La ley de memoria histórica debe ser resistida y derogada. La triple M debe ser derrotada. Esta tarea compromete a cuantos respeten la verdad y la libertad. El programa “Una hora con la Historia” quiere ser una palanca para derribar esa ley, y necesita que sus oyentes lo difundan y apoyen económicamente. Necesitamos 300 personas que ordenen a su banco ingresar diez euros al mes en esta cuenta. Únase usted a la resistencia:
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La edad heroica del franquismo
La etapa más denigrada del franquismo es la de la guerra civil y los años 40. En ello coinciden incluso los más o menos profranquistas y liberales que ensalzan el “milagro español” de los años 60-75, milagro aceptado a regañadientes o distorsionado por los demás antifranquistas. Y sin embargo, la etapa más interesante del régimen es aquella, habitualmente pintada como una época de hambre, opresión, estancamiento económico y represión sanguinaria.
Cualquier época debe ser entendida en relación con los retos y dificultades que afrontaba, y la verdad es que aquellos fueron excepcionales. Fue preciso derrotar, en primer lugar, a las fuerzas totalitarias y separatistas del Frente Popular, partiendo de una inferioridad material casi desesperada. Y es significativo que los abundantes episodios que cabe calificar de heroicos en aquella guerra correspondieron casi exclusivamente a los nacionales.
Vencido al Frente Popular, hubo por un momento la ilusión de que la buena marcha económica del bando nacional se extendería con naturalidad a la mitad del país que había estado bajo poder enemigo. Pero era solo una ilusión. Media España se encontraba con la economía desarticulada, hambre extrema, campos y fábricas arrasados por los experimentos revolucionarios, y una herencia de terror. La reconstrucción, entonces, se volvía sumamente ardua. La he comparado con la difícil asimilación de Alemania Oriental tras la reunificación. Con la enorme diferencia de que la Alemania occidental era un país riquísimo, mientras que la España nacional no pasaba de estar bien abastecida y con una economía simplemente sana.
Además, Alemania estaba incluida en un conjunto de países que de muchas formas le prestaban su apoyo. En cambio España se vio aislada por su neutralidad en la guerra mundial. Fue un “espléndido aislamiento”, desde luego, pero en la práctica supuso verse sometida a la posibilidad de invasión por los alemanes y a las limitaciones y chantajes de los Aliados. Así, debido al control del mar por los anglosajones, el país recibía la mitad del petróleo, fertilizantes y plásticos que necesitaba, y la continua amenaza por sus exportaciones de volframio, perfectamente legítimas, a Alemania. En estas condiciones hubo de reconstruirse el país, y de hecho se consiguió. Al terminar la contienda mundial se habían alcanzado o superado muchos de los niveles del mejor años de la República (los del Frente Popular se superaron casi desde el primer momento). De paso se había solventado judicialmente la herencia de crímenes y terror izquierdista (por cierto que con mucha más legalidad y garantías que en la Europa occidental al terminar la contienda europea)
El fin de la guerra mundial podía haber mejorado drásticamente la situación, pero entonces España se vio inmediatamente acosada por amenazas de invasión de los vencedores de Alemania y por una guerra de guerrillas comunista. Y enseguida por un aislamiento delictivo decretado por los países comunistas, las democracias y regímenes despóticos varios, conjuntado en la ONU. Era una situación parecida a la del inicio de la guerra civil, en la que muchos, dentro y fuera de España, no daban un duro por la supervivencia del régimen, bajo la amenaza de que los tanques useños e ingleses impusieran la vuelta a un régimen como el republicano, bajo una monarquía sin apoyo social. Y nuevamente, contra todas las amenazas y presiones aplastantes, el franquismo se mantuvo en lo esencial, con ligeras concesiones y maniobrando con destreza para evitar los peores daños económicos.

En su primer discurso de fin de año al terminar la guerra civil, Franco prometió prestar especial atención a tres necesidades: la construcción de viviendas, la lucha contra la mortalidad infantil, y la erradicación de la tuberculosis. Y desde luego en estos tres esfuerzos consiguió el régimen éxitos muy importantes. La esperanza de la vida al nacer había aumentado en 12 años al terminar los años 40. Pese a las restricciones económicas, la estatura media de los reclutas había aumentado, prueba de una mejor alimentación que en la república, pese a las enormes dificultades. La tuberculosis había dejado de ser un problema grave. Y cientos de miles de familias de escasos ingresos disponían por primera vez de viviendas aceptables. Los índices de enseñanza, sobre todo media y universitaria y técnica, también superaban notablemente los de la república.
Podría pensarse que, con todo, no eran grandes logros que pusieran a España a la cabeza de Europa ni mucho menos. Pero sí eran grandes comparados con la situación de la que se partía. Y el balance no fue solo económico, sino más aún moral y político: España fue una excepción en Europa occidental, convertida en protectorado de Usa, a cuyo ejército debía su liberación, su democracia y en gran medida su reconstrucción económica. España había logrado rconstruirse con sus propias fuerzas y en contra de la hostilidad de medio mundo, incluidas las mayores potencias. Se había librado de las atrocidades masivas de la guerra europea, de sus bombardeos y deportaciones, había derrotado una guerra de guerrillas que en Grecia había obligado a intervenir a Inglaterra y Usa, se había librado, manteniéndose firme, de una invasión anglouseña que habría vuelto al país a las viejas experiencias que habían abonado la guerra civil. Y se había logrado una reconciliación nacional muy mayoritaria, sin la cual habría sido imposible resistir a las presiones y amenazas extranjeras y al maquis comunista, alcanzando además importantes logros económicos.
El precio, dirán muchos, fue la pérdida de la libertad y la democracia. Eso no es cierto tampoco. El Frente Popular había sido todo lo contrario de la democracia, y la república un auténtico caos. En el franquismo de aquellos años había gran libertad personal, economía de mercado, iniciativa privada y cuatro partidos, llamados “familias”, con libertad política. No había esa libertad, en cambio, para comunistas, separatistas, socialistas o anarquistas, que habían llevado al país al borde de la catástrofe. Era natural que no las hubiera, y que el régimen tomase medidas de excepción ante la permanente hostilidad exterior.
Fueron años duros, Años de hierro como he titulado mi libro sobre ellos. Y, en fin, años heroicos, y así deben ser enfocados por cualquier historiografía que respete la verdad.
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Recuerdos sospechosos
“Varios de sus recuerdos resultan conmovedores, pero ¿ciertos? Sigue sin responder a mi pregunta: ¿qué pretende usted, o los que escriben memorias y sucesos autobiográficos? En los políticos es comprensible: siempre van a ser atacados por esto o por lo otro, y quieren defenderse y dejar su defensa para después de muertos, porque la política es una cosa que continúa. Pero ¿y en su caso? Usted no es un político profesional, sino historiador, y como tal debe saber de sobra que de cualquier cosa puede haber mil versiones. Pongamos un ejemplo: usted cuenta cómo quisieron meterle cinco años de cárcel y cómo lo habrían hecho si no llega a ser por el despiste de quienes le detuvieron, que estuvieron a punto de cogerle unos papeles que estaba usted escribiendo sobre la agitación en el ejército. ¿Por qué no se los pillaron al registrarle? ¿No es raro? Y menciona su breve estancia en la prisión de Caranza, y da una impresión muy buena de ella ¡afirma que nunca comió mejores paellas y caldos gallegos! ¡En una cárcel franquista! Eso bastaría para dudar de la veracidad de sus relatos como si usted los maquillara desde sus opiniones profranquistas, posteriores de muchos años después. Obviamente, otros relatos no tienen ese componente de interés propio, como el que ha mencionado de su amigo Arturo. Pero también pueden distorsionarse por un prurito de embellecerlos para hacerlos más interesantes: la vida corriente es casi siempre muy anodina, y casi todo el mundo exagera esto o lo otro, cuando la cuenta, para que los demás le presten más atención” Julio González.
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Reconquista y cainismo
Su libro sobre la Reconquista, ¿añade algo sobre lo que usted expone en Nueva historia de España?
–Añade bastantes cosas y deja de lado otras secundarias. En lo esencial es lo mismo. ¿Por qué hay un movimiento tan fuerte para negar la Reconquista o para denigrarla? ¿Y para ensalzar a Al Ándalus? Si hubiéramos de creer a la numerosa escuela de Américo Castro, lo más propiamente español, lo más culto y elaborado, sería la herencia musulmana y judía. El elemento cristiano sería retrógrado e impuesto por la fuerza bruta, con un gran componente de “cainismo”. Esta versión, con unos u otros matices, predomina hoy en la universidad y entre los periodistas y políticos. En la “democracia” de la “memoria histórica”. La hispanofobia se extiende a toda la historia. Miles de cretinos que hablan español, están en un país de raíz católica y ellos lo son también al menos culturalmente, que en todos los aspectos solo pueden llamarse españoles, están en contra de España y niegan hasta su realidad histórica. Se niegan a sí mismos, en suma. Es un fenómeno de pura estupidez masiva, cuyo origen, lo he dicho a menudo, se encuentra en “el desastre del 98”. Un desastre sobre todo moral, que dio alas a la asunción de la Leyenda Negra.
¿Nueva historia de España y La Reconquista y España están concebidos, entonces, como obras de combate contra esas tendencias.
– No de combate, sino de debate. Vamos a ver: lo que intento es restablecer la realidad histórica, al menos en sus aspectos más fundamentales, frente a su grotesca distorsión y falseamiento. Fíjese en que las corrientes castristas, marxistas y parte de las liberales, coinciden en la misma negación de España. Ellos, por tanto, no serían españoles. Esos liberales serían simplemente consumidores y supuestos amantes de la libertad, que, claro, no había existido antes de ellos y la Constitución de Cádiz. Para los marxistas, la historia de España se resume en explotación, opresión y persecución del progreso aun mayor que en otros países europeos, por tanto ¿qué sentido tendría llamarse españoles? Para la corriente difusa del castrismo, básicamente liberal, pues ya está dicho. La historia de España habría sido una gran equivocación, como decían Ortega o Azaña, por haber rechazado a los mejores, dando lugar a un “cainismo” crónico y otros males. Esas estupideces, porque lo son con toda evidencia, se manifiestan en relación con la Reconquista, con los visigodos y con cualquier época. Y están los separatistas, que añoran la división de España durante gran parte de la llamada Edad media, y quieren disgregar el país en unos cuantos estaditos impotentes y hostiles entre sí. Restablecer la verdad es una obligación, por eso he escrito esos libros, porque hoy la verdad, como la libertad intelectual, sufre un auténtico acoso.
La versión que usted va dando de la historia de España en su libro choca con otras más habituales, y debería suscitar por tanto un debate académico.
–Debería, pero mire, una universidad que admite la ley de memoria histórica no puede dar nada de eso. La mayoría de los historiadores universitarios son simplemente funcionarios que viven de unas interpretaciones impuestas por motivos políticos, y su preocupación no es ahondar en las realidades históricas, sino defender su pan, por así decir, tratando de silenciar otras versiones. No creo que les dure mucho, pero es así. Volviendo a la Reconquista, una aportación de mi libro es la demostración de que Al Ándalus era esencialmente un estado despótico que se consideraba foráneo, apoyado en una fuerza militar compuesta de extranjeros. Esto se ha dicho pocas veces, pero quedó plenamente de relieve al descomponerse el califato de Córdoba. Y hay ahí un hecho sumamente intrigante, que solo he descrito sin desarrollarlo, y es cómo el califato se hunde en la cima misma de su gloria y poderío: cuando derrotaba sistemáticamente a los estados españoles, los saqueaba, los reducía a vasallaje y tributación, los hacía luchar a su lado unos contra otros. Y de pronto su estado se derrumba y disgrega, pasan a pedir tropas españolas que saquean la misma Córdoba en apoyo de una u otra facción, y las taifas resultantes pasan a ser tributarias de los reinos hispanos. Es fácil describir cómo fueron esos procesos, pero su razón de fondo resulta un tanto enigmática, digna de meditación. Con Abderramán III había ocurrido al revés: de una situación crítica había salido la salvación de Córdoba. Aquí, de una situación de máximo triunfo, el desastre.
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¿Por qué la muerte de Franco supuso el final de un régimen que había afrontado y vencido tanto retos históricos? ¿Y por qué no consiguió renovarse en las nuevas situaciones históricas creadas precisamente por él? En “Una hora con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=qyAbrra2F3k




