El Hombre como dios precario

Blog I La significación histórica del 18 de julio: http://gaceta.es/pio-moa/significacion-historica-18-julio-14072016-1231

**Cita con la historia: ¿Entró Europa en decadencia a partir de la II Guerra Mundial?: http://gaceta.es/pio-moa/significacion-historica-18-julio-14072016-1231

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Los siglos XIX y XX podrían ser llamados “de las ideologías”, brotadas de la Ilustración. A las modalidades liberal, marxista, anarquista o nihilista se sumarían en la primera mitad del siglo XX los dos fascismos, el italiano y el alemán. El término “ideología” se ha usado en varios sentidos, como el de Marx, o como filosofías degradadas aptas para movilizar al vulgo; aquí le doy el de concepciones del mundo con directa proyección política, basadas en la razón (o en el culto a la razón) y excluyentes de la fe religiosa. Ideología, por tanto, se opone a religión, en principio.  Pero, como ya hemos indicado, la consecuencia del culto a la razón es una especie de divinización del Hombre, dueño de tal instrumento todopoderoso, que le permite percibir, por ejemplo, cómo ha sido capaz de construir las divinidades a su imagen y semejanza, en lugar de la ilusoria versión contraria: es el Hombre quien crea a Dios, y no a la inversa, y por tanto puede prescindir de él.

    En Antígona, Sófocles hace decir al coro: “Muchos son los misterios (o las maravillas, o las cosas asombrosas), pero nada más misterioso que el hombre. Él  cruza el espumoso mar con borrascoso ábrego  y lo surca bajo las amenazantes olas que braman a su alrededor. Y a la tierra, la más venerable de los dioses, inagotable e infatigable,  la va fatigando con el ir y venir de los arados un año y otro (…) Él se ha procurado el lenguaje y los alados pensamientos y las normas que ponen orden a las ciudades (…).  No hay suceso al que se enfrente sin encontrar soluciones, solo al Hades no podrá escapar, pero ya concibe medios de escapar a enfermedades antes incurables.  Pero aun con tal ingenio y recursos, unas veces resbala hacia el mal, otras se desliza  al bien…”. Si quisiéramos buscar la diferencia más profunda entre ideología y religión, la encontraríamos en la inclinación de la primera a suprimir la última frase del discurso, la moral, y sustituirla por las habilidades de la razón.

    Aún se percibe mejor en el mito del pecado original. La ideología desdeña el mito por irrazonable: ¿cómo puede un niño nacer con pecado, por culpa de Adán y Eva?  Pero el pecado original describe muy bien la condición humana que describe el paso de la inocencia del instinto animal al mundo moral, donde se mueve forzosamente sin dominarlo jamás, sin entenderlo del todo; tema  desarrollado en el libro de Job y en general a lo largo de la Biblia y el Evangelio. Negar el pecado original, la culpa, prometer la vuelta al paraíso  de una libertad sin consecuencias ni responsabilidad, viene a ser la aspiración profunda de las ideologías, y de ahí su intensa sugestión.

  Gran parte del siglo XIX transcurrió, estética y políticamente, bajo el signo del romanticismo y los llamados posromanticismos. Al igual  que los movimientos anteriores que habían conformado Europa desde la Edad de las invasiones, implicó una concepción de la vida extendida al arte y la política; y aunque podría presentarse como contrario a la razón y la ciencia, no obstaculizó a estas pues aquel siglo marcó un apogeo de la técnica y de la ciencia o de un modo de concebir esta. Más bien expresa cierto predominio del sentimiento dentro de la tensión entre este y la razón que caracteriza la evolución europea y que alterna el peso de una y otro, sin eliminar a ninguno. Goethe, que participó en su gestación, terminaría definiendo el clasicismo como lo sano y el romanticismo como lo enfermo, pero este resultó inmensamente creativo en música, pintura y literatura, y también en política.

     Existe un fondo común entre clasicismo y romanticismo: el culto al Hombre como una especie de nueva divinidad. Dentro de ello, el clasicismo ilustrado es generalista, exalta la razón, esperando que esta lleve a verdades inconcusas y universales sobre el mundo, la vida y el destino humano e imponga la lógica sumisión de la humanidad a ellas. El romanticismo, en cambio,  exalta en el hombre lo individual y particular, el sentimiento, una libertad y creatividad ilimitadas. En sus extremos,  así como el racionalismo lleva a anular la libertad en función de conclusiones ineluctables, el romanticismo empuja hacia la anarquía, la ruptura con las normas  y con cualquier orden social, y la popularidad de la figura del pirata o del bandido fue uno de sus rasgos. Políticamente,  la Ilustración tendía a difuminar o destruir las particularidades nacionales y a despreciar las tradiciones populares, mientras que el romanticismo ponía estas muy en primer plano. Incluso en las ideologías catalogaríamos como próxima al clasicismo la de Marx, y al romanticismo la de Bakunin. Desde luego, el romanticismo no renunciaba a la razón, con la que defendía sus posturas en pro del sentimiento (una razón que no tomase en cuenta el sentimiento sería muy poco razonable). De modo similar, el racionalismo clasicista generaba sentimientos intensos, bien visibles en las revoluciones y odios a que dio lugar.

   Con el romanticismo no desapareció lo que Goethe llamaba clasicismo: de hecho siempre hubo cierta amalgama entre ambos. François  Guizot escribió un ensayo sobre la civilización europea, con Francia como núcleo generador, concibiendo la civilización como un progreso sin fin de la actividad social y en el individuo moral. El factor clave habría sido el segundo: el cristianismo en sus primeros siglos no atacó ninguno de los males sociales, pero “cambió al hombre interior, sus creencias, sus sentimientos; regeneró al hombre moral, al hombre intelectual”; y de ahí desarrollos sociales posteriores.  Aunque también puede ocurrir a la inversa: que la mayor riqueza, igualdad y orden social mejoren moralmente a los individuos. En el proceso civilizador, la religión sería solo un factor más. Cada generación humana y cada individuo perdían entidad propia, reducida a servir de abono, por así decir, a los siguientes.

   Auguste Compte fue más allá en su racionalización inventando la “ley de los tres estadios” por los que pasaría la humanidad: el religioso o teológico, basado en mitos inconsistentes; el metafísico o filosófico, apoyado en abstracciones, y el científico o positivo, cuyo instrumento era el método de las ciencias para llegar a certezas indudables. La sociología coronaría a las demás ciencias, a las que utilizaría para alcanzar una organización científica de la sociedad, consigna muy difundida por entonces en los medios intelectuales europeos.  El núcleo de la idea era el ateísmo, o más bien una “religión de la humanidad”, con una moral asimismo científica y culto a grandes hombres, en particular  los de ciencia.Una organización social “científica” acabaría con la libertad de los individuos, la cual quedaría como superstición heredada de los estadios anteriores.

   Se partiese del “Hombre”, fuera en su faceta social como “humanidad” armada del instrumento de la Razón todopoderosa e impositiva;  o en su faceta individual, el “yo”  dotado de un sentimiento de libertad absoluta, incluso frente a la sociedad. Enfocado de un modo u otro,  el Hombre parecía una evidencia, pero en definitiva, ¿qué era ese ser  divinizado, aunque solo fuera porque había sido capaz de concebir la idea de Dios, de crear a Dios a su imagen, como parecía evidente, en lugar de lo contrario, como afirmaba el irracional mito? Y la moral, que se decía una imposición de la divinidad, ¿acaso no podría el ser humano construirla de acuerdo con la razón y la ciencia?

   Una de las  maneras más antiguas de intentar penetrar en el destino humano es la literatura, cuya descendencia de los mitos religiosos no exige mucha argumentación. Y el siglo XIX fue el gran siglo de la novela. Numerosos países europeos produjeron algún autor excepcional, así Manzoni suele ser considerado el mayor literato italiano desde Dante; Eça de Queirós desde Camoens;  o Galdós desde Cervantes. Francia, Inglaterra y Rusia fueron especialmente prolíficas en narradores de talento.

   Con cierta arbitrariedad podríamos considerar los más significativos a Balzac, Dickens y los rusos Dostoievski y Tolstoi.  Los cuatro se preocuparon especialmente de describir caracteres bajo cuyos avatares aflorase la profundidad de la condición humana. Balzac aspiraba a trazar una “historia natural de la sociedad” a través de su colección de obras La comedia humana, así llamada por referencia a La Divina comedia. Resultaba, desde luego, poco divina, y la palabra comedia tiene en Balzac más bien el sentido de farsa. Por sus novelas pulula una multitud de personajes de todo género y clase, de fuerte relieve bajo una observación aparentemente fría, como diseccionados en sus conductas, sin insistir en calificaciones morales, que no obstante se desprenden, difuminadas, del propio relato. En su mundo, el dinero es la medida de todas las cosas y corrompe el amor,  las virtudes, las ilusiones o las pasiones, que fracasan o concluyen en la trivialidad gris de la existencia burguesa donde triunfan a menudo los más deshonestos y vulgares. En El coronel Chabert, por ejemplo, esa visión alcanza una profundidad entre cínica y trágica: “la vida humana es así”, y no deja mucha esperanza de cambio. Podría describirse con una frase de Sartre: “el hombre es una pasión inútil”.

Parece que Balzac se aproximó al final al catolicismo, pero su enfoque es el de un positivista sin ilusiones, un burgués materialista,  ilustrado y escéptico

    La aproximación de Dickens  difiere radicalmente.  Se ha hecho notar a menudo su denuncia social  de la miseria  y del abuso que sufrían las capas más desprotegidas de la sociedad bajo el triunfalismo y el moralismo de la sociedad victoriana. Pero su enfoque no es amargo ni cínico ni frío : es la de un reformista social que cree en el triunfo final de la virtud sobre el vicio, en la capacidad de mejora de ser humano y de la sociedad. La injusticia existe, pero es remediable, como ocurre en Oliver Twist. Las  circunstancias que hacen desdichados a los personajes provienen sobre todo de la pobreza, pero la persistencia en la virtud  termina por hacerlos triunfar :  los buenos tienen su premio y los malos su castigo, siguiendo una larga y optimista línea de la literatura inglesa, en la que tiene un papel el humor, a menudo sarcástico pero sin verdadero veneno. Dickens creen en la sociedad en que vive, cuyos males, que retrata a veces con patetismo,  son susceptibles de remediarse  con la reformas adecuadas. Hay en él un optimismo de fondo, y su compasión por los desdichados brota de su espíritu religioso (anglicano).

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¿Crimen y castigo?

¿Entró Europa en decadencia a partir de 1945? https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw

**¿Por qué han premiado ZP y Rajoy a los asesinos de Miguel Ángelcon legalidad, dinero público, excarcelaciones, etc.?

*En los análisis políticos corrientes no existen ni la historia reciente ni la política exterior de España. Cotilleo político, no análisis

*A todos los corruptos, ignorantes y necios les cae muy mal Franco. Por qué será.

*Dice Cebrián que Franco era “mediocre y cutre”. Por eso venció a sus geniales enemigos durante 40 años. “Los mitos del franquismo”

*Castilla del Pino,comunista, decía haber odiado a Franco durante 40 años. “El odio hace progresar a la humanidad” “Los mitos del franquismo”

*Según Indalecio Prieto, Franco alcanzaba el grado máximo del valor: “Es sereno en la lucha”, “Los mitos del franquiismo”, ya en bolsillo.

*Dice Ansón que Franco persiguió ferozmente el catalán.Coincide con el honradísimo Pujol. No es obligatorio creerles. “Los mitos del franquismo”.

*Cebrián, que vivió privilegiadamente en el franquismo, dice que el pueblo  no tenía idea de la “horrorosa represión”. “Los mitos del franquismo”.

*Pujol decía que Franco era un corrupto y corruptor. Que por eso le odiaba. “Los mitos del franquismo” En Cadena Ibérica. “Los mitos del franquismo”.

*La idea de que la CIA mató a Carrero revela la profunda estupidez  e incapacidad de análisis de nuestra extrema derecha.

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La gigantesca contienda había empezado con un pacto entre los regímenes totalitarios nazi y comunista,  y terminado con una alianza entre las potencias democráticas anglosajonas y el totalitarismo staliniano. La rendición alemana había exigido el esfuerzo conjunto del Imperio inglés, Usa y la URSS, una alianza que, dentro de las mutuas desconfianzas, funcionó bien. En cambio el Eje Berlín-Roma-Tokio apenas tuvo eficacia o coordinación, y la contribución italiana fue mucho más una rémora que una ventaja para Alemania.  El escenario ruso fue con diferencia el decisivo, y los soviéticos se impusieron, a un coste enorme en sangre: el primer año sin ayuda anglosajona, y los siguientes con ayuda creciente, aunque los elementos principales, tanques, artillería y aviación, fueron siempre soviéticos. El ejército alemán se mostró cualitativamente superior a sus contrarios, pero llegó a estar en tan abrumadora inferioridad material que ninguna destreza podía compensarla. Al final, Alemania perdió su independencia, repartiéndose su territorio entre la URSS, Usa, Inglaterra y Francia.

    Desarrollada con todos los medios técnicos y científicos de la época, estimulados por la lucha a vida o muerte (la lucha por la vida, cabría decir), las víctimas mortales del conflicto se han estimado entre  50 y 60 millones, civiles la mitad de ellas, aunque tal vez estudios más detallados las reduzcan hasta en alguna decena de millones. Cifras enormes, en cualquier caso. La proporción de muertos por relación a la población varía en extremo, entre un 13,5-14,2%  en la URSS o un 8-10 en Alemania, y un 0,32 en Usa y en torno al 1% en Francia, Italia e Inglaterra. Gran parte de Europa quedó en ruinas, pero Usa superó definitivamente la Gran Depresión y, dueña de la bomba atómica, quedó por unos años imbatible, hasta que la URSS consiguió también dicha arma.

    Cabe comparar las dos guerras mundiales. Políticamente, ambas podrían describirse como resultado de la emergencia de nuevas grandes potencias en un mundo ya repartido, pero eso es solo una faceta y no la principal. La primera se libró entre regímenes básicamente liberales  y aproximadamente democráticos,  y tuvo un marcado carácter comercial. En la segunda, las democracias liberales fueron solo una de  las partes, siendo las otras dos regímenes más o menos totalitarios, aunque de opuesta naturaleza, y lo comercial desempeñó un papel secundario. Se trató de una lucha esencialmente ideológica, entre concepciones no solo de la política sino de la vida, opuestas a pesar de su tronco común. Las tres podrían describirse como ramas de la religión prometeica, arraigada en la Razón, con sus fes correspondientes en la Humanidad, la Raza, el Proletariado, el poder salvífico de la Economía…

     Los vencedores juzgaron en Núremberg  a los jefes nazis, acusándoles de guerras de agresión, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Los juicios no eran legales en términos jurídicos, pues se acusaba en nombre de leyes antes inexistentes y con efectos retroactivos. Claro que exigían castigo las atrocidades  nazis: asesinatos en masa, deportaciones, el Holocausto judío, trabajo esclavo, hambrunas intencionadas, saqueos, violaciones, torturas, etc. El problema era que aquellas atrocidades, salvo el Holocausto, habían sido perpetradas a su vez por los vencedores, tanto  los anglosajones (que hicieron muy poco por rescatar a los judíos o estorbar su exterminio) como, más aún,  los soviéticos;  de modo que cabía cuestionar su autoridad moral como jueces. Y las guerras de agresión, condenadas al menos desde el padre Vitoria, habían sido una constante en la historia: Usa e Inglaterra las habían practicado, como tantos otros países, en el siglo XX;  aquella concreta había empezado con la agresión a Polonia por Berlín y Moscú, pese a lo cual esta última no solo era exonerada, sino que ejercía de fiscal. Y Persia también había sufrido la agresión anglo-sociética. La guerra entre las tres ideologías había dejado al continente en ruinas físicas, pero también en ruina moral.

   El castigo de Núremberg no fue muy duro: diez líderes ahorcados. Cerca de un millar más de dirigentes menores o ejecutores lo fueron en otros juicios, pero decenas de miles de nazis reales o supuestos, o colaboradores,  fueron asesinados sin trámite legal en Alemania, Italia, Francia y los países del este. O fueron despojados de sus bienes y derechos, y expulsados. Las poblaciones alemanas dispersas por el centro de Europa, así como las de la parte germana cedida a Polonia, unos 16 millones de personas, fueron forzadas a abandonar sus hogares y desplazarse en marchas penosas al territorio reducido de Alemania, ya inexistente como nación: más de dos millones perecieron. Tal vez dos millones de mujeres alemanas fueron violadas por soldados del Ejército rojo, y las violaciones tampoco fueron nada extraño en las zonas occidentales, donde solían disfrazarse como prostitución obligada por el hambre. En los campos de prisioneros soviéticos y en Yugoslavia, pero también en los useños y franceses, morirían  más de un millón.  Otros millones fueron reducidos a trabajadores esclavos por toda Europa (una propuesta de origen inglés).

    Roosevelt había dicho: “Hay que enseñar al pueblo alemán su responsabilidad por la guerra, y durante mucho tiempo deberían tener solo sopa para desayunar, sopa para comer y sopa para cenar”. Muchos no tendrían siquiera sopa. Nuevos millones de víctimas por hambre habrían causado los planes iniciales de reducir al país a una economía agraria y pastoril, por miedo a su capacidad para reponerse de cataclismos; sin embargo muy pronto la alianza entre la URSS y los anglosajones hizo agua,  mostrando la conveniencia de robustecer la parte ocupada por los occidentales como barrera frente a los soviéticos, y en 1949 se le permitió reunificarse con una independencia relativa. La parte oriental siguió bajo dominio estricto de Moscú.

    El despiadado castigo a los alemanes venía dictado en gran medida por la idea de que aquella guerra debía ser á última en la historia humana, lo cual exigía un escarmiento ejemplar a los tachados de máximos culpables de ella, de modo que a nadie volviera a ocurrírsele imitarlos.  Y así, el 25 de abril de 1945, a un paso ya de la victoria, se inauguraba la Conferencia de San Francisco para poner en pie la Organización de las Naciones Unidas, la ONU, con participación de cincuenta estados que habían declarado la guerra a las potencias vencidas. Se trataba de mejorar la fallida experiencia de la Sociedad de Naciones, nacida a raíz de la I Guerra Mundial. La ONU no era ni es propiamente una organización democrática, pues los Tres Grandes, Usa, la URSS e Inglaterra, se reservaban el derecho especial de veto sobre cualquier acuerdo tomado por la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. Ese privilegio se fundaba en la atribución a los Tres Grandes (se les añadirían Francia y China)  del papel de garantes  mayores de la paz mundial.

    La Carta Programática, votada  el 26 de junio, afirmaba la resolución de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”,  ponderaba  “la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos  de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”, y prometía garantizar la justicia y “promover el progreso social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”. La Carta fue aprobada por unanimidad, seguida de una ovación de los delegados, los periodistas y los 3.000 espectadores puestos en pie. El representante inglés, lord Halifax, expresó la emoción del momento definiéndola como “la cuestión más importante de nuestras vidas”. El documento podía interpretarse como un ejercicio de palabrería grandilocuente, con poca sustancia,  o como una exposición de anhelos humanos ancestrales, que por primera vez se juzgaban realizables partiendo de la mejora económica y las libertades ligadas a ella. Una filosofía no compartida, desde luego, por  la URSS, y que tampoco tenía fondo cristiano, sino más bien prometeico.

    Bien pronto la profunda diferencia de ideología e intereses entre la URSS y sus aliados antifascistas iba a dar lugar a la llamada Guerra Fría entre ellos. Por temor a la mutua destrucción,  la rivalida por le hegemonía global se manifestaría en una larga serie de guerras menores, revoluciones, golpes de estado, terrorismo sistemático por  todo el mundo, aparte de contiendas  regionales no ligadas directamente a la Guerra Fría. Tal vez los fundamentos de la paz perpetua no estaban bien asentados o no había forma de asentarlos.

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La Gran Depresión de los años 30

**Cita con la Historia: ¿Edad de decadencia europea desde 1945?: https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw

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Durante los años 30,  las perspectivas mundiales no hicieron sino empeorar. La Gran Depresión causaba estragos  por doquier, y en Alemania hacía pasar hambre seria a  unas quince millones de personas. Y planteaba cuestiones de fondo sobre un fenómeno tan extraño: que una economía quedase de pronto semiparalizada pese a mantener  intactas la capacidad productiva y las pulsiones de consumo de la gente: la “mano invisible” de Adam Smith parecía no funcionar siempre.

   El fenómeno originó disputas en la corriente liberal, la más famosa entre los economistas Hayek y Keynes en 1931. Hayek, afecto al liberalismo clásico, achacó las crisis a la tendencia de los bancos a dar un crédito excesivo, superior al ahorro y al final improductivo, causando lo que posteriormente se han llamado “burbujas”. El mercado, funcionando con libertad, se desharía de las empresas irrentables e iría saneando la economía con más o menos rapidez. El estado no debía interferir, porque cualquier intervención suya distorsionaba los precios, generaba inflación y alejaba la cura; y porque tal intervención dañaba inevitablemente la libertad e iniciaba un “camino de servidumbre”, según el título de una obra suya posterior. Keynes achacaba la crisis a lo contrario: un ahorro excesivo limitaba el consumo y mermaba las expectativas de ganancia, y con ello la inversión. Por tanto, el estado podía y debía suplir la insuficiente inversión privada por medio de programas de obras públicas y similares que dieran empleo y reimpulsasen la  demanda y nuevas inversiones.  No veía peligro de tiranía en el hecho de que millones de personas consiguiesen empleo gracias a la intervención  estatal, pues la libertad de pensamiento y acción tenía mucho que ver con la prosperidad individual. Keynes proponía abandonar la ortodoxia liberal que había causado tal situación, y Hayek acusaba de la crisis a distorsiones de dicha ortodoxia.

    Ninguno de los dos lo ganó el debate desde el punto de vista intelectual, si bien los gobiernos prefirieron a Keynes, acuciados por los peligros sociales generados por  el desempleo masivo. Italia y Alemania aplicaban  independientemente una política económica  con rasgos keynesianos, y en Usa el presidente Franklin Roosevelt, después de intentar frenar la Depresión con ortodoxia liberal, recurrió a la intervención directa del estado (New Deal, Nuevo Trato).  Sin embargo Usa no superó la  crisis en toda la década de los 30. Después de la II Guerra Mundial, en Europa (y en todo el mundo occidental) se aplicaron doctrinas keynesianas, que no produjeron los efectos supuestos  por Hayek,  sino que dieron lugar a una expansión económica sin precedentes, hasta que nuevas crisis en los años 70  y posteriores volverían a poner de actualidad el debate y originar políticas más hayekianas. La economía no era del todo una ciencia, ni la razón económica conducía a conclusiones unívocas.

   En los años 30, los marxistas entendían la depresión como prueba de la anarquía productiva propia del sistema liberal. Este había intentado superar el desorden económico mediante la concentración y racionalización del capital en empresas gigantes  que controlaban al estado, pero en realidad solo había conseguido empeorar sus males y darles una dimensión mucho mayor: para salir de la crisis, el capitalismo debía recurrir a una nueva “guerra imperialista”. El fascismo interpretaba la crisis, de modo en parte similar, como un producto del conflicto entre los intereses de los pueblos y los de la plutocracia internacional, que de hecho gobernaba por encima de los estados.

  

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El siglo de la democracia

Breves comentarios: Blas Infante. El tesoro del “Vita”: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-07-09/involucion-blas-infante-y-tesoro-del-vita-102788.html

“Cita con la historia, próximo domingo: La entrada de Europa en una Edad de Decadencia a partir de 1945. En Cadena Ibérica, fm 99.3 de 4 a 5 de la tarde, También los miércoles a las 10 de la noche. www.citaconlahistoria.es

Último programa: Franco como militar y como político: https://www.youtube.com/watch?v=ILM4t9TfLtM

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En Alemania, el canciller Bismarck había inaugurado una de las instituciones que se haría más característica del siglo XX: la seguridad social, asegurando pensiones de vejez y de enfermedad a los trabajadores. Sistemas de  ayudas a los pobres habían existido desde al menos el emperador Trajano, y tradicionalmente la Iglesia, así como las iglesias protestantes, cumplían la labor de atender a los enfermos y ancianos sin recursos. Lo nuevo era que el estado se ocuparía de la mayor parte de estas tareas, por vía de impuestos. Pese a que Bismarck era un político conservador, fue acusado por los liberales de poner en práctica una medida socialista.

   Según la ortodoxia liberal, en un sistema bien organizado, sin intervencionismo estatal, cada uno se ocupaba de sus propios intereses, lo que garantizaba que al final ganase lo que le correspondía. Los viejos debían mantenerse con sus ahorros, y los  incapacitados ser atendidos por la caridad o instituciones ad hoc, sostenidas con donativos voluntarios; en cambio la intervención del estado arrebataba despóticamente parte de las ganancias de unos para dárselas a otros, lo cual, aparte de injusto, fomentaba la vagancia y el parasitismo y desanimaba a los más emprendedores e inteligentes, de quienes dependía en general el progreso. Los acuerdos salariales debían hacerse por acuerdo individual entre obrero y  empresario, sin coacciones colectivas de sindicatos.  El punto de vista democrático o socialista difería: un trabajador tenía  pocas posibilidades de ahorrar y no podía tratar de tú a tú con el propietario, que tenía toda la fuerza en tales circunstancias, por lo que debía negociar colectivamente. Además, los obreros no eran vagos, sino que realizaban las tareas más duras. Y no eran meros instrumentos de producción, sino personas con necesidades muy varias, que en los períodos de crisis, similares a las sequías de otros tiempos, caían en la miseria y la desesperación.  Tampoco podían fiar en los buenos sentimientos,  simpatía o caridad  de los ricos, pues, aparte de resultar humillante, no había la menor seguridad de que estos mostrasen interés en desprenderse de parte de su dinero para ayudar a los trabajadores en los tiempos malos. Por tanto, era justo que el estado, que debía representar a todos y no solo a los empresarios, supliese la dudosa buena voluntad de estos.    

   No es difícil ver la racionalidad de las dos argumentaciones. Una vez más, la razón no llegaba a conclusiones únicas y creaba en cambio una tensión que en la práctica se traducía en unas relaciones a un tiempo conflictivas y productivas en equilibrio cambiante. No obstante, cada línea de razón tendía a ir hasta el final, de modo que en una sociedad liberal las desigualdades aumentaban, y así lo indicaba la concentración del gran capital en grupos reducidos de grandes empresas. El punto de vista socialista, llevado a sus últimas consecuencias, conducía a hacer del estado el empresario total que velase por la igualdad y seguridad de todo el “pueblo”. Esto último llegaría a ocurrir en Rusia mediante una revolución, pero a partir del marxismo se iba abriendo paso la corriente llamada socialdemócrata, que aspiraba a reformas no revolucionarias, pero en dirección parecida, hacia un estado tutor.

   El programa socialdemócrata ya fue entrevisto por Alexis de Tocqueville, uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XIX, en su estudio La democracia en América: un poder “inmenso y  tutelar que se encarga de que los ciudadanos sean felices (…), similar a la autoridad paterna si, como ella, buscara preparar a los hombres para la edad viril; pero que solo persigue fijarlos irrevocablemente a la infancia; que gocen  con tal de que no piensen sino en gozar (…) Una servidumbre reglamentada, benigna y apacible”. Como las gentes desean ser protegidas y guiadas, y al mismo tiempo ser libres, “tratan de satisfacer los dos instintos contrarios: quieren un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. Se consuelan de su tutelaje pensando que ellos mismos eligen a sus tutores”. Aunque la socialdemocracia es quizá quien mejor ha expuesto este programa, puede decirse que nace, como opción no única, de las ideologías que cifran en la economía el fundamento y sentido de la sociedad.

   Por su parte, el sucesor de Pío IX, León XIII, expuso en 1891, con la encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas) una doctrina católica frente al liberalismo y al socialismo. Condenaba al socialismo por estar basado en el odio y querer abolir el derecho natural a la propiedad privada; apoyaba a los sindicatos, pero no las regulaciones estatales, que aumentarían las injusticias. También denunciaba la visión atribuida al liberalismo económico, de tasar al trabajador como simple instrumento de producción. El trabajo tenía una dimensión moral como mandato divino, al margen de su retribución, de modo que la labor de una madre de familia tendría el valor máximo pese a no estar remunerada. En el mundo laboral externo, el obrero debía percibir una paga “justa”, que le permitiera sostener con dignidad una familia, pues  dado que el producto de la empresa se obtenía por cooperación entre trabajadores y empresarios, debía distribuirse con equidad. Estas concepciones marcaban una orientación filosófica, pero en la práctica resultaba muy difícil definir lo que sería un salario justo; no obstante suponía cierta barrera contra los abusos patronales.

  La Iglesia no debía asociarse a ningún régimen o partido (incluida la democracia cristiana, nacida en 1919), si bien rechazaba a aquellos que persiguieran o coartaran la libertad de la Iglesia. La confesionalidad del estado, siguiendo siglos de historia,  parecía un bien, y el laicismo un mal, como también una libertad de pensamiento o de conciencia que pusiera en el mismo plano cualquier tipo de ideas, desvalorizándolas todas y corroyendo las bases moral del catolicismo. Dentro de esa línea básica, León XIII siguió una línea diplomática flexible buscando mejorar las relaciones con los regímenes existentes, incluso el agresivamente laicista francés y trató de tender puentes  con protestantes y ortodoxos  con vistas a una reunificación  del cristianismo.

  

     Obviamente, la democracia no tiene por qué ir en la dirección anunciada por Tocqueville, pero esta es una de sus orientaciones posibles. A lo largo del siglo XX, la palabra “democracia” se convertiría en  santo y seña y criterio de legitimidad de cualquier régimen, de modo que la empleaban las ideologías más diversas. Tanto el liberalismo como el marxismo revolucionario o el socialdemócrata o, algo después el fascismo, se proclamaban democracias, aunque por ello entendiera cada una algo diferente; también el cristianismo se declaró compatible con ella. La diversidad de interpretaciones era posible porque la significación del término, “poder del pueblo”, usado en ese sentido desde Aristóteles, no responde ni puede responder a una realidad. El poder siempre se ejerce sobre el pueblo y por parte de una oligarquía o grupo de políticos profesionales. El pueblo o conjunto de la sociedad no tendría objeto sobre el que ejercer su poder. La división aristotélica entre monarquía, aristocracia y democracia es demasiado esquemática. Un monarca no puede ejercer el poder sin el concurso de una oligarquía que lo instrumente y organice. Y un régimen difícilmente será estable si no cuenta  con la aceptación, explícita o tácita, de una gran parte del pueblo. Ello permite afirmar  que, como decía Polibio del estado romano, todo régimen estable tiene rasgos monárquicos, oligárquicos y democráticos. Dicho de otro modo, las oligarquías requieren un “monarca”, alguien a su cabeza que imponga orden entre las diversas facciones. Y un pueblo en rebeldía  haría ese poder  insostenible a la larga.

   Desde que las sociedades europeas tomaron forma durante las edades de  Supervivencia y Asentamiento, las monarquías nobiliarias habían demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir, por encima de desórdenes, luchas y catástrofes.  A los ojos de casi todo el mundo, también del pueblo llano, campesino  mayoritariamente,  la división social y el poder respondían a un orden natural de origen divino. El cristianismo predicaba una igualdad de los humanos potencialmente subversiva, pero la limitaba al plano espiritual y casi nadie pensaba extender a esa igualdad a los planos político o económico; aunque la idea estaba latente y surgía en movimientos  ocasionales de rebeldía. Lutero había sido bien explícito ante las revueltas campesinas, y la misma doctrina era aceptada por los católicos. Con el paso del tiempo, la mayor complejidad social y el crecimiento de las ciudades, el pensamiento iba extendiendo las ideas igualitarias,  incluso de la democracia, hasta cuajar en las  revoluciones francesa y useña, con todas sus diferencias. 

     Pero si todo régimen estable debe ser  a la vez monárquico, oligárquico y democrático, ¿cómo definir el sistema  de ese nombre, extendido por Europa ya  en parte en el siglo XIX y sobre todo en el XX? Se trata de un modo especial de consentimiento  popular activo, expresado en elecciones  regulares por  sufragio universal. Estas votaciones implican la herencia liberal de las libertades políticas y la separación de poderes, pues sin ellas no puede haber elecciones reales. Nada de ello ocurre en las democracias “populares” ni en los plebiscitos fascistas, por lo que sus pretensiones de democracia según la hemos definido son falsas. Otra cosa es que esos regímenes pueden conseguir gran popularidad por un tiempo. Por tanto, hasta ahora no se ha inventado otro tipo de democracia que la llamada liberal, pese a que liberalismo y democracia sean conceptos diferentes y en algunos puntos opuestos.

    Teóricamente, los oligarcas elegidos a los parlamentos representan “al pueblo” o al menos a sus electores, lo cual tampoco es demasiado cierto, por dos razones: porque los votantes han votado a una misma persona o partido por razones diversas y a menudo equivocadas; y porque los votados tienen sus propias ideas sobre los problemas políticos, que no corresponden con las de todos sus electores. En la interinfluencia entre votantes y votados suele  ser más importante la de los segundos sobre los primeros que a la inversa.  Por otra parte, como sugería Churchill,  el votante medio tiene ideas primarias y a menudo pintorescas sobre los problemas políticos, económicos, etc., por lo que es fácilmente manipulable por los profesionales del poder, en especial por los demagogos, de modo que el peligro de que  la política se convierta en un torneo de demagogias es real y no infrecuente. Un tercer problema que desmiente no ya el poder del pueblo, sino su representación real, es que, como hemos observado reiteradamente, el pueblo no es nada homogéneo en intereses e ideas, y lo más normal es que el partido gobernante pueda serlo con una minoría del censo electoral. Si la mayoría de los votantes entienden poco de los problemas generales, las oligarquías o partidos pueden, en gran parte por eso mismo,  operar como auténticas mafias o disgregar el país, como no rara vez ha ocurrido. Permanece, por fin, el grave peligro anunciado por Tocqueville.

    Una falsa crítica a la democracia  la condena por dar el mismo valor al voto de una persona instruida, digamos un ingeniero, que a un peón de albañil de escasa cultura, a quien se supone más proclive a la demagocia. La realidad constatable muestra que la calidad de las personas instruidas pueden tener ideas tan disparatadas como las no instruidas, y que en general los demagogos no son precisamente analfabetos.

    Frente a estas dificultades, y posibilidades degenerativas, la democracia ofrece ventajas considerables. En toda forma de poder existen partidos, que en los sistemas no democrático operan como camarillas o grupos de presión opacos en torno al poder; en las democracias los partidos son abiertos y su actuación expuesta a la luz del público, lo quedisminuye  sus posibilidades golpistas; al aceptar la regla de las mayorías, las luchas por el poder pueden resolverse con escasa o nula violencia; al limitar el ejercicio del poder a unos pocos años, una elección  desdichada puede ser corregida, lo que permite al sistema una capacidad evolutiva superior a otros.  

    La democracia ha funcionado bastante bien en algunos países, y mal en otros. La causa de ello no es evidente. Por su propio funcionamiento, la democracia puede fácilmente socavar los principios morales convirtiendo en “verdad” aquello que en tales o cuales circunstancias ha votado la mayoría. En tales circunstancias el peligro de desgarramiento de la sociedad es fuerte. Probablemente lo que permite que una sociedad funciones por elecciones periódicas sin caer en excesivas demagogias es la aceptación, implícita o explícita, de valores por encima de modas ocasionales. Uno de esos valores es el patriotismo, que sitúa el interés nacional por encima del de partido. Otro es una convicción mayoritaria de que los valores invocados de libertad, igualdad o fraternidad no pueden absolutizarse sin empujar a  la guerra civil, pues la desigualdad es connatural a la sociedad humana, que sin ella se convertiría en una epsecie de rebaño, que la libertad es relativa e impone responsabilidades, o que la fraternidad cae fácilmente en el exclusivismo contra quienes sostienen otros intereses.  

   Todos estos problemas y opciones  se harían bien visibles en Europa  durante casi la mitad del siglo XX, marcado por una crisis galopante de la democracia liberal a partir de la I Guerra Mundial. Su estabilización en el tercio occidental del continente se lograría al coste de una guerra devastadora, y su extensión al conjunto daría lugar a nuevos problemas.

 

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La I guerra mundial y la posguerra

Próximo domingo en “Cita con la Historia” La edad de decadencia europea. www.citaconlahistoria.es

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La tendencia liberal predominante en el siglo XIX tendía a arrinconar la presencia religiosa al ámbito estrictamente privado. En esa dirección marchaba el laicismo en  Francia, a veces con uso violento del poder (“¡El clericalismo, he ahí el enemigo!”), con eliminación de la enseñanza religiosa, secularización de los cementerios, retirada de crucifijos, expulsión de órdenes religiosas, etc. ; en España los bienes eclesiásticos habían sido expropiados o expoliados, se habían organizado matanzas de frailes, y las órdenes religiosas masculinas habían sido prohibidas, aunque desde el concordato de 1851 la situación para la Iglesia había mejorado; el movimiento nacionalista italiano era abiertamente anticlerical; en Alemania, el canciller Bismarck había emprendido la Kulturkampf, “Lucha por la cultura”, directamente contra la Iglesia católica, vista como un peligro de “polaquización” y debilitación de la germanidad. En Suiza ocurrió algo semejante, con expulsión de los jesuitas y prohibición de elegir a clérigos.

   A todo ello reaccionó el papa Pío IX en su largo pontificado (1846-1878). Empezó  renovando la condena a la masonería y a los deísmos. En su bula Quanta cura, con un apéndice o listado (Syllabus) de 80 “errores modernos”, condenaba el modernismo en la Iglesia, entendido como caballo de Troya del liberalismo contra el dogma. Las tesis denunciadas como errores partían del concepto de que la razón ajena a la fe era el único árbitro de lo verdadero y lo falso, y que cada individuo tenía derecho a pensar y expresar cualquier idea y  a practicar cualquier religión, sin que ninguna autoridad civil o religiosa pudiese restringir esa libertad. De ahí medidas como la estricta separación de la Iglesia y el estado, el matrimonio civil disoluble mediante el divorcio,  etc. Aquellas libertades parecían el arma más decisiva contra la Iglesia, al separarla radicalmente del poder político,  subordinar la moral a la política y negar la historia anterior, en la que la Iglesia había desempeñado un papel tan intenso. Frente a esas interpretaciones, el papa defendió el libre albedrío de la persona como base de la responsabilidad y de una moral  objetiva, no sometida a la conveniencia u opinión de cada individuo.

    Pío IX, por tanto, defendía la doctrina tradicional de la Iglesia, que a su juicio no  podía ser desestimada  como una serie de opiniones cualesquiera, muchas de ellas perfectamente irracionales y contradictorias. Proclamó también el dogma de la Inmaculada concepción de María, y la infalibilidad papal en materia de fe y de costumbres, siempre que se pronunciara ex cathedra, algo que muy raras veces sucedía.   Y contra la difundida tesis de que la Iglesia propiciaba el oscurantismo y aplastaba la ciencia, sostuvo lo contrario y llamó a los –por otra parte numerosos– científicos católicos a intensificar sus trabajos. Según él,  no podía haber contradicción entre la ciencia y el dogma católico, solo insuficiencia de la investigación.

    En 1869 se abrió el Concilio Vaticano I, interrumpido  por la guerra franco-prusiana y la ocupación de Roma los los nacionalistas italianos, y no reanudado luego. Con todo, reafirmó la doctrina de Trento.  Dios era un ser personal, independiente de la naturaleza, creador libre y pura transcendencia. La Revelación  comunica su existencia, y la razón está capacitada para desmotrarla: la fe cristiana es por ello razonable y razonante. El agnosticismo sería una carencia o inconsecuencia. Y en la vieja cuestión sobre la primacía del pontífice o de los concilios, volvía a afirmar la primera: las resoluciones conciliares solo serían obligatorias para la Iglesia una vez las confirmara el papa.

   A pesar de que la hostilidad al cristianismo se armaba con las  potentes armas de la ciencia, y de que en todo los países predominaba el hostigamiento político, la Iglesia católica conservaba la mayoría de sus feudos populares, crecía en los protestantes y mantenía y extendía su actividad misionera por otros continentes. En Francia, el fenómeno de Lourdes propició un resurgimiento religioso. En la misma Inglaterra se iban levantando las restricciones contra los católicos, aunque dentro de la línea de reducirlos a la privacidad; algunos clérigos  e intelectuales anglicanos  (“movimiento de Oxford”) propugnaban  el acercamiento a Roma, y dos de sus figuras más destacadas, John Newman y Henry Manning se convirtieron al catolicismo. Quizá una de las causas estribaba en que la Iglesia proponía unas certezas vitales, por extrañas que a veces fueren, mientras que la sensación de no tener nada preciso a qué atenerse, de que todo era opinable, creaba una profunda angustia en muchos seres humanos.

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   Al amanecer el siglo XX Europa estaba en el apogeo de su edad de apogeo por así decir. El Imperio inglés casi triplicaba la superficie  europea y el francés casi la igualaba, y otros países  multiplicaban en las colonias sus propias superficies.  África se componía en su casi totalidad de  colonias o protectorados europeos, Rusia dominaba la mitad norte del continente asiático, y entre Inglaterra, Francia y Holanda más de un tercio del sur, quedando fuera, y solo hasta cierto punto, el Imperio otomano, Persia –repartida en zonas de influencia rusa e inglesa–, la extensa  China, sumida en una crisis de grandes proporciones, y Japón, que se industrilizaba a grandes pasos. Oceanía era también toda europea, y en América, continente esencialmente europeizado, quedaban restos importantes como Canadá, algunas islas en las Antillas o las Guayanas.   Pero esta era solo la consecuencia de un predominio en ciencia, arte, pensamiento, capacidad militar e industrial, aunque esta última ya encontraba rival en Usa y en menor medida en Japón.  Nadie podría imaginar entonces que en solo 45 años Europa iba a encontrarse en gran parte en ruinas, dividida en dos zonas de protectorado y en vísperas de perder sus imperios coloniales y su hegemonía cultural.

   Internamente, el  mapa político europeo mostraba las viejas divisiones entre naciones al centro-oeste e imperios en el centro-este; o entre las regiones germánica, latina y eslava. De la primera, Inglaterra y Alemania eran las dos potencias mayores y cada vez más adversarias. De las latinas destacaba Francia en todos los terrenos  muy por encima de Italia, España, Portugal o Rumania. Entre las eslavas, la inmensa Rusia propugnaba un ideal paneslavista. Polonia no existía como nación, repartida entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia; otras se integraban en el Imperio austrohúngaro y había aparecido dos nuevas, Bulgaria y Serbia, formadas, como Rumania y Grecia, sobre los retroceso del antaño poderoso Imperio otomano. 

   Otra división podía establecerse entre los paises más industrializados, ricos y dinámicos del centro-oeste (Inglaterra, Francia y Alemania, en menor medida Austria-Hungría), y el amplio abanico en torno, bastante más pobre y menos industrializado, aunque con diferencias  económicas,  sociales y sobre todo culturales  entre unos países y otros,  desde Noruega hasta Finlandia pasando por Irlanda, el sur y el este de Europa. En varios de estos se daba cierto desgarro interno entre la admiración y deseo de imitar a los países ricos, más estables internamente –no sin problemas—y más libres, y un temor a perder el espíritu nacional. En Rusia acuciaba la tensión entre los paneslavistas, que buscaban inspiración en el “alma rusa”, y los occidentalizantes, que no encontraban nada especialmente atractivo en ella. A España, la derrota de 1898 frente a Usa, también le produjo una pugna cultural, sin mucho calado, entre los “europeístas” y los casticistas o tradicionalistas. Por otra parte, el estilo cultural o espíritu de Alemania, de Francia y de Inglaterra, diferían notablemente, aun pudiéndoseles considerar  liberales a los tres.

     Una herencia del romanticismo, con su hincapié en el sentimiento y su gran producción artística, fue lo que Hegel llamo volksgeist o espíritu popular. El concepto ha sido muy criticado, por las exageraciones patrioteras y a veces agresividad a que ha conducido, pero su realidad es evidente, a menos que declaremos el interés económico el único espíritu real y criterio cultural de los pueblos. Todos los movimientos generales europeos, desde al menos el Románico, tomaron caracteres nacionales o populares particulares, que reflejaban el dato poco concretable pero evidente del estilo o “genio” del país. En España, de modo larvado, seguía planteándose el problema de si su mediocridad no se debería a haberse afrancesado en el siglo XVIII y anglosajonizado en el XIX,  asfixiando con ello el genuino potencial creativo hispano.

         El siglo se abría con algunas guerras coloniales, entre las que destacaron por su mortandad la de los Boers  (granjeros) en Suráfrica y la de Filipinas. En la primera, los ingleses, atraídos por las riquezas mineras de la zona, provocaron la guerra contra los holandeses calvinistas allí mayoritarios. Ante la resistencia de estos, destruyeron sistemáticamente las granjas y  separaron a las mujeres, niños y ancianos, encerrándolos en campos de concentración en pésimas condiciones,  en las que murió por desnutrición y enfermedades hasta un 25%  de los internados,  sobre todo niños. También un número de negros fue internado en campos, con una tasa de mortalidad asimismo muy elevada. La guerra de Filipinas, mantenida por Usa  contra los filipinos que se habían declarado independientes, fue una sucesión de matanzas y quema de aldeas, en la que perecerían entre 200.000 y un millón de civiles filipinos, según estimaciones. En 1902 terminaría ambas guerras con victoria inglesa y useña respectivamente.

  El escritor inglés Hilaire Belloc describió en un pàr de versos satíricos la superioridad y prepotencia europea: Whatever happens, we have got/ The Maxim gun, and they have not.(“Pase lo que pase, tenemos/ la ametralladora Maxim, y ellos no). La primera ametralladora,  Gatling, fue usada  e Usa contra los indios, y la Maxim, más semejante a las actuales, contra indígenas rebeldes en África y otros países colonizados. Ante los ataques en masa y con armas primitivas, las ametralladoras realizaban verdaderos estragos. Se pensaba que serían poco útiles en guerras europeas, pero pronto se cambiaría de opinión.

   

Los años entre 1870 y 1914 han sido conocidos como La belle époque.  Las ciudades creían por entonces con gran rapidez, Londres tenía en 1900  6.5 millones de habitantes, la más populosa del mundo, París  se acercaba a los 4, Berlín a los 2,  Moscú pasaba ampliamente del millón,  Viena avanzaban hascia los 2  Petersburgo 1,5  Siete ciudades con más de un millón.   Hay muchas descripciones de la dulzura de la vida en aquel tiempo de relativa paz europea. El escritor judeo-austríaco Stefan Zweig la expone así en sus memoriaslEl mundo de ayer: describe así: “Si quisiera encontrar una fórmula cómoda para la época anterior a la primera guerra mundial, a la época en que me eduqué, creería expresarme  del modo más conciso diciendo que la edad dorada de la seguridad. En nuestra casi milenaria monarquía austríaca todo parecía establecido sólidamente para durar, y el mismo estado parecía la garantía suprema de esa duración. Los derechos  que concedía a sus ciudadanos  eran confirmados por el Parlamento, representación libremente elegida del pueblo,  y cada deber tenía sus límites exactos (…)  Esta sensación de seguridad era el bien más digno de ambiconarse  para millones de hombres, el ideal de la vida en común,  La vida solo era considerada digna de vivirse si se basaba en esta seguridad y círculos cada vez más amplios reclamaban su parte en aquel tesoro. Al principio solo los pudientes disfrutaban de esta ventaja, pero poco a poco se adueñaron de ella grandes masas  (…) En su idealismo liberal, el siglo XIX estaba sinceramente convencido de encontrarse en el camino más recto a infalible del mejor de los mundos. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, carestías y revueltas, como tiempos en que el mundo, simplemente, no estaba aún maduro (…) Esta fe en el progreso ininterrumpido e irresistible tenía para aquellos tiempos la fuerza de una religión. Se creía en el progreso más que en la Biblia y su evangelio parecía incontrovertiblemente comprobado por los milagros, renovados a diario, de la ciencia y de la técnica”.

   Una sensación parecida tenían millones de personas en los países ricos. Víctor Hugo y muchos otros pensaban que el siglo XX sería el de la definitiva paz mundial. Desde luego, grandes masas de personas  vivían con estrecheces en los suburbios de las grandes ciudades, y el largo período de la Gran Depresión,  de 1873 a 1896 afectó especialmente a Inglaterra, haciéndole perder puestos en la competencia industrial con Alemania. No obstante, los movimientos reivindicativos con huelgas y acciones diversas, habían descendido mucho en contenido revolucionario, a pesar de las doctrinas marxistas, pues se estaba demostrando que el capitalismo no conducía, como se afirmaba a una miseria creciente de las masas obreras, sino que estas iban mejorando, en general, sus condiciones de vida.  La Belle époque fue también un tiempo de atentados anarquistas, que acabaron con la vida del zar  Alejandro II, la princesa Sissi,  el presidente francés Sadi Carnot, los primeros ministros españoles Cánovas y  Canalejas, el rey de Italia Humberto I,  el presidente useño  McKinley, el rey de Portugal Carlos I y su heredero,  entre otros muchos que no consiguieron su objetivo.

      Y por encima de las luchas y conflictos, menores en Europa pero no tanto en otros  continentes, planeaba la rivalidad entre Inglaterra, Francia y Alemania. El bienestar material de capas  crecientes de la población provenía de la revolución industrial, y esta exigía el acceso creciente a fuentes de materias primas, una dependencia también creciente del comercio exterior y una competencia por los mercados que  impulsaba a las grandes potencias a dotarse de cuantiosos medios militares para proteger sus intereses.  Inglaterra tenía ventaja de entrada por su  enorme imperio y por su marina mercante y armada, muy superiores a las de cualquier otro país, pero su ventaja iba debilitándose. En 1898, estuvo al borde de la guerra con Francia por el “incidente de Fachoda”, en Sudán, y resuelto a favor de Londres. pues Francia aspiraba a unir sus posesiones africanas desde el Atlántico al mar Rojo e Índico, e Inglaterra planeaba dominar la franja de Egipto a Suráfica. Ese mismo año, el kaiser Guillermo II, que había prescindido del prudente Bismack,  se jactaba de poner en marcha un programa naval  capaz de amenazar la supremacía inglesa.  Alemania estaba muy lejos de poder rivalizar en el mar con Inglaterra, pero las relaciones entre los dos países empeoraron (Alemania apoyaba políticamente a los boers). En 1907 Lord Balfour, uno de los políticos  británicos más influyentes, comentaría a un embajador useño: “Creo que somos estúpidos por no buscar un pretexto para declarar la guerra a Alemania  antes de que ese país  construya demasiados buques y se apodere de nuestro comercio”.

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   La población useña era aislacionista o neutralista, y cambiar su actitud en contra de Alemania exigió una colosal campaña de propaganda por medio de la Comisión Creel. No fue una campaña de prensa amarilla como la que había llevado a la guerra del 98 contra España, sino organizada  desde el gobierno de Woodrow Wilson. Reunió a miles de artistas, escritores, periodistas y voluntarios, y empleó todos los recursos de la publicidad: millones de folletos, carteles y charlas breves,  películas, etc., mezclando verdades y mentiras según principios técnicos calculados para conmover al público. Su masividad volatilizó cualquier réplica, mostrando cómo, en ciertas circunstancias, es posoible manipular la opinión. Sus métodos serían copiados por las propagandas totalitarias que tanto condicionarían el siglo XX y el actual.

   A su vez, en noviembre (octubre según el calendario ruso), los alemanes recibieron un alivio con la Revolución bolchevique, que acabó con la breve república burguesa y retiró a Rusia del campo de batalla. A ese fin, el estado mayor germano había facilitado el traslado de Lenin a San Peterburgo y subvencionado su propaganda. Este hecho, de tan enormes consecuencias, demuestra la dificultad humana de hacer cálculos utilitarios a medio o largo plazo. De momento, el Reich pudo emprender al año siguiente una magna ofensiva en el oeste; pero no alcanzó sus objetivos, mientras afluían tropas useñas y el bloqueo sumía en la miseria a la población alemana. En septiembre, octubre y noviembre capitularon Bulgaria, el Imperio turco y Austria-Hungría, dejando sola a Alemania, por donde se extendía una revolución comenzada en la armada. El 9 de noviembre fue proclamada la república y el káiser se refugió en Holanda.

   El 11 de noviembre terminó la contienda, que muchos habían esperado corta y había durado más de cuatro años. Se calcula que perecieron 8 millones de soldados, cifra nunca vista; los civiles, aparte de Rusia y el Imperio turco, llegaron a 1,5-2 millones. La mortandad aumentó por una pandemia de gripe en 1918-19, originada en Usa y llamada indecuadamente “gripe española”: mató a entre 50 y 100 millones de personas, sobre todo en China e India. En Usa murieron unas 600.000, en Europa central y oriental unos dos millones.de 200.000 a 300.000 en España, y pudo tener efectos en la posterior epidemia de encefalitis letárgica que causó millones de nuevas víctimas. El economista inglés John M. Keynes, quizá el más influyente del siglo en Occidente, definiría la guerra como una lucha económica: “Como en cada siglo de los anteriores, Inglaterra ha destruido a un rival comercial”. Pero las consecuencias  de todo orden fueron incomparablemente más vastas de lo que  tal diagnóstico sugiere.

   La guerra liquidó los imperios ruso, austrohúngaro y otomano. Ligado a la guerra estuvo el genocidio armenio entre 1915 y 1917,  por la política turca de aniquilar a los cristianos dentro de su imperio. Los cálculos varían entre medio y un millón y medio de víctimas, y sentaría  precedente para nuevos genocidos en el siglo XX. El Imperio turco  se transformó en república en 1922, reducida a la región de Estambul  y Anatolia, aunque para recuperar toda esta península hubo de contender, bajo la dirección de Kemal Atatürk,  con Grecia, Francia, Inglaterra e Italia, a lo que siguió una “limpieza étnica” de griegos y turcos en los respectivos territorios.  Atatürk restauró a Turquía tratando de modernizarla como un estado occidentalizado, laico, una especie de democracia tutelada por el ejército. Concluían así casi cinco siglos desde la toma de Constantinopla.  Para la memoria griega, el año 1922 ha quedado como “La catástrofe de Asia Menor”, por las trágicas circunstancias de la expulsión de los griegos de regiones en las que habían vivido durante más de dos quinientos años.

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    Precisamente  la Revolución bolchevique dirigida por Lenin sería la consecuencia de mayor relieve de la I Guerra Mundial.  El nuevo experimento social, dotado de una fuerza expansiva inigualada desde la explosión árabe posterior a Mahoma, iba a movilizar a millones de personas en todo el mundo, a suscitar inmensas esperanzas y resistencias esenciales, y a imponerse en poco más de treinta años sobre un tercio de la humanidad.  Según las ideas de Marx, una revolución así  debía producirse en una país de capitalismo “maduro”, como Alemania Francia o Inglaterra, y sin embargo de produjo en  un país en rápida transformación industrial, pero todavía muy agrario. Los bolcheviques lo justificaron  afirmando que la Revolución rusa sería la espoleta de la alemana. En las décadas anteriores Alemania se había convertido no solo en el capitalismo más  dinámico, sino también en la sede del partido marxista (llamado socialdemócrata)  más potente, lo que parecía lógico en la doctrina marxista.

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   Paralelamente, la posguerra en el resto de Europa produjo una mezcla de euforia extraña y reactivación económica desde 1925, mientras continuaba la brillante efervescencia intelectual y científica de preguerra en los círculos de Viena, Berlín, Oxford, Cambridge o Copenhague, y París retenía su prestigio como capital cultural europea. Al lado de ello una profunda crisis moral y política afectaba a las sociedades. La gente quería olvidar la durísima prueba de la guerra, el liberalismo, doctrina común de los contendientes,  entró en crisis, una de cuyas manifestaciones era la Revolución rusa y la admiración que despertaba también en medios burgueses. Los valores e ideales tradicionales fueron rechazados, y todo lo antes considerado respetable y decente fue objeto de escarnio, se impuso una especie de épica del estómago y del sexo. Fue desdeñado como nunca lo burgués y más aún lo pequeñoburgués palabras de significado elástico y que apuntaban confusamente al liberalismo y al cristianismo. Proliferaron las drogas y el alcohol, el exhibicionismo sexual, el juvenilismo, el feminismo y los giros de intención revolucionaria en política, y en arte las vanguardias, que ya venían de antes de la guerra, se extremaron. El mingitorio exhibido por Marcel Duchamp  en 1917  se convirtió en la fuente de inspiración más influyente del arte posterior. El entretenimiento se convirtió en industria gracias al cine y la radio y la multiplicación de los locales de diversión; llegó a Europa la cultura useña a través del jazz y el cine… En Francia se llamó “locos” a aquellos años, también conocidos como “los felices veinte”.

   La “inversión de valores” se produjo con mayor furia en los países vencidos, según describe el citado Zweig:  En Austria, “En vez de viajar  como antes con sus padres, los muchachitos de once y doce años  cruzaban el país en grupos organizados –llamados “aves de paso”– , sexualmente instruidos (…). En las escuelas se formaron, por ejemplo ruso, soviets de alumnos que vigilaban a los profesores; y se barrieron los programas de estudio, pues los niños querían aprender solamente lo que les agradase. Por el mero placer del rechazo, la gente se rebelaba  contra la voluntad de la Naturaleza, contra la eterna polarización de los sexos.  Las muchachas se hicieron cortar el pelo (…) los jóvenes, a su vez, se afeitaban barbas y bigotes para parecer más femeninos; las manifestaciones de la sexualidad invertida llegaron a hacerse moda como protesta contra las formas legales, tradicionales, normales del amor. Cada modo de expresión de la existencia se esforzaba por hacer ostentación radical y revolucionaria, y lo hacía también, claro está, el arte”. Pero en Alemania fue más radical: “Creo poseer nociones bastante sólidas de la historia, pero, que yo sepa, jamás se ha producido semejante época de locuras en proporciones tan enormes. Todos los valores se habían transformado y no se respetaba moral ni hábito alguno. Berlín se convirtió en la Babel del mundo (…)  pues los alemanes aportaron a la perversión toda su vehemencia y manía de sistematizar. Una especie de demencia se apoderó, con el derrumbe de todos los valores, principalmente de los círculos burgueses (…) Pero lo más repugnante de todo aquel erotismo patético fue su espantosa falsedad (…) El que vivió aquellos meses, aquellos años apocalípticos, amargado y asqueado, presentía a cada instante que debía producirse una reacción cruenta”.

          

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