Tres pactos de San Sebastián. Un fallo canallesco

Blog de http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado : La racionalidad de la colaboración con la ETA.

**¿Políticos o chorizos? ¿Alguien puede extrañarse de lo que pasa? Vale la pena difundirlo al máximo, porque explica mucho más que diez sesudas teorías. O la democracia los doblega o ellos doblegarán –lo llevan haciendo mucho tiempo– a la democracia: http://www.youtube.com/watch?v=nyOtjisVFT0

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Como es sabido, el “Pacto de San Sebastián” en 1930 fue un acuerdo entre  republicanos de izquierda y de centro, separatistas catalanes, socialistas (asistió Prieto sin mandato de su partido, al que arrastró luego), por iniciativa de dos hombres de derecha que se creían más listos y realistas de lo que eran (Alcalá-Zamora y Miguel Maura). Los ácratas rehusaron, así como el PNV. Suele presentarse como un acuerdo entre demócratas, pero ninguno de sus componentes lo era. Como mucho entendían por democracia el acuerdo entre todos ellos para repartirse el poder, y solo coincidían en un  punto real: acabar con la monarquía. Las propias izquierdas solo compartían un odio visceral a la Iglesia. Todos eran, además, muy débiles y poco representativos, si excluimos al PSOE, que salía de su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera como el partido mayor y mejor organizado de España, y que como tal decidiría el sino fatal de la república. También Lerroux representaba a bastante gente, pero como había abandonado su exaltación de antaño, fue despreciado y marginado por derechas a izquierdas. Lo primero que se les ocurrió a aquellos “demócratas” fue intentar un golpe militar combinado con una huelga general, en lo que fracasaron.  No obstante, veían clara una parte de la realidad: la profunda crisis moral de la monarquía, la cual se apresuró a facilitarles todas  sus maniobras políticas.  El resultado fue una república epiléptica que degeneró rápidamente en intento de guerra civil, golpismo revolucionario, un Frente Popular que acabó de destruir la propia legalidad republicana y reanudación de la guerra civil.

Pero, debido a que el Pacto hundió la monarquía, muchos lo consideraron un éxito político del mayor alcance (en cierto modo lo tuvo), y pareció un modelo a repetir cuando, ante la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial, casi todo el mundo creía que el régimen de Franco iba a caer,  incluso con mayor facilidad que la monarquía, y que probablemente los anglosajones invadirían España o de cualquier otra forma traerían la “democracia”.  Nuevamente empezaron los tratos entre las fuerzas políticas vencidas en la guerra civil, en parte por iniciativa de Don Juan y otros monárquicos, militares, etc.,  que aspiraban a formar un frente no tan popular como el de antaño con los socialistas de Prieto, separatistas  y otros republicanos  para echar a Franco y ocupar el poder.  Por supuesto, el democratismo de todos ellos era tan imaginario como el de los del pacto donostiarra, a quienes emulaban en irresponsabilidad;  y si algo puede afirmarse es que no habían aprendido la menor lección de la república y la guerra. (Alguien preguntaba si la carta de Aranda a Churchill mencionada en Sonaron gritos…, fue real.  Lo fue. En la novela trato estos episodios, cuando tanta gente dentro y fuera de España daba al franquismo por liquidado y hacía sus preparativos para sustituirlo. La época y sus intrigas han sido muy poco tratadas, y en general mal, tanto histórica como novelísticamente). La propia seguridad en la victoria (¿cómo podría imaginar nadie que Franco resistiera?) fomentó más las discordias que los acuerdos entre los aspirantes al poder, de modo que no llegó a cuajar un pacto como el de 1930, pero su espíritu se cernía como objetivo sobre todas las intrigas del momento. Claro que, en esta ocasión, ni Franco era Alfonso XIII  ni se produjo en el régimen un proceso autodestructivo como en la monarquía del 30-31.

El tercer “pacto de San Sebastián” puede considerarse el  llamado “Contubernio de Munich”, que he tratado en el otro blog. Fue urdido en plena Guerra Fría, probablemente con auspicio de la CIA y apoyos en otros países europeos en la expectativa de que el franquismo se hundiría pronto y con el objetivo de que no fuera el PCE el mayor beneficiario. Por lo demás,  tenía características muy parecidas a los anteriores:  socialistas, separatistas, franquistas reciclados y otros, cuyas supuestas buenas intenciones democratizadoras no se apoyaban en otra cosa que en sus particulares ambiciones y su nula capacidad para extraer lecciones del pasado.  Es decir, se apoyaban en el vacío. Su única esperanza real era, como en 1930, que el régimen estuviera aquejado de tendencias suicidas, en lo que volvieron a equivocarse. Sus patrocinadores comprendieron enseguida que el franquismo era algo (estaba iniciando el mayor despegue económico y social que había experimentado España en siglos), mientras que ellos no eran nada, y los dejaron para mejor oportunidad. Quedarían como un vago referente de las tendencias rupturistas cuando llegó la Transición. Tendencias que tampoco triunfaron, aunque consiguieron enturbiar el proceso, teniendo que esperar a Zapatero para imponerse: la alianza de izquierdistas y separatistas contra España y la libertad, en definitiva.  Quizá pueda considerarse como un cuarto Pacto de San Sebastián, implícito, la alianza de socialistas y separatistas a raíz del atentado del 11-m, con la oposición pasiva de la derecha.

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Uno de los mayores desastres de la Democracia ha sido ese Tribunal Constitucional contra la democracia, contra España y contra la Constitución.  Alguien tendría que escribir la sórdida historia, desde el expolio de Rumasa, de esa institución de jueces politicastros.  Ahí están, sonrientes, los “progresistas”,  satisfechos-as de su hazaña proetarra (la ETA es también muy “progresista”, y ello produce entre todos ellos una corriente de comprensión), contentos-as  del nuevo golpe –y ya son muchos—que han asestado a la libertad y a la nación española.  Hay una figura que se llama colaboración con banda armada y eso tendría que ser juzgado a su vez.  Mientras tal cosa no ocurra, no habrá verdadera libertad en España. Y es una carrera contra el tiempo: o la democracia acaba con ellos o ellos con la democracia, la poca que va quedando. ¿Será posible que el pueblo español esté ya tan envilecido por la “cultura” del embuste y la farsa, que no dé de sí para crear un partidos con cuatro, solo cuatro ideas firmes y claras?

** Dice Ángeles Pedraza: “No vamos a tragar con un final cualquiera”. Tengo la impresión de que tragará. De que en realidad ya ha tragado.

 

**Según Vargas Llosa, “Aguirre ha convertido Madrid en una ciudadela de la libertad”.  ¿No hay libertad fuera de Madrid? ¿Antes de Hope no había libertad en Madrid? ¿Está Madrid asediada por los enemigos de la libertad?

La cloaca:

** López pide una política penitenciaria “que no busque la venganza”.  Para este fulano, como para los etarras, la justicia es venganza. Viene a ser una forma,  eficaz en su hipocresía, de apología del terrorismo. No debe olvidarse que la ETA no habría sido nada sin los muchos y poderosos amigos que ha tenido desde que empezó a asesinar, y que entre el PSOE y ella hay muy profundas afinidades ideológicas.

**Madrid Sunday Shopping, rezan unos infames carteles del ayuntamiento por toda la ciudad. Supongo que será cosa de Annie Bottle.  Lo de siempre: la izquierda tratando de disgregar España, la derecha, de disolverla.

**La argentina Sylvina Walger cree que “Garzón se dejó usar por los mayores ladrones de mi país”. Ingenua doña Sylvina.  Garzón y los otros se “usaron” mutuamente, es decir, colaboraron. El ex juez no es moral ni políticamente mejor que  sus “usadores”.

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El lado moral de la crisis. Otero Novas lo vio a tiempo.

Otro blog: Qué fue el “contubernio de Munich” / El canto del ruiseñor: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El hecho de que los responsables políticos de la actual ruina se vayan “de rositas”, sonrientes y triunfantes, parece sugerir que la economía no tiene que ver con la política: “Es una crisis internacional”, arguyen, que a España le ha tocado como a otros países. Además,  ¿quién sabe, en definitiva, como funciona la economía? Si se supiera con un buen grado de certeza, no habría tantos economistas y tantas escuelas de economía, análisis y propuestas diferentes para remediar la crisis. Casi nadie previó los resultados de un período de euforia, porque es muy difícil predecir y la mayoría de las predicciones se equivocan. Por tanto, ¿qué culpa tienen los políticos si las cosas han ido mal?  La gente los eligió, luego dejó de elegirlos, y eso es todo. Por otra parte, ¡a ver quién era el guapo que en el período de euforia hacía ajustes y recortes! La gente los echaría rápidamente del poder a favor de quien le hiciera promesas más bonitas.

Algo hay de eso,  pero no es todo, pues según tal punto de vista, los políticos serían irresponsables, es decir, por encima (o debajo) de la moral.  Los mismos que ahora dicen eso podían decir hace poco que en definitiva la política es ante todo la gestión de la economía. Sobre esa base, los gobernantes tendrían que ser ante todo economistas… aunque en economía hay muchas escuelas y recetas. Al margen de ello, Zapatero prometía el oro y el moro (pleno empleo, superación de Alemania, etc.) contra los avisos de personas más expertas. Cuando la crisis llegó como un puñetazo, la agravó con sus medidas y declaraciones. ¿No tuvo responsabilidad por ello?  Siempre hubo avisos de que el país iba por mal camino, pero los políticos eligieron la vía del fraude para mantenerse en el poder y, por supuesto, tienen grave culpa por sus efectos. Insistamos: la entrada en el euro se pintó como la seguridad de una economía en crecimiento estable e indefinido, la seguridad de las pensiones, etc., etc., al parecer sin otra contrapartida que los ajustes hechos por Aznar para sanear la economía. Esto fue mucho más que un error, fue un engaño puro y simple, no porque los políticos supieran realmente lo que iba a ocurrir, sino porque prescindieron de cualquier análisis con cierta perspectiva general y sacrificaron ilegalmente gran parte de la independencia de España. Claro que la Constitución, precisamente por estar mal hecha, ha sido pisoteada desde el principio por unos y otros. El interés nacional, que en ningún caso puede consistir en sacrificar la soberanía, no fue tenido en cuenta por nuestros desdichados políticos.

Un amigo me decía hace unos días: “o hablamos de interés nacional o hablamos de economía”, dando a entender que son cosas distintas cuando no opuestas. “Si hablas de economía sin tener en cuenta el interés nacional –le respondí–  no estás hablando de nada, solo de abstracciones vacías”. Las naciones son una realidad histórica y muy actual, por más que muchos teorizantes lleven dos siglos afirmando que están obsoletas y que lo que cuenta es “la humanidad”, “el proletariado”,  “Europa”, “la globalización” o cualquier otra abstracción. España es una comunidad de cultura con un estado, asediada insidiosa y tenazmente por todos los frentes,  y cuando hablamos de economía aquí nos referimos a la española, precisamente y a las políticas para fomentar su prosperidad sin atentar contra el interés nacional. El interés nacional ha sido invocado a menudo para hacer demagogia económica, pero la demagogia consiste en España, desde hace muchos años, en lo contrario: en pretender que la economía, el bienestar material de los españoles, se opone precisamente al interés nacional, y que los problemas propios de una nación desaparecen al ampliarlos al nivel europeo. Que vendiendo la soberanía por un plato de lentejas, las lentejas serían ya infinitas y cada vez más sabrosas. Que la alternativa solo podía ser la miseria y la inflación, “la máquina de tirar billetes”. Y sofismas baratos por el estilo.

Y todo esto es un problema político y, por supuesto, moral. La moral siempre ha predicado la autonomía del individuo –extensible a la comunidad nacional–, la prudencia, el autorrespeto para respetar a los demás,  la existencia de valores generales por encima del interés inmediato y la inconveniencia de adorar al becerro de oro. Cada una de estas prédicas ha sido sistemáticamente desoída por nuestros dirigentes, y la gente o demasiada gente, seducida, se ha comportado con el hedonismo pedestre y ostentoso de los nuevos ricos, endeudándose sin tasa mientras los partidos le decían que eso era bueno, es más, que era “lo bueno”,  nada de qué preocuparse. Aparentemente, la crisis consiste en que nos hemos endeudado excesivamente, sacrificando no ya el derecho de primogenitura al plato de lentejas  sino el mismo interés económico a largo plazo al beneficio inmediato.

Decía que el eje de la sociedad humana no es la economía, sino la moral y finalmente la religión. Dejaremos esta por ahora para ceñirnos al evidentísimo componente moral de la crisis, del que seguramente hay algunas lecciones que sacar, empezando por la responsabilidad exigible a los dirigentes, si hemos de vivir en un sistema civilizado.

Hay otros aspectos relacionados con la moral. En un diálogo de los pastores de Porriño se proponían ideas para generar empleo: fomentar el juego, fomentar la prostitución y fomentar la delincuencia. Considerada la economía al margen de la morallas tres “salidas” pueden funcionar y de hecho funcionan en muchos países.

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Alguien que lo vio a tiempo:

Al finalizar el verano de 1992 se produjo la crisis del Sistema Monetario Europeo que afectó principalmente a la Libra, la Lira y la Peseta. Las autoridades británicas, muy partidarias de la Europa de varias velocidades o de geometría variable, reavivaron su vieja convicción de que la moneda con paridades fijas perjudicaba al sistema productivo, y que ello se agravaba en momentos como aquel en que para sostener la paridad tal como la fijaba Bruselas, era preciso efectuar desembolsos muy importantes contra la especulación; decidieron salirse del SME, es decir, recuperar su libertad de movimientos dejando flotar la Libra de modo que recibiese el valor que le atribuyese el mercado, para defender su economía y no sacrificar a sus ciudadanos en aras del integrismo europeísta.

   En España, el señor Aznar, líder entonces del primer partido de la oposición, declaró que quizá a España le conviniera hacer lo mismo que Gran Bretaña. Y Luis Ángel Rojo, recientemente designado gobernador del Banco de España, descalificó aquella declaración junto con la posición británica. El Gobierno, con tal apoyo del Gobernador, decidió mantenerse en el SME y defender la paridad de la peseta establecida por Bruselas. No obstante lo cual, y a pesar de los grandes esfuerzos que se hicieron por defender la cotización oficial de nuestra moneda, el 17 de septiembre de 1992 tuvimos que hacer una primera devaluación de la peseta en un 5% de su valor.

   El 13 de octubre, el señor  Rojo compareció por primera vez ante el Parlamento (…) Yo (…) fui su primer interpelante. Él hizo uso de su especial autoridad como máximo responsable de la política monetaria española (…) para decirnos: Que se equivocaba el The Times –al que calificó de no excesivamente progresivo— (por defender la postura de Londres), y vaticinó grandes riesgos y problemas para la economía británica; en cambio la decisión española de permanecer en el SME era la correcta y conveniente.

 La realidad fue muy diferente. Como dijeron años después todos los analistas, Gran Bretaña se benefició muchísimo de la flotación de su moneda  (…) Por el contrario, la disciplinada España tuvo que soportar muy serios inconvenientes, tanto en su Sector Público como en el Privado. Y tuvimos que practicar a continuación dos nuevas devaluaciones, una del 6% el 22 de noviembre y otra del 8% en mayo de 1993, a pesar de aquellas resistencias numantinas Tres devaluaciones sucesivas constituyen algo insólito en las crónicas de nuestra moneda.

   Nuestra administración no solo vio perjudicada su credibilidad, sino que hubo de soportar pérdidas de muchísimos miles de millones en las operaciones de utilización de divisas comprando pesetas para sostener la cotización oficial; porque esas pesetas tenían que ser adquiridas a altos precios, inmediatamente rebajados por las devaluaciones (…)

J. M. Otero Novas, Defensa de la nación española pp., 106-7

Sobre el euro habrá que hablar más. Ya se habrán percatado ustedes de que Inglaterra no ha entrado en él, por muy buenas razones.

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La cloaca.

***Afirma Ana Botella que los proxenetas son culpables, los clientes son culpables y las prostitutas también. ¿Y Ana Botella? ¿No es culpable de sus propias gansadas? Porque quienes las pagan son los demás.

 

O Europa va a una federación o desaparecemos del mundo”, asegura García Margallo. No saben qué hacer para acabar con España, estos politiquillos. No vamos a desaparecer, ni nosotros ni el resto de Europa, señor García. Como mucho desaparecería la UE, que en mi opinión es un enorme fraude. En cambio la desaparición de políticos como ustedes sí que sería un avance.

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http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/politica/aclaraciones-sobre-gibraltar-20120617

 

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Trasfondo histórico en Sonaron gritos… Liberales contra liberales en el s. XIX

 

** Carlos Caballero Jurado: El  autor de Sonaron gritos y golpes a la puerta retrata magníficamente la relación existente entre la Guerra Civil y la División Azul (…) La DA, por lo excepcional de su historia, se presta inmejorablemente a sacarle “jugo literario”. Son demasiados ya los autores que escogen el escenario de la DA para narrarnos historias más o menos rocambolescas, casi siempre con desconocimiento de su historia y vicisitudes. Moa ha corregido tan peligrosa inclinación y nos ofrece un relato históricamente impecable: no inventa a capricho hechos o circunstancias , sino que acomoda sus personajes a lo que fue en realidad la campaña, con descripciones de extraordinario realismo (…). No como Soldados de Salamina, de Cercas, cuya presunta base histórica es insostenible (…)  Pero  Moa no trata de engañar a nadie  ya que califica esta obra como creación literaria.  Eso le da derecho a construir sus personajes con libertad, dotándoles de unos perfiles psicológicos, de unas historias personales, de unas trayectorias biográficas fruto de su creatividad (…) Como todas las novelas, tiene diferentes “niveles”  de lectura. Hay problemas psicológicos, vivenciales que mueven a los personajes, incluyendo las relaciones sentimentales. Hay análisis ideológicos, donde se retrata el debate entre las concepciones políticas que agitaron el siglo XX (…) Hay novelas que se te caen de las manos al poco de empezarlas, Desde luego, este no es el caso”.

 

**Stanley Payne: … La novela me interesó mucho por la capacidad que tiene para recrear  ambientes.  En esto,  lo mejor no es España sino Rusia.  Además a  veces el lenguaje es muy vivo y las conversaciones por eso buenas, aunque también hay altibajos.

Es tal vez más un relato histórico que novela pura.  Un error, me  parece, es que empiezas con edades demasiado jóvenes para los  principales, así que el lector no entiende por qué pueden ser tan  independientes y complicados.  Habría sido mejor empezar con 18 años para Carmen y 20 para los hombres… 

 

** Ángel Maestro: La condición de historiador asoma desde el comienzo (…) con tipos muy representativos como el asesino del padre del protagonista (…) El estilo de Moa prescinde de todo barroquismo.  Más se asemeja  a un estilo barojiano que a un Blasco Ibáñez, por poner dos ejemplos (…) En absoluto personajes librescos sino vivos,  inmersos en ambas medidas de heroismo y de vileza, y también seres con reacciones normales ayunas de tales méritos y deméritos. (…) Utiliza una técnica de bisturí que pone al desnudo todo lo que la terrible lucha en el frente del Este tuvo de más deleznable (…) La tercera parte refleja las intrigas en un Madrid finalizada la guerra mundial y la ilusión de cómo los Aliados acabarían con el régimen de Franco, trayendo la proyectada venganza implacable contra los defensores del mismo.  (…) Los componentes de las partidas,   los agentes camuflados del aparato del Partido Comunista, las contrapartidas, etc. , confieren a esta tercera parte un ritmo vivaz, siempre en el estilo naturalista sin artificiosidades. La novela (…) despierta desde las primeras páginas el afán y la curiosidad infatigable por conocer el desarrollo y desenlace de la misma. Al finalizar el lector se encontrará además con un hecho totalmente inesperado, pleno de sorpresa y casi de estupefacción.

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Por mi parte insistiré en algunas precisiones. Una novela histórica puede entenderse como  un relato ficticio fuertemente enmarcado y condicionado por una situación histórica real o como la manipulación de algún personaje real según la habilidad o talento del escritor. Sonaron gritos… pertenece al primer caso. Según Luis del Pino,  recuerda a los Episodios nacionales de Galdós, pero a mi juicio solo en el sentido dicho, pues el carácter  y peripecias de los personajes difieren mucho de los de Galdós.

La novela transita por la particular guerra civil de Cataluña, donde no hubo prácticamente guerra hasta muy al final, pero sí revolución o revoluciones enfrentadas entre  sí; continúa luego por el Madrid de posguerra y por la Rusia de la División Azul, para volver en la tercera parte a un Madrid en que mucha gente espera la caída del franquismo a consecuencia de  la derrota alemana, y luego a una Galicia donde se desarrolla el maquis (preguntaba alguien si fue verdad el plan de volar centrales hidroeléctricas: lo fue, al menos como designio).  Así como en las aventuras y peripecias de los personajes he dejado trabajar libremente la imaginación –siempre dentro de los límites de lo verosímil—, en el marco histórico he procurado ajustarme a los hechos reales, aunque me haya permitido trasladar algunos de lugar y de tiempo. Para ello he recurrido sobre todo a memorias de personajes sobre la Barcelona de entonces, sobre el Madrid de posguerra (por ejemplo anecdotarios de F. Díaz-Plaja,  las de Cela, Jesús Pardo, la Historia de una tertulia, de A. Díaz Cañabate, de Castilla del Pino, y otras. Me fue de  mucha utilidad el excelente libro La brigadilla,  de Gómez Fouz, sobre el maquis en Asturias (de hecho una operación muy similar a la que sitúo en Galicia ocurrió realmente allí), así como la propaganda de los propios maquis. Los personajes reales solo intervienen en la novela como referencias, así Durruti, Companys, Miquel Badía, el comandante Román, etc.;   o de modo marginal, como el jefe del servicio de información de la Falange, González Vicén, Walter Starkie;  de forma desdibujada, “Julián” y “López” podrían asimilarse a jefes guerrilleros reales, que usaron esos nombres de guerra, y  quizá Garufa” a otro llamado Marrofer. Otros, con nombres distintos, se asemejan a personajes reales.

La Colmena, de Cela, una excelente novela dentro del “realismo cutre” , pinta un retrato lúgubre de la época a partir de unos personajes grises y troscos, en mi opinión también algo tontos. Como novela histórica no tiene valor, porque ignora los enormes retos que aquella generación afrontó y superó muy bien, a costa de un enorme esfuerzo: la revolución, la guerra mundial, el peligro de invasiòn, el maquis o el aislamiento, retos ante los que una generación tan echada a perder por la demagogia izquiero-separatista  como la actual habría sucumbido inevitablemente. Pero, pese a su nulo valor histórico, el retrato hecho por Cela ha quedado en la mentalidad popular como el de aquellos años , que sin duda fueron “de hierro”, pero no de  plomo mezclado con serrín, como pretende él. Retrato reproducido en muchas otras novelas, cine, series de televisión, etc.

En cuanto a la juventud de los personajes al comenzar la acción, cierto que los vuelve más improbables; pero no imposibles, y menos en tiempos de guerra cuando la normalidad se desvanece.  Y una novela no tiene por qué sujetarse a lo más probable., pues corre el peligro de volverse tópica o costumbrista, cosa quepara mi gusto es una plaga en la literatura española actual, pues la trivializa.

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EL SIGLO DEL LIBERALISMO (I) LIBERALES CONTRA LIBERALES.

  Si en sentido político podemos caracterizar el siglo XX europeo como el de la democracia, el XIX  resultó el del liberalismo, es decir, el de las luchas, victoriosas para los liberales, entre estos, los utópicos (totalitarios) y los tradicionalistas.  El liberalismo busca limitar el poder: lo divide –con especial relieve a la independencia judicial–,  le opone derechos personales y políticos  (habeas corpus, asociación, expresión, imprenta, etc.) y economía de mercado. Sus raíces europeas son hondas. En España, las condiciones de la Reconquista (repoblación, etc.) favorecieron, sobre todo en Castilla, un sistema menos duramente feudal que el ultrapirenaico y con más rasgos preliberales como Cortes, fueros, etc.; la monarquía de los Austrias tuvo bastante de liberal: estado pequeño con pocas atribuciones sobre la libertad de las personas, cierta división y control del poder y alguna representación popular. El pensamiento de la contemporánea Escuela de Salamanca propugnaba soluciones políticas y económicas asimilables al liberalismo. El absolutismo llegó luego, por influjo de la Francia borbónica.

La raíz del liberalismo podría estar en el cristianismo, con su autonomía entre política y religión (“Al césar lo que es del césar…”), prédicas de fraternidad e igualdad esencial de los humanos como “hijos de Dios”, con derechos inalienables contra los que no debe atentar el poder. Sin embargo no se sistematizó como doctrina hasta finales del siglo XVII, principalmente en Gran Bretaña, donde arraigó tras la guerra civil, la dictadura de Cromwell y la “Revolución gloriosa”, con menos violencias ulteriores que en otros países (excepto la Guerra de secesión useña, más sangrienta que la española del 1936).

El problema de la libertad en política es complejo y puede dar lugar a orientaciones diversas. En Francia, como ya vimos, la misma base doctrinaria antitiránica derivó hacia soluciones totalitarias y utópicas y posteriormente a idearios rotundamente antiliberales (especie de democratismo contra la libertad de los individuos).

Las ideas y regímenes liberales ganaron ímpetu después de la derrota de la Francia
napoleónica, debido al influjo ideológico y material de Inglaterra y Usa, así como de la Revolución francesa, aun si esta trufada de utopías y totalitarismos. A lo largo del siglo, y con numerosas revoluciones y guerras, rasgos liberales como las libertades políticas, los parlamentos o la economía de mercado, cundieron por Europa, y al final apenas quedaba Rusia como estado importante no liberal, aunque en vías de liberalizarse.

Por la seguridad jurídica y la iniciativa que permite y fomenta en el individuo, el liberalismo tiende a producir sociedades dinámicas y expansivas, y ello, combinado con la Revolución industrial, nacida en Inglaterra, dio a varios países europeos una potencia técnica, comercial y militar jamás vista antes. El agro perdió población en beneficio de unas ciudades en auge espectacular, y la industria y el comercio se desplegaron a escala sin precedentes. El ferrocarril, el barco a vapor, el telégrafo, etc., hicieron mucho más rápidas y seguras las comunicaciones, y hacia finales de siglo aparecían el teléfono, los primeros automóviles, se esbozaba la aviación, el cine y otros muchos inventos que darían carácter al siglo posterior. El gran capital se internacionalizó en gran medida, con enormes corporaciones y bancos que operaban por todo el mundo. Grandes masas de población fueron alfabetizadas,  la prensa se hizo un verdadero poder, la esperanza de vida aumentó, muchas enfermedades antaño devastadoras fueron neutralizadas… Cambios formidables con rapidez asombrosa. Fue el siglo de máximo apogeo de Europa, y no solo económico y político,  también en la ciencia y con unas artes y pensamiento florecientes.  Inglaterra, Francia y, hacia el último tercio, Alemania, se erigieron en los países punteros del mundo en casi todos los campos, mientras despuntaba Usa como gran potencia con una cultura original y Rusia desplegaba a su vez una cultura espléndida que parecía brotar milagrosamente de casi la nada anterior.

Ligados a la dinámica liberal, los nacionalismos  socavaron los imperios en Europa. Después de la caída de Roma en el siglo V, se habían ido configurando dos Europas: en el oeste la de las naciones (España, Francia, Inglaterra, escandinavas…) y en el centro-este la de los imperios (sucesiva o simultáneamente, los bizantino, otomano,  romano-germánico,  ruso y otros más breves. En el siglo XIX, la difusión de las ideas de soberanía popular, impulsaron nuevas naciones contra los imperios: así Grecia, Italia, Alemania, Rumania o Bulgaria. Con todo, al final del siglo los imperios austrohúngaro, ruso y otomano aún dominaban la mayor parte del continente. En otro sentido, la expansión comenzada por España y Portugal tres siglos antes, culminaba con el reparto de la mayor parte del mundo en colonias y zonas de influencia. El imperio inglés se convirtió en el mayor de la historia; Francia lo imitó por África y Extremo Oriente;  y Bélgica, Alemania, Portugal y Holanda tuvieron su parte.

Estos éxitos espectaculares no ocurrieron sin costes, a menudo muy gravosos. Las guerras revolucionarias y napoleónicas, con la movilización en masa, “abarataron” al soldado, haciendo las guerras más derrochadoras en sangre, tendencia que  alcanzaría su máximo en el siglo siguiente. Luego la mayoría de las guerras, casi todas ganadas con bastante facilidad por los europeos, se produjeron contra pueblos atrasados de otros continentes. Por Usa, Canadá, Australia, Tasmania, la Argentina independiente y diversas zonas de África, los pueblos aborígenes fueron acosados y  no raramente exterminados.  Usa, que solo se consolidó después de una guerra civil sangrienta en extremo, se amplió a costa de territorios mejicanos y españoles, y Rusia sobre pueblos asiáticos  y caucásicos. Las guerras podían hacerse por motivos desnudamente comerciales, como las del opio, con las que, en nombre del libre comercio, Inglaterra  y Francia impusieron a China el consumo masivo de aquella droga.

También fracasaría el empeño de la Santa Alianza de los vencedores de Napoleón por evitar en nuevas revoluciones y contiendas. Y el auge de las potencias generaba conflictos por el dominio de colonias o por apetencias dentro de la misma Europa. La primera gran  guerra europea después de Napoleón fue la franco-prusiana de 1870, preludio de las mucho más feroces del siglo XX.

Tampoco la Revolución industrial fue un proceso simple y tranquilo. En Inglaterra, Escocia e Irlanda, especialmente, se acompañó de expulsiones en masa de campesinos, que acudieron a las fábricas en condiciones degradantes. Aunque estas irían mejorando, gran parte de los europeos vivían hacinados en suburbios insalubres o en la miseria de un agro que apenas daba para sobrevivir a la mayoría, y sujetos a la opresión y explotación de los capitalistas o de los restos feudales. Ello motivó las mayores  emigraciones de la historia hasta entonces. De Inglaterra, Alemania, Escandinavia, Italia y algunos países eslavos, partieron millones de personas en busca de mejor vida y más libertad en América, muy especialmente en Usa, y en las colonias. Irlanda sufrió hacia mediados del siglo la Gran Hambruna, que tuvo bastante de genocidio. De España también partió hacia finales del siglo una corriente emigratoria hacia Hispanoamérica.

Las atrocidades asociadas a este apogeo de Europa han suscitado las mayores críticas y, con el auge del ecologismo en el siglo XX, un juicio negativo de la industrialización. Pero el abuso y el crimen han acompañado la historia del ser humano, que, pese a ello, ha progresado en general. La creciente riqueza y libertad individual y política europeas influyeron sobre otros continentes, liberándolos finalmente del esclavismo, de la guerra casi permanente entre tribus y pueblos, de muchas enfermedades, etc.;  los inventos y técnicas se propagaron en todas direcciones y el pensamiento y la moral europeos ejercieron un papel en general liberador: los movimientos anticoloniales y antiimperialistas del siglo XX se justificarían con ideas nacidas en Europa.

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La España del siglo XIX participa de este proceso general europeo, con las  lógicas peculiaridades derivadas de sus circunstancias culturales e históricas. Por ellas, lo que para algunos países representó el apogeo del poder, para España supuso el descenso a la etapa más profunda de una decadencia arrastrada, con altibajos, desde mediados del siglo XVII y de la que solo comenzaría a recobrarse en el último cuarto del XIX. Como quedó indicado, esa decadencia no la apartó del ámbito europeo, en el cual mantuvo una posición intermedia. Más bien el país se limitó a seguir, con retraso, poco brío y convulsión política, a las principales potencias, Francia ante todo.

Según un mito corriente, el siglo se caracterizó por un impulso liberal obstruido por el  absolutismo carlista y pronunciamientos militares “reaccionarios”. Los hechos prueban otra cosa. El carlismo o tradicionalismo quedó vencido militar y definitivamente en 1840 (aunque diera lugar a dos alzamientos menores). Por ello, la causa mayor de las convulsiones del país solo puede hallarse en las pugnas entre los propios liberales; y los pronunciamientos, en su mayoría, tuvieron carácter liberal-izquierdista, lo contrario de lo que suele entenderse por “reacción”.

El liberalismo gozó de un primer período breve de1820 a1823, llamado “Trienio liberal”, y es interesante observarlo porque sus conflictos preludiaron los posteriores. El Trienio nació del primer pronunciamiento, el de Riego, liberal exaltado y masón. Este mandaba unas tropas que debían embarcarse para sofocar las rebeliones contra España en Venezuela, y en lugar de ello se rebeló a su vez y proclamó a Constitución de 1812. Nuevos pronunciamiento en Galicia obligaron al rey Fernando VII a aceptar un régimen liberal, que a ojos de muchos nacía con el estigma de la traición y el golpe militar. El liberalismo tendría su principal asiento en medios castrenses y sociedades secretas.

Los triunfantes liberales se dividieron entre moderados y exaltados: la facción moderada o doceañista propugnaba un régimen evolutivo que respetase la tradición monárquica, otorgando al rey soberanía compartida con las Cortes. Los exaltados,  siempre dispuestos a romper la legalidad y  divididos a su vez en dos facciones, exigían una nueva Constitución (“veinteañista”),  con total predominio del poder legislativo, anulación de facto del poder regio (incluso de iure por el sector republicano), y reformas drásticas  de estilo jacobino sobre el modelo de la Revolución francesa. El Trienio sufrió las constantes intrigas a tres bandas entre el rey, los moderados y los exaltados, la proliferación de sociedades secretas, de carácter masónico a menudo, los disturbios y amenazas golpistas de uno y otro lado. La Hacienda quebró y estalló una sublevación popular antiliberal en Cataluña. También comenzaron los asesinatos de frailes, un rasgo del liberalismo exaltado que crearía tradición y  se contagiaría a toda la izquierda,  hasta culminar en el genocidio de 1936-9.

Puso fin al Trienio la intervención de la Santa Alianza  europea: los llamados Cien Mil hijos de San Luis,  mayoritariamente tropas francesas con ayuda de otras españolas, ocuparon el país de acuerdo con Fernando VII. Al revés que cuando la invasión napoleónica, no hubo resistencia, debido al hartazgo popular  por la demagogia de los partidos que, de forma negativa, parecía legitimar el absolutismo de Fernando. Este recuperó el poder hasta su fallecimiento, diez años después, oscilando entre la represión y la búsqueda de acuerdo con los moderados. A su muerte, en 1833, estalló una larga y cruel guerra hasta 1840, entre los carlistas, partidarios de Carlos María Isidro, el absolutista hermano de Fernando y aspirante al trono, y los  liberales, defensores de la regencia de María Cristina, esposa de Fernando, en nombre de la hija de ambos, Isabel II, entonces niña de apenas tres años. Vencieron los liberales, que predominarían hasta la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

Este período se divide claramente en dos etapas: 42 años un tanto espasmódicos hasta el derrumbe de la I República, y otros 48 de la Restauración. La primera etapa reprodujo las querellas del Trienio entre facciones liberales, mientras que la segunda  consiguió superarlas y dotar al país de una fructífera estabilidad, aunque cada vez más sacudida por las nuevas corrientes políticas reforzadas por la crisis del 98.

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La primera etapa presenció la continua pugna entre moderados y exaltados o progresistas (estos respaldados por Inglaterra, pues eran partidarios del libre cambio, que suponía la importación sin trabas de productos ingleses, como en Portugal), que dio lugar a una especie de alternancia  no pacífica, mediante intrigas y golpes. La legalidad era muy poco respetada por unas u otras facciones. La inestabilidad se deja describir para esos 42 años en 71 gobiernos, cinco Constituciones (además de la de 1812 e incluyendo el Estatuto Real de 1834) y los más diversos disturbios, que en al menos dos momentos pusieron al estado al borde del precipicio. Fue característico, en 1836,  el motín de dieciséis sargentos sobornados por el político Mendizábal para que se amotinaran  en el palacio de La Granja, apresaran a la regente y la obligaran a derogar el Estatuto Real, proclamar la Constitución de 1812 y destituir al gabinete moderado, entrando de nuevo Mendizábal en el que le sucedió.

El liberalismo creció y triunfó en gran medida por el ejército. La inestabilidad del período, causada por la violenta inepcia de la mayoría de los políticos, daría lugar al fenómeno de los espadones, jefes militares que lo eran a su vez de una u otra facción liberal. El primer espadón fue Espartero, que tras vencer en la guerra carlista expulsó y sustituyó a la regente. Otros fueron Narváez, O´Donnell, Serrano y Prim. La técnica del pronunciamiento, inventada por los  exaltados (Riego), consistía en que un jefe militar “se pronunciaba” en rebeldía contra la situación política y trataba de arrastrar a otras guarniciones. La mayoría fracasaron, con su coste de fusilamientos o exilios, motivo de jeremiadas algo absurdas de muchos historiadores sobre el “cainismo” español. Pero cuando triunfaban se convertían en la fuente de legitimidad. Los espadones venían llamados por los políticos incapaces de frenar el desorden por ellos mismos causado. Suele considerárseles usurpadores, pero en realidad ejercían el poder en nombre de una u otra facción, y como políticos solían valer más que los civiles.

Este agitado proceso culminó desastrosamente en el “Sexenio revolucionario” desde 1868,  a partir de un pronunciamiento llamado pomposamente  “Revolución Gloriosa” (por imitación de la inglesa de 1688). Ese mismo año estallaba en Cuba la primera rebelión independentista, que fue también una guerra civil. La reina Isabel II fue expulsada y, a pesar de dirigir el golpe Juan Prim, uno de los militares  más distinguidos y con ideas razonables dentro del progresismo, la epilepsia política, lejos de frenarse, creció. Antes se intentó implantar una nueva dinastía, y la búsqueda del rey adecuado sirvió de causa o  pretexto para la guerra entre Prusia (o Alemania) y Francia, rivales por ganar influencia en España y preludio de otras mucho más graves en el siglo XX. Esa guerra, en 1870-1 terminó con la victoria germana y dio lugar a la revolución francesa de La Commune, reprimida con gran derramamiento de sangre.

En España se eligió rey a Amadeo de Saboya, y su valedor, Prim, fue asesinado. Los carlistas, creyéndose ante una nueva oportunidad, lanzaron una guerra de guerrillas, mientras en Cuba seguía la insurrección. Amadeo salió ileso de un atentado, y comprobó la imposibilidad de concertar con respeto a la ley a unos políticos delirantes: “No entiendo nada, estamos en una jaula de locos”, declaró. Y sin consultar a las Cortes abandonó el trono, se refugió en la embajada de Italia y volvió a su patria de origen.

Fue entonces la oportunidad de los republicanos, probablemente los más disparatados de todos. Así llegó, en 1973, la I República, sin oposición y como por consecuencia natural de los anteriores sucesos. El nuevo régimen superó en desvaríos a todo lo anteriormente vivido. La doble guerra civil, carlista en España e independentista en Cuba, se complicó con movimientos cantonales en los que ciudades o pueblos se declaraban “libres” y amenazaban a los vecinos. En las Cortes se planteaban discusiones ponderando la superioridad del ateísmo sobre el cristianismo, al sustituir “la fe, el cielo, Dios”, por “la ciencia, la tierra, el hombre” (la izquierda española –muy poco científica por lo demás—nunca superó esas simplezas); Figueras, uno de cuatro los presidentes del régimen en menos de un año, imitó a Amadeo, pero más bruscamente: se marchó a París sin avisar a nadie poco después de comentar, en catalán “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Otro, Salmerón, dimitió porque firmar una pena de muerte iba contra sus principios: admitía que era imprescindible aplicarla para poner algo de orden, pero prefirió que lo hiciera otro. Un tercero, Castelar, tronaba contra el Imperio español, “un abominable sudario que se extendía sobre el planeta” en su modesta opinión… La lista de despropósitos entre retóricas tan inflamadas y bienintencionadas como vacuas, tendrían extraordinaria comicidad si amenazaran con desmoronar la nación. La amenaza se conjuró, no obstante, con la mayor facilidad: el general Pavía, también republicano, ordenó desalojar las Cortes a los diputados. Estos, enardecidos, afirmaron que se mantendrían en su puesto hasta la muerte, pero bastó un destacamento de guardias civiles para hacerles salir del edificio tranquilamente, si bien algunos por las ventanas. El pueblo no mostró la menor solidaridad con sus supuestos representantes. También fue vencido fácilmente el cantonalismo y, con más dificultad, retrocedió el carlismo.

La república, con un gobierno de concentración, duró todavía un año, hasta que el pronunciamiento de Martínez Campos a finales de 1874 y los trabajos previos de Cánovas del Castillo, trajeron a España al rey Alfonso XII, hijo de Isabel II.  Pronto fueron vencidos los carlistas y algo después los insurrectos de Cuba. Tras algunas intentonas republicanas, la era de los pronunciamientos tocó a su fin por mucho tiempo.  Comenzaba la Restauración, de cuyos méritos y flaquezas ya hemos hablado.

En este primer período liberal, España descendió a lo más bajo de su historia, solo comparable, quizá, con la situación que precedió a los Reyes Católicos. Y en el plano internacional cayó a una posición irrelevante, después de haberse mantenido el en siglo XVIII como  tercera  potencia europea, es decir, mundial. Esta caída y el poco éxito de Italia en comparación con Alemania darían lugar a especulaciones  sobre una decadencia general de las “razas latinas” frente las germánicas.

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Con todo, el declive fue menor en el terreno económico que, sobre todo a partir de mediados del siglo,  experimentó algún auge con el asentamiento de una incipiente  industria metalúrgica y siderúrgica en Bilbao y algunas localidades asturianas, y  consolidación de la textil en torno a Barcelona, muy protegida por los gobiernos frente a la competencia exterior. Hasta aproximadamente mediados de siglo no se registraron avances técnicos, que entonces, como en otros países, giraron en buena medida en torno a la construcción de ferrocarriles, que se extendieron por gran parte del país, aunque algunos fueran deficitarios y, al entrar libremente del extranjero los materiales necesarios, apenas contribuyeron a desarrollar la siderurgia nacional. También tomaron auge la banca y las sociedades por acciones. El proceso puede observarse con el comercio exterior, que, casi estancado hasta mediados de siglo, creció rápidamente hasta multiplicarse por cuatro desde entonces, en particular las importaciones, tendencia muy relacionada con las necesidades del ferrocarril y otras industrias. España terminó el siglo XIX como décima potencia económica del mundo, lo que, en definitiva, no era un mal puesto, a pesar de las ridículas lamentaciones del regeneracionismo.

Estos logros, modestos comparados con los de los países punteros de Europa, aunque apreciables en comparación con el resto, crearon núcleos modernos, sobre todo en Barcelona, Madrid, Valencia o Sevilla, en menor medida Bilbao. Pero no llegaron por entonces a afectar en profundidad al conjunto del país, como indica la proporción entre población agraria y urbana, que permaneció poco alterada durante todo el siglo, en dos tercios por un tercio, excepto en el entorno de Barcelona. La población pasó de  unos 12 millones al morir Fernando VII a más de 16 millones al llegar la Restauración, y la producción agraria creció en proporción, pero sin apenas tecnificarse, y la renta per capita no parece haber crecido apenas.

La mayor parte de los progresos económicos, así como las leyes y reglamentaciones para modernizar el país, desde la Guardia Civil a la creación de una enseñanza media y superior algo efectiva, se produjeron durante las etapas moderadas o conservadoras personalizadas en los espadones Narváez y O´Donnell. Y ello a pesar de que se tendía a estrechar el censo electoral, más amplio en los períodos progresistas. Hubo todo el tiempo una pugna entre una política proteccionista de los moderados y la librecambista propugnada por los progresistas, predominando la primera, y a esto atribuyen algunos economistas el atraso español. La cuestión es difícil. El proteccionismo fue la política adoptada por Alemania o Usa para consolidar la industria nacional frente a la competencia exterior, sobre todo inglesa, que partía con la ventaja de su  revolución industrial. Y la propia Inglaterra mantuvo un proteccionismo tratando de monopolizar la nueva maquinaria, impidiendo su exportación y la de especialistas. Por otra parte, el vecino Portugal extrajo muy poco progreso de su libre cambio con Inglaterra.

En la alta cultura, España siguió el romanticismo europeo de  la época, dentro del cual no produjo obras de gran originalidad o comparables a las de los países de primera fila en literatura, pintura o música. El atraso científico fue  más completo aún. Es llamativo que el liberalismo no produjera entonces teóricos  de alguna enjundia, al revés que el tradicionalismo, representado por dos pensadores importantes dentro y fuera de España: Donoso Cortés y Jaime Balmes.

Un modo de caracterizar una época de auge en contraste con una de decadencia, es el número de personalidades de gran relieve que produce en el arte, la ciencia, la política, el pensamiento o la milicia. La impresión que deja aquella época española es de personajes mediocres (con la excepción relativa de los citados pensadores tradicionalistas), no infrecuentemente disparatados, inclinados a sustituir el análisis por la retórica y a  una violencia gratuita, sobre todo en política

¿A qué se debió este contraste con otras épocas de España y con el apogeo de las grandes potencias europeas?  Es difícil saberlo. Quizá una causa importante se encuentre en el declive de la enseñanza y, dentro de esta, en la casi ausencia de las ciencias que distinguían a otros países europeos. A lo largo de todo el siglo, pero especialmente en el primer período, la universidad mantuvo un nivel muy bajo, cuantitativo y cualitativo. En un plano más elemental, relacionado con el anterior, el analfabetismo ofreció durante todo el siglo tasas elevadísimas. Aunque los porcentajes que se ofrecen no son muy precisos, suele estimarse que en 1841, las personas alfabetizadas no llegaban a un cuarto de la población, y parte de ella sabía leer, pero no escribir. En 1875 los alfabetizados apenas habían llegado a un 27-30%. Con la Restauración, la situación mejoró, pero muy despacio, y hasta después del 98 no hubo más alfabetizados que analfabetos. En Inglaterra, en 1850, los alfabetizados alcanzaban el 75%, para llegar al 85% a finales del siglo. Y Francia pasaba del 55% al 80% en las mismas fechas. Estos datos exponen una clave esencial del atraso español en dos vertientes: por una parte, sin alfabetización era imposible extender el espíritu emprendedor y los oficios especializados exigidos por la técnica; y por otra parte la desatención al problema revela la desidia o escasa comprensión del mismo por los políticos de la época, de cualquier tendencia que fueran.

Junto a ello, la pobreza del pensamiento y la casi ausencia de espíritu científico tienen su eco en una cultura retórica y en gran medida vacua, bien manifiesta en la actitud de los dirigentes, en sus acciones convulsivas y a menudo irrealistas. Creo que en este círculo vicioso puede encontrarse la clave principal de la postración española en el período posterior a las guerras napoleónicas.

 

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La reforma de la Justicia. Cuatro grandes crisis históricas.

***Blog gaceta.es: ¿Una sociedad proetarra? / Belleza y realismo épico / Tres visitas al Valle de los Caídos.

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Dado el carácter internamente conflictivo de toda sociedad humana, la justicia es un elemento esencial para mantener la cohesión.  Como en esos conflictos cada parte cree casi siempre tener razón, es necesaria una idea de lo que es o debería ser justo, y un medio de aplicarla por convicción y por la fuerza. Debe haber, por tanto, unos principios legales generalmente reconocidos y un aparato coercitivo capaz de juzgar y aplicarlos. Hoy consideramos despótica una justicia dependiente del poder de legislar o del de ejecutar las leyes. Como decía Montesquieu, en tal situación  “todo estaría perdido” para la libertad.

Obviamente, entre los tres poderes debe existir una básica cooperación, que solo puede partir de una concepción común de la justicia y del interés nacional. La Constitución aspira a repesentar esas concepciones, recogiendo ideas más amplias y mucho más antiguas que las consignadas en ella. Claro que una Constitución tan defectuosa como la actual, contradictoria y  con preceptos incumplibles, no puede sustentar adecuadamente el equilibrio entre cooperación e independencia de los poderes. Por ejemplo, la Constitución declara la unidad e indisolubilidad de la nación española, y al mismo tiempo abre la vía para fomentar los separatismos y vaciar de  sustancia dicha unidad, un proceso desarrollado y agravado en los últimos años.

La Constitución no declara la garantía de la independencia judicial y de hecho unifica los poderes ejecutivo y legislativo, con lo que crea una fuerte propensión al despotismo, solo contenida, parcialmente, por la diversidad de partidos en pugna y por los medios de masas. A pesar de que los partidos no tienen un funcionamiento democrático, y de que los medios de masas cumplen una función informativa muy pobre, queda algo de libertad y de democracia. Pero al no haber una separación clara de poderes, la tendencia es a sustituir el interés nacional por el de los partidos, que, aun rivalizando duramente entre ellos, mantienen un acuerdo básico en cuanto a unos intereses comunes de repartirse el poder por encima de cualquier otro interés o responsabilidad: así  vemos a quienes  han llevado al país a la ruina marchándose sonrientes, con sus riquezas, susn pensiones y sus prebendas.  No existe entre los partidos una idea compartida del interés nacional ni de la democracia y esa es una de las razones por las que la Constitución, en la práctica, apenas rige y por lo que la Justicia está politizada y desacreditada en la opinión común. El mismo Tribunal Constitucional es más bien una burla partidista.

Cuando constatamos la necesidad de una reforma democrática podemos centrarla, en primer lugar, en la independencia judicial. Bien claro debe quedar que la misma no llegará mediante un cambio constitucional o administrativo,  sino que este solo puede ser resultado de un proceso que no se vislumbra corto ni fácil, pero que debe empezar por una clarificación y recurso a la opinión pública. ¿Deben los jueces ser elegidos, o ello los politizaría más? ¿Cómo podría contenerse la avidez de los partidos por controlar a los jueces? ¿Debían prohibirse en la magistratura las asociaciones políticas? ¿Existe en España una fronda legislativa excesiva que debiera podarse? ¿Cómo conseguir una justicia más rápida?  ¿Qué medidas concretas podrían proponerse para asegurar la independencia, y qué ejemplos o precedentes encontramos en otros países y en otras épocas? Etc.   Propongo a mis lectores, especialmente a aquellos expertos en cuestiones jurídicas, una discusión sobre el asunto.

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Es llamativo que los cuatro últimos siglos, el XVIII, el XIX, el XX y el XXI, hayan empezado en España con crisis muy profundas que parecían arrastrar al país a la disgregación. En el primero, la Guerra de Sucesión convirtió a España, de protagonista de la política europea y mundial, en objeto de las políticas de otras potencias, que pensaban repartirse su imperio y partes de la propia España, y en parte lo hicieron (pérdida de las posesiones europeas y de Menorca y Gibraltar), con el país como escenario de una guerra a medias civil e internacional, en la que tropas y jefes extranjeros tenían a menudo el papel decisivol Ma marina, clave para mantener el imperio, quedó  casi destrozada  y el propio país convertido en satélite de Francia. No obstante, la capacidad de recuperación fue impresionante. La supeditación a Francia fue más aparente que real, enseguida se trazaron planes (Macanaz) para salir del pozo. Y menos de treinta años después, Inglaterra sufría el que probablemente ha sido el mayor desastre naval de su historia ante Cartagena de Indias. Hacia finales del siglo, España se mantenía como tercera potencia mundial, había ampliado muy considerablemente su imperio y era un país bastante próspero para los niveles de la época, con una economía estimable en un 80-85% de la media de los países europeos más ricos.

Esa recuperación quedó roto a principios del XIX por la invasión napoleónica. El emperador francés cometió el error de confundir a la casta política de entonces, a la que manejó a su capricho, con el pueblo llano, que demostró un heroísmo y habilidad para organizarse  completamente inesperados. Pero el resultado de aquella invasión resultó catastrófico: ruina del país, pérdida de la mayor parte del imperio americano, pérdida de la flota y división interna sin más arreglo que la guerra civil. La recuperación fue muy lenta y penosa, y puede decirse que no empieza a consolidarse hasta el último cuarto de siglo, con la Restauración.

Entonces una nueva guerra, esta con Usa, acabó con los restos del viejo imperio y alumbró una nueva y gravísima crisis moral, con peligro de disgregación nacional y destrucción de la cultura cristiana. La crisis, de enorme profundidad,  se arrastró con altibajos hasta la guerra civil de 1936-39. Fue entonces, a partir de la victoria de los nacionales, cuando el país recuperó su impulso venciendo sucesivamente muy graves peligros y asechanzas externas e internas, evolucionando hasta una democracia no convulsa. Al comenzar el nuevo siglo España se encontraba en una etapa de extraordinaria prosperidad y muy cerca de resolver el problema del terrorismo etarra, que tanto ha pesado en la historia reciente.

Y ha sido comenzar el nuevo siglo cuando, en 2004, cuando el monstruoso atentado del 11-m ha vuelto a empujar a la nación a una crisis moral y política, complicada luego con otra económica sin precedentes, al menos recientes. El pueblo español se ha revelado capaz de superar situaciones extremadamente graves, lo cual alienta la esperanza de que salgamos también de esta, y, si lo hacemos aprendiendo las lecciones del pasado, sin duda saldremos fortalecidos.

 

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Cretinismo anglómano. Tres guerras sin buen fin

Blog de gaceta.es: ¿Echar a Rajoy? / El español, como en Usa / ¡Ya meten ruido, eh!

Un amigo de Colombia me envía esto: http://www.eltiempo.com/cultura/libros/fernando-vallejo-demos-por-muerto-al-espanol-y-hablemos-ingles_11923226-4

Naturalmente están muy lejos de conseguirlo. Pero esta gente es muy tenaz, y los primeros pasos consisten en eso, en convertir al inglés en el idioma de la cultura superior en los países hispanohablantes. Como hacen aquí Hope Águirry y tantos más. Observen, además, que la noticia, de EFE, no para de calificar al pendejo de “lúcido” y no sé cuántos elogios más. Si los españoles, en general, fuéramos tan imbéciles, realmente no mereceríamos otra cosa.  

El cretinismo anglómano está tan extendido o más en “Latinoamérica” que aquí.  Solo que allí algunos son más consecuentes y proponen abiertamente el paso que aquí aún no osan,  mientras preparan el terreno para darlo. Lucía Fígar, consejera de Educación de Madrid,  ha hablado de suprimir “Educación para la ciudadanía”, lo que estaría bien, pero la razón que esgrime es que quita horas a “la lengua, las matemáticas y el inglés”. Sobre todo el inglés, claro, la lengua superior. Ni palabra de historia y otros aspectos de la cultura. Pretenden formar una generación flotante, desvinculada de cuanto ha significado España en la historia. Perjudican a la cultura hispana sin beneficiar a la anglosajona, a la que no aportan  nada más que su propia bobaliconería lacayuna. ¡Cuánto daño han hecho a lo largo de decenios los incultos politicastros encargados de “cultura” y “educación” en ciudades, regiones y en el estado central! Dada la nulidad del análisis político en España, los procesos solo se ven cuando sus peores consecuencias están ya encima. Como con la crisis económica. En fin, la izquierda pretende disgregar a España, la derecha disolverla. Por eso y otras razones  es indispensable otro partido.

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EL SIGLO DEL LIBERALISMO (II) TRES GUERRAS SIN BUEN FIN.

La invasión napoleónica de 1808 supuso una de las rupturas de mayor alcance en la historia de España, que iba a condicionar profundamente el siglo XIX y cuyos ecos, más diluidos, llegan hasta ahora mismo.

Antes de ella, España se mantenía como una de las grandes potencias mundiales, con una gran flota y que había sido capaz de mantener su imperio infligiendo alguna  decisiva derrota naval a la pujante Inglaterra. Aunque con algunas taras poco visibles entonces pero que resultarían muy dañosas en el siglo XIX, como veremos, puede decirse, en general, que el siglo XVIII fue de recuperación del país.  Sin embargo, como en el resto de Europa, el llamado Antiguo Régimen de la monarquía absoluta ilustrada estaba agotándose, en parte por sus propios éxitos, y todo era cuestión de si las necesarias transformaciones se acometerían de un modo evolutivo o mediante una ruptura violenta, como había pasado con el nacimiento de Usa.

En esta encrucijada tuvo lugar la  Revolución francesa, un período de diez años desde 1789, de creciente violencia y caos hasta que Napoleón Bonaparte cortó su proceso haciéndose con el poder absoluto, si bien conservó gran parte de su ideología. El Antiguo Régimen había quedado demolido en Francia, y el ejemplo cundiría con más o menos fuerza en casi todo el resto de Europa. Las monarquías europeas, viéndose amenazadas,  tacharon el poder napoleónico de revolucionario, usurpador y expansivo, y tras la paz de Amiens de 1802, breve e incumplida sobre todo por Inglaterra, ésta impulsó varias coaliciones (ya antes había financiado otras dos contra los revolucionarios franceses) para acabar con Napoleón. Se abrió entonces un período continuado de guerras con las mayores movilizaciones de masas que había conocido la historia europea,  hasta 1815, en que Napoleón fue definitivamente derrotado.

España, movida por intereses confusos, la agresión pirática inglesa en 1804, en tiempos de paz, al convoy español que traía recursos financieros de América –el recientemente famoso tesoro del barco Nuestra Señora de las Mercedes–  y duras presiones de Napoleón,  fue arrastrada a estas contiendas. En ellas participó como aliada de Napoleón hasta 1808 y como enemiga desde esa fecha. La primera fase fue marcada en 1801, bajo la autoridad de Godoy, favorito de la Corte, por una breve e inconcluyente invasión de Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, y por la derrota de Trafalgar en 1805 junto a la flota francesa y frente a la inglesa, que marcó el declive de la antes poderosa armada española. Incapaz de invadir Inglaterra después de Trafalgar, Napoleón trató de arruinarla, y con ello su poder para financiar guerras, decretando el bloqueo continental a su comercio. Los sucesos se precipitaron cuando Napoleón quiso someter a Portugal y al mismo tiempo, con tal pretexto, ocupar militarmente España, manejando a su favor los conflictos de la corte española entre el rey Carlos IV y su hijo Fernando, con Godoy por medio. Este último cayó en el motín de Aranjuez en marzo de 1808, y con él Carlos IV, subiendo al  trono su traidor hijo Fernando. Napoleón obligó Carlos y a Fernando a trasladarse a Francia y abdicar, quedando como el amo real de España. Al exigir el traslado a Francia del resto de la familia regia, estalló un motín popular en Madrid, el 2 de mayo, con el que comenzó la segunda fase de la implicación hispana en las guerras napoleónicas, conocida como Guerra de Independencia (nombre inapropiado, porque España era un país independiente de mucho tiempo atrás). Enseguida Napoleón impuso a su  hermano José como nuevo rey del país.

La Guerra de Independencia propiamente dicha atravesó por tres etapas: en 1808-9 los éxitos hispanos, en especial la victoria de Bailén, primera europea sobre los ejércitos franceses, obligaron a Napoleón a intervenir directa y fugazmente. Las tropas francesas expulsaron fácilmente al ejército expedicionario inglés de Moore, pero solo para encontrarse con que el ejército español, al revés que otros, no se rendía por más que fuera derrotado, y se recomponía una y otra vez. Al mismo tiempo surgían espontáneamente guerrillas por todo el país. Así la segunda fase, hasta 1812, resulta indecisa, porque los éxitos franceses quedaban contrarrestados por una resistencia que desgastaba, descoordinaba y acosaba a sus tropas; y el nuevo ejército expedicionario inglés, al mando de Wellington[1], se atrincheraba en Lisboa a la espera de tiempos mejores. Es probable que este hubiera sido expulsado también, de no ser por la actividad guerrillera, militar y popular hispana (las resistencias de Zaragoza no fueron las únicas acciones heroicas extremadas, y la población demostró una gran capacidad para organizarse espontáneamente en activas juntas de lucha). Ello obligó a los franceses a aumentar sus fuerzas hasta los 300.000 soldados, una suma extraordinaria, pese a lo cual solo lograban dominar las ciudades, pero no el campo ni asegurar sus propias comunicaciones.  El país se convirtió en “el infierno de España” (l´enfer d´Espagne) para los napoleónicos.

Esta resistencia tuvo la mayor resonancia psicológica y política europea al demostrar, por primera vez, que Napoleón no conseguía imponerse en un gran país europeo.  Como diría Napoleón, la “maldita guerra de España”  destruyó su autoridad moral en Europa y entorpeció todas sus empresas, y de ella nacieron sus desastres y perdición. Pero el factor que decidió su derrumbe fue su decisión de invadir Rusia, en 1812,  pese a que el zar Alejandro le advirtió que, como los españoles, los rusos no se rendirían aunque sufrieran graves derrotas. Esta campaña, que exigió retirar tropas de España,  marcó el inicio de la tercera etapa de la guerra en la península. Wellington se sintió con fuerzas para salir de Lisboa y, su ejército luso-anglo-español con apoyo guerrillero, obtuvo victorias,  aunque debió replegarse ante una contraofensiva francesa.  Pero, tras la abrumadora derrota en Rusia,  el sino napoleónico quedó marcado a plazo breve: Rusia, Prusia, Austria, Suecia, varios estados alemanes y por supuesto Inglaterra, luchaban contra él mientras seguía empantanado en España. Wellington retomó la ofensiva a mediados de 1813  y persiguió a los franceses hasta Francia.  En marzo de 1814 los aliados entraron en París y Napoleón abdicó. Todavía tuvo un repunte de menor importancia al año siguiente, que terminó en Waterloo.

El papel de la guerrilla ha dado lugar a polémicas poco razonables. Obviamente ella  no podía determinar la derrota final de un ejército tan poderoso como el francés, pero  tal derrota no hubiera ocurrido sin ella. Fue el factor clave que impidió a Napoleón dominar España y permitió a Wellington ganar tiempo e ir reforzándose. La resistencia española, inesperada y sin parangón en el resto de Europa, animó la resistencia en otros países, dispersó y atascó a las tropas napoleónicas hasta permitir, ya en la última etapa, su expulsión por un ejército regular.

Paradójicamente, España, una de las potencias vencedoras, quedó en segundo plano al establecerse la paz en el Congreso de Viena. El país estaba devastado  por incontables saqueos y destrucciones causados por los napoleónicos, también por los dudosos aliados ingleses, había perdido unos 300.000 habitantes, así como a la minoría afrancesada, evidentemente  traidora, pero compuesta en parte por una élite capacitada; y había quedado sin escuadra, lo que dificultaba el mantenimiento del imperio ultramarino. Perdió asimismo gran parte de su tesoro histórico-artístico, destruido o expoliado por invasores y aliados. La debilidad del país quedó reflejada en el pintoresco embajador español ante el Congreso de Viena, objeto de la burlona atención de los demás representantes. Así, España no fue considerada entre los vencedores, mientras que la vencida Francia salía muy bien librada gracias a la habilidad diplomática de Talleyrand.

En resumen, España fue, como señaló el propio Napoleón, la trampa en que quedó atrapado el poderío francés y que  llevó a su caída. Cabe especular con lo que habría pasado si la resistencia española no se hubiera producido. Es muy poco probable que las tropas expedicionarias inglesas se hubieran sostenido; Napoleón, entonces, habría dominado la península entera, el bloqueo a Inglaterra habría tenido un efecto mucho más intenso, reduciendo los medios financieros de que se valía para sufragar coaliciones, y quizá Rusia no se habría atrevido a desafiar a un verdadero genio de la guerra. Pues la resistencia española no solo tuvo ese efecto directo, sino el no menos importante indirecto de demostrar que Napoleón podía ser vencido, animando a muchos otros países antes paralizados ante él. En ese sentido fue, sin duda, mucho más importante que los dineros ingleses, sin que estos fueran ni mucho menos desdeñables.

Dentro de España, la herencia de mayor trascendencia fue la Constitución de 1812, elaborada en Cádiz, cuna del movimiento liberal. La Constitución apartaba la soberanía del monarca, depositándola en la nación, constituida por “los españoles de ambos hemisferios” y aspiraba a implantar un estado moderno y eliminar  las barreras feudales al mercado único y a la autoridad del estado.  Aunque se apoyaba explícitamente en la tradición del pensamiento político español de los  siglos XVI-XVII y no pretendía ninguna revolución, rompía con el absolutismo del siglo XVIII. Y ello difícilmente la haría digerible para Fernando VII ni para una masa popular que identificaba la legitimidad con su persona y detestaba la influencia francesas o revolucionarias.

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Aquella contienda tuvo efectos determinantes para el resto del siglo XIX, algunos de los cuales se prolongan hasta hoy: propició nuevas guerras en América que destruirían en Imperio español en casi todo el continente y  dividió España entre tradicionalistas y liberales, y a estos a su vez, abocando a nuevos conflictos de ardua solución.

Salvador de Madariaga ha citado  como enemigos cerrados del Imperio español a los judíos, resentidos por su expulsión de España siglos atrás; a los jesuitas, por su expulsión decretada por Carlos III; y a la masonería, tanto francesa como inglesa, que influían a los masones hispanos y recogía la ancestral rivalidad de sus países con España. Las “tres cofradías”, realizaron una tenaz labor  de zapa corroyendo los lazos de América con la metrópoli. Pero las causas principales de las guerras de América fueron probablemente las apetencias exteriores, fundamentalmente  inglesas, también useñas, por dominar económica y/o políticamente Hispanoamérica. Pero el factor determinante fue  la debilidad  de la metrópoli, acosada primero por la invasión francesa y luego exhausta a resultas de ella.

Inglaterra habría atacado la América hispana,  y a ello se disponía Wellington cuando el levantamiento español contra Napoleón desvió hacia la península su objetivo. En todo caso, su expedición a América no tenía garantizado el éxito, pues los ingleses  habían encajado graves descalabros en sus designios. Sesenta y pocos años antes habían sufrido un enorme desastre al atacar Cartagena de Indias, y salido derrotados también al intentar apoderarse de Buenos Aires en 1806 y 1807. El propio Nelson, vencedor de Trafalgar, había soportado en 1797 graves reveses en Cádiz  y luego en  Tenerife, donde casi perdió la vida.

Tales experiencias habían inducido a Londres a fomentar el descontento en América mediante agentes pagados y logias masónicas o asimiladas, para, en el momento propicio, ayudarles con expediciones de  tropas como la prevista por Wellington. El principal de sus agentes fue el venezolano Francisco de Miranda, un aventurero excepcional, viajero infatigable por Europa,  militar en el ejército español y en el revolucionario francés y lleno de planes quizá megalómanos: unir la América española y portuguesa en el imperio de la Gran Colombia (por Colón), mandado por un emperador titulado “inca”, aunque también pensó en una república. Pensionado por los ingleses, creó en Londres, en 1798,nla Logia de los Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana, sociedad secreta  de imitación masónica, para agrupar a líderes independentistas.  Su primera intentona en 1806, con mercenarios ingleses y neoyorkinos contratados entre el lumpen de Nueva York, fracasó. En 1808 estaba en contacto con Wellington,  pero los sucesos de Madrid volvieron a frustrar sus planes, como quedó indicado.

Quien había de desbancar a Miranda sería el criollo venezolano Simón Bolívar. En 1811 se proclamó en Caracas una República independiente. Bolívar y Miranda acudieron a Venezuela, pero entre gran parte de la población local y 230 soldados acosaron a los rebeldes. Bolívar perdió Puerto Cabello y Miranda  se trasladó a La Guaira, donde esperaba un barco inglés para huir. Bolívar también fue allí, acusó a Miranda de traidor y lo apresó con nocturnidad y alevosía. El desdichado preso clamaba: “¡Bochinche, bochinche, esta gente no es capaz sino de bochinche!”. La intención de Bolívar se deduce de sus actos: entregó a Miranda a los españoles, que lo llevaron preso a Cádiz, y él obtuvo un pasaporte para salir de allí.

Bolívar difundió un odio desenfrenado como seña de identidad de los rebeldes. Acusaba a España de “aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de civilización (…) y Europa solo encuentre aquí un desierto. (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita”. El imperio, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, había “convertido la región más hermosa del mundo  en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo”. Lo que cualquier observador  podía desmentir  citando las universidades, escuelas, ciudades como Méjico, comparables a las mejores de Europa, el floreciente comercio y una riqueza a menudo superior a la de la América anglosajona, como había constatado el escritor alemán Humboldt.  Además, había sido en tres siglos uno de los imperios más pacíficos de la historia, con solo esporádicas y localizadas rebeliones. A fin de crear hechos irreversibles, Bolívar llamó a “destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles Ni uno solo debe quedar vivo” (él mismo era de origen español) y declaró una guerra de exterminio que daría lugar a asesinatos y acuchillamientos masivos. Uno de los suyos se complacía en “matar a todos los godos (españoles)”. Otro, nacido en España, declaró: “La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza”. Ese odio cundió hasta extremos grotescos. J. J. Olmedo, llamado “el Homero americano” caracterizaba  a los españoles (en definitiva a sí mismo y a sus compañeros) de “estúpidos, viciosos, feroces y por fin supersticiosos”. Entre tan furiosa violencia, todo tenía un impagable aire de farsa.

Al igual que en España, en América fue mayoritariamente rechazado el rey José, impuesto por Napoleón, y surgieron juntas para gobernar provisionalmente en nombre de Fernando VII, considerado el rey legítimo. Bolívar y otros conjurados entraron en las juntas para desviarlas hacia el independentismo, con poco éxito al principio. Las guerras de independencia empezaron en 1810-11 con rebeliones en Buenos Aires, Méjico, Chile y Colombia, cuando España estaba sumida en el mayor desorden y sin posibilidad de enviar refuerzos. Pese a ello, esas primeras revueltas fracasaron, excepto en Buenos Aires, ante la repulsa de las poblaciones y las débiles guarniciones. Terminada la Guerra de Independencia, pudieron acudir tropas algo importantes de la península, frenando a los independentistas. A partir de 1819, la iniciativa pasó a manos  de los rebeldes, gracias en gran medida al pronunciamiento de Riego, que impidió el envío de fuerzas  a América y propició una política de concesiones sin fruto hacia los rebeldes. También pesó mucho en los éxitos bolivarianos un cuerpo de tropas mercenarias inglesas. En 1824, toda la inmensa región, exceptuando Cuba y Puerto Rico, se había independizado de España, tras una guerra de catorce años.

El conflicto se libró sobre distancias enormes y con batallas en las que nunca lucharon más de 7.000 hombres por bando, y a menudo menos de 2.000. La importante batalla de Boyacá se dio entre 3.500 independentistas y 3.000 contrarios, con un total de 300 bajas entre muertos y heridos. Se entiende la trascendencia del golpe de Riego cuando impidió el embarque de 20.000 soldados, contingente enorme para las cifras habituales y que probablemente habría sido decisivo.  El mayor número de víctimas se produjo en matanzas de civiles y prisioneros, estimuladas por Bolívar y otros. Todavía en 1822 el general Sucre masacró a la desafecta población colombiana de Pasto (“ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas”), dejando 400 muertos, muchos de ellos mujeres y niños. También los indios proespañoles sufrieron brutales matanzas, y las revueltas de los sacerdotes mejicanos Hidalgo y Morelos cometieron atrocidades. En general, los proespañoles observaron una conducta más moderada, sin que faltasen actos brutales, los peores cometidos por los llaneros de Boves en Venezuela.

Dada la escasez de tropas que pudo mandar España, aquellas contiendas fueron en gran medida civiles, entre hispanófilos e hispanófobos. Los rebeldes, en general, blancos americanos de origen español (criollos) con, a veces,  alguna mezcla india o africana (Bolívar tenía rasgos de mulato), solían ser personas acomodadas y cultivadas, a menudo aficionadas a la literatura francesa de la Ilustración, ostentaban la mayoría de los cargos públicos, sentían rivalidad con los nacidos en España y una aguda superioridad sobre los indios, mestizos y mulatos, que formaban la masa de  la población. No todos los criollos ni mucho menos se sublevaron, pero la rebelión tomó pronto ese carácter, por sus dirigentes:  los dos  citados, Santander, San Martín, O´Higgins, Sucre, etc.  Por eso, un rasgo chocante fue su pretensión de heredar las sociedades indias anteriores a la conquista, en especial la inca y la azteca, de las que se proclamaban herederos los criollos.  Desde luego, ni los indios ni los negros se llamaron a engaño, pues cuando no se mantuvieron pasivos apoyaron a España, por lo que a veces serían masacrados sin piedad. Y, una vez conseguida la independencia, los nuevos gobernantes imitaron a los useños: en Argentina procuraron exterminar a  los indios, y en Méjico les arrebataron las vastas tierras reservadas a ellos por Corona.

La independencia no frenó la fiebre antiespañola. Se instaló la idea de que América debía “desespañolizarse”. Así lo pregonaba El Evangelio americano, usado para adoctrinar en las escuelas. Se celebraba la esperada disolución del idioma español en dialectos y nuevas lenguas. Sarmiento “el Educador de Argentina”, deploraba no haber sido colonizado este  por daneses o belgas, idea suicida de la que no parecía percatarse. Sin duda fue Bolívar quien mejor se definió a sí mismo y a los demás, en su célebre discurso de Angostura “Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”. Es difícil atribuir  ese yugo a España, que había llevado la imprenta, la universidad y mantenido un poder moderado; pero el propio Bolívar y otros muchos daban la impresión de no haber adquirido mucho saber ni mucha virtud, aunque sí mucho poder.

En Nueva historia de España  resumí: “La demagogia tuvo un coste muy elevado: la civilización creada por España quedó muy dañada y el sentimiento moral sustituido por derroches de retórica entre ilustrada y revolucionaria; el plan megalómano de la “Gran Colombia” naufragó entre buen número de nuevas naciones poco fraternas entre sí y una ristra de luchas civiles y golpes de estado (algo no disímil de lo que ocurriría en la ex metrópoli).  Bolívar escribirá: “No confío en el sentido moral de mis compatriotas“, y a Santander: “No es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror“; y auguró que América sufriría “un tropel de tiranos”. Sarmiento,  deseoso de extinguir a indios y gauchos, reconocería al menos su origen al lamentar, a los treinta años de independencia: “Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”.

Aunque la Revolución useña fue una de las inspiraciones de aquellos movimientos (…), Usa progresaría de modo consistente y libre, confiada en sus propias fuerzas, hasta convertirse a finales de siglo en la primera potencia económica del mundo. Los países hispanoamericanos –y la propia España—, en constante autodenigración, incapaces de acumular experiencia, sufriendo el “tropel de tiranos” augurados por Bolívar, no cesaron de sufrir bandazos, violencia política y corrupción envueltos en retórica pomposa, hasta achacar a Usa todos sus males. Hubo puntos más positivos, como la difusión de ideales democráticos, aboliciones de la esclavitud, ampliación de la enseñanza en varios países; también  se recuperó hasta cierto punto el sentido de la propia historia, y el asolamiento moral y político no llegó a tanto como preveía Sarmiento. Pero los elementos negativos, tan fuertes hasta hoy, guardan sin duda relación con el modo de independizarse”.

Ya sin el imperio, España perdió una fuente importante de recursos y el prestigio que la habían  mantenido entre las grandes potencias. Unido ello a las secuelas de la Guerra de Independencia, la  abocaría una profunda y larga depresión,  como hemos visto.

Queda la cuestión clave: ¿se habría consolidado el imperio si las tropas españolas hubieran ganado?  Creo que solo se habría aplazado por poco tiempo, pues el problema no era solo militar. Ya de tiempo atrás se venía considerando en Madrid la división de la América española en grandes regiones muy autónomas, y muchos otros factores empujaban a la independencia.  Se han señalado las maniobras inglesas y  masónicas, que sin duda radicalizaron y perturbaron el proceso, pero otras razones físicas, políticas e ideológicas pesaban en el mismo sentido. Entre España y América se extendía un vasto océano, barrera decisiva por la pérdida de la mayor parte de su flota, ya totalmente incapaz de rivalizar con la hostil de Inglaterra y con gran dificultad para reponerse desde la invasión francesa. Y Usa, al lado de Hispanoamérica, ejercía una fascinación profunda  pese a ser, por el momento, más pobre y en algunos aspectos más atrasada. Su expansionismo quedó de relieve cuando, aprovechando las guerras hispanoamericanas, se apoderó de la Florida para ofrecer después comprarla, oferta que aceptó Fernando VII. Pero, sobre todo, Usa parecía a muchos hispanoamericanos un ideal político liberal y democratizante. Las prédicas de  la independencia useña y de la Revolución francesa, distintas pero generalmente confundidas, tenían demasiada potencia atractiva para que pudiera resistirlas la ideología un tanto acartonada y a la defensiva del Antiguo régimen. Quizá pudo haberse encontrado un modo de llegar a la independencia más razonable y productivo pero el hecho histórico es que no sucedió.

Cabe especular por qué casi todos los nuevos países, que intentaron aplicar las fórmulas políticas de Usa o de la Revolución francesa, solo consiguieron entrar en un período revuelto y rebosante de tiranías. Según algunos, se debió a la pervivencia  de tradición hispana, algo difícil de creer habida cuenta de que la independencia se empeñó en borrarla, y que los tres siglos anteriores no habían sido convulsos, sino pacíficos. El modo como ocurrió la independencia quebró violentamente una tradición y se intentó imponer otra sin atender a los profundos rasgos culturales madurados en la larga época anterior. Tocqueville lo señalaría hablando de Méjico: la imitación de la estructura federal useña conduciría allí a un vaivén entre la anarquía y el despotismo militar.

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Por si las contiendas anteriores hubieran traído poco desastre, España, sin haberse repuesto de ellas, se vio  abocada en 1833 a una guerra civil, enraizada en la de Independencia. Esta dejó como herencia la división entre liberales, partidarios de una reorganización de la sociedad y el poder, y tradicionalistas, defensores de la monarquía absolutista anterior a la invasión napoleónica. Las consignas de las  libertades políticas, la soberanía nacional y la prometida eliminación de despotismos, ejercían fuerte atracción sobre muchos espíritus. Otros, traumatizados por las convulsiones, a menudo terroríficas, de la Revolución francesa y de la ocupación napoleónica, consideraban esas proclamas una importación contraria a la legitimidad política, al orden social y  a la religión. Para la mayoría, Napoleón representó el legado anticristiano  de la Revolución francesa y la anulación de España como país independiente para satelizarlo a Francia con pérdida de las regiones al norte del Ebro. La resistencia había tenido ante todo carácter patriótico y antirrevolucionario, y el liberalismo quedó asociado para muchos a una invasión foránea, y luego a la traición de Riego y las violencias del Trienio liberal.

El tradicionalismo sufría, a su vez, serias taras. En primer lugar se articuló en torno a Fernando VII, personaje intrigante y oportunista, de inteligencia y  visión política limitadas. Había conspirado contra su padre, Carlos IV,  traicionado a sus cómplices al ser descubierto y finalmente había expulsado a su padre mediante el motín de Aranjuez. Ante la ocupación del país por Napoleón, se prestó a marchar a Francia y a ceder el trono a favor de José I. Su conducta hacia Napoleón suele ser descrita como sumisión abyecta, según subrayará el mismo emperador. No obstante, quedó a los ojos de la gente como el rey legítimo, románticamente aureolado por el cautiverio francés. Una vez ganada la guerra fue recibido con auténtico entusiasmo popular. Pero ni él ni su corte eran adecuados para afrontar los terribles problemas de la época.

Además, el tradicionalismo solo lo era muy relativamente. En realidad se remitía a la tradición absolutista, a su vez una importación francesa del siglo anterior, distinta de la monarquía hispana del Siglo de Oro. La experiencia revolucionaria y bélica había causado entre los fernandinos una reacción tan ciega que restablecieron la Inquisición y suprimieron las universidades. Una carta de profesores de la universidad de Cervera a Fernando VII, explicaba: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir, que ha minado por largo tiempo, reventando al fin con los efectos, que nadie puede negar, de viciar costumbres, con total trastorno de imperios y religión”. El sentido de la frase está claro: las ideas de la Ilustración y la Revolución habían provocado mil disturbios y crímenes, y la solución práctica  consistiría en cortar de raíz la “peligrosa novedad”.  La frase, transformada en “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue ridiculizada en extremo por los liberales, que a su vez no mostraron afición desmesurada  a ejercitar la mente. La supresión de las universidades vino con defensas de la ignorancia entre el pueblo como virtud preservadora de la paz social, y el encargo a las órdenes religiosas de enseñar las primeras letras dentro de una prédica de obediencia religiosa al poder. Este “tradicionalismo” tampoco enlazaba con la España anterior, simplemente reaccionaba con brutalidad a las convulsiones revolucionarias. Digamos que los liberales también distaron de mostrar una  preocupación absorbente por la instrucción pública en los decenios siguientes.  La reacción fernandina no provenía solo de grupos de la alta sociedad y del clero, sino que arraigaba en sectores populares: el intento de Fernando VII de llegar a acuerdos con los liberales moderados desató sublevaciones, sobre todo en Cataluña (los malcontents), exigiendo un absolutismo sin concesiones.

Como fuere, a la muerte de Fernando VII,  en 1933, ya existía un fuerte partido liberal o proliberal en la misma Corte. Se produjo una disputa por la sucesión entre los partidarios de nombrar heredera a su hija Isabel II, de solo tres años, con su madre María Cristina como regente, y los defensores de los derechos de Carlos María Isidro, hermano de Fernando y  más absolutista que este. Los primeros se apoyaron en los liberales, depuraron el ejército de oficiales carlistas y proclamaron a Isabel II.

La guerra estalló enseguida y con gran violencia. Los liberales, dueños del ejército y de los resortes del poder, tuvieron todo el tiempo una gran superioridad material, aunque no grandes generales. Tampoco los carlistas dispusieron de figuras  destacadas, excepto Zumalacárregui, que murió pronto; y cabe señalar la expedición del general Gómez, especie de Larga Marcha avant la lettre, de seis meses por territorio en gran parte enemigo,  sin apenas descanso. Trataba de provocar levantamientos carlistas, en lo que tuvo poco éxito porque el acoso de los liberales le impedía consolidarlos. El asesinato de prisioneros e incluso de familiares de enemigos fue practicado por los dos lados, aunque parecen haberlo comenzado los liberales. Los principales escenarios bélicos abarcaron todo el norte, desde Galicia a Cataluña, con especial incidencia en las Vascongadas y Navarra, en la zona montañosa de Valencia-Teruel y en Lérida. También incidió el carlismo en comarcas de Extremadura, Castilla la Nueva y Andalucía.  Los carlistas encontraron apoyo popular entre el campesinado y no lograron tomar ciudades tan representativas como Bilbao. Su lema “Por Dios, por la patria y el rey”, o bien “Dios, patria, fueros, rey”, exponía su integrismo religioso e ideas de organización territorial ya por entonces anticuadas.

Aunque la mayor parte del clero se inclinaba probablemente hacia el carlismo, otra parte simpatizaba con los liberales: entre los autores de la Constitución de  1812 el grupo más numeroso lo constituían los clérigos. Pero el sector extremista de los liberales, deseoso de imitar las persecuciones antirreligiosas de la Revolución francesa,  procedió enseguida a enajenarse la voluntad de la Iglesia. En verano de 1834, una epidemia de cólera fue utilizada por los exaltados  para sembrar en Madrid el bulo de que los frailes envenenaban las fuentes para causar la enfermedad. Así movilizaron a sectores lumpen para organizar una matanza de frailes en la que perecieron 73, entre escenas de sadismo; hechos imitados al año siguiente en Barcelona y Zaragoza.

En los dos primeros años de lucha el poder casi se desintegró como ocurriría en la I República. El gobierno, agobiado por la falta de  tesorería, apenas controlaba las provincias.  Para obtener dinero, el ministro Mendizábal llevó a cabo su célebre Desamortización. En principio, la modernización de la agricultura exigía dicha medida, es decir, la disolución de la propiedad eclesiástica, señorial y comunal. Pero el  objetivo de Mendizábal era ante todo allegar recursos y  lo consiguió, aunque no tanto como deseaba. Las tierras fueron compradas sobre todo por propietarios ricos, que aumentaron sus latifundios, y no se creó una capa de campesinos medios adictos  al régimen. Además, no fue una expropiación con compensaciones legales, sino un expolio con graves daños colaterales: gran parte del patrimonio histórico y artístico cayó en ruinas, bibliotecas, archivos y registros quedaron dispersados o destruidos (segunda devastación masiva del patrimonio después de la francesada; la tercera se produciría en la Guerra Civil de 1936-39); se generó una extendida corrupción y  decenas de miles de lugareños ponres que antes vivían en las tierras eclesiásticas se vieron expulsados y condenados a la mendicidad o al bandolerismo, que durante largo tiempo se tornó endémico en varias regiones. Otro efecto fue la desforestación, pues se amplió la extensión de los cultivos sin apenas empleo de técnicas más productivas.

Esta I  Guerra carlista duró casi siete años, con, se estima, unos 200.000 muertos, lo que la haría más sangrienta que la de 1936-39 en proporción al número de habitantes.  Los tradicionalistas fueron vencidos final y definitivamente, aunque quedaran rescoldos de descontento, apoyados en el desorden liberal, que causarían una semiguerra (1846-9), poco más que algunas guerrillas en varias comarcas catalanas. Más grave y extensa sería la III Guerra carlista (1872-76), sin alcanzar ni de lejos la importancia de la primera.

Otro resultado, relacionado con la inepcia de los políticos, fue el surgimiento de la figura del espadón en la persona de Espartero. Como decía Balmes, el poder civil “no es flaco porque el militar sea fuerte, sino (que) el poder militar es fuerte porque el civil es flaco”. El ejército era la única institución algo sólida que quedaba en el país después de las duras pruebas anteriores y, contra una opinión extendida, en sus cuadros superiores se encontraban más personas cultas y con conocimientos científicos que en el resto de la sociedad. Espartero, con todo, tendía a mostrarse demasiado resolutivo por no decir brutal, y aunque su promoción al poder máximo le había venido en gran medida del apoyo de  Barcelona, la ciudad más industrial de España, no vaciló en bombardearla cuando esta se levantó contra su política librecambista. Pesaba la diplomacia inglesa, que cultivaba asiduamente la vanidad  del espadón para inclinarle a un libre cambio que acaso habría arruinado  el textil catalán, dada la gran ventaja comparativa que ofrecía a los ingleses su avanzada revolución industrial. Londres había suministrado además la Legión Británica de 10.000 hombres, que había rendido importantes servicios a Espartero contra los carlistas en Vascongadas y Navarra.

 

La invasión francesa rompió drásticamente una evolución anterior que intelectuales como Jovellanos querían pausada y fructífera. Pero en la realidad histórica, los deseos en apariencia más razonables son desbordados  a menudo por sucesos imprevistos. Si el país hubiera contado entonces con líderes capaces de desenvolverse en las tormentas de la época, la evolución habría sido menos traumática, pero ni Fernando VII ni su hermano Carlos, ni los jefes liberales, postraron muchas dotes  para gobernar el barco. El hecho es que España salió de la Guerra de Independencia desbaratada e internamente dividida, que las guerras de América acabaron de arruinarla, y que no hubo manera, o no surgió el estadista capaz, de encontrar un entendimiento entre las aspiraciones a la libertad política y la modernización nacional, por una parte, y la legitimidad y el orden social de la otra.  La impresión que producen los personajes de la época y los de los decenios posteriores es, con alguna excepción, de mediocridad política, retórica vana, violencia innecesaria y bajo nivel intelectual. El hecho de que los liberales no superasen en esto último a los reaccionarios indica un mal de fondo que sin duda se arrastraba de la época anterior a Napoleón, como veremos.

 

 



[1] A. Wellesley. Por comodidad le llamaré Wellington aunque recibiría ese ducado más tarde

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