Blog I Recuerdos (37) Primera visita a París
**Mañana, en “Cita con la Historia” nos extenderemos sobre el fondo y fundamento racista del separatismo catalán, mucho menos conocido que el racismo del PNV. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. También será accesible el lunes en podcast, en YouTube y en www.citaconlahistoria.com
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Trataré aquí la racionalidad del liberalismo, el marxismo y el fascismo, exponiendo el esbozo al comentario y aguda crítica de los lectores.
Europa era en los años 30 un continente hirviente de ideologías en pugna, por lo que no estará de más exponer algunos rasgos de ellas. La mayoría de los libros de historia sobre la época explican poco al respecto, sea porque dan por supuesto que el lector ya sabe a qué atenerse o por la propia dificultad de explicar ideologías contrarias sin caer en la propaganda; pero conviene intentarlo, y en El derrumbe de la República dediqué varios capítulos a exponer las ideas que impulsaban a unos y otros en España, y sin las cuales no se puede entender nada. Aquí expondré un breve esbozo que ayude a interpretar los sucesos.
Predominaban por entonces en Europa tres ideologías, el liberalismo, el marxismo y el fascismo, cada una con su propia racionalidad y concepción del mundo y de la historia, y cada una también con sus variantes.
El liberalismo era la más antigua. Su pensamiento político explicaba el poder como consecuencia de la necesidad de poner fin a un mítico “estado de naturaleza”, donde los individuos, aislados y en plena libertad, no se ajustaban a ningún otro orden que sus deseos. Para impedir la guerra de todos contra todos resultante fue preciso instituir la sociedad mediante un “contrato” igualmente mítico, que crearía el poder y el estado. De ese contrato podía derivar un estado totalitario (Hobbes) para impedir una anarquía violenta, o un estado liberal (Locke), mantenedor del orden asegurando la vida, la propiedad, la libertad y busca de la felicidad de los individuos como derechos naturales anteriores a la formación de la sociedad, es decir, provenientes del estado de naturaleza. Para que ello funcionara sin caer en tiranía, los poderes del estado (ejecutivo, legislativo y judicial) debían mantenerse separados o autónomos (Locke, Montesquieu).
La noción de propiedad privada y su derivada, el comercio, tiene importancia clave en el pensamiento liberal: el interés particular en busca de ganancia articulaba el comercio y sería la base de la riqueza (Adam Smith). El comercio habría permitido pasar de la barbarie a la civilización, la cual facilitaba a sus miembros la paz, la prosperidad y la felicidad posible. El objetivo de la vida social consistía de modo muy relevante en el enriquecimiento. Y como la economía se regulaba por sí sola, según sus propias leyes (“la mano invisible”), el estado no debía intervenir ni regular, o hacerlo lo menos posible (política del laisser faire). En suma, el liberalismo propugnaba un estado mínimo, que monopolizase la violencia para asegurar el cumplimiento de los contratos y la seguridad interna y externa del país. De hecho, un estado herramienta de los propietarios y comerciantes, controlado por estos mediante el voto en los parlamentos. Un voto restringido (censitario) ya que por lo común, los propietarios son más cultos y emprendedores que la masa, y políticamente más responsables debido al cuidado por sus propiedades. El resto de la población, más ignorante y con escaso o nulo patrimonio, más expuesto por ello a demagogias, debía ser tenido lo más posible al margen de la política. Tal discriminación entraba en fricción con las libertades políticas (de expresión, asociación, imprenta, conciencia…) y la igualdad jurídica preconizadas por los propios liberales, y por ello no podía durar mucho. De ahí numerosas luchas sociales hasta imponerse finalmente el sufragio universal.
La importancia de la propiedad privada y el comercio fueron desarrolladas en el liberalismo (por ejemplo en la Escuela Austríaca) como el fundamento mismo de la libertad y de lo propiamente humano, explicando “la acción humana” como una permanente y compleja ocupación racional por obtener el máximo bienestar, medido en términos esencialmente económicos o en todo caso comerciales. La idea misma de la sociedad como un contrato, es decir, una relación comercial, partiendo de un imaginario estado “de naturaleza” incide en esta concepción del ser humano.
Una fuente del liberalismo habían sido las persecuciones entre grupos protestantes, para terminar con las cuales se desarrolló en Inglaterra el concepto de tolerancia (excepto hacia los católicos), que poco a poco se iría aplicando con creciente amplitud. La idea suponía, de modo implícito y después explícito, que la religión debía ser relegada de lo público a la privacidad individual, un designio poco tolerante y no muy coherente con las libertades. Ello suponía una revolución drástica con respecto a todas las culturas anteriores, en las que la religión había desempeñado un papel crucial en todos los órdenes de la cultura, incluyendo el político. Algunos liberales se declaraban ateos, muchos más agnósticos y, no obstante, otros muchos profesaban alguna forma de cristianismo. Una corriente liberal respetaba la religión, otra la hostigaba con violencia diversa. Aunque el liberalismo no pretendía ser una ciencia social, sino más bien una filosofía, influía en él la atención a las novedades científicas, y el darwinismo tuvo, en el siglo XIX, gran impacto en sus enfoques.
Durante el siglo XIX, la mayoría de los países liberales, en especial Inglaterra, habían conocido una prosperidad sin precedentes históricos, acompañada de considerable libertad política y esplendor cultural. Si tal había ocurrido, no parecía haber ninguna razón para no persistir en el liberalismo, aun a pesar de revoluciones y guerras o de episodios siniestros como la Gran Hambruna irlandesa o los exterminios de indígenas en las colonias. Pesaban además las crisis y depresiones económicas recurrentes, luego la Gran Guerra de 1914-18 y, en los años 30, la Gran Depresión, que los liberales entendían como desgracias pasajeras y sus adversarios como prueba de su fracaso o de que su experiencia histórica se había agotado.
En contraste con otros países europeos, el liberalismo en España no había sido precisamente brillante, y el siglo XIX puede considerarse el de su más profunda decadencia: no produjo pensadores ni estadistas de talla, con la excepción de Cánovas. La invasión napoleónica de 1808 había dejado al país dividido entre liberales y tradicionalistas, resolviéndose la pugna a favor de los liberales en una dura guerra civil, y otras dos secundarias. El triunfo liberal no trajo estabilidad, pues sus partidarios se dividieron en dos corrientes, exaltada y moderada (luego tomarían otros nombres), que se agredieron entre sí en una serie de pronunciamientos militares y golpes políticos. Los exaltados, drásticamente anticatólicos, querían imitar la Revolución francesa, organizaron matanzas de frailes, y su agitación culminaría en la I República, en 1973, la cual estuvo cerca de hundir al país en el caos y las guerras civiles. El rescate vino de las manos de Cánovas, que estableció una Restauración monárquica que permitía la alternancia en el poder con sus adversarios y mostraba mayor respeto a la Iglesia.
La corriente liberal exaltada volvería a tener su oportunidad con la II República de 1931. Entonces no vaciló en aliarse con fuerzas revolucionarias obreristas y totalitarias, así como con los separatismos, dando lugar a unos años convulsos, con destrucción de la legalidad republicana y el descrédito del liberalismo y la democracia, que la mayoría terminó asimilando a aquella experiencia. La guerra subsiguiente incrementaría en el resto de Europa las animadversiones ideológicas, al identificarse, de modo falso, la causa del Frente Popular con la de la democracia y la contraria con el fascismo[1].
[1] Me he extendido sobre esto puntos en varios libros: El derrumbe de la República, Los mitos de la Guerra Civil o Los mitos del franquismo.

