Dos artículos sobre Julián Marías.

 

Leo en El Mundo que Julián Marías fue condenado a “muerte civil” por el franquismo.  “Esa constante y odiosa mentira de los rojos”, que decía Marañón. Marías vivió muy bien en la España de Franco.  Cierto que lo rechazaron en la universidad (como se sigue rechazando a personas de talento, por lo demás), pero pudo enseñar escribir, opinar, viajar y ser más reconocido que después de la transición.  Como él mismo decía, en el franquismo existía una gran libertad personal.

Durante su breve estancia en la cárcel, la dirección le encargó que enseñara a leer y escribir a los presos analfabetos, y francés a los más cultos. Significativo.

Dos artículos sobre Julián Marías:

Un error de Julián Marías: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/un-error-creo-de-javier-marias-45066/

Julián Marías o la sensatez: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/julian-marias-o-la-sensatez-28723/

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Dos tríos literarios.

 

Blog I. El gran desafío de la actual generación: la balcanización de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/gran-desafio-actual-generacion-los-separatismos-16062014-1105

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Compré la semana pasada en la Feria del Libro su novela, y la he devorado, literalmente. Quisiera hacerle unas observaciones:

 1. Veo dos tríos que me han parecido de mucha significación:  El protagonista, Alberto, tiene dos padres, el biológico y el “oficial”. Este muere a manos del primero, y a su vez el padre biológico muere a manos del hijo. Me gustaría saber si ello tiene  alguna  intención simbolizante (complejo de Edipo, o algo así)

2.- El segundo trío serían los hermanos  Oliver: Paco Luisa y Carmen. El contraste entre los tres es tan fuerte que me gustaría saber si también hay en ello algún simbolismo o intencionalidad especial.

   Por cierto, me han gustado las escenas de las tertulias y sobre todo las de la taberna de mi tocayo Antonio Sánchez. Cuando vaya por Madrid tendré que ir a verla.

Antonio Sánchez

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R. No hay ninguna intención deliberada en la novela. Opino que una novela claramente intencionada se estropea, aunque esté bien construida. Suele salir una obra de ingeniería literaria con personajes “típicos”. Un ejemplo es El nombre de la rosa, de Eco: novela negra con personajes estereotipados e intención ideológica precisa, con buenos recursos o trucos para provocar determinados sentimientos en el lector, sin verdadero conflicto moral.

    La muerte del padre “oficial”  supone un gran  trauma para el protagonista, no tanto porque sintiera por él mucho afecto (si bien le tenía respeto, o al menos así lo racionaliza cuando se entera de que no es su padre real) sino por la brutalidad del asesinato. Y he aquí  que  los azares de las luchas de aquellos tiempos le llevan diez años después a ocasionar la muerte de su padre biológico, a quien nunca había conocido. Algún comentarista ha dicho que parecía un mito griego. No sé. Recuerda al relato de Edipo en un aspecto, pero no tiene demasiado parecido, y menos aún con el complejo de Edipo, que no pasa de fantasía de Freud, en mi opinión. Para Alberto, descubrir que ha llevado a la muerte a su padre biológico supone un trauma muy de otro estilo que el primero. Nunca lo había conocido ni tratado, salvo en los últimos días, y sentía una fuerte antipatía hacia él, ignorando la relación entre ambos. La revelación final  le ocasiona una especie de convulsión metafísica, por así decir,  una revelación del destino. Hay cierta semejanza, no obstante, en la reacción de Alberto ante la muerte de sus dos padres: en los dos casos decide olvidarlo todo, en el primero de modo inconsciente, enfermizo, por el choque psíquico que le ocasiona la escena del asesinato; en el segundo se cuida muy bien de presenciar la muerte, y es más deliberada, más consciente, su decisión de olvidar. De olvidar no solo el hecho final, sino sus años anteriores entre las dos muertes. Solo se atreverá a recordar aquella época muchos años después, tras el fallecimiento de Carmen.  Puede verse en ello cierta cobardía, o un símbolo del elemento fratricida en la guerra civil, que llevó a tantos a olvidarla, aun creyéndose los buenos en el conflicto.

   Sobre el segundo trío: son tres hermanos muy distintos, aunque con algo en común: tanto el varón como las dos chicas son valientes, capaces de asumir riesgos, con cierto idealismo, cada cual a su manera. Luisa es una persona atormentada, y su promiscuidad sexual puede entenderse como una reacción a las presiones de su ideología marxista. Al terminar la guerra pudo haber quedado en Francia, pero su  aversión a su madre y su cariño hacia su padre la empujarán a desaparecer en el GULAG, como tantos comunistas  de la época. También Paco morirá en el este, en el bando contrario, una vez descubre, o más bien cree descubrir, lo vano de su optimista y arriesgada  vida anterior. En cambio Carmen, que no es un personaje convencional, representa a la chica que aspira ante todo a formar una familia cristiana,  y termina saliéndose con la suya, pero solo a medias. Alberto nunca se “convierte” y sus hijos le saldrán muy poco cristianos, como rememora Alberto en las últimas páginas.  En cuanto a Paco, llamarle idealista sería simplificar mucho. No tiene un ideal preciso, se mueve por pura afición a la vida, en la que el riesgo es para él un juego, incluso lo es su impulso especulativo, que nunca le lleva a conclusiones precisas, al revés que a sus hermanas, las cuales sí tienen ideales definidos.

Debo decir que todas estas cosas se me ocurren ahora, por el comentario, no cuando escribí la novela. Confieso que tuve la tentación de escribir una obra épica, hasta poniendo en boca de los protagonistas un lenguaje elevado. Luego renuncié, creo que para bien. Añado que  la descripción anterior puede sugerir un relato pesimista y deprimente, pero  me parece que no es así, aunque tendría que hacer un esfuerzo para razonarlo.

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Los equívocos sobre la democracia, la destruyen (II)

 

 

Tomada en su sentido literal “poder del pueblo”, la democracia no existe ni existirá, ya que el poder se ejerce necesariamente sobre el pueblo y lo ejerce forzosamente alguna oligarquía con un “monarca”, un jefe al frente. Tampoco debe concebirse como la posibilidad para la mayoría de librarse de un gobierno que no le guste, porque puede no gustarle un buen gobierno, y viceversa, incluso puede gustarle un gobierno totalitario. Ni es exacto decir que el pueblo elige a los gobernantes, dado que los elige  una fracción de él, que puede ser inferior a la mitad  si compiten más de dos grupos políticos o la abstención  es amplia. Y la parte que queda frustrada puede ser solo muy ligeramente inferior a la vencedora. Conviene hacer estas precisiones porque predominan nociones muy difusas y a veces pintorescas al respecto, las cuales permiten envolverse en la capa de la democracia a partidos o políticos precisamente contrarios a ella. De hecho es concebible una democracia totalitaria como opuesta a una liberal, y no solo por imposición de partidos totalitarios, sino por evolución insensible hacia un poder omniabarcante, ya señalado por Tocqueville y que hoy es bien visible. Una democracia totalitaria se anula pronto a sí misma como tal democracia.

No es aquí cuestión profundizar en estas cuestiones, pero una posible definición de democracia sería esta: un sistema que permite a diversas opciones políticas competir por atraer a una mayoría de la opinión pública y gobernar con ciertas condiciones:  limitación del poder temporal (por un período entre elecciones) y estructural (con división de poderes) y  dentro de unas libertades públicas básicas (expresión, asociación…). En principio, esa competición debiera facilitar el gobierno de los más aptos (aristocracia, por así llamarla), pero puede degenerar en lo contrario si la competición se transforma en un concurso de promesas irresponsables y demagógicas, dando lugar a una especie de kakistocracia,  poder de los peores. Esto sucede a veces, pero no necesariamente,  de hecho no ocurre en muchos casos;  y, en principio, la democracia liberal permite corregir sus fallos, aunque no siempre lo logre. Los grandes problemas de la democracia han sido esgrimidos contra ella, pero los mismos problemas tiene cualquier otro sistema, agravados por la falta de publicidad y de limitación del poder. Hasta hoy no se ha descubierto un sistema político superior a la democracia liberal para asegurar una estabilidad social no estancada, un alto grado de libertad política y, en general, una considerable prosperidad material

Lo que a menudo  se olvida es que la democracia solo puede funcionar dentro de unos parámetros culturales comúnmente aceptados que impidan una competición destructiva. De tal competición nos ilustra la España del Frente Popular, cuando unas fuertes corrientes revolucionarias hicieron que “nada nos sea común a los españoles”, según diagnosticó  acertadamente el diario El Sol, y provocaron la guerra civil. Una de esas premisas culturales es la unidad nacional, que entonces corrió el peligro de venirse abajo, como en otra ocasión en Usa, donde dio lugar a la devastadora Guerra de Secesión. Otra premisa es el respeto a las reglas del juego, a las normas de restricción del poder, a las mayorías, a los  derechos de las minorías  y, en general, a la ley. Y es preciso igualmente un consenso básico, aun si difuso, sobre el carácter histórico de la democracia, una adquisición históricamente muy reciente pero con profundas raíces en la cultura cristiana europea: una democracia anticristiana supone un grado mayor o menor de barbarie en las sociedades occidentales cimentadas en el cristianismo. Estos presupuestos y consensos de fondo no suelen ser visibles ni muy explícitos, pero están muy presentes en las democracias que mejor funcionan, como las anglosajonas. Sin esta base cultural común, la convivencia civil se vuelve excesivamente áspera, y la  democracia degenera rápidamente en corrupción, demagogia y violencia  difíciles de contener.

Ello nos permite entender algo al menos del proceso histórico de España desde la Transición. Esta fue  realizada, paradójicamente, por unos políticos que en su gran mayoría procedían de un régimen autoritario (franquismo) y carecían de un pensamiento democrático, mezclados con otros cuya tradición histórica ha sido netamente totalitaria o secesionista. Sorprende que tal amalgama, empeorada por la mediocridad de los líderes del momento, produjera una democracia sin demasiados traumas. La sorpresa es mucho menor cuando atendemos al ingente capital político acumulado por la sociedad bajo el franquismo, ante todo la moderación y reconciliación nacional, con total alejamiento de los odios que arrasaron la república, así como la gran prosperidad económica y la extensión de las clases medias. Ello permitió a los dirigentes maniobrar sin causar demasiados daños por el momento, si bien crearon un sistema plagado de deficiencias, ya desde  la misma y contradictoria Constitución. Y  esas deficiencias, en lugar de corregirse han ido agravándose, con algunos períodos de mejora, creando un estado  desmesurado,  derrochador, ineficiente y con abundante corrupción, sin verdadera división del poder y con tendencia a pasar todos los límites inmiscuyéndose en la libertad personal de los individuos, decretando lo que la gente debe creer, en una orientación totalitaria; al mismo tiempo ha fomentado las tensiones disgregadoras de la nación, premiado al terrorismo, ejercido una persecución silenciosa contra la Iglesia y el cristianismo, socavando el principio de la igualdad ante la ley, fomentado el aborto y otras aberraciones contra la existencia y la dignidad humana, etc. Hasta desembocar en la crisis actual, que tiene todos los rasgos del final del ciclo abierto por la Transición, dejándonos un porvenir incierto, debido a la confusión ideológica, la demagogia de la casta política y la competición kakistocrática.

Esta deriva contra la democracia y contra la unidad de España se explica por el impulso de unos partidos de izquierda totalitarios y  otros secesionistas igualmente antidemocráticos.  Los mismos eran pequeños, casi insignificantes a la muerte de Franco, pero no han cesado de reforzarse desde la Transición, debido a una derecha no antidemocrática pero sí a-democrática, que renunció enseguida a la lucha por las ideas, dejando la política en una mera competición por el poder, explotando, que no representando,  la “bolsa de votos” de una masa de opinión pública amante de España y de la libertad. Existe también una derecha antidemocrática, incapaz de competir en condiciones de libertades y que a menudo invoca el cristianismo como si fuera directamente una doctrina política.

Comoquiera que sea, la salida de esta crisis, que es mucho más que económica, solo podría sustentarse sobre dos pilares: la unidad nacional y la democracia. Otras opciones crearían derivas sumamente peligrosas.

(En este mismo blog, 30-julio 2012)

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Por una alternativa a la disolución “europeísta” de España (I). Para VOX

Blog I: El problema de VOX: http://www.gaceta.es/pio-moa/problema-vox-12062014-1907 

**Este domingo en Radio Inter, “Cita con la historia” de 4 a 5 de la tarde: Qué fue realmente la Inquisición española.

**Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, principal problema español en nuestros días:  24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

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Espero que mis amables lectores hagan lo que esté en su mano por difundir estas consideraciones. Lo brindo a los embriones de partidos o movimientos como el de la reconversión o VOX,  que aspiren a sustituir la agotada y corrupta casta política actual:

1.- Proclamamos que España es una nación, es decir, una comunidad cultural básicamente homogénea con un estado propio, conformada como país europeo desde el siglo VI, con tal impronta que le fue posible invertir su conversión en país africano- oriental tras la invasión musulmana. Y que siempre ha sido y debe seguir siendo independiente. Por lo cual no aceptamos las políticas tendentes a disgregarla en varios estados minúsculos, atrapados por la discordia,  el resentimiento y la falsificación de la historia,  insignificantes en el contexto internacional y objeto de  las maniobras e intrigas de otras potencias;  pues no en otra cosa consiste el programa de los separatismos. Tampoco aceptamos la disolución de España, privándola de su soberanía o de partes importantes de ella, en aras de un “europeísmo” sin asiento en la experiencia ni en la realidad histórica y cultural de España ni de Europa.

2.- Desde hace varias décadas asistimos a un ataque simultáneo a la nación desde los secesionismos, respondidos a menudo con la huida hacia delante de unos “europeísmos” compuestos de tópicos infundados. Ambas tendencias, lejos de oponerse, se conjuntan en un empeño suicida, pues desde el plan de  acabar con la historia de España dejándola en una muy improbable provincia de “Europa”, es imposible criticar a las fuerzas disgregadoras. Europeísmos y separatismos desprecian a la España real,  cuya densidad histórica ha bastado hasta hoy para sostener a la nación frente a una ofensiva continuada sin que durante decenios se le haya opuesto ninguna fuerza política organizada.

3.-  Los separatismos han sido la cruz más pesada en estos años, sobre todo porque los ha impulsado un brutal terrorismo con cientos de víctimas mortales. Terrorismo ayudado por la incapacidad de los gobiernos, salvo una breve temporada, para defender la  ley y proteger a los ciudadanos. Gracias al terrorismo creció el PNV como falso antídoto “democrático”,  protegido y financiado en la Transición desde Madrid, mientras los separatistas catalanes seguían detrás con exigencias siempre renovadas. El balance histórico reciente de los separatismos incluye cerca de un millar de asesinatos, el  fomento del odio a España y una cultura de la mentira, el fanatismo y la corrupción institucionalizada –esta última poco diferente, por cierto, de la del resto del país –. Un balance tan a la vista apenas precisa mayor comentario. Por tanto es hora de decir que ese camino ha llegado a su fin, que la  convivencia de los españoles en paz y libertad no puede continuar pudriéndose indefinidamente, y que los políticos y partidos que nos han llevado a esta situación deben ser relevados.

4.- A su vez, los partidarios de disolver la nación parten de una mística o beatería “europeísta” cuyo rasgo más definitorio es la ignorancia sobre Europa y el desprecio o la falta de confianza en España. Al respecto cabe recordar que:

a)      La Unión Europea es un designio no democrático que viene desarrollándose sobre hechos consumados por unas burocracias ajenas o con muy escaso control popular, que imponen, por ejemplo, nuevos referéndums cuando alguno les ha salido contrario; y  los gobiernos más partidarios, como el español, han vulnerado la Constitución, que señala taxativamente que la soberanía reside en el pueblo y no en ellos.

b)      La pretensión de que la Unión Europea ha mantenido la paz en el continente es falsa. Esta fue mantenida desde 1945, en Europa occidental, por el paraguas militar de Usa. Las tres últimas grandes guerras europeas nacieron de la rivalidad entre Alemania por un lado y  Francia e Inglaterra por otro, y por lo que hace a España, permaneció felizmente neutral en todas ellas, para beneficio no solo de nuestro país, sino del resto de Europa. Esa neutralidad indica el mejor camino para nuestro país, desgraciadamente interrumpido, y hoy  España se encuentra en la UE, igual que en la OTAN, en calidad de aliado-lacayo, debido a la presencia en su territorio de Gibraltar, colonia militar de un supuesto aliado.

c)      Por lo demás, diversas potencias europeas libraron después de 1945 costosísimas y crueles guerras coloniales, casi todas perdidas. La aún reciente de Yugoslavia se produjo en parte por injerencias de países de la UE, que luego no supieron atajarla. Lo mismo ha ocurrido con genocidios como el de  Ruanda, y ahora vemos a la UE  impulsando el integrismo islámico en el norte de África y Siria. La UE no se compone de países inmaculados, y podría llevarnos a conflictos muy contrarios a nuestros intereses.

d)      Tampoco es real la idea de que debamos nuestra democracia a la CEE-UE. Por el contrario, esos países sí deben su democracia a la intervención bélica de Usa, mientras que la nuestra ha venido del desarrollo interno y autónomo del país, después de que este, en 1934-39, estuviera muy cerca de hundirse en una revolución totalitaria.

e)      La suposición de una Europa igual para todos es de una inocencia pueril, y solo expresa el deseo de acabar con nuestra soberanía por parte de muchos políticos, ajenos al interés más profundo de la nación. Los líderes franceses, alemanes, ingleses  y otros tienen una idea muy distinta sobre los intereses de sus países, y es obvio que, por su potencia económica, demográfica y política, son los que realmente marcan los derroteros de la UE. Que tantos  políticos españoles estén dispuestos a pisotear nuestra soberanía, a la que deben servir y no vender, revela la abyección y la farsa  en que ha caído la política española y la urgencia de un nuevo partido o movimiento político que permita salir de ella.

f)       La  justificación máxima de esos políticos consiste en que, como Esaú en el relato bíblico, a cambio de la cesión de la independencia obtendremos buenos platos de lentejas. Pero Esaú no es ningún buen ejemplo: quien sacrifica sus derechos y libertad  por una ventaja material suele perder ambas. El mismo argumento ha sido empleado con relación al euro. Según sus partidarios, no se sabe si más ignorantes u sinvergüenzas, la nueva moneda nos aseguraba una prosperidad sostenida y sin fin, un crecimiento firme, pensiones garantizadas, etc.  El inmenso y manifiesto engaño no ha incitado a tan malos dirigentes a admitir sus errores y retirarse de la  circulación: por el contrario, ahí siguen tan ufanos hablando de superar una crisis que ellos han causado con su demagogia, mediante nuevas cesiones de independencia. Es claro que la libertad y la dignidad nacionales  cuentan poco para ellos al lado de sus privilegios y afán de poder.

g)      También suele presentarse la entrada en la CEE-UE como el inicio del desarrollo español, cuando durante casi quince años antes de entrar en ella, España crecía a un ritmo superior al de cualquier otro país europeo, de manera más sana que nunca después, y con pleno empleo. Precisamente la entrada en la CEE-UE, que nuestros ignaros políticos llaman “entrada en Europa” (España siempre ha estado en Europa), ha marcado una economía a trompicones, con índices de paro inauditos,  habiéndose destruido gran parte de nuestro tejido industrial para desembocar finalmente en una extendida corrupción y medidas desastrosas que hoy sufrimos duramente.  Y aún dicen los partidos que fuera de la  UE no hay salvación, pese a que países tan próspero como Noruega o Suiza se mantienen fuera, varios de los más ricos han rechazado el euro, e Inglaterra, siempre más consciente de sus intereses, mantiene un pie dentro y otro fuera.

h)      La UE acarrea además otro coste no mencionado, pero cada día más inquietante: el desplazamiento de la cultura y la lengua españolas por la cultura e idioma anglosajones. Cada día el inglés invade más el espacio público, los “europeístas” tratan sin disimulo de cooficializarlo enseñándolo en el mismo plano que el español y no como idioma extranjero, ponderándolo como la lengua de la ciencia, la música, la milicia, la moda, el pensamiento… en fin de todas las actividades culturales superiores, para las que, en la práctica, se niega valor a nuestro idioma.

Basten estos puntos, desdeñados por nuestros políticos, para demostrar que el balance de nuestra integración en la UE  no es bueno: hemos perdido independencia y libertad, económicamente nos hallamos en una crisis profunda de salida muy incierta,  reducidos a la posición de  aliado-lacayo, y con una verdadera invasión del inglés. Por tanto, es hora de hacer cuentas y dejarse de beaterías inspiradas por la ignorancia sobre Europa y el desprecio hacia España, y adoptar otra política, que podría consistir en defender la vuelta al nivel de  la CEE o incluso nuestra salida del euro o de la UE. Estas, desde luego,  resultarían muy costosas en una primera etapa-– sin olvidar que nuestra salida del euro podría venir forzada desde el exterior–; pero de ningún modo sería el apocalipsis con que nos amenazan quienes nos han llevado al desastre actual. Otros países han pasado por experiencias semejantes y han conseguido remontar el bache, recuperando al mismo tiempo su soberanía. La beatería europeísta puede resultar todavía más destructiva que el fanatismo disgregador y en todo caso lo complementa.

(en este mismo blog, el 16 de julio de 2012)

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Uno de los personajes más odiados del siglo XX (y XXI), o la venganza de Stalin

Blog I: La Reconquista, siempre actual:http://www.gaceta.es/pio-moa/reconquista-presente-10062014-2104

**Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, días 24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

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   Combino aquí la introducción a Franco, un balance histórico con la de Franco para antifranquistas. Siento que tipográficamente quede algo chapuza, pero no sé cómo arreglarlo

No todo el mundo detestaba o detesta a Franco, claro está, pero quienes lo han detestado lo han hecho con una intensidad  nada común, y en ese sentido puede considerársele uno  de los personajes más odiados del siglo XX. 

    Cuando murió, el 20 de noviembre de 1975, el  Partido Comunista de España (reconstituido),  que pronto crearía el GRAPO,  difundió por todas las ciudades donde tenía militantes (Madrid, Barcelona, Cádiz, Sevilla, Vigo, Córdoba, Bilbao y algunas otras),  decenas de miles  de hojas con el célebre poema de Pablo Neruda El general Franco en los infiernos.  Recuerdo haberlo tirado en el metro de Madrid, regando los andenes desde la última puerta del convoy en marcha, mantenida entreabierta. Uno o dos camaradas se situaban de modo que la gente dentro del vagón no se percatara de la maniobra, y  quienes  volvían a llenar los andenes recogían los papeles. Los dirigentes no debíamos hacer aquellas cosas, pero a algunos nos proporcionaba una peculiar satisfacción, también por su cuota de riesgo. 

   Las maldiciones de Neruda a Franco eran tan retumbantes  que causaban perplejidad, y mucha gente se llevaba la hoja, seguramente para enseñarla a otros. Ningún panfleto agitativo de los muchísimos que tiramos a lo largo de años  tuvo tanta difusión, si bien, sospecho, más por curiosidad que por aquiescencia de la mayoría de sus lectores. Empieza así:  

            Desventurado, ni el fuego ni el vinagre caliente
            en un nido de brujas volcánicas, ni el hielo devorante,
            ni la tortuga pútrida que ladrando y llorando con voz de mujer muerta
            te escarbe la barriga…

    Le llama “estiércol de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra de traición que la sangre no borra”;  evoca “la santa leche de las madres de España” pisoteada, con sus senos, por los aullantes legionarios;  alude a “los niños descuartizados”,  a la salud, la “paz de herrerías”, la vida destrozada por el general;  y tras una larga serie de improperios y consideraciones sobre su infernal destino, concluye el vate:

 

             Solo  y maldito seas,
            
solo y despierto seas entre todos los muertos,
            
y que la sangre caiga en ti como la lluvia,
         
y que un agonizante río de ojos cortados
          
te resbale y recorra mirándote sin término.
 
   Los versos de Neruda respiran y quieren despertar en el lector un odio absoluto,  telúrico por así llamarlo, que da sentido a las figuras empleadas, a veces extravagantes. Odio cultivado también por muchos intelectuales durante decenios, tanto  en expresiones literarias como políticas. Muy conocido y recitado ha sido  el poema de León Felipe sobre las dos Españas,  que empieza: 

             Franco, tuya es la hacienda,

         la casa,

        el caballo 

       y la pistola…

  El general había  dejado a su adversario,  dice Felipe,  “desnudo y errante por el mundo”. Pero la España derrotada  se llevaba consigo la canción,  “la voz antigua de la tierra”, y dejaba a Franco, por ello, incapaz  para “recoger el trigo o  alimentar el fuego”.   Describe el poeta un poder tiránico impuesto por la pura violencia, productor de tristeza y miseria,  en versos de belleza y vigor poético no muy frecuentes en la poesía política. Su veracidad histórica ya es otro asunto. 

    Mencionaré, entre muchos otros ejemplos, el soneto de Antonio Machado donde, sin nombrarlo, pide para él la horca, quizá por suicidio:

              Que trepe a un pino en la alta cima

              y en él ahorcado, que su crimen vea,

         y el horror de su crimen le redima.

    En su misma muerte le acompañaron tales denuestos. Creo que los resumen perfectamente los versos que  su óbito inspiró al  conocido psiquiatra comunista o ex comunista Castilla del Pino, según  anota en sus memorias:

        Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?

        Pellejo vano entre sus ingles cuelga

        Que usó para mear certeramente

        Encima de sus muertos y sus tumbas

        Millonario en muertes…

 Y termina:

       “Nunca fue muerte por tantos tan deseada.

       Nunca fue muerte por tantos bendecida”

   Castilla del Pino hizo pocos años ha unas declaraciones  interesantes: “Gracias al odio, la humanidad ha progresado”; “Yo odio a Pinochet,  y a Franco lo he odiado durante cuarenta años”. Significativamente, no mencionó entre sus odiados a Stalin,  Pol Pot o Fidel Castro.

     En fin, las imprecaciones más  hirientes y cargadas de aborrecimiento han acompañado toda la carrera del Caudillo desde la guerra civil. Y le siguen acompañando, con sorprendente vitalidad,  cuarenta años después de su muerte, en forma de biografías, ensayos o alusiones de intención ultrajante; o de  numerosos libros sobre la represión franquista, represión de crueldad sólo comparable con el terror nazi, si hemos de dar crédito a esos escritos: se le  aplica incluso el término Holocausto.

    Su victoria militar está en el origen de todo ello, y las diatribas contra él  transmiten la impresión  de que esa victoria constituye un crimen gigantesco, inexpiable,  contra el pueblo español, contra la  libertad, la paz y el progreso, contra  la Historia.  Ahora bien, ¿a quién venció Franco, realmente? ¿a la democracia o a una revolución multiforme, aunque principalmente comunista?  De esto trataremos más adelante, pero evidentemente fue, en parte muy importante al menos,  una victoria sobre los comunistas, defendieran éstos la democracia o su  revolución peculiar, como muchos discuten.  Por ello no extraña que entre los imprecadores contra Franco  destaquen especialmente las izquierdas marxistas y los  políticos o intelectuales próximos a ellas. A este respecto los versos  de Neruda impresionan sobre los de cualquier otro, pero entenderlos bien exige leerlos al lado  de otro poema suyo no  menos célebre, la  Oda a Stalin, donde declara:    

             Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.
             Stalinianos. Es esta la jerarquía de nuestro tiempo.

   Stalin, predicaba Neruda, encarnaba los ideales de paz y progreso humanos, la esperanza de los oprimidos del mundo. Y por ello, al leer los dos poemas juntos, salta a la vista  la insensibilidad del poeta con respecto a las víctimas, en especial los niños,  cuyas imágenes usa para elevar al paroxismo la indignación contra la figura del general. Pues si realmente le indignaran a él tanto como sugiere, mucho más le habrían indignado las víctimas de todas las edades causadas por el stalinismo, en cantidad incomparablemente superior a las atribuibles a Franco.  Pero  las de Stalin no merecían a  Neruda una  simple alusión compasiva. Y no porque ignorase su existencia, pues sólo la ignoraba quien cerrase deliberadamente los ojos. Cuando, tres años después de la oda, Jruschof, sucesor de Stalin, admitió en su célebre informe una parte de los crímenes del déspota, no pillaba a nadie de nuevas, y menos todavía a los comunistas, que tanto  habían imitado, donde habían podido, los métodos del “padre de los pueblos”.  Jruschof reconocía simplemente algo de lo archisabido, y la trascendencia de su informe radica sólo en el carácter oficial del reconocimiento.

   No. Para Neruda las muertes hechas por los franquistas constituían asesinatos imperdonables porque  afectaban a personas de ideas “avanzadas”, comunistas muchas de ellas, aspirantes a una sociedad perfecta, sin explotación, sin injusticia social, sin opresión. Por el contrario Stalin mataba precisamente al tipo de criminales representados en el mismo Franco,  escoria irrecuperable de la humanidad, defensores de los horrores del capitalismo tanto en su forma de democracias burguesas como de regímenes autoritarios o  bien fascistas,  destinados todos ellos al “basurero de la historia”.   Stalin hizo fusilar,  entre otros, a muchos más comunistas que el Caudillo; pero cualquier orgulloso staliniano como Neruda sabía  que se trataba de falsos comunistas,  agentes del  imperialismo, fascistas disfrazados. 

   De ahí el valor simbólico, al margen de su  relación con los hechos,  de la recurrente imagen de los niños destrozados. No sólo busca exaltar la  indignación,  sino también  identificar a los comunistas y progresistas en general, sobre todo a los primeros,  personas de ideales puros, luchadores por un porvenir resplandeciente para la humanidad bajo regímenes como el del preclaro  Stalin: a ellos, como a los niños, estaba reservado el futuro.  Franco asesinaba a los niños y pisoteaba a  las parturientas, es decir, intentaba asesinar el porvenir en un intento criminalmente enloquecido y vano — apenas precisa decirlo–, de frenar la marcha ineluctable de la historia. Neruda,  el “staliniano que lleva este nombre con orgullo”,  lo  expresaba  con destreza poética.

    La historia ha circulado por otras vías  y quienes se atribuían  la posesión del futuro han fracasado  desastrosamente, pero nadie debería caer en una euforia precipitada y forzosamente banal.  Poco adelantaríamos sin una comprensión de  los esquemas mentales que llevan al stalinismo o al nazismo,  y ya saldrán otros poseedores del  futuro, porque está en la naturaleza humana la tentación de pensar y actuar de ese modo. 

    En todo caso encontramos una primera evidencia: Stalin y Franco representaban  formas mentales, morales y políticas opuestas: el primero el porvenir radiante, el segundo el pasado oprobioso.  Mirándola en su conjunto, Stalin tuvo una carrera  verdaderamente triunfal. A la hora de su muerte dirigía un inmenso imperio extendido por más de media Europa y  cerca de la mitad de Asia, y era el  venerado líder moral de   al menos un tercio de la humanidad donde existían regímenes  socialistas, así como de  millones de otras personas que luchaban por ese ideal en el seno de sociedades todavía burguesas. Y de tantos otros que sin luchar lo apoyaban o respetaban, aun si en su fuero interno sintieran poco entusiasmo por vivir en un sistema soviético, y prefirieran desarrollar sus carreras en las atroces  sociedades capitalistas.  

    Pero no todo habían sido éxitos, y Franco encarnaba, precisamente, uno de los pocos  fracasos graves de Stalin. Fracaso en un país quizá poco importante en los órdenes  demográfico o económico, aunque  bastante más en el orden estratégico,  en el cultural e histórico; y, sobre todo en el simbólico. Por algo la bibliografía de la guerra civil española – una  derrota de Stalin, entre otras cosas – ha sido tan enorme y sigue hoy en pleno auge. Reflejo a su vez de las pasiones que la acompañaron, más fuertes  que las asociadas a otros sucesos del siglo XX de mayores  consecuencias materiales.

   Evidentemente Stalin no tomó a la ligera la guerra de España, pese a las difíciles condiciones materiales para su intervención en ella. Mandó bastantes de sus mejores armas, y él  en persona se ocupó de orientar políticamente a las izquierdas españolas;  e hizo cumplir sus instrucciones a través del Partido Comunista español, cuyos jefes ponían a la URSS –patria del proletariado— por encima de  la propia España, y  sentían orgullo en obrar como agentes del Kremlin. Stalin no debió de encajar con buen ánimo su fracaso después de tanto esfuerzo, y muchos de los asesores enviados  por él a España sirvieron de chivo expiatorio, fusilados o desaparecidos oscuramente en el terror de la época.  Los supervivientes (Malinofski, Vóronof,  etc.), demostrarían pocos años después, luchando contra la Alemania nazi, que Stalin no había mandado a España personal de segunda categoría, sino a muchos de sus mejores elementos militares y policíacos.  Inútil decir que los fusilados, en su mayoría,  no lo fueron por baja calidad profesional, sino por “desviaciones” ideológicas” más o menos inventadas. 

 Sería exagerado imaginar un Stalin  obsesionado por la victoria de Franco, pues los inmensos triunfos de su carrera le compensaban ampliamente de aquel revés.  Con todo, seguía siendo una mancha negra en su expediente,  y el aplastamiento final de Alemania le ofreció una segunda oportunidad  para destruir  a un adversario detestado, a quien su propaganda había logrado identificar con Hitler y Mussolini. Fuera de España muy pocos, si alguno, dudó entonces de la pronta liquidación de Franco y   no pocos aspiraban a  verle seguir la suerte de Mussolini; dentro del país,  la perspectiva agrietó considerablemente al régimen. Aunque España no entraba en la  esfera de influencia soviética acordada con Churchill y Roosevelt, mantenía un gran interés para Stalin,  y éste hizo cuanto pudo por aislar al franquismo,  declarándolo apestado internacionalmente,  como primer paso para su derrocamiento.  El segundo paso consistió en el maquis, la guerrilla organizada por los comunistas a fin de reanudar la guerra civil,  provocar una intervención de las democracias e implantar un régimen, si no socialista, por lo menos muy avanzado.  Y sin embargo, asombrosamente,  también fracasó en esta intentona, segunda humillación que no pudo hacerle una gracia excesiva, aun contando con sus éxitos arrolladores en otros ámbitos. 

      Pasada la dura prueba, Franco, dictador a quien habían auxiliado Hitler y Mussolini,  iba a mantenerse en el poder,  a contracorriente no sólo de los comunistas sino de los regímenes democráticos anglosajones y europeos. Los cuales, si bien renuentes a intervenir en España, casi  nunca le obsequiaron con sentimientos mínimamente cordiales y ampararon diversas oposiciones a él.  Y así continuaría hasta 1975,  año de su muerte por causas naturales  tras una penosa agonía muy celebrada por muchos de sus enemigos,   y bastante similar a la de otro  dictador característico de la época, Tito, el comunista  yugoslavo disidente de Moscú. 

   Las mencionadas expresiones de odio tienen un toque peculiar viniendo, por lo común, de personas ateas. El tema rebasa los límites de este ensayo, pero vale la pena reparar en cómo Neruda sitúa a Franco en un infierno de eternos e indecibles tormentos  en el cual,  como buen stalinano, no podía creer.  Según su doctrina,  Franco, hiciera lo que hiciese, como el propio Stalin, como Hitler  o él mismo, estaban destinados a convertirse en carroña exactamente igual que todo el mundo, sin ninguna reparación o justicia  ulteriores, y por tanto sin ningún significado. Aun si cabía esperar que las generaciones venideras compartieran el odio de Neruda,  nada de ese odio podría afectar ya al Caudillo, vencedor hasta el fin, por mucho que le deseasen el imposible infierno.

Por el contrario, Franco era creyente católico,  al parecer bastante fervoroso y  convencido de la existencia de un cielo y un infierno. En alguna ocasión señaló que la vida sería absurda sin la consideración de un más allá. Pero en general no cultivó ni alentó expresiones de odio tan furiosas como las despertadas por él en sus contrarios, y su testamento político  se expresa en términos  ponderados, acaso por encontrarse ya a las puertas de la muerte. 

  Estaría muy lejos de la realidad pretender que toda la literatura  antifranquista viene del marxismo. La hay del más variado carácter y de enorme dureza,  desde la socialdemócrata a alguna democristiana o monárquica. Pero sí cabe señalar que la  más persistente, apasionada y dura ha sido la procedente del comunismo y sus aledaños, y que esta ha influido poderosamente sobre el resto en la elección y valoración de temas. Como fue comunista la oposición realmente sostenida y seria contra el régimen de Franco. No hubo demócratas en las cárceles del régimen por la sencilla razón de que no hubo una oposición democrática real.

   La situación actual viene definida por la ley de memoria histórica que pretende establecer desde el poder, como en los regímenes totalitarios, una determinada versión de la guerra civil y el franquismo. Versión ejemplificada en el célebre homenaje a Santiago Carrillo, el 16 de marzo de 2005. Diversos políticos, comunicadores, periodistas y otros personajes significados, hasta cuatrocientos, festejaron al líder comunista con motivo de su 90 cumpleaños. La figura principal y más representativa fue el presidente del gobierno Zapatero, que abrazó al viejo líder y lo calificó de “ejemplo”; “Esta es una mesa larga y unitaria”, dijo Ibarreche, político que no oculta  su ambición separatista, dirigente del PNV fundado por Sabino Arana, racista violento bien explícito en sus escritos. Ibarreche aseveró que él y toda la sociedad vasca aprecian a Carrillo por su trayectoria política. Asistieron al acto Herrero y Rodríguez de Miñón –premio Sabino Arana– , ministros de Zapatero, como la vicepresidenta Fernández de la Vega, junto con ex ministros y líderes autonómicos como el separatista catalán Jordi Pujol o el  socialista extremeño Rodríguez Ibarra, que calificó al festejado como “patriota que se sacrificó por la democracia”, o  J. Barrionuevo, relacionado con el terrorismo gubernamental de  Felipe González y encarcelado por ello; cantantes como Víctor Manuel, Ana Belén o Joaquín Sabina… El rey designado por Franco hizo llegar una misiva transmitiendo su respeto y amistad “fraguada durante muchos años” al anciano comunista que había afirmado: “La condena de muerte a Franco yo la firmaría”. Se da la circunstancia de que Carrillo fue también el responsable principal de la mayor masacre de prisioneros en Paracuellos, durante la guerra civil, y de otros numerosos homicidios, incluyendo  el de muchos miembros de su propio partido. 

   El festejo fue organizado por los periodistas María Antonia Iglesias, cristiana-socialista e Iñaki Gabilondo, inventor o difusor del bulo de los terroristas suicidas hallados en los trenes de la matanza del 11-m. No faltaron personajes de derecha y ex falangistas, como Rodolfo Martín Villa; ni Gregorio Peces-Barba, intelectual y político encargado por entonces de silenciar a las víctimas del terrorismo  a fin de facilitar  la política  del  gobierno socialista a favor de la ETA… El homenajeado recibió un libro de recortes de prensa con el título Noventa años de historia y vida. Y, en fin, la fiesta culminó, en medio de la noche, con la retirada de la estatua de Franco  del edificio madrileño de Nuevos Ministerios, donde permanecen las de Prieto y Largo Caballero, principales jefes de la guerra civil de 1934. El homenaje a Carrillo refleja en todos sus rasgos un carácter y una situación política.

  Vino a ser como una venganza post mortem de Stalin

 

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