Blog I: Tesis sobre los separatismos: http://www.gaceta.es/pio-moa/tesis-los-separatismos-espanoles-20092014-1021
Próximo domingo en Cita con la Historia, de Radio Inter: cuán empieza la historia de España
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FABRICIO.- Lo que sospechaba. Es la novelilla esa Los hombres que no amaban a las mujeres, de que tanto hablan.
SIMPLICIO.- ¡Cómo, novelilla, con casi setecientas páginas! Una novela no se dedica a poner estadísticas, hombre. Es un informe, un reportaje. Y me he permitido cambiar el título por los suecos porque sucede en Suecia, se trata de los hombres suecos, por lo menos en eso me darás la razón.
FELICIO.- ¿De qué va?
FABRICIO.- Bueno, es un cuento muy largo y algo enrevesado, una chica desapareció hace muchos años, los protagonistas toman mucho café, follan bastante, le dan al ordenador, hay torturas y violaciones, unos capitalistas perversísimos y unos periodistas honradísimos que descubren el pastel y al final todo termina muy bien, los buenos triunfan, se forran y echan algunos polvos adicionales, la tía desaparecida aparece en Australia convertida en la dueña de una gigantesca empresa de ovejas y de no sé cuántas industrias… En fin, un culebrón algo infantiloide, si quieres saber lo que opino.
MAURICIO.- Entonces tiene el éxito asegurado
SIMPLICIO.- Perdona, Fabricio, pero el autor del informe, insisto en que se trata de un informe, lo explica muy bien: reconoce Estiego Larsón que su informe, insisto, deja a Shakespeare en un cuento para niños, y yo lo creo. A ver dónde encuentras a un padre que se dedica a torturar y asesinar en serie a mujeres, porque es nazi, y que por esa razón también viola a su hijo y a su hija, y el hijo sigue los pasos del padre, viola a su hermana y como tiene mucho dinero, se hace una cámara de tortura en el sótano de sus casa, y allí tortura, viola y asesina a montones de mujeres, y las hace desaparecer, y así durante decenas de años, creo que porque tiene instintos de cazador o algo así. Yo no he leído a Shakespeare, de acuerdo, pero me extrañaría que hubiera escrito algo semejante.
MAURICIO.- ¿Mataban a muchas mujeres y nunca se encontraba la pista? ¿Desaparecían otras sin dejar rastro? ¿Tan incapaz es la policía sueca?
SIMPLICIO.- Pues no, no las encontraban porque los tíos, padre e hijo, eran muy malvados, pero muy inteligentes, eso lo explica muy bien Larsón, claro que no tan inteligentes como el periodista y, sobre todo, su amiga, que además son de una honestidad a prueba de bomba. Yo leí en El Pis una crítica muy buena.
FABRICIO.- Los héroes del cuento son la repera. Hay una tía, especie de marimacho furiosa y perfectamente estúpida, pero que tiene algo así como superpoderes, vamos, que el autor le confiere superpoderes. Apenas empieza a describirla me recordaba a Pippi Calzaslargas, aquella serie gilipollesca, demasiado infantil incluso para niños muy pequeños. La Pippi, ya sabéis, un contrapeso imaginario anarquista para una sociedad como la sueca, tan ordenada, según cuentan…
SIMPLICIO.- ¡Para el carro, para el carro! Yo de pequeño veía esa serie y me gustaba mucho.
FABRICIO.- Porque ya desde pequeño estabas predestinado a ser lector del El Pís, y eso tiene mal remedio… Lo que me hace gracia es que luego el autor dice que a la chica no le gustaría que la llamaran Pippi etc.
MAURICIO.- ¿Y cómo eran tan honrada aquella buena gente? Hoy ya no se estila.
SIMPLICIO.- El periodista es honrado porque es más bien socialista, y ya sabemos que los socialistas han sido siempre modelos de honradez, capaces de soportarlo todo por sus principios… Y la chica parece más bien ácrata, ahí le doy la razón a Fabricio. Y los ácratas son todavía más honrados, si cabe.
SULPICIO.- La sabiduría y la experiencia hablan por tu boca, Simplicio…
SIMPLICIO.- Por eso me cabrea que, frívolamente, se eche la culpa del maltrato a las mujeres en Suecia a los socialdemócratas y no a los nazis, como es evidente. Los socialdemócratas son suaves y respetuosos.
MAURICIO.- Bueno, hay que reconocer que la socialdemocracia sueca siempre ha sabido respetar suavemente. Durante la II Guerra Mundial colaboró con los alemanes, pero solo hasta que se vio claro que estos no iban a ganar, entonces fue cambiando suavemente de postura para acomodarse sin traumas a la nueva situación. Y hacia los soviéticos siempre mostraron una notoria simpatía, después de todo, los comunistas y los socialistas siempre han estado por los obreros…
SIMPLICIO.- Y no me negarás, Mauricio, el carácter profundamente democrático de la socialdemocracia sueca, bien explícito en su aversión a la España de Franco, vamos, que es que no podían ni verla, recordarás a Olof Palme, que también lo cita el informe, y por eso insisto en que no es una novela, aunque tenga algunos rasgos de novela, para hacerlo más ameno… Recordarás a Palme pidiendo dinero con una hucha para la ETA y demás, cuando el régimen franquista cometió aquel crimen horripilante con el que cerró su carrera de asesinatos…
FELICIO.- Algunos no lo recordaréis, por ser tan jóvenes, pero yo me acuerdo muy bien: el franquismo asesinó a cinco luchadores por la libertad del FRAP y de la ETA, por el supuesto delito de haber ajusticiado a unos cuantos policías, ya se sabe, pistoleros del fascismo.
SIMPLICIO.- Yo es que no paro de admirar a los socialdemócratas suecos. Fijaos: los capitalistas malvados del informe tenían una característica: nunca se divorciaban. ¿Cómo no iban a ser unos asesinos en serie? Y parece que leían mucho la Biblia, otra mala señal. Os leo algo más: “No había conocido a una sola chica que no se hubiera visto obligada a realizar algún acto sexual en contra de su voluntad en, al menos una ocasión”. O sea, que allí violan a casi todas. ¿Alguno de vosotros puede imaginarse siquiera a un socialdemócrata o a un anarquista haciendo tales cosas? ¡Vamos, eso no le cabe a nadie en la cabeza! ¡Esos son nazis, hombre! Es la evidencia misma.
MAURICIO.- Pero reconocerás, Simpli, por pura lógica, que resulta muy raro que los nazis no ganen en Suecia todas las elecciones, siendo tantos…
FABRICIO.- Es por la chica esa de los superpoderes, que se lo impide
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FELICIO.- ¡Silencio!
FABRICIO y MAURICIO.- ¿Qué?
FELICIO.- ¿No habéis oído un repugnante gorgoteo ahí, detrás de ese seto? ¿Algo así como un cerdo o un burro riéndose?
PATRICIO.- Pero mirad, ahí sale Aparicio. ¿Qué hacías ahí, escondido tras el seto?
APARICIO.- ¡Bah, bah! Solo estaba embebido en edificantes lecturas y me distraje escuchando vuestras chorradas sobre el Estiego Larsón y demás. De ahí mis risas. Te perdono, oh Felicio, tus alusiones porcinonoasnales, porque sé que las haces con la mejor intención.
PATRICIO.- ¿De qué tratan esas lecturas que tanto te absorben, Aparicio?
APARICIO.- Aquí tenéis un ejemplo: “En la Barcelona de los 60 todos éramos muy progres y liberales, y casi todos defensores del amor libre. En el grupito de la gauche divine, el sexo era uno de los juguetes preferidos, las llamadas “perversiones” un refinamiento exquisito (un ilustre escultor brindaba a sus invitados el deleite de ver defecar a su bellísima compañera, en cuclillas, en mitad de la sala) (…) Una ilustre hispanista, por otra parte muy atractiva, me tenía en su lista (pero) vio que yo no le daba facilidades y se dirigió apresurada a Juan Benet, que estaba sentado en el bar tomándose tranquilamente un café y la llevó encantado a su habitación”… ¿Qué os parece? ¡Ah, gente envidiable! ¡Qué ejemplo para los demás, qué bien se lo montaban! Como ellos mismos decían, todo lo que hacían era divertidísimo, divino, sofisticado…
FELICIO.- Imagino que la bellísima aquella cagaría sobre la alfombra persa del salón.
SIMPLICIO.- ¡Hombre, tío, por supuesto, qué cosas tienes! Quedaría demasiado hortera que lo hiciese en un orinal. O sobre la tarima, eso sería de mal gusto, poco glamuroso…
SULPICIO.- O tal vez lo hiciera encaramada sobre un jarrón Ming. Eso tendría, a mi juicio, más mérito, si se me permite la expresión.
APARICIO.- Pues yo los imagino cantando a coro la Internacional en torno a la bellísima y a su legítimamente orgulloso compañero escultor. Porque… Os leo:
“Mi hermano mantuvo charlas interminables, y escandalosas y divertidas, con Luis Berlanga, un tipo inteligente y encantador, en torno a la posibilidad de hacer un libro sobre erotismo. Es curioso hasta qué punto izquierdismo y pornografía, al ser objeto ambos de la represión franquista, iban hermanados en la España de los 60. Muchos de nosotros asistíamos a un burdo espectáculo porno en una cutre taberna del puerto de Hamburgo o a un sofisticado striptease del Crazy Horse como si participáramos en un acto revolucionario. Y poco faltaba para que, al meterse en el coño la putita portuaria el último objeto que le venía a mano (en una ocasión fueron las gafas de mi padre, lo que a él le enfadó mucho y a nosotros nos provocó un ataque de risa desaforada) o al desprenderse una de las mujeres más bellas del mundo de la última prenda de ropa, nos pusiéramos en pie y entonáramos La Internacional“.
SIMPLICIO.- Madre mía, qué envidia…Pero ¿cómo es posible llevar una vida tan apasionante?
SULPICIO.- Intensa, diría yo. Una vida intensa. Llena de emociones, si se me permite hablar así.
FELICIO.- Comprendo que en el burdel de Hamburgo o por ahí les diese algo de corte, pero cuando estaban entre ellos, sin ninguna inhibición, seguro que cantaban himnos revolucionarios mientras echaban sus casquetes o hacían sus necesidades… Es combinar el placer carnal con el artístico.
SALICIO.- A mí, la verdad, no me parece bien nada de eso. Me resulta muy poco romántico.
FELICIO.- Porque eres un pequeño cateto, Salicio, has perdido el tren de la historia, por así decir. Tú proponle a tu Amartilis hacer, en fin, lo de la bellísima, y verás como la conquistas irreversiblemente. Tienes que espabilar, tío, liberarte, evolucionar. Como el gobierno de Zapo, sin ir más lejos, o el Futurista y los suyos, que ellos sí que van abriendo nuevos caminos al pueblo…
APARICIO.- No tanto, Feli, no tanto. Dejad que os lea: “Tras una larga sobremesa donde se habló mucho de sexo y todos nos mostramos partidarios del más absoluto libertinaje y de las más audaces experiencias, un ilustre pintor nos propuso a Nuria Serrahima, de excelente familia y uno de los miembros más glamorosos del grupo, y a mí, subir los tres a mi dormitorio. Ambas nos levantamos y le seguimos sin vacilar. Aunque la idea había partido de él, se puso muy nervioso. No podía con las dos, terminó por confesar. Nosotras estuvimos comprensivas y divinas. “Yo me voy. Quédate tú”, nos insistimos la una a la otra, como si nos cediésemos el último bocadillo de jabugo. Me quedé yo. Pero, apenas habíamos empezado, se oyeron voces en la sala. La esposa del pintor estaba en pleno ataque de nervios. La velada terminó sentados todos a su alrededor, dándole cucharaditas de manzanilla y palmadas en la espalda”.
SULPICIO.- No puedo creerme que esa gente cediese a cosa tan reaccionaria como los celos.
FELICIO.- ¡Celos! ¡Pero qué dices! Es que probablemente se les olvidó cantar La Internacional, y eso indignó a la esposa del pintor. Cosa muy natural, por lo demás. O tal vez le cabreó que subieran ellos solos al dormitorio, en lugar de hacerlo todo en el salón, para deleite de los demás. ¿Qué otra razón podía haber?
APARICIO.- Pues no, pues no. Atended: “Hacer el amor libremente, sin barreras, todos con todos. Podía ser magnífico… de no haber existido una fuerza ancestral, omnipresente, más poderosa que los eslóganes y las ideologías y las modas y los buenos deseos, una fuerza animal que podía con todo y nos sumía en las mayores contradicciones y en el ridículo más espantoso: los celos. El letraherido proustiano perseguí a su esposa con un cuchillo; la ilustre novelista mallorquina comparecía en la sala, llena de invitados, con las venas abiertas; Gabriel aseguraba no ser celoso, pero había un pequeño detalle sin importancia: si su pareja se acostaba con otro, él quedaba impotente; otro de nuestros grandes poetas temía que una noche, mientras dormía, su mujer le cortara el pene con unas tijeras… Y cuando Ramón Eugenio, el ex de Ana María Matute, fue abandonado por Matilde –una de las mozas que llevaba lista de los polvos echados cual si de trofeos se tratara–, que se aparejó con uno de mis amigos más queridos, el escritor Andrés Bosch, primero amenazó con lanzarse al vacío desde el altillo del restaurante donde todos estábamos cenando…”
MAURICIO.- Si os lo vengo diciendo, pero no me hacéis caso. Todo eso es completamente irracional, por lo que digo y sostengo que la masturbación es, dentro de la irracionalidad, lo que menos repugna a la razón.
SULPICIO.- ¡Por los cuernos de Belcebú! ¡Me tenían admirado esas gentes, y ahora me decepcionan!
SALICIO.- ¿Te admiraban, Sulpicio? ¿Harías tú lo mismo?
SULPICIO.- Hombre… pues no. Es como lo de nuestro común amigo Miguel Ángel y su Capilla Sixtina. Admiro todo eso que él hace, pero no me siento capaz de imitarlo, ¿entiendes?
SIMPLICIO.- Noto en algunos de vosotros un ligero tonillo de cachondeo, de irreverencia, vamos, y me parece a mí que esa gente de la que habla Aparicio merece un respeto. Fue la que acabó con la dictadura, derrocó a Franco y lo fusiló.
MAURICIO.- Jamás había oído yo tal cosa.
SIMPLICIO.- Porque solo lees a historiadores reaccionarios, a ex terroristas conversos a la extrema derecha, neofranquistas y gente así. Pero ahora, con la ley de la memoria y esas cosas, todo se está aclarando, que los franquistas nos han mentido de manera bárbara.
MAURICIO.- Por cierto, Aparicio, no nos has dicho qué gran obra de memoria histórica es esa de la que nos has leído esas cosillas.
APARICIO.- Es de doña Ester Tusquets, y se titula Confesiones de una vieja dama indigna.
FELICIO.- ¿Es que se considera indigna esa dama por hacer tales cosas? Sería el colmo
APARICIO.- Pues no, a decir verdad , ella está repleta de buenos sentimientos, una chica excelente y de muy buena familia…
