(y II) Polémica sobre Ortega y el “páramo cultural” franquista.

  Blog I: El pecado de nuestra democracia:http://www.gaceta.es/pio-moa/pecado-democracia-07102014-1240

** **Seminario: “El separatismo catalán, teoría y práctica”. En Centro Riojano de Madrid. Cuatro sesiones, días 17 y 23 por la tarde, a las 19,30, y días 18 y  25 (sábados), a las 10,30 de la mañana. Matrícula, 50 euros. El cursillo tratará sobre las bases doctrinales y políticas de dicho movimiento y su comportamniento en la historia del siglo XX y hasta ahora. No puede afrontarse debidamente un problema si no se lo entiende bien.

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Contra Ortega no solo militaba el sector integrista del franquismo, sino también, y de forma más implacable, el antifranquista, que intentó condenarlo, como a otros, a una especie de ostracismo cultural. En este caso fracasaron, porque la notoriedad del filósofo era demasiado grande. Esa actitud arraiga en el mito de que los intelectuales se habrían exiliado masivamente por aversión al franquismo, y que los pocos que habían quedado o vuelto se habrían refugiado en un “exilio interior” o demostrado bajeza moral al colaborar con “el fascismo”. El exilio interior es otro mito, pues sus componentes, al igual que Ortega, trabajaron, publicaron y ganaron distinciones y premios, como Blas de Otero, Gabriel Celaya, Buero Vallejo y tantos otros. La realidad es que el franquismo fue notablemente liberal en relación con la cultura, en gran medida porque carecía de una ideología refinada más allá de algunos principios básicos que permitían notable flexibilidad. El Instituto de Estudios Políticos, fundado con la misión de elaborar un fundamento doctrinal más sistemático al régimen, publicaría trabajos muy valiosos pero sin cumplir nunca dicha misión, como pondría de relieve Serrano Súñer.

   Por consiguiente, quedaba la acusación de bajeza moral, recogida en 2002 por Gregorio Morán en su libro  El maestro en el erial. El maestro Ortega había entrado en el “erial” de la cultura en la España  franquista y había realizado vilezas como ofrecerse a escribir  discursos al Caudillo, o cobrar su sueldo de catedrático sin dar clases en la universidad, etc.  Pero la brillante labor de Ortega en un ambiente que se lo permitía con pocas o ninguna trabas, no puede tacharse de bajeza, y el “erial” no pasa de ser pura fantasía.  Baste un repaso de colaboradores en la revista de Falange Escorial para comprobarlo: Vicente Aleixandre (futuro premio Nobel),  Azorín, Cela,  Pío Baroja, Dámaso Alonso, Eugenio d´Ors,  Julián Marías,  Menéndez Pidal, Ramón Carande, Gerardo Diego, Álvaro Cunqueiro,  J. M Cossío, Julio Caro Baroja,  Melchor Fernández Almagro, Emilio García Gómez, Ramón Gómez de la Serna, Paul Claudel,  Romano Guardini, Manuel Machado, José Antonio  Maravall, Blas de Otero, Luis Rosales, Julio Palacios. Joaquín Rodrigo, Sánchez Mazas, Federico Sopeña, Gonzalo Torrente Ballester, Fr. Justo Pérez de Urbel, Luis Felipe Vivanco, Xavier Zubiri  Calvo Serer…  Cabe preguntarse qué publicación actual lograría un elenco intelectual de escritores nuevos y viejos, de tan variada ocupación y tal fuste.

    Porque, desde luego, Ortega no fue el único ni mucho menos que volvió del exilio o la emigración. También volvieron y trabajaron Menéndez Pidal, otra figura cumbre de la historiografía y filología españolas, Josep Pla, el escritor catalán más destacado del siglo XX, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala, Azorín, D´Ors, Juan Gil Albert, Sebastián Miranda, Rosa Chacel, Arturo Duperier,  José María Sert, Américo Castro, entre otros;  la mayoría en los años 40 o 50, otros posteriormente. Más ocasionalmente volvieron  Severo Ochoa, Jorge Guillén,  Francisco Ayala, etc. Algunos podrían haber vuelto sin ningún problema, como Sánchez Albornoz,  Madariaga o Juan Ramón Jiménez,  pero por razones ideológicas u otras, prefirieron quedar en los países donde se habían afincado. La mitología pretende, además, que solo hubo un exilio intelectual, cuando hubo realmente dos: el primero, probablemente el de mayor calidad, fue el de aquellos que huían de las izquierdas y en el que cabría incluir también a aquellos republicanos izquierdistas que, por miedo a ser incluso asesinados por los “suyos”, procuraron ponerse a salvo de la revolución, sirviéndola al mismo tiempo con cargos en el extranjero, como lamentaba Azaña el 17 de junio del 37 en sus diarios (fue también el caso de Juan Ramón Jiménez)[1]. El segundo exilio incluyó a los más comprometidos con el Frente Popular, y su creatividad fue, desde luego, inferior a la de los que permanecieron o volvieron a España.

    Especial relevancia tiene el caso de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, pues se les consideraba  “los padres espirituales de la República”, por haber firmado el influyente manifiesto en su favor, en 1931. El desengaño de los tres, primero con la república y después con el Frente Popular, fue definitivo. Pérez de Ayala describirá así a sus líderes: “Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza” Ortega fustigaba a los intelectuales extranjeros que, sin tener la menor idea clara de España,  apoyaban alegremente al Frente Popular. Marañón es todavía más explícito: «¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez (…) Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado? (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos». Hay en él una amarga autocrítica: “No tenemos derecho a quejarnos de la dictadura, pues la hemos hecho necesaria por nuestra ayuda estúpida a la barbarie roja».

   No hubo, desde luego, un páramo cultural; muy al contrario. Ya Julián Marías se indignó en 1977 ante la patraña en su conocido artículo “La vegetación del páramo”, donde cita las numerosas e importantes obras de posguerra, tanto de los grandes autores de Generación del 98 y de las dos siguiente como de los valores jóvenes surgidos entonces: Menéndez Pidal, Azorín,  Baroja  Ortega,  Zubiri, Morente, Dámaso Alonso,  Aleixandre, Mihura, , Marañón,  Cela, Celaya,  Rosales,  Ridruejo, Leopoldo Panero, Buero, Laín, Maravall Carmen Laforet, Aldecoa, Blas de Otero, Gironella,  Torrente Ballester, Díez del Corral, Rof Carballo, Aranguren, Tovar  y tantos más[2].

   Veinte años más tarde, Marías insistiría en otro artículo: “¿Por qué mienten?”, al constatar la lozanía de la falsedad:  “Baroja decía con humor que los españoles discuten sobre cuestiones de hecho.  Muchos hacen ahora algo mejor: ni siquiera discuten, sino que hacen caso omiso de los hechos (…) Cada vez que se habla de lo que ha sido la realidad cultural de España después de la guerra civil, se acumulan las mentiras más evidentes, más contrarias a la irrefragable realidad (…) Los jóvenes (…) mienten, diríamos, en nombre de otros. Su motivo principal es la ignorancia: no saben nada, aceptan pasivamente lo que les han dicho y lo repiten. Hay un curioso grupo, formado por los que empezaron a actuar hacia 1956 -fecha muy significativa-. Tuvieron, ya desde entonces, la voluntad de dar por nulo todo lo que se había hecho antes (…) para dar la impresión de que con ellos, y sólo con ellos, se iniciaba una resistencia a las presiones oficiales y un intento de independencia. Finalmente, los decididamente mayores, los que vivieron y escribieron en ese ya lejano periodo, con frecuencia se pliegan a las presiones dominantes”. Hay que decir que la independencia frente a las presiones oficiales u oficiosas fue a menudo más fácil en el franquismo que en la actualidad, cuando el disidente puede sufrir una verdadera muerte civil.

    Laín también negó el famoso páramo, pero, arrepentido de su  pasado tan próximo a las ideologías del Eje, cayó en la trampa de justificar a aquellos autores afirmando que repudiaban el franquismo. Esto es cierto en unos casos y falso en otros, pero en la medida en que es cierto solo testimonia la actitud notablemente liberal del régimen hacia ellos. Los hubo franquistas hasta el final, antifranquistas, incluso comunistas reconocidos,  y una mayoría de tibios o indiferentes; pero todos se expresaron en libros, cine u otras artes con escasas trabas de la censura. Es instructiva la evolución política de bastantes. Algunos (Celaya, Blas de Otero, Haro Tecglen, Sastre…) pasaron de la Falange al comunismo o a la socialdemocracia (Ridruejo), o se hicieron más o menos liberales (Torrente Ballester, Tovar, Laín, Aranguren, Cela, etc.). El llamativo fenómeno lo estudió César Alonso de los Ríos[3]. Algo similar  pasó con Calvo Serer y otros vinculados al integrismo católico. Muchos prosperaron  como funcionarios del régimen hasta descubrir en sí mismos a duros antifranquistas… después de Franco.

   Dato curioso en esta evolución fue la simpatía  de gran parte de ellos, sin ser comunistas, hacia  el sistema soviético. Así se puso de relieve cuando Solzhenitsin expuso en la televisión, en Madrid, las diferencias, realmente abismales, entre el totalitarismo de la URSS y el régimen español: la réplica casi general hacia el gran escritor ruso fue una andanada de insultos que llegaban a lamentar su salida del GULAG. Y no eran solo comunistas o comunistoides los que así hablaban, sino personas que pasaban por liberales, como Juan Benet,  Cela, Jiménez de Parga y otros.  Diríase, y no es una ironía, que aquellos injuriantes encontraban la dictadura española demasiado floja y deseaban una más férrea, de tipo soviético. La Cuba de Castro era, por cierto, muy popular entre ellos.

   Aun cuando las evoluciones en política  son habituales,  casi nadie explicó la razón de las suyas. Por el contrario, a partir de la transición o algo antes,  numerosos políticos y escritores dieron en maquillar o tergiversar su biografía de forma descarada. Un fenómeno sociológica y psicológicamente significativo, y no demasiado edificante desde el punto de vista moral o intelectual cuando ya no había peligro,  como en la guerra, de ser perseguido o fusilado por discrepar de la “verdad” oficial.

   Fueron los exiliados quienes inventaron el páramo cultural franquista, dando a entender que ellos eran los únicos intelectuales de valía, mientras que en España solo quedarían curas y militares supuestamente ignaros y brutos. Y en la transición recobró fuerza el tópico, de la mano de la izquierda y separatistas, a cuya vanguardia se situó el diario El País, dirigido por J. L. Cebrián, y  más tarde toda la empresa correspondiente, PRISA.  El diario derechista ABC también se sumó, inventando su director, el juanista Ansón,  la frase “generación del silencio” para la de los años 40 y 50. Con la mayor desfachatez, Ansón se ha presentado como perseguido por el régimen, cuando hizo en él toda su carrera, con numerosos premios, y el gobierno le encomendó –cargo político– la formación de los periodistas en la Escuela Oficial de Periodismo. Decía Marías que “mentir descalifica a quien lo hace”, pero los descalificados, en este caso, han gozado de una influencia y salud económica excepcionales. 

   La postura de los inventores del “páramo” recuerda a la de los integristas contrarios a Ortega y a cualquier influencia ajena al catolicismo tradicional. Y con el mismo problema: actitud tan injusta o absurda podría justificarse en cierto modo si ellos estuviesen alumbrando a su vez una cultura de tal brillo que eclipsara a la anterior… lo que no ocurría en ninguno de los dos casos.  El País aspiró, en efecto, a convertirse en núcleo y foco intelectual de gran altura. ¿Lo consiguió?  Numerosos autores han colaborado o sido propulsados por ese periódico, pero no se encuentran entre ellos nombres como los de Zubiri, Cela, Delibes, Buero… o, en fin, los que colaboraban en Escorial.  Sin afirmar  ni mucho menos que todo su empeño sea desdeñable, no  me parece injusto señalar que el balance, después de tantos años, es mediocre, más basado en un supuesto progresismo autojustificativo y en un cosmopolitismo algo afectado o provinciano que en verdaderos valores. Acompañado, además, de un sectarismo vulgar y una política de tierra quemada hacia los discrepantes.  

   No menos ilustrativo para el tema aquí tratado es la formación y evolución del grupo PRISA, encarnadas por así decir en su fundador y empresario, Jesús Polanco, y por el director ideológico Cebrián. El empresario empezó su fortuna editorial haciendo uso de información privilegiada en círculos aledaños al poder, cinco años del fallecimiento del Caudillo. Desde entonces  ha ido multiplicando sus empresas hasta convertirse en el grupo mediático más poderoso  –y temido– de España,  con métodos que han sido denunciados  en ocasiones como fraudulentos o abusivos, alguno de ellos condenado por los jueces en sentencia no cumplida. En cuanto al ideólogo, es hijo de un falangista y  alto cargo del régimen, director del diario Arriba, lo cual facilitó su carrera en la prensa, como redactor jefe y subdirector  en Pueblo, órgano de los sindicatos verticales,  después en Informaciones. Contribuyó también, en 1963, a la fundación de la revista Cuadernos para el Diálogo, el diálogo entre católicos y marxistas que, según el dicho, hizo a muchos católicos marxistas y a ningún marxista católico. En esa revista salieron algunos de los ataques más furibundos contra Solzhenitsin. Un año antes de la muerte de Franco  ascendió a director de los servicios informativos de la televisión estatal,  el principal órgano de propaganda del “fascismo” según la izquierda.

   Como director de El País ha sido el mayor impulsor  del antifranquismo radical, de la ley de memoria  histórica, del abortismo y los separatismos, y justificador de las políticas del PSOE, calificando de “sindicato del crimen” a los periodistas que sacaban a la luz las corrupciones de ese partido. Todo ello en nombre de la democracia. No viene aquí al caso analizar el trasfondo ideológico de ese periódico y su inspirador. Obviamente, Cebrián nunca ha explicado razonablemente las llamativas piruetas de su evolución político-intelectual, su curioso talento desenvolverse por las alturas tanto en un régimen “fascista” como en otro más o menos democrático.

    Es realmente difícil crear algo sólido y fructífero  sobre la mentira hacia los demás y hacia sí mismo, “la constante mentira”  que lamentaba Marañón. Sospecho que hoy, cuando la cultura española va convirtiéndose en un remedo de la anglosajona, podría hablarse de páramo con bastante más justificación que antaño.

      

 


[1] Azaña,  Memorias de guerra, Barcelona 1978. P. 81-2 “Del Gobierno que yo presidí en febrero del año pasado, ¿sabe cuántos ministros quedaron en España? Dos (…) De los embajadores “políticos”  que yo nombré solo uno (…) Los demás, se quedaron en Francia (…) En París hay doce ex consejeros de la Generalidad (…) Gassol se fue después porque temía ser asesinado (…) Domingo está en México, Zulueta en Bogotá…

[2] En Años de hierro he tratado la evolución cultural española año tras año entre 1939 y 1945. Mucho más notable de lo que la caricatura posterior ha pretendido.

[3] C. Alonso de los Ríos, Yo tenía un camarada,El pasado franquista de los maestros de la izquierda, Madrid, 2007

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La polémica sobre Ortega y Gasset y el páramo cultural (I)

Blog I: Ángel Maestro: http://www.gaceta.es/pio-moa/angel-maestro-05102014-1837 

** “Cita con la historia, este domingo 5 de octubre, sobre la insurrección de 1934: wetransfer.com/downloads/18a60c769735768e410d134aae77975e20140929202440/b2fd737c5feaf2f547bdbd400f099d7320140929202440

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El 4 de mayo de 1946, mientras se recrudecían las amenazas sobre el franquismo, José Ortega y Gasset, el filósofo español más prestigiado dentro y fuera de España, reabría el histórico centro cultural Ateneo de Madrid con la conferencia “Idea del teatro”. Estaban presentes  Azorín, Pemán, Marañón, D´Ors, Serrano Súñer, Sánchez Mazas , el embajador de Italia, el encargado de negocios de Usa y otras personalidades, además de una multitud que llenaba la sala, la planta baja y las aceras de la calle. Ortega invitó   los jóvenes con inquietudes intelectuales a hablar “larga y enérgicamente”, y describió la situación de España y Europa en sus frases más recordadas: “Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicamente anécdotas, el horizonte de España está despejado (…) Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, casi todos, el pueblo español, lleno sin duda de defectos  y de pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud”.  El discurso, radiado a todo el país, fue desde luego un éxito de primer orden para el régimen, por lo que tenía de implícito refrendo intelectual del mismo.

   Ortega ya había vuelto a España el año anterior, aún no definitivamente, después de un largo exilio en Argentina y Portugal –el Portugal de Salazar, también tachado de “fascista”–, y había constatado un ambiente muy distinto del que había conocido.  Su caso merece atención por su repercusión política. Lo significativo es que nadie podía decir que Ortega se identificase con el franquismo, y este tampoco le exigió tal identificación. De hecho, seguiría cobrando su sueldo de catedrático –cargo del que le había desposeído el Frente Popular– sin obligación de dar clases[1], lo que fue un acierto –deliberado o no–, ya que permitió al  filósofo  dedicarse con mayor libertad a sus tareas, publicando  entre otras  La idea de principio enLeibniz, una de sus obras mayores, aunque incompleta, o fundando el Instituto de Humanidades, en 1948. 

    Como fuere, Ortega, agnóstico y liberal, no encajaba bien en un régimen que se identificaba como católico. El desajuste originó un  interesante debate centrado en él y en menor medida en Unamuno, que ha estudiado A. Martín Puerta y en el que entraron en liza los rectores universitarios falangistas Laín Entralgo y Antonio Tovar, también Dionisio Ridruejo y Julián Marías, este  marginado de la universidad; opusdeístas ligados al CSIC y su revista Arbor, como Calvo Serer, Pérez Embid o Antonio Fontán; católicos de la ACNdP como Pemán o García Escudero, jesuitas como J. Iriarte o Roig Gironella, el dominico S. Ramírez, y otros. La discusión empezó ya en 1942 con críticas de algunos estudiosos católicos a las ideas de Ortega y a las de Unamuno, y persistió casi dos decenios, llegando a intervenir el episcopado[2].

  La cuestión era primariamente si las filosofías de Ortega y de Unamuno podían admitirse como orientadoras o magisteriales en una España confesionalmente católica. Los escritores próximos a la jerarquía eclesiástica –no todos– denunciaban, con buenos argumentos, el tono agnóstico de Ortega y sus puntos de vista generales, a duras penas o nada compatibles con la doctrina cristiana. También criticaban  la afición de Ortega a hacer frases vacías o arbitrarias, y lo incompleto o asistemático de su pensamiento, que reducían finalmente a puro subjetivismo. Esto último lo destacaban también en Unamuno, que nunca apreció la razón o el sistema (dos de sus libros, Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, fueron inscritos en 1957 en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, aunque siguieron vendiéndose).

   Los falangistas  ya desde 1940  se esforzaron en reunir en la revista Escorial a escritores no falangistas como Azorín, Menéndez Pidal, Baroja,  Zubiri… –y tendieron la mano a los del exilio, que, con cierto rencor, la desdeñaron–, por lo que mostraron en torno a Ortega un espíritu mucho más  abierto que los eclesiásticos. A decir verdad,  Ortega era valorado en la Falange como un maestro, apreciando en él una fertilidad de ideas y estilo a imitar, y una afinidad de pensamiento; incluso podía encontrársele alguna compatibilidad con el fascismo, por su insistencia en las élites[3] o “minorías selectas” y autoexigentes, en contraposición al “hombre masa”, al “señorito satisfecho” que cree tener todos los derechos y ninguna obligación, como expresa en La rebelión de las masas. Su España invertebrada, un análisis histórico cuestionable y hasta disparatado, muy apreciada en círculos de Falange[4], venía a sostener que España fallaba precisamente por falta de tales minorías selectas que la vertebrasen, habiéndolo hecho todo “el pueblo”. Y debe entenderse que si bien los falangistas se declaraban católicos, su identificación con la jerarquía eclesiástica y la confesionalidad del estado resultaba a menudo un tanto forzada. Aparte de ellos, Julián Marías, católico nada falangista y discípulo de Ortega, debatiría ardorosamente contra sus críticos eclesiales, tildándolos de ignorantes y tergiversadores.

   Paradójicamente, aquellos falangistas pro Ortega eran o habían sido los más próximos al nazismo y partidarios de la entrada de España en la guerra mundial, lo que explica bastante su evolución posterior en sentido contrario (liberal, socialdemócrata), nunca bien aclarada por ellos.

  La polémica cobró en 1949 un contenido más amplio que la discusión entre posiciones más o menos integristas y aperturistas. Ese año, Laín Entralgo publicó su España como problema, donde plantea la causa de que haya predominado el enfrentamiento y no la integración intelectual entre liberalismo y tradicionalismo,  con efectos esterilizantes, entre ellos la escasez de ciencia. Para Laín, Ortega representaría el pensamiento liberal, la europeización,  y Ángel Herrera, fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNdP) un nuevo catolicismo también europeo, bien formado e informado, moderno[5].  Los dos permitirían el acercamiento  de posturas antes  irreconciliables –tradicionalistas y progresistas– que habían hecho árido el siglo XIX español.  Laín propugnaba “vivir instalados en la historia universal” (una  de las ocurrencias extravagantes de la España invertebrada era la de la “tibetanización” o aislamiento de España). Quizá instalarse en la “historia universal” habría consistido en participar en las feroces guerras mundiales. 

   España como problema derivaba en realidad de la famosa frase de Ortega “España es el problema y Europa la solución”, con sentido en la tesis orteguiana de que  la historia hispana había sido “anormal”, “enferma”, y debía curarse en una “Europa” idealizada y mal conocida, que poco después se despeñaba en la Gran Guerra. En septiembre de 1949, Ortega pronunció en Berlín una conferencia,  DeEuropa meditatio quaedam, a la que acudieron miles de oyentes en tropel, ocasionándose incluso heridos. En ella criticó la democracia como sistema inclinado al despotismo, distinto e incluso opuesto al liberalismo. Expresó su teoría sobre las naciones y su aparición histórica, y señaló que Europa había  vivido en forma dual, la propiamente europea y la nacional, siendo esta una densificación de la primera en algunas zonas. El origen de Europa estaría en el Imperio Romano, pero, llamativamente,  dejó de lado el carácter cristiano de su cultura. Con optimismo  afirmó que el continente vivía una hora crepuscular, pero no vespertina, sino matutina,  pues había llegado el momento de avanzar hacia unos Estados Unidos de Europa, una nueva nación o supernación. Implícitamente, la nación española se diluiría  en esa nación nueva, que generaría su correspondiente nacionalismo.

   Laín habla con entusiasmo del “proyecto de Ortega”, “la futura España, magnífica de virtudes, la alegría española”, pues  “Patria es lo que no hemos sido y tenemos que ser”. Ahí hay poco más que retórica bienintencionada y vacua, apta para ayudar, entre otras cosas, a los separatismos, a su vez deseosos de sus “patrias” particulares. Pues estos también condenaban implícitamente el pasado de sus respectivas regiones por haber aceptado la opresión de una España “enferma” y “anormal”, separarse de la cual no dejaba de ser una postura lógica. La parte positiva de Laín consistía en su oposición al sectarismo y al autoencierro en las viejas y cerradas hostilidades entre el pensamiento liberal y el tradicionalista.

   Le replicó Calvo Serer, del Opus Dei, en otro libro, España sin problema señalando razonablemente que “la primera actitud al enfrentarnos con los problemas españoles es que dejemos de considerar problemático  el destino nacional”. El mal habría partido del siglo XVIII, desnaturalizador de la cultura española, intrínsecamente católica. Achaca a los católicos liberales y democristianos ineptitud para afrontar las revoluciones que han marcado el siglo XX europeo. Y en cualquier caso, el problema de España se habría resuelto definitivamente con la victoria de los nacionales en 1939 y la confesionalidad católica, que auguraba un nuevo esplendor cultural: “El catolicismo cultural es condición sine quanon para la vida española. Por ello hay que apartar inflexiblemente cuanto intente atacarlo”. La Guerra Mundial  habría reducido las alternativas a dos: sovietización o americanización, ambas contrarias  a la civilización cristiana europea; pero España debía seguir su propio camino, señalado por Menéndez Pelayo, Donoso Cortés y Maeztu. Para Calvo y afines, el recurso a los filósofos de la Iglesia como Santo Tomás y a los intelectuales aludidos clarificaba todos los problemas. Esa actitud militante y cerrada excluía desde luego a Ortega y gran parte del pensamiento español y europeo. Podría explicarse por el brutal trauma del genocidio anticristiano del Frente Popular, pero solo podía justificarse si prologaba un nuevo Siglo de Oro… lo que no era el caso: la cultura de la época tenía un buen  nivel, pero lejano de tal áureo ideal[6].

   Además, la cultura española, en general, distaba de seguir las directrices eclesiásticas, y vista la pretensión de algunos obispos de dictar lo que se podía y no podía leer, la impresión  en las gentes culta solo podía resultar asfixiante, por mucho que utilizara  argumentos enjundiosos. Esa sensación de asfixia abonaba un anticlericalismo creciente entre los universitarios: llegó a haber incidentes y quema pública de un libro antiorteguiano en la universidad de Madrid.

    La larga polémica produjo libros, ensayos y artículos. Como puede verse,  afectaba a la propia concepción del régimen, por lo que podría haber ocasionado medidas administrativas (en grado menor, Calvo Serer y algunos de los suyos perdieron sus puestos en la revista Arbor, del CSIC, más por excesos políticos que por las mismas ideas en pugna). La discusión se mantuvo en un plano intelectual de considerable altura y en términos básicamente liberales; es decir, los autores se expresaron con libertad, y las críticas no afectaron al propio Ortega y su trabajo, aunque probablemente le enojaran. El debate es casi siempre un signo de vitalidad intelectual, y aquel tiempo la tuvo. Compárese con la mediocridad y escasez de los debates actuales, pese a los graves problemas de nuestra época.



[1] Según versión de G. Morán.  Otras versiones afirman que su último sueldo  data de 1936.

[2] A. Martín PuertaOrtega y Unamuno en la España de Franco. El debate intelectual durante los años cuarenta y cincuenta. Madrid 2009. Puede verse también mi reseña: “Gran debate intelectual de los años 40-50”:  https://www.piomoa.es/?p=1899

[3] Me gusta más élite, como se transcribía la palabra francesa, que elite.

[4] He hecho una crítica de las ideas de Ortega sobre España, en Los personajes de la República vistos por ellos mismos y en Una historia chocante

[5] J. M. Cuenca Toribio ha estudiado las dificultades de la Iglesia en relación con la cultura moderna, en Estudios sobre el catolicismo español contemporáneo (varios volúmenes), y otros.

[6] En los años 50 tuvo lugar otra célebre controversia sobre el “ser” de España, entre los exiliados Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. El primero explicó las dichas de España por la confluencia de las “tres culturas”, musulmana, judía y cristiana, en la Edad Media. Y las desdichas por la expulsión de las dos primeras y prevalencia de la tercera, la más “bruta” y desdeñable, origen de un imaginario guerracivilismo español. La idea, realmente pintoresca, fue rebatida por Sánchez Albornoz, el mejor medievalista español  del siglo XX, si bien este hacía de una supuesta “herencia temperamental” hispana  anterior a Roma una  –harto discutible–clave explicativa de la historia

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Libia, Gibraltar, Suiza / Un católico muy enfadado con el Papa

Blog I: Un autorretrato del antifranquismo, o por qué del antifranquismo no pudo venir la democracia. http://www.gaceta.es/pio-moa/autorretrarto-antifranquismo-01102014-1712 

Hago un llamamiento a los oyentes de Cita con la Historia a darlo a conocer a sus conocidos y difundir los podcast: http://www.ivoox.com/cita-historia-el-origen-de-audios-mp3_rf_3517931_1.html

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Este artículo es del 1-4-2011, pero siegue teniendo cierta actualidad

¿Por qué participa España en la agresión a un país como Libia, que no amenaza a nadie desde hace años? El pretexto del ataque de Gadafi “a su propio pueblo” es tan grotesco que en sí mismo manifiesta el absoluto desprecio de nuestros políticos y prensa al pueblo español, a su propia opinión pública. No acierto a entender qué intereses concretos hay detrás de tal aventura, en la que parecen especialmente empeñadas Francia e Inglaterra, pero desde luego no son intereses españoles. Una explicación posible remite a presiones de Francia, a la cual está enfeudada una parte excesiva de nuestra economía. Puede ser. Aunque en un plano muy general nuestros intereses coinciden con los del país vecino, en muchos planos concretos difieren y hasta chocan, como quedó de relieve en la crisis de Perejil, por poner un pequeño ejemplo. Lo único claro es que el Gobierno español, delincuente por otros motivos, lo es también por este.

También cabe decir que en un plano muy general coinciden nuestros intereses con los británicos, pero no así en muchos aspectos concretos. La manifestación más restallante de esa diferencia la encontramos en la permanente humillación a España que supone la colonia de Gibraltar. Precisamente en los últimos tiempos, los británicos han multiplicado sus insolencias y atropellos, sin que el Gobierno español (delincuente, insisto, por varios motivos) haya mostrado la más mínima dignidad ni defensa de nuestros intereses.

España carece de una verdadera doctrina en política exterior, y no ha sacado las lecciones de la experiencia histórica. Tradicionalmente, nuestro país ha salido perjudicado, a veces tremendamente, de la injerencia en los asuntos al norte de los Pirineos. Y se ha beneficiado no menos cuando se ha mantenido al margen de ellos, como en las dos últimas guerras mundiales. Por muchas razones, la posición exterior de España debiera asemejarse a la suiza. Algunos aseguran que eso nos llevaría al aislamiento, pero eso apenas si vale como fantasía malintencionada. Nadie duda de que Suiza se inscribe por todo en la cultura occidental, de que mantiene relaciones económicas y de todo tipo con el resto de Europa y del mundo mucho más intensas y fructíferas, proporcionalmente, que las de la “integrada” España. Y sin embargo no está en la OTAN ni en la UE y a duras penas ha aceptado entrar en la ONU. Ya discutiré el asunto con más detenimiento, pero baste aquí recordar un dato al que me he referido en La Transición de cristal: en los años 60 y primeros 70, España, “sin estar en Europa” como suelen decir nuestros ignaros políticos, creció económicamente más aprisa que cualquier otro país europeo. Cuando “entró en Europa”, por seguir con la memez, su crecimiento descendió y tardó decenios en recuperar el grado de convergencia de 1975 en renta per cápita. Y lo recuperó a costa de un grado de supeditación política y económica mucho mayor que antes. (Actualmente, la convergencia de España con los países ricos europeos ha bajado  entre 8 y 10 puntos. Y el índice de desigualdad social ha crecido otro tanto)

 

 

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Bergoglio 

¿Quién de humildad hace alardes

Con mediático despliegue

Consintiendo sin pudor

Que lo suban cual campeón

De los humildes al podio?

                                  ¡Bergoglio!

¿Quién agasaja a judíos,

a masones, protestantes 

y a toda suerte de herejes

enemigos de la Iglesia,

en tanto que a los católicos

fieles a la Tradición

les dirige avinagradas

palabras llenas de odio?

                                  ¡Bergoglio!

¿Quién declara no ser quién

para juzgar a un marica

que él llama “persona gay”

con buenrollismo irrisorio?
                                  ¡Bergoglio!

¿Quién opina que el aborto

no tiene que “obsesionarnos”

y luego se hace de nuevas 

con las cifras de ese oprobio?

                                       ¡Bergoglio!

¿Quién osa abrir un debate

sobre el tema del divorcio

que Cristo dejó cerrado,

cual si fuera la sentencia

de Cristo-Dios un estorbo?

                                        ¡Bergoglio!

¿Quién le planta en el altar

a Nuestra Virgen Santísima

una pelota de playa,

 souvenir de las jornadas

mundiales del gran jolgorio?

                                           ¡Bergoglio!

¿Quién plebeyiza lo excelso,

Enmaraña lo sencillo,

preña de duda lo obvio?

                                            ¡Bergoglio!

 Y ese hombre –me diréis—

Es nuestro Papa de Roma,

El sucesor de San Pedro,

El verdadero  Vicario

 De Jesucristo en la tierra?

Ni le quito ni le pongo:

Es Jorge Mario Bergoglio

Andrés García-Carro, La buena senda

 

 

 

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¿Quién no es mejor que su propia biografía?

Me viene de nuevo a la cabeza esa frase famosa leyendo Yo tenía un camarada, de César Alonso de los Ríos, sobre “el pasado franquista de los maestros de la izquierda”, personajes representativos de la Generación del 36, como Laín, Aranguren, Tovar, Vicens Vives, Torrente Ballester, Ruiz-Giménez, Areilza, Sastre, Castellet, Ridruejo, etc. Algunos, como Areilza o Torrente, nunca fueron propiamente de izquierda, pero todos, y otros muchos, sí se hicieron antifranquistas, furiosamente varios de ellos. Y la mayoría –no todos– mostraban gran incomodidad con su pasado franquista, más concretamente falangista en bastantes casos. Dice el autor que Torrente

había llegado a convencerse de que nunca había sido falangista y de que había estado en la retaguardia cultural de Burgos, durante la guerra civil, por casualidad. Había sido ganado Gonzalo Torrente Ballester por una desmemoria tan grave y había sido respetado tanto en ella por los críticos culturales que muchos jóvenes (periodistas en ocasiones) habían llegado a creer que había sido un perseguido del franquismo. [La vicepresidenta Vega acaba de recordar que su padre fue otra víctima de aquel régimen, quizá piense cobrar la indemnización correspondiente].

Y como Torrente, tantos más que en 1982 “eran la gran orla del socialismo español que acababa de tomar el poder después de medio siglo. Algo verdaderamente histórico”. “Los Laín Entralgo, López Aranguren, Tovar y Haro Tecglen publicaban en El País. Cuando murieron se les despidió con coronas de elogios”, procurando –ya entonces funcionaba la memoria histórica–olvidar su pasado, como hacía ya ejemplarmente ese maestro de la corrupción intelectual, vulgo la trola, que es Juan Luis Cebrián.

El ansia, paroxística en Cataluña y Vascongadas y desatada en el resto, de oscurecer, tergiversar o falsificar el pasado es uno de los rasgos típicos de una transición comenzada muy bien y pronto echada a perder en gran medida por la desvergüenza de unos y la inhibición culpable y oportunista de otros. Y es también un signo de identidad de nuestra época de farsa y consiguiente páramo cultural.

Pero observemos la evolución de estos personajes. Durante la guerra y la posguerra fueron franquistas devotos; después –sobre todo después de que los Aliados ganasen la guerra y casi nadie diese un duro por la supervivencia del régimen (en Años de Hierro me refiero a la sospechosa elaboración de La colmena por Cela)– cambiaron, poco a poco o con rapidez, sus principios y convicciones hasta llegar adonde llegaron. El problema no radica tanto en esa evolución, en España todo el mundo ha cambiado muchísimo, como en el tan revelador empeño por disimular o falsificar la propia biografía, con excepciones como Ridruejo o Laín. Sospecho que esa debilidad moral repercute fuertemente en el valor de la obra de la mayoría de ellos, condenada ya hoy al mismo olvido que pretendían para su pasado. No sin haber contaminado de esa corrupción al mundillo cultural hispano.

Pero aún tiene mayor interés el sentido político de esa evolución, que llegó a renegar del personaje y el movimiento que vencieron al Frente Popular, y a la loa de este, añadiendo a la falsificación biográfica la falsificación política: el Frente Popular representaría “la república, la democracia, el pueblo trabajador”. Por consiguiente, habían perdido los buenos y ganado los malos, y sería precisa una gran dosis de agua del olvido para purificarlos del crimen de haber estado entre los vencedores. Muchos mantenían considerable desconfianza hacia los comunistas, pero se acercaban a los socialistas, olvidando –siempre la oportuna amnesia– que había sido el PSOE, y no el PCE, el principal responsable de la guerra civil. Aun así, no hacían ascos a colaborar con los agentes del Imperio del Gulag en España, y el mismo Areilza, que llegado un momento iba de monárquico liberal por la vida, colaboró en alguno de los tinglados montados por el héroe de Paracuellos, el “Pacto para la Libertad” o cosa por el estilo. Tales eran los opositores antifranquistas, en quienes se unían las simpatías casi generalizadas hacia la ETA o Fidel Castro con el odio a sus propias biografías, al parecer mucho menos ejemplares de lo que ellos, muy en el fondo, eran o creían o aspiraban a ser.

No fue una evolución a mejor, sino a peor, a mucho peor. Un problema del país ha sido, ya desde principios del siglo XX, el escaso aprecio de gran parte de la intelectualidad por las libertades, como ha mostrado José María Marco. En otra ocasión señalé que el motivo profundo de estas oposiciones no era que considerasen a Franco un dictador, sino que lo consideraban demasiado poco dictador por comparación con los sistemas que ellos admiraban, como el de Castro o los del este de Europa. Nada pudo exhibir mejor esa tendencia subyacente que el episodio Solzhenitsin, al que me he referido varias veces por su valor ilustrativo. Pues la de Franco fue solo una dictadura autoritaria, mientras que las otras lo eran totalitarias, y el totalitarismo ha ejercido una gran fascinación sobre muchos intelectuales, no solo españoles.

En LD, 3-1-2010

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Ortega, Azaña y Franco ante la II República

Blog I. Tiempo de horror: http://www.gaceta.es/pio-moa/horror-22092014-1832 

**Próximo domingo en Radio Inter: trataremos de la transición, tan falseada…

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Ortega, Azaña y Franco ante la república

 

El filósofo Ortega y Gasset, que había flagelado la Restauración y aplaudido la dictadura de Primo de Rivera para después repudiarla, publicó el 15 de noviembre de 1930, poco antes del golpe militar republicano, un retumbante artículo en El Sol, titulado ‘El error Berenguer’. Ortega estaba muy ilusionado con la República, viendo en ella la concreción de una España “vertebrada”, refundada como una “auténtica nación” capaz de grandes empresas internas y externas.

 

Por ello rechazaba de raíz el intento de normalizar la situación mediante unas elecciones, según proponían los monárquicos. La propia Monarquía debía hundirse, tras haber amparado una dictadura a la que de pronto pintaba con las más negras tintas: “Un régimen de absoluta anormalidad“, cuyos métodos “anormales nadie, así, de pronto, podrá recordar haber sido usados nunca (…) en todo el ámbito de la historia, incluyendo los pueblos salvajes. Sólo el que tiene una idea completamente errónea de lo que son los pueblos salvajes puede ignorar que la situación de derecho público en que hemos vivido es más salvaje todavía, y no sólo es anormal con respecto a España y al siglo XX, sino que posee el rango de una insólita anormalidad en la historia humana. Hay quien cree poder controvertir esto sin más que hacer constar el hecho de que la dictadura no ha matado. Creer que el derecho se reduce a no asesinar es una idea del derecho inferior a la que han solido tener los pueblos salvajes”.
Todo esto, “hablando en serio y con todo rigor”. Por tanto, no podía ni pensarse en pasar por alto aquella gran viltá y volver sin más a la “normalidad”, como pretendían Berenguer y el rey. Nada de eso. La Monarquía debía darse por abolida y construirse un nuevo Estado.
Todos los estudiosos concuerdan en la extraordinaria repercusión del artículo, formador de amplia opinión pública prorrepublicana entre las clases medias. Rara vez, sin embargo, se ha analizado el contenido mismo del artículo. Ortega enfocaba no sólo la dictadura, sino la historia completa de España –”anormal”, a su juicio–, con arreglo a un concepto de “normalidad” perfectamente nebuloso y de nulo valor analítico. Los filósofos rara vez han sido linces en política, y Ortega, desde luego, no fue la excepción. Pensaba, en un alarde de ingenuidad, formar una Junta Magna de ciento cincuenta o doscientas personalidades selectas de la política, el capital, los sindicatos, la universidad y la prensa, para diseñar el nuevo Estado.
Esa nebulosidad conceptual le impedía ver, por ejemplo, que los métodos “anormales” de Primo habían resuelto, con escasa violencia y sorprendente facilidad, aquellos problemas insolubles para los políticos anteriores que habían llevado el país al borde de una crisis revolucionaria: el terrorismo anarquista, el golpismo socialista, la rebelión del Rif, la confabulación separatista… Le cegaba a la evidencia de que tanta “anormalidad” había cortado la convulsión permanente de los últimos años de la Restauración e impulsado un progreso económico y una modernización social sin precedentes.
Josep Pla.Hace falta mucho radicalismo hueco para desdeñar tales logros, en lugar de construir sobre ellos. Pero éste es un rasgo también muy extendido entre la intelectualidad española. Decía Josep Pla, de Cataluña:
En este país hay una forma cómoda de llevar una vida suave, tranquila y regalada: consiste en afiliarse al extremismo (…) En todo el mundo, las posiciones extremas de la política se mantienen por la gente más abnegada, más idealista, más romántica. En nuestra casa, el cercado extremista está poblado de escépticos, individualistas, pedantes y despistados“.
En Cataluña y en el resto de España, por lo menos entonces, como deja bien patente el célebre artículo, quizá el más influyente y también el más necio que nunca escribiera Ortega, y del que tendría abundante ocasión de arrepentirse.
Todavía menos examen suelen dedicar la mayoría de los historiadores a otra manifestación premonitoria: el discurso ‘Tres generaciones del Ateneo’ con que Azaña, ya comprometido en el golpe acordado en el Pacto de San Sebastián, inauguró el curso académico del Ateneo de Madrid. Este discurso, quizá el menos citado de Azaña, es seguramente el más esclarecedor de su trayectoria republicana, pues rara vez un político ha expuesto con tanta claridad las líneas maestras de sus proyectos, confirmadas luego rotundamente por los hechos.
Como Ortega, Azaña tenía por desastrosa la historia de España y aspiraba a reconducirla arrasando la herencia de los siglos. Afirmó: “Ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas”; y las comparó con la sífilis. Se proponía, por tanto, llevar a cabo “una vasta empresa de demoliciones” de aquella herencia, sin especial preocupación por los resultados o por el futuro, pues éste “no me importa. Tan sólo que el presente y su módulo podrido se destruyan”. Tampoco le asustaban otras posibles consecuencias: “Si agitan el fantasma del caos social, me río”. Y aclaró: “No seré yo quien siembre desde esta tribuna la moderación”. No se trataba de simple retórica, debemos insistir, pues aquellas expresiones gobernaron sus actos hasta la Guerra Civil, aunque los enmascarase a veces con frases más suaves.
También trazó la estrategia para alcanzar sus objetivos demoledores. Se trataba de establecer una vasta alianza entre lo que llamaba “la inteligencia republicana” y “los gruesos batallones populares”, es decir, los socialistas y posiblemente los anarquistas, a fin de eliminar cualquier resistencia de la derecha, mirada como representante de la sifilítica herencia española. La derecha sería siempre el enemigo principal, el enemigo que abatir en todo caso, para lo cual podían admitirse incluso alianzas que en principio repugnaban a Azaña, como la de los separatistas o los comunistas. Tal postura resaltaría muy vivamente en la actitud del alcalaíno ante el éxito electoral de las derechas en 1933, ante la revolución del 34 o ante el Frente Popular, como iremos viendo.
Asombra, realmente, la concordancia entre los propósitos expuestos por Azaña en el otoño de 1930 y las líneas generales de su actuación posterior. Por eso el discurso del Ateneo debe considerarse un documento absolutamente iluminador, sin el cual muchos sucesos se vuelven ininteligibles. También cabe observar aquí una constante de la izquierda española, que en el siglo XXI ha vuelto a aliarse con el separatismo y el terrorismo a fin de aislar y reducir a la impotencia la derecha democrática.
Y al igual que en el caso de Ortega, destaca ese carácter zascandil que Pla adjudicaba a los extremistas catalanes, manifiesto en la ignorancia de con quién se jugaba los cuartos. Azaña y los demás republicanos de izquierda desconocían casi todo sobre la ideología marxista y sus potencialidades políticas: de otro modo habrían comprendido que la idea de una “inteligencia republicana” dirigiendo a tales aliados no pasaba de ser una quimera. Máxime cuando, como el mismo Azaña comprendería y denunciaría amargamente, aquella inteligencia iba a resultar escasísima.
Miguel Azaña.Una y otra vez serían los “gruesos batallones populares” quienes desbordasen y arrastrasen a los presuntos inteligentes, pese a lo cual nunca supieron éstos cambiar su estrategia, tan obsesionados estaban con la “demolición” del enemigo derechista. Sólo serían capaces de oponerse con violencia a los anarquistas, pero sólo porque desde el principio éstos hicieron la vida imposible a los republicanos, llevándoles al derrumbe político en 1933, con ocasión de la matanza de Casas Viejas.
Acorde con su estrategia extremista y en el fondo disparatada, Azaña exhibía una ideología reminiscente del despotismo ilustrado: la República, insistió reiteradamente, sería para todos los españoles, “pero gobernada por los republicanos”, por los inteligentes. De ahí que no aceptase la victoria electoral de las derechas, entre otras actitudes posteriores. Los numerosos hagiógrafos de Azaña insisten en presentarlo como demócrata y moderado, a pesar de sus palabras y, sobre todo, de sus hechos, componiendo una historiografía ilusoria y beata, sin el menor nervio crítico.
Tiene interés, como contraste, señalar brevemente la posición de otro personaje que iba a influir en los destinos de la República: Francisco Franco. Conocemos su actitud por una carta escrita a su hermano Ramón, participante en el fallido golpe militar republicano de diciembre de 1930, y obligado por ello a exiliarse. Francisco, totalmente en desacuerdo con su hermano, le explica:
Lo que podía encajar en el cuadro de mediados del pasado siglo es imposible hoy, en que la evolución razonada de las ideas y los pueblos, democratizándose dentro de la ley, constituye el verdadero progreso de la patria, y que toda revolución extremista y violenta la arrastrará a la más odiosa de las tiranías“.
Siendo éste un documento íntimo, no destinado a exhibición propagandística, tiene interés especial, y sin embargo, nuevamente, recibe nula atención de los historiadores de izquierdas (no así de otros más serios, como Ricardo de la Cierva o Luis Suárez). La carta indica que Franco percibía la debilidad de la Monarquía y aceptaba en principio una democracia, incluso republicana, siempre que llegara en orden y sin riesgos revolucionarios.
Como en el caso de Azaña, podemos preguntarnos si los hechos correspondieron a las palabras. Opino que sí. Franco respetó la República y la defendió de la intentona revolucionaria del 34. En rigor, fue el último en rebelarse, y cuando lo hizo ya no existía legalidad republicana o democrática digna de ese nombre. Claro que tampoco creía él ya en la posibilidad de una democracia en España, pero esa es otra historia.
 (En LD, 5-1-2006)
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