El yo y la vida humana. Abyección ante el totalitarismo.

Blog I: Años de hierro y años de tocino / Tarde de otoño / Una vieja foto: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La interesante discusión en el blog  sobre el artículo de los tres niveles, se centró en el problema de la evolución, aunque este era solo derivado. Y no fue muy acertado por mi parte hablar de tres niveles  de la vida humana, pues más bien se trataba de la condición humana o de la psique humana, o algo así. La vida humana es otra cosa, se manifiesta en dos vertientes: la vida de cada persona en particular, o biografía,  y la conjunta de las diversas sociedades y naciones, incluso la del total de la humanidad, o historia.

Sobre la primera,  la vida transcurre como un rosario de avatares, accidentes y casualidades, mil  sucesos que solo muy parcialmente responden al designio o voluntad del individuo. Por lo común, el yo se maneja en esos sucesos como el tripulante que intenta llevar una barca a algún sitio, unas veces con el mar en calma, otras con viento favorable y otras con borrascas.  Pero la embarcación le viene dada, no la ha hecho él a su gusto, salvo en muy pequeña medida,  pues se compone de las cualidades físicas, intelectuales y psíquicas, los “dones de los dioses”,  o de los genes, que lo limitan o excluyen de ciertas navegaciones y en cierto grado le impulsan a otras. Y lo mismo pasa con su orientación: con frecuencia, sobre todo en la juventud,  nos hacemos un proyecto ideal de vida que luego la vida misma se encarga de modificar, trastocar o desbaratar por completo: los naufragios vitales no son cosa rara.

A veces suponemos el yo como simple resultado de los “tres niveles” de que hablaba, o meramente de las condiciones y presiones sociales, pero fácilmente vemos que no es así o, mejor dicho, solo lo es hasta cierto punto. Casi nadie está del todo satisfecho  con los dones que ha recibido al nacer, le parecen escasos para sus merecimientos u objetivos, y  el sentimiento más o menos acentuado de frustración está muy difundido. En sus memorias, Lerroux cuenta esta anécdota: En el periódico donde trabajaba de joven había un poeta llamado Luna, jorobado. Un día discutían de la existencia de Dios, y alguien dijo: “Vamos a ver, el poeta señor Luna, ¿qué piensa usted de Dios?” El garabato humano saltó de la silla al suelo, se enderezó tanto como pudo, sacó de debajo de la mesa la navaja cabritera y clavándola con gesto de fiereza sobre el tablero, contestó… soltando redonda blasfemia. El gusano se levantaba iracundo contra el Creador, que había permitido que un alma altiva y ambiciosa se alojase en un cuerpo miserable y ridículo. Creyentes y ateos sintieron cruzado su rostro por el trallazo de la grosería y por el grito de Satanás rebelándose contra la injusticia divina. Por donde el blasfemo resultaba el más poseído de los deístas, confesor de la divinidad a la que injuriaba”.Casi todo el mundo tiene una idea elevada de sí mismo, sea más o menos acertada o equivocada, y lo que menos tolera es el desprecio a su persona. Una persona que se siente menospreciada o tratada con injusticia puede llegar a enfermar psíquicamente o a cometer actos inesperados, crímenes o suicidio.

En cuanto a la presión social solo moldea parcialmente a las personas. La historia muestra la gran frecuencia con que diversos individuos  se rebelan contra su circunstancia social, tanto en un sentido colectivista (tratan de cambiar la sociedad) como personal, rechazando las convenciones o las leyes. Así, el yo resulta hasta cierto punto independiente tanto de los condicionantes sociales como de los condicionantes biológicos, sin que unos y otros sean desdeñables.

Es más, el yo se siente por lo general independiente en alguna medida de su propia vida.  He aquí una frase genial, cuyo autor ignoro, creo que era francés, por lo sutil: “¿Quién no es mejor que su propia biografía?”. O, mejor “¿Quién no se siente superior a su propia biografía?”. La navegación vital incluye numerosos errores, o actos que nos avergüenzan, o humillaciones que nos parecen intolerables y que debemos dejar pasar.  De ahí el gran esfuerzo psíquico por justificar  de mil modos  esos pequeños o grandes  desastres, a fin de mantener la preciosa estimación del yo, sin la cual la vida se hace insoportable.

La necesidad de autoestima puede ser exagerada hasta la estupidez, pero existe siempre. Incluso los esclavos la tenían y a menudo trataban de vengarse de sus amos o de burlarlos, como muestran, por ejemplo, algunas obras de Plauto; o como aquel que en la terribles minas de plata de Laurion dejó escrita su jactancia de ser el mejor en el tajo. Algún autor romano, no recuerdo cual, escribió “tantos enemigos tienes como esclavos” o algo así. Pero, en fin, la cuestión es esta:  puesto que el yo se autoconsidera por encima de los condicionantes sociales y biológicos, ¿de dónde sale  él y su autoestima, sea  razonable o deformada, sin la cual la vida le parece indigna o repugnante?

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La abyección ante  el terrorismo no es solo cosa de España: http://www.periodismosinfronteras.com/el-mito-del-desvio-de-las-farc-del-buen-camino.html

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Una experiencia de la II República / Carta de un militar

Blog I: ¿Cuánto duró la república? / Estilo barroco y estilo llano / Navidad en el Vóljof http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/duro-republica-20121213#comments

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La historia tiende a repetirse. Los separatistas catalanes se colocan al margen de la ley, como Companys en 1934. El gobierno blandeó ante sus provocaciones y el resultado fue el golpe del 6 de octubre el 34. Pero para los politicastros españoles la experiencia no sirve de nada, y así hemos vuelto a las andadas:

1934: los nacionalistas vascos y catalanes contra la República

Como hemos visto en la peligrosa huelga agraria lanzada por el PSOE en junio de 1934, el gobierno Samper, vencedor, había aceptado negociar con los vencidos socialistas y acoger con “simpatía” sus propuestas, según testimonio de la propia UGT. Samper esperaba contagiar su propia moderación a los socialistas, cuyos activos preparativos para la guerra civil ignoraba, aunque había sobrados indicios de ellos.

LD 2004-01-30

Obviamente, no consiguió calmar al PSOE. La izquierda en general veía esas actitudes como claudicaciones y síntomas de debilidad, y acentuaba su agresividad hacia la derecha, tildada incansablemente de “fascista”. El propio Azaña expresa en sus diarios todo el desdén que le inspiraba el conciliador Samper.

Y no había terminado la huelga cuando se abría un nuevo frente, esta vez a cargo de la Generalidad, dominada por los nacionalistas catalanes de izquierda. Éstos, agrupados principalmente en la Esquerra, habían acogido la victoria electoral de las derechas en noviembre del año anterior declarándose “en pie de guerra”, “arma al brazo”, etc. En vano la derecha nacionalista, la Lliga, les había exhortado a no reproducir, con tales actitudes, la historia española del siglo XIX. Pues bien, en ausencia de la Lliga, que se había retirado del Parlament en protesta por las arbitrariedades y violencias de la Esquerra, fue aprobada una ley de contratos de cultivo, en principio moderada, pero que la Lliga encontró inadmisible y contraria a las competencias del estatuto autonómico. Entonces la Lliga demandó al gobierno que recurriese la ley ante el Tribunal de Garantías Constitucionales.

El gobierno, de mala gana, aceptó la petición, y el tribunal sentenció la inconstitucionalidad de la ley. Samper no deseaba conflictos por ese lado, e inmediatamente propuso a Companys unos mínimos y ligeros cambios formales en la ley, y su rápida promulgación para no dar lugar a nuevos recursos. Llevaba las negociaciones con el gobierno el prestigioso abogado Amadeu Hurtado, catalanista moderado, que dice en sus memorias: “El amigo Companys no quiso admitir una sola enmienda”. Al contrario. El president declaraba el 11 de junio, en un mitin: “El fallo (del tribunal) es la culminación de una ofensiva contra Cataluña (…) Obliga a recordar a todos los que no han perdido el recuerdo de que son hijos de esta tierra generosa y altiva a defender su prestigio con la sangre de sus venas. (…) Hemos de fortalecer nuestro espíritu y decirnos cada día, de cara a nuestro deber presente, que puede convertirse en histórico: Yo soy catalán, soy un buen catalán. Y tal vez yo os diga a todos: hermanos, seguidme. Y toda Cataluña se levantará”. Eran palabras de guerra civil, y toda la Esquerra agitaba con verdadera histeria por el honor de… “Cataluña”.

Hurtado señala: “Supe que a la sombra de aquella situación confusa, la ley de Contratos de Cultivo era un simple pretexto para alzar un movimiento insurreccional contra la República, porque desde las elecciones de noviembre anterior no la gobernaba la izquierda”. Y, efectivamente, Companys y los suyos diseñaron una doble maniobra: elevar al máximo la temperatura desde el Parlamento regional, y abandonar las Cortes.

En el Parlament dijo Companys: “Me han llenado de estupor unas declaraciones del señor Samper lanzando la sugerencia de que tal vez, si se modificaban algunos aspectos, (de la ley) podría haber un plano de avenencia que, en este problema, la sola palabra nos cubre de vergüenza”. La ley tendría que mantenerse con puntos y comas. Y añadió: “No somos hombres que nos dejemos llevar por los nervios ni por las exaltaciones clamorosas momentáneas (…) Sabemos adoptar aquel tono ponderativo de táctica y equilibrio, de saber hacer (…) No somos unos insensatos”. Pero previno contra la repetición de ocasiones en que, a su juicio, los catalanes habían sido injuriado y no habían respondido con la violencia necesaria. Si los nacionalistas volviesen a claudicar ahora, “¡Oh, amigos!, si eso sucediese y yo tuviese la desgracia de quedar con vida, me envolvería en mi desprecio y me retiraría a mi casa para ocultar mi vergüenza como hombres y el dolor por haber perdido la fe en los destinos de la Patria”.

Después del final de la aventura, Companys diría al fiscal que le interrogaba que su discurso había sido “muy moderado”. El fiscal comentó: “Primero, ¿qué concepto tendrá el señor Companys de la falta de moderación? Segundo, si el fascismo, según nos dijo ayer, se caracteriza por discursos heroicos, por amenazas de violencia, ¿quién no diría que el señor Companys, cuando pronunciaba este discurso, era fascista? Tercero, con razón se dice que los hombres estamos más dispuestos a matar o a hacer matar que a morir por nuestros ideales”.

Pero eso llegaría meses después. De momento, Companys unió la acción a la palabra, nombrando a Dencàs, separatista radical y violento, conseller de Gobernación. Dencàs explicará más tarde: “Intentábamos organizar unas juventudes armadas, precisamente para traducir en hechos prácticos los clamores de heroísmo y de actitudes rebeldes (…) para implantar y hacer factible aquella revolución que todos los dirigentes en los actos y mítines predicaban a nuestro pueblo. ¿Cuáles eran las directrices que se me dieron cuando ocupé la Consejería de Gobernación? Se me dieron órdenes muy concretas. (…) Era necesario preparar nuestra casa para la resistencia armada”.

Al mismo tiempo la Esquerra se retiró de las Cortes invocando “el prestigio de la República, el respeto y eficiencia de la Constitución y los derechos de Cataluña”. Estaba, precisamente, hundiendo la legalidad republicana al no respetar el fallo de un tribunal equivalente al Constitucional de hoy. En vano la Lliga había protestado de que tal actitud privaba a la Generalidad de todo derecho si en alguna ocasión el gobierno invadía sus competencias.

En las Cortes, un implorante Samper se dirigía a los vacío escaños de la Esquerra: “¿La esencia fundamental de la República no es el respeto profundo a las leyes?” Recordó que al plantearse el recurso de la Lliga , la Esquerra no había alzado la voz, y que un recurso legal no podía considerarlo nadie un agravio. “¿Por qué se retiran? ¿Se han acercado alguna vez al Gobierno en que hayan sido objeto de desatenciones? ¿Es que se puede llegar al rompimiento sin que haya precedido una gestión para el arreglo? ¿Han formulado sus quejas y sus cuitas?”

Pero la cosa no había acabado. Entonces se levantaron a su vez los diputados del PNV y se fueron también. Aguirre dijo “En nuestro pueblo hemos recibido quejas ardientes de Cataluña. Viendo que acuden a nosotros demandando solidaridad, no podemos negársela. No vale que el Gobierno diga que cumple estrictamente la Constitución, porque en la vida de los pueblos y en las relaciones ciudadanas, incluso al margen de la ley, existe algo superior, y es que de corazón a corazón se arreglan muchas veces más conflictos que con la aplicación estricta de las leyes”.

Esta doctrina que sustituía la aplicación de la ley por el compadreo no era menos sorprendente que la pretensión de que la Esquerra y Cataluña eran la misma cosa, o que la propia solidaridad de un partido tan derechista y católico como el PNV con un partido tan jacobino y anticlerical como la Esquerra. Solidaridad, por otra parte, en el ataque a la legalidad, como reconocía implícitamente Aguirre.

Por primera vez se producía esta unidad de acción entre el PNV y una extrema izquierda que estaba preparando una revolución. Alianza que, asombrosamente, muchos historiadores han presentado como prueba de la “democratización” y “modernización” del PNV, empezando por los autores del libro El péndulo patriótico, obra fuertemente contaminada de propaganda peneuvista.

No sólo se solidarizó el PNV con una Esquerra lanzada por caminos de insurrección. También lo hicieron los socialistas, encabezados en ello por Prieto, y los republicanos de Azaña. Esta variopinta alianza requiere un pequeño estudio en otro capítulo.

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Carta de un militar  justamente indignado al ministro de Defensa:

EXCMO. SR.

Don FRANCISCO   ALAMÁN CASTRO, coronel de Infantería retirado, con TMI 10392886    y domicilio en Oviedo, C/ Asturias, 1º, iz, CP 33004, teléfono   985256090, franalaman@movistar.es,   comparece ante VE, y

EXPONE:

Que este año no   ha sido invitado a la celebración de la Patrona de Infantería en el Regimiento   Príncipe, nº 3, como todos los años de mi permanencia en Oviedo.

Intrigado llamó   al cuartel, por si había sido un olvido, le dijeron que sí, que me mandarían   la invitación. A la media hora me llamó un brigada, creo, me comunicó,   absolutamente apurado, no podía ser de otra manera en un militar profesional,   que no estaba invitado, al preguntarle el motivo, me dijo que era una orden   superior que había llegado al cuartel, esa orden supongo que ha salido de su   ministerio, no me cabe en la cabeza que ningún militar profesional, que haya   mandado algo en su vida, la haya dado.

Antes, hasta   hace muy poco, cuando el Ejército era de otra manera, y se llevaba a rajatabla   el verso de Calderón que el primer día aprendíamos los cadetes novatos, le   recuerdo señor ministro:

Este ejército   que ves vajo al yelo y al calor, la república mejor y más política es del   mundo, en que nadie   espere que ser preferido pueda por la nobleza que hereda, sino   por la que él adquiere; porque aquí a la sangre excede el lugar que uno se   hace y sin mirar cómo nace se mira cómo procede. Aquí la necesidad no es   infamia; y si es honrado, pobre y desnudo un soldado tiene mejor cualidad que   el más galán y lucido; porque aquí a lo que sospecho no adorna el vestido el   pecho, que el pecho adorna al vestido. Y así, de modestia llenos,    los más viejos verás tratando de ser lo más y de   aparentar lo menos. Aquí la más principal hazaña es obedecer y el modo cómo ha   de seres ni pedir ni   rehusar. Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad, la   firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la   constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida   son caudal de pobres soldados; que en buena o mala fortuna a milicia no es más   que una religión de hombres honrados. Valencia, 1650.Aquí la más principal hazaña es obedecer

Y, como ve, así   venía siendo desde siempre, y ya hace cierto tiempo lo cantó el   poeta.

Nunca me sentí   tan humillado, se me prohibía la entrada en una unidad, a la que, cuando a su   actual jefe tomaba biberón, yo ya pertenecía (1-4-53).

No soy ex   coronel, soy coronel hasta que muera. Tengo 41 años, 8 meses y 29 días de   servicios, una hoja de servicios brillante, he estado destinado en Tropas   Nómadas, Paracaidistas, Escaladores esquiadores y otras unidades de gran   prestigio, tengo varios cursos importantes, tengo la Gran Cruz a la Constancia   Militar, una medalla de sufrimientos por la Patria, y varias cruces más, soy   mutilado útil en acto de servicio porque he querido, ni una mancha en   mi Hoja de Servicios.

Y alguien se   atreve a negarme la celebración de mi Patrona, nunca pude pasar mayor   vergüenza.

Se imagina   usted, que fue cabo primero en Estella, que su capitán Herrera Altamirano (a)   “El Macho” tan amigo mío, hubiese negado el paso al cuartel el día de la   Patrona a un coronel, ni siquiera a un soldado que quisiese cantar el Himno de   Infantería, a la sombra de su bandera, en honor de la Inmaculada. Yo estuve   destinado de teniente en esa bonita compañía inmediatamente antes que   Herrera.

¿A que   no?

Pues eso se   hace ahora, lo ve el señor Calderón de la Barca y se muere de asco.

¿En que va a   quedar convertido nuestro Ejército, señor ministro?

Posiblemente la   disculpa sea el ahorro. Eso se tiene fácil, en vez de langostinos cada vez más   grandes y Rioja cada vez más caro, se ponen, como antes, cacahuetes y   Valdepeñas, o no se pone nada, el que quiera vino que se vaya al bar de   oficiales y se lo pague. Cuando el Ejército era de otra manera, lo principal   no era el guateque, era el himno cantado entre compañeros.

Por curiosidad   llamé a un concejal amigo esta mañana, le conté muy cabreado lo sucedido, me   dijo que a él le sobraban invitaciones, que no pensaba ir, y que, si yo   quería, me daba para mi hijo y para mí.

No debí   hacerlo, pasé aún más vergüenza que cuando hablé con el azorado   brigada.

SOLICITA:

Una explicación   a quien corresponda.

Oviedo,   5 de diciembre de 2012

 

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Tres niveles en la vida humana

Blog I: La Gran Generación / Canciones superficiales: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Vaya por delante que  esto es solo una burda aproximación y  lo de “niveles”  solo una representación espacial. En la realidad los tres están imbricados estrecha e inseparablemente,  diferenciables solo a efectos teóricos.

Creo que los dos sentimientos más profundos del ser humano son el del yo consciente y el del mundo. Por el primero nos identificamos a nosotros mismos en todos los aspectos, en relación y contraste con los demás, sentimos nuestra individualidad con mayor o menor agudeza y amplitud, y a eso venimos a llamar consciencia.

Sin embargo en nosotros encontramos de entrada algo que rebasa por completo nuestra individualidad consciente. El individuo, su cuerpo para empezar, ha llegado a existir  sin permiso, elección o voluntad del yo. Es como una potencia ajena a nosotros,  cuyo origen tiene un elemento de voluntad personal (cuando lo tiene), en la unión de los padres, pero otro elemento más fundamental que es  el absoluto azar de que un espermatozoide con determinada, pero imprevisible carga genética, se una con un óvulo con su propia carga, y se combinen de  modo asimismo al margen por completo  de nuestra consciencia.  Ello sin contar el azar social de haber nacido en un medio, situación geográfica, familia, época histórica, raza, posibilidades materiales, dotes intelectuales, sexo… todo ello absolutamente al margen de las decisiones, deseos, intenciones o autoconsideración del yo.

Asimismo, nuestro cuerpo está diseñado, por así decir, de modo totalmente independiente de nuestra consciencia y voluntad. Nuestro sistema digestivo, circulatorio, óseo, etc., nuestra evolución corporal con los años,  existen y funcionan  por su cuenta,  sin permiso ni elección nuestros, pero imponiéndonos  fuertes exigencias. No percibimos la digestión que el cuerpo hace por su propia cuenta, ni el movimiento de la sangre, etc. Generalmente, cuando  notamos el funcionamiento del cuerpo es cuando este marcha mal y lo manifiesta en forma de dolor. Pero la falta de alimento provoca una sensación desagradable que nos empuja a una multitud de esfuerzos y  acciones, estos sí conscientes, para saciar “el ávido y funesto vientre, que tantas desdichas trae a los hombres”, según Odiseo.  Lo mismo puede decirse de otros mil actos, como los relacionados con la reproducción o la busca de pareja o el placer sexual, impulsados por una fuerza que nos es ajena y se nos impone. De modo que cuando una persona pretende que “hace lo que quiere con su cuerpo”, quizá sería más apropiado sostener que su cuerpo hace lo que quiere con ella.  Este es el primer nivel, que podríamos llamar animal o inconsciente.

El segundo nivel sería el del yo consciente propiamente dicho. La consciencia nos da una sensación y valoración de nosotros mismos y se expresa en una memoria, una voluntad y un pensamiento, una capacidad de razonamiento y de técnica, cualidades que vienen incluidas en nuestra peculiaridad como seres vivos  y que podemos desarrollar mediante la educación e instrucción, pero que en su esencia nos vienen dados, escapan igualmente a nuestro designio. Es decir, siguen siendo en lo fundamental  ajenos a nuestro yo. Además, utilizamos esas cualidades, al menos en gran medida, para satisfacer las necesidades elementales de nuestra animalidad.  No me parece exagerado concebir  a los animales como un par de sistemas, digestivo y reproductivo, servidos por el resto del cuerpo (sentidos, patas, garras, etc.). En el ser humano cabría entender la razón, la capacidad técnica, etc., como su modo particular de cumplir las exigencias  digestivas y reproductivas comunes a todas las formas de vida. La razón vendría a sustituir las garras, picos, etc., y superar  la mera información de los sentidos y la capacidad física de movimiento. De hecho las interpretaciones materialistas tienden a interpretar al ser humano como un animal con ciertos rasgos particulares, pero destinados a satisfacer las mismas exigencias básicas que  experimenta cualquier otro animal.

Sin ambargo existe  en el hombre otro sentimiento básico casi tan intenso como el del yo, y en ocasiones más: el sentimiento del mundo no solo en lo que tiene de suministrador y obstáculo al mismo tiempo, de  los bienes necesarios para la alimentación y la reproducción,  sino en un sentido mucho más amplio e independiente de  las exigencias biológicas.  La percepción amplia de un mundo y sus movimientos,  tan inmensamente  superiores y quizá indiferentes, o al menos  independientes de nuestra presencia en él, un mundo por un lado acogedor y por otro hostil,  que  permite vivir a los individuos,  aunque con muchos obstáculos, para terminar matándolos, provoca un sentimiento a la vez nebuloso, profundo y muy complejo, de belleza, esperanza y terror, una inquietud fundamental ante lo incomprensible,  lo que se presenta por encima de la capacidad humana de razonamiento y comprensión. El ser humano busca consuelo ante la muerte segura, y un sentido a su vida por encima del esfuerzo por satisfacer las exigencias biológicas que comparte con los animales. Parece bastante claro que en  ese sentimiento encontramos la fuente de la religión, y no solo de ella: también del arte, la literatura o el pensamiento científico. Este sería el tercer nivel, supraconsciente y  origen de la cultura.

Nótese que una interpretación llamada materialista supone la religión como una manifestación de la incapacidad técnica del hombre para dominar la naturaleza; capacidad progresivamente superada en la historia, que llegará a prescindir de la religión. El fondo de esa interpretación, me parece, es la concepción del ser humano como animal que utiliza su consciencia para satisfacer sus ávidos e insaciables deseos materiales. Y creo que es un error radical. No solo aspira a anular la religión sino también junto con ella, las demás manifestaciones superiores de la cultura.

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Tras ser expulsados de su casa los dos hermanos, Paco había conseguido el piso en que estábamos, no pregunté cómo.  Debo decir que nunca he conocido persona tan extraordinaria.  Los dos estudiamos en el mismo colegio religioso hasta los trece años. Entonces la república prohibió la enseñanza a los curas, y sus padres, antes creyentes, evolucionaron hacia la izquierda, el ateísmo, etc. Él había cambiado de colegio y yo había seguido en el mismo, que siguió funcionando un tiempo con los religiosos vestidos de paisano.  Luego él entró en la universidad, a estudiar  Filosofía, y mi padre me ocupó en su taller mecánico. No obstante, seguimos tratándonos. Paco era de estatura media, delgado y atlético, muy bien formado físicamente, de pelo castaño y ojos del mismo color, vivos y penetrantes. Sus facciones, fuertes y viriles, le hacían aparentar más edad de la que tenía,  y aunque no podía llamársele guapo, atraía a las mujeres.  He conocido a otros con rasgos similares, a quienes sus propias ventajas los llevaban a oficios poco dignos. Y Paco, más precoz que nadie en clase, frecuentaba burdeles  desde los quince años, había sido amante de una mujer casada  y a los diecisiete se había hecho el chulo, si así  puede decirse, de una prostituta tres o cuatro años mayor que él. Sin tener la psicología del chulo.

   Siendo muy distintos, nuestra amistad descansaba en la común afición a teorías y filosofías, muy inusual a nuestra edad.  Él me prestaba libros de sus padres, ya que los míos no tenían intereses intelectuales. Discutíamos sin fin de lo divino y lo humano, aun si nuestra comprensión de lo leído rayaba  a menudo en lo pintoresco. A veces yo debía detenerme en nuestras especulaciones, pues me parecía perder pie en la realidad y entrar en territorios de niebla y monstruos. Un profesor, con broma benévola, nos había bautizado “filósofos de perra gorda”, y el mote quedó entre los compañeros de clase. Paco leía francés y alemán, porque su padre consideraba al primero el idioma dela Ilustracióny al segundo el del marxismo, y le había hecho aprenderlos. Era el mejor en matemáticas, pero en las demás asignaturas obtenía simples aprobados, mientras yo conseguía notas muy buenas: se esforzaba solo lo indispensable en las materias que no le interesaban, casi todas. Nuestra amistad habría levantado suspicacias de no ser tan notoria su afición y éxito con las chicas. Además manejaba bien los puños. Una conversación de cuando teníamos quince años da idea de su carácter:

–No venimos al mundo porque queramos. Es el mundo el que nos trae y nos forma. Solo entonces empieza a contar algo nuestra voluntad. Y por fin, el mundo nos mata. Pues bien, yo quiero hacer algo grande  en el tiempo de vida que me toque.

–¿Por la fama, como los hombres del Renacimiento?

–No. Solo porque está en mi ánimo. Por mi voluntad.

–¿Y qué es algo grande para ti?

–No lo sé bien. Algo que no sea vulgar. Tú, al revés, tienes pocas aspiraciones.

–No las habrá puesto en mí la naturaleza. Si todos pensáramos hacer cosas grandes, el mundo se convertiría en un manicomio. Por eso la naturaleza es sabia.

   Nos expresábamos aproximadamente así, a esa edad.

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Cinco destinos políticos /¿Pudo ser otra Constitución?

Blog I.  ¿Por qué no tuvo el franquismo oposición democrática? / Antes de la euforia separatista: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/por-que-no-hubo-oposicion-democratica-franquismo-euforia-separatista-20121208

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He dedicado uno de los capítulos de La transición de cristal al destino de sus principales protagonistas, Fraga, Torcuato, Suárez, González, Carrillo y el rey. Hablaré aquí de los cinco primeros, cuya llamativa carrera político-personal podría dar lugar a meditaciones sobre el poder, aunque sea difícil extraer de ahí conclusiones clarasResumiendo mucho, cabe decir que ninguno de los cinco ha tenido un final feliz.

Fraga Iribarne aparecía al comienzo como el principal impulsor de la evolución del franquismo a la democracia. Era de los poquísimos que se habían molestado en estudiar las dificultades del proceso y en trazarle una orientación viable. Además, en sus meses de ministro con Arias logró doblegar las presiones desestabilizadoras de la oposición rupturista. Su fracaso no vino de esa oposición, sino de más arriba, de Juan Carlos y de Torcuato Fernández-Miranda, quienes preferían una transición del rey y no de Fraga. Posteriormente, Fraga sacó conclusiones dudosas de su primer semifracaso electoral y optó por una línea cada vez más oportunista y similar a la de Suárez, para finalmente perder relevancia y quedar en mero político regional. Su centrismo en Galicia ha facilitado allí una dinámica, antes inexistente, de auge de los separatismos y de la izquierda, y de polarización social.

Peor le fue a Torcuato Fernández-Miranda. Este fue quien realmente diseñó la reforma del rey, utilizando como instrumento a Suárez (ni este ni Juan Carlos tenían conocimientos ni capacidad intelectual para planear un proceso de tal trascendencia). Torcuato, al revés que Fraga, prefirió quedar en segundo plano, intrigó contra Arias y contra Fraga, confundió a Areilza, sacó adelante a Suárez como jefe del gobierno, trazó un proyecto relativamente sencillo que llevaba a una Constitución e hizo la labor clave como presidente de las Cortes. Partía del concepto realista de que solo una oposición consciente de su debilidad aceptaría la democracia planteada. Su mayor triunfo, cuyos laureles cosechó Suárez, fue el referéndum de diciembre de 1976, que puso de relieve la debilidad tanto del búnker como de los rupturistas. Pero a partir de ahí todo se le fue de las manos. Suárez, que tanto le debía, prescindió de él, y pronto llegó la ruptura. Disconforme con la nueva política y la Constitución, murió relegado y lleno de pesadumbre, según algunos testimonios. Suárez ni siquiera se presentó a su funeral.

Suárez apareció ante la opinión como el verdadero autor de la reforma y, quizá por hacer olvidar su pasado, favoreció la demagogia antifranquista de la izquierda y las aspiraciones de los nacionalistas-separatistas. Ayuno de cultura histórica y de criterio político a medio plazo, su oportunismo le llevó a crear una situación muy grave en España, en medio de una crisis económica profunda y de un terrorismo salvaje. Se indispuso con todos los sectores sociales, de derecha y de izquierda, y con Usa, creó las condiciones para el golpe del 23-F y, “completamente desprestigiado”, en sus propias palabras, dimitió. Su errática orientación llevó a una crisis terminal a la UCD, a la cual remató para construir un nuevo partido, el CDS, de concepción un tanto cesarista, con incondicionales a su persona. Este partido fracasaría a su vez, y solo la experiencia del PSOE en el poder y una reacción popular sentimental por sus desgracias personales y familiares volvió a revalorizarle ante la opinión.

Felipe González recordaba a Suárez, por político ligero, poco culto, aunque simpático y buen regateador en corto. Saltó a la palestra con un discurso radical que nadie tomó en serio y con ayudas masivas, nacionales e internacionales, pues su partido era insignificante a la muerte de Franco. Marginó un tanto el marxismo y, en el poder, moderó su demagogia. Pero no sustituyó el marxismo por un pensamiento democrático, sino por una amalgama de demagogias inconsistentes. Aunque logró remontar en parte la crisis económica (siempre con un paro desmesurado), su gobierno vino signado por una corrupción galopante, la mezcla de negociaciones y terrorismo de gobierno en relación con la ETA, la expansión sin precedentes del estado y el desarrollo de los aspectos más peligrosos larvados en la Constitución. Tras un largo período de gobierno, al final rompió con su alter ego, Alfonso Guerra, perdió las elecciones y eludió por poco la cárcel, que sufrieron algunos de sus colaboradores próximos. Luego se dedicó a sus negocios privados en un entorno de poderosos capitalistas internacionales.

El destino de Carrillo no es menos revelador. La trayectoria del PCE como única oposición real y continuada al franquismo sirvió, irónicamente, para provocar un vuelco general en apoyo del PSOE, visto como valladar para los comunistas. Ante el peligro de no ser legalizado, Carrillo extremó su moderación y acatamiento a la reforma: sí a la bandera nacional, a la monarquía, a la economía de mercado, etc.; y exhibió un distanciamiento de la URSS. Fue legalizado a tiempo, pero cosechó menos votos de los esperados, y sus intentos de falsear su biografía –desde la transición se han prodigado, a derecha e izquierda, tales falsificaciones– naufragaron ante el famoso libro de Jorge Semprún. Ahí comenzó su crisis política, que no hizo sino profundizarse hasta terminar en su expulsión del partido al que había dedicado toda su vida. Quedó luego como una figura inocua, a la que daban proyección derechas e izquierdas, fue olvidando su moderación y en 2005 recibió un turbio homenaje mezclado con la retirada, con nocturnidad y alevosía, de una estatua de Franco. “No era la sentencia de muerte del Caudillo que el viejo comunista habría querido firmar, pero no dejaba de ser un premio de consolación”.

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¿Pudo haberse hecho otra Constitución?

La   Constitución actual tiene fallos por así decir estructurales, que se han   agravado hasta volverse críticos. He analizado algunos en La transición   de cristal, y Alberto Recarte ha incidido sobre otros en su   reciente informe.

Pueden resumirse así: al incluir el término nacionalidades, o los derechos históricos, la Constitución deja en el aire la soberanía nacional; además, abre paso a un progresivo vaciamiento de las competencias del estado central, empeorado por la creación de un Tribunal Constitucional sometido a los partidos mayoritarios; y no asegura la independencia judicial, con lo que facilita la unificación de los tres poderes, algo propio de las tiranías, según Montesquieu. Ello aparte, perturba la elección directa de representantes en la mayoría de los casos, y da un papel desmesurado a los partidos y sindicatos; e incurre en despropósitos socialdemócratas como la pretensión de garantizar a los españoles un empleo bien remunerado y una casa “digna”, ideas estas últimas que por un lado no pasan de tonterías y por otro solo garantizan, en realidad, que todos los gobiernos sean inconstitucionales, ya que ninguno puede cumplir tales exigencias. Una Constitución, por tanto, deforme y peligrosa.

Por supuesto, no solo cuentan los rasgos negativos. En principio pesan más los positivos: libertades, elecciones, alternancia pacífica en el poder y otras normas generales, hasta un principio autonómico que, según se tratase, podía ser fructífero. Y ha sido la primera Constitución de la historia de España hecha por consenso y no por imposición de algún partido, lo que debía darle mucho más respaldo y solidez. Pero su articulado contenía demasiados vasos de ácido susceptibles de ser volcados y de corroer el sistema en manos de una clase política irresponsable. Que es lo que de hecho ha sucedido.

Unos amigos me argüían que, no obstante, fue la única Constitución entonces posible, precisamente porque fue producto del consenso: había que contentar a todas las fuerzas políticas del momento. Creo que esa tesis no repara en el modo peculiar como se elaboró, ni en la relación real de fuerzas. Suárez impuso a la Constitución, ilegalmente, los hechos consumados de las preautonomías, calculadas para potenciar a los partidos nacionalistas vasco y catalán, y luego creó el consejo gastronómico de Abril Martorell y Guerra –ambos más bien ajenos al derecho constitucional–, para decidir en comidas y cenas, al margen de las Cortes, artículos que luego votarían los congresistas por disciplina de partido. Lo cual daba cierto aire de farsa al proceso.

Tampoco la relación de fuerzas favorecía a la izquierda y a los nacionalistas, pues los partidos de Suárez y Fraga reunían la mayoría absoluta en las Cortes y en la ponencia constitucional. Además, aquellos apenas tenían peso, ya que la izquierda –salvo, hasta cierto punto, la comunista– y los separatismos –salvo la ETA, muy a última hora– habían casi desaparecido en el franquismo. Pero Suárez procuró distanciarse tanto de Fraga como de su propio pasado y del régimen anterior, del cual provenía en definitiva la reforma democrática; y dio el mayor protagonismo a la izquierda y a los nacionalismos regionales, ofreciéndoles más de lo que estos pedían y grandes sumas de dinero, al PNV y, según Calvo-Sotelo, al PSOE, que ya lo recibía de muchos orígenes.

Aparte de que renunciaba a la lucha por las ideas, que en cambio libraban intensamente el PSOE y los nacionalistas, esa política tenía mucho de intento de compra para asegurarse el voto positivo a la Constitución, contra la advertencia de Julián Marías: “No hay que querer contentar a quienes no se van a contentar”. Como he señalado en otro artículo, tuvo también su parte en todo ello el terrorismo de la ETA, que hizo creer a unos políticos mediocres que favoreciendo a los nacionalismos moderados quitarían a los etarras argumentos y apoyos.

Los beneficiarios de tal política –que nunca habían sido demócratas– percibieron la posición de debilidad en que se colocaba a sí mismo el gobierno de UCD y presionaron hasta extremos chantajistas: Peces-Barba, ponente por el PSOE, salió escandalosamente de la comisión en un momento dado, y su partido buscó romper lo que denominaba “mayoría mecánica” de UCD-AP, tarea bastante fácil, dada la política de Suárez. Tal fue el origen de los aspectos más negativos de la Constitución.

Entender el proceso exige considerar el referéndum de la reforma democrática de la ley a la ley, en diciembre de 1976. Contra ella, la oposición antifranquista y rupturista intentó primero la huelga general y después el boicot –al referéndum–, junto con intrigas de Felipe González ante la Europa comunitaria; y sufrió una estrepitosa derrota política. La inmensa mayoría del pueblo quería una reforma democrática sin ruptura, lo que obligó a los rupturistas a moderarse. Como advirtió Torcuato Fernández-Miranda, la oposición solo aceptaría la reforma democrática si se sentía débil. Fue Suárez el encargado de transformar esa debilidad en fortaleza, de negar el origen histórico de la democracia y de promover una Constitución cuyos defectos sufrimos ahora. Al revés que Torcuato, Suárez se caracterizaba por una incultura y desconocimiento de la historia más que notables. No le gustaba mirar al pasado para aprender de la experiencia, sino proyectar sus fáciles ilusiones hacia el futuro. Actitud pueril, no rara entre nuestros políticos.

Sin conocimiento del pasado no puede haber visión de futuro. La conclusión es que otra política menos oportunista y de más altos vuelos habría logrado sin demasiada dificultad dos cosas: moderar a la oposición y elaborar una Constitución más racional y menos problemática.

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****La “gracia” anticatólica: http://archipielagoduda.blogspot.com.es/

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Perogrullo y varios enigmas históricos / Kamen, el masacrador

Blog I: Dos balances: franquismo y antifranquismo / Me hallará la muerte, de Prada http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

(Ruego a los lectores den la máxima difusión al artículo sobre los balances. Parece que soy el único en señalar unas evidencias restallantes en medio de la farsa en que se ha convertido en España la historia y la política.)

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Henry Kamen termina su libro Imperio con la siguiente reflexión: “Fue, más allá de toda duda, una inmensa y gloriosa epopeya para muchos, pero para muchos otros estuvo teñida de una irreparable desolación”. Pero Grullo podría haberse sentido orgulloso de tal corolario. Incluso podría haberlo ampliado al conjunto de los empeños humanos, pues, por ejemplo, ¿no fue el final de la guerra mundial una irreparable desolación para millones de nazis? Y la ciencia, ¿no ha facilitado los peores crímenes? La misma medicina, que ha permitido rebajar la mortalidad infantil en muchos países pobres, ¿no ha multiplicado una población condenada, al parecer, a la miseria extrema? Y así sucesivamente. Uno se pregunta si para llegar ahí habrán hecho falta casi 600 páginas.
     Tampoco es muy alentador el comienzo del libro, con una cita de las Preguntas de un obrero que lee, de Bertholt Brecht: “El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César venció a los galos. ¿No tenía siquiera un cocinero con él?” Tales reflexiones, nuevamente, son perogrulladas, y en lo que dejan de serlo, sandeces. Cien mil cocineros no habrían vencido a los galos o conquistado la India, y un Ejército mal mandado habría probablemente perecido en la empresa, como tantas veces ha pasado. Y no son preguntas de ningún obrero, claro, sino del propio Brecht, que, como buen marxista, toma a los obreros por tontos y les instruye en tales “profundidades“. Pero Kamen parece impresionado por Bertoldo, uno de los falsarios intelectuales más distinguidos del siglo XX. Supongo que quiere indicar que al Imperio español contribuyeron muchas más personas que los hispanos normalmente citados en primer plano.
     Esto es bien sabido. Aquel imperio atrajo a todo tipo de extranjeros, buenos y malos, como ahora mismo ocurre con USA, si bien no conviene llevar la analogía demasiado lejos. Lo nuevo es el énfasis puesto en ese hecho, al cual considera Kamen definitorio: “El imperio español era una empresa internacional en la que participaban muchos pueblos”, y no fue “la creación de un pueblo, sino la relación entre muchos pueblos, el producto final de muchas contingencias históricas entre las cuales la contribución española no siempre fue la más significativa”.
     ¿No siempre? Aquí es Kamen inconsecuente consigo mismo, pues tendría que haber dicho “nunca”. Para empezar, “la expansión europea (…) estaba en función de las mejoras tecnológicas (…) Y por lo general la tecnología era, como sabemos, más europea que española”. Aun así, España podría haber sido un país rico, pero tampoco. Critica Kamen, no sin un fondo de razón, las jeremiadas tópicas de cierta historiografía hispana sobre el “despilfarro de la riqueza y el potencial humano” español durante los siglos XVI y XVII: “España tenía muy poco de ambas cosas, y habría sido difícil despilfarrar ese poco que tenía”. Pero su salida no es menos sorprendente: “En realidad, España era un país pobre que dio el salto a la condición imperial porque a cada paso recibió la ayuda del capital, la experiencia, los conocimientos y la mano de obra de otros pueblos asociados”. ¿La ayuda? Fue algo más, según aclara en otras páginas, pues siempre hubo en los hispanos dura resistencia a salir de su tierra, y el imperio “no fue consecuencia de la voluntad de poder deliberada por parte de los españoles, que fueron –con gran sorpresa por su parte– presionados a desempeñar el papel de hacedores del imperio”. Peor aún, “Los castellanos se mostraron más que satisfechos de dejar que otros construyeran el imperio por ellos”.
     Al parecer hubo una especie de acuerdo internacional para obligar a los españoles a moverse, o para sustituirlos incluso, en la construcción imperial ¿Quiénes presionaron así a los españoles? “Las grandes familias de banqueros –los Fugger, los Welser, los Spinola– se ocuparon de asegurarse de que su inversión se administraba con eficacia”. “Las riquezas y el poder humano pertenecían en gran medida a aquellos que no eran españoles”. Los mismos ingleses y holandeses habrían estado interesados, salvo en algunos momentos de histeria, en mantener el imperio español. Fue una empresa general europea, y todos “invertían ambas cosas [capital y hombres] en el negocio en curso del imperio y recogían la recompensa correspondiente. Los españoles (…) aportaron su propia y singular contribución y gozaron del honor de ser los gestores de la empresa. Pero la empresa pertenecía a todos”. ¿A todos? Aquí Kamen vuelve a mostrarse inconsecuente, pues debiera haber dicho “a otros”.
     Así pues, España apenas aportó capitales, ni tecnología, ni hombres –y mucho menos hombres preparados o cultos–, y ni siquiera voluntad, para colmo. Pero entonces, ¿cómo habría podido ser ella la “gestora” de aquella descomunal empresa? ¿Y por qué, con generosidad difícil de entender, todos se han mostrado de acuerdo en llamar “imperio español” a la magna obra común? Resulta arduo de explicar, y Kamen no lo consigue ni, en rigor, lo intenta. Además, ¿cómo fue posible durante tanto tiempo mantener tan diversos y contrapuestos intereses operando armónicamente, como dirigidos por una batuta, en torno a España? ¿Quizá aquellos españoles, tan pocos, tan pobres, tan atrasados y desganados, poseían en cambio un auténtico genio político y diplomático, capaz de hacer que los demás sirvieran así a sus intereses? Por desgracia, tampoco encuentra el historiador británico rastro de tal cosa: el talento político hispano rondaba la nulidad.
     Una muestra: los españoles creían universal su lengua, pero, nos informa Kamen, se trataba de una vanidosa ilusión. Así, “para los españoles, el problema era cómo comunicarse con fluidez con las naciones políglotas que deseaban dominar. Durante la gran época del imperio, a la elite castellana le resultó difícil afrontar el problema del lenguaje. Esto afectó profundamente a su relación con todos los pueblos que iba encontrando. Durante el siglo largo en que la política castellana dictó la vida política y militar de los Países Bajos, era raro encontrar un noble castellano con nociones de holandés”. Lo mismo ocurría con el árabe o con las lenguas americanas. En conclusión, “dominadores y dominados se movían en universos separados que no se comprendían entre sí; los gobernantes se apartaban del pueblo al que gobernaban”. Nuevo enigma, porque si España no podía despilfarrar riquezas y hombres que no tenía, ¿cómo pudo resultar “dominadora” o “dictar la vida” de otros? Menos aún podría haber durado aquel extraño imperio nada menos que tres siglos, por lo demás comparativamente muy pacíficos fuera de Europa. ¿Y cómo explicar que tantos países de América hablen español, queden restos de él en Filipinas y otras islas del Pacífico, y topónimos españoles se encuentren todavía por medio mundo, desde Australia a algunos lugares de África? Kamen no cree importantes estas dificultades y contradicciones, pero al dejarlas de lado sólo encontramos otro éxito de Pero Grullo. El problema del lenguaje lo han tenido todos los imperios, y por lo común lo han resuelto utilizando el idioma de la metrópoli. Así llegó a hablarse latín en España o el inglés se ha hecho el idioma de comunicación en la India, por poner dos casos típicos.
     Y de este modo progresa Kamen, entre perogrulladas y enigmas históricos que dejan pequeños al de Sánchez Albornoz. En realidad, su línea recoge una interpretación de la historia como desarrollo tecnológico, para la cual lo que no entra en sus esquemas simplemente no existe. En rigor, no pudo existir imperio español porque la misma España no habría existido, propiamente hablando, aunque nos valgamos del término por costumbre o comodidad. Por eso incluye a los catalanes entre las naciones sometidas al imperio, o nos explica cómo, en su libro, “los ciudadanos de los reinos peninsulares son identificados a menudo por su lugar de origen, a fin de no sembrar confusión mediante el uso impreciso del adjetivo español“. Esto ayuda a entender por qué todo el mundo ha llamado siempre español a aquel imperio. Se trata, simplemente, de una “imprecisión”, a corregir en lo sucesivo. Una fuente de esta visión es el nacionalismo catalán, cuya influencia en el buen Kamen salta a la vista. “Bien mirados los hechos –decía Prat de la Riba–,  no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada”. El autor británico determina que, “bien mirados los hechos”, lógicamente, tampoco pudo haber imperio “español”.
     El método de Imperio es simple. En la historia, se ha dicho, encontramos de todo, por lo que siempre se pueden buscar citas o datos en apoyo de cualquier tesis, por disparatada que sea. Para pasarla por buena basta omitir los datos contradictorios y el análisis crítico de ellos. Como he venido mostrando, es el método privilegiado de muchos historiadores-propagandistas hoy día en relación con nuestra guerra civil. Parece haber una decadencia en la historiografía británica, al menos en la referida a España, porque encontramos en varios autores muy publicitados, como Preston o Carr, las mismas incoherencias, contradicciones y desdén por abordar los problemas que sus mismas interpretaciones crean.
     Pero el libro de Kamen no deja de tener interés como un reto a la historiografía española, algo pesada y a ras de suelo –no siempre, pero sí a menudo–, con escasa visión de conjunto y tendencia a la lamentación. Lo cierto es que la España de entonces, un país efectivamente pobre y no muy poblado, extendió su poder por mundos hasta entonces desconocidos en Europa, contuvo la expansión del Islam y del protestantismo, y creó al mismo tiempo una gran cultura. No es nada fácil explicar un hecho tan inusitado, sobre todo a la vista de su decadencia posterior, a veces abyecta. La dificultad de explicarlo hace que algunos prefieran negarlo, pero la realidad sigue ahí, desafiando a los historiadores. (En La ilustración liberal, agosto de 2003)
(Puede verse en mi libro España contra España, una evaluación de la época, en el capítulo “¿Hubo en realidad un siglo de oro?”)
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