La (escasa) honradez intelectual de Castilla del Pino
La autobiografía de Castilla del Pino tiene el mayor interés porque, entre otras cosas concentra la, digamos, “filosofía” que cuajaría en la totalitaria ley de memoria histórica. Como él explica refiriéndose a las confidencias de algunos de sus pacientes sobre la represión franquista, “Me angustiaba el hecho de que quienes vivieron aquellos episodios de terror y sufrimiento inconcebibles dejaran este mundo y con ello se perdiera el testimonio de la magnitud de lo que realmente había sucedido. ¿Desaparecerían Franco y el franquismo y persistiría tan sólo la versión oficial? (…) El miedo paralizaba los relatos (p. 125).
El libro tiene también valor como descripción de los ambientes antifranquistas, descripción naturalmente muy favorable aunque no falten tonos oscuros para tales o cuales de sus personajes, así como esbozos psicológicos bastante agudos de varios de ellos. El mismo Castilla se muestra como ejemplo de honradez (u honestidad) intelectual en contraste con tantas otras personas y sucesos de su relato. El franquismo, ya se sabe, envilecía moralmente a casi todo el mundo, si bien, con cierta ecuanimidad, Castilla menciona algunas excepciones de clérigos o franquistas de considerable nivel moral. Aun así, en conjunto pierde toda compostura ante régimen y su Caudillo, considerándose víctima de aquella sociedad execrable, por más que, como vimos, ello no le impidió hacer una carrera exitosa y labrarse un nombre de prestigio…
Su actitud queda definida de modo inmejorable en su retrato del general Castejón. Vale la pena reproducirlo con alguna amplitud: “El general Castejón era el gobernador militar de Córdoba (…) Solo verlo de lejos me producía una repugnancia invencible. Durante la guerra civil fue subordinado de Yagüe; la toma de Badajoz a sangre y fuego, a la que siguió la matanza en masa en la plaza de toros de más de cinco mil republicanos corrió por toda la Europa democrática, junto a la entrevista a Yagüe de un periodista inglés en la que reconocía la cifra de fusilados. Ricardo Molina, que era de Puente Genil, me contó la entrada en el pueblo de las huestes de Castejón, entonces comandante. Como era proverbial, consintió que sus regulares y legionarios dispusiesen de un par de días de libertinaje con los señalados como de izquierdas o simplemente republicanos. La masacre fue feroz: después de Córdoba capital, la ciudad de la provincia con mayor número de fusilados. De Castejón me habló mucho Julio Aumente, al que a veces llamaba al Gobierno Militar para que le asesorase sobre algún cuadro de los muchos que robó durante la guerra mediante el saqueo. Cuando las tropas entraban en algún pueblo, ciudad o capital de provincia, procedían, por orden de él, a la rapiña de cuadros, queél almacenaba y luego vendía”. A otros les obligaba a regalarle cuadros que creía valiosos. Castilla corona el retrato con una anécdota que revelaría el desprecio del militar por los intelectuales, en ese caso por Menéndez Pidal (p. 114-5). ¡Así eran los gerifaltes franquistas!
Es muy difícil, claro está, resolver cuánto hay de verdad, de exageración o de pura falsedad en ese retrato. Pero de algo, precisamente lo más grueso de la acusación, es decir, la toma “a sangre y fuego” de Badajoz y la matanza de “más de cinco mil republicanos” en la plaza de toros, conocemos desde hace tiempo su inapelable falsedad. Ricardo de la Cierva puso ya en su día de relieve las incongruencias y el testimonio del periodista portugués Neves, realmente decisivo. En Los mitos de la Guerra Civil abundé en esas contradicciones señalando, entre otras cosas, la muy alta improbabilidad de que hubiera estado en Badajoz, como pretendía, el autor de la leyenda, el agente de propaganda del Frente Popular más que propiamente periodista –al menos en el sentido serio del término– Jay Allen. Improbabilidad aumentada por otra: que las autoridades militares de la plaza se prestasen de tan buena gana a hacer el caldo gordo a la propaganda enemiga contándole tranquilamente las atrocidades que deseaba narrar Allen –cuyo carácter izquierdista era ya bien conocido por el bando nacional después de una entrevista en que hace decir a Franco que estaba decidido a matar a la mitad de los españoles–. Más recientemente, Francisco Pilo, Moisés Domínguez y Fernando de la Iglesia, han terminado de poner las cosas en su sitio en su libro La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, donde sigue minuciosamente las andanzas de Allen y señala datos siempre ocultados los de la “memoria histórica”: los crímenes de la izquierda, a menudo de una ferocidad increíble, cuya evidencia encontraban las columnas nacionales en su avance desde Sevilla.
Algo más: la propaganda izquierdista ha sacado especial partido de las declaraciones atribuidas por el periodista useño (no inglés) Whitaker a Yagüe admitiendo este haber asesinado a 4.000 enemigos por no dejarlos a retaguardia. Sobre esas declaraciones ya expresé mi sospecha de que eran tan falsas como las atribuidas por Allen a Franco, y ahora el libro de Pilo y sus compañeros lo ha demostrado también. Pues las supuestas declaraciones de Yagüe no las publicó Whitaker por las fechas correspondientes, sino que las “recordó” nada menos que seis años después, en el clima exacerbado de la guerra mundial. También he puesto de relieve el contraste entre el testimonio de Neves en 1936 (y las fotos demostrativas de la imposibilidad de la matanza en la plaza), y su pomposa indignación muchos años después. Ejemplos muy ilustrativos sobre el peligro de las evocaciones personales, máxime cuando vienen mediatizadas por razones de conveniencia política… o pecuniaria, como en el caso de la ley de memoria histórica.
Obviamente, Castilla creía lo que han (hemos) creído millones de personas y no tenía por qué investigar estas cosas. Pero conocía por fuerza la existencia de otras versiones, y ello debía haberle inspirado una elemental prudencia. No obstante desecha esas versiones sin siquiera aludirlas y la razón salta a la vista: la leyenda de Badajoz ha resultado tan satisfactoria para los impulsos pretendidamente justicieros de la izquierda, que la renuncia a ella se siente como una pérdida dolorosa. Lo cual no quiere decir que no se cometieran atrocidades en los dos bandos, aunque quien empezó la carrera de asesinatos, con listas secretas de enemigos a liquidar, como he expuesto en Los orígenes de la Guerra Civil, fue la izquierda, ante todo el PSOE, en 1933-34, con vuelta a partir de las elecciones del Frente Popular.
No menos inapropiado, aunque se haya hecho un tópico de uso casi universal, es llamar “republicanos” a los que, precisamente, arrasaron la legalidad republicana, como creo haber demostrado contundentemente en El derrumbe de la II República. Una auténtica usurpación. Ello enlaza nuevamente con la “memoria histórica” según la cual (y según Castilla) los represaliados por el franquismo lo eran simplemente por ser “republicanos”, a menudo “honrados”. He reproducido una nota de Arcadi Espada sobre el caso del padre del actual político socialista Zarrías, un “honrado alcalde republicano”, fusilado solo por serlo, al parecer. Según los testigos, el buen alcalde tenía responsabilidad directa en varios asesinatos perpetrados en su localidad.
Uno se asombra, por lo demás, de frases como esta: “La guerra civil era la expresión del embrollo políticosocial con se había topado, sin tiempo para resolverlo, a segunda República española” (p. 319) El más elemental estudio de los hechos revela que la república heredó la mejor situación en que había estado el país desde la Guerra de Independencia. Y que fue ella, especialmente sus partidos de izquierda y separatistas, la que creó el “embrollo políticosocial”, buen eufemismo para el festival de odios impulsado por los diversos mesianismos de la época.
