Un autorretrato del antifranquismo. Recuerdos, La felicidad

Blog Gaceta: Por qué duró tanto el franquismo  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/por-que-duro-tanto-franquismo-20120815

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(Publicado en 2002)

Que la democracia actual no proviene del antifranquismo es obvio para cualquiera que conozca su debilidad material, moral y política, y conserve la memoria. Esa debilidad, por así llamarla, se reveló en plenitud cuando la visita de Soljenitsin a España, en marzo de 1976.
Hace unas semanas, con motivo de una reimpresión de Archipiélago gulag el diario El Mundo publicó un reportaje donde hablaba José María Iñigo, entrevistador del escritor ruso en TVE en aquel ya lejano año. Los comentarios, tanto del reportero como de Iñigo, eran perfectamente banales. El segundo aseguró que la entrevista había gustado tanto a Franco que había llamado a TVE y la había hecho repetir… cuando el dictador llevaba cuatro meses muerto.
Soljenitsin dijo: “Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y me he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres de residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a las fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
“Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas y luchando por procurárselos. También he observado que en España uno puede utilizar libremente las máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede hacer fotocopiar cualquier documento, depositando cinco pesetas por copia en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
“En su país –dentro de ciertos límites, es cierto– se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad de que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos. Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de “limitada”. Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con armas en la mano (alude a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo”.
Estas palabras despertaron en los antifranquistas una furia increíble. Juan Benet, en Cuadernos para el diálogo (excelente título) escribió: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste”.
Benet, escritor medianillo, esnob y superficial, pero muy promocionado, ejercía una “resistencia” cómoda y remuneradora a la limitada dictadura de entonces, y venía a actuar como altavoz de la oposición antifranquista, que pocas veces quedó tan al desnudo. El subdirector de Cuadernos para el diálogo, Eduardo Barrenechea, también arremetía contra el “hombrecillo Soljenitsin”, que según él, había hecho “enrojecer … de vergüenza” a muchos telespectadores. La procomunista Triunfo, una de las revistas de mayor tirada entonces, denunciaba el “escándalo” de la “operación Soljenitsin”, organizada para “acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada. El señor Soljenitsin llega con retraso de una guerra fría, y la Televisión Española, de una guerra civil renovada”. Denunciar la situación en la URSS y compararla con la de España significaba, pues, renovar la guerra civil y atacar “la democracia española” en ciernes. En la revista Por Favor, Soledad Balaguer cantaba las excelencias del sistema soviético, y denostaba al “premio Nobel barbudo” que daba “gato por liebre diciéndonos que los rusos eran muy malos porque eran comunistas, sin conseguir que nadie le creyese”. El semanario izquierdista Personas informaba: “Soljenitsin es un paranoico clínicamente puro. La voz del viejo patriarca zarista penetró en los campos y ciudades españolas como un viento glacial. Fue una vergüenza”.
En la revista Posible, Arturo Rubial clamaba: “Ese Soljenitsin es un Nobel por nada. Miente a cada instante. Habrían debido hacer de manera que Soljenitsin contase todo esto al estilo de music-hall, rodeado de lindas muchachas del ballet Set 96; este caballero tiene pasta de showman”. Montserrat Roig, en Mundo, no le cedía en agudeza: “La barba de Soljenitsin parece la de un cómico de pueblo, la de un cómico ambulante pagado por una alianza de señores feudales. El escritor hace reír al gallinero. Un día le arrancarán las barbas postizas”. Hasta en una publicación de Soria podía leerse: “Soljenitsin, turista privilegiado, multimillonario a costa de los sufrimientos de sus compatriotas, vive bien, muy bien, de sus discursos”. Y es que la simpatía hacia el totalitarismo soviético, incluidos sus campos de concentración, era una de las señas de identidad más íntimas de la oposición izquierdista.
Y no menos reveladora fue la reacción del antifranquismo de derechas. Cela, en vena progre, escribió: “Soljenitsin no está solamente contra España, nuestro pequeño y amado país, lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de la tristeza. No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero”. Para Jiménez de Parga, “uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura”.
Los diversos comentaristas trataban a uno de los grandes escritores del siglo XX, a uno de los grandes testigos de la barbarie totalitaria, de “chorizo”, “enclenque”, “mendigo desvergonzado”, “espantajo”, “bandido”, “hipócrita”, “mercenario”, etc. Ciertamente, tales dicterios rebotaban como flechas de goma sobre el así agredido, pero ¿sería exagerado considerarlos perfectamente aplicables a aquella oposición antifranquista trivial, mediocre e hinchada de ruindad, fuente de los mayores peligros que ha sufrido y sigue sufriendo nuestra democracia? Pues el antifranquismo no fue malo, obviamente, por oponerse a Franco, sino por su enorme carga de mentira. Hoy estamos reaccionando contra el fraude del nacionalismo vasco, en sus versiones terrorista y cómplice, pero no es ése el único fraude, y va siendo hora, por higiene intelectual y moral, de someter a todos ellos a los rigores de la crítica.

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Recuerdos sueltos

La felicidad

Tengo delante el enjundioso ensayo de Gonzalo Fernández de la Mora Sobre la felicidad, su último libro. Habría despertado un debate interesante en un clima intelectual menos anodino que el español. Según Fernández de la Mora, la felicidad es “el problema humano por excelencia”, y alcanzarla, y evitar la infelicidad, la intención fundamental de la gente, si bien no puede ser la finalidad de su existencia, ya que la pena, la desdicha o el tedio prevalecen, por lo común. Se trataría entonces de una finalidad imposible.
No estoy seguro del carácter general de la búsqueda de la felicidad, salvo si la definimos de un modo tan amplio que resulte una perogrullada. Por otra parte, interviene en el concepto una subjetividad irreductible: “No me gustaban las labores campestres ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino las naves y sus remos, los combates, las pulidas picas y las flechas, horrendas para los demás y gratas para mí, pues un dios ha puesto en mí esa inclinación”, dice Odiseo. Tampoco la felicidad se halla en el cumplimiento de deseos profundos, pues a menudo ese cumplimiento nos deja una sensación de vacío, y en cambio los esfuerzos y penalidades para alcanzarlos nos llenan más, al menos el recuerdo de ellas. Y en gran medida la felicidad resulta de la capacidad de adaptarse a circunstancias no previstas o no deseadas.
Además, la felicidad se presenta en algunas personas (mi mujer, por ejemplo) como una sensación de plenitud y alegría de la que son muy conscientes cuando ocurre; otros (yo mismo) casi nunca perciben la felicidad, salvo en la memoria, cuando ya ha pasado.
Lo que sí notamos de modo inequívoco es la infelicidad, por ejemplo en un fracaso amoroso, o en esas épocas de días iguales, pesados y vacíos, cuando uno siente que no hace lo que quiere o, peor aún, no sabe siquiera lo que quiere, y para escapar de sí mismo busca cualquier entretenimiento o vicio, que termina oprimiéndole aún más.
Hace tiempo me preguntaron en un chat por el período mejor de mi vida, y dije que el de la primera infancia de mi hija. Por entonces mi mujer salía a trabajar por la mañana, y yo quedaba al cargo de la niña. Le cambiaba el pañal, le daba el biberón que su madre había dejado dispuesto y ella tomaba sola, y la pasaba de la cuna a la cama, donde nos peleábamos un poco.
Luego empezaba la sesión de cuentos. Le impresionaba el de la ratita presumida: uno de los pretendientes aparecía con cara de circunstancias al ser despedido por la ratita. Ella miraba la escena con aire preocupado y me preguntaba con balbuceos, señalándola –aún no hablaba, pero entendía bien–. “Se va”, le explicaba. “¡Va…!”, repetía ella, y se echaba a llorar.
Pronto tuve que contarle cuentos. Los inventaba sobre la marcha, le habré contado centenares, ya puede imaginarse su calidad, pero a ella le hacían muchísima gracia, sobre todo si incluían catástrofes como revuelos en restaurante, con los platos y las bebidas volcándose sobre la gente. No se cansaba de ellos. Una serie versaba sobre un detective llamado Garbancero. A veces le improvisaba otros, moralizantes, con idea de corregir algunas reacciones suyas. Por ejemplo, ella tendía a enfadarse con facilidad, y le inventé un cuento de “la ratita enfadona”. Al principio no captó la indirecta, y comentaba, muy razonable: “Clao, poque es una tonteía enfadase po esas cosas” (empezó a hablar muy pronto, aunque tardó en pronunciar la ere y más aún la erre fuerte, que decía a la francesa). Pero cuando se percató del mensaje, protestó airadamente: “¡No quieo que me contes contos con lección!¡No quieo lecciones en los contos!”.
También le hacían gracia otros temas: “Cóntame las gambegadas que hacías cuando eas pequeño”. “Pues siempre andábamos haciendo hogueras, y una vez quemamos un camión…”. Las gamberradas y disparates le divertían mucho.
Después la llevaba al parque en el cochecito. Parábamos en un bar donde yo desayunaba leyendo el periódico, y ella, en cuanto pudo, correteaba por el local mirándolo todo y pulsando los botones de las máquinas tragaperras. En el parque se entretenía con la tierra, o jugábamos con un balón, o a esconderse. Solía llevar alguna muñeca, y un día iba con una ovejilla de peluche, a la cual llamaba Lucerita, y que debió de caérsenos del carrito. Volvimos sobre nuestros pasos, buscando y rebuscando en balde. “¡Pobe Luceíta, estaá solita sin mí”, lloraba desconsoladamente.
Su afición a los animales le daba muchas alegrías, también alguna gran pena. Teniendo siete años se le murió un periquito, al que daba de comer en la mano y que le lamía los dedos con su áspera lengua, y se pasó dos días llorando en cuanto se acordaba de él. Lo enterramos en una maceta, y sobre ella colocó un papel, pinchado en un palo: “Felipillo, el periquito amarillo y verde, falleció el 12 de diciembre de 1999 por aerosaculitis. Nunca te olvidaremos. Espero que estés en el cielo de los periquitos”. Perfecta expresión de un sentimiento universal de pérdida y consuelo.
A menudo me acompañaba, buena camarada, a gestiones como hacer fotocopias de anuncios de clases, que luego yo pegaba por la universidad. Venía a mi lado parloteando de sus aventuras “cuando yo ea mayó y me llamaba Cecilia”. Su concepto del tiempo era extraño. Si me ponía a escribir a máquina, se sentaba en mis rodillas e iba dándole a las teclas. Así aprendió a leer, a los tres años, y un día sorprendió a su madre deletreando anuncios: “Mía, mamá: bo-das. O-fe(r)-tas”. Muy reservada y pudorosa con sus sentimientos, podía tener salidas inesperadas: “Papaín, yo a ti te quieo mucho. Y tú a mí, ¿me quiees o no?”.
Cuando le llegó el tiempo de ir al colegio estaba entusiasmada. Desde meses antes hacía amagos de irse de casa, con una carterilla cualquiera: “Adiós, papá, me voy an cole… amigos…”. Pero ya desde la infancia el trato humano va teñido de cierta agresividad, y ella no sabía defenderse. En particular soportaba muy mal a un trío “BSA” (brutos salvajes atacantes). A pesar de su fantasía, tenía un fuerte sentido de la veracidad, se lo creía todo y le desconcertaban las desfiguraciones o exageraciones, o las jactancias y amenazas infantiles. En suma, la experiencia no fue muy halagüeña.
Por las mañanas, al despertarse, preguntaba: “Papá, ¿hoy hay cole?”. “Sí”. “No quieo í”. Le explicaba que si no iba se convertiría en una burrita, como aquellos niños del cuento de Pinocho, y ella, pesarosa y disciplinada, aceptaba la prueba. Luego, mientras bromeábamos camino del colegio, se le iba pasando. A partir del mediodía su madre se ocupaba de ella.
Para qué seguir: cosas parecidas las cuentan todos los padres encantados con sus vástagos. Pero ¿por qué me parece la época más feliz de mi vida? No es fácil decirlo. Por entonces vivíamos del nada exagerado sueldo de mi mujer (unas 130.000 pesetas al mes), más unas clases particulares mías,  poco productivas. Cada poco tiempo yo recorría la Complutense, a veces también la Autónoma, colocando anuncios de las clases; en general lo llevaba con buen ánimo, pero verme en esa labor, entre los 44 y los 51 años, en medio de aquella multitud de jóvenes con la alegre despreocupación de la edad, podía causarme, a veces me causaba, una sensación de naufragio vital definitivo. Porque, de paso, habían dejado de admitirme los dos o tres artículos mensuales que antes publicaba en algunos periódicos, y debía limitarme a pinchar mis escritos en los tablones universitarios, al lado de los anuncios.
Para colmar el vaso, debía distraer muchas energías en las últimas peleas venenosas del Ateneo, antes de tomar la cuerda decisión de dejarlas y dedicarme a escribir sobre un tema semiolvidado y poco prometedor: la revolución del 34.
Una frustración demasiado prolongada –y aquella duraría siete años, aparte de los doce anteriores en que había ido tirando a trancas y barrancas– termina desalentando, y no pocas veces me desmoralizaba o caía en una furia sorda y difícil de controlar, me volvía intratable en casa, lamentaba las mañanas que no podía dedicar al trabajo y llegaba a castigar injustamente a la niña.
Si esto es la felicidad… Pues sí, tomado en conjunto lo considero una auténtica felicidad. La cosa resulta demasiado subjetiva, ya lo aclaraba Ulises: los dioses no ponen en todos nosotros las mismas aficiones ni las mismas formas de apreciar la vida.
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¿Qué debe España a la UE? / Calzadas romanas

Blog Gaceta: Más historia, señor Juliá, y menos cuentos / ¿Una novela fascista?http://www.intereconomia.com/blog/mas-historia-senor-julia-y-menos-cuentos-una-novela-fascista-20120813

Sin demasiada sorpresa oigo a Pedro J. en VEO7 decir que “Europa”, como él llama a la UE o se llamaba antes a la CEE, significa para los españoles libertad y prosperidad y que España pertenece a un club, la UE, con sus normas, que nos hemos beneficiado inmensamente de esa pertenencia pero hemos incumplido algunas normas y, claro, los otros miembros nos están llamando la atención.

Estas historietas calan, llevan muchos años calando en la conciencia pública, pero no por ello son más ciertas. Antes de entrar en la CEE, sin necesidad de “entrar en Europa”, como decían los demagogos, España estaba creciendo económicamente a un ritmo mucho mayor que el de los países de la CEE, acercándose con rapidez a la media de ellos, mantenía su soberanía en mucho mayor grado que después, y unos índices de salud social bastante superiores también. Desde que entramos en la CEE, luego llamada UE, no hemos vuelto a alcanzar tales tasas de desarrollo, hemos perdido soberanía hasta el extremo de convertirnos en una especie de protectorado de Alemania y Francia, y hemos descendido brutalmente en salud social (índices de fracaso matrimonial, familiar y escolar, de drogadicción –primer país en consumo de cocaína, según he oído– de alcoholismo, de personas en prisión y delincuencia juvenil, de violencia doméstica, de abortos, etc.).

Y aun antes del espectacular desarrollo de los años 60 y mitad de los 70, España consiguió índices de crecimiento muy aceptables, a pesar de no haber dispuesto del Plan Marshall, como el resto de Europa occidental, y haber sufrido en cambio un prolongado aislamiento internacional completamente injusto, con olvido de los enormes beneficios que Usa y Gran Bretaña habían extraído de la neutralidad española en la guerra mundial. Índices de crecimiento manifiestos en el extraordinario descenso de la mortalidad infantil, la prolongación de la esperanza de vida al nacer, el aumento del consumo de energía, de la alfabetización, del estudiantado medio y superior, de la presencia femenina en la universidad, etc., algo sin parangón con la república u otros períodos anteriores. Esto, en los llamados (por los necios y los demagogos) “años perdidos” 40 y 50.

Tales son los datos reales y cuantificables, pero sistemáticamente olvidados o falseados con el fin de meter en la psicología social la idea de que los españoles somos completamente ineptos y si se nos deja por nuestra cuenta, sin la tutela de “Europa” no podríamos hacer nada que valiera la pena. Una Europa en la que nunca hemos dejado de estar –con nuestras particularidades, como los demás países–, desde Roma y desde que la Reconquista derrotó a Al Ándalus. Si España ha sido admitida en la UE será porque conviene a la UE, pero es posible que a nosotros no nos convenga tanto, porque el balance para España no es precisamente brillante.

En cuanto a la libertad, cabe recordar a Pedro J. y quienes piensan como él un par de hechos elementales: el franquismo no fue un régimen totalitario como los que existían en más de la mitad del continente –con aplauso de muchos progresistas hispanos–, sino autoritario y de economía bastante liberal, que permitió su transformación en una democracia sin los traumas de otros países. Y por eso la democracia no se la debemos a “Europa”, es decir, la CEE-UE, sino a nosotros mismos, al revés que casi todos los demás países eurooccidentales, los cuales se la deben muy directa e inmediatamente a Usa. Y nuestra entrada en la CEE-UE no ha impedido en absoluto los fenómenos de involución y ahora descomposición política que ahora padecemos.

Nunca he conseguido entender de dónde sale ese servilismo absolutamente necio, cuando hemos logrado tantas cosas de las que podemos sentirnos contentos. Pero salga de donde salga, tiene unos efectos fácilmente constatables en la degradación de las instituciones, en la pérdida de soberanía y en la repugnante chabacanización del ambiente social.

(publicado en 2010)

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Recuerdos sueltos

Calzadas romanas

 

Alguna   vez me he referido a un viaje que hice a pie, por la Vía de la Plata en su   mayor parte, desde Huelva a Cangas de Onís. Lo hice a trozos, cuando tenía   tiempo y algún dinero, a lo largo de dos años, empleando unas veces dos o   tres días, otras una semana, y tengo escrito un libro sobre él, que espero   publicar pronto.

Por el mismo tiempo, 1986-87, traté de organizar en el Ateneo un grupo que explorase las calzadas romanas en la provincia de Madrid e hiciera algún estudio. Con vistas, incluso, a recuperar algo de ellas, tarea difícil, por cuanto las urbanizaciones y carreteras se las habrán comido casi todas, irreversiblemente. En los años 20 ó 30 ya se hicieron estudios interesantes, creo que Sánchez Albornoz estuvo también en la empresa. Un poco hicimos a nuestro turno en el Ateneo, si bien con muy poca participación y un nivel general un tanto descorazonador. El español actual, debe reconocerse, tiene muy poco empuje y está infantilizado por una televisión apestosa y una enseñanza no mejor, la trivialidad convertida en modelo.

Pese a vivir en Madrid prácticamente desde 1967, sólo había ido al Ateneo un par de veces. Me inscribí en él por consejo de Daniel Haener, un amigo suizo a quien mencioné en otra ocasión. Iba allí por la mañana y desayunaba en el bar de la casa, donde me pasaba unas horas leyendo o escribiendo, y al mismo tiempo prestaba atención a las charlas de las mesas vecinas, donde hablaban bien alto los jóvenes mientras descansaban de la preparación de sus exámenes. No recuerdo una sola conversación de interés intelectual o político. Toda su atención se concentraba en los problemas más vulgares de sus estudios, o en ligues, fútbol, ropas y muy poco más.

Ninguno manifestaba por la materia de sus esfuerzos otro interés que el más estrechamente pragmático de buscarse un buen empleo. Mezquindad en sus aspiraciones y actitudes, matizada por una buena voluntad general, aunque un tanto frágil si les imponía un sacrificio.

Acercándome a los cuarenta años, estas actitudes me parecían deprimentes, haciéndome caer en la traición de la memoria con respecto a los propios años mozos, cuando, supuestamente, teníamos intereses más elevados. Un recuerdo preciso me mostraba a los más comprometidos políticamente quejándonos del consumismo, opio sucedáneo de la religión, con el cual la maldita burguesía atontaba a la gente y desviaba a la juventud de la lucha contra el franquismo y otras nobles empresas.

Probablemente esa mediocridad no sea tan mala, como vio Julián Marías: la excesiva politización, la ilusión de que la política –tal o cual receta política– trae el remedio a los males del mundo, contribuye casi siempre a aumentarlos. Pero aun admitiendo esto, debe haber siempre una minoría con otros horizontes, políticos e intelectuales, y me sorprendía su casi completa ausencia en una institución como el Ateneo, concebida precisamente para ese tipo de minorías.

La biblioteca del centro dispone de fondos bibliográficos muy valiosos para investigaciones de diversa índole, pero son poco utilizados. Las salas de lectura distan de estar desiertas, a algunas horas y épocas se encuentra sitio con dificultad, pero casi todos los asientos son calentados por opositores o estudiantes, y el BOE y los apuntes son las materias más trabajadas. Fuera de eso, las reuniones y tertulias de jóvenes, maduros, viejos o mixtas, se dedicaban mayormente al chismorreo. Y entre los pocos con inquietudes, más bien por el “poder” que por la cultura, abundaban los auténticos macarras. Las excepciones solían ser individuos aislados y renuentes a actuar organizadamente.

En su pintoresco libro de viajes por España, G. Borrow hace bastantes observaciones inexactas, pero una de ellas, referida a los señoritos andaluces, sospecho que debió de acercarse mucho a la realidad, pues describe muy bien un ambiente extendido hoy por todo el país:

Los andaluces de clase alta son probablemente los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza y su prodigalidad en su avaricia. Las clases bajas son por lo general más corteses y, con seguridad, no más ignorantes“.

Parece una pintura perfectamente actual, un retrato de la España del botellón y la telebasura, esa España de la bajeza a la cual ya no la reconoce “ni la madre que la parió”, como programó no sé qué enterrador de Montesquieu. Siempre con las excepciones obligadas, reitero, aquella Docta Casa, como aún se la llamaba con cursilería, respiraba pesadez y maledicencia, un clima asfixiante para cualquier iniciativa un poco elevada.

En el Ateneo y en la prensa venía yo abogando, desde hacía años, por la creación de una red de sendas para aficionados a viajar a pie –la forma más ilustrada y deportiva de hacerlo– como existían en otros países, y que también han terminado por construirse, mejor o peor, en España. Pero el viaje mencionado al principio me dio la idea de que esa red, o una buena parte de ella, podría consistir en la recuperación, dentro de lo posible, de las calzadas romanas, y la promoción de los viajes a pie por ellas, quizá también en bicicleta o a caballo, tal como ocurre de veinte años acá con el Camino de Santiago. Creo que ello tendría un valor intelectual de primer orden, por cuanto a través de las calzadas se romanizó España; a través de ellas se forjó la base de nuestra cultura.

Al terminar mis andanzas por la Vía de la Plata hicimos un proyecto entre una amiga y yo en relación con dicho camino romano, pero extensible a la red de calzadas del Itinerario de Antonino y otras también conocidas. Presentamos el proyecto a la Junta de Extremadura, a la de Castilla León y al Ministerio de Cultura, que no le prestaron atención alguna. Pero, lo que son las cosas, años después los políticos extremeños empezaron a hablar de la rehabilitación y señalización de la Vía, y hasta de edificar algunos albergues. Una versión degradada de nuestra propuesta, la cual, obviamente, ni siquiera fue mencionada. Lo propio ocurrió en Castilla-León. Algunos políticos debieron de ver ahí la ocasión de retratarse como interesados en la cultura. Bueno, algo es algo.

Hace poco la televisión pública sacó una serie de reportajes muy costosos y con buena fotografía sobre la Vía de la Plata. Reportajes de una simpleza y domesticidad espeluznantes, muy al nivel de esa España “necia y vana” que de vez en cuando siente el prurito de darle un poquillo a esas cosas de la cultura, ya saben ustedes, Mahler o Machado y tal y tal.

 

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¿Por qué tenemos políticos basura?

Blog Gaceta: Victimismo y feminismo / También soy un poco víctima: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/victimismo-resorte-odio-combate-por-historia-mas-20120805

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Ha dicho Roberto Centeno que Zapatero debía estar en la cárcel y que Rajoy es “un mierda”. Sin  palabras tan crudas, lo llevo señalando desde hace bastantes años. No solo Zapatero tendría que estar ante los jueces, sino también Freddy Faisán, la doctora Burrianes y toda la pandilla de ministros que han desgobernado en esos años. Yo lo decía sobre todo en relación con su colaboración con banda armada, inequívoca, flagrante, desvergonzada, y por otros desmanes solo en parte económicos: o la democracia acaba con esa gente o esa gente acaba con la democracia. ¿Por qué siguen tan campantes esos individuos, incluso dando lecciones de ética?  Porque nuestra democracia, que nunca brilló muy alto, está en plena involución desde hace ocho años.

En cuanto al PP, con Aznar era un partido mediocre pero que iba resolviendo algunos problemas importantes, en especial el de la ETA. Con Rajoy ha degenerado a extremos increíbles. Rajoy es un hombre sin ideas políticas, por lo que básicamente sigue las de Zapatero. Es patético verle faltar a su palabra desde su debatillo electoral con Freddy Faisán,  desmentirse casi cada día de lo que afirmó el anterior . O hablarnos de “lo que interesa a los españoles” que por lo visto consiste en machacar a las clases medias y bajas para mantener los privilegios de una casta política corrupta e inepta  que debiera estar en el banquillo. Rajoy no tiene política en ningún terreno, ni siquiera en el económico, donde se limita a obedecer órdenes de Alemania y pese a su profundo pensamiento de que “la economía lo es todo”.  En lo demás practica un zapaterismo atenuado (y menos mal). La mayoría de los ciudadanos ve a los políticos (háganse las excepciones de rigor) como un grave problema para el país; pero ellos, demócratas que son, no se dan por enterados.

El problema viene de lejos, de cuando la Transición recayó en un personaje tan frívolo, ignorante y maniobrero en corto como Suárez; y los errores cometidos entonces no se han corregido sino que han aumentado al límite después del 11-m. Bien, ¿por qué es así? Muchos dicen que porque el pueblo no difiere enel fondo de los políticos,  siendo estos un reflejo de él.  Y sin duda  la sociedad está muy envilecida, muestra de ello han sido esos años en que tantísima gente vivía  eufóricamente de prestado, figurándose haber llegado al reino de Jauja. Gente que aceptó con naturalidad la triple corrupción intelectual, económica y sexual o, si se prefiere en términos más populares, la cultura de la trola, el choriceo y el puterío. Lo aceptó como  algo  normal, propio de la “modernidad”, un palabro que sirve para cualquier cosa, o si no, de la posmodernidad.  Habiendo pasta, euros, y parecía haberlos, daba igual todo lo demás. La cultura popular del jijí -jojó.

Pero aunque hay una relación entre unos políticos viles y una sociedad envilecida, el elemento activo, envilecedor, han sido los primeros. Y la clave de sus desmanes está en su profunda incultura y en particular en su ignorancia o conjunto de ideas falsas sobre la historia y características del país que gobiernan o desgobiernan. Desde la Transición,  como he expuesto en unlibro al respecto, esa ha sido una  característica definitoria de la izquierda y los separatistas, que compartían, como observó agudamente Julián Marías,  “una idea negativa de la historia de España”. Tan negativa, cabría añadir,  como exageradísimamente positiva de sus propias capacidades y virtudes, recuérdese  lo de “cien años de honradez y firmeza”, el lema más  inteligente y deliberadamente falsario que se haya inventado hasta ahora. Con una idea tal de la historia de su país, el respeto por el mismo desaparecía y cualquier botaratada podía valer para una nación cuyo pasado solo podía merecer desprecio. Había que dejarlo “que no lo reconociera ni la madre que lo parió”, como determinó un célebre pensador.

En una democracia siempre hay tendencias así, es inevitable. Pero vienen contrarrestadas o frenadas por concepciones contrarias, manifestadas en una oposición activa y eficaz. Pues bien, esto último no ha ocurrido. La derecha prescindió desde un principio de cualquier idea, de cualquier defensa de España, es decir, de su historia y carácter, huyendo hacia un europeísmo  huero y  dejando el campo libre a los contrarios, hasta llegar, a fuerza de vaciarse de ideas, a participar de las de la izquierda y el separatismo, siempre juntos. Lo importante era “la economía”,que lo es todo, y la nena angloparlante (ahora todo va de nenas, los chicos no cuentan, al menos en la propaganda). Ese es su bagaje político y cultural. Junto con la convicción de que, por encima de todo, debe mantenerse el juego, cada vez más podrido y mafioso, entre el PP, el PSOE y los separatistas. Juego al que llaman desvergonzadamente “democracia”.

Una democracia no puede funcionar si no existe una sólida base de identificación general, como el patriotismo. Si pretende basarse en el antipatriotismo, se condena sola.

Y así los políticos (excepciones aparte, que confirman la regla), junto con los medios adictos, muy mayoritarios, han logrado envilecer a la población, especialmente a la joven, traspasándole todo el fardo de ignorancia, tergiversación histórica  y miseria moral. Decía Santayana que pueblo que olvida su historia se condena a repetirla (es decir, a repetir lo peor de ella). Los políticos han hecho olvidar a los españoles, a la masa de ellos, su historia o, peor aún, le han mentido deliberadamente sobre ella. Y esa basura engendra más basura y va pudriendo al país.

 

**Dice Montoro que va a aplicar recortes que serán aún más “dolorosos” ¿Dolorosos para quién? Esto es importante. Por otra parte no nos interesa tanto saber si son dolorosos como si van a solucionar esta horrible crisis. ¿Van a solucionarla? ¿Puede afirmarlo Montoro?

**Dos ideas sobre la salida de la crisis:

http://www.intereconomia.com/blog/punto-critico/espana-puede-salir-ya-crisis-20120806

* http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html (el autor de este último fue uno de los pocos, sino el único economista, que criticó detenidamente la entrada en el euro en su momento)

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Goligorsky nos quiere gobernar

Blog Gaceta: Feminismo y aborto / Una vieja foto: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/feminismo-y-aborto-una-vieja-foto-20120802

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Eduardo Goligorsky ha escrito en LD un artículo, “Con las lenguas a la greña”, en que, siguiendo a J. R. Lodares afirma que los idiomas no son patrimonio natural o esencial, ni definían a ningún pueblo o cultura –conceptos ya de por sí imposibles de definir—ni eran, ni son una riqueza en sí mismas. Pensar otra cosa, insiste, es caer en “el tópico de las esencias o identidades”. Las lenguas estaban más bien sujetas a los avatares de la sociedad y a los intereses de la gente. Por supuesto, lo mismo cabe decir de cualquier patrimonio humano, las posesiones de las personas, su familia,  su dinero, etc., aunque quizá Lodares y Goligorsky pusieran el grito en el cielo si  alguien quisiera despojarles de esas nimiedades no naturales ni esenciales. Es más, el mismo ser humano es imposible de definir, ni queda claro cual pueda ser su patrimonio natural o esencial, ni se le puede considerar una riqueza en sí mismo. Por consiguiente, su destrucción o desaparición tampoco tiene la menor importancia (algo así decía B. Russell), aunque, de nuevo,  sospecho que si a Lodares o Goligorsky quisieran eliminarlos en función de esa teoría ofrecerían alguna resistencia.

En cuanto a los intereses de la gente, nos informan ambos, lo que cuenta en las lenguas son  los intereses materiales — en definitiva el dinero–, y no aquellos lazos gaseosos trazados en el vacío por el espíritu, la naturaleza o la ley divina.  ¿Queda claro?

Pero ocurre que  en la vida real muchas personas  se empeñan en pensar de otro modo, y casualmente tienen un fuerte sentimiento afectivo por la lengua en la que han aprendido a hablar y a relacionarse con la familia, con los amigos, con la sociedad, en que han recibido la cultura y que sienten como parte de sí mismos.  Lo mismo ocurre con el sentimiento de patria y con muchos otros. Pero Goligorsky y Lodares opinan que se trata de sentimientos equivocados y que de algún modo debieran extirparse, pues no valen ni deben valer nada al lado de otro sentimiento mucho más material   y para ellos inspirador: el que les provoca  el dinero. Sentimiento que debería, a su juicio, ser el de “la gente”.  Goligorsky quiere dictarnos incluso cuáles deben ser nuestros sentimientos, en un estilo que él cree liberal pero que suena a totalitario, como cuando en la URSS no solo había que  soportar el sistema sino manifestar  cálidos sentimientos de entusiasmo por el mismo.

Y pone Goligorsky el ejemplo de Usa, donde el aumento de hispanos no supone, afortunadamente según él, una amenaza para el inglés (en lo que estoy de acuerdo). El inglés es  el idioma que reúne todas las condiciones necesarias para aglutinar a los ciudadanos  en torno a intereses comunes,  intereses que no son “factores identitarios” sino, de nuevo “eminentemente materiales”.  Y cita a una reverenda episcopaliana dedicada a aculturar  a los hispanos: “Los padres no quieren que cuando sus hijos sean mayores trabajen en talleres donde  los exploten ni que sean empleados de la limpieza en los edificios de oficinas del centro de la ciudad. Quieren que vayan a Harvard y a Stanford, y eso no pasará a menos que dominen realmente bien el inglés”. O sea, que dominando el inglés uno podrá ir a Stanford o a Harvard, y que nadie que hable bien el inglés será explotado en ningún oficio duro. ¿Cabe mayor estupidez?

Pero hay una realidad: en Usa el idioma nacional y prioritario es el inglés, el español queda como lengua  subcultural, y no por imposición metafísica, sino por incapacidad cultural de sus hablantes, como también va pasando en España,  inmersa en un verdadero páramo intelectual. Goligorsky es contrario a la educación bilingüe en español e inglés en Usa… pero no en España, claro.  Y señala, en contra de la superficial euforia patriotera tan frecuente por aquí  ante el número de hispanohablantes en Usa, que la segunda generación de hispanohablantes  deja el español para hablarlo en casa, y  el 70% de los mejicanos de tercera generación habla solo inglés. Por no mencionar el bastardeamiento del español en spanglish.

En apariencia, Goligorsky  va contra el catalán o el vascuence, por los abusos totalitarios con que están siendo impuestos. Pero en realidad va contra el español. Porque el fondo de todo el asunto consiste en la globalización. En un mundo globalizado, ¿qué idioma despertaría más sentimientos materialistas no gaseosos que el inglés?  Pues, como nos quieren imponer en la misma España,  es el idioma de la ciencia, de la música, de la moda, de tantísimas cosas más, el idioma de la cultura, ante el cual no cesa de retroceder el español aunque haya tantos millones que lo tienen por lengua materna.  Y es cierto que, gracias en buena medida a los goligorskis,  el mundo hispano apenas produce hoy, culturalmente, más que esperpentos o malas imitaciones de los productos anglosajones. Pero también es cierto que todos los países, todas las culturas y todas las personas pasan por altibajos, por épocas mejores y peores, y una mala temporada, aunque dure,  no debe servir de  pretexto para su eliminación, esa sí muy material.

 

 

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Declaración de principios (II) Sobre la democracia

 

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Como siempre, agradezco a mis sufridos lectores den la mayor difusión posible a estos escritos, para compensar el vacío de los grandes medios.

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Tomada en su sentido literal “poder del pueblo”, la democracia no existe ni existirá, ya que el poder se ejerce necesariamente sobre el pueblo y lo ejerce forzosamente alguna oligarquía con un “monarca”, un jefe al frente. Tampoco debe concebirse como la posibilidad para la mayoría de librarse de un gobierno que no le guste, porque puede no gustarle un buen gobierno, y viceversa, incluso puede gustarle un gobierno totalitario. Ni es exacto decir que el pueblo elige a los gobernantes, dado que los elige  una fracción de él, que puede ser inferior a la mitad  si compiten más de dos grupos políticos o la abstención  es amplia. Y la parte que queda frustrada puede ser solo muy ligeramente inferior a la vencedora. Conviene hacer estas precisiones porque predominan nociones muy difusas y a veces pintorescas al respecto, las cuales permiten envolverse en la capa de la democracia a partidos o políticos precisamente contrarios a ella. De hecho es concebible una democracia totalitaria como opuesta a una liberal, y no solo por imposición de partidos totalitarios, sino por evolución insensible hacia un poder omniabarcante, ya señalado por Tocqueville y que hoy es bien visible. Una democracia totalitaria se anula pronto a sí misma como tal democracia.

No es aquí cuestión profundizar en estas cuestiones, pero una posible definición de democracia sería esta: un sistema que permite a diversas opciones políticas competir por atraer a una mayoría de la opinión pública y gobernar con ciertas condiciones:  limitación del poder temporal (por un período entre elecciones) y estructural (con división de poderes) y  dentro de unas libertades públicas básicas (expresión, asociación…). En principio, esa competición debiera facilitar el gobierno de los más aptos (aristocracia, por así llamarla), pero puede degenerar en lo contrario si la competición se transforma en un concurso de promesas irresponsables y demagógicas, dando lugar a una especie de kakistocracia,  poder de los peores. Esto sucede a veces, pero no necesariamente,  de hecho no ocurre en muchos casos;  y, en principio, la democracia liberal permite corregir sus fallos, aunque no siempre lo logre. Los grandes problemas de la democracia han sido esgrimidos contra ella, pero los mismos problemas tiene cualquier otro sistema, agravados por la falta de publicidad y de limitación del poder. Hasta hoy no se ha descubierto un sistema político superior a la democracia liberal para asegurar una estabilidad social no estancada, un alto grado de libertad política y, en general, una considerable prosperidad material

Lo que a menudo  se olvida es que la democracia solo puede funcionar dentro de unos parámetros culturales comúnmente aceptados que impidan una competición destructiva. De tal competición nos ilustra la España del Frente Popular, cuando unas fuertes corrientes revolucionarias hicieron que “nada nos sea común a los españoles”, según diagnosticó  acertadamente el diario El Sol, y provocaron la guerra civil. Una de esas premisas culturales es la unidad nacional, que entonces corrió el peligro de venirse abajo, como en otra ocasión en Usa, donde dio lugar a la devastadora Guerra de Secesión. Otra premisa es el respeto a las reglas del juego, a las normas de restricción del poder, a las mayorías, a los  derechos de las minorías  y, en general, a la ley. Y es preciso igualmente un consenso básico, aun si difuso, sobre el carácter histórico de la democracia, una adquisición históricamente muy reciente pero con profundas raíces en la cultura cristiana europea: una democracia anticristiana supone un grado mayor o menor de barbarie en las sociedades occidentales cimentadas en el cristianismo. Estos presupuestos y consensos de fondo no suelen ser visibles ni muy explícitos, pero están muy presentes en las democracias que mejor funcionan, como las anglosajonas. Sin esta base cultural común, la convivencia civil se vuelve excesivamente áspera, y la  democracia degenera rápidamente en corrupción, demagogia y violencia  difíciles de contener.

Ello nos permite entender algo al menos del proceso histórico de España desde la Transición. Esta fue  realizada, paradójicamente, por unos políticos que en su gran mayoría procedían de un régimen autoritario (franquismo) y carecían de un pensamiento democrático, mezclados con otros cuya tradición histórica ha sido netamente totalitaria o secesionista. Sorprende que tal amalgama, empeorada por la mediocridad de los líderes del momento, produjera una democracia sin demasiados traumas. La sorpresa es mucho menor cuando atendemos al ingente capital político acumulado por la sociedad bajo el franquismo, ante todo la moderación y reconciliación nacional, con total alejamiento de los odios que arrasaron la república, así como la gran prosperidad económica y la extensión de las clases medias. Ello permitió a los dirigentes maniobrar sin causar demasiados daños por el momento, si bien crearon un sistema plagado de deficiencias, ya desde  la misma y contradictoria Constitución. Y  esas deficiencias, en lugar de corregirse han ido agravándose, con algunos períodos de mejora, creando un estado  desmesurado,  derrochador, ineficiente y con abundante corrupción, sin verdadera división del poder y con tendencia a pasar todos los límites inmiscuyéndose en la libertad personal de los individuos, decretando lo que la gente debe creer, en una orientación totalitaria; al mismo tiempo ha fomentado las tensiones disgregadoras de la nación, premiado al terrorismo, ejercido una persecución silenciosa contra la Iglesia y el cristianismo, socavando el principio de la igualdad ante la ley, fomentado el aborto y otras aberraciones contra la existencia y la dignidad humana, etc. Hasta desembocar en la crisis actual, que tiene todos los rasgos del final del ciclo abierto por la Transición, dejándonos un porvenir incierto, debido a la confusión ideológica, la demagogia de la casta política y la competición kakistocrática.

Esta deriva contra la democracia y contra la unidad de España se explica por el impulso de unos partidos de izquierda totalitarios y  otros secesionistas igualmente antidemocráticos.  Los mismos eran pequeños, casi insignificantes a la muerte de Franco, pero no han cesado de reforzarse desde la Transición, debido a una derecha no antidemocrática pero sí a-democrática, que renunció enseguida a la lucha por las ideas, dejando la política en una mera competición por el poder, explotando, que no representando,  la “bolsa de votos” de una masa de opinión pública amante de España y de la libertad. Existe también una derecha antidemocrática, incapaz de competir en condiciones de libertades y que a menudo invoca el cristianismo como si fuera directamente una doctrina política.

Comoquiera que sea, la salida de esta crisis, que es mucho más que económica, solo podría sustentarse sobre dos pilares: la unidad nacional y la democracia. Otras opciones crearían derivas sumamente peligrosas.

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Una opinión benévola:

Sonaron gritos y golpes a la puerta

Luis del Pino

Admiro a Pío Moa como historiador. Y precisamente por eso, cogí con prevención su primera novela, Sonaron gritos y golpes a la puerta: a veces, personas brillantes que deciden hacer incursiones en un género literario que no es el suyo, se descuelgan con unos bodrios realmente indigeribles. ¡Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos!

Que el estilo de escritura de Moa es elegante es algo que sabe cualquiera que haya leído alguna de sus obras. Pero escribir una novela requiere algo más que buen estilo: hay que saber transmitir y hay que saber contar una historia. Y, sobre todo, hay que ser capaz de enganchar al lector, de provocar en él esa “suspensión de la incredulidad” que presta verosimilitud a los personajes y a sus peripecias. Y, en ese sentido, la de Sonaron gritos y golpes a la puerta es una historia que engancha.

La novela narra – con un enfoque que recuerda, en cierto sentido, los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós – esos diez años terribles de la Historia española comprendidos entre 1936 y 1945. La historia de una generación marcada por la tragedia: la de esa Guerra Civil en que desemboca una República fracasada, y la de sus secuelas. Las tres partes en que está dividida la acción transcurren, respectivamente, en la Cataluña inmersa en la Guerra Civil, en la Rusia donde combatió la División Azul y en la Galicia donde tuvieron lugar algunas de las primeras operaciones contra el maquis.

He de decir también que la novela me sorprendió por un segundo motivo, quizá más importante que el primero. Conozco al autor, me precio de ser amigo suyo, y tengo que confesar que en la novela descubrí a un Pío Moa totalmente desconocido para mí. La novela deja traslucir una sensibilidad que sorprenderá mucho a quien solo tenga de Moa la imagen de perpetuo provocador y enfant terrible con que adorna sus opiniones políticas y sus comentarios sobre la actualidad. Sonaron gritos y golpes a la puerta es, sobre todo, una novela hermosa: resulta imposible no pensar, una vez acabada la novela, en algunos de los personajes que la jalonan, y en el significado y el propósito de sus vidas. Y de las nuestras.

Que nadie espere una visión maniquea sobre la guerra. A través de las páginas de la novela van desfilando personajes que dejan claro que la maldad y la bondad son cosa de las personas individuales, más que de los bandos. Y que el idealismo, la capacidad de sacrificio o la compasión son pulsiones que nacen del corazón de cada persona, y no un producto de las ideologías. Moa trata a sus personajes, hasta los más despreciables, con un enfoque en el que los tintes heroicos o abyectos se funden con los contornos humanos, dando como resultado caracteres creíbles, de carne y hueso, en los que el mal y el bien conviven, a veces de forma indiscernible.

Y resulta imposible no darse cuenta de cómo el propio Moa se proyecta en algunos de los personajes del libro. Y digo algunos, porque en la lectura de ciertos pasajes casi puede oírse a Moa interrogarse a sí mismo y desafiar sus propias creencias, a través de los ojos con los que el protagonista, Alberto, contempla las acciones de algunos de los caracteres secundarios de la trama. Es imposible no ver en esos episodios al propio Moa cuestionándose el sentido de la vida y el papel que el bien y el mal juegan en ella. Y contemplando con desengañada compasión la manera en que los seres humanos somos capaces de las mayores vilezas y de los más hermosos sacrificios en nombre de una causa.

Es esa desengañada compasión la que transforma en elegía la historia. Elegía por unos ideales muertos, por unos amigos muertos, por un pasado que se antoja casi irreal. Y a pesar de todo, por debajo o por encima de ese llanto, late en la historia la pulsión de la vida, en la que el humor y el amor conviven codo a codo con la tragedia, justificándola y trascendiéndola. No es por tanto tristeza, sino caridad, el sentimiento que predomina en la historia. Caridad para con los seres humanos que, acertados o errados, tratamos de sobrevivir mientras defendemos aquello que creemos que es justo. Pero caridad también, llena de distante ironía, para con aquellos otros que se las arreglan siempre para prosperar en cualquier circunstancia, precisamente porque nunca defenderán nada: son los idealistas los que promueven los cambios, pero son los descreídos los que acaban siempre aprovechándolos.

En definitiva: una novela hermosa y delicada. Y que les hará reflexionar. Se la recomiendo para estas fechas veraniegas. Descubrirán a un Pío Moa que les sorprenderá.

 

 

 

 

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