencia militar del país.
Pero el enemigo principal era la URSS, y Reagan aplicó a fondo la doctrina de los derechos humanos para doblegar la ideología igualitaria comunista, insistiendo a Gorbachof, el entonces líder soviético, a derribar el muro de Berlín, que por sí solo constituía un ejemplo práctico de lo que significaba un régimen soviético. Todo ello contribuyó a la caída de la Unión Soviética en 1991. También debe señalarse la influencia del papa Juan Pablo II, que rectificó la política eclesiástica de “diálogo con los marxistas” y de tendencias llamadas progresistas y filocomunistas que estaban despoblando seminarios y arruinando a las órdenes religiosas. Su visita a Polonia en 1979 desató una creciente movilización popular que debilitó fuertemente la dictadura soviética, abriendo una brecha en su sistema de estados satélites.
Como decimos, a partir del derrumbe de la URSS, pareció que el mundo solo podía avanzar en una dirección, y de modo abierto o implícito, Usa prosiguió con sus injerencias y negación de la soberanía de otros países, con amenazas de “volver a la edad de piedra”, mediante bombardeos, a quienes no obedecieran, expresión ya utilizada en Vietnam, y vuelta a emplear en relación con Afganistán y Pakistán. Rusia quedó por una buena temporada fuera de combate a todos los efectos, sumida en graves problemas internos. Mientras, Japón, aunque una democracia homologable a las occidentales, se estancaba económicamente después de décadas de crecimiento espectacular. China, en cambio, ha venido creciendo a unas tasas casi nunca vistas una vez abandonó la economía de Mao, aunque no el monopolio del poder por el Partido Comunista.
Las intervenciones militares se planteaban a veces como misiones de paz o humanitarias, como la de Somalia, en 1993, que terminó asimismo en retirada ante el terrorismo de los cabecillas militares que se repartían el país, y la hostilidad de la población.
Pero sin duda los hechos más instructivos y a gran escala fueron las dos guerras de Irak, la de Afganistán, y las llamadas “primaveras árabes” en los últimos años y la guerra civil en Siria.
La primera guerra de Irak o del Golfo, en 1991, fue precedida por otra entre Irak e Irán desde 1980 a 1988. Irán era un país integrista islámico (chiíta) que fomentaba las corrientes más fundamentalistas, mientras que el régimen de Sadam Husein en Irak era más o menos laico, con bastante libertad para los cristianos. Se dieron cosas como la venta de armamento useño a Irán, pese a estar prohibido, para con sus ganancias financiar movimientos contra el gobierno comunistoide de Nicaragua, un maquiavelismo que causó gran escándalo en Usa. En general, Usa, Francia y la URSS ayudaron a Irak, que también empleó armas químicas, prohibidas, que le vendieron Usa y Alemania. Después de entre medio millón y un millón de muertos, la contienda terminó sin vencedor. De aquella guerra, Irak salió muy endeudado, y en 1991 invadió Kuwait para hacerse con sus pozos petrolíferos. Sadam Husein alegaba que Kuwait era una provincia irakí, segregada por el imperialismo inglés después de la I Guerra Mundial, en su política de repartirse el territorio árabe con Francia, y que Kuwait estaba robando petróleo que pertenecía a yacimientos irakíes. Tras unas vacilaciones, el gobierno de Usa decidió atacar a Irak asegurándose el respaldo de la ONU y capitaneando una coalición de 34 países, entre ellos España. Aunque Irak poseía un potente ejército convencional, la superioridad técnica de Usa era tan absolutamente aplastante que la guerra propiamente dicha duró poco más de un mes, y el ejército irakí fue literalmente aplastado.
Terminada la guerra, Sadam permaneció en el poder, pero durante diez años Irak fue sometido a un embargo que empobreció a la población, y las aviaciones useña e inglesa siguieron realizando ocasionalmente bombardeos sobre objetivos militares y económicos. Se suponía que la lección serviría para que otros países se guardasen de alterar el orden internacional como había hecho Husein al invadir Kuwait, pero no al invadir Irán. El gobierno de Bush padre recibió fuertes críticas al ser acusado de no haber completado la operación derrocando a Sadam.
Entre tanto, en Europa se producía, en Yugoslavia una larga guerra en la que Usa y la OTAN intervinieron, en 1995 y 1999, para asegurar la desmembración del país en seis nuevos estados y finalmente en siete, uno de ellos musulmán y otro albanés, aplastando el hegemonismo de Serbia, que resultò la gran perdedora.
Y el 11 de septiembre de 2001 terroristas islámicos destruyeron las torres gemelas en Nueva York, símbolos del poderío useño. La represalia de Usa consistió en invadir Afganistán, que después de la expulsión de la URSS había caído en poder de los talibanes, a quienes había ayudado Usa contra los soviéticos, y donde residía Ben Laden, considerado el cerebro del atentado de Nueva York y fundador del grupo terrorista Al Qaeda. Se repitió lo sucedido en Irak y en Yugoslavia, con participación de la OTAN, y los talibanes fueron derrocados con gran rapidez, aunque Ben Laden logró escapar. Parecía confirmarse la teoría: quienes alterasen la paz y el orden internacional, si perjudicaban a Usa, serían drástica e irremisiblemente castigados por una fuerza militar sin parangón en la historia, respaldada por la ONU y la OTAN.
Y en la misma estela, en 2003, once años después de la primera guerra de Irak, Usa decidió rematar la faena derrocando a Sadam Husein. Para ello lo acusó de almacenar armas de destrucción masiva. La acusación tenía todo el aspecto de constituir un pretexto, pues las instalaciones militares y administrativas de Irak estaban sometidas a permanente control de enviados de la ONU, y después de la guerra nunca se encontraron tales armas. Esta segunda invasión de Irak resultó militarmente más fácil que la primera, pero políticamente encontró un fuerte rechazo popular en Europa, orquestado sobre todo por unas izquierdas que en España y otros países siempre habían tenido vertiente totalitaria, lo que en parte lo desacreditaba. Muchos gobiernos se desentendieron, aunque algunos, entre ellos el español, apoyaron la intervención. Aunque se ha dicho que el objetivo era hacerse con el petróleo irakí, se trataba fundamentalmente de imponer una democracia de estilo occidental en Irak, mediante un período de ocupación militar. Se esperaba que un régimen así trajese mayor prosperidad y libertad a la población, atrajese a otros países de la zona, frenase el auge de los terrorismos y del islamismo radical y constituyese un seguro para Israel. Frente a quienes alegaban que aquellas poblaciones nunca habían vivido en democracia al estilo occidental, ni la deseaban, ni su cultura parecía compatible, la doctrina era que los mismos problemas habían existido en Alemania y en Japón después de la guerra mundial, y sin embargo se había logrado asentar allí democracias bastante homologables a la useña o a la inglesa.
Sin embargo, allí fracasó toda la estrategia. La resistencia a las tropas de ocupación convirtió una fácil victoria tecnológica en una guerra prolongada, muy costosa, con un chorreo de muertos useños que la opinión pública aceptaba cada vez menos. Y las disputas y el terrorismo entre las propias facciones musulmanas y la corrupción de los gobiernos, volvió la situación ingobernable. Finalmente, Usa tiró la toalla, después de perder grandes cantidades de dinero y un número significativo de soldados. Con Sadam Husein, el islamismo radical prácticamente no existía en Irak, pero después el país se convirtió en un foco de fundamentalismo y yijadismo, parte de él en la forma de un Estado islámico increíblemente cruel y sanguinario. Y en Afganistán ocurrió un proceso muy semejante: las fuerzas de ocupación no han conseguido controlar el país, los talibanes se sostienen en varias regiones, y hablar de democracia suena a broma. Previsiblemente el poder vuelva de nuevo a manos de quienes fueron derrotados con tanta facilidad inicial. La enorme superioridad militar useña y de sus ayudantes de la OTAN ha demostrado servir de muy poco frente a otros tipos de guerra, como ya había ocurrido en Vietnam y los soviéticos habían sufrido antes en Afganistán. Se ha criticado a Obama por anunciar plazos de retirada, pero no parece que pueda lograrse nada alargando la sangría económica y también de muertos, sin perspectivas de arreglo.
Como alternativa a la invasión directa, entre 2010 y 2013, el mesianismo democrático de Usa y la UE decidió apoyar y valerse de supuestos movimientos democráticos en varios países árabes para derribar a gobiernos dictatoriales, pero en la mayoría de los casos no fundamentalistas ni antioccidentales, de modo que fueran ellos mismos, respaldados por dinero y armas cuando fuera preciso, los que transformaran en democracias a varios de aquellos países. La técnica consistió en fomentar manifestaciones en lugares públicos que concitasen la atención de todos los medios del mundo, hasta que los gobiernos cayesen. El primer caso fue Túnez, que en realidad era el país más parecido a una democracia en el norte de África, pero el gobierno, fue acusado de corrupto.
A imitación de Túnez, en Egipto salieron a la calle decenas de miles de personas (en un país de 90 millones de habitantes) contra el gobierno de Mubarak, pro occidental y en relaciones aceptables con Israel. Se suponía que la democratización mejoraría aún más las cosas. Todos los medios occidentales se volcaron en atacar a Mubarak y ensalzar a los manifestantes, presentándolos como demócratas y denunciando la represión contra ellos. Y efectivamente, el gobierno cayó y hubo elecciones libres… que dieron la victoria a los Hermanos Musulmanes, un movimiento integrista. El susto en todo occidente fue mayúsculo, y para evitar un nuevo Irán, esta vez sunní, los militares dieron un golpe de estado e impusieron su dictadura, esta vez aceptada con complacencia por Usa y la UE. Aún peor fue lo ocurrido en Libia, un país muy próspero en que su dictador, el iluminado Gadafi, había dejado de representar un peligro para Occidente desde hacía tiempo, y que incluso parece haber contribuido a financiar a partidos conservadores como el de Sarkozy en Francia. Allí la “democratización” fue más difícil, y para evitar que “el pueblo” fuera vencido por Gadafi, la OTAN, con participación una vez más de España, se dedicó a apoyar con aviones a los rebeldes y paralizar a un gobierno reconocido internacionalmente, hasta culminar en la tortura y asesinato de Gadafi, uno de los episodios más miserables y sórdidos de la operación “primaveras árabes”, por así llamarla.
La técnica fue en todos los casos la misma: de repente los medios y los políticos useños y de la UE descubrían que tal o cual gobernante árabe era un dictador horrible, incluso un genocida, que robaba y mataba a su propio pueblo y encarcelaba y torturaba a los demócratas. Se creaba así, manipulándola, una opinión pública favorable en último caso, como en el de Gadafi, a intervenir en los asuntos internos del país en cuestión haciendo trizas su soberanía.
El penúltimo episodio ha sido el de Siria. De nuevo los periodistas y los políticos empezaron a rasgarse las vestiduras por la crueldad dictatorial del gobierno de Al Asad,
Aparecieron de pronto unos manifestantes venidos muchos de ellos de Irak y otros países, según denunciaba una monja que llevaba muchos años viviendo allí, y sobre ellos se volcaron los medios afirmando, contra toda evidencia, que se trataba de manifestaciones pacíficas. Y así se ha creado una monstruosa guerra civil, donde el Estado islámico, con complicidades occidentales y de Turquía, ha ocupado extensos territorios. Ha sido Rusia la primera potencia en atacar abiertamente a los rebeldes y al estado islámico, y lo ha hecho además legalmente, a petición de un estado soberano. Las acciones llevadas a cabo por países de la UE, por Turquía y por Usa son claramente ilegales, una invasión mal disimulada. Un resultado de todo ello son las oleadas de refugiados e inmigrantes islámicos a la UE, que están provocando serias crisis políticas en Europa. Además, estas injerencias y agresiones son vistas en esos países como nuevas formas de colonialismo o imperialismo bajo disfraz democrático.
¿Quiénes ganan y quiénes pierden? En conjunto van perdiendo los occidentales e Israel, por sus propias culpas. Israel, en particular, ha perdido dos apoyos muy importantes, Egipto y Turquía, que se está islamizando a buen ritmo. Han perdido también los cristianos, que en toda la región están siendo expulsados cuando no masacrados, y de los que ni Usa ni la UE se acuerdan. Van ganando el terrorismo y el yijadismo, pero sobre todo se ha creado una situación caótica e inestable de salida muy incierta, en la que los mesianismos democráticos de Usa y la UE, naturalmente subrayados por intereses económicos, han desempeñado un papel nefasto. De ahí que algunas voces clamen por no hacer nada decisivo contra el Estado islámico y grupos similares porque consideran que todas las facciones musulmanas en pugna son igual de perjudiciales, y si se matan entre ellas, mejor. Es un maquiavelismo sumamente peligroso, como todos los maquiavelismos. Como decíamos en la reciente sesión sobre el resurgimiento del ímpetu islamista, el mundo musulmán vuelve a ser un peligro para una Europa que en gran medida ha dejado de ser cristiana, pero a la que los musulmanes insisten en calificar de tal.
Y también ha perdido España, que desde hace mucho tiempo carece de política exterior, supeditándose a la de Usa y tratando al mismo tiempo de entregar su soberanía a la burocracia de Bruselas. Como se recordará, durante el siglo XX España mantuvo una política exterior neutralistas, similar en eso a la de Suecia o Suiza, y que ha sido extraordinariamente beneficiosa para el país. Esa política cambió por la guerra fría, porque en caso de guerra caliente en Europa no sería respetada por nadie y porque era preciso contribuir al esfuerzo común contra el comunismo. Pero una vez caída la Unión Soviética, la mejor política para España solo podría ser la vuelta a la neutralidad. Con motivo de la segunda guerra de Irak, Aznar convirtió a España en un peón de Usa, cuando nuestros intereses no estaban afectados. Importa señalar alguna de las consecuencias: el mayor atentado de nuestra historia, el ll de marzo de 2004. No en el sentido de que lo perpetrasen los islamistas, que eso es dudoso, sino en el de que la izquierda y los separatistas lo presentaron como una venganza que solapadamente justificaban por la participación española en aquella guerra, aunque no hubiera sido una participación militar directa. Esta versión aun siendo perfectamente infundada, pareció lógica a mucha gente, y va relacionada con una extensa simpatía, en España, hacia los musulmanes y palestinos. Sin duda aquella manipulación, que el gobierno del PP no estaba en condiciones de desmentir, ayudó a la victoria de Zapatero. Y la victoria de Zapatero ha resultado en los mayores ataques a la democracia y a la unidad de España desde la transición. No sabemos quiénes realizaron el atentado, que según la sentencia no tuvo nada que ver con Al Qaida y similares. Pero sabemos a quiénes benefició, o quiénes sacaron tajada de él: el PSOE, los separatistas catalanes y vascos, y la ETA, que de estar al borde del abismo pasó a ser obsequiada con legalidad, dinero público y otras muchas ventajas.
En España es tradicional la desatención a la política exterior, a la que los gobiernos han renunciado hace tiempo. Pero vemos cómo lo que pasa en el mundo repercute sobre nosotros, lo queramos o no.
Volviendo al asunto inicial: ¿debemos considerar esta serie de guerras y conflictos violentos como un fracaso de la teoría del fin de la historia o como incidentes pasajeros, en una tendencia general hacia la paz perpetua? Creo que considerarlos de un modo u otro depende más de la voluntad o los prejuicios de cada cual que de un cálculo racional. Sí puede afirmarse que, al menos desde la Paz de Westfalia que terminó con la Guerra de los treinta años, a mediados del siglo XVII, se han sucedido unos acuerdos tras otros que debían garantizar la paz perpetua basada en el desarrollo económico y comercial, y con ella el fin de la historia, lo que nunca ha ocurrido.