Blog I. Recuperar Gibraltar: un problema más grave de lo que parece / Por qué la izquierda ganó la Universidad en el franquismo / Entrevista sobre Sonaron gritos…http://www.intereconomia.com/blog/recuperar-gibraltar-izquierda-gano-universidad-entrevista-20130107
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Vendeano. Ayer por la noche estuve viendo parte de un reportaje en La2 acerca de la odisea de las obras del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Aquello era para vomitar, los héroes eran los que se llevaron las obras con la excusa de los bombardeos, sometiéndolas a infinitamente más azares y visicitudes. Este engendro propagandista ni siquiera intentaba mantener las formas “objetivas”. Mezclaban imágenes reales de refugiados de nuestra guerra con imágenes de ataques de Stukas y Heinkel de la posterior invasión de Polonia, hacían dramatizaciones con actores y en blanco y negro de los heroicos funcionarios en los pasillos de la Sociedad de Naciones, atareados en improvisadas oficinas, “salvando” el patrimonio… ¡expropiándoselo al pueblo español, oiga! Y, al final, toda la culpa que pudiera haber… era de Franco: ironizaban con un titular de ABC en el que se alababan sus gestiones para traerlo de nuevo a España, como si fuese él el culpable de habérselo jugado por las carreteras y los azares de una guerra y haberlo sacado de territorio nacional. Un detalle que no conocía es que, ya de vuelta de Suiza a los dos dias de empezar la SGM tras la exposición que se montó allí, quiso la suerte que, el tren ya en camino, un ferroviario suizo se diese cuenta de que las cajas más altas ¡no pasarían por los próximos túneles! Vamos, que por poco perdemos Las Meninas y un centenar de obras más. El tonillo marisabidillo y pestilente (decir parcial es poco) del narrador era lo peor, pero por lo menos te prevenía al instante de lo asquerosa bazofia intelectual, histórica y estética que era aquello.
***Efectivamente, se trata de uno de los episodios más siniestros de la siniestra panda de desalmados del Frente Popular, tan bien caracterizada por Azaña en sus momentos de lucidez y a la que describen Marañón o Besteiro. Y el desvergonzado himalaya de mentiras prosigue impunemente, a un nivel que es francamente delictivo, porque lo hacen con dinero público y a sabiendas de que lo que cuentan es totalmente falso. Y esto, con el PP, cosa que a mí no me extraña, pero a muchos sigue extrañándoles. Es para vomitar, efectivamente, el nivel de degradación de los periosdistas y los medios, con escasas excepciones. En Los mitos de la Guerra Civil traté el caso con cierta extensión, así como en varios artículos sueltos publicados hace años en LD, de los que aquí reproduzco tres. Por entonces Aznar dijo que uno de los libros que se llevaba para leer en el verano era Los mitos … De inmediato, la izquierda se le echó encima “acusándole” de tener la obra “como libro de cabecera”. Si esta derecha de señoritos macacos tuviera un mínimo sentido de la decencia, habría replicado pasando por las narices a la izquierda, una y otra vez, el libro y otros informes, hasta hacer callar a los bergantes. Lo que hizo fue lo contrario. Y así el país ha ido degradándose hasta desembocar en la crisis actual que no es solo económica sino más aún moral y política.
HISTORIAS DE GUERRA
El salvamento de las obras del Prado
Por Pío Moa
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Durante la guerra, las obras del Museo del Prado y de otros muchos museos y colecciones particulares fueron trasladadas por las autoridades del Frente Popular a Valencia, en larga y arriesgada peregrinación, y de allí a Cataluña, donde quedaron almacenadas para ser luego sacadas a Francia en condiciones tales que llevaron a Azaña al borde de la desesperación. |
No obstante, el “salvamento” de ese tesoro artístico aparece en muchos libros de historia como una gloria auténtica del Frente Popular. A través de José Renau, y por otras vías, las autoridades izquierdistas justificaron tal salvamento arguyendo que los bombardeos enemigos sobre Madrid “ponían en gravísimo peligro el patrimonio artístico español”, pues, como aseguraba Osorio y Gallardo, “ese y otros tesoros son bombardeados con predilección por los aviones fascistas”; además, el frío invierno de 1936 empeoró hasta límites peligrosos las condiciones ambientales de los museos; y, por fin, en Madrid no había sitio adecuado para preservar las obras de arte.
Las dos primeras razones se contradicen, pues si había tal peligro de bombardeo, las condiciones ambientales carecían de importancia, y si el peligro real eran éstas, entonces el del bombardeo debía ser escaso. Además, la segunda es obviamente falsa. En su larga existencia, los museos habían conocido inviernos sin duda más duros.
También es falsa la tercera razón. Según Sánchez Cantón, subdirector del museo del Prado por entonces, los sótanos del museo ofrecían refugio suficiente. Además estaba la cámara acorazada del Banco de España. Las autoridades izquierdistas afirmaron haber guardado allí unos cuadros, cuyo deterioro por la humedad les disuadió de utilizarla. Pero aquellas pinturas no estuvieron en la cámara, sino en otras dependencias del Banco, y Madariaga es tajante al respecto: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía, quizá entonces, precisamente la mejor cámara subterránea del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna, a treinta metros de profundidad bajo el Banco de España. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.
Queda el riesgo de bombardeos. El investigador Álvarez Lopera explica en una monografía sobre el tema: “¿Fueron atacados el Prado y el edificio de la Biblioteca Nacional directa y deliberadamente o cayeron bombas sobre ellos por error? Quizá el escaso número de bombas caídas sobre ambos, y consecuentemente la poca entidad de los daños, haya sembrado el escepticismo ante las afirmaciones republicanas. Pero recuérdese el tipo de estrategia empleada en esos momentos sobre el cielo de Madrid. Era el terror. Se atacaban preferentemente hospitales, asilos, los barrios más poblados. Se pretendía, dice Thomas, ver la reacción de una población civil ante un intento cuidadosamente planeado de prender fuego a la ciudad, barrio por barrio ¿En virtud de qué principios éticos o culturales se puede entonces esperar que los aviones nazis y fascistas hicieran una excepción con las pinturas y con las estatuas?” Y acompaña cifras: “Sólo los bombardeos nocturnos de los días 8 y 9 (de noviembre del 36) produjeron 350 víctimas. Ahora se hicieron diarios. El 16, una incursión que costó 250 muertos y 600 heridos iniciaba la matanza metódica de la población civil. Fue, dice Delaprée, un trabajo bien hecho, una siembra copiosa y cuidadosamente dosificada por todos los barrios del centro. Ese mismo día comenzaba el martirio de los monumentos y museos”.
Afortunadamente se conserva en el Archivo Histórico Militar la estadística confeccionada por los responsables izquierdistas, no destinada a la propaganda, según la cual en todo el mes de noviembre los muertos por bombardeos en Madrid fueron 312, y las casas dañadas 486. Nada que ver con los impresionismos propagandísticos citados. Hubo, en efecto, un ensayo de “bombardeo de desmoralización”, pero de escasa envergadura, como indican los datos. Ello aparte, la aviación soviética se mostró por entonces superior técnicamente a la enemiga, impidiendo a ésta el necesario dominio del aire. Sin olvidar que ese tipo de ataques a la población civil los habían iniciado los llamados “republicanos”.
En ese contexto salta a la vista que las escasas bombas caídas sobre edificios culturales, y contra lo que pretendía Osorio, obedecieron a errores de puntería. La excepción fue el palacio de Liria, bombardeado probablemente por creer que albergaba algún organismo político o militar izquierdista. Decenas de palacios y edificios históricos y culturales habían sido incautados por los partidos y sindicatos para sede de sus actividades.
Está perfectamente claro que la causa de la evacuación del tesoro artístico no estuvo en el peligro de bombardeos, como corrobora otro hecho decisivo: el propio museo del Prado siguió sirviendo, durante la guerra, de almacén de objetos artísticos requisados, hasta el número de 20.000, como reconoce Álvarez Lopera, muchos de los cuales siguieron siendo trasladados desde allí a Valencia. ¿Cuál fue, pues, la verdadera razón?
Eso merece un estudio aparte.
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UNA MANIPULACIÓN DE TUSELL
Por Pío Moa
La exposición “Arte protegido”, del Museo del Prado, sobre el salvamento de obras de arte durante la guerra no es, desde luego, una patraña sistemática, como la montada por los chicos de Alfonso Guerra en torno al exilio, pero dista de informar con claridad al público sobre los avatares del patrimonio artístico español durante la guerra civil. Quizá sea inevitable, dada la situación actual, aunque no deja de ser un avance. De todos modos, el visitante no se hará una idea muy clara del asunto, a excepción del aspecto meramente técnico del salvamento.
Pero es Javier Tusell –el historiador profesional y “científico”, amigo de la censura y de una concepción adoctrinante (es decir, totalitaria) de la historiografía–, quien, en el prólogo al catálogo, da la nota política de la exposición. Que es lo fundamental, pues el salvamento de las obras de arte no fue ante todo una operación técnica, llevada bastante bien por la Junta del Tesoro Artístico “republicana”, sino política.
Tusell, después de libros como el mío sobre los mitos de la guerra, no puede hablar con la desenvoltura de antaño sobre las maravillas del espíritu republicano, pero no obstante se las arregla para colar trolas del tamaño del propio museo del Prado. Intenta transmitir la tesis de que “fue el espíritu regeneracionista de la República el que salvó el patrimonio”, mientras, por el contrario, “a los sublevados” les interesó, ante todo, ganar la guerra, y por tanto la protección del patrimonio tuvo para ellos importancia muy reducida. Naturalmente, ganar la guerra les interesó tanto a los sublevados como a las izquierdas, pero el lector desprevenido es inducido a creer que fueron los franquistas los principales destructores del patrimonio, por acción (bombardeos) o por omisión (desidia).
La verdad es totalmente opuesta, y puede resumirse así:
a) Durante la guerra fue incendiada o destruida por otros medios una cantidad ingente de obras de arte, bibliotecas antiguas y valiosísimas, acumuladas durante siglos, edificios de gran valor artístico, archivos, etc. Otros bienes artísticos e históricos fueron saqueados, en especial los que, por su contenido en metales o piedras preciosas, podían ser fácilmente vendidos.
b) La práctica totalidad de esas destrucciones y expolios se dio bajo el Frente Popular, y fue espoleada por la propaganda no sólo de anarquistas (como indica Tusell), sino de comunistas, socialistas y azañistas. Por ejemplo, el periódico de Azaña, Política, alentaba al vandalismo y bendecía a sus autores, como expongo en Los mitos de la guerra civil. Pueden citarse las incitaciones en verso hechas por Alberti, que suele aparecer en libros de historia como uno de los salvadores del patrimonio artístico. Etc.
c) Los bombardeos nacionales sólo causaron pérdidas insignificantes, y aun ellas de modo involuntario, por fallos de puntería normales en tales casos. Y de ninguna manera el traslado de las obras se hizo para librarlas de ataques aéreos, pues empezó antes de que los mismos empezasen. Además, el museo del Prado se convirtió en almacén de tránsito, durante el resto de la guerra, de innumerables obras traídas de otros lugares, prueba del poco temor de las autoridades izquierdistas a los bombardeos. La alusión a éstos fue sólo un pretexto para despistar a la opinión internacional y, de paso, culpar a los franquistas.
d) Hubo un peligro real de bombardeos, pero se debió precisamente a los traslados, sobre todo cuando, como lamenta Azaña, los depósitos fueron colocados al lado de polvorines o parques de artillería, como ocurrió en Figueras y Peralada. Si se salvaron entonces fue simplemente porque el servicio de inteligencia franquista sabía que allí estaban.
e) Siendo así las cosas, como indudablemente así fueron, por mucho que intente ocultarlo Tusell, es lógico que el bando nacional se interesase poco por la destrucción del patrimonio, pues en la zona dominada por él esas destrucciones no existieron, o cesaron tan pronto dejaron de estar bajo el poder de las izquierdas.
El salvamento, por tanto, se hizo contra las depredaciones y destrucciones realizadas por las mismas izquierdas. De una manera turbia y desvirtuada, como siempre, Tusell lo admite, al tiempo que le traiciona el subconsciente: “Tan rápida y devastadora como fue la destrucción lo fue la reacción“, es decir, la reacción “salvadora” de los regeneracionistas republicanos. Pues en efecto, la reacción fue igual de devastadora. La exposición atiende solamente a los tesoros devueltos a España, que lo fueron ante todo porque el modo desastroso como terminó la guerra en Cataluña hizo imposible ocultarlos. Otras muchas colecciones de monedas de oro del museo de Arqueología, documentos antiguos, alhajas de familias humildes depositadas en los montes de piedad, pinturas, esculturas, objetos artísticos religiosos, libros antiguos de gran valor, etc., pasaron bajo control de dirigentes izquierdistas una vez perdida la guerra, para perderse en ventas fraudulentas en el extranjero. El ilustrativo episodio del yate Vita, por cuyos cuantiosos bienes pelearon Negrín y Prieto en Méjico, es conocido, pero otros tesoros desaparecieron para siempre sin posibilidad de recuperación.
Con toda razón escribió Madariaga: “el tan cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se hayan cometido jamás”. Las personas que se ocuparon de salvar los cuadros eran un grupo profesional poco o nada politizado, desinteresado y ansioso de evitar la ruina del patrimonio español, cosa que hizo en lo que pudo. Eso debe ser destacado. Pero, repito, toda la historia se queda en muy poco sin explicar cómo esas personas, aunque de buena fe, fueron utilizadas en una política que, de acuerdo con Madariaga, sólo cabe calificar de criminal.
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LAS OBRAS DEL PRADO EN LA GUERRA
La verdadera causa de un supuesto salvamento
Por Pío Moa
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Puesto que, como vimos en otro artículo, son evidentemente falsas las razones aducidas por el gobierno del Frente Popular para explicar su extraño “salvamento” de las obras del museo del Prado, es preciso buscar la explicación por otro lado.
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Lo primero que debemos tener en cuenta es que los cuadros empezaron a trasladarse el 5 de noviembre de 1936, cuando se aproximaban a Madrid las tropas de Franco, en simultaneidad con otras operaciones de incautación de bienes artísticos menos notorios, y con la incautación de las cajas de seguridad y otros bienes particulares en los bancos. Un mes antes, el 3 de octubre, un decreto del gobierno obligaba a los particulares a entregar al Banco de España todo el oro, las divisas y valores extranjeros que tuvieran, so pena de ser acusados de contrabando y considerados “enemigos del régimen a todos los efectos”. Esta consideración era, en aquellas circunstancias, extremadamente peligrosa para los afectados.
Y el día 6 de noviembre, el director general de Tesoro y futuro ministro de Hacienda, Méndez Aspe, “sujeto morfinómano que debía de vivir generalmente en una euforia provocada”, según Azaña, ordenó descerrajar las cajas de seguridad de los bancos. Así lo cuenta el comunista José María Rancaño, colaborador entonces de Méndez Aspe, en un informe interno a su partido: “Entre estas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición —decreto o lo que fuera— ordenando la entrega de las alhajas en los bancos. Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad. Y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas”. Rancaño supone que, dado el desorden y falta de seguridad con que se hizo el expolio, muchos géneros habrían “desaparecido”. Muchas joyas fueron fundidas en lingotes de oro y plata, para hacerlas irrecuperables para sus dueños, otras de más valor fueron conservadas.
El supuesto salvamento de las pinturas del Prado formó parte, pues, de una operación mucho más amplia. En opinión de Sánchez Cantón, citado en el artículo anterior, todos estos bienes no tenían otro valor que el de una “suma de efectos cotizables en el mercado” para los gobernantes del Frente Popular —excluidos, desde luego, Azaña y algunos otros, cuyo poder era solo figurativo—. El también citado Álvarez Lopera se muestra escéptico, pero, en definitiva, tiene que aceptar algo muy parecido, a lo que le lleva su propia investigación. Por un decreto reservado de 9 de abril de 1938, la autoridad sobre todos los bienes así requisados, incluidas las pinturas del Prado y otras muchas obras bien conocidas, pasó del Ministerio de Instrucción Pública… ¡al de Hacienda! El propio Álvarez se ve obligado a observar: “la medida quedó en la penumbra, dado el desprestigio que podría acarrear a la República y la dificultad de justificación cara al exterior”. El cambio coincidió, y seguramente no fue una casualidad, con el paso del Ministerio de Instrucción Pública al anarquista Segundo Blanco, a quien, evidentemente el gobierno pro comunista de Negrín no pensaba dejar al cargo de tales tesoros. Hasta entonces dicho Ministerio había estado en manos del comunista Jesús Hernández. También eran comunistas Renal, María Teresa León, Wenceslao Roces y otros muchos responsables del salvamento.
En una última objeción, Álvarez Lopera alega que, de todas formas, el tesoro no se vendió. Esto es cierto por lo que respecta a las obras del Prado y otras, pero no a innumerables alhajas, libros antiguos y obras de arte menos conocidas. Por poner un ejemplo, el 6 de noviembre famoso se presentó Wenceslao Roces, al mando de un grupo de milicianos armados, en el Museo Arqueológico Nacional para llevarse de él todas las monedas de oro. Varios funcionarios consiguieron ocultar, con grave riesgo personal, algunas piezas valiosas, pero desaparecieron 2.796 monedas, griegas, romanas, bizantinas, visigóticas, árabes, etc. Se sabe que las visigóticas fueron compradas por el gobierno mejicano al de la “república española” en el exilio, y parte de las árabes acabaron en la Hispanic Society. De las demás nada se sabe, y es posible que muchas fueran fundidas, para evitar su reconocimiento. Otro ejemplo: de la biblioteca del palacio de Zabálburu, en Madrid, donde se instaló la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y personalmente Alberti y su mujer, desaparecieron unos 70 libros antiguos de gran valor, un códice del siglo XI, 22 incunables, etc. que seguramente encontraron su camino en el mercado opaco internacional de obras de arte. Por no hablar del tesoro del Vita y otros mucho menos célebres.
Negrín escribía a poco de terminada la guerra: “Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos”. Esa previsión y diligencia había consistido en los decretos que obligaban a los particulares a depositar sus pertenencias valiosas en los bancos y al expolio, luego, de los mismos. No lograron Negrín y Méndez Aspe todo lo que apetecían: Tras el desastre de Cataluña, presionaron a Azaña para que les firmase un decreto “enajenando los bienes muebles e inmuebles del Estado español en el extranjero a una sociedad anónima”. Azaña rehusó, explica Rivas Cherif, porque “le repugnaba profundamente el aparecer a última hora como salteador de los bienes de la Nación”. Pero, en conjunto, la ganancia fue alta, y Negrín pudo jactarse de que “nunca se ha visto que un Gobierno o su residuo, después de una derrota, facilite a sus partidarios, como lo hacemos, medios y ayuda que ningún Estado otorga a sus ciudadanos después de una victoria”. Si estas palabras no estuvieran escritas por el mismo Negrín, en su célebre polémica con Prieto, costaría mucho trabajo darles crédito.
Sin embargo las obras del Prado y otras muy conocidas no fueron vendidas. Evidentemente, el ser demasiado conocidas hacía muy difícil negociar con ellas. También lo era con otras muchas, y por eso, indica también Negrín, la previsión se extendió a “asegurar (los bienes) en países o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudieran ser puestos en peligroso litigio”. Pues, en efecto, los tesoros expoliados en Vizcaya y Santander fueron embarcados desde esta ciudad con rumbo al norte, probablemente a la URSS, pero, al arribar el barco al puerto holandés de Flesinga, fueron confiscados por las autoridades, y los dueños de los objetos pudieron recuperarlos. Sólo había dos países realmente “seguros” para tales operaciones: Méjico y la URSS. El primero era un régimen dictatorial de hecho y extremadamente corrupto, y a él fue, por ejemplo, el tesoro del Vita. Pero ni aun allí podían ir obras como las del Prado, recuperadas finalmente para el patrimonio artístico español.
Mi hipótesis es ésta: su destino era la URSS, como respaldo de los préstamos que, en el último momento, concedió Stalin al Frente Popular. Como es bien sabido, Stalin rehusó conceder préstamos a sus aliados españoles sobre el oro trasladado a Rusia, y afirmó que, para mediados de 1938, el oro estaba consumido. Pero hacia finales de ese año, cuando la guerra estaba inexorablemente perdida para el Frente Popular y, por lo tanto, no había esperanzas de que el préstamo le fuera reembolsado, el dictador soviético envía a España armas por más de cien millones de dólares. Esto no tiene el menor sentido… a menos que la garantía fuera aquel fabuloso tesoro artístico. El Kremlin, por cierto, tenía larga experiencia en la conversión de obras invalorables del Hermitage y otros museos, en divisas para, en definitiva, sostener su poder. Desde luego, no existen hoy pruebas de que así haya ocurrido, pero me parece la hipótesis más razonable. Por algo los tesoros artísticos habían pasado bajo la autoridad del Ministerio de Hacienda, el encargado, precisamente de tales negocios.