Franquismo, democracia, marxismo y GRAPO: En torno a “De un tiempo y de un país”

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 Con este texto, el autor presentó la reedición de su libro de memorias en el Ateneo de Gijón el 14 de noviembre de 2002.
Aparte de su carácter testimonial, el libro “De un tiempo y de un país” creo que refleja la militancia antifranquista, en general, de los años sesenta y setenta. He expuesto, por ejemplo, cómo agitaba esa oposición, como se organizaba, sus contradicciones y dudas ideológicas y políticas, ciertas actitudes corrientes, etc. Por todo ello, empezaré aquí por examinar el contexto histórico de aquellos movimientos.
En los años 60 y 70, España era uno de los países de mayor crecimiento del mundo, hasta el punto de que muchos especialistas calculaban que en los años 80 dejaría atrás a Italia y Gran Bretaña. Rápidamente iban siendo superados los fenómenos de miseria y desigualdad tan extendidos desde el siglo XIX, y que habían contribuido, como un substrato explotado demagógicamente, a la guerra civil. España había llegado a ser el tercer país del mundo en expectativa de vida, detrás de Suecia y Japón, y por encima de Usa, Alemania o Francia, cuando en los años 30 era uno de los europeos más atrasados al respecto. El hambre, tradicional plaga, había sido erradicada ya en los años 50, el analfabetismo se había reducido a porcentajes marginales, y la enseñanza superior se iba masificando, en el buen y en el mal sentido. En muchos aspectos era un país envidiable, donde la creciente riqueza apenas iba enturbiada por fenómenos como la droga y el alcoholismo juvenil, en que la familia parecía una institución sólida, y los índices de delincuencia estaban entre los más bajos del mundo, con una de las poblaciones reclusas menores de Europa, ausencia de policías privadas, etc.  Conviene recordar estos hechos, que debieran ser una obviedad de conocimiento general, porque han sido oscurecidos o tergiversados de tal manera en estos años, que un joven actual no tiene la menor idea de ellos, o tiene una imagen de aquel tiempo contraria a la realidad.
Pues bien, paradójicamente fue en aquellos tiempos cuando el movimiento antifranquista cobró mayor amplitud y violencia, si exceptuamos los años del maquis. Naturalmente, esto podría explicarse por la falta de libertades políticas, pero me temo que no era esa la causa. Aunque la oposición activa no dejaba caer de la boca las palabras libertad y democracia, era un lugar común en ella el desprecio por las llamadas “libertades formales”, que, en opinión de la mayoría antifranquista, carecían de sustancia y sólo servían para encubrir la dominación burguesa. En una opinión muy extendida -incluso hoy día-, lo que contaba era la miseria o la riqueza de las masas, el materialista bienestar, por así decir. Desde ese punto de vista, los logros económicos del franquismo deberían ser mirados con el máximo aprecio por aquella oposición, pero ocurría al contrario. Dichos logros se negaban, contra toda evidencia, como siguen negándose, o más bien silenciándose, ahora. Los modelos admirados por la oposición eran dictaduras, como la de Castro, la de Mao o la de Bréshnief, incomparablemente más férreas que la franquista. El partido más fuerte y activo de la oposición era sin duda el PCE, cuyos dirigentes se llevaban especialmente bien con regímenes de tanta libertad como el rumano, el de Corea del Norte o el de Alemania oriental, apellidada”democrática”, para mayor sarcasmo.
En los últimos años ha habido intentos de difuminar el protagonismo del PCE en la oposición antifranquista, resaltando en cambio el de los socialistas u otros, como los democristianos, monárquicos, etc. Sin embargo, quien no haya perdido totalmente la memoria, recordará que el PCE fue el único partido que combatió al régimen de Franco desde el principio al final, y que en los años sesenta-setenta dominó asociaciones tan importantes como Comisiones Obreras, la Asamblea de Cataluña, los clubs de amigos de la UNESCO, el Sindicato Democrático de Estudiantes, numerosas asociaciones profesionales y círculos de barrio, etc. Además, en los años sesenta y setenta surgen nuevas formaciones, menores pero muy activas y violentas, como los partidos maoístas, algunos trotskistas, etc., todos ellos variantes del comunismo. La misma ETA y grupos nacionalistas gallegos y catalanes lo eran también en gran medida.
Sin duda alguna, la oposición activa al franquismo tuvo carácter comunista en proporción muy elevada. Otros grupos, como los nacionalistas catalanes o el PNV, los anarquistas, republicanos, democristianos, socialistas, monárquicos, etc., no pasaban de círculos restringidos y poco activos, que, salvo los anarquistas que realizaban acciones esporádicas, se limitaban a esperar a la muerte de Franco para ver si se les presentaba una oportunidad. Entre tanto, algunos de ellos colaboraban en las organizaciones amplias fundadas por los comunistas, como la Asamblea de Cataluña, o en los grupos de profesionales, o en el llamado Pacto para la libertad.
Los comunistas constituyeron, por tanto, la parte esencial de la oposición, y el eje de ella. Tradicionalmente empleaban poco la consigna de comunismo, y muchísimo la de democracia y antifascismo, a fin de arrastrar al mayor número posible de personas y crear una dinámica que impulsara a todo el movimiento hacia la llamada dictadura del proletariado, o socialismo. Pero nadie podrá cuestionar seriamente que se trataba de un partido absolutamente antidemocrático. Identificar antifranquismo y democratismo es una clara falsificación propagandística, inadmisible en una visión objetiva de nuestro pasado. Los demócratas contaban muy poco en aquella oposición.
Las ideas y concepciones comunistas tuvieron un influjo extraordinario, siguen teniéndolo en gran medida, y se extendieron a las mismas derechas, como quedó de relieve en un episodio sumamente revelador, la visita de Solyenitsin a España, a poco de la muerte de Franco y cuando aun subsistía su régimen prácticamente intacto. Solyenitsin, premio Nobel de literatura y uno de los grandes testigos y denunciadores del totalitarismo en el siglo XX, hizo estas declaraciones en Televisión Española: “Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
“Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas, luchando por procurárselos.
“También he observado que en España uno puede utilizar libremente máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede fotocopiar cualquier documento depositando cinco pesetas en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
“En su país -dentro de algunos límites, es cierto- se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.
“Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de “limitada”. Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con las armas en la mano (se refiere a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo”.
Los antifranquistas reaccionaron con auténtica furia contra Solyenitsin. Órganos de prensa comunistas o comunistoides, pero legales y muy difundidos, como la revista Triunfo, acusaron a televisión de crear un “escándalo” y de renovar la guerra civil por medio de una “operación de propaganda” para “acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada”. Para ellos, denunciar la realidad soviética y compararla con la española, significaba una actitud guerracivilista y un ataque a la democracia esperada.
Esa manera de ver las cosas era normal en una publicación prácticamente comunista, pero de modo semejante pensaban otros muchos miembros de la oposición. Quizá quien más se destacó en el rechazo al superviviente del Gulag fuera el escritor Juan Benet, que en la revista cristiana Cuadernos para el diálogo, escribió frases tan dialogantes como éstas: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque [Solyenitsin] ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne -y buen partido ha sacado de ello- los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos (…) Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas -cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo- busquen la manera de librarse de semejante peste”. De esta forma se refería un escritor mediano, aunque muy jaleado, como Benet, a uno de los grandes escritores del siglo XX. Así, un intelectual próspero y burgués, que extraía abundantes rentas políticas y literarias de su cómoda oposición a la limitada dictadura de entonces, despreciaba a quien había sufrido el infierno del Gulag, y lo calumniaba precisamente por denunciar la realidad del sistema soviético.
Benet, un intelectual muy emblemático del antifranquismo, no se quedó solo, ni muchísimo menos. Con alguna rara excepción, como la de J. P. Quiñonero en el diario Informaciones, todo el mundillo autodenominado progresista e izquierdista, incluyendo a Montserrat Roig y a un buen número de opinadores hoy olvidados, se cebó en el escritor ruso con insultos como “paranoico clínicamente puro”, “viejo patriarca zarista”, “embustero”, “payaso”, “turista privilegiado”, “enclenque”, “chorizo”, “espantajo”, “mendigo desvergonzado”, “bandido”, “hipócrita”, “mercenario”, etc. Y aún fue más significativa la reacción de personajes indudablemente derechistas, pero asustados de recibir el mote de reaccionarios, que reflejaban el antes aludido influjo de las ideas comunistas. Cela, por ejemplo, escribió: “Soljenitsin no está solamente contra España (…) lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de tristeza (…) No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero“. O Jiménez de Parga: “Uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura”.
La reacción contra Solyenitsin no puede considerarse una simple salida de tono, sino una plena revelación, el autorretrato al desnudo de un antifranquismo que generalmente disimulaba con más cuidado su verdadera ideología. Pues la defensa, o al menos la simpatía, y siempre la ocultación de la realidad soviética, formaban parte muy importante de la conducta de aquella oposición al régimen de Franco, y por ello las palabras del Solyenitsin la hirieron muy en lo vivo y la obligaron a saltar como lo hizo. La identificación entre antifranquismo y democracia, insisto, es básicamente falsa.
Cabría pensar, por lo tanto, que la oposición activa al franquismo atacaba a éste, no por ser una dictadura, sino por serlo demasiado poco, por no alcanzar ni de lejos la dureza férrea de las dictaduras de tipo marxista. Decir esto puede parecer un sarcasmo, pero creo que describe perfectamente los hechos. Lo que queríamos quienes militábamos en la oposición activa, con pocas excepciones, era una dictadura mucho más completa y estricta que la de Franco, y enfocábamos nuestro uso y abuso de las consignas de libertad y democracia como una artimaña o táctica indirecta para alcanzar el objetivo anhelado.
Vista así la cuestión, puede parecer que cuantos militábamos en el comunismo y similares éramos unos malvados y embusteros de raíz, pero en realidad, tomados uno a uno, no éramos mejores ni peores que la gente que puede encontrarse en cualquier ámbito. Incluso, en bastantes casos, se trataba de personas intelectualmente más inquietas y despiertas que la media, y moralmente dispuestas a arrostrar grandes sacrificios por defender su causa. Dicho de otro modo, es preciso entender en qué consistía el intenso atractivo, por no decir fascinación, de la doctrina marxista.
Creo que hay tres causas fundamentales de la fascinación ejercida por el marxismo, al margen de los sentimientos de avidez de poder y rencor social por él fomentados. Para empezar, dicha doctrina ofrecía una aparente explicación de carácter científico para todos los problemas humanos. No se presentaba como una teoría utópica más, basada en buenos deseos fáciles, sino como la aclaración del sentido de la historia a través de la lucha de clases entre los explotadores y los explotados. El capitalismo vendría a ser la culminación de las sociedades de clases, un sistema promotor de un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas, pero incapaz de distribuir los frutos de su producción. El marxismo examinaba el sistema burgués y predecía su evolución necesaria: el capital, explotador de la gran mayoría, creaba sus propios sepultureros, pues las masas proletarizadas, sometidas a condiciones de vida cada vez peores, terminarían rebelándose. El proletariado, guiado por la teoría científica, se emanciparía y emanciparía a la humanidad entera, abriendo paso a una etapa superior de la historia.
La potencia explicativa de la teoría de la lucha de clases atrajo a miles de intelectuales, y conquistó en buena medida las ciencias sociales en las universidades de Occidente. Su influencia persiste hoy, pues aquellos profesores, aunque sorprendidos y deprimidos por la caída del muro de Berlín, no acaban de entender lo ocurrido y siguen inmersos en las mismas formas de pensamiento y análisis, e influyendo en la juventud.
Sin embargo, la pretensión científica del marxismo había sido concienzudamente refutada ya a finales del siglo XIX, en especial por el economista Böhm Bawerk, que demostró el absurdo de la teoría de la explotación de Marx, apoyada en una idea falsa del valor, fundamento del no menos falso concepto de plusvalía. Pese a lo cual, el marxismo prosiguió su carrera triunfal en el siglo XX, dejando  una profunda marca de sangre y fuego.
Por consiguiente, el atractivo de tal doctrina no se explica sólo por la ilusión de su carácter científico, sino, ante todo, por otra ilusión complementaria: la de una nueva sociedad, igualitaria y repleta de bienes, donde el ser humano alcanzaría el pleno desarrollo de sus capacidades, superando los factores que le “alienaban”. Este era el impulso y la ilusión fundamentales. No se creía en esa sociedad maravillosa porque la ciencia marxista demostrara la posibilidad y necesidad de ella, sino al revés: se creía en la supuesta ciencia porque prometía la utópica sociedad anhelada.
La Gran Promesa tenía otro aspecto fascinante: su carácter épico. Proponía un combate gigantesco contra las fuerzas acusadas de encadenar al ser humano, una reedición de la lucha de los titanes y los gigantes contra los dioses, el asalto a los cielos, como expresaba agudamente Marx utilizando la mitología griega. En la mitología vencían los dioses, pero ahora triunfarían el titán Prometeo y los suyos. Este ímpetu intensamente bélico se manifiesta en la extrema violencia con que siempre se impuso el marxismo. No debe despistar al respecto su constante empleo de la consigna de paz, “la lucha por la paz”, pues sólo se trataba de una táctica para desarmar a “la burguesía”, al “imperialismo”, etc. pintados como los únicos interesados en la guerra. De igual modo, la consigna de “libertad y democracia” nunca persiguió otro objetivo que socavar las libertades “formales” y las democracias “burguesas”.
Creo que en la propuesta lucha titánica contra “los dioses” radica lo esencial del poder de atracción del marxismo. Los dioses aluden a la insuficiencia y la culpabilidad del ser humano. En la religión, y de modo muy explícito en la cristiana, el bien y el mal se encuentran en cada individuo, aunque sus raíces sean misteriosas. De ahí nace el insoportable sentimiento de culpa por el mal, pero también la responsabilidad y la libertad. Las ideologías, en cambio, postulan la bondad esencial del ser humano, atribuyendo el mal, que aliena o deforma al hombre, a factores de alguna manera exógenos o circunstanciales, desde el trabajo asalariado a la religión, o, más vagamente, a “la sociedad”. Este modo de entender la vida parece una liberación: la culpa personal se desvanece, es proyectada íntegramente sobre el llamado sistema burgués y, naturalmente, sobre cuantos lo defienden. Los llamados burgueses cargan con toda la culpa existente, y deben ser, por lo tanto, aplastados sin escrúpulo o remordimiento, en bien de la emancipación humana.
No por casualidad ese ideal exaltado ha generado un prodigioso empuje de agresión, así como una capacidad asombrosa para mentir, calumniar, desfigurar la realidad, tácticas siempre justificadas en pro del fin grandioso, aunque bien podrían verse como pruebas del carácter fraudulento de ese fin. Tampoco es casual que, al proyectar la culpa de ese modo, cayera por tierra la libertad en los regímenes socialistas. Sólo podía admitirse el pensamiento y la acción marxistas, cualesquiera otros debían ser eliminados como un mal absoluto. Y sin embargo, después de haber derrocado a los culpables burgueses, ¡el mal y la culpa resurgían misteriosamente en el seno del mismo partido, vanguardia ilustrada de la nueva sociedad! Las diversas facciones comunistas se acusaban, en su sangrienta lucha por el poder, de “burgueses”, “fascistas”, “agentes del imperialismo”, y, de modo más colorista, de “perros rabiosos”, “víboras lúbricas”, etc. Los culpables reaparecían sin cesar en el corazón del movimiento marxista, y la lucha contra el mal nunca concluía. Peor aún, a principios de los años 60 la lucha entre marxistas condujo a la escisión del movimiento comunista mundial, apareciendo un sector pro soviético y otro pro chino, que se atacaban con ferocidad.
Una tercera cualidad fascinante del marxismo, pareja a la de la serpiente sobre algunas de sus presas, fue su enorme éxito práctico. Hoy, caído el muro de Berlín, el comunismo parece haberse esfumado como un fantasma, pero durante 70 años fue un poder de un impulso expansivo sin paralelo en la historia. En tan pocos decenios se extendió sobre más de un tercio de la humanidad, organizó en todas partes movimientos de masas y partidos muy activos y disciplinados, fuerzas de choque fanatizadas y auténticamente temibles, hasta el punto de derrotar, en Vietnam, a la mayor superpotencia del mundo. Junto a ello, la URSS alcanzó logros técnicos y científicos tan notables como colocar el primer satélite artificial o el primer hombre en el espacio, o un gran poderío atómico. Según se decía, en esas sociedades no había desempleo ni hambre, y se había abolido la explotación del hombre por el hombre.
Todo ello creaba al comunismo una aureola triunfal, que señalaba el camino a la humanidad entera. Muchos se sumaban al movimiento, sea por oportunismo de apuntarse al probable ganador, sea porque tales logros parecían probar la corrección de la doctrina, por encima de defectos o errores, que debían considerarse parciales y pasajeros. Sin esa impresión triunfal, para unos exaltante, para otros intimidatoria, no podrían explicarse actitudes como la de vastos sectores de la Iglesia Católica. La Iglesia había sido una de las barreras más eficaces contra el comunismo, pero, en los años sesenta, parte de ella se convirtió en vía de infiltración y penetración de aquel. Baste pensar en la teología de la liberación o, volviendo al caso de Solyenitsin en España, en la actitud de Cuadernos para el diálogo, revista católica donde Benet justificaba los campos de concentración para los anticomunistas. Carrillo y los soviéticos idearon una estrategia para alcanzar el socialismo “con la hoz y el martillo en una mano, y la cruz en la otra”.
Ese éxito resultaba paradójico, pues tenía carácter político y militar, a veces científico, pero nunca cumplía sus promesas de mejorar la vida de las masas. Lo más que lograba era instaurar una economía cuartelaria, o más bien carcelaria, como indicaba Solyenitsin, y eso sólo después de haber causado inmensas hambrunas y privado de todo derecho a los “proletarios” bajo la imaginaria dictadura de éstos. Ni siquiera cabía el consuelo de una sociedad pobre, pero igualitaria: la minoría dirigente del partido no sólo gozaba de privilegios inexistentes en los países occidentales, como tiendas exclusivas para ella, sino que de hecho poseía al país entero, disponiendo sin el menor control sobre la vida de sus habitantes. ¿Cabe mayor desigualdad?
La experiencia ha resultado terrible, pero sería iluso pensar que no renacerá algo parecido. La fascinación de las utopías pervive como parte de la condición humana, y ahora mismo constatamos el influjo de formas degradadas del marxismo en multitud de movimientos de tipo tercermundista, ecologista, feminista y tantos más.
En mi caso personal, lo que más influyó para que abandonase el marxismo fue la constatación de la falsedad de sus pretensiones científicas. Concretamente, fue el estudio de una teoría fundamental de Marx, la de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, lo que me convenció de que esa teoría, y su fundamento en la teoría del valor y de la plusvalía, son contradictorias en sus propios términos. Ello me aclaró las cosas, pues mientras se cree en el carácter científico del marxismo, siempre se pueden justificar sus crímenes considerándolos errores corregibles, por lo demás lógicos en una tarea tan gigantesca e históricamente nueva como poner en pie la sociedad paradisíaca. Pero cuando se percibe que la supuesta ciencia es un fraude, intencionado o no, ya no cabe excusar nada: los crímenes son crímenes, y los errores son inevitables, pues surgen forzosamente de una teoría falsa de raíz.
Mi caso, como he indicado, sin ser único ni mucho menos, tampoco es típico. Buena parte de quienes militaron en aquellas organizaciones lo hacían por razones confusas, y la caída de la Unión Soviética les sorprendió de muy mala manera. Fueron abandonando en silencio las militancias y hasta cierto punto las creencias, que en muchos de ellos persisten de manera vaga, al no haberlas examinado críticamente ni sustituido por ninguna otra idea. En bastantes casos, su marxismo sólo respondía a deseos y esperanzas de conseguir un poco de poder, y por ello cambiaron con toda naturalidad la militancia en partidos marxistas leninistas por la de otros partidos, en especial el PSOE, que les ofrecían mejores perspectivas de conseguir puestos de mando. Pero ello no obsta para que, en conjunto, el significado del movimiento comunista, y las causas principales de su atracción o más bien fascinación, sobre tanta gente, fueran las antes señaladas.
Pues bien, si, como decía, la oposición activa al franquismo fue prácticamente comunista o giró en torno a grupos comunistas, está claro que no puede haber sido la autora de la democracia actual, en contra de una opinión muy extendida. Y, en efecto, no lo ha sido. Como todo el mundo puede recordar, si quiere, fue el grueso de la clase política franquista, empezando por un rey designado por Franco, por un jefe del partido franquista, Adolfo Suárez, y por un ideólogo y político del régimen, Torcuato Fernández Miranda, seguidos por casi todos los miembros de aquellas Cortes, la que diseñó y organizó la transición, planteándola como reforma desde el régimen, de las leyes a las leyes, y no como ruptura, según quería el antifranquismo. A lo largo de 1976, los opositores, ya en plena libertad de expresión y asociación de hecho, intentaron imponer la vía rupturista, que debía culminar en una gran huelga general en noviembre, pero fracasaron. Y volvieron a fracasar en el referéndum de diciembre, cuando la vasta mayoría de la población respaldó el plan reformista propuesto por Suárez. A mi juicio, eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido. Podemos percibir los peligros del rupturismo si recordamos que los dos organismos de la oposición, La Junta y la Plataforma democráticas, agrupaban a comunistas tradicionales, maoístas, cristianodemócratas, nacionalistas, socialistas que seguían proclamándose marxistas, y otros sectores y personajes variados. Todos ellos, excepto el PCE, carecían de organización algo sólida y de raíces en la población. En esas condiciones, la ruptura habría significado un salto en el vacío.
Fue entonces cuando entró en acción el PCE( r)-Grapo. Como indiqué más arriba, la táctica revolucionaria marxista juega tanto con los métodos violentos como con los pacíficos, acentuando uno u otro según lo indica su análisis de la situación. Carrillo, después de la derrota del maquis en los años 40, se inclinaba por la vía pacífica, sin excluir nunca la armada si las circunstancias lo favorecían. Todavía en 1978, en plena prédica del llamado eurocomunismo, Carrillo prologaba un libro de discursos de José Díaz, dirigente del PCE antes de la guerra civil y durante ella, recomendándolo a los jóvenes del partido, porque “puede encontrarse en él respuesta cumplida a problemas como el de las alianzas con otras clases y capas de la sociedad; la relación entre democracia y revolución, entre la lucha de masas y la lucha armada”. Es decir, la política del viejo PCE seguía siendo esencialmente válida en 1978. Y debe recordarse que consistió, antes de la guerra, en preparar milicias y exigir la disolución de todas las organizaciones de derechas y el encarcelamiento de sus líderes; y durante la guerra, en exterminar a la derecha, dominar el ejército, e imponer su línea a los demás partidos del Frente Popular, sin vacilar en ejercer el terror contra sus aliados en muchas ocasiones.
La diferencia básica entre Carrillo y nosotros en aquel tiempo, radicaba en que, según nuestro análisis, había que poner el acento en la lucha armada y no en la acción legal. Para Carrillo, una acción legalista, conducida con buena táctica revolucionaria, permitiría socavar la democracia “burguesa” y adelantar mucho camino hacia el socialismo. Según nuestro análisis, la acción legalista llevaba a lo contrario, a debilitar el movimiento revolucionario e integrarlo en el sistema burgués, un sistema considerado por nosotros inevitablemente fascista. Por lo tanto, la línea adecuada consistía en concentrarse sobre todo en la lucha violenta. Y eso fue lo que hicimos secuestrando primero a Oriol y luego al general Villaescusa. Buscábamos con ello sabotear el referéndum de la reforma política, denunciar la existencia del fascismo al exigir la libertad de presos políticos condenados por acciones terroristas, y demostrar al pueblo que sólo la acción armada conseguiría hacer retroceder a la reacción. Afortunadamente el gobierno no cayó en la trampa de lo que hoy llamaríamos el “diálogo”, y toda la operación fracasó finalmente, aunque tuvo en vilo al país durante casi dos meses.
Creo que aquellos secuestros, dentro de su carácter evidentemente desestabilizador, tuvieron un resultado inesperado y positivo, al obligar a la oposición antifranquista a moderarse, pues, como se hallaba prácticamente en la legalidad, estaba a merced de un vaivén represivo si el gobierno hubiera optado por dar marcha atrás en las reformas. En la derecha había la sospecha de que el Grapo dependía en realidad del PCE, y se mencionaba a Romero Marín, un dirigente comunista que había recibido instrucción militar en la URSS, como el verdadero cerebro. En esas peligrosas circunstancias, la oposición, y sobre todo el PCE, se vio obligada a demostrar que sus propósitos legalistas eran auténticos, y por ello contraatacó asegurando  no saber nada del Grapo, pintando a éste como una organización de provocadores al servicio de los sectores franquistas más retrógrados. Ello era perfectamente falso, pero permitió crear una leyenda todavía hoy persistente sobre el “misterioso Grapo”. Ese misterio nadie tenía la menor intención de aclararlo, como comprobé al escribir el libro De un tiempo y de un país: a pesar de ser el único testimonio de primera mano que exponía los hechos desde dentro, me fue casi imposible encontrar editor, y sólo después de un año y medio accedió Ediciones De la Torre a editármelo fuera de catálogo. Pero así es la política.
Por tanto, la democracia actual no proviene de una ruptura, sino de una reforma, no fue impulsada por la oposición antifranquista, sino por el franquismo, y si penetramos a través de la niebla de una propaganda machacona, percibiremos dos hechos indudables: que la estabilidad de nuestra democracia depende en medida muy importante de la sociedad creada bajo el régimen anterior, una sociedad próspera, bastante culta, con una clase media muy extendida y de tendencias moderadas. Y que, por el contrario, casi todos los factores de inestabilidad y de riesgo para la democracia hunden sus raíces en el antifranquismo. Así el terrorismo, o los nacionalismos balcanizantes, la enorme corrupción de hace unos años, o el intento de enterrar a Montesquieu, es decir, de acabar con la división de poderes degradando la independencia del poder judicial; así muchos atentados contra la libertad de prensa, o el mismo intento de falsificar la historia reciente, desde la república para acá, con el propósito de justificar diversos radicalismos. Estos fenómenos, muy preocupantes, debilitan el juego democrático, incitan al extremismo y, últimamente, amenazan seriamente la misma unidad española. Todos ellos, repito, tienen la marca del antifranquismo, cuyo carácter democrático no existió en el pasado, y aun hoy sigue sin ser muy fuerte. La propaganda ocultadora de los hechos ha sido tan masiva y persistente, que asertos como éstos resultan sumamente chocantes a primera vista, pero basta con recurrir a la memoria y al sentido común para darnos cuenta de su completa realidad.
Es más, actualmente asistimos a una vasta operación política para imponer de una vez la “ruptura”, negando o restando valor a la reforma democrática y al proceso transcurrido estos veinticinco años, con vistas a cambiar la Constitución y probablemente a admitir la secesión de las provincias vascas y de Cataluña. Esto me parece sumamente peligroso, y sería conveniente que todos tomásemos conciencia de lo que está en marcha y de la necesidad de frustrar semejantes tendencias, las cuales resucitan el espíritu de la guerra civil.
Naturalmente, estas consideraciones, aunque implícitas en el libro De un tiempo y de un país, no están desarrolladas en él, pues no se trata de un libro de tesis, sino sobre todo de un relato, en el que he procurado exponer cómo se organizaba en aquellos años la agitación y la propaganda, el proselitismo, cómo iba surgiendo poco a poco la idea y la práctica de la lucha armada, y su inevitable decaimiento en conductas terroristas y mafiosas, cómo eran las relaciones, las ideas y las peripecias personales de quienes participamos en aquella aventura que ahora, con la perspectiva de los años, parece alucinada, pero que puede comprenderse fácilmente desde el marxismo, y sólo desde el marxismo, razón por la cual me he extendido en las consideraciones anteriores.
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Mitos de fango: Che Guevara y la Pasionaria. Paz, democracia y razón.

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Han salido recientemente dos libros, uno sobre la Pasionaria, por Ángel Maestro, y otro sobre Che Guevara, por Fernando Díaz Villanueva –colaborador de Libertad Digital, ambos bien reveladores de hasta qué punto ha calado la mitología comunista y hasta qué punto es ella una fabricación ideológica trivial y perversa.

La efigie del Che Guevara, tras dos o tres décadas de semiolvido, ha reaparecido en los últimos años en camisetas, carteles y pancartas. No con la fuerza ni la relativa inocencia de antaño, sino con un regusto nostálgico y abiertamente gulagiano, pues hoy nadie puede llamarse a engaño sobre lo que significó el personaje. Pese a lo cual la manipulación continúa.

La mayoría de los revolucionarios de izquierda tiene una fuerte vocación de burócrata y chequista, a veces algo escondida (nunca mucho) para ellos mismos. Es decir, de burócrata capaz de decidir con poder absoluto sobre la vida de la gente, y de represor despiadado de cualquier disidencia. El Che tuvo mucho de carnicero chequista, fue un asesino en serie cuando tuvo la oportunidad, pero lo que ha hecho simpática su figura ha sido que escapa a la imagen de burócrata frío y brutal típica de los regímenes comunistas y entra más bien en la del aventurero, del hombre de acción que intenta realizar sus utopías hasta morir en el empeño. Se ha hablado de él como un Don Quijote de la revolución.

Sin embargo, demuestra Díaz Villanueva, la imagen no puede ser más falsa. Aventurero, desde luego, lo era, y pocas cosas más criticadas que el “aventurerismo” en los grises medios leninistas. De ahí las sospechas siempre existentes de que el aparato castrista procuró librarse de él para explotar póstumamente su muerte “heroica”. Pero aunque aventurero, el personaje no tenía nada de Don Quijote, con quien a veces él mismo se comparó. Su ideal práctico lo resumen sus propias palabras: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Nada menos caballeresco o quijotesco que esta prédica del odio hasta convertir a los hombres en máquinas criminales. La muerte de un sujeto semejante en ningún caso puede llamarse heroica.

Esta prédica del odio como una virtud es vieja conocida nuestra. La hemos visto en la propaganda socialista de la segunda etapa de la república, con los trágicos resultados conocidos, y la vemos ahora reverdecer con pretextos como las fosas de los fusilados o la represión franquista. Pero, ¿a qué viene tanto odio? Podría uno explicárselo si naciera de experiencias personales nefastas, de individuos explotados salvajemente, por ejemplo, o con su juventud destruida por injusticias. Pero no hay nada de eso. Los sembradores del rencor nunca o casi nunca pasaron penurias o fueron explotados o, simplemente, trabajaron manualmente. Por lo común llevaron siempre vidas bastante acomodadas, y más bien les corresponde la calificación de señoritos. Guevara, desde luego, no es una excepción, aunque como ministro comunista le gustara pasar alguna que otra jornada de “trabajo voluntario” mientras arruinaba a Cuba con sus pueriles medidas económicas.

Porque, nos explica convincentemente Díaz Villanueva, la propia experiencia del fabricante de máquinas humanas de matar debía de haberle mostrado la falsedad de sus ideas. Su ignorancia, por no decir chifladura, le llevó a jactarse: “La tasa de crecimiento que se da como una cosa bellísima para toda América es 2,5 por 100 de crecimiento neto (…) Nosotros hablamos de 10 por 100 de desarrollo sin miedo ninguno (…) Es la tasa que prevé Cuba para los años venideros”. Y a esa tasa se acercó España en los años 60-75, pero no la Cuba de Castro, dirigida por semiorates como Guevara, que expandieron prodigiosamente la pobreza, perpetuaron un racionamiento miserable e impulsaron a exiliarse a un quinto de la población, verdadero record en cualquier dictadura.

Ante un fracaso tal, cualquier persona con dos dedos de frente y una elemental honradez se habría replanteado sus odios y sus filias, pero el replanteamiento castrista consistió en reforzar su poder mediante un sistema policiaco que convierte a la gente en denunciadora de sus vecinos. Guevara, a su vez, reaccionó huyendo hacia delante, tratando de hacer a otros pueblos víctimas de su fanática ignorancia. Esa reacción alucinada es la que le ha valido la admiración de una multitud de idiotas o indocumentados manipulados por los burócratas-chequistas de La Habana y similares. Díaz Villanueva deja todo ello bien en claro en este libro, que debieran leer los admiradores del Che para clarificar sus ideas sobre un mito fangoso, como tantos otros.

Tan siniestro como el caso de Che Guevara resulta otro mito típico del siglo XX, la Pasionaria. El libro de Ángel Maestro está en la colección Cara y cruz de Ediciones B, y la cara va escrita por Santiago Carrillo. Vale la pena echar un vistazo a ésta para comprobar cómo la mentira propagandística sigue contaminando la mente de un señor que parece haber olvidado lo poco que aprendió en la transición democrática. De modo similar al Che Guevara, Lenin definió a los partidos comunistas como instrumentos para la guerra civil, lo cual, por lo demás, se desprende de modo natural y forzoso de sus planteamientos: partido de “revolucionarios profesionales” destinado a “encabezar a las masas” para derrocar violentamente las democracias “burguesas” e imponer regímenes tan productivos y libres como el de Castro y Guevara.

En contraste con la burda retórica de Carrillo, Ángel Maestro acude a los hechos para trazar un retrato de la Pasionaria mucho más realista. Sobre la personalidad de esta señora es difícil decir algo, porque se identificó a tal punto con su papel que sus mismas memorias no pasan de manchurrón propagandístico, escrito en la lengua de madera oficial, sin el menor interés humano ni otro valor historiográfico que como muestra del efecto destructivo de su ideología sobre el carácter. Algo más nos dice su conducta con su marido, abandonado a las duras condiciones de la vida obrera en la URSS mientras los dirigentes disfrutaban de los privilegios de su rango y ella misma mantenía relaciones íntimas con Antón, “revelación de la guerra”, al menos para ella, y típico señorito comunista. O su insaciable venganza contra el mismo Antón cuando éste prefirió a una amante más joven. O su nefasta influencia sobre los niños españoles llevados a la URSS durante la guerra en una típica operación de propaganda comunista, niños cuya repatriación impidió y cuyas condiciones de vida, a menudo durísimas, no le preocuparon lo más mínimo.

Estos rasgos personales tienen, de todas formas, interés menor, y la Pasionaria no pasará a la historia por ellos, sino por su papel en la dirección de aquel partido que tanto pesó en el pasado reciente de España, y muy destacadamente durante la guerra civil. Como tal dirigente, sus dotes más destacadas consistieron –aparte de su excelente voz y facilidad para la oratoria demagógica– en su capacidad de adaptación servil a las más contradictorias piruetas de la política soviética, incluido, por supuesto, el pacto con Hitler. No obstante, debe reconocerse que esa adaptabilidad fue la garantía de su supervivencia, y no sólo política, pues cualquier sospecha de insuficiente entusiasmo por los amos del Kremlin supuso durante muchos años la pérdida de la vida. Con lealtad perruna sacrificó la Pasionaria cualquier otro interés o sentimiento, y lo hizo sin exteriorizar el menor remordimiento ni la menor duda.

Agente pagada de quien mandara en Moscú, y orgullosa de serlo –como todo el PCE y sus dirigentes–, e instrumento ciego de su propaganda, Maestro explica también cómo el partido estaba subvencionado y controlado financieramente por la URSS. Se han demostrado ciertas las acusaciones de la derecha sobre el “oro de Moscú” detrás del PCE, que despertaban sonrisas sarcásticas en todo progre “bien informado”.

Al revés que Guevara, la Pasionaria pertenecía de lleno al género burocrático, y su mito fue forjado íntegramente por la propaganda. Sería muy instructivo recoger los ditirambos en verso y en prosa que le fueron dedicados en España y otros países. Para percibir el grado estrambótico de su mitificación, una anécdota: cuando el maquis iba de capa caída, una consigna comunista fue: “Resistid. Pronto llegará Pasionaria”. Al parecer esa promesa reanimaba a los combatientes. Por supuesto, la dirigente comunista no tenía la más remota intención de abandonar su cómoda y privilegiada tranquilidad en “la patria del proletariado”.

(publ. en diciembre de 2004)

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‘MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE’

Paz, democracia y razón

Es lástima que lo poco original y bueno que produce actualmente España en el ámbito de la cultura apenas reciba atención y pase casi inadvertido para los medios y para el público en general, sin dar lugar a debates de algún interés.

Nos hemos acostumbrado tanto a creer que solo fuera de España se publican materiales interesantes, por lo común en inglés, incluso sobre nuestra propia historia y literatura, que automáticamente se tiende a desdeñar ese poco bueno en español, a sumergirlo en la masa de trabajos irrelevantes o pintorescos, o meras vulgarizaciones de aportaciones foráneas, que constituyen el grueso de la cultura española actual.

Entre ese poco original y bueno se encuentra el libro de José Manuel Otero Novas Mitos del pensamiento dominante. Paz, Democracia y Razón. La primera parte del título quizá no es muy acertada, pues el pensamiento se ha reducido mayormente a tópicos, de modo particular en España. Afortunadamente no ha caído en la falacia encerrada en el término pensamiento único, que solo puede existir en regímenes totalitarios. En los democráticos siempre han surgido y combatido diversas escuelas de pensamiento, predominando unas u otras en tales o cuales épocas, pero sin imponerse nunca una por completo. Y esta es una de las causas de la superioridad cultural de Occidente durante varios siglos, y también de sus peligros. Por cierto, que Otero supone la existencia de ciclos o ritmos en el desarrollo social, que caracteriza como alternancia entre etapas dionisíacas y apolíneas, según la terminología usada por Nietzsche en relación con la tragedia griega. Idea discutible y por ello probablemente fructífera.

Pero desde hace bastantes décadas viene imponiéndose un pensamiento de tipo socialdemócrata, condensado en tópicos o mitos, hasta el punto de que ha sido adoptado en gran medida también por la Iglesia. Ya Tocqueville advertía contra lo que llamó “despotismo democrático”, que coincide casi punto por punto con los ideales y aspiraciones de una socialdemocracia desprovista solo a medias del dogmatismo marxista. Un despotismo que, advertía, puede volver aparentemente inútil o innecesaria la libertad e imponerse manteniendo los aspectos externos de la democracia: un estado providente ejercería sobre los individuos una tutela que se parecería a la paterna si no fuera porque esta tiene por objeto “preparar a los hombres para la edad viril”, mientras que la del estado persigue “fijarlos irrevocablemente en la infancia”. El análisis de Tocqueville creo que sería útil para explicar muchos fenómenos de las sociedades actuales.

Pues bien, esa infantilización se produce en gran medida a través de la manipulación de conceptos discutibles (en España tiende a considerarse negativamente el término discutible, cuando debe ser todo lo contrario para una sociedad viva) y muy difíciles de definir, como paz, democracia y razón. El juego consiste en apropiarse de esos conceptos como banderas e imponer como únicas posibles, mediante la educación, los medios de masas, etc., determinadas interpretaciones de ellos, generalmente simplificadas y utópicas. Ese juego, si se impone, entraña la muerte del pensamiento.

Otero Novas no solo se opone a esa infantilización utopista (él no emplea este término, pero creo que viene al caso), sino que lo hace mediante la aportación crítica de una masa de datos, testimonios, información histórica, citas y razonamientos que sorprenderán a la mayoría de las personas habituadas a pensar en una sola dirección. De ahí que su libro constituya una riquísima fuente de reflexiones –no necesariamente favorables a sus tesis, desde luego–; como otro anterior que reseñé en su momento con mucha menos extensión de la que merece.

En gran medida, las utopías infantilizantes parten de un concepto del ser humano que ahora suele llamarse buenista y que niega, por decirlo con expresión mítica, el pecado original constituyente de la condición humana. Así, el hombre tendería por naturaleza a la paz, la democracia y la razón, conceptos presentados a su vez como coherentes y no conflictivos entre sí. Una consecuencia del pensamiento utópico o buenista sería la negación de la historia. La humanidad histórica –la real– ha vivido entre paces y guerras, entre la libertad y la servidumbre, entre la razón e impulsos irracionales (a su vez, como recuerda Otero, pocas cosas más difíciles de definir que la razón, la libertad o incluso la paz). Esa historia no se correspondería con la verdadera naturaleza humana figurada por el arbitrario ensueño del utópico-buenista y por tanto no tendría razón de existir. El ser humano aparecería propiamente solo en tiempos muy recientes, cuando surgen tales conceptos –convertidos en palabras mágicas–, que deben conducir al triunfo de la soñada naturaleza humana buenista; un triunfo, apenas hace falta decirlo, aplazado una y otra vez, pero siempre cercano a base de añadirse más de lo mismo después de cada fracaso.

Valgan estas mínimas consideraciones como aproximación, pues no me sería posible explicar un libro tan sugestivo en una reseña tan necesariamente breve. De todas formas, tengo intención de tratarlo con más detalle en mi blog.

 

JOSÉ MANUEL OTERO NOVAS: MITOS DEL PENSAMIENTO DOMINANTE. Libros Libres (Madrid), 2011.

  (publicado en 2011)

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La hispanofobia como clave histórica

Blog  Gaceta: Cómo dejé a Marx (y II) : http://www.intereconomia.com/blog/deje-marx-y-ii-20120821

Si   observamos la evolución de España desde finales de los años 60 encontraremos   una progresiva erosión del concepto de lo español, primero en el plano   intelectual-emocional y después en el directamente político; tendencia   disgregadora pertinaz, con el terrorismo separatista de la ETA como uno de   sus principales motores.

Viene a ser el tercer asalto en ese sentido. El primero, como he explicado en Una historia chocante, ocurrió en torno al “desastre” del 98, con el impulso de los internacionalismos proletarios, los separatismos y los anarquismos. Se interiorizó de varios modos la Leyenda Negra y, en frase de Menéndez Pelayo, una multitud de “gárrulos sofistas” denigró por sistema el pasado español –sobre todo lo más importante de él–, pintándolo con tintes negros o pesimistas y proponiendo recetas pintorescas, bien fuera para superar los males reales o supuestos de aquel pasado, bien para liquidar de una vez la idea y la realidad de la nación española. Uno de sus efectos fue la emergencia de un nacionalismo español del mismo tipo que el vasco o el catalán: un regeneracionismo arbitrario frente a una historia de España calificada de “anormal”, “enferma” y más o menos catastrófica. Para lo cual proponían remedios igualmente arbitrarios y una europeización vacua.

Consecuencia de aquellos movimientos fue la destrucción del régimen liberal de la Restauración, que, aun con su mediocridad, favorecía una auténtica regeneración económica, cultural y social del país. Con la II República, los “gárrulos sofistas” tuvieron su oportunidad histórica y la aprovecharon para realizar su segundo asalto.

Fue Azaña un líder muy principal de una confusa retórica que pretendía arrasar la tradición española a la cabeza de los “gruesos batallones populares en la bárbara robustez de su instinto”, es decir, dirigiendo a los mesiánicos sindicatos y partidos obreristas. La república pudo en principio haberse asentado como régimen democrático… de no haberse impuesto aquella mezcla de antidemocracia, antiliberalismo y antiespañolismo izquierdista. Pues quienes organizaron la caída de la monarquía fueron sectores moderados que cayeron en la ilusión de apoyarse en izquierdistas tipo Azaña, tal como este cayó en la de dirigir a los “batallones populares”.

Vista en perspectiva, aquella explosión de garrulería y violencia llevaba inevitablemente a la desintegración de la nación y la cultura españolas, sin ofrecer a cambio nada parecido a la democracia, sino una revolución totalitaria, que terminó como sabemos. La guerra civil no se hizo en nombre de la democracia, pues ningún bando la defendía, pero al menos se salvó lo esencial, la unidad de la nación y la raíz cristiana de su cultura. Y sobre esa base, en un período que puede llamarse apropiadamente “de convalecencia”, surgió una sociedad libre de los viejos odios, mesianismos y rencores, y mucho más próspera, que pudo evolucionar a la democracia sobre una base infinitamente más sana que la de la república.

El resultado ha sido la prolongación de la paz del franquismo, la más larga que ha vivido España en siglos. Sin embargo, como he expuesto en La transición de cristal, volvió a crearse otro equívoco peligroso: nuevamente la oposición antifranquista, compuesta de marxistas, terroristas y grupúsculos y personajes demasiado proclives a aliarse con ellos, alzó con desenvoltura la bandera de la democracia, tildando de lo contrario, como Azaña, tanto los valores propiamente españoles como la reconstitución nacional bajo el franquismo. Ha sido el tercer asalto hispanófobo, hoy en pleno auge.

Otro equívoco, no menos dañino, fue el supuesto de que la transición reconcilió a los españoles, cuando ocurrió exactamente al revés: la reconciliación previa permitió la transición. Los únicos que se reconciliaron entonces, al menos en apariencia, fueron los políticos autoconsiderados herederos de las izquierdas y los separatismos republicanos. Parecían haber aprendido de la experiencia, pero, como ha demostrado la práctica, la única lección aprendida consistió en que debían proceder con más lentitud y menos violencia que en la república. Identificaban nación española y franquismo, tildado este de dictadura abominable, y, lo más curioso, no solo seguían igual de antifranquistas cuando ese régimen había desaparecido, sino que incrementaron progresivamente la virulencia de un antifranquismo convertido en disfraz de una hispanofobia pareja a su aversión a la democracia liberal.

En cuanto a la violencia, no es un dato baladí su apoyo al terrorismo de la ETA. Este grupo, como casi siempre olvidan los analistas políticos, concentra el mesianismo socialista y el antiespañolismo tradicional en la izquierda, y gracias a dicho apoyo ha llegado a condicionar en grado sorprendente la Constitución y la evolución posterior. Los artículos constitucionales que admiten un progresivo vaciamiento del estado nacional parten de la ilusión de hacer concesiones –a costa de la nación y del estado de derecho– al separatismo presuntamente moderado, a fin de oponerlo al más radical de la ETA, y quitar a esta un respaldo social nacido, precisamente, del respaldo que los terroristas han recibido del movimiento antifranquista antes y después de Franco. Ese respaldo se llamó luego “salida política”, que convertía el asesinato en modo de hacer política y socavaba, nuevamente, tanto la unidad nacional como el estado de derecho.

Quienes tildaban de enferma la historia de España, en el 98 y hasta ahora, han enfermado efectivamente a la sociedad, llevándola una y otra vez a la convulsión y a la frustración de las mejores oportunidades de libertad y progreso para el país. Va siendo hora de cerrar definitivamente la herida abierta entonces. Contribuir a ello es lo que me propuse al escribir Nueva historia de España.

** Una reseñ: http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/07/nueva-historia-de-espana-de-pio-moa.html

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En pro de Mario Conde. Rajoy no es el hombre

Blog Gaceta: Salir del Euro / Siria como ejemplo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/salir-euro-siria-ejemplo-20120818

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(Lo siento, sale con estas letras y no logro evitarlo)

   Vaya por delante que no tengo ninguna relación con Mario Conde ni intención de entrar en su partido. De sus críticas al “sistema”, unas me parecen mejor y otras peor, pero lo esencial es que ante la avanzada putrefacción de la estructura de poder salida de la Transición –que nunca estuvo muy sana–, urgen nuevos líderes y nuevos programas. Lo asombroso es que  no hayan aparecido o tengan tan poco fuste. Por supuesto,  el panorama  dará también ocasión a  todo tipo de pícaros, pero eso es inevitable, y por lo demás ya tenemos demasiados en el poder.

   Contra Mario Conde se han desatado inmediatamente las reacciones que eran de esperar. La principal me  la han resumido personas incluso de solvencia intelectual: “Es un ladrón”. Lo haya sido o no, ha pagado con la cárcel, mientras que por ladrones y/o cosas peores tendrían que estar en la cárcel gran número de líderes de los dos grandes partidos actuales y de los separatistas. Por, en primer lugar, colaboración con el terrorismo y el separatismo, y de ahí para abajo la enorme masa de corrupciones que han generado, hasta dejar al país en la ruina. Y no me refiero solo al dinero que se hayan embolsado particularmente o para sus partidos: el derroche demagógico de fondos públicos, la inflación del estado con golfos y aprovechados políticamente afines, son también corrupción, y más grave por sus consecuencias generales, que estamos sufriendo.

    Así pues, ante el nuevo partido de Mario Conde no nos apresuremos a sacar la artillería y menos aún a hacer el caldo gordo a los putrefactos. Un partido se define por su programa y por su actuación. Habrá que verlo. Lo otro está ya visto.

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Cuando el corruptor  Zapatero sacaba a la ETA del borde del abismo para darle toda clase de facilidades y prebendas a costa del estado de derecho y la unidad de España,  acusé a Rajoy de colaborar en el proceso. Muchos se escandalizaron. Pero era una colaboración disimulada, consistente en convertir en paripé inofensivo su deber democrático de  oponerse con toda claridad y energía a semejante delito o sarta de delitos, y en dar por hechos consumados y sin vuelta atrás  las fechorías socialistas. Su oposición era de “perfil bajo”, siguiendo los consejos de un cantamañanas con asombrosa influencia… entre otros cantamañanas como él.

Ahora, Rajoy ha proporcionado a la ETA una nueva victoria claudicando abyectamente en relación con el carcelero de Ortega Lara. Dice el desvergonzado ministro del ramo que el PP “solo ha cumplido la ley”. Lo que es falso, ninguna ley le obligaba. Pero si fuera así,  ¿por qué no lo hizo antes de las  huelgas de hambre y de las manifestaciones  etarras? Estas últimas permitidas, es decir, patrocinadas de hecho, por quienes tienen la obligación de defender a las víctimas y no a los asesinos y sus cómplices.  Está claro que la “ley” aquí la ha dictado, una vez más, la ETA y la ha acatado el gobierno. Los etarras siempre han creído, no pocas veces con razón, que los gobiernos de Madrid, (excepto el de Aznar-Mayor Oreja) eran algo así como pandas de cacos a quienes había que tratar con mano dura. Han vuelto a confirmarlo. Rajoy decía antaño, infantilmente, que lo que quería era ser presidente de España. Ya lo es. Para nada, porque en materia económica no gobierna él, sino que le gobiernan en Bruselas o en Berlín, o donde sea, y en lo demás es don Nadie, excepto para sangrar a los ciudadanos. Y ya sabemos lo que vale: lo mismo que en la oposición. Hombre de perfil muy bajo para una crisis de perfil tan alto.

 

****Annie Bottle dice que debe reducirse el número de políticos. Pues ya sabe, a dar ejemplo.

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Entender el franquismo desde el liberalismo

Blog Gaceta: La División azul según un mal informado: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/division-azul-segun-un-mal-informado-20120816

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Hace algo más de un año mantuve un debate en LD con Jorge Vilches, quien creyó oportuno iniciarlo al socaire de otro  con César Vidal. Ahora he vuelto a leerlo y creo que tiene bastante enjundia. Como se verá, no solo afecta al tema concreto, sino también al estilo pedante y no muy solvente que hoy por hoy predomina en la universidad, con las excepciones de rigor.

Defender el franquismo

Al contrario de lo que suele creerse por influencia de la izquierda antidemocrática, el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal. No solo puede: debe. Expondré brevemente algunas razones.

  1. Nuestra democracia viene  directamente del franquismo, de la ley a la ley. La alternativa era pasar   sobre 40 años de historia para buscar la legitimidad en el nefasto Frente    Popular, de tendencia totalitaria y destructor de la legalidad   republicana, como proponían la izquierda y los separatistas.
  2. El paso “de la ley a      la ley” supuso, además, prolongar la paz más prolongada de nuestra   historia contemporánea, comenzado por el franquismo. Fueron la izquierda y      los nacionalistas catalanes los organizadores de la guerra y de un proceso      revolucionario al cual, justamente, derrotó Franco. La paz no es el máximo   valor social, pero es un valor muy importante.
  3. El franquismo nunca tuvo      oposición democrática viable. Es una brutal falsedad la equiparación de      antifranquismo y democracia, sostenida desde la transición, que ha      permitido a una izquierda nunca democrática repartir títulos de demócrata.      En las cárceles franquistas –con seis veces menos presos que hoy– no había      demócratas: sus pocos presos políticos eran totalitarios diversos y      terroristas.
  4. El franquismo fue      autoritario, no totalitario. La diferencia clave reside en que el estado      totalitario tiende a ocupar todo el espacio social. Pero el estado      franquista fue muy reducido, seis veces menor que el actual. El espacio      dejado a la actividad social espontánea era mayor que ahora.
  5. No es cierto que en el      franquismo no hubiese libertades. Vale la pena recordar el episodio      Solzhenitsin para entender la realidad. Existía incluso una prensa muy      considerable de carácter pro comunista y pro etarra. Las libertades de      reunión, expresión o asociación, etc., estaban limitadas, pero existían      con mucha más amplitud de lo que ahora creen o dicen creer muchos.
  6. El franquismo no solo derrotó      a la revolución, también nos salvó de la guerra mundial, desbarató el      maquis y el aislamiento impuesto injustamente a España, reconcilió a la      población (bien puedo decirlo, habiendo sido de los pocos que luchó contra      aquel régimen) y dejó el país más próspero de lo que había sido en siglos.      Ello permitió la democracia.
  7. Todas las amenazas a la      democracia (corrupción, leyes totalitarias, ataque a la justicia      independiente, separatismo, terrorismo, etc.) provienen, y no es casual,      del magma antifranquista creado después de Franco por la izquierda y el      separatismo, gracias a la renuncia de la derecha a la lucha de ideas y a      la creación de opinión pública
  8. No puede defenderse el      franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura      históricamente necesaria, muy llevadera y con un balance positivo no ya      bueno sino espectacular, teniendo en cuenta lo que ha sido la historia de      España en estos últimos siglos.

 

Vilches, no muy bien informado tuvo a bien replicar: http://www.libertaddigital.com/opinion/jorge-vilches/criticar-el-franquismo-60057/

Contesté:

Democracia liberal y franquismo

Dice el señor Vilches que “hacer oposición o criticar a los socialistas no obliga a asumir como bueno lo que la izquierda desprecia”. Desde luego, él no lo hace: asume precisamente los tópicos de esa izquierda sobre el franquismo, incluso empeorándolos al estilo de Tusell, “progre” de derechas con necesidad psicológica de demostrar que es aún más antifranquista que la izquierda. Por lo demás, lo esencial de mi trabajo no es la oposición a los socialistas, sino la clarificación documental y analítica del pasado. Creo que el señor Vilches, tratando de rebatir mi artículo sobre el franquismo, hace un ejercicio de estéril pedantería académica, más bien que de aproximación seria a la historia. Le responderé con la mayor brevedad posible, punto por punto:

1. Contra lo que él piensa, la democracia liberal está obligada a elogiar y agradecer al franquismo. No existió un movimiento demoliberal contra Franco, en cuyas cárceles no hubo demócratas, sino totalitarios o asimilados. Por ello, la democracia liberal solo pudo construirse sobre las condiciones creadas por el franquismo. Los liberales nos beneficiamos de ello y debemos agradecérselo, como es de bien nacidos. Tanto más cuanto que ha sido y es el antifranquismo la mayor amenaza para la democracia conseguida.

2. Dice que la transición no la hizo posible la reforma “de la ley a la ley” sino “la articulación pacífica de la sociedad civil. Fueron las dos cosas: la articulación pacífica de la sociedad civil, conseguida bajo el franquismo (¿o cayó del cielo?), se manifestó en el voto masivo a la reforma “de la ley a la ley” y contra la ruptura. Y no es cierto que las leyes franquistas carecieran de consentimiento y legitimidad: la inmensa mayoría de la población no era antifranquista, y no existió alternativa democrática viable a él. ¿O la conoce el señor Vilches?

3. El franquismo nunca fue totalitario ni la Falange su única ideología. Sus “familias” (Falange, Iglesia, Opus Dei, monárquicos, carlistas) tenían mucho de partidos, con sus organizaciones y prensa propias y sus peleas por el poder, ya en los años 40. Lo he tratado en Años de hierro, examinando precisamente esos tópicos ideológicos. Tampoco “el Terror fue la forma y fondo” del régimen. El terror sí funcionó en muchos países europeos, incluidas democracias, después de la II Guerra Mundial; aquí la represión se hizo judicialmente. La retórica de Vilches al respecto es pura invención de origen comunistoide. Tan poco terror había que, salvados los efectos inmediatos de la guerra, la población penal en España era quizá la más baja de Europa, y los presos políticos (totalitarios casi todos) muy pocos. Quizá haya ahora más, pues los de la ETA lo son desde el momento en que los gobiernos hablan al respecto de “salida política”.

4. Contra lo que cree Vilches, ni siquiera entre 1936 y 1945 fue el régimen totalitario ni de predominio falangista. La Falange perdió ya entonces sus pugnas con el sector católico (vea el estudio de J. Andrés-Gallego, por ejemplo). Y ya entonces el estado franquista era muy pequeño (y relativamente eficiente), lo que excluye de entrada el totalitarismo. Sorprende que a estas alturas un historiador pueda ignorarlo. Le recomiendo, de nuevo, mi Años de hierro, y si quiere le daré los datos correspondientes.

Pasa luego el señor Vilches a examinar lo que llama “tópicos franquistas”, a los que opone unos tópicos de izquierda hoy ya desacreditados. Pero…

1. El franquismo derrotó una revolución en marcha desde 1933. En 1934 se intentó la revolución desde fuera del poder y Franco contribuyó a vencerla. Desde febrero de 1936 se desató un proceso revolucionario desde el poder y desde la calle. No sé si Vilches cree compatible con la democracia liberal la marea de incendios de iglesias, registros de la propiedad, periódicos y sedes de la derecha, asesinatos culminados en el del líder de la oposición, ilegalidades del gobierno y amparo de éste a la oleada de crímenes, etc. Por mi parte no creo en esa compatibilidad.

2. ¿Franco no libró a España de la Guerra Mundial? ¿Entonces nos metió en ella? Primera noticia. ¿O fue Hitler quien no la quería y se lo impidió a Franco, como vienen a decir Preston, Marquina y tantos? Ahí entramos en el campo del disparate puro y duro. Franco tuvo una deuda de gratitud con Alemania y la pagó mediante la División Azul, que luchó contra el stalinismo. Los vencedores anglosajones debieron muchísimo a la neutralidad de Franco, más que los alemanes a cooperaciones menores. Y los vencedores “que trataron a España como un país derrotado y sin redención posible”, dice Vilches, incluían a Stalin, el mayor ganador de la guerra y a quien los anglosajones hicieron mil concesiones. Por supuesto, España no fue tratada como derrotada y sin redención: más bien fue España la que derrotó al maquis y al injusto aislamiento impuesto. El señor Vilches fantasea con que “los soldados norteamericanos, como hicieron en Italia, se hubieran paseado de Sur a Norte por España“. Nuevo error garrafal: los anglosajones distaron mucho, pero mucho, de pasearse por Italia y, por alguna razón (a ver si Vilches la acierta), prefirieron no meterse en la aventura de otro “paseo” por España.

3. El apoyo mayoritario a Franco no es un tópico, sino una realidad. Quienes luchamos contra el franquismo lo sabemos por experiencia, y lo he explicado en Franco para antifranquistas. Una razón de peso es que la gente había sufrido en sus carnes las “maravillas”, de la república y el Frente Popular, con las que la gente identificaba, erróneamente, la democracia liberal; confusión en la que siguen cayendo muchos hoy, a izquierda y derecha, incluyendo al señor Vilches, según parece. Otra razón es que el franquismo derrotó el aislamiento, reconcilió al país y lo elevó a la mayor prosperidad en siglos, cosas que el señor Vilches desdeña pero que los españoles de entonces apreciaban mucho. Otra razón es que aunque las libertades políticas estaban restringidas –no anuladas– existía una gran libertad personal y el estado se entrometía menos que ahora en la vida particular de las personas.

Un tercer apartado me parece que no mejora su exposición historiográfica:

1. La comparación con el caso alemán solo revela la total falta de perspectiva histórica. Alemania perdió la guerra, España no; Alemania fue aniquilada como nación, quedó dividida largo tiempo y su democracia fue construida y tutelada por la ocupación militar. Quizá el belicoso señor Vilches deseara algo parecido para España después de lo que imagina “un paseo” de los soldados useños. Bien, yo no lo prefiero. Aquí es cuestión de preferencias, como en el caso del Frente Popular. En cuanto al PSOE, principal causante y organizador de la guerra civil y una catástrofe para la democracia actual, no lo hicieron las elecciones, como él supone, sino una campaña artificial tremenda por parte de casi todo el mundo. Le voy a recomendar otro libro: La Transición de cristal, que quizá le dé algo que pensar.

2. El franquismo no “pasó del apoyo a nazis y fascistas durante la II Guerra Mundial a definirse como régimen ‘típicamente español’”. Se definió siempre como esencialmente español, y por eso, entre otras cosas, no entró en la guerra mundial. También se definió como católico, con la aquiescencia de Roma. El complejo de inferioridad no lo tenían los franquistas ni los españoles de entonces, sino que lo ha cultivado intensamente el antifranquismo. En España existía el imperio de la ley –quizá más que en nuestra partitocracia–; lo que no existían eran partidos oficiales (salvo las “familias” del régimen). Y finalmente, la obra del franquismo ha permitido una evolución democrática que nos debemos a nosotros mismos y no a los “paseos de los soldados estadounidenses“. Esto a mí me parece bien, a Vilches mal. Cuestión de gustos, nuevamente.

3. El franquismo no se apropió de la españolidad y sus símbolos: los recogió del suelo donde eran pisoteados por quienes oponían los “viva Rusia”, “Viva la república” o “Viva Euzkadi” a los “viva España”. Fue el franquismo quien salvó la bandera tradicional contra la estrafalaria bandera “republicana”.

4. La idea del franquismo sobre España, con todos sus defectos, es mucho más adecuada a la realidad histórica que las invenciones de los antifranquistas, separatistas, Tuñón de Lara, Tusell y similares.

5. La Iglesia apoyó al franquismo porque éste la salvó, literal y físicamente, del genocidio. Después, gran parte de ella se volvió pro marxista, bastante proetarra y proseparatista. Si Vilches prefiere a esa Iglesia, es cosa suya, pero eso no le autoriza a invertir la realidad de los hechos: cuando la Iglesia vio menguar rápidamente sus filas fue cuando adoptó esa orientación y no antes.

Creo que Vilches es especialista en el siglo XIX. Pero por lo que se refiere al XX, y a la república y al franquismo en particular, me parece que adopta acríticamente una retórica cuyo origen se halla históricamente en la Comintern, mezclada con un peculiar liberalismo dogmático (es decir, poco liberal), que pasa por alto o inventa los datos históricos constatables.

Volvía  a la carga Vilches: http://www.libertaddigital.com/opinion/jorge-vilches/la-guerra-de-moa-60088/

En fin, otra contrarréplica: “¡Ay, Vilches…!”:    http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ay-vilches-descerebrados-contra-delincuentes-delincuentes-contra-el-valle-de-los-caidos-9818/

Mi contradictor prefirió dejarlo. Seguí luego  con otro: Vilches y la represión franquista: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/error-mio-hacia-malefakis-vilches-y-la-represion-franquista-espana-al-morir-franco-9835/

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