Inevitabilidad de las crisis / Jovellanos y “la Nicolasa” / Fraga Iribarne.

Blog I: Tres recuperaciones necesarias: Nacional, Democrática y Demográfica / Los alegres amigos de la fonda de Eufrasia: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La paradoja, decía, es que tanto la capacidad de producción como de consumo permanecen básicamente iguales cuando llega la crisis y en los momentos de prosperidad. Una  posible explicación es que las economías no se desarrollan de manera homogénea y armónica, sino que alguna o algunas ramas encuentran por algún período una demanda especialmente grande, que desvía hacia ellas gran parte de la capacidad productiva, hasta un momento en que la demanda se satura y es preciso reconducir dicha capacidad, lo que implica otro período de reestructuraciones con pérdidas y  sacrificios. Este desarrollo desigual está relacionado también con la aparición de nuevos inventos o técnicas. Así, las crisis derivarían necesariamente de esta característica propia de la economía de mercado, no planificada; pero serían corregibles  con algún tiempo y medidas.

Dos explicaciones de las crisis las atribuían igualmente a una sobreproducción o a un subconsumo, rasgos del “la anarquía del mercado”. En realidad sobreproducción y subconsumo son dos caras de la misma moneda y describen, pero no explican las crisis. Y tampoco existe, al menos de modo fundamental, la “anarquía del mercado”, pues esta, de ser su rasgo característico, no podría explicar las etapas de prosperidad, generalmente más prolongadas. En principio, los desajustes parciales del mercado se compensan unos con otros en el conjunto; solo que a veces esa compensación no se produce.

Otra explicación es la clásica de “haber vivido por encima de las posibilidades”, pero ¿cómo entender esto? Si tomamos el conjunto de las economías, las posibilidades vienen dadas por la producción real y esta era la que justamente se consumía. En conjunto no es posible vivir por encima de las posibilidades, aunque un individuo pueda hacerlo  por un tiempo, si obtiene créditos que no podrá pagar. También un país puede endeudarse, y generalmente lo hace por una razón: porque espera aumentar su prosperidad por esa vía y pagar en su momento las deudas. A su vez, si otros países le prestan, es por el mismo cálculo, junto con la expectativa de aumentar sus exportaciones al país deudor. Es decir, otro rasgo de la economía es su carácter “futurizo”, que diríamos siguiendo a Julián Marías. Funciona en gran medida sobre expectativas. No obramos solo según “lo que hay” o lo que creemos que hay,  sino, incluso en mayor medida, según “lo que se espera”. En principio salen ganando tanto los deudores como los acreedores, pero la imposibilidad de prever con precisión el futuro puede causar crisis cuando llega un momento en que unos no pueden pagar ni los otros, lógicamente, cobrar, y todos tienen que reconducir o sanear sus economías.

No se vive por encima de las posibilidades, hablando en general, sino que, de modo parecido al primer caso, se producen inevitablemente desequilibrios e imprevisiones. Sería algo característico de la economía de mercado en la que la expectativa y el riesgo asociado pesan tanto. Podría pensarse entonces en mecanismos y precauciones para atenuar o aplazar las crisis, pero de ningún modo para evitarlas y garantizar un crecimiento perpetuamente equilibrado. Al parecer,  la planificación estatal podría remediarlo, pero solo en pequeña medida (no todo el mundo puede ser funcionario, por ejemplo), o, si se hace totalitaria, con  el  estado  absorbiendo y dirigiendo por completo la economía, el resultado es tan malo como conocemos por la experiencia histórica.  Porque el factor de incertidumbre en las previsiones no es solo característica de la economía, sino de la propia vida humana. El riesgo puede llevar al desastre, pero sin él la persona se deshumaniza y tiende a convertirse en una máquina, intento necesariamente condenado al fracaso.

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****Aquilino Duque sobre Jovellanos y la Nicolasa: http://vinamarina.blogspot.com.es/

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La deriva de Fraga Iribarne (LD., Transición

Un fenómeno perverso de la Transición, alentado por Suárez, fue la conversión del término “franquista” en un sambenito, mientras comunistas, proetarras y marxistas aparecían como defensores de la libertad (al modo del Frente Popular) en la mentalidad popular, dentro y sobre todo fuera de España. Falsificación histórica con graves efectos políticos, porque la transición se hizo desde el franquismo y contra el disparate (por decir algo) rupturista.

Así, el sambenito tuvieron que vestirlo principalmente Fraga y su Alianza Popular, cuyas campañas electorales fueron hostigadas, a menudo violentamente, por la izquierda, con la complacencia del Gobierno de Suárez. Este se beneficiaba del control sobre la televisión y el aparato político del Movimiento, y de la impresión de estar respaldado por el Rey –nombrado por Franco–, lo que le dio una ventaja mucho mayor de la esperada sobre AP en los comicios de 1977, primeros de la democracia. Con todo, Fraga obtuvo 1,5 millones de votos, base suficiente para mantener su postura y avanzar desde ella. Pero el análisis de Fraga y otros fue el contrario: para crecer no había más remedio que librarse del sambenito derechista-franquista y disputar el “centro” a Suárez, mientras éste se esforzaba en disputar al PSOE la izquierda (es decir, la “imagen” de centro o de izquierda: la política se iba convirtiendo ya en un juego ilusionista de “imágenes” cada vez menos conectadas con la realidad). Así, la derecha perdió definitivamente su centro de gravedad, algo muy peligroso en cualquier tipo de lucha, y diluyó sus principios. Ganar votos parecía exigir mucha demagogia (por otra parte los votos permitían, claro está, mantener el aparato y recibir créditos).

El intento de Fraga de cambiar de chaqueta o de imagen –que le llevó a presentar a Carrillo en el club Siglo XXI y a buscar a candidatos dudosos pero “sin pasado franquista”– le dio pésimo resultado: en las elecciones siguientes (1979) perdió un tercio de sus electores, que, decepcionados, tampoco votaron a UCD. Comenzaba así una distorsión en la representación política, por tanto en la democracia, que se acentuaría en Cataluña, Vascongadas y Galicia, cada vez más desatendidas por la derecha nacional en beneficio de los separatismos. Suárez, por cierto, ganó aquellas elecciones reforzando inesperadamente su tono derechista contra el PSOE.

Fraga y su partido quedaron, pues, descolocados, y probablemente abocados a la ruina a medio plazo, si no se les hubiera adelantado la implosión de la UCD en 1980-82: el derrumbe del partido de Suárez dejó al de Fraga como única alternativa de derecha. Pero la imagen de desvergüenza y falta de principios lograda a pulso por ambos líderes impidió a Fraga recuperar el electorado de UCD: en 1982 debió haber superado los 7,3 millones de votos, pero se quedó en 5,5, cifra muy parecida a la del PSOE en 1979. El gran beneficiario, en 1982, fue precisamente Felipe González, con una estruendosa mayoría absoluta alcanzada bajo la consigna de un “cambio” apoyado en la “honradez y la firmeza” frente a la inanidad derechista. Por entonces no se sabía, claro está, qué entendía el PSOE por honradez y firmeza, pero quedó claro que esas cualidades eran las que deseaba de sus políticos la mayoría de la población, y que no las veía en la derecha. Ya he dicho, en La Transición de cristal, que el proyecto de reforma de Fraga era probablemente el mejor encaminado. Pero desde entonces su evolución ha sido a peor, hasta confundirse con alguien políticamente tan deleznable como Rajoy.

 

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Educación del yo / Cultura del puterío

Blog I: Una carta del general Aranda a Churchill / El suicidio como síntoma de enfermedad social http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Educación del yo

Teniendo en cuenta que la vida y sus exigencias fundamentales vienen dadas, el yo se nos presenta como el sirviente y gestor de unos impulsos y exigencias ajenos a él, que le preceden y se le imponen: los más evidentes, la nutrición y la reproducción. Esas exigencias inconscientes obligan al yo consciente a  un esfuerzo consciente y variado frente a un mundo en parte complaciente y en parte hostil, y nunca bien conocido. Lo último no deja de ser sorprendente: ¿no somos parte de la Naturaleza? Entonces, ¿por qué esta, en lugar de ofrecerse benevolentemente abierta sin más a nuestro conocimiento y comprensión, parece divertirse en engañarnos, guiarnos  por  falsas pistas y forzarnos a un trabajo ímprobo solo para acceder a aspectos parciales de ella? Si, según decían algunos, la consciencia refleja al mundo, es difícil explicar el error.

Pero, en fin, aunque tenemos mucha curiosidad por saber qué es el yo, no resulta fácil llegar hasta él. Lo primero en la vida es el sentimiento, y después viene la reflexión;  pero esta, con frecuencia, no llega a agotar a aquel, a comprenderlo plenamente. La vida misma se nos presenta como un sentimiento global y confuso, compuesto de una infinidad de sentimientos parciales o particulares. El yo solo se siente vivir a sí mismo, aunque los obstáculos que le oponen los demás o el mundo en general, le llevan a intuir sin dificultad –y a menudo con dolor– que no es el único ser viviente y exigente. La relación del yo con la sociedad y con el mundo es muy compleja y azarosa y compone la biografía particular de cada cual. Porque, si bien se disciernen fácilmente rasgos comunes en los seres humanos, cada uno de estos, cada yo, tiene su propia y particular biografía, otro dato digno de meditación.

En el vientre materno y en los primeros tiempos de la vida exterior a la madre, el yo tiene muy pocos deseos, y los mismos le son –normalmente— satisfechos sin ningún esfuerzo para él (el de llorar, en todo caso). El mundo se ofrece complaciente a sus demandas, de modo que probablemente el niño a esas alturas no percibe con claridad la diferencia entre él y el mundo. Con mayor o menor brusquedad, el mundo y los otros yoes se van haciendo evidentes por su menor complacencia y porque imponen un esfuerzo creciente para desenvolverse entre ellos. La educación consistiría precisamente en ese entrenamiento gradual con vistas a un comportamiento razonablemente equilibrado, que no ocasionase demasiada frustración. El yo debe hacerse capaz de adaptarse y dominar en algún grado  –nunca total, pero suficiente–  tanto sus exigencias inconscientes como a la sociedad y al mundo.

Para que esto ocurra, el sufrimiento connatural a la vida debe compensarse con unas dosis de satisfacción y placer que hagan llevadero el malestar. Las limitaciones impuestas por los padres a los niños provocarían una resignación pesada o una rebeldía irracional si no se acompañaran de un amor manifiesto y comprensivo por parte de los primeros. O así parece, aunque habría que indagar en la naturaleza del amor y su relación con el egoísmo.

Incidentalmente, y frente a teorías hoy muy extendidas sobre la educación, que tienden a seguir la línea del Imagine de Lennon (una vida enfocada a un hedonismo primario,  con el mundo transformado en un inmenso vientre materno, gracias a la técnica), viene al caso la observación de Tocqueville sobre un “despotismo democrático” y sus efectos “educativos”.

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La “cultura” del puterío

Con perfecta desvergüenza, unos carteles anuncian una “feria del sexo” que “por fin” llega a Madrid. ¡Alegría, nos modernizamos aún más, si cabe! Proponen, entre otras cosas la “cultura del sexo”, fíjense si son finos. Nos quieren hacer más cultos, y, a ver qué loco va a resistirse a la cultura. A esa cultura siempre se la llamó puterío, expresión vulgar pero ajustada, con el doble sentido de explotación económica del sexo y su correspondiente trivialización, despojándolo de sus componentes de intimidad, pudor y afecto. Todo queda en diversión, el tercero de los tres valores privilegiados por la ideología socialdemócrata, junto con la “tolerancia y la solidaridad”… hacia cualquier vileza o dictadura.

El negocio del puterío, hoy uno de los mayores del mundo, incluye mil variantes en enorme expansión, desde el turismo sexual, la pederastia, la homosexualidad profesional y política o la prostitución tradicional, hasta una publicidad comercial semi o totalmente pornográfica, que introduce en los hogares y en las calles un ambiente y ornamentación prostibularios. La cultura del burdel, antaño marginal y poco apreciada, se ha convertido en modelo omnipresente, cantado por intelectuales y “expertos” frente a una protesta por ahora débil y desconcertada.

Lo relativamente nuevo es la imposición política de tales tendencias, extendidas hasta la infancia, destruyendo los sentimientos de pudor e intimidad, vistos como retrógrados y so pretexto de “educación sexual”. Y utilizando fraudulentamente los impuestos de todos. Así los demagogos atacan la formación del carácter y de la individualidad en sus mismas raíces. El fenómeno ya lo previó el genio de Tocqueville, cuando advirtió la posible degradación de la democracia en un “despotismo de un tipo sin precedentes en la historia”, “un poder inmenso y tutelar que se encarga de que los ciudadanos sean felices y de velar por su suerte”; un poder que “se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia”. (LD, 13-V-2006)

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El objeto del deseo / Viejo artículo sobre Gibraltar.

Blog I: Un protestante y la Inquisición / Aborto y  enfermedad social: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El objeto del deseo

El sentimiento del yo está moldeado y condicionado por la cultura, pero solo hasta cierto punto y de formas muy diversas e individuales. Y no es algo propiamente cultural sino más básicamente biológico: puede apreciarse de forma primaria en los animales superiores y en niños muy pequeños (por ejemplo, en forma de celos de algún nuevo hermano, de protesta por ser tratado con injusticia real o aparente por los padres, etc.).

El yo, pues, se expresa o manifiesta en contraste con el mundo externo (físico y social) y lo hace en forma de deseos: intenta apropiarse de algo exterior a él. Los deseos vienen a ser manifestaciones muy variadas de las necesidades elementales comunes a todos los seres vivos, y se dan con muy diversos grados de intensidad y variabilidad. Todos conocemos a individuos muy egoístas o egocéntricos, u obsesionados con alguna apetencia concreta, y otros más altruistas o más razonables, etc.

Sea como fuere, el mundo exterior, mejor dicho aspectos o “trozos” de él que se hacen sensibles al yo, se convierten para este en objeto de sus apetencias. Se trata, sin embargo, de objetos esquivos,  en cuya posesión el yo fracasa con frecuencia, con el sufrimiento o la insatisfacción consiguientes; es más, en un deseo elemental, el de la perpetuación de la propia vida, termina fracasando de modo radical. Otra causa de sufrimiento es el propio esfuerzo, propio del deseo,  de valoración del objeto y de las propias fuerzas,  esfuerzo tan expuesto al error por la dificultad de medir todos los elementos que entran en la consecución del objeto, así como  las consecuencias de la posesión de este. No es inhabitual que el éxito, la satisfacción de un deseo,  nos decepcione o sirva de prólogo a una desgracia mayor.  En fin, la frustración siempre ligada en mayor o menor medida al deseo  ha llevado a algunas reflexiones filosóficas a concluir que los deseos deben disolverse para alcanzar un estado difícil de definir, quizá de felicidad. Pero, aparte de que no solo existe frustración en la vida, sino también un grado de satisfacción,  la anulación del deseo implica la anulación del yo –que en sí misma se presenta también como un deseo del  yo–, algo que me parece inalcanzable en la realidad de otro modo que no sea el suicidio.

Al emplear el término “objeto” en relación con el deseo, parece sugerirse que este solo tiene por finalidad bienes materiales o mercancías, con una mentalidad “anglosajona” de consumismo o como quiera llamársele, como me ha criticado Doiraje y algún otro. También podría llamarse masónica según la concepción prometeica o “satánica” de esta sociedad secreta. Pero no lo empleo en ese sentido único ni predominante. El alcance de los deseos, en el ser humano, tiene relación con los tres niveles mencionados en el primer artículo. Por el deseo, el yo trata de poseer algo exterior, ya sea en el plano más biológico de la alimentación o la reproducción, ya en el plano intelectual (el deseo de saber) o el espiritual (de encontrar un consuelo superior o sentido a la vida). No solo hay deseos de bienes materiales, los hay también intelectuales, espirituales, etc., que en algunos individuos son más acuciantes que los de bienes materiales o mercancías tangibles, y les llevan incluso a arrostrar sin demasiada pena  una vida materialmente sacrificada.

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Gibraltar a la espera.

(Artículo publ. en LD el 5 de mayo de 2002, cuando las buenas relaciones de Aznar y Blair habían producido a muchos la falsa impresión de que Inglaterra devolvería  el peñón)

Una noche fría y húmeda, hace muchísimos años, debía de ser por 1966, hacía yo dedo desde el puerto de Harwich (¿o sería otro? Tampoco importa mucho), y me recogió en su coche un inglés que me llevó a Londres. Debía de haber entonces tiranteces en torno a Gibraltar, y el amable conductor me preguntó mi opinión sobre el asunto. Le dije que antes o después el peñón tenía que volver a España, aunque yo prefería que no volviese mientras existiese el régimen de Franco. Como puede verse, era yo un progre de mucho cuidado, valga mi juventud como excusa. El hombre entonces se enfadó, y me dijo que Gibraltar, “the rock”, o “the Rock”, no sé si lo pronunció con mayúscula, significaba mucho para Gran Bretaña. Era un símbolo de su pasado y de su imperio. Aunque el imperio había pasado a mejor vida, o estaba en trance de ello, la roca permanecía, justamente como un índice duradero de la grandeza británica, que llevaba siglos así, y así esperaban los ingleses que siguiese. Más o menos vino a decir eso, no recuerdo las palabras, claro, aparte de que siempre me fue difícil entender el inglés hablado.

Aquello me sorprendió mucho, pues yo creía que los ingleses mantenían el peñón por razones puramente prácticas, de orden estratégico y quizá secundariamente económico, sin darle valor sentimental alguno. Decía el célebre espía escocés Bruce Lockhart que los ingleses se meten fácilmente su orgullo en el bolsillo si está en juego algún beneficio tangible, pero por lo visto son más sentimentales y orgullosos de lo que suele creerse. Supuse que si no todos, muchos pensarían sobre Gibraltar como el dueño del coche, y en cualquier caso tuve la impresión de que España no lograría fácilmente la devolución de lo robado. Luego seguimos hablando del comunismo, por el que yo sentía cierta atracción y que a él le parecía, juiciosamente, “el reparto de la miseria”.

Pasada la transición, algunos políticos, en quienes el servilismo rivalizaba con la necedad, decían que no había ya razón para que Gran Bretaña no devolviera Gibraltar. También pensaban que Francia había dejado de tener motivo para proteger a la ETA. En realidad ambas potencias seguían teniendo las mismas razones, y el terrorismo, con buena parte de sus bases en Francia, golpeó mucho más que antes, mientras la población colonial de Gibraltar se enriquecía como nunca con todo tipo de negocios ilícitos –facilitados por aquellos cretinos que nos gobernaban–, y la potencia colonial disfrutaba de aquella corrupta exhibición de ineptitud hispana, disfrazada de modernidad y otras biensonancias.

Hace unos meses todo pareció cambiar. Ojalá fuera así, pero no debemos ser muy optimistas. Londres buscará mil excusas, desde la voluntad de los gibraltareños hasta la tradición de siglos, para tener a Madrid sentado y esperando. ¿Hay medidas serias de presión que pueda ejercer España? Pues no debe haber vacilación en emplearlas, sin perjuicio de una actitud educada y diplomática (En LD, 5 de mayo de 1002)

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Dice  el siempre interesante analista económico Juan Ramón Rallo, comentando a Buchanan: “Un Estado que no se halle enormemente constreñido degenerará, como decía Bastiat, en un monstruoso mecanismo por el que todo el mundo tratará de vivir a costa de los demás. Sí, los mercados fallan a veces, pero los Gobiernos fallan casi siempre y de formas mucho más devastadoras para la sociedad“.

Esta es una concepción de anarquismo “de mercado” con toques marxistas,  y no me parece que valga más que el anarquismo tradicional.  Ningún mercado puede subsistir sin una regulación general y un poder que la haga cumplir. Y si los gobiernos fallaran casi siempre, la historia habría discurrido  en una especie de cloaca sin superar nunca ese  nivel. Por ir a una experiencia histórica reciente: ¿estaba muy constreñido (¿por quiénes?) el estado franquista?  Me parece que no mucho. Y sin embargo él salvó a España de la revolución y muchos otros males, reconstruyó el país y lo encaminó hacia una mayor libertad y prosperidad que ningún régimen anterior. Y que hoy vemos seriamente amenazadas por unos gobiernos aparentemente  más “constreñidos”.

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Teleinmundicia, o los cacos heredan y encubren a los cacos.

Blog I. Recuperar Gibraltar: un problema más grave de lo que parece / Por qué la izquierda ganó la Universidad en el franquismo / Entrevista sobre Sonaron gritos…http://www.intereconomia.com/blog/recuperar-gibraltar-izquierda-gano-universidad-entrevista-20130107

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Vendeano. Ayer por la noche estuve viendo parte de un reportaje en La2 acerca de la odisea de las obras del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Aquello era para vomitar, los héroes eran los que se llevaron las obras con la excusa de los bombardeos, sometiéndolas a infinitamente más azares y visicitudes. Este engendro propagandista ni siquiera intentaba mantener las formas “objetivas”. Mezclaban imágenes reales de refugiados de nuestra guerra con imágenes de ataques de Stukas y Heinkel de la posterior invasión de Polonia, hacían dramatizaciones con actores y en blanco y negro de los heroicos funcionarios en los pasillos de la Sociedad de Naciones, atareados en improvisadas oficinas, “salvando” el patrimonio… ¡expropiándoselo al pueblo español, oiga! Y, al final, toda la culpa que pudiera haber… era de Franco: ironizaban con un titular de ABC en el que se alababan sus gestiones para traerlo de nuevo a España, como si fuese él el culpable de habérselo jugado por las carreteras y los azares de una guerra y haberlo sacado de territorio nacional. Un detalle que no conocía es que, ya de vuelta de Suiza a los dos dias de empezar la SGM tras la exposición que se montó allí, quiso la suerte que, el tren ya en camino, un ferroviario suizo se diese cuenta de que las cajas más altas ¡no pasarían por los próximos túneles! Vamos, que por poco perdemos Las Meninas y un centenar de obras más. El tonillo marisabidillo y pestilente (decir parcial es poco) del narrador era lo peor, pero por lo menos te prevenía al instante de lo asquerosa bazofia intelectual, histórica y estética que era aquello.

***Efectivamente, se trata de uno de los episodios más siniestros de la siniestra panda de desalmados del Frente Popular, tan bien caracterizada por Azaña en sus momentos de lucidez y a la que describen Marañón o Besteiro. Y  el desvergonzado  himalaya de mentiras prosigue impunemente, a un nivel que es francamente delictivo, porque lo hacen con dinero público y a sabiendas de que lo que cuentan es totalmente  falso. Y esto, con el PP, cosa que a mí no me extraña, pero a muchos sigue extrañándoles. Es para vomitar, efectivamente, el nivel de degradación de los periosdistas y los medios, con escasas excepciones. En  Los mitos de la Guerra Civil traté el caso con cierta extensión, así como en varios artículos sueltos publicados  hace años en LD, de los que aquí reproduzco tres.  Por entonces Aznar dijo que uno de los libros que se llevaba para leer en el verano era Los mitos … De inmediato, la izquierda se le echó encima “acusándole” de tener la obra “como libro de  cabecera”. Si  esta derecha de señoritos  macacos tuviera un mínimo sentido de la decencia, habría replicado pasando  por las narices a la izquierda, una y otra vez, el libro y otros informes, hasta hacer callar a los bergantes. Lo que hizo fue lo contrario.  Y así el país ha ido degradándose hasta desembocar en la crisis actual que no es solo económica sino más aún moral y política.

HISTORIAS DE GUERRA

El salvamento de las obras del Prado

Por Pío Moa

Durante   la guerra, las obras del Museo del Prado y de otros muchos museos y   colecciones particulares fueron trasladadas por las autoridades del Frente   Popular a Valencia, en larga y arriesgada peregrinación, y de allí a   Cataluña, donde quedaron almacenadas para ser luego sacadas a Francia en   condiciones tales que llevaron a Azaña al borde de la desesperación.

No obstante, el “salvamento” de ese tesoro artístico aparece en muchos libros de historia como una gloria auténtica del Frente Popular. A través de José Renau, y por otras vías, las autoridades izquierdistas justificaron tal salvamento arguyendo que los bombardeos enemigos sobre Madrid “ponían en gravísimo peligro el patrimonio artístico español”, pues, como aseguraba Osorio y Gallardo, “ese y otros tesoros son bombardeados con predilección por los aviones fascistas”; además, el frío invierno de 1936 empeoró hasta límites peligrosos las condiciones ambientales de los museos; y, por fin, en Madrid no había sitio adecuado para preservar las obras de arte.

Las dos primeras razones se contradicen, pues si había tal peligro de bombardeo, las condiciones ambientales carecían de importancia, y si el peligro real eran éstas, entonces el del bombardeo debía ser escaso. Además, la segunda es obviamente falsa. En su larga existencia, los museos habían conocido inviernos sin duda más duros.

También es falsa la tercera razón. Según Sánchez Cantón, subdirector del museo del Prado por entonces, los sótanos del museo ofrecían refugio suficiente. Además estaba la cámara acorazada del Banco de España. Las autoridades izquierdistas afirmaron haber guardado allí unos cuadros, cuyo deterioro por la humedad les disuadió de utilizarla. Pero aquellas pinturas no estuvieron en la cámara, sino en otras dependencias del Banco, y Madariaga es tajante al respecto: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía, quizá entonces, precisamente la mejor cámara subterránea del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna, a treinta metros de profundidad bajo el Banco de España. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.

Queda el riesgo de bombardeos. El investigador Álvarez Lopera explica en una monografía sobre el tema: “¿Fueron atacados el Prado y el edificio de la Biblioteca Nacional directa y deliberadamente o cayeron bombas sobre ellos por error? Quizá el escaso número de bombas caídas sobre ambos, y consecuentemente la poca entidad de los daños, haya sembrado el escepticismo ante las afirmaciones republicanas. Pero recuérdese el tipo de estrategia empleada en esos momentos sobre el cielo de Madrid. Era el terror. Se atacaban preferentemente hospitales, asilos, los barrios más poblados. Se pretendía, dice Thomas, ver la reacción de una población civil ante un intento cuidadosamente planeado de prender fuego a la ciudad, barrio por barrio ¿En virtud de qué principios éticos o culturales se puede entonces esperar que los aviones nazis y fascistas hicieran una excepción con las pinturas y con las estatuas?” Y acompaña cifras: “Sólo los bombardeos nocturnos de los días 8 y 9 (de noviembre del 36) produjeron 350 víctimas. Ahora se hicieron diarios. El 16, una incursión que costó 250 muertos y 600 heridos iniciaba la matanza metódica de la población civil. Fue, dice Delaprée, un trabajo bien hecho, una siembra copiosa y cuidadosamente dosificada por todos los barrios del centro. Ese mismo día comenzaba el martirio de los monumentos y museos”.

Afortunadamente se conserva en el Archivo Histórico Militar la estadística confeccionada por los responsables izquierdistas, no destinada a la propaganda, según la cual en todo el mes de noviembre los muertos por bombardeos en Madrid fueron 312, y las casas dañadas 486. Nada que ver con los impresionismos propagandísticos citados. Hubo, en efecto, un ensayo de “bombardeo de desmoralización”, pero de escasa envergadura, como indican los datos. Ello aparte, la aviación soviética se mostró por entonces superior técnicamente a la enemiga, impidiendo a ésta el necesario dominio del aire. Sin olvidar que ese tipo de ataques a la población civil los habían iniciado los llamados “republicanos”.

En ese contexto salta a la vista que las escasas bombas caídas sobre edificios culturales, y contra lo que pretendía Osorio, obedecieron a errores de puntería. La excepción fue el palacio de Liria, bombardeado probablemente por creer que albergaba algún organismo político o militar izquierdista. Decenas de palacios y edificios históricos y culturales habían sido incautados por los partidos y sindicatos para sede de sus actividades.

Está perfectamente claro que la causa de la evacuación del tesoro artístico no estuvo en el peligro de bombardeos, como corrobora otro hecho decisivo: el propio museo del Prado siguió sirviendo, durante la guerra, de almacén de objetos artísticos requisados, hasta el número de 20.000, como reconoce Álvarez Lopera, muchos de los cuales siguieron siendo trasladados desde allí a Valencia. ¿Cuál fue, pues, la verdadera razón?

Eso merece un estudio aparte.

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UNA MANIPULACIÓN DE TUSELL

Por Pío Moa

La exposición “Arte protegido”, del Museo del Prado, sobre el salvamento de obras de arte durante la guerra no es, desde luego, una patraña sistemática, como la montada por los chicos de Alfonso Guerra en torno al exilio, pero dista de informar con claridad al público sobre los avatares del patrimonio artístico español durante la guerra civil. Quizá sea inevitable, dada la situación actual, aunque no deja de ser un avance. De todos modos, el visitante no se hará una idea muy clara del asunto, a excepción del aspecto meramente técnico del salvamento.

Pero es Javier Tusell –el historiador profesional y “científico”, amigo de la censura y de una concepción adoctrinante (es decir, totalitaria) de la historiografía–, quien, en el prólogo al catálogo, da la nota política de la exposición. Que es lo fundamental, pues el salvamento de las obras de arte no fue ante todo una operación técnica, llevada bastante bien por la Junta del Tesoro Artístico “republicana”, sino política.

Tusell, después de libros como el mío sobre los mitos de la guerra, no puede hablar con la desenvoltura de antaño sobre las maravillas del espíritu republicano, pero no obstante se las arregla para colar trolas del tamaño del propio museo del Prado. Intenta transmitir la tesis de que “fue el espíritu regeneracionista de la República el que salvó el patrimonio”, mientras, por el contrario, “a los sublevados” les interesó, ante todo, ganar la guerra, y por tanto la protección del patrimonio tuvo para ellos importancia muy reducida. Naturalmente, ganar la guerra les interesó tanto a los sublevados como a las izquierdas, pero el lector desprevenido es inducido a creer que fueron los franquistas los principales destructores del patrimonio, por acción (bombardeos) o por omisión (desidia).

La verdad es totalmente opuesta, y puede resumirse así:

a) Durante la guerra fue incendiada o destruida por otros medios una cantidad ingente de obras de arte, bibliotecas antiguas y valiosísimas, acumuladas durante siglos, edificios de gran valor artístico, archivos, etc. Otros bienes artísticos e históricos fueron saqueados, en especial los que, por su contenido en metales o piedras preciosas, podían ser fácilmente vendidos.

b) La práctica totalidad de esas destrucciones y expolios se dio bajo el Frente Popular, y fue espoleada por la propaganda no sólo de anarquistas (como indica Tusell), sino de comunistas, socialistas y azañistas. Por ejemplo, el periódico de Azaña, Política, alentaba al vandalismo y bendecía a sus autores, como expongo en Los mitos de la guerra civil. Pueden citarse las incitaciones en verso hechas por Alberti, que suele aparecer en libros de historia como uno de los salvadores del patrimonio artístico. Etc.

c) Los bombardeos nacionales sólo causaron pérdidas insignificantes, y aun ellas de modo involuntario, por fallos de puntería normales en tales casos. Y de ninguna manera el traslado de las obras se hizo para librarlas de ataques aéreos, pues empezó antes de que los mismos empezasen. Además, el museo del Prado se convirtió en almacén de tránsito, durante el resto de la guerra, de innumerables obras traídas de otros lugares, prueba del poco temor de las autoridades izquierdistas a los bombardeos. La alusión a éstos fue sólo un pretexto para despistar a la opinión internacional y, de paso, culpar a los franquistas.

d) Hubo un peligro real de bombardeos, pero se debió precisamente a los traslados, sobre todo cuando, como lamenta Azaña, los depósitos fueron colocados al lado de polvorines o parques de artillería, como ocurrió en Figueras y Peralada. Si se salvaron entonces fue simplemente porque el servicio de inteligencia franquista sabía que allí estaban.

e) Siendo así las cosas, como indudablemente así fueron, por mucho que intente ocultarlo Tusell, es lógico que el bando nacional se interesase poco por la destrucción del patrimonio, pues en la zona dominada por él esas destrucciones no existieron, o cesaron tan pronto dejaron de estar bajo el poder de las izquierdas.

El salvamento, por tanto, se hizo contra las depredaciones y destrucciones realizadas por las mismas izquierdas. De una manera turbia y desvirtuada, como siempre, Tusell lo admite, al tiempo que le traiciona el subconsciente: “Tan rápida y devastadora como fue la destrucción lo fue la reacción“, es decir, la reacción “salvadora” de los regeneracionistas republicanos. Pues en efecto, la reacción fue igual de devastadora. La exposición atiende solamente a los tesoros devueltos a España, que lo fueron ante todo porque el modo desastroso como terminó la guerra en Cataluña hizo imposible ocultarlos. Otras muchas colecciones de monedas de oro del museo de Arqueología, documentos antiguos, alhajas de familias humildes depositadas en los montes de piedad, pinturas, esculturas, objetos artísticos religiosos, libros antiguos de gran valor, etc., pasaron bajo control de dirigentes izquierdistas una vez perdida la guerra, para perderse en ventas fraudulentas en el extranjero. El ilustrativo episodio del yate Vita, por cuyos cuantiosos bienes pelearon Negrín y Prieto en Méjico, es conocido, pero otros tesoros desaparecieron para siempre sin posibilidad de recuperación.

Con toda razón escribió Madariaga: “el tan cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se hayan cometido jamás”. Las personas que se ocuparon de salvar los cuadros eran un grupo profesional poco o nada politizado, desinteresado y ansioso de evitar la ruina del patrimonio español, cosa que hizo en lo que pudo. Eso debe ser destacado. Pero, repito, toda la historia se queda en muy poco sin explicar cómo esas personas, aunque de buena fe, fueron utilizadas en una política que, de acuerdo con Madariaga, sólo cabe calificar de criminal.

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LAS OBRAS DEL PRADO EN LA GUERRA

La verdadera causa de un supuesto salvamento

Por Pío Moa

Puesto que, como vimos en otro artículo, son evidentemente falsas las razones aducidas por el gobierno del Frente Popular para explicar su extraño “salvamento” de las obras del museo del Prado, es preciso buscar la explicación  por otro lado.
  Lo primero que debemos tener en cuenta es que los cuadros empezaron a trasladarse el 5 de noviembre de 1936, cuando se aproximaban a Madrid las tropas de Franco, en simultaneidad con otras operaciones de incautación de bienes artísticos menos notorios, y con la incautación de las cajas de seguridad y otros bienes particulares en los bancos. Un mes antes, el 3 de octubre, un decreto del gobierno obligaba a los particulares a entregar al Banco de España todo el oro, las divisas y valores extranjeros que tuvieran, so pena de ser acusados de contrabando y considerados “enemigos del régimen a todos los efectos”. Esta consideración era, en aquellas circunstancias, extremadamente peligrosa para los afectados.
Y el día 6 de noviembre, el director general de Tesoro y futuro ministro de Hacienda, Méndez Aspe, “sujeto morfinómano que  debía de vivir generalmente en una euforia provocada”, según Azaña, ordenó descerrajar las cajas de seguridad de los bancos. Así lo cuenta el comunista José María Rancaño, colaborador entonces de Méndez Aspe, en un informe interno a su partido: “Entre estas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición —decreto o lo que fuera— ordenando la entrega de las alhajas en los bancos. Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad. Y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas”. Rancaño supone que, dado el desorden y falta de seguridad con que se hizo el expolio, muchos géneros habrían “desaparecido”. Muchas joyas fueron fundidas en lingotes de oro y plata, para hacerlas irrecuperables para sus dueños, otras de más valor fueron conservadas.
El supuesto salvamento de las pinturas del Prado formó parte, pues, de una operación mucho más amplia. En opinión de Sánchez Cantón, citado en el artículo anterior, todos estos bienes no tenían otro valor que el de una “suma de efectos cotizables en el mercado” para los gobernantes del Frente Popular —excluidos, desde luego, Azaña y algunos otros, cuyo poder era solo figurativo—. El también citado Álvarez Lopera se muestra escéptico, pero, en definitiva, tiene que aceptar algo muy parecido, a lo que le lleva su propia investigación. Por un decreto reservado de 9 de abril de 1938, la autoridad sobre todos los bienes así requisados, incluidas las pinturas del Prado y otras muchas obras bien conocidas, pasó del Ministerio de Instrucción Pública… ¡al de Hacienda! El propio Álvarez se ve obligado a observar: “la medida quedó en la penumbra, dado el desprestigio que podría acarrear a la República y la dificultad de justificación cara al exterior”. El cambio coincidió, y seguramente no fue una casualidad, con el paso del Ministerio de Instrucción Pública  al anarquista Segundo Blanco, a quien, evidentemente el gobierno pro comunista de Negrín no pensaba dejar al cargo de tales tesoros. Hasta entonces dicho Ministerio había estado en manos del comunista Jesús Hernández. También eran comunistas Renal, María Teresa León, Wenceslao Roces y otros muchos responsables del salvamento.
En una última objeción, Álvarez Lopera alega que, de todas formas, el tesoro no se vendió. Esto es cierto por lo que respecta a las obras del Prado y otras, pero no a innumerables alhajas, libros antiguos y obras de arte menos conocidas. Por poner un ejemplo, el 6 de noviembre famoso se presentó Wenceslao Roces, al mando de un grupo de milicianos armados, en el Museo Arqueológico Nacional para llevarse de él todas las monedas de oro. Varios funcionarios consiguieron ocultar, con grave riesgo personal, algunas piezas valiosas, pero desaparecieron 2.796 monedas, griegas, romanas, bizantinas, visigóticas, árabes, etc. Se sabe que las visigóticas fueron compradas por el gobierno mejicano al de la “república española” en el exilio, y parte de las árabes acabaron en la Hispanic Society. De las demás nada se sabe, y es posible que muchas fueran fundidas, para evitar su reconocimiento. Otro ejemplo: de la biblioteca del palacio de Zabálburu, en Madrid, donde se instaló la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y personalmente Alberti y su mujer, desaparecieron unos 70 libros antiguos de gran valor, un códice del siglo XI, 22 incunables, etc. que seguramente encontraron su camino en el mercado opaco internacional de obras de arte. Por no hablar del tesoro del Vita y otros mucho menos célebres.
Negrín escribía a poco de terminada la guerra: “Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos”. Esa previsión y diligencia había consistido en los decretos que obligaban a los particulares a depositar sus pertenencias valiosas en los bancos y al expolio, luego, de los mismos. No lograron Negrín y Méndez Aspe todo lo que apetecían: Tras el desastre de Cataluña, presionaron a Azaña para que les firmase un decreto “enajenando los bienes muebles e inmuebles del Estado español en el extranjero a una sociedad anónima”. Azaña rehusó, explica Rivas Cherif, porque “le repugnaba profundamente el aparecer a última hora como salteador de los bienes de la Nación”. Pero, en conjunto, la ganancia fue alta, y Negrín pudo jactarse de que “nunca se ha visto que un Gobierno o su residuo, después de una derrota, facilite a sus partidarios, como lo hacemos, medios y ayuda que ningún Estado otorga a sus ciudadanos después de una victoria”. Si estas palabras no estuvieran escritas por el mismo Negrín, en su célebre polémica con Prieto, costaría mucho trabajo darles crédito.
Sin embargo las obras del Prado y otras muy conocidas no fueron vendidas. Evidentemente, el ser demasiado conocidas hacía muy difícil negociar con ellas. También lo era con otras muchas, y por eso, indica también Negrín, la previsión se extendió a “asegurar   (los bienes) en países o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudieran ser puestos en peligroso litigio”. Pues, en efecto, los tesoros expoliados en Vizcaya y Santander fueron embarcados desde esta ciudad con rumbo al norte, probablemente a la URSS, pero, al arribar el barco al puerto holandés de Flesinga, fueron confiscados por las autoridades, y los dueños de los objetos pudieron recuperarlos. Sólo había dos países realmente “seguros” para tales operaciones: Méjico y la URSS. El primero era un régimen dictatorial de hecho y extremadamente corrupto, y a él fue, por ejemplo, el tesoro del Vita. Pero ni aun allí podían ir obras como las del Prado, recuperadas finalmente para el patrimonio artístico español.
Mi hipótesis es ésta: su destino era la URSS, como respaldo de los préstamos que, en el último momento, concedió Stalin al Frente Popular. Como es bien sabido, Stalin rehusó conceder préstamos a sus aliados españoles sobre el oro trasladado a Rusia, y afirmó que, para mediados de 1938, el oro estaba consumido. Pero hacia finales de ese año, cuando la guerra estaba inexorablemente perdida para el Frente Popular y, por lo tanto, no había esperanzas de que el préstamo le fuera reembolsado, el dictador soviético envía a España armas por más de cien millones de dólares. Esto no tiene el menor sentido… a menos que la garantía fuera aquel fabuloso tesoro artístico. El Kremlin, por cierto, tenía larga experiencia en la conversión de obras invalorables del Hermitage y otros museos, en divisas para, en definitiva, sostener su poder. Desde luego, no existen hoy pruebas de que así haya ocurrido, pero me parece la hipótesis más razonable. Por algo los tesoros artísticos habían pasado bajo la autoridad del Ministerio de Hacienda, el encargado, precisamente de tales negocios.
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Sobre la crisis económica: contextos / Una loa a la muerte.

***(Nota para los lectores: voy a ver si consigo poner el blog los lunes, miércoles y viernes, alternando los temas que ya vengo tratando)

Blog I: El oro de América / Luisa/ Hedonismo y suicidio http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Puesto que los economistas profesionales no lograron prever la actual  crisis (habrá alguna excepción) y discrepan a menudo drásticamente sobre sus causas y el modo de superarla, creo que los legos quedamos autorizados a hacer algún intento de razonar al respecto, siempre con el natural riesgo de equivocarnos. La vida es, en general, un riesgo, o bien abunda en ellos.

Las crisis, más o menos intensas, pueden describirse como fenómenos recurrentes de empobrecimiento rápido de la sociedad. Las hay menores, oscilaciones pasajeras atribuibles tal vez a cambios de preferencias en los mercados, y otras más profundas, que suelen prolongarse en una depresión y son menos frecuentes.  Dada la aceleración económica impulsada por el sistema comúnmente llamado capitalismo, las crisis ocurren bastante a menudo y se habla de ciclos, aunque no está claro que sigan unas pautas temporales determinables.  También se ha supuesto en varias ocasiones que la ciencia económica había dado con la clave de la cuestión, haciendo posible un crecimiento estable e indefinido, sin más que altibajos parciales y menores. Así solía creerse, por ejemplo, en los años 60,  dando por hecho que las recetas keynesianas funcionarían por tiempo ilimitado, hasta que llegó la dura crisis de 1973. Más recientemente, los expertos y los políticos aseguraron que la adopción del euro por varios países de la UE garantizaba dicho crecimiento estable… lo cual resultó solo el prólogo de la crisis actual, que parece la más profunda desde la de 1929 y no ofrece perspectivas claras de salida en bastante tiempo.

No obstante, debe observarse que hasta ahora ninguna receta económica ha tenido valor permanente, y que  la que podríamos llamar era del keynesianismo, entre 1945 y 1973,  fue también la de más largo y sostenido auge material que  hayan disfrutado los países occidentales y Japón en su historia. Procede recordarlo, porque la crítica antikeynesiana radical sugiere que el keynesianismo sería inviable o solo podría traer  fatales desajustes en la economía y que la depresión del 73 se produjo por factores aparentemente exógenos: el  aumento desproporcionado del precio del petróleo. Claro que el problema es más complejo que esta precisión, pero quiero decir que al menos relativiza la crítica.

Estas crisis suelen provocar, además, agitación social y  revueltas, aunque no es cierto que las revoluciones vengan causadas por depresiones económicas. Las revueltas se producen por muchas causas y generalmente se agotan en sí mismas; así, las grandes revueltas de los años 60 en Europa occidental y Usa ocurrieron en una época de prosperidad material sin precedentes. En cuanto a las revoluciones, parten de nuevas y supuestamente liberadoras concepciones de la sociedad, la política o la religión, y su triunfo puede ser facilitado por una economía vacilante, pero no siempre. Cabe citar el ejemplo clásico de la Revolución francesa que, si bien fue facilitada por  algunos problemas financieros, se produjo en el país probablemente más rico y mejor organizado de Europa. Lo mismo ocurrió con la revolución o revoluciones protestantes, no coincidentes con depresiones económicas. Como tampoco la Revolución useña. Ni la rusa de 1905, en una época en que Rusia crecía más aprisa que la mayoría de los demás países; o la soviética del 17, favorecida muy directamente por la guerra, y que no habría triunfado sin la visión de Lenin.  Una vez más, encontramos que la economía no lo es todo. Las mismas ideas  marxistas, con su hincapié hacen en la economía como clave del desarrollo histórico y que tanto esperaban de las crisis capitalistas, no surgieron de ninguna penuria material, sino de una inquietud  sobre la sociedad humana y su evolución.

Debe subrayarse además que, si bien las crisis generan una espiral de empobrecimiento, por cuanto las mermas en el consumo y la producción se alimentan recíprocamente, esa espiral no ha superado ciertos límites desde que funciona el actual sistema económico, y ha sido sucedida por una etapa nueva de prosperidad mayor que la anterior. A su vez, las crisis van precedidas por períodos de auge. Conviene recordar estas obviedades frente a las explicaciones conspiranoicas, según las cuales las depresiones son inducidas deliberadamente por cerebros oscuros a fin de alcanzar diversos objetivos políticos o financieros mediante la ruina intencionada de la gente. En tal caso, esas mentes malévolas y casi omnipotentes serían responsables también de los períodos de crecimiento previos y sucesivos a las crisis. Sin descartar intrigas y planes políticos a corto y largo plazo, siempre presentes, suena más razonable creer que todo tipo de mentes e intereses, en general poco omnipotentes,  juegan y tratan de adaptarse, con mayor o menor fortuna, tanto durante las etapas de vacas gordas como de vacas flacas. La ciencia económica dista aún de explicar a fondo los acontecimientos, no digamos de preverlos.

La paradoja es que, cuando llega la crisis,  la capacidad productiva y de consumo de la sociedad siguen siendo las mismas que en los momentos de prosperidad. (Seguiremos dando vueltas a estas cosas)

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UNA LOA A LA MUERTE

No sólo Millán Astray dio, según parece, un viva a la muerte. También la alaba, por ejemplo, Tarrida del Mármol, destacado ácrata implicado en el terrorismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Tarrida encontró a la muerte un valor, por así decir, revolucionario: “Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico (…) igualando bajo su rudo golpe a nobles y a plebeyos, a parias y a magnates”.

Y encontraba otra buena razón de alabanza: “Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas, sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión, que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? (…) La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea la muerte!”

Un tercer argumento: la muerte no sólo da fin a nuestros sufrimientos, sino que “preside las transformaciones incesantes de la materia, hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos, ella es el instrumento de la selección natural, fuente de todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del rudo combate cuando ya ansiamos (…) un reposo relativo”.

Pero en cuanto a consuelo, el de la igualación del magnate y del paria es nulo. Al revés, lleva a un summum insoportable la desesperanza del paria.  Este, finados sus días irreversiblemente,  habrá sufrido su vida miserable sin alternativa posible, mientras que el magnate habrá gozado de la suya, desde el enfoque materialista de Tarrida. El desconsuelo para el paria es absoluto, pero al magnate, ¡que le quiten lo bailao! La desesperación bien podría convertir al paria en instrumento de muerte: ¿pierde algo con suicidarse o con segar otras muchas vidas mediante una bomba?

Cabe objetar que, aunque Tarrida esté harto de su yo, a otros, incluso “parias”, la destrucción del yo les angustia. Y que, aunque él desee el descanso eterno, la mayoría de la gente prefiere soportar todo el tiempo posible la dosis habitual de pesares y cansancio. Bien, pero ¿merece respeto una gente guiada por la irracionalidad y el instinto, incapaz de compartir ideas elementales como las que la razón dicta a Tarrida? ¿Merece mucho desvelo la vida de tales cobardes animalescos?

La loa de Tarrida descansa, en definitiva, sobre el carácter de la muerte como instrumento de progreso. Pero con ello se hunde por otra vía en las, para él, tinieblas de la religión y el misticismo. ¿Qué puede importarle a su yo, destinado a total desintegración, el progreso de posteriores generaciones? ¿Debería él aumentar sus pesares luchando y sacrificándose por ellas? ¿Puede haber un incentivo en la esperanza de ser recordado como un héroe? Vanidad ridícula, que no puede compensar ni en un átomo la vida de trabajos y miserias realmente pasada. Además, incluso ese consuelo vanidoso exige una fe: la de que la posteridad le vea como un héroe y no como un loco, un imbécil o un malvado.

La muerte, por otra parte, no sólo iguala al rico y al pobre: aun más desesperante resulta que iguale al bueno y al malo, por ejemplo al buen anarquista y al malvado burgués. El ácrata se justifica en la lucha por la justicia, o lo que él toma por tal, pero desde su materialismo, esa justicia se desvanece, y su opción moral queda en nada. El único sentido de la acción anarquista, al final, consiste en una reacción resentida y desesperada por el hecho de no ser él magnate en vez de paria, de no poder dedicar su tiempo a disfrutar de los únicos bienes y la única vida posibles.

La muerte se mantiene ante nosotros como una esfinge tan indiferente a las loas como a las maldiciones, unas y otras por igual insignificantes. Pero la actitud adoptada hacia ella tiene efectos prácticos, al parecer. Por ejemplo, de encomiarla al modo como lo hace Tarrida, a convertirse en instrumento de ella contra sí mismo o contra otros, sólo hay un paso muy fácil.

 

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