Blog I: Atraco a las tres. http://www.gaceta.es/pio-moa/atraco-tres-13052014-1139
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Viví unos cuantos meses en una pensión de Bilbao, donde se alojaban también dos chicas, novias de policías o empleadas en dependencias policiales, lo que me obligaba a esmerar las precauciones. Después me mudé a casa de un compañero de trabajo que me ofreció habitación y comida a precio razonable. Era un portugués ya mayor, y vivía con su mujer, de la misma nacionalidad, en un caserón decrépito, saliendo de Baracaldo hacia Sestao. El edificio, de fachada terrosa y tres o cuatro pisos, se levantaba junto a un puente. Al lado se pudrían vetustas instalaciones de Altos Hornos. Frente al portal cruzaba la carretera, de tráfico denso. Cuando circulaban camiones pesados, y los hacían constantemente, trepidaban los pisos de la casa: supe que estaba en vías de ser declarada en ruina. Mi ventana daba al sucio riacho, y en el balconcillo guardaba la patrona unas cajas donde criaba tres o cuatro gallinas.
La mujer, madura de edad y carácter, atendía la casa y la mantenía muy limpia. Trabajaba aún más fuera, de asistenta. Con una pierna hinchada por la flebitis, la dura necesidad de imponía doblarse y arrodillarse muchas horas al día, fregando y limpiando. El marido, rezongón, socarrón y bienhumorado, estuvo en paro largas semanas. Entonces las estrecheces introducían hosquedad en el ambiente; por más que el humor de ambos y la discreción de ella salvaban las riñas.
Hospedaban a un segundo realquilado, paisano mío, no anciano pero sí envejecido. Antaño había trabajado en Madrid, donde vivía con su familia. Un día comprobó que su mujer le era infiel, y abandonó el domicilio sin querer dar ni pedir explicaciones. Nunca se refería a su desventura personal. Atormentado e incierto de su porvenir, se había aficionado al alcohol. Cuando llegaba algo bebido, se ponía pesado y la mujer del portugués no lo soportaba bien: “Ya sé que no tiene culpa, que es muy boa persona, pero é que non poso, non poso aguántalo”, se excusaba después de regañarlo, mezclando el portugués y el castellano.
Yo me despertaba con el tiempo justo para llegar al trabajo, recogía las dos marmitas que me dejaba la patrona llenas de comida, a menudo bacalao, como es de rigor, y salía hacia el tren. La carretera no tenía aceras, sino una estrecha cinta lateral sin pavimento, respetada más o menos por los vehículos. Corría por ella, pegado a las casas semiabandonadas, a los talleres ruinosos, sintiendo el empuje del aire despedido por los camiones al pasar a pocos centímetros; sorteaba el rosario de charcos bajo las grandes tuberías oxidadas que cruzaban a varios metros por encima de la carretera. En la estación de Baracaldo esperaba a un tren antiguo, verde, de chapas remachadas y plataformas abiertas. Los obreros se abalanzaban a él con más brío aún que el derrochado en el metro madrileño a las horas punta. Una vez llenos, a presión, los vagones, me colgaba de la plataforma, reviviendo los tiempos lejanos de los tranvías de Vigo, cuando iba al colegio de la misma forma, saltando en marcha al venir el cobrador, por no pagar el billete y por gusto.
En la estación de Olaveaga el tren perdía sus viajeros. La masa humana bajaba hacia la ría por caminuchos embarrado. entre talleres, edificaciones viejas y huertecillos. Aún no amanecía, y por aquellos recovecos oscuros, aprovechando algún muro mal iluminado por un farol solitario, pegábamos de cuando en cuando carteles contra el franquismo. Los hombres que venían del ferrocarril se apiñaban un momento en torno a ellos y seguían su camino en silencio, o haciendo comentarios confusos, o hablando de sus asuntos.
Llegados al muelle, quedaba todavía un buen trecho que andar en dirección a Bilbao (Para llegar a los astilleros Euskalduna, señalo ahora. El astillero y su entorno desapareció hace mucho, creo que a principios de los 80, como comprobé en una ocasión en que fui a dar una conferencia a Bilbao, hace algunos años). Subía un olor intenso a alquitrán, gasoil, breas, a agua putrefacta, a salitre si soplaba el viento del mar. Las luces de los barcos y las fábricas se miraban quietas en la ría, titilando imperceptiblemente, y contra el cielo que clareaba poco a poco se erguía el bosque de hierros, las estructuras metálicas de grúas y buques. A la derecha del muelle, espaciadas, dos tabernas donde se detenían muchos a largarse un copazo antes de iniciar la jornada.
Después, a ponerse la ropa de faena y acudir por la herramienta y las instrucciones de los encargados. A uno de estos los apreciábamos. Nunca le oí una mala palabra. En ocasiones concluía él mismo tareas que, no sin justificación, dado el sueldo que percibíamos — ejecutábamos mal. Tenía, pese a ello, autoridad. De expresión inteligente y melancólica, no se inclinaba políticamente por ningún bando. Le tanteé con motivo de unos panfletos que sacamos, pero reaccionó con escepticismo desdeñoso: “¿Qué dicen? Lo de siempre, claro, ¡qué van a decir!” Muchos obreros, en especial si se despedían, quemados, de alguna militancia, mostraban un sincero desprecio por el fondo de demagogia que intuían en tales escritos. No obstante les agradaban las denuncias concretas de la explotación sufrida a diario en su piel.
Las charlas entre compañeros solían ser instructivas. Antes de trasladarme a Baracaldo acostumbraba a desayunar en una tasquilla donde paraban unos obreros de Euskalduna. Entre ellos afloraba en ocasiones la enfadosa o boba pretensión de superioridad hacia los “maquetos”. Había uno a quien llamaban “Achuri”. Alguien de la cuadrilla le cogió, por broma, la cartera y leyó su carné de identidad. “Ahí va, si se apellida Pérez. Conque Achuri, no te jode el Achuri. Este, de Burgos lo más cerca”, reía. El aludido no tenía ganas de seguir la chanza. “¿A ti qué cojones te importa de dónde soy? ¿Te debo algo a ti o qué!”. ¿Por qué te llaman Achuri, pues? ¡De Burgos para abajo eres!”, repetía el bu´rlón instigando a los demás. “Le llamarán Achuri porque vive en el barrio de Achuri. ¿Y qué, si sería de Burgos?” “Pues que ha venido aquí a llenarse la tripa” “Si me lleno la tripa a mi trabajo se lo debo, no a ti. Y ya vale, ¿eh?”. Prefiriendo evitar la bronca, cambiaron de tema. Por entonces había habido en Madrid un atraco de varios millones a una furgoneta bancaria. La prensa informó a los pocos días que los atracadores eran extranjeros: “¡Mira a los que vienen esos hijos de puta! ¡Si se fueran a robar a su tierra!”, exclamaban indignados los de “Achuri”.
La confusión tomaba a veces un cariz sorprendente y hasta grotesco Una mañana dejé octavillas en la ruta que seguían en su tarea unos obreros a quienes conocía ligeramente. Cuando las cogieron, me acerqué a ellos haciéndome el despistado. Leían con fruición los dnuestos contra los patronos, hasta tropezar con los inevitables ataques a Comisiones Obreras (Entonces se llamaban panfletos a las hojas de agitación, octavillas y demás Eran de la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles, donde considerábamos a Comisiones, como lo eran, una correa de transmisión del PCE de Carrillo, al que atacábamos por “revisionista”, “socialfascista” y otras menudencias). Se desconcertaron: “¡Lo que dice de Comisiones! ¡Estos es raro, verdad!”. “Los de Comisiones es que también dicen unas cosas que te cagas. Se empeñan en defender los derechos yendo con los nombres por delante, como si no existiera la policía”, improvisaba yo. “Esto no hay quien lo entienda. Ya no sabes quién dice la verdad y quién es un embustero” “Es que este país está hecho un asco, hombre. Y la culpa la tiene el gobierno. Hay que joderse lo burro que es el gobierno. Así marcha todo” “Tendría que venir alguien a poner el país en orden y acabar con tanto chupón como anda suelto. Aquí hacía falta un tío como Fidel Castro, o como Hitler” “¡Pero qué dices! Hitler era un enemigo de los trabajadores” “No, hombre, Hitler hizo unas salvajadas tremendas en Alemania. Menuda ruina trajo” “Bueno, da igual, lo que quiero decir es que tenía que acabarse este follón, porque aquí no se piensa más que en chupar y poner el cazo”…
(De De un tiempo y de un país)
