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El asombro ante el mundo
En su segundo verso dice Jayam que la vida no ha cesado de asombrarle. Se refiere al mundo en general, ya que fue astrónomo y matemático además de filósofo y poeta, con una poesía cargada de filosofía. El sentimiento más elemental que provoca el mundo –vida y vida propia incluidas–, en el yo, es precisamente el asombro. Un sentimiento muy complejo, en el que entran otros, desde la alegría a la impotencia, del deseo a la angustia, incluso el terror ante ese “algo” del que el yo forma parte insignificante y a la vez exigente, y ante el que se siente a la vez libre y esclavo. En efecto, el mundo y la sociedad le acogen y al mismo tiempo le hostigan, le permiten desenvolverse y a la vez le imponen normas y condiciones a menudo muy duras y que llegan a ser insoportables.
El asombro implica cierto distanciamiento del yo ante ese algo que solemos equiparar a “la realidad”, que cambia constante y desconcertantemente y a la que el yo intenta comprender sin lograrlo más que en pequeña medida y que nos engaña incitándonos a cometer a menudo todo tipo de errores. En las ideologías suele definirse la peculiaridad humana como la consciencia del mundo. Tendrían que explicar por qué el mundo y la sociedad se burlan tanto de esa consciencia; algo así se me ocurrió al escribir Viaje por la Vía de la Plata. Los versos de Jayam giran siempre en torno a esa limitación asombrosa y angustiosa. Ahora bien, de esa angustia esencial surge precisamente la cultura, empezando por los asombrosos rubayat de Jayam. La angustia como foco de la cultura, de lo propiamente humano: tal viene a ser la tesis, creo interpretar, de Paul Diel, y me parece que ahí no hay error.

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Secreto de los separatismos
Como he recordado en Nueva historia de España, toda sociedad se halla sometida a una tensión entre tendencias disgregadoras e integradoras, y la imposición de unas u otras determina su evolución histórica. Las fuerzas disgregadoras mayores que afronta la sociedad española son los separatismos, y por ello importa entender a qué responden, cosa a la que apenas han prestado atención historiadores y políticos, que los han juzgado muy superficialmente.
Los separatismos tuvieron cierta inspiración parcial como reacción católica al triunfo liberal en la última guerra carlista, pero se desarrollaron plenamente sobre la base de un ilusorio racismo acompañado de la leyenda negra. Lo explicaba el teórico Pompeu Gener: “Los catalanes, que somos indogermánicos, no podemos ser mandados por gentes que nos son inferiores”. El racismo vasco era en eso más radical: la vasca era una raza superior a cualquier otra de la Tierra, y no debía contaminarse con ellas. No podrán entenderse los separatismos sin ese racismo pueril, pero efectivo por su carga narcisista. En cuanto prescindieran de las pretensiones racistas y aceptaran que histórica y culturalmente vascos, catalanes y demás han sido y son españoles incluso con sus particularidades regionales; que es incomparablemente más lo que los une al conjunto que lo que les separa, y que con sus actitudes están insultando a sus ancestros, que no tenían ningún inconveniente en sentirse españoles, el separatismo se quedaría sin el menor apoyo real.
Desde la II Guerra Mundial invocar razas y racismos se ha vuelto políticamente muy indeseable, por lo que los separatistas han querido centrar la cuestión en la lengua. Ahora bien, la lengua más hablada en todas las regiones de España, la de mayor proyección cultural e internacional, con enorme diferencia, es el español común de origen castellano, al que han contribuido culturalmente todas las regiones. En comparación con él, las lenguas regionales resultan insignificantes y muy poco útiles. No quiere decirse que debieran desaparecer o ser prohibidas (contra lo que se dice, el franquismo no solo las respetó, sino que las promovió), solo que no debe admitirse la política de oponerlas al español, de convertirlas en instrumento de odios y falsificación de la historia y envenenamiento de las relaciones interregionales.
Y al oponerse a los separatismos es necesario señalar sin tregua su estúpido racismo, su inconfesable razón de ser.
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**El odio del PP al español: han sido los políticos peperos quienes más han promovido la enseñanza en lenguas regionales a costa del español. Y allí donde no han podido, han promocionado el inglés en un progresivo desplazamiento del español como lengua de cultura. Con la infame Esperanza Aguirre para empezar, la patriota inglesa, y seguida por todos los demás.
**He dicho odio, pero más adecuado sería decir una mezcla de desprecio e indiferencia. Los señoritos del PP, genuflexos ante el trasero de Anglosajonia, creen que España tiene una historia enferma, cuya última muestra habría sido el franquismo, algo a olvidar. El efecto práctico de ese desprecio o aversión equivale al del odio
**La maternidad y en general la feminidad son los molinos de viento contra los que luchan en vano las feministas. Luchan contra ellas mismas. Hasta una vacaburra como la Calvo ha salido alguna vez en pose de odalisca.
**El problema del Dios omnisciente en relación con la libertad humana reaparece en la ciencia. La ciencia puede, y a ello tiende, a establecer la necesidad inapelable de los sucesos. Teóricamente llegará a conocer el futuro tal como conoce, se supone, la necesidad del pasado. Eso convierte la libertad humana en una ilusión, como ocurre con la omnisciencia y omnisapiencia de Dios. Cabría decir: si los sucesos del pasado han tenido lugar necesariamente, pese a que aparentemente pudieran haber sido de otro modo, lo mismo debe ocurrir con el futuro. Algún día dominaremos el futuro y veremos que ninguna libertad podrá oponerse a él, la libertad quedará como una irrelevante quimera subjetiva. Es más: todo debería estar contenido en el instante mismo de la Grex; de otro modo tendríamos que admitir fuerzas exteriores al cosmos. Llegados aquí, la razón se marea.
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