Blog I: Miseria del homosexualismo (II) El secuestro de la democracia:http://www.gaceta.es/pio-moa/miseria-homosexualismo-ii-secuestro-democracia-cita-historia-07072015-2213
*************************
El terror y lo sagrado
El mito está relacionado con lo sagrado, él mismo es un relato sagrado. Diversos autores han dedicado esfuerzos a entender ese concepto, así Durkheim, Eliade o Rudolf Otto. Sin analizar las diversas versiones, creo que lo sagrado puede definirse como la impresión del poder divino, tal como lo hemos definido, en la psique, y abarca a ciertos ritos, ciertos puntos geográficos que sugestionan a la mente como más propicios a la percepción de la divinidad (muchos de esos lugares han sido heredados por el cristianismo), o templos construidos ex profeso para la adoración, suponiendo que Dios se encuentra allí de preferencia o más bien puede ser mejor percibido por los creyentes). Lo sagrado es angustioso, porque se refiere a mandatos de una divinidad que se esconde y cuyas orientaciones son ambiguas o ininteligibles. Incluye dos sentimientos, o mejor uno con dos caras: el de adoración ante su poder absolutamente inconmensurable y solo mínimamente accesible a la mente humana, y el de terror, por la misma causa.
Suele oponerse lo sagrado a lo profano, podríamos decir los efectos psíquicos del misterio de nuestra presencia en el mundo y de la presencia misma del mundo, frente a los efectos psíquicos de las preocupaciones y actividades cotidianas, de orden utilitario o práctico. Así, no esperamos que la construcción de una mesa, la compra de víveres o la limpieza de un local tengan algo de sagrado o siquiera angustioso, requieran fe o tengan relación con el mito, con la religiosidad. Podríamos decir que son actividades que no parecen implicar ningún misterio, realizables con cálculos simples que proporcionan razonable seguridad de que saldrán bien, aunque puedan cometerse errores, sin necesidad de invocar la protección de la divinidad o algún aditamento por el estilo. Hasta podemos afirmar que nuestra sociedad ha avanzado – gracias a la ciencia y la técnica y la mayor capacidad de previsión que estas ofrecen–, extendiendo el ámbito de lo profano y relegando el de lo sagrado cada vez más, hasta reducirlo a una vaga y dudosa inquietud, al modo de la creencia en fantasmas. Lo profano se alza así contra lo sagrado, negándolo, seguramente por su carácter angustioso y por el lenguaje no racional de los mitos, que los exponen al ludibrio.
Pero si reflexionamos un poco, volvemos a encontrar lo sagrado en lo profano: las actividades cotidianas, razonables y calculables, con sus posibilidades de previsión a plazo corto o medio, sus penas y alegrías, sus éxitos y fracasos, provienen directamente del modo como hemos sido diseñados totalmente al margen de nuestra voluntad: es el estómago “el ávido y funesto vientre”, el que impulsa una enorme porción de nuestra actividad, el que mueve imperiosamente al yo consciente a buscar alimento y, a partir de ahí, acomodo, transformación del medio y a ser posible riqueza. Y es lo que, por simplificar, llamamos satisfacción del estómago, lo que causa a nuestro yo consciente alegría o pena, según nuestra acción, así forzada, tenga éxito o no. Y todo ello no procede de nuestro yo consciente sino, por así decir, del estómago, cuyo diseño, existencia y forma de trabajar nada deben a quien se considera propietario de él. Además, y aunque en parte la vida cotidiana es previsible, en parte no lo es. A menudo los mayores y más inteligentes esfuerzos fracasan, y la posibilidad del accidente o la muerte están siempre presentes incluso en la más anodina actividad profana; es decir, el misterio sigue presente en nuestra mente, aun si lo está de modo distinto al de cuando intentamos elevarnos sobre los imperativos corrientes y molientes para intentar contemplar y entender nuestra vida o el mundo.
Una de las manifestaciones del misterio o la divinidad es precisamente la rebeldía ante ella, la imprecación contra esa fuerza o poder, o más generalmente, su negación, el ateísmo hoy tan extendido. Dado que ese poder no es algo imaginario, sino una evidencia, el ateísmo viene a ser un modo de despreciarlo o insultarlo, precisamente por su carácter misterioso, pero, como ya hemos visto, exige alguna divinidad sustitutoria, aparentemente más comprensible. No obstante, ante lo divino solo cabe el doble sentimiento antes mencionado, de adoración-terror. Adoración para hacer a la divinidad propicia a los humanos, y terror para aplacar su posible cólera. La Biblia insiste mucho en el temor de Dios, sin el cual no habría moral posible y que impone castigos terribles a los infractores; y ese terror se manifiesta en muchas religiones en forma efectivamente terrorífica y extrema, particularmente en los sacrificios humanos. Así la quema de niños entre los fenicios y los cartagineses, o las “guerras floridas” de los aztecas para obtener víctimas.

