Decía hace tiempo que la última barrera institucional frente al ataque sistemático a la democracia y a España (y de paso a la monarquía y a la Iglesia), era el poder judicial o parte de él. Esa última barrera ha caído con la infamia de un Tribunal Supremo que representa todo lo contrario de la justicia y la independencia, avalando la profanación de una tumba, y precisamente la del estadista mayor que ha tenido España en siglos. Un tribunal sencillamente infame, a las órdenes de un Doctor fraudulento que encabeza hoy al partido más corrupto y totalitario. Es natural que el Doctor y su gobierno a tono odien a Franco hasta el extremo de querer profanar sus restos. Ellos se identifican abierta y descaradamente con el conglomerado de totalitarios, chekistas y separatistas a quienes Franco derrotó. Se sienten solidarios de la orgía de “canallería y estupidez” que denunciaba Gregorio Marañón, asentada en el Himalaya de falsedades” que denunciaba Besteiro. “Eso” ha vuelto hoy a desgobernar España. Con el culpable silencio de sus víctimas más inmediatas, la monarquía y la Iglesia. También de los que se llaman demócratas y no entienden de democracia más que el corrupto reparto de cargos y dineros. Pero los demócratas y los que amamos la verdad y a España no seguiremos esa vía de colaboración con el delito. Ellos creen que tienen la partida ganada, pero se equivocan. Como siempre.
La profanación planeada de la tumba sería un paso más para ilegitimar a la monarquía (traída por Franco), humillar a la Iglesia (salvada del exterminio por Franco) y progresar en el totalitarismo de la ley de memoria histórica, amenazando y persiguiendo a quienes defendemos la verdad del pasado, pues no tienen otro modo de mantener el “Himalaya de falsedades” acorde con el miserable historial de PSOE y separatistas.
Pero la indecencia de unos partidos de izquierda y antiespañoles que no han aprendido nada del pasado, es solo una de las raíces del problema. La otra está en ese magma derechista llamado vagamente democracia cristiana posconciliar, de la UCD al PP (aunque no se presentaran directamente como democristianos). Sus políticos tenían la obligación, desde el principio, de saber claramente quiénes eran los partidos y políticos que iban a tener voz y poder en la democracia, y hacerles aprender de su propio pasado. No tenían que haberles pasado una sola mentira ni una sola demagogia sobre la historia reciente. Hicieron todo lo contrario, desde financiarles y facilitarles sus chanchullos con silencio cómplice hasta marginar cualquier resistencia a sus desafueros. En parte era natural. UCD y PP compartían la misma ideología básica que los separatistas vascos y catalanes, se sentían hermanados con ellos, tal como el PSOE sentía un hermanamiento profundo con la también socialista ETA. Estos juegos de solidaridades ideológicas profundas han funcionado, y mucho, para socavar primero y anular después la abrumadora decisión popular de 1976, que acordó el paso a la democracia DESDE el franquismo, desde sus magníficos logros históricos, y no contra ellos, como querían los llamados rupturistas. Y estos por fin lograron imponerse con Zapatero y desde entonces no han cesado de corromper la democracia y perjudicar a España. Hubo también en 1976 unas derechas que se decían franquistas sin entender el significado histórico del franquismo, y que atacaban la democracia por el recuerdo temeroso del Frente Popular, sin entender tampoco la decisión del pueblo español y la necesidad de jugar en las nuevas circunstancias. Así abandonaban la poderosa bandera de la democracia en manos de quienes la alzaban siendo realmente los peores enemigos de ella, y condenándose de ese modo a un aislamiento, fragmentación e inoperancia progresivos.
Hay otro elemento a considerar para entender la infamia de la derecha tipo PP. La democracia cristiana era y es, con ese u otro nombre, un movimiento internacional, con especial incidencia en Italia y Alemania, los países derrotados en la II Guerra Mundial. Por ello sentían forzosamente una dependencia psicológica directa de Usa e indirecta de la Unión Soviética. Y esa actitud la aplicaron también a España, que había permanecido neutral, se había reconstruido con sus propias fuerzas y había derrotado un criminal aislamiento decretado, casualmente, por los vencedores en una guerra que no fue española, es decir, por un conglomerado de comunistas, democracias y tiranías varias. De un modo u otros, los gobiernos de los países de Europa occidental, que tan fácilmente habían cedido y tanto habían colaborado con los nazis, parecían sentir la necesidad de que España acompañase a los vencidos. El PSOE había intentado prolongar a toda costa nuestra guerra civil para enlazarla con la mucho más brutal europea, y siempre han lamentado la neutralidad de España, porque sus sórdidos intereses de partido siempre han pesado en él más que cualesquiera sacrificios y miseria de los españoles. En cuanto a la democracia cristiana española, su dependencia psicológica y política de la europea le obligó a camuflar vergonzantemente el pasado de sus políticos que tanto habían prosperado en el franquismo y dentro de su aparato estatal, y finalmente a condenarlo, siguiendo a los desvergonzados “demócratas”de izquierda y separatista.
Y aquí estamos ahora, en pleno golpe de estado permanente en Cataluña, en la desmoralización y podredumbre de las instituciones, empezando por el poder judicial, con cuadrillas de golfos que se dicen representantes del pueblo español para entregar su soberanía, fomentar los separatismos, la satelización política y la colonización cultural de España, el aborto, el islam, el multiculturalismo, la inmigración salvaje, atacar a la familia o imponer leyes totalitarias, amenazando a quienes defendemos la verdad de la historia y la democracia. A esto hemos llegado, y a esto hemos de oponer toda la resistencia necesaria para derrotarlos.
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