Crónica
**Casado concentra todo el espíritu mamporrero, estafador y cabestro del PP. “Es usted un peligro público y un delincuente, señor Sánchez, pero le apoyaremos, como siempre”. Porque el PP es peor que el PSOE, es el voto útil al PSOE y los separatistas.
**El PSOE y los separatistas son temibles, el PP es despreciable.
**Dicen los del PP que VOX tiene la culpa de que gobierne la izquierda, al segmentar el voto. Como si hubiera gran diferencia entre que gobernara el PP o la izquierda. ¿Y por qué los necios que han votado al PP no han votado a VOX? Ahí está el problema.
**Hace ya mucho que el PSOE y los separatistas le tomaron la medida a sus cómplices del PP. Por eso se permiten tratarlo a patadas y salivazos. Saben que pueden hacerlo sin mayores perjuicios.
**Imaginen que la crisis actual le hubiera caído al PP. No es probable que lo hiciera mejor que el PSOE, pero además habría suscitado unas protestas monstruosas. En el fondo, el PP está muy contento de haber sido echado del poder.
**Podrían contabilizarse los enormes daños que ha hecho la jerarquía eclesiástica a España desde el Vaticano II. No fue la separación del franquismo, cosa comprensible, sino el apoyo a comunistas, separatistas y terroristas. La complicidad con ellos.
**Cuando una patulea de curas y obispos quiso pedir perdón por la actitud de la Iglesia en la guerra civil, ¿a quién pedían perdón? A quienes casi la habían exterminado. ¿Contra quiénes pedía perdón? Contra quienes la habían salvado de genocidio.
**La maldad de la jerarquía eclesiástica persistió después de Franco en la forma de la democracia cristiana, que condenó como criminales a quienes habían salvado a la Iglesia.
**La Iglesia parece empeñada en autodestruirse. Con Woytila y Ratzinger emprendió una rectificación, pero el hispanófobo Pancho de la Pampa ha intensificado la autodemolición.
Historia criminal del PSOE (18): Los comunistas entran en la historia de España: https://www.youtube.com/watch?v=iMIjiQGTM9s
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Espíritu y materia
Espíritu y materia son dos conceptos referidos a entes que no se dan en la realidad, aunque tienen la más estrecha relación con ella y con los modos de sentir y concebir el mundo por la psique humana. Las cosas materiales son las perceptibles por nuestros sentidos, visibles y palpables, también otras no perceptibles pero cuyos efectos materiales constatamos de diversas maneras igualmente materiales, como el calor. De ahí inferimos una cualidad que abarca a todo lo existente en su inmensa variedad: la materia. Ahora bien, este concepto es puramente espiritual, nadie vio ni oyó jamás “la materia”.
En cuanto al espíritu, no solo es invisible e impalpable, sino que tampoco sus efectos son sensibles. Podemos verlo así: el mundo se presenta a la psique como un caos de objetos y de sucesos que la mente precisa ordenar a distintos niveles, para orientarse y desenvolverse en la vida. Ese orden sobre el caos es lo que con otra palabra llamamos “espíritu”. Entonces, ¿podemos decir que el orden es una aportación del hombre para ordenar, esto es, entender y dar sentido a la materia sensible, o es algo intrínseco a lo material? ¿Lo inventa el hombre o está presente “ahí fuera”? Una u otra postura han adoptado diversos pensadores. Lo que parece obvio es que los dos enfoques son reales: el orden es objetivo, al margen de los deseos humanos, pero viene condicionado por estos. Lo cual queda demostrado por la realidad del error. Si el hombre captase claramente la objetividad de ese orden, no cometería esos errores, a menudo dolorosos, de que está sembrada la vida. Si, por el contrario, el orden fuese pura invención o penseo, la vida sería una peculiar felicidad en un mundo dispuesto según nuestros deseos y hasta caprichos.
La realidad como una combinación de materia y espíritu, de caos y orden, es entrevista por la analogía con los tres mundos que se presentan primariamente a la experiencia humana, y de los que hemos hablado. El espíritu aparece como análogo al aire, al viento, como soplo divino; o, más apropiadamente, como la luz, procedente de astros lejanos y también impalpable e invisible, pero sin la cual no podríamos ver ni desenvolvernos. Es decir, no podríamos vivir en el mundo superficial en que transcurre nuestra existencia hasta que termine en el mundo subterráneo del que surgió (o se disuelva en humo en el mundo superior). A esa percepción del orden gracias a una iluminación originada fuera de nuestro alcance y comprensión, se le puede llamar el espíritu.
Así pues, materia y espíritu, se presentan inextricablemente unidos en la realidad aunque de formas muy diversas que el esfuerzo humano solo puede discernir parcialmente y con un esfuerzo penoso, cometiendo muchos errores. Por otra parte, la materialidad es fácilmente perceptible, palpable, audible e inteligible, por lo que podríamos darle la primacía, considerando al espíritu, incluido el espíritu ordenador humano, como un aspecto derivado y accesorio de la propia materia, como vienen a concluir las ideologías llamadas materialistas. O, a la inversa, considerar los entes materiales como derivados el espíritu, el cual los haría inteligibles, como afirma el pensamiento espiritualista o idealista. Cabe pensar también que, siendo ambos conceptos abstracciones últimas, útiles para entender el mundo, la cuestión de la primacía carece de interés: sería indiferente concebir el mundo y al ser humano desde el punto de vista materialista o idealista.
Sin embargo no es así. De la primacía de la materia resulta un mundo más o menos comprensible mediante leyes o regularidades, pero carente de sentido en su origen y en su finalidad, puro juego de fuerzas sin objeto, como venía a concluir Omar Jayam. De la primacía del espíritu, en cambio, resulta el sentido, aunque este escape a la comprensión humana de modo análogo a como el sol escapa a la posibilidad de alcanzarlo. Hallamos aquí cierta diferencia entre el mito griego y el judío heredado por el cristianismo: en el griego, el orden (los dioses) surge del caos, y nunca será suficiente, pues los mismos dioses están sometidos a un oscuro destino. En el mito judío es el orden, el Verbo, quien crea el mundo insuflándole –como al hombre– el aliento de su espíritu, es decir, da al mundo y al hombre un sentido. Lamentablemente muy poco comprensible, por lo que exige la fe.
Hace años comentaba en otro blog: “ En una célebre conversación entre Einstein y Tagore, el segundo decía: “Está la realidad del papel, infinitamente distinta de la realidad de la literatura. Para el tipo de mente identificada con la polilla, que devora ese papel, la literatura no existe para nada; sin embargo, para la mente humana la literatura tiene mucho más valor que el papel en sí. De igual modo, si hubiera alguna verdad sin relación sensorial o racional con la mente humana, seguiría siendo inexistente mientras sigamos siendo humanos”. Y replica Einstein “¡Entonces yo soy más religioso que usted!”. El científico indicaba que él creía en una verdad independiente del hombre, a la cual este podría acceder, aunque probablemente solo de forma muy parcial: “No puedo demostrarlo, pero es lo que creo firmemente”.
Extendamos la comparación de la polilla de Tagore a la ciencia. Si, una vez extinguida la humanidad, llegara de otro planeta un ser con una inteligencia exclusivamente ceñida a la ciencia, desarrollada de algún modo sin libros, se preguntaría qué eran estos objetos que hallaría en grandes depósitos o bibliotecas. Para él serían objetos medibles y pesables, catalogables según diversos criterios (peso, número de páginas, calidad del papel y de la tinta, número de caracteres escritos, similitud o igualdad entre portadas o dibujos interiores, exigencias de fabricación… Distinguiría entre los títulos por la forma de los caracteres y establecería una jerarquía entre ellos según la frecuencia de su aparición en las bibliotecas, etc., etc. Sería capaz de trabajar interminablemente haciendo mil observaciones y cálculos y formular diversas hipótesis sobre su posible origen, las razones de su existencia y utilidad. Con mucha dificultad llegaría a descifrar el significado de los signos, pero solo entendería , mejor o peor, el empleado en textos científicos y técnicos, preguntándose qué querrían decir los demás, que serían mayoría. En estos solo encontraría tremendos galimatías, un verdadero caos con referencias a sentimientos, imaginaciones, conflictos vitales, etc., totalmente ininteligibles para su inteligencia exclusivamente científica. En él habría algo de espíritu, pero muy limitado
La ciencia, en efecto, prescinde por método de la cuestión del sentido de las cosas y de la propia vida. Su método se centra en el cómo, no en el para qué ni propiamente en el por qué. Si el espíritu se limitase a ese tipo de comprensión, el hombre quedaría reducido a algo semejante a una máquina de calcular. A una polilla sui generis
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Ladrar a la luna
De acuerdo con sus palabras, debe estar usted muy frustrado, pues la historia reciente ha evolucionado de modo contrario a sus análisis y predicciones desde hace 20 años.
Me parece más bien que mis análisis, salvo errores parciales normales, han sido muy adecuados. ¿Quiere ejemplos? Desde muy pronto señalé que la política evolucionaba contra la democracia y contra la unidad de España, que el PP no era oposición sino complemento del PSOE y los separatistas, que Rajoy iba a admitir todo el contenido rupturista impuesto por Zapatero, que el problema de los separatismos no consistía en la economía, sino en concepciones políticas antiespañolas y antidemocráticas, que el rescate de la ETA era un delito contra el estado de derecho, etc. He señalado que el “huevo de la serpiente” estaba en la falsificación de la historia, de la guerra civil y el franquismo… Podría seguir. ¿En qué dice usted que he fallado?
Vamos a decirlo de otra manera: lo suyo ha sido ladrar a la luna, puesto que nadie le ha hecho caso. Ningún partido ni grupo de personas influyentes ha aceptado sus análisis.
Eso es otra cosa. Todos han colaborado a falsear la historia, a falsear el origen de la democracia, a atacar la unidad nacional… Ha sido inútil oponerse, y los resultados están a la vista.
Esa interpretación recuerda la de aquel conductor que oye por la radio: “Atención, un loco conduce por la carretera en dirección prohibida”, y gruñe para sí: “¿Un loco? ¡Decenas, cientos, miles de locos!”.
El chiste está bien, pero ni la política ni la historia son carreteras de tráfico ordenado convencionalmente, ni la verdad depende de mayorías. El problema es que mucha gente cree en absurdos o sigue a formadores de opinión “estúpidos o canallescos”, que diría Gregorio Marañón recordando a los políticos republicanos. Observe que contra mí han alzado un muro de silencio en la universidad y en la mayoría de los medios de masas. No es como si hubiera habido un debate y mis tesis hubieran sido derrotadas. La evolución política me ha ido dando la razón.
Aun así, usted tiene posibilidades de expresarse, también en algunos medios, y sin embargo no ha influido prácticamente en nada, usted mismo lo reconoce.
¿No he influido en nada? Ahora mismo hay un partido, VOX, que coincide en muchas cosas con mis análisis, sea porque los conoce o porque ha llegado por su cuenta a conclusiones parecidas, no lo sé. Desde hace más de diez años yo venía clamando por el surgimiento de un partido así. Pero es verdad que mi público es, a su vez, poco influyente, menos activo que el de izquierda y separatista, y a menudo de ideas un tanto dispersas. Con las excepciones de rigor, no escasas, desde luego. Durante cinco o seis años mantuve una tertulia semanal. Todo ese tiempo escribí libros y el blog analizando entre otras cosas una actualidad cada vez más alarmante. Pues bien: nunca se hablaba de esos análisis. Todo eran anécdotas variopintas, chistes, recuerdos personales, algo de chismorreo, temas que casi nunca tenían que ver con la cada vez más deteriorada realidad política. Y no eran analfabetos, todo lo contrario. Llegué a hartarme y la dejé. Es muy difícil en España establecer debates de alguna altura, y no me refiero solo a la universidad o la política, que los eluden deliberadamente, sino a la gente común de cierto nivel intelectual. En ese sentido sí me he sentido frustrado. Pero hay que aceptar la realidad. Y también la posibilidad de equivocarse, siempre presente.