** “Cita con la Historia”: Toma de Granada, Reconquista y al Ándalus: https://www.youtube.com/watch?v=gISsbhWHpMo
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(Estos tres artículos tienen por objeto suscitar objeciones de los lectores eruditos. En gran parte vienen de Nueva historia de España y los aplicaré con algunas modificaciones a una Introducción a la historia de Europa)
La Iglesia se vio fuertemente influida por las filosofías helenistas, lo cual creó una fuerte tensión entre la razón, la fe y el dogma. Por otra parte, enseguida se originaron interpretaciones discrepantes y hostiles entre sí. La vida monacal de renuncia ascética a los bienes materiales cundía por Siria y Egipto, degenerando a veces en persecuciones fanáticas contra los paganos u otros cristianos considerados impuros. Otra de las tendencias, el arrianismo, produjo una crisis considerable en la Iglesia. Las discusiones versaban sobre la naturaleza del Hijo en el esquema trinitario de la divinidad. Para muchos, entre ellos Arrio, un sacerdote destacado, el Hijo, es decir, el Logos o Verbo, es decir, Jesús, había sido engendrado por el Padre, y por lo tanto no era eterno y le estaba subordinado. La idea resultaba peligrosa para muchos, porque suponía una especie de politeísmo o bien la negación implícita del carácter divino de Jesús. Según el evangelio de Juan, el Logos, la palabra que daba sentido al mundo y a la vida era Dios mismo y estaba en el principio de todo.
El obispo de Alejandría, Atanasio, se oponía irreductiblemente a Arrio, pese a lo cual el arrianismo se difundía con fuerza en la helenizada parte oriental del imperio. En la parte occidental o latina, predominaba en cambio la creencia opuesta. El emperador Constantino, preocupado, ordenó solventar los conflictos convocando un concilio en Nicea, en 325. Asistieron a él más de trescientos obispos, prueba de la pujanza eclesiástica. Lo presidió Osio, obispo cordobés y consejero del emperador, que ya había destacado en el concilio hispano de Elvira, cerca de Granada, el primero, al parecer, que estableció el celibato de los clérigos. El arrianismo fue condenado por aplastante mayoría, gracias en gran medida a la influencia de Osio, que también parece haber compuesto el credo de Nicea, resumen de los dogmas que caracterizan al cristianismo y por ello uno de los documentos más influyentes de la historia.
Nicea no acabó con el arrianismo, que se difundió por los pueblos germánicos gracias al obispo Ulfilas, que los fue cristianizando en esa doctrina, y hubo nuevos concilios contra ella. Y un nuevo emperador, Constancio, la adoptó, persiguiendo a los niceanos, paganos y hebreos, aunque terminó fracasando.
Otras herejías tomaron forma, a menudo con un fondo gnóstico, basado en algunos aspectos de la predicación de Jesús por medio de parábolas a veces difíciles de desentrañar, y en las sectas mistéricas paganas. Gnosis significa conocimiento, y el conocimiento real que permitía la salvación solo sería accesible a una minoría de elegidos,previa iniciación. En general, el gnosticismo identificaba el mal con la materia y el bien con el espíritu, por lo que consideraban que la persona humana, material, de Jesús solo podía ser simple apariencia. La iniciación, con una jerarquía de grados, buscaba liberar el lado espiritual o divino del individuo, de modo que llegara a convertirse cada uno en un verdadero mesías. Algunos aceptaban la reencarnación.
Para la Iglesia, las enseñanzas de Jesucristo no son mistéricas y la salvación no requiere iniciaciones ni secretos específicos, sino que está al alcance de todos si aceptan las enseñanzas del Evangelio y tratan de vivir conforme a ellas; aunque ni el hombre tiene carácter divino ni puede divinizarse o adquirir plenitud espiritual en este mundo, pues siempre será pecador en mayor o menor grado. Sin embargo, corrientes gnósticas permanecerían adoptando formas muy diversas, y según afirmó el reciente papa Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza, la gnosis “nunca se ha retirado del terreno del cristianismo en oposición decidida, aunque no declarada, a lo que es esencialmente cristiano”.
La elaboración y sutilidad del pensamiento y en general la cultura griega, atraía a los cristianos, como testimonia el intento del emperador Juliano de vedarles su acceso, aunque en otros aspectos los repelía por su racionalismo. El intento de armonizar la fe cristiana con la razón iba a ser una constante en el pensamiento cristiano a lo largo de los siglos, causa de una permanente inquietud intelectual.
Así, Plotino, filósofo neoplatónico, influía a pensadores anticristianos como Porfirio o Jámblico, pero también a Agustín de Hipona. El trasfondo de sus ideas era el antiguo problema de si el mundo, con su infinita variedad de formas, movimientos, generación y destrucción, se explica por sí mismo o precisa un fundamento externo a él. La primera opción suele llevar al ateísmo o al panteísmo, la segunda a la noción de un Dios creador, trascendente a su creación. Plotino va más bien en la segunda dirección: en el fondo del mundo, del espíritu (nous) y del alma hay necesariamente algo, el Uno, concepto por encima de la existencia y del ser, identificable con el principio del Bien y la Belleza. Del Uno derivaría el mundo, no por creación, sino por emanación, como del sol emana la luz. Un mundo no ilusorio, pero con grados menores de verdad y belleza según su lejanía del Uno. Ni aun las facultades humanas superiores pueden aprehender ese Uno, accesible solo por un esfuerzo místico, hasta la identificación con él, estadio máximo de la felicidad. Quien logra esa unión puede ser feliz hasta en medio de la tortura.
San Agustín, que rechazaba el gnosticismo, como Plotino, supuso a este asimilable al cristianismo. Cabría identificar al Uno, en cierto modo, con Dios, o al nous con el Cristo mortal. Pero no se limitó a transplantar el plotinismo. Agustín había comenzado por rechazar la fe en nombre de la razón, para encontrarlas más tarde complementarias, rasgo típico en el catolicismo. El mundo, considerado racionalmente, no se sostiene en sí mismo, debe haber sido creado. La propia razón se autorreconoce como parte de la creación, a la cual no puede entender por completo; pero incita al hombre a unirse a Dios por las vías del ser, el amor y la verdad.
El ansia humana de saber y de felicidad no puede satisfacerse plenamente en la vida, pero atestigua, junco con la memoria, el entendimiento y la voluntad, la creación del hombre a imagen de Dios, aun si con la deformidad del pecado. El mundo, creación divina, es bueno, y Dios no causa el mal, solo lo permite y puede transformarlo en bien. También elaboró Agustín más a fondo la idea del Dios uno y trino, o la concepción virginal de María y su santidad: Dios nació de una mujer. La Iglesia es santa aun si incluye a malvados, porque ese mal no contamina a los buenos. Nadie se salva sin Cristo y “la reconciliación con Dios es universal, ya que Dios murió por todos los hombres”; de ahí el fervor misionero cristiano. La gracia, don gratuito divino que facilita hacer el bien, no se opone al libre albedrío, pues este “no sucumbe porque es ayudado, sino que es ayudado para que no sucumba”.
La concepción agustiniana busca salvar al creyente de la desesperación y de la soberbia, pero no llega a conciliar la gracia con la libertad, o la predilección gratuita de Dios por algunos hombres y el amor divino a toda la humanidad. Rechazaba la tesis de Orígenes de que, al final de los tiempos, pecadores y no pecadores volverán unirse en Dios(apocatástasis), pues el castigo eterno por los pecados chocaría con la infinita misericordia divina. Según Agustín, el castigo será eterno (concepto extraño, pues en su opinión el tiempo aparece con el mundo, por lo que la eternidad negaría el tiempo); y sentó bases para la doctrina de la predestinación: unas almas están predestinadas a la condenación, otras a la salvación. Estas ideas moldearon la filosofía cristiana y darían pie a controversias y a la gran escisión protestante del siglo XVI, decisiva en la historia posterior de Europa. De paso, la impronta cultural grecolatina aumentaría la distancia del cristianismo con respecto al judaísmo.
La vida de San Agustín transcurrió a caballo entre los siglos IV y V, en los últimos tiempos del imperio. Fue el mayor de una serie de intelectuales católicos, polemistas y padres de la Iglesia. Otro muy destacado durante la segunda mitad del siglo IV, fue Ambrosio, obispo de Milán y consejero de emperadores, que condenó algunas atrocidades estatales, como la matanza de Salónica en represalia por una revuelta. Pero no vaciló en usar el poder para llevar hasta el final su batalla contra el paganismo, promovió la intimidación contra judíos y paganos, la destrucción de sus templos y amparó atrocidades de cristianos fanáticos. En cierto grado intentó imponer una clerocracia: el emperador estaría “a las órdenes de Dios”, como los ciudadanos a las del emperador; y la Iglesia ostentaría un poder superior al de los estados del mundo, concepción susceptible de borrar la separación entre poder espiritual y poder político. No obstante, la identificación de la Iglesia con el imperio tendría un límite, que permitiría a la primera sobrevivir al segundo.