Si las diferencias entre los dictadores alemán e italiano por un lado, y el español por otro, son definitorias, también las hay de peso entre los dos primeros. Hitler admiraba a Mussolini, teniéndolo por su maestro, pero este, hasta entrados los años 30, negó la afinidad del fascismo con el hitlerismo, aunque luego procuraría cierta identificación entre ambos. Llegado al poder en 1922, Mussolini respetó las formas parlamentarias, debilitadas en 1924 tras el asesinato del socialista Matteotti por sicarios fascistas, pero no destruidas del todo hasta 1931. Hitler, gobernando desde 1933, fue mucho más rápido y drástico en eliminar la democracia liberal, combinando una despiadada voluntad con un oportunismo sin miramientos.
Aún más significativa es la diferencia ante el derramamiento de sangre. Mussolini fue, en general, poco sanguinario, y el caso Matteotti fue más la excepción que la regla, mientras que Hitler, similar en eso a los comunistas, demostró siempre disposición a pasar por encima de cuantos muertos fuera preciso para hacer triunfar sus ideas, aunque ello no fuera claramente visible hasta la propia guerra mundial: como ya vimos, cuando ayudó a Franco, sus principales víctimas las había hecho en la depuración de sus propias milicia (Stalin, en cambio, ya acumulaba una montaña de cadáveres).
Tampoco compartía el Duce el racismo y el antisemitismo nazi, como quedó indicado: había en las filas fascistas un número de judíos proporcionalmente mayor que en la población, y hasta 1938 no se promulgaron en Italia leyes antijudías, por influjo de su aliado y escasamente cumplidas. Para entonces, Mussolini, cada vez más inseguro, sentía una especie de fascinación por su socio, y ello, junto con el deseo contradictorio de crearse un área de influencia en el Mediterráneo que le evitara la total supeditación al III Reich, le empujaron probablemente a la fatal decisión de entrar en la guerra[1].
Por otra parte, la guerra demostraría la escasa sustancia del revolucionarismo y el estilo heroico en Italia, poco más que una fachada, agrietada por los primeros reveses. En realidad, para Alemania la colaboración mussoliniana fue una rémora, a la que debió parte considerable de su derrota final, por el retraso impuesto a la invasión de la URSS y otras cosas. Tampoco funcionó el Eje Berlín-Roma-Tokio con su tercer socio, pues Alemania y Japón llevaron cada una la guerra por su lado, sin coordinación, en contraste con la alianza entre las potencias anglosajonas y la URSS cuya ayuda mutua funcionó con gran eficiencia, pese a los densos recelos entre ellas.
De Hitler y Mussolini, como de Lenin, puede decirse que fueron hijos de la I Guerra Mundial. El primero participó en ella con entusiasmo, como soldado y cabo; fue herido dos veces y ganó las cruces de hierro de segunda y primera clase. El italiano, de ideas socialistas, rechazó el abstencionismo de su partido y luchó también como soldado y cabo en el bando antialemán, siendo herido y condecorado. Por su belicismo, el servicio secreto británico subvencionó su periódico Il popolo d´Italia, a través, precisamente, de Hoare, contribuyendo así al nacimiento del fascismo. Las ideas de ambos líderes recibieron mayor concreción en el espíritu de camaradería, jerarquía y sacrificio de las trincheras, así como en la posguerra, un tanto desastrosa para ambos países.. Esas experiencias cruciales fueron ajenas a Franco, dado que España permaneció neutral.
Mussolini y Hitler salieron de la mediocridad económica y social, incluso de la pobreza, para alcanzar la dirección del estado, lo que nunca habrían logrado sin poseer una personalidad muy destacada. Pero, por fuertes que fueran sus personalidades, probablemente no habrían pasado de agitadores locales sin las transformaciones traídas por la gran contienda europea, que desintegró cuatro imperios –otomano, ruso, alemán y austrohúngaro, e hizo surgir naciones y rivalidades nuevas; y, ante todo, el primer estado socialista de la historia. El liberalismo europeo entró en una grave crisis intelectual, moral y política, pues los dos bandos beligerantes habían sido más o menos liberales y parlamentarios (menos el otomano, favorable a Alemania y Austria-Hungría, y el ruso, aliado de Francia e Inglaterra). Corrientes ideológicas como el psicoanálisis, los fascismos, un marxismo expansivo, o cierto nihilismo, afectaban a las sociedades y se reflejaban en actitudes ante la vida, la moral, la ciencia y el arte.
La cuestión comunista se planteó como el mayor reto de civilización. Lenin había condenado como traidoras a las socialdemocracias que habían apoyado a sus respectivos gobiernos en la guerra, y había llamado a convertir la “guerra imperialista” en guerra civil para derrocar a las regímenes capitalistas. Lo había logrado en Rusia, con fundamental ayuda del Estado Mayor alemán, que así había querido descomponer al ejército ruso. Millones de personas en todo el mundo, incluidos intelectuales, liberales y algunos grandes capitalistas, entendieron la revolución de Lenin como un magno y esperanzador experimento social, valorando la terrible guerra civil subsiguiente como el coste inevitable para alcanzar una sociedad nueva, atea, científica, sin explotación, más progresista, libre y productiva que cualquiera anterior en la historia. Lenin justificó su revolución en un país mayormente agrario como espoleta de la revolución en la industrial Alemania; y esta, terminada la guerra mundial, sufrió varias intentonas comunistas, aplastadas sin contemplaciones por el gobierno socialdemócrata. Por otra parte, en toda Europa mucha gente percibió el comunismo como una amenaza letal para la civilización de Occidente; y el fascismo fue una de sus respuestas.
La historia de Europa entre las dos guerras mundiales puede definirse, hasta cierto punto, como una pugna entre comunismo, fascismo y demoliberalismo. Los tres hunden sus raíces en la Ilustración y, de un modo u otro, en la Revolución francesa. Todos se proclamaban modernos, acristianos o anticristianos y hacían del hombre –es decir, de diversas concepciones del hombre– la medida de todas las cosas, idea radicalizada por el nazismo, verdadera vanguardia en “la preocupación por la ecología, la reforma ambiental y la contaminación”; además de extremar la eugenesia, la eutanasia y el racismo, ya presentes en regímenes socialdemócratas o liberales[2]. Se ha tildado a los fascismos de “irracionalismo”, de romper con la Ilustración y las tradiciones europeas, por la importancia dada a la voluntad y los sentimientos por encima de la razón. Pero una razón que desvalorizase la voluntad y los sentimientos sería una razón harto irrazonable y con poco fundamento en la experiencia histórica. Por lo demás, el ser humano necesita en todos los casos justificarse racionalmente, y los fascismos, como cualquier otra ideología, lo hicieron, con mejor o peor fortuna. Parece acertada la conclusión de S. Payne al respecto.
Revelan bastante las críticas intercambiadas entre los tres grandes movimientos. Fascistas y comunistas coincidían parcialmente en sus ataques al liberalismo, tachado por ambos de explotador y creador de injustas e injuriosas desigualdades sociales. Para el marxismo, la democracia liberal (“burguesa”) constituía un simple disfraz de la explotación capitalista, cuya lógica interna conducía a la concentración del poder económico y político en una oligarquía industrial- financiera (el “imperialismo”), a la opresión creciente del proletariado y de las colonias, y a guerras imperialistas por el reparto de mercados. Según los fascismos, la democracia liberal se regía por el engaño y la demagogia, dando a unas masas inevitablemente ignaras la posibilidad de decidir sobre las élites gobernantes, allanando así el camino a las revoluciones bolcheviques: el demoliberalismo sería un régimen decadente, útil acaso para el imperialismo anglosajón, mientras que a Alemania e Italia (y a España) les habría traído la convulsión política y el peligro comunista.
Este doble ataque ha recibido a su vez el contraataque liberal. Hayek y otros han igualado a fascistas y comunistas sobre la base de un común socialismo (el partido de Hitler se llamó Nacional Socialista Obrero Alemán, que recuerda al Partido Socialista Obrero Español), y Mussolini derivó su ideario de su anterior militancia socialista. El socialismo compartido en diversos grados por comunistas y fascistas, significaría, en definitiva, el intento de regular y planificar desde el estado la economía, y a partir de ella, de toda la sociedad, aboliendo las libertades individuales y la herencia cultural europea. El intento estaría abocado al fracaso por su propia lógica, ya que es imposible predecir o planificar las necesidades y deseos de los individuos, las invenciones y las empresas, que solo pueden surgir espontáneamente de la iniciativa individual en una sociedad libre. Y, en efecto, cabe encontrar similitudes entre el comunismo y los fascismos, con la salvedad de que ni en la Alemania nazi ni mucho menos en la Italia fascista fue abolida la propiedad privada, sino solo regulada (de ahí la crítica comunista al fascismo como una seudorevolución para salvar el poder del gran capital); y de que el estado policial fue más completo en los estados de tipo soviético (el fascismo italiano apenas tuvo ese carácter). El totalitarismo también caracterizó mucho más a los regímenes comunistas, donde el partido ocupó el estado, y el estado la sociedad entera, que en el hitlerismo, cuyo partido ocupó en gran medida el estado, pero este no llegó a absorber a la sociedad; en Italia, el partido fue más bien el estado el que controló al partido. Por otra parte, la prosperidad lograda en el nazismo y la menor, pero considerable, en el fascismo, indican que la inviabilidad económica achacada al socialismo no siempre se cumplía; y también la socialdemócrata Suecia prosperó notablemente mientras las economías liberales se estancaban en la crisis.
Los liberales catalogaban a los fascismos como una nueva barbarie con rasgos nihilistas. Estos, por contra, se tenían por salvadores de la cultura occidental, o de lo que merecía salvarse de ella, realizando las transformaciones sociales oportunas frente al expansionismo comunista y la decadencia liberal. Contra el internacionalismo marxista cultivaban un intenso patriotismo, pero algunos de ellos estaban dispuestos a acatar la hegemonía de otra nación, la Alemania nazi; aparte de que el fascismo italiano tenía pretensiones universalistas y el alemán europeístas. Y paradójicamente, el internacionalismo soviético fomentaba el absorbente nacionalismo ruso de “la revolución en un solo país”, a la que todos los comunistas del mundo debían supeditar los intereses de sus respectivas patrias. Los fascistas insistían en las élites, la jerarquía y la disciplina, frente a la constante apelación comunista a las masas, a las que atribuían la decisiva fuerza creativa y decisoria en la historia. Por nueva paradoja, el diseño de los partidos comunistas de “revolucionarios profesionales”, extremaba aún más que los fascistas el elitismo, la jerarquía y la disciplina; y el culto a los líderes Lenin y Stalin superaría de lejos al del Duce y el Führer. Por supuesto, también los partidos liberales tenían sus propias jerarquías, disciplina y patriotismos. Parecen ser exigencias connaturales, con unas u otras formas, a las sociedades humanas.
Para los fascistas, el comunismo representaba miseria, barbarie y destrucción de unas culturas seculares. También lo tildaban de subproducto de los intereses del gran capital (la plutocracia) y de la banca judía, aduciendo intervención del capital useño y otros en la industrialización de la URSS, y la nutrida presencia judía en la dirección del Partido Bolchevique y de la Cheká. A su vez, los comunistas presentaban a los fascistas como perros de presa del gran capital en crisis, el cual, renunciando al artificio democrático, los usaba para salvarse in extremis de la revolución “proletaria”. La oposición más radical en aquellos años parecía la que separaba a fascistas de comunistas, lo que a veces permitía a los liberales una posición intermedia más favorable a unos o a otros, según las ocasiones.
El juego entre las tres corrientes dio lugar a muy diversas combinaciones, pactos y alianzas, extremados durante la guerra de España y más aún en la mundial. En España intervinieron alemanes a italianos por una parte, y soviéticos por otra, mientras Francia e Inglaterra permanecían relativamente al margen, procurando que la hoguera no se expandiera al resto del continente, donde había sobrada leña seca. La contienda mundial tuvo dos fases: comenzó por una alianza que sorprendió a todo el mundo, entre nazis y soviéticos, dirigida directamente contra las democracias en por parte de Berlín e indirectamente por parte de Moscú. Al cabo de dos años largos, las alianzas se trastocaron, uniéndose las democracias anglosajonas y la Unión Soviética para aplastar a Hitler, tarea que requirió tres años y medio.
Entre los que por comodidad llamamos fascismos, identificando algo arbitrariamente al alemán y al italiano, el primero despierta un interés especial: destruirlo requirió los esfuerzos combinados del Imperio Británico, la URSS y Usa, y aun así, contra todo y contra todos, llegó desde el Canal de la Mancha al Volga y desde el cabo Norte a las puertas de Alejandría. Hechos tanto más sorprendentes cuanto que entre sus desventajas estaba el desciframiento de sus códigos más secretos por sus enemigos, lo que permitía a estos prever muchos de sus ataques y ofensivas y actuar en consecuencia; y hubo de luchar en un frente interior, el de los movimientos de resistencia que desde 1943 minaban su retaguardia. Al mismo tiempo, sus crímenes masivos en el este y contra los judíos y otras minorías apenas encuentran parangón histórico, demostrando que sus conceptos racistas-biologistas distaban de ser mera agitación verbal: otra diferencia esencial con el fascismo italiano y, desde luego, con el franquismo, que pese a mantener una retórica antisemita, salvó a miles de judíos de la persecución nazi. Debe señalarse que el comportamiento general de Alemania en el oeste europeo, y salvo para los judíos, fue bastante civilizado, por lo que apenas encontró allí resistencia hasta 1943-44, cuando su declive bélico se hacía evidente.
Es obvio que todas estas ideologías y experiencias históricas eran profundamente ajenas a Franco, cuyo catolicismo le hacía en gran medida inmune a ellas, pese a sus agradecimiento a Hitler y a Mussolini, y su probable impresión, por aquellos años, de que le sería muy difícil sobrevivir a la derrota del Eje. El embajador useño Hayes relata en sus memorias de España: “Pregunté al Caudillo si podía contemplar con serenidad la preponderancia que había adquirido la Alemania nazi sobre el continente con su fanático racismo y su paganismo anticristiano. Admitió que era una perspectiva que no tenía nada de agradable para España ni para él, pero confiaba en que no se materializaría. Juzgaba que Alemania haría concesiones, en el caso de hacerlas también los Aliados, restableciéndose así una especie de equilibrio en Europa. Insistió en que el peligro para España y para Europa era menor por parte de Alemania que de la Rusia comunista. No deseaba una victoria del Eje, aunque ansiaba una derrota de Rusia[3]. Creo que expresa perfectamente la actitud real del dictador español.
Como sabemos, la aparente unidad de destino entre Mussolini, Hitler y Franco no se cumplió. El 26 de abril de 1945, Mussolini escribió a su esposa “He llegado a la última página de mi libro”. Aún intentaría salvarse huyendo en un camión alemán con su amante Clara Petacci, pero unos guerrilleros comunistas y socialistas lo identificaron y al día siguiente asesinaron al hombre y a la mujer. Poco después, los partisanos llevaron los cadáveres, más los de otros cinco jefes fascistas y los colgaron por los pies del techo de una gasolinera, dejándolos luego en tierra, donde la gente los pateó, escupió y orinó durante tres días. Muchos de los que ultrajaban los cuerpos habían aplaudido seguramente al Duce en sus días de gloria y popularidad. El final de Hitler no fue menos desastroso. Casi al mismo tiempo que moría su amigo Mussolini, redactaba su testamento político, en el que reiteraba su odio sin fisuras al “judaísmo y sus secuaces y encargaba a sus sucesores “la observación escrupulosa de las leyes de la raza”, mostrándose orgulloso de no haber flaqueado en su determinación de exterminar al “judaísmo internacional”. En otro testamento personal resolvía casarse con Eva Braun, que había rehusado huir de Berlín. La boda se celebró en el búnker desde donde el jefe alemán dirigía la guerra, se brindó con champán y vino húngaro, y se hizo una fiesta ruidosa, mientras a pocos pasos la resistencia de Berlín se hundía en un apoclipsis de llamas y explosiones. Al día siguiente, 30 de abril, Hitler y Eva se despidieron de los seguidores, negándose a intentar la huida. “Sé que mañana millones de personas me maldecirán. Así lo quiso el destino”. Los dos entraron en su habitación donde Hitler se suicidó de un disparo en la boca, y Eva con veneno.
Franco fallecería treinta años más tarde, de muerte natural tras una larga agonía. Pero en aquellos días no había la menor seguridad de que continuasen muchas semanas él y su régimen. Más bien estaba seguro casi todo el mundo de que las muertes del Führer y el Duce le arrastrarían también a él.