El mito como generador de la ciencia

Blog I. Recuerdos sueltos (3) “Las niñas ya no cantan”:http://www.gaceta.es/pio-moa/ninas-cantan-recuerdos-sueltos-3-05082015-1017

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El mito como generador de la ciencia

 No es difícil ver la afinidad de la literatura, sobre todo la gran literatura, con el mito. Este da una explicación simbólica del cosmos y del destino humano, que permite al hombre calmar la angustia ligada a su condición y por ello mismo libera las energías psíquicas. El destino viene representado por  las historias de personajes y héroes, y de ahí el desarrollo literario de la tragedia y la comedia, la poesía, más tarde la novela, etc. Es decir, el mito sugiere, estimula e impregna la actividad literaria.  Con respecto a la ciencia parece lo contrario, que la ciencia socava al mito. Pero  en realidad ocurre ahí lo mismo que con la literatura.

   El espíritu científico existe en todas las culturas. Incluso las más antiguas tienen saberes reales cuyo origen está en la observación y la experimentación, como ocurre con el conocimiento de plantas medicinales, venenosas, etc., conocimiento debido probablemente a los chamanes o brujos, creadores también de mitos. Ya las cosmogonías míticas ofrecen una explicación del cosmos  que permite desarrollos diversos. La observación sistemática del firmamento, con el propósito de averiguar el futuro u otros, o como simple muestra de adoración, se desarrolló en los templos y por la casta sacerdotal. La construcción misma de los templos exigió conocimientos científicos. El pensamiento científico  propiamente dicho parece  haber surgido en Grecia ligado a mitos en la observación del cielo, la medicina o las matemáticas (estas bien visibles en el misticismo pitagórico) o el razonamiento. Pero es en el Renacimiento cuando el espíritu científico adquiere  su plenitud, al menos por ahora, mediante la experimentación sistemática. No es casual, seguramente, que esto se produjese en la Europa cristiana, creada por una mezcla del mito judío y griego (la filosofía también desciende del mito).  Generalmente se destaca la oposición entre la ciencia y la religión de entonces, citando en particular el caso de Galileo (interpretado erróneamente), pero más importante es la continuidad a partir de la enseñanza en general y sobre todo universitaria, productos nuevamente de la clase sacerdotal de la Iglesia (aunque, justamente en el Renacimiento, la universidad estuviera en crisis).

   Hay, por tanto, continuidad y oposición, como sucede por lo común en todas las evoluciones de la vida, pero la continuidad es el factor principal, pues no se crean grandes cosas de la nada. La ciencia se desarrolla desde entonces prescindiendo, por método, de la idea de finalidad, tan ligada a la de divinidad; pero no negándola. La finalidad, el sentido y por tanto la divinidad, persisten en el trasfondo  como necesidad esencial de la psique. Así, las ideologías ciencistas se ven obligadas a poner su fe en la bondad de la ciencia, convirtiéndola  en un nuevo mito, más bien seudomito contradictorio,  con varios otros seudomitos derivados (el proletariado, la raza, el individuo, el dinero, etc.), y no es de extrañar que muchos ateos pongan su fe en  ficciones diversas. Con la literatura pasa algo parecido cuando se convierte en mero entretenimiento: la concepción de fondo es que la vida hay que pasarla entretenido, y no por casualidad la industria de la diversión o al menos el entretenimiento es la más desarrollada en nuestra cultura.

   La ciencia mitificada tiene un efecto destructivo porque, en lugar de calmar la angustia, la exacerba. Solo entendiéndola como un desarrollo particular del mito religioso pierde ese carácter. Por poner otro ejemplo, un seudomito como el creado en torno a la guerra civil, falseándola,  genera gran actividad cultural, como hemos indicado. Pero esa actividad conduce a la división y el odio en la sociedad, pierde el carácter integrador de los mitos clásicos.       

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De tuíter: (PioMoa1)

*En ningún sitio se recibía a Franco con mayor entusiasmo que en Cataluña.Y los separatistas no le hicieron oposición

* Para el PP, España es un estado en proceso de demolición, al que contribuyen

*El problema de los separatismos no está en Bilbao o Barcelona, sino en Madrid.

*Cataluña es tan poco española que los apellidos más corrientes son García, López, Pérez, etc.

*Cataluña es tan poco española que siempre ha estado en España y siempre la gran mayoría de los catalanes se han sentido españoles .

*Cataluña es tan poco española que su industria se construyó con un proteccionismo (excesivo) de Madrid.

*Cataluña es tan poco española que ha contribuido con su literatura y cultura al acervo cultural de España.

*Cataluña es tan poco española que el famoso Ensanche barcelonés tuvo que ser impuesto desde Madrid frente a proyectos cutres de Barcelona

*Cataluña es tan poco española que el separatismo ha tenido que inventarse una “genética” o raza “diferente.

*Cataluña es tan poco española que el español común o castellano es allí la lengua más hablada y de más fuerza cultural y literaria

*Cataluña es tan poco española que el catalán siempre fue una lengua regional española

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Paradójicamente, de pocas cosas se ha escrito más y se desconoce tanto como del franquismo: pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

 

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¿Superará la ciencia al mito?

Blog I: Recuerdos sueltos. La sirenita de Copenhague: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-sirenita-copenhague-04082015-0934 

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 Decíamos que la función del mito es aplacar la angustia connatural a la condición humana. Así, la consciencia de la muerte, por poner un caso, tiene un efecto paralizador sobre la psique, ya que imprime en ella el sentimiento de  la futilidad  final de todos sus trabajos, de la vida misma. Es la calma de esa angustia mediante la explicación mítica del mundo y de la vida lo que permite liberar las energías psíquicas, y por eso el mito tiene un carácter culturalmente generador.  Esa explicación es simbólica, se realiza mediante analogías con la vida humana, o con lo accesible de la vida humana, y aquí es indiferente si los creyentes creen el relato a pies juntillas o si lo toman  de otro modo.

   Como hemos visto, la relación creativa  del mito con el arte (o la política etc.)  es bastante obvia. Sin embargo parece serlo mucho menos con la ciencia; es más,  a partir de ella se ha generado en muchos ámbitos una abierta hostilidad a la religión. Por citar solo unos pocos casos, en un congreso sobre esos temas, el físico S. Weinberg retrató a la religión como una vieja chiflada: cuenta mentiras, provoca mil malicias y acaso no tenga ya mucha vida dentro, pero en un tiempo fue bella. Quizá la echemos de menos cuando se haya ido. El biólogo R. Dawkins, con menos humor  o frivolidad, respondió: Yo no la echaré de menos en absoluto. Para nada, ni un ápice. Ambos coincidían: El mundo precisa despertar de la larga pesadilla de la creencia religiosa. No menos militante en nombre de la ciencia se proclama el ateísmo marxista, tan influyente aún hoy. Los marxistas explican “científicamente” el verdadero significado de la religión como opio para mantener al pueblo sumiso a la opresión y explotación de las clases dominantes.   Monod consideraba urgente desarrollar una moral científica que superase la  “repugnante mezcla de religiosidad judeocristiana, de progresismo cientista, de creencia en los derechos naturales  del hombre y de pragmatismo utilitarista”  prevalente en la actualidad.   Freud esperaba que la ciencia pronto sustituiría a los viejos mitos, proporcionando cierto sentido y equilibrio a la vida humana. Y hoy, expresado de un modo u otro, o incluso no expresado, el supuesto de que la religión consiste en una sarta de falsedades perfectamente superadas por la ciencia, se ha extendido sobre las sociedades occidentales e impregna casi todas las actitudes corrientes.

   Con todo, Freud, que nunca fue un optimista loco, consideraba que la ciencia podría no ser tan eficaz como la religión en cuanto a proporcionar  el necesario “sentido y equilibrio”, pero lo sería en grado suficiente, y además no se apoyaría en una simple ilusión, por lo que valdría la pena. En definitiva, la religión sería un placebo y la ciencia una medicina real, aun si quizá no perfecta. Sin embargo, la idea de que la ciencia puede destruir y sustituir a la religión como factor de sentido y equilibrio, ¿no es en sí misma un mito? Para empezar, la idea de la ciencia en la mente de la inmensa mayoría de las personas que creen en ella, es típicamente mítica: no saben en qué consiste el pensamiento científico, pero creen en él, en su bondad esencial,  como  los creyentes religiosos. Incluso los mismos científicos de una rama pueden tener ideas sumarias sobre otras disciplinas y no obstante depositar su fe en ellas. Como señalaba Tocqueville, todos los hombres descansan en “ideas dogmáticas”, pues si hubieran de comprobar todas y cada una de las que tienen, apenas podrían manejarse en el mundo. Incluso en ese nivel trivial existe la fe.

Por lo demás, la ciencia descarta, por método, la idea de finalidad, y la finalidad es la concepción misma que puede dar sentido (y por tanto equilibrio) a la vida. La aspiración de Monod se hunde ante esa obviedad. Si la biología, como supone Monod, es capaz de explicar plenamente la evolución a través del “azar y la necesidad”, prescindiendo de toda idea de finalismo, la misma idea de sentido de la vida se viene abajo. La vida humana sería el resultado de una cantidad gigantesca de mutaciones al azar a lo largo de millones de años, mutaciones que han ocurrido como pudieran no haberlo hecho, sin ninguna predeterminación ni finalidad. Como él mismo concluye,  Entonces, ¿quién define el crimen? ¿Quién el bien y el mal? Todos los sistemas tradicionales colocan la ética y los valores fuera del alcance del hombre. Los valores no le pertenecen: ellos se imponen y es él quien les pertenece. Él sabe ahora que ellos son solo suyos y, al ser en fin el dueño, le parece que se disuelven en el vacío indiferente del universo.  Como resultado, la ciencia, lejos de calmar la angustia innata, la exacerba. En efecto, desde ese punto de vista que se presenta como científico y racional, la misma idea del valor o la dignidad de la vida humana, por ejemplo, pierden todo significado, y fenómenos como los campos de concentración nazis o el GULAG soviético se entienden bastante bien.

   Una primera conclusión podría ser que el mito y la ciencia operan sobre terrenos distintos, que no se cruzan., por lo que resulta arbitrario mezclarlos.  Pero eso resulta poco satisfactorio. Debe demostrarse que la ciencia, como el arte y otras manifestaciones culturales, es generada por el mito

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Naturaleza del mito

 

**Blog I: Ikea y Zara / Recuerdos del GRAPO: http://www.gaceta.es/pio-moa/ikea-zara-recuerdos-grapo-03082015-0957

**En torno a la legitimidad de la sublevación de julio de 1936: http://citaconlahistoria.es/ 

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   A menudo se ha interpretado la religión como una invención humana más o menos arbitraria, incluso como una neurosis o enfermedad provocada por el miedo, la ignorancia,  el interés de dominación de clase u otras causas. Pero, de acuerdo con lo anteriormente expuesto, la realidad es la inversa: la psique no crea la religión, sino que la evidencia intuitiva de lo que llamamos divinidad, provoca o genera la religión en la psique. Claro indicio de ello es la presencia de la religión en todas las culturas  –aunque en algunas la idea de la divinidad sea difusa y actualmente, sobre todo en Occidente, esté en boga el llamado ateísmo, que, como veremos, viene a ser otra forma de religiosidad–. Para este ensayo no tiene no  tiene mayor importancia la historia de las religiones desde sus primeras manifestaciones como espíritus buenos y malos, sino que intento contemplarla a partir de su  última evolución –al menos por ahora—en el monoteísmo cristiano.

   No obstante surge la pregunta de por qué la religiosidad ha dado lugar a manifestaciones tan variadas y disímiles, incluso  contrarias en muchos aspectos, y a evoluciones históricas desde el animismo.  La causa puede encontrarse en la imposibilidad humana de conocer, con sus medios racionales, la voluntad, designio, plan o como queramos llamarlo, del poder  creador de sentido del que dependemos y depende el cosmos. Las religiones pueden describirse como intentos de conocer ese designio a partir de las limitaciones humanas. La divinidad no habla al hombre como una persona a otra, y su mensaje desborda los contenidos utilitarios o de cualquier otro tipo más o menos controlables por los humanos: se presenta como un enigma insondable. Aunque no por completo: aquel designio está implícito en la propia existencia del hombre, en las capacidades de que ha sido dotado y que, según él siente, le hacen participar en alguna medida de la naturaleza divina. Con todo, la intuición  de un poder absolutamente superior, incontrastable por encima de nuestras vidas y del mundo, causa en la psique un sentimiento profundo, angustioso,  a la vez de adoración y de terror, cuyo producto espontáneo es el mito. El mito puede  entenderse como representación del designio divino sobre el cosmos y la vida, como una revelación cuya finalidad  consiste en calmar la natural angustia humana ante su propio destino.

   El mito viene a ser así la manifestación fundamental de la religiosidad, y aquí lo empleo en ese sentido, prescindiendo de otra acepción de la palabra como superchería.  Los mitos son creados por personas especialmente intuitivas a quienes se considera colectivamente inspiradas por la divinidad. De algunas de esas personas, fundadoras de religiones, tenemos constancia histórica,  de la mayoría no, y a lo largo del tiempo los mitos han ido evolucionando por acumulación y reinterpretación a cargo de personajes menores. Dado el carácter de su inspiración o revelación, el mito no puede expresarse en el  lenguaje más o menos racional usado para las actividades cotidianas, sino que debe recurrir a símbolos, esto es, analogías, metáforas o alegorías a partir del lenguaje corriente.  Freud pasa por ser el descubridor de ese lenguaje corriente, que intentó sistematizar  a partir de manifestaciones psíquicas enfermizas, interpretándolo erróneamente. Según él, y muchos otros, la ciencia llegaría a sustituir a la religión, indicando que la humanidad se había mantenido y evolucionado  de forma enfermiza  o básicamente equivocada hasta la aparición del pensamiento científico. Idea poco coherente, a menos que supongamos a la religión, al mismo tiempo, como un dato poco relevante en la práctica a lo largo de la historia, es decir, poco influyente en la vida social, algo así como una ganga molesta pero  poco determinante para el sostenimiento de la sociedad. Lo cual tampoco suena muy convincente, dada la importancia concedida por los pueblos a la religión. Pero este es un tema secundario por el momento.

   Una vez aceptado por una colectividad, el mito cobra una extraordinaria fuerza sentimental (precisamente por  calmar la angustia), se convierte en una fuente de integración social y, trataremos de sostener, de acuerdo con P. Diel, en el núcleo creativo de las culturas. No empleo aquí, obviamente, el concepto de mito en el mismo sentido que cuando hablo de los mitos del franquismo o  de la guerra civil, por ejemplo, a los que podríamos llamar seudomitos, mitoides  o con otra palabra. Y sin embargo, estos seudomitos comparten con los mitos el impacto sentimental y el carácter generador. Piénsese sin más, en el apasionamiento político y la abundante literatura, cine, ensayo, pintura, historiografía,  etc., que han producido incluso los relatos más burdamente tergiversados sobre nuestro pasado reciente. Asombrosamente, cada año que pasa, la lucha contra Franco se vuelve más enconada, inventiva, frenética e intransigente, buscando la victoria total, la rendición sin condiciones de un personaje que en la historia real venció siempre.

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Evidencia de la divinidad y fe

Blog I. Asesinatos entre izquierdistas: los auténticos olvidados de la “memoria histórica”: http://www.gaceta.es/pio-moa/los-autenticos-olvidados-ley-memoria-historica-30072015-1125

**”Falsificar el pasado significa directamente falsear y comprometer el futuro” (Julián Marías) pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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(Resumiendo)

   Al ser humano se le ha definido de muchas formas a partir de su identificación común como animal, señalando alguno o algunos de los muchos rasgos que nos diferencian de los demás animales (desde la risa, el canto, el baile… hasta la angustia, el llanto, la capacidad de hacer herramientas, etc). Se trata de exponer alguna diferencia que de algún modo condense a las demás. Así han tenido mucha fortuna la definición como animal racional, como animal consciente,  político, moral… Aquí sostendré que ese rasgo  definitorio y condensador es la religiosidad, incluida la fe.

   Generalmente se relaciona la fe con la creencia en “la existencia” de Dios, pero creo que hay  ahí un doble equívoco. Uno es atribuir  existencia, al modo del mundo, del cosmos, a la divinidad, la cual se supone ser el fundamento mismo del mundo, y a la que por ello no conviene el concepto de “existencia”. Otro es que la divinidad, en las diversas formas históricas y con los diversos nombres que se le han dado, no precisa de fe, sino que es una intuición o una consciencia de algo evidente.  

   Los animales, al menos los superiores, son lo bastante conscientes de su hábitat para desenvolverse en él, y en alguna medida son también conscientes de ellos mismos, por cuanto reaccionan a diversos estímulos. Cuando decimos que el hombre es consciente, nos referimos a que lo es, especialmente, de sí mismo. A esa autoconsciencia la llamamos el yo o el ego. Se trata de una autoconsciencia imprecisa, a menudo falseada y muy parcial –no somos conscientes, por ejemplo, de la actividad de nuestro organismo — aunque por estudios sepamos más o menos como funciona–, el cual nos impone gran parte de nuestra actividad, para alimentarlo, etc. –. Pero en cualquier caso tenemos consciencia de nuestra individualidad y del carácter pasajero de nuestra vida. De modo más profundo, entendemos que nuestra presencia en el mundo no obedece a nuestra decisión (en un aspecto la debemos a nuestros padres, pero ellos no han decidido que fuéramos como somos; y los medios, los organismos que han permitido la fecundación son previos y ajenos a la consciencia, voluntad y poder de los padres). Y entendemos que, una vez en la mundo,  el propio curso vital de cada uno está sometido a mil incertidumbres y depende solo muy parcialmente de su voluntad; y que, finalmente, nos llegará la muerte muy en contra, por lo general, de nuestros deseos, poniendo punto final a nuestras dichas, desdichas y trabajos.

   Esa autoconsciencia es muy clara y aguda en algunas personas, más difusa en la mayoría, pero constituye siempre un dato percibido de forma intuitiva, al margen de la razón. Es un  contenido esencial de la autoconsciencia y por tanto de la  condición humana.   Un dato extrapolable  a la especie, que ha aparecido en la tierra y con toda probabilidad  terminará desapareciendo, y no por su deseo o  voluntad.  Extrapolable también  al propio mundo, supuesto que cuanto tiene existencia debe tener también principio y fin. Cabría oponer que  si bien cada ente tiene esas limitaciones, no puede fundamentarse a sí mismo sino que debe su existencia a algo ajeno a él,  en cambio el cosmos, el conjunto de los seres, sí puede. Este es el criterio del panteísmo y de algunas teorías científicas. Pero suena muy improbable que el conjunto tenga unas propiedades tan distintas de sus partes. Para que el mundo se fundara en sí mismo, sin necesidad de un agente exterior,  debería ser eterno e infinito,  sin lo cual tampoco tendría la omnipotencia que se le supone; y por cuanto sabemos ello no es así. En suma, nada de lo existente, ni el hombre ni el mundo, se fundamenta o se debe a sí mismo.

  En consecuencia intuimos de modo natural la realidad de un poder, o una voluntad, o un designio por encima de cada uno,  de todos y de todo; un poder que ha creado y da sentido a lo existente tal como se nos aparece. Creo que en  la consciencia, intuición y sentimiento de ese dato constituye la raíz de la religiosidad. A ese “algo” se le llama espíritu, destino, dioses, Dios, más en general “divinidad”, y puede adquirir otros nombres, pero básicamente podría definirse como aquello que fundamenta y da sentido a lo existente.

  Por tanto, la divinidad no existe, pero “es” (habría que buscar un concepto adecuado ¿funda?).  No requiere fe, es una evidencia. La fe se refiere, en cambio, al carácter bondadoso atribuido a la divinidad.  La observación y experiencia de lo existente nos muestra que en el mundo encuentra el hombre motivos de alegría, de felicidad y de admiración, junto con otros de angustia, sufrimiento y horror, a los que denominamos “el mal”. La experiencia del mal presente en la condición humana y  en su relación con el mundo,  se utiliza a menudo como argumento contra la “existencia” de la divinidad (“si Dios es bueno y omnipotente, ¿cómo puede consentir el mal?”), pero en realidad, como hemos visto, el ser  de la divinidad es una evidencia. Lo que, en cambio, puede cuestionarse a partir de la experiencia del mal, es su bondad, ya que permite el mal, que además privaría de sentido a la vida. La fe consistiría entonces  en la firme creencia  en la bondad divina, a pesar de todo el mal que presenciamos y sufrimos: la confianza en que el espíritu o la divinidad que nos ha creado tiene que ser bueno, aunque lo sea en una escala y profundidad a las que nuestra razón solo puede acceder muy parcialmente.  Es el tema del libro de Job y de otras muchas consideraciones y racionalizaciones.

   Así, la fe se parece a una apuesta incluso arriesgada, pero la alternativa, una divinidad malvada  o indiferente a nuestro destino, nos llevaría a la desesperación y el suicidio. Nuestra psique no soporta la ausencia de sentido en la vida, no puede creer realmente la frase genial del Macbeth de Shakespeare como “un relato de ruido y de furia sin sentido  contado por un idiota”. Creer tal cosa exige  a su vez una especie de fe, una anti fe que niegue los aspectos buenos de la vida. De hecho, cuando se  deja de creer en la bondad de un dios, del Dios cristiano en nuestro caso, se buscan sustitutos, como veremos, que permitan dar sentido a la vida.

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Los monarcas, contra la monarquía

Blog I. El plan izquierdista de volar Madrid: http://www.gaceta.es/pio-moa/plan-izquierdista-volar-madrid-28072015-1406

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Siempre dije que quienes podían hundir la monarquía en España eran los monárquicos. Y así va siendo, empezando por los reyes.

Preguntan algunos cómo llegó la II República. Llegó por la renuncia de los monárquicos, empezando por Alfonso XIII.

Según afirman muchos, y es verdad, la república llegó por un golpe de estado. Olvidan decir que fue un golpe  de los monárquicos contra la propia monarquía.

Los monárquicos ganaron las elecciones municipales del 31  y demostraron su desprecio por sus votantes regalando el poder a los republicanos.

Después de contribuir a hundir a Primo de Rivera, Alfonso XIII y sus cortesanos creyeron que la monarquía se salvaría si se congraciaba con las izquierdas.  Lo mismo pensaban Don Juan y sus cortesanos  cuando intrigaban contra Franco, cayendo en la alta traición al país (lo recuerdo en Los mitos del franquismo) Como diría más adelante Gil-Robles, las derechas de siempre tragarían con todo “por la cuenta que les trae”.

Creo que la monarquía española actual es el único caso en el siglo XX en que una monarquía derrocada (autoderrocada) vuelve a establecerse. Y lo fue, por así decir, como un don de Franco que debía contribuir a la estabilidad política.

La ley de memoria histórica, al deslegitimar al franquismo, deslegitima también a la monarquía salida de él. Y Juan Carlos, un notable botarate, firmó el engendro legal, es decir, su propia deslegitimación. Y se deshizo en elogios de Zapatero, su autor.

En democracia, los reyes tienen misión ceremonial y simbólica. Simbolizan la continuidad de la nación española. Como Santiago.

La ausencia de los reyes en la celebración anual de Santiago es un golpe contra España (muchos parecen darla por liquidada). Y también un golpe contra la monarquía.Si los reyes rompen la tradición, renuncian a su papel simbólico, desaparece cualquier necesidad de ellos.

Sabino Fernández Campo me comentó en un par de ocasiones su dificultad para hacer entender a Juan Carlos y al entonces príncipe, su obligación de dar ejemplo moral.

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