Blog de gaceta.es: ¿Echar a Rajoy? / El español, como en Usa / ¡Ya meten ruido, eh!
Un amigo de Colombia me envía esto: http://www.eltiempo.com/cultura/libros/fernando-vallejo-demos-por-muerto-al-espanol-y-hablemos-ingles_11923226-4
Naturalmente están muy lejos de conseguirlo. Pero esta gente es muy tenaz, y los primeros pasos consisten en eso, en convertir al inglés en el idioma de la cultura superior en los países hispanohablantes. Como hacen aquí Hope Águirry y tantos más. Observen, además, que la noticia, de EFE, no para de calificar al pendejo de “lúcido” y no sé cuántos elogios más. Si los españoles, en general, fuéramos tan imbéciles, realmente no mereceríamos otra cosa.
El cretinismo anglómano está tan extendido o más en “Latinoamérica” que aquí. Solo que allí algunos son más consecuentes y proponen abiertamente el paso que aquí aún no osan, mientras preparan el terreno para darlo. Lucía Fígar, consejera de Educación de Madrid, ha hablado de suprimir “Educación para la ciudadanía”, lo que estaría bien, pero la razón que esgrime es que quita horas a “la lengua, las matemáticas y el inglés”. Sobre todo el inglés, claro, la lengua superior. Ni palabra de historia y otros aspectos de la cultura. Pretenden formar una generación flotante, desvinculada de cuanto ha significado España en la historia. Perjudican a la cultura hispana sin beneficiar a la anglosajona, a la que no aportan nada más que su propia bobaliconería lacayuna. ¡Cuánto daño han hecho a lo largo de decenios los incultos politicastros encargados de “cultura” y “educación” en ciudades, regiones y en el estado central! Dada la nulidad del análisis político en España, los procesos solo se ven cuando sus peores consecuencias están ya encima. Como con la crisis económica. En fin, la izquierda pretende disgregar a España, la derecha disolverla. Por eso y otras razones es indispensable otro partido.
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EL SIGLO DEL LIBERALISMO (II) TRES GUERRAS SIN BUEN FIN.
La invasión napoleónica de 1808 supuso una de las rupturas de mayor alcance en la historia de España, que iba a condicionar profundamente el siglo XIX y cuyos ecos, más diluidos, llegan hasta ahora mismo.
Antes de ella, España se mantenía como una de las grandes potencias mundiales, con una gran flota y que había sido capaz de mantener su imperio infligiendo alguna decisiva derrota naval a la pujante Inglaterra. Aunque con algunas taras poco visibles entonces pero que resultarían muy dañosas en el siglo XIX, como veremos, puede decirse, en general, que el siglo XVIII fue de recuperación del país. Sin embargo, como en el resto de Europa, el llamado Antiguo Régimen de la monarquía absoluta ilustrada estaba agotándose, en parte por sus propios éxitos, y todo era cuestión de si las necesarias transformaciones se acometerían de un modo evolutivo o mediante una ruptura violenta, como había pasado con el nacimiento de Usa.
En esta encrucijada tuvo lugar la Revolución francesa, un período de diez años desde 1789, de creciente violencia y caos hasta que Napoleón Bonaparte cortó su proceso haciéndose con el poder absoluto, si bien conservó gran parte de su ideología. El Antiguo Régimen había quedado demolido en Francia, y el ejemplo cundiría con más o menos fuerza en casi todo el resto de Europa. Las monarquías europeas, viéndose amenazadas, tacharon el poder napoleónico de revolucionario, usurpador y expansivo, y tras la paz de Amiens de 1802, breve e incumplida sobre todo por Inglaterra, ésta impulsó varias coaliciones (ya antes había financiado otras dos contra los revolucionarios franceses) para acabar con Napoleón. Se abrió entonces un período continuado de guerras con las mayores movilizaciones de masas que había conocido la historia europea, hasta 1815, en que Napoleón fue definitivamente derrotado.
España, movida por intereses confusos, la agresión pirática inglesa en 1804, en tiempos de paz, al convoy español que traía recursos financieros de América –el recientemente famoso tesoro del barco Nuestra Señora de las Mercedes– y duras presiones de Napoleón, fue arrastrada a estas contiendas. En ellas participó como aliada de Napoleón hasta 1808 y como enemiga desde esa fecha. La primera fase fue marcada en 1801, bajo la autoridad de Godoy, favorito de la Corte, por una breve e inconcluyente invasión de Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, y por la derrota de Trafalgar en 1805 junto a la flota francesa y frente a la inglesa, que marcó el declive de la antes poderosa armada española. Incapaz de invadir Inglaterra después de Trafalgar, Napoleón trató de arruinarla, y con ello su poder para financiar guerras, decretando el bloqueo continental a su comercio. Los sucesos se precipitaron cuando Napoleón quiso someter a Portugal y al mismo tiempo, con tal pretexto, ocupar militarmente España, manejando a su favor los conflictos de la corte española entre el rey Carlos IV y su hijo Fernando, con Godoy por medio. Este último cayó en el motín de Aranjuez en marzo de 1808, y con él Carlos IV, subiendo al trono su traidor hijo Fernando. Napoleón obligó Carlos y a Fernando a trasladarse a Francia y abdicar, quedando como el amo real de España. Al exigir el traslado a Francia del resto de la familia regia, estalló un motín popular en Madrid, el 2 de mayo, con el que comenzó la segunda fase de la implicación hispana en las guerras napoleónicas, conocida como Guerra de Independencia (nombre inapropiado, porque España era un país independiente de mucho tiempo atrás). Enseguida Napoleón impuso a su hermano José como nuevo rey del país.
La Guerra de Independencia propiamente dicha atravesó por tres etapas: en 1808-9 los éxitos hispanos, en especial la victoria de Bailén, primera europea sobre los ejércitos franceses, obligaron a Napoleón a intervenir directa y fugazmente. Las tropas francesas expulsaron fácilmente al ejército expedicionario inglés de Moore, pero solo para encontrarse con que el ejército español, al revés que otros, no se rendía por más que fuera derrotado, y se recomponía una y otra vez. Al mismo tiempo surgían espontáneamente guerrillas por todo el país. Así la segunda fase, hasta 1812, resulta indecisa, porque los éxitos franceses quedaban contrarrestados por una resistencia que desgastaba, descoordinaba y acosaba a sus tropas; y el nuevo ejército expedicionario inglés, al mando de Wellington[1], se atrincheraba en Lisboa a la espera de tiempos mejores. Es probable que este hubiera sido expulsado también, de no ser por la actividad guerrillera, militar y popular hispana (las resistencias de Zaragoza no fueron las únicas acciones heroicas extremadas, y la población demostró una gran capacidad para organizarse espontáneamente en activas juntas de lucha). Ello obligó a los franceses a aumentar sus fuerzas hasta los 300.000 soldados, una suma extraordinaria, pese a lo cual solo lograban dominar las ciudades, pero no el campo ni asegurar sus propias comunicaciones. El país se convirtió en “el infierno de España” (l´enfer d´Espagne) para los napoleónicos.
Esta resistencia tuvo la mayor resonancia psicológica y política europea al demostrar, por primera vez, que Napoleón no conseguía imponerse en un gran país europeo. Como diría Napoleón, la “maldita guerra de España” destruyó su autoridad moral en Europa y entorpeció todas sus empresas, y de ella nacieron sus desastres y perdición. Pero el factor que decidió su derrumbe fue su decisión de invadir Rusia, en 1812, pese a que el zar Alejandro le advirtió que, como los españoles, los rusos no se rendirían aunque sufrieran graves derrotas. Esta campaña, que exigió retirar tropas de España, marcó el inicio de la tercera etapa de la guerra en la península. Wellington se sintió con fuerzas para salir de Lisboa y, su ejército luso-anglo-español con apoyo guerrillero, obtuvo victorias, aunque debió replegarse ante una contraofensiva francesa. Pero, tras la abrumadora derrota en Rusia, el sino napoleónico quedó marcado a plazo breve: Rusia, Prusia, Austria, Suecia, varios estados alemanes y por supuesto Inglaterra, luchaban contra él mientras seguía empantanado en España. Wellington retomó la ofensiva a mediados de 1813 y persiguió a los franceses hasta Francia. En marzo de 1814 los aliados entraron en París y Napoleón abdicó. Todavía tuvo un repunte de menor importancia al año siguiente, que terminó en Waterloo.
El papel de la guerrilla ha dado lugar a polémicas poco razonables. Obviamente ella no podía determinar la derrota final de un ejército tan poderoso como el francés, pero tal derrota no hubiera ocurrido sin ella. Fue el factor clave que impidió a Napoleón dominar España y permitió a Wellington ganar tiempo e ir reforzándose. La resistencia española, inesperada y sin parangón en el resto de Europa, animó la resistencia en otros países, dispersó y atascó a las tropas napoleónicas hasta permitir, ya en la última etapa, su expulsión por un ejército regular.
Paradójicamente, España, una de las potencias vencedoras, quedó en segundo plano al establecerse la paz en el Congreso de Viena. El país estaba devastado por incontables saqueos y destrucciones causados por los napoleónicos, también por los dudosos aliados ingleses, había perdido unos 300.000 habitantes, así como a la minoría afrancesada, evidentemente traidora, pero compuesta en parte por una élite capacitada; y había quedado sin escuadra, lo que dificultaba el mantenimiento del imperio ultramarino. Perdió asimismo gran parte de su tesoro histórico-artístico, destruido o expoliado por invasores y aliados. La debilidad del país quedó reflejada en el pintoresco embajador español ante el Congreso de Viena, objeto de la burlona atención de los demás representantes. Así, España no fue considerada entre los vencedores, mientras que la vencida Francia salía muy bien librada gracias a la habilidad diplomática de Talleyrand.
En resumen, España fue, como señaló el propio Napoleón, la trampa en que quedó atrapado el poderío francés y que llevó a su caída. Cabe especular con lo que habría pasado si la resistencia española no se hubiera producido. Es muy poco probable que las tropas expedicionarias inglesas se hubieran sostenido; Napoleón, entonces, habría dominado la península entera, el bloqueo a Inglaterra habría tenido un efecto mucho más intenso, reduciendo los medios financieros de que se valía para sufragar coaliciones, y quizá Rusia no se habría atrevido a desafiar a un verdadero genio de la guerra. Pues la resistencia española no solo tuvo ese efecto directo, sino el no menos importante indirecto de demostrar que Napoleón podía ser vencido, animando a muchos otros países antes paralizados ante él. En ese sentido fue, sin duda, mucho más importante que los dineros ingleses, sin que estos fueran ni mucho menos desdeñables.
Dentro de España, la herencia de mayor trascendencia fue la Constitución de 1812, elaborada en Cádiz, cuna del movimiento liberal. La Constitución apartaba la soberanía del monarca, depositándola en la nación, constituida por “los españoles de ambos hemisferios” y aspiraba a implantar un estado moderno y eliminar las barreras feudales al mercado único y a la autoridad del estado. Aunque se apoyaba explícitamente en la tradición del pensamiento político español de los siglos XVI-XVII y no pretendía ninguna revolución, rompía con el absolutismo del siglo XVIII. Y ello difícilmente la haría digerible para Fernando VII ni para una masa popular que identificaba la legitimidad con su persona y detestaba la influencia francesas o revolucionarias.
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Aquella contienda tuvo efectos determinantes para el resto del siglo XIX, algunos de los cuales se prolongan hasta hoy: propició nuevas guerras en América que destruirían en Imperio español en casi todo el continente y dividió España entre tradicionalistas y liberales, y a estos a su vez, abocando a nuevos conflictos de ardua solución.
Salvador de Madariaga ha citado como enemigos cerrados del Imperio español a los judíos, resentidos por su expulsión de España siglos atrás; a los jesuitas, por su expulsión decretada por Carlos III; y a la masonería, tanto francesa como inglesa, que influían a los masones hispanos y recogía la ancestral rivalidad de sus países con España. Las “tres cofradías”, realizaron una tenaz labor de zapa corroyendo los lazos de América con la metrópoli. Pero las causas principales de las guerras de América fueron probablemente las apetencias exteriores, fundamentalmente inglesas, también useñas, por dominar económica y/o políticamente Hispanoamérica. Pero el factor determinante fue la debilidad de la metrópoli, acosada primero por la invasión francesa y luego exhausta a resultas de ella.
Inglaterra habría atacado la América hispana, y a ello se disponía Wellington cuando el levantamiento español contra Napoleón desvió hacia la península su objetivo. En todo caso, su expedición a América no tenía garantizado el éxito, pues los ingleses habían encajado graves descalabros en sus designios. Sesenta y pocos años antes habían sufrido un enorme desastre al atacar Cartagena de Indias, y salido derrotados también al intentar apoderarse de Buenos Aires en 1806 y 1807. El propio Nelson, vencedor de Trafalgar, había soportado en 1797 graves reveses en Cádiz y luego en Tenerife, donde casi perdió la vida.
Tales experiencias habían inducido a Londres a fomentar el descontento en América mediante agentes pagados y logias masónicas o asimiladas, para, en el momento propicio, ayudarles con expediciones de tropas como la prevista por Wellington. El principal de sus agentes fue el venezolano Francisco de Miranda, un aventurero excepcional, viajero infatigable por Europa, militar en el ejército español y en el revolucionario francés y lleno de planes quizá megalómanos: unir la América española y portuguesa en el imperio de la Gran Colombia (por Colón), mandado por un emperador titulado “inca”, aunque también pensó en una república. Pensionado por los ingleses, creó en Londres, en 1798,nla Logia de los Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana, sociedad secreta de imitación masónica, para agrupar a líderes independentistas. Su primera intentona en 1806, con mercenarios ingleses y neoyorkinos contratados entre el lumpen de Nueva York, fracasó. En 1808 estaba en contacto con Wellington, pero los sucesos de Madrid volvieron a frustrar sus planes, como quedó indicado.
Quien había de desbancar a Miranda sería el criollo venezolano Simón Bolívar. En 1811 se proclamó en Caracas una República independiente. Bolívar y Miranda acudieron a Venezuela, pero entre gran parte de la población local y 230 soldados acosaron a los rebeldes. Bolívar perdió Puerto Cabello y Miranda se trasladó a La Guaira, donde esperaba un barco inglés para huir. Bolívar también fue allí, acusó a Miranda de traidor y lo apresó con nocturnidad y alevosía. El desdichado preso clamaba: “¡Bochinche, bochinche, esta gente no es capaz sino de bochinche!”. La intención de Bolívar se deduce de sus actos: entregó a Miranda a los españoles, que lo llevaron preso a Cádiz, y él obtuvo un pasaporte para salir de allí.
Bolívar difundió un odio desenfrenado como seña de identidad de los rebeldes. Acusaba a España de “aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de civilización (…) y Europa solo encuentre aquí un desierto. (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita”. El imperio, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, había “convertido la región más hermosa del mundo en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo”. Lo que cualquier observador podía desmentir citando las universidades, escuelas, ciudades como Méjico, comparables a las mejores de Europa, el floreciente comercio y una riqueza a menudo superior a la de la América anglosajona, como había constatado el escritor alemán Humboldt. Además, había sido en tres siglos uno de los imperios más pacíficos de la historia, con solo esporádicas y localizadas rebeliones. A fin de crear hechos irreversibles, Bolívar llamó a “destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles Ni uno solo debe quedar vivo” (él mismo era de origen español) y declaró una guerra de exterminio que daría lugar a asesinatos y acuchillamientos masivos. Uno de los suyos se complacía en “matar a todos los godos (españoles)”. Otro, nacido en España, declaró: “La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza”. Ese odio cundió hasta extremos grotescos. J. J. Olmedo, llamado “el Homero americano” caracterizaba a los españoles (en definitiva a sí mismo y a sus compañeros) de “estúpidos, viciosos, feroces y por fin supersticiosos”. Entre tan furiosa violencia, todo tenía un impagable aire de farsa.
Al igual que en España, en América fue mayoritariamente rechazado el rey José, impuesto por Napoleón, y surgieron juntas para gobernar provisionalmente en nombre de Fernando VII, considerado el rey legítimo. Bolívar y otros conjurados entraron en las juntas para desviarlas hacia el independentismo, con poco éxito al principio. Las guerras de independencia empezaron en 1810-11 con rebeliones en Buenos Aires, Méjico, Chile y Colombia, cuando España estaba sumida en el mayor desorden y sin posibilidad de enviar refuerzos. Pese a ello, esas primeras revueltas fracasaron, excepto en Buenos Aires, ante la repulsa de las poblaciones y las débiles guarniciones. Terminada la Guerra de Independencia, pudieron acudir tropas algo importantes de la península, frenando a los independentistas. A partir de 1819, la iniciativa pasó a manos de los rebeldes, gracias en gran medida al pronunciamiento de Riego, que impidió el envío de fuerzas a América y propició una política de concesiones sin fruto hacia los rebeldes. También pesó mucho en los éxitos bolivarianos un cuerpo de tropas mercenarias inglesas. En 1824, toda la inmensa región, exceptuando Cuba y Puerto Rico, se había independizado de España, tras una guerra de catorce años.
El conflicto se libró sobre distancias enormes y con batallas en las que nunca lucharon más de 7.000 hombres por bando, y a menudo menos de 2.000. La importante batalla de Boyacá se dio entre 3.500 independentistas y 3.000 contrarios, con un total de 300 bajas entre muertos y heridos. Se entiende la trascendencia del golpe de Riego cuando impidió el embarque de 20.000 soldados, contingente enorme para las cifras habituales y que probablemente habría sido decisivo. El mayor número de víctimas se produjo en matanzas de civiles y prisioneros, estimuladas por Bolívar y otros. Todavía en 1822 el general Sucre masacró a la desafecta población colombiana de Pasto (“ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas”), dejando 400 muertos, muchos de ellos mujeres y niños. También los indios proespañoles sufrieron brutales matanzas, y las revueltas de los sacerdotes mejicanos Hidalgo y Morelos cometieron atrocidades. En general, los proespañoles observaron una conducta más moderada, sin que faltasen actos brutales, los peores cometidos por los llaneros de Boves en Venezuela.
Dada la escasez de tropas que pudo mandar España, aquellas contiendas fueron en gran medida civiles, entre hispanófilos e hispanófobos. Los rebeldes, en general, blancos americanos de origen español (criollos) con, a veces, alguna mezcla india o africana (Bolívar tenía rasgos de mulato), solían ser personas acomodadas y cultivadas, a menudo aficionadas a la literatura francesa de la Ilustración, ostentaban la mayoría de los cargos públicos, sentían rivalidad con los nacidos en España y una aguda superioridad sobre los indios, mestizos y mulatos, que formaban la masa de la población. No todos los criollos ni mucho menos se sublevaron, pero la rebelión tomó pronto ese carácter, por sus dirigentes: los dos citados, Santander, San Martín, O´Higgins, Sucre, etc. Por eso, un rasgo chocante fue su pretensión de heredar las sociedades indias anteriores a la conquista, en especial la inca y la azteca, de las que se proclamaban herederos los criollos. Desde luego, ni los indios ni los negros se llamaron a engaño, pues cuando no se mantuvieron pasivos apoyaron a España, por lo que a veces serían masacrados sin piedad. Y, una vez conseguida la independencia, los nuevos gobernantes imitaron a los useños: en Argentina procuraron exterminar a los indios, y en Méjico les arrebataron las vastas tierras reservadas a ellos por Corona.
La independencia no frenó la fiebre antiespañola. Se instaló la idea de que América debía “desespañolizarse”. Así lo pregonaba El Evangelio americano, usado para adoctrinar en las escuelas. Se celebraba la esperada disolución del idioma español en dialectos y nuevas lenguas. Sarmiento “el Educador de Argentina”, deploraba no haber sido colonizado este por daneses o belgas, idea suicida de la que no parecía percatarse. Sin duda fue Bolívar quien mejor se definió a sí mismo y a los demás, en su célebre discurso de Angostura “Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”. Es difícil atribuir ese yugo a España, que había llevado la imprenta, la universidad y mantenido un poder moderado; pero el propio Bolívar y otros muchos daban la impresión de no haber adquirido mucho saber ni mucha virtud, aunque sí mucho poder.
En Nueva historia de España resumí: “La demagogia tuvo un coste muy elevado: la civilización creada por España quedó muy dañada y el sentimiento moral sustituido por derroches de retórica entre ilustrada y revolucionaria; el plan megalómano de la “Gran Colombia” naufragó entre buen número de nuevas naciones poco fraternas entre sí y una ristra de luchas civiles y golpes de estado (algo no disímil de lo que ocurriría en la ex metrópoli). Bolívar escribirá: “No confío en el sentido moral de mis compatriotas“, y a Santander: “No es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror“; y auguró que América sufriría “un tropel de tiranos”. Sarmiento, deseoso de extinguir a indios y gauchos, reconocería al menos su origen al lamentar, a los treinta años de independencia: “Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”.
“Aunque la Revolución useña fue una de las inspiraciones de aquellos movimientos (…), Usa progresaría de modo consistente y libre, confiada en sus propias fuerzas, hasta convertirse a finales de siglo en la primera potencia económica del mundo. Los países hispanoamericanos –y la propia España—, en constante autodenigración, incapaces de acumular experiencia, sufriendo el “tropel de tiranos” augurados por Bolívar, no cesaron de sufrir bandazos, violencia política y corrupción envueltos en retórica pomposa, hasta achacar a Usa todos sus males. Hubo puntos más positivos, como la difusión de ideales democráticos, aboliciones de la esclavitud, ampliación de la enseñanza en varios países; también se recuperó hasta cierto punto el sentido de la propia historia, y el asolamiento moral y político no llegó a tanto como preveía Sarmiento. Pero los elementos negativos, tan fuertes hasta hoy, guardan sin duda relación con el modo de independizarse”.
Ya sin el imperio, España perdió una fuente importante de recursos y el prestigio que la habían mantenido entre las grandes potencias. Unido ello a las secuelas de la Guerra de Independencia, la abocaría una profunda y larga depresión, como hemos visto.
Queda la cuestión clave: ¿se habría consolidado el imperio si las tropas españolas hubieran ganado? Creo que solo se habría aplazado por poco tiempo, pues el problema no era solo militar. Ya de tiempo atrás se venía considerando en Madrid la división de la América española en grandes regiones muy autónomas, y muchos otros factores empujaban a la independencia. Se han señalado las maniobras inglesas y masónicas, que sin duda radicalizaron y perturbaron el proceso, pero otras razones físicas, políticas e ideológicas pesaban en el mismo sentido. Entre España y América se extendía un vasto océano, barrera decisiva por la pérdida de la mayor parte de su flota, ya totalmente incapaz de rivalizar con la hostil de Inglaterra y con gran dificultad para reponerse desde la invasión francesa. Y Usa, al lado de Hispanoamérica, ejercía una fascinación profunda pese a ser, por el momento, más pobre y en algunos aspectos más atrasada. Su expansionismo quedó de relieve cuando, aprovechando las guerras hispanoamericanas, se apoderó de la Florida para ofrecer después comprarla, oferta que aceptó Fernando VII. Pero, sobre todo, Usa parecía a muchos hispanoamericanos un ideal político liberal y democratizante. Las prédicas de la independencia useña y de la Revolución francesa, distintas pero generalmente confundidas, tenían demasiada potencia atractiva para que pudiera resistirlas la ideología un tanto acartonada y a la defensiva del Antiguo régimen. Quizá pudo haberse encontrado un modo de llegar a la independencia más razonable y productivo pero el hecho histórico es que no sucedió.
Cabe especular por qué casi todos los nuevos países, que intentaron aplicar las fórmulas políticas de Usa o de la Revolución francesa, solo consiguieron entrar en un período revuelto y rebosante de tiranías. Según algunos, se debió a la pervivencia de tradición hispana, algo difícil de creer habida cuenta de que la independencia se empeñó en borrarla, y que los tres siglos anteriores no habían sido convulsos, sino pacíficos. El modo como ocurrió la independencia quebró violentamente una tradición y se intentó imponer otra sin atender a los profundos rasgos culturales madurados en la larga época anterior. Tocqueville lo señalaría hablando de Méjico: la imitación de la estructura federal useña conduciría allí a un vaivén entre la anarquía y el despotismo militar.
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Por si las contiendas anteriores hubieran traído poco desastre, España, sin haberse repuesto de ellas, se vio abocada en 1833 a una guerra civil, enraizada en la de Independencia. Esta dejó como herencia la división entre liberales, partidarios de una reorganización de la sociedad y el poder, y tradicionalistas, defensores de la monarquía absolutista anterior a la invasión napoleónica. Las consignas de las libertades políticas, la soberanía nacional y la prometida eliminación de despotismos, ejercían fuerte atracción sobre muchos espíritus. Otros, traumatizados por las convulsiones, a menudo terroríficas, de la Revolución francesa y de la ocupación napoleónica, consideraban esas proclamas una importación contraria a la legitimidad política, al orden social y a la religión. Para la mayoría, Napoleón representó el legado anticristiano de la Revolución francesa y la anulación de España como país independiente para satelizarlo a Francia con pérdida de las regiones al norte del Ebro. La resistencia había tenido ante todo carácter patriótico y antirrevolucionario, y el liberalismo quedó asociado para muchos a una invasión foránea, y luego a la traición de Riego y las violencias del Trienio liberal.
El tradicionalismo sufría, a su vez, serias taras. En primer lugar se articuló en torno a Fernando VII, personaje intrigante y oportunista, de inteligencia y visión política limitadas. Había conspirado contra su padre, Carlos IV, traicionado a sus cómplices al ser descubierto y finalmente había expulsado a su padre mediante el motín de Aranjuez. Ante la ocupación del país por Napoleón, se prestó a marchar a Francia y a ceder el trono a favor de José I. Su conducta hacia Napoleón suele ser descrita como sumisión abyecta, según subrayará el mismo emperador. No obstante, quedó a los ojos de la gente como el rey legítimo, románticamente aureolado por el cautiverio francés. Una vez ganada la guerra fue recibido con auténtico entusiasmo popular. Pero ni él ni su corte eran adecuados para afrontar los terribles problemas de la época.
Además, el tradicionalismo solo lo era muy relativamente. En realidad se remitía a la tradición absolutista, a su vez una importación francesa del siglo anterior, distinta de la monarquía hispana del Siglo de Oro. La experiencia revolucionaria y bélica había causado entre los fernandinos una reacción tan ciega que restablecieron la Inquisición y suprimieron las universidades. Una carta de profesores de la universidad de Cervera a Fernando VII, explicaba: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir, que ha minado por largo tiempo, reventando al fin con los efectos, que nadie puede negar, de viciar costumbres, con total trastorno de imperios y religión”. El sentido de la frase está claro: las ideas de la Ilustración y la Revolución habían provocado mil disturbios y crímenes, y la solución práctica consistiría en cortar de raíz la “peligrosa novedad”. La frase, transformada en “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue ridiculizada en extremo por los liberales, que a su vez no mostraron afición desmesurada a ejercitar la mente. La supresión de las universidades vino con defensas de la ignorancia entre el pueblo como virtud preservadora de la paz social, y el encargo a las órdenes religiosas de enseñar las primeras letras dentro de una prédica de obediencia religiosa al poder. Este “tradicionalismo” tampoco enlazaba con la España anterior, simplemente reaccionaba con brutalidad a las convulsiones revolucionarias. Digamos que los liberales también distaron de mostrar una preocupación absorbente por la instrucción pública en los decenios siguientes. La reacción fernandina no provenía solo de grupos de la alta sociedad y del clero, sino que arraigaba en sectores populares: el intento de Fernando VII de llegar a acuerdos con los liberales moderados desató sublevaciones, sobre todo en Cataluña (los malcontents), exigiendo un absolutismo sin concesiones.
Como fuere, a la muerte de Fernando VII, en 1933, ya existía un fuerte partido liberal o proliberal en la misma Corte. Se produjo una disputa por la sucesión entre los partidarios de nombrar heredera a su hija Isabel II, de solo tres años, con su madre María Cristina como regente, y los defensores de los derechos de Carlos María Isidro, hermano de Fernando y más absolutista que este. Los primeros se apoyaron en los liberales, depuraron el ejército de oficiales carlistas y proclamaron a Isabel II.
La guerra estalló enseguida y con gran violencia. Los liberales, dueños del ejército y de los resortes del poder, tuvieron todo el tiempo una gran superioridad material, aunque no grandes generales. Tampoco los carlistas dispusieron de figuras destacadas, excepto Zumalacárregui, que murió pronto; y cabe señalar la expedición del general Gómez, especie de Larga Marcha avant la lettre, de seis meses por territorio en gran parte enemigo, sin apenas descanso. Trataba de provocar levantamientos carlistas, en lo que tuvo poco éxito porque el acoso de los liberales le impedía consolidarlos. El asesinato de prisioneros e incluso de familiares de enemigos fue practicado por los dos lados, aunque parecen haberlo comenzado los liberales. Los principales escenarios bélicos abarcaron todo el norte, desde Galicia a Cataluña, con especial incidencia en las Vascongadas y Navarra, en la zona montañosa de Valencia-Teruel y en Lérida. También incidió el carlismo en comarcas de Extremadura, Castilla la Nueva y Andalucía. Los carlistas encontraron apoyo popular entre el campesinado y no lograron tomar ciudades tan representativas como Bilbao. Su lema “Por Dios, por la patria y el rey”, o bien “Dios, patria, fueros, rey”, exponía su integrismo religioso e ideas de organización territorial ya por entonces anticuadas.
Aunque la mayor parte del clero se inclinaba probablemente hacia el carlismo, otra parte simpatizaba con los liberales: entre los autores de la Constitución de 1812 el grupo más numeroso lo constituían los clérigos. Pero el sector extremista de los liberales, deseoso de imitar las persecuciones antirreligiosas de la Revolución francesa, procedió enseguida a enajenarse la voluntad de la Iglesia. En verano de 1834, una epidemia de cólera fue utilizada por los exaltados para sembrar en Madrid el bulo de que los frailes envenenaban las fuentes para causar la enfermedad. Así movilizaron a sectores lumpen para organizar una matanza de frailes en la que perecieron 73, entre escenas de sadismo; hechos imitados al año siguiente en Barcelona y Zaragoza.
En los dos primeros años de lucha el poder casi se desintegró como ocurriría en la I República. El gobierno, agobiado por la falta de tesorería, apenas controlaba las provincias. Para obtener dinero, el ministro Mendizábal llevó a cabo su célebre Desamortización. En principio, la modernización de la agricultura exigía dicha medida, es decir, la disolución de la propiedad eclesiástica, señorial y comunal. Pero el objetivo de Mendizábal era ante todo allegar recursos y lo consiguió, aunque no tanto como deseaba. Las tierras fueron compradas sobre todo por propietarios ricos, que aumentaron sus latifundios, y no se creó una capa de campesinos medios adictos al régimen. Además, no fue una expropiación con compensaciones legales, sino un expolio con graves daños colaterales: gran parte del patrimonio histórico y artístico cayó en ruinas, bibliotecas, archivos y registros quedaron dispersados o destruidos (segunda devastación masiva del patrimonio después de la francesada; la tercera se produciría en la Guerra Civil de 1936-39); se generó una extendida corrupción y decenas de miles de lugareños ponres que antes vivían en las tierras eclesiásticas se vieron expulsados y condenados a la mendicidad o al bandolerismo, que durante largo tiempo se tornó endémico en varias regiones. Otro efecto fue la desforestación, pues se amplió la extensión de los cultivos sin apenas empleo de técnicas más productivas.
Esta I Guerra carlista duró casi siete años, con, se estima, unos 200.000 muertos, lo que la haría más sangrienta que la de 1936-39 en proporción al número de habitantes. Los tradicionalistas fueron vencidos final y definitivamente, aunque quedaran rescoldos de descontento, apoyados en el desorden liberal, que causarían una semiguerra (1846-9), poco más que algunas guerrillas en varias comarcas catalanas. Más grave y extensa sería la III Guerra carlista (1872-76), sin alcanzar ni de lejos la importancia de la primera.
Otro resultado, relacionado con la inepcia de los políticos, fue el surgimiento de la figura del espadón en la persona de Espartero. Como decía Balmes, el poder civil “no es flaco porque el militar sea fuerte, sino (que) el poder militar es fuerte porque el civil es flaco”. El ejército era la única institución algo sólida que quedaba en el país después de las duras pruebas anteriores y, contra una opinión extendida, en sus cuadros superiores se encontraban más personas cultas y con conocimientos científicos que en el resto de la sociedad. Espartero, con todo, tendía a mostrarse demasiado resolutivo por no decir brutal, y aunque su promoción al poder máximo le había venido en gran medida del apoyo de Barcelona, la ciudad más industrial de España, no vaciló en bombardearla cuando esta se levantó contra su política librecambista. Pesaba la diplomacia inglesa, que cultivaba asiduamente la vanidad del espadón para inclinarle a un libre cambio que acaso habría arruinado el textil catalán, dada la gran ventaja comparativa que ofrecía a los ingleses su avanzada revolución industrial. Londres había suministrado además la Legión Británica de 10.000 hombres, que había rendido importantes servicios a Espartero contra los carlistas en Vascongadas y Navarra.
La invasión francesa rompió drásticamente una evolución anterior que intelectuales como Jovellanos querían pausada y fructífera. Pero en la realidad histórica, los deseos en apariencia más razonables son desbordados a menudo por sucesos imprevistos. Si el país hubiera contado entonces con líderes capaces de desenvolverse en las tormentas de la época, la evolución habría sido menos traumática, pero ni Fernando VII ni su hermano Carlos, ni los jefes liberales, postraron muchas dotes para gobernar el barco. El hecho es que España salió de la Guerra de Independencia desbaratada e internamente dividida, que las guerras de América acabaron de arruinarla, y que no hubo manera, o no surgió el estadista capaz, de encontrar un entendimiento entre las aspiraciones a la libertad política y la modernización nacional, por una parte, y la legitimidad y el orden social de la otra. La impresión que producen los personajes de la época y los de los decenios posteriores es, con alguna excepción, de mediocridad política, retórica vana, violencia innecesaria y bajo nivel intelectual. El hecho de que los liberales no superasen en esto último a los reaccionarios indica un mal de fondo que sin duda se arrastraba de la época anterior a Napoleón, como veremos.
[1] A. Wellesley. Por comodidad le llamaré Wellington aunque recibiría ese ducado más tarde