Blog I: El pecado de nuestra democracia:http://www.gaceta.es/pio-moa/pecado-democracia-07102014-1240
** **Seminario: “El separatismo catalán, teoría y práctica”. En Centro Riojano de Madrid. Cuatro sesiones, días 17 y 23 por la tarde, a las 19,30, y días 18 y 25 (sábados), a las 10,30 de la mañana. Matrícula, 50 euros. El cursillo tratará sobre las bases doctrinales y políticas de dicho movimiento y su comportamniento en la historia del siglo XX y hasta ahora. No puede afrontarse debidamente un problema si no se lo entiende bien.
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Contra Ortega no solo militaba el sector integrista del franquismo, sino también, y de forma más implacable, el antifranquista, que intentó condenarlo, como a otros, a una especie de ostracismo cultural. En este caso fracasaron, porque la notoriedad del filósofo era demasiado grande. Esa actitud arraiga en el mito de que los intelectuales se habrían exiliado masivamente por aversión al franquismo, y que los pocos que habían quedado o vuelto se habrían refugiado en un “exilio interior” o demostrado bajeza moral al colaborar con “el fascismo”. El exilio interior es otro mito, pues sus componentes, al igual que Ortega, trabajaron, publicaron y ganaron distinciones y premios, como Blas de Otero, Gabriel Celaya, Buero Vallejo y tantos otros. La realidad es que el franquismo fue notablemente liberal en relación con la cultura, en gran medida porque carecía de una ideología refinada más allá de algunos principios básicos que permitían notable flexibilidad. El Instituto de Estudios Políticos, fundado con la misión de elaborar un fundamento doctrinal más sistemático al régimen, publicaría trabajos muy valiosos pero sin cumplir nunca dicha misión, como pondría de relieve Serrano Súñer.
Por consiguiente, quedaba la acusación de bajeza moral, recogida en 2002 por Gregorio Morán en su libro El maestro en el erial. El maestro Ortega había entrado en el “erial” de la cultura en la España franquista y había realizado vilezas como ofrecerse a escribir discursos al Caudillo, o cobrar su sueldo de catedrático sin dar clases en la universidad, etc. Pero la brillante labor de Ortega en un ambiente que se lo permitía con pocas o ninguna trabas, no puede tacharse de bajeza, y el “erial” no pasa de ser pura fantasía. Baste un repaso de colaboradores en la revista de Falange Escorial para comprobarlo: Vicente Aleixandre (futuro premio Nobel), Azorín, Cela, Pío Baroja, Dámaso Alonso, Eugenio d´Ors, Julián Marías, Menéndez Pidal, Ramón Carande, Gerardo Diego, Álvaro Cunqueiro, J. M Cossío, Julio Caro Baroja, Melchor Fernández Almagro, Emilio García Gómez, Ramón Gómez de la Serna, Paul Claudel, Romano Guardini, Manuel Machado, José Antonio Maravall, Blas de Otero, Luis Rosales, Julio Palacios. Joaquín Rodrigo, Sánchez Mazas, Federico Sopeña, Gonzalo Torrente Ballester, Fr. Justo Pérez de Urbel, Luis Felipe Vivanco, Xavier Zubiri Calvo Serer… Cabe preguntarse qué publicación actual lograría un elenco intelectual de escritores nuevos y viejos, de tan variada ocupación y tal fuste.
Porque, desde luego, Ortega no fue el único ni mucho menos que volvió del exilio o la emigración. También volvieron y trabajaron Menéndez Pidal, otra figura cumbre de la historiografía y filología españolas, Josep Pla, el escritor catalán más destacado del siglo XX, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala, Azorín, D´Ors, Juan Gil Albert, Sebastián Miranda, Rosa Chacel, Arturo Duperier, José María Sert, Américo Castro, entre otros; la mayoría en los años 40 o 50, otros posteriormente. Más ocasionalmente volvieron Severo Ochoa, Jorge Guillén, Francisco Ayala, etc. Algunos podrían haber vuelto sin ningún problema, como Sánchez Albornoz, Madariaga o Juan Ramón Jiménez, pero por razones ideológicas u otras, prefirieron quedar en los países donde se habían afincado. La mitología pretende, además, que solo hubo un exilio intelectual, cuando hubo realmente dos: el primero, probablemente el de mayor calidad, fue el de aquellos que huían de las izquierdas y en el que cabría incluir también a aquellos republicanos izquierdistas que, por miedo a ser incluso asesinados por los “suyos”, procuraron ponerse a salvo de la revolución, sirviéndola al mismo tiempo con cargos en el extranjero, como lamentaba Azaña el 17 de junio del 37 en sus diarios (fue también el caso de Juan Ramón Jiménez)[1]. El segundo exilio incluyó a los más comprometidos con el Frente Popular, y su creatividad fue, desde luego, inferior a la de los que permanecieron o volvieron a España.
Especial relevancia tiene el caso de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, pues se les consideraba “los padres espirituales de la República”, por haber firmado el influyente manifiesto en su favor, en 1931. El desengaño de los tres, primero con la república y después con el Frente Popular, fue definitivo. Pérez de Ayala describirá así a sus líderes: “Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza” Ortega fustigaba a los intelectuales extranjeros que, sin tener la menor idea clara de España, apoyaban alegremente al Frente Popular. Marañón es todavía más explícito: «¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez (…) Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado? (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos». Hay en él una amarga autocrítica: “No tenemos derecho a quejarnos de la dictadura, pues la hemos hecho necesaria por nuestra ayuda estúpida a la barbarie roja».
No hubo, desde luego, un páramo cultural; muy al contrario. Ya Julián Marías se indignó en 1977 ante la patraña en su conocido artículo “La vegetación del páramo”, donde cita las numerosas e importantes obras de posguerra, tanto de los grandes autores de Generación del 98 y de las dos siguiente como de los valores jóvenes surgidos entonces: Menéndez Pidal, Azorín, Baroja Ortega, Zubiri, Morente, Dámaso Alonso, Aleixandre, Mihura, , Marañón, Cela, Celaya, Rosales, Ridruejo, Leopoldo Panero, Buero, Laín, Maravall Carmen Laforet, Aldecoa, Blas de Otero, Gironella, Torrente Ballester, Díez del Corral, Rof Carballo, Aranguren, Tovar y tantos más[2].
Veinte años más tarde, Marías insistiría en otro artículo: “¿Por qué mienten?”, al constatar la lozanía de la falsedad: “Baroja decía con humor que los españoles discuten sobre cuestiones de hecho. Muchos hacen ahora algo mejor: ni siquiera discuten, sino que hacen caso omiso de los hechos (…) Cada vez que se habla de lo que ha sido la realidad cultural de España después de la guerra civil, se acumulan las mentiras más evidentes, más contrarias a la irrefragable realidad (…) Los jóvenes (…) mienten, diríamos, en nombre de otros. Su motivo principal es la ignorancia: no saben nada, aceptan pasivamente lo que les han dicho y lo repiten. Hay un curioso grupo, formado por los que empezaron a actuar hacia 1956 -fecha muy significativa-. Tuvieron, ya desde entonces, la voluntad de dar por nulo todo lo que se había hecho antes (…) para dar la impresión de que con ellos, y sólo con ellos, se iniciaba una resistencia a las presiones oficiales y un intento de independencia. Finalmente, los decididamente mayores, los que vivieron y escribieron en ese ya lejano periodo, con frecuencia se pliegan a las presiones dominantes”. Hay que decir que la independencia frente a las presiones oficiales u oficiosas fue a menudo más fácil en el franquismo que en la actualidad, cuando el disidente puede sufrir una verdadera muerte civil.
Laín también negó el famoso páramo, pero, arrepentido de su pasado tan próximo a las ideologías del Eje, cayó en la trampa de justificar a aquellos autores afirmando que repudiaban el franquismo. Esto es cierto en unos casos y falso en otros, pero en la medida en que es cierto solo testimonia la actitud notablemente liberal del régimen hacia ellos. Los hubo franquistas hasta el final, antifranquistas, incluso comunistas reconocidos, y una mayoría de tibios o indiferentes; pero todos se expresaron en libros, cine u otras artes con escasas trabas de la censura. Es instructiva la evolución política de bastantes. Algunos (Celaya, Blas de Otero, Haro Tecglen, Sastre…) pasaron de la Falange al comunismo o a la socialdemocracia (Ridruejo), o se hicieron más o menos liberales (Torrente Ballester, Tovar, Laín, Aranguren, Cela, etc.). El llamativo fenómeno lo estudió César Alonso de los Ríos[3]. Algo similar pasó con Calvo Serer y otros vinculados al integrismo católico. Muchos prosperaron como funcionarios del régimen hasta descubrir en sí mismos a duros antifranquistas… después de Franco.
Dato curioso en esta evolución fue la simpatía de gran parte de ellos, sin ser comunistas, hacia el sistema soviético. Así se puso de relieve cuando Solzhenitsin expuso en la televisión, en Madrid, las diferencias, realmente abismales, entre el totalitarismo de la URSS y el régimen español: la réplica casi general hacia el gran escritor ruso fue una andanada de insultos que llegaban a lamentar su salida del GULAG. Y no eran solo comunistas o comunistoides los que así hablaban, sino personas que pasaban por liberales, como Juan Benet, Cela, Jiménez de Parga y otros. Diríase, y no es una ironía, que aquellos injuriantes encontraban la dictadura española demasiado floja y deseaban una más férrea, de tipo soviético. La Cuba de Castro era, por cierto, muy popular entre ellos.
Aun cuando las evoluciones en política son habituales, casi nadie explicó la razón de las suyas. Por el contrario, a partir de la transición o algo antes, numerosos políticos y escritores dieron en maquillar o tergiversar su biografía de forma descarada. Un fenómeno sociológica y psicológicamente significativo, y no demasiado edificante desde el punto de vista moral o intelectual cuando ya no había peligro, como en la guerra, de ser perseguido o fusilado por discrepar de la “verdad” oficial.
Fueron los exiliados quienes inventaron el páramo cultural franquista, dando a entender que ellos eran los únicos intelectuales de valía, mientras que en España solo quedarían curas y militares supuestamente ignaros y brutos. Y en la transición recobró fuerza el tópico, de la mano de la izquierda y separatistas, a cuya vanguardia se situó el diario El País, dirigido por J. L. Cebrián, y más tarde toda la empresa correspondiente, PRISA. El diario derechista ABC también se sumó, inventando su director, el juanista Ansón, la frase “generación del silencio” para la de los años 40 y 50. Con la mayor desfachatez, Ansón se ha presentado como perseguido por el régimen, cuando hizo en él toda su carrera, con numerosos premios, y el gobierno le encomendó –cargo político– la formación de los periodistas en la Escuela Oficial de Periodismo. Decía Marías que “mentir descalifica a quien lo hace”, pero los descalificados, en este caso, han gozado de una influencia y salud económica excepcionales.
La postura de los inventores del “páramo” recuerda a la de los integristas contrarios a Ortega y a cualquier influencia ajena al catolicismo tradicional. Y con el mismo problema: actitud tan injusta o absurda podría justificarse en cierto modo si ellos estuviesen alumbrando a su vez una cultura de tal brillo que eclipsara a la anterior… lo que no ocurría en ninguno de los dos casos. El País aspiró, en efecto, a convertirse en núcleo y foco intelectual de gran altura. ¿Lo consiguió? Numerosos autores han colaborado o sido propulsados por ese periódico, pero no se encuentran entre ellos nombres como los de Zubiri, Cela, Delibes, Buero… o, en fin, los que colaboraban en Escorial. Sin afirmar ni mucho menos que todo su empeño sea desdeñable, no me parece injusto señalar que el balance, después de tantos años, es mediocre, más basado en un supuesto progresismo autojustificativo y en un cosmopolitismo algo afectado o provinciano que en verdaderos valores. Acompañado, además, de un sectarismo vulgar y una política de tierra quemada hacia los discrepantes.
No menos ilustrativo para el tema aquí tratado es la formación y evolución del grupo PRISA, encarnadas por así decir en su fundador y empresario, Jesús Polanco, y por el director ideológico Cebrián. El empresario empezó su fortuna editorial haciendo uso de información privilegiada en círculos aledaños al poder, cinco años del fallecimiento del Caudillo. Desde entonces ha ido multiplicando sus empresas hasta convertirse en el grupo mediático más poderoso –y temido– de España, con métodos que han sido denunciados en ocasiones como fraudulentos o abusivos, alguno de ellos condenado por los jueces en sentencia no cumplida. En cuanto al ideólogo, es hijo de un falangista y alto cargo del régimen, director del diario Arriba, lo cual facilitó su carrera en la prensa, como redactor jefe y subdirector en Pueblo, órgano de los sindicatos verticales, después en Informaciones. Contribuyó también, en 1963, a la fundación de la revista Cuadernos para el Diálogo, el diálogo entre católicos y marxistas que, según el dicho, hizo a muchos católicos marxistas y a ningún marxista católico. En esa revista salieron algunos de los ataques más furibundos contra Solzhenitsin. Un año antes de la muerte de Franco ascendió a director de los servicios informativos de la televisión estatal, el principal órgano de propaganda del “fascismo” según la izquierda.
Como director de El País ha sido el mayor impulsor del antifranquismo radical, de la ley de memoria histórica, del abortismo y los separatismos, y justificador de las políticas del PSOE, calificando de “sindicato del crimen” a los periodistas que sacaban a la luz las corrupciones de ese partido. Todo ello en nombre de la democracia. No viene aquí al caso analizar el trasfondo ideológico de ese periódico y su inspirador. Obviamente, Cebrián nunca ha explicado razonablemente las llamativas piruetas de su evolución político-intelectual, su curioso talento desenvolverse por las alturas tanto en un régimen “fascista” como en otro más o menos democrático.
Es realmente difícil crear algo sólido y fructífero sobre la mentira hacia los demás y hacia sí mismo, “la constante mentira” que lamentaba Marañón. Sospecho que hoy, cuando la cultura española va convirtiéndose en un remedo de la anglosajona, podría hablarse de páramo con bastante más justificación que antaño.
[1] Azaña, Memorias de guerra, Barcelona 1978. P. 81-2 “Del Gobierno que yo presidí en febrero del año pasado, ¿sabe cuántos ministros quedaron en España? Dos (…) De los embajadores “políticos” que yo nombré solo uno (…) Los demás, se quedaron en Francia (…) En París hay doce ex consejeros de la Generalidad (…) Gassol se fue después porque temía ser asesinado (…) Domingo está en México, Zulueta en Bogotá…
[2] En Años de hierro he tratado la evolución cultural española año tras año entre 1939 y 1945. Mucho más notable de lo que la caricatura posterior ha pretendido.
[3] C. Alonso de los Ríos, Yo tenía un camarada,El pasado franquista de los maestros de la izquierda, Madrid, 2007


Hace falta mucho radicalismo hueco para desdeñar tales logros, en lugar de construir sobre ellos. Pero éste es un rasgo también muy extendido entre la intelectualidad española. Decía Josep Pla, de Cataluña:
Una y otra vez serían los “gruesos batallones populares” quienes desbordasen y arrastrasen a los presuntos inteligentes, pese a lo cual nunca supieron éstos cambiar su estrategia, tan obsesionados estaban con la “demolición” del enemigo derechista. Sólo serían capaces de oponerse con violencia a los anarquistas, pero sólo porque desde el principio éstos hicieron la vida imposible a los republicanos, llevándoles al derrumbe político en 1933, con ocasión de la matanza de Casas Viejas.