El itinerante corazón de Macià / El desastroso siglo XIX español y los liberales

Blog I. Recuerdos (18) El canto del ruiseñor: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-18-canto-ruisenor-20082015-0804

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El itinerante corazón de Macià

Cuando murió Macià, primer presidente de la Generalidad en la república, le fue extraído el corazón, que según los separatistas, representaba el corazón de Cataluña. Macià etenía mucho de orate, como reconoce implícitamente su amigo Alcalá Zamora. En 1926 organizó una invasión de Cataluña desde Prats de Molló con sus “bravos almogávares”, al objeto de imponer por las armas la secesión de Cataluña.  Como es habitual en las grandes empresas separatistas, la invasión quedó en nada cuando un grupo de gendarmes franceses detuvo sin la menor resistencia a los “almogávares”. Después, diversas complicidades masónicas permitieron a Macià convertir el juicio por su astracanada en una plataforma de propaganda contra España. Los  “hechos” de Prats de Molló convirtieron  a Macià  en motivo de irrisión en Cataluña. Sin embargo, por una reacción sentimental no inhabitual en  circunstancias históricas cambiantes, Macià se convirtió en “héroe nacionalista” al llegar la república, como recuerda un asombrado Cambó. Y procedió a nuevas maniobras golpistas sin consecuencias. 

   Macià murió en diciembre de 1933  y en una ceremonia (masónica, según algunos) el corazón le fue arrancado y guardado en una urna. Hacia el final de la guerra civil,  Tarradellas se llevó el corazón a Francia, tras advertir a la familia que el cadáver había sido trasladado a un panteón diferente (Collaso Gil) para evitar profanaciones. Llegada la transición, el ayuntamiento de Barcelona preparó una gran ceremonia  para devolver el corazón  a su lugar de origen. Pero he aquí que el cadáver no se hallaba en el panteón, sino en su tumba original, que los nacionales no habían profanado. La sorpresa mayor se produce cuando se encuentra que el corazón no había sido extraído del cuerpo del pobre Macià. El escándalo fue eficazmente tapado y olvidado, pero  no puede negarse que representa bastante bien lo que algunos llaman “la cultura del nacionalismo”. Como “la misa negra en la cama de Macià”, de la que ya he hablado.

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Del siglo XIX nos llama la atención la profunda depresión de la enseñanza, en particular la universitaria, el escaso talento de los liberales y el cerrilismo tradicionalista. En diciembre de  2011 respondía así en LD a César Vidal:

Afirma  César Vidal: En no escasa medida, el siglo XIX español fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad

¿De verdad? El poco estimulante siglo XIX español fue un regalo de la invasión napoleónica, de carácter estrictamente contrario a la Iglesia. Hubo una resistencia no solo de gran parte de la Iglesia, sino popular, a unas reformas liberales bienintencionadas aunque sin mucho talento, que el pueblo identificaba con la Revolución y la invasión francesa, y sus destrozos. Por desgracia, en la mentalidad popular el liberalismo llegó a España como un acompañamiento de dicha destructiva invasión y en parte también del brutal comportamiento (saqueos, asesinatos, violaciones, destrucción de manufacturas) de los “aliados” protestantes ingleses. Por ello fue una tendencia muy minoritaria que tomó auge apoyándose fundamentalmente en el ejército y en capas minoritarias.  

  Una muy dura guerra civil resolvió el asunto a favor de los liberales (las otras dos guerras carlistas tuvieron mucha menor importancia y las ganaron también los liberales). Por consiguiente, la inestabilidad de la época procedió en parte fundamental de las discordias entre la facción liberal moderada, más fructífera,  y la extremista, ansiosa de imitar a la Revolución francesa y autora de persecuciones y matanzas de religiosos. De ahí provino la plaga de los pronunciamientos, los espadones, las conspiraciones masónicas hasta derivar a una I República desastrosa que estuvo a un paso de destruir la nación española en una triple guerra civil. 

  El antagonismo creado entre amplios sectores de la Iglesia (y del pueblo) y los liberales, entró en vías de arreglo con la Restauración, un liberalismo moderado en relación bastante buena con la Iglesia y con el Vaticano. El “desangramiento” fue así contenido. Había sectores católicos muy reaccionarios, pero minoritarios y sin influencia política, a los que don César trata de dar un protagonismo definitorio, con poco respeto a la verdad.  Y la Restauración se vino abajo precisamente por el surgimiento de mesianismos ateos o ateoides, enemigos frontales de la Iglesia. Mesianismos inspirados, en gran medida, en la propaganda protestante de la Leyenda negra.  

    Creo que don César debiera matizar algo más tanto sus esquemas históricos como su admiración un tanto beata y acrítica por el protestantismo, que, aunque a don César le cueste creerlo, tiene en su haber crímenes y desastres de cierta consideración.  Sin olvidar que hay cierto abuso en  hablar de protestantismo, cuando las doctrinas de Lutero han dado lugar a decenas o cientos de iglesias enfrentadas entre sí, a menudo violentamente y cuyo único común denominador es la aversión a la Iglesia católica, única institución, si no estoy equivocado, que ha permanecido dos mil años superando a menudo crisis extremas frente a mil enemigos. Solo por este hecho debiera ser enfocada esa Iglesia con más precaución y menos “alegría” de la que suelen haber tenido sus muchos enterradores; que han terminado al final enterrados.

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 Por qué el franquismo no tuvo oposición democrática, sino comunista y terrorista pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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“The Economist” no ama a España / La amnistía de la transición

Blog I: Recuerdos (17) Cómo me hice marxista: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-17-hice-marxista-19082015-0834

**Por qué el franquismo dio una gran época a España y el antifranquismo amenaza hoy la democracia pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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Siendo Rajoy émulo de Zapatero…

“The Economist” no ama a España

29 de Julio de 2006 – 11:20:34 – Pío Moa – 387 comentarios

Zapo y su gobierno se han aliado con los separatistas y los terroristas y han tratado de aislar al PP. Se han aliado con aquellos con el fin evidente de liquidar la Constitución española, y ese hecho vuelve ilegítimo al gobierno. Han premiado a los terroristas islámicos –si fueron ellos quienes organizaron el atentado del 11-M, cosa cada vez más dudosa–. Están destruyendo la independencia del poder judicial y creándose una especie de guardia pretoriana, así como un cuerpo de comisarios políticos en la enseñanza. Han organizado el hostigamiento a los órganos de expresión discrepantes. Promueven una alianza con diversas dictaduras del Tercer Mundo, incluyendo algunas de las más perjudiciales para España, como la marroquí o la cubana. Falsifican la historia de forma provocadora, en el espíritu del Frente Popular. Cuando estaban en la oposición, sus violentas manifestaciones transcurrían bajo banderas totalitarias y anticonstitucionales. El mismo Zapo se ha identificado con la ideología más totalitaria y genocida del siglo XX; y nunca ha querido identificarse, en cambio, como español. Y así sucesivamente.

Es difícil imaginar a un Zapo inglés en el 10 de Downing Street. Y, sin embargo, ninguna de sus fechorías preocupa en absoluto a The Economist, que pretende pasar por órgano privilegiado del liberalismo no sólo en Gran Bretaña, sino en el mundo. La masonizada revista felicita a Zapo en un artículo titulado expresivamente “Viva Zapatero”, y en su entusiasmo amonesta al PP por su oposición “vitriólica y desordenada” (desordenada lo es, ciertamente). En plan de activo propagandista del PSOE, llega a amenazar a la derecha con que, de ese modo, perderá “el centro”. Una de las debilidades de The Economist  ha sido siempre dar lecciones a diestra y siniestra.

La razón de estas posiciones no es difícil de detectar para quien conozca un poco su trasfondo: el prejuicio antiespañol, fuertemente arraigado en sectores bastante amplios de la Gran Bretaña, influidos por la leyenda negra (“Formidable vitalidad de la sombra de Felipe II”, ya observaba el anglófilo liberal Madariaga). Zapo, en efecto, personifica el mayor peligro que haya sufrido la democracia española desde 1978.

En pocas palabras: “¡Viva Zapatero, abajo España!”.

¡Ah, la mala memoria…!

27 de Julio de 2006 – 10:14:25 – Pío Moa – 280 comentarios

Memoria y amnistía

Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS

Realmente los socialistas necesitan recuperar la memoria. No ya todos los españoles, sino ellos y sus compañeros de la izquierda comunista y republicana. Los seguidores de Zapatero y Carod Rovira deberían recordar las grandes manifestaciones por la amnistía, esto es, por el “olvido”, que es lo que significa el término “amnistía”. Y, ¿a qué olvido se referían las pancartas y los manifiestos de los intelectuales en aquellos días previos a la legalización de los partidos? Al del “pasado”. A la cura definitiva de las profundísimas heridas abiertas por la II República y la guerra civil.

Fue la izquierda, que ahora pide leyes de memoria histórica, la que pidió borrón y cuenta nueva. A comienzos de los setenta reclamó perdón para abrir las sedes de los partidos y ahora quiere utilizar selectivamente el recuerdo para justificar la persecución del partido al que considera sucesor de los que le concedieron la amnistía.

Amnistía para la izquierda en la primera transición; memoria histórica para tapar la legalización de ETA en esta segunda fase.

El caso español es el único cambio de régimen en que unos partidos clandestinos piden perdón y olvido al poder constituido. Al solicitar la amnistía, la izquierda estaba reconociendo no sólo una relación de fuerzas desigual y, por tanto, su incapacidad para resolver el problema de la transición mediante la confrontación, sino la legitimidad del régimen para hacer una concesión tan trascendental como la amnistía. Además, la oposición venía a reconocer con ello su “culpa” histórica. La que le había llevado a seguir en la oposición durante cuatro décadas. Para levantarse necesitaba obtener la “gracia” del poder existente: en esos momentos ya la Monarquía.

Nunca nadie ha reflexionado sobre el significado político que tuvo la reclamación de la amnistía por parte de los partidos españoles de la oposición al franquismo. Los socialistas han comparado Pinochet a Franco, pero ¿acaso los partidarios de Ricardo Lagos o Clodomiro Almeida recorrieron las grandes avenidas de Santiago de Chile para pedirle a Pinochet la amnistía?

Yo también reclamo la recuperación de la memoria histórica. Recomiendo, por eso, como lecturas de verano, los libros de Schlayer y Baroja sobre la guerra civil… Un retorno aconsejable a unas miserias por las que la izquierda tuvo que pedir amnistía para levantar la cabeza.

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Con motivo del acto antijudío en el festival Rototom muchos han sacado absurdamente a relucir la Inquisición.

Casi todo lo que ud creía saber sobre la Inquisición es falso”: http://citaconlahistoria.es/2014/05/25/la-inquisicion-en-espana-y-sus-falsos-mitos/

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Separatismos: circunstancias y líderes

Blog I: Recuerdos (16) Melancolía por la juventud ida: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-16-melancolia-juventud-ida-18082015-0754

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En 2006 decía “nacionalismos”, pero la palabra adecuada es separatismos. Y no tenía en cuenta lo bastante la influencia de un racismo estrafalario tanto en el separatismo vasco como en el catalán. Desde la derrota nazi procuran ocultar aquella manía, pero les resurge constantemente, como en su insistencia en los “hechos diferenciales”, o últimamente en la “genética”, que dice Junqueras. En realidad, sin ese racismo subayacente, los separatismos perderían toda su fuerza.

 Otro punto a destacar es el surgimiento, a principios del siglo XX,  del “regeneracionismo”, muy favorable a los separatismos por la común denigración del pasado español. En 2004 publiqué el primer estudio en profundidad de los separatismos vasco y catalán en estrecha relación con la evolución política de España. El libro se vendió muy bien, pero no dio lugar a debate alguno, y ello, unido al hecho de ser el primero en su género (y creo que sigue sin haber otro) pese a abordar cuestiones tan cruciales, indica el marasmo cultural y político de la España actual. 

Separatismos: circunstancias y líderes

LD, 23 de Junio de 2006 – 11:46:20 – Pío Moa – 141 comentarios

Los separatismos vasco y catalán fueron incubándose bajo la Restauración, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando todavía nacionalismo y liberalismo parecían marchar unidos, salvo en Alemania. Sin embargo, en España tardaron mucho los regionalismos románticos en convertirse en separatismos, no ocurriendo ello hasta la última década del siglo, tardíamente con respecto a otros separatismos europeos, y con un tinte antiliberal.

Tanto en la población vasca como en la catalana había tenido mucha aceptación el carlismo. Sin embargo fueron sus regiones las más beneficiadas por el triunfo liberal, pues en ellas –en Barcelona y Bilbao– surgieron las minorías emprendedoras que mejor aprovecharon la estabilidad y el mercado nacional abierto por la Restauración. Por tanto cabía esperar que sus burguesías y la gente común hubieran reforzado sus sentimientos unitarios, y simpatizado con el liberalismo. En parte así ocurrió, desde luego, pero la prosperidad incluyó un fenómeno más alarmante: atrajo a Bilbao y a Barcelona a decenas de miles de trabajadores de otras regiones, mano de obra en su mayoría analfabeta, poco religiosa, a menudo desarraigada, explotada y proclive a actitudes revolucionarias. Ello despertaba en las crecientes clases medias autóctonas una sensación de peligro y desorden, mezclada, a menudo, con la añoranza por un idealizado ayer de tranquilidad y armonía.

El descontento con algunos efectos del liberalismo anclaba también en la tradición carlista, una de cuyas reivindicaciones había sido los fueros regionales o provinciales, leyes particulares de origen medieval que, entre otras cosas, fragmentaban el mercado único. Los fueros de Cataluña habían sido abolidos en 1716, tras la guerra de Sucesión, por haber apoyado la oligarquía y muchos catalanes a la dinastía austriaca, en lugar de a la triunfante borbónica; y los vascos en 1876, después de la última guerra carlista.

Por otra parte el dinamismo de Bilbao y Barcelona provocaba roces con una administración madrileña plagada de viejas rutinas semirrurales y oligárquicas, deploradas por las pujantes capas industriales y comerciales. Se extendió la idea en medios populares y menos populares de que “catalanes y vascos” eran los únicos que trabajaban, viviendo las demás  a su costa. Por supuesto, la situación podía presentarse también al revés: Cataluña y Vasconia no sólo se beneficiaban del mercado nacional (más el colonial), sino que prácticamente lo tenían cautivo merced a unos aranceles muy altos, impuestos por Madrid para proteger, precisamente, sus industrias, las industrias españolas, en definitiva. Y quienes trabajaban allí eran, en gran parte, gentes de otras regiones.

Los separatismos iban a crecer, pues, en ese ambiente, explotando el orgullo por la prosperidad económica, el descontento con la pesada administración central, la inseguridad introducida por la inmigración, el miedo a los brotes revolucionarios, la aversión tradicional al liberalismo, y la nostalgia por un pasado ideal concretado en los fueros, en cuya abolición veían o querían ver el fin de la “libertad” catalana y vasca.

Sentimientos un tanto contradictorios, porque el progreso material se asentaba, precisamente, en la mano de obra barata llegada del resto del país y en la eliminación de los fueros, que, al ampliar los mercados, había dado alas a la industria textil catalana y la metalúrgica vizcaína. Volver a los fueros habría traído la ruina económica, por lo que su invocación funcionaba más bien como una querencia sentimental del pasado, justificadora del disgusto con las dificultades del presente. Y los defectos de la administración central podían verse como productos irremediables de una institución a destruir, o como males transitorios, superables mediante reformas.

Peculiaridad importante de estos separatismos fue la impronta clerical en su gestación. El nacionalismo catalán tuvo una raíz fundamental en medios de la Iglesia, aunque al principio no pasara en ellos de regionalismo. En Vascongadas se trató más bien de un acogimiento eclesiástico de las doctrinas, de matiz teocrático, elaboradas por Sabino Arana. En ambas regiones diversos seminarios, monasterios y parroquias llegaron a convertirse en focos de separatismo. Y mucho más tarde, por los años 60 del siglo XX, bajo el régimen de Franco, el clero iba a desempeñar de nuevo un papel crucial en el resurgimiento de los separatismos, aunque en un contexto muy diferente y por causas también diferentes.

Choca a primera vista el nacionalismo clerical, pues España había desempeñado durante siglos el papel de adalid del catolicismo en Europa y en medio mundo. ¿Cómo, de pronto, unos católicos fervientes desvalorizaban esa tradición y pugnaban por romper la vieja unidad hispana? Una explicación reside en las quiebras sociales y políticas del siglo XIX y en el triunfo final del liberalismo. Esta ideología había llegado con la invasión napoleónica, inspirándose en la revolución francesa y con un componente antirreligioso y violento muy pronunciado, alzando contra ella un frontal rechazo en los ambientes más católicos, que por reacción se anclaron en una ortodoxia anquilosada. Al triunfar el liberalismo, diversos clérigos pensaron salvar lo salvable en sus propias regiones, donde tan fuerte había sido la influencia carlista. No insinúo una continuidad entre carlismo y separatismo. Por el contrario, el carlismo había defendido firmemente la unidad española, aun si la concebía al modo descentralizado del antiguo régimen; por lo tanto el nacionalismo suponía una ruptura con él. La relación es más bien indirecta y producto del ambiente. Las repetidas derrotas carlistas dejaban a finales del siglo poca esperanza de volver al antiguo régimen, y el nacionalismo clerical, considerando a Cataluña y Vasconia regiones privilegiadamente católicas, quería salvarlas de la general degradación. Hasta cierto punto los separatismos  vasco y catalán nacieron como reacción regional contra el liberalismo triunfante en el conjunto del país.

Esta explicación resulta, no obstante, insuficiente, por cuanto la Restauración había creado un sistema moderado, ajeno a las antiguas exaltaciones, pronunciamientos militares y ataques a la religión, haciendo posible una convivencia espinosa, pero aceptable, entre la Iglesia y el estado. Pero fue precisamente entonces cuando tomaron cuerpo los movimientos anarquistas y marxistas, confirmando en apariencia la vieja crítica al liberalismo como puerta abierta a esas ideologías, que irrumpían prometiendo textualmente la sangrienta abolición de la religión, la propiedad privada y la familia.

El paso del regionalismo al nacionalismo entrañaba otro cambio radical. Como en todos los países, había existido siempre una rivalidad entre las regiones. El “contrario”, en Cataluña y, en menor medida en el País Vasco, había sido Castilla. Sin embargo la decadencia castellana en el siglo XIX era manifiesta, y su hegemonía en la política y la cultura se había desvanecido de mucho tiempo atrás. Los nacionalistas vascos y catalanes mostraban animadversión hacia Castilla, cuya historia y hegemonía pasadas zaherían y menospreciaban, pero considerarla una “nación opresora” sonaba por lo menos exagerado. Aunque la unidad española bajo los Reyes Católicos había mantenido una considerable diferenciación entre los reinos, especialmente el de Castilla y el del Aragón, esa diferencia se había ido diluyendo desde el siglo XVIII, como también la antigua preeminencia demográfica y económica castellana. Aun así, los separatismos vasco y catalán exacerbaron las quejas y diferencias, y dieron el paso de la tensión con Castilla a la oposición a España.

De todas formas, durante el último decenio del siglo XIX, ambos separatismos atraían a muy poca gente. Quedaban en cosa de algunos intelectuales y clérigos y, sobre todo en Cataluña, se confundía con el mero regionalismo cultural. Pero a finales de esa década, en 1898, ocurrió uno de los sucesos psicológica y políticamente más determinantes de la historia contemporánea española: la derrota frente a Usa, y la pérdida de las últimas colonias. Como se ha resaltado a menudo, el “desastre” no lo fue en el terreno económico –resultó incluso beneficioso desde ese punto de vista– pero sí en el orden moral: quebró la confianza y la seguridad de España en mayor grado todavía que las de Francia por su derrota frente a Alemania en 1870. Inundó el país una marea de autodesprecio y fueron puestas en cuestión la historia y la cultura españolas, y el valor mismo de su unidad. Ese momento psicológico marca el auge y consolidación de los separatismos catalán y vasco.

Siendo así, cabe preguntarse por qué cobró impulso el separatismo en esas dos regiones, y no en otras tan diferenciadas como Valencia, Baleares, Navarra, Galicia o Andalucía. Algunos encuentran la causa en la industrialización, la “burguesía”. Quizá, pero ambos separatismos tuvieron mucho de reacción a la industrialización, o más bien a uno de sus efectos principales: la llegada de una masa de inmigrantes. Y ambos enraizaron más bien en capas medias y campesinas que en el medio empresarial, sobre todo en el caso vasco. Además el progreso industrial fue previo al  separatismo y no debió nada a éste, del cual sólo podía esperar peligros, al implicar una fuerte restricción del mercado para las empresas regionales.

A mi juicio, no basta con la existencia de condiciones generales u “objetivas” más o menos favorables para que una idea política cuaje. Hace falta un liderazgo lo bastante hábil y empeñado para explotar esas condiciones y superar los obstáculos. Y la presencia de líderes inspirados, enérgicos y tenaces no es algo previsible o automático en unas circunstancias económicas, sociales o culturales dadas. Es un producto azaroso de mil circunstancias, muchas de ellas estrictamente personales e impronosticables. Ese liderazgo no surgió en la mayoría de las regiones, pero sí en Vasconia con Sabino Arana, y en Cataluña con Prat de la Riba y Cambó. Los dos primeros elaboraron sendas teorizaciones sobre sus respectivas regiones, así como, más o menos explícitamente, sobre España. Y, no menos importante, combinaban con su dedicación teórica una completa devoción a la causa y la verdad que creyeron descubrir. El cambio real de regionalismo a nacionalismo se produce ya a finales del siglo XIX, y muy ligado a la obra de Arana y de Prat de la Riba, y por ello le daré en este ensayo mayor relieve que a disquisiciones eruditas sobre los antecedentes, inspiraciones o variantes de sus doctrinas.

No porque tales disquisiciones y estudios sean vanos, ni mucho menos. Al contrario, a menudo –aunque no siempre– clarifican las cosas, pero por no ser indispensables al objeto de este libro, me extenderé poco sobre ellas. Así, apenas trataré temas como la actual polémica dentro del nacionalismo catalán sobre la importancia relativa de Almirall y de Prat, o las implicaciones demo-orgánicas de las Bases de Manresa, o las raíces del mesianismo vasquista “limpiador de la tierra” desde Larramendi, estudiadas por M. Azurmendi, etc. Dicho en otros términos, parto del supuesto, a mi juicio evidente, de que fueron las ideas y fuertes personalidades de Arana y Prat, enfrentadas a un medio poco propicio, las fundadoras e impulsoras de ambos separatismos; y de que atendiendo a ellas podemos entender suficientemente –no exhaustivamente, claro, si eso fuera posible– los rasgos de cada uno y muchas claves de su desarrollo y repercusiones a lo largo del siglo XX.

Los dos personajes fueron prácticamente coetáneos, con diferencia de cinco años. Los dos murieron prematuramente, Arana con 38 años, en 1903, y Prat con 46, en 1917. Había entre ellos otras muchas semejanzas. Si, desde el punto de vista intelectual, nadie podría considerarlos brillantes, suplían esa deficiencia con el instinto, por así llamarlo, de los fundadores; con la convicción sin fisuras en sus ideas, cuya verdad redentora para sus pueblos tenían por irrefutable; y con una tenacidad extraordinaria, nacida de esa convicción. Ambos poseían dotes de organización y propaganda muy notables, y, considerando la unidad española perjudicial para vascos y catalanes, retrotraían a tiempos pasados, a veces un tanto brumosos, el ideal de plenitud nacional, para cuya recuperación habría sonado la hora. Eran, además, muy católicos.

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Nacionalismos /El terrible señor Rajoy

Blog I: Recuerdos (15) Luchas por el poder en el Ateneo: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-15-luchas-ateneo-17082015-0843

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Nacionalismos

27 de Junio de 2006 – 08:46:13 – Pío Moa – 234 comentarios

La crisis española actual puede presentarse como una pugna entre nacionalismos: el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos. Siendo el nacionalismo un mal, según diversas doctrinas, la salida resultaría siempre insatisfactoria.

Aunque las naciones, propiamente hablando, se formen en Europa y como resultado de la caída del imperio romano, y vayan adquiriendo forma precisa en la edad moderna, podemos definir el nacionalismo en dos sentidos. En primer lugar como el sentimiento natural de patria, de identificación con un grupo social amplio y su territorio –sentimiento que puede ser incluso más fuerte que el de identificación con la propia familia, el grupo más elemental—. Y en segundo lugar como el concepto de que la soberanía reside en la nación (el “pueblo”), y no en el rey u otra autoridad no elegida directamente por la nación, idea mucho más moderna, con poco más de dos siglos de existencia.

No es difícil ver por qué la unión de ese sentimiento y ese concepto ha permitido extender el nacionalismo por todo el mundo en el último siglo, a grupos humanos que nunca habían sido naciones, excepto en el sentido primitivo usado por los romanos.

Sin embargo no todos los nacionalismos son lo mismo, como no son lo mismo todos los estados (excepto para los anarquistas) o todas las formas de hacer negocio. Para empezar, hay naciones con profundas raíces históricas y culturales, y las hay que son más bien invención de oligarquías locales ambiciosas de poder; y hay nacionalismos ligados a la democracia y los hay ligados a la tiranía.

El terrible señor Rajoy

30 de Junio de 2006 – 08:10:46 – Pío Moa – 367 comentarios

El señor Rajoy vuelve a tomar el pelo a los ciudadanos:

“Y, por tanto, mientras las condiciones no cambien y mientras no se den esas garantías a las que antes he hecho referencia, nosotros no podemos apoyar al Gobierno, sobre la base de que para el Partido Popular será siempre un objetivo nacional la recuperación de la libertad y derrotar a la organización terrorista ETA”.

Terrible lenguaje. El gobierno, la ETA y los demás separatistas, empeñados en un proceso acelerado de destrucción de la Constitución, ¡y resulta que el señor Rajoy no los va a apoyar! ¡Qué miedo, qué desolación sentirán la ETA y el gobierno, privados de ese imprescindible apoyo! ¡Qué tremendo este Rajoy!

Ese “no apoyo” en lugar de la denuncia y el ataque a fondo a los liberticidas es sólo una forma de colaboración con el proceso. ¿En qué se manifestará esa colaboración? En lo que se viene manifestando: la desmovilización y desmoralización de los ciudadanos. Tal es el papel de Rajoy.

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Nunca entro en bares o locales con nombres en inglés. Nunca compro artículos que se anuncian en inglés. Nunca compro ropas o artículos con grafismos en inglés. Creo que va siendo hora de protestar y boicotear esas cosas.

No se debe a que deteste la cultura anglosajona, admiro muchos aspectos de ella. Se debe a que esa cultura sabe defenderse muy bien, y no precisa mi ayuda. En cambio la cultura hispana se defiende muy mal, y no deberíamos ahorrar esfuerzos por cambiar tal situación. Sufrimos una auténtica colonización cultural, cuyos principales agentes son españoles. Incluidos los más gritones antiuseños

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Alfilerazos contra estocadas / Decadencia del Ateneo

*En “Sin complejos”, de Luis del Pino. La hispanofobia como enfermedad política y social. El antifranquismo como disfraz de la hispanofobia:  http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2015-08-15/involucion-permanente-espana-tiene-mal-concepto-de-si-misma-90936.html

**Blog I: Recuerdos sueltos (14) Excursiones arqueológicas por Cuenca: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-14-excursiones-arqueologicas-cuenca-16082015-0906

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Sobre el primer comentario, apoyé  en su día la invasión de Irak, advirtiendo que había tantos argumentos a favor como en contra, y que, como miembro de la OTAN, España debía… Creo que fue un inmenso error. Aun así, una vez cometido, el PP debió haber defendido su posición con uñas y dientes ante la opinión pública, en vez de dejar esa iniciativa a la izquierda. Hoy sigue sin saberse quiénes fueron los autores del atentado del 11-m, un atentado que empeoró drásticamente las derivas políticas que Aznar había ya acentuado, con la excepción de su política hacia la ETA.

En LD: Alfilerazos contra estocadas

31 de Mayo de 2006 – 09:32:35 – Pío Moa – 397 comentarios

Rajoy ha hecho un discurso parlamentario de esos que no conmueven gran cosa a la población ni al gobierno. Ha señalado “incertidumbres” y hechos “preocupantes”, o “alarmantes”, o lo que sea, en un buen discurso para circunstancias normales. Pero los tiempos no son normales. Porque no es normal que un gobierno colabore con una organización terrorista y esté liquidando la Constitución de acuerdo con ella y con los separatistas. No es normal que un gobierno democrático diseñe un plan de alianza con las dictaduras y dé premios al terrorismo islámico, bautizándolos a todos como “civilizaciones”, con la misma descarada perversión del lenguaje con que llama “proceso de paz” al proceso de destrucción de la ley. No es normal que un gobierno intente dar por cerrado el más grave atentado de nuestra historia, en el cual casi todos los implicados son confidentes policiales y otras personas controladas por unos policías que habían abandonado esos controles justo antes del atentado; unos policías cuyo comportamiento en relación con las pruebas y la justicia resultan cuanto menos extrañas; un atentado, en fin, al que debe el poder ese mismo gobierno. No es normal que desde el poder se esté presionando para silenciar las voces críticas o desacreditar a las víctimas más directas del terrorismo, o realizando detenciones ilegales…

Ni tantas otras cosas, estocadas a la democracia, a las que Rajoy responde con alfilerazos, tal vez porque no se percata con claridad de la situación. Como tampoco se percata de estar lidiando con el partido de los “cien años de honradez”, con el partido del GAL y de Filesa, nunca retractado, ni regenerado… Y al cual, por tanto, no puede arrebatar la iniciativa.

El Iluminado, más habilidoso y eficaz, ha hecho un canto a sus logros económicos. Ni aun ahí ha estado Rajoy a la altura. Ha hablado, en abstracto, de “un ciclo de crecimiento”, como si el mismo no tuviera relación con la política económica de Aznar, lo único que no ha variado sustancialmente el gobierno actual. La falta de referencia de Rajoy a la etapa de Aznar ya me llamó la atención en su campaña electoral, cuando el actual líder de la derecha se presentaba haciendo mil promesas vacuas, como si viniera de la oposición.

¡Ah, e Iraq, Iraq, la marca de la cobardía del PP…! Nunca acabarán de pagar su falta.

En fin… Esperemos que el futuro de España no dependa de todos ellos. Es la hora de los ciudadanos.

Elecciones en el Ateneo de Madrid

27 de Mayo de 2006 – 09:05:17 – Pío Moa – 323 comentarios

  Da lástima y algo de desprecio contemplar la decadencia de la institución cultural española más original y en muchos aspectos más creativa de los últimos dos siglos, un modelo nacido en Madrid, que se extendió desde Barcelona a Manila. Hoy, ni sombra de lo que fue. Un símbolo de los tiempos

   “Y he aquí un cuarto rasgo del Ateneo, sugerido por su propio nombre, alusivo a Atenea y a la ciudad que más disfrutó de su patrocinio. A la diosa de la sabiduría y de la guerra, del intelecto combativo, en síntesis, pues nunca la búsqueda de la verdad ha sido buena compañera de la complacencia ni de la componenda. Las polémicas ateneístas han sido famosas en sus mejores horas, y aunque poco de ello ha quedado escrito, su influjo invisible, formador de actitudes y afinador de ideas, ha sido con seguridad poderoso en la obra de muchos pensadores. También la discusión abierta y el contacto intelectual directo fueron características de la cultura griega.

   Esa actitud vivaz, emprendedora e inquisitiva, presta a poner en tela de juicio las ideas, ha existido también en el Ateneo. En él se ha llegado a combinar la investigación con la discusión y la tertulia, una tradición mediterránea, particularmente helénica”

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